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lunes, 8 de agosto de 2016

La zona de confort

Pocos años atrás, Invisible Kid me envió un vídeo (creo que era este) que explicaba en siete minutos el concepto de la zona de confort y las maravillas que supone salir de dicha zona. Aquel vídeo me dejó la sensación de que había algo absurdo o erróneo en lo que trataba de transmitir pero no supe articularlo en palabras. Según ha ido pasando el tiempo y he visto a gente sacar a colación el concepto puedo expresar por fin aquel sentimiento.

La idea de la zona de confort está relacionada con el rendimiento óptimo. Hace más de un siglo, los psicólogos Robert Yerkes y John Dodson llevaron a cabo un experimento con ratones sobre la formación de hábitos. La ley que lleva su nombre establece la relación existente entre el rendimiento y el estrés:

La ley de Yerkes-Dodson recoge tres estados principales: desvinculación, flujo y sobrecarga. Cada uno de ellos tiene una enorme influencia en nuestra capacidad de rendir al máximo: la desvinculación y la sobrecarga dan al traste con nuestros esfuerzos, mientras que el flujo les saca partido.

[...
 ] La relación entre estrés y rendimiento, reflejada en la ley de Yerkes-Dodson, indica que el aburrimiento y la desvinculación activan una cantidad excesivamente pequeña de las hormonas del estrés segregadas por el eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal, con lo que el rendimiento se resiente. Cuando nos sentimos más motivados y vinculados, el «estrés bueno» nos sitúa en la zona óptima, donde funcionamos en plenitud de condiciones. Si los problemas resultan excesivos y nos desbordan, entramos en la zona de agotamiento, donde los niveles de hormonas del estrés son demasiado elevados y entorpecen el rendimiento.
Imagen de Wikimedia Commons

La zona de confort es un estado de bajo o nulo estrés. Es la zona a la que tendemos por razones obvias pues nos proporciona seguridad y tranquilidad mental. Sin embargo, también es donde surge el aburrimiento y donde tendemos a desconectar de lo que estamos haciendo. La ley de Yerkes-Dodson dictamina que si queremos dar lo mejor de nosotros mismos debemos salir de la zona de confort y soportar un nivel de estrés adecuado (ni poco ni mucho), siendo el punto ideal aquel que nos sitúa en lo que Mihály Csíkszentmihályi denomina «estado de flujo»:

[E]l estado en el cual las personas se hallan tan involucradas en la actividad que nada más parece importarles; la experiencia, por sí misma, es tan placentera que las personas la realizarán incluso aunque tenga un gran coste, por el puro motivo de hacerla.
Hasta aquí las definiciones. Según la psicología popular, grandes beneficios esperan a quienes tengan por norma salir de su zona de confort, beneficios que en ningún momento pongo en duda. No obstante, un examen más detenido nos permitirá ver la vacuidad de una norma de vida que apela a huir constantemente de la zona de confort.

La ley de Yerkes-Dodson es conocida intuitivamente por muchas personas. Quienes compiten en algún deporte, verbigracia, saben que no es posible igualar el rendimiento de una competición en un entrenamiento, pues para dar el máximo se necesita ese estrés externo impuesto por el resto de competidores. Los estudiantes, aunque sea a regañadientes, habrán de reconocer que los exámenes son necesarios para asimilar la materia. Y creo que todo trabajador ha podido experimentar en primera persona cómo la productividad es mayor cuando se acerca la fecha límite o hay cierta urgencia en obtener resultados. Por tanto, la idea de salir de la zona de confort está un tanto vacía por obvia, pues muchos ya saben de entrada que para mejorar es necesaria cierta cantidad de estrés positivo (eustrés). Sin embargo, mi desazón con este nuevo mantra no tiene que ver con el hecho de que su lección principal no sea nada nuevo sino con su desnudez práctica. Sigan conmigo mis ideas para entender a qué me refiero.

