lunes, 10 de septiembre de 2018

Mi carro

Mi primer coche fue un Peugeot 605 de segunda mano. Era enorme y gastaba muchísima gasolina pero me gustaba. Cuando entraba al garaje y lo veía su diseño me impresionaba. Al ser la primera montura después de obtener el carnet ocurrió lo esperable, a saber, que se llevó unos cuantos golpes y rozaduras. Su final llegó cuando una parte del motor se rajó y empezó a perder agua, lo que derivó en sobrecalentamientos y su viaje final al desguace.

Foto de Seth Stoll
Fue entonces cuando compré un coche nuevo por primera vez. Como buen maximizador recogí información de todos los modelos que me interesaban para compararlos y visité decenas de concesionarios para obtener la mejor oferta posible. Ha pasado casi una década y puedo decir que estoy satisfecho con la compra que hice pero mi vida y mi circunstancia han cambiado y toca repetir el proceso. Aquella vez buscaba un coche pequeño y barato que usaría poco; ahora pretendo un automóvil que sea cómodo para hacer viajes largos por carretera con cierta frecuencia. Como todo hijo de vecino, mi objetivo es conseguir lo que busco a un buen precio y manteniendo los costes de operación (consumo, seguro, mantenimiento) lo más bajos posibles.

Lo primero que he observado al empezar mi investigación actual es que los coches ahora son, en general, más grandes, hasta el punto de que las longitudes propias del segmento B son las que pertenecían al segmento C hace diez años. Esto (y lo siguiente que mencionaremos) ha traído consigo la progresiva desaparición de las carrocerías de tres puertas, siendo el Volkswagen Golf uno de los pocos que aún queda con esa opción.

Los vehículos actuales también son más anchos y altos, siendo el SUV el diseño de moda, un acrónimo que, hasta hace bien poco, solo conocía por haber visto series americanas en versión original. ¿A qué podría deberse esta moda? Creo que es imposible saberlo a ciencia cierta pero podemos especular:

¿Por qué la gente apuesta más por ellos? Lo comentábamos ya en nuestros consejos para comprar SUV. Cuando la gente daba el salto de un coche pequeño por necesidades de espacio, solía apostar por una berlina, con más espacio interior y maletero. Cayeron en desgracia cuando en los años 90 surgieron los monovolúmenes compactos, que ofrecían en un espacio contenido una mayor altura, con una posición de conducción más elevada y natural, más modularidad interior, amplios maleteros… Perfectos para una familia con no demasiados miembros.
Pero, por más los diseñadores lo intentaron, no consiguieron ralizar (sic) coches atractivos. La única solución para tener un coche alto con una estética más agraciada eran las carrocerías todoterreno. Perdieron sus capacidades offroad y cada vez más son coches enfocados al asfalto. El conductor mantiene una visión de la carretera por encima del resto de usuarios y los SUV le otorgan ese aire aventurero y ese estatus de “coche superior” que no le daban las berlinas y monovolúmenes compacto, a pesar de perder habitabilidad y maletero.
El sociólogo francés Yoann Demoli comparte algunas de estas apreciaciones (la señal social de tener un coche superior) y añade otras, tales como la expansión en altura como continuación natural de la expansión en longitud, nuestra relación con el espacio cuando vivimos en suburbios y urbanizaciones espaciosas alejadas del centro de la ciudad, así como la sensación de seguridad que proporciona un coche más grande.

Mi conjetura es que el diseño SUV encarna el envejecimiento de la población. Es más fácil transportar a uno o varios niños y sus aparejos en un coche espacioso, a la vez que la altura y las cinco puertas de este diseño hace más sencillo subirse y bajarse a las personas con movilidad reducida como los ancianos. En cualquier caso, sean cuales sean las razones detrás de la moda SUV lo cierto es que a mí es un diseño que no me gusta y prefiero vehículos compactos, lo cual significa, una vez más, que nado contra la corriente del mercado.

Puede que los coches hayan cambiado durante la última década pero el proceso de venta no lo ha hecho. Comprar un coche es un viaje hacia atrás en el tiempo, hacia la época anterior a Amazon, aquella en la que había que ir físicamente comercio por comercio y regatear con los vendedores para obtener el producto deseado al mejor precio. Por lo que yo sé, Tesla es el único fabricante cuyos vehículos pueden comprarse vía web. El resto de marcas simplemente ofrece información de sus modelos y configuradores cuyos precios poco tienen que ver con la realidad. Ford mantiene una supuesta tienda en línea cuya única función es remitirte a un concesionario a preguntar por el coche que has buscado.

¿Por qué Amazon no vende coches (todavía)? De nuevo, podemos especular, señalando aspectos legales, problemas de logística, los viajes de prueba, la entrega de vehículos usados y otras razones posibles. Clicars intenta cubrir este vacío (incluso se encarga de tu coche usado) pero no vende vehículos nuevos.

Tampoco hay todavía buenos comparadores de precios, sitios similares a Booking pero dedicados a la venta de coches nuevos. Existen algunos portales que buscan asemejarse pero se quedan lejos, ya que la información sobre modelos y equipamientos no siempre está actualizada, las configuración de equipamiento extra es escasa o nula, y siempre es necesario dar nuestros datos para obtener la oferta, pues por lo que parece simplemente se encargan de que los concesionarios se pongan en contacto con nosotros.

Así pues, hasta que llegue el día en que podamos comprar coches como compramos ordenadores no queda sino sufrir el método antiguo y, por consiguiente, luchar con esa fauna sinvergüenza que toda la vida han sido conocidos como vendedores y ahora hace llamarse «asesores comerciales». Mis desventuras con esta jarca merece su propio artículo.

martes, 21 de agosto de 2018

El problema es la elección

Imaginen que tienen que comprar un coche y hay dos opciones. El coche A cuesta 25.000 euros y tiene cinco estrellas Euro NCAP. El coche B solo tiene tres estrellas Euro NCAP. ¿Cuánto tendría que costar el coche B para que lo eligieran en lugar del coche A?

Supongamos que el precio promedio dado por los lectores de este blog para el coche B es 15.000 euros. Después le damos a elegir a otro grupo de personas entre el coche A y el B, el primero costando 25.000 euros y el segundo 15.000. Si el precio promedio es correcto los dos coches deberían ser igualmente atractivos de manera que aproximadamente la mitad de personas deberían elegir el A y la otra mitad el B.

No fue eso lo que pasó con los sujetos que participaron en este estudio. A la hora de decidir, la mayoría optó por el coche más caro pero más seguro:

When forced to choose, most people refused to trade safety for price. They acted as if the importance of safety to their decision was so great that price was essentially irrelevant. This choice was clearly different from the way people reacted to the task in which they had to establish a price that would make the two cars equivalent. If they had thought that safety was of overriding importance, they would have set the price of Car B very low. But they didn’t. So it wasn’t that people refused to “put a price” on safety. Rather, when the time came to make the choice, they were simply unwilling to live by the price on safety that they had already established.
Teléfonos móviles, coches, ordenadores, electrodomésticos...todos esos artículos tienen en común dos cosas: hay decenas de opciones entre las que elegir y no suele ocurrir que haya una que sea la mejor en todo, así que nos vemos obligados a hacer concesiones, a primar unas características sobre otras para de determinar cuál compraremos.

De acuerdo con el psicólogo Barry Schartz hay dos tipos de compradores. Por un lado están los maximizadores, aquellos que buscan lo mejor en términos absolutos. Frente a ellos están quienes se sienten satisfechos con encontrar algo que es suficientemente bueno, aunque no sea lo mejor:

Maximizers need to be assured that every purchase or decision was the best that could be made. Yet how can anyone truly know that any given option is absolutely the best possible? The only way to know is to check out all the alternatives. A maximizer can’t be certain that she has found the best sweater unless she’s looked at all the sweaters. She can’t know that she is getting the best price unless she’s checked out all the prices. As a decision strategy, maximizing creates a daunting task, which becomes all the more daunting as the number of options increases.

The alternative to maximizing is to be a satisficer. To satisfice is to settle for something that is good enough and not worry about the possibility that there might be something better. A satisficer has criteria and standards. She searches until she finds an item that meets those standards, and at that point, she stops. As soon as she finds a sweater that meets her standard of fit, quality, and price in the very first store she enters, she buys it—end of story. She is not concerned about better sweaters or better bargains just around the corner.
Para los maximizadores que viven envueltos en una cantidad de opciones abrumadora decidir qué comprar es una fuente de estrés, ya que cada alternativa adicional hace que sea menos probable que una se pueda considerar la mejor sin ambages, lo que provoca dudas, ansiedad y arrepentimiento anticipado.

Según se desprende de las palabras de Schwartz lo que más desasosiego genera son las concesiones, esto es, decidir qué nos importa más. O, dicho de otro modo, a qué queremos renunciar. ¿Seguridad o precio? ¿Velocidad del procesador o espacio para guardar fotos? ¿Potencia o consumo? La tensión puede ser tanta que lleguemos al extremo de no tomar ninguna decisión en absoluto (estamos hechos un lío), y el coste emocional asociado hace que disminuya nuestra satisfacción con la elección que finalmente hemos tomado (ibídem):

Confronting any trade-off, it seems, is incredibly unsettling. And as the available alternatives increase, the extent to which choices will require trade-offs will increase as well.

