lunes, 26 de septiembre de 2016

Ámsterdam en dos días (y III)

Nuestra visita no estaría completa si no entráramos a alguno de los más de cincuenta museos de la ciudad. Hay museos de todo tipo de colecciones pero los más conocidos probablemente sean el dedicado a Ana Frank, el Rijksmuseum y el de Van Gogh. Dos días no es tiempo suficiente para verlos todos, en parte por el tamaño de algunos (el Rijksmuseum es bastante grande) y en parte debido a las largas colas (incluso aunque se haya comprado la entrada por internet). Por tanto, habremos de elegir. Yo opté por el museo Van Gogh.

A pesar de no tener ni idea de arte, el museo dedicado a este artista me gustó, si bien hube de esperar más de una hora para entrar. Dos cuadros me maravillaron especialmente. El primero fue La cabaña, una de las muchas representaciones de la vida rural que creó Van Gogh. El efecto de la veta rojiza del cielo, cuyo contraste se une al del fuego dentro de la casa, me pareció sensacional. La estampa me recordó a la casa de mis abuelos en la aldea en la que había estado pocos días atrás. Me quedé embobado mirando aquel lienzo durante un buen rato. Ahora que lo he vuelto a ver en fotos puedo decir que no es lo mismo que tenerlo delante; en el museo impresiona mucho más.

La cabaña, Van Gogh

El otro cuadro que me emocionó fue Campo de trigo con cuervos, una de sus últimas obras. La sensación de soledad y tristeza que transmite esa pintura me cautivaron inmediatamente. Durante mucho tiempo, este se consideró el último trabajo del autor aunque en realidad pintó unos cuantos cuadros más después. Aunque Van Gogh nunca habló sobre este cuadro en concreto, escribió a su hermano Theo:

Hay vastos campos de trigo bajo un cielo agitado y no he tenido que esforzarme mucho en expresar la tristeza y la extrema soledad. Confío en que puedas verlos pronto porque pienso llevarlos a París cuanto antes ya que creo que esos lienzos te dirán lo que yo no puedo expresar con palabras: la salud y la fuerza regeneradora que veo en el campo.
Campo de trigo con cuervos, Van Gogh

Como ya sabrán, Van Gogh se suicidó. Quiso la casualidad que la exposición temporal que había el día de mi visita versara precisamente sobre la enfermedad mental del artista. Después del incidente de la oreja, en el que se cortó (total o parcialmente; no se sabe a ciencia cierta) dicho apéndice tras una discusión con Rembrandt, a quien admiraba profundamente, el pintor holandés decidió ingresar voluntariamente en el sanatorio de Saint-Rémy. Allí permaneció un año, hasta Mayo de 1890. Poco después de su salida, el 27 de julio, con treinta y siete años, se disparó en el pecho. Sin embargo, no murió inmediatamente: pudo volver a su albergue donde fue atendido por los médicos. Finalmente fue la infección resultante de la herida la que acabó con su vida dos días después. Según su hermano Theo, quien estuvo con él en esos últimos momentos, sus últimas palabras fueron: «la tristesse durera toujours» (la tristeza durará para siempre).

Esto es (casi) todo lo que puedo contarles sobre Ámsterdam. Habrán notado una clara omisión: los coffee shops. Mi interés por la marihuana es nulo de modo que, ante las limitaciones de tiempo, obvié la visita a dichos locales. Solo diré al respecto que el olor a marihuana quemada es prácticamente constante en el centro de la ciudad, que la hoja de cannabis es un motivo frecuente de los souvenirs (camisetas, tazas, llaveros y demás) y que se pueden comprar multitud de productos que cuentan entre sus ingredientes el cáñamo índico, desde té hasta chocolate.

Otra seña de identidad holandesa que me perdí fueron los molinos. A pocos kilómetros de Ámsterdam se encuentra el Zaanse Schans, un museo al aire libre con ocho molinos bien conservados y uno industrial que puede visitarse gratuitamente. Cerca de aquí se encuentra además el Museo del molino.

Quisiera terminar con un último apunte en lo atinente a las fuentes de los datos históricos y demás información proporcionada en esta serie de artículos. La mayor parte proviene de lo que nos contaron los guías, por lo que algunos datos o hechos pueden no ser correctos, si bien he procurado completar y ampliar sus afirmaciones con información de la Wikipedia y libros sobre Ámsterdam que pueden consultarse en Google Libros. Es posible que, aún así, haya errores u omisiones. Si encuentran alguno siéntanse libres de señalarlo en los comentarios.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Ámsterdam en dos días (II)

Después de mucho pasear empiezan a doler los pies y apetece sentarse un rato. La mejor opción para poder seguir haciendo turismo mientras descansamos es subirse a uno de los muchos paseos en barco por los canales que hay disponibles. En Ámsterdam hay tres canales principales (Prinsengracht, Herengracht y Keizersgracht) excavados en el siglo XVII que suman más de cien kilómetros de longitud. Sorprende que no haya ninguna valla o protección en sus lindes, razón por la cual muchas bicicletas, personas y coches acaban en el fondo de ellos. Yo mismo pude presenciar cómo una bici caía al agua tras recibir un golpe en un aparcamiento.

No solo es posible navegar por los canales (el desfile del Día del Orgullo Gay transcurre por ellos) sino que también pueden utilizarse como emplazamiento de una casa-barco. Sin embargo, actualmente ya no se conceden nuevos amarres por lo que los existentes tienen un precio bastante alto.

Las aguas de los canales se renuevan cada tres días con agua del río Amstel mediante la apertura de la presa, lo que hace que los canales estén más limpios de lo que su color sugiere a primera vista. El indicador más evidente de su limpieza quizá sea la ausencia de vegetación en la superficie del agua, algo que en los canales de otras ciudades (como Delft) llama la atención enseguida. El agua de los canales de Ámsterdam es lo suficientemente clara como para que cada año tenga lugar una competición de nado en ellos en la que ha participado hasta la mismísima reina de Holanda.

Foto de Mariano Mantel
Si no nos gustan los barcos siempre podemos coger una bicicleta, otra de las señas de identidad de la ciudad. Realmente aquí la bici se usa para todo: pueden verse madres llevando la compra en la cesta trasera y el bebé en la delantera mientras pedalean hablando por el móvil. Algo que me llamó la atención es que las bicicletas son, en su gran mayoría, una porquería (muchas no tienen ni marchas ni freno). Hay dos razones para ello: el clima, húmedo y corrosivo, y los robos, muy habituales. Una bicicleta nueva cuesta unos trescientos euros y una de segunda mano aproximadamente la mitad. Por contra, las robadas se venden a diez o veinte euros. Si incluso este último precio les parece excesivo siempre pueden utilizar el método que utilizan los ladrones autóctonos: pasear por los gigantescos aparcamientos para bicicletas que hay en la ciudad y llevarse aquella que el dueño no haya amarrado.

Al menos en lo que al centro de la ciudad se refiere, no encontré el paseo en bici tan cómodo como esperaba. Hay muchísimo tráfico ciclista y los carriles no son especialmente anchos. Igual que en países como España, a veces el carril desaparece sin más, desembocando en la carretera o en la vía del tram. Por el carril bici circulan también las motocicletas y puedo asegurarles que los nativos del lugar apuran mucho los espacios. Aunque las bicicletas tienen prioridad, la alta densidad de población y la mezcla de peatones, coches, tranvías y bicicletas hace que el tráfico sea caótico y que quienes no estamos acostumbrados tengamos que andar con mil ojos.

Ámsterdam es una ciudad arquitectónicamente congelada en el tiempo por decreto. Las fachadas han de respetarse e incluso las reformas en el interior de los hogares requieren un permiso. Un pequeño puñado de características define las casas de esta urbe. En primer lugar, son bajas, de tres o cuatro pisos a lo sumo, y muy estrechas. La estrechez se debe a que en la época en que se construyeron se cobraban impuestos en virtud de la amplitud de la fachada. Para compensar, las casas cuentan con grandes y numerosas ventanas divididas en ventanas más pequeñas que dan mayor sensación de amplitud.

El espacio interior de estas casas tan estrechas se logró a base de quitárselo a las escaleras. Así, las escaleras holandesas son muy particulares: de caracol, con giros muy cerrados y escalones diminutos, por lo que han de subirse y bajarse casi de puntillas. A consecuencia de ello es casi imposible subir cargado con algo por lo que se colocaba en el exterior de las viviendas un gancho en el que se podía montar una polea para subir los muebles introduciéndolos por las ventanas de los pisos superiores. Para evitar golpes y roces en este proceso las fachadas están inclinadas hacia delante, una característica que es evidente a primera vista.

Además de los ganchos para las poleas en todas las fachadas se pueden ver unos remates metálicos negros. Se trata de un elemento arquitectónico que recorre las vigas de la construcción por el interior y hace que la vivienda se mueva en bloque, de manera que si el terreno cede en una parte de la casa  la vivienda se incline en lugar de resquebrajarse. No olvidemos que Ámsterdam es una ciudad construida prácticamente sobre el fango. Situada a dos metros bajo el nivel del mar, buena parte de su superficie actual ha sido reclamada al océano. Los cimientos de la ciudad son enormes pilares de madera clavados en el lecho marino los cuales, al estar en un entorno anaerobio, no se pudren. Sin embargo, la estabilidad del terreno no está garantizada y de ahí que no sea raro encontrar construcciones ladeadas.

