lunes, 14 de agosto de 2017

Breve guía del manipulador de gráficos

Sin más preámbulo, consideremos los siguientes cuatro conjuntos de datos, todos los cuales tienen la misma media para el valor x (9) y para el valor y (7,5):

I II III IV
x y x y x y x y
10.0 8.04 10.0 9.14 10.0 7.46 8.0 6.58
8.0 6.95 8.0 8.14 8.0 6.77 8.0 5.76
13.0 7.58 13.0 8.74 13.0 12.74 8.0 7.71
9.0 8.81 9.0 8.77 9.0 7.11 8.0 8.84
11.0 8.33 11.0 9.26 11.0 7.81 8.0 8.47
14.0 9.96 14.0 8.10 14.0 8.84 8.0 7.04
6.0 7.24 6.0 6.13 6.0 6.08 8.0 5.25
4.0 4.26 4.0 3.10 4.0 5.39 19.0 12.50
12.0 10.84 12.0 9.13 12.0 8.15 8.0 5.56
7.0 4.82 7.0 7.26 7.0 6.42 8.0 7.91
5.0 5.68 5.0 4.74 5.0 5.73 8.0 6.89

¿Ven algo curioso? Probablemente no. Sin embargo, al representar los datos de forma gráfica las particularidades de cada conjunto saltan a la vista, literalmente:


El lector versado en estadística habrá reconocido, ya al ver las tablas de números, el cuarteto de Anscombe, llamado así por Francis Anscombe, quien lo alumbró en 1973 para recalcar la importancia de representar los datos gráficamente, así como la forma en la que los valores atípicos afectan a medidas como la media y la varianza.

El cuarteto de Anscombe es un buen ejemplo de cómo nuestro cerebro evolucionó para detectar patrones visuales, y cómo se atasca cuando se topa con un puñado de números escritos:

The human brain did not evolve to process large amounts of numerical data presented as text; instead, our eyes look for patterns in data that are visually displayed. The most accurate but least interpretable form of data presentation is to make a table, showing every single value. But it is difficult or impossible for most people to detect patterns and trends in such data, and so we rely on graphs and charts. Graphs come in two broad types: Either they represent every data point visually (as in a scatter plot) or they implement a form of data reduction in which we summarize the data, looking, for example, only at means or medians.
Los gráficos aprovechan el ancho de banda de nuestro sistema visual para transmitir una buena cantidad de información en un instante, lo cual agradecemos muy mucho. De paso satisfacen nuestra sed de brevedad, con la ventaja añadida de la autoridad que confieren los datos, algo que consideramos prístino y de bordes nítidos. Sin embargo, ya vimos que los números son turbios y difusos, y los gráficos añaden al arsenal del manipulador formas adicionales de distorsionar o falsificar los datos. Veamos a continuación algunas de tales estratagemas.

Comencemos por un gráfico que se ha convertido en un clásico, presentado por el presidente de Apple, Tim Cook:


Este gráfico tiene varios trucos. Para empezar, no hay escala en el eje vertical, así que no sabemos qué se está representando en realidad. ¿Unidades vendidas? ¿Dólares recaudados? Lo bueno de no etiquetar los ejes es que nos permite representar cualquier cosa.

La segunda treta en este ejemplo es que se trata de un gráfico acumulativo, los cuales, por definición, siempre muestran un incremento. Tomando datos de la SEC, David Yanofsky creó un gráfico de barras que muestra la versión no acumulativa, en el que puede verse cómo las ventas de iPhone habían descendido en los años anteriores a los que tuvo lugar la presentación.


Pasemos a otra argucia clásica: el eje truncado. Normalmente, lo honesto es que el valor del eje y empiece en cero. Sin embargo, si queremos exagerar las diferencias podemos empezar en una cifra cercana al valor mínimo que se está dibujando. Esta semana me he topado con el siguiente ejemplo:


Esta sería la versión honesta, con la escala empezando en cero:


Relacionado con esto, a alguien de El Heraldo de Aragón se le ocurrió darle una vuelta de tuerca al truco y tuvo la brillante idea de emparejar dos gráficos de ejes truncados y escalas diferentes:


Si leen las cifras, observarán que los alumnos cayeron aproximadamente un treinta por ciento, y que los profesores e investigadores aumentaron un cincuenta por ciento, lo cual no concuerda con el patrón que se infiere únicamente mediante las líneas de las gráficas.

En 2014, El Mundo publicó esta otra versión de gráficos agrupados con ejes truncados:


Fíjense en las distancias entre los valores de El País y El Mundo y compárenlas con las que separan los datos de El Mundo con los de Abc. Concretamente, observen marzo en el gráfico superior y agosto en el gráfico inferior. Notarán que la distancia visual no corresponde en absoluto con la real.

Hay quien prefiere juntar dos gráficos en uno en lugar de situarlos uno al lado del otro para mostrar una correlación (o ausencia de ella). Para ello se pueden dibujar dos ejes verticales tal que así:


Es un gráfico publicado por Forbes en Mayo de 1990. Pareciera por la imagen que incrementar el gasto por estudiante (línea blanca) no tiene efecto en la nota del SAT (la prueba de admisión a la universidad en Estados Unidos). Sin embargo, basta con cambiar la escala de uno de los ejes verticales para que parezca lo contrario:



Examinemos a continuación estas dos gráficas tomadas de un libro de Daniel Levitin:


Como vemos, la discontinuidad en el eje horizontal de la segunda gráfica produce la impresión de que el crimen ha aumentado rápidamente. Esto ocurre porque los gráficos no tienen la misma escala y el de la derecha, en la discontinuidad, agrupa datos de cinco años en el mismo espacio horizontal que ha usado hasta ese punto para representar solo dos.

El propio Levitin muestra a continuación una versión aún más malintencionada:


Aquí, las marcas del eje vertical pasan de representar intervalos de cuarenta a solo ocho, lo que produce la curva que se aprecia visualmente. El periódico El País publicó en su día un gráfico de este tipo, en el que el eje de abscisas no respeta las proporciones en las distancias entre los años, dando lugar a una escala que cambia tres veces:


Lo bueno es que la inclinación de las curvas de un gráfico se puede alterar sin necesidad recurrir a trucos como los anteriores, basta con utilizar intervalos de tiempo diferentes. Supongamos que queremos impresionara a alguien con la cantidad de productos vendidos desde 2010 a 2015. Podríamos mostrar este gráfico:

O este otro:

¡Voilá! Solo con incluir en la gráfica años para los que no tenemos datos la pendiente ha aumentado, lo que da la impresión de que las ventas han crecido mucho más rápido de lo que lo han hecho en realidad.

Fue el escocés William Playfair quien creó, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, los gráficos de barras, áreas, líneas y sectores a los que estamos acostumbrados hoy día. Es innegable que sus creaciones comunican mucho mejor un conjunto de datos que cualquier tabla de texto pero también es cierto que los gráficos estadísticos son un lenguaje lleno de sutilezas con el que hay que tener mucho cuidado para no dar a entender una idea equivocada.

Además, con las gráficas, cuanta menos atención presta la audiencia más fácil es engañarla. Políticos, economistas, periodistas, publicistas y vendedores lo saben bien. Es por ello que toda representación visual de un conjunto de datos hay que procesarla despacio y con el mismo escepticismo que cualquier estadística, comprobando las manipulaciones más obvias y preguntándonos quién lo dice, cómo lo sabe, qué falta, y si tiene sentido.

lunes, 31 de julio de 2017

Ipso facto

Un compañero me contó hace no mucho que estaba en casa y necesitaba unos alicates, así que los pidió en Amazon aprovechando el servicio Prime Now y en dos horas ya los tenía. ¿Mató una mosca a cañonazos? Puede ser, aunque él asegura que lo hizo porque no tiene cerca de su casa ninguna tienda de conveniencia. Lo que me interesa destacar de esta historia es cómo Amazon ha ido reduciendo paulatinamente el periodo de entrega de días o semanas hasta el límite actual de dos horas.

Foto de Ozzy Delaney
Los vendedores saben que a los clientes no les gusta esperar y en las últimas décadas se han puesto las pilas al respecto. Ya no tienen que pasar meses para verse en los cines locales los últimos estrenos de Hollywood. Tampoco hay que esperar para ver las series; incluso el doblaje se ha acelerado hasta el punto de que los capítulos traducidos al idioma nacional se emiten a los pocos días de su salida en Estados Unidos. Las noticias ya no requieren ni un viaje al quiosco ni la llegada del noticiero matinal o vespertino; ahora están a unos pocos clics de distancia. Las colas pueden reducirse o evitarse reservando con antelación a través de internet. También a través de internet pueden agilizarse las compras o peticiones de cita al evitar ser atendidos por un teleoperador. Para hablar con un amigo en el extranjero ya no hay que esperar semanas a que reciba nuestra postal y nos conteste. Las operaciones en el mercado de valores tienen lugar en milisegundos. Etcétera.

Opino que la inmediatez es uno de los rasgos más salientes del mundo actual. En las sociedades industrializadas de 2017 una semana es una eternidad. Lo que queremos lo queremos ya. Supongo que eso siempre ha sido así; la diferencia es que ahora podemos tenerlo y todo ocurre a mayor velocidad. Las empresas se han visto inmersas en una carrera por la rapidez del servicio que obliga a diseñar, producir y entregar a toda prisa, a fracasar rápido, todo con el objetivo de llegar los primeros al mercado para apoderarse de la demanda y, si se tercia, dictar las normas.

