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lunes, 9 de junio de 2014

Así obro yo

Ocurre que a Cucufato su (ex)socio Demetrio le ha estropeado un negocio prácticamente asegurado que venía unido a una lustrosa multitud de euros, dinero muy necesario para mantener a flote la empresa que comandaban. La desavenencia ha llevado a Cucufato, en un arrebato inusual, a hacer públicas alharacas sobre el asunto, quién sabe si para regular sus emociones. La causa prima de tamaña tragedia es, según diagnóstico del propio Cucufato, que el susodicho malasombra ha antepuesto sus intereses personales a los del bien colectivo. Nótese la deliciosa ironía: un empresario que se bate en arena capitalista juzgando el egoísmo como reprobable rasgo de carácter cuando, según las reglas del juego en que participa con gusto (es el primero en anteponer su bienestar al del conjunto), la búsqueda del interés propio no es sino virtud, el ánima que pone en movimiento la mano invisible. Recordemos las celebérrimas palabras de Adam Smith:
«No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero de la que esperamos nuestra cena, sino del cuidado que pone en su propio interés. No nos dirigimos hacia su humanidad sino a su egoísmo, y jamás le hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas.»
Foto de Christiaan Tonnis
Un abanderado atravesado por el asta de la enseña que portaba. El karma, dirían algunos. A veces se nos olvida que los preceptos que defendemos pueden volverse en contra nuestra. Cuando ello ocurre tendemos a pasarnos al bando opuesto sin pestañear, y sin notar menoscabo en nuestra integridad. Nuestra filosofía se mece al vaivén de los vientos que soplan en nuestra circunstancia.

En fin. Sin entrar en detalles, según cómo acabe la historia de Cucufato puede que próximamente centenares de personas pasen a formar parte de la lista de desempleados. Algunos de ustedes pensarán: «qué cabrón el Demetrio este, menuda puñalada trapera». Otros quizá se digan que aquí cada cual para sí, el que pueda que se aplique y exprima, y tonto el último.

Cabe preguntarse hasta qué punto está bien perseguir el interés personal cuando las consecuencias para otros, aun sin ser mortales, son nefastas. ¿Debe procurarse un sistema que dé a cada individuo plena libertad para perseguir los fines que tiene razones para valorar, sin entrar a valorar dichos fines? ¿O es moralmente aceptable violar o limitar de algún modo la libertad individual si eso beneficia al bien común? Esa es básicamente la discusión que mantenían, como recordarán, Rawls y Nozick. Para Rawls las desigualdades sociales y económicas han de estar dispuestas de modo que acaben beneficiando a todos. Este principio de justicia propicia una redistribución de la riqueza que busca la opción más beneficiosa para quienes están peor. En el ejemplo del que hablamos en su día eso significaba que era justo aplicar impuestos más altos a quienes más dinero tienen para paliar el infortunio de los desfavorecidos. Recordarán también la postura opuesta de Nozick, para quien no hay más derechos que los naturales, y que según él se reducen a las libertades individuales y el derecho a la propiedad. Para él es inmoral que el Estado le quite a alguien lo que ha ganado legalmente, independientemente de que eso se haga para aliviar el sufrimiento de otros. En lo que respecta a la función del Estado, para Nozick el respeto a las libertades individuales prima sobre el bien común. Por último, recodarán que en aquel artículo trajimos a colación la tesis de MacIntyre según la cual no podemos suscribir virtudes universales.

Rawls y Nozick no son dos personas de a pie a quienes el periodista de turno aborda en una calle concurrida para preguntarles si le parece bien que los impuestos sean más altos para las clases más altas, y que solo tienen unos segundos para responder. Cualquier persona, ante una pregunta así, contesta de forma rápida e intuitiva, guiada por una sensación visceral más que por un sólido razonamiento. Por contra, estos dos filósofos compusieron sendas obras defendiendo sus ideas en las que argumentaban de forma contundente. Sus libros fueron leídos y criticados, y las críticas fueron contestadas. La mayoría de nosotros no sometemos a tamaño escrutinio nuestras ideas y los argumentos que las sostienen, lo que permite a nuestras convicciones mantenerse en pie en virtud de la ilusión de competencia, aplicada aquí a un razonamiento.

Obsérvese, no obstante, un rasgo común entre una persona cualquiera y un filósofo de renombre. Alguien nos pregunta si está bien quitarle al rico para darle de comer al pobre, miramos en nuestro interior y decimos «sí» o «no». Cuando Nozick y Rawls tratan de explicar por qué la respuesta ha de ser afirmativa o negativa llegan a un punto en el que deben elegir ciertos principios como base de su argumentación. Recordemos que dichos principios fundamentales no pueden elegirse en virtud de otros superiores: han de ser autoevidentes. Entonces son estos filósofos quienes, a través de sus sensaciones, seleccionan unos principios y desechan otros. Al final ambas situaciones se solventan recurriendo a intuiciones morales, tal como nos decía David Hume. Hemos vuelto al punto de partida. Jonathan Haidt explica que
«Intuitions come first, strategic reasoning second. Moral intuitions arise automatically and almost instantaneously, long before moral reasoning has a chance to get started, and those first intuitions tend to drive our later reasoning. If you think that moral reasoning is something we do to figure out the truth, you’ll be constantly frustrated by how foolish, biased, and illogical people become when they disagree with you. But if you think about moral reasoning as a skill we humans evolved to further our social agendas—to justify our own actions and to defend the teams we belong to—then things will make a lot more sense. Keep your eye on the intuitions, and don’t take people’s moral arguments at face value. They’re mostly post hoc constructions made up on the fly, crafted to advance one or more strategic objectives.»
Eso no quiere decir que todo valga y todas las opiniones sean igualmente válidas (o no válidas) porque en última instancia partan de una sensación visceral; al fin y al cabo, hay razonamientos buenos y malos, y los paradigmas pueden ser mejores o peores. Estoy convencido, por ejemplo, de que un marco de ética mínima en el que se nos prohíbe matarnos unos a otros es mejor que otro donde impere la ley de la selva. Sostener tal cosa es una petición de principios y, no obstante, sospecho que muchos de ustedes estarán de acuerdo conmigo.

