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lunes, 17 de junio de 2019

¿Experto o cuñado? (IV)

Últimamente me he aficionado a los vídeos del canal de Youtube Power Art. Uno de sus aspectos destacables es la fluidez con la que el presentador habla de la historia del modelo que analiza, de sus datos técnicos y del diseño. Bastan unos pocos minutos de vídeo para considerar a este hombre versado en el mundo del motor, máxime si lo comparamos con el resto de canales dedicados a mostrar coches nuevos, los cuales se limitan a describir las partes visibles del vehículo y contar sus impresiones a base de tópicos.

Imagen de Wikimedia Commons
Pero ¿realmente estamos ante un experto? Quizá se limite a leer un guión. Tal vez nos esté confundiendo su buena actuación ante la cámara. Los actores de la serie de televisión Urgencias o House no sabían nada sobre medicina pero resultaban convincentes. También lo es uno de mis mejores amigos, el cual trabaja como monitor de gimnasio y da clases de GAP, spinning, pilates y lo que le pidan. Él no ha recibido formación reglada en ninguna de esas disciplinas pero no le falta trabajo. Para ello, antes de ir a la entrevista mira unos cuantos vídeos en Youtube, se aprende una clase de memoria y lo enseña en la entrevista. Lleva superando procesos de selección de esta forma más de diez años.

¿Cómo podemos reconocer a un verdadero experto? ¿Cómo detectar a un impostor o a un ignorante? No creo que haya una sola prueba que pueda separar al experto del resto, más bien tendremos que ir acumulando pruebas que confirmen o desmientan nuestra valoración. Se parece un poco a detectar un billete falso ¿Tiene la marca de agua? ¿Se ve el hilo de seguridad? ¿El holograma muestra los reflejos esperados? Cuantas más «pruebas» supere el billete que tendremos entre manos más seguros podremos estar de nuestro juicio. Pero, a diferencia del billete, con el experto nunca podremos estar seguros totalmente de nuestra evaluación; como máximo podemos aspirar a cierta probabilidad de que nuestro juicio sea correcto dentro de un margen de error dado.

David H. Freedman nos sugiere estas sencillas normas para saber si las opiniones de un experto tienen altas probabilidades de ser equivocadas (énfasis en el original):

Expert advice with a higher-than-average likelihood of being wrong is often given away by any number of tells. Be extra wary if the advice fits any of these descriptions:

It’s simplistic, universal, and definitive. [...] When advice is of the sort that promises broad benefits and can be described in a sound bite or headline—“Drinking Coffee Extends Life Span!”—chances are good that either it’s coming from an expert who has wandered off track through mismeasurement, bad analysis, or bias, or something has been lost in the translation as the findings made their way through research journals and the mass media. [...]
It’s supported by only a single study, or many small or less careful ones, or animal studies. Any advice based on one study should be regarded as highly tentative, no matter how good the study seems. The more studies, the better, as a rough rule, but even a series of big, rigorous studies can occasionally produce wrong conclusions. [...]
It’s groundbreaking. For one thing, most expert insights that seem novel and surprising are based on a small number of less rigorous studies and often on just one small or animal study. [...]
It’s pushed by people or organizations that stand to benefit from its acceptance. All experts stand to benefit from their research winning a big audience, of course, and that’s well worth remembering, but in some cases the potential conflict of interest is more likely to be corrosive. That’s especially true when the research is coming out of or being directly funded by individual companies or industry groups whose profits may be impacted by the findings. [...]
It’s geared toward preventing a future occurrence of a prominent recent failure or crisis. This is the “locking the barn door” effect: we’re so irked or even traumatized by whatever has just gone wrong that we’re eager to do now whatever we might have done before to have avoided the problem. It’s about as smart a strategy as standing on a twelve in blackjack with the dealer showing a face card, just because you’ve busted twice in a row.
De manera similar, también describe algunas características de los consejos más fiables (ibídem):

