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lunes, 13 de julio de 2015

Confía en mí, soy un experto

La ley de Cunningham, versión actualizada del dicho francés prêcher le faux pour savoir le vrai (predica lo falso para obtener la verdad), establece que la mejor manera de obtener la respuesta correcta en internet no es hacer una pregunta, sino publicar la respuesta equivocada. Se basa en el hecho de que, al parecer, las personas somos más proclives a corregir a los demás que a simplemente responder sus dudas. Huelga decir que esta tendencia no se limita al mundo digital. Si, como el abajo firmante, han pasado algún tiempo en una sala de pesas concurrida sabrán a qué me refiero. No hay gimnasio que no cuente con su experto o grupo de expertos empeñados en afear el entrenamiento de los demás y corregir cada aspecto de su rutina de ejercicio, desde la selección de los movimientos hasta su ejecución, todo ello sin ninguna solicitud previa por parte de la víctima.

XKCD: Dutty Calls
Desde pequeñito he recurrido a los expertos. Siempre que quería hacer algo quería hacerlo bien y procuraba empaparme, principalmente a través de la lectura, de las enseñanzas de los entendidos en el campo en cuestión para saber cuál era la forma «correcta». Recuerdo, verbigracia, un álbum de cromos que tenía en el que Paco Gento enseñaba a jugar al fútbol (cómo regatear, cómo pasar, cómo chutar...). Y así, con el paso de los años mi biblioteca se ha llenado de libros escritos por los maestros de cada palo que he tocado, desde los dinosaurios hasta la programación, pasando por el entrenamiento físico o la fisioterapia, entre muchos otros. Encontré que, sin importar el tema del que se tratara, en cada caso había una gran cantidad de conocimiento por descubrir y un gigantesco ejército de guardianes de dicho conocimiento. Como dice la narración inicial del documental La industria de los expertos:

Expertos: no podemos vivir sin ellos. Nos dicen cómo arreglar nuestro coche, cómo decorar nuestra casa, cómo criar a nuestros hijos y cómo cocinar nuestros alimentos. Nos dicen qué vinos beber, qué arte comprar y qué opiniones debemos tener, además de cómo comer bien, cómo hacer ejercicio bien y cómo vivir eternamente. Están en todas partes y los necesitamos porque vivimos en un mundo frenético donde hay demasiada información para procesarla por nosotros mismos.
Efectivamente, hay expertos para todo. Desde lo más banal (pelar una naranja) a lo más importante (vivir) es posible encontrar un buen puñado de eruditos, entrenadores, analistas y consultores que afirman poseer la solución óptima o el enfoque adecuado. Publican libros, escriben blogs, salen por la televisión, hablan en la radio y ofrecen sus servicios como entrenadores o consejeros. Con tal cantidad de asesoramiento disponible uno no puede dejar de preguntarse cómo es que hay todavía tantos problemas en el mundo. ¿Por qué nuestro equipo favorito sigue fichando jugadores que no dan la talla? ¿Por qué hay todavía millones de personas que viven en la pobreza extrema? ¿Por qué la obesidad continúa aumentando en los países desarrollados? ¿Por qué tomamos tantos antidepresivos? ¿Cómo es posible que aún no se hayan logrado domar los ciclos económicos? Y lo más importante: ¿por qué hay todavía gente tan estúpida y que hace las cosas tan mal?

Sospecho que mentalmente han respondido a dichas preguntas con alguna variación de esta afirmación: los expertos no tienen ni idea. Si ha sido así, sepan que las pruebas en favor de una versión débil de esta hipótesis se han ido acumulando con el tiempo. Los expertos en vino son incapaces de distinguir uno bueno de uno barato (algunos de estos experimentos son mencionados en el documental). Los expertos en arte pueden ser engañados (otro ejemplo del documental). Los inversores financieros son incapaces de batir de manera consistente al mercado, lo que está llevando el dinero de los fondos de gestión activa a los fondos indexados. Los expertos en política son, tomando sus predicciones en conjunto, poco mejores que un chimpancé lanzando dardos a una diana. Por no hablar de los economistas y las crisis financieras.

Una de las pruebas más evidentes de que los expertos saben menos de lo que creen saber es que son incapaces de ponerse de acuerdo entre ellos mismos. Si reunimos a una muestra representativa de gente versada en un mismo tema, entre ellos mantendrán opiniones opuestas. En ese caso, obviamente, no todos pueden tener razón. De nuevo el gimnasio es buen ejemplo: da igual lo que hagas, siempre habrá alguien que te diga que lo estás haciendo mal y debes hacer «esto otro». Si haces press de banca con los pies en el suelo, te dirán que los mantengas en el aire («para aislar el pectoral»). Si los mantienes en el aire, te recomendarán que los apoyes en el suelo («para mantener la estabilidad»). Si corres en la cinta, te mandarán a la máquina elíptica («es menos agresiva con las articulaciones»). Si te subes en la elíptica, te mandarán a la cinta de correr («es un movimiento más natural»). De la misma forma: ¿una economía se reflota con gasto público o con austeridad fiscal? ¿Nuestra dieta debe basarse principalmente en glúcidos, proteínas o grasas? ¿El bebé debe dormir con los padres o en su cuna? ¿Hay que dejarle llorar hasta que se canse o cogerle en brazos? En la vida ¿debemos ser optimistas a toda costa o potenciar nuestro carácter natural? ¿Debemos luchar por mejorar esa relación difícil o abandonarla? La tortilla de patatas ¿con cebolla o sin cebolla?

Curiosamente, las cadenas de radio y televisión aprovechan estas discrepancias para rellenar su programación. Un formato habitual de programa consiste en sentar a uno o varios expertos en política o economía con visiones opuestas y hacerlos discutir durante horas con el pretexto de analizar la actualidad. Por desgracia, los incentivos que tienen los medios de comunicación les hacen escoger los peores expertos de entre todos los disponibles. David Freedman nos recuerda que la prioridad de la prensa, la televisión y la radio no es hacernos llegar la verdad, sino lograr que los leamos, veamos o escuchemos:

The media don’t, by and large, exist solely to tell us what’s right and true; they exist to get us to read about, watch, and listen to them, and that often means selecting and presenting expert findings in a way that is entertaining, provocative, useful sounding, and otherwise satisfyingly resonant. Claiming that journalists are devoted to bringing the truth to light is a bit like saying accountants are dedicated to upholding tax laws—it’s often more about knowing how far you can go in the other direction without getting into real trouble.
Es por ello que las cadenas buscan expertos que ofrezcan consejos simples, decisivos, universales y fáciles de digerir, personas confiadas que puedan decir frases memorables y no atiendan a matices. Philip Tetlock descubrió que, por desgracia, este tipo de experto demandado por los medios de comunicación es el que más se equivoca:

[O]ne of the more disconcerting results of this project has been the discovery of an inverse relationship between how well experts do on our scientific indicators of good judgment and how attractive these experts are to the media and other consumers of expertise. The same self-assured hedgehog style of reasoning that suppresses forecasting accuracy and slows belief updating translates into compelling media performances: attention-grabbing bold predictions that are rarely checked for accuracy and, when found to be wrong, that forecasters steadfastly defend as “soon to be right,” or “almost right” or as the “right mistakes” to have made given the available information and choices.
Un ejemplo paradigmático de esto es el fútbol. Como demuestra casi cada día el blog La libreta de Van Gaal, los expertos y periodistas deportivos no dan una en sus pronósticos sobre resultados, nunca atinan con los fichajes, y se contradicen a sí mismos con toda naturalidad y ninguna vergüenza. A pesar de ello, salmodian como si poseyeran la verdad absoluta, prístina e incuestionable. Desafortunadamente, el panorama en áreas tales como la economía o la política (mucho menos importantes que el fútbol, por supuesto) es igual de deprimente.