Nuestras creencias tienen un punto de partida, y ese punto de partida revela algo sobre nosotros. Dónde lo situamos nos dice qué valoramos y, por ello, retrata cómo somos. Cuando ya no hay sitio para la argumentación se muestra nuestra naturaleza, nuestro carácter sale a relucir. ¿Recuerdan la frase de aquel padre: «eso es en lo que creo, y así es como vivimos»? A mediados del siglo XX, Ludwig Wittgenstein había recogido ese mismo pensamiento aplicado a la filosofía en general. Y así, en sus Investigaciones filosóficas escribió:
«Una vez he agotado todas las fundamentaciones, me topo con un lecho de roca dura y mi pala se dobla. Entonces me siento inclinado a decir: "Así obro yo"»

lunes, 7 de abril de 2014

Así es como vivimos

Andábamos por la cafetería y en varias mesas se discutía lo acontecido en las manifestaciones del pasado 22 de Marzo. Pasando al lado de una de esas mesas oí a un tipo afirmar casi a gritos que «el problema es que siempre hay cuatro perroflautas de los cojones». Su lenguaje corporal (puños en la cadera, echado hacia delante sobre la mesa, presto para levantarse a la menor provocación) indicaba que no estaba por la labor de que alguien le contradijera. Me estaba alejando de su sitio, así que no pude escuchar su conclusión, pero tampoco era necesario. «Cuatro perroflautas de los cojones». Es todo lo que necesitaba saber.

Foto de maxf
La noche del sábado estuve siguiendo el transcurso de la manifestación vía Twitter. Para cuando empezaron los palos las aguas ya se habían separado. A un lado estaban quienes subían o retuiteaban fotos de aquellos que habían sido heridos por la policía, echando pestes del cuerpo. Al otro lado se hallaban los que ponían el grito en el cielo por las marquesinas de autobús rotas y la cifra en constante aumento de policías lastimados. Ambos bandos se encontraban mutuamente en largos hilos de reproches e insultos mutuos. Como de costumbre, todo el mundo tenía la razón.


En los últimos artículos hemos estado hablando de cómo siempre tratamos de persuadir a los demás, y de cómo defendemos con vehemencia posturas que no tienen justificación racional alguna, como nuestra serie favorita. Vimos que las preferencias se basan en gustos, no en razones, pero que cuando nos preguntan por las primeras podemos ofrecer un florilegio de estas últimas, lo que nos confunde y nos hace pensar que en verdad hay razones objetivas que sustenten nuestra elección. Lamentablemente, exhibimos el mismo comportamiento en asuntos de cierta enjundia, como la política o la ética. Considere las siguientes cuestiones. ¿Deben pagar más impuestos los más ricos? ¿Debería legalizarse la marihuana? ¿Y el aborto? ¿Las personas que contraten un seguro de salud privado deben recibir un descuento en sus impuestos? ¿Deberían prohibirse las corridas de toros? ¿Los movimientos migratorios deben facilitarse o impedirse? ¿El uso público del burka y el niqab debe prohibirse? ¿La autoridad debe respetarse o cuestionarse? ¿Debe el gobierno ayudar a los desfavorecidos o limitarse a asegurar el cumplimiento de la ley? ¿Es legítimo emplear la violencia en algún caso? ¿Los símbolos religiosos deben salir de las escuelas públicas? ¿Está a favor o en contra de la pena de muerte?

