lunes, 9 de octubre de 2017

Sorites

Sorites significa en griego «pila» o «montón». La paradoja que lleva este nombre se atribuye a Eubúlides de Mileto, un contemporáneo de Aristóteles que razonó más o menos así:
Un millón de granos de arena forman un montón. Si quitamos un grano, seguimos teniendo un montón. Lo mismo ocurre si quitamos un segundo grano, y un tercero, etcétera. Grano a grano, no parece haber ningún momento en que el montón deje de serlo. Sin embargo, sabemos perfectamente que un único grano no constituye un montón. ¿En qué momento deja de serlo?
Foto de fdecomite
Esta paradoja nos muestra que no es fácil determinar con nitidez el punto exacto en el que un objeto se convierte en otro cuando el proceso es gradual. ¿Cuántos pelos tiene que perder una persona para que se la considere calva? ¿O cuántos kilos tiene que ganar para que se la califique como gorda? ¿Cuánto tendría que crecer para ser «alta»? ¿Cuánto tendría que ganar más al mes para que pase a ser «rica»? Y así siguiendo.

Es una cuestión que subyace a muchos debates importantes. ¿A partir de qué edad se debe considerar a alguien lo suficientemente maduro como para conducir, beber, votar o ser juzgado como adulto? ¿En qué momento un óvulo fecundado es una persona? ¿En qué punto dejamos de ser esclavos? Lo que podamos aprender estudiando esta paradoja debería ayudarnos a pensar mejor sobre estas cuestiones.

Hay filósofos que sostienen que el argumento de tipo sorites es falso, aduciendo que nuestro conocimiento es imperfecto:

Hay un punto definido de transición, solo que no sabemos dónde. El adjetivo «epistémico» («relativo al conocimiento») se aplica a este enfoque porque considera que nuestra incapacidad de observar una transición nítida se debe simplemente a la imperfección de nuestro conocimiento. La razón de ello es que nuestro poder de discriminación es limitado y debemos admitir márgenes de error.
Sin embargo, como escribe a continuación Michael Clark, esto nos dice que no podemos percibir los puntos de transición, no demuestra que dichos puntos existan (por ejemplo, entre acumulaciones que son montones y acumulaciones que no lo son).

Otra posibilidad epistémica para rechazar la paradoja sorites es argumentar que no existen conceptos vagos como «montón». Esto se puede concluir con el siguiente razonamiento matemático (énfasis en el original):

La paradoja se produce porque el sentido común sugiere que el montón de arena tiene las siguientes propiedades:

1. Dos, tres, cuatro o cinco granos de arena no son un montón de arena.
2. Cien mil granos de arena sí son un montón.
3. Si «n» granos de arena (por ejemplo, 5) no forman un montón, tampoco lo serán (n+1, o sea, 6) granos de arena.
4. Si «n» granos de arena (en este caso, por ejemplo, 100.000) son un montón, también lo serán (n-1, o sea, 99.999) granos de arena.

Por inducción matemática, se comprueba que la tercera propiedad junto con la primera implica que 100.000 granos de arena no forman un montón, contradiciendo la segunda propiedad. De modo análogo, combinando la segunda y la cuarta propiedades se demuestra que dos o tres granos son un montón, contradiciendo la primera propiedad.
No obstante, según Clark, en muchos casos resulta difícil imaginar cómo podríamos adquirir conceptos precisos sin disponer previamente de otros vagos. Este autor pone como ejemplo la temperatura (ibídem Clark):

Si no tuviéramos adjetivos como «caliente», ¿cómo podríamos llegar a comprender el concepto de temperatura? Dos objetos tienen la misma temperatura si uno está igual de caliente que el otro. Los niños no tienen que asimilar el concepto de temperatura antes de aprender la palabra «caliente».
Otra posible solución a la paradoja es declarar que no necesitamos líneas divisorias claras. No hace falta ser absolutamente calvos para ser calvos, ni tener una libertad absoluta para tener una especie de libertad que valga la pena desear. Aquí es donde entran en juego los grados de verdad, una aproximación que reemplaza la lógico de clásica de dos valores (verdadero/falso) por una de valores infinitos. Decir que alguien está gordo o calvo es una afirmación que no será estrictamente verdadera, sino aproximadamente verdadera. ¿Es la Tierra una esfera? No exactamente, pero es aproximadamente verdad que lo es. Así, el término «montón» resulta cada vez más inapropiado a medida que quitamos granos de arena.

Esta línea argumental también tiene problemas. En primer lugar, la idea misma de grados de verdad necesita ser explicada. En segundo lugar, aquellas lógicas que asignan grados numéricos de verdad a las proposiciones son bastante artificiales y tienden a generar consecuencias contraintuitivas. Tercero, estas lógicas no eliminan las transiciones bruscas (sigue habiendo tal transición entre montón y caso límite, y entre caso límite y no montón). Finalmente, la asunción de un conjunto totalmente ordenado de verdades puede ser excesivamente simple. Por ejemplo, no todas las frases del lenguaje natural son comparables en cuanto a su grado de verdad. Consideremos el caso de un concepto como «rojez», que depende de múltiples aspectos (brillo, saturación y tono). Si dos camisetas rojas difieren en varios de esos aspectos ¿cómo podemos ser capaces de decir cuál de los dos es más roja?

Parece que este asunto se nos está complicando. Pero sea para bien o para mal, en nuestra vida diaria a menudo necesitamos términos precisos («adulto», «culpable», «enfermo», «grave», «habitual», «interés público»). Una manera de obtener tales conceptos es restringiendo uno ya existente pero impreciso (ibídem Clark):

Por ejemplo, a pesar de que la salida de la infancia es normalmente gradual, el derecho necesita fijar un punto exacto después del cual se puedan asignar a los ciudadanos las obligaciones y los derechos legales de los adultos. El término «niño» podría hacerse preciso de muchas maneras: «menor de dieciséis años» y «menor de veintiuno» están bien, mientras que definirlo como «menor de dos años» o «menor de sesenta y cinco años» violentaría su significado. «Una persona de seis años es un niño» es verdad según todas las definiciones admisibles («superverdadero»). «Una persona de sesenta años es un niño» es falso según todas las definiciones admisibles («superfalso»).
Por tanto, tenemos tres valores posibles: superverdadero, superfalso y ninguno de los dos. Es lo que se conoce como «supervaloraciones». Sin embargo, este razonamiento tampoco resuelve las transiciones entre casos límites. Es superverdadero que Bill Gates es rico. Sin embargo, si le quitamos un dólar, ¿sigue siendo una afirmación superverdadera? ¿Cuánto dinero debería perder para que la frase «Bill Gates es rico» pase de superverdadera a solo verdadera? Como vemos, la propuesta superevaluativista presenta su propia paradoja sorites; es lo que se conoce como vaguedad de orden superior.

Si esperaban un final feliz siento defraudarles. Se han propuesto muchas soluciones a esta paradoja pero ninguna es perfecta. Aceptar que en algún momento se produce una transición de estado preserva la lógica a costa de la realidad. Por el contrario, permitir términos difusos introduce vaguedad en la lógica y en la propia razón.

Los sofistas usaron argumentos de tipo sorites para persuadir a sus oyentes de que dos cualidades distintas ligadas por un continuo eran en realidad la misma. No obstante, que la paradoja no tenga solución no quiere decir que los sofistas tuvieran razón, ni que no existan los montones, los calvos y los ricos. Es evidente que ambos extremos de un continuo no son lo mismo por lo que sería falaz concluir que, como no sabemos en qué lugar se produce la transición, no podemos distinguir uno de otro, o que debemos aplicar las mismas consideraciones a ambos extremos. Por usar el ejemplo de Michael Sandel, el hecho de que haya una continuidad de desarrollo entre el blastocito, el feto y el recién nacido no implica que debamos considerar moralmente iguales al bebé y al blastocito.

El problema viene cuando tratamos con casos a media distancia entre los dos extremos. Un asesino de diecisiete años probablemente debería ser juzgado como un adulto e ir a la cárcel pero en algún sitio hay que trazar la línea. Nuestro hándicap es que en la práctica necesitamos números concretos en los que situar el umbral para recetar un medicamento, para activar un protocolo contra la contaminación, para otorgar o quitar beneficios fiscales... en definitiva, para decidir si sí o si no. Pero cualquier límite que elijamos será arbitrario o, como mucho, un asunto de mera convención y, por tanto, discutible.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Madurar

Esta semana me he topado con una viñeta de Calvin y Hobbes que ilustra perfectamente aquello de lo que hablamos la última vez, que ningún adulto sabe lo que está haciendo:


De niño, a mí también me parecía que mis padres sabían perfectamente lo que había que hacer en cada momento. Y también supuse, ingenuamente, que cuando yo fuera adulto tendría lo que ahora mismo me parece un superpoder.

Como les comenté también en aquel artículo, mi hermana se lamentaba de ser incapaz de madurar. A mí la madurez siempre me ha parecido un término difuso que tiene mucho que ver con la persona que lo menciona, pues parece que cada cual tiene su propia definición. Por curiosidad, he consultado el diccionario. La RAE define la madurez, en su tercera acepción, como «buen juicio o prudencia, sensatez». En inglés, el diccionario de Cambridge la define como «the quality of behaving mentally and emotionally like an adult». Supongo que ambos significados están relacionados. Así, la madurez podría definirse como la cualidad de comportarse mental y emocionalmente como un adulto, los cuales poseen buen juicio y sensatez («en teoría», cabría añadir).