What, then, do people do if virtually all decisions involve trade-offs and people resist making them? One option is to postpone or avoid the decision. [...] People find decision making that involves trade-offs so unpleasant that they will clutch at almost anything to help them decide. [...] JUST ABOUT EVERYONE SEEMS TO APPRECIATE THAT THINKING about trade-offs makes for better decisions. We want our doctors to be weighing trade-offs before making treatment recommendations. We want our investment advisers carefully considering trade-offs before making investment recommendations. We want Consumer Reports to evaluate trade-offs before making purchasing recommendations. We just don’t want to have to evaluate trade-offs ourselves. And we don’t want to do it because it is emotionally unpleasant to go through the process of thinking about opportunity costs and the losses they imply.
En otra ocasión les hablé de mis indecisiones. La diferencia con lo tratado aquí es que, cuando se trata de ciertos objetos, la información es fácilmente cuantificable incluyendo, si hay suerte, los aspectos que más nos importan para guiar nuestra elección. Por ejemplo, los teléfonos móviles y los coches son fáciles de comparar según sus especificaciones. Por el contrario, es muy difícil sopesar un cambio de trabajo porque debemos considerar imponderables como los compañeros, el ambiente, el tiempo que se tarda en ir y volver, el rol y otras características que solo sabremos en un futuro.

Yo soy un maximizador. Siempre trato de recopilar el mayor número de alternativas existentes y compararlas antes de decidirme, todo ello con el fin de obtener la mejor relación entre calidad y precio. Reconozco que a veces se me va de las manos. Puedo tardar tanto tiempo en elegir un artículo del supermercado que llega a parecer que en lugar de comprar una tableta de chocolate estoy preparando una OPA hostil a una empresa de hidrocarburos.

La manera que yo he encontrado de elegir qué comprar es el análisis de datos. Requiere tiempo y energía mental pero no me importa porque disfruto el proceso y aprendo cosas por el camino. Tampoco me incomoda que la gente se ría de mí porque, al final, soy yo el que tiene que tener paz mental y estar satisfecho con la elección hecha; mi ritual numérico me da las justificaciones que necesito para ello. Cuanto mayor es el desembolso económico al que me enfrento más falta me hace seguir este método.

He pasado las dos últimas semanas analizando coches. Como es menester, compartiré con ustedes lo aprendido.

lunes, 6 de agosto de 2018

Paradojas de la experiencia en el trabajo

En el mundo laboral la primera paradoja se sufre cuando se intenta conseguir el primer empleo, la época en la que no nos contratan por no tener experiencia pero nos es imposible adquirir experiencia porque no nos contratan.

Si todo va bien y se consigue iniciar una carrera profesional, con el paso de los años y la acumulación de conocimientos puede llegar otra paradoja, a saber, que nos repudien porque tengamos mucha experiencia y sepamos valorarla. Esto suele ocurrir cuando el empresario de turno no está dispuesto a pagar lo que valen nuestra veteranía y conocimientos.

Otra posibilidad es que acabemos sirviéndonos toda la vida de la destreza atesorada durante los primeros años sin preocuparnos por estar al día (quizá porque creamos que ya sabemos) de manera que terminamos fosilizándonos a causa de los avances en el conocimiento. La nuestra se convierte así en una experiencia de pastel en la que los lustros maquillan el triste hecho de que llevamos eones sin aprender nada nuevo.

Finalmente, avanza la madurez, nos vamos haciendo viejos y los de recursos humanos comienzan a darnos la espalda. Nuestra experiencia pasa a ser un lastre, un signo de envejecimiento que activa automáticamente en los empleadores todos los prejuicios que llevan nuestra candidatura a la papelera.

Así pues, el valor de la experiencia laboral no parece ser lineal sino estar regido por una curva parecida a esta, con el tiempo en el eje de abcisas y el valor de la experiencia en el eje vertical:

Los primeros años son los más fructíferos. En ellos pasamos, por utilizar un símil lingüístico, de reconocer las letras por separado a manejar largos textos. En esta etapa la experiencia nos hace más felices en el trabajo ya que, como dice Cal Newport, el paso del tiempo nos permite ser mejores en aquello que hacemos, vemos cómo somos más eficientes y (con suerte) cómo nuestros quehaceres son cada vez más importantes y tienen un impacto mayor. A medida que nuestra confianza crece el estrés de rol disminuye porque las tareas ya no nos quedan grandes.

Después viene una fase de rendimientos decrecientes en la que cada año adicional aporta menos que el anterior. Finalmente, pasado el cénit, la experiencia juega en nuestra contra. Aparece la sensación de que nuestros conocimientos se están erosionando. Lo que aprendimos en la universidad hace tiempo que caducó; nuestro entendimiento de los nuevos avances en el sector pasa a ser superficial. En esta fase no son pocos los que se ven a sí mismos como trabajadores cansados, demasiado viejos para reciclarse o sin motivación para mantenerse al día. Incluso aunque nos dediquemos con ahínco a mantener el ritmo no se nos escapa que nuestra experiencia hace difícil que alumbremos enfoques totalmente nuevos.

La percepción que puede tener un trabajador añoso de sí mismo sin duda está parcialmente moldeada por el trato que recibe por parte de la sociedad. Llega un momento en que la experiencia deja de infundir respeto. Los empleados más jóvenes tratan a los mayores como padres de familia o abuelos cuenta-batallas, personas gastadas cuya época pasó y que no parecen tener el decoro de hacerse un lado. Su experiencia no cuenta. Autores más elocuentes que yo lo han expresado maravillosamente:

Para los trabajadores mayores, los prejuicios en contra de la edad envían un mensaje potente: a medida que se acumula la experiencia de una persona, pierde valor. Lo que un trabajador mayor ha aprendido en el curso de los años acerca de una compañía o una profesión particular puede ser un obstáculo para los nuevos cambios dictados por los superiores.
Y así:

El paso del tiempo parece vaciarnos. Nuestra experiencia parece una cita vergonzosa de un trasto pasado de moda. Estas convicciones, más que animarnos a apostar, ponen en peligro la percepción de nuestra propia valoración a través del paso inexorable de los años.
Después de escribir esto me ha picado la curiosidad y he buscado en Infojobs. Hoy hay 42.112 ofertas publicadas, de las cuales 221 exigen tener más de diez años de experiencia, 2.602 entre cinco y diez años, y 34.280 entre uno y cinco años. Tal vez sea porque las ofertas que buscan personas con más de diez años de experiencia ofrecen un puesto de responsabilidad, de los cuales siempre hay menos. O tal vez sea porque cuanto más sabemos menos nos necesitan.

lunes, 23 de julio de 2018

Míster

No he dejado de darle vueltas a aquello de lo que hablamos en el último artículo. Ocurre que mi jefe ha anunciado que abandona la compañía así que andan buscando un sustituto. La política de empresa en casos como este es ofrecer el puesto vacante a los subalternos, a ver si alguno se anima a trabajar más y asumir mayor responsabilidad cobrando lo mismo. Como en este caso no ha colado toca buscar fuera.

Esta situación ya la vivimos hace dos años, cuando el jefe de aquel entonces se preguntó a sí mismo a santo de qué tenía que pasarse el día discutiendo con los vendedores de la empresa y decidió dimitir. Me propusieron ser su sustituto, lo cual rechacé una y otra vez, si bien me ofrecí a ayudar a recursos humanos a encontrar a la persona indicada. Recuerdo a un chico que entrevisté que estaba trabajando en Dublín. Tenía los conocimientos que se necesitaban y el tipo de personalidad que encaja en nuestra empresa. Además, apenas pasaba la treintena, así que no pedía mucho dinero. La persona encargada de la selección lo vetó argumentando que no tenía experiencia como jefe de equipo.

Tengo para mí que la persona que contratarán estará por encima de la media de edad de la empresa (treinta y cinco años). ¿Por qué? Porque el muro invisible que representa el estereotipo acerca de los trabajadores más veteranos aparta del empleo a quienes aspiran a obedecer antes que a quienes aspiran a mandar. Para explicar mi idea voy a recurrir a un símil futbolístico.

En 1999, el ex-jugador y antiguo entrenador del Real Madrid Jorge Valdano fundó una consultora cuyo negocio era formar a las empresas en liderazgo y gestión del talento. Actualmente, el argentino sigue prestando sus servicios en otra firma de corte parecido, la cual ofrece asesoramiento en gestión y mejora del rendimiento de equipos. La tesis subyacente es que los mandos de cualquier empresa son como los entrenadores de fútbol, una equivalencia fácil de dibujar: la compañía (el club) contrata a un manager (el míster) para organizar y dirigir a un equipo de empleados (los futbolistas) en busca de buenos resultados (victorias) ciñéndose a un presupuesto.

Foto de Andrea Sartorati
Es mi creencia que la semejanza entre jefe de empresa y entrenador de fútbol llega hasta el proceso de selección. Pensemos en Emery, Benítez, Zidane, Simeone o Guardiola. Todos ellos son hombres, blancos y de mediana edad. Su aspecto es conservador, vestidos de traje y peinados de forma impecable (salvo Zidane, claro está, aunque hubiera sido más elegante omitir esta observación). Además, todos son ex-jugadores.

Los jefes de las empresas de servicios se ajustan bastante a la descripción anterior. En dicho conjunto las mujeres al mando escasean tanto como la gente de color, al igual que los ornamentos faciales (pendientes, aros) y los tatuajes. También se tiene más posibilidades de ser contratado si se cuenta con experiencia previa como mandado, esto es, si se han pasado unos cuantos años en primera línea de batalla.

Siendo tan razonables estos parecidos no es descabellado pensar que haya causas compartidas que expliquen por qué perduran los estereotipos que guían el proceso de selección de jefes y entrenadores. Es posible que las razones por las que solo había un entrenador negro entre las treinta y dos selecciones participantes en la última Copa del Mundo nos aclaren por qué las mujeres y los negros son minoría en puestos de mando.

Para Simon Kuper y Stefan Szymanski, la razón de que haya jugadores negros pero no entrenadores negros es un fallo de mercado:

Markets tend to work when they are transparent—when you can see who is doing what and place a value on it. That is preeminently true of soccer players, who do their work in public. When you can’t see what people do, it’s very hard to assign a value to their work. Efficient markets punish discrimination in plain view of everyone, and so discrimination tends to get rooted out. Inefficient markets can maintain discrimination almost indefinitely.

