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lunes, 8 de febrero de 2016

Géminis (I)

Al hilo de nuestras reflexiones sobre el alcohol recordé un viejo capítulo de Friends en el que Mónica tiene una relación con un hombre al que sus amigos llaman «Bob, el divertido». Al principio del capítulo Ross se da cuenta de que nunca han visto al susodicho Bob sin una copa en la mano. Cuando Mónica saca el tema él se propone dejar de beber. A consecuencia de ello, su novio se convierte en «Bob, el increíblemente aburrido»:
Mónica: ¡Madre mía!
Phoebe: Tampoco está tan mal.
Mónica: ¿Que no está tan mal? ¿No has oído la historia del martillo?
Phoebe: Vale, vale, no te pongas histérica. A lo mejor es una de esas historias que tienes que haberlas vivido.
Mónica: ¡Es que voy a vivirla durante el resto de mi vida! Ahora no puedo cortar con él, soy yo la que le obligó a dejar la bebida. ¡Es aburrido por mi culpa!
Phoebe: Oye, no digas eso. Probablemente siempre ha sido aburrido, tú solo... pues eso, lo has liberado.
Al final es Mónica la que acaba bebiendo de más para poder soportar la compañía de su novio y Bob quien termina la relación argumentando que Mónica tiene un problema con la bebida.

Existen muchas drogas que pueden cambiar nuestra personalidad, ya sea de manera temporal o a largo plazo. Algunas de ellas tienen indicaciones terapéuticas, como los antidepresivos. Hasta que no me ha tocado vivirlo no he sabido que dicho medicamento es el tratamiento de elección a largo plazo para la ansiedad. Los efectos que están teniendo en mí son los mismos que en ocasiones anteriores: tengo más energía y menos días sombríos, paso menos tiempo en casa, estoy de mejor humor, me preocupo menos, soy más sociable y disfruto de las cosas placenteras. Quizá el síntoma más llamativo es mi exacerbado sentido del humor: en cuanto la medicación empezó a hacer efecto fueron muchos los que me dijeron que estaba muy graciosillo.

Foto de Romain Donato
A primera vista parece que la vida es mejor así. Los síntomas de ansiedad han desaparecido casi totalmente y encuentro la vida mucho más gustosa. Sin embargo, surgen las mismas preguntas que las veces anteriores. ¿Acaso no es esto una ilusión? ¿Quién soy yo en realidad? ¿No es mi yo real la persona que soy cuando no tomo antidepresivos? ¿O acaso los antidepresivos me permiten liberar mi verdadero yo?

La primera vez que tomé antidepresivos me adherí a la explicación química. En aquel entonces, el médico me explicó que aquellas pastillas eran para equilibrar mis neurotransmisores. Siendo así no había diferencia, razoné, entre alguien que se debe inyectar insulina cada día y yo mismo, que tenía que ingerir inhibidores de recaptación de la serotonina. Como escribe Andrew Solomon, el argumento de «la química» proporciona consuelo al poner el foco de la enfermedad en algo que no podemos controlar y que no asociamos a nuestra forma de ser (énfasis en el original):

Chemistry is often called on to heal the rift between body and soul. The relief people ex- press when a doctor says their depression is “chemical” is predicated on a belief that there is an integral self that exists across time, and on a fictional divide between the fully occasioned sorrow and the utterly random one. The word chemical seems to assuage the feelings of responsibility people have for the stressed-out discontent of not liking their jobs, worrying about getting old, failing at love, hating their families. There is a pleasant freedom from guilt that has been attached to chemical. If your brain is predisposed to depression, you need not blame yourself for it.
Sin embargo, como muy bien explica a continuación este autor, la cuestión no es tan sencilla. Al final, todo en nuestro cerebro se reduce a procesos químicos: la consciencia, la personalidad y el «yo» emergen de las reacciones que tienen lugar dentro de nuestro cráneo. Los antidepresivos afectan a nuestra identidad de una manera única que nada tiene que ver con los medicamentos que actúan sobre otras partes del cuerpo (el énfasis es mío):

