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lunes, 17 de junio de 2019

¿Experto o cuñado? (IV)

Últimamente me he aficionado a los vídeos del canal de Youtube Power Art. Uno de sus aspectos destacables es la fluidez con la que el presentador habla de la historia del modelo que analiza, de sus datos técnicos y del diseño. Bastan unos pocos minutos de vídeo para considerar a este hombre versado en el mundo del motor, máxime si lo comparamos con el resto de canales dedicados a mostrar coches nuevos, los cuales se limitan a describir las partes visibles del vehículo y contar sus impresiones a base de tópicos.

Imagen de Wikimedia Commons
Pero ¿realmente estamos ante un experto? Quizá se limite a leer un guión. Tal vez nos esté confundiendo su buena actuación ante la cámara. Los actores de la serie de televisión Urgencias o House no sabían nada sobre medicina pero resultaban convincentes. También lo es uno de mis mejores amigos, el cual trabaja como monitor de gimnasio y da clases de GAP, spinning, pilates y lo que le pidan. Él no ha recibido formación reglada en ninguna de esas disciplinas pero no le falta trabajo. Para ello, antes de ir a la entrevista mira unos cuantos vídeos en Youtube, se aprende una clase de memoria y lo enseña en la entrevista. Lleva superando procesos de selección de esta forma más de diez años.

¿Cómo podemos reconocer a un verdadero experto? ¿Cómo detectar a un impostor o a un ignorante? No creo que haya una sola prueba que pueda separar al experto del resto, más bien tendremos que ir acumulando pruebas que confirmen o desmientan nuestra valoración. Se parece un poco a detectar un billete falso ¿Tiene la marca de agua? ¿Se ve el hilo de seguridad? ¿El holograma muestra los reflejos esperados? Cuantas más «pruebas» supere el billete que tendremos entre manos más seguros podremos estar de nuestro juicio. Pero, a diferencia del billete, con el experto nunca podremos estar seguros totalmente de nuestra evaluación; como máximo podemos aspirar a cierta probabilidad de que nuestro juicio sea correcto dentro de un margen de error dado.

David H. Freedman nos sugiere estas sencillas normas para saber si las opiniones de un experto tienen altas probabilidades de ser equivocadas (énfasis en el original):

Expert advice with a higher-than-average likelihood of being wrong is often given away by any number of tells. Be extra wary if the advice fits any of these descriptions:

It’s simplistic, universal, and definitive. [...] When advice is of the sort that promises broad benefits and can be described in a sound bite or headline—“Drinking Coffee Extends Life Span!”—chances are good that either it’s coming from an expert who has wandered off track through mismeasurement, bad analysis, or bias, or something has been lost in the translation as the findings made their way through research journals and the mass media. [...]
It’s supported by only a single study, or many small or less careful ones, or animal studies. Any advice based on one study should be regarded as highly tentative, no matter how good the study seems. The more studies, the better, as a rough rule, but even a series of big, rigorous studies can occasionally produce wrong conclusions. [...]
It’s groundbreaking. For one thing, most expert insights that seem novel and surprising are based on a small number of less rigorous studies and often on just one small or animal study. [...]
It’s pushed by people or organizations that stand to benefit from its acceptance. All experts stand to benefit from their research winning a big audience, of course, and that’s well worth remembering, but in some cases the potential conflict of interest is more likely to be corrosive. That’s especially true when the research is coming out of or being directly funded by individual companies or industry groups whose profits may be impacted by the findings. [...]
It’s geared toward preventing a future occurrence of a prominent recent failure or crisis. This is the “locking the barn door” effect: we’re so irked or even traumatized by whatever has just gone wrong that we’re eager to do now whatever we might have done before to have avoided the problem. It’s about as smart a strategy as standing on a twelve in blackjack with the dealer showing a face card, just because you’ve busted twice in a row.
De manera similar, también describe algunas características de los consejos más fiables (ibídem):