Los anglosajones tienen su propio término para esos consejos que salen de boca de los expertos informales de gimnasio: bro science. Evidentemente, se trata de un término peyorativo. También tienen otra expresión que utilizan a modo de escudo aquellos que hacen gala de cierto desarrollo muscular cuando alguien cuestiona sus falsos mitos o creencias sobre la fisiología humana: «do you event lift?». La idea subyacente a dicha frase, y que casi no necesito explicar, es que ciertos logros conllevan cierto conocimiento, por lo que si alguien no alcanza dichos logros se debe que en realidad es un ignorante.

Es esta una barrera de la que cualquier experto puede echar mano para defenderse de los legos en la materia: tú no has logrado nada en este campo, no tienes mis credenciales ni mi experiencia. Por tanto, no sabes nada y no estás capacitados para cuestionarme. Claro que ese es un argumento de autoridad circular: el experto tiene razón porque solo los expertos en un campo son los que saben y él es un experto. Lo bueno es que en estas situaciones siempre es posible señalar a otro experto más distinguido que opine lo mismo que nosotros. Google siempre nos dará la razón.

lunes, 12 de mayo de 2014

Sin olvidar el fútbol

Sospecho que a ustedes también les pasa. Antes de llegar a la oficina el lunes por la mañana (el que tenga oficina a la que ir, claro) uno ya sabe la conversa que le espera. A grandes rasgos será la misma que el lunes anterior, que a su vez era igual a la del lunes anterior a ese, y así siguiendo. Fernando Lázaro Carreter lo expresó de manera magistral en este párrafo que releo a menudo:
«La actualidad tiene de malo que obliga a hablar de ella; atenta contra la libertad de expresión. Y no es porque no acontezca nada, como solía antaño; bien al contrario, sucede mucho, pero siempre lo mismo. Es el chino que pasó veinte veces delante del centinela, y éste, al dar el parte, aseguró que habían pasado veinte chinos. Sólo que ahora pasan unos cuantos chinos unas cuantas veces, pero son los que pasaron ayer. La conversa de los oficinistas en sus multitudinarios desayunos de mediodía, de los automovilistas entre sí ante los semáforos, de los pacientes del hospital aguardando a que, al fin, entre el primero, gira siempre en torno a las mismas cosas. Y de ello hablará cualquiera de nosotros si, dentro de un mes, tomamos el tren para ir a San Fermín, por ejemplo, y no a Villadiego, que es de donde parte la escondida senda de los sabios. Todos tenemos que hablar de lo que pasa, que es vario pero fotocopiado. Y, por tanto, los medios de comunicación, se ven obligados a retratar la actualidad y a ponerla en boca de todos (que si el fútbol, que si el famoso y la famosa, que si el fútbol, que la gasolina, que el sueldo por un lado y los impuestos por otro, que el fútbol, que Insalud, que la tele, y otros sujetos y objetos similares anejos al Estado de bienestar, sin olvidar el fútbol).»
Foto de Wikipedia
Es año de mundial, la liga va a resolverse en la última jornada y dos equipos de la capital de este bendito país jugarán la final de la copa de Europa, todo lo cual nos asegura, incluso a quienes no tenemos especial interés en ello, una buena provisión de conversaciones y discusiones acerca del adorado balompié. Si no les gusta este deporte ya pueden armarse de paciencia. Con objeto de que aquellos que no sean aficionados no se sientan aislados durante dichas conversaciones aquí les dejo con el resumen de un interesante libro sobre fútbol escrito por Chris Anderson (portero reconvertido en estadístico) y David Sally (jugador de béisbol convertido en economista del comportamiento). Analizando datos de campeonatos de todo el mundo (tanto de clubes como de selecciones nacionales) y apoyándose en el trabajo de otros investigadores estos autores extraen sorprendentes conclusiones que a menudo contravienen el dogma establecido en este deporte.

  • De media, los equipos marcan uno de cada nueve tiros y se produce un gol cada sesenta y nueve minutos. Solo dos de cada nueve goles son producto de una secuencia mayor de tres pases, y aproximadamente la mitad de los goles se deben a robos de balón cercanos al área contraria.
  • En un partido la posesión del balón cambia cuatrocientas veces de bando (nuevamente, de media). Más del noventa por ciento de las jugadas no llega al cuarto pase. El treinta por ciento de las recuperaciones de balón sucedidas en al área contraria acaban en gol, mientras que casi la mitad de todos los goles se deben de un robo de balón.
  • En contra de lo que se suele creer, es justo después de meter un gol cuando es menos probable que un equipo encaje un tanto.
  • La correlación entre córners sacados y goles marcados es cero, es decir, más córners no implican más goles. Solo uno de cada cinco córners acaba en disparo a puerta. El noventa por ciento de esos tiros no tienen éxito, por lo que el valor neto de un córner es de poco más de dos goles cada diez saques de esquina. En total, se marca un gol por un córner cada diez partidos. Es mejor sacar en corto y mantener la posesión que centrar directo al área.
  • En el fútbol, la suerte cuenta tanto como la destreza: cincuenta por ciento. La mitad de los goles y resultados que vemos se deben a la mera fortuna.
  • En las grandes ligas europeas la media de goles por partido es de 2,66. Los resultados más comunes son 1-1, 1-0, 2-1, 2-0, 0-0 y 0-1. Más del treinta por ciento de los partidos acaban sin gol.
  • En el fútbol, el favorito gana apenas el cincuenta por ciento de las veces. Comparado con otros deportes, en balonmano, baloncesto y fútbol americano los favoritos ganan dos tercios de las veces. En baseball, el sesenta por ciento. Incluso cuando la diferencia entre el equipo favorito y su oponente es muy amplia, en el balonpié el primero gana el sesenta y cinco por ciento de las ocasiones, mientras que en baloncesto lo hacen más del ochenta por ciento.
  • Los datos históricos indican que el cuarenta y ocho por ciento de los partidos acaban en victoria para el equipo de casa, el veintiséis por ciento en empate y el resto (otro veintiséis por ciento) en victoria del equipo visitante.
  • El equipo que más veces dispara en un partido acaba venciendo en menos de la mitad de las ocasiones (45-47% en las series estudiadas). Si los tiros van entre los tres palos el porcentaje asciende al 50-58%. De media los equipos efectúan poco más de doce tiros por partido.
  • El número de goles por partido ha caído a través de la historia de este deporte, pasando de cuatro goles y medio por partido en 1890 a 2,6 en 1996, aunque se ha estabilizado en las últimas dos décadas. Según los autores la causa es la mejora en las técnicas y estrategias defensivas (fueras de juego, presión, marcaje en zona, etcétera). En general, el fútbol ha pasado de ser un deporte donde primaba el ataque (con siete delanteros en sus primeros tiempos) a uno donde lo más importante es la defensa, con equipos que juegan sin delanteros, reemplazados por el "falso nueve".
  • El fútbol en las grandes ligas (Alemania, Inglaterra, España, Italia) es muy similar en cuanto a goles, tiros y pases, pero hay diferencias en el número de faltas pitadas y el número de tarjetas mostradas. En España se pitan más faltas y se sacan más tarjetas que en ninguna otra liga.
  • Estadísticamente hablando, marcar un gol prácticamente garantiza conseguir un punto. Si se marcan dos goles es más probable la victoria que el empate.
  • Los equipos que más goles marcan solo ganan el cincuenta y uno por ciento de los títulos. Los que menos tantos encajan, del cuarenta al cincuenta y cinco por ciento. En un partido dado, no encajar un gol aumenta más las probabilidades de no salir derrotado que marcarlo (proporciona un treinta por ciento más de puntos).
  • Los equipos con más éxito tienen más tiempo la posesión, pasan más la pelota (especialmente en campo contrario) y la pierden menos en favor del contrario. Por lo general, a mayor posesión mayor rendimiento ofensivo, menos goles encajados, menos derrotas y más victorias logradas (de un siete a un once por ciento más). Aún así, más importante que la cantidad total de posesión es no perder el balón. Los equipos que juegan al pelotazo tienen menos oportunidades de marcar y por tanto anotan menos goles.
  • La probabilidad de marcar un penalti es de alrededor de un setenta y siete por ciento.
  • La mejor manera de aumentar el rendimiento de un equipo no es contratar un fuera de serie sino deshacerse del eslabón más débil (aquel menos dotado técnicamente). Los equipos son tan buenos como el peor de sus jugadores.
  • Una tarjeta roja reduce en un tercio la expectativa de puntos ganados.
  • Jugar en casa incrementa las probabilidades de victoria del veintisiete al cuarenta y dos por ciento, mientras que disminuye las de derrota del treinta y dos al diecinueve por ciento.
  • Para un equipo que va perdiendo la mejor estrategia de sustituciones es hacer el primer cambio antes del minuto cincuenta y ocho, el segundo antes del setenta y tres y el tercero antes del setenta y nueve. Ello incrementa la posibilidades de salvar al menos un punto del veintidós al cuarenta por ciento.
  • Salarios y posición en la tabla de clasificación van de la mano. Dónde acaba un club la temporada viene determinado hasta en un ochenta y nueve por ciento por el dinero que se deja en las pagas de sus jugadores (dependiendo de los años y las competiciones que compongan la muestra). La influencia del entrenador explica la variación de resultados entre un diez y un quince por ciento.