It doesn’t trip the other alarms. [...] we ought to give more weight to expert advice that isn’t simplistic; that is supported by many large, careful studies; that is consistent with what we mostly believe to be true; that avoids conflicts of interest; and that isn’t a reaction to a recent crisis.
It’s a negative finding. [...] There isn’t much reason to game a disappointing conclusion, and anyone who publishes one or reports on it probably isn’t overly concerned with compromising truth in order to dazzle readers.
It’s heavy on qualifying statements. [...] sometimes journal articles and media reports do contain comments and information intended to get us to question the reliability of the study methodology, or of the data analysis, or of how broadly the findings apply. Given that we should pretty much always question the reliability and applicability of expert findings, it can only speak to the credibility of the experts, editors, or reporters who explicitly raise these questions, encouraging us to do the same.
It’s candid about refutational evidence. Claims by experts rarely stand unopposed or enjoy the support of all available data. (A saying in academia: for every PhD, there’s an equal and opposite PhD.) Any expert, journal editor, or reporter who takes the trouble to dig up this sort of conflicting information and highlight it when passing on to us a claim ought to get a bit more of our attention.[...]
It provides some context for the research. Expert findings rarely emerge clear out of the blue—there is usually a history of claims and counterclaims, previous studies, arguments pro and con, alternative theories, new studies under way, and so forth. [...]
It provides perspective. [...] more trustworthy pronouncements tend to more clearly spell out the limitations in their relevance—that a treatment has been tried only on animals or on healthy people, for example, or that a shift in real-estate prices has been clearly observed only in higher-end homes or in one part of the country. [...]
It includes candid, blunt comments. [...] I don’t think you can be confident of really understanding the reliability or significance of an expert claim unless you’ve heard the expert herself or other well-informed experts express their doubts and skepticism. The best places to look for such comments, in my experience, are in longer magazine articles, in letters to journals, and occasionally in radio interviews.
De todos los indicios listados mi favorito es la sinceridad acerca de las pruebas que desmienten la hipótesis. A mi juicio, el experto, para ser tal, debe conocer en profundidad los aspectos más débiles de sus teorías, un requisito que demandaba John Stuart Mill:

En vuestros días está de moda despreciar la lógica negativa que es la que descubre los puntos débiles en la teoría o los errores en la práctica, sin establecer verdades positivas. Semejante crítica negativa sería pobre como resultado final; pero como medio de alcanzar un conocimiento positivo o una convicción digna de tal nombre, nunca será valorada demasiado alto; y hasta que los hombres sean de nuevo y sistemáticamente educados para esto, habrá pocos grandes pensadores y el nivel intelectual medio será bajo, excepto en las especulaciones matemáticas y físicas. En todas las demás materias, ninguna opinión merece el nombre de conocimiento, en tanto que, bien forzado por los demás, bien espontáneamente, no ha seguido el mismo proceso mental a que le hubiera obligado una controversia con sus adversarios.

Después de lo que hemos visto en esta serie de artículos podríamos agregar algunos criterios de nuestra propia cosecha. Primero, que el conocimiento de la persona en cuestión sea fruto de un proceso que tiende a producir verdadero conocimiento. Por ejemplo, el presentador de Power Art es ingeniero mecánico mientras que mi amigo, como he dicho, se alimenta de vídeos de YouTube. No creo que sea controvertido decir que, basándonos únicamente en la formación, el primero tiene más probabilidades de ser un experto real que mi amigo.

Segundo, el verdadero experto es capaz de hacer predicciones que son correctas. El tipo de predicciones dependerá de la materia en concreto. En el caso de mi amigo él debería ser capaz de producir en sus clientes los cambios físicos que demandan (perder peso, ganar fuerza) cuando estos hacen todo lo que mi amigo les dice. El presentador de Power Art, por su parte, hace de ingeniero de pista para un equipo de carreras así que el éxito de sus predicciones se verá en el comportamiento del coche durante la competición.

Finalmente, una de las formas más fiables pero menos útiles para calibrar el conocimiento ajeno es tener uno mismo conocimientos sobre el tema. No siempre podemos alcanzar el nivel requerido para distinguir a un genio de un mediocre y, además, debemos tener la cautela de no favorecer a aquellos expertos que comulgan con nuestras ideas, tachando a los contrarios de ignorantes, pero es de suyo evidente que cuanto más conozcamos la materia mejor cualificados estaremos para juzgar.

Continuará.

lunes, 19 de diciembre de 2016

El esqueleto

Yo estudié en un colegio de frailes y luego en uno de monjas. Huelga decir que el adoctrinamiento cristiano se incrementaba por estas fechas, desde el comienzo del Adviento hasta el inicio de las vacaciones navideñas. Y aún así, a pesar de (o precisamente por) haber pasado dieciocho años bajo la tutela de religiosos, he acabado por convertirme en ateo y olvidando en qué consistía eso que llaman «el verdadero espíritu de la Navidad». Creo recordar que tenía que ver con la caridad, la generosidad y otros valores católicos por el estilo.

