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lunes, 15 de mayo de 2017

Leer (II)

Puede parecer extraño viniendo de alguien que lee entre cuarenta y ochenta libros al año pero yo creo que los poderes de la lectura están sobrevalorados. O, al menos, algunos de ellos, como el de cambiar radicalmente nuestra vida, hacernos muy inteligentes o convertirnos en mejores personas.

En un experimento llevado a cabo con medio millar de estudiantes universitarios de psicología unos investigadores concluyeron que leer puede alterar nuestra mentalidad, pero que muy pocos cambios siguen ahí al cabo de un año:

Reading The Omnivore's Dilemma had a substantial short-term impact on overall attitudes related to food production and consumption, as indicated by significant differences in composite attitude scores between freshmen who had read the book and non-freshmen who had not been assigned the reading. Specifically, attitudes about the perceived quality of the food supply and toward government subsidies for corn production were impacted in the predicted direction.

Attitude change dissipated somewhat with time, as reflected in non-significant differences in composite attitude scores between sophomores (who had read the book) and non-sophomores (who had not read the book) the following year, as well as significant differences between freshmen in year 1 and sophomores in the following year (all of whom had read the book, but at different time points).
Foto de Krisztina Tordai
Los autores del estudio especulan con dos posibles razones de este resultado. La primera, el mero olvido: nuestros recuerdos relacionados con lo que hemos leído se van desvaneciendo. El segundo, que es muy difícil cambiar nuestros hábitos: los nuevos comportamientos que pueda transmitirnos una obra chocan con costumbres propias bien consolidadas y también, por qué no decirlo, con nuestra escasa fuerza de voluntad. Eso me hace pensar que cuanto más se alejan las exhortaciones de un autor de nuestro statu quo actual, menos probable es que logremos cambiar nuestra vida de forma duradera.

En un sentido parecido Eric Schwitzgebel, filósofo autor del blog The Splintered Mind, ha concluido en sus investigaciones que los profesores de ética (los cuales, obviamente, han leído muchos y muy buenos libros sobre el tema) no se comportan mejor que la población en general. Para ilustrar su argumento pone como ejemplo algo que yo he vivido en mi propia persona:

An ethicist philosopher considers whether it's morally permissible to eat the meat of factory-farmed mammals. She read Peter Singer. She reads objections and replies to Singer. She concludes that it is in fact morally bad to eat meat. She presents the material in her applied ethics class. Maybe she even writes on the issue. However, instead of changing her behavior to match her new moral opinions, she retains her old behavior. She teaches Singer's defense of vegetarianism, both outwardly and inwardly endorsing it, and then proceeds to the university cafeteria for a cheeseburger (perhaps feeling somewhat bad about doing so).
De hecho, uno de sus trabajos viene a decir que los libros de ética son los que más «desaparecen»  (léase sustraen) de las bibliotecas.

Y si es difícil que un libro cambie a una persona, no digamos ya a una sociedad. No creo que se considere arrogante por mi parte decir que el estado del mundo es mucho peor de lo que debería ser habiendo como hay tantos libros maravillosos y populares con soluciones para cualquier mal existente. Será porque mientras que los libros de autoayuda chocan con nuestros hábitos y vida diaria, los libros con grandes ideas para la sociedad colisionan con nuestras conciencias e instituciones:

A book is of course an ideal place to lay down an ambition, sort out one’s thoughts and gather a constituency. But that’s about it. A book on its own cannot bring about real change because the world as it currently stands isn’t held together simply by ideas: it is made up of laws, practices, institutions, financial arrangements, businesses and governments. In other words, its muscles are made up of institutions and therefore, the only way to bring about real change is to act through competing institutions. Revolutions in consciousness cannot be made lasting and effective until legions of people start to work together in concert for a common aim and, rather than relying on the intermittent pronouncements of mountain-top prophets, begin the unglamorous and deeply boring task of wrestling with issues of law, money, long-term mass communication, advocacy and administration.
Lo anterior son solamente algunos ejemplos entre los muchos que existen encaminados a demostrar la insuficiencia de la lectura para cambiar a una persona o a una sociedad. No obstante, a veces el cambio tiene lugar. El caso más notable quizá sea el de los textos religiosos, cuyas palabras inspiran a tantas personas en el mundo y cuyo poder de captación aún es relevante hoy día.

Lo cual nos lleva, por aquello del fanatismo, a hablar del lado oscuro de los libros. Como herramienta que son (para entretener, para transmitir ideas, para tratar de influenciar) los libros pueden usarse de forma loable o reprochable. A mi juicio, un mal uso es centrar nuestra vida, actos e ideas alrededor de un único escrito. Opino que no es descabellado desconfiar de las personas que lo hacen, ya sea su libro de cabecera la Biblia, la Torá, las Analectas, El arte de la guerra, Das Capital o Mein Kampf.

Tampoco es mucho mejor, desde mi punto de vista, leer solamente todo lo que se ha escrito acerca de una única idea. No solo no es sano, ya que nos aísla aún más en nuestra burbuja de prejuicios, sino que además es poco honesto, intelectualmente hablando.

Finalmente, hay libros que son el equivalente intelectual del escherichia coli, aquellos cuya digestión no nos hace ningún favor, aunque solo sea por el hecho de que nos quita tiempo para leer libros realmente buenos.

Continuará.

martes, 21 de marzo de 2017

Pesadilla en la cocina (II)

Política económica, autoayuda, pérdida de peso y gestión empresarial: todas estas áreas tienen algo en común, a saber, el vasto océano de libros dirigidos al gran público con ideas apuntando en todas direcciones (a menudo contrarias) cuyo objetivo es solucionar de una vez para siempre los problemas que nos interesan. Para cada cuestión existen cientos de textos ya publicados y decenas en camino alumbrados por autores con credenciales igualmente valiosas o cuestionables, lo que nos lleva a preguntarnos fútilmente: ¿quién tiene razón? ¿Cuál de esos libros es el mejor? ¿Cuál debería leer? ¿Cuál es el que aplica en mi caso? ¿Acaso sirven para algo?

Foto de Sean Perry
La industria editorial parece sancionar tres tipos principales de libros de consejos. El primero de ellos consiste en analizar exhaustivamente a aquellas personas, empresas o países que han logrado lo que nosotros pretendemos lograr, tratando de destilar los comportamientos y principios que los han llevado hasta allí. El segundo tipo describe una estrategia, tendencia, técnica, idea o filosofía acuñada por el propio autor que promete éxito a quienes la pongan en práctica, y muestra cómo los ganadores ya lo están haciendo. El tercer y último tipo es aquel que sostiene sus premisas apelando a la ciencia, ya sea la psicología, la endocrinología, las matemáticas o el método científico en general.

En lo que a gestión empresarial se refiere, dos ejemplos clásicos del primer tipo de libro mencionado son In Search of Excellence, de Thomas Peters y Robert Waterman, y Good to Great, de Jim Collins. Estos trabajos, como digo, identifican las prácticas comunes de negocios exitosos y nos exhortan a imitarlos para prosperar. Es una fórmula que intuitivamente tiene sentido para nuestros cerebros de primate: si quieres tener éxito haz lo mismo que aquellos que han tenido éxito.

Desgraciadamente, es bien sabido que este método tiene dos defectos principales relacionados. Uno es el sesgo del superviviente, esto es, centrarse en quienes sobrevivieron (o, en nuestro caso, tuvieron éxito) sin prestar atención a quienes murieron (énfasis en el original):

Jerker Denrell, a professor of strategy at Oxford, calls this the undersampling of failure. He argues that one of the main ways that companies learn is by observing the performance and characteristics of successful organizations. The problem is that firms with poor performance are unlikely to survive, so they are inconspicuously absent from the group that any one person observes. Say two companies pursue the same strategy, and one succeeds because of luck while the other fails. Since we draw our sample from the outcome, not the strategy, we observe the successful company and assume that the strategy was good. In other words, we assume that the favorable outcome was the result of a skillful strategy and overlook the influence of luck. We connect cause and effect where there is no connection. We don't observe the unsuccessful company because it no longer exists. If we had observed it, we would have seen the same strategy failing rather than succeeding and realized that copying the strategy blindly might not work.
Esto significa que para saber, verbigracia, si ofrecer comida gratis a los empleados hará que nuestra empresa triunfe no solo hemos de fijarnos en Google, Facebook, Twitter y otros grandes éxitos por el estilo, sino que tendremos que averiguar cuántas empresas optaron por dicha estrategia y fracasaron (lo cual, por el mismo hecho de que esas compañías ya no existen, hace la recogida de datos mucho más complicada). Esa es la pregunta que realmente importa: ¿cuántas de las firmas que adoptaron dicha medida acabaron teniendo éxito?

El segundo defecto de la imitación tiene que ver con la cadena causal. Yo podría, por ejemplo, escribir un libro titulado «Cómo enrojecer sus mejillas» en el que divagaría durante doscientas páginas para decir únicamente que basta con propinarse a uno mismo múltiples bofetadas bien sonoras. Aquí, acción y consecuencia son bastante evidentes y el «éxito» (en forma de mofletes colorados) está asegurado. Sin embargo, el logro empresarial depende de una miríada de factores con grandes dosis de aleatoriedad; hay tantas cosas interconectadas que a menudo es casi imposible determinar con seguridad un único factor como la causa real de un resultado. Por tanto, antes de imitar debemos estar seguros de no confundir talento con mera fortuna:

Here is an exercise that I do with my students to make the same basic point. The larger the class, the better it works. I ask everyone in the class to take out a coin and stand up. We all flip the coin; anyone who flips heads must sit down. Assuming we start with 100 students, roughly 50 will sit down after the first flip. Then we do it again, after which 25 or so are still standing. And so on. More often than not, there will be a student standing at the end who has flipped five or six tails in a row. At that point, I ask the student questions like “How did you do it?” and “What are the best training exercises for flipping so many tails in a row?” or “Is there a special diet that helped you pull off this impressive accomplishment?” These questions elicit laughter because the class has just watched the whole process unfold; they know that the student who flipped six tails in a row has no special coin-flipping talent. He or she just happened to be the one who ended up with a lot of tails. When we see an anomalous event like that out of context, however, we assume that something besides randomness must be responsible.
Como quiera que alcanzar nuestra meta depende de la suerte en una proporción que desconocemos, puede ocurrir que dé igual cómo de bien imitemos a los más grandes; si no tenemos suerte nunca llegaremos al mismo nivel.