Pueden probar a dejar caer alguno de estos datos en las charlas del desayuno. No se sorprendan si el enterado de turno (aquel que ve muchos partidos y lee la prensa deportiva) lo rechaza de mala manera; es lo que cabe esperar. El fútbol es de esas cosas de las que todo el mundo habla y muchos creen conocer bien, aun cuando solo estén confundiendo familiaridad con conocimiento genuino y se estén limitando en realidad a repetir lo que oyeron decir antes a otros. Los españoles, cuando no ejercemos de políticos, economistas o magnates, ejercemos de entrenadores y, como en todas las áreas anteriores, demostramos que no es necesario saber de lo que uno habla para discutir asumiendo que se tiene la razón.

lunes, 20 de enero de 2014

Tu entrenador personal (y II)

Veamos ahora qué podemos hacer para que nuestro nuevo plan de ejercicio tenga éxito. La mayoría de las directrices aquí mostradas están tomadas de Charles Staley, otrora entrenador del esprinter canadiense Ben Johnson. El resto procede de mi propia experiencia en la lucha contra un cuerpo de naturaleza perezosa y tendente al aumento de peso.

Foto de LocalFitness

Preparación cero. Una de las mejores maneras de que se nos quiten las ganas de hacer ejercicio es con una rutina que requiera mucha preparación previa. Cuando pensamos en todo lo que tenemos por delante antes de ponernos manos a la obra (cambiarnos, preparar la bolsa, ir hasta el gimnasio, calentar, etc.) el monte se antoja cada vez más alto y nuestro espíritu se amilana en concordancia bajo el peso de la desgana. Podemos rodear este obstáculo de dos formas. Una es no pensar en ello y actuar de forma mecánica, siguiendo todos los pasos antes mencionados como un robot. La otra es reducirlos o eliminarlos. ¿Cómo? Eligiendo un gimnasio que esté lo más cerca posible (o teniéndolo en casa si es posible), yendo directamente al salir del trabajo en lugar de pasar por casa (en cuanto uno se sienta en el sofá la vaguería toma el control), dejando la ropa preparada de antemano, etc. Staley llega a recomendar a quienes hacen ejercicio a primera hora de la mañana que duerman con la ropa de gimnasia puesta para no perder tiempo en cambiarse.

El mejor ejercicio es aquel que de verdad vas a hacer. Hay docenas de actividades que uno puede elegir para ponerse en forma o perder peso pero solo cumplirán su función si de verdad podemos llevarlas a la práctica con asiduidad. Puede que nadar sea el ejercicio más completo pero de nada nos sirve eso si la piscina está tan lejos que hay que coger el coche (contraviniendo el principio anterior) y además es invierno y nosotros somos unos frioleros. Por el contrario, para ponerse a correr solo hay que cambiarse, calzarse las zapatillas y bajar a la calle. Si tenemos una bicicleta estática nos evitamos incluso tener que salir de casa, lo que nos facilitará no perder sesiones de ejercicio porque está lloviendo. Es verdad que correr suele tener un elevado índice de lesiones y que la bicicleta estática no es lo mejor para alguien que está todo el día sentado en una oficina, pero la facilidad de puesta en marcha de un ejercicio es la base de la frecuencia y la consistencia, los dos pilares del éxito que comentamos en la entrada anterior.

Además de actividades de fácil acceso necesitamos que sean divertidas o, cuando menos, no mortalmente aburridas. Hablando en general, levantar pesas es uno de los mejores ejercicios que podemos hacer pero mucha gente me dice que se aburre. En esos casos se pueden intentar distintas aproximaciones (circuitos, entrenamiento funcional, crossfit, etc.) pero si ninguna de ellas nos resulta soportable es mejor optar por otra actividad aunque no sea la ideal para nuestros objetivos. Es más importante, insisto, hacer ejercicio que el tipo de ejercicio en sí. En un mundo ideal, el deporte que tendríamos más a mano sería ese que más nos gusta y además es ideal para lograr nuestros objetivos. En el mundo real, por desgracia, a menudo no coinciden ni dos de tres. Puede ocurrir que nos encante hacer pilates y podamos permitirnos incluso un entrenador a domicilio, pero si nuestro objetivo es perder peso el pilates no es la mejor opción (en cualquier caso, vuelvo a repetir, lo más importante en este caso es cuidar la alimentación). Lamentablemente, no hay soluciones mágicas. Hemos de elegir a sabiendas de que estaremos sacrificando unas cosas por otras.

El programa ha de ser flexible, pero no demasiado. La flexibilidad tiene dos caras, una relativa a los ejercicios que elegimos y la otra atinente al tiempo que le dedicamos. Como señalé la semana pasada la vida diaria es contingente y se presta a que aparezcan multitud de imprevistos que se entrometen en nuestro plan de entrenamiento. La flexibilidad en cuanto al tiempo invertido significa que debemos poder reprogramar una sesión perdida, o cambiar nuestro entrenamiento tipo para acomodarlo al tiempo del que disponemos en un momento dado. Si un día no podemos correr, digamos, nuestros treinta minutos habituales, no pasa nada; podemos correr solo diez, pero a un ritmo mucho más alto, o podemos recuperar los veinte minutos que nos faltan repartiéndolo en sesiones sucesivas. Hemos de tener cuidado, sin embargo, con ser demasiado flexibles: correr treinta kilómetros una semana y nada las dos siguientes nos hará un flaco favor tanto física como psicológicamente (recordemos que necesitamos que la repetición no sea demasiado espaciada para instaurar el hábito). Además es más fácil que nos lesionemos, como sabemos por esos deportistas domingueros que todos conocemos.

En cuanto a la flexibilidad en los ejercicios elegidos ello quiere decir que debemos tener un plan B, una segunda opción por si ocurre algo. ¿No tenemos tiempo de ir al gimnasio? Pues ese día podemos salir a correr. ¿Que está diluviando? Entonces toca bicicleta estática. ¿No tenemos bici? Una cuerda de saltar es un gran ejercicio y cuesta diez euros. ¿No sabemos saltar a la cuerda? Podemos hacer ejercicios con el propio cuerpo (flexiones, abdominales, sentadillas, etcétera). De nuevo, hay que decir que no puede haber flexibilidad total. He visto a mucha gente cansarse enseguida de la rutina impuesta por el monitor de gimnasio y cambiar radicalmente cada poco tiempo. El problema es que ponerse en forma es un proyecto a largo plazo y hay que mantener el mismo plan de trabajo unos cuantos meses para sacarle partido y ver resultados. Montarse en la elíptica los primeros días, pasarse a las clases de aeróbic después y acabar deambulando en la sala de pesas al poco tiempo nos impedirá mejorar, medir nuestro progreso y averiguar qué es lo que nos funciona mejor.