Black soccer players became accepted because the market in players is transparent. It is pretty obvious who can play and who can’t, who’s “got bottle” and who hasn’t. The market in players’ salaries [...] is so efficient that it explains about 90 percent of the variation in clubs’ league positions in the long run. Typically the club with the best-paid players finishes at the top, and the one with the worst-paid finishes in the cellar. However, the market in managers doesn’t work nearly as well. If players’ salaries determine results almost by themselves, then it follows that the vast majority of managers are not very relevant.
Es decir, que como el efecto del entrenador en los resultados del equipo es baladí se puede seguir contratando al mánager tipo sin perjuicio alguno porque aquellos que no se ajustan al estereotipo, aunque sean mejores, no pueden marcar una diferencia suficiente para convencer a los clubes de que olviden sus prejuicios. Similarmente, en la empresa privada ocurriría que los jefes tienen un impacto tan escaso en el devenir de la firma que se puede discriminar a la mayor parte de los candidatos posibles sin que se note en las cuentas de la compañía.

Dije en el artículo anterior que una de las razones por las que las empresas discriminan a los trabajadores de más edad es porque estos cuestionan y se oponen a la autoridad de sus superiores con más frecuencia que los jóvenes. Unamos esto al hecho de que los puestos de mando se cubren con hombres de mediana edad. El resultado es un sistema en el que se da por sentado que los mayores están para mandar y los jóvenes para obedecer (de hecho, he leído en más de una ocasión que una de las razones por las que se discrimina a gente de edad avanzada es porque se piensa que no llevarán bien acatar órdenes de alguien mucho más joven). Esto significa que no todo está perdido laboralmente más allá de los treinta, siempre y cuando se sea un varón blanco con aspecto de jefe que aspira a ejercer de ello (los directores generales suelen ser de edad provecta). Para el resto (mujeres, negros, peones), la psicología, la economía y la gestión de empresas pintan un futuro complicado.

Una de las razones por las que se puede apartar por principio a grandes grupos de asalariados es porque, aunque los entrenadores se parecen a los jefes, los proletarios no son como los jugadores de fútbol. En el balonpié está claro quién marca goles, quién los asiste y quién los evita, de manera que los jugadores suelen acabar en el lugar que merecen. En la empresa privada, por el contrario, quienes trabajan en recursos humanos no pueden saber apenas nada sobre el rendimiento real del candidato. En el césped, un solo jugador puede marcar la diferencia; en la oficina, el impacto de cada trabajador en el resultado final es muy pequeño. Y así, en este opaco mercado que es el laboral los estereotipos se enquistan y los trabajadores son marginados por su edad, sexo o apariencia en favor de jóvenes dóciles, enérgicos y flexibles sin perjuicio para las cuentas de las empresas.

lunes, 9 de julio de 2018

Acabados a los treinta

Hace poco han sido mis días. Las velas cuyos números indicaban ascenso y progreso físico e intelectual son una remembranza borrosa y lejana. Los becarios que me rodean cuyas primaveras apenas superan las dos docenas me recuerdan ese periodo de la vida en el que la treintena se ve como un futuro lejano y me acuerdo de que, hasta que los cumplí, nunca pensé que viviría más allá de los veintinueve.

Siendo yo adolescente alguien me dijo que la mejor época es entre los treinta y los cuarenta años, cuando el cuerpo aún está bien y ya se tiene suficiente libertad financiera para viajar y otros deleites por el estilo. Desde luego no coincido. Lo que yo he encontrado a esta altura del camino han sido dolores corporales y miedos crecientes acompañados por el lento declive de mis facultades mentales. Me atormenta especialmente mi futuro laboral: años de mediocridad en los que deberé ganarme el pan de modo deslustrado, luchando con armas cada vez más romas en un mercado laboral que prima la juventud.

Quizá sea así como se sienten los jugadores de fútbol que entran en la tercera década. Wenger, el antiguo entrenador del Arsenal, dejó ir a Patrick Vieira, Emmanuel Petit y a Thierry Henry cuando tenían veintinueve años, y a Marc Overmars con veintisiete. Todos ellos rindieron menos que en su etapa en el club inglés. En otros deportes ocurre tres cuartos de lo mismo. Según Bill James, los jugadores de baloncesto alcanzan su cénit alrededor de los veintisiete. En general, todos los atletas empiezan a declinar tras cumplir los veintiséis. Los nadadores se llevan la palma: su máximo rendimiento ocurre allá por los veintiún años. ¿Qué nos queda a los treintañeros? Pues, al parecer, deportes de fondo como el triatlón o disciplinas olímpicas ecuestres.

Volviendo al ejemplo del balompié, es de suyo evidente que a ningún presidente le interesa mantener en su plantilla a un activo que se va depreciando por partida doble. Los jugadores, según envejecen, aportan menos al equipo, lo que a su vez disminuye su valor de venta. Además, sus salarios son más altos que los de las jóvenes promesas. Por tanto, lo mejor para un club es deshacerse de los jugadores que han alcanzado su rendimiento máximo:

Nothing strangulates a sports club more than having older players on long contracts, because once they stop performing, they become immoveable. And as they become older, the risk of injury becomes exponential. It’s less costly to bring a young player. If it doesn’t work, you can go and find the next guy, and the next guy. The downside risk is lower, and the upside much higher.
Es lógico. El fútbol es un deporte que, en sus posiciones más vistosas (delantero, extremo, centro del campo) requiere velocidad y potencia, cualidades que empiezan a disminuir en el cuerpo humano en la segunda mitad de la veintena y cuya caída no puede suplirse con experiencia. Así, para seguir ganando no queda otra que ir renovando la plantilla.

Es un hecho general fácilmente comprobable que el reemplazo de los empleados añosos no se limita al deporte profesional. Desde las grandes multinacionales hasta las empresas más pequeñas y cutres, todas prefieren emplear a personas jóvenes. Aunque no se trate de trabajos físicos, aunque no se necesiten buenos reflejos, aunque el trabajo sea lo más simple del mundo; la edad es un lastre.

«El 52% de los currículos de profesionales mayores de 55 años son descartados de forma automática». Así tituló Adecco su informe sobre los trabajadores de más edad. Los prejuicios, que nos pierden, dicen los autores del informe. Que si la gente mayor no encaja con el personal joven, que si pide salarios más altos, que si sus competencias están desfasadas. El resultado: «el paro ha bajado un 10,8% en el último año, pero entre los mayores de 55 años sólo lo ha hecho en un 1,2%».

En mi oficio, el panorama es aún peor. En el mundo de la tecnología la discriminación por edad es bien conocida:

The median age of an American worker is 42. Yet at Facebook it's 29, Google 30, Apple 31, Amazon 30 and Microsoft 33, according to self-reported employee data collected by research firm PayScale last year. (It did not collect data this year.) Most job candidates at those companies are 25 to 34 years old, according to data collected by Glassdoor, a jobs and recruiting website.
«Younger people are just smarter», dijo Mark Zuckerberg en su día. Su consejo para las startups era que contrataran gente joven y con conocimientos técnicos, independientemente de si eran ingenieros o iban a trabajar en mercadotecnia. Un empleado de Amazon me dijo que en Google, salvo casos excepcionales, no contratan a nadie de más de treinta o treinta y cinco años. Y así siguiendo, con las demandas judiciales por discriminación acumulándose a la vez que las canas van desapareciendo de las oficinas.

Las cualidades de los trabajadores mayores, tales como estabilidad, fiabilidad, lealtad, experiencia, sabiduría y madurez no tienen valor en el mercado laboral... a menos que estén encarnadas por un veinteañero. Cada una de las aportaciones citadas se puede repudiar. ¿Experiencia? Entonces estará contagiado por la manera en que las cosas se han hecho siempre, lo que es malo para la innovación. ¿Sabiduría? Se creerá que lo sabe todo y se negará a aprender nuevos procedimientos. ¿Lealtad? Qué más da, si en dos años acabará quemado y se largará. Etcétera. Por el contrario, de los jóvenes se puede decir que aportan frescura en su forma de laborar, no tienen miedo a arriesgarse, alumbran nuevas y ideas y formas de hacer las cosas, y además aprenden rápido. Sin olvidar, por supuesto, que salen más baratos.

Los argumentos anteriores son los que se pueden decir públicamente. Creo, no obstante, que hay otras razones de las que no se habla y que contribuyen tanto o más a la discriminación. Caí en ello cuando releí este pasaje de La corrosión del carácter:

Los trabajadores mayores y con más experiencia tienden a ser más críticos con sus superiores que los que están empezando. Su conocimiento acumulado los dota de algo que el economista Albert Hirschmann llama poderes de «voz», lo cual significa que es más probable que los empleados de mayor edad critiquen lo que a su entender sea una mala decisión, aunque casi siempre lo hagan más por lealtad a la institución que por criticar a un directivo en concreto. En general los trabajadores más jóvenes son más tolerantes a la hora de aceptar órdenes «desacertadas». Si están descontentos, es muy probable que se marchen antes de pelear dentro de la empresa y por la empresa. Están “dispuestos, en palabras de Hirschmann, a «hacer mutis». En la agencia de publicidad, Rose descubrió que, efectivamente, los de mayor edad muy a menudo se pronunciaban en contra de jefes que solían ser más jóvenes que ellos, y con mayor frecuencia que los empleados más jóvenes. Uno de esos empleados antiguos de la empresa se veía a su vez hostigado por su jefe: «Puede que no te guste estar aquí, pero eres demasiado viejo para conseguir trabajo en otra parte».
Entonces me di cuenta. No es que los trabajadores jóvenes sean más listos sino que son más fáciles de esclavizar. Es más fácil obligar a un niño de veinticuatro años a trabajar más horas y cobrar menos que a un adulto con el carácter formado que ya está de vuelta de todo laboralmente hablando. Con los bisoños se puede usar la persuasión, dorándole la píldora («estás haciendo el mundo un lugar mejor», «sois los mejores», «esta compañía es líder en el sector») y haciendo promesas vanas para que se deje los cuernos, o bien amenazar con castigos y despidos, augurándole además un futuro muy negro en su carrera. Es más complicado hacer lo mismo con un trabajador formado. De la misma manera que al principio de la adolescencia nos tragamos todas las mentiras del amor para luego ir formando una percepción más escéptica y próxima a la realidad, así en el trabajo vamos aprendiendo a ver cuándo recursos humanos, nuestro jefe o los directivos nos están vendiendo la moto. También nos resulta más obvia la estupidez de nuestros mandos y de la organización en su conjunto, ante la cual puede que nos revolvamos o decidamos marcharnos. Como dice Sennet en La corrosión del carácter: «la flexibilidad de los jóvenes los hace más maleables en términos de riesgo y de sumisión directa».

