Mostrando entradas con la etiqueta creencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta creencias. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de mayo de 2019

¿Experto o cuñado? (II)

En uno de los primeros artículos que publicamos sobre epistemología rescatamos la definición de conocimiento recogida por Platón en su diálogo Teeto, a saber, «una creencia verdadera y justificada». El requisito de veracidad parece de suyo evidente; al fin y al cabo, lo que es falso no puede ser conocido. O, dicho de otra forma, solo se pueden saber cosas que son verdaderas. Respecto a la creencia, la idea que hay detrás es que solo podemos saber aquello en lo que creemos. Por último, la justificación es necesaria porque sin ella podríamos considerar conocimiento conclusiones a las que hemos llegado por azar. Por ejemplo, lanzamos una moneda al aire y decimos: «sé que va a salir cara». Si, efectivamente, sale cara la proposición es cierta pero nadie de nosotros diría que eso cuenta como conocimiento. Es, a lo sumo, una conjetura afortunada.

Sanzio, Raffaello. Scuola Di Atene.

Esta definición del saber es la más conocida y aceptada pero no es perfecta. En 1963 el filósofo Edmund Gettier observó que puede haber creencias justificadas y verdaderas que no son conocimiento. Ilustró su argumento con dos ejemplos:

In the first example, two men, Smith and Jones are up for a job promotion. Smith believes that Jones will get the job, and he believes that Jones has ten coins in his pocket. Because these two sentences involve the same person, Jones, these beliefs also lead to the belief that the man with ten coins in his pocket will get the job. Unbeknownst to Smith, he has ten coins in his own pocket too. When Smith gets the job, it seems fair to state that his belief that the man with ten coins in his pocket will get the job was correct. However, it seems strange to call this belief knowledge since Smith believed the person being referred to was Jones. So it seems that Smith’s belief was false.

[...] In the second example Gettier uses, Smith believes that Jones owns a Ford and he has good reasons for believing this. So, Smith goes ahead and constructs three statements after selecting three random places where his good friend Brown may be located. With any statement that is true, by adding the proposition “or” and a second statement, the new statement is also true. For example: “All unmarried men are bachelors” is true. “Martians exist” is not true. But “Either all unmarried men are bachelors or Martians exist” is true. By using the same logic in the previous example, Smith forms the following statements:

A:Either Jones owns a Ford, or Brown is in Boston.
B:Either Jones owns a Ford, or Brown is in Barcelona.
C:Either Jones owns a Ford, or Brown is in Brest-Litovsk.

Just as in the first example, it turns out that Smith is correct by accident. It turns out that Jones doesn’t own a Ford, instead the Ford Jones has given Smith a ride in was a rental. Brown is in Barcelona. Now, this would seem like a lucky guess, and once again, we would be hard-pressed to call this odd stroke of truth-generating luck knowledge.
Los ejemplos de Gettier se antojan extraños porque en nuestra vida cotidiana no hablamos así. No obstante, son lógicamente sólidos. De acuerdo con las leyes de la lógica, cuando utilizamos el conector «o» basta con que una de las partes sea cierta para que la proposición completa lo sea. Así, frases como «o Silvio Broca es una ameba o la Tierra es redonda» son verdaderas. La conclusión de este autor es que podemos llegar a creer de forma justificada algo que es falso y que la justificación basada en pruebas no elimina todos los casos en los que llegamos a saber por mera cuestión de suerte.

Si las creencias verdaderas y justificadas no son suficientes para calificarlas de conocimiento ¿qué más hace falta? Una posibilidad es que lo importante en realidad sea cómo hemos llegado a albergar dicha creencia:

Since Gettier shows that justified true beliefs fail to count as knowledge, philosophers continue to search for new ways of justifying human knowledge. One of the most prominent ways is to show that it’s the process of coming to know something that produces knowledge. If the process by which one perceives objects is reliable, then we can say it’s the reliability of the process that causes one to have knowledge. This position is called reliabilism.
Reliabilism attempts to explain knowledge in a way that accepts the limitations of human knowledge. It maintains that humans do make mistakes and that our perceptions can be flawed. Because humans are fallible, knowledge that requires certainty should be rejected. Instead, we should focus on the degrees to which our beliefs count as knowledge. For reliabilism, we might have certain knowledge of stuff like mathematics, but our knowledge of everyday interactions with the world should be judged by how reliable our beliefs are produced.
De acuerdo con esta posición filosófica, lo principal no son las pruebas sino la probabilidad de que la creencia sea cierta, y nuestra creencia estará justificada siempre y cuando hayamos llegado a ella a través de un método fiable, esto es, uno que tienda a producir creencias verdaderas (por ejemplo, el método científico). Si este requisito se cumple entonces podremos decir que sabemos algo.

¿Qué significa esto para nuestro cuñado? Significa que para saber no necesita pruebas o buenas razones, todo lo que se requiere es que crea que lo que dice es cierto y que haya llegado a creerlo a través de un mecanismo fiable. Si, verbigracia, leer el periódico o Yahoo Respuestas produjera creencias verdaderas nueve de cada diez veces entonces deberíamos reconocer que nuestro cuñado demuestra poseer conocimiento cuando se deleita repitiendo lo que ha leído ahí.

Sin embargo, no todo método fiable produce conocimiento. Aunque la astrología fuera fiable seguiría sin ser fuente de conocimiento como sí lo es el método científico. ¿Por qué? Porque solo este último está conectado con el mundo externo de forma causal:

Leonard Koppett reliably predicted the rise and fall of the stock market for eighteen out of nineteen years between 1979 and 1998. Using reliabilism, we might be tempted to say that his reliable ability to have predicted the future suggests he had some sort of knowledge about the future. The truth is, however, Koppett was a writer for Sporting News, and he based his predictions concerning the stock market on which league won the Super Bowl. He picked a random event and applied its outcome to an unconnected event, the stock market. Koppett’s beliefs were in no way connected to the stock market, neither causally nor otherwise. So, reliabilism concludes that he didn’t have knowledge.

From the point of view of reliabilism, knowledge results from being causally connected to the world through our reliable belief-forming senses. Predicting the future based on random sporting events is an impressive trick, but it’s not a skill. So, even though Koppett’s predictions were reliable they don’t count as knowledge.
Obviamente, el confiabilismo no es la panacea. Tal como explica Abraham Schwab, que un proceso sea fiable no significa que sea infalible. La falibilidad de nuestro proceso significa que no podemos obtener certezas sino únicamente cierta probabilidad de verdad. Así, algunas de nuestras creencias resultarán ser falsas pero a, cambio, esta postura nos permite creer más cosas de las que estaríamos justificados a creer si el requerimiento para el saber fuera tener certeza absoluta.

Continuará.

lunes, 12 de octubre de 2015

Negacionismo

Es posible que recuerden aquel capítulo de Los Simpson en el que Lisa encuentra un esqueleto un tanto peculiar al que los habitantes de Springfield acaban rindiendo culto, pues consideran que pertenece a un ángel. Mientras Lisa defiende en televisión su escepticismo tiene lugar el siguiente diálogo en la parroquia:
Moe: ¡Ciencia! ¿Qué ha hecho la ciencia por nosotros? Aparte de la tele.
Flanders: La ciencia es como esos bocazas que te destripan las películas contándote el final. Opino que hay ciertas cosas que no queremos saber. ¡Y cosas importantes!
Acto seguido, una turba enfurecida ataca el museo de ciencias naturales de Springfield. Es un magnífico episodio que trata sobre escepticismo, ciencia, ontología, capitalismo y religión. Retrata fielmente ese aspecto de la naturaleza humana que nos permite abrazar algo (en este caso, la ciencia) y rechazarlo simultáneamente, lo cual queda patente en las palabras de Moe cuando, tras quedar herido en su asalto al museo, dice: «he quedado paralítico, espero que la ciencia médica me cure».