It doesn’t trip the other alarms. [...] we ought to give more weight to expert advice that isn’t simplistic; that is supported by many large, careful studies; that is consistent with what we mostly believe to be true; that avoids conflicts of interest; and that isn’t a reaction to a recent crisis.
It’s a negative finding. [...] There isn’t much reason to game a disappointing conclusion, and anyone who publishes one or reports on it probably isn’t overly concerned with compromising truth in order to dazzle readers.
It’s heavy on qualifying statements. [...] sometimes journal articles and media reports do contain comments and information intended to get us to question the reliability of the study methodology, or of the data analysis, or of how broadly the findings apply. Given that we should pretty much always question the reliability and applicability of expert findings, it can only speak to the credibility of the experts, editors, or reporters who explicitly raise these questions, encouraging us to do the same.
It’s candid about refutational evidence. Claims by experts rarely stand unopposed or enjoy the support of all available data. (A saying in academia: for every PhD, there’s an equal and opposite PhD.) Any expert, journal editor, or reporter who takes the trouble to dig up this sort of conflicting information and highlight it when passing on to us a claim ought to get a bit more of our attention.[...]
It provides some context for the research. Expert findings rarely emerge clear out of the blue—there is usually a history of claims and counterclaims, previous studies, arguments pro and con, alternative theories, new studies under way, and so forth. [...]
It provides perspective. [...] more trustworthy pronouncements tend to more clearly spell out the limitations in their relevance—that a treatment has been tried only on animals or on healthy people, for example, or that a shift in real-estate prices has been clearly observed only in higher-end homes or in one part of the country. [...]
It includes candid, blunt comments. [...] I don’t think you can be confident of really understanding the reliability or significance of an expert claim unless you’ve heard the expert herself or other well-informed experts express their doubts and skepticism. The best places to look for such comments, in my experience, are in longer magazine articles, in letters to journals, and occasionally in radio interviews.
De todos los indicios listados mi favorito es la sinceridad acerca de las pruebas que desmienten la hipótesis. A mi juicio, el experto, para ser tal, debe conocer en profundidad los aspectos más débiles de sus teorías, un requisito que demandaba John Stuart Mill:

En vuestros días está de moda despreciar la lógica negativa que es la que descubre los puntos débiles en la teoría o los errores en la práctica, sin establecer verdades positivas. Semejante crítica negativa sería pobre como resultado final; pero como medio de alcanzar un conocimiento positivo o una convicción digna de tal nombre, nunca será valorada demasiado alto; y hasta que los hombres sean de nuevo y sistemáticamente educados para esto, habrá pocos grandes pensadores y el nivel intelectual medio será bajo, excepto en las especulaciones matemáticas y físicas. En todas las demás materias, ninguna opinión merece el nombre de conocimiento, en tanto que, bien forzado por los demás, bien espontáneamente, no ha seguido el mismo proceso mental a que le hubiera obligado una controversia con sus adversarios.

Después de lo que hemos visto en esta serie de artículos podríamos agregar algunos criterios de nuestra propia cosecha. Primero, que el conocimiento de la persona en cuestión sea fruto de un proceso que tiende a producir verdadero conocimiento. Por ejemplo, el presentador de Power Art es ingeniero mecánico mientras que mi amigo, como he dicho, se alimenta de vídeos de YouTube. No creo que sea controvertido decir que, basándonos únicamente en la formación, el primero tiene más probabilidades de ser un experto real que mi amigo.

Segundo, el verdadero experto es capaz de hacer predicciones que son correctas. El tipo de predicciones dependerá de la materia en concreto. En el caso de mi amigo él debería ser capaz de producir en sus clientes los cambios físicos que demandan (perder peso, ganar fuerza) cuando estos hacen todo lo que mi amigo les dice. El presentador de Power Art, por su parte, hace de ingeniero de pista para un equipo de carreras así que el éxito de sus predicciones se verá en el comportamiento del coche durante la competición.

Finalmente, una de las formas más fiables pero menos útiles para calibrar el conocimiento ajeno es tener uno mismo conocimientos sobre el tema. No siempre podemos alcanzar el nivel requerido para distinguir a un genio de un mediocre y, además, debemos tener la cautela de no favorecer a aquellos expertos que comulgan con nuestras ideas, tachando a los contrarios de ignorantes, pero es de suyo evidente que cuanto más conozcamos la materia mejor cualificados estaremos para juzgar.