Por el centro de la ciudad también es común ver en las fachadas el escudo de la ciudad, dos bandas rojas verticales a ambos lados de una negra que contiene tres cruces de San Andrés de color blanco. San Andrés es el patrón de Escocia y de los pescadores, y una iglesia que lleva su nombre se alza al lado de la Estación Central. Hermano de Simón Pedro, fue el primer apóstol llamado por Jesucristo y murió crucificado en una cruz con forma de equis. Algunos creen que las tres cruces de San Andrés del escudo hacen referencia a los tres males de la ciudad: fuego, inundaciones y peste. Otra teoría sostiene que es el símbolo con el que se identificaban los barcos holandeses, pues los ingleses se señalaban con un símbolo parecido de una única cruz. Quizá la teoría más plausible es la que sitúa su origen en el escudo de la familia noble Persijn, pues el caballero Jan Persijn fue lord de Amstelledamme de 1280 a 1282 y dos localidades cercanas que también pertenecían a la familia muestran los mismos colores en sus escudos. Si esta teoría tampoco les convence quizá prefieran la que nos ofreció bromeando el guía: que las cruces representan las tres finales que ha perdido la selección nacional holandesa de fútbol.

Algunas casas muestran también en su exterior escudos representativos de las familias que vivieron en ellas. Según nos contaron, los holandeses no usaban apellidos hasta que Napoleón les obligó en 1811 a tener un registro de matrimonios, nacimientos y defunciones. Algunos holandeses se lo tomaron a guasa y se pusieron apellidos humorísticos o absurdos, los cuales perduran hasta hoy.

De nuevo en el interior de las viviendas, dos pequeñas cosas relacionadas con la misma causa llamaron mi atención. Los holandeses son los hombres más altos del mundo pero, curiosamente, a finales del siglo XIX eran conocidos por su baja estatura. Nadie sabe a ciencia cierta las causas del crecimiento de su población aunque hay muchas teorías al respecto. Sea cual sea la razón, la decoración refleja este hecho en aspectos como la altura del retrete, la longitud de la cama o la altura de los espejos.

También relacionado con la decoración interior, recuerdo haber andado camino del hotel el día de mi llegada y ver a una mujer a través de una ventana trabajando con el ordenador sentada en su mesa. La ventana era bastante grande y el interior se veía perfectamente así que pensé que se trataba de una oficina o tienda de algún tipo. Sin embargo, paseando por el centro de la ciudad observé que ocurría lo mismo, y es que en Ámsterdam las cortinas brillan por su ausencia incluso en las ventanas de las viviendas que están al nivel de la calle. Así, es posible ver a la gente comiendo o viendo la tele desde fuera. Según me dijeron, esta transparencia tiene su raíz en la máxima protestante de no tener nada que ocultar.

En lo que a comida se refiere, Holanda tiene la misma peculiaridad que otros países del norte de Europa, a saber: una gastronomía lamentable compensada con unos dulces exquisitos. Huelga decir que este país es famoso por sus quesos (Gouda, Edam) y su cerveza. En lo que a platos concretos se refiere, la sopa más popular de Holanda es la crema de guisantes (erwtensoep). También son típicos el arenque crudo (haring), una especie de croquetas que se sirven con mostaza (bitterballen) y un guiso de ternera muy adecuado para las bajas temperaturas del invierno (hutspot).

En realidad, la comida típica holandesa es la más difícil de encontrar en Ámsterdam, mientras que los restaurantes de comida rápida y de cocina de otras partes del mundo abundan en sus calles. En cuanto a los postres, tuve la suerte de ser invitado a la mejor tarta de manzana (appeltaart) de la ciudad en un local llamado Winkel, el cual cuenta entre sus clientes a personajes célebres como Bill Clinton. Otro dulce típico son los stroopwafel, una mezcla entre galleta y gofre rellena de caramelo a modo de sandwich. Una versión reducida del mismo puede tomarse con el café, colocando la galleta-gofre sobre la taza a modo de tapa de manera que el calor de la bebida derrita el caramelo. En cualquier caso, para mí los mejores dulces acabaron siendo los helados que probé en Delft y unas cookies que pude comprar en el mercadillo de dicha ciudad, verdaderas exquisiteces para un goloso como yo.

Continuará.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Ámsterdam en dos días (I)

La ciudad de Ámsterdam nació como un pequeño pueblo pesquero situado en una presa del río Amstel. De ahí su nombre original, Amstelredamme, ya que damme significa dique o presa. Según la leyenda, la ciudad fue fundada por dos pescadores y su perro quienes remontaron el río hasta que encontraron un lugar en el que les pareció bien asentarse. La primera referencia a Amstelredamme aparece en un documento con fecha veintisiete de octubre de 1275 en el que un noble llamado Floris V exime de impuestos a los «homines manentes apud Amstelledamme».

Imagen de Josep Mª Nolla
La plaza Dam está situada en la ubicación original de la presa que da nombre a la ciudad y es un buen lugar desde que el empezar la visita. En esta plaza se halla el Palacio Real, que se convirtió en tal cuando Luis Napoleón (el hermano de Napoleón Bonaparte) se mudó allí. Mirando el palacio de frente, a su derecha encontramos la Iglesia Nueva (Nieuwe Kerk) construida en el siglo XV. Frente a ambos edifcios, al otro lado de la plaza, se alza el Monumento Nacional, una construcción en recuerdo de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que otros monumentos por el estilo están hechos por los militares para los militares, este se diseñó para la ciudadanía común. Si el monumento al soldado caído que hay en Roma está cercado y custodiado por soldados, permaneciendo cerrado durante la noche, el holandés, por el contrario, está totalmente integrado en la plaza y los paseantes pueden sentarse en él. La pared semicircular del Monumento Nacional contiene once urnas con tierra procedente de campos de ejecución y cementerios de guerra, una por cada provincia holandesa.

Desde la plaza Dam podemos caminar por Damstraat para llegar al celebérrimo Barrio Rojo de Ámsterdam cuyo nombre coloquial, De Wallen, hace referencia a los muros de los dos canales que allí se cruzan. Este es un lugar que hay que visitar de noche pues se transforma espectacularmente: las luces rojizas de neón revelan establecimientos dedicados al sexo que pasan desapercibidos durante el día, y los famosos escaparates están ocupados por auténticas beldades con ropa interior brillante. Este barrio tiene su origen en el puerto que allí había, al cual arribaban barcos cargados de marineros ansiosos por aliviar sus instintos primarios. Curiosamente, junto a estas calles se encuentra la Iglesia Vieja (Oude Kerk), el edificio más antiguo de la ciudad (se construyó en el año 1213). Según el guía que nos la mostró, la Iglesia toleraba la actividad de las meretrices a cambio de que estas tuvieran a bien recordarle a sus clientes que habían pecado y que podían comprar el perdón en forma de bula papal en dicha iglesia.

Como quizá ya sepan, las chicas de los escaparates del Barrio Rojo de Ámsterdam son trabajadoras autónomas que pagan impuestos por su actividad y han de someterse a exámenes médicos. Cobran unos cincuenta euros por un cuarto de hora y, al estilo de Apple, cada pequeño extra conlleva un pago suplementario. Por ejemplo, si el cliente quiere tener sexo en más de una postura habrá de hacer un desembolso adicional. Estas mujeres cuentan con protección policial y está prohibido hacerles fotos aunque yo pude presenciar cómo una de ellas llevaba a cabo un baile sensual ante la cámara de un turista. Sorprende quizá la presencia de niños paseando por estas calles aunque los holandeses tienen la teoría de que los infantes no saben de qué va todo aquello y, en consecuencia, no les afecta.

Visto el Barrio Rojo podemos pasar al Barrio Chino, donde observaremos que los carteles de las calles muestran el nombre tanto con el alfabeto occidental como con el chino. En estas calles está el templo budista más grande de Europa, lo cual suena más impresionante de lo que verdaderamente es. En las cercanías encontraremos Nieuwmarkt, una pequeña plaza donde hay un mercadillo diario, amén de otro de antigüedades y un tercero de libros, dependiendo del día y de la estación del año. Esta plaza está dominada por el Waag, construcción que era en su origen medieval una de las puertas de la ciudad y fue reconvertida en casa de pesos y medidas una vez los muros de la ciudad fueron derribados en el siglo XVII. Durante la Segunda Guerra Mundial los nazis juntaban allí a los judíos que iban a ser llevados a campos de concentración. La razón para ello es que no muy lejos de esta plaza se halla el barrio judío, donde vivió el inmortal artista Rembrandt Harmenszoon van Rijn en una casa convertida ahora en museo. La arquitectura de este barrio no concuerda con la del resto de la ciudad ya que hubo de ser reconstruido tras la guerra. Después de ser desalojadas por los nazis, las casas fueron prácticamente desmantelada por los habitantes de Ámsterdam, quienes buscaban madera para calentarse y cualquier cosa que llevarse a la boca.

Hablar de Ámsterdam, judíos y nazismo es hablar de la casa de Ana Frank, el lugar donde aquella niña judía se escondió con el resto de su familia hasta que fueron descubiertos y enviados a campos de concentración. El único que sobrevivió fue el padre de Ana, Otto, quien publicó los diarios de su hija.

Al principio de la ocupación alemana, los nazis trataron de ganarse a los holandeses. Sin embargo, sus simpatías no incluían a los judíos quienes fueron perseguidos, cazados y expatriados a la fuerza como en el resto de territorios ocupados. La «sección de defensa» (WA) del partido pro-nazi holandés NSB hacía de las suyas por el barrio judío hasta que el once de febrero de 1941 se encontraron con un grupo de boxeadores. La batalla entre ambos bandos se saldó con graves heridas para el miembro de la WA Hendrik Koot, quien murió tres días después. Como represalia, los alemanes cercaron el barrio judío y prohibieron su entrada a los no judíos. Nuevas batallas campales tuvieron lugar en los días siguientes lo que desembocó en la deportación de cuatrocientos veinticinco judíos en el fin de semana siguiente. El Partido Comunista holandés, consciente del pogromo que estaba teniendo lugar, organizó una huelga que tuvo lugar el día 25. Los primeros en declararse en huelga fueron los conductores de tranvía, pues fue ese medio de transporte el que se usó para las deportaciones (concretamente la línea 8, hoy desaparecida). Enseguida se unieron el resto de servicios, resultando en una parálisis prácticamente completa de la ciudad. Aunque la huelga fue rápidamente suprimida por la policía alemana en los dos días siguientes, aquella acción fue la primera y única que tuvo lugar como protesta por el tratamiento de los judíos que estaban llevando a cabo los nazis. Los habitantes de Ámsterdam fueron los únicos que no miraron para otro lado y decidieron hacer algo al respecto.