Foto de Mars P.
El periodista Michael Specter explora algunas de las razones por la que las personas rechazan la ciencia en su libro Denialism: How Irrational Thinking Harms the Planet and Threatens Our Lives. La primera de ellas es que la ciencia nos da miedo. Según este autor, la ciencia nos ha fallado: prometía progreso sin límites y soluciones a todos los problemas del mundo, pero nos hemos encontrado con que cada nuevo avance viene acompañado de nuevos problemas. Sucesos como la tragedia del Challenger, el accidente de la central nuclear Chernóbil o escándalos farmacéuticos como el Vioxx y la talidomida nos hacen replantearnos nuestras expectativas acerca de la ciencia, generan dudas sobre la misma y nos recuerdan los peligros y las consecuencias no intencionadas del progreso científico y tecnológico. Dado que no nos fiamos de la ciencia, acabamos desarrollando soluciones para problemas globales que muchos no se atreven a usar, como los alimentos transgénicos o las vacunas:

Our technical and scientific capabilities have brought the world to a turning point, one in which accomplishments clash with expectations. The result often manifests itself as a kind of cultural schizophrenia. We expect miracles, but have little faith in those capable of producing them. Famine remains a serious blight on humanity, yet the leaders of more than one African nation, urged on by rich Europeans who have never missed a meal, have decided it would be better to let their citizens starve than to import genetically modified grains that could feed them.
Otra de las razones por las que mucha gente da la espalda a la ciencia es que entra en conflicto con sus creencias. La dimensión ideológica queda patente cuando los adelantos tecnológicos se ven como una «guerra» contra el planeta, un «atentado» contra la naturaleza o como «jugar a ser dioses». En este caso hemos de recordar que cuando los hechos no cuadran con lo que creemos, los hechos se descartan y las creencias se fortalecen (ibídem Specter):

We have all been in denial at some point in our lives; faced with truths too painful to accept, rejection often seems the only way to cope. Under those circumstances, facts, no matter how detailed or irrefutable, rarely make a difference. Denialism is denial writ large—when an entire segment of society, often struggling with the trauma of change, turns away from reality in favor of a more comfortable lie.[...] Unless data fits neatly into an already formed theory, a denialist doesn’t really see it as data at all. That enables him to dismiss even the most compelling evidence as just another point of view. Instead, denialists invoke logical fallacies to buttress unshakable beliefs, which is why, for example, crops created through the use of biotechnology are “frankenfoods” and therefore unlike anything in nature. “Frankenfoods” is an evocative term, and so is “genetically modified food,” but the distinctions they seek to draw are meaningless. All the food we eat, every grain of rice and ear of corn, has been manipulated by man; there is no such thing as food that hasn’t been genetically modified.
Otra causa que a mí se me ocurre como causa de repudio es que nuestro cerebro está sediento de certeza. Como vimos, la ciencia no es una bola mágica número ocho a la que se pueda hacer una pregunta y obtener una respuesta simple y sin ambigüedades. El principal beneficio del método científico es una reducción paulatina de la incertidumbre, pero eso implica que buena parte del conocimiento es solo provisional. A consecuencia de ello, toda respuesta científica honesta siempre vendrá acompañada de advertencias, probabilidades y márgenes de error, nada de lo cual digerimos fácilmente.

A todo lo anterior hay que sumarle el hecho de que la mayoría de personas confía más en historias que en estadísticas, y que recurrimos antes a nuestras experiencias personales y a anécdotas que al conocimiento científico. Por ejemplo, no les costará encontrar un fumador que les recuerde que Santiago Carrillo vivió noventa y siete años a pesar de ser un fumador empedernido. Es posible que dicho fumador también les recuerde, de paso, que «todo da cáncer», una muestra más de lo mal que nos llevamos con la estadística y de cómo preferimos dar la espalda a los hechos que nos fastidian. Añadan a la mezcla que llevamos hasta este punto los fraudes y las malas prácticas científicas que mencionamos en su día, así como los intereses económicos, y tendrán un abono perfecto para hacer crecer el desprecio a la ciencia.

Háganse cargo de la situación. De un lado, tenemos a una sociedad que demanda respuestas claras y sencillas, verdades absolutas, afirmaciones indiscutibles y soluciones exentas de riesgo. Por otro lado, tenemos un método científico lleno de sombras, tanto teóricas como prácticas, un sistema económico que no recompensa la búsqueda de la verdad, y un cerebro demasiado vago o incompetente para lidiar con el caos, la aleatoriedad y la incertidumbre. Así, mientras que los probos científicos no pueden ser tajantes y se las ven y se las desean para hacer llegar sus precauciones al público, las autoridades religiosas o los expertos pueden afirmar de forma rotunda cualquier cosa. Liberados del corsé del método científico, estos últimos alivian con su dogma la carga que suponen la complejidad y la incertidumbre del mundo.

Desgraciadamente, incluso aunque la ciencia fuera infalible, practicada y traída a nosotros de manos de alguna inteligencia extraterrestre, la verdad seguiría sin triunfar. Siempre habrá personas que no aceptarán aquellos hechos que contradigan su visión del mundo.

Ante esta situación, quienes tratan de implantar mejores políticas de salud pública están abandonando la premisa de que los hechos hablan por sí mismos en favor de cambios en la presentación narrativa:

As Nieman and countless other researchers have learned, new evidence often meets with dismay or even outrage when it shifts recommendations away from popular practices or debunks widely held beliefs. For evidence-based medicine to succeed, its practitioners must learn to present evidence in a way that resonates. Or, to borrow a phrase from politics, it's not the evidence, stupid — it's the narrative.
Política y ciencia no son tan diferentes como parece o como sería deseable. En ambos casos necesitamos la retórica y la persuasión para cambiar el punto de vista de otra persona. Sea por la naturaleza de los mismos o por cómo los procesamos, lo cierto es que la exposición cruda de los hechos no tiene el poder de convicción que damos por sentado. Me temo que eso significa que cierta subjetividad es inevitable en todos los asuntos humanos, lo cual es un inconveniente cuando queremos ponernos todos de acuerdo.

lunes, 18 de mayo de 2015

La Roca (y II)

Política y economía son dos arenas especialmente propicias para ser defendidas por nuestro sistema de creencias. Incluso aunque se analicen todos los datos disponibles siempre cabe modificar ligeramente la pregunta o las definiciones de partida, entrar en detalles o matizar los fines para dar cabida a refutaciones, terreno fértil para los defensores de la construcción social del conocimiento. Además, es imposible separar de ambas la parte moral y resolverlas como problemas técnicos (los intentos de la era de los cincuenta de resolver la economía a base de ecuaciones y teoremas se antojan similares a aquellos que tuvieron lugar en los siglos XVIII y XIX destinados a resolver «la política»). En mi humilde opinión, es imposible proclamar que uno posee la certeza absoluta económica o política porque dispone de eso que llaman «la evidencia». Aceptemos pues –aunque sea a regañadientes– que en estas cuestiones las personas siempre defenderemos nuestras creencias frente a los hechos y sigamos adelante, preguntándonos ahora: ¿cómo de buenos (o malos) bayesianos somos en áreas más asépticas, allí donde la identidad social y la imagen propia no son cuestionadas?

Quizá recuerden algunos casos que ya mencionamos en historia de la ciencia en los que científicos de renombre dieron la espalda a los hechos: el físico Fred Hoyle rechazando la teoría del Big Bang y Ronald Fisher rebatiendo la correlación entre el tabaco y el cáncer. Claro que Hoyle y Fisher eran gigantes en sus respectivos campos de conocimiento y, como tales, podían usar su inteligencia y conocimientos para sembrar la duda razonable. Caso muy distinto es el de Enriqueta y Teleforo, padres primerizos que deciden no vacunar a su prole porque creen que las vacunas producen autismo.

Mucho se ha escrito este año sobre las vacunas, especialmente en medios anglosajones, ya que en Estados Unidos y el Reino Unido el número de progenitores que se niegan a inmunizar a sus hijos parece haber crecido bastante. Como seguramente ya sabrán, el movimiento antivacunas nació en 1998 cuando el médico británico Andrew Wakefield publicó en The Lancet los resultados de un estudio según el cual la administración de la vacuna triple vírica provocaba autismo. Todas las investigaciones posteriores han refutado tal asociación y Wakefield fue despojado de su licencia médica acusado de fraude, a pesar de lo cual poco más de la mitad de los estadounidenses consideran las vacunas seguras. ¿El resultado? Seiscientos cuarenta y cuatro casos nuevos de sarampión en Estados Unidos el año pasado, el triple que el año con más casos que le sigue en la serie.

Una cosa está clara de los antivacunas: si supieran quién fue Thomas Bayes y dónde está enterrado, viajarían hasta allí para mear sobre su tumba. Recuerden que, según este teorema, cuando uno conoce nuevos datos debe ajustar su creencia en la hipótesis en una cantidad que se puede calcular matemáticamente. Pues bien, ¿qué ocurre cuando a los antivacunas se les presentan pruebas de la seguridad y los beneficios de la inmunización? Que disminuye aún más su intención de vacunar a sus hijos:

The researchers showed participants information from the Center for Disease Control (CDC), which was designed to debunk the myth that the flu vaccine can give you flu. This resulted in a fall in people's false beliefs but, among those concerned with vaccine side-effects, it also resulted in a paradoxical decline in their intentions to actually get vaccinated, from 46 per cent to 28 per cent. The intervention had no effect on intentions to get vaccinated amongst people who didn't have high levels of concerns about vaccine side effects in the first place.
[...] This is not the first time that vaccine safety information has been found to backfire. Last year the same team of researchers conducted a randomised controlled trial comparing messages from the CDC aiming to promote the measles, mumps and rubella (MMR) vaccine. The researchers found that debunking myths about MMR and autism had a similarly counterproductive result - reducing some false beliefs but also ironically reducing intentions to vaccinate.
Por lo visto, enfrentar a una persona con los datos puede hacer que el tiro nos salga por la culata. Lo paradójico es que la probabilidad de vacunación descendió aun cuando los sujetos sí corrigieron parcialmente sus falsas creencias sobre las vacunas.