Continuará.

lunes, 24 de agosto de 2015

Mala ciencia

Consultores, entrenadores, economistas, gurús de las relaciones personales o de la vida en general, consejeros de celebridades, asesores financieros, directores generales, comentaristas deportivos, tertulianos... como ya hablamos, abundan los expertos. Pueblan el espectro electromagnético y nos hacen llegar sus consejos (normalmente equivocados) a través de la televisión, la radio o internet. A la hora de defender sus argumentos suelen apelar a su experiencia personal, al éxito de su carrera o a un puñado de historias de gente que siguió sus consejos y logró un final feliz. Si se les interroga sobre sus fuentes de conocimiento, la respuesta varía según el asunto tratado. Un experto en felicidad puede recurrir a antiguos textos budistas. Un experto en finanzas puede invocar el nombre de grandes autoridades en la materia (algún premio Nobel, por ejemplo). Pero la mayor parte de ellos, en algún momento u otro, echan mano de la ciencia, ya sea en forma de estudios científicos o en palabras de algún académico o investigador. Y es que no hay nada como una pátina de ciencia para defender la solidez de nuestros argumentos:

La ciencia goza de una alta valoración. Aparentemente existe la creencia generalizada de que hay algo especial en la ciencia y en los métodos que utiliza. Cuando a alguna afirmación, razonamiento o investigación se le da el calificativo de «científico», se pretende dar a entender que tiene algún tipo de mérito o una clase especialidad de fiabilidad.
[...] Los anuncios publicitarios afirman con frecuencia que se ha mostrado científicamente que determinado producto es más blanco, más potente, más atractivo sexualmente o de alguna manera preferible a los productos rivales. Con esto esperan dar a entender que su afirmación está especialmente fundamentada e incluso puede que más allá de toda discusión.
Foto de Sergei Golyshev
Según la concepción popular, la ciencia se basa en hechos, afirmaciones sobre el mundo que pueden comprobarse directamente, verdades objetivas que todos hemos de aceptar. Además de eso, lo que hace especial a la ciencia es su método, el «método científico». Lo recordarán del colegio. A grandes rasgos, se empieza con una pregunta («¿por qué el cielo es azul?»), se formula una hipótesis, se desarrollan las consecuencias lógicas de la misma, se lleva a cabo un experimento para ponerla a prueba y se analizan los resultados. Si las pruebas obtenidas en el experimento contradicen la hipótesis es necesario desecharla y desarrollar una nueva. Si la confirman, se comprueban otras predicciones de dicha hipótesis. Una vez la hipótesis cuenta con suficientes pruebas a favor pasa a desarrollarse una teoría.

La calidad de la ciencia reside en los detalles, allí donde, según el dicho, habita el diablo. En cada paso del método científico se puede cometer un traspié y el libro de David H. Freedman titulado Wrong: Why Experts Keep Failing Us - and How to Know When Not to Trust Them contiene una buena lista de todo lo que puede salir mal. Para empezar, pueden cometerse errores en algo tan sencillo como recopilar los datos (al tomar la presión arterial de los sujetos de estudio o al medir la temperatura del océano o al calcular la contaminación del aire). A veces dichos errores nos obligan a tener que descartar observaciones, lo que introduce el problema de qué datos se descartan con razón y cuáles se desechan por un sesgo inconsciente. Terminada la toma de datos, a la hora de analizar los resultados los errores estadísticos son frecuentes.

No es fácil diseñar experimentos para probar ciertas hipótesis, por lo que los científicos a veces sustituyen una pregunta por otra más fácil de responder y acaban midiendo cosas que no importan. Por ejemplo, ante la pregunta «¿este medicamento cura el cáncer?» un estudio puede estar diseñado para determinar si dicho medicamento reduce el tamaño del tumor, ya que medir eso es mucho más sencillo que observar a una población durante años para determinar si los que tomaron el medicamento vivieron más. Por desgracia, el tamaño del tumor puede que no esté relacionado con la mortalidad del cáncer. Este uso de indicadores secundarios es bastante habitual y tiene su máxima expresión en los experimentos con animales. Siempre que se trate de un estudio con otra especie hay que esperar a los resultados con humanos ya que, por mucho que se nos parezcan, nada nos asegura que el resultado sea extrapolable.

Otro error bastante común es que los datos soporten la hipótesis pero que dicha hipótesis sea falsa en realidad y el efecto observado se deba a un tercer factor no contemplado. Por ejemplo, un estudio puede concluir que la gente que duerme menos de seis horas diarias tiene mayor probabilidad de ser obesa. Sin embargo, quizá la razón de que haya correlación entre ambas variables sea que la gente sana se preocupa tanto de hacer ejercicio como de comer y de dormir bien. Si esa fuera la explicación, no es de esperar que uno vaya a adelgazar a base de dormir más cada noche. Todos los tipos de estudio (observacional, epidemiológico, meta-análsis, doble ciego) están afectados por este problema en mayor o menor medida.