Ejemplos del segundo tipo de libro de consejos en el mundo de la gestión son: The World Is Flat: A Brief History of the Twenty-first Century, de Thomas Friedman, que insiste en que los ganadores son aquellos que mejor se globalizan, Wikinomics: How Mass Collaboration Changes Everything, donde los autores defienden la relación entre éxito empresarial y sabiduría de las multitudes, y Toyota Kata: Managing People for Improvement, Adaptiveness, and Superior Results, en el que Mike Rother asegura que el éxito de Toyota es su filosofía de mejora continua imbuida en todos sus procesos.

Las pegas de este tipo de escritos son evidentes. Por un lado, aun suponiendo que la tesis del autor sea correcta y el factor identificado realmente relevante, el éxito es probablemente fruto de múltiples factores, no de uno solo aislado, por más peso que este pueda tener. Por otra parte, quizá el consejo en cuestión no sea aplicable a nuestro negocio, pues no afronta los mismos retos una tienda de barrio que una multinacional. Finalmente, de nuevo la suerte juega un papel de importancia desconocida.

En último lugar tenemos la dirección empresarial basada en principios o hechos científicos. Frederick Winslow Taylor escribió a principios del siglo XX una de las primeras obras de este tipo, The Principles of Scientific Management. Sus principios acabaron conociéndose como taylorismo, sinónimo de gestión científica. Actualmente, aquella filosofía ha derivado en una gestión a través de la observación y la medición sustentada en el auge del big data y el machine learning, siendo el mantra: «lo que no se puede medir no se puede gestionar». Esta es una elección de gobierno habitual en lo que a empresas de TI se refiere.

Desafortunadamente, como ya vimos largo y tendido en estas páginas, los números son subjetivos y nos llevan a engaño con demasiada frecuencia. Aún peor, a menudo los guarismos no pueden decirnos por sí mismos qué hemos de hacer. De la misma forma que la economía no puede guiar la política al margen de la ideología, las matemáticas y la ciencia de los sistemas complejos no pueden dar respuesta a problemas que no son cuestiones científicas:

[T]he modern idea of management is right enough to be dangerously wrong and it has led us seriously astray. It has sent us on a mistaken quest to seek scientific answers to unscientific questions. It offers pretended technological solutions to what are, at bottom, moral and political problems. It conjures an illusion—easily exploited—about the nature and value of management expertise. It induces us to devote formative years to training in subjects that do not exist. It favors a naïve view of the sources of mismanagement, making it harder to check abuses of corporate power. Above all, it contributes to a misunderstanding about the sources of our prosperity, leading us to neglect the social, moral, and political infrastructure on which our well-being depends.
La idea de un restaurante sumido en apuros que se salva gracias a los consejos y el mando firme de un experto chef es una buena narrativa para un entretenimiento televisivo, pero una mala guía para el mundo real. Sabemos que debemos ser escépticos cuando tratamos con expertos, y que la imagen de un negocio que se salva de la quema para acabar imponiéndose en el mercado gracias a un líder carismático y genial es más una falacia narrativa que un hecho real. Las empresas, al fin y al cabo, están formadas por personas, seres humanos que se quejan y se resisten al cambio, que buscan su propio interés y no siempre hacen lo que más les conviene, bien sea por ignorancia, bien sea por desidia. Eso hace de toda misión empresarial un camino lleno de dificultades, incógnitas y sorpresas que ningún libro sobre el tema, por muy versado que sea su autor, puede modelar eficazmente para hacer del éxito una certeza.

Continuará.

lunes, 9 de enero de 2017

Guías para la vida

La semana pasada mencioné Flight rules, el libro donde la NASA recopila todo lo que aprende sobre sus misiones. Supe de tal libro a través de la autobiografía del comandante Chris Hadfield titulada Guía de un astronauta para vivir en la Tierra (An Astronaut's guide to life on Earth). En estas memorias, además de relatar su carrera profesional, este astronauta ya retirado habla de qué lecciones cultivadas en su trabajo aplica en su vida diaria. Algunas son muy generales y sobradamente conocidas, como tener una actitud positiva y abierta, «disfrutar el viaje» (no celebrando solo la consecución o el logro), ser humilde y trabajar en equipo. Otras son más particulares, como prestar atención a esos pequeños detalles que parecen no tener importancia pero que a la larga pueden desencadenar un desastre.

Existen muchos libros por el estilo, donde personas que alcanzan cierta cota de éxito en un campo (normalmente llamativo o diferente) destilan qué herramientas, comportamientos o actitudes de dicho campo pueden ser útiles en otros aspectos de la vida. Así, el conocido entrenador de fútbol Jorge Valdano habla de liderazgo y gestión de equipos para empresas. John Walker, el creador de la multinacional de software Autodesk, creó su propia dieta para perder peso (The Hacker's Diet) utilizando una aproximación desde el punto de vista de la ingeniería de software y la gestión empresarial. Uno de los fundadores de Linkedin es autor de un popular libro sobre cómo aplicar estrategias de emprendedor a nuestra carrera profesional. Existe otro sobre cómo gestionar nuestra lista de tareas pendientes adaptando el método de producción de Toyota. Finalmente, hay quien propone gestionar a su familia como si fuera una empresa.

La aplicación de los análisis post mortem a nuestros proyectos personales de la que hablé en el último artículo sigue esta tradición. No obstante, siempre cabe preguntarse hasta qué punto las lecciones son extrapolables de un campo a otro. Creo que a menudo olvidamos que las herramientas, ya sean físicas o cognitivas, se utilizan dentro de un contexto. Fuera de él, es posible que sean inútiles o incluso contraproducentes. Un coche de Fórmula 1 no sirve para movernos por la ciudad, y los consejos que pueda darnos un piloto de ese tipo de vehículos son en su mayor parte inservibles, pues ni la calle es un circuito ni los utilitarios se comportan igual que los coches de carreras.

Consideremos, verbigracia, la dieta del hacker diseñada por Walker, la cual considera el cuerpo humano como un sistema industrial:

when it comes to gaining and losing weight, the human body is remarkably akin to a rubber bag. Fad diets and gimmick nutritional plans obscure this simple yet essential fact of weight control: if you eat more calories than you burn, you gain weight; if you eat fewer calories than you burn, you lose weight.
Esa era una aproximación típica a la pérdida de peso cuando se publicó la primera edición de esta dieta pero en el tiempo transcurrido desde entonces hemos sabido que no todas las calorías son iguales. Mejorar la composición corporal y –más importante aún– mantener la pérdida de peso a largo plazo son cuestiones que no dependen solo de la diferencia entre calorías consumidas y calorías gastadas. Una forma más apropiada de afrontar este problema sería enfocarlo como una persona que opera un sistema ya que el componente individual es sumamente importante.

Analicemos ahora el consejo de Hadfield de estar siempre preparados para el desastre. Los astronautas son entrenados para resolver cualquier imprevisto (siempre que esté dentro de sus posibilidades, claro). Repiten una y otra vez los procedimientos que hay que realizar cuando el traje espacial tiene una fuga, cuando falla un motor de la aeronave, cuando no se desprende un módulo en el despegue, etcétera. Es por ello que este antiguo comandante de la ISS recomienda anticiparse a los problemas en la vida diaria:

You don’t have to walk around perpetually braced for disaster, convinced the sky is about to fall. But it sure is a good idea to have some kind of plan for dealing with unpleasant possibilities. For me, that’s become a reflexive form of mental discipline not just at work but throughout my life. When I get into a really crowded elevator, for instance, I think, “Okay, what are we going to do if we get stuck?” And I start working through what my own role could be, how I could help solve the problem. On a plane, same thing. As I’m buckling my seat belt, I automatically think about what I’ll do if there’s a crisis.
Suena quizá algo exagerado, bastante agotador (hay muchas tragedias acechando en la vida diaria) y un poco iluso (sin un entrenamiento de verdad probablemente haya mucha diferencia entre lo que pensamos que haríamos en caso de incendio en el avión y lo que de verdad haríamos).

Aún así, anticipar los problemas en el día a día no es una lección desdeñable: no me parece mala idea dejar una distancia extra con el camión de delante cuando este transporta mercancías que podrían desprenderse en la carretera y acabar golpeándonos. Sin embargo, otras lecciones son mucho más discutibles, y su aplicación puede ser hasta perjudicial. Hay que tener presente que una misión espacial es un proyecto muy particular donde hay en juego vidas y cientos de millones de dólares. La tecnología es compleja y el entorno, hostil. No es de extrañar, por tanto, que cada misión esté coreografiada al detalle y ensayada hasta la extenuación. El espacio no es el lugar adecuado para asumir ningún riesgo o producirlo por no saber hacer nuestro trabajo.

Sin embargo, solo hay entre tres y seis personas que laboren fuera del planeta. Muchos de nosotros trabajamos en sitios donde multitud de cosas salen mal cada día sin que sea una tragedia. Y, como reza el dicho, «quien no arriesga no gana». Las empresas como Google saben que no pueden dormirse en los laureles si quieren seguir dominando el mercado, pero también saben que la innovación y el riesgo van de la mano. Es por ello que la compañía californiana y muchas otras del sector tienen un lema: «fail early, fail often, move on» (o bien «fail fast, fail early and fail often»). En este sector se alienta a los trabajadores a que arriesguen y a que se equivoquen (siempre dentro de unos límites) porque es la mejor forma de lograr sus objetivos. Esa filosofía sí puede sernos más útil: maximiza la exposición, prueba cosas nuevas, arriésgate de vez en cuando, etcétera, etcétera.