Al parecer, el teorema de Bayes solo puede funcionar en ordenadores, no en cerebros humanos. Las personas aplicamos el razonamiento motivado en todas las esferas de la vida; allí donde nos lleven la contraria activaremos nuestras defensas. Brendan Nyhan es un profesor de Darmouth especializado en el estudio de las percepciones erróneas en política y sanidad. Es también coautor del estudio citado anteriormente. Según él, no hay ninguna diferencia en la forma en que las personas razonamos acerca de las vacunas, los edulcorantes, la política, el gazpacho o cualquier otra controversia:

People feel passionately, they are not inclined to hear contradictory messages, and there are all sorts of myths circulating. The way people reason about vaccines, it's the same as the way people reason about other controversial topics.
La manera en que razonamos sobre asuntos polémicos es fácil de describir: cuando los datos nos dan la razón, invocamos la evidencia; cuando contradicen nuestra postura, en lugar de rectificar les damos la espalda y salimos corriendo:

[R]esearch suggests that the mere prospect of a factual threat leads us to downplay how much our belief depends on such evidence at all. We become attracted to other, less falsifiable reasons for believing.
[...] When the facts were on their side, they rated the issues [...] as a matter for evidence to decide; when the facts were against them, they saw it as more a matter of opinion.
Es decir, intentamos escapar del territorio de los hechos para adentrarnos en el de las creencias y las opiniones, allí donde no hay fundamentaciones últimas y, por tanto, es mucho más fácil hacerse fuerte frente al contrario, evitando de ese modo llegar a conclusiones no deseadas (el énfasis es mío):

Of course, sometimes people just dispute the validity of specific facts. But we find that people sometimes go one step further and [...] they reframe an issue in untestable ways. This makes potential important facts and science ultimately irrelevant to the issue.
[...] [W]hen people’s beliefs are threatened, they often take flight to a land where facts do not matter. In scientific terms, their beliefs become less “falsifiable” because they can no longer be tested scientifically for verification or refutation.
Valve, la empresa de desarrollo de videojuegos, pone a disposición de sus nuevos empleados una guía en la que se explica, entre otras cosas, cómo está organizada la empresa y qué se espera de los trabajadores. Bajo el epígrafe What if I screw up? hablan de los errores y sus consecuencias, de la forma correcta y la incorrecta de equivocarse, y de cómo actuar en caso de meter la pata. Termina esta sección con una frase que se me ha quedado grabada y por la que todos –no solo los empleados de Valve– deberíamos regirnos:

Never ignore the evidence; particularly when it says you’re wrong.
Pero, como ya saben, no vivimos en deberialandia, y esconder los hechos incómodos es una tentación demasiado grande. Hete aquí una imagen que apareció en Reddit en relación con cierta polémica en torno al juego The Elder Scrolls V: Skyrim desarrollado por la casa (clic para ampliar):


Al parecer, algún empleado no se leyó esa parte de la guía y decidió que lo mejor era eliminar de la imagen la calificación tan negativa que los jugadores habían otorgado en su descontento por las decisiones de la empresa. Oh, the irony!

lunes, 11 de mayo de 2015

La Roca (I)

When my information changes, I alter my conclusions. What do you do, sir?
–John Maynard Keynes


Como ejemplo de ese debate político de apariencia racional pero con fondo emotivista en el que todos nos hayamos envueltos, en el verano de 2014 se publicó un manifiesto titulado Última llamada que sostenía que nos hallamos inmersos en una crisis de civilización. Dicho manifiesto fue criticado por gente de Politikon en estos términos (el énfasis es mío):

[C]onstruye una madeja de declaraciones altisonantes y maximalistas que ni se apoyan en argumentos racionales ni se soportan en datos; o, lo que es peor, con frecuencia van contra la evidencia de que disponemos.
La queja aquí es un clásico desde la Ilustración. Se supone que ya no vivimos en un tiempo dominado por grandes teorías desarrolladas por autoridades como Aristóteles cuya veracidad se asume cual dogma de fe, sino que disponemos de la ciencia para alcanzar la verdad. Ya no es necesario elucubrar; tenemos datos y pruebas que nos dicen lo que hay y lo que es, y obviar o contradecir dichas pruebas es propio de gente irracional, ignorantes o arteros prosélitos tratando de imponer su agenda ideológica.

Tiempo después David Ruiz publicó un artículo en el que mostraba otros datos que contradecían la evidencia aportada por la gente de Politikon. Les recomiendo el artículo de Ruiz porque demuestra lo fácil que es encontrar para cada «prueba» su contraria, y cómo esto de recabar evidencias se parece mucho a ir a recoger frutos silvestres, donde uno elige los que le parecen más apetitosos y deja el resto ocultos en la mata. Es un fenómeno especialmente notable en eso de la economía, donde –sin importar la ideología del economista de turno– se topa uno con largas listas de estudios que «prueban» las tesis del autor y echan por tierra las del contrario. Los psicólogos tienen un término propio para eso que los ingleses llaman cherry picking:

Psychologists now have file cabinets full of findings on “motivated reasoning,” showing the many tricks people use to reach the conclusions they want to reach. When subjects are told that an intelligence test gave them a low score, they choose to read articles criticizing (rather than supporting) the validity of IQ tests. When people read a (fictitious) scientific study that reports a link between caffeine consumption and breast cancer, women who are heavy coffee drinkers find more flaws in the study than do men and less caffeinated women. Pete Ditto, at the University of California at Irvine, asked subjects to lick a strip of paper to determine whether they have a serious enzyme deficiency. He found that people wait longer for the paper to change color (which it never does) when a color change is desirable than when it indicates a deficiency, and those who get the undesirable prognosis find more reasons why the test might not be accurate (for example, “My mouth was unusually dry today”).

Foto de Dave Sutherland

Solemos pensar que si alguien sostiene una tesis y le enseñamos pruebas en contra entonces esa persona debería cambiar de parecer. Asumimos también que cuantas más pruebas aportemos más razones tiene para abandonar su posición, y que no hacerlo es irracional. Es decir, damos por sentado que las personas seguimos un proceso de aprendizaje bayesiano. En la década de los cincuenta, Ward Edwards concluyó que los humanos somos «aproximadamente bayesianos». Los modelos formales asumen que ajustar nuestras creencias es algo que tiene lugar sin problemas. ¿Cómo de buenos (o malos) bayesianos somos realmente? ¿En qué grado ajustamos nuestras creencias según las pruebas?

Voy a ahorrarles el suspense: los humanos nos resistimos a actualizar nuestras creencias, sobre todo cuando las pruebas que evaluamos contradicen lo que pensamos. Décadas de investigaciones posteriores a Edwards de la mano de Kahneman y Tversky nos han mostrado que, de hecho, las personas no pensamos de forma bayesiana. Como explica Philip Tetlock:

Decades of laboratory research on “cognitive conservatism” warn us that even highly educated people tend to be balky belief updaters who admit mistakes grudgingly and defend their prior positions tenaciously.
Y en la nota al pie continúa:

Some researchers have concluded that people are such bad Bayesians that they are not Bayesians at all (Fischhoff and Beyth-Marom, “Hypothesis Evaluation from a Bayesian Perspective”). Early work on cognitive conservatism showed that people clung too long to the only information they initially had—information that typically took the form of base rates of variously colored poker chips that defined judges’ “priors.”
Tetlock cuantificó este «déficit bayesiano» en su célebre estudio sobre los expertos. Cuando erraban en su respuesta, los sujetos de estudio ajustaban sus creencias a la luz de nuevas pruebas en un grado bastante inferior al que prescribe la regla de Bayes, entre un diecinueve y un cincuenta y nueve por ciento de lo que deberían. Por contra, allí donde habían acertado el ajuste de creencia se situaba entre el sesenta y el ochenta por ciento del que debería ser.

El experimento de Tetlock consistió en pedir a doscientos ochenta y cuatro expertos que hicieran predicciones sobre una variedad de escenarios políticos: la URSS, la Unión Europea, la primera Guerra del Golfo, Yugoslavia, Sudáfrica y muchos otros. Años después evaluó el nivel de acierto de las predicciones. En conjunto, los expertos no lo hicieron mejor que un grupo de chimpancés lanzando dardos a una diana.

Es interesante ver cómo se defendieron estos expertos cuando tuvieron que confrontar sus fallos. Puede que las personas seamos idiotas, pero no queremos aparentarlo. Por fortuna, contamos con una poderosa máquina generadora de justificaciones a la que podemos recurrir para lavar nuestra imagen y seguir en nuestros trece. Todos tenemos a nuestra disposición un elaborado sistema de defensas para nuestras creencias, y ya vimos que las personas inteligentes están acostumbradas a usar su intelecto para proteger creencias poco inteligentes. En el caso de los expertos, algunas de estas justificaciones fueron el «casi acierto» («lo que predije no pasó, pero casi ocurre»), el «acabará pasando» («lo que yo predije acabará teniendo lugar, solo hay que esperar»), el «ocurrió algo inesperado» («de no haber sucedido aquel hecho improbable yo habría acertado») y el siempre útil «es complicado» («es imposible predecir el futuro»). En ausencia de contrafactuales, algunas de estas defensas ahondan en oscuras cuestiones epistemológicas y tienen cierta solidez filosófica, por lo que no son fácilmente descartables como simples excusas.

Continuará

lunes, 6 de abril de 2015

¿Saldrá el sol mañana?

