lunes, 20 de febrero de 2017

Mateo (y IV)

Por mucho que se empeñen los teístas religiosos en hacer ver que la fe no es contraria a la razón, lo cierto es que va más allá de lo que es ordinariamente razonable, ya que implica aceptar lo que no puede establecerse como verdadero mediante el ejercicio apropiado de nuestras facultades cognitivas. De hecho, esa parece ser una característica fundamental de su propia naturaleza: tener fe significa seguir creyendo a pesar de todas las pruebas y argumentos en contra. En palabras de William James: «Faith is when you believe something that you know ain’t true».

Foto de Hamed Al-Raisi
El problema de la razonabilidad empeora cuando tenemos en cuenta que las tradiciones religiosas no solo insisten en que Dios existe, sino que además aseguran que se ha revelado a los hombres de una u otra manera, describiéndose así o asá y asegurando esto o lo otro. Por tanto, no se trata solo de que la metafísica del ser supremo haya de ser razonable, sino que también la epistemología de sus revelaciones ha de serlo; es un pack cuyos elementos no se pueden vender individualmente. Sam Harris lo caricaturiza así:

Our situation is this: most of the people in this world believe that the Creator of the universe has written a book. We have the misfortune of having many such books on hand, each making an exclusive claim as to its infallibility. People tend to organize themselves into factions according to which of these incompatible claims they accept—rather than on the basis of language, skin color, location of birth, or any other criterion of tribalism. Each of these texts urges its readers to adopt a variety of beliefs and practices, some of which are benign, many of which are not. All are in perverse agreement on one point of fundamental importance, however: "respect" for other faiths, or for the views of unbelievers, is not an attitude that God endorses.
En esta serie de artículos yo he obviado directamente los textos sagrados porque no resisten un mínimo análisis de coherencia si se quieren interpretar literalmente, mientras que si se toman como una alegoría a interpretar nos toparemos con todos los problemas que ello plantea (autoridad, significado, fiabilidad de las fuentes, etcétera).

Martin Gardner, uno de los fundadores del movimiento escéptico moderno, se definía como teísta filosófico o fideísta. En una entrevista para la revista Skeptic explicaba:

I call myself a philosophical theist in the tradition of Kant, Charles Peirce, William James, and especially Miguel Unamuno, one of my favorite philosophers. As a fideist I don’t think there are any arguments that prove the existence of God or the immortality of the soul. Even more than that, I agree with Unamuno that the atheists have the better arguments. So it is a case of quixotic emotional belief that is really against the evidence and against the odds. The classic essay in defense of fideism is William James’ The Will to Believe. James’ argument, in essence, is that if you have strong emotional reasons for a metaphysical belief, and it is not strongly contradicted by science or logical reasons, then you have a right to make a leap of faith if it provides sufficient satisfaction.
Es lo que se conoce como credo consolans: creo porque me consuela. Eso sitúa la fe religiosa al nivel de otras preferencias personales que no tienen, ni necesitan, justificación. Para el economista Robin Dale Hanson, las creencias son como la ropa: las llevamos encima por muchas razones, desde las prácticas hasta las sentimentales. Escribe:

Clothes are both "functional" and "social". Functionally, clothes keep us warm and cool and dry, protect us from injury, maintain privacy, and help us carry things. But since they are usually visible to others, clothes also allow us to identify with various groups, to demonstrate our independence and creativity, and to signal our wealth, profession, and social status. The milder the environment, the more we expect the social role of clothes to dominate their functional role.
[...] Beliefs are also both functional and social. Functionally, beliefs inform us when we choose our actions, given our preferences. But many of our beliefs are also social, in that others see and react to our beliefs. So beliefs can also allow us to identify with groups, to demonstrate our independence and creativity, and to signal our wealth, profession, and social status. 
Quizá sea por eso que soy sordo a la fe. No encuentro ningún consuelo en la creencia de un ser superior que se preocupa por mí, o en la de una vida después de la muerte. Tampoco puedo creer en algo cuando todas las pruebas apuntan en sentido contrario y violan las leyes de la lógica. En primer lugar, porque me sentiría aún más estúpido de lo que ya me siento normalmente. En segundo lugar, porque estaría renunciando a sabiendas a mi razón. Al hablar del alcohol ya mencioné que hacer eso supone dejar a un lado una de las características más salientes del ser humano (si no la definitoria) y que, según el razonamiento aristotélico, estaríamos renunciando a nuestra felicidad.

Lo cierto es que dotar a sus criaturas de ciertos bajos instintos y luego pedirles que renuncien a ellos es algo muy propio del dios retratado por las escrituras cristianas (y más aún del dios maligno del que hablamos en el artículo anterior). Añadir el ejercicio de la razón a la lista de pecados capitales pone de manifiesto que el pensamiento crítico no es algo que Dios apruebe.

La gota que colmó el vaso de mi ateísmo fue leer en una revista científica que se podían provocar sentimientos religiosos en una persona mediante la estimulación transcraneal de ciertas zonas del cerebro. Fue como cuando te explican un truco de magia: la ilusión desaparece y te das cuenta de cómo el mago ha engañado a tu cerebro. Aquello me hizo entender que Dios existe solo dentro de nuestras cabezas.

lunes, 13 de febrero de 2017

Mateo (III)

Soy de los que piensa, como Arturo Pérez-Reverte, que solo hay dos tipos de personas: hijos de puta en potencia o en vigencia. Si Dios nos hizo a su imagen y semejanza entonces deduzco que es un ser todopoderosamente malvado. Su crueldad y malignidad no conocen límites. Nos creó para torturarnos y se alimenta de nuestras lágrimas.

Para muchos, la existencia de un Dios pérfido puede parecer una proposición absurda pero, examinada de cerca, es tan sólida (o endeble) como la de un Dios amante y misericordioso. Por ejemplo, los argumentos que examinamos en el artículo anterior (la primera causa, el diseño inteligente, el argumento ontológico, las leyes naturales) nada tienen que decir acerca de la moralidad de ese creador/diseñador. Por tanto, son argumentos igualmente válidos (o, como vimos, inválidos) para sostener tanto la existencia de un Dios bueno como la de un Dios malo.

Foto de Farley Roland Endeman
Alguien podría tratar de refutar la hipótesis del Dios maligno señalando todo lo bueno que hay en el mundo: personas bondadosas, gente inmensamente feliz, naturaleza hermosa, el amor incondicional de los padres, los cuerpos sanos, esbeltos y hermosos de algunos seres humanos, la inteligencia excepcional de otros, etcétera. Si Dios fuera malvado ¿por qué iba a darnos todo eso?

Pues bien, este contraargumento es el reflejo exacto del «problema del mal» identificado por Epicuro. Si Dios es omnipotente y bueno, ¿por qué permite el mal? Quizá Dios desee eliminar el mal del mundo pero no pueda, en cuyo caso no sería todopoderoso. O quizá pueda, pero no quiera, en cuyo caso no sería amoroso. Tal vez ni quiera ni pueda, por lo que no estaríamos hablando de Dios como lo concebimos. Finalmente, es posible que quiera y pueda pero, entonces, ¿por qué hay tanto mal en el mundo?

Nuestro Dios perverso supone una paradoja similar. ¿Por qué no acaba con todo lo bueno del mundo? Lo relevante es que las mismas respuestas teológicas pueden emplearse para justificar a ambos dioses. Por ejemplo, el argumento del libre albedrío establece que el mal existe porque Dios (bueno) da a los hombres libertad. Esta libertad permite a los seres humanos hacer el bien más importante de todos, aquel del que ellos mismos son responsables. Si fuéramos meras marionetas que siempre hacen lo correcto nuestras obras no tendrían valor moral.

Pero dar libertad a sus criaturas es algo que el Dios vil también hace. Como resultado, las personas a veces contravenimos los deseos de nuestro perverso creador y elegimos hacer el bien. Por otro lado, cuando obramos mal lo hacemos libre y voluntariamente, llenando el mundo de ese tipo de mal moralmente relevante.

¿Por qué el Dios bueno y misericordioso nos hace la puñeta en la vida? Una posible respuesta es que las desgracias nos ayudan a desarrollar el carácter. El Dios maligno obra de forma parecida: nos da cosas buenas como contraste, de manera que no podamos acostumbrarnos al dolor y lo desagradable parezca aún más desagradable. Da a los demás éxitos y bienaventuranzas para provocar nuestra envidia, resentimiento, celos y frustración. Nos hace amar a nuestros hijos para que nos sintamos constantemente preocupados por su bienestar y angustiados por su pérdida. Nos proporciona cuerpos saludables a sabiendas de que con los años nos serán arrebatados para que nos torturemos pensando en la llegada de ese momento y que, para cuando finalmente llegue, nos comparemos con nuestro joven yo y nos sintamos unos inútiles.

Otra tesis habitual sostiene que Dios, en su infinita sabiduría, tiene un plan para nosotros que nuestra limitada mente no pueda entender. Esto es aplicable a Dios tanto si es bueno como si es malo. En ambos casos el resultado es que no somos capaces de entender ese plan divino que mezcla cosas buenas y malas en nuestras vidas. Dicho sea de paso, este argumento del plan pone de manifiesto la paradoja de la oración como petición. Si Dios (bueno o malo) es infinitamente más sabio y tiene un plan para cada uno de nosotros por buenas razones que solo él conoce ¿qué sentido tiene pedirle por nosotros o por los demás? ¿No estaríamos actuando como un niño que le pide a sus padres gominolas para desayunar, comer y cenar?

Cualquier defensa que se nos ocurra a favor del Dios bueno se puede utilizar para defender al Dios malvado. Nadie puede probar la no existencia del primero pero, de igual manera, nadie puede probar tampoco la no existencia del Dios malo. El Nuevo Testamento habla de Dios como un padre pero el Viejo Testamento retrata a un Dios guerrero, vengativo y cruel mientras que Alá, por lo que tengo entendido, también es un Dios guerrero (de hecho, sería propio de un Dios maligno convencer a los hombres de distintas encarnaciones suyas que chocaran para provocar el conflicto entre ellos). Los milagros que versan sobre curaciones o salvamentos inexplicables se pueden contrarrestar con relatos de enfermedades y muertes súbitas. Las posesiones demoníacas se contraponen a las placenteras experiencias místicas. Etcétera.