Desde Niewmarkt podemos seguir la linde del canal Kloveniersburgwal para contemplar el edificio que fue sede de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC por sus siglas en holandés), fundada en 1602. Contaba con el monopolio del comercio oriental y, bajo prerrogativa real, poseía su propia moneda y su propio ejército, pudiendo declarar la guerra. Esta compañía creó el Amsterdam Stock Exchange situado en el número 5 de Beursplein para comerciar con sus acciones y bonos, siendo la primera empresa de la Historia en hacerlo.

Seguimos caminando por Kloveniersburgwal y doblamos por Nieuwe Doelenstraat para llegar a Muntplein, otra pequeña plaza que, en realidad, es un puente: el más ancho de Ámsterdam. Todos los puentes en Ámsterdam están numerados, teniendo el de Muntplein el número 1. Aquí veremos la torre Munt, la cual fue parte de una de las tres puertas medievales de la ciudad. Caminando por Rokin y siguiendo por Spui llegaremos a la capilla Begijnhof, un convento de monjas Beguinas. Las Beguinas eran una orden religiosa que vivía en comunidades monásticas pero no tomaban los votos de manera formal (no hacían voto de castidad, por ejemplo), por lo que técnicamente no eran monjas aunque se dedicaban a las mismas tareas. Como curiosidad de este lugar cabe destacar que la presencia masculina en su interior está prohibida a partir de las cinco de la tarde.

El pintoresco patio cerrado medieval de Begijnhof alberga un conjunto de edificios históricos dispuestos en torno a un espacio verde, e incluye la casa de madera más antigua de Ámsterdam. También hay una iglesia oculta que nació a partir del conflicto entre católicos y protestantes. Hasta 1578, Ámsterdam era católica en su mayoría pero a partir de ese año los protestantes prevalecieron en la ciudad, prohibiendo a los católicos profesar su fe públicamente. Las Beguinas rindieron su templo a los protestantes pero les fue permitido construir una iglesia con la condición de que no pareciera tal desde el exterior.

Continuará.

martes, 30 de agosto de 2016

Parada técnica

Merecidas o no, la cuestión es que estoy de vacaciones y, por primera vez, estoy aprovechando para viajar y conocer mundo por iniciativa propia. Está siendo el verano más extraño y emocionalmente intenso que recuerdo por lo que mi mente necesita una terapia de choque. No cuento con ningún escrito en la recámara que ofrecerles durante este periodo pero si su sed de citas es demasiado intensa siempre pueden pasarse por nuestro pequeño Pérgamo. Calculo que estaremos de vuelta allá por el doce de Septiembre. Hasta entonces ¡aguanten sin nosotros!

Foto de Pam Morris

lunes, 15 de agosto de 2016

La brecha

Para un periodista, algo que le sucede a un conocido es una tendencia, y si ese algo le sucede a un segundo conocido entonces se convierte en una tendencia confirmada. Hoy quiero hablarles de una tendencia confirmada según estos estándares que he detectado recientemente. Desconozco si se trata de un fenómeno real o una ilusión producto de la pequeña lente a través de la cual observo el mundo. Dos son mis fuentes de información en este caso. En primer lugar, la alta rotación de personal que hay en la empresa para la que trabajo. En segundo lugar, el hecho de que por sucesos imprevistos me he visto en la posición de entrevistador por primera vez en mi vida.

Imagen de Sawtooth
Quizá hayan oído en las noticias que faltan trabajadores cualificados en el sector de tecnologías de la información. Desde luego, mucho se ha escrito sobre ello. Las empresas aseguran que no encuentran personal preparado para cubrir los puestos vacantes mientras que los empleados sostienen que las compañías buscan «unicornios» o no están dispuestas a pagar por lo que demandan. Si están más interesados en este asunto la empresa TEKsystems es autora de unos interesantes informes e infografías al respecto. Sin embargo, la brecha a la que yo me refiero no es aquella entre lo que las empresas piden y lo que los empleados ofrecen, sino la que atañe al diferente nivel técnico que los trabajadores de este sector parecen exhibir.

Mi experiencia me dice que la distribución de capacidades técnicas en esto de «la informática» sigue una distribución bimodal, es decir, hay un grueso de trabajadores que andan justos de conocimientos y destreza, y otro grupo menos numeroso de verdaderos cracks. He buscado un poco por internet y he visto que no soy el único que piensa así:

I believe this is almost trivially true: developing ordered sequences of events to carry out specific tasks--algorithm development--is a completely unnatural activity that many people are really bad at. The average person is mediocre at following instructions. Actually creating them is much more difficult. And our evolutionary history does not suggest that the ability to create ordered sequences of instructions to carry out specific tasks has ever been strongly selected for, so we'd expect it--like any weakly selected trait--to have a pretty broad distribution in the population.
The model demonstrates that a broad distribution of ability when applied against a skill that has a highly non-linear contribution to success will result in a bimodal distribution of results of the kind observed in introductory computing (CS1). This does not mean that there is a "gene for programming" any more than there is a "gene for height", but that one or a small number of skills that must be above a given threshold to succeed in CS1 can easily explain the data.
Quizá sea cierto que no todo el mundo está capacitado para trabajar en el sector de TI. Cuando decidí dejar la fisioterapia y dedicarme a los ordenadores lo primero que hube de hacer es buscar un sitio donde formarme. Acudí a una academia privada donde nada más recibirme me dieron una batería de tests psicotécnicos bajo la premisa de que para dedicarse a esto «hay que tener la cabeza amueblada de cierta manera». Completé los ejercicios y la chica que me atendió me dijo que yo valía para este sector. Cuando finalmente entré en la formación reglada noté que en aquella clase había dos tipos de estudiantes: aquellos que sacaban sobresaliente en todo y aquellos otros que aprobaban a duras penas o suspendían, siendo el primer grupo mucho menor que el segundo.

He encontrado lo mismo en el mundo laboral. Como les decía, en mi empresa entra y sale gente a buen ritmo. Muchos son estudiantes sin experiencia pero también se contrata a gente ya curtida. Obviamente, eso significa que la gente de personal hace muchas entrevistas, habiendo yo colaborado en algunas de ellas. En ambos casos observo la misma brecha: la mayor parte de quienes se dedican a esto andan muy justos de talento y ganas, mientras que una pequeña parte son gente apasionada de gran capacidad. La brecha se nota también a nivel mundial: hay compañías cuya nacionalidad ya te adelanta que va a ser muy duro trabajar con ellos y otras cuya procedencia es sinónimo de calidad y exigencia. No creo que me equivoque si digo que los mejores ingenieros de este mundillo se hallan mayormente en Estados Unidos y en Irlanda, sede europea de las grandes empresas del sector (Google, Apple, Linkedin, Facebook, Twitter y demás).

Es un fenómeno que me inquieta, y no solo porque yo me halle en el vagón de cola del talento, lo que hace que me pregunte si seguiré encontrando trabajo en el futuro. Me inquieta porque las grandes empresas luchan entre ellas por lo más granado del sector (los gigantes) ofreciéndoles buenos salarios, beneficios sociales, planes de carrera y un largo etcétera. Además lideran la innovación, ya que su tamaño les hace enfrentarse a problemas radicalmente nuevos (por ejemplo: reconocimiento de voz, texto e imágenes, velocidad en las comunicaciones u optimización del uso de energía eléctrica). Por tanto, es lógico que la gente quiera trabajar, digamos, en Google. ¿Y qué pasa cuando a alguien lo contratan en una de las grandes del sector? Que recibe la mejor formación, que sus compañeros son los mejores y que lleva a cabo proyectos de gran alcance y complejidad. Los mejores se hacen así aún mejores.

Por su parte, las empresas más modestas solo pueden permitirse peces del Mar Muerto, así que no tienen otro remedio que cubrir sus posiciones con empleados mediocres, lo cual hace que sea aún más difícil luchar con las grandes firmas, máxime si tenemos en cuenta que estos negocios tienden a invertir lo mínimo posible en su fuerza de trabajo. Sus asalariados apenas reciben formación (si es que llegan a recibir alguna) y el único plan de carrera disponible es llegar a ser mando intermedio. Los trabajadores se ven obligados a pasar de un empleo a otro sin relación con el anterior para poder ganar algo más de dinero, desperdiciando así su capital de carrera.

Todo esto lleva a un ecosistema en el que las grandes compañías crecen monopolizando el talento, las startups aparecen con la misma velocidad con la que desaparecen, y los empleados se mueven de un lado para otro sin cesar (ya sea por voluntad propia u obligados) como si fueran todos iguales, cual peones en un tablero de ajedrez.

No voy a molestarme en tratar de averiguar las causas de este fenómeno que se retroalimenta. Obviamente, el sistema educativo de cada país tiene mucho que ver, así como la vocación individual. En cualquier caso, mi mayor preocupación es saber cómo seguir siendo relevante en este entorno. Yo no soy lo suficientemente bueno como para trabajar en sitios como Netflix, Intel o Microsoft pero tengo amigos que sí. Sus historias me hacen darme cuenta de que existe un «primer mundo» y un «tercer mundo» laboral en este sector, separados por un abismo que cada vez se hace mayor.

lunes, 8 de agosto de 2016

La zona de confort

Pocos años atrás, Invisible Kid me envió un vídeo (creo que era este) que explicaba en siete minutos el concepto de la zona de confort y las maravillas que supone salir de dicha zona. Aquel vídeo me dejó la sensación de que había algo absurdo o erróneo en lo que trataba de transmitir pero no supe articularlo en palabras. Según ha ido pasando el tiempo y he visto a gente sacar a colación el concepto puedo expresar por fin aquel sentimiento.