Well, blame yourself or evolution, but remember that blame itself can be understood as a chemical process, and that happiness, too, is chemical.Chemistry and biology are not matters that impinge on the “real” self; depression cannot be separated from the person it affects. Treatment does not alleviate a disruption of identity, bringing you back to some kind of normality; it readjusts a multifarious identity, changing in some small degree who you are.
[...] If time lets you cycle out of a depression and feel better, the chemical changes are no less particular and complex than the ones that are brought about by taking antidepressants. The external determines the internal as much as the internal invents the external. What is so unattractive is the idea that in addition to all other lines being blurred, the boundaries of what makes us ourselves are blurry. There is no essential self that lies pure as a vein of gold under the chaos of experience and chemistry. Anything can be changed, and we must understand the human organism as a sequence of selves that succumb to or choose one another.
Tengo pensado hablar detenidamente sobre la cuestión del «yo» en otro momento, así que dejaré al margen la cuestión de su definición. Lo que me interesa hoy es recalcar que las drogas ponen de manifiesto que, como el signo zodiacal de Géminis, tenemos dos caras. Una es nuestra forma de ser cuando estamos sobrios. La otra, nuestra personalidad bajo los efectos de las drogas.

Quienes son bebedores sociales y únicamente se emborrachan algunos fines de semana con los amigos no parecen tener ningún problema con este estado de las cosas. Quizá sea porque es algo muy común y el efecto en la personalidad solo dura unas pocas horas. Además, al día siguiente es difícil que recuerden cómo eran verdaderamente la noche anterior. Un amigo mío, al que llamaremos Eutimio, llamaba a su yo ebrio «el otro Eutimio». Esa persona era un ligón que cada fin de semana disfrutaba las mieles de un panal diferente. Finalmente, Eutimio encontró una pareja estable y no volvió a invocar (como él mismo decía) a su alter ego. Durante los meses en los que «el otro Eutimio» actuaba por la ciudad no recuerdo ninguna queja del Eutimio original.

Pero cuando una persona se medica durante meses o años es difícil no reflexionar sobre ello. Una de las razones principales tal vez sea el hecho de que el cambio no se queda en la esfera privada, sino que es percibido por quienes nos rodean. La gente te ve mejor y te lo dice. Quienes no me han conocido en tratamientos anteriores hablan de un nuevo Silvio. Al ser yo diferente, mis interacciones con ellos tampoco son las mismas. Es un hecho conocido que los demás no nos tratan igual cuando somos unos gruñones afligidos que cuando nos mostramos alegres y dicharacheros. Y he aquí que la forma en que nos ven los demás y cómo nos relacionamos con ellos también define nuestro yo:

[E]l filósofo George Santayana [dijo] que, poco importaría lo que los demás pensaran de nosotros… de no ser porque, una vez lo sabemos, ese conocimiento «tiñe profundamente la visión que tenemos de nosotros». Los filósofos sociales han denominado “yo que se mira en el espejo” a este efecto que refleja cómo imaginamos que los demás nos ven.
Nuestra sensación de identidad aflora, desde esta perspectiva, en nuestras interacciones sociales, porque los demás actúan como espejos que nos reflejan. Esta idea se ha visto resumida en la frase: «Soy lo que creo que tú crees que soy».
Yo he llegado al punto de sentirme un impostor. Hace algunos años, después de una cita, pasé un fin de semana entero dándole vueltas a la idea de que la persona con la que aquella chica había comido y tomado café no era yo. Todos mostramos la mejor versión de nosotros mismos cuando buscamos pareja pero lo que yo había enseñado era la mejor cara de una personalidad fantasma fruto de la medicación. ¿Qué pasaría cuando dejara los antidepresivos y volviera a ser el de antes? Con el tiempo lo descubriría: mi yo «real» no era del agrado de aquella mujer. No era la primera vez que me ocurría, ni sería la última.