La única forma de echar por tierra la hipótesis del Dios maligno es renunciar al Dios benévolo argumentando, verbigracia, que Dios es un ser inefable que no podemos comprender, o una energía (signifique eso lo que signifique), o Gaia, o cualquier otro retrato difuso y vago. En todos estos casos nuestra ausencia de comprensión hace que no nos esté permitido etiquetar moralmente las intenciones de dicho ser. O bien, podemos asumir que la idea de un Dios maligno es absurda y, por equivalencia, la de un Dios benévolo también lo es.

(Me topé con la hipótesis del Dios maligno a través del imprescindible libro de Stephen Law titulado Believing Bullshit: How Not to Get Sucked Into an Intellectual Black Hole. Si están interesados, su trabajo sobre esta hipótesis en concreto está disponible en línea).

Continuará

lunes, 6 de febrero de 2017

Mateo (II)

Como bien dijo Bertrand Russell: «la cuestión de la existencia de Dios es una cuestión amplia y seria, y si yo intentase tratarla del modo adecuado, tendría que retenerles aquí hasta el Día del Juicio, por lo cual deben excusarme por tratarla en forma resumida». Por razones de espacio, la discusión de los argumentos lógicos aquí retratada consistirá en trazos gruesos de cinco argumentos clásicos. No les costará encontrar más información en los libros mencionados en la primera parte.

El argumento de la primera causa

Según este argumento todo cuanto vemos en el mundo tiene una causa. Si vamos hacia atrás en la cadena de causalidad llegamos a una primera causa a la que llamamos Dios. Esa primera causa sería lo que dio origen al Big Bang, por ejemplo.

Pero si todo tiene que tener alguna causa, entonces Dios debe tener una causa, que a su vez debe tener otra causa, y así sucesivamente en una serie infinita. Por el contrario, si Dios no necesita una primera causa, es decir, si la cadena de causalidad es finita, entonces es evidente que puede haber algo sin causa, razón por la cual el mundo físico también puede haber nacido sin causa. De hecho, desde el punto de vista de la navaja de Occam es mucho más razonable suponer que es el universo la primera causa que introducir el concepto de Dios. Tengamos en cuenta que todas las cuestiones relativas al universo primigenio (¿cómo apareció ahí? ¿por qué?) son igualmente aplicables a Dios.

El argumento de la primera causa depende además del concepto del tiempo. Para que A pueda ser la causa de B, A debe preceder a B. La concepción de un dios atemporal invalida automáticamente este argumento. Si tenemos en cuenta, además, que el tiempo empieza con la expansión del universo, vemos que el concepto de «causa del Big Bang» es un sinsentido, como hablar del decimotercer huevo de una docena.

La ciencia no es lo que era cuando se formuló este argumento por primera vez. David Hume puso de manifiesto, a través de la falacia de la inducción, que encontrar la causa real de algo es más difícil de lo que parece. Los avances en física ponen de manifiesto este hecho cuando nos hacen ver que, a nivel de partículas, las causas son más probabilísticas que determinísticas.

El argumento de la ley natural

El argumento de la ley natural señala las leyes de la naturaleza descubiertas por los físicos y postula a Dios como el legislador de tales leyes.

Foto de Moyan Brenn
Dejando a un lado el hecho de que las leyes naturales son una descripción de cómo ocurren las cosas y no una prescripción, la réplica a este argumento es parecida al caso anterior. Por un lado, las leyes de la naturaleza son en buena parte promedios estadísticos producto del azar. Por otro, cabe preguntar por qué Dios hizo esas leyes y no otras. Si lo hizo sin razón alguna entonces hallamos algo que no está sometido a la ley y, por tanto, se viola el orden de la ley natural. Y al contrario: si hubo alguna razón para las leyes obra de Dios, entonces el mismo Dios estaría sometido a la ley y, por tanto, de nuevo puede eliminarse en virtud del principio de la navaja de Occam.

El argumento del principio antrópico

Pueden ver una versión de este argumento en aquel vídeo en el que el conocido actor Kirk Cameron escucha a Ray Comfort hablar del plátano como «la pesadilla de los evolucionistas». Según Comfort, las características de dicha fruta muestran claramente que están hechas para los seres humanos. En general, el argumento del principio antrópico sostiene que el mundo está hecho para que podamos vivir en él. Algún creador tuvo a bien situar el planeta Tierra a la distancia justa del Sol y llenarlo de frutas fáciles de comer para nuestro disfrute (según Russell, incluso se arguyó que los conejos tienen las colas blancas con el fin de que sea más fácil dispararles).

Es evidente a primera vista que este no es un argumento muy fuerte. Como dijo Voltaire: «es absurdo sostener que la naturaleza haya obrado en todas las épocas ajustándose a las invenciones de nuestras artes arbitrarias». El célebre filósofo francés ridiculizó esta idea haciendo decir a uno de sus personajes de Cándido o el optimismo que la forma de la nariz está pensada para llevar las gafas y que las piernas están diseñadas para las medias.

Las versiones más actuales del principio antrópico extienden su alcance al universo entero, sosteniendo que las leyes físicas parecen estar calibradas milimétricamente para dar lugar a la aparición de la vida. Esto enlaza con el siguiente argumento, el del diseño.

El argumento del diseño

Este argumento explica la diversidad de formas de vida y la complejidad de las mismas situando a Dios como el diseñador y creador. Nuestros órganos son increíblemente complejos. Es prácticamente improbable, verbigracia, que nuestros ojos sean producto del azar. Según esta línea de pensamiento, es más probable que sean obra de algún ser inteligente.

Aquí caben dos posibilidades. O bien el diseñador es al menos tan complejo como su obra, o bien es más simple que ella. Si grandes complejidades pueden nacer de fenómenos simples, como parece ser el caso, entonces de nuevo podemos eliminar a Dios de la explicación. Si ello no fuera posible, entonces Dios sería al menos tan complejo como el universo, en cuyo caso cabe preguntarse de dónde viene su propia complejidad ya que, como sostiene el diseño inteligente, no puede ser fruto del azar. Volvemos de nuevo al principio de la primera causa y la regresión infinita en la cadena causal.

Richard Dawkins ha dedicado gran parte de su vida a explicar cómo el proceso de la evolución funciona a través de mejoras incrementales, explicando que no se trata de un vendaval dentro de un hangar que construye por suerte un Boeing 747. Dicho sea de paso, este proceso no viola la segunda ley de la termodinámica como algunos teólogos sostienen, ya que la Tierra no es un sistema cerrado. La entropía total de un sistema puede crecer globalmente y decrecer localmente. La entropía del universo en su conjunto sigue creciendo a pesar del orden de los seres vivos.

El argumento del principio antrópico y el del diseño tienen un problema adicional, a saber, el hecho de hacer inferencias basadas en nuestra propia existencia. Obviamente, si las constantes físicas fueran diferentes el universo sería diferente. En este sentido, el argumento del diseño es trivial. Pero lo que es relevante es que no existiríamos para escribir libros sobre Dios. Como explica Paulos, hay 1068 formas posibles de ordenar una baraja de cincuenta y dos cartas. Si barajamos el mazo y observamos cómo han quedado ordenados los naipes no estamos justificados a decir que el orden resultante no hubiera sido posible sin la mediación de un diseñador porque la probabilidad a priori era diminuta. Tampoco podemos decir que tal ordenación no sea el resultado del simple proceso de bajar solo porque (de nuevo) las probabilidades a priori eran minúsculas.

El argumento ontológico

Hay varias formas del argumento ontológico, siendo una de las más conocidas la de Anselmo de Canterbury. Formulada en el siglo XI, en resumen tiene esta forma:
  1. Dios es el ser más grande que puede ser concebido.
  2. Entendemos la noción de Dios así como la noción de la existencia de Dios.
  3. Si Dios no existe, entonces podríamos concebir la existencia de otro ser mayor que Dios (o un Dios que realmente existe). Esto es una contradicción porque Dios es el ser más grande que puede ser concebido. Por tanto, Dios existe.
David Hume refutó este argumento señalando que nada puede probarse como existente a partir de un argumento racional a priori como el anterior. La única forma de que una proposición pueda ser probada a través de la lógica y del significado de las palabras es si su negación implica una contradicción. Cualquier cosa que concebimos como existente igualmente la podemos concebir como inexistente. No hay, por tanto, ser alguno cuya inexistencia implique una contradicción. En consecuencia, no hay ser alguno cuya existencia sea demostrable a priori.

Continuará

lunes, 23 de enero de 2017

Mateo (I)

Como ya les dije en otra ocasión, yo estudié con frailes y con monjas hasta llegar a la universidad. El resultado, obviamente, es que soy ateo. Pero no siempre fue así. Hasta los catorce años aproximadamente fui un fervoroso devoto cristiano católico. Hice mi primera comunión ilusionado por su significado, iba regularmente a misa yo solo, me leí la Biblia de principio a fin y hasta llegué a plantearme ser cura.

La verdad es que perdí la fe por las razones equivocadas. Hay un versículo del Nuevo Testamento (Lucas 11, 9-11) que se me quedó grabado poco antes de entrar en la adolescencia:

Por esto os digo: Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama a la puerta, se le abre.
¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?
Siendo todavía un niño, interpreté aquello como un cheque en blanco para satisfacer mis demandas más prosaicas. Cada noche, después de rezar, recitaba una retahíla de peticiones (ninguna relacionada con el Espíritu Santo) a mi supuesto padre en el cielo, cual víspera del cinco de enero. Huelga decir que pocas de aquellas plegarias fueron atendidas. Tiempo después llegó la edad del pavo, aquello se me hizo bola y perdí la fe al sentirme abandonado.

