lunes, 26 de noviembre de 2018

Rencor

El rencor es un pesar o enojo arraigado y tenaz el cual, por su propia naturaleza, no se cura con el tiempo o, al menos, no lo hace al mismo ritmo que otras emociones negativas. Envenena nuestra mirada y hace que todo lo veamos e interpretemos del revés, aplasta las emociones positivas y nos deja un sabor amago con sensaciones de injusticia. Yo, que soy muy rencoroso, recientemente he podido observarme en un espejo que deforma para ver hasta qué punto este sentimiento puede emponzoñar la vida de una persona.

Clemencia cuenta sesenta primaveras y está divorciada. Odia a su exmarido con todo su ser y, si conocieran la historia de su matrimonio, no podrían negar que tiene buenas razones para ello. Hace más de veinte años que se separó y todavía rehúye todo contacto con ese hombre. Si tiene que verse cerca de él por razones de peso hace como si no existiera: no le dirige la mirada y mucho menos la palabra, ignora todo lo que dice y guarda una distancia física lo más grande posible.

Foto de Orin Zebest
Clemencia tiene varios hijos en común con el objeto de su rencor. Todos ellos son ya personas adultas con sus propias familias a cuestas, algunos entrados en la mediana edad. Los hay que mantienen el contacto con su progenitor y los hay que no. Los primeros no tuvieron problema en presenciarse en las segundas nupcias de su padre, algo que a Clemencia le ha sentado tan mal como para retirarles la palabra sin dar explicaciones. Así, de un día para otro, una mujer de sesenta años ha dado la espalda a aquello de lo que se siente mas orgullosa: sus propios hijos.

Los intentos de acercamiento por parte de sus vástagos han sido infructuosos ya que Clemencia es de esas personas que se encierra en sí misma cuando está enojada y simplemente hace saber de su enfado a través de silencios e indirectas. Es el polo opuesto a esos personajes de televisión que dialogan acerca de sus sentimientos.

La última vez que vi a Clemencia su cara acusaba el esfuerzo de contener el llanto. Desbordada por el hirsuto rencor era incapaz de mirar a su hija (a la que acaba de dejar claro que no era bien recibida en su casa) mientras esta trataba sin éxito de hablar del problema.

El rencor no es malo en sí mismo, en tanto en cuanto es una reacción que la naturaleza nos ha otorgado como medio de autoprotección. Esta era, al menos, la opinión del téologo y filósofo Joseph Butler:

In Butler's sermons on resentment and forgiveness, he argues that resentment should not be looked on as a moral failing. It is simply a necessary reaction to being harmed or wronged, and teaches us to avoid similar situations in the future. It can, however, become a moral failing if we allow excessive resentment to control our actions [...]. Excessive resentment leads to revenge--and the antidote to it is forgiveness.
Es cuando el rencor nos hace renunciar a aquello que queremos o valoramos cuando pierde su valor evolutivo y se convierte en un lastre con consecuencias  fisiológicas y psicológicas negativas. Daniel Goleman escribe:

[A]ferrarse al odio y al rencor tiene importantes consecuencias fisiológicas. La investigación realizada al respecto revela que el simple hecho de pensar en un grupo al que odiamos provoca la emergencia de una ira reprimida. En tal caso, el cuerpo se ve inundado de hormonas asociadas al estrés, al tiempo que aumenta la presión sanguínea y empeora la eficacia del sistema inmunitario. Y también parece que, cuanto más a menudo y con más intensidad se repite esta secuencia de ira muda, mayor es el riesgo de padecer consecuencias biológicas duraderas.