Saber si el sol volverá a alzarse mañana sobre el horizonte es una cuestión sencilla en su planteamiento pero muy difícil de responder. Al fin y al cabo, el mero hecho de que así haya sido todos los días de nuestra vida no garantiza que mañana vuelva a ocurrir. Recuerden el pollo de Russell, quien ve en el humano a un benefactor que le alimenta todos los días hasta que una mañana, claro está, le retuerce el pescuezo. David Hume observó que somos esclavos de nuestras expectativas: estamos acostumbrados a que unas cosas sucedan a otras. Por ejemplo, si lanzamos una bola de billar contra otra esperamos que esta última se mueva. Sin embargo, tal como señaló el filósofo escocés, cuando vemos las dos bolas chocar lo que percibimos son dos sucesos que se siguen en el tiempo, no que el segundo suceso ocurra a causa del primero. Dado que no podemos percibir la causa, no podemos estar completamente seguros de que el segundo suceso vaya a presentarse siempre que tenga lugar el primero:

Hume creía que no es posible alcanzar una certeza absoluta en nada que tenga como único fundamento las creencias tradicionales, el testimonio personal, la observación de una relación habitual o la concatenación de la causa y el efecto. Lo que Hume venía a afirmar, en resumen, era que sólo es posible confiar en aquello que la experiencia nos enseña.
[...] Hume argumentaba que algunos objetos se asociaban constantemente con otros. Sin embargo, el hecho de que los paraguas y la lluvia fuesen elementos que se dieran juntos no significaba que la causa de la lluvia residiera en los paraguas. Del mismo modo, la circunstancia de que el sol se hubiese elevado miles de veces sobre el horizonte no garantizaba que volviera a hacerlo al día siguiente. [...] Y dado que rara vez podemos tener la seguridad de que una determinada causa vaya a ejercer un particular efecto, debemos contentarnos con buscar únicamente las causas y los efectos probables.
En consecuencia, ya que nos es imposible saber con certeza si el sol saldrá mañana o no, predecir que no lo hará no es menos racional que predecir que lo hará.

Si es la primera vez que se topan con estos conceptos de epistemología tal vez todo ello les resulte un tanto extraño o demasiado sutil, y quizá estén pensando para sus adentros que el sol probablemente saldrá mañana. La palabra clave aquí es «probablemente». Al usarla reconocemos que el mundo es intrínsecamente incierto y, por ello, es posible albergar distintos grados de certeza. Podemos estar «muy seguros» de que el sol saldrá mañana o «poco seguros» de que nuestro equipo favorito ganará  la liga.

El reverendo Thomas Bayes concibió la racionalidad como una cuestión probabilística. Su «ensayo encaminado a la resolución de uno de los problemas que plantea la doctrina de las probabilidades», publicado póstumamente por la Royal Society en 1763 gracias a Richard Price, trataba sobre cómo formulamos creencias probabilísticas acerca del mundo cuando nos encontramos con nuevos datos. Era toda una declaración sobre la manera en que aprendemos acerca del universo: a través de la aproximación, acercándonos más y más a la verdad según vamos reuniendo más pruebas. En esencia:

La regla de Bayes contradice la arraigadísima convicción de que la ciencia moderna requiere objetividad y precisión. El teorema de Bayes permite valorar una creencia, y nos indica que no sólo es posible adquirir conocimiento aunque nos falten datos o éstos resulten inadecuados, sino que da en añadir que el saber puede obtenerse partiendo de aproximaciones e incluso de la ignorancia.
No pretendo explicar con toda claridad aquí la regla o teorema de Bayes (teorema que, en justicia, debería llevar el nombre de Pierre-Simon Laplace, quien la descubrió de forma independiente y la desarrolló hasta darle la forma en que hoy la utilizamos), así que me saltaré el formalismo matemático. Solo diré –simplificando mucho– que nos permite calcular la probabilidad de que una hipótesis sea cierta dada la ocurrencia de un evento. Un caso típico es el de las pruebas médicas. Por ejemplo: ¿cuál es la probabilidad de que una mujer de cuarenta años tenga cáncer de mama sabiendo que su mamografía ha dado positivo? Aplicando el teorema de Bayes obtenemos que es de tan solo un diez por ciento (el lector puede consultar los cálculos detallados en el libro de Nate Silver o admitir sin dudar que este resultado es correcto). Esa es la razón, dicho sea de paso, de que las mamografías rutinarias se recomienden solo a mujeres mayores de cincuenta años.

El punto que me interesa destacar de la regla de Bayes es que nos permite computar exactamente cuánto debemos modificar nuestro grado de creencia en una hipótesis según vamos atesorando pruebas que la soportan o la contradicen:

Por ejemplo, las probabilidades asignadas por un jugador a cada caballo de una carrera estará condicionada por el conocimiento que tenga el jugador sobre la forma de cada caballo en el pasado. Aún más, dichas probabilidades estarán sujetas a cambio a la luz de nuevas pruebas, si, por ejemplo, encuentra a su llegada al hipódromo que uno de los caballos está sudando profusamente y parece claramente enfermo. El teorema de Bayes prescribe cómo se han de modificar las probabilidades a la luz de pruebas nuevas.
Es posible visualizar esta variación. Los gráficos siguientes muestran cómo iría cambiando nuestra creencia de que una moneda está trucada según vamos haciendo lanzamientos de la misma y van saliendo caras y cruces:


Fuente: elaboración propia

Fuente: elaboración propia

El primer gráfico corresponde a doscientos lanzamientos de una moneda no trucada, y el segundo a cien lanzamientos de una moneda trucada en la que sale cara en proporción 2:1. Obsérvese cómo se ajusta la creencia al alza o a la baja con cada nuevo lanzamiento y cómo –dependiendo de la hipótesis que se quiera comprobar– se necesita un mayor número de pruebas para alcanzar el mismo grado de confianza.

¿Y qué decir de la pregunta que da título a esta entrada, la de si saldrá el sol mañana? Pues sucede que basta verlo surgir del horizonte cada día durante tres semanas para alcanzar un alto grado de confianza en que mañana volverá a ocurrir:

Fuente: elaboración propia


A pesar de haber aburrido probablemente a muchos lectores con ella, lo cierto es que la regla de Bayes tiene una importancia capital en nuestras vidas. A lo largo de la Historia ha servido para encontrar una bomba de hidrógeno perdida y varios submarinos estadounidenses y rusos; ha ayudado a demostrar que el tabaco produce cáncer de pulmón y que un alto nivel de colesterol en sangre es una de las causas del infarto. Hoy día, la regla de Bayes filtra el correo basura de nuestras bandejas de entrada y se utiliza con éxito para predecir el resultado de elecciones presidenciales. Las compañías de publicidad la emplean en redes sociales para saber si nuestras reacciones a sus productos y servicios son positivas o negativas, mientras que las propias redes sociales (Facebook, Twitter, etcétera) la utilizan para, por ejemplo, determinar nuestro sexo automáticamente a partir de lo que escribimos en ellas y poder personalizar así la publicad que nos muestran.

Dejando a un lado estas utilidades prácticas, lo interesante del marco bayesiano es su proposición de racionalidad. Como escribe Sharon Bertsch McGrayne:

Constituye una lógica que permite razonar en el amplio espectro vital que asienta en las zonas grises situadas entre la verdad absoluta y la completa incertidumbre. Al interrogarnos sobre algo, es muy frecuente que la información con que contemos no represente sino una pequeña fracción de toda la que existe. Sin embargo, todo el mundo desea poder realizar predicciones basadas en nuestras experiencias pretéritas, y lo cierto es que acostumbramos a cambiar nuestros puntos de vista al adquirir nueva información.
La perspectiva bayesiana nos hace ver que un agente racional, aunque parta de la más absoluta ignorancia, puede obtener conocimiento si corrige sus creencias a medida que va encontrando pruebas. Pero, como hemos hablado muchas veces, para una persona ese es un gran si.

lunes, 9 de junio de 2014

Así obro yo

Ocurre que a Cucufato su (ex)socio Demetrio le ha estropeado un negocio prácticamente asegurado que venía unido a una lustrosa multitud de euros, dinero muy necesario para mantener a flote la empresa que comandaban. La desavenencia ha llevado a Cucufato, en un arrebato inusual, a hacer públicas alharacas sobre el asunto, quién sabe si para regular sus emociones. La causa prima de tamaña tragedia es, según diagnóstico del propio Cucufato, que el susodicho malasombra ha antepuesto sus intereses personales a los del bien colectivo. Nótese la deliciosa ironía: un empresario que se bate en arena capitalista juzgando el egoísmo como reprobable rasgo de carácter cuando, según las reglas del juego en que participa con gusto (es el primero en anteponer su bienestar al del conjunto), la búsqueda del interés propio no es sino virtud, el ánima que pone en movimiento la mano invisible. Recordemos las celebérrimas palabras de Adam Smith:
«No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de la que esperamos nuestra cena, sino del cuidado que pone en su propio interés. No nos dirigimos hacia su humanidad sino a su egoísmo, y jamás le hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas.»
Foto de Christiaan Tonnis
Un abanderado atravesado por el asta de la enseña que portaba. El karma, dirían algunos. A veces se nos olvida que los preceptos que defendemos pueden volverse en contra nuestra. Cuando ello ocurre tendemos a pasarnos al bando opuesto sin pestañear, y sin notar menoscabo en nuestra integridad. Nuestra filosofía se mece al vaivén de los vientos que soplan en nuestra circunstancia.