Existe un puñado de libros que se podría recopilar para formar la «biblia del ateo». Tenemos, verbigracia, la célebre obra El espejismo de Dios (The God delusion), de Richard Dawkins. El filósofo Bertrand Russell escribió Por qué no soy cristiano. Quizá menos conocidos son Irreligion, del matemático John Allen Paulos, y Dios no es bueno (God is not Great) de Christopher Hitchens. Hay muchos más (Sam Harris es otro autor conocido por su lucha contra la religión) pero estos son los que yo he leído hasta la fecha.

Imagen de Erich Ferdinand
En estas obras hay dos líneas de ataque principales. Una es la lógica, demostrando cómo los argumentos que tratan de afirmar la existencia de dios no se sostienen. El libro de Paulos es un buen ejemplo. La otra es práctica y moral, resaltando cómo la religión sirve de justificación para cometer las peores atrocidades. Esta es la vía principal de Hitchens. Russell y Dawkins, por su parte, atacan por los dos flancos.

Las críticas a los males del mundo causados por la religión son bien conocidas: guerras fanáticas, adoctrinamiento, represión sexual, políticas de salud pública nefastas (al rechazar las vacunas o los preservativos), estafas, etcétera. Citemos a Dawkins:

Imagine, con John Lennon, un mundo sin religión. Imagine que no hay terroristas suicidas envueltos en bombas, que no existe el 11-S o el 7-J, que no hay cruzadas, caza de brujas, ni el Complot de la Pólvora, ni la partición india, ni las guerras árabe-israelíes, ni las masacres serbo-croatas-musulmanas, ni la persecución de los judíos como «asesinos de Cristo», ni los «problemas» de Irlanda del Norte, ni las «muertes de honor», ni telepredicadores con vestidos brillantes y cabello cardado, desplumando a sus crédulos espectadores («Dios quiere que le des todo lo tuyo hasta que te duela»). Imagine que no hay talibanes para volar estatuas antiguas, ni decapitaciones, ni blasfemias públicas, ni azotes en la piel de mujeres por enseñar una pulgada de esa misma piel.
Es un hecho cierto que se han cometido (y se siguen cometiendo) muchos crímenes en nombre de la religión, pero yo no estoy muy seguro de que no hubieran tenido lugar de no haber existido esta. Al mal le vale cualquier excusa y si no se pudiera apelar a la religión se puede matar en nombre de un país, una raza o un equipo de fútbol. Mucho me temo que con la retórica adecuada casi cualquier característica distintiva, por banal que parezca en principio, puede esgrimirse para sacar lo peor de una persona.

Respecto a las prácticas reprobables del culto como las posturas humillantes para el rezo, la prohibición del uso de anticonceptivos, la exclusión de las mujeres en el sacerdocio, etcétera, hago mía la postura de Umberto Eco en su diálogo epistolar con el cardenal Martini:

Como línea de principio, considero que nadie tiene derecho a juzgar las obligaciones que las distintas confesiones imponen a sus fieles. Yo no tengo nada que objetar al hecho de que la religión musulmana prohiba el consumo de sustancias alcohólicas; si no estoy de acuerdo, no me hago musulmán. No veo por qué los laicos han de escandalizarse cuando la Iglesia católica condena el divorcio: si quieres ser católico, no te divorcies, si quieres divorciarte, hazte protestante; reacciona sólo si la Iglesia pretende impedirte a ti, que no eres católico, que te divorcies. [...] Yo, cuando entro en una mezquita, me quito los zapatos, y en Jerusalén acepto que en algunos edificios, el sábado, los ascensores funcionen por sí mismos deteniéndose automáticamente en cada piso. Si quiero dejarme puestos los zapatos o manejar el ascensor a mi antojo, me voy a otra parte. Hay actos sociales (completamente laicos) para los que se exige el esmoquin, y soy yo quien debo decidir si quiero adecuarme a una costumbre que me irrita, porque tengo una razón impelente para participar en el acto, o si prefiero afirmar mi libertad quedándome en mi casa.
Sin olvidar, como el mismo Umberto Eco dice previamente, que hay límites que al ser traspasados justifican la intervención laica (ibídem):

El único caso en el que se justifica la reacción de los laicos es si una confesión tiende a imponer a los no creyentes (o a los creyentes de otra fe) comportamientos que las leyes del Estado o de la otra religión prohiben, o a prohibir otros que, por el contrario, las leyes del Estado o de la otra religión consienten.
Por supuesto tenemos el delicado asunto de los niños, algo que merecería un tratamiento aparte. Solo quiero transmitir la idea de que mientras alguien con capacidad de discernimiento se someta libre y voluntariamente, con pleno conocimiento de las reglas y de las consecuencias, con la posibilidad de cambiar de opinión cuando quiera y sin afectar a los demás (un punto muy delicado, este último) a una práctica religiosa, allá él o ella si quiere mutilarse los genitales o no recibir transfusiones de sangre.

Que el mundo sería un lugar mejor sin religión es una cuestión, mucho me temo, difícil de resolver con certeza. En cualquier caso, no son este tipo de argumentos los que sostienen mi ateísmo sino los que tienen que ver con la razón. Serán estos los que examinaremos más detalladamente.

Continuará.

lunes, 16 de enero de 2017

Tres piezas fáciles

Hoy me apetece pasear por las palabras. Voy a divagar brevemente por tres asuntos dispares que enlazaré al final en una sola idea. Sigan conmigo mis pensamientos cambiantes.

La anhedonia es una condición en la cual la capacidad de sentir placer en actos que normalmente lo producen se pierde total o parcialmente. Es tanto un rasgo de personalidad como síntoma de diversos trastornos neuropsiquiátricos y físicos. Tiene una causa neuronal identificada en el circuito mesolímbico dopaminérgico y mesocórico de recompensa.

Foto de spitfirelas
Quien más, quien menos, todos experimentamos anhedonia de vez en cuando. Lo que antes nos entusiasmaba (nuestras aficiones, la comida, las relaciones de pareja) deja de interesarnos sin previo aviso. Perdemos el apetito por aquello que nos causaba placer, o seguimos haciéndolo pero ya no lo disfrutamos. El deleite se desvanece y nos preguntamos qué nos pasa. A veces se debe a que nos hemos estimulado demasiado con ese algo que nos gustaba y estamos empachados; alejándolos de ello durante un tiempo recuperamos el apetito, exactamente igual que ocurre con la comida. Otras veces, es porque estamos quemados o porque nuestras preferencias han cambiado. Normalmente, la capacidad de disfrutar reaparece por sí sola pero en algunos casos (la depresión clínica) no lo hace y es necesario hacer terapia o recurrir a cierto tipo de medicación para recuperarla.

Dentro de los centros de placer del sistema de recompensa humana existen dos subsistemas independientes conectados entre :

El primero de ellos es el «subsistema apetitivo», equivalente al placer previo que experimentamos al anticipar que lograremos algo que queremos. Este es un placer que provoca sensaciones positivas como energía, fortaleza, optimismo, euforia y exaltación, por lo que también aumentan los niveles de estrés, y corresponde a la fase del deseo. El segundo, el «subsistema consumatorio», corresponde a la materialización del placer o al goce vivido a posteriori, el cual proviene de haber satisfecho algún deseo.
La anhedonia es la pérdida tanto de la capacidad de buscar placer como de consumirlo. Esto lo diferencia de la apatía, una situación en la que la capacidad consumatoria es normal pero el subsistema apetitivo no funciona. Si a las personas apáticas se les arrastra a realizar cualquier actividad placentera sí la disfrutan, mientras que alguien con anhedonia no logra animarse.

Hablemos ahora del sistema endocrino o, como se conoce comúnmente, las hormonas. Las hormonas son mediadores químicos cuya función es la de regular la actividad de los tejidos. Como ya sabrán, regulan aspectos esenciales del organismo, tales como la reproducción, el crecimiento, la regulación de la tensión arterial y frecuencia cardíaca, el sistema inmunológico, la digestión y un largo etcétera.

Estas sustancias químicas son liberadas a la circulación periférica y viajan en el torrente sanguíneo. Las células diana localizadas en el tejido sobre el que tiene que actuar la hormona poseen receptores exclusivos que se unen a esa hormona en concreto. El número de receptores en cada célula puede aumentar o disminuir para alterar la fuerza del efecto hormonal. Es, por así decirlo, un sistema de oferta y demanda por el cual el cuerpo libera hormonas (oferta) y los tejidos la recogen mediante los receptores (demanda). Si no se produce la hormona (no hay oferta) obviamente no se manifestarán sus efectos. De igual modo, si todos los receptores están saturados, esto es, la demanda está totalmente satisfecha, una mayor oferta hormonal no tendrá efecto.

La saturación de los receptores puede darse, verbigracia, en aquellos que abusan de las hormonas esteroideas para incrementar su masa muscular. Por otro lado, la incapacidad de la hormona para producir el efecto habitual a pesar de la amplia oferta se da, por ejemplo, en la diabetes de tipo 2, en la cual el organismo segrega insulina pero los tejidos se han vuelto «sordos» a la señal y no absorben el azúcar en sangre, fenómeno conocido como «resistencia a la insulina».

Dejemos la fisiología humana a un lado y pasemos a hablar de la felicidad. Imaginen que alguien les pregunta: «¿qué debo hacer para ser feliz?». Cada uno de ustedes tendrá su propia receta y dará sus propias recomendaciones, desde obtener placeres pequeños cada día (helados, música) hasta los objetivos vitales más comunes y trascendentes, como el matrimonio y los hijos. Otras recomendaciones podrían ser hacer ejercicio, comer bien, viajar, trabajar en lo que a uno le gusta, cultivar aficiones no relacionadas con el trabajo, salir con los amigos, etcétera. Si son de esas personas más interesadas en lo trascendental y significativo quizá incluyan en su receta el ayudar a los demás o a los animales, el voluntariado y otras actividades por el estilo.