Como hemos dicho antes, la zona de confort equivale a rutina. En nuestra vida diaria tenemos decenas de rutinas y, por tanto, decenas de zonas de confort, desde la forma en que conducimos hasta la forma en que trabajamos o criamos a nuestros hijos. Digamos que una tarde se hallan ustedes tumbados en el sofá perdiendo el tiempo viendo vídeos de gatitos y alguien les envía el enlace que les he comentado al principio. ¡Eureka! ¡Para ser mejor y para aprender debo salir de mi zona de confort! Genial. Y ahora ¿qué? Obviamente, no podemos salir de todas las zonas de confort a la vez, pues eso sería una receta segura hacia el fracaso. Por otra parte, no todos los aspectos de nuestra vida son igualmente importantes: quizá queramos mejorar en unos y no nos importe estar estancados en otros. De manera que hemos de elegir y elegimos. Y ahí está la trampa: ¿cómo sabemos que las zonas de confort de las que elegimos salir no son aquellas de las que nos es más confortable salir? Imaginemos que queremos ser mejores padres, deportistas y trabajadores, y nos centramos en lo segundo. Cabe la posibilidad de que nuestros cachorros prefieran que hubiéramos elegido lo primero y de que nuestros jefes y compañeros prefiriesen que hubiéramos optado por lo tercero. El caso es que hemos decidido ser mejores atletas, así que cambiamos nuestro entrenamiento –haciéndolo más duro– para salir de nuestra forma de confort y nos felicitamos por haberlo hecho. Pero tal vez hemos elegido eso porque cambiar de plan de entrenamiento es más fácil que ser mejor padre o porque nos da un mayor chute de endorfinas que aprender a hacer mejor nuestro trabajo. La cuestión es que, de entre todo el abanico de posibilidades, hemos elegido salir de una zona de confort que puede no ser la que más nos convenga objetivamente. Paradójicamente, al intentar salir de la zona de confort hemos permanecido dentro de ella.

Todo el razonamiento anterior puede sonar a perogrullo o antojarse irrelevante pero, a mi juicio, es la causa de uno de los usos más enervantes de este consejo, a saber, el hecho de que quienes lo promulgan lo hacen porque es lo que harían ellos en la misma situación. Por ejemplo, hablan ustedes con un amigo y le comentan que su relación de pareja no va bien, a lo que su amigo responde que sería mejor terminarla y buscar una pareja nueva. Puede que a pesar de los problemas en su relación ustedes estén a gusto en la casa que comparten con su cónyuge. Su amigo, que tiene tendencia a cortar lazos románticos ante el primer problema, les suelta un discurso sobre lo malo que es conformarse y cómo deben ustedes salir de su zona de confort. Así, su asesoramiento es inútil para ustedes pues realmente no les dice nada que les sirva, ya que simplemente refleja cómo es la otra persona y qué haría ella en nuestro lugar. De hecho, esa otra persona, al seguir su propio consejo, también sigue dentro de su zona de confort, pero no lo ve así porque tendemos a identificar erróneamente el hecho de salir de la zona de confort con el mero cambio.

El otro uso habitual de esta exhortación es meramente retórico y se da cuando alguien quiere que hagamos algo que nosotros no queremos hacer. Recientemente me han ofrecido un puesto de mando intermedio que no tengo la mínima intención de aceptar, algo que desde el departamento de recursos humanos han tomado como resistencia al cambio sin pararse a pensar que todos estos años yo he acumulado un capital en forma de conocimiento técnico que no puedo echar por la borda para dedicarme a algo que ni siquiera me interesa. El absurdo de reorientar completamente nuestra carrera laboral solo por salir de la zona de confort queda patente cuando le damos la la vuelta a la situación y le proponemos a alguien de recursos humanos que deje su puesto actual y pase a la programación informática.

Su esfuerzo por convencerme seguramente se deba a que simplificaría su trabajo, ya que se librarían de tener que buscar a otra persona en el mercado de trabajo, aunque también puede darse el caso de que realmente piensen que a mí me vendría bien hacerlo. Eso es algo que también sucede a menudo: personas que nos dan consejos porque creen que son bueno para nosotros. Por más que su intención sea loable, lo cierto es que no dejan de ser situaciones paternalistas en las que otra persona presupone saber mejor lo que nos conviene que nosotros mismos. Cabe la posibilidad de que realmente sea así, y yo soy el primero en dudar de que cada uno de nosotros sepa realmente lo que mejor le conviene, pero la experiencia me dice que –de nuevo– los consejos que recibimos de los demás tienen más que ver con su personalidad y sus experiencias que con el hecho de ayudar a quien los recibe.