Continuará.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Fotografía

He said: "one day you'll leave this world behind
so live a life you will remember"
My father told me when I was just a child
These are the nights that never die
My father told me
—Avicii, The Nights

En este mundo colmado de cámaras fotográficas no pasa un solo día sin que vea a alguien autoretratarse. Llego a la estación de tren y ahí me encuentro a una chica que se aburre esperando y empieza a contorsionarse y a poner morritos. Dentro del vagón, dos madres jóvenes se atusan el pelo y completan una sesión de fotos improvisada. En el trayecto que va desde la estación a mi casa, más adolescentes y grupos de amigas con el brazo extendido en alto, el móvil en el extremo apuntando a sus caretos y esa expresión característica de toda una generación. Selfis, selfis por todas partes.

Con la cámara tan a mano nos ha dado por capturar de todo, desde lo más cotidiano hasta lo más aburrido (léase: nuestra cara en primer plano), pasando por lo curioso o divertido. Quienes no hayan nacido con el móvil en la mano recordarán una época en la que no teníamos el gatillo tan suelto, aquella en la que películas fotográficas limitadas a treinta y seis instantáneas debían ser reveladas en una tienda al uso, lo que significaba varios días de espera hasta ver el resultado. Se me ocurre que aquí se puede aplicar el teorema de Alchian-Allen. Este teorema viene a decir que los australianos beben vino californiano de más calidad que los propios californianos, y viceversa, porque solo para los vinos más caros merece la pena pagar los gastos de transporte. Este razonamiento implica que cuando los gastos de hacer una foto eran mayores nos preocupábamos por capturar aquellos momentos realmente hermosos o importantes para nosotros. Tal observación me ha dado motivo para juzgar que, si medimos la calidad de una foto por su significado o valor artístico y no por sus aspectos técnicos, la fotografía actual es, en general, de peor calidad que antes. Sirva Instagram como prueba.

Admito que estos juicios sean discutibles. En cualquier caso, lo que me interesa hoy no es hablar acerca de la falta de gusto o los problemas de autoestima de los adictos al selfi, sino de las razones que nos llevan a hacernos fotos y, en concreto, a hacérnoslas en vacaciones, viajes, cumpleaños y celebraciones varias. Hasta las personas como yo, que aborrecemos el objetivo de la cámara, guardamos un buen puñado de autoretratos. ¿Por qué?

Fuente: XKCD

Consideremos el siguiente experimento mental. Supongan que yo me ofrezco a pagarles su viaje soñado con una condición: al volver a casa todas sus fotos y todos sus vídeos serán destruidos. No podrán conservar ningún documento gráfico de dicho viaje. ¿Hay trato? ¿Y si, además de borrar sus archivos, borrara sus recuerdos (al estilo Men In Black)? ¿Estarían dispuestos a tener unas vacaciones de las que no pudieran mantener ningún recuerdo?

Este experimento imaginario es obra de Daniel Kahneman, cuya propia investigación informal al respecto revela la importancia que damos a los recuerdos:

Aunque no he estudiado formalmente las reacciones a esta situación, cuando las comento con otras personas tengo la impresión de que la eliminación de los recuerdos reduce en gran medida el valor de la experiencia. En algunos casos, las personas hacen consigo mismas lo que aconsejarían a un amnésico que hiciera: maximizar el placer total retornando al lugar donde fue feliz en el pasado. Sin embargo, algunas personas dicen que no se molestarían en ir a ese lugar, lo que revela que les preocupa ante todo la amnesia del yo que recuerda, y la amnesia del propio yo que experimenta menos que la amnesia del yo ajeno. Muchas afirman que no irían, ni enviarían a otros amnésicos, a escalar montañas o caminar por la jungla porque estas experiencias suelen ser penosas en tiempo real y solo cobran el valor de la expectativa de que el esfuerzo y el placer de alcanzar la meta serán memorables.
Según Kahneman, el recuerdo es una parte importante de las vacaciones. De hecho, valoramos estas por las historias vividas y los recuerdos que esperamos guardar. Nos referimos a ellas como «memorables» o «inolvidables», lo que revela de forma explícita cuál es la finalidad perseguida. Las experiencias conscientemente memorables adquieren un valor y significado que no tendrían de otro modo. Y así (ibídem Kahneman):