Para estar seguro he consultado un portal católico, en el que se puede leer:

Navidad NO ES LA CELEBRACION DE UNA FECHA, SINO DE UN HECHO, el nacimiento del Salvador, evento absolutamente decisivo en la historia de la salvación. Es entonces una conmemoración del significado de ese hecho.
[...] Nosotros, los beneficiados con este hecho, tenemos no solamente motivos sino una verdadera obligación de celebrarlo.
Como lo importante es el significado, todo lo anterior se resume en que debemos ser conscientes de que hubo un día en el que Dios encarnado llegó a nuestras vidas, las cuales deben estar listas para fructificar bajo su luz ("Yo soy la luz del mundo" dijo Jesús en Jn 8, 12), de aquí que la temporada de adviento sea de penitencia y reflexión (ese es el sentido del color morado en los trajes de los sacerdotes en las misas, el mismo color de la cuaresma).
Foto de Augusto dos Santos
Concluyen los autores de ese artículo que el verdadero significado de la Navidad es el nacimiento del Mesías, cuyo alumbramiento anula «el sacrificio antiguo y una ley profanada por preceptos humanos» e instaura un nuevo sacrificio perfecto «para regocijo y salvación de toda la humanidad». Los cristianos, dicen, celebran hechos, no fechas, en este caso «el hecho de Aquel que no cabe en el universo quiso nacer de una virgen en este pequeño planeta del inmenso universo para reconciliar al hombre con su Creador». Como es menester, no dejan sin mencionar eso otro que se conoce como la «Navidad consumista»:

Navidad es una fiesta que está bajo un ataque tremendo en estos últimos tiempos. Santa Claus ha tomado el lugar de Jesús-niño y el mall o el centro comercial ha tomado el lugar del templo. Que (sic) triste que el Domingo antes de Navidad los estacionamientos de las Iglesias estén vacíos y en los centros comerciales sea una hazaña encontrar un lugar donde estacionar el automovil (sic). Dice la Palabra de Dios:"Donde está tu tesoro, allí esta tu corazón" (Mat.6:21) ¿Dónde está tu corazón? ¿En un centro comercial?…. ¿Cuando llegue la tribulación a tu vida, a donde vas a ir a buscar consuelo y paz? ¿Al centro comercial?
Navidad es una fiesta de cumpleaños donde se le compran regalos a todos menos al niño que se festeja. Donde se hace una fiesta y no se invita al homenajeado, donde hoy -tristemente- se trata de que no se mencione el nombre del niño que nació, su nombre es Jesús.
Es la misma letanía que tuve que oír cada año hasta que entré en la universidad. No creo que me equivoque si digo que poco han avanzado en este aspecto.

Me resulta curioso cómo hay que recordarles a los seguidores de una doctrina el verdadero significado de sus prácticas. John Stuart Mill escribió:

Examinando cómo profesan el cristianismo la mayoría de los creyentes se ve hasta qué punto doctrinas intrínsecamente aptas para producir la más profunda impresión sobre el espíritu pueden permanecer en él como creencias muertas, sin ser nunca comprendidas por la imaginación, el sentimiento o la inteligencia. [...] Todos los cristianos practicantes las consideran sagradas y las aceptan como leyes. Sin embargo, no es exagerado decir que no más de un cristiano entre mil guía o juzga su conducta individual con referencia a estas leyes.
Según Mill, los acólitos de una doctrina religiosa reciben sus máximas y preceptos de algún libro sagrado o un portavoz oficial de la sabiduría infalible pero, al final, dejando a un lado los más devotos, el grueso de las personas utiliza como modelo de conducta las costumbres de su país y clase social. Las investigaciones en psicología social parecen confirmar esto. Por tanto, si la costumbre social dicta que la Navidad consiste en colocar adornos, cenar en familia e intercambiar preseas, así será. La cuestión entonces es: ¿por qué desaparece el verdadero significado de la doctrina? ¿Cómo se pasa de una práctica llena de significado a un esqueleto esperpéntico de la misma?