Es el tipo de cambio en la sociedad que llama la crítica obvia. Creo que cuando nuestros deseos pueden ser satisfechos casi instantáneamente el autocontrol y la paciencia se marchitan. Un ejemplo de lo primero es cómo el mero hecho de tener comida basura al alcance de la mano en todo momento lleva a algunas personas a comer en exceso aunque no tengan hambre, solo por aburrimiento, tristeza o ansiedad. Esa es la razón por la que un consejo típico de dieta es no tener comidas poco saludables en casa, ya que cuando satisfacer nuestra glotonería requiere un viaje al supermercado es mucho más probable que lo dejemos correr. Es probable que el envío a domicilio de los restaurantes de comida rápida nos haga caer en la tentación más a menudo.

Respecto a la paciencia, es el hecho que multitud de procesos naturales aún tienen lugar en periodos de tiempo que ya no encajan en nuestra definición de «breve». Una gripe aún tarda una semana o más en desaparecer, perder peso es un proyecto a largo plazo, la maestría necesita una década de práctica, leer requiere extensos periodos de inmovilidad y el amor necesita meses para madurar. Eso provoca frustración de dos maneras. La primera, cuando no nos queda otra opción que esperar («the waiting is the hardest part», que decía la canción). La segunda, cuando nos empeñamos en acomodar todos estos desarrollos a un marco temporal reducido.

Por ejemplo, cualquiera que haya cocinado sabe que las prisas no son buenas si queremos lograr un buen resultado. Sí, es posible descongelar carne en el microondas en unos minutos, pero su textura es peor comparada con la que se descongela lentamente en el frigorífico o a temperatura ambiente. También se pueden reducir los tiempos de cocción o asado subiendo la temperatura pero, de nuevo, el resultado es inferior que si se hace a fuego lento. Con la vida en general ocurre un poco lo mismo. Puedes ir al fisioterapeuta a que te quite el dolor de un esguince y salir caminando de la consulta, pero los ligamentos tardarán más en curarse. Puedes tratar los síntomas del resfriado pero el virus sigue ahí. Puedes casarte a la semana de haber conocido a tu pareja pero es improbable que eso resulte en un matrimonio largo y feliz. Y así siguiendo.

Por definición, la rapidez exige brevedad. Por ejemplo, ya analizamos cómo en internet los escritos han de ser cuanto más cortos mejor. Cuando el tiempo es el factor limitante, la complejidad de las historias y las ideas se reduce necesariamente. Consideremos, verbigracia, el caso de las series de televisión y las películas. Como vimos, las primeras se han ido haciendo cada vez más complejas, con hilos argumentales más numerosos, largos y enrevesados. Sin embargo, la mayor parte de las películas actuales son tan simples como hace veinte años. ¿Por qué? Según Steven Johnson, la explicación es el tiempo:

[E]l cine se ha enfrentado históricamente a un techo que ha limitado su complejidad, pues los relatos se reducen a dos o tres horas. Los dramas televisivos examinados cuentan historias que se despliegan a lo largo de varias temporadas, cada una con más de una docena de episodios. La escala temporal de un drama televisivo de éxito puede superar las cien horas, lo que permite a los guiones hacerse complejos y a la audiencia familiarizarse con los numerosos personajes y sus múltiples interacciones. Del mismo modo, se tarda unas cuarenta horas en un videojuego corriente, en el que crece sin cesar la dificultad de los puzles y los objetivos a medida que se avanza. Según este criterio, la película media de Hollywood de dos horas equivale a un programa piloto de televisión o a la secuencia inicial de entrenamiento de un videojuego: en este marco temporal no podemos introducir demasiados hilos y sutilezas. No es casualidad que el éxito más complejo de nuestra época —la trilogía de El Señor de los Anillos— dure más de diez horas en su versión íntegra en DVD.
La complejidad intelectual exige tiempo, atención y esfuerzo, tres materias primas más escasas hoy día que el petróleo. Es por ello que quienes quieren captar nuestra atención saben que la información debe pasarse a la audiencia «cortita y al pie», bien masticada. En un un bucle que se alimenta a sí mismo, eso atrofia aún más nuestro intelecto, lo que acaba por convertirnos a todos en lo que los directivos de televisión llaman «la señora de Cuenca»:

«Si estamos hablando de una patata, en la imagen tiene que salir una patata. Hay que hacer las cosas para que las entienda mi madre.» Es una frase prototípica de algunos responsables televisivos, de diferentes áreas, que a los que hemos hecho o hacemos televisión, siempre nos ha entusiasmado. De esa teoría hemos deducido muchas veces que cargar con la cruz de la cantidad de madres imbéciles que hay por el mundo, es suficiente para ganarnos el cielo. Tampoco va dirigido a ese colectivo que los ejecutivos meten bajo el epígrafe de «señoras de Cuenca»:
«Esto le tiene que gustar a una señora de Cuenca», «la señora de Cuenca no va a entender este chiste», «la señora de Cuenca lo único que quiere es distraerse…».
Que digo yo, que qué habrán hecho las señoras de Cuenca (que a veces también son de Zamora o de Soria) para que los responsables televisivos de este país las consideren incapaces de reírse con un gag que no sea de José Luis Moreno. O que las crean perdidamente enamoradas única y exclusivamente de hombres tipo Bertín Osborne.
La infancia es la edad de la inmediatez. Madurar implica ser capaz de retrasar la gratificación, de crear planes a largo plazo que requieren un sacrificio hoy a cambio de algo mejor en el futuro. Acaso un ambiente que nos permite satisfacer nuestros deseos instantáneamente nos lleve de nuevo a la época prepúber, en la que vivimos en la pura sensibilidad, en la que dejamos de lado el pensamiento racional (lento y esforzado) en favor del pensamiento intuitivo, en la que nos dejamos guiar más por el instinto que la razón.

Por desgracia, no hay respuestas o soluciones inmediatas para todo. Cuando una página web tarda más de unos pocos segundos en cargar podemos irnos a otra similar pero no es posible hacer lo mismo con lo más importante de la vida. La enfermedad física no suele curarse inmediatamente. Las aflicciones mentales y emocionales también pueden requerir meses para desaparecer. Salvo que tengamos muchísima suerte, no podemos ser ricos de un día para otro. Las relaciones de pareja dichosas no brotan de la noche a la mañana. En definitiva, todavía hoy no parece plausible obtener la felicidad en menos de dos horas.

lunes, 17 de julio de 2017

Imágenes

Una imagen vale más que mil palabras, se dice. El dicho me vino a la cabeza y comencé a pensar en cómo podía verificarse tal afirmación basándonos en la cantidad de información recibida por cada vía. Un conteo rápido de los textos de este blog me dice que la longitud media de las palabras es de cuatro letras, por lo que mil palabras serían unas cuatro mil letras. A un byte por letra, eso son casi cuatro kilobytes de información.

Por curiosidad, he hecho que mi ordenador me leyera en voz alta un texto de mil palabras con un total de seis mil ciento sesenta y dos caracteres. Ha tardado cinco minutos y seis segundos, lo que representa un ancho de banda de veinte bytes por segundo. A ese ritmo tardaría trescientos diecisiete días en descargar de internet un vídeo típico de poco más de quinientos megabytes.

¿Cuál es el ancho de banda del ojo humano? Sospecho que es muy difícil de medir y que depende de nuestra definición de información. ¿Contamos solo los atributos de la imagen en sí misma (colores, formas) o también lo que representan? Consideremos el archivo de imagen que se muestra a continuación, el cual ocupa veinticinco kilobytes.

Imagen de Wikimedia Commons
Casi todo el mundo puede reconocer que es la imagen de un cerebro. Los más versados en anatomía cerebral reconocerán el quiasma óptico. Los ilustres en anatomía e Historia sabrán que es un dibujo de Vesalio. Dependiendo del observador, la cantidad de información transmitida por una misma imagen puede variar.

Un estudio de la Universidad de Pensilvania cifró en 2006 el ancho de banda del ojo humano en 8,96 megabits por segundo, esto es, casi nueve millones de bits por segundo. El físico Danés Tor Nørretranders calcula que es de mil doscientos cincuenta megabytes por segundo (y la centésima parte de esa cantidad para el oído). Aunque no sepamos la cifra exacta parece que el dicho es cierto y que, efectivamente, podemos recibir mucha más información a través de los ojos que a través de los oídos.

La vista es uno de nuestros sentidos más importantes. En los primates, una buena porción del cerebro está dedicada a la visión. En los humanos, el córtex visual es el sistema más grande del cerebro y el procesamiento de la información visual supone el treinta por ciento de la actividad cerebral.

Actualmente, es conocimiento común el hecho de que la visión humana no funciona como una cámara, registrando pasivamente los estímulos sensoriales, sino que el cerebro interpreta dichos estímulos:

[E]l cerebro crea descripciones simbólicas. No recrea la imagen original, sino que representa los diversos rasgos y aspectos de la misma en términos completamente nuevos —no con garabatos de tinta, como es lógico, sino con su propio alfabeto de impulsos nerviosos—. Estas codificaciones simbólicas se crean en parte en la misma retina, pero sobre todo en el cerebro. Una vez allí, se dividen, transforman y combinan en la extensa red de áreas visuales cerebrales que a la larga nos permiten reconocer los objetos. Por supuesto, casi todo este proceso tiene lugar entre bastidores, sin entrar en el conocimiento consciente, razón por la cual da la impresión de ser fácil y obvio.
Esto salta a la vista (nunca mejor dicho) con algunas ilusiones ópticas, más concretamente con aquellas que no dependen de factores externos, como los arcoiris. En los conocidos ejemplos que aparecen a continuación, verbigracia, la imagen retiniana permanece constante pero nuestra percepción cambia, lo que sugiere que dicha percepción incluye criterio e interpretación. Como dice Ramachandran: «la percepción es una opinión del mundo formada de manera activa más que una reacción pasiva ante un input sensorial procedente de aquél».