La zona de confort está relacionada con el aprendizaje y la mejora de nuestras habilidades; no es un arma arrojadiza para persuadir a los demás de hacer cosas que no quieren hacer ni una alabanza del cambio. La lección de la ley de Yerkes-Dodson es que para rendir mejor un poco de estrés en forma de exámenes, plazos límites o listones más altos ayuda bastante, todo lo cual, por otra parte, ustedes ya lo sabían de antemano.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Consejos vendo

Existe una expresión en el habla inglesa para referirse a esas personas que piden consejo constantemente pero que siempre acaban haciendo lo contrario de lo que les dicen. Los llaman askholes, un juego de palabras mezcla de ask (preguntar) y asshole (gilipollas). Sospecho que ustedes también conocen a mucha gente así.

Me atrevería a decir que todos somos askholes en mayor o menor medida. A menudo no buscamos un consejo sincero sino que nos digan lo que queremos oír (ya saben, el sesgo de confirmación). En esas ocasiones solo haremos caso si las sugerencias recibidas concuerdan con lo que ya teníamos pensado hacer (hay gente que incluso llega a pagar a un psicólogo para que le dé indicaciones que luego ignorará). Pero también puede ocurrir que no apliquemos el asesoramiento que nos dan porque no nos sea útil o practicable.

Foto de www.gotcredit.com
Edward Felten es profesor en Princeton y en 2011 comenzó a trabajar como jefe de tecnología en una agencia del gobierno de los Estados Unidos. Cuando se trata de asuntos técnicos, a menudo los políticos toman decisiones que se nos antojan absurdas o ridículas, lo cual no hace sino confirmar nuestra visión de ellos como seres carentes de seso, corruptos, aprovechados o ladrones. Sin embargo, para Felten la realidad es más complicada. En una magnífica charla cuenta sus experiencias tras dieciocho meses en el gobierno y explica por qué se aprueban leyes que parecen no tener sentido. También reflexiona sobre cuál es la mejor manera de asesorar a un político. Mientras le escuchaba me di cuenta de que sus intuiciones son generalizables y que podía aprender de él cómo dar mejores consejos en general.

Supongamos, dice Felten, que un amigo de otro país viene a visitarnos a nuestra ciudad y nos pregunta por un sitio en el que cenar. Este es un caso sencillo pero la pregunta podría tener más enjundia (¿debo cambiar de trabajo? ¿sigo luchando por mi relación?). Una primera aproximación al problema es no querer involucrarse demasiado en la vida de la otra persona, esto es, partir de la premisa de que no estamos capacitados para decirle a alguien cómo vivir su vida. Desde esta perspectiva podemos responder a su pregunta solo con hechos y dejar que el otro decida. De modo que le damos a nuestro amigo un mapa, la carta de cada restaurante en la ciudad y un libro sobre nutrición humana. De esta manera ya tiene todo lo que necesita para tomar una decisión informada.

Obviamente, hacer eso no va a servir de nada a nuestro amigo. Si ante la pregunta «¿debo cambiar de trabajo?» sacamos a colación la tasa de paro actual, el número de ofertas disponibles para su perfil laboral, los salarios y horarios disponibles, etcétera, no estamos siendo útiles. Todo ello son datos que nuestro amigo ya conoce de antemano o que puede buscar por sí mismo. Lo que él busca, continúa Felten, no son datos, sino nuestra valoración, nuestro juicio.

Pasemos ahora al extremo opuesto, es decir, a aquellas personas a las que les encanta decirles a los demás cómo vivir su vida. Cuando pedimos consejo a tales individuos lo que obtenemos es una decisión dictada («haz esto») con el añadido habitual de que, si no lo hacemos, nos tachará de idiotas. Este comportamiento es típico de personas con opiniones fuertes que están convencidos de que solo hay una forma de ver el mundo o hacer las cosas: la suya. Además creen que sus conclusiones deberían ser obvias para cualquier ser viviente, por lo que cualquiera que no piense como ellos o no hagan lo que ellos proponen es un desviado.