La idea de la zona de confort está relacionada con el rendimiento óptimo. Hace más de un siglo, los psicólogos Robert Yerkes y John Dodson llevaron a cabo un experimento con ratones sobre la formación de hábitos. La ley que lleva su nombre establece la relación existente entre el rendimiento y el estrés:

La ley de Yerkes-Dodson recoge tres estados principales: desvinculación, flujo y sobrecarga. Cada uno de ellos tiene una enorme influencia en nuestra capacidad de rendir al máximo: la desvinculación y la sobrecarga dan al traste con nuestros esfuerzos, mientras que el flujo les saca partido.

[...
 ] La relación entre estrés y rendimiento, reflejada en la ley de Yerkes-Dodson, indica que el aburrimiento y la desvinculación activan una cantidad excesivamente pequeña de las hormonas del estrés segregadas por el eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal, con lo que el rendimiento se resiente. Cuando nos sentimos más motivados y vinculados, el «estrés bueno» nos sitúa en la zona óptima, donde funcionamos en plenitud de condiciones. Si los problemas resultan excesivos y nos desbordan, entramos en la zona de agotamiento, donde los niveles de hormonas del estrés son demasiado elevados y entorpecen el rendimiento.
Imagen de Wikimedia Commons

La zona de confort es un estado de bajo o nulo estrés. Es la zona a la que tendemos por razones obvias pues nos proporciona seguridad y tranquilidad mental. Sin embargo, también es donde surge el aburrimiento y donde tendemos a desconectar de lo que estamos haciendo. La ley de Yerkes-Dodson dictamina que si queremos dar lo mejor de nosotros mismos debemos salir de la zona de confort y soportar un nivel de estrés adecuado (ni poco ni mucho), siendo el punto ideal aquel que nos sitúa en lo que Mihály Csíkszentmihályi denomina «estado de flujo»:

[E]l estado en el cual las personas se hallan tan involucradas en la actividad que nada más parece importarles; la experiencia, por sí misma, es tan placentera que las personas la realizarán incluso aunque tenga un gran coste, por el puro motivo de hacerla.
Hasta aquí las definiciones. Según la psicología popular, grandes beneficios esperan a quienes tengan por norma salir de su zona de confort, beneficios que en ningún momento pongo en duda. No obstante, un examen más detenido nos permitirá ver la vacuidad de una norma de vida que apela a huir constantemente de la zona de confort.

La ley de Yerkes-Dodson es conocida intuitivamente por muchas personas. Quienes compiten en algún deporte, verbigracia, saben que no es posible igualar el rendimiento de una competición en un entrenamiento, pues para dar el máximo se necesita ese estrés externo impuesto por el resto de competidores. Los estudiantes, aunque sea a regañadientes, habrán de reconocer que los exámenes son necesarios para asimilar la materia. Y creo que todo trabajador ha podido experimentar en primera persona cómo la productividad es mayor cuando se acerca la fecha límite o hay cierta urgencia en obtener resultados. Por tanto, la idea de salir de la zona de confort está un tanto vacía por obvia, pues muchos ya saben de entrada que para mejorar es necesaria cierta cantidad de estrés positivo (eustrés). Sin embargo, mi desazón con este nuevo mantra no tiene que ver con el hecho de que su lección principal no sea nada nuevo sino con su desnudez práctica. Sigan conmigo mis ideas para entender a qué me refiero.

Como hemos dicho antes, la zona de confort equivale a rutina. En nuestra vida diaria tenemos decenas de rutinas y, por tanto, decenas de zonas de confort, desde la forma en que conducimos hasta la forma en que trabajamos o criamos a nuestros hijos. Digamos que una tarde se hallan ustedes tumbados en el sofá perdiendo el tiempo viendo vídeos de gatitos y alguien les envía el enlace que les he comentado al principio. ¡Eureka! ¡Para ser mejor y para aprender debo salir de mi zona de confort! Genial. Y ahora ¿qué? Obviamente, no podemos salir de todas las zonas de confort a la vez, pues eso sería una receta segura hacia el fracaso. Por otra parte, no todos los aspectos de nuestra vida son igualmente importantes: quizá queramos mejorar en unos y no nos importe estar estancados en otros. De manera que hemos de elegir y elegimos. Y ahí está la trampa: ¿cómo sabemos que las zonas de confort de las que elegimos salir no son aquellas de las que nos es más confortable salir? Imaginemos que queremos ser mejores padres, deportistas y trabajadores, y nos centramos en lo segundo. Cabe la posibilidad de que nuestros cachorros prefieran que hubiéramos elegido lo primero y de que nuestros jefes y compañeros prefiriesen que hubiéramos optado por lo tercero. El caso es que hemos decidido ser mejores atletas, así que cambiamos nuestro entrenamiento –haciéndolo más duro– para salir de nuestra forma de confort y nos felicitamos por haberlo hecho. Pero tal vez hemos elegido eso porque cambiar de plan de entrenamiento es más fácil que ser mejor padre o porque nos da un mayor chute de endorfinas que aprender a hacer mejor nuestro trabajo. La cuestión es que, de entre todo el abanico de posibilidades, hemos elegido salir de una zona de confort que puede no ser la que más nos convenga objetivamente. Paradójicamente, al intentar salir de la zona de confort hemos permanecido dentro de ella.

Todo el razonamiento anterior puede sonar a perogrullo o antojarse irrelevante pero, a mi juicio, es la causa de uno de los usos más enervantes de este consejo, a saber, el hecho de que quienes lo promulgan lo hacen porque es lo que harían ellos en la misma situación. Por ejemplo, hablan ustedes con un amigo y le comentan que su relación de pareja no va bien, a lo que su amigo responde que sería mejor terminarla y buscar una pareja nueva. Puede que a pesar de los problemas en su relación ustedes estén a gusto en la casa que comparten con su cónyuge. Su amigo, que tiene tendencia a cortar lazos románticos ante el primer problema, les suelta un discurso sobre lo malo que es conformarse y cómo deben ustedes salir de su zona de confort. Así, su asesoramiento es inútil para ustedes pues realmente no les dice nada que les sirva, ya que simplemente refleja cómo es la otra persona y qué haría ella en nuestro lugar. De hecho, esa otra persona, al seguir su propio consejo, también sigue dentro de su zona de confort, pero no lo ve así porque tendemos a identificar erróneamente el hecho de salir de la zona de confort con el mero cambio.

El otro uso habitual de esta exhortación es meramente retórico y se da cuando alguien quiere que hagamos algo que nosotros no queremos hacer. Recientemente me han ofrecido un puesto de mando intermedio que no tengo la mínima intención de aceptar, algo que desde el departamento de recursos humanos han tomado como resistencia al cambio sin pararse a pensar que todos estos años yo he acumulado un capital en forma de conocimiento técnico que no puedo echar por la borda para dedicarme a algo que ni siquiera me interesa. El absurdo de reorientar completamente nuestra carrera laboral solo por salir de la zona de confort queda patente cuando le damos la la vuelta a la situación y le proponemos a alguien de recursos humanos que deje su puesto actual y pase a la programación informática.

Su esfuerzo por convencerme seguramente se deba a que simplificaría su trabajo, ya que se librarían de tener que buscar a otra persona en el mercado de trabajo, aunque también puede darse el caso de que realmente piensen que a mí me vendría bien hacerlo. Eso es algo que también sucede a menudo: personas que nos dan consejos porque creen que son bueno para nosotros. Por más que su intención sea loable, lo cierto es que no dejan de ser situaciones paternalistas en las que otra persona presupone saber mejor lo que nos conviene que nosotros mismos. Cabe la posibilidad de que realmente sea así, y yo soy el primero en dudar de que cada uno de nosotros sepa realmente lo que mejor le conviene, pero la experiencia me dice que –de nuevo– los consejos que recibimos de los demás tienen más que ver con su personalidad y sus experiencias que con el hecho de ayudar a quien los recibe.

La zona de confort está relacionada con el aprendizaje y la mejora de nuestras habilidades; no es un arma arrojadiza para persuadir a los demás de hacer cosas que no quieren hacer ni una alabanza del cambio. La lección de la ley de Yerkes-Dodson es que para rendir mejor un poco de estrés en forma de exámenes, plazos límites o listones más altos ayuda bastante, todo lo cual, por otra parte, ustedes ya lo sabían de antemano.

lunes, 1 de agosto de 2016

El tamaño importa (y IV)

He ahí el dilema. Hemos visto que un país pequeño puede tener un sistema político más cercano y un gobierno más ágil y eficiente, pero conlleva menos poder internacional. Por su parte, un gran país o conjunto de naciones tiene más fuerza en escenarios globales pero su burocracia es más ineficiente y la participación política de los ciudadanos es menos directa, por no mencionar que los grandes países a menudo imponen condiciones que perjudican a una minoría y benefician a quienes controlan el poder. Pero aún falta por considerar un tercer factor: la economía.

Los últimos cien años han sido, entre otras cosas, el siglo de la globalización financiera. Hemos presenciado cómo se expandía el libre comercio y cómo iban desapareciendo los controles al flujo internacional del capital. A consecuencia de ello, la importancia de los mercados internacionales ha ido creciendo. Eso tiene múltiples ventajas pero también genera tensiones, pues no existe un único conjunto de reglas al que atenerse o una autoridad final a la que recurrir en caso de disputa. Como explica Dani Rodrik:

Although economic globalization has enabled unprecedented levels of prosperity in advanced countries and has been a boon to hundreds of millions of poor workers in China and elsewhere in Asia, it rests on shaky pillars. Unlike national markets, which tend to be supported by domestic regulatory and political institutions, global markets are only “weakly embedded.” There is no global antitrust authority, no global lender of last resort, no global regulator, no global safety net, and, of course, no global democracy. In other words, global markets suffer from weak governance, and are therefore prone to instability, inefficiency, and weak popular legitimacy.
Foto de Derek Bruff
El TTIP es un nuevo ejemplo de las tensiones mencionadas y su significado en relación con el tema que estamos tratando se entiende fácilmente con el ejemplo de la carne de vacuno. En 1989 la Unión Europea prohibió las exportaciones estadounidenses de carne de vaca tratada con determinadas hormonas. Los Estados Unidos buscaron apoyo internacional para bloquear la directiva, sin éxito. Más tarde, en 1998, un órgano de la Organización Internacional de Comercio dictaminó que la prohibición impuesta por la UE violaba las reglas del comercio internacional. A pesar de ello, hasta la fecha, la Unión Europea no ha levantado el bloqueo. Hay que decir que la prohibición establecida no es una medida proteccionista pues no afecta solo a la carne americana, ya que está prohibido el uso de esas hormonas también en los países que forman parte de la Unión.