Empecé a pensar en todo esto hace varios años, cuando una persona me conminó a utilizar las mismas estrategias que uso en mi profesión para arreglar mi vida emocional. Aquella persona escribió:

[C]reo que hay muchas armas que tienes a tu favor, al igual que tienes metodologías de trabajo (por que (sic) un trabajo como el vuestro, en el que resolvéis problemas constantemente tienes que tener una mente resolutiva y despierta) las puedes aprovechar para más aspectos de tu vida.
El problema es que, como hemos visto, los métodos y pautas de una profesión no tienen por qué ser útiles fuera de ella. Es relativamente fácil depurar un programa informático, pues existen multitud de herramientas para ello que te permiten ejecutarlo paso a paso y tener a la vez una visión general y precisa hasta el último detalle, así como hacer cambios, volver hacia atrás y probar de nuevo cuantas veces necesites.

Pero nuestra vida no es así. Es difícil cambiar una sola cosa cada vez pues la vida es contingente. Si cambias, es complicado verificar el efecto de dicho cambio, pues las situaciones no son siempre iguales (el devenir y todo eso). Además, cuando un programador cambia una instrucción en su programa el cambio perdura, no tiene efecto según el programa se haya levantado de mal humor, le vayan bien su relación de pareja, esté cansado, etcétera. Finalmente, no podemos analizarnos emocionalmente desde fuera. Si intentamos hacerlo nosotros mismos, estaremos demasiado involucrados y sesgados, mientras que un terapeuta nunca tendrá una visión tan buena como la de un programador. Al intentar cambiarnos a nosotros mismos somos, como dijo Otto Neurath, marineros tratando de reconstruir su barco en alta mar, sin posibilidad de acudir a un astillero para rehacerlo de la mejor manera.

No se trata únicamente de que los incentivos y las dinámicas interpersonales no sean las mismas en todos los ámbitos. Sucede también que la elección de ciertas herramientas cambia nuestro marco de referencia, lo que puede hacer que no valoremos adecuadamente la situación, a los demás o a nosotros mismos. El ejemplo más obvio son nuestros seres queridos. Hay algo extraño en reprender a un hijo por no cumplir los plazos de un diagrama de Gantt. De la misma manera, es muy posible que a nuestra media naranja no le haga mucha ilusión verse de repente como sujeto activo o pasivo de uno de nuestros experimentos personales. En cuanto a nosotros mismos, la llamada a convertirnos en nuestra propia marca puede considerarse degradante, aunque no lo argumentaré aquí.

Cuando tenía diez años una marca deportiva sacó al mercado su nueva línea de botas de fútbol con lengüetas en el empeine para, supuestamente, mejorar la precisión en los tiros a balón parado. No tardé en pedir tal calzado a mis padres como regalo pensando que con él obtendría una gran ventaja. Mis progenitores, con buen criterio, me dijeron que de eso nada, que aquellas botas estaban destinadas a profesionales que se pasaban el día con el balón. De hecho, yo jugaba al fútbol sala, por lo que, al margen de los extras, unas botas con tacos no eran la mejor opción.

Mi ingenuidad infantil resulta cómica pero pienso que está al mismo nivel que la de aquella persona que me instó a utilizar la ingeniería de sistemas para arreglar mi desaguisado emocional. Yo deseché su consejo y, afortunadamente, conseguí salir de aquel brete con las herramientas al uso. Pero quién sabe lo que a estas alturas habría logrado a nivel emocional de haber utilizado hojas de cálculo, el Microsoft Project y un depurador de código. Tal vez debería escribir un libro al respecto.

lunes, 2 de enero de 2017

Post mortem

Enhorabuena por haber sobrevivido al 2016. David Bowie, Alan Rickman, Harper Lee, Umberto Eco, Prince, Muhammad Alí, Gene Wilder, Leonard Cohen, Fidel Castro, John Glenn, Zsa Zsa Gabor y George Michael son algunas de las celebridades que no lo lograron. Tras los sucesos acontecidos desde el primer artículo del año pasado me pregunto si en los próximos doce meses veremos una regresión a la media o presenciaremos cómo se incendian los escombros que dejó 2016.

Foto de Asier Solana Bermejo
Pero no dejen que la incertidumbre les amargue estos primeros días del 2017. Disfruten de la deliciosa sensación propia del año nuevo, esa que nace de saber que durante los próximos doce meses seremos personas maravillosas: perderemos peso, haremos ejercicio, ahorraremos, estudiaremos desde el primer día, equilibraremos mejor la vida laboral y la familiar, nos tomaremos las cosas de otra manera, no cometeremos los mismos errores, etcétera, etcétera. Esto es, hasta que la realidad del día a día se entrometa de nuevo en nuestro camino y volvamos a nuestras viejas rutinas.

Si el mes en curso es el de los nuevos propósitos, diciembre es el mes de las recapitulaciones, desde el YouTube Rewind a las listas de los mejores libros del año, pasando por el resumen del año en Facebook. Allá por 2013 traje a colación la manera en que el psicólogo Martin Seligman, adalid de la psicología positiva, hace balance personal del año:

Poco después del día de Año Nuevo, me reservo media hora de tranquilidad para elaborar una "retrospectiva de enero". Escojo un momento en que no existen dificultades ni exaltaciones momentáneas y lo escribo en el ordenador, donde guardo las copias que he comparado año tras año durante la última década. En una escala del 1 al 10 –de pésimo a perfecto–, valoro mi satisfacción con la vida en cada uno de los ámbitos que evalúo, y escribo un par de frases que los resuman. Estos ámbitos, que pueden ser distintos para cada persona, son los siguientes:

  • Amor
  • Profesión
  • Finanzas
  • Juegos
  • Amigos
  • Salud
  • Creatividad
  • En conjunto
Utilizo otra categoría, Trayectoria, en la que analizo los cambios existentes de un año a otro y el comportamiento observado en éstos a lo largo de la década. Recomiendo este procedimiento a los lectores, pues sirve para concretar, deja poco margen al autoengaño e indica cuándo actuar.
Tenemos, por tanto, un mes para fijarnos nuestras metas vitales y otro para ver si nos estamos acercando a ellas, lo cual debería permitirnos saber si debemos cambiar o mantener el rumbo. Parece útil y sencillo. No obstante, recientemente me he dado cuenta de que falta un elemento en este bucle ODA (observar, decidir, actuar): el análisis post mortem.

Después de cada misión y simulación, los astronautas de la NASA se reúnen con su equipo para analizar qué ha ido bien y qué se puede hacer mejor. Cada acción y decisión se evalúa meticulosamente, de manera que una simulación de tan solo cuatro horas puede ir seguida de una reunión de una hora, mientras que una misión espacial conlleva un mes o más de reuniones de análisis a día completo. Todo lo que la agencia aprende en estos interrogatorios es recopilado en un libro llamado Flight Rules:

The compendium describes in minute detail what to do in a myriad of different circumstances—and why you should do it. Have a cooling system failure? Flight Rules tell you how to fix it, step by step, supplementing with the rationale for each step. Fuel cell issue? Flight Rules tell you whether the launch needs to be postponed. The playbook contains “extremely detailed, scenario-specific standard operating procedures,” all the lessons ever learned and distilled from past missions. Mission control consults Flight Rules every time they run into an unexpected issue; they add to it whenever they tackle a new problem. Given that each space shuttle launch costs $450 million,  it’s not hard to understand why NASA spends so much time preparing for and debriefing after missions.
Las buenas empresas tecnológicas actúan de manera parecida tras una pérdida de servicio. La próxima vez que no les funcione Instagram, Twitter o Facebook recuerden que, una vez la web haya vuelto a la vida, habrá un equipo de ingenieros reunido llevando a cabo lo que en el sector se conoce como análisis post mortem. En estos encuentros se analiza qué ha ocurrido, cómo y por qué, así como qué medidas hace falta introducir para prevenir que vuelva a suceder.

A nivel personal, ninguno de nosotros se dedica a lanzar cohetes al espacio, planificar paseos espaciales y misiones a Marte (en caso contrario les ruego que lo indiquen en los comentarios, me encantaría saber más) o a distribuir fotos de comida y gatitos a los smartphones de cientos de millones de personas. Sin embargo, creo que hay una lección en esta forma de trabajar que quizá sí sea útil para nuestra vida diaria: estudiar detenidamente qué hemos hecho, con especial énfasis en nuestros fracasos.

No recuerdo haber encontrado en ninguno de los libros de autoayuda que he leído hasta la fecha mención alguna a este aspecto. Cuando alcanzamos una meta o tenemos éxito, nos felicitamos y disfrutamos del logro sin pararnos a pensar qué podíamos haber hecho mejor. Cuando fallamos, quizá abandonemos o quizá lo intentemos nuevamente de otra manera, pero no solemos paramos a pensar por qué hemos fallado. Si no averiguamos esto último es posible que nuestros renovados esfuerzos sean de nuevo infructuosos.

Esto es algo que veo a menudo en mi trabajo, donde se materializa en forma de reuniones. A veces ocurre que se detecta un problema y se convoca a unos cuantos para analizarlo y diseñar el manido «plan de acción». Este plan se pone en marcha total o parcialmente. Pasan los meses y el problema que trataba de solucionarse sigue igual. Cuando la situación es de nuevo insostenible se vuelve a empezar, convocando una nueva reunión de la que saldrá un nuevo plan de acción. La particularidad es que no se estudia el pasado por lo que todo este ciclo se repite sin memoria, como si las reuniones y acciones anteriores no hubieran tenido lugar, dando lugar a una versión real de la película Atrapado en el tiempo (Groundhog day) en la que vivimos la misma reunión cada poco tiempo.

Opino que la reflexión honesta sobre nuestros éxitos y descalabros es una fuente de aprendizaje poco explotada. A menudo recurrimos a biografías y recetas para el éxito escritas por gente triunfadora bajo la premisa de que podemos aprender de las vivencias de los demás (lo que se denomina «experiencias vicarias») sin darnos cuenta de lo valiosa que es nuestra propia experiencia, precisamente por ser nuestra y tener lugar en el contexto donde tiene que dar resultados.