Seguramente ha podido responder a todos estos interrogantes en un breve lapso de tiempo. Lo importante aquí no son las respuestas en sí, sino el proceso que le ha llevado a ellas. ¿A cuántas ha respondido «sí» o «no»? ¿Cuántas veces ha pensado «depende»? ¿En algún caso se ha dicho «no lo sé, nunca he pensado sobre eso»? Son preguntas difíciles, con muchos matices posibles y ramificaciones invisibles al primer vistazo. Según Kahneman, cuando nos enfrentamos a preguntas de tal calibre normalmente respondemos –sin darnos cuenta– a una pregunta más fácil, un proceso llamado sustitución:
«[Paul] Slovic eventually developed the notion of an affect heuristic, in which people make judgments and decisions by consulting their emotions: Do I like it? Do I hate it? How strongly do I feel about it? In many domains of life, Slovic said, people form opinions and make choices that directly express their feelings and their basic tendency to approach or avoid, often without knowing that they are doing so. The affect heuristic is an instance of substitution, in which the answer to an easy question (How do I feel about it?) serves as an answer to a much harder question (What do I think about it?)»
Por ello, a menudo nuestro juicio es en realidad un juicio emocional. Tal como explica Daniel Goleman (el énfasis es mío):
«Las reglas de decisión derivadas de nuestra experiencia vital se basan en las redes neuronales subcorticales que recopilan, almacenan y aplican algoritmos a cada uno de los acontecimientos vitales y establecen el rumbo de nuestro timón interior. En esas regiones subcorticales, escasamente conectadas con las áreas verbales del neocórtex, aunque mucho más con las vísceras, guarda el cerebro nuestras sensaciones más profundas de propósito y significado. Conocemos nuestros valores partiendo de la sensación visceral de lo que nos parece adecuado e inadecuado y articulando luego ese sentimiento
Los experimentos de psicología social y las técnicas de imagen cerebral han venido a demostrar algo que David Hume (y otros antes qué él) ya denunciaron: formamos nuestros juicios morales de forma rápida y emocional. En un célebre pasaje de su Tratado de la naturaleza humana el filósofo escocés observó:
«Tomemos una acción que se estima ser viciosa: el asesinato intencional, por ejemplo. Examinémoslo en todos sus aspectos y veamos si se puede hallar algún hecho o existencia real que se llame vicio. De cualquier modo que se le considere, sólo se hallan ciertas pasiones, motivos, voliciones y pensamientos. No existen otros fenómenos en este caso. El vicio nos escapa enteramente mientras se le considere como un objeto. No se le puede hallar hasta que se dirige la reflexión hacia el propio pecho y se halla un sentimiento de censura que surge en nosotros con respecto a la acción. Aquí existe un hecho; pero es objeto del sentimiento, no de la razón. Está en nosotros mismos, no en el objeto. Así, cuando se declara una acción o carácter vicioso no se quiere decir sino que por la constitución de nuestra naturaleza experimentamos un sentimiento o afección de censura ante la contemplación de aquél. El vicio y la virtud, por consiguiente, pueden ser comparados con los sonidos, colores, calor y frío, que según la filosofía moderna no son cualidades en los objetos, sino percepciones en el espíritu, y este descubrimiento en moral, lo mismo que otros en la física, debe ser considerado como un avance considerable de las ciencias especulativas, aunque, lo mismo que éstas, no tiene o tiene poca influencia en la práctica. Nada puede ser más real o interesarnos más que nuestros propios sentimientos de placer y dolor, y si éstos son favorables a la virtud y desfavorables al vicio no puede ser requerido nada más para la regulación de nuestra conducta y vida.»
La defensa argumental subsiguiente con la que torturamos a los otros es más que nada una búsqueda post hoc de razones para justificar los juicios que ya hemos hecho, no una descripción del impecable razonamiento lógico que nos llevó a nuestra conclusión. En palabras de Michael Shermer:
«Rara vez alguno de nosotros se sienta ante una relación de hechos, sopesa los pros y los contras y opta por lo que parece más lógico y racional sin tener en cuenta lo que creíamos con anterioridad. Al contrario: los hechos del mundo nos llegan a través de los filtros coloreados de las teorías, las hipótesis, las corazonadas, las inclinaciones y los prejuicios que hemos ido acumulando al o largo de nuestra vida. Entonces revisamos el corpus de datos y escogemos los que confirman lo que ya creíamos, prescindiendo o desechando mediante racionalizaciones los que no nos cuadran.»
La mayor parte de nuestras creencias, pues, son fruto de la genética y el ambiente, de nuestro pasado y de nuestro entorno, exactamente igual que nuestros gustos. A menudo me pregunto si yo tendría ideas políticas y valores éticos diferentes de haber nacido en otra época, en otro país u otra clase social, si mi familia estuviera formada por ricos empresarios en lugar de gente llana trabajadora. Sospecho que la respuesta es «sí». El ejemplo más palpable es cómo afecta la edad a nuestro marco de creencias, proceso que Churchill resumió en el aforismo «quien a los veinte años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los cuarenta lo siga siendo, no tiene cabeza». En este punto no puedo resistirme a traer de nuevo a colación esa cita de Ortega y Gasset a la que ya recurrí en otro contexto:
«Cada cual cree vivir por su cuenta, en virtud de razones que supone personalísimas. Pero el hecho es que bajo esa superficie de nuestra conciencia actúan las grandes fuerzas anónimas, los poderosos alisios de la historia, soplos gigantes que nos movilizan a su capricho.»
En David y Goliat Malcolm Gladwell cuenta la historia de Wilma Derksen, una mujer cuya hija fue asesinada. En el funeral recibió la visita de un hombre cuya hija también había muerto a manos de un indeseable. Este visitante anónimo le contó cómo había sacrificado todo en su búsqueda de justicia: su familia, su trabajo, su salud... Por su parte Wilma, que como menonita había sido criada en el pacifismo, combatió todo instinto de venganza y renunció incluso a la búsqueda del asesino. «Toda la filosofía menonita se resume en que hay que perdonar y no guardar rencor», le dice al periodista. Su comportamiento era reflejo del de su padre, quien en su momento decidió no demandar a alguien que le debía mucho dinero, optando en su lugar por olvidarse del tema. La respuesta del padre resume perfectamente lo que he tratado de expresar aquí: «eso es en lo que creo, y así es como vivimos».

lunes, 16 de diciembre de 2013

Citius, altius, fortius (y III)

Personalmente, no tengo una opinión clara acerca del dopaje. En lo que respecta al equipamiento sería fácil ser un purista: los deportistas deberían ir a pelo. Nada de bicicletas contrareloj, ni de bañadores de última generación, ni siquiera zapatillas; a correr y saltar descalzos y en pelota picada. Y nada de comer o beber durante la competición. El hecho de que en las ultramaratones haya puntos de descanso estaría contraviniendo el espíritu de tal competición: una carrera de resistencia pura no debería permitir rellenar el tanque de gasolina. No obstante, esos juicios son fácilmente objetables: a ver quién es el guapo que propone unos juegos olímpicos de invierno con atletas desabrigados.

Respecto a la sustancias para aumentar el rendimiento, en el momento en el que se permite que los atletas tomen algo más que pan y agua empiezan las problemas. Nadie sabe muy bien cuál es el criterio que guía a quienes elaboran la lista de prohibiciones:
«Although not explicitly stated the idea appears to be that nutritional supplements present at high concentrations that participate in bulk metabolic reactions are fine; hormones and other signalling molecules present at lower concentrations that control the rate of these reactions are banned. The exception to this rule is caffeine. It fits completely in the low concentration signalling category, is not even a natural hormone, but remains fully supported by sporting bodies and has been removed from all banned lists. As a legal, recreational drug in society, sport has given up trying to regulate its use, leading to this anomaly.»
Algunos creen que la distinción gira en torno a lo natural y lo artificial, pero ambos son conceptos difusos que no llevan a ninguna parte. El cuerpo no produce cafeína de forma natural, pero sí testosterona. La primera no está prohibida, la segunda sí. La creatina es producida por el cuerpo, pero también puede obtenerse de la carne y el pescado. Los suplementos de creatina mejoran el rendimiento en esfuerzos anaeróbicos intermitentes de corta duración, como un esprint de cien metros; sin embargo, no están prohibidos por la WADA. Como tampoco lo están los multivitamínicos, que de naturales tienen bien poco, y son utilizados incluso por poblaciones sedentarias. Mucha gente cree que los polvos de proteína son una especie de dopaje, pero en realidad se sitúan en la misma categoría que el Gatorade en polvo: se trata simplemente de un macronutriente aislado (y están permitidos). Pero mientras el Aquarius es una bebida de uso común gracias a la publicidad («la vida es un deporte muy duro», decían los anuncios) los batidos de proteína son un producto de gimnasio que evocan la imagen del hombre sobredesarrollado asiduo de la jeringuilla. A mi modesto entender todo se reduce a una cuestión de imagen: si la droga es aceptada socialmente, como la cafeína, no hay problema. Si de alguna manera evoca la metáfora del yonqui, entonces se proscribe.