Hay que esforzarse. Los minutos dedicados al ejercicio deben contar. Son muchos quienes acuden al gimnasio a sentarse en la bicicleta a leer o a pasearse entre los aparatos charlando y sin obligarse lo más mínimo. Mi ejemplo favorito de esto son las chicas que usan la prensa de pierna con veinte kilos, cuando para un gesto cotidiano como es levantarse de una silla están levantando cuarenta o cincuenta (el peso de su propio cuerpo). La razón que suelen aducir es que no quieren desarrollar músculo, lo cual es como decir que no quieres jugar más de dos horas al tenis porque no quieres llegar a ser Rafa Nadal. No se preocupen por ello, la hipertrofia es un proceso trabajoso que requiere muchas horas semanales de entrenamiento y los rápidos progresos que se logran al principio no se mantendrán. También les puedo asegurar que no les crecerán grandes músculos sin una dieta adecuada.

Por cierto, el esfuerzo no se mide en gotas de sudor sino en peso levantado, frecuencia cardíaca, velocidad o ritmo. Que hayamos sudado mucho no quiere decir que hayamos trabajado bien. Esforzarse significa hacer cada día un poco más que el anterior: más peso, más repeticiones, más rápido o con menos descanso.

Hay que medir el progreso. ¿Cómo sabremos si lo estamos haciendo bien? Si lo que estamos tratando es perder peso el progreso viene determinado por la imagen del espejo o cómo nos queda la ropa más que por el peso en la báscula. Si lo que buscamos es ponernos en forma el progreso lo determinan nuestras marcas. Aquí el rendimiento es lo primero. ¿Corremos más? ¿Más rápido? ¿Más tiempo? ¿Levantamos más peso?

Hay que hacer ejercicio con cierta frecuencia. La frecuencia de entrenamiento depende de muchos factores: de nuestros objetivos, del plazo que nos demos para cumplirlos, del tipo de ejercicio que hagamos, de nuestro nivel de entrenamiento previo, del tiempo del que disponemos para ejercitarnos, etc. La mayoría de la gente asume que ponerse en forma o adelgazar requiere horas de ejercicio semanal pero eso no siempre es cierto. Una regla general es que cuanto más duro sea nuestro entrenamiento más podremos espaciar las sesiones. Si solo vamos a andar podemos necesitar hasta dos horas diarias para notar cambios en la composición corporal, pero si en lugar de ello optamos por las pesas combinadas con ejercicios de intervalos de alta intensidad un total de dos horas semanales puede ser más que suficiente. Recordemos también que la frecuencia ayuda a consolidar el hábito.

¿Media sesión? Antes he dicho que en cada sesión hay que procurar progresar en un aspecto u otro (más distancia, menos tiempo para la misma distancia, menos descanso, más peso, más repeticiones, etc.). Obviamente si eso pudiera mantenerse siempre no habría límites a nuestro desarrollo, pero la fisiología humana no funciona así. Hay días que, sin razón aparente, no nos sentimos muy católicos y la carga de trabajo físico que otros días hemos tratado sin problema hoy se antoja colosal. En esos días no pasa nada por bajar un poco el ritmo, como tampoco hay problema por hacer solo la mitad del entrenamiento si andamos cortos de tiempo. Lo importante es la consistencia y el progreso a largo plazo.

El problema es que muchos toman este argumento como una licencia para no esforzarse realmente, personas que esconden su pereza en el «hoy no me siento muy bien» pero que nunca tienen días buenos. Lo mejor para esos días en los que no nos apetece absolutamente nada hacer ejercicio es, dice Staley, hacer «como si»: cambiarnos e ir al gimnasio o a al parque o a la calle «como si» fuéramos a hacer nuestra sesión planeada, aunque no sea nuestra intención. Para cuando estemos allí es posible que nos dé por hacer algo. Aunque no sea una sesión completa, es mejor que no hacer nada.

Compañeros. No es inusual que una pareja se apunte a un gimnasio con la esperanza de que uno tire del otro cuando no hay ganas de sudar. Según mi experiencia eso no suele funcionar a menos que uno de ellos esté muy motivado y ya tenga la rutina establecida, porque de lo contrario lo que suele ocurrir es que ambos se ponen de acuerdo en quedarse en casa. Por otro lado, un compañero de entrenamiento puede hacer el ejercicio más entretenido y ayudarnos a que nos esforcemos un poco más. Lo ideal para ello es que tenga un nivel similar al nuestro.

Rendir cuentas. Puede que alguna vez les hayan aconsejado hacer públicas sus resoluciones de año nuevo para obligarse a cumplirlas usando la vergüenza como motivador, dado que cuando uno se fija un objetivo y no lo divulga el fracaso es más fácil de digerir, pues nadie se entera salvo uno mismo. Otra manera de obligarnos a cumplir es rendir cuentas a través de un castigo o una apuesta. Si optan por esta última opción deben hacerla con alguien que no se sienta mal quedándose su dinero, o será inútil. Aunque tampoco es que las apuestas sean una solución mágica: mis hermanas hicieron una competición para perder peso en la que se estipulaba que cada semana la que más se hubiera saltado el régimen debía pagar a la otra, pero lo que hicieron tras pocas semanas es abandonar ambas la apuesta simultáneamente. No había obligación real.

Volver al juego cuanto antes. Este es otro clásico que enseguida reconocerán. Empieza la semana y tenemos pensado ir al gimnasio lunes, miércoles y viernes. El lunes surge un imprevisto en el trabajo y salimos demasiado tarde. El miércoles pasa cualquier otra cosa y nos perdemos también esa sesión. Como ya hemos faltado dos días de tres damos la semana por perdida y lo dejamos para el lunes siguiente. Eso se puede repetir a escalas de tiempo mayores en las que los días se convierten en semanas de sedentarismo, las semanas en meses y los meses en años. Total, que entre pitos y flautas uno acaba con la barriga que le baila el hula hoop alrededor del culo.

Es el mismo proceso que pone fin prematuramente a tantos regímenes alimenticios. Dan Ariely lo llama el efecto «qué demonios»:
«Parémonos un momento a pensar de nuevo sobre qué pasa al seguir una dieta. Cuando empezamos, procuramos por todos los medios ceñirnos a las difíciles reglas: para desayunar, medio pomelo, una tostada de pan de siete cereales y un huevo escalfado; para almorzar, lonchas de pavo en ensalada con aliño de cero calorías; para cenar, pescado al horno con brécol al vapor. [...] De pronto, alguien nos pone delante un trozo de pastel. En cuanto caemos en la tentación y damos el primer mordisco, la perspectiva cambia. «Bah, qué demonios,» nos decimos, «ya he interrumpido la dieta, entonces ya me como el pedazo entero… y también esta apetitosa hamburguesa con queso, perfectamente asada, con la guarnición completa que he estado ansiando durante toda la semana. Volveré a empezar mañana, o quizá el lunes. Y esta vez sí lo haré en serio.» En otras palabras, tras haber empañado nuestro concepto de dieta, decidimos romperlo del todo y sacar el máximo partido de la autoimagen sin dietas (no tenemos en cuenta, desde luego, que puede suceder lo mismo mañana, pasado mañana, etcétera).»

«Tan pronto empezamos a incumplir nuestras pautas (por ejemplo, haciendo trampas en la dieta o por alicientes económicos), somos más susceptibles de renunciar a nuevos intentos de control de la conducta —y en adelante hay grandes posibilidades de sucumbir a la tentación»
Así pues, cada vez que fallemos en nuestra plan lo que debemos hacer es retomarlo cuanto antes. ¿Hemos faltado dos veces esta semana y solo nos queda un día? No hay problema, mucho mejor eso que nada.

Si tenemos poco tiempo hemos de elegir los ejercicios más «rentables». ¿Cuál es la excusa número uno para no hacer ejercicio? Decirnos que no tenemos tiempo. Si eso es cierto entonces debemos buscar aquellos ejercicios más rentables, es decir, los que nos acercarán más a nuestro objetivo en la menor cantidad de tiempo posible. Las malas noticias son que esos ejercicios suelen ser los más duros. Si optan por las pesas serían la sentadilla, el peso muerto, las dominadas, el press de banca, etc. con pesos libres, nada de máquinas. En cuanto al entrenamiento cardiovascular lo más rentable es el entrenamiento de intervalos de alta intensidad. Aquí choca de nuevo lo que preferiríamos hacer con lo que debemos hacer: andar quince minutos tres veces por semana es prácticamente como no hacer nada. O sacamos más tiempo, o le damos trabajo al corazón con un ejercicio más exigente.