Debiera resultar evidente que todo empresario aspira a que su producto o servicio sea producido por trabajadores que operan sin rechistar las veinticuatro horas del día y que no cuestan nada, razón por la cual es de esperar que los humanos sean sustituidos por robots allí donde sea posible. Mientras tanto, para su desgracia, a los jefes no les queda otra que contratar seres humanos pagando un salario suficiente para que no se pueda hablar de esclavitud. Sin embargo, eso no quiere decir que haya que soportar todas las taras de la especie Homo sapiens. Y así, cuando nos ponemos en la piel del patrón enseguida nos damos cuenta de por qué hay un sesgo hacia las personalidades jóvenes. Al fin y al cabo, ¿qué es más fácil de manejar y explotar? ¿Un grupo de crédulos que acatarán las órdenes por ingenuidad o por miedo, o un conjunto de individuos que nos cuestionarán continuamente? ¿Y qué sale más barato?

Se da entonces la paradoja de que nuestra esperanza de vida aumenta a la vez que nuestro periodo de productividad laboral disminuye. Para las empresas no será un problema siempre que haya un flujo suficiente de jóvenes que entran por primera vez al mercado laboral. Si, como ocurre en España, la sociedad envejeciera siempre se puede subcontratar a gente de otros países. Además, parece poco probable que llegue demostrarse que obviar a los trabajadores más veteranos hace que una compañía esté en gran desventaja respecto a sus competidores. Todo lo cual significa que los empresarios podrán seguir eligiendo a sus empleados según la edad.

lunes, 25 de junio de 2018

Ideas extravagantes: elecciones a doble vuelta invertida (y II)

Veamos algo más detalladamente cómo funcionaría el sistema propuesto con un ejemplo en una cámara de representantes de cien asientos.

En primer lugar, los partidos se presentan a las elecciones registrándose como partido de izquierdas o como partido de derechas. Verbigracia:

Derecha
Izquierda
Partido Derecha Uno
Partido Izquierda Uno
Partido Derecha Dos
Partido Izquierda Dos
Partido Derecha Tres
Partido Izquierda Tres
Partido Derecha Cuatro
Partido Izquierda Cuatro

Llega la hora de votar. En la primera vuelta los votantes deben introducir en la urna una papeleta en la que ponga «izquierda» o «derecha», según prefieran un gobierno de unas ideas u otras. Digamos que el sesenta y tres por ciento de los ciudadanos vota a favor de un gobierno de derechas, en cuyo caso se reserva un sesenta y tres por ciento de escaños a partidos que representen esas ideas. El resto va a parar al otro bando (por simplicidad omitiremos los votos en blanco equiparándolos a los votos nulos).
Derecha
Izquierda
63%
37%

En la segunda vuelta cada persona emite dos votos. El primero va para uno de los partidos que se registró como partido de derechas. El segundo, para uno de los partidos que se registró como partido de izquierdas. Imaginemos que el reparto de votos para cada partido queda así en esta ronda final:

Derecha (63%)Izquierda (37%)
Partido Derecha Uno 42%Partido Izquierda Uno 35%
Partido Derecha Dos 36%Partido Izquierda Dos 33%
Partido Derecha Tres 17%Partido Izquierda Tres 23%
Partido Derecha Cuatro 5%Partido Izquierda Cuatro 9%

Finalmente, los escaños se reparten proporcionalmente según el cupo asignado en la primera vuelta y la proporción resultante de la segunda. Por tanto, nuestro parlamento imaginario quedaría de esta forma:

PartidoRepresentantes
Partido Derecha Uno26(42% de 63%)
Partido Derecha Dos23(36% de 63%)
Partido Izquierda Uno13(35% de 37%)
Partido Izquierda Dos12(33% de 37%)
Partido Derecha Tres11(17% de 63%)
Partido Izquierda Tres9(23% de 37%)
Partido Derecha Cuatro3(5% de 63%)
Partido Izquierda Cuatro3(9% de 37%)

Las normas para la aprobación de las leyes serían las mismas que hay ahora por lo que cuando se requiere mayoría absoluta se necesitarían cincuenta y un votos en ese hipotético Congreso de cien parlamentarios. Así, en nuestro caso Partido Derecha Uno necesitaría el apoyo de Partido Derecha Dos y Partido Derecha Tres para sacar adelante sus propuestas.

La presentada aquí es solo una de varias opciones. Una alternativa es elegir un sistema mayoritario en la segunda vuelta de tal forma que el partido más votado sea el que gobierne. Personalmente, soy reacio a un sistema que permita a un solo partido imponer sus normas a pesar de la oposición del resto pero cabe argumentar que si, como parece, la versión proporcional de este sistema lleva a un parlamento con muchas voces disonantes, entonces se hace difícil gobernar porque es muy complicado sumar los votos suficientes llegando a acuerdos con otros partidos.

Foto de Wikimedia Commons
Otra variación de la segunda vuelta es permitir a los votantes hacer un ranking de sus partidos favoritos en lugar de elegir uno solo, sistema que da resultados más precisos. También se podría hacer que solo se pueda votar a un partido de un lado, en lugar de dar un voto a un partido por lado. Mi idea original es que cada persona pueda votar a un partido de cada lado porque creo que así se tendería más hacia el centro (los votantes de derechas votarían por los partidos menos de izquierdas de entre los presentados, y viceversa), lo cual favorecería los acuerdos, pero reconozco que no tengo pruebas al respecto y habría que ver qué ocurre en la práctica.

Finalmente, habría que estudiar más a fondo cómo hacer los redondeos y qué hacer con los votos en blanco, cuestiones que no trataré por razones de espacio y porque son detalles de implementación algo ajenos al quid de la cuestión.

Preguntémonos ahora qué pasa con las opciones políticas de centro. El teorema de imposibilidad de Arrow se cumple cuando hay que ordenar más de dos opciones de manera que nuestro extravagante sistema electoral no aportaría nada si añadiéramos una tercera opción. A mi juicio, no es una grave omisión ya que dudo mucho que en el mundo real haya personas y partidos que se sitúen exactamente a la misma distancia entre derecha e izquierda. Además, si el sistema funcionara como se pretende y resultara en un mayor número de partidos presentes en la asamblea sería más probable que aparecieran formaciones de centro-derecha o centro-izquierda que satisficieran las preferencias de los votantes de centro.

Hay un problema adicional que surgiría de introducir el centro como tercera opción, a saber, que entonces todos los partidos podrían registrarse como tales, en cuyo caso no habríamos solucionado nada pues las elecciones serían las mismas que son ahora.

Proponer una solución a un problema presente sin tener en cuenta las formas en que dicha solución podría explotarnos en las manos es un error tan antiguo como la condición humana. Preguntémonos, por tanto, ¿qué podría salir mal con este sistema?

Lo primero que se me ocurre es que una sociedad podría estancarse en un lado del espectro de ideas, es decir, que en la primera ronda siempre se opte por derecha o por izquierda. Esto podría considerarse una dictadura de la mayoría y ser malo para el país si pensamos que los mejores frutos se obtienen con la diversidad de pareceres. El problema será mayor si usamos un sistema donde el partido más votado es el que gobierna, sin necesidad de apoyos. Hay países que limitan el número de años que un presidente puede permanecer en el cargo pero es difícil ver cómo una norma similar podría encajarse en este sistema, dependiente como es de la primera vuelta para decidir cuántos escaños corresponden a cada opción política.

También debemos considerar las maneras en las que nuestro sistema puede explotarse en contra de su espíritu para sacar ventaja. Se me ocurre que los partidos podría dividirse en dos y registrarse con nombres distintos como opción de derechas y como opción de izquierdas. Sería una mentira flagrante, claro está, pero de eso viven los políticos y podría ocurrir. Este tejemaneje tiene más sentido en la versión mayoritaria porque los partidos se asegurarían así de tener opciones de ser los más votados en la segunda vuelta. Si este comportamiento se generalizara y todos los partidos se presentaran por ambos lados de nuevo estaríamos en la situación que estamos ahora.

Consideremos ahora la versión proporcional. A todos los partidos les interesa estar en el lado ganador porque así necesitan menos votos para obtener un escaño. Para los partidos de derechas que han ganado nuestras elecciones imaginarias dividirse para aparecer en el lado opuesto diluiría su representación. Sin embargo, a los partidos de izquierdas sí les conviene registrarse como garantes de ideas de derechas de tal forma que el mismo número de votos se traduzca en más representantes de los que tendrían si se presentaran únicamente como partidos de izquierdas. Eso podría resultar en que, si los sondeos muestran que los ciudadanos prefieren una opción sobre otra holgadamente en la primera vuelta, todos los partidos acudirían a las elecciones como representantes de ese bando. De nuevo, no habríamos ganado nada respecto a la situación actual.

Así pues, parece evidente que para que este sistema funcione debe haber partidos que se presenten como de derechas y partidos que se presenten como de izquierdas. Se podría obligar a que hubiera un número mínimo por bando, a que hubiera el mismo número de cada lado, o ambos aunque lo ideal, claro está, sería establecer unas reglas que aseguraran que los partidos defienden las ideas que dicen defender.

