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lunes, 26 de noviembre de 2018

Rencor

El rencor es un pesar o enojo arraigado y tenaz el cual, por su propia naturaleza, no se cura con el tiempo o, al menos, no lo hace al mismo ritmo que otras emociones negativas. Envenena nuestra mirada y hace que todo lo veamos e interpretemos del revés, aplasta las emociones positivas y nos deja un sabor amago con sensaciones de injusticia. Yo, que soy muy rencoroso, recientemente he podido observarme en un espejo que deforma para ver hasta qué punto este sentimiento puede emponzoñar la vida de una persona.

Clemencia cuenta sesenta primaveras y está divorciada. Odia a su exmarido con todo su ser y, si conocieran la historia de su matrimonio, no podrían negar que tiene buenas razones para ello. Hace más de veinte años que se separó y todavía rehúye todo contacto con ese hombre. Si tiene que verse cerca de él por razones de peso hace como si no existiera: no le dirige la mirada y mucho menos la palabra, ignora todo lo que dice y guarda una distancia física lo más grande posible.

Foto de Orin Zebest
Clemencia tiene varios hijos en común con el objeto de su rencor. Todos ellos son ya personas adultas con sus propias familias a cuestas, algunos entrados en la mediana edad. Los hay que mantienen el contacto con su progenitor y los hay que no. Los primeros no tuvieron problema en presenciarse en las segundas nupcias de su padre, algo que a Clemencia le ha sentado tan mal como para retirarles la palabra sin dar explicaciones. Así, de un día para otro, una mujer de sesenta años ha dado la espalda a aquello de lo que se siente mas orgullosa: sus propios hijos.

Los intentos de acercamiento por parte de sus vástagos han sido infructuosos ya que Clemencia es de esas personas que se encierra en sí misma cuando está enojada y simplemente hace saber de su enfado a través de silencios e indirectas. Es el polo opuesto a esos personajes de televisión que dialogan acerca de sus sentimientos.

La última vez que vi a Clemencia su cara acusaba el esfuerzo de contener el llanto. Desbordada por el hirsuto rencor era incapaz de mirar a su hija (a la que acaba de dejar claro que no era bien recibida en su casa) mientras esta trataba sin éxito de hablar del problema.

El rencor no es malo en sí mismo, en tanto en cuanto es una reacción que la naturaleza nos ha otorgado como medio de autoprotección. Esta era, al menos, la opinión del téologo y filósofo Joseph Butler:

In Butler's sermons on resentment and forgiveness, he argues that resentment should not be looked on as a moral failing. It is simply a necessary reaction to being harmed or wronged, and teaches us to avoid similar situations in the future. It can, however, become a moral failing if we allow excessive resentment to control our actions [...]. Excessive resentment leads to revenge--and the antidote to it is forgiveness.
Es cuando el rencor nos hace renunciar a aquello que queremos o valoramos cuando pierde su valor evolutivo y se convierte en un lastre con consecuencias  fisiológicas y psicológicas negativas. Daniel Goleman escribe:

[A]ferrarse al odio y al rencor tiene importantes consecuencias fisiológicas. La investigación realizada al respecto revela que el simple hecho de pensar en un grupo al que odiamos provoca la emergencia de una ira reprimida. En tal caso, el cuerpo se ve inundado de hormonas asociadas al estrés, al tiempo que aumenta la presión sanguínea y empeora la eficacia del sistema inmunitario. Y también parece que, cuanto más a menudo y con más intensidad se repite esta secuencia de ira muda, mayor es el riesgo de padecer consecuencias biológicas duraderas.

El perdón es un antídoto para esta situación. Y es que, cuando perdonamos a alguien con quien estábamos resentidos, se invierte esta reacción biológica, es decir, disminuye la presión sanguínea y la tasa de hormonas asociadas al estrés, se enlentece el ritmo cardíaco y disminuye también el sufrimiento y la depresión. [...] Especialmente en el caso de que las heridas no hayan cicatrizado todavía, el perdón no pasa por olvidar lo que ha ocurrido y reconciliarnos con el agresor, sino por descubrir el modo de liberarnos de las garras de la obsesión por el daño que nos hayan provocado.
De opinión parecida es el psiquiatra Luis Rojas Marcos, quien asegura:

El carácter de víctima supone un pesado lastre que debilita y estanca a las personas en el ayer doloroso, manteniéndolas esclavas del miedo y del rencor, en demanda de un ajuste de cuentas. La obsesión crónica con los malvados que quebrantaron sus vidas les impide cerrar la herida y pasar la página. Pasar la página no implica negar ni olvidar el ultraje, sino entenderlo como un golpe doloroso ineludible, de los muchos que impone la vida, y que se integra en la propia autobiografía como una terrible tragedia, pero como una experiencia trágica que fue superada.

Es un hecho que los damnificados por sucesos traumáticos que obtienen sólo de forma temporal el «pasaporte de víctima» se recuperan mejor que aquellos que, consciente o inconscientemente, se aferran a esta «nacionalidad» por un tiempo ilimitado. En general, quienes pasan del estado subjetivo de víctima al de superviviente en un período aproximado de un año y perciben los agravios del ayer como crueles desafíos que vencieron, retoman antes el timón del barco de su vida. Naturalmente, las personas que han sufrido agresiones y abusos continuados durante años, como las mujeres y niños maltratados, necesitarán más tiempo que los afectados por una única agresión. Aun así, esta transición víctima-superviviente es saludable para todos porque disminuye la intensidad de los sentimientos de descontrol y de impotencia asociados a la experiencia traumática, lo que les permite volver a plantearse con entusiasmo nuevas metas.
El resentimiento que nunca desaparece da al otro más poder sobre nosotros mismos del que merece. Por una parte, cuando se tiene la desgracia de tener amigos o familia en común podemos vernos privados de momentos y situaciones que nos gustaría disfrutar y que evitamos porque no soportamos estar en la misma habitación que nuestra cruz. Por otra parte, al asumir el papel de damnificados, pasamos a definirnos en relación a esa otra persona. Ya no somos solamente Fulanito o Menganito, somos «Fulanito, a quien Zutanito puso los cuernos» o «Menganito, a quien Zutanito dejó en la ruina». Esta característica del rencor es, a su vez, una de las razones por las que es difícil librarse de él:

[G]rudges come with an identity. With our grudge intact, we know who we are—a person who was “wronged.” As much as we don’t like it, there also exists a kind of rightness and strength in this identity. We have something that defines us—our anger and victimhood—which gives us a sense of solidness and purpose. We have definition and a grievance that carries weight.
Quiźa sea por eso por lo que Rojas Marcos recalca la importancia que tiene el pasar de víctima a superviviente. La narración sobre su propia vida que construye un superviviente le hace verse definido no en relación a otro individuo, sino a su circunstancia, como un ser totalmente independiente que tiene carácter suficiente para superar las vicisitudes de la vida.

Clemencia lleva casi tanto tiempo separada como lo estuvo casada.Es solo natural que odie a ese tipo después de lo que le hizo pero parece incapaz de asumir que sus descendientes no sientan lo mismo que ella. Quizá piensa (erróneamente) que, al mantener la relación con su progenitor, sus hijos no crean que este haya hecho nada malo.

Los tres autores citados coinciden en que el perdón es la cura del rencor. Perdonar significa aquí renunciar al resentimiento que albergamos hacia quien nos ha agraviado sin negar la responsabilidad de sus acciones ni el mal que nos ha hecho. Quizá no sea la palabra adecuada en español ya que el concepto común de perdón lleva aparejada la reconciliación como fin, algo que no parece necesario en todos los casos. De lo que se trata, en cualquier caso, es dejar ir este sentimiento.

Pero ¿por qué iba Clemencia a querer perdonar? ¿Acaso no es su rencor proporcional y justificado? ¿Acaso no tiene derecho a mantener su resentimiento por el mal que ha sufrido? Probablemente sí pero cuando está en juego algo de mayor importancia moral es hora de preguntarse qué resultado es éticamente preferible. ¿Es la relación con sus hijos más significativa moralmente que el ejercer su derecho al rencor? Si se lo preguntáramos abiertamente (y consiguiéramos que nos respondiera) tal vez diría que no pero, actualmente, sus actos muestran que el odio puede ser más fuerte que el amor de madre.

martes, 21 de agosto de 2018

El problema es la elección

Imaginen que tienen que comprar un coche y hay dos opciones. El coche A cuesta 25.000 euros y tiene cinco estrellas Euro NCAP. El coche B solo tiene tres estrellas Euro NCAP. ¿Cuánto tendría que costar el coche B para que lo eligieran en lugar del coche A?

Supongamos que el precio promedio dado por los lectores de este blog para el coche B es 15.000 euros. Después le damos a elegir a otro grupo de personas entre el coche A y el B, el primero costando 25.000 euros y el segundo 15.000. Si el precio promedio es correcto los dos coches deberían ser igualmente atractivos de manera que aproximadamente la mitad de personas deberían elegir el A y la otra mitad el B.

No fue eso lo que pasó con los sujetos que participaron en este estudio. A la hora de decidir, la mayoría optó por el coche más caro pero más seguro:

When forced to choose, most people refused to trade safety for price. They acted as if the importance of safety to their decision was so great that price was essentially irrelevant. This choice was clearly different from the way people reacted to the task in which they had to establish a price that would make the two cars equivalent. If they had thought that safety was of overriding importance, they would have set the price of Car B very low. But they didn’t. So it wasn’t that people refused to “put a price” on safety. Rather, when the time came to make the choice, they were simply unwilling to live by the price on safety that they had already established.
Teléfonos móviles, coches, ordenadores, electrodomésticos...todos esos artículos tienen en común dos cosas: hay decenas de opciones entre las que elegir y no suele ocurrir que haya una que sea la mejor en todo, así que nos vemos obligados a hacer concesiones, a primar unas características sobre otras para de determinar cuál compraremos.