Imagen de Mel B.

Hemos analizado el argumento de la salud y visto cómo hace aguas. La UCI prohíbe la EPO, pero no los somníferos de los que David Millar (y otros muchos ciclistas según él) abusaban, y que son perjudiciales a largo plazo. Vimos que el deporte profesional es perjudicial para la salud. Un lineman que haya jugado al menos cinco años en la NFL tiene una esperanza media de vida de cincuenta y dos años, según señala Brenkus. La duración media de la carrera de un futbolista americano profesional es de tan solo tres años. Los riesgos de los esteroides palidecen frente a los de la práctica diaria. Eso no quiere decir, obviamente, que no debamos hacer cuanto esté en nuestra mano para proteger a los deportistas. No dejamos, verbigracia, que salgan a correr a trescientos kilómetros por hora sin casco solo porque las carreras sean peligrosas en sí mismas; es solo que si esa fuera la verdadera razón habría otras maneras de actuar. Sin embargo, la protección de la salud sí parece aplicable a las categorías inferiores, donde los participantes copian los métodos de los profesionales pero no tienen los mismos recursos que ellos. Los deportistas amateur no cuentan con médicos experimentados que sepan lo que hacen y material de calidad: recurren a esteroides de contrabando, abusan de las drogas o se hacen las autotransfusiones en condiciones nada higiénicas. El resultado es que algunos de ellos mueren.

Quizá el dilema del dopaje está en que sustituye la cuestión de quién se esfuerza más o tiene más talento por la de quién tiene más valor y menos respeto por sí mismo para atreverse a probar cualquier cosa, por arriesgada que sea, con tal de ganar. O por la de quién responde mejor al tratamiento. En una entrada anterior dije que si desapareciera la lista de productos prohibidos todos jugarían en un campo nivelado. Pero eso tampoco es cierto, pues las sustancias afectan de forma diferente a cada persona. Hay quien responde más a sus efectos y quien lo nota menos. Algunos sacan más tajada del entrenamiento adicional que permiten llevar a cabo estos productos y otros menos. Coyle señala:
“En resumidas cuentas: la EPO y otras sustancias no equilibran el campo de juego fisiológico, tan sólo lo cambian a nuevas áreas y lo distorsionan. Tal y como dice el doctor Michael Ashenden: «El ganador en una carrera con dopaje no es el que ha entrenado más duro, sino el que ha respondido mejor a las drogas a nivel fisiológico».”
No obstante, incluso en el estado natural de atletas «limpios» ya hay diferencias en la respuesta al entrenamiento. Hace algunos años hablamos de que no todos partimos en realidad de la misma línea de salida. El dopaje podría usarse como una forma de ayudar a los más desaventajados por la naturaleza. Esto, por supuesto, plantea todo tipo de problemas prácticos. Es más fácil legislar de la forma «o todos o ninguno».

Como posible solución al debate sobre el dopaje se podría considerar crear competiciones separadas para aquellos que lo usan y aquellos que no, de la misma forma que hay competiciones masculinas y femeninas. Eso es algo que ya ocurre en el culturismo, donde hay campeonatos de culturismo «natural», en los que se llevan a cabo controles antidopaje, y otros que siguen una política de total tolerancia. En otro deporte de pura fuerza, el powerlifting, hay federaciones, campeonatos y récords separados según el competidor utilice o no una camisa compresora (dicha camisa incrementa el peso que uno puede levantar entre un veinte y un treinta por ciento). El motociclismo celebra carreras separadas para cada cilindrada. Los deportes de lucha cuentan con categorías por peso. Los Juegos Paralímpicos refieren una amplia gama de clases que reflejan las diferentes capacidades físicas de los deportistas. Y así siguiendo.

Si les ha interesado todo esto pueden empezar por leer Run, Swim, Throw, Cheat: The Science Behind Drugs in Sport, de Chris Cooper. La obra The Sports Gene: Inside the Science of Extraordinary Athletic Performance es una fascinante lectura sobre esos atletas extraordinarios dopados de nacimiento. Si practican algún deporte y quieren aumentar su rendimiento con sustancias legales les interesará Nutrición y ayudas ergogénicas en el deporte (o su versión actualizada). Michael J. Sandel expone su argumento moral en contra del dopaje en Contra la perfección: la ética en la era de la ingeniería genética. Si lo que les va es el morbo, el libro de Tyler Hamilton Ganar a cualquier precio es el que más detalles proporciona. Por último, no dejen de ver el documental de Chris Bell del que les hablé en otro contexto. Realmente vale la pena.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Citius, altius, fortius (II)

En la entrada anterior me referí al hombre que me adelantó con su ciclomotor cuando iba en bicicleta como tramposo. ¿Dónde reside la trampa exactamente? Una posible respuesta es que él no estaba haciendo uso de sus capacidades físicas para superar el ascenso, sino que había delegado parte del trabajo en un motor de combustión; se supone que la esencia del ciclismo es propulsar la bicicleta únicamente con la fuerza de las propias piernas. Otra forma de verlo es que él contaba con una ayuda de la que yo carecía. De haber tenido mi propio motor de bici ¿habría dejado de haber trampa, o nos habríamos convertido ambos en tramposos (o en motociclistas)? En este último caso volveríamos al punto en el que nos veíamos obligados a decidir qué ayudas mecánicas externas son aceptables. Pero si damos por buenos ciertos avances del equipamiento en el deporte, entonces la trampa desaparece: mientras todos los deportistas tengan acceso a dichos avances, nadie tiene derecho a quejarse. De la misma forma, si todos se dopan entonces ya no hay trampa en el sentido de tener una ventaja sobre el resto, razonamiento que muchos ciclistas en el pelotón han utilizado para justificar su conducta.