¿Un plan específico? Es prácticamente imposible sugerir un plan de ejercicio a alguien sin conocerle de nada pero también es cierto que, a menudo, cuando no sabemos o no tenemos experiencia, preferimos que nos digan lo que tenemos que hacer en lugar de vagas directrices generales. Así que les traigo tres rutinas minimalistas para abrir boca. Esta incluye pesas y ejercicio cardiovascular (en esa página encontrarán también multitud de consejos útiles) y requiere poco más de media hora por semana. Esta otra se puede hacer en casa y solo lleva siete minutos, con la ventaja de que existen aplicaciones específicas para smartphones con las que guiarnos y registrar nuestro progreso. Esta última fue diseñada por la Real Fuerza Aérea Canadiense, toma once minutos diarios y tiene indicaciones para valorar nuestra condición actual, seguir el plan de acuerdo con ella y planificar nuestro progreso. Tengan en mente que solo son tres sugerencias generales y que quizá no encajen con sus preferencias, su estado físico, etc.

No olviden eso de consultar a un médico antes de empezar con el deporte, no vaya a ser que les dé un tabardillo. Una vez tengan el consentimiento del galeno no pierdan tiempo. El mejor momento para empezar a ponerse en forma era hace diez años. El segundo mejor momento es hoy.

lunes, 13 de enero de 2014

Tu entrenador personal (I)

Si se han subido a la báscula últimamente, es decir, recién acabada la época navideña tal vez haya aparecido en la pantalla de dicha báscula uno de esos mensajes que dicen los chistes como «por favor, suban de uno en uno» o «continuará». Quizá su caso no sea tan grave y lo único que vean es un número ligeramente superior al de la última vez. Como saben, eso puede significar varias cosas. Una posibilidad es que la fuerza de la gravedad que ejerce la Tierra haya aumentado, posibilidad que he descartado tras comprobar que mi gata sigue pesando lo mismo tras la fiestas. Otra opción es que, dado que E = mc2, su aumento de peso se deba a un incremento de masa causado porque se están moviendo a mayor velocidad. Por supuesto, también puede ser que sus adipocitos hayan crecido por encima de sus posibilidades ante la abundancia de calorías. No obstante, quizá nuestra osamenta haya engrosado. Va a ser eso. Hay que pensar siempre en positivo ¿no?

Foto de Brisbane City Council
Sea porque reconocen que han engordado o porque lo hayan incluido (¿de nuevo?) en su lista de propósitos para el nuevo año, tal vez estén pensando en ponerse en forma. Puede que sean uno de entre tantos otros que este mes se dirige al gimnasio a sudar de forma previsible y honorable para expiar sus pecados de gula, un proceso cuyo devenir habitual es descrito con maestría por Purificación García, más conocida en internet como Señorita Puri:
«Toda forma de bajar peso, sea mediante dieta o mediante ejercicio, tiene siempre una parte incómoda que lo jode todo. Un algo que destruye por completo todo incentivo y se convierte en la excusa perfecta para abandonar cualquier pretensión de bajar peso. Si te apuntas a un gimnasio, los vestuarios serán pequeños y olerán a pies; si juegas al tenis en un lugar maravilloso, idílico, con los amigos más divertidos, estará lejos. Si puedes ir andando, te dará un calambre en el tobillo. Si te lo curan, se te romperá la raqueta. Si te apuntas a una piscina, te dejarás el gorro. Si te lo venden en unas máquinas, no tendrás monedas, y si las tienes, comprarás el gorro y te lo comerás. La mente encontrará mil y un mecanismos de frenar cualquier intento de reconducir tu vida, lanzándote al abismo de la gula, el vicio y el descontrol.»
Efectivamente, para quien no tiene como hábito hacer ejercicio el hecho de insertarlo y consolidarlo en la rutina diaria puede ser harto difícil. Confiar únicamente en nuestra fuerza de voluntad a menudo es la receta para el fracaso, siendo la razón de ello el hecho de que no hacemos lo que es mejor para nosotros, sino que hacemos lo que es más fácil. Tener en cuenta esa realidad puede ayudarnos a diseñar un plan con mayor probabilidad de éxito. A menudo dicho éxito no viene de la fuerza de voluntad sino de haber creado el entorno necesario para llegar a él. Por ejemplo, la manera más fácil de no atiborrarse de chucherías mientras se ve la televisión es no tener chucherías en casa.

Antes de empezar a ver las maneras de intentar engañar a nuestro cerebro para que no frustre nuestras ambiciones deportivas séame permitido hacer tres advertencias. La primera es que, como dicen los anglosajones, «you can't exercise away a bad diet». La mejor manera de controlar o reducir el peso es a través de la alimentación, no del ejercicio. El hecho es que el efecto en el peso que puede tener una hora de carrera se puede hacer desaparecer en cinco minutos comiendo un par de donuts. Eso no quiere decir que haber corrido sea inútil, claro está, pues aún contamos con los beneficios cardiovasculares y el chute de endorfinas. Sin embargo, si el objetivo es adelgazar no tenemos otro remedio que vigilar lo que comemos. El año pasado por estas fechas vimos cómo mejorar nuestra alimentación con el mínimo esfuerzo posible siguiendo la dieta más fácil de seguir, esto es, una dieta que no se nota.

La segunda observación que debo hacer es que la constancia es la clave en un plan de ejercicio. Las adaptaciones fisiológicas al ejercicio se pierden con rapidez, ya que al cuerpo no le gusta cargar con una capacidad extra que no utiliza y además consume recursos, como el músculo extra (ya sea esquelético o cardíaco). Sudar durante los primeros seis meses del año y vaguear los seis restantes nos hará poco servicio, pues perderemos todos los beneficios físicos obtenidos. Además, la repetición continua ayuda a consolidar el hábito. Lo último que querríamos es que nuestra nueva rutina deportiva se evaporara una vez establecida: es mucho más fácil mantenerla que volver a empezar de cero. No confiemos en que como lo logramos una vez podemos volver a hacerlo cuando queramos.

El tercer factor a tener en cuenta es que habrá piedras en el camino. No es inusual que nos fijemos objetivos y diseñemos cuidadosos planes con el fin de lograrlos para que cuando llegan las dificultades el edificio entero se desmorone. Los problemas siempre aparecen y gestionarlos debe ser parte de nuestro programa:
«To keep your optimism realistic, think carefully about the obstacles, difficulties, and setbacks you are likely to encounter as you pursue your goal. Just as important, visualize how you will deal with each challenge. If your first strategy doesn’t work, what’s plan B? (This is another great time to use your if-then plans.) Remember, it’s not “negative” to think about the problems you are likely to face, but it is foolish not to.»
Habrá días en los que estemos enfermos o lesionados, no hayamos dormido bien; días en los que habremos de quedarnos a hacer horas extra o acudir a eventos no programados. Pero, sobretodo, habrá días en los que nos sintamos muy cansados y sin ganas de hacer ejercicio. Nuestro plan tiene que poner tiritas allí donde sepamos que va a haber roces.

Continuará

lunes, 16 de diciembre de 2013

Citius, altius, fortius (y III)

Personalmente, no tengo una opinión clara acerca del dopaje. En lo que respecta al equipamiento sería fácil ser un purista: los deportistas deberían ir a pelo. Nada de bicicletas contrareloj, ni de bañadores de última generación, ni siquiera zapatillas; a correr y saltar descalzos y en pelota picada. Y nada de comer o beber durante la competición. El hecho de que en las ultramaratones haya puntos de descanso estaría contraviniendo el espíritu de tal competición: una carrera de resistencia pura no debería permitir rellenar el tanque de gasolina. No obstante, esos juicios son fácilmente objetables: a ver quién es el guapo que propone unos juegos olímpicos de invierno con atletas desabrigados.