Algunos fallos no son tan inocentes y están relacionados con los incentivos a los que se enfrentan los investigadores. Como explica Gerry Carter en su artículo, los objetivos de la ciencia como tal y de quienes la practican no son los mismos. El éxito científico no equivale a éxito académico. Hacer ciencia de calidad (falsificable, repetible y correcta) no lleva automáticamente a ser influyente, reconocido y ascendido. A los científicos se les premia laboralmente por obtener resultados novedosos, revolucionarios y sorprendentes. Estos requisitos, unidos a la enorme competencia, reducen la calidad de la ciencia practicada. Al final, lo que es importante para un científico no es tanto la verdad como el demostrar que algo es cierto, pues eso es lo que necesita para conseguir una plaza en una universidad o dinero para investigación:

Most of us don’t think of scientists and other academic researchers as cheaters. I certainly don’t. What could motivate such surprisingly nontrivial apparent levels of dishonesty? The answer turns out to be pretty simple: researchers need to publish impressive findings to keep their careers alive, and some seem unable to come up with those findings via honest work. Bear in mind that researchers who don’t publish well-regarded work typically don’t get tenure and are forced out of their institutions. It’s an oppressive system and one that’s becoming more so.
Ante las presiones por obtener un resultado positivo, si un estudio no confirma una hipótesis es muy probable que acabe sin ver la luz del día, dado que no contribuye al avance de la carrera del científico. Esto perjudica a la ciencia porque el desarrollo de una teoría depende del conjunto de todos los datos, no solo de los favorables. Por otra parte, abundan quienes torturan los números hasta que les dicen lo que quieren, esto es, hasta que encuentran algo que apoye lo que querían demostrar. En otras ocasiones, un científico puede diseñar un experimento para poner a prueba su hipótesis («¿son más inteligentes las personas guapas?»), encontrarse con otro efecto diferente («no son más inteligentes pero sí más adineradas») y publicar el estudio como si su propósito inicial fuera probar esta última hipótesis (es lo que se conoce como mover los palos de la portería). A veces es una empresa privada la que financia la investigación, como cuando un fabricante de cerveza promueve un estudio que concluye que la cerveza no engorda. Proliferan las pruebas que indican que esta clase de experimentos motivados siempre encuentran lo que estaban buscando.

Por último, no hay que olvidar el fraude puro y llano. En ocasiones se crean datos de la nada o se ocultan algunos de ellos. Asimismo se publican estudios falsos o que nunca tuvieron lugar. Incluso ha habido casos de corrupción en el sistema de revisión por pares. Quienes detectan conductas reprobables no tienen incentivos para denunciarlo debido a que podrían perder su puesto de trabajo o su financiación. Además, uno debe llevarse bien con sus colegas si quiere ver su trabajo publicado.

La ciencia no es un proceso llevado a cabo en el vacío. Es obra de personas de carne y hueso sometidas a los mismos sesgos y limitaciones que el resto de nosotros. A los errores normales de un ser humano hay que sumarle el hecho de que los investigadores están sometidos a mucha competencia lo que, como ocurre en otras profesiones, puede derivar en malas conductas con tal de destacar o, simplemente, mantenerse a flote.

La gente digiere estos hechos de distinta manera. Algunos reniegan totalmente de la ciencia y suscriben (normalmente sin conocerlas) las tesis del filósofo Paul Feyerabend, quien sostenía que la ciencia no posee rasgos especiales que la hagan superior a otras ramas del conocimiento. Él veía la ciencia como la religión moderna y pensaba que desempeña la misma función que ha desempeñado el cristianismo en Europa durante los siglos pasados. Para estas personas, escépticos radicales y posmodernistas, todo es dogma y cada uno abraza el que le parece. Otros buscan en las seudociencias respuestas que la ciencia no tiene (o que sí tiene, pero no concuerdan con su visión del mundo). Finalmente, están quienes reconocen que la ciencia es una tarea ardua y, por ello, siempre tienen presente que no todos los estudios y artículos científicos valen lo mismo, que no todos los científicos son iguales, que la cantidad y calidad de pruebas a favor o en contra de una hipótesis es importante, que parte del conocimiento tiene fecha de caducidad y que la ciencia, en general, es un proceso paulatino de reducción de la incertidumbre y el desconocimiento.