En términos psicológicos, la inmadurez puede entenderse como una falta de sincronía entre la edad mental y la física. Los autores de la Guía práctica de psicología describen la inmadurez con los siguientes rasgos:

En primer lugar, estas personas tienen un conocimiento equívoco o superficial de sí mismas, a lo que se añade una falta de coherencia en sus planteamientos, que procede, en buena medida, de la ausencia de identidad personal y de un objetivo de vida suficientemente perfilado. Son personas poco estables emocionalmente, con tendencia a los altibajos de ánimo, que surgen incluso por motivos insignificantes [...]. En general, tienen un bajo umbral de tolerancia a las frustraciones que hace que se derrumben cuando cualquier cosa no sale tal como habían previsto.
[...] La falta de constancia, típica de las personalidades inmaduras, responde a la falta de planteamientos serios en su vida, la versatilidad propia de la falta de equilibrio emocional y de criterios firmes de conducta, dentro de un marco carente de una escala de valores suficientemente sólida y realista, donde son frecuentes las idealizaciones previas, a las que siguen un «sentirse defraudado» que determina actitudes rígidas y rebeldes. La intolerancia e inflexibilidad que demuestran frecuentemente los inmaduros en sus planteamientos con otras personas contrasta, a veces, con la transigencia que sostienen hacia sí mismos [...]. En otras ocasiones se puede advertir una exagerada influencia de las opiniones ajenas, quedando al arbitrio de la moda o de la influencia pasajera de alguna persona que adoptan como líder. Es lo que comúnmente se entiende por «falta de personalidad».
También se produce un imperio del presente, ya que tan sólo se pretende sacarle el máximo partido a lo que tenemos entre manos, sin valorar las consecuencias que este tipo de comportamiento pueda acarrear en el futuro.
[...] Otros rasgos propios de las personalidades inmaduras serían la falta de responsabilidad y de fuerza de voluntad, y una dificultad para aceptar la realidad de la vida, que incluye generalmente la no aceptación de los demás ni de sí mismos, que favorece la tendencia a escaparse del mundo real con la imaginación, huyendo hacia un mundo de fantasías.
El resultado, según estos psicólogos, es una falta de independencia que dificulta que estas personas puedan desenvolverse por sí mismas de forma adecuada y sean incapaces de asumir con responsabilidad tareas propias de los adultos como el matrimonio o la paternidad.

De acuerdo con el estándar de estos autores mi hermana es, efectivamente, inmadura. Y yo. Y mis padres. Y todos los seres humanos que conozco. La cita anterior es uno de esos textos que hace difícil que vea la psicología como una ciencia. Si lo analizan con detenimiento verán que es una descripción vaga y subjetiva («suficientemente perfilado», «planteamientos serios en su vida», «escala de valores suficientemente sólida y realista», «exagerada influencia de opiniones ajenas») y tan general que puede aplicarse a una amplia gama de personas, al estilo de los signos del zodíaco. También podemos preguntarnos por qué el conocimiento de uno mismo forma parte de la madurez, o pedir que nos señalen a alguien que no tenga un conocimiento equívoco de su propio ser, habida cuenta de la cantidad de estudios (psicológicos, precisamente) que dicen lo contrario. Es posible que en las últimas décadas la adolescencia se haya extendido hasta la treintena pero soy escéptico ante la idea de que los adultos de épocas pretéritas mostraran en su mayoría los rasgos mencionados. Finalmente, cabe preguntarse hasta qué punto la madurez es algo objetivo, y no una cualidad que varía entre diferentes épocas y culturas.

Aún así, creo que muchas personas comulgan con la idea de que la madurez implica ser emocionalmente estable, mostrar constancia, tener la capacidad de retrasar una gratificación inmediata por una mayor en el futuro, ser responsable y poseer fuerza de voluntad. El problema, una vez más, es que la vida es un conjunto proteico de experiencias y contextos, y se puede ser excelente en unas áreas mientras que se flaquea en otras, lo que nos lleva a preguntarnos en cuántos ámbitos podemos carecer de madurez antes de que se nos considere inmaduros.

Por ejemplo, ¿es inmaduro Frank Underwood, el personaje de House of Cards? Quien haya visto la serie reconocerá su excelente capacidad para planificar a largo plazo, su constancia y determinación, lo claro que tiene sus objetivos vitales, su fuerte carácter y todos los demás rasgos que lo convertirían en un símbolo de la madurez. Sin embargo, juega a la PlayStation, recrea batallas con soldaditos de plomo y fuma.

Si consideramos la madurez como una cualidad binaria, es decir, que se es o no se es, entonces cualquier carencia en cualquier aspecto de nuestra vida nos descalificaría como tales. En este caso, la persona madura sería más bien un mito al que aspirar, no una realidad. Por otra parte, si la madurez es un continuo entre dos extremos nos topamos con el problema de la paradoja sorites, y solo podremos reconocer a quienes se sitúan en los extremos (los muy inmaduros y los que más se acercan al mito de la persona madura).

Yo debo confesarme culpable de la mayoría de los pecados del inmaduro tal como lo describen los psicólogos citados. Como tal, hago uso de la transigencia que mencionan para crear mi propia definición de madurez y así poder sentirme un poquito menos mal conmigo mismo. Para mí, la madurez es, simple y llanamente, ser capaz de ganarme el pan con mi trabajo. No pretendo que la compartan, pues soy consciente de que es una interpretación muy limitada y discutible. Aún así creo que no está mal, pues para conseguir y mantener un empleo debemos tener varias cualidades del adulto maduro, tales como la constancia, la responsabilidad y la capacidad de pensar a largo plazo.

Como decía al principio, ustedes seguramente tengan su propia definición. Conozco a personas, verbigracia, que equiparan la madurez con la independencia física, es decir, abandonar el nido familiar para irse a vivir por su cuenta. Otros parecen equiparar madurez con paternidad (como me dijo un amigo: «ser padre te quita mucha tontería de encima»). Para otros la madurez tiene más que ver con la respuesta emocional ante las vicisitudes de la vida que con los actos en sí. Y así siguiendo. Todas ellas me parecen tesis tan razonables como discutibles.

Un artículo sobre el desarrollo de la personalidad no estaría completo sin echarle la culpa de algún modo a los padres. ¿Es posible que nuestra inmadurez sea fruto de nuestra crianza? Uno de los autores de la Guía práctica de psicología escribe (ibídem):

«[H]ay que destacar que una sobreprotección de los padres hacia el niño puede retrasar la maduración de su personalidad. Los niños excesivamente protegidos carecen de criterios propios en relación a su edad, ya que adoptan directamente los de sus padres, que toman las decisiones por ellos a fin de evitarles el mayor número posible de peligros, problemas o fracasos. Estas actitudes de sobreprotección favorecen la inmadurez, ya que al llegar a la edad adulta esos niños carecen de suficiente capacidad de decisión al no haberse ido acostumbrando poco a poco a enfrentarse a las dificultades decidiendo por sí mismos, con lo que se encuentran inseguros, sin saber qué hacer, frente a las situaciones nuevas que se les plantean, reclamando continuamente el asesoramiento de los demás.»
Así que, si ustedes se consideran inmaduros, siempre pueden echarle la culpa a sus padres por haberlos sobreprotegido. Es lo que haría un inmaduro.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Nadie sabe qué está haciendo

Ha sido una semana difícil. Lo que prometían ser siete días de asueto con viaje al extranjero incluido han trocado en un huracán familiar que ríase usted de José, Harvey o Irma. Los problemas comenzaron con un catarro que derivó en bronquitis, hipoxia, edema pulmonar y taquicardia. Las operaciones de transporte que conlleva una hospitalización se nos han complicado por la escasez de vehículos, hallándose estos en el taller precisamente cuando más falta nos hacían. Ha habido que hacer malabares para cubrir turnos en el hospital sin descuidar a la abuela, que requiere atención las veinticuatro horas del día. Y todo ello sin dejar de lado a un amigo de la familia cuya propia tormenta ha coincidido con la nuestra y que necesitaba auxilio.

Mi hermana se ha visto superada. Se lamentaba de no ser suficientemente madura y de no saber qué hacer. Entendía muy bien lo que sentía, pues yo me he sentido igual miles de veces. Lo que a ella le falta por aprender es que, en realidad, en este mundo nadie tiene la menor idea de qué cojones está haciendo.

Oliver Burkeman explica muy bien cómo nos dejamos engañar por las apariencias: vemos a una persona actuar de manera decidida y pensamos que tiene confianza, cuando en realidad no podemos saberlo porque solo vemos sus actos y no tenemos acceso a sus pensamientos. Al juzgarnos a nosotros mismos, por el contrario, no solo somos conscientes de lo que hacemos sino que también sabemos lo que pensamos y lo que sentimos. En la práctica, los otros son un libro cerrado que valoramos por la portada, una imagen que proyecta la otra persona y que normalmente esconde dudas, inquietudes y desvelos:

[T]here’s a huge problem lurking here. We’re comparing apples with oranges—or, as the saying goes, comparing our insides with other people’s outsides. That guy on stage who’s giving a super-smooth presentation, while you wait nervously in the wings until it’s your turn? He might well be a panicking wreck inside. You could never know.