El perdón es un antídoto para esta situación. Y es que, cuando perdonamos a alguien con quien estábamos resentidos, se invierte esta reacción biológica, es decir, disminuye la presión sanguínea y la tasa de hormonas asociadas al estrés, se enlentece el ritmo cardíaco y disminuye también el sufrimiento y la depresión. [...] Especialmente en el caso de que las heridas no hayan cicatrizado todavía, el perdón no pasa por olvidar lo que ha ocurrido y reconciliarnos con el agresor, sino por descubrir el modo de liberarnos de las garras de la obsesión por el daño que nos hayan provocado.
De opinión parecida es el psiquiatra Luis Rojas Marcos, quien asegura:

El carácter de víctima supone un pesado lastre que debilita y estanca a las personas en el ayer doloroso, manteniéndolas esclavas del miedo y del rencor, en demanda de un ajuste de cuentas. La obsesión crónica con los malvados que quebrantaron sus vidas les impide cerrar la herida y pasar la página. Pasar la página no implica negar ni olvidar el ultraje, sino entenderlo como un golpe doloroso ineludible, de los muchos que impone la vida, y que se integra en la propia autobiografía como una terrible tragedia, pero como una experiencia trágica que fue superada.

Es un hecho que los damnificados por sucesos traumáticos que obtienen sólo de forma temporal el «pasaporte de víctima» se recuperan mejor que aquellos que, consciente o inconscientemente, se aferran a esta «nacionalidad» por un tiempo ilimitado. En general, quienes pasan del estado subjetivo de víctima al de superviviente en un período aproximado de un año y perciben los agravios del ayer como crueles desafíos que vencieron, retoman antes el timón del barco de su vida. Naturalmente, las personas que han sufrido agresiones y abusos continuados durante años, como las mujeres y niños maltratados, necesitarán más tiempo que los afectados por una única agresión. Aun así, esta transición víctima-superviviente es saludable para todos porque disminuye la intensidad de los sentimientos de descontrol y de impotencia asociados a la experiencia traumática, lo que les permite volver a plantearse con entusiasmo nuevas metas.
El resentimiento que nunca desaparece da al otro más poder sobre nosotros mismos del que merece. Por una parte, cuando se tiene la desgracia de tener amigos o familia en común podemos vernos privados de momentos y situaciones que nos gustaría disfrutar y que evitamos porque no soportamos estar en la misma habitación que nuestra cruz. Por otra parte, al asumir el papel de damnificados, pasamos a definirnos en relación a esa otra persona. Ya no somos solamente Fulanito o Menganito, somos «Fulanito, a quien Zutanito puso los cuernos» o «Menganito, a quien Zutanito dejó en la ruina». Esta característica del rencor es, a su vez, una de las razones por las que es difícil librarse de él:

[G]rudges come with an identity. With our grudge intact, we know who we are—a person who was “wronged.” As much as we don’t like it, there also exists a kind of rightness and strength in this identity. We have something that defines us—our anger and victimhood—which gives us a sense of solidness and purpose. We have definition and a grievance that carries weight.
Quiźa sea por eso por lo que Rojas Marcos recalca la importancia que tiene el pasar de víctima a superviviente. La narración sobre su propia vida que construye un superviviente le hace verse definido no en relación a otro individuo, sino a su circunstancia, como un ser totalmente independiente que tiene carácter suficiente para superar las vicisitudes de la vida.

Clemencia lleva casi tanto tiempo separada como lo estuvo casada.Es solo natural que odie a ese tipo después de lo que le hizo pero parece incapaz de asumir que sus descendientes no sientan lo mismo que ella. Quizá piensa (erróneamente) que, al mantener la relación con su progenitor, sus hijos no crean que este haya hecho nada malo.

Los tres autores citados coinciden en que el perdón es la cura del rencor. Perdonar significa aquí renunciar al resentimiento que albergamos hacia quien nos ha agraviado sin negar la responsabilidad de sus acciones ni el mal que nos ha hecho. Quizá no sea la palabra adecuada en español ya que el concepto común de perdón lleva aparejada la reconciliación como fin, algo que no parece necesario en todos los casos. De lo que se trata, en cualquier caso, es dejar ir este sentimiento.