Foto de istolethetv
Parte del problema con las drogas en el deporte es que, al estar prohibidas, solo algunos atletas se atreven a poner en juego sus carreras arriesgándose a usarlas, lo que relega a los más cautos a un injusto segundo plano. También se sienten injustamente tratados quienes no tienen ningún problema médico que requiera tratamiento con alguna sustancia prohibida, pues no pueden acogerse a las perfectamente legales exenciones de uso terapéutico. David Millar cuenta en su libro cómo su equipo alegó una tendinitis para poder inyectarle cortisona, una táctica que según Tyler Hamilton el U.S. Postal utilizó con Armstrong (la cortisona, entre otras cosas, ayuda a combatir la fatiga y mejora la recuperación). Si en algunos casos es lícito que un deportista utilice sustancias prohibidas, o si no es posible asegurarse de que ninguno lo haga, una manera de eliminar la ventaja de unos sobre otros podría ser levantar totalmente la prohibición, de manera que todos tengan acceso a los mismos métodos para potenciar el rendimiento. Aún entonces podría haber una situación de desventaja para aquellos que no se atrevan a hacer uso de las sustancias potenciadoras del rendimiento por el temor de perjudicar su salud a largo plazo.

Anteriormente he dicho que el uso de un motor externo en el ciclismo constituye una trampa evidente porque traslada el esfuerzo del propio cuerpo a un mecanismo externo. En este sentido se podría argumentar que el dopaje debe estar prohibido por constituir un atajo o una forma de ganar sin sacrificio mediante (el argumento del esfuerzo explicaría, de paso, la prohibición de las cámaras hiperbáricas y las autotransfusiones de sangre). Pero no es tan sencillo. Si bien los ciclistas afirman que la EPO puede convertir a un burro en un caballo de carreras, el hecho es que no ahorra ni una gota de sudor. Tal como dice Tyler Hamilton:
«La gente cree que doparse es para vagos que quieren evitar el trabajo duro. Puede que eso sea cierto en algunos casos, pero en el mío, igual que en el de muchos ciclistas que conocía, era precisamente lo contrario. La EPO proporcionaba la capacidad de sufrir más, de obligarte a llegar más lejos y con más fuerza de lo que jamás hubieras imaginado, tanto entrenando como en carrera. Recompensaba justo aquello en lo que yo era bueno: tener una estupenda ética laboral y presionarse al límite y superarlo.»
Hormonas como la testosterona y la eritropoyetina no evitan que uno deba trabajar duro, pero sí hacen dicho esfuerzo más rentable y, al acelerar la recuperación, permiten que pueda llevarse a cabo más a menudo.

La última razón que veremos para prohibir las drogas que aumentan el rendimiento es puramente moral. Los productos dopantes habrían de estar vedados porque violan el espíritu deportivo, de acuerdo con el cual uno debería hacer uso únicamente de los propios dones y capacidades naturales para ejercer su actividad. De lo que se trataría es de llegar a ser el mejor a través de un entrenamiento y un esfuerzo disciplinados, llevados a cabo con perseverancia y combinados con nuestro talento. Constancia, determinación, voluntad, lucha y genio son las cualidades que esperamos lleven a un atleta a lo más alto, no una jeringuilla combinada con un cóctel de pastillas. Lo hermoso de la historia de Armstrong era que se trataba de un hombre que logró ganar siete veces el Tour de Francia tras superar un cáncer con métastasis (dejaremos de lado, al menos por el momento, la ingenuidad de pensar que es posible ganar una carrera de tres semanas y 3.200 kilómetros a base únicamente de colacao y crispis). Queremos que gane el mejor, no el más drogado.

La importancia que atribuimos a la esencia del deporte es más fácil de ver en una competición como la Fórmula 1, donde la tecnología puede llegar a primar sobre la labor del deportista, como hemos visto durante el campeonato de este año, o como ocurrió a principios de 2009 con Brawn GP y sus difusores dobles. Para algunos lo ideal es que ganara el mejor conductor. Sin embargo, cuando se tiene un coche muy superior no hace falta ser el mejor. Este hecho molesta a quienes piensan que ello altera el sentido de la competición, y fue una de las razones de que se eliminara el control de tracción en 2008: en aras de la pureza del deporte habría que trasladar el mayor número de tareas de conducción al piloto, no al coche (algo con lo que otros estarían en desacuerdo aduciendo que la Fórmula 1 trata de una lucha entre pilotos por llegar el primero, pero también entre equipos por construir el mejor coche).

Esta premisa de «mantener el espíritu del juego» elimina la distinción entre mejoras de equipamiento y ayudas ergogénicas. Independientemente de su naturaleza, todas ellas habrían de estar prohibidas si corrompen el deporte. Según Michael Sandel:
«Naturalmente, no todas las innovaciones en el entrenamiento y el equipo son una corrupción del juego. Algunas de ellas, como los guantes de béisbol y las raquetas de grafito para los tenistas, contribuyen a mejorarlo. ¿Cómo distinguir los cambios que mejoran un deporte de aquellos que lo corrompen? Ningún principio simple puede resolver la cuestión de una vez por todas. La respuesta depende de la naturaleza del deporte y de si la innovación contribuye a destacar u oscurecer los talentos y las habilidades que distinguen a los mejores jugadores.»
Consideremos el caso de los esteroides anabolizantes. Los anabolizantes son al cuerpo lo que los ingenieros al bólido de Fórmula 1: ambos tienen por objetivo procurar un motor más potente y un chasis mejor. En ningún deporte es eso tan evidente como en el culturismo, disciplina conocida precisamente por el uso indiscriminado de productos dopantes. El objetivo del culturista es lograr los músculos más grandes, definidos, proporcionados y simétricos que la naturaleza le permita, objetivos todos ellos en los que los efectos de los anabolizantes destacan especialmente. En el deporte donde más se utilizan es donde más claramente se pone de manifiesto cómo algunos productos sintéticos pueden corromper el espíritu deportivo. Y no solo se trata de anabolizantes. El infame Synthol, que tiene su máximo exponente en la grotesca figura de Gregg Valentino, es el equivalente no quirúrgico a los implantes de pectorales, bíceps, gemelos, hombros u otro músculo. Es evidente que nadie otorgaría el título de Mr. Olympia a alguien que ha moldeado su cuerpo a base de silicona. Sin embargo, es indudable que por la sangre de todos los campeones del Olympia corren hormonas sintéticas.