[...] This is something it’s even harder to keep in mind today, when our lives unfold in public on Facebook and Twitter, and via well-designed web presences. We use these, naturally enough, to showcase the best parts of our lives: the joyous weddings and enviable vacations, the finished projects, and testimonials from satisfied clients. But we forget that we’re only seeing everyone else’s highlights, too—not the sleepless nights, the abandoned attempts, the moments of despair and self-doubt.
Cierto es que existen personas realmente seguras mas es mi opinión que esa confianza y determinación se limitan a uno pocos aspectos de su vida. Hay quien tiene grandes habilidades para lidiar con las crisis que encuentra en su trabajo pero que es un desastre con las atinentes a su vida amorosa, y viceversa. O quizá su punto débil sean las emergencias médicas. O las económicas. La cuestión es que dudo mucho que exista una persona que domine todas las áreas problemáticas de la vida con suficiente seguridad como para no verse superado en algún momento. Y ello es así por cuanto la maestría requiere práctica.

A modo de ejemplo, consideremos el caso de los padres primerizos. Ser padre por primera vez implica afrontar una serie infinita de problemas que pueden surgir en cualquier momento con restricciones más o menos severas de tiempo, dinero y energía, a lo que hemos de sumar la presión añadida de lo mucho que hay en juego. Así, no es de extrañar que, por más que uno lo desee, la llegada de nuestro cachorro al mundo sea una experiencia agobiante por momentos. Será por eso que, como bromea Manuel Burque en su monólogo, los progenitores dicen que tener un hijo es lo mejor que les ha pasado en la vida, pero lo dicen con cara de ser lo peor que les ha pasado en la vida.

Según tengo entendido, con el segundo hijo todo va mucho más rodado. No creo que se considere arrogante por mi parte decir que eso se debe a que la crianza previa engrasa los engranajes de los progenitores. Mi experiencia me dice que esta verdad sencilla se nos olvida con frecuencia.

Por ejemplo, hay quien fracasa la primera vez y concluye que es un inútil, que no vale para su profesión, o que es un mal padre o esposo o lo que sea. Mi hermana cometió un error de ese tipo hace años. En su primer día como profesora de preescolar llegó a casa llorando, lamentándose de que no servía para ser profesora, todo porque un niño de su clase se había dado un coscorrón con una ventana. Su llantina me recordó a la inseguridad de los médicos cuando empiezan su práctica clínica:

No es extraño que la primera historia clínica requiera entre veinte y veinticinco visitas al paciente antes de tener los datos completos. No es raro que haya que auscultar al individuo alrededor de catorce veces antes de oír su corazón la primera vez. «Lo hice fatal», confiesan muchos de ellos.

[...] La primera vez que das un tajo en el quirófano no sabes muy bien la presión que tienes que ejercer sobre la piel, así que lo normal es que lo hagas más flojo de lo necesario y se rían de ti hasta los celadores. «Muy bien, ya has arañado la piel. Ahora puedes empezar a operar», me dijeron la primera vez que me vestí de verde después de empezar a abrir un abdomen muy despacito.
Con la práctica, sin embargo, lo que antes aterraba acaba por convertirse en rutina. No es distinto con otras experiencias vitales: la primera vez estás perdido, confuso y asustado, pero con la exposición repetida y la práctica llega la confianza.

Es absurdo sacar conclusiones acerca de nuestra personalidad basándonos únicamente en el primer contacto con una crisis que se ciñe a un ámbito determinado y ocurre en un contexto dado. Igualmente, hay que ser cautelosos a la hora de hacer inferencias sobre otras personas y compararnos con ellas. Para poder hacer deducciones válidas tendríamos que cotejar nuestros actos y pensamientos con los actos y pensamientos de los demás pero, como hemos visto, estos últimos nos son desconocidos en su mayoría. Si preguntan a las personas que admiran es muy posible que descubran, como me pasó a mí, que por dentro ellos no están tan seguros como parece.

lunes, 28 de agosto de 2017

Medio y mensaje

La afirmación «el medio es el mensaje» fue propuesta por el intelectual canadiense Marshall McLuhan en su obra seminal Understanding Media: The Extensions of Man. En sus propias palabras:

[T]he medium is the message. This is merely to say that the personal and social consequences of any medium-- that is, of any extension of ourselves -- result from the new scale that is introduced into our affairs by each extension of ourselves, or by any new technology. Thus, with automation, for example, the new patterns of human association tend to eliminate jobs, it is true. That is the negative result. Positively, automation creates roles for people, which is to say depth of involvement in their work and human association that our preceding mechanical technology had destroyed.
Según McLuhan, el contenido de cualquier medio de comunicación siempre es otro medio. Por ejemplo, el texto impreso es el contenido de un telegrama (el libro se publicó en 1964), las palabras escritas son el contenido de la imprenta, y el habla es el contenido de esta última. Para él, el mensaje de un medio dado es el cambio de escala, ritmo o nuevos patrones que introduce en la sociedad (ibídem):

The railway did not introduce movement or transportation or wheel or road into human society, but it accelerated and enlarged the scale of previous human functions, creating totally new kinds of cities and new kinds of work and leisure. This happened whether the railway functioned in a tropical or a northern environment and is quite independent of the freight or content of the railway medium. The airplane, on the other hand, by accelerating the rate of transportation, tends to dissolve the railway form of city, politics, and association, quite independently of what the airplane is used for.
Por tanto, de acuerdo con McLuhan, el medio que usamos configura y controla nuestro comportamiento y la manera en la que nos relacionamos. Es decir, cada medio provee su propio modo de expresión, dando forma al discurso y a nuestros pensamientos.

Neil Postman, teórico de los medios de comunicación y crítico cultural norteamericano, conoció personalmente a McLuhan. Se podría decir que su trabajo es una continuación de los análisis del canadiense. De acuerdo con Postman, los medios de comunicación que una cultura tiene a su disposición son la influencia dominante en la formación de las preocupaciones sociales e intelectuales de esa cultura. Dicho en pocas palabras, su premisa es que la forma en que expresamos nuestras ideas determinan cuáles serán esas ideas:

[A] major new medium changes the structure of discourse; it does so by encouraging certain uses of the intellect, by favoring certain definitions of intelligence and wisdom, and by demanding a certain kind of content—in a phrase, by creating new forms of truth-telling.
Foto de Niklas Morberg
Postman examinó el ocaso de la palabra escrita a causa del ascenso de la televisión, un suceso que, según él, cambió de forma irreversible el contenido y el significado del discurso público. Desde su punto de vista, la epistemología de la palabra escrita es superior a la basada en la televisión, resultando el dominio de esta última en una degradación del diálogo público y un atontamiento de la ciudadanía. No es que la televisión sea mala en sí misma o que quienes prefieren la «caja tonta» a los libros estén menos desarrollados intelectualmente, sino que la televisión, al ser el medio preponderante, hace que las discusiones sobre política, economía y demás asuntos públicos se deformen y pasen a ser un entretenimiento, que es el material propio de la televisión.

Consideremos, verbigracia, los programas de «debate» político, todos los cuales consisten en invitar a uno o más representantes de dos ideologías opuestas (cuanto más exagerados mejor) para enfrentarlos y hacer que viertan la ponzoña, discutan, se griten y se interrumpan mutuamente con argumentos pueriles. La televisión es un medio visual cuyo propósito principal es entretener, no hacer pensar lenta, profunda y deliberadamente acerca de ideas abstractas:

El ritmo televisivo impone expresarse a golpe de titular, a fuerza de tuit, con el único objetivo de informar, sí, pero entreteniendo, o lo que es lo mismo, añadiendo las dosis justas de frivolidad, lo cual impide tratar cualquier tema con la suficiente profundidad. Porque es que la tele no es un medio para profundizar en nada. Si lo haces, te arriesgas a emitir documentales que nadie ve. Para eso está un buen libro.
Que Postman se centrara en la televisión es reflejo de la época en la que apareció el libro (1984). Hoy día, las disertaciones de este tipo se centran, cómo no, en internet y las redes sociales. Para Ryan Holiday, por ejemplo, lo mismo que ocurre con la televisión ocurre con los blogs: la forma en la que el medio funciona determina qué se publica y cómo. ¿Por qué los blogueros persiguen publicar historias novedosas constantemente? ¿Por qué los blogs sacan nuevas entradas cada pocos minutos? ¿Por qué los artículos son tan cortos? La respuesta para estas y otras cuestiones relacionadas es la misma: porque ese es el producto resultante de una plataforma de comunicación cuyo objetivo final es atraer visitantes a los que mostrarles anuncios, lo cual es la principal fuente de ingresos de los blogs:

Entertainment powered television, and so everything that television touched—from war to politics to art—would inevitably be turned into entertainment. TV had to create a fake world to fit its needs, and we, the audience, watched that fake world on TV, imitated it, and it became the new reality in which we lived. The dominant cultural medium, Postman understood, determines culture itself.

Well, television is no longer the main stage of culture. The Internet is. Blogs are. YouTube is. Twitter is. And their demands control our culture exactly as television once did. Only the Internet worships a different god: Traffic. It lives and dies by clicks, because that’s what drives ad revenue and influence. The central question for the Internet is not, Is this entertaining? but, Will this get attention? Will it spread?
¿El resultado? La world wide web actual: un inmenso repositorio digital de historias basadas en rumores o fabricadas directamente para su publicación, de páginas pornográficas, de escritos controvertidos que buscan provocar al lector, de contenido caduco a los pocos minutos, de páginas pornográficas, de datos inexactos o directamente falsos, y de publicaciones vacuas o estúpidas como esta (sin olvidar las páginas pornográficas).