Cubo de Necker.
El cubo parece estar igualmente encima o debajo del observador.

Ilusión de Ponzo.
Las líneas amarillas tienen la misma longitud.
Formas a partir de sombras, por Vilayanur S. Ramachandran.
La mitad parecen concavidades. Si se pone la imagen al revés,
las concavidades pasan a ser convexidades, y viceversa.

Toda percepción está sesgada. Nuestro sistema visual evolucionó para adaptarse a los objetos tridimensionales del mundo natural y, a consecuencia de ello, tiene ciertas expectativas. Así, ante un estímulo ambiguo, lo mejor que puede hacer el cerebro es adivinar cuál es la interpretación correcta. Las inferencias y suposiciones de nuestro cerebro pueden verse en ilusiones ópticas como las siguientes.

El triángulo de Kanizsa.
No existe ningún triángulo blanco.

La habitación de Ames, foto de Ian Stannard.
Ambas personas tienen en realidad la misma estatura.

Esperamos que la luz venga de arriba, que los objetos sean simétricos y que cambien sin saltos a lo largo del tiempo y del espacio, que las habitaciones sean cúbicas (en lugar de trapezoidales, como la de Ames), que el color de las imágenes de fondo sea uniforme (por ejemplo, el del cielo) y que las caras sean superficies convexas. Estos supuestos están tan arraigados en nuestro sistema sensorial que hay ocasiones en que no podemos dejar de ver la ilusión aunque sepamos que lo que percibimos no es real. Muestra de ello es la ilusión de la máscara hueca, en la que nuestra expectativa de que las caras sean convexas hace que veamos cómo la nariz apunta hacia nosotros, cuando en realidad lo está haciendo en dirección contraria.

La ilusión de la cara hueca.
La máscara es en realidad cóncava.

Podemos ingerir una buena cantidad de información por segundo a través de los ojos pero para digerirla a un ritmo suficientemente rápido el cerebro se vale de atajos y hace interpretaciones automáticas e inconscientes que no siempre pueden modularse voluntariamente. Esta es una estrategia sensata porque la mayor parte del tiempo las expectativas se cumplen y las conjeturas son correctas. De vez en cuando, sin embargo, nos topamos con una visión incongruente con nuestras expectativas y mostramos un sesgo de realidad, esto es, vemos los objetos más como esperamos que sean que como son realmente. El resultado es una ilusión.

Todo lo anterior quiere decir que es nuestra naturaleza no ver lo que hay sino lo que esperamos ver, lo que ya hemos visto muchas veces antes o lo que estamos preparados para ver. En estas páginas hemos visto que eso también se aplica a nuestras opiniones y creencias. Será porque en ambos casos el encargado de interpretar la información es el mismo órgano.

lunes, 10 de julio de 2017

En (no) pocas palabras

Me ha costado un rato sacar los datos pero pueden verlos a continuación: la longitud, en número de palabras, de cada artículo publicado en este blog hasta el momento.


Para el lector con inclinación estadística, decir que la media ronda las mil sesenta y cinco palabras, la mediana anda muy cerca (mil setenta y dos), el artículo más largo tiene unas dos mil seiscientas cuarenta palabras y el más corto, ninguna. La desviación estándar es de cuatrocientas noventa y cinco palabras.

Como se puede observar gracias a la línea de regresión, con el tiempo los artículos se han ido haciendo cada vez un poco más largos, teniendo la mayoría de los escritos entre seiscientas y mil seiscientas palabras. Todo bloguero que se precie sabe que eso viola una de las normas básicas de las publicaciones en internet, a saber, la brevedad. Según los autores de The Huffington Post Complete Guide to Blogging:

[W]e know from experience that unless the reader can see the end of your post eight hundred words in, a good portion of them will stop scrolling down. Even eight hundred words is an intimidating block of text. Break it up with a picture or pull quote, and definitely with some links. If you find that you can't do justice to your point in eight hundred to a thousand words, consider breaking the thought up into two or more posts.
Hay quien piensa incluso que ese límite es demasiado alto:

In a retrospective of his last ten years of blogging, publisher Om Malik of GigaOM bragged that he’d written over eleven thousand posts and 2 million words in the last decade. Which, while translating into three posts a day, means the average post was just 215 words long. But that’s nothing compared to the ideal Gawker item. Nick Denton told a potential hire in 2008 that it was “one hundred words long. Two hundred, max. Any good idea,” he said, “can be expressed at that length.”
Para que se hagan una idea de la longitud que representan doscientas palabras, de haber respetado el susodicho límite este artículo habría terminado a mitad de la primera cita, concretamente en la frase «Break it up with a picture or pull quote, and definitely».

La forma en la que consumimos contenidos a través de internet parece estar centrada en el flujo de novedades más que en el propio contenido. Puede que pasemos muchas horas conectados a lo largo de un día o de una semana pero dedicamos muy poco tiempo a cada elemento en particular. Creo que gastamos más tiempo haciendo scroll en Twitter, Facebook, Tumblr y los periódicos digitales que leyendo. Los estudios que registran el movimiento de los ojos de los lectores muestran que la mayor parte de las veces nos quedamos solo con el titular. Si abrimos un artículo seguramente acabemos leyéndolo, como suele decirse, en diagonal. Por usar una metáfora televisiva, se podría decir que en internet nos preocupa más hacer zapping que ver los programas.

Así, estamos expuestos a muchas ideas e información, pero siempre se tratan de forma superficial. Cuando la prioridad es recibir novedades no hay lugar para análisis en profundidad o sesudos razonamientos. Como suele ocurrir, esta preocupación por la forma en la que la tecnología afecta a nuestra forma de pensar no es nada nuevo:

The brevity of the telegraph’s messages didn’t sit well with many literary intellectuals either; it may have opened access to more sources of information, but it also made public discourse much shallower. More than a century before similar charges would be filled against Twitter, the cultural elites of Victorian Britain were getting concerned about the trivialization of public discourse under an avalanche of fast news and “snippets.” In 1889, the Spectator, one of the empire’s finest publications, chided the telegraph for causing “a vast diffusion of what is called ‘news,’ the recording of every event, and especially of every crime, everywhere without perceptible interval of time. The constant diffusion of statements in snippets ... must in the end, one would think, deteriorate the intelligence of all to whom the telegraph appeal.”
No obstante, a mi modesto entender, es una preocupación legítima. Consideremos el dato siguiente:

The pressure to keep content visually appealing and ready for impulse readers is a constant suppressant on length, regardless of what is cut to make it happen. In a University of Kentucky study of blogs about cancer, researchers found that a full 80 percent of the blog posts they analyzed contained fewer than five hundred words. The average number of words per post was 335, short enough to make the articles on the Huffington Post seem like lengthy manuscripts.
Al igual que Ryan Holiday (autor del texto anterior), pienso que doscientas, trescientas, quinientas o incluso ochocientas palabras no son suficientes para exponer apropiadamente las complejidades y matices del cáncer y sus tratamientos. O de un ideario político. O de una teoría filosófica. (Y con esto van ya ochocientas palabras).

Tal vez eso no sería un problema si todos fuéramos conscientes de las limitaciones del medio digital. Podríamos pensar que las redes sociales y los blogs son para estar al día y que quien necesite hondas disquisiciones sobre un tema en concreto puede recurrir a los libros. Por desgracia, ya vimos que la lectura está de capa caída. Por otra parte, a diferencia de los libros, la inmensa mayoría del contenido en la red es gratuito, y el acceso a él es mucho más rápido y cómodo. No es de extrañar, por tanto, que quien quiera informarse sobre algo lo primero que haga es buscar en Google y leer por encima un puñado de textos breves de blogs cuya reputación desconoce.

De acuerdo con Jakob Nielsen, un buen editor puede recortar un cuarenta por ciento el número de palabras de un artículo haciendo que el escrito pierda solo un treinta por ciento de su valor. Yo soy el primero en reconocer que los ensayos de este blog podrían resumirse mucho pero no estoy por la labor. Temo que la brevedad propia de la red atrofie capacidades cognitivas como la concentración, la comprensión y la argumentación, facultades ya de por sí poco desarrolladas en el común de la población. En Twitter, verbigracia, la gente no debate: discute. Un tuit o un conjunto de ellos sirve para provocar una respuesta emocional en el lector más que para activar el sistema de pensamiento deliberativo.

Considero la brevedad escrita en internet uno de los males de la sociedad moderna. Desde mi punto de vista es preciso presentar la información y las ideas junto con los hechos y pensamientos que llevaron a ellas. Actuar de otra forma es robar al lector la ocasión de calibrar la solidez de las conclusiones, de ampliar información por su cuenta, de encontrar errores y lagunas en la argumentación o los datos y, en definitiva, de pensar por sí mismo. Las afirmaciones e informaciones desnudas son el equivalente intelectual de una cucharadita de sirope, fácil de tragar pero carente de alimento. Y más importante aún: su aceptación o rechazo es cuestión de dogma, no de raciocinio.

lunes, 26 de junio de 2017

Marionetas

La mañana del día previo a las elecciones presidenciales francesas me levanté de un humor sombrío. La noche de aquel viernes se habían publicado en internet memos y correos electrónicos robados a personal de la campaña de Emmanuel Macron. El momento de la publicación no era casual: fue justo antes del inicio de la jornada de reflexión, durante la cual los medios de comunicación no pueden hablar de nada relacionado con las elecciones. Eso obligaba a que las discusiones sobre el material filtrado tuvieran lugar exclusivamente en las redes sociales y en medios extranjeros.