De acuerdo con el psicólogo Barry Schartz hay dos tipos de compradores. Por un lado están los maximizadores, aquellos que buscan lo mejor en términos absolutos. Frente a ellos están quienes se sienten satisfechos con encontrar algo que es suficientemente bueno, aunque no sea lo mejor:

Maximizers need to be assured that every purchase or decision was the best that could be made. Yet how can anyone truly know that any given option is absolutely the best possible? The only way to know is to check out all the alternatives. A maximizer can’t be certain that she has found the best sweater unless she’s looked at all the sweaters. She can’t know that she is getting the best price unless she’s checked out all the prices. As a decision strategy, maximizing creates a daunting task, which becomes all the more daunting as the number of options increases.

The alternative to maximizing is to be a satisficer. To satisfice is to settle for something that is good enough and not worry about the possibility that there might be something better. A satisficer has criteria and standards. She searches until she finds an item that meets those standards, and at that point, she stops. As soon as she finds a sweater that meets her standard of fit, quality, and price in the very first store she enters, she buys it—end of story. She is not concerned about better sweaters or better bargains just around the corner.
Para los maximizadores que viven envueltos en una cantidad de opciones abrumadora decidir qué comprar es una fuente de estrés, ya que cada alternativa adicional hace que sea menos probable que una se pueda considerar la mejor sin ambages, lo que provoca dudas, ansiedad y arrepentimiento anticipado.

Según se desprende de las palabras de Schwartz lo que más desasosiego genera son las concesiones, esto es, decidir qué nos importa más. O, dicho de otro modo, a qué queremos renunciar. ¿Seguridad o precio? ¿Velocidad del procesador o espacio para guardar fotos? ¿Potencia o consumo? La tensión puede ser tanta que lleguemos al extremo de no tomar ninguna decisión en absoluto (estamos hechos un lío), y el coste emocional asociado hace que disminuya nuestra satisfacción con la elección que finalmente hemos tomado (ibídem):

Confronting any trade-off, it seems, is incredibly unsettling. And as the available alternatives increase, the extent to which choices will require trade-offs will increase as well.

What, then, do people do if virtually all decisions involve trade-offs and people resist making them? One option is to postpone or avoid the decision. [...] People find decision making that involves trade-offs so unpleasant that they will clutch at almost anything to help them decide. [...] JUST ABOUT EVERYONE SEEMS TO APPRECIATE THAT THINKING about trade-offs makes for better decisions. We want our doctors to be weighing trade-offs before making treatment recommendations. We want our investment advisers carefully considering trade-offs before making investment recommendations. We want Consumer Reports to evaluate trade-offs before making purchasing recommendations. We just don’t want to have to evaluate trade-offs ourselves. And we don’t want to do it because it is emotionally unpleasant to go through the process of thinking about opportunity costs and the losses they imply.
En otra ocasión les hablé de mis indecisiones. La diferencia con lo tratado aquí es que, cuando se trata de ciertos objetos, la información es fácilmente cuantificable incluyendo, si hay suerte, los aspectos que más nos importan para guiar nuestra elección. Por ejemplo, los teléfonos móviles y los coches son fáciles de comparar según sus especificaciones. Por el contrario, es muy difícil sopesar un cambio de trabajo porque debemos considerar imponderables como los compañeros, el ambiente, el tiempo que se tarda en ir y volver, el rol y otras características que solo sabremos en un futuro.

Yo soy un maximizador. Siempre trato de recopilar el mayor número de alternativas existentes y compararlas antes de decidirme, todo ello con el fin de obtener la mejor relación entre calidad y precio. Reconozco que a veces se me va de las manos. Puedo tardar tanto tiempo en elegir un artículo del supermercado que llega a parecer que en lugar de comprar una tableta de chocolate estoy preparando una OPA hostil a una empresa de hidrocarburos.

La manera que yo he encontrado de elegir qué comprar es el análisis de datos. Requiere tiempo y energía mental pero no me importa porque disfruto el proceso y aprendo cosas por el camino. Tampoco me incomoda que la gente se ría de mí porque, al final, soy yo el que tiene que tener paz mental y estar satisfecho con la elección hecha; mi ritual numérico me da las justificaciones que necesito para ello. Cuanto mayor es el desembolso económico al que me enfrento más falta me hace seguir este método.

He pasado las dos últimas semanas analizando coches. Como es menester, compartiré con ustedes lo aprendido.

lunes, 4 de junio de 2018

Hacer por hacer

Es posible que a final de año resulte que mi empresa me ha pagado un salario para nada. Ocurre que una de mis tareas principales es desarrollar herramientas informáticas para la compañía pero, debido a luchas políticas intestinas, quizá dichas herramientas no lleguen a utilizarse nunca.

Mi situación me ha recordado la anécdota que contaba el psicólogo conductual Dani Ariely en una de sus charlas sobre un amigo que trabajó en vano:

This was one of my students from a few years earlier, and he came one day back to campus. And he told me the following story: He said that for more than two weeks, he was working on a PowerPoint presentation. He was working in a big bank, and this was in preparation for a merger and acquisition. And he was working very hard on this presentation -- graphs, tables, information. He stayed late at night every day. And the day before it was due, he sent his PowerPoint presentation to his boss, and his boss wrote him back and said, "Nice presentation, but the merger is canceled." And the guy was deeply depressed. Now at the moment when he was working, he was actually quite happy. Every night he was enjoying his work, he was staying late, he was perfecting this PowerPoint presentation. But knowing that nobody would ever watch it made him quite depressed.
A Ariely se le ocurrió entonces un experimento para saber cómo nos comportamos dependiendo de lo que ocurra con el resultado de nuestro trabajo:

[W]e created a little experiment in which we gave people Legos, and we asked them to build with Legos. And for some people, we gave them Legos and we said, "Hey, would you like to build this Bionicle for three dollars? We'll pay you three dollars for it." And people said yes, and they built with these Legos. And when they finished, we took it, we put it under the table, and we said, "Would you like to build another one, this time for $2.70?" If they said yes, we gave them another one, and when they finished, we asked them, "Do you want to build another one?" for $2.40, $2.10, and so on, until at some point people said, "No more. It's not worth it for me." This was what we called the meaningful condition. People built one Bionicle after another. After they finished every one of them, we put them under the table. And we told them that at the end of the experiment, we will take all these Bionicles, we will disassemble them, we will put them back in the boxes, and we will use it for the next participant.

There was another condition. [...] And this other condition we called the Sisyphic condition. [...] We asked people, "Would you like to build one Bionicle for three dollars?" And if they said yes, they built it. Then we asked them, "Do you want to build another one for $2.70?" And if they said yes, we gave them a new one, and as they were building it, we took apart the one that they just finished. And when they finished that, we said, "Would you like to build another one, this time for 30 cents less?" And if they said yes, we gave them the one that they built and we broke. So this was an endless cycle of them building, and us destroying in front of their eyes.

Now what happens when you compare these two conditions? The first thing that happened was that people built many more Bionicles -- eleven in the meaningful condition, versus seven in the Sisyphus condition.
Después pensó otro experimento: preguntar a varias personas qué harían si formaran parte del experimento antes descrito. Los sujetos de este segundo estudio predijeron correctamente que las personas en la condición Sísifo construirían menos muñecos pero erraron en la magnitud del efecto, pues calcularon que la diferencia sería de tan solo uno, en lugar de los cuatro observados.

La economía del conocimiento está llena de trabajo baldío: correos electrónicos que los destinatarios ignoran, informes que nadie lee, análisis que nadie recuerda, presentaciones que nunca ven la luz, cursos a los que nadie acude, procedimientos que nadie sigue, reuniones en las que nadie presta atención, y un larguísimo etcétera. Como Sísifo, nos vemos obligados a laborar en tareas vanas pero con el escozor añadido de recibir uno de los mayores desprecios existentes, esto es, no recibir ningún aprecio.

Foto de Matesanz
Limpiar es una tarea de estilo Sísifo en tanto en cuanto al cabo de poco tiempo aquello que dejamos impoluto volverá a estar sucio y tendremos que volver a empezar, mas aún podemos encontrar cierto consuelo en el hecho de que es nuestra labor lo que mantiene la suciedad a raya (algo que las madres tienen a bien recordarnos cuando somos pequeños con su clásica amenaza: «¡un día me voy a hartar, me voy a ir de esta casa y os va a comer la mierda!»). Pero cuando hacemos un trabajo cuyos resultados no van a ser visibles nos invade el desánimo. No solo porque no podemos extraer orgullo y significado de nuestro hacer sino porque además se nos priva de tener un impacto en el mundo. Nos irrita pensar cómo nuestro tiempo se podía haber aprovechado en otros menesteres, nos sentimos infravalorados o menospreciados e, incluso, llegamos a sentirnos insignificantes y prescindibles («¿qué más daría que yo no estuviera?»), lo que lleva asociado consigo la ansiedad de un posible despido.

Consideremos la siguiente cita de Murray Rothbard:

Crusoe encontró en su isla una tierra virgen, sin cultivar, una tierra no utilizada ni controlada por nadie y, por tanto, sin propietario. Al descubrir los recursos de la tierra, al aprender a utilizarlos y, en especial, al transformarlos mediante una remodelación más utilizable, Crusoe —según una frase memorable de John Locke— «mezcló su trabajo con el suelo». Al actuar así, al estampar el sello de su personalidad y de su energía en la tierra, la convirtió, de manera natural, a ella y a sus frutos, en su propiedad.
No me interesa aquí analizar la teoría de la propiedad de Locke sino recalcar cómo imprimimos el sello de nuestro acción en lo que producimos. En su charla, Ariely llama «efecto IKEA» al sesgo por el cual valoramos más nuestras creaciones más esforzadas aunque su calidad objetiva sea peor que la de otros objetos similares. Dicho con otras palabras: el fruto de nuestro trabajo nos parece más valioso a nosotros mismos que a cualquier observador externo.