El TTIP busca reanudar las importaciones en ambos sentidos (Estados Unidos bloqueó la importación de carne de vacuno europea tras los brotes de encefalopatía espongiforme bovina). Si esto ocurre tendremos un nuevo caso en el que las reglas de un país o conjunto de ellos, redactadas por los representantes de los ciudadanos, son cambiadas por un mercado internacional cuyos actores principales (los miembros de la Organización Internacional de Comercio) son elegidos a dedo y no deben rendir cuentas ante los habitantes de los países que siguen sus reglas.

Así pues, tenemos un puzzle de tres piezas: estado-nación, sistema de gobierno y globalización económica. Según Dani Rodrik, de esos tres objetivos solo podemos alcanzar simultáneamente un máximo de dos (ibídem Rodrik):

In particular, you begin to understand what I will call the fundamental political trilemma of the world economy: we cannot simultaneously pursue democracy, national determination, and economic globalization. If we want to push globalization further, we have to give up either the nation state or democratic politics. If we want to maintain and deepen democracy, we have to choose between the nation state and international economic integration. And if we want to keep the nation state and self-determination, we have to choose between deepening democracy and deepening globalization. Our troubles have their roots in our reluctance to face up to these ineluctable choices.

Even though it is possible to advance both democracy and globalization, the trilemma suggests this requires the creation of a global political community that is vastly more ambitious than anything we have seen to date or are likely to experience soon. It would call for global rulemaking by democracy, supported by accountability mechanisms that go far beyond what we have at present. Democratic global governance of this sort is a chimera. There are too many differences among nation states, I shall argue, for their needs and preferences to be accommodated within common rules and institutions. Whatever global governance we can muster will support only a limited version of economic globalization. The great diversity that marks our current world renders hyperglobalization incompatible with democracy.

So we have to make some choices.
De acuerdo con este autor, la política nacional choca con los mercados internacionales, ante lo cual hay tres soluciones posibles. Primero, podemos restringir nuestro sistema político (por ejemplo, nuestra democracia) para minimizar los costes de transacción internacionales. Segundo, podemos limitar la globalización económica para tener un mejor gobierno doméstico. Finalmente, podemos tratar de extender la democracia al mundo entero, creando un único gobierno global (al estilo, verbigracia, de la Unión Europea), sacrificando así parte de la soberanía nacional. Como dicen los anglosajones: «pick your poison».

Desacoplar Estado, sociedad y mercado como proponen algunos es lo que da origen al trilema de la globalización: es como una partida multitudinaria de Monopoly en la cual cada participante juega según las reglas que utilizan en su casa (porque, como todos sabemos, los juegos de mesa tienen reglas distintas en cada hogar). A mi juicio, las élites perseguirán un mercado global y un gobierno mundial mientras que las poblaciones lucharán por su poder político y la soberanía nacional. Mientras tanto, los desequilibrios continuarán amontonándose y las tensiones seguirán ahí, con unos pensando que el vecino les lastra, los otros creyendo que es mejor andar unidos y los de más allá salmodiando que la mejor solución es «cada cual para sí».

lunes, 25 de julio de 2016

El tamaño importa (III)

Remontémonos en la historia de los homínidos y tratemos de imaginar (con algunas licencias narrativas) la vida de los neandertales. Pensemos en un neandertal que consigue comida. Otro neandertal que anda cerca, más alto y más fuerte, le quita el almuerzo a base de golpes. Entonces el primero, magullado, llama a su primo y ambos van a la caza, piedra en mano, del ladrón, que se lleva una buena paliza. Pero claro, el ladrón también tiene primos a los que recurrir. Comienza así un ciclo sobradamente conocido de «ojo por ojo, diente por diente, mano por mano y pie por pie; herida por herida, quemadura por quemadura». Un conflicto originalmente individual pasa a ser un enfrentamiento grupal. Ambos bandos se van haciendo cada vez más numerosos conforme más y más neandertales se unen a ellos, ya sea por la sed de sangre, la gloria o la protección que ofrece el grupo. Robert Nozick llamó a este tipo de organización una «asociación de protección mutua»:

En un estado de naturaleza un individuo puede, por sí mismo, imponer sus derechos, defenderse, exigir compensación y castigar (o, al menos, intentarlo lo mejor que pueda). Otros, a su llamada, pueden unírsele en su defensa. Pueden unírsele para repeler a un atacante o para perseguir a un agresor, ya sea porque tienen espíritu cívico, porque son sus amigos, porque fueron ayudados en el pasado, porque quieren que él les ayude en el futuro, o a cambio de algo. Grupos de individuos pueden formar asociaciones de protección mutua: todos responderán a la llamada de cualquier miembro en defensa o exigencia de sus derechos. La unión hace la fuerza.
Foto de Elan Magazine
Ser miembro de uno de estos grupos significa para cada individuo obtener protección, pero también implica apoyar a los demás en sus luchas. Esto conlleva tiempo y esfuerzo así que es lógico, en virtud de la división del trabajo, que solo algunos individuos se dediquen a proporcionar servicios de protección a tiempo completo. Pasamos así de asociaciones de protección mutua en las que todos colaboran a agencias de protección donde sólo algunos hacen el trabajo. Los neandertales pueden pagar a estas asociaciones de protección por sus servicios de la misma forma que se puede contratar a un guardaespaldas.

Nozick razonó que el número de agencias de protección se reduciría rápidamente a solo una que monopolizaría el uso de la violencia. Su argumento es que, desde el punto de vista económico, a las agencias les convendría más fusionarse o resolver sus disputas mediante la cooperación que luchando. Por otra parte, cuanto más grande sea una agencia mayor protección puede ofrecer y, en consecuencia, más clientes tendrá. Así es como surge, a través de una mano invisible, el Estado mínimo (ibídem Nozick):

De la anarquía, por la presión de agrupaciones espontáneas, asociaciones de protección mutua, división del trabajo, presiones del mercado, economías de escala e interés propio racional, surge algo que se parece mucho a un Estado mínimo o a un grupo de Estados mínimos geográficamente diferentes. ¿Por qué este mercado es distinto de otros mercados? ¿Por qué surgiría un virtual monopolio en este mercado, sin la intervención gubernamental que en otro lugar lo crea y lo mantiene? El valor del producto comprado, protección contra otros, es relativo: depende de lo fuertes que sean los otros. Sin embargo, a diferencia de otros productos que son comparativamente evaluados, no pueden coexistir unos servicios de protección máxima en competencia. La naturaleza de los servicios lleva a las agencias no sólo a competir por el patrocinio de clientes, sino que también las lleva a violentos conflictos entre sí. También, puesto que el valor del producto menor al máximo declina desproporcionadamente con el número que compra el producto máximo, los clientes no se mantendrán decididos por el menor bien y las agencias en competencia serán atrapadas en una espiral descendente.
La Unión Europea puede entenderse como una asociación de protección dominante. En el mundo actual todavía hay bandos más o menos delineados que luchan entre sí política, económica y militarmente. Es lógico, a consecuencia de ello, que en un «estado de naturaleza» global los países más pequeños quieran asociarse para hacer frente común frente a las grandes potencias. Esta es, según Jordi Molins, una de las grandes ventajas de la UE:

Pero a pesar de todo, «Europa» es una solución útil a un problema real. Y por lo tanto, es posible que tenga éxito. ¿Por qué es una solución útil? Por diversos motivos.

Primero, por una razón esencial que domina el mundo pero que, a menudo, no destacamos lo suficiente en nuestra opinión pública: la geoestrategia. Durante décadas, el mundo ha estado dominado por un poder monopolar: el mundo occidental, Estados Unidos y Europa Occidental. Pero como se puede morir de éxito, otras partes del mundo han copiado nuestros modelos de gestión (el capitalismo, el análisis de coste-beneficio, la democracia) y se han vuelto eficientes. En otras palabras, vamos hacia un mundo multipolar. China, la India, Rusia, Irán, Arabia Saudita, Turquía, Sudáfrica, Brasil, México... cada parte del mundo tendrá, cada vez más, un centro regional de poder, el cual no podrá ser ignorado por el resto.

Y, por lo tanto, las mesas de interlocución mundiales, donde se repartirá el pastel, cada vez importarán más. A los europeos nos falta una voz fuerte, nítida y, especialmente, con legitimidad, que no se pueda dudar que surge del pueblo europeo en su conjunto.
Si los europeos no hablamos con una única voz, sostiene Molins, las superpotencias negociarán con cada nación europea por separado, quizá enfrentándolas, para lograr hacer lo que mejor convenga a sus intereses. Si queremos evitar que los demás nos fuercen a hacer lo que no queremos hacer no queda otra opción que delegar parte de nuestro poder hacia una institución supranacional que pueda hacer prevalecer los intereses de sus miembros en los conflictos mundiales.