El problema para los responsables de la filtración era que en aquellos documentos no había nada relevante. De hecho, enseguida se vio que el material filtrado contenía información equívoca fabricada para crear confusión:

The leak package is huge – 9Gb – suggesting at a quick glance (all the time anyone had) that there was a lot of scandalous or incriminating content. No such luck. Although this was promoted as #MacronLeaks, there are no emails from Macron. The majority of the package seems to be padding to fill it out.
The archive was intentionally packaged to give the appearance of a data dump containing documents, emails and other recent primary sources regarding Macron. It contains nothing of the sort. The packaging was maliciously crafted to deliberately mislead a cursory reading.
There is direct evidence that some of the documents have been altered from their original source. What actual tampering has been done is impossible to know given only the data supplied by the malicious agency. Some content is highly peculiar – an emailed receipt to an obscure old politician for 10 grams of 3MMC, purchased with Bitcoin, to be shipped direct to the National Assembly!
Foto de Louis Vest
La estrategia de quien estuviera detrás de ello era, según el investigador Thaddeus Grugq, publicar una gran cantidad de información imposible de analizar en el tiempo disponible antes de las elecciones, hacerlo justo antes de la jornada de reflexión para que los medios oficiales no pudieran desmentir nada, y aprovechar las redes sociales para hacer ruido y extender la propaganda (ibídem):

Package old intelligence data into an archive structured to appear like current Macron intel. Craft and amplify short scary narratives allegedly supported by evidence inside the leak – e.g. “Macron was in contact with a Mid East arms dealer, was he selling weapons to ISIS??” (reality: ISIS didn’t exist when the arms dealer sent those emails to someone not-Macron, and Macron was in school at the time.) Use the troll armies to amplify and promote the leak and the narratives. As soon as word of the massive leak, and the incendiary allegations, makes it out into the French consciousness the law will prohibit further analysis or discussion.
Era evidente que la filtración se produjo para influir en el resultado del sufragio. Ya había ocurrido algo similar en las elecciones estadounidenses del año pasado pero esta vez era demasiado descarado. En esta ocasión el titiritero había mostrado claramente los hilos, como si ya no necesitara esconderlos de las marionetas, convencido de que los cráneos de estas están totalmente huecos.

No será la última vez que tenga lugar una argucia de este tipo (aunque probablemente cambie la forma en la que se haga). Es el hecho que la sociedad civil siempre ha sido un objetivo relativamente indefenso de los gobiernos y las elites, los cuales aprovechan las nuevas plataformas de comunicación para sus planes:

Russia-linked cyber espionage campaigns, particularly those involving targeting around the 2016 U.S. elections, and more recently the 2017 French election, have dominated the media in recent months. As serious as these events are, often overlooked in both media and industry reports on cyber espionage is a critical and persistent victim group: global civil society.
A healthy, fully-functioning, and vibrant civil society is the antithesis of non-democratic rule, and as a consequence, powerful elites threatened by their actions routinely direct their powerful spying apparatuses toward civil society to infiltrate, anticipate, and even neutralize their activities. Unlike industry and government, however, civil society groups typically lack resources, institutional depth, and capacity to deal with these assaults. For different reasons, they also rarely factor into threat industry reporting or government policy around cyber espionage, and can be the silent, overlooked victims.
Como digo, nada de esto es nuevo. Desde siempre, los ciudadanos hemos tenido que guardarnos de las mentiras de nuestros propios mandatarios, así como de los embustes que llegan sobre ellos allende las fronteras:

In politics, the art of innuendo in the United States goes back to the birth of the nation in what were called "whispering campaigns." For example, rumors circulated that Thomas Jefferson was an atheist and had debauched a well-born Virginia belle, that Martin van Buren was the illegitimate son of Aaron Burr, that Andrew Jackson had lived with his wife before marriage, and that John Quincy Adams had acted as a pander for a Russian nobleman. The tradition continues into the modern era. In the 1970s, Richard Nixon's campaign staff hired "dirty tricksters" to spread rumors about leading Democratic candidates—rumors that many political analysts believe were at the heart of the withdrawal of front-runningEdmund Muskie from the presidential race.

[...] The use of factoids is also a common practice in campaigns against other nations. Adolf Hitler and his propaganda minister, Joseph Goebbels, mastered the art of what has been termed "the big lie." According to Nazi propaganda theory, one effective way to persuade the masses is to develop and repeat falsehoods—for example, "The German people are a master race; Europe is menaced by the Jewish conspiracy." Such big lies are difficult to prove false. For example, the fact that there is no evidence that a Jewish conspiracy exists is just further evidence regarding the cleverness of Jews. The big lie is then supported by many small but often irrelevant facts to make the big lie all that more believable—for example, some Jews own banks and Karl Marx, the founder of communism, was Jewish.
Pero no son solo los políticos quienes juegan a ser titiriteros. Cada uno de nosotros engulle diariamente toneladas de publicidad fabricadas por las marcas. Los personajes públicos, sean o no políticos, contratan asesores de imagen para moldear la percepción que tenemos de ellos. Personas con intereses comunes forman grupos de presión (lobbies, fundaciones, institutos, asociaciones, webs) para obtener privilegios, defender los que ya tienen o extender sus ideas económicas, políticas o religiosas. En el lugar de trabajo, nuestros compañeros y, especialmente, nuestros jefes, tratan de persuadirnos para que les ayudemos a alcanzar sus objetivos. En casa, nuestras parejas, hijos y amigos nos manipulan para que hagamos esto o aquello. A lo largo de nuestra vida todos estamos influidos por el zeitgeist.

No hay escapatoria. Incluso si estamos solos y aislados del resto de seres humanos cada uno de nosotros es su propio maestro de marionetas cuando cede a sus apetitos e instintos naturales, a los miedos que todos albergamos, a las ambiciones que nos impulsan.

Decía el Doctor Manhattan en Watchmen: «We're all puppets, Laurie. I'm just a puppet who can see the strings». Ese personaje de ficción se refería al determinismo de las leyes de la física, mientras que yo me refiero al control que los seres humanos tratamos de ejercer entre nuestros semejantes. En este caso el problema no es ver los hilos; todos sabemos que los políticos y los publicistas nos mienten para obtener algo de nosotros. El problema es conseguir ser inmune a sus tejemanejes. Por desgracia, el mero hecho de saber que el comunicador está tratando de influenciarnos no siempre nos protege de su mensaje:

A public opinion poll showed that the overwhelming majority of adult respondents believe television commercials contain untruthful arguments. Moreover, the results indicate that the more educated the person, the more skeptical, and that people who are skeptical believe their skepticism makes them immune to persuasion.

This might lead us to conclude that the mere fact of knowing a communicator is biased protects us from being influenced by the message. But [...] this is not always the case. Simply because we think we are immune to persuasion does not necessarily mean we are immune. For example, although attempts to teach children about advertising and its purposes have led to more skepticism about advertising, this skepticism seldom translates into less desire for advertised brands. Similarly, many adults tend to buy a specific brand for no other reason than the fact that it is heavily advertised.
Según Elliot Aronson, una de las razones de que esto ocurra es que solemos recibir esos mensajes cuando estamos distraídos, cansados o no nos apetece pensar. En esa situación nuestras defensas intelectuales no se despliegan, no nos esforzamos por refutar el mensaje y, como consecuencia, acabamos siendo convencidos. La publicidad es el ejemplo más obvio, con la política siguiéndole muy de cerca (en especial cuando la comunicación encaja con nuestros prejuicios o ideas).

Claro que ¿a quién le queda energías al final del día para informarse, contrastar y desmentir? Aronson termina su libro sobre el abuso de la propaganda con una lista de veinticuatro contramedidas pero todas ellas exceden las capacidades de una sola persona o exigen más esfuerzo del que un individuo común está dispuesto a invertir.

Todos somos marionetas y con frecuencia podemos ver los hilos. Lo que ocurre es que no hay un solo titiritero sino miles de ellos (incluyéndonos a nosotros mismos) y es muy difícil escapar de las cuerdas de todos.

lunes, 19 de junio de 2017

Incultos

Una de las principales aportaciones de Immanuel Kant a la filosofía fue el imperativo categórico, la pieza doctrinal básica de su teoría moral. El imperativo es la fórmula que toman los mandatos de la razón práctica, siendo estos últimos representaciones de un principio objetivo. El imperativo no expresa un estado (por ejemplo: todas los seres humanos son mortales) sino que ordena o manda una acción (verbigracia: todos los seres humanos deben obrar de forma moral). Si no lo han entendido, no se preocupen; es moneda común. Enseguida veremos ejemplos que esclarecerán el asunto.

Hay dos clases de imperativos, según Kant:

Todos los imperativos mandan hipotética o categóricamente. Los primeros representan la necesidad práctica de una acción posible como medio para conseguir alguna otra cosa que se quiere (o es posible que se quiera). El imperativo categórico sería el que representaría una acción como objetivamente necesaria por sí misma, sin referencia a ningún otro fin.
Foto de j.sutt
Así, los imperativos hipotéticos toman la forman «si quieres X debes hacer Y». Por ejemplo: si quieres curarte debes tomar esta medicina. Los imperativos categóricos, por el contrario, tienen la forma «debes hacer Y». Por ejemplo: debes respetar la vida de los demás. Mientras que los imperativos hipotéticos ven su validez condicionada por el fin que persiguen, los categóricos no son medios para obtener algo y deben seguirse sin condición ninguna.