Hoy día dudamos sobre si nos están volviendo tontos las redes sociales y el WhatsApp. Hace casi una década Nicholas Carr se preguntaba eso mismo acerca de Google. Como hemos visto, a finales del siglo XX el blanco de las críticas era la televisión. Y antes que eso supongo que sería el cine. Y antes que el cine, la radio. Y anteriormente el telégrafo. Y así sucesivamente hasta llegar a Platón quien, como vimos, rechazaba la palabra escrita.

Decía McLuhan en su libro que todo medio de comunicación es una extensión de nuestro ser, igual que la tecnología. No creo que se considere atrevido por mi parte decir que las herramientas no solo pueden modificar el mundo físico sino que también pueden cambiar la forma en la que pensamos acerca de él, cómo nos relacionamos unos con otros y, en definitiva, cómo somos. Algunos de esos cambios son imposibles de prever y siempre habrá razones para preguntarse si no estaremos yendo a peor.

lunes, 14 de agosto de 2017

Breve guía del manipulador de gráficos

Sin más preámbulo, consideremos los siguientes cuatro conjuntos de datos, todos los cuales tienen la misma media para el valor x (9) y para el valor y (7,5):

I II III IV
x y x y x y x y
10.0 8.04 10.0 9.14 10.0 7.46 8.0 6.58
8.0 6.95 8.0 8.14 8.0 6.77 8.0 5.76
13.0 7.58 13.0 8.74 13.0 12.74 8.0 7.71
9.0 8.81 9.0 8.77 9.0 7.11 8.0 8.84
11.0 8.33 11.0 9.26 11.0 7.81 8.0 8.47
14.0 9.96 14.0 8.10 14.0 8.84 8.0 7.04
6.0 7.24 6.0 6.13 6.0 6.08 8.0 5.25
4.0 4.26 4.0 3.10 4.0 5.39 19.0 12.50
12.0 10.84 12.0 9.13 12.0 8.15 8.0 5.56
7.0 4.82 7.0 7.26 7.0 6.42 8.0 7.91
5.0 5.68 5.0 4.74 5.0 5.73 8.0 6.89

¿Ven algo curioso? Probablemente no. Sin embargo, al representar los datos de forma gráfica las particularidades de cada conjunto saltan a la vista, literalmente:


El lector versado en estadística habrá reconocido, ya al ver las tablas de números, el cuarteto de Anscombe, llamado así por Francis Anscombe, quien lo alumbró en 1973 para recalcar la importancia de representar los datos gráficamente, así como la forma en la que los valores atípicos afectan a medidas como la media y la varianza.

El cuarteto de Anscombe es un buen ejemplo de cómo nuestro cerebro evolucionó para detectar patrones visuales, y cómo se atasca cuando se topa con un puñado de números escritos:

The human brain did not evolve to process large amounts of numerical data presented as text; instead, our eyes look for patterns in data that are visually displayed. The most accurate but least interpretable form of data presentation is to make a table, showing every single value. But it is difficult or impossible for most people to detect patterns and trends in such data, and so we rely on graphs and charts. Graphs come in two broad types: Either they represent every data point visually (as in a scatter plot) or they implement a form of data reduction in which we summarize the data, looking, for example, only at means or medians.
Los gráficos aprovechan el ancho de banda de nuestro sistema visual para transmitir una buena cantidad de información en un instante, lo cual agradecemos muy mucho. De paso satisfacen nuestra sed de brevedad, con la ventaja añadida de la autoridad que confieren los datos, algo que consideramos prístino y de bordes nítidos. Sin embargo, ya vimos que los números son turbios y difusos, y los gráficos añaden al arsenal del manipulador formas adicionales de distorsionar o falsificar los datos. Veamos a continuación algunas de tales estratagemas.

Comencemos por un gráfico que se ha convertido en un clásico, presentado por el presidente de Apple, Tim Cook:


Este gráfico tiene varios trucos. Para empezar, no hay escala en el eje vertical, así que no sabemos qué se está representando en realidad. ¿Unidades vendidas? ¿Dólares recaudados? Lo bueno de no etiquetar los ejes es que nos permite representar cualquier cosa.

La segunda treta en este ejemplo es que se trata de un gráfico acumulativo, los cuales, por definición, siempre muestran un incremento. Tomando datos de la SEC, David Yanofsky creó un gráfico de barras que muestra la versión no acumulativa, en el que puede verse cómo las ventas de iPhone habían descendido en los años anteriores a los que tuvo lugar la presentación.


Pasemos a otra argucia clásica: el eje truncado. Normalmente, lo honesto es que el valor del eje y empiece en cero. Sin embargo, si queremos exagerar las diferencias podemos empezar en una cifra cercana al valor mínimo que se está dibujando. Esta semana me he topado con el siguiente ejemplo:


Esta sería la versión honesta, con la escala empezando en cero:


Relacionado con esto, a alguien de El Heraldo de Aragón se le ocurrió darle una vuelta de tuerca al truco y tuvo la brillante idea de emparejar dos gráficos de ejes truncados y escalas diferentes:


Si leen las cifras, observarán que los alumnos cayeron aproximadamente un treinta por ciento, y que los profesores e investigadores aumentaron un cincuenta por ciento, lo cual no concuerda con el patrón que se infiere únicamente mediante las líneas de las gráficas.

En 2014, El Mundo publicó esta otra versión de gráficos agrupados con ejes truncados:


Fíjense en las distancias entre los valores de El País y El Mundo y compárenlas con las que separan los datos de El Mundo con los de Abc. Concretamente, observen marzo en el gráfico superior y agosto en el gráfico inferior. Notarán que la distancia visual no corresponde en absoluto con la real.

Hay quien prefiere juntar dos gráficos en uno en lugar de situarlos uno al lado del otro para mostrar una correlación (o ausencia de ella). Para ello se pueden dibujar dos ejes verticales tal que así:


Es un gráfico publicado por Forbes en Mayo de 1990. Pareciera por la imagen que incrementar el gasto por estudiante (línea blanca) no tiene efecto en la nota del SAT (la prueba de admisión a la universidad en Estados Unidos). Sin embargo, basta con cambiar la escala de uno de los ejes verticales para que parezca lo contrario:



Examinemos a continuación estas dos gráficas tomadas de un libro de Daniel Levitin:


Como vemos, la discontinuidad en el eje horizontal de la segunda gráfica produce la impresión de que el crimen ha aumentado rápidamente. Esto ocurre porque los gráficos no tienen la misma escala y el de la derecha, en la discontinuidad, agrupa datos de cinco años en el mismo espacio horizontal que ha usado hasta ese punto para representar solo dos.

El propio Levitin muestra a continuación una versión aún más malintencionada:


Aquí, las marcas del eje vertical pasan de representar intervalos de cuarenta a solo ocho, lo que produce la curva que se aprecia visualmente. El periódico El País publicó en su día un gráfico de este tipo, en el que el eje de abscisas no respeta las proporciones en las distancias entre los años, dando lugar a una escala que cambia tres veces:


Lo bueno es que la inclinación de las curvas de un gráfico se puede alterar sin necesidad recurrir a trucos como los anteriores, basta con utilizar intervalos de tiempo diferentes. Supongamos que queremos impresionara a alguien con la cantidad de productos vendidos desde 2010 a 2015. Podríamos mostrar este gráfico:

O este otro:

¡Voilá! Solo con incluir en la gráfica años para los que no tenemos datos la pendiente ha aumentado, lo que da la impresión de que las ventas han crecido mucho más rápido de lo que lo han hecho en realidad.

Fue el escocés William Playfair quien creó, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, los gráficos de barras, áreas, líneas y sectores a los que estamos acostumbrados hoy día. Es innegable que sus creaciones comunican mucho mejor un conjunto de datos que cualquier tabla de texto pero también es cierto que los gráficos estadísticos son un lenguaje lleno de sutilezas con el que hay que tener mucho cuidado para no dar a entender una idea equivocada.

Además, con las gráficas, cuanta menos atención presta la audiencia más fácil es engañarla. Políticos, economistas, periodistas, publicistas y vendedores lo saben bien. Es por ello que toda representación visual de un conjunto de datos hay que procesarla despacio y con el mismo escepticismo que cualquier estadística, comprobando las manipulaciones más obvias y preguntándonos quién lo dice, cómo lo sabe, qué falta, y si tiene sentido.

lunes, 31 de julio de 2017

Ipso facto

Un compañero me contó hace no mucho que estaba en casa y necesitaba unos alicates, así que los pidió en Amazon aprovechando el servicio Prime Now y en dos horas ya los tenía. ¿Mató una mosca a cañonazos? Puede ser, aunque él asegura que lo hizo porque no tiene cerca de su casa ninguna tienda de conveniencia. Lo que me interesa destacar de esta historia es cómo Amazon ha ido reduciendo paulatinamente el periodo de entrega de días o semanas hasta el límite actual de dos horas.