El argumento del espíritu del deporte también está lleno de zonas grises. Es cierto que los esteroides aumentan el tamaño y fuerza de los músculos, y que la EPO incrementa la resistencia, pero inyectárselos no impide el cultivo y la exhibición de talentos naturales. De hecho, podría argumentarse que los potencia. Como he dicho antes, lo que hacen estas sustancias es rentabilizar más el trabajo duro. Sigue habiendo una clara diferencia moral entre un pelotón de ciclistas subiendo el Alpe d'Huez con un hematocrito de 50 y otro que lo hace en el coche del equipo. Además, si consideramos que resistencia y velocidad son las cualidades fundamentales de un ciclista y que, siendo así, estas deberían ser desarrolladas únicamente mediante entrenamiento, entonces ¿no habrían de prohibirse las bicicletas y equipamientos para etapas contrarreloj (que aumentan la velocidad), así como los avituallamientos (que proporcionan resistencia)?

¿Y qué ocurre con los deportes donde las facultades acrecentadas por fármacos son solo una mejora indirecta? Ninguna droga en el mundo puede dar a un futbolista el toque de Iniesta o los regates de Messi (irónicamente, el argentino ha contado con su propia exención se uso terapéutico de hormona del crecimiento). Es más, a la mayoría ni siquiera le dotará de la velocidad de Cristiano Ronaldo, ya que la velocidad es una capacidad de desarrollo muy limitada por la genética. Dado que en el fútbol prima la técnica sobre las cualidades físicas (que se lo pregunten a la selección nacional estadounidense) un chute de testosterona no estaría contraviniendo el espíritu del balompié. Dicho sea de paso, esta primacía de la técnica es probablemente la razón de que la mayoría de los positivos en controles antidopaje en el mundo del fútbol sea por drogas recreativas como la marihuana o la cocaína.

A mi juicio el argumento moral ha ido perdiendo relevancia según el deporte se ha ido comercializando. El deporte profesional, aquel en el que los deportistas necesitan ganar para poder pagar facturas, es un negocio. Y el capitalismo es experto en arrancar de ellos cualquier consideración ética. Hamilton y Millar coinciden en sus respectivos libros en este aspecto. Pedalear era su sustento y lo único que sabían hacer. Habían trabajado toda su vida para llegar hasta ahí. Si para mantenerse en el pelotón debían entrar en el juego ¿qué otra opción tenían? De nuevo en palabras de Tyler Hamilton:
«[C]reo que todos los que quieren juzgar a los que se dopan deberían pensarlo, al menos durante un segundo. Pasa toda tu vida trabajando para llegar al filo del éxito y entonces te hacen elegir: unirte o marcharte a casa. ¿Qué harías tú?»
Continuará

lunes, 2 de diciembre de 2013

Citius, altius, fortius (I)

Tres ciclistas, tres libros. Paul Kimmage escribió Rough Ride a principios de los noventa, uno de los primeros libros en hablar del dopaje en el ciclismo, del que se han publicado varias ediciones actualizadas según salían a la luz nuevos escándalos. David Millar cuenta sus memorias en Pedaleando en la oscuridad. Detenido junto a otros miembros del equipo Cofidis en 2004, tras cumplir su sanción de dos años ha estado formando parte –como corredor y como propietario– de equipos con una clara política antidopaje. Tyler Hamilton, gregario de Lance Armstrong, es el coautor de Ganar a cualquier precio, donde da detallada cuenta de este tipo de prácticas entre los profesionales (incluyendo cómo logran evadir los controles) con especial atención al comportamiento del desposeído campeón norteamericano y la operación Puerto. Millar y Hamilton fueron descubiertos y sancionados. Habían hecho algo prohibido por la UCI y el COI y fueron castigados con sendas suspensiones y la eliminación de sus victorias. Pero ¿por qué está prohibido doparse?
Foto de The Pug Father