De acuerdo con el profesor de Princeton, decirle a alguien lo que tiene que hacer tampoco es la forma más apropiada de dar consejos. Siguiendo con nuestro ejemplo, lo que haría uno de estos dictadores es enviar al amigo a su hamburguesería favorita sin tener en cuenta si a este último le gustan las hamburguesas, tiene el colesterol alto o debe vigilar la ingesta de sal (y no digamos ya si resulta que su amigo es vegetariano, en cuyo caso le tomará por anormal directamente y le explicará con pelos y señales lo idiota que es por no comer carne). Por otro lado, pedir consejo no equivale a dar permiso para que nos digan cómo vivir nuestra vida. Cada uno de nosotros responde antes ciertas personas y ante sí mismo. En mi humilde opinión, decirle a alguien cómo vivir su vida es sobrepasarse:

We have to try to do the right thing on our own. We can ask for advice, we can read books, but in the end, we have to make our own decisions and live with them. There are no moral experts. There are no gurus so wise and clever that they can lead our lives for us. Living successfully and being moral isn’t a kind of knowledge at all. It’s a matter of making judgements based on our own experience and our own principles. We have to choose what we think is the correct course of action and hope that we’re more or less right.
La tercera forma de asesoramiento que analiza Felten es descargar nuestro cerebro. En el caso que nos ocupa lo que haríamos es decirle a nuestro amigo todo lo que sabemos sobre los restaurantes de la ciudad, cómo solemos decidir nosotros mismos dónde cenar, qué solemos aconsejar a otras personas, así como todos los pros y los contras que conocemos de cada sitio («este está muy lleno a partir de cierta hora», «en este otro te atienden muy despacio», etcétera). Al hacer esto es posible que nuestro amigo se convierta en un experto en los restaurantes de nuestra ciudad pero sigue sin saber dónde cenar porque muy probablemente no tendrá ni el tiempo ni las ganas necesarios para oír nuestra disertación.

¿Cómo podemos ser útiles a nuestro amigo? Para Felten es una cuestión de sumar a nuestro conocimiento los conocimientos de nuestro amigo y sus preferencias. Siempre habrá cosas que nosotros no sepamos y que sean relevantes a la hora de actuar, como el colesterol alto que hemos mencionado antes. La manera de proceder, por tanto, sería obtener de la otra persona su conocimiento y sus preferencias (¿tienes coche? ¿te gusta la comida picante? ¿eres alérgico a algún alimento? ¿te gusta probar cosas nuevas? ¿qué restaurantes sueles visitar en tu ciudad natal?). Con esa información podemos hacernos una idea de lo que le gusta y lo que realmente quiere y hacer un puñado de recomendaciones basadas en dicha información, mencionando las ventajas y desventajas en términos que sean importantes para la otra persona («en este sirven menú sin sal», «en este otro no hay platos sin gluten ni frutos secos»).

El inconveniente de este proceso es que requiere bastante comunicación y, por tanto, puede ser un poco lento. Hay que hacer unas cuantas preguntas, de cuyas respuestas se pueden derivar más cuestiones, así como recoger información sobre cómo fue la decisión («¿te gustó el sitio al que fuiste al final?») de forma que la próxima vez podamos aconsejar aún mejor. También es necesario que haya confianza mutua, sostiene finalmente Felten.

A mi juicio, una de las falacias más extendidas acerca de la toma de decisiones es que la calidad de la misma depende de los datos de los que disponemos. Lo cierto es que las decisiones de un político o un amigo no tienen por qué mejorar por el mero hecho de que les proveamos de una extensa lista de números o de hechos. Este año hemos hablado mucho sobre cómo los hechos por sí mismos no afectan a nuestras creencias como suponemos. También hemos hablado de cómo a nuestra mente no se le da demasiado bien manejar grandes cantidades de datos y determinar qué es realmente importante y qué no.

Al igual que los buenos sistemas, los buenos consejos tienen en cuenta tanto nuestros juicios como las preferencias, virtudes y limitaciones de quien los recibe. Puede que una combinación de ejercicios con cargas e intervalos de alta intensidad sea lo mejor para perder peso, pero a una persona con un gran sobrepeso probablemente le convendrá más andar que hacer ejercicios pliométricos. A alguien tímido y con baja autoconfianza no le servirá de mucho proponerle que se plante ante su jefe y le cante las cuarenta para conseguir un aumento. Y así siguiendo.