[E]l turismo contribuye a que la gente viva experiencias y acumule recuerdos. La imagen de una multitud de turistas incansables sugiere que los recuerdos que estos acumulan son muchas veces un asunto importante para ellos, que incluyen tanto en sus planes de vacaciones como en la experiencia de los mismos. El fotógrafo no contempla la escena como un instante que merezca ser salvado, sino como un futuro recuerdo que hay que diseñar.
La fotografía nutre al «yo que recuerda». Llenamos nuestros álbumes de fotos y discos duros con imágenes de nuestros cumpleaños o de nuestra luna de miel de manera que, en el futuro, cuando caminemos a lo largo de la Avenida del Recuerdo, nos sintamos felices. Es por ello que la crítica habitual que aparece en el cómic de XKCD que ilustra este artículo (¿no deberías dejar la cámara y disfrutar del momento?) está equivocada. La función principal de las vacaciones no es tanto experimentar placer o relajación como formar y acumular recuerdos. Al fin y al cabo, las sensaciones del momento son efímeras mientras que los recuerdos, salvo accidente o enfermedad, nos acompañarán el resto de nuestra vida.

Pero se da un hecho curioso. Al hacer fotos dejamos a un lado (al menos temporalmente) al yo que experimenta, que es lo único que realmente tenemos, para satisfacer a un yo futuro que no existe (y puede que no llegue a existir). Ello implica realizar un pronóstico afectivo, tarea que según las investigaciones del psicólogo Daniel Gilbert no se nos da muy bien. Como explica Douwe Draaisma:

Cuando fotografiamos, nos adelantamos a lo que queremos recordar dentro de diez, veinte o quizá cincuenta años. Y aquí empieza el problema. La persona que serás dentro de veinte años te es aún más desconocida que la que fuiste hace veinte. Haces las fotografías para un extraño, un cliente del futuro que se llama igual que tú, pero cuyos deseos desconoces.
El ejemplo más evidente de errores de pronóstico afectivos fotográficos son las instantáneas de parejas que acaban hechas añicos o borradas cuando la relación acaba mal. Es el lado menos amable de la fotografía. Cuando guardamos un recuerdo en nuestra mente, cada vez que lo recuperamos lo volvemos a guardar modificado sin que nos demos cuenta. Algunos desaparecen completamente. Con el tiempo construimos una imagen de nuestra vida que no es tan fiel a los hechos como a lo que pensamos de nosotros mismos. Los recuerdos son bloques de construcción del yo. En palabras de Julian Biaggini:

Todos ignoramos cosas y no confiamos a la memoria los hechos y los acontecimientos que entran en conflicto con la manera en que nos vemos a nosotros mismos y al mundo. Recordamos de forma selectiva, habitualmente sin un esfuerzo consciente o un deseo expreso de hacerlo. Y, sin embargo, como creemos que la memoria recoge los hechos objetivamente, no nos percatamos de que todo esto significa que estamos construyendo el mundo y a nosotros mismos.
A diferencia de las imágenes mentales, las fotografías, una vez hechas, no cambian ni se desvanecen. Las imágenes que evocan recuerdos dolorosos permanecen hasta que decidimos deshacernos de ellas. Cuando hacemos tal cosa, cuando destruimos el soporte físico de experiencias que preferimos olvidar, estamos moldeando de alguna manera nuestros yo.