Dado que no vendo libros de autoayuda puedo ser honesto y decirles que no tengo datos que sostengan mi opinión de que dedicar tiempo a un examen riguroso de nuestros logros y nuestros fracasos es buena cosa. Tampoco tengo un plan concreto que ofrecerles sobre cómo llevar a cabo dicho proceso más allá de los clásicos cinco porqués. Como tantas otras cosas que he compartido en este blog, sencillamente me parece una idea interesante que quería compartir con ustedes.

Feliz año nuevo.

lunes, 12 de enero de 2015

Sistemas

Comienzo hoy este artículo de un modo que solía: con una anécdota de Los Simpsons. ¿Recuerdan aquel episodio en el que Homer pelea contra Drederick Tatum por el título mundial de los pesos pesados?

Moe: Mira, Homer, no quiero mentirte: hay muchas posibilidades de que lo venzas pero, eso sí, debes visualizar cómo lo vas a ganar. ¿Entendido?
Homer: Perfectamente.
[Homer imaginando su victoria]
Locutor: Un defecto congénito cardiorespiratorio ha hecho mella en Tatum minutos antes de subir al cuadrilátero.

Probablemente sepan cómo acaba la historia. Para los que no hayan visto el capítulo, baste decir que Tatum estaba en plena forma.

Quizá fueron de los que rieron con la ocurrencia de Homer, tan bobo él, depositando sus esperanzas de victoria en un hecho tan improbable. Sin embargo, he visto demasiados tableros de visión como para no darme cuenta de que, en lo atinente a satisfacer nuestros deseos vitales, hay muchos Homer por ahí sueltos.

Foto de Scott
La semana pasada recogíamos las bondades del cambio de mentalidad sistemas-frente-a-metas. Un sistema es algo que hacemos a diario que incrementa nuestras posibilidades de alcanzar nuestro objetivo a largo plazo (si bien no garantiza que lo logremos). Enfocarnos en el sistema en lugar de en la meta hace que nos centremos en aquello que podemos controlar (nuestras acciones) en lugar de aquello que está a merced de la diosa fortuna (el desenlace, siempre sujeto a la impredecibilidad del mundo exterior). El éxito pasa a valorarse no según el resultado final, sino según nuestra capacidad para actuar todos los días de acuerdo con nuestro sistema, dando pequeños pasos hacia la meta fijada. La felicidad del propósito cumplido se sustituye por un flujo constante de pequeñas satisfacciones provenientes de ver cómo cumplimos y nos mantenemos en el camino marcado.

Un sistema no deja de ser una especie de receta para el éxito y, como tal, los hay buenos y malos. Algunos son muy difíciles de seguir; otros, absurdos o estúpidos. Vean, verbigracia, las «declaraciones» que se mencionan en Los secretos de la mente millonaria:

Así pues, voy a pedirte que cada vez que llegues al final de un principio fundamental de este libro te pongas primero la mano en el corazón, después hagas una declaración verbal, y a continuación te toques la cabeza con el dedo índice y hagas otra «declaración» verbal.
[...] Lo dicho: te invito a que te pongas la mano en el corazión y repitas la siguiente...

DECLARACIÓN:
«Mi mundo interior crea mi mundo exterior».

Ahora tócate la cabeza y di:
«Tengo una mente millonaria».
(Hay que decir que el método para enriquecerse descrito en este libro no se basa únicamente en estas «declaraciones»).

También Scott Adams aboga por afirmaciones de este estilo en su autobiografía. La popularidad de estos rituales o de supersticiones como la «ley de la atracción» no ha de sorprendernos: es muy frágil el suelo de la voluntad, y estas recomendaciones son fáciles de llevar a cabo, rápidas y gratuitas. Producen la misma falsa sensación de productividad que –en la oficina– origina contestar el correo, atender llamadas y asistir a reuniones. Confundimos mera actividad con verdadero progreso, y nos engañamos pensando que estamos haciendo algo en pos de nuestro fin cuando en realidad no estamos avanzando nada.

Aunque muchos sistemas fallan porque no son eficaces o son difíciles de seguir, hay, a mi juicio, un tercer factor que casi siempre suele pasarse por alto pero es clave para el éxito: el hecho de que el sistema sea adecuado para nosotros.

Todo manual sobre cómo lograr dinero, alcanzar la felicidad, conseguir el éxito empresarial o encontrar el amor lleva implícitas ciertas premisas sobre un abigarrado conjunto de aspectos de la vida, ya sea acerca de la naturaleza humana (se asume que toda persona puede cambiar), la economía (se da por hecho que es cíclica) o la fisiología, por nombrar unos pocos. Lo que nunca se dice es qué suposiciones se han hecho acerca de nuestra propia personalidad o el entorno en el que nos movemos. Eso hace que muchas personas fracasen en su empresa al utilizar consejos que no casan con su forma de ser o que no tienen validez en su ámbito social. Devora Zack, autora de un libro sobre networking para introvertidos, lo explica muy bien:

Typical advice isn’t inherently flawed; it’s just geared to a subgroup of the population. Let’s say I lived in Miami and wrote a book on how to locate palm trees. “Go outside, walk around a while, and you’ll come across one soon enough,” I would write, and it would be solid advice in Florida. Yet a devotee of my writing in Boise may walk around for a couple of days and reach the conclusion he isn’t cut out to discover palm trees. Eventually he may realize the book simply wasn’t written for him.
Un ejemplo perfecto sobre cómo las generalizaciones que muchos autores hacen constantemente sin darse cuenta echan por tierra sus propios consejos puede hallarse en la obra de Linda Tirado, una mujer estadounidense de clase trabajadora obligada a vivir de paga en paga:

I once read a book for people in poverty, written by someone in the middle class, containing real-life tips for saving pennies and such. It’s all fantastic advice: Buy in bulk, buy a lot when there’s a sale, hand-wash everything you can, make sure you keep up on vehicle and indoor-filter maintenance.

Of course, very little of it was actually practicable. Bulk buying in general is cheaper, but you have to have a lot of money to spend on stuff you don’t actually need yet. Hand-washing saves on the utilities, but nobody actually has time for that. If I could afford to replace stuff before it was worn out, vehicle maintenance wouldn’t be much of an issue, but you really can’t rinse the cheap filters again and again—quality costs money up front. In the long term, it makes way more sense to buy a good toaster. But if the good toaster is thirty bucks right now, and the crappiest toaster of them all is ten, it doesn’t matter how many times I have to replace it. Ten bucks it is, because I don’t have any extra tens.

It actually costs money to save money.
Si, como Tirado, no tenemos ni un céntimo, de poco nos servirá un plan para hacernos ricos basado en comprar propiedades inmobiliarias e inversiones en bolsa. Si somos pesimistas por naturaleza, insistir en el pensamiento positivo nos dejará frustrados; una aproximación estoica de vía negativa nos servirá mucho mejor. Y así siguiendo. Debemos encontrar la receta que mejor se adapta a nuestra situación, aquella para la cual tenemos tanto los ingredientes como los utensilios necesarios.

Sé por experiencia que muchos programas de mejora personal no funcionan porque no son «de nuestra talla». Igual que con la ropa, a menudo hay que probar varios hasta acertar. Por desgracia, cuando usamos un sistema es difícil saber en un momento dado si está funcionando. Con frecuencia veo a personas cambiar de dieta o de plan de ejercicio a las pocas semanas porque pensaban que no estaban progresando. Lo único que conseguían con ello era sabotear sus propios esfuerzos al no dar tiempo suficiente al plan para mostrar sus efectos, lo que siempre acababa en una sensación continua de fracaso al cambiar continuamente de método sin ganar nada.

También es frecuente rendirse ante una mala experiencia resultante de haber puesto el método en marcha sin haberlo dominado antes, o tras un primer intento fallido que nos hace pensar que, si no ha resultado a la primera, es porque no funciona en absoluto. Como en otros tantos aspectos de la vida, hay que encontrar aquí un difícil equilibrio entre paciencia y saber abandonar para cuyo cálculo no existe receta mágica.

lunes, 27 de octubre de 2014

Seis escalones de autoayuda

Primer escalón: deepities. Las frases que uno escribe en Twitter o se pone en los estados de WhatsApp. «Todos los triunfos nacen cuando nos atrevemos a comenzar». «Cada mañana puedes optar por seguir soñando o levantarte y luchar por ellos». «Haz lo que te dé la real gana pero que te haga feliz». Ya en su momento le dedicamos algunas palabras a este tipo de afirmaciones obvias que no son particularmente informativas ni verdaderamente profundas. El filósofo Daniel Dennett se refiere a ellas con el término deepities:
A deepity is a proposition that seems both important and true—and profound—but that achieves this effect by being ambiguous. On one reading it is manifestly false, but it would be earth-shaking if it were true; on the other reading it is true but trivial. The unwary listener picks up the glimmer of truth from the second reading, and the devastating importance from the first reading, and thinks, Wow! That’s a deepity.
A pesar de su banalidad, no hay que subestimar el valor de que a uno le recuerden lo que es obvio. Aquellos a quienes se les retiró la lactancia intelectual prematuramente pueden encontrar trascendente lo que para otros es evidente. Pero también las personas más inteligentes, aquellas que pueden verse perdidas en océanos de información y detalles, pueden necesitar que se les recuerde lo más básico y manifiesto.