En fin. Sin entrar en detalles, según cómo acabe la historia de Cucufato puede que próximamente centenares de personas pasen a formar parte de la lista de desempleados. Algunos de ustedes pensarán: «qué cabrón el Demetrio este, menuda puñalada trapera». Otros quizá se digan que aquí cada cual para sí, el que pueda que se aplique y exprima, y tonto el último.

Cabe preguntarse hasta qué punto está bien perseguir el interés personal cuando las consecuencias para otros, aun sin ser mortales, son nefastas. ¿Debe procurarse un sistema que dé a cada individuo plena libertad para perseguir los fines que tiene razones para valorar, sin entrar a valorar dichos fines? ¿O es moralmente aceptable violar o limitar de algún modo la libertad individual si eso beneficia al bien común? Esa es básicamente la discusión que mantenían, como recordarán, Rawls y Nozick. Para Rawls las desigualdades sociales y económicas han de estar dispuestas de modo que acaben beneficiando a todos. Este principio de justicia propicia una redistribución de la riqueza que busca la opción más beneficiosa para quienes están peor. En el ejemplo del que hablamos en su día eso significaba que era justo aplicar impuestos más altos a quienes más dinero tienen para paliar el infortunio de los desfavorecidos. Recordarán también la postura opuesta de Nozick, para quien no hay más derechos que los naturales, y que según él se reducen a las libertades individuales y el derecho a la propiedad. Para él es inmoral que el Estado le quite a alguien lo que ha ganado legalmente, independientemente de que eso se haga para aliviar el sufrimiento de otros. En lo que respecta a la función del Estado, para Nozick el respeto a las libertades individuales prima sobre el bien común. Por último, recodarán que en aquel artículo trajimos a colación la tesis de MacIntyre según la cual no podemos suscribir virtudes universales.

Rawls y Nozick no son dos personas de a pie a quienes el periodista de turno aborda en una calle concurrida para preguntarles si le parece bien que los impuestos sean más altos para las clases más altas, y que solo tienen unos segundos para responder. Cualquier persona, ante una pregunta así, contesta de forma rápida e intuitiva, guiada por una sensación visceral más que por un sólido razonamiento. Por contra, estos dos filósofos compusieron sendas obras defendiendo sus ideas en las que argumentaban de forma contundente. Sus libros fueron leídos y criticados, y las críticas fueron contestadas. La mayoría de nosotros no sometemos a tamaño escrutinio nuestras ideas y los argumentos que las sostienen, lo que permite a nuestras convicciones mantenerse en pie en virtud de la ilusión de competencia, aplicada aquí a un razonamiento.

Obsérvese, no obstante, un rasgo común entre una persona cualquiera y un filósofo de renombre. Alguien nos pregunta si está bien quitarle al rico para darle de comer al pobre, miramos en nuestro interior y decimos «sí» o «no». Cuando Nozick y Rawls tratan de explicar por qué la respuesta ha de ser afirmativa o negativa llegan a un punto en el que deben elegir ciertos principios como base de su argumentación. Recordemos que dichos principios fundamentales no pueden elegirse en virtud de otros superiores: han de ser autoevidentes. Entonces son estos filósofos quienes, a través de sus sensaciones, seleccionan unos principios y desechan otros. Al final ambas situaciones se solventan recurriendo a intuiciones morales, tal como nos decía David Hume. Hemos vuelto al punto de partida. Jonathan Haidt explica que
«Intuitions come first, strategic reasoning second. Moral intuitions arise automatically and almost instantaneously, long before moral reasoning has a chance to get started, and those first intuitions tend to drive our later reasoning. If you think that moral reasoning is something we do to figure out the truth, you’ll be constantly frustrated by how foolish, biased, and illogical people become when they disagree with you. But if you think about moral reasoning as a skill we humans evolved to further our social agendas—to justify our own actions and to defend the teams we belong to—then things will make a lot more sense. Keep your eye on the intuitions, and don’t take people’s moral arguments at face value. They’re mostly post hoc constructions made up on the fly, crafted to advance one or more strategic objectives.»
Eso no quiere decir que todo valga y todas las opiniones sean igualmente válidas (o no válidas) porque en última instancia partan de una sensación visceral; al fin y al cabo, hay razonamientos buenos y malos, y los paradigmas pueden ser mejores o peores. Estoy convencido, por ejemplo, de que un marco de ética mínima en el que se nos prohíbe matarnos unos a otros es mejor que otro donde impere la ley de la selva. Sostener tal cosa es una petición de principios y, no obstante, sospecho que muchos de ustedes estarán de acuerdo conmigo.

Nuestras creencias tienen un punto de partida, y ese punto de partida revela algo sobre nosotros. Dónde lo situamos nos dice qué valoramos y, por ello, retrata cómo somos. Cuando ya no hay sitio para la argumentación se muestra nuestra naturaleza, nuestro carácter sale a relucir. ¿Recuerdan la frase de aquel padre: «eso es en lo que creo, y así es como vivimos»? A mediados del siglo XX, Ludwig Wittgenstein había recogido ese mismo pensamiento aplicado a la filosofía en general. Y así, en sus Investigaciones filosóficas escribió:
«Una vez he agotado todas las fundamentaciones, me topo con un lecho de roca dura y mi pala se dobla. Entonces me siento inclinado a decir: "Así obro yo"»

lunes, 21 de abril de 2014

No hay mayor ciego

A primera vista cabría pensar que el remedio para la ilusión de conocimiento sería poner a prueba nuestro saber y, en caso de detectar lagunas o errores, aprender los hechos. Puede que eso funcione con seres lógicos y racionales pero desde luego no sirve con seres humanos. Recuerdo un desayuno en la oficina, hace ya algún tiempo, en el que comenté que, generalmente, las mujeres toleran peor el dolor que los hombres. No estaba expresando una creencia sino algo que había leído en un libro escrito por el cirujano Atul Gawande. A la única chica allí presente (que defendía la tesis contraria) aquello no le gustó, y me espetó una frase que a menudo me viene a la mente: «cómo tengo que decirte que no te creas todo lo que pone en los libros esos que lees». Rememoré esta escena allá por noviembre cuando encontré la misma información en otro libro «de esos que leo». En The Sports Gene David Epstein escribe:
Foto de troita_<><

«The idea that women are more pain tolerant than men because they go through childbirth is a myth contradicted by every study done on the topic. Women are more sensitive to pain and much more likely to be chronic pain patients. Women do, however, become less sensitive to pain as they approach childbirth.»
Es fácil encontrar algunos de esos estudios con una búsqueda simple en Google Scholar, si bien las razones de tal diferencia no parecen estar claras todavía (puede deberse a diferencias biológicas, culturales o psicológicas). En cualquier caso, los datos de los que disponemos actualmente muestran que, por lo general, las mujeres son más sensibles al dolor excepto durante las últimas semanas de embarazo.

En 1985 Amos Tversky, junto con sus estudiantes Thomas Gilovich y Robert Vallone demostraron que no existe tal cosa como un jugador «en racha» en el baloncesto, esto es, el acierto o fallo en el lanzamiento de un tiro libre no depende de si el anterior entró o no:
«In basketball, as in many sports, a player having consecutive successes is said to be on fire, and everyone involved – the player himself, his opponent, his teammates, fans and referees – can feel in their bones that he is on a hot streak. Gilovich et al.’s numbers proved that this feeling is simply and absolutely dead wrong. In fact the streaks that shooters have during games or in practice are identical to the sequences that arise based simply on the player’s average rate of making baskets. So, for a player who hits 50 per cent of his shots, his pattern of makes and misses will be identical to the runs of heads and tails that arise when flipping a coin.»
La respuesta de los aficionados y los profesionales de ese deporte a su trabajo fue de incredulidad y de encogimiento de hombros en general (ibídem):
«Even though the research is straightforward and the findings have been replicated a number of times, the paper created a furore in basketball circles – everyone who’s anyone just ‘knows’ that guys ‘get into a rhythm’ – and the paper’s findings continue to be debated by sports fans and analysts the world over. People just did not want to believe the study’s results.
Gilovich is sanguine about the reception his work received, even from basketball greats like Red Auerbach. Auerbach, voted the greatest coach in NBA history and an icon for the team Gilovich supports, the Boston Celtics, was unimpressed with the study. ‘So he made a study,’ he replied laconically. ‘I couldn’t care less.»
Por su parte, Richard Thaler y Daniel Kahneman mostraron que inversores y asesores financieros son víctimas de la ilusión de competencia: sus buenos o malos resultados son fruto del azar, no de su destreza. Así describe Kahneman lo que ocurrió (mejor dicho, lo que no ocurrió) tras presentar sus conclusiones a la firma financiera cuyos datos había analizado:
«Our message to the executives was that, at least when it came to building portfolios, the firm was rewarding luck as if it were skill. This should have been shocking news to them, but it was not. There was no sign that they disbelieved us. How could they? After all, we had analyzed their own results, and they were sophisticated enough to see the implications, which we politely refrained from spelling out. We all went on calmly with our dinner, and I have no doubt that both our findings and their implications were quickly swept under the rug and that life in the firm went on just as before. The illusion of skill is not only an individual aberration; it is deeply ingrained in the culture of the industry. »
Gilovich, Thaler y Kahneman fueron recibidos con indiferencia, aunque podía haber sido peor. Según una leyenda Pitágoras, el ilustre matemático que describió el universo en términos de números racionales, condenó a morir ahogado a su discípulo Hippasus de Metaponto tras haberle mostrado este el número irracional √2. «El padre de la lógica y del método científico» –escribe Simon Singh–, «recurrió a la fuerza antes que admitir que estaba equivocado».