Lo anterior me hace pensar en una analogía. Imaginen que venden entradas para su casa pero, en lugar de una consumición, la entrada da derecho a una destrucción, es decir, la persona que entre en su hogar puede elegir un objeto cualquiera y romperlo frente a ustedes. ¿Cuántas entradas tendrían estómago para vender? Si son ustedes aficionados a las manualidades o a la pintura ¿cómo se sentirían dejando que gente extraña destrozara sus creaciones a cambio de dinero?

Lo cierto es que hay ocasiones en el mundo real en las que el propósito del trabajo es la destrucción de lo fabricado como ocurre, verbigracia, con las fallas. Sin embargo, en todos los casos que se me ocurren de este estilo la destrucción sirve a un fin (el entretenimiento). El fin de una falla es ser quemada; el fin de una presentación de Power Point es ser mostrada. Es cuando nos privan del ethos de nuestro trabajo cuando nuestro yo se ve atacado, en la medida en que nuestro esfuerzo encarna una pequeña parte de nuestro yo.

El trabajo inútil es inevitable y las empresas toleran este desperdicio como parte del coste de hacer negocio. No obstante, cuando la mayor parte de nuestras faenas son desechadas no solo la compañía está malgastando dinero más allá de lo tolerable sino que es de esperar que la motivación disminuya y el compromiso con el trabajo se vuelva superficial.

¿Por qué? ¿Por qué no es suficiente con que nos paguen? ¿Por qué no basta con disfrutar del proceso de creación, aunque al final sea estéril? He aquí otro experimento mental. Supongamos que nos ofrecen un contrato de trabajo que consista en crear cosas que nos gustan pero que nunca verán la luz del día. El contrato es de por vida y está bien pagado pero aquello que creen irá directo a un almacén o disco duro sin que nadie le eche siquiera un vistazo superficial. Sus quehaceres no modificarán el mundo de ninguna forma.

¿A ustedes también les parece deprimente?

lunes, 14 de mayo de 2018

Todo el mundo miente

Era la regla inamovible del doctor House y, con el tiempo, una de las mías. Todo el mundo miente, todo el tiempo: los padres y los hijos, los amantes y los amados, el acusador y el acusado, el vendedor y el comprador, el entrevistador y el entrevistado, el candidato al trabajo y el ofertante. Por vergüenza, por aparentar, por ignorancia, porque buscan sus fines egoístas, porque quieren hacer daño o porque creen que haciéndolo protegen sus intereses.

Imagen de miss.killer!
Mentir significa «decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa», así como inducir a error, fingir o aparentar. A mi juicio, la mentira no requiere que haya mens rea, ese elemento interno o subjetivo del delito consagrado en el Derecho anglosajón. Se pueden decir embustes sin tener un estado mental deshonesto. ¿Cómo? Por ejemplo, cuando defendemos recuerdos falsos.

Los psicólogos Christopher Chabris y Daniel Simons abren su capítulo sobre los falsos recuerdos con la historia de un entrenador de baloncesto universitario llamado Bobby Knight que fue acusado de agredir físicamente al jugador estrella Neil Reed. Según Reed, durante un entrenamiento en el año 1997 Knight lo reprendió, Reed replicó y, a continuación, el entrenador se abalanzó sobre él y lo agarró de la garganta hasta que los que estaban alrededor los separaron. Knight, por su parte, no recordaba aquel suceso.

El incidente tuvo cierta repercusión en Estados Unidos y las entrevistas mostraron que los testimonios de los presentes eran contradictorios. Mucho después de que se hicieran públicas las acusaciones apareció un vídeo de aquel entrenamiento. En él se veía a Knight acercarse a Reed, tomarlo por la parte anterior del cuello con una mano durante unos segundos y empujarlo hacia atrás. Los allí presentes se pararon a observar pero nadie se acercó a separarlos.

Chabris y Simons explican que tanto el entrenador como el jugador tenían un recuerdo distorsionado del acontecimiento. Para Knight lo ocurrido fue un hecho trivial, así que su recuerdo tomó la forma de una situación típica del entrenamiento. Para Reed, por el contrario, se trató de un suceso inusual y desagradable, de manera que su recuerdo se guardó con el título «el entrenador me asfixió»:

Así como lo que percibimos depende de lo que esperamos ver, aquello que recordamos se basa en parte en lo que pensamos que sucedió. Es decir, que la memoria depende tanto de lo que de hecho pasó como de la manera en que lo interpretamos.
[...] La percepción extrae el significado de lo que vemos (o escuchamos, u olemos...) en lugar de codificarlo todo con perfecto detalle. Sería una pérdida poco habitual de energía y de otros recursos para la evolución haber diseñado un cerebro que captara todos los estímulos posibles con igual fidelidad cuando es poco lo que el organismo puede ganar con una estrategia así. Del mismo modo, la memoria no almacena todo lo que percibimos, sino que toma lo que hemos visto u oído y lo asocia con lo que ya sabemos. Estas asociaciones nos ayudan a discernir lo que es importante y a recordar detalles de lo que hemos visto. Proporcionan «pistas de recuperación» que hacen que nuestras memoria sea más fluida. En la mayoría de los casos, son pistas útiles. Pero estas asociaciones también pueden llevarnos por el mal caminio, precisamente porque dan lugar a un sentido exagerado de la precisión de la memoria. No podemos distinguir con facilidad entre lo que recordamos al pie de la letra y lo que reconstruimos a partir de asociaciones y conocimientos.
Así que no solo nuestra interpretación de lo que vemos está sesgada por nuestro modelo mental del mundo sino también lo que recordamos. Como dicen estos psicólogos, vemos lo que esperamos ver y recordamos lo que esperamos recordar, es decir, inconscientemente acomodamos nuestras percepciones y nuestras evocaciones a nuestras expectativas y creencias.

Es por ello que los testigos son fuentes de información poco fiables. Incluso los recuerdos de tipo flash, aquellos que se graban vívidamente por la enorme carga emocional que tienen, están sujetos a distorsiones porque, aunque a nosotros los vivamos como detallados e imborrables, la memoria humana no guarda los recuerdos como ficheros de vídeo inmutables (ibídem Chabris y Simons):

Aunque creemos que nuestra memoria funciona como un recuento preciso de lo que hemos visto y oído, en realidad estos registros pueden ser del todo insuficientes. Lo que recordamos a menudo está rellenado con ideas generales, inferencias e imágenes de otras influencias; se parece más a una ejecución improvisada basada en una melodía familiar que a un reflejo digital de la primera función de una sinfonía en el Carnegie Hall. Equivocadamente, creemos que nuestros recuerdos son fieles y precisos y no podemos separar con facilidad aquellos aspectos de nuestra memoria que reflejan con precisión lo sucedido de los introducidos más tarde.
A veces llega a ocurrir que una persona cuenta como una historia personal algo que le ocurrió a otro individuo, lo que se conoce como fallo de la memoria fuente. Otras veces un autor plagia a otro sin darse cuenta. También es posible cambiar los recuerdos de alguien utilizando fotografías trucadas. Finalmente, como nuestros recuerdos deben ser coherentes con nuestras acciones y creencias es posible que cambien a lo largo del tiempo. «Cuando nuestras creencias cambian nuestros recuerdos pueden cambiar con ellas», afirman Simons y Chabris.

Por eso es posible que mintamos sin que nos demos cuenta. Cuanto contamos una anécdota o rememoramos un acontecimiento no relatamos la versión objetiva del hecho sino nuestra versión, un remake mental de cosecha propia cuyo guión se ajusta a nuestra visión del mundo y de nosotros mismos, y cuyas distorsiones no se limitan a detalles irrelevantes. Por citar un par de ejemplos que aparecen en el libro de Chabris y Simons, George W. Bush declaró en varias ocaciones que vio en televisión cómo el primer avión se estrellaba contra una de las torres el once de septiembre de 2001 antes de entrar al aula de escuela primaria donde estaba cuando le informaron del segundo impacto. Eso era imposible porque el día de los ataques la única colisión que se emitió por televisión fue la del segundo avión. De manera similar, Hillary Clinton relató en un discurso de su campaña presidencial de 2008 un aterrizaje en Bosnia «bajo el fuego de francotiradores» que, según ella, obligó a su comitiva a correr cubriéndose la cabeza para llegar al coche que los esperaba. El periódico The Washington Post publicó su historia acompañada por una fotografía de aquel momento que mostraba cómo la candidata besaba a un niño bosnio que acababa de leerle un poema de bienvenida. Todos los documentos gráficos de esa llegada mostraron una ceremonia normal y una caminata plácida hasta los vehículos, sin incidentes.

Madurar require adaptarse al hecho de que todo el mundo miente. El filósofo Thomas Reid escribió:

Otro principio original que el Ser Supremo implantó en nosotros fue nuestra disposición a confiar en la veracidad de los demás, y a creer en lo que ellos nos dicen. Este principio es el complemento del primero. Mientras que a aquél pudiera llamársele el principio de veracidad, nombraremos a éste , a falta de un titulo más adecuado , el principio de credulidad. Se trata de un principio ilimitado en los niños hasta que descubren ejemplos de falsedad y de engaño, así como de uno que retiene su poder en grado considerable a lo largo de la vida.
Cada cual elige dónde situarse en el espectro escepticismo-credulidad pero yo creo que, por lo general, pecamos de crédulos y que, por consiguiente, haríamos bien en ser más escépticos ante los testimonios y los datos que nos llegan, provengan de donde provengan. No porque todas las personas sean unas malvadas mentirosas patológicas que quieren aprovecharse de nosotros sino porque (¿además de eso?) nuestra naturaleza nos hace proclives a decir mentiras sin que ni siquiera nos demos cuenta.

lunes, 23 de abril de 2018

Tener hijos

Elliot, I'm a man. I've been programmed to think that a baby is the worst possible consequence of sex.
–Scrubs, S05E05





Quizá lo único que he tenido siempre claro en mi vida es que no quiero ser padre. No puedo arriesgarme a tener un cachorro que se parezca a mí, sería una tortura para él y para mí. El mundo es un lugar mejor sin un mini-yo danzando por él. Tal vez sea la sabia naturaleza en acción. Tal vez la evolución haya diseñado un mecanismo que se active cuando la combinación genética no es digna de ser perpetuada y genere un sentimiento de rechazo ante la idea de producir descendencia.