Segundo escalón: El Alquimista. Un conjunto de deepities hilados en forma de historia breve y recogidos en un pequeño libro. El secreto. El monje que vendió su Ferrari. ¿Quién se ha llevado mi queso? La buena suerte. Jorge Bucay. Paulo Coelho, a quien Pérez-Reverte se refirió en una sátira al más puro estilo revertiano:

Busco al maestro, le digo mientras recobro el resuello. ¿A qué maestro?, me interroga a su vez, enigmática. ¿Al maestro Marina o al maestro Coelho? Y entonces comprendo la lección. Quien cree tenerlo claro, lo tiene oscuro. Y viceversa. Llego, por fin, a un monasterio de lamas. Y lo hago -lo noto en mi corazón- repleto de una sabiduría que te cagas. Allí, dándole vueltas a una carraca mientras pronuncia infatigable los nueve mil millones de nombres de Dios, encuentro a un hombre de mirada tranquila y canas venerables, que transmite paz y felicidad con la misma naturalidad con que Gaspar Rosety retransmite el partido del domingo. Cuéntame, maestro, digo. Cuén-ta-me lo que pa-só. Y entonces, el hombre responde: «Un viejo místico iraní se tomaba una caña en un bar de París cuando un rey y un visir que pasaban por allí le preguntaron: ¿Por dónde se va a Cáceres, si nos hace el favor? Y el viejo místico respondió: andes lo que andes, no andes por los Andes». Eso dice el de la carraca, y la sabiduría ilumina mi corazón. Y comprendo que puedo seguir llenando esta página otros diez años más. Por lo menos.
Son libros de doble satisfacción. De un lado, satisface nuestro apetito espiritual con un piscolabis de fácil deglución y digestión. De otro, calma nuestra sed de narrativa. Somos, ya lo decía MacIntyre, «animales que cuentan historias».

Foto de Jeremy Fernsler
Tercer escalón: consejos vendo. Fulgencio Geovidis ha alcanzado la paz interior, o la felicidad o el éxito, y escribe un libro para difundir su método. Cómo ganar amigos e influir en las personas. Los siete hábitos de la gente eficaz. Secretos de una mente millonaria. Siempre el mismo patrón: John Smith, de Iowa, era un pobre y desgraciado infeliz, miserable, desdichado y angustiado despojo humano cuya vida cambió radicalmente tras aplicar el método de Fulgencio. Casi inmediatamente se volvió más alto, guapo, listo, fuerte y rico. Logro la iluminación, le creció la jilla y aumentó su recuento de esperma. Chim-pon.

Cuarto escalón: life hacking. Remedios simples, basados en alguna prueba empírica, a problemas complejos. 59 segundos. Influencia: ciencia y práctica. Experimentos de psicología tomados por separado. Bakadesuyo.

Quinto escalón: psicología pop. La auténtica felicidad. Inteligencia emocional. Tus zonas erróneas. Tropezar con la felicidad. Aprenda optimismo. Busca en tu interior. La curiosidad superficial acerca de los últimos descubrimientos de la ciencia. Recetas y sistemas basados en la investigación. El conocimiento incompleto que lleva a conclusiones equivocadas o comportamientos absurdos. También la incertidumbre acerca de las corrientes enfrentadas y las teorías opuestas.

Sexto escalón: filosofía. La hipótesis de la felicidad. The Antidote. La conquista de la felicidad. Los clásicos, los pesos pesados: estoicos, Aristóteles, Bentham, Mill, Kant. Pensamiento crítico, de naturaleza escéptico. Asumir que no hay soluciones de talla única que tengan sentido para todo el mundo en todo momento, sino que depende de la circunstancia propia. Darse cuenta de que no hay respuestas definitivamente correctas, sino únicamente buenas direcciones. La certeza es cosa de necios. El escalón donde su uno se topa con los problemas epistemológicos de la psicología y comprende por qué su vida no ha cambiado a pesar de sus esfuerzos: el sesgo de publicación, el sesgo WEIRD,  el problema de la replicación de los resultados. Darse cuenta de que un resultado estadísticamente significativo no tiene por qué ser significativo en la práctica.

Y la búsqueda de significado. Alzarse por encima del vello de la espesa piel del conejo blanco. Entender que nuestras preocupaciones son parte de nuestra identidad y tal vez no debamos simplemente deshacernos de ellas. Comprender que hay ocasiones en que es mejor ver el vaso medio vacío, que dicha perspectiva también es valiosa. En definitiva, preguntarse y tratar de descifrar, como decía nuestro amigo Luis Tarrafeta en su blog, «cómo te aporta sentido -a ti- el puto vaso».

lunes, 20 de enero de 2014

Tu entrenador personal (y II)

Veamos ahora qué podemos hacer para que nuestro nuevo plan de ejercicio tenga éxito. La mayoría de las directrices aquí mostradas están tomadas de Charles Staley, otrora entrenador del esprinter canadiense Ben Johnson. El resto procede de mi propia experiencia en la lucha contra un cuerpo de naturaleza perezosa y tendente al aumento de peso.

Foto de LocalFitness

Preparación cero. Una de las mejores maneras de que se nos quiten las ganas de hacer ejercicio es con una rutina que requiera mucha preparación previa. Cuando pensamos en todo lo que tenemos por delante antes de ponernos manos a la obra (cambiarnos, preparar la bolsa, ir hasta el gimnasio, calentar, etc.) el monte se antoja cada vez más alto y nuestro espíritu se amilana en concordancia bajo el peso de la desgana. Podemos rodear este obstáculo de dos formas. Una es no pensar en ello y actuar de forma mecánica, siguiendo todos los pasos antes mencionados como un robot. La otra es reducirlos o eliminarlos. ¿Cómo? Eligiendo un gimnasio que esté lo más cerca posible (o teniéndolo en casa si es posible), yendo directamente al salir del trabajo en lugar de pasar por casa (en cuanto uno se sienta en el sofá la vaguería toma el control), dejando la ropa preparada de antemano, etc. Staley llega a recomendar a quienes hacen ejercicio a primera hora de la mañana que duerman con la ropa de gimnasia puesta para no perder tiempo en cambiarse.

El mejor ejercicio es aquel que de verdad vas a hacer. Hay docenas de actividades que uno puede elegir para ponerse en forma o perder peso pero solo cumplirán su función si de verdad podemos llevarlas a la práctica con asiduidad. Puede que nadar sea el ejercicio más completo pero de nada nos sirve eso si la piscina está tan lejos que hay que coger el coche (contraviniendo el principio anterior) y además es invierno y nosotros somos unos frioleros. Por el contrario, para ponerse a correr solo hay que cambiarse, calzarse las zapatillas y bajar a la calle. Si tenemos una bicicleta estática nos evitamos incluso tener que salir de casa, lo que nos facilitará no perder sesiones de ejercicio porque está lloviendo. Es verdad que correr suele tener un elevado índice de lesiones y que la bicicleta estática no es lo mejor para alguien que está todo el día sentado en una oficina, pero la facilidad de puesta en marcha de un ejercicio es la base de la frecuencia y la consistencia, los dos pilares del éxito que comentamos en la entrada anterior.

Además de actividades de fácil acceso necesitamos que sean divertidas o, cuando menos, no mortalmente aburridas. Hablando en general, levantar pesas es uno de los mejores ejercicios que podemos hacer pero mucha gente me dice que se aburre. En esos casos se pueden intentar distintas aproximaciones (circuitos, entrenamiento funcional, crossfit, etc.) pero si ninguna de ellas nos resulta soportable es mejor optar por otra actividad aunque no sea la ideal para nuestros objetivos. Es más importante, insisto, hacer ejercicio que el tipo de ejercicio en sí. En un mundo ideal, el deporte que tendríamos más a mano sería ese que más nos gusta y además es ideal para lograr nuestros objetivos. En el mundo real, por desgracia, a menudo no coinciden ni dos de tres. Puede ocurrir que nos encante hacer pilates y podamos permitirnos incluso un entrenador a domicilio, pero si nuestro objetivo es perder peso el pilates no es la mejor opción (en cualquier caso, vuelvo a repetir, lo más importante en este caso es cuidar la alimentación). Lamentablemente, no hay soluciones mágicas. Hemos de elegir a sabiendas de que estaremos sacrificando unas cosas por otras.

El programa ha de ser flexible, pero no demasiado. La flexibilidad tiene dos caras, una relativa a los ejercicios que elegimos y la otra atinente al tiempo que le dedicamos. Como señalé la semana pasada la vida diaria es contingente y se presta a que aparezcan multitud de imprevistos que se entrometen en nuestro plan de entrenamiento. La flexibilidad en cuanto al tiempo invertido significa que debemos poder reprogramar una sesión perdida, o cambiar nuestro entrenamiento tipo para acomodarlo al tiempo del que disponemos en un momento dado. Si un día no podemos correr, digamos, nuestros treinta minutos habituales, no pasa nada; podemos correr solo diez, pero a un ritmo mucho más alto, o podemos recuperar los veinte minutos que nos faltan repartiéndolo en sesiones sucesivas. Hemos de tener cuidado, sin embargo, con ser demasiado flexibles: correr treinta kilómetros una semana y nada las dos siguientes nos hará un flaco favor tanto física como psicológicamente (recordemos que necesitamos que la repetición no sea demasiado espaciada para instaurar el hábito). Además es más fácil que nos lesionemos, como sabemos por esos deportistas domingueros que todos conocemos.

En cuanto a la flexibilidad en los ejercicios elegidos ello quiere decir que debemos tener un plan B, una segunda opción por si ocurre algo. ¿No tenemos tiempo de ir al gimnasio? Pues ese día podemos salir a correr. ¿Que está diluviando? Entonces toca bicicleta estática. ¿No tenemos bici? Una cuerda de saltar es un gran ejercicio y cuesta diez euros. ¿No sabemos saltar a la cuerda? Podemos hacer ejercicios con el propio cuerpo (flexiones, abdominales, sentadillas, etcétera). De nuevo, hay que decir que no puede haber flexibilidad total. He visto a mucha gente cansarse enseguida de la rutina impuesta por el monitor de gimnasio y cambiar radicalmente cada poco tiempo. El problema es que ponerse en forma es un proyecto a largo plazo y hay que mantener el mismo plan de trabajo unos cuantos meses para sacarle partido y ver resultados. Montarse en la elíptica los primeros días, pasarse a las clases de aeróbic después y acabar deambulando en la sala de pesas al poco tiempo nos impedirá mejorar, medir nuestro progreso y averiguar qué es lo que nos funciona mejor.