Adicionalmente, en el caso de Europa –continúa este autor– la unión económica abre la posibilidad de que el euro se convierta en una moneda de reserva a nivel mundial. Finalmente, algunos países europeos son demasiado pequeños para gestionar ciertos problemas (ibídem Molins):

Por ejemplo, la gestión de los puertos europeos no se puede realizar de manera eficiente desde un punto de vista únicamente nacional. Cuando nos enfrentamos con poderes tan temibles como China, debe haber una única voz que pueda hablar en nombre de todos los puertos europeos, desde Algeciras hasta El Pireo o Róterdam. Por ejemplo, cuando hablamos de infraestructuras energéticas, la decisión de qué nos conviene más, si el Nord Stream, el South Stream, Nabucco u otra solución —que requiere, por un lado, cruzar la geografía de varios países europeos y no europeos, y por otro, negociar con delicadeza pero con firmeza con países fuertes dentro de este mundo multipolar, como por ejemplo Rusia, Turquía o Irán—, no se puede tomar de manera aislada, desde un punto de vista estrictamente nacional, sino que hay que tener en cuenta una visión europea, e incluso, paneuropea.
Un Estado grande, o una unión de los mismos, puede verse entonces como un sindicato. A las empresas les interesa negociar los salarios individualmente mientras que los trabajadores tienen mayor poder de negociación cuando se unen y defienden sus intereses de forma común. Toda asociación mutua trae aparejada sus propios problemas de coordinación, eso es cierto, pero insistimos en ellas porque sabemos que la unión hace la fuerza necesaria para proteger nuestros derechos, defender nuestros intereses e integridad, exigir compensaciones o aplicar castigos.

Continuará.

lunes, 18 de julio de 2016

El tamaño importa (II)

Suiza: un país con una economía exuberante gracias al chocolate negro y al dinero negro. Suiza tiene el segundo mayor PIB per cápita nominal del mundo y ocupa el tercer puesto en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. No es miembro de la Unión Europea pero su gobierno ha firmado varios acuerdos bitalerales con la UE y participa en el Espacio de Schengen, el conjunto de países europeos que han abolido los controles en las fronteras comunes. Además forma parte de la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA, por sus siglas en inglés) junto con otros países que prefirieron no ingresar en la Unión Europea.

Foto de Benjamin Stäudinger
Con una población ligeramente superior a los ocho millones de personas, se trata del segundo Estado Federal más antiguo del mundo después del norteamericano. Su sistema político se rige sobre la base del republicanismo y la subsidiaridad, tratando de establecer un equilibrio entre los intereses del Estado en su conjunto y los intereses de los Estados miembros, los cantones. Cada cantón tiene su propia constitución y, aunque la legislación cantonal debe respetar el marco normativo del derecho Federal, todas las leyes federales deben ser aprobadas por los cantones. Los ciudadanos pueden decidir a través de mecanismos directos y participativos sobre asuntos municipales mediante la convocatoria de asambleas comunales. Se podría decir que es un país gobernado de abajo arriba.

Suiza es para muchas personas un modelo a seguir por múltiples razones. Quizá su sistema de gobierno, uno de los más descentralizados de la OECD, sea la causa de su estabilidad económica y política, y de su éxito como país:

It is not quite true that the Swiss do not have a government. What they do not have is a large central government, or what the common discourse describes as “the” government—what governs them is entirely bottom-up, municipal of sorts, regional entities called cantons, near-sovereign mini-states united in a confederation. There is plenty of volatility, with enmities between residents that stay at the level of fights over water fountains or other such uninspiring debates. This is not necessarily pleasant, since neighbors are transformed into busybodies—this is a dictatorship from the bottom, not from the top, but a dictatorship nevertheless. But this bottom-up form of dictatorship provides protection against the romanticism of utopias, since no big ideas can be generated in such an unintellectual atmosphere [...]. But the system produces stability—boring stability—at every possible level.
Tal vez ese sea el mejor sistema: un conjunto de municipios autogobernados asociados entre sí. Esta organización, según Taleb, está más en línea con nuestros orígenes biológicos, es más estable a nivel global (aunque menos a nivel local) y evita todos los problemas típicos de los grandes estados centralizados que enumeramos en el artículo anterior. Desafortunadamente, un sistema así difícilmente funcionaría a gran escala (ibídem Taleb):

It is not scalable (or what is called invariant under scale transformation): in other words, if you increase the size, say, multiply the number of people in a community by a hundred, you will have markedly different dynamics. A large state does not behave at all like a gigantic municipality, much as a baby human does not resemble a smaller adult. The difference is qualitative: the increase in the number of persons in a given community alters the quality of the relationship between parties. Recall the nonlinearity description from the Prologue. If you multiply by ten the number of persons in a given entity, you do not preserve the properties: there is a transformation. Here conversations switch from the mundane—but effective—to abstract numbers, more interesting, more academic perhaps, but, alas, less effective.
Jared Diamond, autor de la conocida obra Armas, gérmenes y acero, discute cuatro razones por las que las sociedades formadas por cientos de miles de personas no pueden organizarse como una horda o una tribu, a saber: resolución de conflictos, toma de decisiones, razones económicas y problemas de espacio. Tal como escribe:

En una horda, en la que todos están estrechamente emparentados con todos, personas emparentadas simultáneamente con las dos partes contendientes se interponen para mediar en las disputas. En una tribu, en la que muchas personas siguen siendo familiares cercanos y todo el mundo al menos conoce a todo el mundo por su nombre, los familiares mutuos y los amigos mutuos median en las disputas. Pero una vez que se ha traspasado el umbral de «varios cientos», por debajo del cual todo el mundo puede conocer a todo el mundo, el creciente número de diadas se convierte en pares de extraños no emparentados. Cuando dos extraños luchan, pocas personas presentes serán amigos o familiares de ambos contendientes, con interés personal en detener la lucha. [...] De ahí que una sociedad grande que continúe dejando la resolución de los conflictos a todos sus miembros tenga garantizada la explosión.

[...] Una segunda razón es la creciente imposibilidad de tomar decisiones de forma comunitaria a medida que aumenta el tamaño de la población. La toma de decisiones por toda la población adulta sigue siendo posible en los poblados de Nueva Guinea de tamaño bastante reducido como para que las noticias y la información lleguen rápidamente a todo el mundo, para que todo el mundo pueda escuchar a todo el mundo en una junta general de la aldea, y para que todo aquel que desee hablar en la asamblea tenga la oportunidad de hacerlo. Pero todos estos requisitos previos para la toma de decisiones comunitaria llegan a ser inalcanzables en las comunidades mucho más grandes.

[...] Una tercera razón tiene que ver con consideraciones de tipo económico. Toda sociedad requiere un medio para transferir productos entre sus miembros. [...] En las sociedades pequeñas que tienen pocos pares de miembros, las necesarias transferencias de productos resultantes pueden organizarse directamente entre pares de individuos o familias, mediante intercambios mutuos. Pero las mismas matemáticas que hacen ineficiente la resolución directa de conflictos en lo que respecta a pares en las sociedades grandes hace que sean también ineficientes las transferencias económicas directas entre pares.

[...] Una última consideración que exige una organización compleja para las grandes sociedades tiene que ver con la densidad de población. Las sociedades grandes de productores de alimentos tienen no sólo más población en número, sino también una densidad de población más alta que las pequeñas hordas de cazadores-recolectores. [...] A medida que la densidad de población aumenta, el territorio de esa población con tamaño de horda de unas decenas de personas quedaría reducido a una pequeña superficie, donde cada vez más necesidades de la vida habrían de obtenerse fuera de la zona. Por ejemplo, no se podrían dividir los escasos 40 000 km2 de Holanda y sus 16 millones de habitantes en 800 000 territorios individuales, cada uno de 5 ha y que sirviera de hogar a una horda autónoma de veinte personas que quedarían confinadas de manera autosuficiente dentro de sus 5 ha, aprovechando ocasionalmente una tregua temporal para llegar hasta las fronteras de su minúsculo territorio con el fin de intercambiar algunos productos comerciales y novias con la horda siguiente.
De hecho, incluso Suiza ha tendido a la agregación en los últimos tiempos. En 1999, las autoridades federales reunieron a los veintiséis cantones en siente mancomunidades, siendo una de las razones para ello el hecho de que muchos problemas conciernen a la nación entera y algunos asuntos no se pueden delegar a las autoridades locales.

Parece, pues, que el propio tamaño de una nación determina (al menos en parte) su sistema político. Si queremos un gran país, de decenas o cientos de millones de personas, acabaremos con un gobierno centralizado y una burocracia grande y lenta. Por el contrario, un país pequeño puede evitar esos problemas gracias a un gobierno descentralizado, con la ventaja añadida de que los ciudadanos pueden participar de manera más directa en las tareas legislativas.

Por lo que hemos visto hasta ahora, un sistema político pequeño y descentralizado parece más ventajoso en teoría. Si dichos sistemas permiten organizarse de forma más estable y eficiente ¿por qué molestarse en un proyecto como la Unión Europea? (aparte, claro está, de para evitar más guerras en el continente). Si bien los estatutos de la UE impiden una centralización al estilo estadounidense lo cierto es que se tiende a la uniformidad legislativa, especialmente en asuntos fiscales. Como hemos visto durante la crisis financiera, Bruselas ejerce un gran poder sobre los ciudadanos de todos los países miembros. ¿Por qué renunciar a un gobierno cercano, descentralizado, ágil y de participación más directa en favor de uno supranacional, centralizado, burocrático y lejano?

Continuará.

lunes, 11 de julio de 2016

El tamaño importa (I)

No, no vamos a hablar de sexo ni de genitales humanos. En lugar de eso aprovecharemos que el brexit pasa por Europa para reflexionar sobre el tamaño ideal de un Estado, un tema infinitamente más interesante que el sexo. ¿Verdad?

Imagen de Guy Sie
La hipotética salida del Reino Unido de la Unión Europea, su causa y su desenlace, plantea interesantes preguntas sobre política, economía y democracia. Muchos creen que los ciudadanos de aquel país se han disparado en el pie votando a favor de la salida. Las razones para ello son variadas aunque las que más he visto repetirse tienen que ver con el fin del libre tránsito de personas y las consecuencias económicas. Sin embargo, hay también muchas personas que creen que el fin de esta asociación es buena cosa. Los argumentos de estos últimos son de corte liberal o anarquista y se centran en los problemas que supone una gran nación o conjunto de naciones, haciendo especial énfasis en dos áreas: eficiencia y libertad individual.