Foto de Ozzy Delaney
Los vendedores saben que a los clientes no les gusta esperar y en las últimas décadas se han puesto las pilas al respecto. Ya no tienen que pasar meses para verse en los cines locales los últimos estrenos de Hollywood. Tampoco hay que esperar para ver las series; incluso el doblaje se ha acelerado hasta el punto de que los capítulos traducidos al idioma nacional se emiten a los pocos días de su salida en Estados Unidos. Las noticias ya no requieren ni un viaje al quiosco ni la llegada del noticiero matinal o vespertino; ahora están a unos pocos clics de distancia. Las colas pueden reducirse o evitarse reservando con antelación a través de internet. También a través de internet pueden agilizarse las compras o peticiones de cita al evitar ser atendidos por un teleoperador. Para hablar con un amigo en el extranjero ya no hay que esperar semanas a que reciba nuestra postal y nos conteste. Las operaciones en el mercado de valores tienen lugar en milisegundos. Etcétera.

Opino que la inmediatez es uno de los rasgos más salientes del mundo actual. En las sociedades industrializadas de 2017 una semana es una eternidad. Lo que queremos lo queremos ya. Supongo que eso siempre ha sido así; la diferencia es que ahora podemos tenerlo y todo ocurre a mayor velocidad. Las empresas se han visto inmersas en una carrera por la rapidez del servicio que obliga a diseñar, producir y entregar a toda prisa, a fracasar rápido, todo con el objetivo de llegar los primeros al mercado para apoderarse de la demanda y, si se tercia, dictar las normas.

Es el tipo de cambio en la sociedad que llama la crítica obvia. Creo que cuando nuestros deseos pueden ser satisfechos casi instantáneamente el autocontrol y la paciencia se marchitan. Un ejemplo de lo primero es cómo el mero hecho de tener comida basura al alcance de la mano en todo momento lleva a algunas personas a comer en exceso aunque no tengan hambre, solo por aburrimiento, tristeza o ansiedad. Esa es la razón por la que un consejo típico de dieta es no tener comidas poco saludables en casa, ya que cuando satisfacer nuestra glotonería requiere un viaje al supermercado es mucho más probable que lo dejemos correr. Es probable que el envío a domicilio de los restaurantes de comida rápida nos haga caer en la tentación más a menudo.

Respecto a la paciencia, es el hecho que multitud de procesos naturales aún tienen lugar en periodos de tiempo que ya no encajan en nuestra definición de «breve». Una gripe aún tarda una semana o más en desaparecer, perder peso es un proyecto a largo plazo, la maestría necesita una década de práctica, leer requiere extensos periodos de inmovilidad y el amor necesita meses para madurar. Eso provoca frustración de dos maneras. La primera, cuando no nos queda otra opción que esperar («the waiting is the hardest part», que decía la canción). La segunda, cuando nos empeñamos en acomodar todos estos desarrollos a un marco temporal reducido.

Por ejemplo, cualquiera que haya cocinado sabe que las prisas no son buenas si queremos lograr un buen resultado. Sí, es posible descongelar carne en el microondas en unos minutos, pero su textura es peor comparada con la que se descongela lentamente en el frigorífico o a temperatura ambiente. También se pueden reducir los tiempos de cocción o asado subiendo la temperatura pero, de nuevo, el resultado es inferior que si se hace a fuego lento. Con la vida en general ocurre un poco lo mismo. Puedes ir al fisioterapeuta a que te quite el dolor de un esguince y salir caminando de la consulta, pero los ligamentos tardarán más en curarse. Puedes tratar los síntomas del resfriado pero el virus sigue ahí. Puedes casarte a la semana de haber conocido a tu pareja pero es improbable que eso resulte en un matrimonio largo y feliz. Y así siguiendo.

Por definición, la rapidez exige brevedad. Por ejemplo, ya analizamos cómo en internet los escritos han de ser cuanto más cortos mejor. Cuando el tiempo es el factor limitante, la complejidad de las historias y las ideas se reduce necesariamente. Consideremos, verbigracia, el caso de las series de televisión y las películas. Como vimos, las primeras se han ido haciendo cada vez más complejas, con hilos argumentales más numerosos, largos y enrevesados. Sin embargo, la mayor parte de las películas actuales son tan simples como hace veinte años. ¿Por qué? Según Steven Johnson, la explicación es el tiempo:

[E]l cine se ha enfrentado históricamente a un techo que ha limitado su complejidad, pues los relatos se reducen a dos o tres horas. Los dramas televisivos examinados cuentan historias que se despliegan a lo largo de varias temporadas, cada una con más de una docena de episodios. La escala temporal de un drama televisivo de éxito puede superar las cien horas, lo que permite a los guiones hacerse complejos y a la audiencia familiarizarse con los numerosos personajes y sus múltiples interacciones. Del mismo modo, se tarda unas cuarenta horas en un videojuego corriente, en el que crece sin cesar la dificultad de los puzles y los objetivos a medida que se avanza. Según este criterio, la película media de Hollywood de dos horas equivale a un programa piloto de televisión o a la secuencia inicial de entrenamiento de un videojuego: en este marco temporal no podemos introducir demasiados hilos y sutilezas. No es casualidad que el éxito más complejo de nuestra época —la trilogía de El Señor de los Anillos— dure más de diez horas en su versión íntegra en DVD.
La complejidad intelectual exige tiempo, atención y esfuerzo, tres materias primas más escasas hoy día que el petróleo. Es por ello que quienes quieren captar nuestra atención saben que la información debe pasarse a la audiencia «cortita y al pie», bien masticada. En un un bucle que se alimenta a sí mismo, eso atrofia aún más nuestro intelecto, lo que acaba por convertirnos a todos en lo que los directivos de televisión llaman «la señora de Cuenca»:

«Si estamos hablando de una patata, en la imagen tiene que salir una patata. Hay que hacer las cosas para que las entienda mi madre.» Es una frase prototípica de algunos responsables televisivos, de diferentes áreas, que a los que hemos hecho o hacemos televisión, siempre nos ha entusiasmado. De esa teoría hemos deducido muchas veces que cargar con la cruz de la cantidad de madres imbéciles que hay por el mundo, es suficiente para ganarnos el cielo. Tampoco va dirigido a ese colectivo que los ejecutivos meten bajo el epígrafe de «señoras de Cuenca»:
«Esto le tiene que gustar a una señora de Cuenca», «la señora de Cuenca no va a entender este chiste», «la señora de Cuenca lo único que quiere es distraerse…».
Que digo yo, que qué habrán hecho las señoras de Cuenca (que a veces también son de Zamora o de Soria) para que los responsables televisivos de este país las consideren incapaces de reírse con un gag que no sea de José Luis Moreno. O que las crean perdidamente enamoradas única y exclusivamente de hombres tipo Bertín Osborne.
La infancia es la edad de la inmediatez. Madurar implica ser capaz de retrasar la gratificación, de crear planes a largo plazo que requieren un sacrificio hoy a cambio de algo mejor en el futuro. Acaso un ambiente que nos permite satisfacer nuestros deseos instantáneamente nos lleve de nuevo a la época prepúber, en la que vivimos en la pura sensibilidad, en la que dejamos de lado el pensamiento racional (lento y esforzado) en favor del pensamiento intuitivo, en la que nos dejamos guiar más por el instinto que la razón.

Por desgracia, no hay respuestas o soluciones inmediatas para todo. Cuando una página web tarda más de unos pocos segundos en cargar podemos irnos a otra similar pero no es posible hacer lo mismo con lo más importante de la vida. La enfermedad física no suele curarse inmediatamente. Las aflicciones mentales y emocionales también pueden requerir meses para desaparecer. Salvo que tengamos muchísima suerte, no podemos ser ricos de un día para otro. Las relaciones de pareja dichosas no brotan de la noche a la mañana. En definitiva, todavía hoy no parece plausible obtener la felicidad en menos de dos horas.

lunes, 17 de julio de 2017

Imágenes

Una imagen vale más que mil palabras, se dice. El dicho me vino a la cabeza y comencé a pensar en cómo podía verificarse tal afirmación basándonos en la cantidad de información recibida por cada vía. Un conteo rápido de los textos de este blog me dice que la longitud media de las palabras es de cuatro letras, por lo que mil palabras serían unas cuatro mil letras. A un byte por letra, eso son casi cuatro kilobytes de información.

Por curiosidad, he hecho que mi ordenador me leyera en voz alta un texto de mil palabras con un total de seis mil ciento sesenta y dos caracteres. Ha tardado cinco minutos y seis segundos, lo que representa un ancho de banda de veinte bytes por segundo. A ese ritmo tardaría trescientos diecisiete días en descargar de internet un vídeo típico de poco más de quinientos megabytes.

¿Cuál es el ancho de banda del ojo humano? Sospecho que es muy difícil de medir y que depende de nuestra definición de información. ¿Contamos solo los atributos de la imagen en sí misma (colores, formas) o también lo que representan? Consideremos el archivo de imagen que se muestra a continuación, el cual ocupa veinticinco kilobytes.

Imagen de Wikimedia Commons
Casi todo el mundo puede reconocer que es la imagen de un cerebro. Los más versados en anatomía cerebral reconocerán el quiasma óptico. Los ilustres en anatomía e Historia sabrán que es un dibujo de Vesalio. Dependiendo del observador, la cantidad de información transmitida por una misma imagen puede variar.

Un estudio de la Universidad de Pensilvania cifró en 2006 el ancho de banda del ojo humano en 8,96 megabits por segundo, esto es, casi nueve millones de bits por segundo. El físico Danés Tor Nørretranders calcula que es de mil doscientos cincuenta megabytes por segundo (y la centésima parte de esa cantidad para el oído). Aunque no sepamos la cifra exacta parece que el dicho es cierto y que, efectivamente, podemos recibir mucha más información a través de los ojos que a través de los oídos.