Respecto a la sustancias para aumentar el rendimiento, en el momento en el que se permite que los atletas tomen algo más que pan y agua empiezan las problemas. Nadie sabe muy bien cuál es el criterio que guía a quienes elaboran la lista de prohibiciones:
«Although not explicitly stated the idea appears to be that nutritional supplements present at high concentrations that participate in bulk metabolic reactions are fine; hormones and other signalling molecules present at lower concentrations that control the rate of these reactions are banned. The exception to this rule is caffeine. It fits completely in the low concentration signalling category, is not even a natural hormone, but remains fully supported by sporting bodies and has been removed from all banned lists. As a legal, recreational drug in society, sport has given up trying to regulate its use, leading to this anomaly.»
Algunos creen que la distinción gira en torno a lo natural y lo artificial, pero ambos son conceptos difusos que no llevan a ninguna parte. El cuerpo no produce cafeína de forma natural, pero sí testosterona. La primera no está prohibida, la segunda sí. La creatina es producida por el cuerpo, pero también puede obtenerse de la carne y el pescado. Los suplementos de creatina mejoran el rendimiento en esfuerzos anaeróbicos intermitentes de corta duración, como un esprint de cien metros; sin embargo, no están prohibidos por la WADA. Como tampoco lo están los multivitamínicos, que de naturales tienen bien poco, y son utilizados incluso por poblaciones sedentarias. Mucha gente cree que los polvos de proteína son una especie de dopaje, pero en realidad se sitúan en la misma categoría que el Gatorade en polvo: se trata simplemente de un macronutriente aislado (y están permitidos). Pero mientras el Aquarius es una bebida de uso común gracias a la publicidad («la vida es un deporte muy duro», decían los anuncios) los batidos de proteína son un producto de gimnasio que evocan la imagen del hombre sobredesarrollado asiduo de la jeringuilla. A mi modesto entender todo se reduce a una cuestión de imagen: si la droga es aceptada socialmente, como la cafeína, no hay problema. Si de alguna manera evoca la metáfora del yonqui, entonces se proscribe.

Imagen de Mel B.

Hemos analizado el argumento de la salud y visto cómo hace aguas. La UCI prohíbe la EPO, pero no los somníferos de los que David Millar (y otros muchos ciclistas según él) abusaban, y que son perjudiciales a largo plazo. Vimos que el deporte profesional es perjudicial para la salud. Un lineman que haya jugado al menos cinco años en la NFL tiene una esperanza media de vida de cincuenta y dos años, según señala Brenkus. La duración media de la carrera de un futbolista americano profesional es de tan solo tres años. Los riesgos de los esteroides palidecen frente a los de la práctica diaria. Eso no quiere decir, obviamente, que no debamos hacer cuanto esté en nuestra mano para proteger a los deportistas. No dejamos, verbigracia, que salgan a correr a trescientos kilómetros por hora sin casco solo porque las carreras sean peligrosas en sí mismas; es solo que si esa fuera la verdadera razón habría otras maneras de actuar. Sin embargo, la protección de la salud sí parece aplicable a las categorías inferiores, donde los participantes copian los métodos de los profesionales pero no tienen los mismos recursos que ellos. Los deportistas amateur no cuentan con médicos experimentados que sepan lo que hacen y material de calidad: recurren a esteroides de contrabando, abusan de las drogas o se hacen las autotransfusiones en condiciones nada higiénicas. El resultado es que algunos de ellos mueren.

Quizá el dilema del dopaje está en que sustituye la cuestión de quién se esfuerza más o tiene más talento por la de quién tiene más valor y menos respeto por sí mismo para atreverse a probar cualquier cosa, por arriesgada que sea, con tal de ganar. O por la de quién responde mejor al tratamiento. En una entrada anterior dije que si desapareciera la lista de productos prohibidos todos jugarían en un campo nivelado. Pero eso tampoco es cierto, pues las sustancias afectan de forma diferente a cada persona. Hay quien responde más a sus efectos y quien lo nota menos. Algunos sacan más tajada del entrenamiento adicional que permiten llevar a cabo estos productos y otros menos. Coyle señala:
“En resumidas cuentas: la EPO y otras sustancias no equilibran el campo de juego fisiológico, tan sólo lo cambian a nuevas áreas y lo distorsionan. Tal y como dice el doctor Michael Ashenden: «El ganador en una carrera con dopaje no es el que ha entrenado más duro, sino el que ha respondido mejor a las drogas a nivel fisiológico».”
No obstante, incluso en el estado natural de atletas «limpios» ya hay diferencias en la respuesta al entrenamiento. Hace algunos años hablamos de que no todos partimos en realidad de la misma línea de salida. El dopaje podría usarse como una forma de ayudar a los más desaventajados por la naturaleza. Esto, por supuesto, plantea todo tipo de problemas prácticos. Es más fácil legislar de la forma «o todos o ninguno».

Como posible solución al debate sobre el dopaje se podría considerar crear competiciones separadas para aquellos que lo usan y aquellos que no, de la misma forma que hay competiciones masculinas y femeninas. Eso es algo que ya ocurre en el culturismo, donde hay campeonatos de culturismo «natural», en los que se llevan a cabo controles antidopaje, y otros que siguen una política de total tolerancia. En otro deporte de pura fuerza, el powerlifting, hay federaciones, campeonatos y récords separados según el competidor utilice o no una camisa compresora (dicha camisa incrementa el peso que uno puede levantar entre un veinte y un treinta por ciento). El motociclismo celebra carreras separadas para cada cilindrada. Los deportes de lucha cuentan con categorías por peso. Los Juegos Paralímpicos refieren una amplia gama de clases que reflejan las diferentes capacidades físicas de los deportistas. Y así siguiendo.

Si les ha interesado todo esto pueden empezar por leer Run, Swim, Throw, Cheat: The Science Behind Drugs in Sport, de Chris Cooper. La obra The Sports Gene: Inside the Science of Extraordinary Athletic Performance es una fascinante lectura sobre esos atletas extraordinarios dopados de nacimiento. Si practican algún deporte y quieren aumentar su rendimiento con sustancias legales les interesará Nutrición y ayudas ergogénicas en el deporte (o su versión actualizada). Michael J. Sandel expone su argumento moral en contra del dopaje en Contra la perfección: la ética en la era de la ingeniería genética. Si lo que les va es el morbo, el libro de Tyler Hamilton Ganar a cualquier precio es el que más detalles proporciona. Por último, no dejen de ver el documental de Chris Bell del que les hablé en otro contexto. Realmente vale la pena.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Citius, altius, fortius (II)

En la entrada anterior me referí al hombre que me adelantó con su ciclomotor cuando iba en bicicleta como tramposo. ¿Dónde reside la trampa exactamente? Una posible respuesta es que él no estaba haciendo uso de sus capacidades físicas para superar el ascenso, sino que había delegado parte del trabajo en un motor de combustión; se supone que la esencia del ciclismo es propulsar la bicicleta únicamente con la fuerza de las propias piernas. Otra forma de verlo es que él contaba con una ayuda de la que yo carecía. De haber tenido mi propio motor de bici ¿habría dejado de haber trampa, o nos habríamos convertido ambos en tramposos (o en motociclistas)? En este último caso volveríamos al punto en el que nos veíamos obligados a decidir qué ayudas mecánicas externas son aceptables. Pero si damos por buenos ciertos avances del equipamiento en el deporte, entonces la trampa desaparece: mientras todos los deportistas tengan acceso a dichos avances, nadie tiene derecho a quejarse. De la misma forma, si todos se dopan entonces ya no hay trampa en el sentido de tener una ventaja sobre el resto, razonamiento que muchos ciclistas en el pelotón han utilizado para justificar su conducta.