La historia de la ciencia está plagada de ejemplos de esa resistencia humana a aceptar los hechos contrarios al credo personal o la doctrina común. Cuentan que el filósofo Giulio Libri se negó a mirar por el telescopio de Galileo por una cuestión de principios. En aquel tiempo los aristotélicos se negaban a aceptar que lo que se veía a través del telescopio fuera real, imaginándose que eran artefactos producidos por las lentes. También la Iglesia católica había definido su cosmología a partir de un conjunto de axiomas y, por tanto, determinado de antemano que lo que se veía a través de ese aparato no existía en realidad. Todos sabemos cómo acabó Galileo. Varios siglos después el astrónomo inglés Fred Hoyle, quien acuñó sin querer el término Big Bang, murió en 2001 sin haber aceptado dicha teoría, sosteniendo en su lugar la validez de sus teorías alternativas del Estado Estacionario y, posteriormente, el Estado Casi-Estacionario. Así pues, incluso para los científicos, cuya honestidad intelectual se da por supuesta, es difícil cambiar de paradigma. Como decía Max Planck «una importante innovación científica raramente se impone convenciendo gradualmente y convirtiendo a sus oponentes: no sucede muchas veces que Saulo se convierte en Pablo. Lo que sucede es que sus oponentes se van muriendo poco a poco y que la nueva generación se va familiarizando desde el principio con las nuevas ideas».

Si ese es el panorama para científicos de sobradas capacidades intelectuales imagínense lo que ocurre con quienes no nos dedicamos a la ciencia. Es una cuestión de higiene mental el no creer a pies juntillas lo que cualquiera publica en internet, lo que pone en un libro, lo que dice un solo número estadístico o la conclusión de un estudio aislado. Pero hay una gran diferencia entre el sano escepticismo intelectual y el hacer caso omiso de los hechos que no encajan con nuestra visión del mundo. El problema es que, según nos alejamos de la certeza matemática, cuyos teoremas demostrados son ciertos hasta el fin de los tiempos, y nos acercamos a campos del saber donde los hechos se definen según la cantidad de pruebas a favor (o ausencia de pruebas en contra), cada vez es más fácil dar con justificaciones plausibles que disminuyan el peso de la evidencia, o encontrar datos que sostengan la postura contraria. Como bien dice Jonathan Haidt:
«[F]or nonscientists, there is no such thing as a study you must believe. It’s always possible to question the methods, find an alternative interpretation of the data, or, if all else fails, question the honesty or ideology of the researchers. And now that we all have access to search engines on our cell phones, we can call up a team of supportive scientists for almost any conclusion twenty-four hours a day. Whatever you want to believe about the causes of global warming or whether a fetus can feel pain, just Google your belief. You’ll find partisan websites summarizing and sometimes distorting relevant scientific studies. Science is a smorgasbord, and Google will guide you to the study that’s right for you.»
Sé que ninguna cantidad de estudios científicos perfectamente diseñados y ejecutados haría que mi prima se bajara del carro, algo que indicaba claramente el tono de indignación de su reproche. Cuando estamos seguros de tener razón y nos enfrentamos a pruebas contrarias a nuestro marco de creencias (ya sean convicciones sobre cómo es o cómo debería ser el mundo, ideas políticas, reglas morales o aquello que pensamos que sabemos), los marcos se mantienen y las pruebas se desechan (ibídem Kahneman):
«Facts that challenge such basic assumptions—and thereby threaten people’s livelihood and self-esteem—are simply not absorbed. The mind does not digest them. This is particularly true of statistical studies of performance, which provide base-rate information that people generally ignore when it clashes with their personal impressions from experience.»
El cerebro es, sin duda alguna, un órgano misterioso y maravilloso. Comienza a trabajar en el momento en que nos levantamos por la mañana y no se detiene hasta que nuestras creencias se ven amenazadas.

lunes, 7 de abril de 2014

Así es como vivimos

Andábamos por la cafetería y en varias mesas se discutía lo acontecido en las manifestaciones del pasado 22 de Marzo. Pasando al lado de una de esas mesas oí a un tipo afirmar casi a gritos que «el problema es que siempre hay cuatro perroflautas de los cojones». Su lenguaje corporal (puños en la cadera, echado hacia delante sobre la mesa, presto para levantarse a la menor provocación) indicaba que no estaba por la labor de que alguien le contradijera. Me estaba alejando de su sitio, así que no pude escuchar su conclusión, pero tampoco era necesario. «Cuatro perroflautas de los cojones». Es todo lo que necesitaba saber.

Foto de maxf
La noche del sábado estuve siguiendo el transcurso de la manifestación vía Twitter. Para cuando empezaron los palos las aguas ya se habían separado. A un lado estaban quienes subían o retuiteaban fotos de aquellos que habían sido heridos por la policía, echando pestes del cuerpo. Al otro lado se hallaban los que ponían el grito en el cielo por las marquesinas de autobús rotas y la cifra en constante aumento de policías lastimados. Ambos bandos se encontraban mutuamente en largos hilos de reproches e insultos mutuos. Como de costumbre, todo el mundo tenía la razón.


En los últimos artículos hemos estado hablando de cómo siempre tratamos de persuadir a los demás, y de cómo defendemos con vehemencia posturas que no tienen justificación racional alguna, como nuestra serie favorita. Vimos que las preferencias se basan en gustos, no en razones, pero que cuando nos preguntan por las primeras podemos ofrecer un florilegio de estas últimas, lo que nos confunde y nos hace pensar que en verdad hay razones objetivas que sustenten nuestra elección. Lamentablemente, exhibimos el mismo comportamiento en asuntos de cierta enjundia, como la política o la ética. Considere las siguientes cuestiones. ¿Deben pagar más impuestos los más ricos? ¿Debería legalizarse la marihuana? ¿Y el aborto? ¿Las personas que contraten un seguro de salud privado deben recibir un descuento en sus impuestos? ¿Deberían prohibirse las corridas de toros? ¿Los movimientos migratorios deben facilitarse o impedirse? ¿El uso público del burka y el niqab debe prohibirse? ¿La autoridad debe respetarse o cuestionarse? ¿Debe el gobierno ayudar a los desfavorecidos o limitarse a asegurar el cumplimiento de la ley? ¿Es legítimo emplear la violencia en algún caso? ¿Los símbolos religiosos deben salir de las escuelas públicas? ¿Está a favor o en contra de la pena de muerte?