La vista es uno de nuestros sentidos más importantes. En los primates, una buena porción del cerebro está dedicada a la visión. En los humanos, el córtex visual es el sistema más grande del cerebro y el procesamiento de la información visual supone el treinta por ciento de la actividad cerebral.

Actualmente, es conocimiento común el hecho de que la visión humana no funciona como una cámara, registrando pasivamente los estímulos sensoriales, sino que el cerebro interpreta dichos estímulos:

[E]l cerebro crea descripciones simbólicas. No recrea la imagen original, sino que representa los diversos rasgos y aspectos de la misma en términos completamente nuevos —no con garabatos de tinta, como es lógico, sino con su propio alfabeto de impulsos nerviosos—. Estas codificaciones simbólicas se crean en parte en la misma retina, pero sobre todo en el cerebro. Una vez allí, se dividen, transforman y combinan en la extensa red de áreas visuales cerebrales que a la larga nos permiten reconocer los objetos. Por supuesto, casi todo este proceso tiene lugar entre bastidores, sin entrar en el conocimiento consciente, razón por la cual da la impresión de ser fácil y obvio.
Esto salta a la vista (nunca mejor dicho) con algunas ilusiones ópticas, más concretamente con aquellas que no dependen de factores externos, como los arcoiris. En los conocidos ejemplos que aparecen a continuación, verbigracia, la imagen retiniana permanece constante pero nuestra percepción cambia, lo que sugiere que dicha percepción incluye criterio e interpretación. Como dice Ramachandran: «la percepción es una opinión del mundo formada de manera activa más que una reacción pasiva ante un input sensorial procedente de aquél».

Cubo de Necker.
El cubo parece estar igualmente encima o debajo del observador.

Ilusión de Ponzo.
Las líneas amarillas tienen la misma longitud.
Formas a partir de sombras, por Vilayanur S. Ramachandran.
La mitad parecen concavidades. Si se pone la imagen al revés,
las concavidades pasan a ser convexidades, y viceversa.

Toda percepción está sesgada. Nuestro sistema visual evolucionó para adaptarse a los objetos tridimensionales del mundo natural y, a consecuencia de ello, tiene ciertas expectativas. Así, ante un estímulo ambiguo, lo mejor que puede hacer el cerebro es adivinar cuál es la interpretación correcta. Las inferencias y suposiciones de nuestro cerebro pueden verse en ilusiones ópticas como las siguientes.

El triángulo de Kanizsa.
No existe ningún triángulo blanco.

La habitación de Ames, foto de Ian Stannard.
Ambas personas tienen en realidad la misma estatura.

Esperamos que la luz venga de arriba, que los objetos sean simétricos y que cambien sin saltos a lo largo del tiempo y del espacio, que las habitaciones sean cúbicas (en lugar de trapezoidales, como la de Ames), que el color de las imágenes de fondo sea uniforme (por ejemplo, el del cielo) y que las caras sean superficies convexas. Estos supuestos están tan arraigados en nuestro sistema sensorial que hay ocasiones en que no podemos dejar de ver la ilusión aunque sepamos que lo que percibimos no es real. Muestra de ello es la ilusión de la máscara hueca, en la que nuestra expectativa de que las caras sean convexas hace que veamos cómo la nariz apunta hacia nosotros, cuando en realidad lo está haciendo en dirección contraria.

La ilusión de la cara hueca.
La máscara es en realidad cóncava.

Podemos ingerir una buena cantidad de información por segundo a través de los ojos pero para digerirla a un ritmo suficientemente rápido el cerebro se vale de atajos y hace interpretaciones automáticas e inconscientes que no siempre pueden modularse voluntariamente. Esta es una estrategia sensata porque la mayor parte del tiempo las expectativas se cumplen y las conjeturas son correctas. De vez en cuando, sin embargo, nos topamos con una visión incongruente con nuestras expectativas y mostramos un sesgo de realidad, esto es, vemos los objetos más como esperamos que sean que como son realmente. El resultado es una ilusión.

Todo lo anterior quiere decir que es nuestra naturaleza no ver lo que hay sino lo que esperamos ver, lo que ya hemos visto muchas veces antes o lo que estamos preparados para ver. En estas páginas hemos visto que eso también se aplica a nuestras opiniones y creencias. Será porque en ambos casos el encargado de interpretar la información es el mismo órgano.

lunes, 10 de julio de 2017

En (no) pocas palabras

Me ha costado un rato sacar los datos pero pueden verlos a continuación: la longitud, en número de palabras, de cada artículo publicado en este blog hasta el momento.


Para el lector con inclinación estadística, decir que la media ronda las mil sesenta y cinco palabras, la mediana anda muy cerca (mil setenta y dos), el artículo más largo tiene unas dos mil seiscientas cuarenta palabras y el más corto, ninguna. La desviación estándar es de cuatrocientas noventa y cinco palabras.

Como se puede observar gracias a la línea de regresión, con el tiempo los artículos se han ido haciendo cada vez un poco más largos, teniendo la mayoría de los escritos entre seiscientas y mil seiscientas palabras. Todo bloguero que se precie sabe que eso viola una de las normas básicas de las publicaciones en internet, a saber, la brevedad. Según los autores de The Huffington Post Complete Guide to Blogging:

[W]e know from experience that unless the reader can see the end of your post eight hundred words in, a good portion of them will stop scrolling down. Even eight hundred words is an intimidating block of text. Break it up with a picture or pull quote, and definitely with some links. If you find that you can't do justice to your point in eight hundred to a thousand words, consider breaking the thought up into two or more posts.
Hay quien piensa incluso que ese límite es demasiado alto:

In a retrospective of his last ten years of blogging, publisher Om Malik of GigaOM bragged that he’d written over eleven thousand posts and 2 million words in the last decade. Which, while translating into three posts a day, means the average post was just 215 words long. But that’s nothing compared to the ideal Gawker item. Nick Denton told a potential hire in 2008 that it was “one hundred words long. Two hundred, max. Any good idea,” he said, “can be expressed at that length.”
Para que se hagan una idea de la longitud que representan doscientas palabras, de haber respetado el susodicho límite este artículo habría terminado a mitad de la primera cita, concretamente en la frase «Break it up with a picture or pull quote, and definitely».

La forma en la que consumimos contenidos a través de internet parece estar centrada en el flujo de novedades más que en el propio contenido. Puede que pasemos muchas horas conectados a lo largo de un día o de una semana pero dedicamos muy poco tiempo a cada elemento en particular. Creo que gastamos más tiempo haciendo scroll en Twitter, Facebook, Tumblr y los periódicos digitales que leyendo. Los estudios que registran el movimiento de los ojos de los lectores muestran que la mayor parte de las veces nos quedamos solo con el titular. Si abrimos un artículo seguramente acabemos leyéndolo, como suele decirse, en diagonal. Por usar una metáfora televisiva, se podría decir que en internet nos preocupa más hacer zapping que ver los programas.

Así, estamos expuestos a muchas ideas e información, pero siempre se tratan de forma superficial. Cuando la prioridad es recibir novedades no hay lugar para análisis en profundidad o sesudos razonamientos. Como suele ocurrir, esta preocupación por la forma en la que la tecnología afecta a nuestra forma de pensar no es nada nuevo:

The brevity of the telegraph’s messages didn’t sit well with many literary intellectuals either; it may have opened access to more sources of information, but it also made public discourse much shallower. More than a century before similar charges would be filled against Twitter, the cultural elites of Victorian Britain were getting concerned about the trivialization of public discourse under an avalanche of fast news and “snippets.” In 1889, the Spectator, one of the empire’s finest publications, chided the telegraph for causing “a vast diffusion of what is called ‘news,’ the recording of every event, and especially of every crime, everywhere without perceptible interval of time. The constant diffusion of statements in snippets ... must in the end, one would think, deteriorate the intelligence of all to whom the telegraph appeal.”
No obstante, a mi modesto entender, es una preocupación legítima. Consideremos el dato siguiente:

The pressure to keep content visually appealing and ready for impulse readers is a constant suppressant on length, regardless of what is cut to make it happen. In a University of Kentucky study of blogs about cancer, researchers found that a full 80 percent of the blog posts they analyzed contained fewer than five hundred words. The average number of words per post was 335, short enough to make the articles on the Huffington Post seem like lengthy manuscripts.
Al igual que Ryan Holiday (autor del texto anterior), pienso que doscientas, trescientas, quinientas o incluso ochocientas palabras no son suficientes para exponer apropiadamente las complejidades y matices del cáncer y sus tratamientos. O de un ideario político. O de una teoría filosófica. (Y con esto van ya ochocientas palabras).

Tal vez eso no sería un problema si todos fuéramos conscientes de las limitaciones del medio digital. Podríamos pensar que las redes sociales y los blogs son para estar al día y que quien necesite hondas disquisiciones sobre un tema en concreto puede recurrir a los libros. Por desgracia, ya vimos que la lectura está de capa caída. Por otra parte, a diferencia de los libros, la inmensa mayoría del contenido en la red es gratuito, y el acceso a él es mucho más rápido y cómodo. No es de extrañar, por tanto, que quien quiera informarse sobre algo lo primero que haga es buscar en Google y leer por encima un puñado de textos breves de blogs cuya reputación desconoce.