Pero ¿por qué iba Clemencia a querer perdonar? ¿Acaso no es su rencor proporcional y justificado? ¿Acaso no tiene derecho a mantener su resentimiento por el mal que ha sufrido? Probablemente sí pero cuando está en juego algo de mayor importancia moral es hora de preguntarse qué resultado es éticamente preferible. ¿Es la relación con sus hijos más significativa moralmente que el ejercer su derecho al rencor? Si se lo preguntáramos abiertamente (y consiguiéramos que nos respondiera) tal vez diría que no pero, actualmente, sus actos muestran que el odio puede ser más fuerte que el amor de madre.

lunes, 5 de noviembre de 2018

En busca del coche perfecto (IV)

Terminado el análisis de datos exploratorio podemos empezar a calcular qué coche es el mejor. Empezaremos con soluciones intuitivas e iremos refinando nuestro sistema hasta llegar a un sistema con cierta solvencia matemática. Para nuestras explicaciones utilizaremos un puñado de coches y solo consideraremos unas pocas características, ya que eso hará más fácil seguir el razonamiento.

Recordemos nuestra pregunta original. Dado un conjunto de coches ¿cuál es el mejor? En la primera parte de esta serie de artículos dijimos que «el mejor» es aquel que satisface todas nuestras necesidades y preferencias. En este caso buscamos un coche potente con un consumo bajo, bien equipado, seguro y barato. Con esta definición en mente veamos cual sería la mejor opción entre estos vehículos:

Coche CV Consumo combinado Equipamiento Equipamiento de seguridad Precio
Ford Focus Trend 100 4,9 20 12 19.575
Mazda 3 Evolution 120 5,1 31 10 21.915
Seat León Xcellence Plus 150 5,1 36 12 25.610
Renault Megane GT Line 160 5,5 23 8 26.890
Honda Civic Prestige 182 5,8 45 15 28.850
Opel Astra GSiLine 200 6,2 37 15 28.418

El Ford Focus es el más barato pero también es el menos potente y menos equipado. El Opel Astra es el más potente pero es el segundo más caro y no es el más equipado, además de ser el que más combustible gasta. El Honda Civic es bastante potente y el que mejor equipado está pero es el más caro. El Mazda 3 y el Seat León se mueven en zonas intermedias. Vamos a tratar de elaborar un ranking para dilucidar cuál cubre mejor nuestras demandas.

La primera idea que se me ocurre para crear la tabla de clasificación es asignar puntos. Podemos empezar, por ejemplo, por asignar un punto al coche que sea mejor en potencia, otro punto al que tenga mejor equipamiento, otro al que tenga mejor consumo y otro al que tenga el mejor precio. Después los sumamos todos y el que más puntos tenga sería el mejor. En nuestro caso quedaría así:

Coche CV Consumo combinado Equipamiento Equipamiento de seguridad Precio Puntos
Ford Focus Trend 0 1 0 0 1 2
Mazda 3 Evolution 0 0 0 0 0 0
Seat León Xcellence Plus 0 0 0 0 0 0
Renault Megane GT Line 0 0 0 0 0 0
Honda Civic Prestige 0 0 1 1 0 2
Opel Astra GSiLine 1 0 0 1 0 2

Tenemos un triple empate, lo cual no nos ayuda demasiado. Si tuviéramos en cuenta más características quizá lograríamos deshacer el empate pero seguiríamos tendiendo un problema: este sistema favorece los extremos, ya que solo se obtiene un punto cuando se está por encima o por debajo de todos los demás. Dado que lo que buscamos es un equilibrio entre distintos factores no parece que este método sea el adecuado porque nuestra respuesta, probablemente, ande por la zona media. Supongamos, verbigracia, que tenemos estos tres coches:

Coche CV Consumo combinado Equipamiento Equipamiento de seguridad Precio Puntos
Coche A1507,0201022.0003
Coche B1406,019921.0000
Coche C1005,510520.0002

Según esto deberíamos descartar el coche B pero, si observamos detenidamente, veremos que el coche B parece la opción más acertada: no es el mejor en nada pero está muy cerca de los que sí lo son.

La forma en que suele resolverse el problema anterior es repartiendo puntos. Por ejemplo, en los mundiales de motociclismo y automovilismo se otorga un número de puntos al ganador de cada carrera, unos pocos menos al segundo clasificado, menos aún al tercero, etcétera. De esta forma se evita que un piloto que ha ganado cuatro carreras y no ha corrido las quince restantes se proclame campeón frente a alguien que ha quedado segundo en todas las carreras.