En el frente contrario hay quienes siempre han sabido que querían criar hijuelos, incluso el número exacto. Desafortunadamente, algunos de este grupo encuentran que la naturaleza les ha privado de algo tan básico y tienen que luchar contra la infertilidad. Otras personas no encuentran con quién aparearse y no quieren criar en solitario a un niño. Otros no pueden permitírselo por razones económicas. Todos ellos viven en el primer círculo del infierno descrito por Dante, allí donde la pena de las almas consiste en vivir un deseo sin esperanza.

Tenemos también a desertores por ambos bandos, aquellos que se mofaban de los papis y que han acabado sucumbiendo, y aquellos que finalmente no se han visto con ganas suficientes o sus prioridades han cambiado.

Finalmente están los que no saben lo que quieren. Conozco a personas que siguen esperando la señal de alarma de su reloj biológico y a otras que se han propuesto quedarse embarazados únicamente por su edad, por aquello de minimizar los riesgos de la gestación en edades tardías.

Tener hijos o no es una decisión difícil complicada por lo que Dan Ariely llama el sesgo de imposibilidad de cambio:

The idea here is that when we face large decisions that seem to be immutable (getting married, having kids, moving to a distant place), the permanence of these decisions makes them seem even larger and more frightening. Not to mention that such decisions increase our potential for regret.
El arrepentimiento es un fuerte motivador. Como dice el también psicólogo Daniel Gilbert, nuestras decisiones más importantes a menudo están determinadas por la forma en que imaginamos nuestros remordimientos futuros:

Regret is an emotion we feel when we blame ourselves for unfortunate outcomes that might have been prevented had we only behaved differently in the past, and because that emotion is decidedly unpleasant, our behavior in the present is often designed to preclude it.14 Indeed, most of us have elaborate theories about when and why people feel regret, and these theories allow us to avoid the experience. For instance, we expect to feel more regret when we learn about alternatives to our choices than when we don’t,15 when we accept bad advice than when we reject good advice,16 when our bad choices are unusual rather than conventional, and when we fail by a narrow margin rather than by a wide margin.
Es el «¿y si?» que nos come la vida. «¿Y si mañana ya no hay?» «¿Y si hubiera hecho esto en vez de aquello?». «¿Y si el día de mañana me arrepiento de no haber tenido críos?». Curiosamente, según Gilbert tendemos a arrepentirnos más de lo que no hemos hecho que de lo que hacemos. Una posible razón, explica, es que nos es más difícil elaborar puntos de vista positivos y creíbles sobre lo que pudimos haber hecho que sobre lo que hicimos. Así, racionalizamos los excesos de valentía (léase: imprudencias) más fácilmente que los excesos de cobardía. Por consiguiente, un padre arrepentido («debí haber esperado a tener un trabajo mejor», «tenía que haber viajado más en lugar de tener hijos tan joven») sufre menos que un no-padre arrepentido.

En otra parte del libro de Ariely este cita de pasada el consejo de un amigo de universidad que tuvo hijos antes que nadie de la pandilla. La teoría de aquel hombre era que si eres el tipo de persona que gusta de comer bien tres veces al día no deberías tener hijos, pero si eres de aquellos que prefiere comer espectacularmente bien de vez en cuando, entonces adelante. La razón es que, según él, la vida con hijos no es gozosa en su mayor parte pero de tanto en cuanto proporcionan momentos de una alegría increíble. Gilbert describe la paternidad como «un servicio aburrido y desinteresado a personas que tardarán décadas en sentirse apenas agradecidos por nuestros esfuerzos».

Los estudios han mostrado una y otra vez que tener hijos disminuye la felicidad. Sirva como muestra este gráfico:

Gilbert, D. (2006)
Aún así, los padres parecen una secta tratando de captar acólitos, recomendando a los demás que se unan a la experiencia defendiendo las virtudes de esta. Es la disonancia entre el yo que experimenta (el que cambia pañales, el que no puede dormir, el que está siempre cansado e irritado) y el yo que recuerda. El segundo dice que sus hijos son lo mejor que le ha pasado en la vida, el primero tiene cara de que son lo peor que le ha pasado en la vida. Escribe Daniel Kahneman:

Confundir la experiencia con la memoria de la misma es una poderosa ilusión cognitiva, y lo que nos hace creer que una experiencia transcurrida puede resultar arruinada es la sustitución. El yo que experimenta no tiene voz. El yo que recuerda a veces se equivoca, pero es el único que registra y ordena lo que aprendemos de la vida, y el único también que toma decisiones. Lo que aprendemos del pasado es a maximizar las cualidades de nuestros futuros recuerdos, no necesariamente de nuestra futura experiencia. Tal es la tiranía del yo que recuerda.
De acuerdo con el célebre psicólogo, el yo que experimenta es el que hace la vida, y el yo que recuerda es el que lleva las cuentas y hace las elecciones, compone historias y las conserva para referencias futuras. Puede que sea gracias a ello que pervive la visión color de rosa de lo que significa tener hijos. Volviendo a Gilbert:

“Children bring happiness” is a super-replicator. The belief-transmission network of which we are a part cannot operate without a continuously replenished supply of people to do the transmitting, thus the belief that children are a source of happiness becomes a part of our cultural wisdom simply because the opposite belief unravels the fabric of any society that holds it. Indeed, people who believed that children bring misery and despair—and who thus stopped having them—would put their belief-transmission network out of business in around fifty years, hence terminating the belief that terminated them. The Shakers were a utopian farming community that arose in the 1800s and at one time numbered about six thousand. They approved of children, but they did not approve of the natural act that creates them. Over the years, their strict belief in the importance of celibacy caused their network to contract, and today there are just a few elderly Shakers left, transmitting their doomsday belief to no one but themselves.
Así pues, la idea de que los hijos traen la felicidad sería un creencia falsa, una ilusión colectiva como la que nos hace pensar que las monedas y billetes que intercambiamos tienen valor. Pero incluso yo, un misántropo con cierta animadversión a las crías de homo sapiens, soy escéptico ante tal conclusión. Al fin y al cabo, es de esperar que la naturaleza haya implantado mecanismos de recompensa con el fin de que los genes puedan replicarse. Lo que ocurre es que estas recompensan actúan sobre el yo que recuerda. No creo que por eso sean menos reales.

Me pregunto cuál será la proporción actual en nuestra sociedad entre hijos que fueron concebidos porque los dos progenitores así lo querían desde el principio y bebés que fueron engendrados principalmente porque los padres se estaban haciendo viejos y se lanzaron a la piscina asustados por el fantasma del arrepentimiento. También me pregunto qué proporción de embarazos son fruto de un accidente o un descuido. Finalmente, me surge la duda: ¿hay razones incorrectas para tener hijos? Y si las hay ¿acaso importa?

lunes, 6 de noviembre de 2017

El infierno

A veces encuentras perlas de sabiduría cuando menos te lo esperas. Por ejemplo, estás viendo un programa de humor sobre la convivencia y el actor y guionista conocido como Ignatius Farray dice:

Me parece que lo contrario de vivir no es morir; lo contrario de vivir es convivir. [...] Si estás solo es el tedio, si estás con gente es el sufrimiento. Ninguna de las dos opciones vale. O sea, no estamos equipados para la felicidad.
Para quienes carecemos de habilidades sociales la convivencia es, efectivamente, sufrimiento. A este respecto, el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre es bien conocido por su afirmación «el infierno son los otros» (L'enfer, c'est les autres). Su filosofía y su obra literaria tratan con cinismo las relaciones interpersonales:

Sartre subraya la ansiedad que nos provoca la relación con los demás y la manera en que ésta puede coartar la autonomía del individuo. Si bien considera las relaciones sociales como enormes fuentes de conflicto y preocupación, Sartre destaca igualmente el hecho de que resultan esenciales para nuestro ser.
[...] Sartre destaca cómo los otros con frecuencia nos irritan y estorban, y afirma que las relaciones existentes entre los individuos son relaciones esencialmente “conflictivas”.
Foto de Kent Barrett
Su obra de teatro A puerta cerrada ilustra el lado oscuro de las relaciones personales. El personaje de Garcin es ejecutado por desertor y va al infierno. Allí descubre con asombro que dicho lugar nada tiene que ver con la imagen estereotipada de fuego y azufre. En lugar de ello, se trata simplemente de una habitación cerrada, sin ventanas y apenas decorada. Dos mujeres, Inés y Estelle, entran más tarde a la habitación. Ninguno de los tres puede dormir ni pestañear. No hay escapatoria ni descanso: se sienten los unos a los otros continuamente. Nadie es torturado y, aún así, todos sufren. La obra refleja que «la existencia es un infierno y el hecho de que haya que compartirla con otros es lo que la hace infernal».