Mi abuela tiene ochenta y tres años. Vive sola, así que pasa la mayoría de los días sentada en el sofá de su salón viendo la tele. Tanto el salón como el resto de habitaciones están repletos de fotografías de la familia. Las paredes y los muebles muestran docenas de imágenes de épocas muy distintas, desde los autoretratos en blanco y negro de su juventud hasta las fotos impresas de sus bisnietos recién nacidos. En el colgante que nunca se quita lleva una foto de su marido, mi abuelo, fallecido hace más de cuarenta años. Visitarla me hace pensar en cómo el yo autobiográfico, aquel del que autores como Kahneman afirman que depende el sentido de la identidad, se ve apuntalado por las fotografías y los vídeos cuando hasta hace no mucho se cimentaba únicamente en la falible memoria humana. Y me llama la atención el hecho de que mi abuela prefiere tener todos esos recuerdos a la vista en lugar de guardarlos en álbumes. Me pregunto cuántos selfis se haría si fuera una adolescente de hoy día.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Ser raro

                                   «Normal es el que sigue la norma. Si la norma es ser raro, ser raro es lo normal, y el más normal será el más raro.»

—Camera café

Hay una escena de Padre made in USA (American Dad) en la que Steve entra en su instituto con un aparatoso corsé para la espalda, claramente visible, que le han puesto como tratamiento de su escoliosis. Nada más cerrarse la puerta tras él se hace el silencio, uno de los alumnos le señala al tiempo que grita «¡diferente!» y todos –incluido sus amigos– empiezan a lanzarle a Steve lo que tienen a mano. A pesar de que su padre le explicaba antes de ir a clase que a nadie le importaría su nuevo aspecto, que lo que importa es lo que uno lleva dentro, Steve vuelve a casa con la palabra «Loser» escrita en la frente.

Por lo que parece ese maltrato al que se sale de la norma debe de ser algo bastante habitual en los institutos de Estados Unidos. En la pasada Comic Con de Denver una niña que estaba sufriendo en su escuela un trato en cierto modo similar al de Steve le preguntó al actor Will Wheaton si a él en el colegio le llamaban nerd. El vídeo con la respuesta de Wheaton logró cierta notoriedad, llegando incluso a la portada de Reddit, y el propio actor le dedicó un artículo en su blog.

When I was a boy I was called a nerd all the time—because I didn’t like sports, I loved to read, I liked math and science, I thought school was really cool—and it hurt a lot. Because it’s never ok when a person makes fun of you for something you didn’t choose. You know, we don’t choose to be nerds. We can’t help it that we like these things—and we shouldn’t apologize for liking these things.
I wish that I could tell you that there is really easy way to just not care, but the truth is it hurts.
[...] When a person makes fun of you, when a person is cruel to you, it has nothing to do with you. It’s not about what you said. It’s not about what you did. It’s not about what you love. It’s about them feeling bad about themselves. They feel sad.
[...]
And I will tell you this — it absolutely gets better as you get older.
I know it’s really hard in school when you’re surrounded by the same 400 people a day that pick on you and make you feel bad about yourself. But there’s 50,000 people here this weekend who went through the exact same thing—and we’re all doing really well.

So don’t you ever let a person make you feel bad because you love something they decided is only for nerds. You’re loving a thing that’s for you.
Foto de Nick Wheeler
Lo que me interesa de sus palabras no es el pseudoanálisis freudiano sobre los motivos del abusón sino la parte en la que le asegura a la niña que todo mejorará cuando se haga mayor. Lamentablemente, mi propia experiencia me dice que no va a haber caso (a menos que se haga rica y famosa, claro). El castigo al que es diferente no cesa en la vida adulta, solo se disfraza. La escena de Steve de la que les hablaba tiene un equivalente en su versión de adulto en otra comedia.