Creo que el sistema electoral aquí propuesto no es perfecto pero sí mejor que los actuales en lo que a ampliar el catálogo de partidos con representación se refiere. Como hemos dicho, el teorema de imposibilidad de Arrow solo se cumple cuando se tienen más de tres alternativas por lo que al limitar las opciones a dos en la primera votación ya hemos ganado algo: determinar fielmente el conjunto de principios y valores por los que la sociedad quiere regirse. Una vez tomada una decisión en este sentido, cada ciudadano puede votar al partido que prefiere sin tener en cuenta las alternativas, es decir, sin tener que preocuparse de considerar qué van a votar los demás.

La primera vuelta satisface varios criterios importantes de un sistema electoral ideal. Es no dictatorial, anónimo (todos los votos cuentan lo mismo), se respeta el orden de las preferencias y (creo) permite que los votantes reflejen siempre su verdadera opinión, lo que hace que sea inmune a estrategias. Considerado en conjunto, la doble vuelta invertida es un sistema de normas sencillas, fácil de entender y con consecuencias previsibles y entendibles incluso por los más iletrados. Y, a diferencia de la lotocracia, no es una desviación exagerada del statu quo, por lo que tiene más probabilidades de hacerse realidad.

En cuanto a las debilidades de este sistema, veo difícil evitar que los partidos se declararan defensores de unas ideas que no son las suyas con el objetivo de captar asientos en la cámara de representantes. Además, carezco de la formación matemática necesaria para saber qué implementación de todas las que hemos considerado sería la mejor, así como para anticipar otras consecuencias negativas que podrían darse. Finalmente, siempre hay cosas que no sabemos que no sabemos y que solo descubrimos cuando llevamos nuestras ideas a la práctica.

lunes, 18 de junio de 2018

Ideas extravagantes: elecciones a doble vuelta invertida

Inauguramos hoy esta sección hablando de la que probablemente sea la menos extravagante de todas las ideas que veremos. Es también la última que se me ha ocurrido, nacida tras el cambio de gobierno en España y la posibilidad de que se convoquen elecciones a corto o medio plazo. Los periódicos nacionales andan ya atareados cocinando sondeos que no buscan contarnos lo que podría pasar sino influirnos para que pase lo que sus amos quieren que pase. Por ejemplo, si leen diarios afines al Partido Popular habrán podido observar que, según los sondeos que publican, vuelve el bipartidismo, mientras que si revisan los situados más a la izquierda encontrarán que el voto está cada vez más repartido. Es mi opinión que tamaña diferencia se debe a que los métodos empleados en las encuestas buscan una respuesta concreta.

Foto de Natlas
Revisando la ley electoral española comprobé hasta qué punto España (como tantos otros países que eligen a sus gobernantes mediante votación) está infectada por el mal del «voto útil». Ya saben a qué me refiero: si quieres tener un diputado que te represente más te vale votar a una formación con posibilidades de ganar porque de lo contrario te quedarás fuera. En las últimas elecciones el dos y medio por ciento de los votos fue a parar a partidos que no lograron entrar en el Congreso. En las de 2011, antes de la llegada de Ciudadanos y de Podemos, el porcentaje fue superior al tres y medio por ciento. Quizá no parezca mucho (entre seiscientos mil y novecientos mil votos) pero hemos de tener presente que los ciudadanos votan sesgados por la existencia del voto útil. Si la representación fuese realmente proporcional (esto es, el porcentaje de votos a nivel nacional equivale al porcentaje de diputados) es muy probable que el reparto de votos cambiara.

Habrá para quienes el sistema actual no suponga ningún problema. Para mí, un procedimiento que reduce un surtido florilegio de opciones electorales a un puñado de partidos con opciones reales, obligando así a los votantes a elegir una opción que no es la que realmente prefieren, es menos legítimo. Además, creo que hay buenas razones para pensar que bipartidismo y corrupción van de la mano, y que para limpiar las cloacas de la política es necesario que se puedan renovar los partidos con más agilidad.

En su momento analizamos con cierto detalle los sistemas de votación. También hablamos de la paradoja del voto y del teorema de imposibilidad de Arrow. Las conclusiones más relevantes para nuestra disquisición de hoy son:

  • Los sistemas electorales de distritos en los que el ganador se lo lleva todo (el partido más votado se hace con todos los representantes de ese distrito) tienden a sistemas bipartidistas.
  • No hay ningún sistema de voto que ordene más de dos opciones de forma que el resultado sea consistente con las verdaderas preferencias de todos los votantes (esto es, que respete la transitividad de las opciones), y en el que la presencia de unas alternativas u otras sean irrelevantes (es decir, que los votantes no cambien su papeleta según a quién se enfrenten sus favoritos o las opciones de ganar que tengan).

Investigando sobre los sistemas de voto di con un ejemplo sacado de las elecciones francesas. El francés es un sistema a doble vuelta: se vota una primera vez, los dos candidatos más votados pasan a la segunda vuelta y se vota nuevamente. El ganador de la segunda ronda es elegido presidente de la República. No recuerdo los nombres de los candidatos pero la historia que narraba el artículo era la de siempre: el tercero en discordia, nuevo en escena, se quedaba fuera de la ronda final porque, a pesar de estar mejor valorado que los otros dos, se pensaba que tenía menos opciones de ganar. Cuando ocurre esto, cuando los ciudadanos cambian su voto según lo que creen que harán otros, se dice que el sistema de votación no es inmune a estrategias.

Pero ¿por qué los votantes dejamos de reflejar nuestras verdaderas preferencias según las opciones de victoria de quien las encarna? La respuesta es que no lo hacemos. Al menos, no completamente.

Se supone que en las elecciones se nos está preguntando qué partido queremos que gobierne. Esa es una pregunta muy complicada. No creo que nadie estudie los programas electorales con detalle y analice pormenorizadamente las propuestas de cada partido, sopese pros y contras, y decida su voto después de un sesudo análisis. Más bien convendrán conmigo en que, a lo sumo, los ciudadanos tenemos una idea vaga de las pretensiones de los partidos y acabamos apoyando a aquel cuyas ideas coinciden con las nuestras.

Esto sucede porque, como dice Kahneman, «cuando nos vemos ante una cuestión difícil, a menudo respondemos a otra más fácil, por lo general sin advertir la sustitución». Así que cuando nos convocan a las urnas cambiamos una pregunta complicada y menos relevante (¿quién quiere que gobierne?) por una mucho más sencilla e importante (¿quiere usted un gobierno de izquierdas o de derechas?). Los humanos somos así. El mundo es demasiado complicado así que simplificamos. En el caso que nos ocupa reducimos dos siglos de filosofía política a un simple yin-yang.

En otra parte escribí que votar es principalmente una cuestión de identidad. Los propios políticos lo han recalcado con sus palabras estos últimos años. Para ellos y para sus votantes lo más importante es ganar porque eso significa que no gobernarán «los otros». Los otros son el enemigo, la ruina, el horror, el diablo, el apocalipsis; pase lo que pase hay que alejarlos del poder. Ya se nos puede llenar la boca con llamadas a la pluralidad, la colaboración, el entendimiento y los acuerdos que, al final, todo se reduce a la dicotomía del azul frente al rojo, demócrata frente a republicano, nosotros frente a ellos (no lo llaman «oposición» por nada). Es por todo esto que si toca apoyar de mala gana a un partido corrupto o con propuestas estúpidas pero que se sitúa en nuestro lado del espectro de ideas, que así sea. Cualquier cosa con tal de que no ganen los otros.

Es por eso que los distritos del tipo «el ganador se lo lleva todo» conducen al bipartidismo. Es por eso que las personas cambian su voto a quienes más opciones tienen de entre todos los que comparten su visión acerca de cómo debería organizarse la sociedad. Es por eso que las elecciones están mal planteadas, forzándonos a dar dos respuestas en una aun cuando una de las preguntas es mucho más importante que la otra. Es por eso que el sistema de doble ronda es equivocado, porque plantea las preguntas en el orden incorrecto.

Observemos de nuevo la votación a doble vuelta desde esta perspectiva de las dos preguntas. Veremos que en la primera ronda, allí donde se presentan todas las opciones, se interroga a los votantes simultáneamente sobre sus ideas y sobre su candidato o partido preferido defensor de esas ideas. En la segunda ronda, a la que inevitablemente llega un representante de cada lado de la gama de ideas, se interpela sobre qué conjunto de principios políticos deben seguirse y qué fines buscarse. Como lo más importante para nosotros es que nuestras ideas prevalezcan no queda otra que unirse en la primera ronda en torno a unas siglas con buenas perspectivas de victoria, aunque no nos gusten demasiado.

Tomemos, pues, a los votantes como son e invirtamos el orden de las preguntas (de ahí el nombre «doble vuelta invertida»). En la primera vuelta preguntemos sin tapujos: ¿quiere usted un gobierno de derechas o de izquierdas? En la segunda vuelta preguntemos: ¿qué partido (afín a las ideas que han ganado en la ronda anterior) quiere que gobierne? ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué consecuencias negativas podrían darse con este sistema? ¿Cómo se podría manipular? ¿Y qué pasa con el centro?

Continuará.

lunes, 4 de junio de 2018

Hacer por hacer

Es posible que a final de año resulte que mi empresa me ha pagado un salario para nada. Ocurre que una de mis tareas principales es desarrollar herramientas informáticas para la compañía pero, debido a luchas políticas intestinas, quizá dichas herramientas no lleguen a utilizarse nunca.