Hay que esforzarse. Los minutos dedicados al ejercicio deben contar. Son muchos quienes acuden al gimnasio a sentarse en la bicicleta a leer o a pasearse entre los aparatos charlando y sin obligarse lo más mínimo. Mi ejemplo favorito de esto son las chicas que usan la prensa de pierna con veinte kilos, cuando para un gesto cotidiano como es levantarse de una silla están levantando cuarenta o cincuenta (el peso de su propio cuerpo). La razón que suelen aducir es que no quieren desarrollar músculo, lo cual es como decir que no quieres jugar más de dos horas al tenis porque no quieres llegar a ser Rafa Nadal. No se preocupen por ello, la hipertrofia es un proceso trabajoso que requiere muchas horas semanales de entrenamiento y los rápidos progresos que se logran al principio no se mantendrán. También les puedo asegurar que no les crecerán grandes músculos sin una dieta adecuada.

Por cierto, el esfuerzo no se mide en gotas de sudor sino en peso levantado, frecuencia cardíaca, velocidad o ritmo. Que hayamos sudado mucho no quiere decir que hayamos trabajado bien. Esforzarse significa hacer cada día un poco más que el anterior: más peso, más repeticiones, más rápido o con menos descanso.

Hay que medir el progreso. ¿Cómo sabremos si lo estamos haciendo bien? Si lo que estamos tratando es perder peso el progreso viene determinado por la imagen del espejo o cómo nos queda la ropa más que por el peso en la báscula. Si lo que buscamos es ponernos en forma el progreso lo determinan nuestras marcas. Aquí el rendimiento es lo primero. ¿Corremos más? ¿Más rápido? ¿Más tiempo? ¿Levantamos más peso?

Hay que hacer ejercicio con cierta frecuencia. La frecuencia de entrenamiento depende de muchos factores: de nuestros objetivos, del plazo que nos demos para cumplirlos, del tipo de ejercicio que hagamos, de nuestro nivel de entrenamiento previo, del tiempo del que disponemos para ejercitarnos, etc. La mayoría de la gente asume que ponerse en forma o adelgazar requiere horas de ejercicio semanal pero eso no siempre es cierto. Una regla general es que cuanto más duro sea nuestro entrenamiento más podremos espaciar las sesiones. Si solo vamos a andar podemos necesitar hasta dos horas diarias para notar cambios en la composición corporal, pero si en lugar de ello optamos por las pesas combinadas con ejercicios de intervalos de alta intensidad un total de dos horas semanales puede ser más que suficiente. Recordemos también que la frecuencia ayuda a consolidar el hábito.

¿Media sesión? Antes he dicho que en cada sesión hay que procurar progresar en un aspecto u otro (más distancia, menos tiempo para la misma distancia, menos descanso, más peso, más repeticiones, etc.). Obviamente si eso pudiera mantenerse siempre no habría límites a nuestro desarrollo, pero la fisiología humana no funciona así. Hay días que, sin razón aparente, no nos sentimos muy católicos y la carga de trabajo físico que otros días hemos tratado sin problema hoy se antoja colosal. En esos días no pasa nada por bajar un poco el ritmo, como tampoco hay problema por hacer solo la mitad del entrenamiento si andamos cortos de tiempo. Lo importante es la consistencia y el progreso a largo plazo.

El problema es que muchos toman este argumento como una licencia para no esforzarse realmente, personas que esconden su pereza en el «hoy no me siento muy bien» pero que nunca tienen días buenos. Lo mejor para esos días en los que no nos apetece absolutamente nada hacer ejercicio es, dice Staley, hacer «como si»: cambiarnos e ir al gimnasio o a al parque o a la calle «como si» fuéramos a hacer nuestra sesión planeada, aunque no sea nuestra intención. Para cuando estemos allí es posible que nos dé por hacer algo. Aunque no sea una sesión completa, es mejor que no hacer nada.

Compañeros. No es inusual que una pareja se apunte a un gimnasio con la esperanza de que uno tire del otro cuando no hay ganas de sudar. Según mi experiencia eso no suele funcionar a menos que uno de ellos esté muy motivado y ya tenga la rutina establecida, porque de lo contrario lo que suele ocurrir es que ambos se ponen de acuerdo en quedarse en casa. Por otro lado, un compañero de entrenamiento puede hacer el ejercicio más entretenido y ayudarnos a que nos esforcemos un poco más. Lo ideal para ello es que tenga un nivel similar al nuestro.

Rendir cuentas. Puede que alguna vez les hayan aconsejado hacer públicas sus resoluciones de año nuevo para obligarse a cumplirlas usando la vergüenza como motivador, dado que cuando uno se fija un objetivo y no lo divulga el fracaso es más fácil de digerir, pues nadie se entera salvo uno mismo. Otra manera de obligarnos a cumplir es rendir cuentas a través de un castigo o una apuesta. Si optan por esta última opción deben hacerla con alguien que no se sienta mal quedándose su dinero, o será inútil. Aunque tampoco es que las apuestas sean una solución mágica: mis hermanas hicieron una competición para perder peso en la que se estipulaba que cada semana la que más se hubiera saltado el régimen debía pagar a la otra, pero lo que hicieron tras pocas semanas es abandonar ambas la apuesta simultáneamente. No había obligación real.

Volver al juego cuanto antes. Este es otro clásico que enseguida reconocerán. Empieza la semana y tenemos pensado ir al gimnasio lunes, miércoles y viernes. El lunes surge un imprevisto en el trabajo y salimos demasiado tarde. El miércoles pasa cualquier otra cosa y nos perdemos también esa sesión. Como ya hemos faltado dos días de tres damos la semana por perdida y lo dejamos para el lunes siguiente. Eso se puede repetir a escalas de tiempo mayores en las que los días se convierten en semanas de sedentarismo, las semanas en meses y los meses en años. Total, que entre pitos y flautas uno acaba con la barriga que le baila el hula hoop alrededor del culo.

Es el mismo proceso que pone fin prematuramente a tantos regímenes alimenticios. Dan Ariely lo llama el efecto «qué demonios»:
«Parémonos un momento a pensar de nuevo sobre qué pasa al seguir una dieta. Cuando empezamos, procuramos por todos los medios ceñirnos a las difíciles reglas: para desayunar, medio pomelo, una tostada de pan de siete cereales y un huevo escalfado; para almorzar, lonchas de pavo en ensalada con aliño de cero calorías; para cenar, pescado al horno con brécol al vapor. [...] De pronto, alguien nos pone delante un trozo de pastel. En cuanto caemos en la tentación y damos el primer mordisco, la perspectiva cambia. «Bah, qué demonios,» nos decimos, «ya he interrumpido la dieta, entonces ya me como el pedazo entero… y también esta apetitosa hamburguesa con queso, perfectamente asada, con la guarnición completa que he estado ansiando durante toda la semana. Volveré a empezar mañana, o quizá el lunes. Y esta vez sí lo haré en serio.» En otras palabras, tras haber empañado nuestro concepto de dieta, decidimos romperlo del todo y sacar el máximo partido de la autoimagen sin dietas (no tenemos en cuenta, desde luego, que puede suceder lo mismo mañana, pasado mañana, etcétera).»

«Tan pronto empezamos a incumplir nuestras pautas (por ejemplo, haciendo trampas en la dieta o por alicientes económicos), somos más susceptibles de renunciar a nuevos intentos de control de la conducta —y en adelante hay grandes posibilidades de sucumbir a la tentación»
Así pues, cada vez que fallemos en nuestra plan lo que debemos hacer es retomarlo cuanto antes. ¿Hemos faltado dos veces esta semana y solo nos queda un día? No hay problema, mucho mejor eso que nada.

Si tenemos poco tiempo hemos de elegir los ejercicios más «rentables». ¿Cuál es la excusa número uno para no hacer ejercicio? Decirnos que no tenemos tiempo. Si eso es cierto entonces debemos buscar aquellos ejercicios más rentables, es decir, los que nos acercarán más a nuestro objetivo en la menor cantidad de tiempo posible. Las malas noticias son que esos ejercicios suelen ser los más duros. Si optan por las pesas serían la sentadilla, el peso muerto, las dominadas, el press de banca, etc. con pesos libres, nada de máquinas. En cuanto al entrenamiento cardiovascular lo más rentable es el entrenamiento de intervalos de alta intensidad. Aquí choca de nuevo lo que preferiríamos hacer con lo que debemos hacer: andar quince minutos tres veces por semana es prácticamente como no hacer nada. O sacamos más tiempo, o le damos trabajo al corazón con un ejercicio más exigente.

¿Un plan específico? Es prácticamente imposible sugerir un plan de ejercicio a alguien sin conocerle de nada pero también es cierto que, a menudo, cuando no sabemos o no tenemos experiencia, preferimos que nos digan lo que tenemos que hacer en lugar de vagas directrices generales. Así que les traigo tres rutinas minimalistas para abrir boca. Esta incluye pesas y ejercicio cardiovascular (en esa página encontrarán también multitud de consejos útiles) y requiere poco más de media hora por semana. Esta otra se puede hacer en casa y solo lleva siete minutos, con la ventaja de que existen aplicaciones específicas para smartphones con las que guiarnos y registrar nuestro progreso. Esta última fue diseñada por la Real Fuerza Aérea Canadiense, toma once minutos diarios y tiene indicaciones para valorar nuestra condición actual, seguir el plan de acuerdo con ella y planificar nuestro progreso. Tengan en mente que solo son tres sugerencias generales y que quizá no encajen con sus preferencias, su estado físico, etc.