En el decimoséptimo episodio de Cómo conocí a vuestra madre, Marshall comienza una pasantía en la empresa de Barney. Ya el primer día vuelve a casa quejándose de que sus compañeros son imbéciles, pues se burlan de él y le marginan al no seguir al grupo en sus bromas obscenas. Cuando le pide consejo a Barney este le dice que piense en la frase del póster de los pingüinos que cuelga en su pared. Entonces Marshall lee la frase al pie de la imagen:
Marshall: «Semejanza. Es al diferente al que se abandona en el frío». ¿Esto es un póster motivacional?
Barney: Mírate, Marshall, no eres feliz. ¿Y sabes por qué? Porque eres diferente. Escucha, puedes aprender a amarte a ti mismo por ser el pequeño y singular copo de nieve que eres, o puedes cambiar por completo tu personalidad, que es mucho más fácil.
Ya se lo decía Kakashi a Sasuke en su primer entrenamiento: el clavo que despunta es el que recibe el martillazo. Lo que ocurre es que en la edad adulta los martillazos se trocan en comportamientos más aceptables socialmente. En lugar de golpes físicos se propinan puyas verbales o se llevan a cabo arteras maniobras de política de oficina, bien sea para beneficiar al que es semejante o bien para perjudicar directamente al que es diferente.

Lo paradójico del asunto es que, en mayor o menor media, todos nos tenemos por raros. Ello se debe en buena parte a que cada uno de nosotros tiene acceso a todos sus comportamientos y pensamientos, por lo que se es consciente de muchas extravagancias propias que se ocultan a los demás. Pero no solo nos tenemos por raros, en cierta medida también queremos ser raros. Nuestras singularidades soportan nuestra identidad en un contexto social, nos permiten vernos como una hormiga única en el conjunto del hormiguero. Por tanto, se da la curiosa circunstancia de que no nos gustan los que son diferentes pero al mismo tiempo cada uno de nosotros sí que quiere ser un tanto peculiar para diferenciarse de la masa del resto de individuos, una tensión que Alasdair MacIntyre recogió en su obra más conocida:

Nos encontramos en un mundo en que simultáneamente intentamos hacer predecible al resto de la sociedad e impredecibles a nosotros mismos, diseñar generalizaciones que capturen la conducta de los demás y moldear nuestra conducta en formas que eluden las generalizaciones que los demás forjen.
Yo llevo oyendo la cantinela del «qué raro eres» toda la vida, hasta el punto de que debe de ser la frase que más me dicen después del «buenos días». Los miembros de mi propia familia son los primeros en recordármelo periódicamente. Séame permitido decir aquí que soy el primero que desea no ser como soy, pero en ocasiones uno tiene que conformarse con lo que la naturaleza le da. Como dice Wheaton, no podemos evitar que nos guste aquello que nos gusta. El problema surge cuando nuestras costumbres o nuestros gustos no son «normales». Sin embargo, como decía el personaje de Arturo en Camera Café, «normal es el que sigue la norma», y esa norma establecida es mucho más contingente de lo que parece en principio, ya que está subordinado al contexto. «Lo normal» depende, por ejemplo, de la edad que uno tenga. Un veinteañero me comentaba hace unas semanas que le costaba conectar con sus compañeros de trabajo, cuya media de edad superaba los treinta y cinco. Yo también viví esa situación hace años. En efecto, tal como me decía, la diferencia de edad hace que la comunicación sea más complicada. Además, el hecho de no compartir vivencias diarias similares al estar en distintas fases de la vida hace que incluso la charla intrascendente sea difícil y se reduzca normalmente al común denominador (el clima o el trabajo).

La norma también depende, y mucho, de la localización geográfica. Pensemos en el hecho de llevar un arma encima, algo considerado normal en Estados Unidos y excepcional en Europa occidental. Diferentes culturas tienen diferentes costumbres, y la mera circunstancia de haber nacido en uno u otro sitio puede acentuar nuestro sentimiento de diferencia, aun cuando seríamos perfectamente normales en otro país. No obstante, no siempre media un océano entre ambos extremos. A veces lo que para nosotros es normal está en la mesa de al lado. En la misma cantina, los comensales de una mesa hablan únicamente de fútbol mientras en la de al lado se habla de política, y en la de más allá de cotilleos de oficina. Los de la puerta solo hablan de trabajo y los del fondo, de la cría de reptiles. Cuando el dueño de los terrarios se pasa a la mesa de los futboleros empiezan las burlas y las miradas a la pantalla del móvil.