Para algunos, los Estados-nación actuales están abocados a su desintegración mientras que la pequeña ciudad-estado sería la forma natural de organización política. El reducido tamaño de las segundas les permite evolucionar más rápidamente, probar cosas nuevas a menudo y, en definitiva, progresar más rápido. Eso sería posible porque es más fácil poner de acuerdo a un pequeño conjunto de personas que a millones de ellas lo cual se traduce (teóricamente) en más agilidad burocrática y legislativa, más competitividad y mayor eficacia.

Para otros, el problema de las grandes naciones o supra-naciones es la concentración del poder político:

The concentration of power is a great enemy of liberty.Political power (if it exists) should be as decentralized as possible. The further away the power center from the individual, the harder it is to change it. If the centralization of power reaches a global scale, it becomes impossible to change.
Naturally, those who have a lust for power also have a lust for global government. Britain's vote threw a major monkey wrench into the scheme.
Porque ello limita la libertad de los individuos:

¿Por qué no una UE con un gobierno fuerte? ¿Qué riesgo puede haber en su deriva cada vez más intervencionista? La fusión de Estado y sociedad nos impide entender la peligrosa relación que hay entre la extensión del Poder y la preservación de la libertad del individuo (sociedad).

[...] la unificación política puede suponer un peligro para la integración de las sociedades a través de una tendencia hacia la cartelización de las políticas públicas y, por tanto, a través de la falta de competencia entre Estados, lo que agranda su intervencionismo y los vuelve más poderosos sobre el individuo (la sociedad).
En la Unión Europea ambos problemas son reales. Los ciudadanos votamos para elegir a nuestros gobernantes a nivel nacional pero luego estos representantes se asocian y trabajan con instituciones cuyos dirigentes no son elegidos democráticamente: el Banco Central Europeo, la Comisión Europea, el Consejo Europeo, etcétera. Así, hay quien sostiene que «la Unión Europea está gobernada por 2.000 personas que no son elegidas, y pasan de unos puestos a otros sin responsabilidad sobre sus decisiones, que afectan a millones de personas». A la falta de responsabilidad democrática se une el problema de la centralización del poder político, fenómeno que facilita el trabajo de los grupos de presión y suele desembocar en corrupción y malversación de fondos públicos. Finalmente, están los problemas de la eficiencia ya comentados: burocracias grandes y lentas, así como parálisis en las decisiones por falta de acuerdos.

Es posible que las dificultades mencionadas se deban a que los humanos no estamos diseñados por la naturaleza para funcionar en grupos muy grandes y diversos. Como todos sabemos, los conflictos interpersonales son inevitables incluso en grupos pequeños. Cuanto mayor es la sociedad mayor es también la cantidad de desencuentros, con la desventaja añadida de que los miembros de dicha sociedad no se conocen personalmente entre ellos. Esto hace que el prójimo se convierta en una idea ajena, abstracta, incapaz de activar en nosotros las emociones que provoca la empatía. Nos aleja del mal ajeno y anestesia nuestro sentido de la responsabilidad, fenómeno especialmente grave cuando se produce en los funcionarios que nos gobiernan. Tal como explica Nassim Taleb:

[B]iology plays a role in a municipal environment, not in a larger system. An administration is shielded from having to feel the sting of shame (with flushing in his face), a biological reaction to overspending and other failures such as killing people in Vietnam. Eye contact with one’s peers changes one’s behavior. But for a desk-grounded office leech, a number is a just a number. Someone you see in church Sunday morning would feel uncomfortable for his mistakes—and more responsible for them. On the small, local scale, his body and biological response would direct him to avoid causing harm to others. On a large scale, others are abstract items; given the lack of social contact with the people concerned, the civil servant’s brain leads rather than his emotions—with numbers, spreadsheets, statistics, more spreadsheets, and theories.

There is another issue with the abstract state, a psychological one. We humans scorn what is not concrete. We are more easily swayed by a crying baby than by thousands of people dying elsewhere that do not make it to our living room through the TV set. The one case is a tragedy, the other a statistic. Our emotional energy is blind to probability. The media make things worse as they play on our infatuation with anecdotes, our thirst for the sensational, and they cause a great deal of unfairness that way. At the present time, one person is dying of diabetes every seven seconds, but the news can only talk about victims of hurricanes with houses flying in the air.
Cuanto menos se parezcan las costumbres o formas de pensar de los otros miembros de la comunidad a las nuestras, más improbable es que los ayudemos. Esto no sería un problema si no fuera porque, como hemos visto durante la crisis financiera, en ocasiones los ciudadanos de algunos países se ven forzados a hacer sacrificios en favor de los habitantes de otras naciones cuyos problemas no conoce o no le importan. Sabemos de sobra que cuando hay que sacrificarse cada cual quiere llevar el agua a su molino. El economista austríaco Friedrich Hayek señaló este problema mientras los europeos aún se mataban unos a otros en la Segunda Guerra Mundial:

Se puede persuadir fácilmente ala gente de cualquier país para que haga un sacrificio a fin de ayudar a lo que considera como «su» industria siderúrgica o «su» agricultura, o para que en el país nadie caiga por debajo de un cierto nivel de vida. Cuando se trata de ayudar a personas cuyos hábitos de vida y formas de pensar nos son familiares, o de corregirla distribución de las rentas o las condiciones de trabajo de gentes que nos podemos imaginar bien y cuyos criterios sobre su situación adecuada son, en lo fundamental, semejantes a los nuestros, estamos generalmente dispuestos a hacer algún sacrificio. Pero basta parar mientes en los problemas que surgirían de la planificación económica aun en un área tan limitada como Europa occidental, para ver que faltan por completo las bases morales de una empresa semejante. ¿Quién se imagina que existan algunos ideales comunes de justicia distributiva gracias a los cuales el pescador noruego consentiría en aplazar sus proyectos de mejora económica para ayudar a sus compañeros portugueses, o el trabajador holandés en comprar más cara su bicicleta para ayudar a la industria mecánica de Coventry, o el campesino francés en pagar más impuestos para ayudar a la industrialización de Italia?

En realidad, el número y la gravedad de los conflictos no sería un problema si no fuera porque carecemos de buenos sistemas para resolverlos, un hecho que cualquier persona puede constatar en una reunión de vecinos o en un grupo de WhatsApp. La deliberación pública, aquella en la que todo el mundo puede escuchar a todo el mundo, así como hablar cuando lo desee, es impracticable a nivel nacional. Recordemos, además, que cuando las personas hablamos de política no buscamos la verdad, sino convencer al otro.
Continuará.

lunes, 27 de junio de 2016

Lotocracia (y II)

Para Álex Guerrero, quien desarrolla su propuesta en un artículo que yo resumo aquí, la lotocracia tiene grandes ventajas. En primer lugar, suprime algunas fuentes clásicas de corrupción. Por ejemplo, como los miembros del gobierno no necesitan el favor de nadie para llegar al poder, no tienen deudas que saldar. A esto hay que sumar el hecho de que la elección aleatoria deja fuera de la ecuación la ambición política y la sed de poder por el poder. Finalmente, sube enormemente los costes de captación para los grupos de presión.

Foto de Jeremy Brooks
Además, este sistema es indudablemente más representativo: el parlamento aglutinaría un espectro mucho más amplio de experiencias vitales, ideas, creencias, clases sociales, estilos de vida y conocimiento. También es más igualitario ya que, aunque en teoría (casi) cualquier ciudadano puede optar a ser diputado en el sistema actual son aquellos con dinero, contactos y don de gentes (entre otras cosas) los únicos que realmente pueden optar a un asiento. En una lotocracia, por el contrario, nadie está mejor posicionado para mandar que otro. Finalmente, un sistema así puede permitirse el lujo de tener una visión política a largo plazo al no necesitar resultados inmediatos de cara a la reelección, lo cual permitiría tomar decisiones que no hipotecaran nuestro futuro.

Un propuesta como esta sin duda encontraría una gran oposición, y no solo por parte de aquellos a los que se les acabaría el chollo. La objeción más probable seguramente estaría relacionada con la competencia: solo Dios sabe qué destino le aguardaría a un país gobernado por forococheros, canis, espectadores y participantes de Hombres, mujeres y viceversa, y demás fauna. A esto hay al menos dos respuestas posibles. Primero, que el argumento de la falta de competencia supone que los políticos actuales son capaces de tomar mejores decisiones que un grupo de ciudadanos elegido al azar, algo que, hasta donde yo sé, no ha sido demostrado empíricamente (si creen que eso es algo evidente en sí mismo les remito a nuestra discusión sobre los expertos). Segundo, se podrían establecer unos requisitos mínimos de educación para ser elegible (aunque eso sería un debate en sí mismo). En cualquier caso, la idea de Guerrero incluye un periodo previo de formación en aquel aspecto en el que vaya a centrarse la legislatura.

Otro inconveniente tiene que ver con la política exterior y la incertidumbre sobre qué pasaría si gente llana tuviera que interactuar con políticos experimentados. Cabe pensar que los primeros podrían ser engañados fácilmente por estos últimos, más acostumbrados a la negociación y más duchos en la manipulación en general. Una dificultad adicional es que, como hemos dicho, los ciudadanos elegidos habrían de ser formados previamente para poder legislar, lo que introduce el dilema acerca de qué expertos se eligen para formarles. Este es un aspecto especialmente en importante en economía, donde la ideología aún juega un papel primordial.

Como último inconveniente encontramos que, si reemplazamos las elecciones por la alternativa lotocrática, aquellos que nunca resultan elegidos en el sorteo pierden todo su poder político. En un país de más de cuarenta millones de personas y trescientos cincuenta escaños como España, las probabilidades de un ciudadano de ser elegido en alguna legislatura a lo largo de su vida serían bastante escasas. Recordemos, no obstante, que la lotocracia no está reñida con las elecciones u otro tipo de votaciones.