Seguramente ha podido responder a todos estos interrogantes en un breve lapso de tiempo. Lo importante aquí no son las respuestas en sí, sino el proceso que le ha llevado a ellas. ¿A cuántas ha respondido «sí» o «no»? ¿Cuántas veces ha pensado «depende»? ¿En algún caso se ha dicho «no lo sé, nunca he pensado sobre eso»? Son preguntas difíciles, con muchos matices posibles y ramificaciones invisibles al primer vistazo. Según Kahneman, cuando nos enfrentamos a preguntas de tal calibre normalmente respondemos –sin darnos cuenta– a una pregunta más fácil, un proceso llamado sustitución:
«[Paul] Slovic eventually developed the notion of an affect heuristic, in which people make judgments and decisions by consulting their emotions: Do I like it? Do I hate it? How strongly do I feel about it? In many domains of life, Slovic said, people form opinions and make choices that directly express their feelings and their basic tendency to approach or avoid, often without knowing that they are doing so. The affect heuristic is an instance of substitution, in which the answer to an easy question (How do I feel about it?) serves as an answer to a much harder question (What do I think about it?)»
Por ello, a menudo nuestro juicio es en realidad un juicio emocional. Tal como explica Daniel Goleman (el énfasis es mío):
«Las reglas de decisión derivadas de nuestra experiencia vital se basan en las redes neuronales subcorticales que recopilan, almacenan y aplican algoritmos a cada uno de los acontecimientos vitales y establecen el rumbo de nuestro timón interior. En esas regiones subcorticales, escasamente conectadas con las áreas verbales del neocórtex, aunque mucho más con las vísceras, guarda el cerebro nuestras sensaciones más profundas de propósito y significado. Conocemos nuestros valores partiendo de la sensación visceral de lo que nos parece adecuado e inadecuado y articulando luego ese sentimiento
Los experimentos de psicología social y las técnicas de imagen cerebral han venido a demostrar algo que David Hume (y otros antes qué él) ya denunciaron: formamos nuestros juicios morales de forma rápida y emocional. En un célebre pasaje de su Tratado de la naturaleza humana el filósofo escocés observó:
«Tomemos una acción que se estima ser viciosa: el asesinato intencional, por ejemplo. Examinémoslo en todos sus aspectos y veamos si se puede hallar algún hecho o existencia real que se llame vicio. De cualquier modo que se le considere, sólo se hallan ciertas pasiones, motivos, voliciones y pensamientos. No existen otros fenómenos en este caso. El vicio nos escapa enteramente mientras se le considere como un objeto. No se le puede hallar hasta que se dirige la reflexión hacia el propio pecho y se halla un sentimiento de censura que surge en nosotros con respecto a la acción. Aquí existe un hecho; pero es objeto del sentimiento, no de la razón. Está en nosotros mismos, no en el objeto. Así, cuando se declara una acción o carácter vicioso no se quiere decir sino que por la constitución de nuestra naturaleza experimentamos un sentimiento o afección de censura ante la contemplación de aquél. El vicio y la virtud, por consiguiente, pueden ser comparados con los sonidos, colores, calor y frío, que según la filosofía moderna no son cualidades en los objetos, sino percepciones en el espíritu, y este descubrimiento en moral, lo mismo que otros en la física, debe ser considerado como un avance considerable de las ciencias especulativas, aunque, lo mismo que éstas, no tiene o tiene poca influencia en la práctica. Nada puede ser más real o interesarnos más que nuestros propios sentimientos de placer y dolor, y si éstos son favorables a la virtud y desfavorables al vicio no puede ser requerido nada más para la regulación de nuestra conducta y vida.»
La defensa argumental subsiguiente con la que torturamos a los otros es más que nada una búsqueda post hoc de razones para justificar los juicios que ya hemos hecho, no una descripción del impecable razonamiento lógico que nos llevó a nuestra conclusión. En palabras de Michael Shermer:
«Rara vez alguno de nosotros se sienta ante una relación de hechos, sopesa los pros y los contras y opta por lo que parece más lógico y racional sin tener en cuenta lo que creíamos con anterioridad. Al contrario: los hechos del mundo nos llegan a través de los filtros coloreados de las teorías, las hipótesis, las corazonadas, las inclinaciones y los prejuicios que hemos ido acumulando al o largo de nuestra vida. Entonces revisamos el corpus de datos y escogemos los que confirman lo que ya creíamos, prescindiendo o desechando mediante racionalizaciones los que no nos cuadran.»
La mayor parte de nuestras creencias, pues, son fruto de la genética y el ambiente, de nuestro pasado y de nuestro entorno, exactamente igual que nuestros gustos. A menudo me pregunto si yo tendría ideas políticas y valores éticos diferentes de haber nacido en otra época, en otro país u otra clase social, si mi familia estuviera formada por ricos empresarios en lugar de gente llana trabajadora. Sospecho que la respuesta es «sí». El ejemplo más palpable es cómo afecta la edad a nuestro marco de creencias, proceso que Churchill resumió en el aforismo «quien a los veinte años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los cuarenta lo siga siendo, no tiene cabeza». En este punto no puedo resistirme a traer de nuevo a colación esa cita de Ortega y Gasset a la que ya recurrí en otro contexto:
«Cada cual cree vivir por su cuenta, en virtud de razones que supone personalísimas. Pero el hecho es que bajo esa superficie de nuestra conciencia actúan las grandes fuerzas anónimas, los poderosos alisios de la historia, soplos gigantes que nos movilizan a su capricho.»
En David y Goliat Malcolm Gladwell cuenta la historia de Wilma Derksen, una mujer cuya hija fue asesinada. En el funeral recibió la visita de un hombre cuya hija también había muerto a manos de un indeseable. Este visitante anónimo le contó cómo había sacrificado todo en su búsqueda de justicia: su familia, su trabajo, su salud... Por su parte Wilma, que como menonita había sido criada en el pacifismo, combatió todo instinto de venganza y renunció incluso a la búsqueda del asesino. «Toda la filosofía menonita se resume en que hay que perdonar y no guardar rencor», le dice al periodista. Su comportamiento era reflejo del de su padre, quien en su momento decidió no demandar a alguien que le debía mucho dinero, optando en su lugar por olvidarse del tema. La respuesta del padre resume perfectamente lo que he tratado de expresar aquí: «eso es en lo que creo, y así es como vivimos».

lunes, 24 de marzo de 2014

Papá, ¿por qué somos del Atleti?

En el año 2000, tras el descenso del club a segunda división, el Atlético de Madrid lanzó una campaña publicitaria en la que un niño le preguntaba a su padre «Papá, ¿por qué somos del Atleti?», a lo que el progenitor no atinaba a responder, guardando silencio. «No es fácil de explicar. Pero es algo muy, muy grande» era el título del anuncio.

Foto de Kathleen Tyler Conklin
Si leen los comentarios del vídeo verán, como era de esperar, la típica discusión entre hinchas del Atleti y aficionados de otros equipos. Si leen los de cualquier vídeo de Los Simpson encontrarán el absurdo debate sobre si el doblaje de la serie es mejor en español de España o en español latino. Otro tanto ocurre con las canciones que abrían las series de la infancia de nuestra generación, cuya mejor versión siempre coincide con la que uno escuchó en su infancia (o la versión original en japonés, si procede), mientras que las demás son basura.

Estas discusiones están por todas partes. Allí donde haya más de una opción siempre hay bandos enfrentados dispuestos a informarnos de por qué el suyo es el mejor, a menudo con dos extremos reconocibles que aglutinan el grueso de opiniones. Cola-cao o Nesquik, Coca-cola o Pepsi, carne o pescado, tortilla de patatas con cebolla o sin cebolla, cerveza o vino, coches o motos, F. C. Barcelona o Real Madrid, Apple o Android, rap o ballet, Breaking Bad o The Wire. Precisamente al hilo de esta última se preguntaba Luis Tarrafeta a santo de qué discutimos con tanta pasión sobre asuntos tan triviales:
«Tengo mis comentarios respecto al “por qué”, pero el fenómeno es innegable. Nos hemos vuelto tan identitarios con nuestros gustos que hay incluso quien se ofende cuando no se comparten. O cuando se atacan, si lo preferís ver así, pero… aun con todo, ¿no es raro?
Es raro que pase cuando, como todo el mundo sabe (?), para gustos están hechos los colores.»
Nótese que la defensa partisana de las preferencias propias es de vieja data. Ya a principios del siglo XX José Ortega y Gasset incluyó esta característica en la estructura psicológica de lo que llamó el hombre-masa:
«[E]l hombre que analizamos se habitúa a no apelar de si mismo a ninguna instancia fuera de él. Está satisfecho tal y como es. Igualmente, sin necesidad de ser vano, como lo más natural del mundo, tenderá a afirmar y dar por bueno cuanto en sí halla: opiniones, apetitos, preferencias o gustos.»
Hace poco vimos que parece formar parte de la naturaleza humana esa disposición de los hombres a imponer a los demás como regla de conducta su opinión y sus gustos. También pienso, como Tarrafeta, que algo tienen que ver la afiliación y el reconocimiento, y que los gustos están relacionados con la propia identidad. Hay un concepto que los científicos sociales denominan «autoseñalización», cuya idea básica subyacente es que, pese a lo que solemos pensar, no tenemos una noción muy clara de quiénes somos. Según Dan Ariely:
«Por lo común creemos tener una visión privilegiada de nuestra personalidad y nuestras preferencias, aunque en realidad no nos conocemos muy bien (desde luego no tan bien como imaginamos). En vez de ello, nos observamos igual que observamos y juzgamos las acciones de otras personas —deduciendo de nuestras acciones quiénes somos y lo que nos gusta.
Por ejemplo, supongamos que vemos a un mendigo por la calle. En lugar de ignorarlo o darle dinero, decidimos comprarle un bocadillo. La acción en sí misma no define quiénes somos, la moralidad o el carácter, pero interpretamos el hecho como prueba de nuestra personalidad generosa y compasiva. Ahora, provistos de esta información «nueva», empezamos a creer más intensamente en nuestra benevolencia. Así funciona la autoseñalización.»
Escuchas un tipo de música, eliges una clase de ropa, ves cierto género de televisión, acudes a unos restaurantes concretos y ¡voilá! Eres rapero, indie, metalero, gótico, hipster o nada de lo anterior. De nuestras elecciones deducimos quiénes somos y lo que nos gusta. Si esa afirmación es cierta, entonces los gustos de una persona pueden decirnos cómo es de la misma manera que se lo dicen a ella misma.

En la mayoría de los casos, sencillamente elegimos A porque nos gusta más que B; nuestra aprobación o desaprobación se halla implicada en el placer que nos producen. Sin embargo, cuando alguien nos pregunta por qué preferimos A siempre podemos dar con alguna justificación aparentemente racional. De acuerdo con Kahneman el sistema encargado de dichas racionalizaciones es también el que da lugar a nuestra identidad, a quién creemos que somos:
«The attentive System 2 is who we think we are. System 2 articulates judgments and makes choices, but it often endorses or rationalizes ideas and feelings that were generated by System 1. You may not know that you are optimistic about a project because something about its leader reminds you of your beloved sister, or that you dislike a person who looks vaguely like your dentist. If asked for an explanation, however, you will search your memory for presentable reasons and will certainly find some. Moreover, you will believe the story you make up.»
Así pues, aquello que Gazzaniga llama «el intérprete» no solo tiene justificaciones para nuestros actos, sino también para nuestras preferencias.