lunes, 20 de julio de 2015

Completamente seguro

De la mano de Ed Russo y Paul Schoemaker esta semana les traigo un pequeño juego en forma de test. Para cada una de las siguientes diez preguntas respondan con un rango tal que estén seguros al noventa por ciento de incluir la respuesta correcta. Por ejemplo, si la pregunta es «¿cuántos huesos hay en el cuerpo humano?» podrían decir algo como «entre treinta y trescientos». La clave aquí es que solo hay que estar seguro al noventa por ciento, no al cien por cien, pues en este último caso uno siempre puede plantear rangos ridículamente amplios que contienen la respuesta correcta con seguridad (por ejemplo, entre cero y quince mill billones de huesos). Por tanto, el objetivo es acertar nueve de las diez cuestiones. Huelga decir que no vale buscar en Google ni consultar a nadie. Tampoco vale decir «no tengo ni idea». Para cada pregunta seguro que tienen alguna pista de por dónde pueden ir los tiros. Por ejemplo, si les interrogan sobre cuántos años tenía Mozart cuando murió es evidente que no tiene mucho sentido decir «cuatrocientos años».

¿Preparados? Aquí van las preguntas:
  1. ¿Cuánto pesa un Airbus A340-600 vacío? Entre ___ y ___ kilos.
  2. ¿En qué año ganó John Steinbeck el Premio Nobel de Literatura? Entre ___ y ___.
  3. ¿Cuál es la distancia de la Tierra a la Luna? Entre ___ y ___ kilómetros.
  4. ¿Cuál es la distancia de Madrid a Baghdad? Entre ___ y ___ kilómetros.
  5. ¿En qué año terminó de construirse el Coliseo Romano? Entre ___ y ___.
  6. ¿Cuál es la altura de la presa de Asuán? Entre ___ y ___ metros.
  7. ¿En qué año completó Magallanes la primera vuelta al mundo en barco? Entre ___ y ___.
  8. ¿En qué año nació Gandhi? Entre ___ y ___.
  9. ¿Cuál es la superficie del mar Mediterráneo? Entre ___ y ___ kilómetros cuadrados.
  10. ¿Cuál es el periodo de gestación de una ballena azul? Entre ___ y ___ días.

¿Lo tienen? Encontrarán las respuestas al final del artículo*. ¿Qué tal les ha ido? Recuerden que el objetivo era acertar nueve. Si han acertado las diez, entonces es que están muy faltos de confianza. En cualquier caso, Ed Russo y Paul Schoemaker pusieron a prueba a más de dos mil personas y encontraron que la mayoría erraba entre cuatro y siete preguntas. Menos de un uno por ciento de los encuestados dieron rangos que incluyeran la respuesta correcta nueve o diez veces. Es decir, el noventa y nueve por ciento de los sujetos de estudio mostraron una confianza excesiva.


A continuación les plantearé un dilema descrito por el periodista David Freedman. Imaginen que llevan meses con dolor de espalda y consultan a dos médicos. El primero les dice que ha visto muchos casos como el suyo y que es difícil saber exactamente cuál es el problema, que diferentes tratamientos funcionan en grados distintos, que es difícil saber qué funcionara en su caso concreto y que la mayoría de las veces ningún remedio es completamente efectivo. Les sugiere un tratamiento A, el cual tiende a funcionar algo mejor en pacientes como usted, y le cita para el mes siguiente para comprobar si ha funcionado o probar otra cosa. El segundo doctor, por otra parte, les dice que ha visto muchos casos como el suyo y que sabe exactamente cuál es el problema. Les asegura que la mayoría de pacientes responde muy bien al tratamiento B y que seguramente ustedes también. Les cita directamente para empezar el tratamiento y les garantiza que con ello el problema estará solucionado. ¿Con qué doctor se quedarían?

La mayoría, explica Freedman, elige el segundo doctor, incluso aunque se les diga que el primer médico tiene mejores credenciales:

When I ask people this question, almost all of them say they’d go with the second doctor. At which point I ask them another question: if you were told one of these doctors had recently been named Wisest Orthopedist of the Year by the state orthopedic society while the other was known to his colleagues behind his back as Bozo the Orthopedist, which would you guess is which? Almost everyone guesses without hesitation that the second doctor is the one who gets no respect. But why would we prefer the advice of someone whose wisdom we’re so quick to question? Apparently we like the second doctor’s advice so much that we’re willing to take a chance on it, in spite of whatever qualms we might have about its reliability.
La clave aquí es la confianza: tendemos a fiarnos más de aquellos que se muestran confiados, pues los consideramos más cualificados. Por desgracia, como ya se habrán dado cuenta en esta vida a menudo los menos competentes son los que más confiados se muestran en sus habilidades (es lo que se conoce como efecto Dunning-Kruger). El resultado es una ilusión de confianza que nos perjudica a diario de dos maneras:

[La ilusión de confianza] nos hace sobrestimar nuestras propias cualidades, en especial en relación con otras personas. En segundo lugar, [...] nos hace interpretar la seguridad –o la falta de ella– que otras personas manifiestan como una señal válida de sus propias habilidades, de su nivel de conocimiento y de la precisión de sus recuerdos. Esto no sería un problema si la confianza, en efecto, tuviese una relación estrecha con estas cosas, pero la realidad es que la seguridad y la capacidad pueden divergir tanto que basarse en la primera se convierte en una trampa mental gigantesca, con consecuencias potencialmente desastrosas.
Una muestra de dichas consecuencias desastrosas podría ser lo siguiente:

Un estudio sobre pacientes que murieron en la UCI comparó resultados de autopsias con diagnósticos que los médicos habían hecho cuando los pacientes aún vivían. También los médicos acusaban un exceso de confianza. El resultado fue que «lo médicos que creían estar “completamente seguros” de su diagnóstico ante mortem estaban equivocados en el 40 por ciento de los casos».
La relación entre confianza y capacidades o conocimiento no sigue una dinámica lineal. Como explican Chabris y Simons, cuando aprendemos una actividad nueva nuestra confianza es mayor de lo que debería para nuestro nivel. A medida que vamos mejorando la confianza también aumenta pero a menor velocidad, hasta alcanzar un punto en el que los niveles de confianza son los adecuados a nuestra habilidad (ese momento en el que nos damos cuenta de lo poco que sabemos en realidad). Sin embargo, si seguimos avanzando en nuestro conocimiento y nos convertimos en superespecialistas acabamos sabiendo cada vez más sobre cada menos, momento en el cual nuestra confianza se dispara y el exceso de conocimiento se vuelve en nuestra contra. Philip Tetlock llama a este último fenómeno la hipótesis del aire caliente:

The hot air hypothesis asserts that experts are more susceptible to [...] overconfidence than dilettantes because experts “know too much”: they have so much case-specific knowledge at their fingertips, and are so skilled at marshalling that knowledge to construct compelling cause-effect scenarios, that they talk themselves into assigning extreme probabilities that stray further from the objective base-rate probabilities. As expertise rises, we should therefore expect confidence in forecasts to rise faster, far faster, than forecast accuracy.
Se da, por tanto, una curiosa paradoja. Cuando hay mucho en juego exigimos determinación, pues creemos que la confianza guarda una relación directa con el conocimiento. Por ello, pedimos a los expertos seguridad en sus consejos y, como consecuencia, la demanda de expertos seguros de sí mismos crece, mientras que aquellos que muestran dudas o tienen en cuenta los matices son descartados. Los medios de comunicación, los consejos de dirección, los comités de expertos... se llenan de personas completamente seguras de sí mismas pregonando sus infalibles recetas. Sin embargo, como hemos visto aquellos que más seguridad muestran son los que peor asesoramiento pueden ofrecernos. Creen saber mucho más de lo que en realidad saben, y están excesivamente seguros de que saben tanto como creen. El resultado es que nos vemos bombardeados por recomendaciones deficientes que recibimos –eso sí– de buena gana.

Recientemente, el diario británico The Guardian publicó un perfil sobre Daniel Kahneman. En la entrevista el célebre psicólogo decía que, si tuviera una varita mágica, eliminaría del mundo el exceso de confianza. Como él mismo asegura en su libro, la incertidumbre sobre el conocimiento propio es uno de los pilares de la racionalidad (la certeza es cosa de necios), si bien no es algo que las personas o las organizaciones valoren. Pero, por otro lado, también tiene razón Nassim Taleb cuando observa que el exceso de confianza tiene una vertiente positiva, como cuando lleva a los emprendedores a llevar a cabo sus aventuras ciegos a las escasas probabilidades de éxito. En las pocas ocasiones en que tienen éxito la sociedad en su conjunto se beneficia del exceso de confianza.

Quizá sea una buena regla heurística seguir el consejo de alguien solo si, en caso de estar equivocado, se hunde él con el barco. Mi experiencia me dice que cuando alguien se juega el pellejo con lo que propone su seguridad disminuye notablemente.