Mi situación me ha recordado la anécdota que contaba el psicólogo conductual Dani Ariely en una de sus charlas sobre un amigo que trabajó en vano:

This was one of my students from a few years earlier, and he came one day back to campus. And he told me the following story: He said that for more than two weeks, he was working on a PowerPoint presentation. He was working in a big bank, and this was in preparation for a merger and acquisition. And he was working very hard on this presentation -- graphs, tables, information. He stayed late at night every day. And the day before it was due, he sent his PowerPoint presentation to his boss, and his boss wrote him back and said, "Nice presentation, but the merger is canceled." And the guy was deeply depressed. Now at the moment when he was working, he was actually quite happy. Every night he was enjoying his work, he was staying late, he was perfecting this PowerPoint presentation. But knowing that nobody would ever watch it made him quite depressed.
A Ariely se le ocurrió entonces un experimento para saber cómo nos comportamos dependiendo de lo que ocurra con el resultado de nuestro trabajo:

[W]e created a little experiment in which we gave people Legos, and we asked them to build with Legos. And for some people, we gave them Legos and we said, "Hey, would you like to build this Bionicle for three dollars? We'll pay you three dollars for it." And people said yes, and they built with these Legos. And when they finished, we took it, we put it under the table, and we said, "Would you like to build another one, this time for $2.70?" If they said yes, we gave them another one, and when they finished, we asked them, "Do you want to build another one?" for $2.40, $2.10, and so on, until at some point people said, "No more. It's not worth it for me." This was what we called the meaningful condition. People built one Bionicle after another. After they finished every one of them, we put them under the table. And we told them that at the end of the experiment, we will take all these Bionicles, we will disassemble them, we will put them back in the boxes, and we will use it for the next participant.

There was another condition. [...] And this other condition we called the Sisyphic condition. [...] We asked people, "Would you like to build one Bionicle for three dollars?" And if they said yes, they built it. Then we asked them, "Do you want to build another one for $2.70?" And if they said yes, we gave them a new one, and as they were building it, we took apart the one that they just finished. And when they finished that, we said, "Would you like to build another one, this time for 30 cents less?" And if they said yes, we gave them the one that they built and we broke. So this was an endless cycle of them building, and us destroying in front of their eyes.

Now what happens when you compare these two conditions? The first thing that happened was that people built many more Bionicles -- eleven in the meaningful condition, versus seven in the Sisyphus condition.
Después pensó otro experimento: preguntar a varias personas qué harían si formaran parte del experimento antes descrito. Los sujetos de este segundo estudio predijeron correctamente que las personas en la condición Sísifo construirían menos muñecos pero erraron en la magnitud del efecto, pues calcularon que la diferencia sería de tan solo uno, en lugar de los cuatro observados.

La economía del conocimiento está llena de trabajo baldío: correos electrónicos que los destinatarios ignoran, informes que nadie lee, análisis que nadie recuerda, presentaciones que nunca ven la luz, cursos a los que nadie acude, procedimientos que nadie sigue, reuniones en las que nadie presta atención, y un larguísimo etcétera. Como Sísifo, nos vemos obligados a laborar en tareas vanas pero con el escozor añadido de recibir uno de los mayores desprecios existentes, esto es, no recibir ningún aprecio.

Foto de Matesanz
Limpiar es una tarea de estilo Sísifo en tanto en cuanto al cabo de poco tiempo aquello que dejamos impoluto volverá a estar sucio y tendremos que volver a empezar, mas aún podemos encontrar cierto consuelo en el hecho de que es nuestra labor lo que mantiene la suciedad a raya (algo que las madres tienen a bien recordarnos cuando somos pequeños con su clásica amenaza: «¡un día me voy a hartar, me voy a ir de esta casa y os va a comer la mierda!»). Pero cuando hacemos un trabajo cuyos resultados no van a ser visibles nos invade el desánimo. No solo porque no podemos extraer orgullo y significado de nuestro hacer sino porque además se nos priva de tener un impacto en el mundo. Nos irrita pensar cómo nuestro tiempo se podía haber aprovechado en otros menesteres, nos sentimos infravalorados o menospreciados e, incluso, llegamos a sentirnos insignificantes y prescindibles («¿qué más daría que yo no estuviera?»), lo que lleva asociado consigo la ansiedad de un posible despido.

Consideremos la siguiente cita de Murray Rothbard:

Crusoe encontró en su isla una tierra virgen, sin cultivar, una tierra no utilizada ni controlada por nadie y, por tanto, sin propietario. Al descubrir los recursos de la tierra, al aprender a utilizarlos y, en especial, al transformarlos mediante una remodelación más utilizable, Crusoe —según una frase memorable de John Locke— «mezcló su trabajo con el suelo». Al actuar así, al estampar el sello de su personalidad y de su energía en la tierra, la convirtió, de manera natural, a ella y a sus frutos, en su propiedad.
No me interesa aquí analizar la teoría de la propiedad de Locke sino recalcar cómo imprimimos el sello de nuestro acción en lo que producimos. En su charla, Ariely llama «efecto IKEA» al sesgo por el cual valoramos más nuestras creaciones más esforzadas aunque su calidad objetiva sea peor que la de otros objetos similares. Dicho con otras palabras: el fruto de nuestro trabajo nos parece más valioso a nosotros mismos que a cualquier observador externo.

Lo anterior me hace pensar en una analogía. Imaginen que venden entradas para su casa pero, en lugar de una consumición, la entrada da derecho a una destrucción, es decir, la persona que entre en su hogar puede elegir un objeto cualquiera y romperlo frente a ustedes. ¿Cuántas entradas tendrían estómago para vender? Si son ustedes aficionados a las manualidades o a la pintura ¿cómo se sentirían dejando que gente extraña destrozara sus creaciones a cambio de dinero?

Lo cierto es que hay ocasiones en el mundo real en las que el propósito del trabajo es la destrucción de lo fabricado como ocurre, verbigracia, con las fallas. Sin embargo, en todos los casos que se me ocurren de este estilo la destrucción sirve a un fin (el entretenimiento). El fin de una falla es ser quemada; el fin de una presentación de Power Point es ser mostrada. Es cuando nos privan del ethos de nuestro trabajo cuando nuestro yo se ve atacado, en la medida en que nuestro esfuerzo encarna una pequeña parte de nuestro yo.

El trabajo inútil es inevitable y las empresas toleran este desperdicio como parte del coste de hacer negocio. No obstante, cuando la mayor parte de nuestras faenas son desechadas no solo la compañía está malgastando dinero más allá de lo tolerable sino que es de esperar que la motivación disminuya y el compromiso con el trabajo se vuelva superficial.

¿Por qué? ¿Por qué no es suficiente con que nos paguen? ¿Por qué no basta con disfrutar del proceso de creación, aunque al final sea estéril? He aquí otro experimento mental. Supongamos que nos ofrecen un contrato de trabajo que consista en crear cosas que nos gustan pero que nunca verán la luz del día. El contrato es de por vida y está bien pagado pero aquello que creen irá directo a un almacén o disco duro sin que nadie le eche siquiera un vistazo superficial. Sus quehaceres no modificarán el mundo de ninguna forma.

¿A ustedes también les parece deprimente?

lunes, 28 de mayo de 2018

Ideas extravagantes: una introducción

El profesor de ciencias políticas Ian Shapiro califica a Jeremy Bentham de «extremista útil», esto es:

He's somebody who takes an idea and says to himself: «what if this explained literally everything?». And he pushes it to the most extreme imaginable formulation. Long often most people will have jumped off the train, he's gonna be driving it off into the sunset. [...] Most of the ideas [...] are useful up to a point. But beyond a certain point start to become problematic. And it's very hard to see what that point is, unless you're willing to go beyond it. And so there's the certain kind of thinking, precisely because they're so philosophically fanatical that they really believed in the core of their beings that this idea explains absolutely everything, that they play our for us, the consequences of taking the idea further than anybody's comfortable with, even though it's an idea that on some dimension and up to a certain point, most people are gonna wanna embrace. And so, it helps us think about the limits of possibility of an idea.
La idea que Bentham llevó al extremo fue el utilitarismo, la convicción de que todo lo que hacemos y pensamos, así como lo que deberíamos hacer y pensar obedece a un único principio, a saber, que estamos gobernados por el placer y el dolor:

[N]ature has placed mankind under the governance of two sovereign masters, pain and pleasure. It is for them alone to point out what we ought to do, as well as to determine what we shall do. On the one hand the standard of right and wrong, on the other the chain of causes and effects, are fastened to their throne. That's the throne of pleasure seeking and pain avoidance. They govern us in all we do, in all we say, and in all we think. Every effort we can make to throw off our subjection, that's our subjection to the sovereign masses of pleasure and pain, will serve but to demonstrate and confirm it. In words we may pretend to abjure their empire, but in reality, he will remain subject to it all the while, the principle of utility recognizes this subjection, and assumes it to be a foundation of that system, the object of which is to rear the fabric of felicity by the hands of reason and law. Systems which attempt to question it deal in sounds instead of senses, in caprice instead of reason, in darkness instead of light.
La historia de la filosofía es pródiga en grandes ideas que tratan de explicarlo todo, especialmente (opino yo) en ética y política. Tenemos, verbigracia, el materialismo histórico de Karl Marx y sus consecuencias para el capitalismo y el comunismo, la posición original de Rawls tras el velo de ignorancia (¿qué reglas crearían las personas para vivir en sociedad si desconocieran qué lugar van a ocupar en el mundo?) o la evolución del estado mínimo de Nozick (¿cómo se organizaría la gente para salir del estado de la naturaleza en el que todos luchan contra todos?).
Foto de Rich Holoch

Bajo el epígrafe «ideas extravagantes» me propongo tomar ideas chocantes e imaginar cómo sería el mundo con ellas vigentes. ¿Qué pasaría si los empleados rasos de la empresa tomaran todas las decisiones? ¿Qué pasaría si niños de todas las edades pudieran comprarse y venderse? ¿Qué pasaría si se ejecutara a los políticos al acabar la legislatura cuando lo han hecho mal? Etcétera. A primera vista parecen descabelladas pero hay quien se ha molestado en desarrollar sesudas argumentaciones para responder a estas preguntas.