Es probable que hayan oído más de una vez, cuando alguien les describía a otra persona, la frase «es un poco raro». Suele pronunciarse en plan de advertencia, para que nos andemos con cuidado.  La mayor parte de nosotros no tenemos ni tiempo ni ganas de comprender las rarezas de los demás, sencillamente esperamos que se adapten y nos fastidia cuando no lo hacen.

Con la diferencia ocurre como con los medicamentos: el veneno está en la dosis. Un poco de rareza es esperable y necesaria, pero cuando es muy grande nos aísla de los demás. En este caso veo tres opciones. Podemos optar por conformarnos, adaptarnos y acomodarnos. Ello implica que tendremos que renunciar, al menos en ciertas situaciones, a parte de lo que somos, escondiendo nuestra verdadera personalidad en pos de la conformidad. Otra posibilidad es, como decía Barney, amarnos «por ser el pequeño y singular copo de nieve» que somos y reivindicar nuestra forma de ser. Sin embargo, esto no servirá para todas las personas y situaciones, pues la necesidad de ser como el resto es a veces muy intensa (especialmente en la adolescencia) y el sentimiento de diferencia puede acabar perjudicándonos. La última salida, y que quizá sea la más recomendable siempre que sea factible, es buscar y trasladarnos al lugar al que pertenecemos. A veces es tan sencillo como sentarse en otra mesa.

lunes, 24 de marzo de 2014

Papá, ¿por qué somos del Atleti?

En el año 2000, tras el descenso del club a segunda división, el Atlético de Madrid lanzó una campaña publicitaria en la que un niño le preguntaba a su padre «Papá, ¿por qué somos del Atleti?», a lo que el progenitor no atinaba a responder, guardando silencio. «No es fácil de explicar. Pero es algo muy, muy grande» era el título del anuncio.

Foto de Kathleen Tyler Conklin
Si leen los comentarios del vídeo verán, como era de esperar, la típica discusión entre hinchas del Atleti y aficionados de otros equipos. Si leen los de cualquier vídeo de Los Simpson encontrarán el absurdo debate sobre si el doblaje de la serie es mejor en español de España o en español latino. Otro tanto ocurre con las canciones que abrían las series de la infancia de nuestra generación, cuya mejor versión siempre coincide con la que uno escuchó en su infancia (o la versión original en japonés, si procede), mientras que las demás son basura.