No olviden eso de consultar a un médico antes de empezar con el deporte, no vaya a ser que les dé un tabardillo. Una vez tengan el consentimiento del galeno no pierdan tiempo. El mejor momento para empezar a ponerse en forma era hace diez años. El segundo mejor momento es hoy.

lunes, 13 de enero de 2014

Tu entrenador personal (I)

Si se han subido a la báscula últimamente, es decir, recién acabada la época navideña tal vez haya aparecido en la pantalla de dicha báscula uno de esos mensajes que dicen los chistes como «por favor, suban de uno en uno» o «continuará». Quizá su caso no sea tan grave y lo único que vean es un número ligeramente superior al de la última vez. Como saben, eso puede significar varias cosas. Una posibilidad es que la fuerza de la gravedad que ejerce la Tierra haya aumentado, posibilidad que he descartado tras comprobar que mi gata sigue pesando lo mismo tras la fiestas. Otra opción es que, dado que E = mc2, su aumento de peso se deba a un incremento de masa causado porque se están moviendo a mayor velocidad. Por supuesto, también puede ser que sus adipocitos hayan crecido por encima de sus posibilidades ante la abundancia de calorías. No obstante, quizá nuestra osamenta haya engrosado. Va a ser eso. Hay que pensar siempre en positivo ¿no?

Foto de Brisbane City Council
Sea porque reconocen que han engordado o porque lo hayan incluido (¿de nuevo?) en su lista de propósitos para el nuevo año, tal vez estén pensando en ponerse en forma. Puede que sean uno de entre tantos otros que este mes se dirige al gimnasio a sudar de forma previsible y honorable para expiar sus pecados de gula, un proceso cuyo devenir habitual es descrito con maestría por Purificación García, más conocida en internet como Señorita Puri:
«Toda forma de bajar peso, sea mediante dieta o mediante ejercicio, tiene siempre una parte incómoda que lo jode todo. Un algo que destruye por completo todo incentivo y se convierte en la excusa perfecta para abandonar cualquier pretensión de bajar peso. Si te apuntas a un gimnasio, los vestuarios serán pequeños y olerán a pies; si juegas al tenis en un lugar maravilloso, idílico, con los amigos más divertidos, estará lejos. Si puedes ir andando, te dará un calambre en el tobillo. Si te lo curan, se te romperá la raqueta. Si te apuntas a una piscina, te dejarás el gorro. Si te lo venden en unas máquinas, no tendrás monedas, y si las tienes, comprarás el gorro y te lo comerás. La mente encontrará mil y un mecanismos de frenar cualquier intento de reconducir tu vida, lanzándote al abismo de la gula, el vicio y el descontrol.»
Efectivamente, para quien no tiene como hábito hacer ejercicio el hecho de insertarlo y consolidarlo en la rutina diaria puede ser harto difícil. Confiar únicamente en nuestra fuerza de voluntad a menudo es la receta para el fracaso, siendo la razón de ello el hecho de que no hacemos lo que es mejor para nosotros, sino que hacemos lo que es más fácil. Tener en cuenta esa realidad puede ayudarnos a diseñar un plan con mayor probabilidad de éxito. A menudo dicho éxito no viene de la fuerza de voluntad sino de haber creado el entorno necesario para llegar a él. Por ejemplo, la manera más fácil de no atiborrarse de chucherías mientras se ve la televisión es no tener chucherías en casa.

Antes de empezar a ver las maneras de intentar engañar a nuestro cerebro para que no frustre nuestras ambiciones deportivas séame permitido hacer tres advertencias. La primera es que, como dicen los anglosajones, «you can't exercise away a bad diet». La mejor manera de controlar o reducir el peso es a través de la alimentación, no del ejercicio. El hecho es que el efecto en el peso que puede tener una hora de carrera se puede hacer desaparecer en cinco minutos comiendo un par de donuts. Eso no quiere decir que haber corrido sea inútil, claro está, pues aún contamos con los beneficios cardiovasculares y el chute de endorfinas. Sin embargo, si el objetivo es adelgazar no tenemos otro remedio que vigilar lo que comemos. El año pasado por estas fechas vimos cómo mejorar nuestra alimentación con el mínimo esfuerzo posible siguiendo la dieta más fácil de seguir, esto es, una dieta que no se nota.

La segunda observación que debo hacer es que la constancia es la clave en un plan de ejercicio. Las adaptaciones fisiológicas al ejercicio se pierden con rapidez, ya que al cuerpo no le gusta cargar con una capacidad extra que no utiliza y además consume recursos, como el músculo extra (ya sea esquelético o cardíaco). Sudar durante los primeros seis meses del año y vaguear los seis restantes nos hará poco servicio, pues perderemos todos los beneficios físicos obtenidos. Además, la repetición continua ayuda a consolidar el hábito. Lo último que querríamos es que nuestra nueva rutina deportiva se evaporara una vez establecida: es mucho más fácil mantenerla que volver a empezar de cero. No confiemos en que como lo logramos una vez podemos volver a hacerlo cuando queramos.

El tercer factor a tener en cuenta es que habrá piedras en el camino. No es inusual que nos fijemos objetivos y diseñemos cuidadosos planes con el fin de lograrlos para que cuando llegan las dificultades el edificio entero se desmorone. Los problemas siempre aparecen y gestionarlos debe ser parte de nuestro programa:
«To keep your optimism realistic, think carefully about the obstacles, difficulties, and setbacks you are likely to encounter as you pursue your goal. Just as important, visualize how you will deal with each challenge. If your first strategy doesn’t work, what’s plan B? (This is another great time to use your if-then plans.) Remember, it’s not “negative” to think about the problems you are likely to face, but it is foolish not to.»
Habrá días en los que estemos enfermos o lesionados, no hayamos dormido bien; días en los que habremos de quedarnos a hacer horas extra o acudir a eventos no programados. Pero, sobretodo, habrá días en los que nos sintamos muy cansados y sin ganas de hacer ejercicio. Nuestro plan tiene que poner tiritas allí donde sepamos que va a haber roces.

Continuará

lunes, 8 de julio de 2013

Meditaciones de cumpleaños

Varios de mis mejores amigos y yo mismo cumplimos años los primeros días del mes nombrado en honor de Cayo Julio César. Eso significa encadenar una celebración con otra y –al menos en mi caso– ensimismarse con el fin de justipreciar la propia existencia. «Una vida sin examen no es digna de ser vivida», que decía Sócrates.
Foto de Will Clayton

La forma en que valoramos nuestra vida en conjunto es una asunto espinoso, lleno de trampas sutiles. El estado de ánimo del momento o eventos significativos del pasado reciente o el futuro inmediato pueden hacer que la «nota final» varíe ostensiblemente. Por el efecto WYSIATI que vimos en las entradas anteriores solo consideramos aquello de lo que nos acordamos. Daniel Kahneman dedica el último capítulo de su libro a la dificultad que supone calibrar la satisfacción vital (el énfasis es mío):
The questions “How satisfied are you with your life as a whole?” and “How happy are you these days?” are not as simple as “What is your telephone number?” How do survey participants manage to answer such questions in a few seconds, as all do? It will help to think of this as another judgment. As is also the case for other questions, some people may have a ready-made answer, which they had produced on another occasion in which they evaluated their life. Others, probably the majority, do not quickly find a response to the exact question they were asked, and automatically make their task easier by substituting the answer to another question.
[...] Norbert Schwarz and his colleagues invited subjects to the lab to complete a questionnaire on life satisfaction. Before they began that task, however, he asked them to photocopy a sheet of paper for him. Half the respondents found a dime on the copying machine, planted there by the experimenter. The minor lucky incident caused a marked improvement in subjects’ reported satisfaction with their life as a whole! A mood heuristic is one way to answer life-satisfaction questions.
[...] Even when it is not influenced by completely irrelevant accidents such as the coin on the machine, the score that you quickly assign to your life is determined by a small sample of highly available ideas, not by a careful weighting of the domains of your life.»
Para tratar de sortear estos obstáculos el célebre psicólogo Martin Seligman sistematizó su proceso de valoración. Su método consiste en lo siguiente:
«Poco después del día de Año Nuevo, me reservo media hora de tranquilidad para elaborar una "retrospectiva de enero". Escojo un momento en que no existen dificultades ni exaltaciones momentáneas y lo escribo en el ordenador, donde guardo las copias que he comparado año tras año durante la última década. En una escala del 1 al 10 –de pésimo a perfecto–, valoro mi satisfacción con la vida en cada uno de los ámbitos que evalúo, y escribo un par de frases que los resuman. Estos ámbitos, que pueden ser distintos para cada persona, son los siguientes:
  • Amor
  • Profesión
  • Finanzas
  • Juegos
  • Amigos
  • Salud
  • Creatividad
  • En conjunto
Utilizo otra categoría, Trayectoria, en la que analizo los cambios existentes de un año a otro y el comportamiento observado en éstos a lo largo de la década.
Recomiendo este procedimiento a los lectores, pues sirve para concretar, deja poco margen al autoengaño e indica cuándo actuar.»
Obviamente una evaluación de este tipo solo es útil cuando uno tiene claro lo que quiere y las metas a las que se dirige son fijas (spoiler alert: lo que uno quiere y a lo que aspira cambia mucho y más a menudo de lo que pensamos, por no hablar de lo mal que se nos da predecir lo que nos hará realmente felices llegado el momento).

En la retrospectiva del año pasado dije que estaba un poco perdido. Por desgracia no ha habido ningún avance en ese aspecto. Es más, creo que estoy todavía más perdido. Me siento una boya a la deriva, sin aspiraciones ni sueños concretos. De los siete ámbitos considerados por Seligman solo tengo objetivos (si bien algo difusos) en lo atinente a dos de ellos. Para más inri, en los últimos doce meses he descubierto que lo que consideraba virtudes de mi forma de ser en realidad son defectos. Estoy vacío. No tengo nada que ofrecer.

No sé qué hacer, ni si debería hacer algo siquiera. Como decía Jonathan Haidt «no debo entregar ningún examen al final de la vida y por tanto no es posible que suspenda». En ausencia de objetivos podría considerar que –de nuevo citando a Haidt– «todo es un regalo sin ataduras ni expectativas». Pero al intentar adoptar esa aptitud oigo una voz interior que me dice que estoy desperdiciando mi vida, y que es probable que me arrepienta más adelante, cuando ya será demasiado tarde para enmendarlo.