Obviamente, esta sección no es más que un pasatiempo especulativo, pues es imposible predecir el comportamiento exacto de la gente. Aún así, discurrir sobre ideas extremas puede ayudarnos a entender mejor un problema. Además, hay cosas que algunas sociedades damos hoy por sentadas que fueron en su día ideas extravagantes, tales como la igualdad de los negros, el voto femenino o el seguro por desempleo.

lunes, 21 de mayo de 2018

Capitalismo comunista

Mientras escribía la serie de artículos titulada Dilbert lo predijo me di cuenta de una cosa: ningún director general cree realmente en el capitalismo. Es posible que se les llene la boca de loas a la propiedad privada de los medios de producción, la competencia, el libre mercado y el respeto a la satisfacción de los fines egoístas pero, a la hora de la verdad, todos ellos actúan como comunistas.

¿Por qué se supone que el capitalismo es un sistema de organización económica mejor que el comunismo? Dejemos que Robert P. Murphy nos lo explique:

Capitalism is the system in which people are free to use their private property without outside interference. That’s why it’s also known as the free enterprise (or free market) system, because it allows people freedom to choose: freedom to choose their own jobs, freedom to sell their products at whatever prices they like, and freedom to choose among products for the best value.
[...] under a socialist government or in a tribal system, jobs are assigned by the authorities. In “managed” economies, prices might be set and import and export quotas might be enforced. In many socialist countries there is no right to private property at all: everything is owned—or could be confiscated—by the state for the benefit of “the people.”
[...] Most modern critics of capitalism fear freedom—they fear the results of allowing people to decide their own economic affairs and letting the unregulated market run its course. They think regulators and bureaucrats know better than private citizens making their own voluntary arrangements.
Imagen de Propaganda Times
He aquí los tres tótems del capitalismo: libertad individual, libre competencia y producción descentralizada. La competencia del libre mercado hace que se produzca lo que se demanda en la cantidad precisa con un nivel mínimo de calidad. En ese contexto, el respeto a la libertad individual y la propiedad privada produce, a través de la mano invisible, el bienestar general.

Para entender la idea que trato de transmitir no es necesario que las definiciones anteriores sean perfectas (un comunista podría replicar, por ejemplo, que el comunismo no es incompatible con la propiedad privada). Basta, por el contrario, con sacar a relucir estas ventajas mencionadas del capitalismo para ver cómo, en la práctica, quienes participan en él se guían por los principios que supuestamente rechazan.

Uno de los puntos más relevantes en nuestra disquisición de hoy es la diferencia en el modo de organizar la producción entre los sistemas mencionados. Como saben, en el comunismo la planificación es central mientras que en el capitalismo es descentralizada. Este último modo sería superior por las siguientes razones (ibídem Murphy):

[I]n a market economy no one is “in charge” of car production, and it’s nobody’s job to make sure that enough newborn-sized diapers get made. The apparent chaos, or unreliability, of laissez-faire capitalism seems most evident during recessions, when unemployed workers are eager for jobs and consumers are hungry for their products but the capitalist system seems to fail everyone. Wouldn’t it be much more sensible to have a group of experts draw up plans (in five-year increments, perhaps) to rationally determine how resources and workers should best be deployed?

This view is flawed in two major respects. First, it is impossible for a central authority to plan an economy. New technologies (if entrepreneurs have freedom to create new technologies), changes in consumer taste (if consumers have freedom to pursue their tastes), and the innumerable variables that can affect production, distribution, and consumption of everything from newspapers to lawn mowers on a national or international scale are simply not “manageable” in the way socialist planners like to think they are.

Second, the planning bias completely misunderstands the role of profit and loss in a market economy. Far from being arbitrary, a firm’s “bottom line” indicates whether an entrepreneur is doing what makes sense: if his product is one that people want and if he is using his resources in the best possible way. The firm’s costs are themselves prices, which are influenced by the bidding of other producers who have competing uses for the same resources.

The free market’s effects are far from arbitrary. Every time you spend three dollars on tomatoes, you are ultimately “voting” for some of the nation’s scarce farmland to be reserved for tomato production. Smokers similarly “vote” for some of the land to be reserved for tobacco production. When a business has to shut down because it is no longer profitable, what that really means is that its customers valued its products less than they valued other products that other businesses could make with the same materials. If a business is enjoying high profits, that’s the market’s indication that it is using its resources more effectively than other firms.

Como vemos, la teoría capitalista sostiene que es imposible para una autoridad central planificar la economía. La razón principal probablemente sea la información imperfecta: es inviable para un gobierno estar al tanto de todos los hechos importantes con suficiente inmediatez, ajustar los planes a la información entrante y coordinar a los distintos organismos para adaptarse a los cambios con rapidez. Aquí suele citarse como ejemplos los planes quinquenales de la URSS los cuales, podría seguir el argumento, acabaron por repartir la miseria entre unos ciudadanos que solo podían elegir un modelo de coche, de horrible diseño y escasa fiabilidad.

La solución capitalista al problema descrito es el sistema de precios en un régimen de competencia. Explica Friedrich Hayek:

[C]omo jamás pueden conocerse plenamente todos los detalles de los cambios que afectan de modo constante a las condiciones de la demanda y la oferta de las diferentes mercancías, ni hay centro alguno que pueda recogerlos y difundirlos con rapidez bastante, lo que se precisa es algún instrumento registrador que automáticamente recoja todos los efectos relevantes de las acciones individuales, y cuyas indicaciones sean la resultante de todas estas decisiones individuales y, a la vez, su guía.

Esto es precisamente lo que el sistema de precios realiza en el régimen de competencia y lo que ningún otro sistema puede, ni siquiera como promesa, realizar. Permite a los empresarios, por la vigilancia del movimiento de un número relativamente pequeño de precios, como un mecánico vigila las manillas de unas cuantas esferas, ajustar sus actividades a las de sus compañeros. Lo importante aquí es que el sistema de precios sólo llenará su función si prevalece la competencia, es decir, si el productor individual tiene que adaptarse él mismo a los cambios de los precios y no puede dominarlos. Cuanto más complicado es el conjunto, más dependientes nos hacemos de esta división del conocimiento entre individuos, cuyos esfuerzos separados se coordinan por este mecanismo impersonal de transmisión de las informaciones importantes que conocemos por el nombre de sistema de precios.
Por eso me choca que un director general póster del capitalismo suba al estrado y anuncie a sus cientos de empleados que el comité ejecutivo está diseñando un «plan a cinco años vista», o lo que es lo mismo, un plan quiquenal. Al oír aquello es cuando me di cuenta de que la actividad de las empresas grandes y medianas está dirigida por una autoridad central cuyo desconocimiento de los asuntos relevantes es la misma que la de cualquier gobierno. Es decir, que las empresas privadas son pequeños países comunistas.

Si los directores generales creyeran realmente en las virtudes del capitalismo ¿no deberían descentralizar la producción y dejar que cada departamento o equipo se gestionara de manera autónoma? Según la teoría que defienden son los trabajadores los que están más cerca del cliente y, por consiguiente, conocen mejor y antes que nadie sus necesidades, sus gustos, sus quejas, las modas que siguen, los competidores a los que prestan más atención, etcétera. De la misma forma, son los que están en la cadena de producción los que saben cuántas manos hacen falta, dónde están los cuellos de botella y cómo se pueden solucionar, qué inversiones son necesarias, y así siguiendo. Sin embargo, las empresas se siguen guiando por planes alumbrados por un comité de burócratas que deciden quién hace qué y con qué medios.

Pasemos ahora a la libertad individual. Los defensores del capitalismo pueden argumentar que, mientras el comunismo lleva inexorablemente a la dictadura, el capitalismo es inherentemente democrático. Verbigracia:

Al dejar actuar a la mano invisible, al animar a los empresarios a trabajar con ahínco y superarse a sí mismos, al priorizar el interés propio de los individuos sobre las decisiones del Estado acerca de lo que es mejor para la población y al permitir a los accionistas controlar las compañías, el capitalismo consagra la democracia individual y el derecho al voto en una sociedad de una forma que, sencillamente, no está al alcance de otros sistemas verticales. No es coincidencia que las sociedades no capitalistas tiendan a ser de manera casi exclusiva dictaduras no elegidas.
Veamos la oficina con lentes capitalistas. ¿Alguna vez han visto a un gerifalte decirle a sus empleados: «buscad vuestros propios intereses porque de la suma de ellos la empresa saldrá beneficiada»? Lo dudo mucho. En lugar de eso seguro que han tenido que soportar lección tras lección sobre «trabajo en equipo», «sacrificio», «dar el ciento diez por cien», «estar alineados», «ser como una familia» y todas esas aberrantes llamadas al bien de la empresa, que es lo mismo que la abnegación en pro de la patria o ese «bien común» que los capitalistas y liberales rechazan porque «justifica cualquier cosa». Mano invisible, mis cojones.

Un análisis ulterior nos hará ver que los asalariados no solo pueden buscar sus propios fines en la empresa privada sino que ni siquiera pueden organizar su trabajo a voluntad. ¿Pueden ustedes cambiar de puesto, departamento o tareas libremente? Apostaría mi nómina del mes en curso a que, en su inmensa mayoría, no pueden. Seguramente tampoco tengan control sobre su horario ni su lugar de trabajo, y no podrán negarse a hacer algo aunque sepan a ciencia cierta que es absurdo, perjudicial o malvado (al final se hace lo que dice el jefe). Muchos trabajadores ni siquiera pueden decidir libremente cuándo disfrutar sus vacaciones o periodos de descanso. En Estados Unidos hay empleadores que llegan al punto de limitar y programar el uso del aseo a los proletarios.

De nuevo, la semejanza de una empresa con una dictadura comunista es innegable. De la misma forma que el comunismo rechaza la autonomía individual con el objetivo de organizar a la sociedad para lograr cierto fin, así las empresas subyugan a sus trabajadores en busca del bien de la compañía. Según Hayek, esto es una consecuencia inevitable de la planificación: «la planificación conduce a la dictadura, porque la dictadura es el más eficaz instrumento de coerción y de inculcación de ideales, y, como tal, indispensable para hacer posible una planificación central en gran escala».