De acuerdo con Jakob Nielsen, un buen editor puede recortar un cuarenta por ciento el número de palabras de un artículo haciendo que el escrito pierda solo un treinta por ciento de su valor. Yo soy el primero en reconocer que los ensayos de este blog podrían resumirse mucho pero no estoy por la labor. Temo que la brevedad propia de la red atrofie capacidades cognitivas como la concentración, la comprensión y la argumentación, facultades ya de por sí poco desarrolladas en el común de la población. En Twitter, verbigracia, la gente no debate: discute. Un tuit o un conjunto de ellos sirve para provocar una respuesta emocional en el lector más que para activar el sistema de pensamiento deliberativo.

Considero la brevedad escrita en internet uno de los males de la sociedad moderna. Desde mi punto de vista es preciso presentar la información y las ideas junto con los hechos y pensamientos que llevaron a ellas. Actuar de otra forma es robar al lector la ocasión de calibrar la solidez de las conclusiones, de ampliar información por su cuenta, de encontrar errores y lagunas en la argumentación o los datos y, en definitiva, de pensar por sí mismo. Las afirmaciones e informaciones desnudas son el equivalente intelectual de una cucharadita de sirope, fácil de tragar pero carente de alimento. Y más importante aún: su aceptación o rechazo es cuestión de dogma, no de raciocinio.

lunes, 26 de junio de 2017

Marionetas

La mañana del día previo a las elecciones presidenciales francesas me levanté de un humor sombrío. La noche de aquel viernes se habían publicado en internet memos y correos electrónicos robados a personal de la campaña de Emmanuel Macron. El momento de la publicación no era casual: fue justo antes del inicio de la jornada de reflexión, durante la cual los medios de comunicación no pueden hablar de nada relacionado con las elecciones. Eso obligaba a que las discusiones sobre el material filtrado tuvieran lugar exclusivamente en las redes sociales y en medios extranjeros.

El problema para los responsables de la filtración era que en aquellos documentos no había nada relevante. De hecho, enseguida se vio que el material filtrado contenía información equívoca fabricada para crear confusión:

The leak package is huge – 9Gb – suggesting at a quick glance (all the time anyone had) that there was a lot of scandalous or incriminating content. No such luck. Although this was promoted as #MacronLeaks, there are no emails from Macron. The majority of the package seems to be padding to fill it out.
The archive was intentionally packaged to give the appearance of a data dump containing documents, emails and other recent primary sources regarding Macron. It contains nothing of the sort. The packaging was maliciously crafted to deliberately mislead a cursory reading.
There is direct evidence that some of the documents have been altered from their original source. What actual tampering has been done is impossible to know given only the data supplied by the malicious agency. Some content is highly peculiar – an emailed receipt to an obscure old politician for 10 grams of 3MMC, purchased with Bitcoin, to be shipped direct to the National Assembly!
Foto de Louis Vest
La estrategia de quien estuviera detrás de ello era, según el investigador Thaddeus Grugq, publicar una gran cantidad de información imposible de analizar en el tiempo disponible antes de las elecciones, hacerlo justo antes de la jornada de reflexión para que los medios oficiales no pudieran desmentir nada, y aprovechar las redes sociales para hacer ruido y extender la propaganda (ibídem):

Package old intelligence data into an archive structured to appear like current Macron intel. Craft and amplify short scary narratives allegedly supported by evidence inside the leak – e.g. “Macron was in contact with a Mid East arms dealer, was he selling weapons to ISIS??” (reality: ISIS didn’t exist when the arms dealer sent those emails to someone not-Macron, and Macron was in school at the time.) Use the troll armies to amplify and promote the leak and the narratives. As soon as word of the massive leak, and the incendiary allegations, makes it out into the French consciousness the law will prohibit further analysis or discussion.
Era evidente que la filtración se produjo para influir en el resultado del sufragio. Ya había ocurrido algo similar en las elecciones estadounidenses del año pasado pero esta vez era demasiado descarado. En esta ocasión el titiritero había mostrado claramente los hilos, como si ya no necesitara esconderlos de las marionetas, convencido de que los cráneos de estas están totalmente huecos.

No será la última vez que tenga lugar una argucia de este tipo (aunque probablemente cambie la forma en la que se haga). Es el hecho que la sociedad civil siempre ha sido un objetivo relativamente indefenso de los gobiernos y las elites, los cuales aprovechan las nuevas plataformas de comunicación para sus planes:

Russia-linked cyber espionage campaigns, particularly those involving targeting around the 2016 U.S. elections, and more recently the 2017 French election, have dominated the media in recent months. As serious as these events are, often overlooked in both media and industry reports on cyber espionage is a critical and persistent victim group: global civil society.
A healthy, fully-functioning, and vibrant civil society is the antithesis of non-democratic rule, and as a consequence, powerful elites threatened by their actions routinely direct their powerful spying apparatuses toward civil society to infiltrate, anticipate, and even neutralize their activities. Unlike industry and government, however, civil society groups typically lack resources, institutional depth, and capacity to deal with these assaults. For different reasons, they also rarely factor into threat industry reporting or government policy around cyber espionage, and can be the silent, overlooked victims.
Como digo, nada de esto es nuevo. Desde siempre, los ciudadanos hemos tenido que guardarnos de las mentiras de nuestros propios mandatarios, así como de los embustes que llegan sobre ellos allende las fronteras:

In politics, the art of innuendo in the United States goes back to the birth of the nation in what were called "whispering campaigns." For example, rumors circulated that Thomas Jefferson was an atheist and had debauched a well-born Virginia belle, that Martin van Buren was the illegitimate son of Aaron Burr, that Andrew Jackson had lived with his wife before marriage, and that John Quincy Adams had acted as a pander for a Russian nobleman. The tradition continues into the modern era. In the 1970s, Richard Nixon's campaign staff hired "dirty tricksters" to spread rumors about leading Democratic candidates—rumors that many political analysts believe were at the heart of the withdrawal of front-runningEdmund Muskie from the presidential race.

[...] The use of factoids is also a common practice in campaigns against other nations. Adolf Hitler and his propaganda minister, Joseph Goebbels, mastered the art of what has been termed "the big lie." According to Nazi propaganda theory, one effective way to persuade the masses is to develop and repeat falsehoods—for example, "The German people are a master race; Europe is menaced by the Jewish conspiracy." Such big lies are difficult to prove false. For example, the fact that there is no evidence that a Jewish conspiracy exists is just further evidence regarding the cleverness of Jews. The big lie is then supported by many small but often irrelevant facts to make the big lie all that more believable—for example, some Jews own banks and Karl Marx, the founder of communism, was Jewish.
Pero no son solo los políticos quienes juegan a ser titiriteros. Cada uno de nosotros engulle diariamente toneladas de publicidad fabricadas por las marcas. Los personajes públicos, sean o no políticos, contratan asesores de imagen para moldear la percepción que tenemos de ellos. Personas con intereses comunes forman grupos de presión (lobbies, fundaciones, institutos, asociaciones, webs) para obtener privilegios, defender los que ya tienen o extender sus ideas económicas, políticas o religiosas. En el lugar de trabajo, nuestros compañeros y, especialmente, nuestros jefes, tratan de persuadirnos para que les ayudemos a alcanzar sus objetivos. En casa, nuestras parejas, hijos y amigos nos manipulan para que hagamos esto o aquello. A lo largo de nuestra vida todos estamos influidos por el zeitgeist.

No hay escapatoria. Incluso si estamos solos y aislados del resto de seres humanos cada uno de nosotros es su propio maestro de marionetas cuando cede a sus apetitos e instintos naturales, a los miedos que todos albergamos, a las ambiciones que nos impulsan.

Decía el Doctor Manhattan en Watchmen: «We're all puppets, Laurie. I'm just a puppet who can see the strings». Ese personaje de ficción se refería al determinismo de las leyes de la física, mientras que yo me refiero al control que los seres humanos tratamos de ejercer entre nuestros semejantes. En este caso el problema no es ver los hilos; todos sabemos que los políticos y los publicistas nos mienten para obtener algo de nosotros. El problema es conseguir ser inmune a sus tejemanejes. Por desgracia, el mero hecho de saber que el comunicador está tratando de influenciarnos no siempre nos protege de su mensaje:

A public opinion poll showed that the overwhelming majority of adult respondents believe television commercials contain untruthful arguments. Moreover, the results indicate that the more educated the person, the more skeptical, and that people who are skeptical believe their skepticism makes them immune to persuasion.

This might lead us to conclude that the mere fact of knowing a communicator is biased protects us from being influenced by the message. But [...] this is not always the case. Simply because we think we are immune to persuasion does not necessarily mean we are immune. For example, although attempts to teach children about advertising and its purposes have led to more skepticism about advertising, this skepticism seldom translates into less desire for advertised brands. Similarly, many adults tend to buy a specific brand for no other reason than the fact that it is heavily advertised.
Según Elliot Aronson, una de las razones de que esto ocurra es que solemos recibir esos mensajes cuando estamos distraídos, cansados o no nos apetece pensar. En esa situación nuestras defensas intelectuales no se despliegan, no nos esforzamos por refutar el mensaje y, como consecuencia, acabamos siendo convencidos. La publicidad es el ejemplo más obvio, con la política siguiéndole muy de cerca (en especial cuando la comunicación encaja con nuestros prejuicios o ideas).