¿Servirán los buenos consejos para reducir el número de askholes? No tengo respuesta para eso. En cualquier caso, no se sientan askholes si ignoran todo lo expuesto aquí. Al fin y al cabo, ustedes no pidieron consejo sobre cómo dar consejos.

lunes, 28 de octubre de 2013

17 cosas que no me contaron sobre la vida

Mis padres hicieron lo que creyeron más conveniente, supongo, tratando de transmitirme las lecciones que juzgaron más correctas y valiosas. Cuando uno crece se da cuenta de que algunas de esas lecciones estaban equivocadas (y seguirlas a pies juntillas ya la he ocasionado más de un problema) mientras que otras se prueban ciertas bien pronto. Y aún queda un tercer tipo: las que solo se entienden cuando uno llega a la edad adecuada.

En el lado opuesto a las enseñanzas explícitas se hallan las omisiones, es decir, todo aquello de lo que no me advirtieron. Seguro que ustedes también querrían poder hablar con su yo pasado para sugerirle un par de cosas en aras de una vida más satisfactoria, transmitirle lo que llevan aprendido en su existencia presente para ahorrarse alguna hostia. Si yo pudiera hacerlo esto es lo que me diría. Notarán que algunos de los consejos que van a leer pueden considerarse contradictorios. No hay nada extraño en ello: las normas generales no son infalibles, y por ende no son aplicables en el cien por cien de las ocasiones. Puede haber matices y circunstancias adicionales que desaconsejen su uso. Decidir qué regla utilizar en qué situación queda a criterio de uno mismo.

Las notas no importan (casi nunca) más allá del aprobado. Un expediente brillante solo es necesario o útil en circunstancias muy concretas (cuando uno quiere optar a un puesto en Wall Street, por ejemplo), pero en la inmensa mayoría de ocasiones son irrelevantes. El éxito en el sistema educativo no es un indicador de capacidad personal ni sirve para pronosticar un próspero o nefasto porvenir.

Ninguna buena acción queda sin su correspondiente castigo. Es una mera cuestión de probabilidad, como dice Kahneman:
«I had stumbled onto a significant fact of the human condition: the feedback to which life exposes us is perverse. Because we tend to be nice to other people when they please us and nasty when they do not, we are statistically punished for being nice and rewarded for being nasty.»
«Cada cual para sí, zagal», le advertía el capitán Alatriste al joven Íñigo Balboa. Aunque les parecerá mal, nadie te culpará por preocuparte únicamente de ti mismo: es lo que todos esperamos que los demás hagan. Por contra, si quieres hacer algo bueno por alguien, tú verás. No esperes nada a cambio, ni siquiera un simple gracias. Primero, porque los actos de bondad deben hacerse por sí mismos, no por la recompensa. Segundo, porque la mayoría de nosotros somos unos desagradecidos. Algunas personas incluso te rechazarán directamente de mala manera cuando quieras ayudarles o tener algún detalle. Si no puedes soportar la ingratitud tienes dos opciones: aguantarte o no molestarte en dar.

Leer el periódico es perder el tiempo. «What about the need to be informed in order to be a responsible citizen?» le preguntaba Barbara Ehrenreich a una persona que había decidido dejar de ver las noticias sobre la guerra de Iraq. El hecho es que no vas a obtener información a base de leer la prensa diaria. Casi todo es ruido, relleno, como esos capítulos de Naruto en los que usan sus técnicas ninja para ganar una competición de Ramen. La mayor parte de lo escrito en prensa es irrelevante, sesgado, incorrecto o pura mentira.

No des lecciones a los demás si no te han preguntado. El equivocado podrías ser tú. Y, aunque estés en lo cierto, a nadie le gustan los sabiondos ni los presumidos. Si, verbigracia, les hablas de las bondades de las dietas bajas en azúcar o sin gluten te despreciarán con algún cliché manido del tipo «¿y lo rico que está?», «la vida es para disfrutarla» o «de algo hay que morir». Si le sugieres a alguien una manera de hacer mejor su trabajo te mandará a freír espárragos (cuanto más incompetentes somos, más ciegos estamos ante ese hecho). Y si –lo que es aún peor– pretendes que los demás actúen de cierta forma mejor será que te estés aplicando el cuento (aunque desde el punto de vista lógico eso sea irrelevante).