Ya tenemos, por fin, las tres piezas del puzzle: el sistema apetitivo-consumatorio, las hormonas y la receta para la felicidad. Siendo ustedes tan perspicaces como los imagino ya habrán averiguado cómo encajan.

Tendemos a pensar que la felicidad es cuestión de añadir elementos a nuestra vida, de hacer esto y lo otro. Enamórate, persigue tu pasión, sé agradecido por lo que tienes, ayuda a los demás y todo saldrá, como decía El Cordobés, «de verdad, de deporte». Nuestra aproximación a la felicidad se centra en el lado de la oferta de placer, en estimular nuestro sistema apetitivo y buscar aquello que más hormonas dopaminérgicas liberarán al torrente sanguíneo.

Pero, como hemos visto, al cuerpo humano no le basta solo con eso. No es suficiente con tener la llave de la felicidad, necesitamos también la cerradura. Necesitamos que nuestro sistema consumatorio, nuestros receptores de placer, también funcionen. De lo contrario, seguiremos siendo igual de infelices:

Algunas personas deprimidas tienen dificultades para experimentar placer alguno, y sus sistemas apetitivo y consumatorio no funcionan. No pueden imaginar pasarlo bien y, si se les arrastra a comer fuera o a realizar cualquier actividad placentera, no la disfrutan. Pero algunas personas deprimidas logran animarse si se les obliga a salir, porque aunque su sistema apetitivo no funciona, sí lo hace el consumatorio.
Esto es algo que muchas personas no entienden hasta que no lo experimentan en primera persona. «¿Cómo no vas a ser feliz feliz, si lo tienes todo en la vida?». O también: «a ti lo que te hace falta es un novio/novia/follar». Es un poco más complicado que eso. Se puede dar el caso de que logres aquello que has estado esperando desde siempre o por lo que has luchado toda tu vida y que, una vez en tus manos, no sientas nada.

Hoy día sabemos que el ejercicio físico mejora la sensibilidad a la insulina del músculo esquelético. Cuanto más deporte hacemos mejores se vuelven los músculos en su tarea de absorber la glucosa. ¿Existe algo similar para los receptores de placer? Uno de los objetivos de los antidepresivos es precisamente ese, recuperar el normal funcionamiento de los sistemas apetitivo y consumatorio.

Dejando a un lado las drogas, lo único que puedo ofrecerles es mi experiencia y la conocida analogía del músculo. De la misma forma que un músculo se hace fuerte y eficiente con el uso, he aprendido que el disfrute aumenta con la exposición repetida. En ocasiones un sentido del regocijo abotargado se puede ir despertando poco a poco obligándonos a beber de la fuente de la fruición. A mí me ha ocurrido tanto con actividades que me eran gustosas en su tiempo (leer) como con otras que nunca antes había experimentado (viajar). De hecho, en las fases iniciales del tratamiento psicológico de la depresión se utiliza algo llamado «plan de actividades agradables» que consiste en que el sujeto se obligue a hacer todos los días algo que en el pasado le haya proporcionado gran placer.

Cuando no somos felices es frecuente pensar que nos falta algo: dinero, amor, trabajo, salud... dando por hecho que disfrutaremos eso que nos falta cuando lo obtengamos. Pero algunas personas no disfrutan de la vida simplemente porque no pueden. La capacidad de experimentar placer es una más de aquellas en las que no reparamos hasta que la perdemos.

lunes, 9 de enero de 2017

Guías para la vida

La semana pasada mencioné Flight rules, el libro donde la NASA recopila todo lo que aprende sobre sus misiones. Supe de tal libro a través de la autobiografía del comandante Chris Hadfield titulada Guía de un astronauta para vivir en la Tierra (An Astronaut's guide to life on Earth). En estas memorias, además de relatar su carrera profesional, este astronauta ya retirado habla de qué lecciones cultivadas en su trabajo aplica en su vida diaria. Algunas son muy generales y sobradamente conocidas, como tener una actitud positiva y abierta, «disfrutar el viaje» (no celebrando solo la consecución o el logro), ser humilde y trabajar en equipo. Otras son más particulares, como prestar atención a esos pequeños detalles que parecen no tener importancia pero que a la larga pueden desencadenar un desastre.

Existen muchos libros por el estilo, donde personas que alcanzan cierta cota de éxito en un campo (normalmente llamativo o diferente) destilan qué herramientas, comportamientos o actitudes de dicho campo pueden ser útiles en otros aspectos de la vida. Así, el conocido entrenador de fútbol Jorge Valdano habla de liderazgo y gestión de equipos para empresas. John Walker, el creador de la multinacional de software Autodesk, creó su propia dieta para perder peso (The Hacker's Diet) utilizando una aproximación desde el punto de vista de la ingeniería de software y la gestión empresarial. Uno de los fundadores de Linkedin es autor de un popular libro sobre cómo aplicar estrategias de emprendedor a nuestra carrera profesional. Existe otro sobre cómo gestionar nuestra lista de tareas pendientes adaptando el método de producción de Toyota. Finalmente, hay quien propone gestionar a su familia como si fuera una empresa.

La aplicación de los análisis post mortem a nuestros proyectos personales de la que hablé en el último artículo sigue esta tradición. No obstante, siempre cabe preguntarse hasta qué punto las lecciones son extrapolables de un campo a otro. Creo que a menudo olvidamos que las herramientas, ya sean físicas o cognitivas, se utilizan dentro de un contexto. Fuera de él, es posible que sean inútiles o incluso contraproducentes. Un coche de Fórmula 1 no sirve para movernos por la ciudad, y los consejos que pueda darnos un piloto de ese tipo de vehículos son en su mayor parte inservibles, pues ni la calle es un circuito ni los utilitarios se comportan igual que los coches de carreras.

Consideremos, verbigracia, la dieta del hacker diseñada por Walker, la cual considera el cuerpo humano como un sistema industrial:

when it comes to gaining and losing weight, the human body is remarkably akin to a rubber bag. Fad diets and gimmick nutritional plans obscure this simple yet essential fact of weight control: if you eat more calories than you burn, you gain weight; if you eat fewer calories than you burn, you lose weight.
Esa era una aproximación típica a la pérdida de peso cuando se publicó la primera edición de esta dieta pero en el tiempo transcurrido desde entonces hemos sabido que no todas las calorías son iguales. Mejorar la composición corporal y –más importante aún– mantener la pérdida de peso a largo plazo son cuestiones que no dependen solo de la diferencia entre calorías consumidas y calorías gastadas. Una forma más apropiada de afrontar este problema sería enfocarlo como una persona que opera un sistema ya que el componente individual es sumamente importante.

Analicemos ahora el consejo de Hadfield de estar siempre preparados para el desastre. Los astronautas son entrenados para resolver cualquier imprevisto (siempre que esté dentro de sus posibilidades, claro). Repiten una y otra vez los procedimientos que hay que realizar cuando el traje espacial tiene una fuga, cuando falla un motor de la aeronave, cuando no se desprende un módulo en el despegue, etcétera. Es por ello que este antiguo comandante de la ISS recomienda anticiparse a los problemas en la vida diaria:

You don’t have to walk around perpetually braced for disaster, convinced the sky is about to fall. But it sure is a good idea to have some kind of plan for dealing with unpleasant possibilities. For me, that’s become a reflexive form of mental discipline not just at work but throughout my life. When I get into a really crowded elevator, for instance, I think, “Okay, what are we going to do if we get stuck?” And I start working through what my own role could be, how I could help solve the problem. On a plane, same thing. As I’m buckling my seat belt, I automatically think about what I’ll do if there’s a crisis.
Suena quizá algo exagerado, bastante agotador (hay muchas tragedias acechando en la vida diaria) y un poco iluso (sin un entrenamiento de verdad probablemente haya mucha diferencia entre lo que pensamos que haríamos en caso de incendio en el avión y lo que de verdad haríamos).

Aún así, anticipar los problemas en el día a día no es una lección desdeñable: no me parece mala idea dejar una distancia extra con el camión de delante cuando este transporta mercancías que podrían desprenderse en la carretera y acabar golpeándonos. Sin embargo, otras lecciones son mucho más discutibles, y su aplicación puede ser hasta perjudicial. Hay que tener presente que una misión espacial es un proyecto muy particular donde hay en juego vidas y cientos de millones de dólares. La tecnología es compleja y el entorno, hostil. No es de extrañar, por tanto, que cada misión esté coreografiada al detalle y ensayada hasta la extenuación. El espacio no es el lugar adecuado para asumir ningún riesgo o producirlo por no saber hacer nuestro trabajo.

Sin embargo, solo hay entre tres y seis personas que laboren fuera del planeta. Muchos de nosotros trabajamos en sitios donde multitud de cosas salen mal cada día sin que sea una tragedia. Y, como reza el dicho, «quien no arriesga no gana». Las empresas como Google saben que no pueden dormirse en los laureles si quieren seguir dominando el mercado, pero también saben que la innovación y el riesgo van de la mano. Es por ello que la compañía californiana y muchas otras del sector tienen un lema: «fail early, fail often, move on» (o bien «fail fast, fail early and fail often»). En este sector se alienta a los trabajadores a que arriesguen y a que se equivoquen (siempre dentro de unos límites) porque es la mejor forma de lograr sus objetivos. Esa filosofía sí puede sernos más útil: maximiza la exposición, prueba cosas nuevas, arriésgate de vez en cuando, etcétera, etcétera.

Empecé a pensar en todo esto hace varios años, cuando una persona me conminó a utilizar las mismas estrategias que uso en mi profesión para arreglar mi vida emocional. Aquella persona escribió:

[C]reo que hay muchas armas que tienes a tu favor, al igual que tienes metodologías de trabajo (por que (sic) un trabajo como el vuestro, en el que resolvéis problemas constantemente tienes que tener una mente resolutiva y despierta) las puedes aprovechar para más aspectos de tu vida.
El problema es que, como hemos visto, los métodos y pautas de una profesión no tienen por qué ser útiles fuera de ella. Es relativamente fácil depurar un programa informático, pues existen multitud de herramientas para ello que te permiten ejecutarlo paso a paso y tener a la vez una visión general y precisa hasta el último detalle, así como hacer cambios, volver hacia atrás y probar de nuevo cuantas veces necesites.