«¿Qué hago con mi vida?» es una de esas preguntas que nadie puede responder por ti. Durante la adolescencia pensé que la respuesta llegaría con la edad. Como no fue el caso recurrí a la experiencia de los demás. A lo largo de los años he leído unos cuantos libros buscando cómo dar forma a mi propio camino, sin éxito. «Tenemos las mismas necesidades que los demás», escribe Julian Baggini al hablar sobre el sentido de la vida, «de amistad, comida, placer, felicidad, éxito, etcétera–, pero estas necesidades varían muchísimo en naturaleza e intensidad de una persona a otra». Y concluye:
«Por esa razón ninguna "guía para encontrar sentido a la vida" puede ser un manual de instrucciones completo sino que sólo puede crear un marco de referencia dentro del cual cada individuo construya una vida que merezca la pena ser vivida.»
Una vida que merezca la pena ser vivida. ¿Cómo se logra eso cuando uno es incapaz de experimentar verdadera satisfacción, fijarse objetivos, ayudar a los demás, comprometerse, creer, cambiar o amar?

Ni puta idea.

domingo, 12 de mayo de 2013

Escribe algo

En el epílogo de su libro sobre la manera de ser mejor en lo que uno hace Atul Gawande ofrece «cinco sugerencias acerca de cómo hacer una contribución que valga la pena». Una de tales sugerencias es «escribe algo»:
«Da igual que escribas cinco párrafos para un blog, un artículo para una revista profesional o un poema para un grupo de lectura. Pero escribe. Lo que escribas no tiene por qué ser perfecto; sólo tiene que aportar alguna pequeña observación acerca de tu mundo.»
Foto de Charles Jeffrey Danoff
Personalmente siempre me ha gustado escribir, por eso llevo desde 2010 dándole a la tecla casi cada semana. Es algo que surge de mí espontáneamente y quizá la único que hago simplemente «porque sí», como fin en sí mismo. Pero si su carácter exige fines y beneficios antes de ponerse en marcha puedo ofrecerles a continuación un florilegio de los mismos.

«Escribir le permite a uno recobrar la perspectiva, plantear y resolver correctamente los problemas —observa Gawande —. Incluso despotricar con furia desbocada permite al escritor llegar a cierto nivel de reflexión». Richard Wiseman apunta en su guía de autoayuda basada en investigaciones psicológicas que escribir sobre experiencias traumáticas es más útil que hablar acerca de las mismas:
«Desde una perspectiva psicológica, hablar y escribir son dos cosas muy distintas. Hablar, a veces, es una actividad poco estructurada, desorganizada, incluso caótica. Por el contrario, escribir ayuda a la creación de un argumento y una estrucutra que ayudan a dar sentido a lo sucedido y nos dirigen a una solución. En resumen, hablar puede añadir confusión, mientras que escribir proporciona un enfoque más sistemático, más centrado en la solución.»
Además de eso, Wiseman asegura que algunos tipo de escritura –como la escritura afectiva– pueden ayudarnos a elevar el ánimo y hacernos sentir más felices en el día a día. Para ello ofrece un diario poco convencional basado en expresar gratitud, pensar en un futuro perfecto y en revivir experiencias maravillosas o recordar las pequeñas cosas que nos hayan salido bien últimamente.

Una vez hayan escrito algo, por favor compártanlo. Tal vez no todo, tal vez no con todos. Tal vez no siempre. Pero compartan. Citando de nuevo a Gawande:
«No hay que subestimar el efecto de la contribución que uno pueda hacer, por modesta que sea. […] Mediante el procedimiento de solicitar modestas contribuciones a la mayoría, hemos creado una reserva de saber colectivo mucho más poderosa de la que podría haber desarrollado un individuo cualquiera. Y esto es tan cierto fuera del ámbito de la ciencia como dentro de ella.
[...] Lo más importante de todo es que al compartir nuestras reflexiones con un público, aunque sea pequeño, entramos a formar parte de un universo más amplio. Si uno aporta unas pocas reflexiones a un boletín informativo, empezará a preguntarse con nerviosismo: ¿Tomará nota la gente? ¿Qué pensarán? ¿Habré dicho alguna tontería? Un público es una comunidad. La palabra impresa es una declaración de pertentencia a esa comunidad y también una manifestación de la voluntad de contribuir a ella con algo significativo.»
Quizá piensen que no vale la pena el esfuerzo porque muy pocas personas lo leerán, o que aquello que puedan decir no le interesa a nadie, pero esa sería una suposición precipitada. Ateniéndonos a la opinión de Jeff Atwood, autor de un exitoso blog sobre programación, nuestras palabras siempre pueden ser interesante para alguien:
«This is not to say we should fill the world with noise on every mundane aspect of our existence. But who decides what is mundane? Who decides what is interesting? Everything's interesting to someone, even if that someone is only you and a few other people in the world.»
De manera que, en caso de duda, hagan públicos sus textos (ibídem):
«We live in a world of infinitely searchable micro-content, and every contribution, however small, enriches all of us. But more selfishly, if you're interested in deriving maximum benefit from your work, there's no substitute for making it public and findable. Obscurity sucks. But obscurity by choice is irrational. When in doubt, make it public.»
Al hacerlo estarán maximizando el valor de sus pulsaciones en el teclado. No dejen que las lecciones aprendidas a lo largo de su vida permanezcan ignotas, sin publicar. Su experiencia puede serle útil a otros.

Así que adelante, escriban algo y propálenlo. Hoy mismo; para qué esperar. Corran.

domingo, 31 de marzo de 2013

Chocolate

El mes que toca hoy a su fin ha sido muy difícil personalmente. Más que eso. Por usar las palabras de un personaje televisivo, diría que añoro los días difíciles. Lo difícil era un picnic. Tengo una foto de lo difícil en un marco en forma de corazón.

Cuando la vida pesa más de lo habitual algunos buscan solaz emocional en la comida, siendo el chocolate uno de los reconfortantes por excelencia. Tal como escribe Paul Martin:
Foto de SashaW
«Cuando estamos desanimados recurrimos instintivamente al azúcar. Varios experimentos han demostrado que los humanos y las ratas se sienten más atraídos por los alimentos dulces cuando están bajos de ánimo. Por ejemplo, la gente se esfuerza más por conseguir chocolate cuando se siente de un humor sombrío después de escuchar música deprimente.»
Sin embargo, el chocolate no es un antidepresivo infalible (ibídem):
«Comer chocolate provoca diversas reacciones emocionales, desde la felicidad absoluta hasta el sentimiento de culpa más agudo. Después de estudiar todas las pruebas, un grupo de académicos llegó a la conclusión de que el chocolate no es muy eficaz para aliviar el desánimo o la depresión, más allá del efímero chute de placer que proporciona. De hecho, los individuos que comen chocolate con el objetivo específico de animarse pueden acabar empeorando las cosas y alargando su malestar.»
No obstante, si el lector es de los que –como yo– va a ignorar convenientemente lo anterior y seguir disfrutando del cacao, he aquí algunas sugerencias para potenciar el efecto sanador de esta forma de automedicación.

Lo primero es elegir el chocolate adecuado. Para que los ingredientes clave del cacao tengan los efectos beneficiosos que se le atribuyen hay que optar por un chocolate negro de calidad que contenga al menos un 70% de sólidos de cacao. El chocolate con leche, cargado de azúcar y grasas, queda así descartado (sin entrar en detalles, el azúcar parece ser el causante real de los efectos adversos de las chocolatinas, pues «el chute de azúcar estimula un deseo inmediato de más de lo mismo»). A muchas personas les resulta amargo el chocolate negro, pero uno se puede acostumbrar poco a poco al sabor eligiendo productos con una concentración cada vez mayor de cacao.

Una vez seleccionado el manjar apropiado, lo siguiente es consumirlo de forma adecuada. Al igual que es un delito mezclar un buen vino con gaseosa o bajarlo por el gaznate sin que toque la lengua, el buen chocolate hay que paladearlo (ibídem):
«Los sabores de un buen cacao pueden tardar varios minutos en desarrollarse y apreciarse plenamente. Masticarlo abrevia el proceso, es como beberse una copa de vino de un trago, sin detenerse a saborearlo. La manera de tomar conciencia de todo el potencial placer del chocolate de calidad es dejarlo disolver lentamente en la boca. Los entendidos exhalan por la nariz, para maximizar su percepción del aroma, pero puede que si lo hacéis se os escape la risa. El principal consejo es: chupa, no mastiques.»
Respecto al mejor momento para consumirlo, lo ideal es hacerlo cuando no se tiene hambre (ibídem):
«Unos experimentos han demostrado que si la gente come chocolate en respuesta al hambre, su ansia aumenta. En cambio, su frenesí por el chocolate suele disminuir cuando lo comen sólo después de las comidas. Comer chocolate regularmente en respuesta al hambre puede crear una asociación que no hace más que aumentar el deseo de comer.»
Por último, el chocolate puede utilizarse como un instrumento para centrar la atención, igual que una vela o un cuenco tibetano de meditación. Mark Williams y Danny Penman sugieren en su libro la siguiente práctica meditativa de atención plena con el xocoatl como elemento central, que tiene la doble ventaja de trabajar la mente y maximizar la experiencia del consumo:

  • Abre el paquete de chocolate. Inhala el aroma. Deja que te embriague.
  • Rompe una onza y mírala. Deja que tus ojos se sumerjan en su aspecto, examinando cada rincón.
  • Llévatelo a la boca. Trata de mantenerlo en la lengua y dejar que se derrita, evitando cualquier tendencia a chuparlo. El chocolate tiene más de trescientos sabores diferentes. Intenta sentir algunos de ellos.
  • Si notas que la mente divaga mientras haces esto, simplemente observa dónde ha ido, luego suavemente tráela de nuevo al momento presente.
  • Una vez que el chocolate esté completamente derretido, trágalo muy despacio y deliberadamente. Deja que el chocolate gotee por la garganta.
  • Repite este proceso con la siguiente onza.

Bon appetit.