Alcohol. La costumbre de embriagarse con los amigos debe de ser tan antigua como el descubrimiento del alcohol por parte del hombre. Asume que si no participas te dejarán de lado, y que acudir a una reunión social de ese estilo y abstenerse del alcohol es como ir a una orgía y no quitarse la ropa. No viene a ser lo mismo. Es mucho más aburrido. Y es raro. Y a nadie le gustan los raros.

Empieza a ahorrar cuanto antes. Construir un capital activo que genere intereses suficientes para lograr la independencia financiera lleva tiempo, sobre todo cuando tu sueldo es una miseria. También necesitarás un colchón para imprevistos y otro para la jubilación. Para ahorrar no es necesario llevar una vida miserable, solo prestar atención a la manera en que gastas el dinero.

Tus amigos son aquellos que te tratan mejor de lo que te mereces. Da igual lo tonto, aburrido, desagradable, maquiavélico o mezquino que seas, siempre encontrarás a alguien que te apreciará a pesar de tus defectos y te dará más de lo que tú a él (o ella). Es la parte positiva de que haya gente para todo.

No te creas nada de lo que te dicen. El escepticismo es una buena heurística en general, no solo en ciencia. Hablar no cuesta nada. Las personas no somos conscientes de nuestros autoengaños y contradicciones internas. Hablamos para defender nuestros intereses. Hablamos para persuadir a los demás. Los actos son mejores portadores de información: hablan por sí mismos. Como dice el refrán, obras son amores y no buenas razones.

Los expertos de radio y televisión no tienen ni idea. Están en antena porque dan juego, no porque sus pronósticos sean acertados o sus razonamientos incólumes.  «El periodismo», escribe Nassim Taleb, «es puro entretenimiento, y no una búsqueda de la verdad, sobre todo cuando se trata de radio y televisión».

Cuidado con el individualismo. Si tus amigos se tiran por un puente, considera seriamente hacerlo tú también. «Failing in a herd rarely has adverse consequences», que dice Raghuram Rajan. Formar parte de la manada tiene muchas ventajas. No sale a cuenta ser un bicho raro.

No engordes durante la adolescencia. Cargarás con los adipocitos extra el resto de tu vida. Cuanto menos azúcar consumas, mejor. Nada de chocolate con menos del 70% de cacao (no te preocupes, te acostumbrarás al sabor y con el tiempo podrás elegir una variedad cada vez más pura).

Aléjate de las drogas. No solo de las recreativas, sino de los medicamentos en general (a no ser, obviamente, que sean imprescindibles, lo que ocurre menos a menudo de lo que pensamos). El negocio farmacéutico encierra muchos riesgos ocultos en sus productos. Es mejor aguantar un dolor si es posible y corregir la causa del mismo que tragar un cóctel de paracetamol, ibuprofeno y metamizol.

Cuidado con seguir las normas. A menudo están puestas para proteger el statu quo. Otras veces los resultados no son los que se dan por sentado. Se suponía que estudiar para obtener una licenciatura llevaría a conseguir un buen trabajo con el que poder comprar una casa para tu familia. Que se lo digan a los españoles.

Es inútil tratar de agradar a todo el mundo. Haters gonna hate, que dicen por la internet: algunos te odiarán hagas lo que hagas, digas lo que digas (o hagas lo que no hagas y digas lo que no digas). Además de eso hay quien se comporta como si fuera la última coca-cola del desierto y se aprovecha de tus ganas de caer bien. Ándate con ojo o te explotarán, dejándote seco física, emocional y financieramente.

No seas nenaza. Los hombres no lloran. La autoconsciencia, el hecho estar conectado con el mundo interior de tus sentimientos, no es una cualidad bien valorada. La sociedad no es tan tolerante con esto como se supone.

La vida no es una serie de televisión americana. Aquellas escenas en las que dos personajes hablan de sus sentimientos y solucionan sus problemas de forma razonable son tan inverosímiles como el argumento de The Walking Dead. Tratar de discutir asuntos emocionales es absurdo y estéril en la mayor parte de los casos.

Esta es mi lista (por ahora). Obviamente es un reflejo de mis experiencias y muestra mis cicatrices. No trata sobre hacer lo correcto, sino de cómo compensar mis debilidades para ir tirando sin tanta acrimonia. Me encantaría saber qué se dirían a ustedes mismos. Compártanlo en los comentarios si lo creen conveniente.