lunes, 9 de septiembre de 2019

Vuelta al cole

Me han cambiado de jefe. Es una de esas frases que da igual cuándo se lea porque ocurre todos los años. Como el Reino Unido tratando de salir de la Unión Europea, más o menos.


El interfecto fue contratado en septiembre del año pasado y, tal como pronostiqué, no ha llegado a cumplir un año en la compañía. La versión oficial de su despido es recorte de gastos y eliminación de puestos duplicados. La versión más cercana a la realidad, sin embargo, es una mezcla de ausencia de resultados y animadversión por parte de otros jefes. Como en la mayoría de empresas, aquí casi todos los que dirigen son incompetentes pero algunos de ellos son, además, personas horribles. Y, también como en la mayoría de las empresas, esta jarca se preserva mientras que aquellos con habilidades sociales son expulsados.

Mi jefe no es un mal tipo pero tampoco suficientemente competente. Es joven y se le notaba la inexperiencia. En las reuniones sus aportaciones eran magras y nos dejaba vendidos a las primeras de cambio. Tenía también la mala costumbre de devolvernos la pelota con su dichosa frase «¿tú qué propones?», lo cual está bien cuando se necesita recoger las sugerencias de los subalternos pero no sirve de nada cuando hay que tomar decisiones que solo al jefe le corresponde tomar. Porque, como escribió un amigo y antiguo jefe mío en este mismo blog, una de las razones por las que un jefe cobra más es por tomar decisiones:

Asumir que vas a tener que tomar decisiones: Y que una parte no desdeñable de estas no te va a gustar :( pero es así. No se puede querer ser jefe y no querer tomar decisiones. Es una de las razones más importantes por las que en principio cobras más que un soldado raso. Además, acostumbrarte a que no vas a tener mucho tiempo para elegir la opción “menos mala”.
Así pues, sus mandados no lo extrañaremos. Yo no estaba en la oficina el día que le dieron la cuenta pero me consta que nadie respondió con un «nosotros también» cuando él dijo que lo que más iba a echar de menos era trabajar con nosotros. Que también son ganas de ser descortés, caramba.

Tener un nuevo mando cada año me recuerda a mi época escolar. Curso nuevo, «profe» nuevo. María Luisa, Moisés, Claudio, Mari Carmen, José, Emiliano y Emilio fueron mis educadores desde los siete hasta los trece años. La única diferencia es que ahora el cambio no ocurre siempre el mismo mes del año.

Cansa. Entre otras razones porque toda la reputación y el capital ganados con la persona en cuestión desaparecen con ella. Esto viene bien si no nos llevábamos bien con el susodicho pero, en cualquier caso, de nuevo hay que establecer un rapport con tu superior, aprender cómo comunicarse con él, demostrar lo que uno vale, justificar por qué tu trabajo aporta valor a la compañía y deberían seguir pagándote (idealmente, por qué deberían pagarte más), etcétera. Hay que ganarse (o engañar, dependiendo de la perspectiva de cada cual) al nuevo jefe de la misma forma que había que ganarse (o engañar) al maestro.

No obstante, también tiene un aspecto positivo: te obliga a mantener el nivel. Me explico. Durante toda mi época de estudiante la cantinela era más o menos la misma antes de cada curso: este año vas a tener que estudiar más porque las materias son más difíciles, vas a tener más deberes, los profesores son más duros, y así siguiendo. Septiembre era sinónimo de sumergirse en un disconfort intelectual continuo hasta el verano siguiente. Esto, cuando nos los tomamos en serio, nos hace mejorar:

[G]raduate school, and the postdoctoral years that often follow, provide an uneven growth experience. Early in this process you’re constantly pushed into intellectual discomfort. A graduate-level mathematics problem set—something I have plenty of experience with—is about as pure an exercise in deliberate practice as you’re likely to find. You’re given a problem that you have no idea how to solve, but you have to solve it or you’ll get a bad grade, so you dive in and try as hard as you can, repeatedly failing as different avenues lead you to dead ends. The mental strain of mustering every last available neuron toward solving a problem, driven by the fear of earning zero points on the assignment, is a nice encapsulation of exactly what the deliberate-practice literature says is necessary to improve. This is why, early in their careers, graduate students experience great leaps in their abilities
En el trabajo es distinto. A mi juicio, pocos empleos tienen un currículo de desarrollo tan bien delineado como la escuela. Eso permite a algunos trabajadores acomodarse y hacer siempre las mismas tareas con el mínimo esfuerzo. Adicionalmente, si, como es el caso, se cambia de jefe a menudo, la estrategia del dinosaurio acaba por generalizarse:

La estrategia del dinosaurio supone ignorar todas las nuevas normativas de la dirección, mientras se siguen haciendo las cosas tal como siempre se han hecho. Lo que hace que esta estrategia tenga éxito es que el jefe suele tardar seis meses en darse cuenta de su rebelión y enojarse por ello. Casualmente, ese suele ser el período de tiempo máximo que cualquier jefe dura en su puesto, de modo que...  

La vida media de un organigrama es de seis meses. Gracias a ella puede ignorar con total seguridad cualquier orden que reciba de su jefe y que vaya a tardar más de seis meses en terminar. En otras palabras, la situación cambiará antes de que tenga que hacer nada. Puede usted seguir masticando hojas y diseminando cenizas volcánicas mientras los nuevos jefes llegan y desaparecen.

Si espera el tiempo suficiente, cualquier idea mala se extinguirá por sí sola. Y también sucederá lo mismo con la mayoría de las buenas ideas. De modo que si sólo tiene tiempo para dominar una estrategia, ésta es la que debe elegir.
Adams, Scott (1996). El principio de Dilbert.

Para aquellos de nosotros que no queremos acabar convertidos en fósiles la mejora continua pasa a ser responsabilidad de uno mismo y, a menudo, la empresa no solo no lo facilita, sino que directamente lo obstaculiza, por más que luego sus folletos de mercadotecnia estén llenos de afirmaciones sobre lo mucho que se preocupa de la formación de sus empleados.

Lo que más echo en falta es mentoría. Los profesores del colegio sabían las respuestas y, si eran buenos, sabían también cómo llevarte a ella, así como evaluarte. En mi opinión humilde, pocos tienen la suerte de revivir la experiencia en su trabajo porque, para empezar, el jefe no suele tener los mismos conocimientos que el empleado y, por otro lado, si se tiene la suerte de contar con un mentor muy probablemente no sea él el encargado de evaluarnos oficialmente.

Mi hijastro tiene ganas de volver a la escuela, un sentimiento que yo no recuerdo haber experimentado. Mientras forraba los libros del cachorro por tercera vez recordé algunos de aquellos primeros días de colegio, los cuales se me han quedado grabados por el estrés que me provocaban, el cual solía manifestarse como dolor de estómago. Un psicólogo me dijo que había dos razones por las que odiábamos volver a clase. La primera, porque nos van a hacer trabajar, algo que a nadie le gusta. La segunda, porque nos van a evaluar, otro hecho que no suele ser de agrado. Yo tenía una tercera, a saber, no estar seguro de si sería capaz de aprobar todo.

Volver a la oficina es diferente. Más o menos ya sé lo que me espera y confío en ser capaz de completar cualquier tarea que me asignen. Por otra parte, ya conocemos al nuevo profesor y no parece que vaya a descatar ni por exceso ni por defecto de competencia. Y, al final, lo peor que puede pasar sea, tal vez, que me despidan, algo que a estas alturas sería más una bendición que un castigo.