Hasta aquí esta muy breve introducción a la ética kantiana. Mantengan estas ideas en mente mientras hablamos del tema de hoy.

Consideremos el siguiente párrafo extraído del reportaje Los nuevos bárbaros, cuyo contenido expresa una idea muy común en nuestra sociedad:

“Yo a mi hija ya le he dicho que se haga cantaora o algo, que canta muy bien. Sal en la tele”. El que habla es Mané, que tiene un bar donde, a veces, por las tardes, se juntan unos amigos a tocar flamenco. “Yo esos de los libros, a los que van de culturales, me descojono”, dice. “Llevo diez años con el negocio y no he visto ni uno que tenga para pagarse los cafés. ¿Qué le dices a tu gente? ¿Qué sean como ellos? Venga hombre. Mucha facha y nada más. A mí, esos de los libros, negocio me hacen poco”.
Si son lectores habituales de este blog es posible que esa última frase («a mí, eso de los libros, negocio me hacen poco») les recuerde a los batuecos de la Carta a Andrés escrita por Mariano José de Larra que comentamos la semana pasada, uno de los cuales dice: «el saber es para los hombres que no tienen sobre qué caerse muertos». Casi doscientos años después, la actitud española ante la cultura sigue siendo la misma, o peor. Como dice Raquel Tomé en su reportaje: «desde abajo la cultura se ve como un lujo estúpido y prescindible, cuando no como un problema».

Supongo que esta actitud se debe a la escasa (o nula) utilidad práctica de la cultura en el mundo actual, en la que el conocimiento de las artes clásicas o de las artes liberales no son condición sine qua non para alcanzar nuestros objetivos vitales más comunes, a saber, dinero, amor o reconocimiento. La única excepción quizá sea la salud.

Tal vez en épocas pasadas la formación cultural era un indicador de clase social superior y, como tal, era perseguida por quienes querían ascender en la escala social. Hoy, sin embargo, lo que da dinero es formar parte de la sociedad del espectáculo o ser un superespecialista, nada de lo cual requiere conocimiento de los autores clásicos. Sirva como ejemplo este otro pasaje del reportaje antes mencionado:

Fátima fue a la universidad, estudió Derecho, se colocó y no volvió a leer ni una línea que no fuese necesaria para su trabajo. “No me hace falta. Soy independiente, gano dinero, me he casado y, si quieres que te diga la verdad, las conversaciones en mi ambiente van sobre cualquier cosa menos sobre cultura. Alguna ‘peli’ de George Clooney y punto”.
En una sociedad de mercado lo más importante para vivir con desahogo es tener dinero, y para obtenerlo da igual que creamos que la leche con chocolate proviene de vacas de color marrón, que la capital de Dinamarca es Häagen-Dazs, que la Tierra es plana, que el trivium y el quadrivium son videojuegos o que Erwin Schrödinger fue un delantero del Bayern de Munich. Como el vicario saboyano de Rousseau podemos exclamar: «Gracias al cielo, ya estamos libres de ese espantoso aparato de filosofía y podemos ser hombres sin ser sabios».

Con la cultura desprovista de utilidad el único imperativo que nos queda es el categórico, esto es, adquirir cultura por ser necesaria en sí misma. Se trataría aquí de encontrar algún razonamiento cuya conclusión lógica sea que debemos ser cultos, independientemente de si nos es útil o no. ¿Existe tal razonamiento? Lo ignoro, y mi limitado intelecto hace que sea incapaz de alumbrar uno. Como los críticos de Kant han dejado claro durante dos siglos, no es nada fácil sostener con argumentos puramente deductivos que algo posee pleno valor en sí mismo. Más difícil aún es para cualquiera de nosotros perseguir cualquier cosa buena de suyo que suponga un esfuerzo y hasta pueda perjudicarnos, por más que hacerlo sea nuestro deber (ibídem Kant):

De hecho, descubrimos también que cuanto más viene a ocuparse una razón cultivada del propósito relativo al disfrute de la vida y de la felicidad, tanto más alejado queda el hombre de la verdadera satisfacción, lo cual origina en muchos (sobre todo entre los más avezados en el uso de la razón), cuando son lo suficientemente sinceros como para confesarlo, un cierto grado de misología u odio hacia la razón, porque tras el cálculo de todas las ventajas extraídas, no digamos ya de los lujosos inventos que procuran ordinariamente todas las artes, sino incluso de los correspondientes a las ciencias (que al cabo les parecen ser asimismo un lujo del entendimiento), descubren que de hecho solo se han echado encima muchas más penalidades, antes que haber ganado en felicidad y lejos de menospreciarlo, envidian finalmente a la estirpe del hombre común, el cual se halla más próximo a la dirección del simple instinto natural y no concede a su razón demasiado influjo sobre su hacer o dejar de hacer.
Incluso aunque existiera dicho razonamiento y este fuera irrefutable creo que de poco serviría. La mente ignorante es impermeable a todo aquello que no le sirva para satisfacer sus instintos naturales. Recuerden la conversación de Larra, en la que cada admonición por un aspecto de la cultura era contestado con un ejemplo de inutilidad para la vida diaria. Si ser instruido no es necesario para el día a día, no da dinero ni permite adquirir un estatus superior y, para más inri, todos somos igual de ignorantes, entonces a nadie le importa que la erudición sea lo debido. En un país de golfos y analfabetos los valores son un lastre, y tan pringado es un ciudadano ilustrado como uno que obra moralmente. Aquí la única forma útil de hacer que hubiera más visitas al Museo del Prado sería regalando una copa con la entrada.

Irónicamente, como la maldad e hipocresía humanas no conocen asíntota no tenemos problema en hacer mofa y befa de la ignorancia ajena, por más que la propia clame al cielo. Decimos a menudo que la gente «es gilipollas» o «está mal de la cabeza», exigiendo de forma implícita que se conduzcan según los principios de la razón, aun cuando ese sea un estándar que no apliquemos a nosotros mismos. Es posible que, como sociedad, nos fuera mejor si nuestro nivel cultural medio fuera más elevado pero individualmente pocos están dispuestos a hacer el esfuerzo. Como ocurre con tantas otras cosas, eso mejor que lo hagan otros.

Habrá quien piense, como esos economistas a quienes no quita el sueño la extinción de especies animales y vegetales sin valor económico, que si no sirve para nada pues que qué más da, que a la porra con la cultura. Pero esa es una idea peligrosa, habida cuenta de que la mayoría de las vidas humanas no sirven para nada. Burlarse de quien gasta parte de su tiempo en cultivar su intelecto es como reírse del apego a la vida de quien tiene una existencia irrelevante, indistinguible de la de millones de personas y perfectamente prescindible. Es decir, de casi todo el mundo.

No creo que la situación vaya a mejorar. Si hemos dado la espalda a la cultura durante siglos probablemente sigamos haciéndolo durante las centurias venideras. Aún así, no soy especialmente pesimista porque creo que la oferta cultural seguirá extendiéndose, y que la facilidad para acceder a ella y los formatos en que se presenta seguirán creciendo, tal como ha venido ocurriendo. Si los modelos clásicos de la economía son ciertos eso significa que se consumirá más cultura. El grueso de la población seguirá teniendo un nivel cultural cercano al de cualquier cabestro de los que protagonizan los programas de Telecinco pero, al menos, una mayor proporción de quienes quieran cultivarse podrán hacerlo.

lunes, 12 de junio de 2017

La carta a Andrés

Mariano José de Larra es uno de esos autores que se empieza a leer por obligación en el instituto (normalmente recurriendo a Castellano viejo como puerta de entrada) y se acaba leyendo por placer. Este escritor español se preguntaba en su Carta a Andrés: «¿no se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?». Su respuesta fue la propia pregunta: «en este país no se lee porque no se escribe, y no se escribe porque no se lee».

Con ese estilo irónico tan suyo, Larra tacha de inservibles los libros y la cultura en general:

¡Maldito Gutenberg! ¿Qué genio maléfico te inspiró tu diabólica invención? ¿Pues imprimieron los egipcios y los asirios, ni los griegos ni los romanos? ¿Y no vivieron, y no dominaron?
¿Que eran más ignorantes, dices? ¿Cuántos murieron de esa enfermedad? ¿Qué remordimientos atormentaron la conciencia del Omar, que destruyó la biblioteca de Alejandría? ¿Que eran más bárbaros, añades? Si crímenes, si crueldades padecían, crímenes y crueldades tienen diariamente lugar entre nosotros. Los hombres que no supieron, y los hombres que saben, todos son hombres, y lo que peor es, todos son hombres malos. Todos mienten, roban, falsean, perjuran, usurpan, matan y asesinan. Convencidos sin duda de esta importante verdad, puesto que los mismos hemos de ser, ni nos cansamos en leer, ni nos molestamos en escribir en este buen país en que vivimos.
¡Oh felicidad la de haber penetrado la inutilidad del aprender y del saber!
Foto de liz west
Tras examinar el estado de la literatura en la España de la época, el autor transcribe un diálogo que me viene a la mente cada vez que se habla de la escasa cultura de la sociedad, o cada vez que una persona justifica su enteca erudición. Es un poco largo, pero no puedo resistirme a citarlo por completo. Léanlo, y díganme si no han tenido una conversación parecida más de una vez en su vida:

[U]n diálogo quiero referirte que con cuatro batuecos de éstos tuve no ha mucho, en que todos vinieron a contestarme en sustancia una misma cosa, concluyendo cada uno a su tono y como quiera:

-Aprenda usted la lengua del país -les decía-. Coja usted la gramática.
-La
parda es la que yo necesito -me interrumpió el más desembarazado, con aire zumbón y de chulo, fruta del país-: lo mismo es decir las cosas de un modo que de otro.
-Escriba usted la lengua con corrección.
-¡Monadas! ¿Qué más dará escribir vino con b que con v? ¿Si pasará por eso de ser vino?
-Cultive usted el latín.
-Yo no he de ser cura, ni tengo de decir misa.
-El griego.
-¿Para qué, si nadie me lo ha de entender?
-Dése usted a las matemáticas.
-Ya sé sumar y restar, que es todo lo que puedo necesitar para ajustar mis cuentas.
-Aprenda usted Física. Le enseñará a conocer los fenómenos de la Naturaleza.
-¿Quiere usted todavía más fenómenos que los que está uno viendo todos los días?
-Historia natural. La botánica le enseñará el conocimiento de las plantas.
-¿Tengo yo cara de herbolario? Las que son de comer, guisadas me las han de dar.
-La zoología le enseñará a conocer los animales y sus...
-¡Ay! ¡Si viera usted cuántos animales conozco ya!
-La mineralogía le enseñará el conocimiento de los metales, de los...
-Mientras no me enseñe dónde tengo de encontrar una mina, no hacemos nada.
-Estudie usted la geografía.
-Ande usted, que si el día de mañana tengo que hacer un viaje, dinero es lo que necesito, y no geografía; ya sabrá el postillón el camino, que ésa es su obligación, y dónde está el pueblo a donde voy.
-Lenguas.
-No estudio para intérprete: si voy al extranjero, en llevando dinero ya me entenderán, que esa es la lengua universal.
-Humanidades, bellas letras...
-¿Letras?, de cambio: todo lo demás es broma.
-Siquiera un poco de retórica y poesía.
-Sí, sí, véngame usted con coplas; ¡para retórica estoy yo! Y si por las comedias lo dice usted, yo no las tengo de hacer: traduciditas del francés me las han de dar en el teatro.
-La historia.
-Demasiadas historias tengo yo en la cabeza.
-Sabrá usted lo que han hecho los hombres...
-¡Calle usted por Dios! ¿Quién le ha dicho a usted que cuentan las historias una sola palabra de verdad? ¡Es bueno que no sabe uno lo que pasa en casa...!

Y por último concluyeron:

-Mire usted -dijo el uno-, déjeme usted de quebraderos de cabeza; mayorazgo soy, y el saber es para los hombres que no tienen sobre qué caerse muertos.
-Mire usted -dijo otro-, mi tío es general, y ya tengo una charretera a los quince años; otra vendrá con el tiempo, y algo más, sin necesidad de quemarme las cejas; para llevar el chafarote al lado y lucir la casaca no se necesita mucha ciencia.
-Mire usted -dijo el tercero-, en mi familia nadie ha estudiado, porque las gentes de la sangre azul no han de ser médicos ni abogados, ni han de trabajar como la canalla... Si me quiere usted decir que don Fulano se granjeó un gran empleo por su ciencia y su saber, ¡buen provecho! ¿Quién será él cuando ha estudiado? Yo no quiero degradarme.
-Mire usted -concluyó el último-, verdad es que yo no tengo grandes riquezas, pero tengo tal cual letra; ya he logrado meter la cabeza en rentas por empeños de mi madre; un amigo nunca me ha de faltar, ni un empleíllo de mala muerte; y para ser oficinista no es preciso ser ningún catedrático de Alcalá ni de Salamanca.
Esta actitud, concluye Larra, es lo que hace que optemos por no estudiar si podemos evitarlo lo cual nos lleva, inevitablemente, al no saber y, de ahí, a ignorar a la cultura en su conjunto, representada en este caso en forma de libro. Mas al no haberlo conocido, la persona ignorante no echa de menos el saber y no se siente inferior en modo alguno:

[T]e diré que lo que no se conoce no se desea ni echa menos; así suele el que va atrasado creer que va adelantado, que tal es el orgullo de los hombres, que nos pone a todos una venda en los ojos para que no veamos ni sepamos por donde vamos
Y así, a pesar de nuestra ignorancia, en este país «en que tuvimos la dicha de nacer, donde tenemos la gloria de vivir, y en el cual tendremos la paciencia de morir» no nos falta salud ni buen humor.

lunes, 5 de junio de 2017

Cultura basura

Para empezar con un comentario un tanto facilón, resulta curioso cómo las personas asociamos libros y cultura aun cuando no es lo mismo leer 50 sombras de grey que los grandes clásicos de la literatura, ni tampoco tiene nada que ver la rama de la filosofía llamada metafísica con esos libros de autoayuda que mezclan chakras, oración, espíritus y energía en un sentido vago con interpretaciones erróneas de la teoría cuántica.

Al reflexionar sobre los libros de moda, Luis Tarrafeta escribía (énfasis en el original):

[N]o sé qué pensar de que libros rematadamente malos tengan tantisisísimo éxito. Quiero decir, como sociedad, es algo que ¿nos aporta o nos despista?

Más concretamente, ¿conseguimos con esto que el individuo que en su vida ha cogido un libro empiece a leer? ¿O lo lee -lo consume- como si fuera una etiqueta del champú muy larga y ya nunca más coge otro (hasta el siguiente boom de dentro de dos años)? Y mucho más importante, lo que más me preocupa, ¿cree que eso es todo lo que puede obtener de los libros? ¿Que la literatura no puede enriquecerle mucho, muchísimo más?


[...] Alguno pensara que, bueno, que es como todo. Que también la mayoría de la música que consume la gente es muy mala, que se ven pelis muy malas o que los peores programas de la tele tienen las mayores audiencias. En definitiva, que, como dice La Revelación de Sturgeon, el 90% de todo es basura.
Y concluía (énfasis en el original):

Yo, personalmente, siento rechazo ante la idea de que sea mejor alejarse de la cultura. Por mi propia experiencia, que no sé hasta que punto es extrapolable al resto.

Así que casi creo que sí. Que, mejor, se lea. Lo que la gente quiera. Que bien por Cincuenta sombras de Grey y por Paulo Coelho. Al fin y al cabo, quienes más trabas han puesto a la lectura, los que más han querido influir en qué se leía o no, siempre han sido los más fundamentalistas, los más dañinos, los más culpables del horror.
Opino que, en lo que a producciones para el entretenimiento se refiere (incluyendo libros, música, series de televisión, películas y videojuegos), es muy posible que se cumpla la revelación de Sturgeon. Sin embargo, Steven Johnson sostiene que las formas más degradadas de diversión de masas son intelectualmente nutritivas:

Durante décadas hemos actuado con arreglo al supuesto de que la cultura de masas sigue una trayectoria en continuo declive hacia estándares de mínimo común denominador, probablemente porque las masas quieren placeres tontos y simples y las grandes empresas mediáticas quieren dárselos. En realidad, sin embargo, está pasando justo lo contrario: la cultura está volviéndose intelectualmente más exigente, no menos.
Él argumenta que, a lo largo de los últimos treinta años, la cultura popular se ha vuelto más compleja y estimulante desde el punto de vista intelectual. Tomemos, como ejemplo, el caso que analiza de las series de televisión. Las series más antiguas tenían uno o dos personajes importantes y sus capítulos consistían en una sola trama dominante que concluía al final del episodio. Actualmente, por el contrario, series como Juego de tronos cuentan con una docena de personajes principales cuya historia se cuenta en múltiples tramas relacionadas que se extienden a lo largo de varias temporadas. Incluso las series más simples hoy día tienen varios protagonistas y al menos un hilo argumental que dura, como mínimo, una temporada. Esa complejidad creciente exige, para poder ser procesada, mejores capacidades cognitivas lo que significaría que la cultura pop no está empeorando, sino todo lo contrario. Según Johnson: «incluso lo peor de la televisón actual no parece tan malo si lo comparamos con la escoria televisiva del pasado».

No obstante, esta mayor complejidad no se ha producido en todas las formas de cultura pop en el mismo grado. En el extremo más alto están los videojuegos, algunos de los cuales requieren resolver sesudos problemas de optimización lineal para mejorar nuestro personaje de la mejor forma posible. En el otro extremo están la música o el cine, cuyas limitaciones de tiempo restringen necesariamente su complejidad. Las películas de superhéroes o absurdos pero exitosos videos musicales como What does the fox say? son ejemplos representativos de esto último.

En cualquier caso, la complejidad en sí misma no es suficiente. No llegará el día, como reconoce el propio Steven Johnson, en que consideremos que Buscando a Nemo es como Moby Dick. Tampoco creo que El señor de los anillos o Canción de hielo y fuego, por muy buenos libros que sean (a mí me lo parecen) estén al mismo nivel que Cien años de soledad (cuya lectura me fue obligada en el instituto y de lo cual me alegro). Es posible que la cultura popular haya mejorado pero sigue siendo cultura basura.