De acuerdo con el análisis de Jennifer L. McMahon al que pertenece la cita anterior, Sartre ofrece tres motivos por los que los demás despiertan en nosotros sentimientos negativos. El primero es que las personas representan obstáculos potenciales para nuestra libertad (ibídem McMahon):

Según Sartre, sin la intromisión de los otros, el individuo está naturalmente inmerso en la existencia, en particular en la tarea de obtener aquellos objetos del entorno que desea y necesita. Más que pensar en su experiencia, está embebido en ella, por lo que actúa sin reflexionar. La aparición del otro, como explica el filósofo, saca al individuo de este estado original en el que está absorto. Y la aparición del otro no sólo resulta sorpresiva, sino también amenazante. Y los otros resultan una amenaza porque en la vida los individuos deben procurarse los recursos pertinentes para su supervivencia. Y debido a que no existe una cantidad infinita de los recursos por los que luchamos para sobrevivir y satisfacernos, los otros, esencialmente, nos resultan competencia, son competidores más que colaboradores nuestros.
La segunda razón es que los demás tienden a reducirnos a la condición de objetos en el sentido más básico de la palabra, esto es, una amalgama de carne y hueso. Eso choca con la forma en que nos vemos a nosotros mismos, más como una mente que como un cuerpo. Sería poco controvertido decir que preferimos que los demás nos consideren como seres pensantes y sensibles antes que como entidades físicas, pero la mayor parte de esa masa que llamamos «la gente» no está por la labor de darnos el gusto (ibídem McMahon):

Gracias a sus miradas y sus observaciones verbales, la gente nos recuerda —con frecuencia de manera hiriente— que somos seres tangibles, por ejemplo cuando critican nuestro peso, cuando opinan sobre nuestra estatura o miran con desaprobación la forma en que vestimos. (Dosificamos a la gente, en esencia, porque no tenemos —no podemos tener— la experiencia de sus mentes y sólo podemos percibirlos e interactuar con ellos, ante todo, como objetos. Y el hecho de ser un objeto es inquietante porque, saberse una cosa concreta, limita claramente la libertad que se tiene de ser o de hacer cualquier cosa y es característico de la conciencia humana el resistirse a todo tipo de limitación impuesta desde fuera.
La tercera razón que da Sartre es que los otros nos privan de nuestro sentido de dominio y primacía. No nos gustan quienes tienen creencias, valores y costumbres radicalmente diferentes de las nuestras. Tampoco nos gusta que se resistan a que obtengamos algún beneficio de ellos (no hay más que pensar en la cantidad de veces que criticamos el egoísmo de los demás). Los otros son desquiciantes de la misma forma que lo es ese hijo rebelde que nunca obedece.

Sartre reconoce que, a pesar del sufrimiento que nos generan, necesitamos a los demás. Nos hacen falta para desarrollarnos física y psíquicamente, para hacer florecer nuestro repertorio emocional, nuestra moral, nuestra identidad y nuestro lenguaje (ibídem McMahon):

[L]os seres humanos necesitan de los otros, no sólo en el evidente sentido físico, sino también en el sentido psicológico, de formas más sutiles, mas no por ello no menos importantes. Mientras que los demás generan ansiedad, también definen quiénes somos. Desde la infancia hasta la muerte, nuestras relaciones con los demás forman nuestra personalidad y ayudan a determinar el verdadero potencial que tenemos como individuos. Aún cuando los demás pueden hacernos rabiar, aprovecharse de nosotros e incluso ponernos en peligro, son también esenciales para nuestro ser. Nos ayudan a vernos tal cual somos y ese es un esfuerzo que, aunque a veces atroz, de hecho aumenta nuestra libertad al hacernos más conscientes. Sirviéndose de una metáfora médica, Sartre afirma que el mundo está “infectado” por los otros.
También necesitamos a los otros, añado yo, para alcanzar muchos de nuestros objetivos, dado el entrelazamiento de las actividades humanas en el mundo moderno. Como dijo el anterior presidente de los Estados Unidos Barack Obama en uno de sus discursos:

If you were successful, somebody along the line gave you some help. There was a great teacher somewhere in your life. Somebody helped to create this unbelievable American system that we have that allowed you to thrive. Somebody invested in roads and bridges. If you've got a business – you didn't build that. Somebody else made that happen. The Internet didn't get invented on its own. Government research created the Internet so that all the companies could make money off the Internet.

The point is, is that when we succeed, we succeed because of our individual initiative, but also because we do things together. There are some things, just like fighting fires, we don't do on our own. I mean, imagine if everybody had their own fire service. That would be a hard way to organize fighting fires.
No podemos olvidar tampoco que, como suele decirse, somos animales sociales. Se cree que la oxitocina y las neuronas espejo (cuya existencia está en entredicho, dicho sea de paso) son productos de la evolución para sostener y facilitar la coordinación y la cooperación de un grupo. También existen en nuestro interior circuitos de recompensa que se activan cuando nos relacionamos con otros seres humanos. Quienes mejor entienden esto son las personas extrovertidas, aquellas que segregan dopamina a raudales cuando están rodeadas de amigos. Hay amplia literatura psicológica respecto a cómo nuestras relaciones sociales influyen en nuestra felicidad. Por tanto, los otros son tanto el infierno como el cielo.

Si el infierno son los otros quizá las redes sociales y los sistemas de mensajería instantánea sean la negra barca de Caronte. Por un lado, facilitar las interacciones sociales aumenta las probabilidades de conflicto (¿alguien ha dicho Twitter?). Por otro, si bien es cierto que como individuos necesitamos la atención de los demás e interactuar con ellos, la observación constante de nuestra persona que es posible actualmente equivale a la situación en la que se encontraban los personajes de la obra de Sartre, aquella en la que no podemos escapar del escrutinio ajeno.

Tengamos en cuenta además, que, de media, la gente tiene más amigos en Facebook que en el mundo físico. Las listas de «amigos» en dicha red social tienden a estar pobladas de simples conocidos (antiguos compañeros de clase o de trabajo, amigos de la infancia a los que no hemos vuelto a ver, amigos de amigos de amigos con los que coincidimos un día en una fiesta). De acuerdo con Seth Stephens-Davidowitz, esas personas son las que más probablemente tengan puntos de vista diferentes a los nuestros. En otras palabras: la mayor parte de nuestros followers y contactos de Facebook son a nosotros lo que Inés y Estelle son a Garcin.

Afortunadamente, la participación en las redes sociales es, por ahora, voluntaria. Hasta que llegue el momento, mucho me temo, en que la presión social nos obligue a entrar en ese infierno virtual, so pena de ser tildados de raritos.

lunes, 30 de octubre de 2017

El contrato de Ulises

Si les hablo de Circe, la diosa hechicera que habitaba en la isla de Eea, quizá no sepan a qué me refiero, pero si cito el consejo que le dio a un héroe de la mitología griega estoy seguro de que reconocerán inmediatamente obra, autor y argumento:

Oye ahora lo que voy a decir y un dios en persona te lo recordará más tarde. Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a sus hogares; sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo; y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía.
Se trata, como habrán reconocido sin duda, del célebre pasaje de La Odisea en el que Ulises logra oír el canto de las sirenas sin sucumbir a sus encantos:

Entonces yo partí en trocitos, con el agudo bronce, un gran pan de cera y lo apreté con mis pesadas manos. Enseguida se calentó la cera, pues la oprimían mi gran fuerza y el brillo del soberano Helios Hiperiónida, y la unté por orden en los oídos de todos mis compañeros. Éstos, a su vez, me ataron igual de manos que de pies, firme junto al mástil, sujetaron a éste las amarras, y, sentándose, batían el canoso mar con los remos. Conque, cuando la nave estaba a una distancia en que se oye a un hombre al gritar en nuestra veloz marcha, no se les ocultó a las Sirenas que se acercaba y entonaron su sonoro canto [...] Entonces mi corazón deseó escucharlas y ordené a mis compañeros que me soltaran haciéndoles señas con mis cejas, pero ellos se echaron hacia adelante y remaban, y luego se levantaron Perimedes y Euríloco y me ataron con más cuerdas, apretándome todavía más.
Las sirenas y Ulises, por William Etty (1837)
Avancemos rápidamente unos cuantos siglos y arribemos a un capítulo de la serie de televisión Alf (¡ha vuelto!¡Y en forma de chapa!) que todavía recuerdo, en el que el visitante del planeta Melmac le pide a Willie que lo encierre en una jaula. La razón es que cada setenta y cinco años Alf sufre un día de extrañas transformaciones psicológicas que esta vez lo llevará a hacer cualquier cosa con tal de comerse al gato de la familia. Así que lo encierran en una caja reforzada tal como pide el extraterrestre pero, cuando empieza a transformarse, Alf logra engañar al hijo de la familia para que le abra la puerta y así escapar.

Se conoce como contrato de Ulises a todo acuerdo por el cual nos ponemos barreras para no caer en tentaciones futuras. Por ejemplo: no comprar dulces para no tener nada en casa con lo que pecar cuando estamos a dieta, ir con alguien al gimnasio para que la presión social evite que nos saltemos citas, programar transferencias automáticas a otra cuenta para obligarnos a ahorrar, ir a estudiar a la biblioteca para evitar distracciones, no llevar dinero en efectivo encima para no gastarlo en tonterías, etcétera, etcétera.

A menudo no logramos nuestros objetivos porque nuestra voluntad es débil y carecemos de autocontrol. Por mucho que digan los escritores de autoayuda, «querer» no equivale a «poder». Asumir este hecho sobre la naturaleza humana y obrar en consecuencia es más eficaz que confiar en que, esta vez sí, el lunes seremos fuertes y dejaremos de fumar, haremos dieta estricta o no faltaremos al gimnasio. El contrato de Ulises funciona negándonos la oportunidad de elegir, es decir, limitando nuestro libre albedrío.

El problema con los contratos de Ulises es que, con frecuencia, tan fácil se firman como se cancelan. El sistema ideal, aquel en el que otras personas están físicamente presentes para evitar que nos abandonemos a nuestros vicios, es poco práctico. Aun cuando estén ahí, siempre podemos hacer como Alf y recurrir a la persuasión para que nos dejen violar el acuerdo. Esto es algo que aprendemos a hacer ya en la infancia, como muy bien sabe cualquier padre al que su cachorro trata de convencer para que le compre una chuchería. Además, siendo adultos es difícil encontrar a alguien con quien se tenga tanta confianza como para firmar un contrato de este tipo pero que sea lo suficientemente frío y duro con nosotros como para no dejar que lo incumplamos. Por eso la solución de Ulises era tan buena: al tapar los oídos de sus marineros no solo estos se libraban de ser encantados por las sirenas, sino que también podían bajar la cabeza y seguir remando sin ser engañados por Ulises para cambiar el rumbo.

Este problema de la persuasión es, claro está, más grave cuando nosotros mismos somos juez y parte. Al fin y al cabo, si tuviésemos la capacidad de conducirnos por ciertas reglas autoimpuestas sin recurrir a restricciones externas entonces no tendríamos problemas para lograr nuestros objetivos y, por lo tanto, no necesitaríamos ningún contrato de este tipo; bastaría con proponernos algo. Cuando negociamos con nosotros mismos, lo más probable es que acabemos cediendo a nuestra sinvergonzonería.