Claro que ¿a quién le queda energías al final del día para informarse, contrastar y desmentir? Aronson termina su libro sobre el abuso de la propaganda con una lista de veinticuatro contramedidas pero todas ellas exceden las capacidades de una sola persona o exigen más esfuerzo del que un individuo común está dispuesto a invertir.

Todos somos marionetas y con frecuencia podemos ver los hilos. Lo que ocurre es que no hay un solo titiritero sino miles de ellos (incluyéndonos a nosotros mismos) y es muy difícil escapar de las cuerdas de todos.

lunes, 19 de junio de 2017

Incultos

Una de las principales aportaciones de Immanuel Kant a la filosofía fue el imperativo categórico, la pieza doctrinal básica de su teoría moral. El imperativo es la fórmula que toman los mandatos de la razón práctica, siendo estos últimos representaciones de un principio objetivo. El imperativo no expresa un estado (por ejemplo: todas los seres humanos son mortales) sino que ordena o manda una acción (verbigracia: todos los seres humanos deben obrar de forma moral). Si no lo han entendido, no se preocupen; es moneda común. Enseguida veremos ejemplos que esclarecerán el asunto.

Hay dos clases de imperativos, según Kant:

Todos los imperativos mandan hipotética o categóricamente. Los primeros representan la necesidad práctica de una acción posible como medio para conseguir alguna otra cosa que se quiere (o es posible que se quiera). El imperativo categórico sería el que representaría una acción como objetivamente necesaria por sí misma, sin referencia a ningún otro fin.
Foto de j.sutt
Así, los imperativos hipotéticos toman la forman «si quieres X debes hacer Y». Por ejemplo: si quieres curarte debes tomar esta medicina. Los imperativos categóricos, por el contrario, tienen la forma «debes hacer Y». Por ejemplo: debes respetar la vida de los demás. Mientras que los imperativos hipotéticos ven su validez condicionada por el fin que persiguen, los categóricos no son medios para obtener algo y deben seguirse sin condición ninguna.

Hasta aquí esta muy breve introducción a la ética kantiana. Mantengan estas ideas en mente mientras hablamos del tema de hoy.

Consideremos el siguiente párrafo extraído del reportaje Los nuevos bárbaros, cuyo contenido expresa una idea muy común en nuestra sociedad:

“Yo a mi hija ya le he dicho que se haga cantaora o algo, que canta muy bien. Sal en la tele”. El que habla es Mané, que tiene un bar donde, a veces, por las tardes, se juntan unos amigos a tocar flamenco. “Yo esos de los libros, a los que van de culturales, me descojono”, dice. “Llevo diez años con el negocio y no he visto ni uno que tenga para pagarse los cafés. ¿Qué le dices a tu gente? ¿Qué sean como ellos? Venga hombre. Mucha facha y nada más. A mí, esos de los libros, negocio me hacen poco”.
Si son lectores habituales de este blog es posible que esa última frase («a mí, eso de los libros, negocio me hacen poco») les recuerde a los batuecos de la Carta a Andrés escrita por Mariano José de Larra que comentamos la semana pasada, uno de los cuales dice: «el saber es para los hombres que no tienen sobre qué caerse muertos». Casi doscientos años después, la actitud española ante la cultura sigue siendo la misma, o peor. Como dice Raquel Tomé en su reportaje: «desde abajo la cultura se ve como un lujo estúpido y prescindible, cuando no como un problema».

Supongo que esta actitud se debe a la escasa (o nula) utilidad práctica de la cultura en el mundo actual, en la que el conocimiento de las artes clásicas o de las artes liberales no son condición sine qua non para alcanzar nuestros objetivos vitales más comunes, a saber, dinero, amor o reconocimiento. La única excepción quizá sea la salud.

Tal vez en épocas pasadas la formación cultural era un indicador de clase social superior y, como tal, era perseguida por quienes querían ascender en la escala social. Hoy, sin embargo, lo que da dinero es formar parte de la sociedad del espectáculo o ser un superespecialista, nada de lo cual requiere conocimiento de los autores clásicos. Sirva como ejemplo este otro pasaje del reportaje antes mencionado:

Fátima fue a la universidad, estudió Derecho, se colocó y no volvió a leer ni una línea que no fuese necesaria para su trabajo. “No me hace falta. Soy independiente, gano dinero, me he casado y, si quieres que te diga la verdad, las conversaciones en mi ambiente van sobre cualquier cosa menos sobre cultura. Alguna ‘peli’ de George Clooney y punto”.
En una sociedad de mercado lo más importante para vivir con desahogo es tener dinero, y para obtenerlo da igual que creamos que la leche con chocolate proviene de vacas de color marrón, que la capital de Dinamarca es Häagen-Dazs, que la Tierra es plana, que el trivium y el quadrivium son videojuegos o que Erwin Schrödinger fue un delantero del Bayern de Munich. Como el vicario saboyano de Rousseau podemos exclamar: «Gracias al cielo, ya estamos libres de ese espantoso aparato de filosofía y podemos ser hombres sin ser sabios».

Con la cultura desprovista de utilidad el único imperativo que nos queda es el categórico, esto es, adquirir cultura por ser necesaria en sí misma. Se trataría aquí de encontrar algún razonamiento cuya conclusión lógica sea que debemos ser cultos, independientemente de si nos es útil o no. ¿Existe tal razonamiento? Lo ignoro, y mi limitado intelecto hace que sea incapaz de alumbrar uno. Como los críticos de Kant han dejado claro durante dos siglos, no es nada fácil sostener con argumentos puramente deductivos que algo posee pleno valor en sí mismo. Más difícil aún es para cualquiera de nosotros perseguir cualquier cosa buena de suyo que suponga un esfuerzo y hasta pueda perjudicarnos, por más que hacerlo sea nuestro deber (ibídem Kant):

De hecho, descubrimos también que cuanto más viene a ocuparse una razón cultivada del propósito relativo al disfrute de la vida y de la felicidad, tanto más alejado queda el hombre de la verdadera satisfacción, lo cual origina en muchos (sobre todo entre los más avezados en el uso de la razón), cuando son lo suficientemente sinceros como para confesarlo, un cierto grado de misología u odio hacia la razón, porque tras el cálculo de todas las ventajas extraídas, no digamos ya de los lujosos inventos que procuran ordinariamente todas las artes, sino incluso de los correspondientes a las ciencias (que al cabo les parecen ser asimismo un lujo del entendimiento), descubren que de hecho solo se han echado encima muchas más penalidades, antes que haber ganado en felicidad y lejos de menospreciarlo, envidian finalmente a la estirpe del hombre común, el cual se halla más próximo a la dirección del simple instinto natural y no concede a su razón demasiado influjo sobre su hacer o dejar de hacer.
Incluso aunque existiera dicho razonamiento y este fuera irrefutable creo que de poco serviría. La mente ignorante es impermeable a todo aquello que no le sirva para satisfacer sus instintos naturales. Recuerden la conversación de Larra, en la que cada admonición por un aspecto de la cultura era contestado con un ejemplo de inutilidad para la vida diaria. Si ser instruido no es necesario para el día a día, no da dinero ni permite adquirir un estatus superior y, para más inri, todos somos igual de ignorantes, entonces a nadie le importa que la erudición sea lo debido. En un país de golfos y analfabetos los valores son un lastre, y tan pringado es un ciudadano ilustrado como uno que obra moralmente. Aquí la única forma útil de hacer que hubiera más visitas al Museo del Prado sería regalando una copa con la entrada.

Irónicamente, como la maldad e hipocresía humanas no conocen asíntota no tenemos problema en hacer mofa y befa de la ignorancia ajena, por más que la propia clame al cielo. Decimos a menudo que la gente «es gilipollas» o «está mal de la cabeza», exigiendo de forma implícita que se conduzcan según los principios de la razón, aun cuando ese sea un estándar que no apliquemos a nosotros mismos. Es posible que, como sociedad, nos fuera mejor si nuestro nivel cultural medio fuera más elevado pero individualmente pocos están dispuestos a hacer el esfuerzo. Como ocurre con tantas otras cosas, eso mejor que lo hagan otros.

Habrá quien piense, como esos economistas a quienes no quita el sueño la extinción de especies animales y vegetales sin valor económico, que si no sirve para nada pues que qué más da, que a la porra con la cultura. Pero esa es una idea peligrosa, habida cuenta de que la mayoría de las vidas humanas no sirven para nada. Burlarse de quien gasta parte de su tiempo en cultivar su intelecto es como reírse del apego a la vida de quien tiene una existencia irrelevante, indistinguible de la de millones de personas y perfectamente prescindible. Es decir, de casi todo el mundo.

No creo que la situación vaya a mejorar. Si hemos dado la espalda a la cultura durante siglos probablemente sigamos haciéndolo durante las centurias venideras. Aún así, no soy especialmente pesimista porque creo que la oferta cultural seguirá extendiéndose, y que la facilidad para acceder a ella y los formatos en que se presenta seguirán creciendo, tal como ha venido ocurriendo. Si los modelos clásicos de la economía son ciertos eso significa que se consumirá más cultura. El grueso de la población seguirá teniendo un nivel cultural cercano al de cualquier cabestro de los que protagonizan los programas de Telecinco pero, al menos, una mayor proporción de quienes quieran cultivarse podrán hacerlo.