Pero nuestra vida no es así. Es difícil cambiar una sola cosa cada vez pues la vida es contingente. Si cambias, es complicado verificar el efecto de dicho cambio, pues las situaciones no son siempre iguales (el devenir y todo eso). Además, cuando un programador cambia una instrucción en su programa el cambio perdura, no tiene efecto según el programa se haya levantado de mal humor, le vayan bien su relación de pareja, esté cansado, etcétera. Finalmente, no podemos analizarnos emocionalmente desde fuera. Si intentamos hacerlo nosotros mismos, estaremos demasiado involucrados y sesgados, mientras que un terapeuta nunca tendrá una visión tan buena como la de un programador. Al intentar cambiarnos a nosotros mismos somos, como dijo Otto Neurath, marineros tratando de reconstruir su barco en alta mar, sin posibilidad de acudir a un astillero para rehacerlo de la mejor manera.

No se trata únicamente de que los incentivos y las dinámicas interpersonales no sean las mismas en todos los ámbitos. Sucede también que la elección de ciertas herramientas cambia nuestro marco de referencia, lo que puede hacer que no valoremos adecuadamente la situación, a los demás o a nosotros mismos. El ejemplo más obvio son nuestros seres queridos. Hay algo extraño en reprender a un hijo por no cumplir los plazos de un diagrama de Gantt. De la misma manera, es muy posible que a nuestra media naranja no le haga mucha ilusión verse de repente como sujeto activo o pasivo de uno de nuestros experimentos personales. En cuanto a nosotros mismos, la llamada a convertirnos en nuestra propia marca puede considerarse degradante, aunque no lo argumentaré aquí.

Cuando tenía diez años una marca deportiva sacó al mercado su nueva línea de botas de fútbol con lengüetas en el empeine para, supuestamente, mejorar la precisión en los tiros a balón parado. No tardé en pedir tal calzado a mis padres como regalo pensando que con él obtendría una gran ventaja. Mis progenitores, con buen criterio, me dijeron que de eso nada, que aquellas botas estaban destinadas a profesionales que se pasaban el día con el balón. De hecho, yo jugaba al fútbol sala, por lo que, al margen de los extras, unas botas con tacos no eran la mejor opción.

Mi ingenuidad infantil resulta cómica pero pienso que está al mismo nivel que la de aquella persona que me instó a utilizar la ingeniería de sistemas para arreglar mi desaguisado emocional. Yo deseché su consejo y, afortunadamente, conseguí salir de aquel brete con las herramientas al uso. Pero quién sabe lo que a estas alturas habría logrado a nivel emocional de haber utilizado hojas de cálculo, el Microsoft Project y un depurador de código. Tal vez debería escribir un libro al respecto.

lunes, 2 de enero de 2017

Post mortem

Enhorabuena por haber sobrevivido al 2016. David Bowie, Alan Rickman, Harper Lee, Umberto Eco, Prince, Muhammad Alí, Gene Wilder, Leonard Cohen, Fidel Castro, John Glenn, Zsa Zsa Gabor y George Michael son algunas de las celebridades que no lo lograron. Tras los sucesos acontecidos desde el primer artículo del año pasado me pregunto si en los próximos doce meses veremos una regresión a la media o presenciaremos cómo se incendian los escombros que dejó 2016.

Foto de Asier Solana Bermejo
Pero no dejen que la incertidumbre les amargue estos primeros días del 2017. Disfruten de la deliciosa sensación propia del año nuevo, esa que nace de saber que durante los próximos doce meses seremos personas maravillosas: perderemos peso, haremos ejercicio, ahorraremos, estudiaremos desde el primer día, equilibraremos mejor la vida laboral y la familiar, nos tomaremos las cosas de otra manera, no cometeremos los mismos errores, etcétera, etcétera. Esto es, hasta que la realidad del día a día se entrometa de nuevo en nuestro camino y volvamos a nuestras viejas rutinas.

Si el mes en curso es el de los nuevos propósitos, diciembre es el mes de las recapitulaciones, desde el YouTube Rewind a las listas de los mejores libros del año, pasando por el resumen del año en Facebook. Allá por 2013 traje a colación la manera en que el psicólogo Martin Seligman, adalid de la psicología positiva, hace balance personal del año:

Poco después del día de Año Nuevo, me reservo media hora de tranquilidad para elaborar una "retrospectiva de enero". Escojo un momento en que no existen dificultades ni exaltaciones momentáneas y lo escribo en el ordenador, donde guardo las copias que he comparado año tras año durante la última década. En una escala del 1 al 10 –de pésimo a perfecto–, valoro mi satisfacción con la vida en cada uno de los ámbitos que evalúo, y escribo un par de frases que los resuman. Estos ámbitos, que pueden ser distintos para cada persona, son los siguientes:

  • Amor
  • Profesión
  • Finanzas
  • Juegos
  • Amigos
  • Salud
  • Creatividad
  • En conjunto
Utilizo otra categoría, Trayectoria, en la que analizo los cambios existentes de un año a otro y el comportamiento observado en éstos a lo largo de la década. Recomiendo este procedimiento a los lectores, pues sirve para concretar, deja poco margen al autoengaño e indica cuándo actuar.
Tenemos, por tanto, un mes para fijarnos nuestras metas vitales y otro para ver si nos estamos acercando a ellas, lo cual debería permitirnos saber si debemos cambiar o mantener el rumbo. Parece útil y sencillo. No obstante, recientemente me he dado cuenta de que falta un elemento en este bucle ODA (observar, decidir, actuar): el análisis post mortem.

Después de cada misión y simulación, los astronautas de la NASA se reúnen con su equipo para analizar qué ha ido bien y qué se puede hacer mejor. Cada acción y decisión se evalúa meticulosamente, de manera que una simulación de tan solo cuatro horas puede ir seguida de una reunión de una hora, mientras que una misión espacial conlleva un mes o más de reuniones de análisis a día completo. Todo lo que la agencia aprende en estos interrogatorios es recopilado en un libro llamado Flight Rules:

The compendium describes in minute detail what to do in a myriad of different circumstances—and why you should do it. Have a cooling system failure? Flight Rules tell you how to fix it, step by step, supplementing with the rationale for each step. Fuel cell issue? Flight Rules tell you whether the launch needs to be postponed. The playbook contains “extremely detailed, scenario-specific standard operating procedures,” all the lessons ever learned and distilled from past missions. Mission control consults Flight Rules every time they run into an unexpected issue; they add to it whenever they tackle a new problem. Given that each space shuttle launch costs $450 million,  it’s not hard to understand why NASA spends so much time preparing for and debriefing after missions.
Las buenas empresas tecnológicas actúan de manera parecida tras una pérdida de servicio. La próxima vez que no les funcione Instagram, Twitter o Facebook recuerden que, una vez la web haya vuelto a la vida, habrá un equipo de ingenieros reunido llevando a cabo lo que en el sector se conoce como análisis post mortem. En estos encuentros se analiza qué ha ocurrido, cómo y por qué, así como qué medidas hace falta introducir para prevenir que vuelva a suceder.

A nivel personal, ninguno de nosotros se dedica a lanzar cohetes al espacio, planificar paseos espaciales y misiones a Marte (en caso contrario les ruego que lo indiquen en los comentarios, me encantaría saber más) o a distribuir fotos de comida y gatitos a los smartphones de cientos de millones de personas. Sin embargo, creo que hay una lección en esta forma de trabajar que quizá sí sea útil para nuestra vida diaria: estudiar detenidamente qué hemos hecho, con especial énfasis en nuestros fracasos.

No recuerdo haber encontrado en ninguno de los libros de autoayuda que he leído hasta la fecha mención alguna a este aspecto. Cuando alcanzamos una meta o tenemos éxito, nos felicitamos y disfrutamos del logro sin pararnos a pensar qué podíamos haber hecho mejor. Cuando fallamos, quizá abandonemos o quizá lo intentemos nuevamente de otra manera, pero no solemos paramos a pensar por qué hemos fallado. Si no averiguamos esto último es posible que nuestros renovados esfuerzos sean de nuevo infructuosos.

Esto es algo que veo a menudo en mi trabajo, donde se materializa en forma de reuniones. A veces ocurre que se detecta un problema y se convoca a unos cuantos para analizarlo y diseñar el manido «plan de acción». Este plan se pone en marcha total o parcialmente. Pasan los meses y el problema que trataba de solucionarse sigue igual. Cuando la situación es de nuevo insostenible se vuelve a empezar, convocando una nueva reunión de la que saldrá un nuevo plan de acción. La particularidad es que no se estudia el pasado por lo que todo este ciclo se repite sin memoria, como si las reuniones y acciones anteriores no hubieran tenido lugar, dando lugar a una versión real de la película Atrapado en el tiempo (Groundhog day) en la que vivimos la misma reunión cada poco tiempo.

Opino que la reflexión honesta sobre nuestros éxitos y descalabros es una fuente de aprendizaje poco explotada. A menudo recurrimos a biografías y recetas para el éxito escritas por gente triunfadora bajo la premisa de que podemos aprender de las vivencias de los demás (lo que se denomina «experiencias vicarias») sin darnos cuenta de lo valiosa que es nuestra propia experiencia, precisamente por ser nuestra y tener lugar en el contexto donde tiene que dar resultados.

Dado que no vendo libros de autoayuda puedo ser honesto y decirles que no tengo datos que sostengan mi opinión de que dedicar tiempo a un examen riguroso de nuestros logros y nuestros fracasos es buena cosa. Tampoco tengo un plan concreto que ofrecerles sobre cómo llevar a cabo dicho proceso más allá de los clásicos cinco porqués. Como tantas otras cosas que he compartido en este blog, sencillamente me parece una idea interesante que quería compartir con ustedes.