Como ya sabrán, el dopaje consiste en el uso de sustancias ergogénicas con el fin de mejorar el rendimiento deportivo, como la EPO utilizada por los ciclistas y los esteroides anabolizantes empleados por atletas de fuerza. Si bien cuando hablamos de sustancias ergogénicas solemos pensar en fármacos, lo cierto es que esos no son los únicos elementos de este conjunto:
«Everything an athlete ingests is a performance-enhancing substance, including spinach, milk, and bread. All contribute to muscle growth, bone strength, good circulation, and every other aspect of physical health that all of us strive for. In addition to the kinds of things that help athletes and the rest of us gain general fitness, there are chemicals that have more immediate effects on performance.As an example, take sugar. In its various common forms, such as glucose, fructose, and sucrose, sugar is a simple, fast-acting carbohydrate that can supply short-term energy to depleted muscles. Get some into your body at about mile 20 of the marathon and it just might make the difference between a personal best and a total meltdown.»
Desde este punto de vista, el dopaje es tan antiguo como el mismo deporte. En la antigua Grecia ya se recurría a dietas específicas y suplementos para aumentar el rendimiento:
«los atletas del siglo VI a. C. aumentaban su fuerza comiendo carnes diferentes según la disciplina que practicaban: los saltadores de caballo, boxeadores y lanzadores, de toro, y, los luchadores, de cerdo. En el siglo V a. C. existen referencias de que los corredores de fondo bebían antes de la carrera cocimientos de plantas, se hacían aplicaciones de hongos desecados e incluso llegaban a la extirpación del bazo, por considerar que un bazo congestionado, duro y doloroso podía suponer una pérdida de velocidad en la carrera. En el siglo III a. C. Filotrasto y Galeno refieren la ingestión de multitud de sustancias por parte de los atletas y Plinio, en el siglo I, afirma ya que los corredores de fondo bebían cocciones de equiseto para evitar la fatiga y prolongar la resistencia en carreras de larga duración.»
Hoy día muchos de nosotros –deportistas o no– también hacemos uso de cocciones para evitar la fatiga y prolongar la resistencia, mejorar la concentración y aumentar el estado de alerta. Me estoy refiriendo, cómo no, al café (o, en mi caso, al té). La cafeína es una droga estimulante que ilustra perfectamente la dificultad de trazar una línea en torno a las sustancias potenciadoras del rendimiento. De efectividad sobradamente probada, este alcaloide estuvo en la lista de la Agencia Mundial Antidopaje hasta 2004. De un año para otro las tabletas de cafeína que Kimmage había sido reacio a usar pasaban a ser legales. El mero hecho de que un principio activo mejore el desempeño físico no parece ser, pues, razón suficiente para prohibirlo.

Al contrario que la cafeína, las anfetaminas, otro de los estimulantes más usados en la época del ciclista irlandés, aún siguen vedadas. ¿A qué es debido? La razón principal es, probablemente, el riesgo que implican para la salud. Pero tampoco es que la cafeína sea segura: el LD50 se sitúa en torno a 150-200 miligramos por kilo de peso, difícil de alcanzar a base de tazas de café, pero no tanto mediante pastillas. Al margen de eso, la amenaza para la salud como argumento para prohibir ciertos compuestos suele contrargumentarse de dos maneras principales. Por una parte, dado que nada está exento de riesgo (incluso el agua ingerida en grandes cantidades puede ser letal), de lo que se trata es de alcanzar un equilibrio entre riesgo y beneficio. Expertos como el doctor Charles Yesalis aseguran que los anabolizantes, una de las sustancias más explotadas y perseguidas, pueden usarse forma relativamente segura. Al fin y al cabo se ha estado recurriendo a ellos durante bastante tiempo en el ámbito clínico con pacientes de cáncer o SIDA. Además de eso, las hormonas se emplean también en contextos no terapéuticos, como el cambio de sexo.

Incluso aunque fueran dañinos, afirma la otra línea de refutación, no importaría. El deporte profesional no trata sobre la salud, es un espectáculo con el que algunos se ganan la vida. Al más alto nivel el peligro es inherente a la actividad misma, como atestiguan los ciclistas muertos en caídas producidas durante los descensos de puerto de montaña, o los daños cerebrales que sufren los jugadores de la NFL (sin mencionar la obesidad de sus defensas). Si de verdad se tratara de proteger a los deportistas podríamos empezar por no obligarles a chocar cabeza con cabeza, no inyectarles diversos medicamentos para que puedan subirse a la moto con fracturas graves del día anterior, o no hacerles rodar a 80 kilómetros por hora sobre una bicicleta con neumáticos de menos de dos centímetros de ancho y nula capacidad de frenada con la única protección de un maillot y un casco de ciclista. «Si quieres sentir cómo es ser ciclista» le gustaba decir a Jonathan Vaughters «desnúdate hasta quedarte en ropa interior, conduce tu coche a 65 kilómetros por hora y salta por la ventanilla sobre una pila de metal dentado».

Aunque todas las sustancias ergogénicas fueran inocuas aún podríamos señalar que, de alguna manera, un deportista que se sirve de ellas está recurriendo a una ayuda «externa». Recuerdo una mañana de ruta en bicicleta en la que me estaba dejando el corazón y los pulmones en una pendiente del 9% cuando me pasó un tipo pedaleando plácidamente en una bicicleta con un motorcito incorporado. Eso, a todas luces, era hacer trampa. Pero otro de esos días el que me adelantó fue un ciclista acoplado a su manillar de triatlón. Su postura aerodinámica le daba ventaja sobre mí, ventaja que se sumaba al hecho de que él montaba una bici de carretera mientras yo me arrastraba con quince kilos de bicicleta de montaña. Los ciclistas profesionales hacen uso de todo tipo de ayudas externas (ruedas lenticulares, cascos aerodinámicos, bicicletas ultraligeras) que son perfectamente legales. Como con los medicamentos, algunas innovaciones en el equipamiento son vistas como una violación flagrante de las reglas, mientras otras se aceptan sin más. En este punto suele recordarse que incluso el recurrir a un entrenador estaba mal visto en su momento, tal como se muestra en la película Carros de fuego.

A mi juicio, la diferencia más evidente de la que nos servimos para diferenciar las ayudas tecnológicas de aquellas que pueden considerarse dopaje es –por mal que suene decirlo así– el hecho de que las primeras no se introducen en el cuerpo para actuar sobre su fisiología.

Continuará

lunes, 18 de noviembre de 2013

Una buena persona

– Creo que conozco a su hijo.
– ¿De verdad?
– No mucho, pero siempre me ha parecido buena persona.
– Es una buena persona. Es lo mejor que se puede decir de alguien.
–Margin Call

Alguna vez nos ha ocurrido a todos que, después de haber interactuado con alguien por primera vez, sentimos que esa persona no nos gusta en absoluto. Para Margarita dicha impresión es argumento más que suficiente para querer deshauciar a su compañero de piso, con el que lleva viviendo menos de dos meses. «¡Qué mala persona eres!», bromeé, señalando que va a dejar a una persona en la calle justo cuando empieza el frío. Ella contestó que en absoluto era una mala persona. «¿Crees que eres una buena persona?», insistí. «Sé que lo soy», me dijo.