* Las respuestas correctas son: (1) 218.000 kilos; (2) 1962; (3) 384.400 kilómetros; (4) 4308 kilómetros; (5) a.d. 80; (6) 114 metros; (7) 1522; (8) 1869; (9) 2.510.000 kilómetros cuadrados; (10) 335 días.

lunes, 13 de julio de 2015

Confía en mí, soy un experto

La ley de Cunningham, versión actualizada del dicho francés prêcher le faux pour savoir le vrai (predica lo falso para obtener la verdad), establece que la mejor manera de obtener la respuesta correcta en internet no es hacer una pregunta, sino publicar la respuesta equivocada. Se basa en el hecho de que, al parecer, las personas somos más proclives a corregir a los demás que a simplemente responder sus dudas. Huelga decir que esta tendencia no se limita al mundo digital. Si, como el abajo firmante, han pasado algún tiempo en una sala de pesas concurrida sabrán a qué me refiero. No hay gimnasio que no cuente con su experto o grupo de expertos empeñados en afear el entrenamiento de los demás y corregir cada aspecto de su rutina de ejercicio, desde la selección de los movimientos hasta su ejecución, todo ello sin ninguna solicitud previa por parte de la víctima.

XKCD: Dutty Calls
Desde pequeñito he recurrido a los expertos. Siempre que quería hacer algo quería hacerlo bien y procuraba empaparme, principalmente a través de la lectura, de las enseñanzas de los entendidos en el campo en cuestión para saber cuál era la forma «correcta». Recuerdo, verbigracia, un álbum de cromos que tenía en el que Paco Gento enseñaba a jugar al fútbol (cómo regatear, cómo pasar, cómo chutar...). Y así, con el paso de los años mi biblioteca se ha llenado de libros escritos por los maestros de cada palo que he tocado, desde los dinosaurios hasta la programación, pasando por el entrenamiento físico o la fisioterapia, entre muchos otros. Encontré que, sin importar el tema del que se tratara, en cada caso había una gran cantidad de conocimiento por descubrir y un gigantesco ejército de guardianes de dicho conocimiento. Como dice la narración inicial del documental La industria de los expertos:

Expertos: no podemos vivir sin ellos. Nos dicen cómo arreglar nuestro coche, cómo decorar nuestra casa, cómo criar a nuestros hijos y cómo cocinar nuestros alimentos. Nos dicen qué vinos beber, qué arte comprar y qué opiniones debemos tener, además de cómo comer bien, cómo hacer ejercicio bien y cómo vivir eternamente. Están en todas partes y los necesitamos porque vivimos en un mundo frenético donde hay demasiada información para procesarla por nosotros mismos.
Efectivamente, hay expertos para todo. Desde lo más banal (pelar una naranja) a lo más importante (vivir) es posible encontrar un buen puñado de eruditos, entrenadores, analistas y consultores que afirman poseer la solución óptima o el enfoque adecuado. Publican libros, escriben blogs, salen por la televisión, hablan en la radio y ofrecen sus servicios como entrenadores o consejeros. Con tal cantidad de asesoramiento disponible uno no puede dejar de preguntarse cómo es que hay todavía tantos problemas en el mundo. ¿Por qué nuestro equipo favorito sigue fichando jugadores que no dan la talla? ¿Por qué hay todavía millones de personas que viven en la pobreza extrema? ¿Por qué la obesidad continúa aumentando en los países desarrollados? ¿Por qué tomamos tantos antidepresivos? ¿Cómo es posible que aún no se hayan logrado domar los ciclos económicos? Y lo más importante: ¿por qué hay todavía gente tan estúpida y que hace las cosas tan mal?

Sospecho que mentalmente han respondido a dichas preguntas con alguna variación de esta afirmación: los expertos no tienen ni idea. Si ha sido así, sepan que las pruebas en favor de una versión débil de esta hipótesis se han ido acumulando con el tiempo. Los expertos en vino son incapaces de distinguir uno bueno de uno barato (algunos de estos experimentos son mencionados en el documental). Los expertos en arte pueden ser engañados (otro ejemplo del documental). Los inversores financieros son incapaces de batir de manera consistente al mercado, lo que está llevando el dinero de los fondos de gestión activa a los fondos indexados. Los expertos en política son, tomando sus predicciones en conjunto, poco mejores que un chimpancé lanzando dardos a una diana. Por no hablar de los economistas y las crisis financieras.