Feliz año nuevo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Un año de libros (edición 2016)

Este año de lectura ha sido un tanto atípico por cuanto el grueso del tiempo lo he dedicado a libros técnicos relacionados con mi trabajo. Del resto, varios libros son demasiado áridos o pesados como para recomendarlos, por muy interesante que sea el tema del que tratan, y otros, entretenidos pero banales. Les dejo mis recomendaciones de este año recordándoles como siempre que la lista entera está disponible en nuestra estantería de Anobii.

Foto de Moyan Brenn


“The Master Algorithm: How the Quest for the Ultimate Learning Machine Will Remake Our World”, de Pedro Domingos. Tomen esta recomendación con precaución ya que, aunque se trata de un libro dirigido al público general, veo difícil que un lego en la materia pueda apreciar o comprender siquiera todo el texto. Domingos habla en esta obra sobre la búsqueda un algoritmo de machine learning universal que unifique los existentes hasta la fecha, el equivalente a la teoría de la unificación en física o el programa de Langlands en matemáticas. Es un buen libro para conocer la materia y la evolución de la misma sin toparse con fórmulas matemáticas.

Weapons of Math Destruction: How Big Data Increases Inequality and Threatens Democracy, de Cathy O'Neil. Este libro complementa perfectamente al anterior. Mientras Domingos hace una loa (desde mi punto de vista) exagerada de la inteligencia artificial, O'Neil expone en su obra el lado oscuro de la misma materia. Como herramientas que son, los algoritmos pueden usarse para hacer el bien o para hacer el mal, y un uso incorrecto puede tener consecuencias no deseadas para la sociedad, desde perpetuar diversos tipos de discriminación hasta someter a las personas a profecías autocumplidas basadas en fórmulas opacas y nunca revisadas.

“¿Hacienda somos todos? Impuestos y fraude en España, de Francisco de la Torre. Cuando se trata de cumplir con las obligaciones del fisco los españoles sabemos que aquí cada cual defrauda en la medida que puede, desde las sociedades pantalla hasta las facturas en negro. Este libro cuenta los tipos más frecuentes de fraude, los problemas de la Agencia Tributaria para realizar su trabajo y los efectos de las subidas de impuestos en la recaudación. Hay pasajes ininteligibles para quien no tenga cierto conocimiento previo del asunto pero, en líneas generales, sirve para hacerse una idea de cómo funcionan (o mejor dicho, cómo no funcionan) los impuestos en España.

“Españopoly: Cómo hacerse con el poder en España (o, al menos, entenderlo), de Eva Belmonte. Como escribe César Vidal, el capitalismo castizo que domina en nuestro país se basa en la proximidad al poder, siendo la forma de prosperar el favor al poder político. Resulta que muchos de estos favores y sus devoluciones se pueden ver en el BOE. Y eso es lo que hace Eva Belmonte: leerlo y exponer la red social de captura de rentas imperante.

“The science of the Tour de France, de James Witts. Me topé con este libro de casualidad y fue una agradable sorpresa. El ciclismo es uno de los deportes que practicaba regularmente de pequeño y que he seguido como aficionado a lo largo de los años. Esta obra analiza los avances que han tenido lugar durante los últimos diez o quince años en lo atinente a nutrición, modos de entrenamiento, ropa y bicicletas producto del avance de la ciencia y la tecnología. Imprescindible para entender el ciclismo moderno.

lunes, 19 de diciembre de 2016

El esqueleto

Yo estudié en un colegio de frailes y luego en uno de monjas. Huelga decir que el adoctrinamiento cristiano se incrementaba por estas fechas, desde el comienzo del Adviento hasta el inicio de las vacaciones navideñas. Y aún así, a pesar de (o precisamente por) haber pasado dieciocho años bajo la tutela de religiosos, he acabado por convertirme en ateo y olvidando en qué consistía eso que llaman «el verdadero espíritu de la Navidad». Creo recordar que tenía que ver con la caridad, la generosidad y otros valores católicos por el estilo.

Para estar seguro he consultado un portal católico, en el que se puede leer:

Navidad NO ES LA CELEBRACION DE UNA FECHA, SINO DE UN HECHO, el nacimiento del Salvador, evento absolutamente decisivo en la historia de la salvación. Es entonces una conmemoración del significado de ese hecho.
[...] Nosotros, los beneficiados con este hecho, tenemos no solamente motivos sino una verdadera obligación de celebrarlo.
Como lo importante es el significado, todo lo anterior se resume en que debemos ser conscientes de que hubo un día en el que Dios encarnado llegó a nuestras vidas, las cuales deben estar listas para fructificar bajo su luz ("Yo soy la luz del mundo" dijo Jesús en Jn 8, 12), de aquí que la temporada de adviento sea de penitencia y reflexión (ese es el sentido del color morado en los trajes de los sacerdotes en las misas, el mismo color de la cuaresma).
Foto de Augusto dos Santos
Concluyen los autores de ese artículo que el verdadero significado de la Navidad es el nacimiento del Mesías, cuyo alumbramiento anula «el sacrificio antiguo y una ley profanada por preceptos humanos» e instaura un nuevo sacrificio perfecto «para regocijo y salvación de toda la humanidad». Los cristianos, dicen, celebran hechos, no fechas, en este caso «el hecho de Aquel que no cabe en el universo quiso nacer de una virgen en este pequeño planeta del inmenso universo para reconciliar al hombre con su Creador». Como es menester, no dejan sin mencionar eso otro que se conoce como la «Navidad consumista»:

Navidad es una fiesta que está bajo un ataque tremendo en estos últimos tiempos. Santa Claus ha tomado el lugar de Jesús-niño y el mall o el centro comercial ha tomado el lugar del templo. Que (sic) triste que el Domingo antes de Navidad los estacionamientos de las Iglesias estén vacíos y en los centros comerciales sea una hazaña encontrar un lugar donde estacionar el automovil (sic). Dice la Palabra de Dios:"Donde está tu tesoro, allí esta tu corazón" (Mat.6:21) ¿Dónde está tu corazón? ¿En un centro comercial?…. ¿Cuando llegue la tribulación a tu vida, a donde vas a ir a buscar consuelo y paz? ¿Al centro comercial?
Navidad es una fiesta de cumpleaños donde se le compran regalos a todos menos al niño que se festeja. Donde se hace una fiesta y no se invita al homenajeado, donde hoy -tristemente- se trata de que no se mencione el nombre del niño que nació, su nombre es Jesús.
Es la misma letanía que tuve que oír cada año hasta que entré en la universidad. No creo que me equivoque si digo que poco han avanzado en este aspecto.

Me resulta curioso cómo hay que recordarles a los seguidores de una doctrina el verdadero significado de sus prácticas. John Stuart Mill escribió:

Examinando cómo profesan el cristianismo la mayoría de los creyentes se ve hasta qué punto doctrinas intrínsecamente aptas para producir la más profunda impresión sobre el espíritu pueden permanecer en él como creencias muertas, sin ser nunca comprendidas por la imaginación, el sentimiento o la inteligencia. [...] Todos los cristianos practicantes las consideran sagradas y las aceptan como leyes. Sin embargo, no es exagerado decir que no más de un cristiano entre mil guía o juzga su conducta individual con referencia a estas leyes.
Según Mill, los acólitos de una doctrina religiosa reciben sus máximas y preceptos de algún libro sagrado o un portavoz oficial de la sabiduría infalible pero, al final, dejando a un lado los más devotos, el grueso de las personas utiliza como modelo de conducta las costumbres de su país y clase social. Las investigaciones en psicología social parecen confirmar esto. Por tanto, si la costumbre social dicta que la Navidad consiste en colocar adornos, cenar en familia e intercambiar preseas, así será. La cuestión entonces es: ¿por qué desaparece el verdadero significado de la doctrina? ¿Cómo se pasa de una práctica llena de significado a un esqueleto esperpéntico de la misma?

Para el filósofo inglés la razón es que los seguidores de la doctrina son receptores pasivos de la misma, es decir, se les transmite las conclusiones pero no el proceso que llevó a ellas. Los sermones desde el púlpito dan la máxima acuñada, sin opción de discutirla. Por tanto, los feligreses (ibídem Mill):

Nunca se han colocado en la posición mental de aquellos que piensan de manera diferente que ellos ni han considerado lo que estas personas puedan tener que decir; y, por consiguiente, no conocen, en el sentido propio de la palabra, la doctrina que ellos mismos profesan. Desconocen de ella aquellas partes que explican y justifican el resto; las consideraciones que muestran cómo un hecho, aparentemente contradictorio con otro, es conciliable con él, o que de dos razones, aparentemente fuertes, una debe ser preferida. Son extraños a toda esta parte de la verdad, la cual decide y determina el juicio de los espíritus bien informados
Ausente la discusión, concluye, «no sólo se olvidan los fundamentos de la opinión, sino que con harta frecuencia es olvidado también su mismo sentido». Y continúa:

Las palabras que la expresan dejan de sugerir ideas o sugieren tan sólo una pequeña porción de aquellas para cuya comunicación fueron originariamente empleadas. En lugar de una concepción fuerte y una creencia viva sólo quedan unas cuantas frases conservadas por la rutina; y si algo se conserva del sentido es absolutamente la corteza y la envoltura, perdiéndose su más pura esencia.
Pero ¿por qué es importante la discusión de la doctrina? De acuerdo con Mill, porque no es lo mismo heredarla que adoptarla. Quienes la alumbran la sienten fuertemente y tratan de extenderla. Han de luchar constantemente para defenderse contra el mundo y convencer a los demás. Si tienen éxito en su tarea y su doctrina se impone, esta pasa a ocupar un lugar propio y la pugna cesa. Es entonces cuando decae la fuerza vital de la creencia, detiene su progreso y cesa su expansión. Finalmente, se extingue progresivamente:

Con frecuencia oímos a los maestros de todos los credos lamentarse de la dificultad de mantener en el espíritu de los creyentes una concepción viva de la verdad que nominalmente reconocen, de modo que pueda penetrar en el sentimiento e influir así realmente en la conducta. No se quejan de tal dificultad mientras el credo está luchando todavía por su existencia; entonces hasta los combatientes más débiles saben y sienten por lo que luchan y la diferencia entre su doctrina y la de los demás. [...] Pero cuando se ha convertido en un credo hereditario, que es recibido pasivo, no activamente —cuando la inteligencia deja de ser compelida a ejercer en el mismo grado que al principio sus fuerzas vitales sobre las cuestiones que su fe la presenta—, se produce una tendencia progresiva a olvidar de la creencia todo, excepto los formulismos, o a darla un torpe y estúpido asentimiento, como si aceptarla como materia de fe dispensara de la necesidad de realizarla en la conciencia, o de comprobarla por medio de la experiencia personal, hasta que llega a perder toda relación con la vida interior del ser humano. Entonces se ven esos casos, tan frecuentes en nuestra época que casi forman la mayoría, en los que el credo permanece como al exterior del espíritu, petrificándole contra toda influencia dirigida a las partes más elevadas de nuestra naturaleza; manifestando su poder, en no tolerar que ninguna convicción nueva y viva se produzca en él, pero sin hacer él mismo otra cosa por la inteligencia o el corazón que montar la guardia, a fin de conservarlos vacíos.
Si el razonamiento de Mill es correcto entonces podríamos concluir que la Navidad ha sido víctima de su propio éxito. Al ser una costumbre heredada durante siglos ya no tiene arraigo en los creyentes ordinarios, quienes «conservan un respeto habitual hacia su fondo, pero carecen del sentimiento que salta de las palabras a las cosas, fuerza al espíritu a tomarlas en consideración y las hace conforme a la fórmula». Al limitar las discusiones intelectuales a un grupo de elite (sacerdotes, imanes o equivalente) las religiones se disparan en el pie. Es por eso que Mill daba tanta importancia a la discusión de las creencias por parte de todo el mundo.

España es un país mayoritariamente católico así que no tengo apenas contacto con otras religiones. Me pregunto si los judíos tendrán los mismos problemas con hanukkah, o los musulmanes con el ramadán. Me pregunto también si los fieles que viven en países donde su creencia es minoritaria y castigada están más cerca de celebrar el verdadero significado de su fiesta sagrada.

Sea como sea, sí creo que quienes han heredado una costumbre la tienen en menor estima que sus creadores. Al haber vivido siempre bajo su influencia la dan por supuesta, como si se tratara de un fenómeno natural. Eso, mucho me temo, hace que olvidemos que hay que estar constantemente alerta para defender los progresos obtenidos hasta la fecha (por ejemplo, los derechos humanos y las formas de gobierno protectoras de tales derechos) so pena de que estos mueran y solo queden los huesos.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Por qué el tiempo vuela

Ayer vi Deadpool, uno de los estrenos de este año. En ella se hace referencia al agente Smith, el villano de la trilogía The Matrix, cuya primera película se estrenó en 1999. Eso significa que hay personas a punto de cumplir la mayoría de edad que no existían en este planeta cuando Neo tomó la pastilla roja. Yo, por mi parte, recuerdo perfectamente el día que fui a verla al cine. No me sentía tan viejo desde que, visitando el Museo de Ciencia y Tecnología, vi expuestos distintos aparejos informáticos que yo había usado casi a diario... con dieciocho años.

Por otro lado, la semana pasada anduve buscando algunas referencias en el blog y me quedé desconcertado una vez más por la manera en que el transcurso del tiempo está distorsionado en mi memoria. Tenía la sensación de haber escrito sobre algoritmos e inteligencia artificial este año cuando lo cierto es que eso fue el año pasado. No es la primera vez que reviso algunos artículos pasados y pienso: «caramba, si eso lo escribí ayer prácticamente» cuando en verdad fue hace dos o tres años. Este fenómeno se conoce como telescopia:

En 1955, el estadístico norteamericano Gray descubrió una peculiaridad en las respuestas de las encuestas. Al controlar la exactitud de las respuestas a preguntas del tipo: «¿Cuántas veces ha visitado usted a su médico de cabecera en los últimos dos años?», se evidenciaba que los encuestados sobrestimaban la frecuencia. La causa era que incluían también las visitas realizadas justo antes de estos dos años. Es decir, que Gray constató que por lo general las personas creen que los sucesos son más recientes de lo que lo son en realidad. Este fenómeno ha suscitado muchas investigaciones y se le dio un nombre [...]: telescopia.
Y además ya estamos en Diciembre. Otro año que toca a su fin a velocidad pasmosa. Verdaderamente el tiempo vuela... a partir de cierta edad.

Hay un maravilloso libro de Douwe Draaisma sobre cómo la vida parece acelerarse a medida que envejecemos que no puedo recomendarles lo suficiente. En sus páginas se analiza a través de bellas historias cómo funciona la memoria y sus fallos de funcionamiento. Lo leí allá por 2008, con veintiséis años. En el tiempo transcurrido desde entonces he experimentado en primera persona el fenómeno que trata de explicar y que no es nada obvio antes de los veinticinco.

Una posible explicación para este enigma podría ser que el paso de tiempo es relativo al total de nuestra vida, de manera que los mismos trescientos sesenta y cinco días son una fracción mucho mayor para un infante que para un octogenario:

El filósofo francés Paul Janet sugirió en 1877 que la longitud aparente de un periodo en la vida de una persona guarda relación con la longitud total de la vida. Es decir, un niño de diez años experimentaría un año como una décima parte de su vida, mientras que un hombre de cincuenta como una décima parte.
Según explica Draaisma en su obra, para William James, el padre de la psicología, esta no era una explicación sino una descripción. Él atribuía el aparente acortamiento de los años a

la monotonía del contenido de la memoria y la resultante simplificación de la mirada retrospectiva. Durante nuestros años de juventud tenemos alguna experiencia totalmente nueva cada hora del día, subjetiva u objetivamente, la capacidad de comprensión está viva, la capacidad de retención es fuerte, y nuestros recuerdos de esa época, al igual que las impresiones que hacemos durante un viaje rápido y movido, tienen múltiples ramificaciones y formas, y son detallados. Pero cada año que pasa, parte de esta experiencia se convierte en una rutina automática de la que apenas somos conscientes. Los días y las semanas se diluyen en nuestro recuerdo hasta convertirse en unidades carentes de contenido. Los años se vacían y se derrumban.
Foto de Dimitrios Zampelis
Esta explicación es, al parecer, bastante popular. Me la he encontrado varias veces en redes sociales y blogs. Sin embargo, a mí no termina de convencerme. Desde pequeño he tenido una vida monótona y rutinaria, así que no estoy tan seguro de que el número de experiencias totalmente nuevas haya cambiado tanto a lo largo de mi existencia. De hecho, en mi caso, he experimentado muchas más cosas nuevas y vitalmente relevantes por primera vez a partir de los veinticinco, pues en mi biografía muchos elementos importantes (los viajes, el trabajo, el amor) aparecen tarde en la historia. Y aún así, tengo la impresión de que el tiempo se va acelerando.

Personalmente, las explicaciones que más me convencen respecto a este cambio en la experiencia subjetiva del tiempo son las que tienen que ver con el ritmo al que funciona el cerebro según la edad. Mis sospechas están basadas en un curioso dato, a saber, que casi todos los grandes avances en investigación matemática son llevados a cabo por jóvenes menores de veinticinco años:

[S]egún apunta el eminente matemático Alfred Adler: «La vida matemática de un matemático es corta. Rara vez se progresa más allá de los veinticinco años. Si poco se ha logrado hasta entonces, poco se logrará jamás».
«Los jóvenes demuestran los teoremas, los ancianos escriben los libros», observó G.H. Hardy en su libro
A mathematician's apology (Autojustificación de un matemático). «Ningún matemático olvida jamás que las matemáticas son un juego de juventud. Sirva como pequeña muestra que el promedio de edad para el ingreso en la Royal Society es menor en matemáticas».
Y así, Niels Henrik Abel realizó su mayor aportación con diecinueve años. Evariste Galois, a los quince. Srinivasa Ramanujan entró en la Royal Society con treinta y un años por los progresos logrados en su juventud. Albert Einstein formuló su celebérrima ecuación E = mc2 con veintiséis. Etcétera.

Es posible que hoy en día la temprana fecha caducidad de los matemáticos sea más una leyenda que un hecho, pero lo que es innegable es que nuestro cerebro está más despierto durante las dos o tres primeras décadas de vida. En esos años las emociones son más intensas, nuestros sentidos más agudos, nuestros reflejos más rápidos y nuestra memoria es mejor. Debido al envejecimiento, nuestros sentidos se abotargan, el sistema nervioso funciona más despacio y nuestra memoria se deteriora:

[E]s en general cierto que casi todo el mundo ha perdido memoria ya a los treinta años. Pero el déficit no se puede, por lo normal, detectar a menos que se hagan tests. Para medir la memoria a corto plazo, por ejemplo, se prueba el recuerdo de una lista de 24 palabras. Cuando se le hace la prueba a una persona de veinte años lo normal es que tras un período determinado de tiempo recuerde catorce de ellas. Bajo las mismas condiciones una persona de cuarenta años puede recordar once; una de sesenta, nueve, y una de setenta sólo siete.
[...] Hay indicios de que también la memoria a largo plazo queda afectada. Pero parece que la mayor parte del problema no se debe a la  pérdida irreversible del recuerdo de hechos concretos, sino a unos sistemas deteriorados de recuperación de los recuerdos.
Los cambios en nuestra memoria podrían ser claves para entender por qué parece que el tiempo vuela. Para el filósofo francés del siglo XIX Jean-Marie Guyau la vivencia del tiempo era una cuestión de «óptica interna». Enumeró algunos factores que influyen en dicha óptica, tales como la intensidad de nuestras percepciones y de las imágenes en nuestra memoria, la cantidad, la variación, la atención con que son observadas y las emociones asociadas. Así:

Para Guayu, la longitud aparente de un periodo, al volver la vista atrás, viene determinada por el número de diferencias claras e intensas que percibimos en los sucesos que recordamos. Por ello, los años de nuestra juventud nos parecen tan largos y los de la vejez tan cortos.
Por tanto, si al envejecer el ritmo de nuestros relojes biológicos se ralentiza (como parece ser el caso) es plausible que ello produzca una aceleración subjetiva en la percepción del tiempo. Un cerebro en su cénit fisiológico puede guardar más imágenes en la memoria y reproducirlas a una velocidad mayor que uno vetusto. Como ocurre con un vídeo de Youtube, mayor velocidad de reproducción equivale a menor intervalo de tiempo de principio a fin.