Hasta ahora hemos hablado de los contratos de Ulises como algo personal pero se pueden extender a la sociedad en su conjunto. Hay ocasiones en que la ciudadanía asume que la carne es débil y que ciertos comportamientos es mejor no dejarlos al criterio de cada uno, como cuando se prohíbe conducir estando ebrio. La discusión sobre la ética de tales leyes la dejaré a un lado, pues es ajena al tema central de nuestra disquisición, esto es, el contrato en sí mismo.

Consideremos, a este respecto, el caso de las constituciones, las cuales recogen las leyes fundamentales que fijan la organización política de un estado y establecen los derechos y obligaciones básicas de los ciudadanos. En ellas se pueden encontrar contratos de Ulises aplicables a todos los habitantes del país. Por ejemplo, hay países (España, Estados Unidos) que establecen una separación de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial). La razón, como vimos en su momento a través de las palabras de James Madison, es que si los ciudadanos fuéramos ángeles no haría falta gobierno alguno, pero como no lo somos nos vemos obligados a poner a algunos de estos seres imperfectos al mando, a sabiendas de que su moral es frágil y, por ello, la única forma de limitar los malos comportamientos es repartiendo el poder y las responsabilidades, de forma que las ambiciones de algunos limiten las de otros.

Los contratos de Ulises que se convierten en leyes presentan un problema que no es tan evidente cuando lo suscribe una sola persona. Supongamos, por ejemplo, que nuestro país sale de una larga dictadura y quiere comenzar su etapa democrática. Supongamos además que la sociedad está muy dividida y no habría un claro ganador en unas hipotéticas elecciones con un sistema proporcional. En esa situación los conductores del país podrían diseñar un sistema electoral que resultara en dos opciones que sobresalieran por encima del resto con el objetivo de «garantizar la gobernabilidad» (signifique eso lo que signifique). Para estabilizar el sistema deciden, además, que cualquier cambio en las reglas requiera un consenso mucho mayor que una mayoría simple.

Supongamos finalmente que, décadas después, el sistema bipartidista haya degenerado en una burla por la cual los dos partidos mayoritarios se dedican a alternarse el poder con cómoda complacencia, sabedores de que cada bando tendrá su turno para llevarse los mortadelos sin miedo a que un tercer partido pueda plantarles cara. Los creadores del sistema electoral hace tiempo que murieron pero el país sufre ahora por las normas que implantaron en su momento y que no se pueden cambiar fácilmente. A esta consecuencia de las constituciones se le llama el problema de la mano muerta:

Thomas Jefferson once opined to his friend James Madison that “the earth belongs in usufruct to the living” and “the dead have neither powers nor rights over it.” These observations underlie the so-called “dead hand” problem of constitutional theory. The problem is this: Why should we the living generation of the present be governed by the constitutional dictates of dead people from the past? What gives those people the authority to rule us from the grave?

To Jefferson, these questions were unanswerable: The dead, on his view, had no right to rule from the grave, which in turn meant that “no society can make a perpetual constitution, or even a perpetual law.” But that conclusion raised a further question of its own: namely, how should we the people of the present design a constitutional system that defuses the threat of dead-hand rule down the road
Para Thomas Jefferson, la solución a este problema era hacer que las leyes y las constituciones caducaran cada diecinueve años, de manera que cada nueva generación pudiera elegir un nuevo orden constitucional para sí misma. Esto tiene sentido dado que la tecnología avanza, las sociedades cambian, y las reglas que eran lógicas en algún momento del pasado puede que no lo sean más.

Sin embargo, cuando adquirimos la prerrogativa de cambiar la constitución según nuestro parecer nos encontramos en la misma situación que esa persona que negocia consigo misma ante la tentación, esto es, deja de haber barreras reales. Así, es este poder discrecional el que permite que un gobernante pueda, en determinado momento, eliminar el límite de ocho años de mandato para poder seguir ocupando el poder, o cambiar leyes a su antojo para perjudicar a sus enemigos políticos, o modificar el sistema electoral para establecer una dictadura de facto.

Un buen contrato de Ulises no solo hace que no podamos caer en la tentación, sino que también nos obliga a permanecer fieles al contrato, sin posibilidad de defección (recordemos las palabras de Circe: «caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, átente con más lazos todavía»). Por desgracia, esto lleva consigo el sometimiento a unas reglas que quizá ya no tengan sentido. Si, para evitar esto, nos permitirnos modificar o cancelar el contrato, entonces es como si este no existiera y cederemos a nuestros oscuros apetitos. Pero ¿quién se atreve a limitar su libre albedrío sin tener la oportunidad de cambiar de opinión más adelante? Al fin y al cabo, nuestro yo del presente carece de cierta información sobre el devenir que solo poseerá nuestro yo futuro. Eso significa que nuestro yo futuro estará (teóricamente) en una posición mejor para decidir, pero no podemos fiarnos de él porque es la misma criatura viciosa que hoy necesita firmar un contrato Ulises para lograr un objetivo. Los problemas son inevitables.

Personalmente, opino que siempre que se introduce en una ley la posibilidad de que alguien (un juez, un político, un árbitro) cambie su aplicación según un criterio personal hay más perjuicios que beneficios, pues es a través de esas rendijas por donde nuestras carencias de carácter hacen sus estragos. Pongamos por caso que hay una ley que prohíbe edificar en terrenos que antes eran bosques pero ahora son un solar debido a un incendio. Alguien decide que esa ley es demasiado rígida y la cambia para que no se pueda construir a no ser que el proyecto se considere «de interés público». Como la calificación de «interés público» la otorga un humano sobornable la ley queda, efectivamente, en suspenso, y quienes pueden sacar tajada del fuego desempolvan su material incendiario.

En nuestra vida diaria, supongo que depende de la naturaleza del contrato y de las consecuencias que tenga su incumplimiento, así como del grado de incertidumbre sobre el resultado final. Un sólido contrato de Ulises para dejar de fumar es, a todas luces, una buena idea, mientras que uno que nos lleve a trabajar noventa horas semanales sin garantías de alcanzar la meta seguramente requiera fijar alguna regla que nos diga cuándo hemos de abandonar, o acabaremos gastando demasiado tiempo y energía para nada.

En Ulysses and the Sirens: A theory of imperfect rationality, el teórico social y político de origen noruego Jon Elster afirmó:

A full characteristic of what it means to be human should include at least three features: Man can be rational, in the sense of deliberatively sacrificing present gratification for future gratification. Man often is not rational, and rather exhibits weakness of will. Even when not rational, man knows that he is irrational and binds himself to protect himself against the irrationality. This second-best or imperfect rationality takes care of both reason and of passion.What is lost perhaps, is the sense of adventure.
Su argumento era que Ulises no era del todo racional, pues en ese caso no habría necesitado atarse al mástil, ni completamente irracional, pues no se abandonó a sus deseos. En lugar de eso, utilizó el consejo de Circe para lograr por medios indirectos el mismo resultado que una persona completamente racional podría haber logrado de manera directa. En la batalla que libran nuestras pasiones y nuestros intereses, parece que esta racionalidad subóptima es lo máximo a lo que podemos aspirar.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Madurar

Esta semana me he topado con una viñeta de Calvin y Hobbes que ilustra perfectamente aquello de lo que hablamos la última vez, que ningún adulto sabe lo que está haciendo:


De niño, a mí también me parecía que mis padres sabían perfectamente lo que había que hacer en cada momento. Y también supuse, ingenuamente, que cuando yo fuera adulto tendría lo que ahora mismo me parece un superpoder.

Como les comenté también en aquel artículo, mi hermana se lamentaba de ser incapaz de madurar. A mí la madurez siempre me ha parecido un término difuso que tiene mucho que ver con la persona que lo menciona, pues parece que cada cual tiene su propia definición. Por curiosidad, he consultado el diccionario. La RAE define la madurez, en su tercera acepción, como «buen juicio o prudencia, sensatez». En inglés, el diccionario de Cambridge la define como «the quality of behaving mentally and emotionally like an adult». Supongo que ambos significados están relacionados. Así, la madurez podría definirse como la cualidad de comportarse mental y emocionalmente como un adulto, los cuales poseen buen juicio y sensatez («en teoría», cabría añadir).

En términos psicológicos, la inmadurez puede entenderse como una falta de sincronía entre la edad mental y la física. Los autores de la Guía práctica de psicología describen la inmadurez con los siguientes rasgos:

En primer lugar, estas personas tienen un conocimiento equívoco o superficial de sí mismas, a lo que se añade una falta de coherencia en sus planteamientos, que procede, en buena medida, de la ausencia de identidad personal y de un objetivo de vida suficientemente perfilado. Son personas poco estables emocionalmente, con tendencia a los altibajos de ánimo, que surgen incluso por motivos insignificantes [...]. En general, tienen un bajo umbral de tolerancia a las frustraciones que hace que se derrumben cuando cualquier cosa no sale tal como habían previsto.
[...] La falta de constancia, típica de las personalidades inmaduras, responde a la falta de planteamientos serios en su vida, la versatilidad propia de la falta de equilibrio emocional y de criterios firmes de conducta, dentro de un marco carente de una escala de valores suficientemente sólida y realista, donde son frecuentes las idealizaciones previas, a las que siguen un «sentirse defraudado» que determina actitudes rígidas y rebeldes. La intolerancia e inflexibilidad que demuestran frecuentemente los inmaduros en sus planteamientos con otras personas contrasta, a veces, con la transigencia que sostienen hacia sí mismos [...]. En otras ocasiones se puede advertir una exagerada influencia de las opiniones ajenas, quedando al arbitrio de la moda o de la influencia pasajera de alguna persona que adoptan como líder. Es lo que comúnmente se entiende por «falta de personalidad».
También se produce un imperio del presente, ya que tan sólo se pretende sacarle el máximo partido a lo que tenemos entre manos, sin valorar las consecuencias que este tipo de comportamiento pueda acarrear en el futuro.
[...] Otros rasgos propios de las personalidades inmaduras serían la falta de responsabilidad y de fuerza de voluntad, y una dificultad para aceptar la realidad de la vida, que incluye generalmente la no aceptación de los demás ni de sí mismos, que favorece la tendencia a escaparse del mundo real con la imaginación, huyendo hacia un mundo de fantasías.
El resultado, según estos psicólogos, es una falta de independencia que dificulta que estas personas puedan desenvolverse por sí mismas de forma adecuada y sean incapaces de asumir con responsabilidad tareas propias de los adultos como el matrimonio o la paternidad.