Roger Scruton es un filósofo inglés especializado en estética autor de la obra Cultura para personas inteligentes. Él prefiere la alta cultura a la cultura popular y cree que esta preferencia se puede justificar racionalmente. Para este pensador ciertos gustos son mejores que otros:

La posición que me gustaría defender [...] algunos la llamarán elitista, aunque para mí eso no supone un insulto. Creo que se puede ser elitista sin ser esnob. Se puede pensar que ciertos gustos son mejores que otros, no sólo porque resultan más gratificantes, sino porque sintonizan de un modo más creativo y satisfactorio con el alma humana, sin condenar a quienes no comparten esos gustos. Ésa es la posición que yo asumiría, porque sé lo que me ha proporcionado el amor por la música seria: no sólo el disfrute al escucharla, sino también la comprensión de lo relevante.
Algunas razones para sustentar su posición son que el arte elevado requiere mucha reflexión y disciplina, que sirve para transformar nuestra vida y que, en él, los objetos artísticos comprometen la imaginación en lugar de ser meros objetos de la fantasía:

Los objetos de la fantasía son sustitutos. [...] Son una forma de suscitar emociones reales y ofrecer una satisfacción sucedánea. El acto imaginativo, en contraste, es un empeño por crear un mundo posible, un mundo imaginario, donde las emociones son también imaginarias. Por consiguiente, el artista no ofrece una satisfacción sucedánea para una emoción real. El arte difiere, por ejemplo, de la pornografía. El artista hace que alguien imagine tanto el objeto como la emoción dirigida hacia él. El artista explora un mundo imaginado como un ser libre, con todos sus compromisos morales en juego. Esto nos permite distinguir, por ejemplo, entre lo erótico y lo pornográfico.
Adicionalmente, la alta cultura provoca emociones reales mientras que la cultura popular provoca emociones sentimentales. La diferencia, según Scruton, es que en el segundo caso el foco de interés es el sujeto en lugar del objeto artístico, lo que hace que demos más importancia a nuestros propios sentimientos que a su objeto y no respondamos al mundo tal cual es.

La idea de que ciertas formas de arte son más valiosas que otras es, sin duda, controvertida. Por un lado, está el problema señalado por Tarrafeta de las autoridades y sus criterios. ¿Quién decide qué es cultura superior y en qué se basa? Los argumentos que caben esgrimirse pueden ser difíciles de justificar, si bien hay toda una rama de la filosofía dedicada a ello (la estética). Por otro lado, si consideramos que todas las expresiones artísticas tienen el mismo valor, no faltará quien ponga al mismo nivel las obras de Velázquez que las de un célebre grafitero, o las de Jorge Manrique con las de un rapero. Cuando esto se lleva al extremos es cuando acabamos por no saber distinguir una piña de una obra de arte.

Personalmente, tengo poca fe en la cultura popular como pasarela a niveles más elevados. Me parece más probable que alguien que no lee se dé por satisfecho tras terminar el último éxito de Pablo Coelho y se detenga ahí que el que pase a leer las obras de los estoicos. La buena literatura, en efecto, tiene muchísimo más que ofrecer que un pasatiempo o una mejora en nuestra ortografía pero, como hemos dicho, aprehenderla completamente requiere reflexión y esfuerzo, dos bienes escasos que las personas solemos reservar a otras áreas de nuestra vida.

Decía Schopenhauer en su ensayo sobre la lectura: «los libros malos son veneno intelectual, corrompen el espíritu». ¿Es mejor, pues, abstenerse? Al igual que Tarrafeta, yo tampoco me siento cómodo con la idea de recomendar a alguien que se abstenga de leer. Pero si los libros son alimento intelectual, la cultura basura sería tan poco recomendable como la comida basura y, por consiguiente, no deberían formar la base de nuestra dieta mental. Eso no significa que no podamos recurrir a ellos de vez en cuando, pues igual que comer los productos más frescos y naturales cocinados de la mejor manera posible no siempre resulta práctico o económico, no siempre es buen momento para leer a Ovidio.

Desgraciadamente, hay una diferencia sumamente importante entre la alimentación del cuerpo y la de la mente, a saber, que a nadie le duele el ayuno intelectual.

lunes, 22 de mayo de 2017

Leer (y III)

Arthur Schopenhauer escribió un maravilloso ensayo Sobre la lectura y los libros. Curiosamente, sus primeras palabras son para prevenirnos de los peligros intelectuales del exceso de lectura:

Cuando leemos, otro piensa por nosotros; sólo repetimos su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y con la pluma copia los caracteres que el maestro ha diseñado antes con lápiz. La lectura nos quita en gran parte el trabajo del pensar. Por eso, sentimos un gran alivio al pasar de nuestros propios pensamientos a la lectura. Mientras estamos leyendo, nuestra cabeza es, en realidad, un campo de juego de pensamientos ajenos. Así sucede que pierde poco a poco la capacidad de pensar por sí mismo, aquel que lee mucho y casi todo el día, distrayéndose con pensamientos irreflexivos en los intervalos, igual que pierde la manera de andar quien siempre está montado a caballo. [...] Como un resorte pierde su elasticidad por la presión de un cuerpo extraño, así el espíritu pierde la suya por constante presión de ideas extrañas, y como el exceso de alimentación corrompe el estómago, perjudicando al cuerpo, también llena y ahoga el espíritu el exceso de alimento intelectual.
Foto de Vladimir Pustovit
Creo que tenía razón. Es posible acabar siendo estúpido de tanto leer, sobre todo si dedicamos nuestro tiempo a libros malos, la obra de un solo autor o a una idea en exclusiva. Si no leemos cabe la posibilidad de que reconozcamos nuestra ignorancia y nos mostremos humildes. Por el contrario, cuando usamos los libros de forma incorrecta nos hundimos en un lodazal de ignorancia a la vez que, equivocadamente, nos consideramos satisfechos creyéndonos sabios.

Mi desencanto con el poder de la lectura empezó, si no recuerdo mal, con los libros de autoayuda. Tras unos pequeños éxitos iniciales me animé y continué explorando dicha senda pero enseguida llegué a un punto muerto. Las teorías y los planteamientos de aquellas obras parecían plausibles pero sus remedios no funcionaban o el efecto no era significativo. Al final me volví escéptico y es raro que hoy día lea algo publicado en esta categoría.

Algo parecido me pasó con la filosofía, en cuyos libros no encontré la respuesta a las preguntas que me hacía sino múltiples contestaciones encontradas para una misma cuestión. Si sigo leyendo obras filosóficas es por puro placer intelectual y para aprender a pensar mejor. Ya no busco una guía para la vida.

En definitiva, considero que los libros no me han hecho más feliz, más inteligente ni mejor persona. Sí me han enseñado a razonar y a pensar críticamente pero mucho me temo que eso no se ha traducido en mejores decisiones. Habrá quien opine que el pensamiento crítico no es un beneficio baladí. A mi juicio, no obstante, eso depende de si lo consideramos un bien en sí mismo. Consideremos las siguientes palabras de Mortimer J. Adler:

a good book can teach you about the world and about yourself. You learn more than how to read better; you also learn more about life. You become wiser. Not just more knowledgeable—books that provide nothing but information can produce that result. But wiser, in the sense that you are more deeply aware of the great and enduring truths of human life.
There are some human problems, after all, that have no solution. There are some relationships, both among human beings and between human beings and the nonhuman world, about which no one can have the last word. [...] These are matters about which you cannot think too much, or too well. The greatest books can help you to think better about them, because they were written by men and women who thought better than other people about them.
Parece, por lo tanto, que eso es lo máximo que los mejores libros escritos por el hombre pueden ofrecernos: sabiduría y mejor razonamiento. Mucho me temo que son dos beneficios que solo llamarán la atención de quienes, como digo, los consideren buenos en sí mismos, como fines que deben ser buscados en la vida por su valor intrínseco y no como medios para obtener algo más.

Desde mi punto de vista es posible llevar una vida adulta feliz sin leer, más aún si el dicho es cierto y la ignorancia es la base de la felicidad. Creo que quienes leemos lo hacemos para pasarlo bien, para distraernos, para saciar nuestra sed intelectual o, en definitiva, porque dicha actividad contribuye (o creemos que contribuye) a nuestra felicidad. Pero si alguien ya ha conseguido esos objetivos prescindiendo de los libros, quizá no haya razón para dar la murga.

lunes, 15 de mayo de 2017

Leer (II)

Puede parecer extraño viniendo de alguien que lee entre cuarenta y ochenta libros al año pero yo creo que los poderes de la lectura están sobrevalorados. O, al menos, algunos de ellos, como el de cambiar radicalmente nuestra vida, hacernos muy inteligentes o convertirnos en mejores personas.

En un experimento llevado a cabo con medio millar de estudiantes universitarios de psicología unos investigadores concluyeron que leer puede alterar nuestra mentalidad, pero que muy pocos cambios siguen ahí al cabo de un año:

Reading The Omnivore's Dilemma had a substantial short-term impact on overall attitudes related to food production and consumption, as indicated by significant differences in composite attitude scores between freshmen who had read the book and non-freshmen who had not been assigned the reading. Specifically, attitudes about the perceived quality of the food supply and toward government subsidies for corn production were impacted in the predicted direction.

Attitude change dissipated somewhat with time, as reflected in non-significant differences in composite attitude scores between sophomores (who had read the book) and non-sophomores (who had not read the book) the following year, as well as significant differences between freshmen in year 1 and sophomores in the following year (all of whom had read the book, but at different time points).
Foto de Krisztina Tordai
Los autores del estudio especulan con dos posibles razones de este resultado. La primera, el mero olvido: nuestros recuerdos relacionados con lo que hemos leído se van desvaneciendo. El segundo, que es muy difícil cambiar nuestros hábitos: los nuevos comportamientos que pueda transmitirnos una obra chocan con costumbres propias bien consolidadas y también, por qué no decirlo, con nuestra escasa fuerza de voluntad. Eso me hace pensar que cuanto más se alejan las exhortaciones de un autor de nuestro statu quo actual, menos probable es que logremos cambiar nuestra vida de forma duradera.