Foto de istolethetv
Parte del problema con las drogas en el deporte es que, al estar prohibidas, solo algunos atletas se atreven a poner en juego sus carreras arriesgándose a usarlas, lo que relega a los más cautos a un injusto segundo plano. También se sienten injustamente tratados quienes no tienen ningún problema médico que requiera tratamiento con alguna sustancia prohibida, pues no pueden acogerse a las perfectamente legales exenciones de uso terapéutico. David Millar cuenta en su libro cómo su equipo alegó una tendinitis para poder inyectarle cortisona, una táctica que según Tyler Hamilton el U.S. Postal utilizó con Armstrong (la cortisona, entre otras cosas, ayuda a combatir la fatiga y mejora la recuperación). Si en algunos casos es lícito que un deportista utilice sustancias prohibidas, o si no es posible asegurarse de que ninguno lo haga, una manera de eliminar la ventaja de unos sobre otros podría ser levantar totalmente la prohibición, de manera que todos tengan acceso a los mismos métodos para potenciar el rendimiento. Aún entonces podría haber una situación de desventaja para aquellos que no se atrevan a hacer uso de las sustancias potenciadoras del rendimiento por el temor de perjudicar su salud a largo plazo.

Anteriormente he dicho que el uso de un motor externo en el ciclismo constituye una trampa evidente porque traslada el esfuerzo del propio cuerpo a un mecanismo externo. En este sentido se podría argumentar que el dopaje debe estar prohibido por constituir un atajo o una forma de ganar sin sacrificio mediante (el argumento del esfuerzo explicaría, de paso, la prohibición de las cámaras hiperbáricas y las autotransfusiones de sangre). Pero no es tan sencillo. Si bien los ciclistas afirman que la EPO puede convertir a un burro en un caballo de carreras, el hecho es que no ahorra ni una gota de sudor. Tal como dice Tyler Hamilton:
«La gente cree que doparse es para vagos que quieren evitar el trabajo duro. Puede que eso sea cierto en algunos casos, pero en el mío, igual que en el de muchos ciclistas que conocía, era precisamente lo contrario. La EPO proporcionaba la capacidad de sufrir más, de obligarte a llegar más lejos y con más fuerza de lo que jamás hubieras imaginado, tanto entrenando como en carrera. Recompensaba justo aquello en lo que yo era bueno: tener una estupenda ética laboral y presionarse al límite y superarlo.»
Hormonas como la testosterona y la eritropoyetina no evitan que uno deba trabajar duro, pero sí hacen dicho esfuerzo más rentable y, al acelerar la recuperación, permiten que pueda llevarse a cabo más a menudo.

La última razón que veremos para prohibir las drogas que aumentan el rendimiento es puramente moral. Los productos dopantes habrían de estar vedados porque violan el espíritu deportivo, de acuerdo con el cual uno debería hacer uso únicamente de los propios dones y capacidades naturales para ejercer su actividad. De lo que se trataría es de llegar a ser el mejor a través de un entrenamiento y un esfuerzo disciplinados, llevados a cabo con perseverancia y combinados con nuestro talento. Constancia, determinación, voluntad, lucha y genio son las cualidades que esperamos lleven a un atleta a lo más alto, no una jeringuilla combinada con un cóctel de pastillas. Lo hermoso de la historia de Armstrong era que se trataba de un hombre que logró ganar siete veces el Tour de Francia tras superar un cáncer con métastasis (dejaremos de lado, al menos por el momento, la ingenuidad de pensar que es posible ganar una carrera de tres semanas y 3.200 kilómetros a base únicamente de colacao y crispis). Queremos que gane el mejor, no el más drogado.

La importancia que atribuimos a la esencia del deporte es más fácil de ver en una competición como la Fórmula 1, donde la tecnología puede llegar a primar sobre la labor del deportista, como hemos visto durante el campeonato de este año, o como ocurrió a principios de 2009 con Brawn GP y sus difusores dobles. Para algunos lo ideal es que ganara el mejor conductor. Sin embargo, cuando se tiene un coche muy superior no hace falta ser el mejor. Este hecho molesta a quienes piensan que ello altera el sentido de la competición, y fue una de las razones de que se eliminara el control de tracción en 2008: en aras de la pureza del deporte habría que trasladar el mayor número de tareas de conducción al piloto, no al coche (algo con lo que otros estarían en desacuerdo aduciendo que la Fórmula 1 trata de una lucha entre pilotos por llegar el primero, pero también entre equipos por construir el mejor coche).

Esta premisa de «mantener el espíritu del juego» elimina la distinción entre mejoras de equipamiento y ayudas ergogénicas. Independientemente de su naturaleza, todas ellas habrían de estar prohibidas si corrompen el deporte. Según Michael Sandel:
«Naturalmente, no todas las innovaciones en el entrenamiento y el equipo son una corrupción del juego. Algunas de ellas, como los guantes de béisbol y las raquetas de grafito para los tenistas, contribuyen a mejorarlo. ¿Cómo distinguir los cambios que mejoran un deporte de aquellos que lo corrompen? Ningún principio simple puede resolver la cuestión de una vez por todas. La respuesta depende de la naturaleza del deporte y de si la innovación contribuye a destacar u oscurecer los talentos y las habilidades que distinguen a los mejores jugadores.»
Consideremos el caso de los esteroides anabolizantes. Los anabolizantes son al cuerpo lo que los ingenieros al bólido de Fórmula 1: ambos tienen por objetivo procurar un motor más potente y un chasis mejor. En ningún deporte es eso tan evidente como en el culturismo, disciplina conocida precisamente por el uso indiscriminado de productos dopantes. El objetivo del culturista es lograr los músculos más grandes, definidos, proporcionados y simétricos que la naturaleza le permita, objetivos todos ellos en los que los efectos de los anabolizantes destacan especialmente. En el deporte donde más se utilizan es donde más claramente se pone de manifiesto cómo algunos productos sintéticos pueden corromper el espíritu deportivo. Y no solo se trata de anabolizantes. El infame Synthol, que tiene su máximo exponente en la grotesca figura de Gregg Valentino, es el equivalente no quirúrgico a los implantes de pectorales, bíceps, gemelos, hombros u otro músculo. Es evidente que nadie otorgaría el título de Mr. Olympia a alguien que ha moldeado su cuerpo a base de silicona. Sin embargo, es indudable que por la sangre de todos los campeones del Olympia corren hormonas sintéticas.

El argumento del espíritu del deporte también está lleno de zonas grises. Es cierto que los esteroides aumentan el tamaño y fuerza de los músculos, y que la EPO incrementa la resistencia, pero inyectárselos no impide el cultivo y la exhibición de talentos naturales. De hecho, podría argumentarse que los potencia. Como he dicho antes, lo que hacen estas sustancias es rentabilizar más el trabajo duro. Sigue habiendo una clara diferencia moral entre un pelotón de ciclistas subiendo el Alpe d'Huez con un hematocrito de 50 y otro que lo hace en el coche del equipo. Además, si consideramos que resistencia y velocidad son las cualidades fundamentales de un ciclista y que, siendo así, estas deberían ser desarrolladas únicamente mediante entrenamiento, entonces ¿no habrían de prohibirse las bicicletas y equipamientos para etapas contrarreloj (que aumentan la velocidad), así como los avituallamientos (que proporcionan resistencia)?

¿Y qué ocurre con los deportes donde las facultades acrecentadas por fármacos son solo una mejora indirecta? Ninguna droga en el mundo puede dar a un futbolista el toque de Iniesta o los regates de Messi (irónicamente, el argentino ha contado con su propia exención se uso terapéutico de hormona del crecimiento). Es más, a la mayoría ni siquiera le dotará de la velocidad de Cristiano Ronaldo, ya que la velocidad es una capacidad de desarrollo muy limitada por la genética. Dado que en el fútbol prima la técnica sobre las cualidades físicas (que se lo pregunten a la selección nacional estadounidense) un chute de testosterona no estaría contraviniendo el espíritu del balompié. Dicho sea de paso, esta primacía de la técnica es probablemente la razón de que la mayoría de los positivos en controles antidopaje en el mundo del fútbol sea por drogas recreativas como la marihuana o la cocaína.