Una de las pruebas más evidentes de que los expertos saben menos de lo que creen saber es que son incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos mismos. Si reunimos a una muestra representativa de gente versada en un mismo tema, entre ellos mantendrán opiniones opuestas. En ese caso, obviamente, no todos pueden tener razón. De nuevo el gimnasio es buen ejemplo: da igual lo que hagas, siempre habrá alguien que te diga que lo estás haciendo mal y debes hacer «esto otro». Si haces press de banca con los pies en el suelo, te dirán que los mantengas en el aire («para aislar el pectoral»). Si los mantienes en el aire, te recomendarán que los apoyes en el suelo («para mantener la estabilidad»). Si corres en la cinta, te mandarán a la máquina elíptica («es menos agresiva con las articulaciones»). Si te subes en la elíptica, te mandarán a la cinta de correr («es un movimiento más natural»). De la misma forma: ¿una economía se reflota con gasto público o con austeridad fiscal? ¿Nuestra dieta debe basarse principalmente en glúcidos, proteínas o grasas? ¿El bebé debe dormir con los padres o en su cuna? ¿Hay que dejarle llorar hasta que se canse o cogerle en brazos? En la vida ¿debemos ser optimistas a toda costa o potenciar nuestro carácter natural? ¿Debemos luchar por mejorar esa relación difícil o abandonarla? La tortilla de patatas ¿con cebolla o sin cebolla?

Curiosamente, las cadenas de radio y televisión aprovechan estas discrepancias para rellenar su programación. Un formato habitual de programa consiste en sentar a uno o varios expertos en política o economía con visiones opuestas y hacerlos discutir durante horas con el pretexto de analizar la actualidad. Por desgracia, los incentivos que tienen los medios de comunicación les hacen escoger los peores expertos de entre todos los disponibles. David Freedman nos recuerda que la prioridad de la prensa, la televisión y la radio no es hacernos llegar la verdad, sino lograr que los leamos, veamos o escuchemos:

The media don’t, by and large, exist solely to tell us what’s right and true; they exist to get us to read about, watch, and listen to them, and that often means selecting and presenting expert findings in a way that is entertaining, provocative, useful sounding, and otherwise satisfyingly resonant. Claiming that journalists are devoted to bringing the truth to light is a bit like saying accountants are dedicated to upholding tax laws—it’s often more about knowing how far you can go in the other direction without getting into real trouble.
Es por ello que las cadenas buscan expertos que ofrezcan consejos simples, decisivos, universales y fáciles de digerir, personas confiadas que puedan decir frases memorables y no atiendan a matices. Philip Tetlock descubrió que, por desgracia, este tipo de experto demandado por los medios de comunicación es el que más se equivoca:

[O]ne of the more disconcerting results of this project has been the discovery of an inverse relationship between how well experts do on our scientific indicators of good judgment and how attractive these experts are to the media and other consumers of expertise. The same self-assured hedgehog style of reasoning that suppresses forecasting accuracy and slows belief updating translates into compelling media performances: attention-grabbing bold predictions that are rarely checked for accuracy and, when found to be wrong, that forecasters steadfastly defend as “soon to be right,” or “almost right” or as the “right mistakes” to have made given the available information and choices.
Un ejemplo paradigmático de esto es el fútbol. Como demuestra casi cada día el blog La libreta de Van Gaal, los expertos y periodistas deportivos no dan una en sus pronósticos sobre resultados, nunca atinan con los fichajes, y se contradicen a sí mismos con toda naturalidad y ninguna vergüenza. A pesar de ello, salmodian como si poseyeran la verdad absoluta, prístina e incuestionable. Desafortunadamente, el panorama en áreas tales como la economía o la política (mucho menos importantes que el fútbol, por supuesto) es igual de deprimente.

Los anglosajones tienen su propio término para esos consejos que salen de boca de los expertos informales de gimnasio: bro science. Evidentemente, se trata de un término peyorativo. También tienen otra expresión que utilizan a modo de escudo aquellos que hacen gala de cierto desarrollo muscular cuando alguien cuestiona sus falsos mitos o creencias sobre la fisiología humana: «do you event lift?». La idea subyacente a dicha frase, y que casi no necesito explicar, es que ciertos logros conllevan cierto conocimiento, por lo que si alguien no alcanza dichos logros se debe que en realidad es un ignorante.

Es esta una barrera de la que cualquier experto puede echar mano para defenderse de los legos en la materia: tú no has logrado nada en este campo, no tienes mis credenciales ni mi experiencia. Por tanto, no sabes nada y no estás capacitados para cuestionarme. Claro que ese es un argumento de autoridad circular: el experto tiene razón porque solo los expertos en un campo son los que saben y él es un experto. Lo bueno es que en estas situaciones siempre es posible señalar a otro experto más distinguido que opine lo mismo que nosotros. Google siempre nos dará la razón.