Estas discusiones están por todas partes. Allí donde haya más de una opción siempre hay bandos enfrentados dispuestos a informarnos de por qué el suyo es el mejor, a menudo con dos extremos reconocibles que aglutinan el grueso de opiniones. Cola-cao o Nesquik, Coca-cola o Pepsi, carne o pescado, tortilla de patatas con cebolla o sin cebolla, cerveza o vino, coches o motos, F. C. Barcelona o Real Madrid, Apple o Android, rap o ballet, Breaking Bad o The Wire. Precisamente al hilo de esta última se preguntaba Luis Tarrafeta a santo de qué discutimos con tanta pasión sobre asuntos tan triviales:
«Tengo mis comentarios respecto al “por qué”, pero el fenómeno es innegable. Nos hemos vuelto tan identitarios con nuestros gustos que hay incluso quien se ofende cuando no se comparten. O cuando se atacan, si lo preferís ver así, pero… aun con todo, ¿no es raro?
Es raro que pase cuando, como todo el mundo sabe (?), para gustos están hechos los colores.»
Nótese que la defensa partisana de las preferencias propias es de vieja data. Ya a principios del siglo XX José Ortega y Gasset incluyó esta característica en la estructura psicológica de lo que llamó el hombre-masa:
«[E]l hombre que analizamos se habitúa a no apelar de si mismo a ninguna instancia fuera de él. Está satisfecho tal y como es. Igualmente, sin necesidad de ser vano, como lo más natural del mundo, tenderá a afirmar y dar por bueno cuanto en sí halla: opiniones, apetitos, preferencias o gustos.»
Hace poco vimos que parece formar parte de la naturaleza humana esa disposición de los hombres a imponer a los demás como regla de conducta su opinión y sus gustos. También pienso, como Tarrafeta, que algo tienen que ver la afiliación y el reconocimiento, y que los gustos están relacionados con la propia identidad. Hay un concepto que los científicos sociales denominan «autoseñalización», cuya idea básica subyacente es que, pese a lo que solemos pensar, no tenemos una noción muy clara de quiénes somos. Según Dan Ariely:
«Por lo común creemos tener una visión privilegiada de nuestra personalidad y nuestras preferencias, aunque en realidad no nos conocemos muy bien (desde luego no tan bien como imaginamos). En vez de ello, nos observamos igual que observamos y juzgamos las acciones de otras personas —deduciendo de nuestras acciones quiénes somos y lo que nos gusta.
Por ejemplo, supongamos que vemos a un mendigo por la calle. En lugar de ignorarlo o darle dinero, decidimos comprarle un bocadillo. La acción en sí misma no define quiénes somos, la moralidad o el carácter, pero interpretamos el hecho como prueba de nuestra personalidad generosa y compasiva. Ahora, provistos de esta información «nueva», empezamos a creer más intensamente en nuestra benevolencia. Así funciona la autoseñalización.»
Escuchas un tipo de música, eliges una clase de ropa, ves cierto género de televisión, acudes a unos restaurantes concretos y ¡voilá! Eres rapero, indie, metalero, gótico, hipster o nada de lo anterior. De nuestras elecciones deducimos quiénes somos y lo que nos gusta. Si esa afirmación es cierta, entonces los gustos de una persona pueden decirnos cómo es de la misma manera que se lo dicen a ella misma.

En la mayoría de los casos, sencillamente elegimos A porque nos gusta más que B; nuestra aprobación o desaprobación se halla implicada en el placer que nos producen. Sin embargo, cuando alguien nos pregunta por qué preferimos A siempre podemos dar con alguna justificación aparentemente racional. De acuerdo con Kahneman el sistema encargado de dichas racionalizaciones es también el que da lugar a nuestra identidad, a quién creemos que somos:
«The attentive System 2 is who we think we are. System 2 articulates judgments and makes choices, but it often endorses or rationalizes ideas and feelings that were generated by System 1. You may not know that you are optimistic about a project because something about its leader reminds you of your beloved sister, or that you dislike a person who looks vaguely like your dentist. If asked for an explanation, however, you will search your memory for presentable reasons and will certainly find some. Moreover, you will believe the story you make up.»
Así pues, aquello que Gazzaniga llama «el intérprete» no solo tiene justificaciones para nuestros actos, sino también para nuestras preferencias.

Dar razones de nuestras preferencias a menudo es un tanto absurdo. Uno no determina sus gustos culinarios, verbigracia, tras un análisis racional de las opciones disponibles; si ese fuera el caso sería razonable pensar que nos preocuparíamos en hacer que nos guste aquello que más nos conviene, es decir, lo más sano. Pero nadie se levanta diciendo: «hoy me va a gustar el brécol», como mucho podrá cubrirlo de bechamel para hacerlo llevadero. Gustos y racionalidad se sitúan en planos separados, si bien tendemos a entremezclarlos y formar una cadena causal que no tiene sentido. Como dice Julian Biaggini:
«Preferir el vino tinto al blanco no es irracional, pero tampoco racional. La preferencia no se basa en razones, sino en gustos.»
De manera que el silencio del padre es ciertamente la respuesta más honesta a la pregunta que da título a esta entrada.