De acuerdo con el estándar de estos autores mi hermana es, efectivamente, inmadura. Y yo. Y mis padres. Y todos los seres humanos que conozco. La cita anterior es uno de esos textos que hace difícil que vea la psicología como una ciencia. Si lo analizan con detenimiento verán que es una descripción vaga y subjetiva («suficientemente perfilado», «planteamientos serios en su vida», «escala de valores suficientemente sólida y realista», «exagerada influencia de opiniones ajenas») y tan general que puede aplicarse a una amplia gama de personas, al estilo de los signos del zodíaco. También podemos preguntarnos por qué el conocimiento de uno mismo forma parte de la madurez, o pedir que nos señalen a alguien que no tenga un conocimiento equívoco de su propio ser, habida cuenta de la cantidad de estudios (psicológicos, precisamente) que dicen lo contrario. Es posible que en las últimas décadas la adolescencia se haya extendido hasta la treintena pero soy escéptico ante la idea de que los adultos de épocas pretéritas mostraran en su mayoría los rasgos mencionados. Finalmente, cabe preguntarse hasta qué punto la madurez es algo objetivo, y no una cualidad que varía entre diferentes épocas y culturas.

Aún así, creo que muchas personas comulgan con la idea de que la madurez implica ser emocionalmente estable, mostrar constancia, tener la capacidad de retrasar una gratificación inmediata por una mayor en el futuro, ser responsable y poseer fuerza de voluntad. El problema, una vez más, es que la vida es un conjunto proteico de experiencias y contextos, y se puede ser excelente en unas áreas mientras que se flaquea en otras, lo que nos lleva a preguntarnos en cuántos ámbitos podemos carecer de madurez antes de que se nos considere inmaduros.

Por ejemplo, ¿es inmaduro Frank Underwood, el personaje de House of Cards? Quien haya visto la serie reconocerá su excelente capacidad para planificar a largo plazo, su constancia y determinación, lo claro que tiene sus objetivos vitales, su fuerte carácter y todos los demás rasgos que lo convertirían en un símbolo de la madurez. Sin embargo, juega a la PlayStation, recrea batallas con soldaditos de plomo y fuma.

Si consideramos la madurez como una cualidad binaria, es decir, que se es o no se es, entonces cualquier carencia en cualquier aspecto de nuestra vida nos descalificaría como tales. En este caso, la persona madura sería más bien un mito al que aspirar, no una realidad. Por otra parte, si la madurez es un continuo entre dos extremos nos topamos con el problema de la paradoja sorites, y solo podremos reconocer a quienes se sitúan en los extremos (los muy inmaduros y los que más se acercan al mito de la persona madura).

Yo debo confesarme culpable de la mayoría de los pecados del inmaduro tal como lo describen los psicólogos citados. Como tal, hago uso de la transigencia que mencionan para crear mi propia definición de madurez y así poder sentirme un poquito menos mal conmigo mismo. Para mí, la madurez es, simple y llanamente, ser capaz de ganarme el pan con mi trabajo. No pretendo que la compartan, pues soy consciente de que es una interpretación muy limitada y discutible. Aún así creo que no está mal, pues para conseguir y mantener un empleo debemos tener varias cualidades del adulto maduro, tales como la constancia, la responsabilidad y la capacidad de pensar a largo plazo.

Como decía al principio, ustedes seguramente tengan su propia definición. Conozco a personas, verbigracia, que equiparan la madurez con la independencia física, es decir, abandonar el nido familiar para irse a vivir por su cuenta. Otros parecen equiparar madurez con paternidad (como me dijo un amigo: «ser padre te quita mucha tontería de encima»). Para otros la madurez tiene más que ver con la respuesta emocional ante las vicisitudes de la vida que con los actos en sí. Y así siguiendo. Todas ellas me parecen tesis tan razonables como discutibles.

Un artículo sobre el desarrollo de la personalidad no estaría completo sin echarle la culpa de algún modo a los padres. ¿Es posible que nuestra inmadurez sea fruto de nuestra crianza? Uno de los autores de la Guía práctica de psicología escribe (ibídem):

«[H]ay que destacar que una sobreprotección de los padres hacia el niño puede retrasar la maduración de su personalidad. Los niños excesivamente protegidos carecen de criterios propios en relación a su edad, ya que adoptan directamente los de sus padres, que toman las decisiones por ellos a fin de evitarles el mayor número posible de peligros, problemas o fracasos. Estas actitudes de sobreprotección favorecen la inmadurez, ya que al llegar a la edad adulta esos niños carecen de suficiente capacidad de decisión al no haberse ido acostumbrando poco a poco a enfrentarse a las dificultades decidiendo por sí mismos, con lo que se encuentran inseguros, sin saber qué hacer, frente a las situaciones nuevas que se les plantean, reclamando continuamente el asesoramiento de los demás.»
Así que, si ustedes se consideran inmaduros, siempre pueden echarle la culpa a sus padres por haberlos sobreprotegido. Es lo que haría un inmaduro.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Nadie sabe qué está haciendo

Ha sido una semana difícil. Lo que prometían ser siete días de asueto con viaje al extranjero incluido han trocado en un huracán familiar que ríase usted de José, Harvey o Irma. Los problemas comenzaron con un catarro que derivó en bronquitis, hipoxia, edema pulmonar y taquicardia. Las operaciones de transporte que conlleva una hospitalización se nos han complicado por la escasez de vehículos, hallándose estos en el taller precisamente cuando más falta nos hacían. Ha habido que hacer malabares para cubrir turnos en el hospital sin descuidar a la abuela, que requiere atención las veinticuatro horas del día. Y todo ello sin dejar de lado a un amigo de la familia cuya propia tormenta ha coincidido con la nuestra y que necesitaba auxilio.

Mi hermana se ha visto superada. Se lamentaba de no ser suficientemente madura y de no saber qué hacer. Entendía muy bien lo que sentía, pues yo me he sentido igual miles de veces. Lo que a ella le falta por aprender es que, en realidad, en este mundo nadie tiene la menor idea de qué cojones está haciendo.

Oliver Burkeman explica muy bien cómo nos dejamos engañar por las apariencias: vemos a una persona actuar de manera decidida y pensamos que tiene confianza, cuando en realidad no podemos saberlo porque solo vemos sus actos y no tenemos acceso a sus pensamientos. Al juzgarnos a nosotros mismos, por el contrario, no solo somos conscientes de lo que hacemos sino que también sabemos lo que pensamos y lo que sentimos. En la práctica, los otros son un libro cerrado que valoramos por la portada, una imagen que proyecta la otra persona y que normalmente esconde dudas, inquietudes y desvelos:

[T]here’s a huge problem lurking here. We’re comparing apples with oranges—or, as the saying goes, comparing our insides with other people’s outsides. That guy on stage who’s giving a super-smooth presentation, while you wait nervously in the wings until it’s your turn? He might well be a panicking wreck inside. You could never know.

[...] This is something it’s even harder to keep in mind today, when our lives unfold in public on Facebook and Twitter, and via well-designed web presences. We use these, naturally enough, to showcase the best parts of our lives: the joyous weddings and enviable vacations, the finished projects, and testimonials from satisfied clients. But we forget that we’re only seeing everyone else’s highlights, too—not the sleepless nights, the abandoned attempts, the moments of despair and self-doubt.
Cierto es que existen personas realmente seguras mas es mi opinión que esa confianza y determinación se limitan a uno pocos aspectos de su vida. Hay quien tiene grandes habilidades para lidiar con las crisis que encuentra en su trabajo pero que es un desastre con las atinentes a su vida amorosa, y viceversa. O quizá su punto débil sean las emergencias médicas. O las económicas. La cuestión es que dudo mucho que exista una persona que domine todas las áreas problemáticas de la vida con suficiente seguridad como para no verse superado en algún momento. Y ello es así por cuanto la maestría requiere práctica.

A modo de ejemplo, consideremos el caso de los padres primerizos. Ser padre por primera vez implica afrontar una serie infinita de problemas que pueden surgir en cualquier momento con restricciones más o menos severas de tiempo, dinero y energía, a lo que hemos de sumar la presión añadida de lo mucho que hay en juego. Así, no es de extrañar que, por más que uno lo desee, la llegada de nuestro cachorro al mundo sea una experiencia agobiante por momentos. Será por eso que, como bromea Manuel Burque en su monólogo, los progenitores dicen que tener un hijo es lo mejor que les ha pasado en la vida, pero lo dicen con cara de ser lo peor que les ha pasado en la vida.

Según tengo entendido, con el segundo hijo todo va mucho más rodado. No creo que se considere arrogante por mi parte decir que eso se debe a que la crianza previa engrasa los engranajes de los progenitores. Mi experiencia me dice que esta verdad sencilla se nos olvida con frecuencia.

Por ejemplo, hay quien fracasa la primera vez y concluye que es un inútil, que no vale para su profesión, o que es un mal padre o esposo o lo que sea. Mi hermana cometió un error de ese tipo hace años. En su primer día como profesora de preescolar llegó a casa llorando, lamentándose de que no servía para ser profesora, todo porque un niño de su clase se había dado un coscorrón con una ventana. Su llantina me recordó a la inseguridad de los médicos cuando empiezan su práctica clínica:

No es extraño que la primera historia clínica requiera entre veinte y veinticinco visitas al paciente antes de tener los datos completos. No es raro que haya que auscultar al individuo alrededor de catorce veces antes de oír su corazón la primera vez. «Lo hice fatal», confiesan muchos de ellos.