Dar razones de nuestras preferencias a menudo es un tanto absurdo. Uno no determina sus gustos culinarios, verbigracia, tras un análisis racional de las opciones disponibles; si ese fuera el caso sería razonable pensar que nos preocuparíamos en hacer que nos guste aquello que más nos conviene, es decir, lo más sano. Pero nadie se levanta diciendo: «hoy me va a gustar el brécol», como mucho podrá cubrirlo de bechamel para hacerlo llevadero. Gustos y racionalidad se sitúan en planos separados, si bien tendemos a entremezclarlos y formar una cadena causal que no tiene sentido. Como dice Julian Biaggini:
«Preferir el vino tinto al blanco no es irracional, pero tampoco racional. La preferencia no se basa en razones, sino en gustos.»
De manera que el silencio del padre es ciertamente la respuesta más honesta a la pregunta que da título a esta entrada.

lunes, 28 de octubre de 2013

17 cosas que no me contaron sobre la vida

Mis padres hicieron lo que creyeron más conveniente, supongo, tratando de transmitirme las lecciones que juzgaron más correctas y valiosas. Cuando uno crece se da cuenta de que algunas de esas lecciones estaban equivocadas (y seguirlas a pies juntillas ya la he ocasionado más de un problema) mientras que otras se prueban ciertas bien pronto. Y aún queda un tercer tipo: las que solo se entienden cuando uno llega a la edad adecuada.

En el lado opuesto a las enseñanzas explícitas se hallan las omisiones, es decir, todo aquello de lo que no me advirtieron. Seguro que ustedes también querrían poder hablar con su yo pasado para sugerirle un par de cosas en aras de una vida más satisfactoria, transmitirle lo que llevan aprendido en su existencia presente para ahorrarse alguna hostia. Si yo pudiera hacerlo esto es lo que me diría. Notarán que algunos de los consejos que van a leer pueden considerarse contradictorios. No hay nada extraño en ello: las normas generales no son infalibles, y por ende no son aplicables en el cien por cien de las ocasiones. Puede haber matices y circunstancias adicionales que desaconsejen su uso. Decidir qué regla utilizar en qué situación queda a criterio de uno mismo.

Las notas no importan (casi nunca) más allá del aprobado. Un expediente brillante solo es necesario o útil en circunstancias muy concretas (cuando uno quiere optar a un puesto en Wall Street, por ejemplo), pero en la inmensa mayoría de ocasiones son irrelevantes. El éxito en el sistema educativo no es un indicador de capacidad personal ni sirve para pronosticar un próspero o nefasto porvenir.

Ninguna buena acción queda sin su correspondiente castigo. Es una mera cuestión de probabilidad, como dice Kahneman:
«I had stumbled onto a significant fact of the human condition: the feedback to which life exposes us is perverse. Because we tend to be nice to other people when they please us and nasty when they do not, we are statistically punished for being nice and rewarded for being nasty.»
«Cada cual para sí, zagal», le advertía el capitán Alatriste al joven Íñigo Balboa. Aunque les parecerá mal, nadie te culpará por preocuparte únicamente de ti mismo: es lo que todos esperamos que los demás hagan. Por contra, si quieres hacer algo bueno por alguien, tú verás. No esperes nada a cambio, ni siquiera un simple gracias. Primero, porque los actos de bondad deben hacerse por sí mismos, no por la recompensa. Segundo, porque la mayoría de nosotros somos unos desagradecidos. Algunas personas incluso te rechazarán directamente de mala manera cuando quieras ayudarles o tener algún detalle. Si no puedes soportar la ingratitud tienes dos opciones: aguantarte o no molestarte en dar.

Leer el periódico es perder el tiempo. «What about the need to be informed in order to be a responsible citizen?» le preguntaba Barbara Ehrenreich a una persona que había decidido dejar de ver las noticias sobre la guerra de Iraq. El hecho es que no vas a obtener información a base de leer la prensa diaria. Casi todo es ruido, relleno, como esos capítulos de Naruto en los que usan sus técnicas ninja para ganar una competición de Ramen. La mayor parte de lo escrito en prensa es irrelevante, sesgado, incorrecto o pura mentira.

No des lecciones a los demás si no te han preguntado. El equivocado podrías ser tú. Y, aunque estés en lo cierto, a nadie le gustan los sabiondos ni los presumidos. Si, verbigracia, les hablas de las bondades de las dietas bajas en azúcar o sin gluten te despreciarán con algún cliché manido del tipo «¿y lo rico que está?», «la vida es para disfrutarla» o «de algo hay que morir». Si le sugieres a alguien una manera de hacer mejor su trabajo te mandará a freír espárragos (cuanto más incompetentes somos, más ciegos estamos ante ese hecho). Y si –lo que es aún peor– pretendes que los demás actúen de cierta forma mejor será que te estés aplicando el cuento (aunque desde el punto de vista lógico eso sea irrelevante).

Alcohol. La costumbre de embriagarse con los amigos debe de ser tan antigua como el descubrimiento del alcohol por parte del hombre. Asume que si no participas te dejarán de lado, y que acudir a una reunión social de ese estilo y abstenerse del alcohol es como ir a una orgía y no quitarse la ropa. No viene a ser lo mismo. Es mucho más aburrido. Y es raro. Y a nadie le gustan los raros.

Empieza a ahorrar cuanto antes. Construir un capital activo que genere intereses suficientes para lograr la independencia financiera lleva tiempo, sobre todo cuando tu sueldo es una miseria. También necesitarás un colchón para imprevistos y otro para la jubilación. Para ahorrar no es necesario llevar una vida miserable, solo prestar atención a la manera en que gastas el dinero.

Tus amigos son aquellos que te tratan mejor de lo que te mereces. Da igual lo tonto, aburrido, desagradable, maquiavélico o mezquino que seas, siempre encontrarás a alguien que te apreciará a pesar de tus defectos y te dará más de lo que tú a él (o ella). Es la parte positiva de que haya gente para todo.

No te creas nada de lo que te dicen. El escepticismo es una buena heurística en general, no solo en ciencia. Hablar no cuesta nada. Las personas no somos conscientes de nuestros autoengaños y contradicciones internas. Hablamos para defender nuestros intereses. Hablamos para persuadir a los demás. Los actos son mejores portadores de información: hablan por sí mismos. Como dice el refrán, obras son amores y no buenas razones.

Los expertos de radio y televisión no tienen ni idea. Están en antena porque dan juego, no porque sus pronósticos sean acertados o sus razonamientos incólumes.  «El periodismo», escribe Nassim Taleb, «es puro entretenimiento, y no una búsqueda de la verdad, sobre todo cuando se trata de radio y televisión».

Cuidado con el individualismo. Si tus amigos se tiran por un puente, considera seriamente hacerlo tú también. «Failing in a herd rarely has adverse consequences», que dice Raghuram Rajan. Formar parte de la manada tiene muchas ventajas. No sale a cuenta ser un bicho raro.

No engordes durante la adolescencia. Cargarás con los adipocitos extra el resto de tu vida. Cuanto menos azúcar consumas, mejor. Nada de chocolate con menos del 70% de cacao (no te preocupes, te acostumbrarás al sabor y con el tiempo podrás elegir una variedad cada vez más pura).

Aléjate de las drogas. No solo de las recreativas, sino de los medicamentos en general (a no ser, obviamente, que sean imprescindibles, lo que ocurre menos a menudo de lo que pensamos). El negocio farmacéutico encierra muchos riesgos ocultos en sus productos. Es mejor aguantar un dolor si es posible y corregir la causa del mismo que tragar un cóctel de paracetamol, ibuprofeno y metamizol.

Cuidado con seguir las normas. A menudo están puestas para proteger el statu quo. Otras veces los resultados no son los que se dan por sentado. Se suponía que estudiar para obtener una licenciatura llevaría a conseguir un buen trabajo con el que poder comprar una casa para tu familia. Que se lo digan a los españoles.

Es inútil tratar de agradar a todo el mundo. Haters gonna hate, que dicen por la internet: algunos te odiarán hagas lo que hagas, digas lo que digas (o hagas lo que no hagas y digas lo que no digas). Además de eso hay quien se comporta como si fuera la última coca-cola del desierto y se aprovecha de tus ganas de caer bien. Ándate con ojo o te explotarán, dejándote seco física, emocional y financieramente.

No seas nenaza. Los hombres no lloran. La autoconsciencia, el hecho estar conectado con el mundo interior de tus sentimientos, no es una cualidad bien valorada. La sociedad no es tan tolerante con esto como se supone.

La vida no es una serie de televisión americana. Aquellas escenas en las que dos personajes hablan de sus sentimientos y solucionan sus problemas de forma razonable son tan inverosímiles como el argumento de The Walking Dead. Tratar de discutir asuntos emocionales es absurdo y estéril en la mayor parte de los casos.

Esta es mi lista (por ahora). Obviamente es un reflejo de mis experiencias y muestra mis cicatrices. No trata sobre hacer lo correcto, sino de cómo compensar mis debilidades para ir tirando sin tanta acrimonia. Me encantaría saber qué se dirían a ustedes mismos. Compártanlo en los comentarios si lo creen conveniente.