Foto de ecastro
Hace algunos meses hablamos de la deshonestidad y del «efecto Lucifer», de cómo las situaciones influyen en el comportamiento ético de todos nosotros. En el entorno equivocado, baja malas influencias, incluso la gente con la mayor integridad puede obrar de forma moralmente reprobable. Para bien o para mal, las situaciones excepcionales casi nunca llegan, lo que nos permite mantener intacta una imagen propia de integridad moral. Así, es muy posible que la mayor parte de nosotros seamos buenos sencillamente porque no hemos tenido la ocasión de ser malos. Thomas Nagel se refirió a ese hecho como «suerte (o fortuna) moral circunstancial» en su ensayo Moral Luck:
«The things we are called upon to do, the moral tests we face, are importantly determined by factors beyond our control. It may be true of someone that in a dangerous situation he would behave in a cowardly or heroic fashion, but if the situation never arises, he will never have the chance to distinguish or disgrace himself in this way, and his moral record will be different.
A conspicuous example of this is political. Ordinary citizens of Nazi Germany had an opportunity to behave heroically by opposing the regime. They also had an opportunity to behave badly, and most of them are culpable for having failed this test. But it is a test to which the citizens of other countries were not subjected, with the result that even if they, or some of them, would have behaved as badly as the Germans in like circums­tances, they simply did not and therefore are not similarly culpable. Here again one is morally at the mercy of fate, and it may seem irrational upon reflection, but our ordinary moral attitudes would be unrecognizable without it. We judge people for what they actually do or fail to do, not just for what they would have done if circumstances had been different.»
Por supuesto la posibilidad de ceder a la presión del contexto es algo que pocos de nosotros estamos dispuestos a reconocer, lo que constituye una de las múltiples manifestaciones de la denominada ilusión de la invulnerabilidad personal. El psicólogo social Philip Zimbardo, padre del célebre experimento de la prisión de Stanfordescribe:
«[L]as fuerzas situacionales [...] pueden someter a la mayoría de las personas. Pero a nosotros no, ¿verdad? Es difícil ampliar a nuestros propios códigos de conducta las lecciones que hemos aprendido a partir de un análisis intelectual. Lo que en abstracto se aplica fácilmente a «los demás» no se aplica con tanta facilidad al caso concreto de uno mismo.»
Hemos llegado hasta aquí sin ni siquiera tratar de definir lo que constituye una buena persona. ¿Es aquella que se atiene únicamente a una ética de mínimos (la regla de plata: no hagas a los demás lo que no querrías que te hicieran) o es la que se adhiere a una ética de máximos (la regla de oro: trata a los demás como te gustaría que ellos te trataran a ti)? Observemos que, dependiendo de la altura a la que situemos el listón, podrían no ser necesarias circunstancias excepcionales para marcar a la mayoría como malas o buenas personas. Un compañero de trabajo afirmó hace un par de días: «yo no soy mala persona, nunca he matado a nadie». Con un listón tan bajo a la mayoría le estaría permitido andar con la cabeza alta. En el polo opuesto, si consideramos, por mor del argumento, que una de las formas más viles de maldad es la maldad por inacción, omisión o indiferencia («para que el mal triunfe, sólo se necesita que los hombres buenos no hagan nada»), entonces ¿quién está libre de culpa? Este es probablemente el tipo de maldad más común, pues es fácil de racionalizar y, como decía, discutible.

Otras dificultades se añaden a nuestra pretensión de juicio moral personal. ¿Basta una sola acción para calificar a alguien como buena o mala persona? ¿Cómo de grande habría de ser tal acción? ¿Cuántas acciones más pequeñas serían el equivalente? ¿Cuán poderosas habrían de ser las circunstancias para exonerar un mal acto, o cuán puras las intenciones de uno bueno? ¿Cuántas acciones buenas compensan una mala (si eso es posible, dada la asimetría en la consideración de ambos tipos)? Hay quienes se portan como santos con sus familias y amigos pero son crueles en otros contextos, como el laboral. ¿Eso los hace ser malas personas, o simplemente hipócritas? ¿Tiene más peso la bondad en cierto dominio que la mezquindad en otro?

Una cuestión tan compleja como el juicio moral es candidata ideal para el proceso de sustitución identificado por Kahneman. La pregunta «¿es fulanito buena persona?» es reemplazada por una mucho más fácil de responder, tal como «¿me gusta fulanito?», «¿he visto a fulanito hacer algo bueno?» o «¿se ha portado fulanito bien conmigo?». Pero quede esto al margen, pues es un tanto ajeno al asunto.

Mi conversación con Margarita me recordó la de un capítulo de la particular comedia Rockefeller Plaza (30 Rock, S0302). Jack Donaghy trata de explicarle al botones, Kenneth, que en el ámbito de la ética no siempre hay una única respuesta correcta, que en ocasiones se puede seguir siendo buena persona aunque se violen algunas normas morales:
Jack: Soy una buena persona.
Kenneth: Si usted lo dice, señor.
Jack: Pero la vida es difícil. No siempre sabes qué hacer. Imagínate en un bote salvavidas.
Kenneth: Un bote salvavidas.
Jack: Caben ocho personas, pero sois nueve a bordo. Las opciones son: volcar y que todo el mundo se ahogue, o sacrificar a uno para poder salvar a los demás. Bien, ¿cómo decides quién debe morir?
Kenneth: No creo en las situaciones hipotéticas, señor Donaghy, es como mentirle al cerebro.
Jack: Kenneth, tu vida es muy cómoda. La virtud que no se prueba no es una auténtica virtud.
De la misma forma que aquellos que dudan de que Sebastian Vettel sea realmente el mejor piloto de F1 del momento, pues lo ha tenido todo más fácil al contar con un coche muy superior, yo soy escéptico frente a quien se califica a sí mismo como buena persona sin haberse enfrentando a ninguna prueba moral de cierta enjundia. Cuántas de esas pruebas habrían de superar, y de qué tipo y alcance, esas son también buenas preguntas.