A mi juicio el argumento moral ha ido perdiendo relevancia según el deporte se ha ido comercializando. El deporte profesional, aquel en el que los deportistas necesitan ganar para poder pagar facturas, es un negocio. Y el capitalismo es experto en arrancar de ellos cualquier consideración ética. Hamilton y Millar coinciden en sus respectivos libros en este aspecto. Pedalear era su sustento y lo único que sabían hacer. Habían trabajado toda su vida para llegar hasta ahí. Si para mantenerse en el pelotón debían entrar en el juego ¿qué otra opción tenían? De nuevo en palabras de Tyler Hamilton:
«[C]reo que todos los que quieren juzgar a los que se dopan deberían pensarlo, al menos durante un segundo. Pasa toda tu vida trabajando para llegar al filo del éxito y entonces te hacen elegir: unirte o marcharte a casa. ¿Qué harías tú?»
Continuará

lunes, 2 de diciembre de 2013

Citius, altius, fortius (I)

Tres ciclistas, tres libros. Paul Kimmage escribió Rough Ride a principios de los noventa, uno de los primeros libros en hablar del dopaje en el ciclismo, del que se han publicado varias ediciones actualizadas según salían a la luz nuevos escándalos. David Millar cuenta sus memorias en Pedaleando en la oscuridad. Detenido junto a otros miembros del equipo Cofidis en 2004, tras cumplir su sanción de dos años ha estado formando parte –como corredor y como propietario– de equipos con una clara política antidopaje. Tyler Hamilton, gregario de Lance Armstrong, es el coautor de Ganar a cualquier precio, donde da detallada cuenta de este tipo de prácticas entre los profesionales (incluyendo cómo logran evadir los controles) con especial atención al comportamiento del desposeído campeón norteamericano y la operación Puerto. Millar y Hamilton fueron descubiertos y sancionados. Habían hecho algo prohibido por la UCI y el COI y fueron castigados con sendas suspensiones y la eliminación de sus victorias. Pero ¿por qué está prohibido doparse?
Foto de The Pug Father

Como ya sabrán, el dopaje consiste en el uso de sustancias ergogénicas con el fin de mejorar el rendimiento deportivo, como la EPO utilizada por los ciclistas y los esteroides anabolizantes empleados por atletas de fuerza. Si bien cuando hablamos de sustancias ergogénicas solemos pensar en fármacos, lo cierto es que esos no son los únicos elementos de este conjunto:
«Everything an athlete ingests is a performance-enhancing substance, including spinach, milk, and bread. All contribute to muscle growth, bone strength, good circulation, and every other aspect of physical health that all of us strive for. In addition to the kinds of things that help athletes and the rest of us gain general fitness, there are chemicals that have more immediate effects on performance.As an example, take sugar. In its various common forms, such as glucose, fructose, and sucrose, sugar is a simple, fast-acting carbohydrate that can supply short-term energy to depleted muscles. Get some into your body at about mile 20 of the marathon and it just might make the difference between a personal best and a total meltdown.»
Desde este punto de vista, el dopaje es tan antiguo como el mismo deporte. En la antigua Grecia ya se recurría a dietas específicas y suplementos para aumentar el rendimiento:
«los atletas del siglo VI a. C. aumentaban su fuerza comiendo carnes diferentes según la disciplina que practicaban: los saltadores de caballo, boxeadores y lanzadores, de toro, y, los luchadores, de cerdo. En el siglo V a. C. existen referencias de que los corredores de fondo bebían antes de la carrera cocimientos de plantas, se hacían aplicaciones de hongos desecados e incluso llegaban a la extirpación del bazo, por considerar que un bazo congestionado, duro y doloroso podía suponer una pérdida de velocidad en la carrera. En el siglo III a. C. Filotrasto y Galeno refieren la ingestión de multitud de sustancias por parte de los atletas y Plinio, en el siglo I, afirma ya que los corredores de fondo bebían cocciones de equiseto para evitar la fatiga y prolongar la resistencia en carreras de larga duración.»
Hoy día muchos de nosotros –deportistas o no– también hacemos uso de cocciones para evitar la fatiga y prolongar la resistencia, mejorar la concentración y aumentar el estado de alerta. Me estoy refiriendo, cómo no, al café (o, en mi caso, al té). La cafeína es una droga estimulante que ilustra perfectamente la dificultad de trazar una línea en torno a las sustancias potenciadoras del rendimiento. De efectividad sobradamente probada, este alcaloide estuvo en la lista de la Agencia Mundial Antidopaje hasta 2004. De un año para otro las tabletas de cafeína que Kimmage había sido reacio a usar pasaban a ser legales. El mero hecho de que un principio activo mejore el desempeño físico no parece ser, pues, razón suficiente para prohibirlo.

Al contrario que la cafeína, las anfetaminas, otro de los estimulantes más usados en la época del ciclista irlandés, aún siguen vedadas. ¿A qué es debido? La razón principal es, probablemente, el riesgo que implican para la salud. Pero tampoco es que la cafeína sea segura: el LD50 se sitúa en torno a 150-200 miligramos por kilo de peso, difícil de alcanzar a base de tazas de café, pero no tanto mediante pastillas. Al margen de eso, la amenaza para la salud como argumento para prohibir ciertos compuestos suele contrargumentarse de dos maneras principales. Por una parte, dado que nada está exento de riesgo (incluso el agua ingerida en grandes cantidades puede ser letal), de lo que se trata es de alcanzar un equilibrio entre riesgo y beneficio. Expertos como el doctor Charles Yesalis aseguran que los anabolizantes, una de las sustancias más explotadas y perseguidas, pueden usarse forma relativamente segura. Al fin y al cabo se ha estado recurriendo a ellos durante bastante tiempo en el ámbito clínico con pacientes de cáncer o SIDA. Además de eso, las hormonas se emplean también en contextos no terapéuticos, como el cambio de sexo.

Incluso aunque fueran dañinos, afirma la otra línea de refutación, no importaría. El deporte profesional no trata sobre la salud, es un espectáculo con el que algunos se ganan la vida. Al más alto nivel el peligro es inherente a la actividad misma, como atestiguan los ciclistas muertos en caídas producidas durante los descensos de puerto de montaña, o los daños cerebrales que sufren los jugadores de la NFL (sin mencionar la obesidad de sus defensas). Si de verdad se tratara de proteger a los deportistas podríamos empezar por no obligarles a chocar cabeza con cabeza, no inyectarles diversos medicamentos para que puedan subirse a la moto con fracturas graves del día anterior, o no hacerles rodar a 80 kilómetros por hora sobre una bicicleta con neumáticos de menos de dos centímetros de ancho y nula capacidad de frenada con la única protección de un maillot y un casco de ciclista. «Si quieres sentir cómo es ser ciclista» le gustaba decir a Jonathan Vaughters «desnúdate hasta quedarte en ropa interior, conduce tu coche a 65 kilómetros por hora y salta por la ventanilla sobre una pila de metal dentado».

Aunque todas las sustancias ergogénicas fueran inocuas aún podríamos señalar que, de alguna manera, un deportista que se sirve de ellas está recurriendo a una ayuda «externa». Recuerdo una mañana de ruta en bicicleta en la que me estaba dejando el corazón y los pulmones en una pendiente del 9% cuando me pasó un tipo pedaleando plácidamente en una bicicleta con un motorcito incorporado. Eso, a todas luces, era hacer trampa. Pero otro de esos días el que me adelantó fue un ciclista acoplado a su manillar de triatlón. Su postura aerodinámica le daba ventaja sobre mí, ventaja que se sumaba al hecho de que él montaba una bici de carretera mientras yo me arrastraba con quince kilos de bicicleta de montaña. Los ciclistas profesionales hacen uso de todo tipo de ayudas externas (ruedas lenticulares, cascos aerodinámicos, bicicletas ultraligeras) que son perfectamente legales. Como con los medicamentos, algunas innovaciones en el equipamiento son vistas como una violación flagrante de las reglas, mientras otras se aceptan sin más. En este punto suele recordarse que incluso el recurrir a un entrenador estaba mal visto en su momento, tal como se muestra en la película Carros de fuego.

A mi juicio, la diferencia más evidente de la que nos servimos para diferenciar las ayudas tecnológicas de aquellas que pueden considerarse dopaje es –por mal que suene decirlo así– el hecho de que las primeras no se introducen en el cuerpo para actuar sobre su fisiología.

Continuará