En un sentido parecido Eric Schwitzgebel, filósofo autor del blog The Splintered Mind, ha concluido en sus investigaciones que los profesores de ética (los cuales, obviamente, han leído muchos y muy buenos libros sobre el tema) no se comportan mejor que la población en general. Para ilustrar su argumento pone como ejemplo algo que yo he vivido en mi propia persona:

An ethicist philosopher considers whether it's morally permissible to eat the meat of factory-farmed mammals. She read Peter Singer. She reads objections and replies to Singer. She concludes that it is in fact morally bad to eat meat. She presents the material in her applied ethics class. Maybe she even writes on the issue. However, instead of changing her behavior to match her new moral opinions, she retains her old behavior. She teaches Singer's defense of vegetarianism, both outwardly and inwardly endorsing it, and then proceeds to the university cafeteria for a cheeseburger (perhaps feeling somewhat bad about doing so).
De hecho, uno de sus trabajos viene a decir que los libros de ética son los que más «desaparecen»  (léase sustraen) de las bibliotecas.

Y si es difícil que un libro cambie a una persona, no digamos ya a una sociedad. No creo que se considere arrogante por mi parte decir que el estado del mundo es mucho peor de lo que debería ser habiendo como hay tantos libros maravillosos y populares con soluciones para cualquier mal existente. Será porque mientras que los libros de autoayuda chocan con nuestros hábitos y vida diaria, los libros con grandes ideas para la sociedad colisionan con nuestras conciencias e instituciones:

A book is of course an ideal place to lay down an ambition, sort out one’s thoughts and gather a constituency. But that’s about it. A book on its own cannot bring about real change because the world as it currently stands isn’t held together simply by ideas: it is made up of laws, practices, institutions, financial arrangements, businesses and governments. In other words, its muscles are made up of institutions and therefore, the only way to bring about real change is to act through competing institutions. Revolutions in consciousness cannot be made lasting and effective until legions of people start to work together in concert for a common aim and, rather than relying on the intermittent pronouncements of mountain-top prophets, begin the unglamorous and deeply boring task of wrestling with issues of law, money, long-term mass communication, advocacy and administration.
Lo anterior son solamente algunos ejemplos entre los muchos que existen encaminados a demostrar la insuficiencia de la lectura para cambiar a una persona o a una sociedad. No obstante, a veces el cambio tiene lugar. El caso más notable quizá sea el de los textos religiosos, cuyas palabras inspiran a tantas personas en el mundo y cuyo poder de captación aún es relevante hoy día.

Lo cual nos lleva, por aquello del fanatismo, a hablar del lado oscuro de los libros. Como herramienta que son (para entretener, para transmitir ideas, para tratar de influenciar) los libros pueden usarse de forma loable o reprochable. A mi juicio, un mal uso es centrar nuestra vida, actos e ideas alrededor de un único escrito. Opino que no es descabellado desconfiar de las personas que lo hacen, ya sea su libro de cabecera la Biblia, la Torá, las Analectas, El arte de la guerra, Das Capital o Mein Kampf.

Tampoco es mucho mejor, desde mi punto de vista, leer solamente todo lo que se ha escrito acerca de una única idea. No solo no es sano, ya que nos aísla aún más en nuestra burbuja de prejuicios, sino que además es poco honesto, intelectualmente hablando.

Finalmente, hay libros que son el equivalente intelectual del escherichia coli, aquellos cuya digestión no nos hace ningún favor, aunque solo sea por el hecho de que nos quita tiempo para leer libros realmente buenos.

Continuará.

lunes, 8 de mayo de 2017

Leer (I)

La semana pasado hablamos de libros en papel y libros electrónicos pero ¿por qué leer, en primer lugar? Solemos pensar en la lectura como algo bueno en sí mismo y necesario, y nos lamentamos como sociedad cuando oímos que cada vez se lee menos. ¿Por qué?

Los antiguos no confesaban nuestro culto del libro. En Fedro, Platón rechaza el invento de la escritura argumentando que acabará con la memoria de los ciudadanos, poniendo estas palabras en boca de Sócrates:

Padre de la escritura y entusiasmado con tu invención, le atribuyes todo lo contrario de sus efectos verdaderos. Ella no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida.
Pero no era esa su única preocupación. Para Platón, las palabras escritas están muertas y son permanentes. En cambio, la palabra oral es algo vivo y animado que «reside en el alma del que está en posesión de la ciencia» (ibídem):

El que piensa trasmitir un arte, consignándolo en un libro, y el que cree a su vez tomarlo de este, como si estos caracteres pudiesen darle alguna instrucción clara y sólida, me parece un gran necio; y ciertamente ignora el oráculo de Ammón, si piensa que un escrito pueda ser más que un medio de despertar reminiscencias en aquel que conoce ya el objeto de que en él se trata.
[...] Éste es, mi querido Fedro, el inconveniente así de la escritura como de la pintura; las producciones de este último arte parecen vivas, pero interrogadlas, y veréis que guardan un grave silencio. Lo mismo sucede con los discursos escritos; al oírlos o leerlos creéis que piensan; pero pedidles alguna explicación sobre el objeto que contienen y os responden siempre la misma cosa. Lo que una vez está escrito rueda de mano en mano, pasando de los que entienden la materia a aquellos para quienes no ha sido escrita la obra, y sin saber, por consiguiente, ni con quién debe hablar, ni con quién debe callarse. Si un escrito se ve insultado o despreciado injustamente, tiene siempre necesidad del socorro de su padre; porque por sí mismo es incapaz de rechazar los ataques y de defenderse.
Y así, como escribió Borges, muchos grandes maestros de la humanidad han sido maestros orales, desde Sócrates, Platón y Pitágoras hasta Buda y Jesucristo, cuyas únicas palabras escritas, garabateadas en la arena, se las llevó el viento.

Foto de Sam Greenhalgh
Dicen los psicólogos que leer tiene muchos beneficios que se extienden más allá del simple placer de la lectura. Por ejemplo, leer amplia nuestro vocabulario y mejora nuestra escritura. Puede parecer baladí pero el hecho cierto es que hemos llegado a un punto en el que saber leer y escribir es uno de los puntos débiles incluso de los trabajadores mejor cualificados. El declive en la lectura, unido a las formas de mensajería instantánea, ha hecho estragos en la ortografía y la gramática de la población en general. Yo, que trabajo con gente con estudios superiores, veo con horror cómo los correos electrónicos, las notas de prensa, los informes y otros escritos están plagados de errores, con los acentos ortográficos apareciendo y desapareciendo sin orden ni concierto, los signos de puntuación salpicando aleatoriamente el texto y las oraciones construidas con la claridad oratoria de un niño de cuatro años. Según el informe PIAAC de la OECD (2013-2016), España está en la cola del alfabetismo entre los países estudiados, teniendo por debajo únicamente a Italia, Turquía, Chile y Jakarta.

Además de ayudarnos a escribir correctamente, la lectura tiene efectos cognitivos beneficiosos. Según Steven Johnson:

[E]ntre los beneficios cognitivos de leer se incluyen estas facultades: esfuerzo, concentración, atención; capacidad para comprender palabras, seguir hilos narrativos o esculpir mundos imaginarios partiendo de simples frases en la página. Estas ventajas se ven reforzadas por el especial hincapié que hace la sociedad precisamente en este conjunto de destrezas.
Por su parte, Cervantes dijo, a través de don Quijote, que «el que lee mucho y anda mucho ve mucho y sabe mucho». Al parecer, no le faltaba razón (énfasis en el original):

[R]esearch has shown that among the benefits that people accrue from reading a lot is higher levels of practical knowledge. Practical knowledge refers to knowledge that is directly relevant to living in a complex technological society. It can include information such as what a carburetor is, what substances may be carcinogenic, what the relation is between the prime lending rate and the rate that the average consumer pays when borrowing money, and which fruits have the most vitamin C. This is the kind of knowledge that one can acquire through experience, exposure to the media, and direct social exchange of information, but we can attain this information mucho more quickly from reading. Stanovich and Cunningham (1993) have shown that adults who read a lot tend to have a greater amount of this sort of practical knowledge.
Finalmente, la lectura sirve también para retrasar la demencia y la aparición de Alzheimer en poblaciones avanzadas, para relajarnos y disminuir el estrés (lo que ayuda a dormir mejor), ser más conscientes de hábitos saludables, aumentar la empatía (al menos a corto plazo) e, incluso, mejorar nuestra autoestima y sensación de autoeficacia. Socialmente, los adultos que leen tienden a participar más en la vida pública.

Tantas son las bondades de la lectura que existe incluso la biblioterapia. Sus formas son múltiples, desde los cursos de literatura hasta los programas de lecturas para presos o gente mayor, pasando por los libros que algunos psicoterapeutas de toda la vida recomiendan a sus pacientes. Quienes estén dispuestos a pagar por ello tienen a su disposición «biblioterapeutas» que ofrecen cursos para ayudarnos a lidiar con los desafíos emocionales de la existencia cotidiana. Por ejemplo, la Escuela de la Vida (The School of Life) del filósofo Alain de Botton dispone de su propio servicio de biblioterapia con el objetivo, según dicen, de «acercarnos a obras de literatura, tanto del pasado como del presente, que pueden cambiar nuestra vida pero que a menudo son escurridizas, los libros que verdaderamente tienen el poder de enriquecer e inspirar».

Leer es como la comida sana y el ejercicio: una fuente de beneficios al alcance de cualquiera que muchos optan por ignorar. Sin embargo, es posible que sus bondades se hayan exagerado. A continuación veremos por qué.

Continuará.