[...] La primera vez que das un tajo en el quirófano no sabes muy bien la presión que tienes que ejercer sobre la piel, así que lo normal es que lo hagas más flojo de lo necesario y se rían de ti hasta los celadores. «Muy bien, ya has arañado la piel. Ahora puedes empezar a operar», me dijeron la primera vez que me vestí de verde después de empezar a abrir un abdomen muy despacito.
Con la práctica, sin embargo, lo que antes aterraba acaba por convertirse en rutina. No es distinto con otras experiencias vitales: la primera vez estás perdido, confuso y asustado, pero con la exposición repetida y la práctica llega la confianza.

Es absurdo sacar conclusiones acerca de nuestra personalidad basándonos únicamente en el primer contacto con una crisis que se ciñe a un ámbito determinado y ocurre en un contexto dado. Igualmente, hay que ser cautelosos a la hora de hacer inferencias sobre otras personas y compararnos con ellas. Para poder hacer deducciones válidas tendríamos que cotejar nuestros actos y pensamientos con los actos y pensamientos de los demás pero, como hemos visto, estos últimos nos son desconocidos en su mayoría. Si preguntan a las personas que admiran es muy posible que descubran, como me pasó a mí, que por dentro ellos no están tan seguros como parece.

lunes, 26 de junio de 2017

Marionetas

La mañana del día previo a las elecciones presidenciales francesas me levanté de un humor sombrío. La noche de aquel viernes se habían publicado en internet memos y correos electrónicos robados a personal de la campaña de Emmanuel Macron. El momento de la publicación no era casual: fue justo antes del inicio de la jornada de reflexión, durante la cual los medios de comunicación no pueden hablar de nada relacionado con las elecciones. Eso obligaba a que las discusiones sobre el material filtrado tuvieran lugar exclusivamente en las redes sociales y en medios extranjeros.

El problema para los responsables de la filtración era que en aquellos documentos no había nada relevante. De hecho, enseguida se vio que el material filtrado contenía información equívoca fabricada para crear confusión:

The leak package is huge – 9Gb – suggesting at a quick glance (all the time anyone had) that there was a lot of scandalous or incriminating content. No such luck. Although this was promoted as #MacronLeaks, there are no emails from Macron. The majority of the package seems to be padding to fill it out.
The archive was intentionally packaged to give the appearance of a data dump containing documents, emails and other recent primary sources regarding Macron. It contains nothing of the sort. The packaging was maliciously crafted to deliberately mislead a cursory reading.
There is direct evidence that some of the documents have been altered from their original source. What actual tampering has been done is impossible to know given only the data supplied by the malicious agency. Some content is highly peculiar – an emailed receipt to an obscure old politician for 10 grams of 3MMC, purchased with Bitcoin, to be shipped direct to the National Assembly!
Foto de Louis Vest
La estrategia de quien estuviera detrás de ello era, según el investigador Thaddeus Grugq, publicar una gran cantidad de información imposible de analizar en el tiempo disponible antes de las elecciones, hacerlo justo antes de la jornada de reflexión para que los medios oficiales no pudieran desmentir nada, y aprovechar las redes sociales para hacer ruido y extender la propaganda (ibídem):

Package old intelligence data into an archive structured to appear like current Macron intel. Craft and amplify short scary narratives allegedly supported by evidence inside the leak – e.g. “Macron was in contact with a Mid East arms dealer, was he selling weapons to ISIS??” (reality: ISIS didn’t exist when the arms dealer sent those emails to someone not-Macron, and Macron was in school at the time.) Use the troll armies to amplify and promote the leak and the narratives. As soon as word of the massive leak, and the incendiary allegations, makes it out into the French consciousness the law will prohibit further analysis or discussion.
Era evidente que la filtración se produjo para influir en el resultado del sufragio. Ya había ocurrido algo similar en las elecciones estadounidenses del año pasado pero esta vez era demasiado descarado. En esta ocasión el titiritero había mostrado claramente los hilos, como si ya no necesitara esconderlos de las marionetas, convencido de que los cráneos de estas están totalmente huecos.

No será la última vez que tenga lugar una argucia de este tipo (aunque probablemente cambie la forma en la que se haga). Es el hecho que la sociedad civil siempre ha sido un objetivo relativamente indefenso de los gobiernos y las elites, los cuales aprovechan las nuevas plataformas de comunicación para sus planes:

Russia-linked cyber espionage campaigns, particularly those involving targeting around the 2016 U.S. elections, and more recently the 2017 French election, have dominated the media in recent months. As serious as these events are, often overlooked in both media and industry reports on cyber espionage is a critical and persistent victim group: global civil society.
A healthy, fully-functioning, and vibrant civil society is the antithesis of non-democratic rule, and as a consequence, powerful elites threatened by their actions routinely direct their powerful spying apparatuses toward civil society to infiltrate, anticipate, and even neutralize their activities. Unlike industry and government, however, civil society groups typically lack resources, institutional depth, and capacity to deal with these assaults. For different reasons, they also rarely factor into threat industry reporting or government policy around cyber espionage, and can be the silent, overlooked victims.
Como digo, nada de esto es nuevo. Desde siempre, los ciudadanos hemos tenido que guardarnos de las mentiras de nuestros propios mandatarios, así como de los embustes que llegan sobre ellos allende las fronteras:

In politics, the art of innuendo in the United States goes back to the birth of the nation in what were called "whispering campaigns." For example, rumors circulated that Thomas Jefferson was an atheist and had debauched a well-born Virginia belle, that Martin van Buren was the illegitimate son of Aaron Burr, that Andrew Jackson had lived with his wife before marriage, and that John Quincy Adams had acted as a pander for a Russian nobleman. The tradition continues into the modern era. In the 1970s, Richard Nixon's campaign staff hired "dirty tricksters" to spread rumors about leading Democratic candidates—rumors that many political analysts believe were at the heart of the withdrawal of front-runningEdmund Muskie from the presidential race.

[...] The use of factoids is also a common practice in campaigns against other nations. Adolf Hitler and his propaganda minister, Joseph Goebbels, mastered the art of what has been termed "the big lie." According to Nazi propaganda theory, one effective way to persuade the masses is to develop and repeat falsehoods—for example, "The German people are a master race; Europe is menaced by the Jewish conspiracy." Such big lies are difficult to prove false. For example, the fact that there is no evidence that a Jewish conspiracy exists is just further evidence regarding the cleverness of Jews. The big lie is then supported by many small but often irrelevant facts to make the big lie all that more believable—for example, some Jews own banks and Karl Marx, the founder of communism, was Jewish.
Pero no son solo los políticos quienes juegan a ser titiriteros. Cada uno de nosotros engulle diariamente toneladas de publicidad fabricadas por las marcas. Los personajes públicos, sean o no políticos, contratan asesores de imagen para moldear la percepción que tenemos de ellos. Personas con intereses comunes forman grupos de presión (lobbies, fundaciones, institutos, asociaciones, webs) para obtener privilegios, defender los que ya tienen o extender sus ideas económicas, políticas o religiosas. En el lugar de trabajo, nuestros compañeros y, especialmente, nuestros jefes, tratan de persuadirnos para que les ayudemos a alcanzar sus objetivos. En casa, nuestras parejas, hijos y amigos nos manipulan para que hagamos esto o aquello. A lo largo de nuestra vida todos estamos influidos por el zeitgeist.

No hay escapatoria. Incluso si estamos solos y aislados del resto de seres humanos cada uno de nosotros es su propio maestro de marionetas cuando cede a sus apetitos e instintos naturales, a los miedos que todos albergamos, a las ambiciones que nos impulsan.

Decía el Doctor Manhattan en Watchmen: «We're all puppets, Laurie. I'm just a puppet who can see the strings». Ese personaje de ficción se refería al determinismo de las leyes de la física, mientras que yo me refiero al control que los seres humanos tratamos de ejercer entre nuestros semejantes. En este caso el problema no es ver los hilos; todos sabemos que los políticos y los publicistas nos mienten para obtener algo de nosotros. El problema es conseguir ser inmune a sus tejemanejes. Por desgracia, el mero hecho de saber que el comunicador está tratando de influenciarnos no siempre nos protege de su mensaje:

A public opinion poll showed that the overwhelming majority of adult respondents believe television commercials contain untruthful arguments. Moreover, the results indicate that the more educated the person, the more skeptical, and that people who are skeptical believe their skepticism makes them immune to persuasion.

This might lead us to conclude that the mere fact of knowing a communicator is biased protects us from being influenced by the message. But [...] this is not always the case. Simply because we think we are immune to persuasion does not necessarily mean we are immune. For example, although attempts to teach children about advertising and its purposes have led to more skepticism about advertising, this skepticism seldom translates into less desire for advertised brands. Similarly, many adults tend to buy a specific brand for no other reason than the fact that it is heavily advertised.
Según Elliot Aronson, una de las razones de que esto ocurra es que solemos recibir esos mensajes cuando estamos distraídos, cansados o no nos apetece pensar. En esa situación nuestras defensas intelectuales no se despliegan, no nos esforzamos por refutar el mensaje y, como consecuencia, acabamos siendo convencidos. La publicidad es el ejemplo más obvio, con la política siguiéndole muy de cerca (en especial cuando la comunicación encaja con nuestros prejuicios o ideas).

Claro que ¿a quién le queda energías al final del día para informarse, contrastar y desmentir? Aronson termina su libro sobre el abuso de la propaganda con una lista de veinticuatro contramedidas pero todas ellas exceden las capacidades de una sola persona o exigen más esfuerzo del que un individuo común está dispuesto a invertir.

Todos somos marionetas y con frecuencia podemos ver los hilos. Lo que ocurre es que no hay un solo titiritero sino miles de ellos (incluyéndonos a nosotros mismos) y es muy difícil escapar de las cuerdas de todos.