Puedo aportar aquí otra anécdota personal que sirve de ilustración. Como tantos niños de mi generación, fui acérrimo seguidor del anime Captain Tsubasa (Oliver y Benji en su traducción española). Quienes seguimos esa serie recordamos muchas de sus peculiaridades, siendo unas de las más destacadas la exagerada longitud del campo de fútbol y lo lenta que transcurría la acción. Al evocar aquellos dibujos nos reímos de cómo podían tardar varios capítulos en llegar de una portería a otra o, simplemente, en tirar a puerta.

Yo he vuelto a ver esa serie de mayor, ya con más de treinta años. ¿Saben qué fue lo que pensé tras ver los primeros cien capítulos de nuevo? «Vaya, va todo mucho más rápido de lo que recordaba». Efectivamente, la velocidad a la que transcurre la acción es bastante superior a lo que creía. Esa reminiscencia de lentitud exagerada ¿se debe a que media hora es una eternidad para un niño de siete años? ¿A que me sumergía en esa serie con los cinco sentidos? ¿O es porque al ir bromeando sobre el tema el recuerdo se ha ido distorsionando, guardándose deformado en mi memoria?

Aún no sabemos con certeza por qué nuestra percepción del tiempo cambia con la edad. Otras explicaciones alternativas a las aquí mencionadas son analizadas en distinto grado en el libro de Draaisma. Lo que parece claro, no obstante, es que todo tiene que ver con nuestra memoria.

Es curioso. Si pienso simplemente «ya es Diciembre otra vez» tengo la sensación de que el año ha pasado volando. Sin embargo, si hago inventario mental de todo lo que ha sucedido desde Enero, la impresión cambia. La muerte de David Bowie, verbigracia, se me antoja lejana en el tiempo. Lo mismo me ocurre con mi síncope en la oficina o con la marcha de mi jefe. Dependiendo de cómo lo mire puedo ver un océano de tiempo o un solo instante.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Grasa (y III)

Antes de entrar en materia haré mías las palabras de Scott Adams y les recordaré que nunca es buena idea aceptar consejos de un bloguero cualquiera, y es cien veces menos aconsejable si el tema es la salud. Hecha la descarga de responsabilidad, sigamos hablando de las grasas.

Foto de Cristian
Empezaremos por lo más fácil, concretamente por ese tipo de grasa que solo tiene desventajas: las total o parcialmente hidrogenadas. Este tipo de lípido, ingrediente común de la margarina y la bollería industrial entre otros, contiene ácidos grasos trans, los cuales se consideran dañinos para la salud (causantes de enfermedades coronarias y diversos tipos de cáncer) independientemente de la dosis, por lo que no hay un nivel de consumo que pueda calificarse como «seguro» (igual que ocurre con el tabaco). Debido a sus riegos, estos aceites han ido desapareciendo de los alimentos. En Estados Unidos, la FDA dio en 2015 un plazo de tres años para su eliminación de todos los alimentos. En Europa, países como Dinamarca, Austria, Hungría e Islandia han limitado por ley su presencia a meras trazas, mientras que la Comisión Europea trabaja en una prohibición a nivel de la Unión.

Si las grasas hidrogenadas son un «no» rotundo, su opuesto es el aceite de oliva. Obsérvese que hablamos de aceite de oliva en concreto y no de grasas monosaturadas en general, siendo la razón que no se sabe con certeza si las propiedades cardioprotectoras de este alimento se deben a su perfil lipídico o a sus antioxidantes.

Entremos a continuación en la zona nublada y gris, allí donde se mezclan ciencia, supersticiones, ideologías y grupos de presión. Consideremos, verbigracia, las grasas de origen animal, las cuales son frecuentemente saturadas. ¿Son perjudiciales para la salud cardiovascular?

Quienes dicen que no tienen de su parte (entre otros) a Siri-Tarino cuyo metaanálisis de veintiún estudios que incluyeron a 347.747 pacientes concluyó: «no significant evidence for concluding that dietary saturated fat is associated with an increased risk of CHD or CVD [cardiovascular disease]». Los del bando contrario tienen a T. Colin Campbell, uno de los directores del estudio China–Cornell–Oxford Project cuyos resultaron publicaron en el libro The China Study. En dicho libro los autores afirman: «eating foods that contain any cholesterol above 0 mg is unhealthy».

Aquí es donde el debate se pone interesante. Campbell puso en entredicho el método de Siri-Tarino:

Campbell notes the practice of replacing high-fat animal foods with low-fat animal foods, which is common in the studies analyzed by Siri-Tarino: “If one kind of animal-based food is substituted for another, then the adverse health effects of both foods, when compared to plant-based foods, are easily missed.” Discussing the Nurses' Health Study, a well-known study analyzed in Siri-Tarino, and which employed methodology typical of Siri-Tarino's other subject studies, Campbell writes:
It is the premier example of how reductionism in science can create massive amounts of confusion and misinformation, even when the scientists involved are honest, well-intentioned and positioned at the top institutions in the world. Hardly any study has done more damage to the nutritional landscape than the Nurses' Health Study, and it serves as a warning for the rest of science for what not to do.
Para mayor escarnio, el metaanálisis mencionado fue financiado por el National Dairy Council cuyo interés es, obviamente, demostrar que la grasas saturadas de la leche y el queso no solo no son nocivas sino que tienen efectos saludables. Súmenle a ello la ironía en la muerte del doctor Atkins:

In 2002, the Atkins Diet's founder and chief proponent had a heart attack. Rather than let the ailing physician recover in peace, critics seized the opportunity to speak out against the low-carb, high-fat diet he had followed for years. Atkins denied his diet was to blame, instead citing a chronic infection. But when bad luck visited the doctor again the following year and he died after a serious fall, the coroner's report noted that he had a history of heart attacks, congestive heart failure, and high blood pressure—all associated with eating too much saturated fat.6 He was six feet tall and weighed 258 pounds at death, yielding a body mass index of 35 and placing him in the severely obese category. The Atkins Diet may not have single-handedly killed its founder and chief proponent, but it seems to have caused a number of life-threatening health problems likely to have killed him eventually.
Por otro lado, el estudio de Campbell tiene sus propios problemas, como el hecho de tratarse de un estudio epidemiológico y de no haber sido publicado en una revista revisada por pares (críticas a las que el propio Campbell respondió). También hay cierta polémica existente alrededor de la muerte de Atkins,  con testimonios que afirman que su peso en el momento de la muerte era debido a un edema.

Podríamos seguir así eternamente. Elijan su filosofía (vegetariana, carnívora, vegana, paleo) y, como siempre, encontrarán muchos estudios para sustentarla. Es un ejemplo perfecto de cómo la ciencia y su incertidumbre puede adaptarse a gusto del consumidor. Como dice Scott Adams:

[L]a nutrición se presenta como una ciencia, pero en realidad en torno al 60 por ciento no es más que un cúmulo de chorradas, suposiciones, hipótesis incorrectas y marketing.

En ciertas áreas reducidas, la ciencia nutricionista es razonablemente sólida. Los investigadores saben que las embarazadas necesitan vitamina E. Sabemos que la vitamina C es necesaria para evitar el escorbuto. Y los datos sugieren cosas positivas sobre la vitamina D. Existen otras vitaminas que también son claramente beneficiosas. Pero si se fija en cualquier estantería llena de productos con vitaminas y minerales en una tienda, la mayoría de ellos no se ha estudiado hasta el punto en que usted querría teniendo en cuenta que son productos para la salud.
Es imposible saber con precisión qué debe comer y con cuánta frecuencia debe hacerlo. La ciencia nutricionista está increíblemente incompleta. Como mucho, podrá evitar los errores dietéticos evidentes.
Parece que aún no sabemos lo suficiente sobre el efecto de las grasas en la salud. Las grasas saturadas son aún controvertidas, en parte porque hay muchos tipos de las mismas, por lo que si se estudian conjuntamente pueden obtenerse conclusiones equívocas. Lo mismo puede decirse del colesterol. Además, dejando a un lado los aceites, los lípidos no suelen ingerirse aisladamente sino que forman parte de una carne, pescado, fruto seco o vegetal cuyos otros componentes también afectan a la salud. Por ejemplo, aunque las grasas saturadas fueran inocuas el hecho es que la carne roja procesada es probablemente carcinógena. Por otro lado, cada cual tiene su propia fisiología, enfermedades, antecedentes familiares y estilo de vida.

Para poder aislar todas las variables mencionadas y lograr una conclusión sólida se necesitan muchísimos más estudios pero, por desgracia, probablemente gran parte de ellos sean financiados por gente con algún tipo de agenda. Igual que ocurre en la industria farmacéutica los productores de alimentos pagan sus propias investigaciones cuyos resultados (¡oh, sorpresa!) siempre les son favorables.

Mientras la niebla se dispersa aquellos que estamos preocupados por nuestra alimentación haremos lo que entendemos como mejor según el conocimiento que tenemos. Para mí, eso significa eliminar los alimentos procesados y mis queridos dulces, incluyendo los deliciosos postres que prepara mi hermana. También debería comer más legumbre y menos carne, probablemente. Más allá de eso, toda opción parece debatible y carente de garantías.