A mí me encantaría probar este sistema. Como informático, he aprendido a amar la aleatoriedad ya que, utilizada juiciosamente, puede reportarnos grandes beneficios. En inteligencia artificial, por ejemplo, el azar se utiliza para evitar lo que se llaman «máximos locales», esto es, soluciones óptimas que no son la mejor de entre todo el abanico de soluciones posibles, sino solo de una pequeña parte de ese conjunto. La aleatoriedad es la base también de la evolución natural y otros sistemas naturales. Nassim Taleb describe más usos del azar en su último libro (énfasis en el original):

The idea of injecting random noise into a system to improve its functioning has been applied across fields. By a mechanism called stochastic resonance, adding random noise to the background makes you hear the sounds (say, music) with more accuracy. We saw earlier that the psychological effect of overcompensation helps us get signals in the midst of noise; here it is not psychological but a physical property of the system. Weak SOS signals, too weak to get picked up by remote receptors, can become audible in the presence of background noise and random interference. By adding to the signal, random hiss allows it to rise sufficiently above the threshold of detection to become audible—nothing in that situation does better than randomness, which comes for free.

Consider the method of annealing in metallurgy, a technique used to make metal stronger and more homogeneous. It involves the heating and controlled cooling of a material, to increase the size of the crystals and reduce their defects. [...] the heat causes the atoms to become unstuck from their initial positions and wander randomly through states of higher energy; the cooling gives them more chances of finding new, better configurations.

[...] Inspired by the metallurgical technique, mathematicians use a method of computer simulation called simulated annealing to bring more general optimal solutions to problems and situations, solutions that only randomness can deliver.
No es de extrañar, por tanto, que Taleb abogue también por un sistema lotocrático (ibídem):

[W]e should have citizens randomize the jobs of rulers, naming them by raffles and removing them at random as well. That is similar to simulated annealing—and it happens to be no less effective. It turned out that the ancients—again, those ancients!—were aware of it: the members of the Athenian assemblies were chosen by lot, a method meant to protect the system from degeneracy. Luckily, this effect has been investigated with modern political systems. In a computer simulation, Alessandro Pluchino and his colleagues showed how adding a certain number of randomly selected politicians to the process can improve the functioning of the parliamentary system.

A mi juicio, la lotocracia comparte una característica con el capitalismo: explotar el egoísmo de la gente. Para la mayor parte de los españoles, un sueldo a partir de cincuenta mil euros anuales (lo que cobran los diputados españoles) es mucho más de aquello a lo que podrán aspirar en su vida, máxime si tenemos en cuenta la gran cantidad de paro que tenemos. Ciertamente, algunas personas saldrían perdiendo con el cambio, pero eso podría incluso ser buena cosa: desplazaría el foco actual centrado en los problemas de los más ricos hacia la base de la pirámide de población. En cualquier caso, también hay que considerar que dejar nuestro trabajo actual durante cuatro años puede hacerle un flaco favor a nuestra carrera profesional, especialmente si trabajamos en un área que cambia rápidamente y donde en pocos meses uno se queda atrás.

Quien quiera poner a prueba un sistema así en España obviamente tendrá que ponerse en lo peor. Deberá asumir, verbigracia, que todos los ciudadanos elegidos por sorteo se dedicarán a enriquecerse con comisiones ilícitas, que serán ignorantes y no estarán interesados en aprender, o que tomarán malas decisiones a propósito, solo para fastidiar. Aún así, yo creo que hay suficientes maneras posibles de implementar la lotocracia como para poder sacarle partido.

lunes, 20 de junio de 2016

Lotocracia (I)

La semana que viene los españoles tenemos de nuevo la oportunidad de elegir a nuestros representantes en el Congreso y el Senado. Otra vez han llegado a cada casa papeletas de los partidos con una lista de nombres que, salvo los primeros de la misma, son prácticamente desconocidos para la mayoría. La fama de estos interfectos parece ir pareja con su importancia pues, como escribe César Vidal, en el sistema electoral actual todas esas personas no son realmente importantes:

Con el actual sistema proporcional, en las campañas electorales españolas lo único relevante son los líderes de los partidos. Los demás miembros de la lista cerrada y bloqueada son ceros a la izquierda, ilustres desconocidos a los que a nadie importa qué piensan o qué dicen. Se cumplen los ciclos electorales uno tras otro y sigue sin saberse si piensan o si dicen. [...] La lealtad básica en un sistema mayoritario de circunscripciones uninominales va del cargo electo a sus electores, no del cargo electo hacia su partido. En un sistema proporcional, por razones obvias, la lealtad va al partido.
Foto de Tomasz Krawczak
De pequeño me preguntaba (y no creo que haya sido el único) por qué había que elegir a unos pocos para gobernar el país, y por qué estos no preguntaban al resto de los ciudadanos su opinión cuando tomaban decisiones. Me preguntaba, en definitiva, por qué tenemos una democracia representativa en lugar de una democracia directa. Esta última parece la forma más pura (por así decirlo) de democracia: todo el mundo tiene voz y voto, todas las personas tienen la misma importancia y cantidad de poder, y todos los puntos de vista están contemplados.

Hasta la popularización de internet la respuesta más obvia es que no era posible en la práctica implementar un sistema directo cuando la ciudadanía la forman decenas de millones de personas. Incluso aunque ahora buena parte de la población esté conectada algunas personas seguirían excluidas, por no hablar de que la seguridad informática no ha madurado lo suficiente como para garantizar la integridad del proceso y los resultados. Supongamos no obstante, por mor del argumento, que se pudiera hacer política directamente a través de nuestro navegador de forma fiable. ¿Qué razones podrían aducirse para seguir optando por una democracia representativa?

Quizá el argumento más importante a favor de los representantes políticos sea el epistémico, relacionado con la especialización y la división del trabajo. De igual forma que llamamos a un fontanero para arreglar las cañerías y a un mecánico para arreglar el coche, actualmente tenemos a un conjunto de personas cuyo campo de especialización son los problemas políticos. Estas personas dedican (en teoría) todo su tiempo a aprender aquello que es relevante sobre los asuntos de la nación y pueden (de nuevo, en teoría) tomar decisiones informadas. Imaginen que después de llegar a casa tras doce horas de trabajo tuvieran ustedes que informarse para votar al día siguiente sobre una nueva ley que especifica las sustancias químicas permisibles en los alimentos en conserva.

La idea de optar por políticos para gobernar por nosotros descansa en la tesis de que estos profesionales, gracias a su formación y especialización, son capaces de tomar mejores decisiones para el país que el ciudadano medio. Sin embargo, la práctica nos hace ver que hay mucho margen para el escepticismo. No tenemos, verbigracia, ninguna prueba de que estos prohombres sean de una inteligencia o virtud moral superior a la media, dos cualidades que probablemente sean deseables en jefes de gobierno. En muchos casos tampoco tienen el conocimiento especializado que se necesita para tomar buenas decisiones, como muestra el hecho de que justifican la labor de los lobbies argumentando que un político no puede saberlo todo sobre todo. También parece ocurrir que las cualidades técnicas que aprende un político a lo largo de su carrera no están tan relacionadas con el buen gobierno como con la capacidad de abrirse paso en el partido y lograr convencer a los ciudadanos de que voten por él. Una vez en el poder, las decisiones que toman estas personas tienen múltiples sesgos, desde el pago de favores hasta la corrupción simple y llana, pasando por el sempiterno compadreo.

La causa principal de la corrupción y el mal gobierno es, probablemente, que los políticos no tienen una responsabilidad real. Salvo para quienes aman el poder en sí mismo y aquellos que buscan enriquecerse con la política, poca diferencia hay –creo yo– entre estar en el Gobierno o en la oposición. Los miembros de cualquier partido político pueden arruinar el país entero sin que les afecte de forma importante. No se juegan nada.

Pero incluso aunque existiera un sistema de castigo directo en caso de hacerlo mal (pongamos por caso, una buena tanda de latigazos) seguiríamos encontrándonos con tres problemas, a saber: que los ciudadanos desconocemos qué hacen nuestros políticos la mayor parte del tiempo, que somos unos completos ignorantes en la mayoría de asuntos que un gobierno debe tratar y que ese desconocimiento nos incapacita para evaluar la actuación de un político, pues no podemos saber si sus decisiones han sido correctas o no.

Hay muchas formas de gobierno, algunas de ellas estupendamente descritas por Luis Tarreta en su blog. Yo les hablaré hoy de un sistema utilizado en la antigua Grecia y en las ciudades-república italianas de la época medieval y renacentista que descubrí gracias a Álex Guerrero, un profesor de filosofía de la Universidad de Pensilvania.

Imaginen que esa carta que a veces nos llega para ser miembro de una mesa electoral no fuera para fastidiarles el domingo, sino para ser miembro del Gobierno en la siguiente legislatura. Durante los siguientes cuatro años su única fuente de ingresos sería el trabajo que realicen como políticos. Pasarían un periodo de formación en el que aprenderían lo necesario para desarrollar su trabajo legislativo, y mientras formaran parte del gobierno serían instruidos por un panel de expertos en todo aquel asunto sobre el que fuera necesario legislar.

Esa es, en pocas palabras, la definición de lotocracia: la elección aleatoria de los miembros del parlamento mediante sorteo. Partiendo de esta premisa básica, los detalles de su implementación pueden variar. Los miembros elegidos al azar pueden reemplazar completamente a los políticos actuales o formar una cámara aparte con capacidad de veto. Su función podría centrarse en todos los aspectos del gobierno de la nación o enfocarse en un pequeño conjunto de ellos por legislatura. También podría haber varias cámaras de este tipo, cada una dedicada a un solo asunto. Podrían legislar directamente o solo hacer propuestas que fueran desarrolladas por los políticos tradicionales. Los miembros de esta cámara de representantes podrían renovarse totalmente al terminar el mandato o solo en parte. Etcétera, etcétera.

En el próximo artículo veremos algunas de las ventajas y desventajas teóricas de este sistema de gobierno.

Continuará.