Probemos esta solución. Vamos a usar una escala del cero al diez para cada atributo, siendo diez el valor perteneciente al mejor dato en la escala de ese atributo y cero el valor correspondiente al peor dato en la escala. Obsérvese que el diez no siempre corresponde al valor más alto pues hay atributos (precio, consumo) que nos interesa que sean lo más pequeñas posibles. En nuestro caso tendríamos:

Puntos CV Consumo combinado Equipamiento Equipamiento de seguridad Precio
01006,220828.850
102004,9451519.575

Por lo que nuestra clasificación quedaría así:

Coche CV Consumo combinado Equipamiento Equipamiento de seguridad Precio Total
Ford Focus Trend 0 10 0 6 10 26
Mazda 3 Evolution 2 8 4 3 7 25
Seat León Xcellence Plus 5 8 6 6 3 29
Renault Megane GT Line 6 5 1 0 2 14
Honda Civic Prestige 8 3 10 10 0 31
Opel Astra GSiLine 10 0 7 10 0 27

Con este nuevo sistema el campeón es el Honda Civic Prestige, seguido del Seat León Xcellence y el Opel Astra GSiLine. El peor sería el Renault Megane GT Line.

Parece un buen sistema pero, como decía el señor Lobo en Pulp Fiction, no empecemos todavía con las felaciones mutuas. Examinemos detenidamente la columna de los caballos de potencia. ¿No ven algo raro?

Coche CV Puntos correspondientes
Ford Focus Trend1000
Mazda 3 Evolution1202
Seat León Xcellence Plus1505
Renault Megane GT Line1606
Honda Civic Prestige1828
Opel Astra GSiLine20010

El Opel Astra tiene el doble de puntos que el Seat León en lo que a potencia se refiere pero, en realidad, solo tiene un treinta y tres por ciento más de caballos que este último. Similarmente, el Renault Megane tiene tres veces más puntos de potencia que el Mazda 3 aun cuando el primero solo tiene un treinta y tres por ciento más de caballos que el segundo. No parece que eso sea correcto.

La aberración detectada se debe a la normalización mínimo-máximo que empleamos para escalar los valores a un valor entre cero y diez. Esta normalización tiene un problema adicional, a saber, que comprime la distancia entre los valores de manera que los valores atípicos son atenuados. En la práctica esto significa que si un coche es muchísimo más barato o muchísimo más eficiente que los demás su puntuación no reflejaría este hecho en toda su magnitud.

Vamos a intentar solventar los inconvenientes mencionados utilizando otro método de normalización, el llamado z-score. Este método transforma los datos a una distribución con media 0 y desviación estándar 1. Si un coche es mejor que la media en equipamiento tendrá un valor superior a 0. Si, por el contrario, tiene peor equipamiento que la media, su puntuación será un número negativo. La ventaja de este procedimiento es que se preservan tanto el rango como la dispersión de la serie por lo que los datos atípicos se verán reflejados de forma fiel.

Para que los datos de media y desviación estándar sean mínimamente fiables se necesitan al menos treinta observaciones por lo que si queremos usar z-score tendríamos que trabajar con, al menos, treinta vehículos. Sin embargo, vamos a simplificar y continuar con nuestros seis compactos. Recordemos, además, que para el consumo y el precio tenemos que cambiar el signo porque cuanto menores son estos valores más puntos se ganan.

Así pues, la clasificación usando z-score como método de normalización queda así:

Coche CV Consumo combinado Equipamiento Equipamiento de seguridad Precio Puntos
Ford Focus Trend -1,28 -1,04 -1,16 0,02 -1,45 0,07
Mazda 3 Evolution -0,75 -0,63 0,02 -0,15 -0,82 0,58
Seat León Xcellence Plus 0,06 -0,63 0,56 0,02 0,17 1,10
Renault Megane GT Line 0,32 0,17 -0,84 -0,32 0,52 -1,52
Honda Civic Prestige 0,91 0,78 1,52 0,28 1,04 0,89
Opel Astra GSiLine 1,39 1,58 0,66 0,28 0,93 -0,17

De acuerdo con esta clasificación el título de «mejor coche» va a parar al Seat León, seguido del Honda Civic y del Mazda 3. El peor clasificado vuelve a ser el Renault Megane.

Continuará.