Asimismo, los dirigentes de una empresa no son representantes elegidos democráticamente por los obreros. En lugar de eso hay un grupo particular de directivos con intereses propios (y, a menudo, opuestos a los de la mayoría) y un estatus por encima del resto cuya membresía es lo único capaz de otorgar capacidad de influencia o poder a los habitantes de la sociedad anónima.

Mi argumento de hoy descansa en la base de que una empresa es como un país. Si esta equivalencia es falsa entonces yo podría estar equivocado. Tengo razones para pensar que la analogía es cierta. Por ejemplo, he visto defender la metáfora opuesta, esto es, que un país es como una empresa y puede dirigirse igual. El corolario de tal afirmación es la llegada a presidente de la república de un empresario bajo la premisa de que su experiencia en los negocios le hará un buen gestor de la economía nacional.

Si los países son empresas ¿qué producen? ¿Bienes y servicios para la exportación? ¿Leyes? ¿Bienestar para sus ciudadanos? Veo varias respuestas posibles que, de paso, rebatirían la objeción según la cual la diferencia entre una empresa y un país es que la primera tiene una misión concreta mientras que el segundo solo debe proporcionar un entorno en el que los individuos puedan satisfacer sus planes de vida.

Tal vez la diferencia sea la escala, es decir, el número de personas involucradas. Aquí entraríamos en una paradoja sorites en la que no podríamos situar a ciencia cierta el umbral a partir del cual no es posible tener información perfecta y coordinar a los individuos con agilidad. Walmart da empleo a más de dos millones de personas a la vez que hay decenas de países con menos de trescientos mil habitantes. De todas formas, aunque la planificación fuera posible a escalas de miles o cientos de miles de personas, eso no soluciona el problema de la autonomía individual.

Una forma fácil de saber si el mandamás de su empresa tiene un estilo directivo de corte estalinista podría ser llamarle «comunista hipócrita», un adjetivo que le dolerá mucho más si es estadounidense. En el caso más improbable, respetará su libertad de expresión. En el caso más presumible se le aplicará el tratamiento de rigor a quienes se oponen a los dirigentes del «partido». Ya saben a qué me refiero; está en los libros de Historia.

lunes, 14 de mayo de 2018

Todo el mundo miente

Era la regla inamovible del doctor House y, con el tiempo, una de las mías. Todo el mundo miente, todo el tiempo: los padres y los hijos, los amantes y los amados, el acusador y el acusado, el vendedor y el comprador, el entrevistador y el entrevistado, el candidato al trabajo y el ofertante. Por vergüenza, por aparentar, por ignorancia, porque buscan sus fines egoístas, porque quieren hacer daño o porque creen que haciéndolo protegen sus intereses.

Imagen de miss.killer!
Mentir significa «decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa», así como inducir a error, fingir o aparentar. A mi juicio, la mentira no requiere que haya mens rea, ese elemento interno o subjetivo del delito consagrado en el Derecho anglosajón. Se pueden decir embustes sin tener un estado mental deshonesto. ¿Cómo? Por ejemplo, cuando defendemos recuerdos falsos.

Los psicólogos Christopher Chabris y Daniel Simons abren su capítulo sobre los falsos recuerdos con la historia de un entrenador de baloncesto universitario llamado Bobby Knight que fue acusado de agredir físicamente al jugador estrella Neil Reed. Según Reed, durante un entrenamiento en el año 1997 Knight lo reprendió, Reed replicó y, a continuación, el entrenador se abalanzó sobre él y lo agarró de la garganta hasta que los que estaban alrededor los separaron. Knight, por su parte, no recordaba aquel suceso.

El incidente tuvo cierta repercusión en Estados Unidos y las entrevistas mostraron que los testimonios de los presentes eran contradictorios. Mucho después de que se hicieran públicas las acusaciones apareció un vídeo de aquel entrenamiento. En él se veía a Knight acercarse a Reed, tomarlo por la parte anterior del cuello con una mano durante unos segundos y empujarlo hacia atrás. Los allí presentes se pararon a observar pero nadie se acercó a separarlos.

Chabris y Simons explican que tanto el entrenador como el jugador tenían un recuerdo distorsionado del acontecimiento. Para Knight lo ocurrido fue un hecho trivial, así que su recuerdo tomó la forma de una situación típica del entrenamiento. Para Reed, por el contrario, se trató de un suceso inusual y desagradable, de manera que su recuerdo se guardó con el título «el entrenador me asfixió»:

Así como lo que percibimos depende de lo que esperamos ver, aquello que recordamos se basa en parte en lo que pensamos que sucedió. Es decir, que la memoria depende tanto de lo que de hecho pasó como de la manera en que lo interpretamos.
[...] La percepción extrae el significado de lo que vemos (o escuchamos, u olemos...) en lugar de codificarlo todo con perfecto detalle. Sería una pérdida poco habitual de energía y de otros recursos para la evolución haber diseñado un cerebro que captara todos los estímulos posibles con igual fidelidad cuando es poco lo que el organismo puede ganar con una estrategia así. Del mismo modo, la memoria no almacena todo lo que percibimos, sino que toma lo que hemos visto u oído y lo asocia con lo que ya sabemos. Estas asociaciones nos ayudan a discernir lo que es importante y a recordar detalles de lo que hemos visto. Proporcionan «pistas de recuperación» que hacen que nuestras memoria sea más fluida. En la mayoría de los casos, son pistas útiles. Pero estas asociaciones también pueden llevarnos por el mal caminio, precisamente porque dan lugar a un sentido exagerado de la precisión de la memoria. No podemos distinguir con facilidad entre lo que recordamos al pie de la letra y lo que reconstruimos a partir de asociaciones y conocimientos.
Así que no solo nuestra interpretación de lo que vemos está sesgada por nuestro modelo mental del mundo sino también lo que recordamos. Como dicen estos psicólogos, vemos lo que esperamos ver y recordamos lo que esperamos recordar, es decir, inconscientemente acomodamos nuestras percepciones y nuestras evocaciones a nuestras expectativas y creencias.

Es por ello que los testigos son fuentes de información poco fiables. Incluso los recuerdos de tipo flash, aquellos que se graban vívidamente por la enorme carga emocional que tienen, están sujetos a distorsiones porque, aunque a nosotros los vivamos como detallados e imborrables, la memoria humana no guarda los recuerdos como ficheros de vídeo inmutables (ibídem Chabris y Simons):

Aunque creemos que nuestra memoria funciona como un recuento preciso de lo que hemos visto y oído, en realidad estos registros pueden ser del todo insuficientes. Lo que recordamos a menudo está rellenado con ideas generales, inferencias e imágenes de otras influencias; se parece más a una ejecución improvisada basada en una melodía familiar que a un reflejo digital de la primera función de una sinfonía en el Carnegie Hall. Equivocadamente, creemos que nuestros recuerdos son fieles y precisos y no podemos separar con facilidad aquellos aspectos de nuestra memoria que reflejan con precisión lo sucedido de los introducidos más tarde.
A veces llega a ocurrir que una persona cuenta como una historia personal algo que le ocurrió a otro individuo, lo que se conoce como fallo de la memoria fuente. Otras veces un autor plagia a otro sin darse cuenta. También es posible cambiar los recuerdos de alguien utilizando fotografías trucadas. Finalmente, como nuestros recuerdos deben ser coherentes con nuestras acciones y creencias es posible que cambien a lo largo del tiempo. «Cuando nuestras creencias cambian nuestros recuerdos pueden cambiar con ellas», afirman Simons y Chabris.

Por eso es posible que mintamos sin que nos demos cuenta. Cuanto contamos una anécdota o rememoramos un acontecimiento no relatamos la versión objetiva del hecho sino nuestra versión, un remake mental de cosecha propia cuyo guión se ajusta a nuestra visión del mundo y de nosotros mismos, y cuyas distorsiones no se limitan a detalles irrelevantes. Por citar un par de ejemplos que aparecen en el libro de Chabris y Simons, George W. Bush declaró en varias ocaciones que vio en televisión cómo el primer avión se estrellaba contra una de las torres el once de septiembre de 2001 antes de entrar al aula de escuela primaria donde estaba cuando le informaron del segundo impacto. Eso era imposible porque el día de los ataques la única colisión que se emitió por televisión fue la del segundo avión. De manera similar, Hillary Clinton relató en un discurso de su campaña presidencial de 2008 un aterrizaje en Bosnia «bajo el fuego de francotiradores» que, según ella, obligó a su comitiva a correr cubriéndose la cabeza para llegar al coche que los esperaba. El periódico The Washington Post publicó su historia acompañada por una fotografía de aquel momento que mostraba cómo la candidata besaba a un niño bosnio que acababa de leerle un poema de bienvenida. Todos los documentos gráficos de esa llegada mostraron una ceremonia normal y una caminata plácida hasta los vehículos, sin incidentes.

Madurar require adaptarse al hecho de que todo el mundo miente. El filósofo Thomas Reid escribió:

Otro principio original que el Ser Supremo implantó en nosotros fue nuestra disposición a confiar en la veracidad de los demás, y a creer en lo que ellos nos dicen. Este principio es el complemento del primero. Mientras que a aquél pudiera llamársele el principio de veracidad, nombraremos a éste , a falta de un titulo más adecuado , el principio de credulidad. Se trata de un principio ilimitado en los niños hasta que descubren ejemplos de falsedad y de engaño, así como de uno que retiene su poder en grado considerable a lo largo de la vida.
Cada cual elige dónde situarse en el espectro escepticismo-credulidad pero yo creo que, por lo general, pecamos de crédulos y que, por consiguiente, haríamos bien en ser más escépticos ante los testimonios y los datos que nos llegan, provengan de donde provengan. No porque todas las personas sean unas malvadas mentirosas patológicas que quieren aprovecharse de nosotros sino porque (¿además de eso?) nuestra naturaleza nos hace proclives a decir mentiras sin que ni siquiera nos demos cuenta.