Para el filósofo inglés la razón es que los seguidores de la doctrina son receptores pasivos de la misma, es decir, se les transmite las conclusiones pero no el proceso que llevó a ellas. Los sermones desde el púlpito dan la máxima acuñada, sin opción de discutirla. Por tanto, los feligreses (ibídem Mill):

Nunca se han colocado en la posición mental de aquellos que piensan de manera diferente que ellos ni han considerado lo que estas personas puedan tener que decir; y, por consiguiente, no conocen, en el sentido propio de la palabra, la doctrina que ellos mismos profesan. Desconocen de ella aquellas partes que explican y justifican el resto; las consideraciones que muestran cómo un hecho, aparentemente contradictorio con otro, es conciliable con él, o que de dos razones, aparentemente fuertes, una debe ser preferida. Son extraños a toda esta parte de la verdad, la cual decide y determina el juicio de los espíritus bien informados
Ausente la discusión, concluye, «no sólo se olvidan los fundamentos de la opinión, sino que con harta frecuencia es olvidado también su mismo sentido». Y continúa:

Las palabras que la expresan dejan de sugerir ideas o sugieren tan sólo una pequeña porción de aquellas para cuya comunicación fueron originariamente empleadas. En lugar de una concepción fuerte y una creencia viva sólo quedan unas cuantas frases conservadas por la rutina; y si algo se conserva del sentido es absolutamente la corteza y la envoltura, perdiéndose su más pura esencia.
Pero ¿por qué es importante la discusión de la doctrina? De acuerdo con Mill, porque no es lo mismo heredarla que adoptarla. Quienes la alumbran la sienten fuertemente y tratan de extenderla. Han de luchar constantemente para defenderse contra el mundo y convencer a los demás. Si tienen éxito en su tarea y su doctrina se impone, esta pasa a ocupar un lugar propio y la pugna cesa. Es entonces cuando decae la fuerza vital de la creencia, detiene su progreso y cesa su expansión. Finalmente, se extingue progresivamente:

Con frecuencia oímos a los maestros de todos los credos lamentarse de la dificultad de mantener en el espíritu de los creyentes una concepción viva de la verdad que nominalmente reconocen, de modo que pueda penetrar en el sentimiento e influir así realmente en la conducta. No se quejan de tal dificultad mientras el credo está luchando todavía por su existencia; entonces hasta los combatientes más débiles saben y sienten por lo que luchan y la diferencia entre su doctrina y la de los demás. [...] Pero cuando se ha convertido en un credo hereditario, que es recibido pasivo, no activamente —cuando la inteligencia deja de ser compelida a ejercer en el mismo grado que al principio sus fuerzas vitales sobre las cuestiones que su fe la presenta—, se produce una tendencia progresiva a olvidar de la creencia todo, excepto los formulismos, o a darla un torpe y estúpido asentimiento, como si aceptarla como materia de fe dispensara de la necesidad de realizarla en la conciencia, o de comprobarla por medio de la experiencia personal, hasta que llega a perder toda relación con la vida interior del ser humano. Entonces se ven esos casos, tan frecuentes en nuestra época que casi forman la mayoría, en los que el credo permanece como al exterior del espíritu, petrificándole contra toda influencia dirigida a las partes más elevadas de nuestra naturaleza; manifestando su poder, en no tolerar que ninguna convicción nueva y viva se produzca en él, pero sin hacer él mismo otra cosa por la inteligencia o el corazón que montar la guardia, a fin de conservarlos vacíos.
Si el razonamiento de Mill es correcto entonces podríamos concluir que la Navidad ha sido víctima de su propio éxito. Al ser una costumbre heredada durante siglos ya no tiene arraigo en los creyentes ordinarios, quienes «conservan un respeto habitual hacia su fondo, pero carecen del sentimiento que salta de las palabras a las cosas, fuerza al espíritu a tomarlas en consideración y las hace conforme a la fórmula». Al limitar las discusiones intelectuales a un grupo de elite (sacerdotes, imanes o equivalente) las religiones se disparan en el pie. Es por eso que Mill daba tanta importancia a la discusión de las creencias por parte de todo el mundo.

España es un país mayoritariamente católico así que no tengo apenas contacto con otras religiones. Me pregunto si los judíos tendrán los mismos problemas con hanukkah, o los musulmanes con el ramadán. Me pregunto también si los fieles que viven en países donde su creencia es minoritaria y castigada están más cerca de celebrar el verdadero significado de su fiesta sagrada.

Sea como sea, sí creo que quienes han heredado una costumbre la tienen en menor estima que sus creadores. Al haber vivido siempre bajo su influencia la dan por supuesta, como si se tratara de un fenómeno natural. Eso, mucho me temo, hace que olvidemos que hay que estar constantemente alerta para defender los progresos obtenidos hasta la fecha (por ejemplo, los derechos humanos y las formas de gobierno protectoras de tales derechos) so pena de que estos mueran y solo queden los huesos.

lunes, 10 de octubre de 2016

El espantapájaros

Conservadores fachas. Manifestantes perroflautas. Feministas feminazis. Inmigrantes delincuentes. Parados vagos. Todos tienen algo en común: haberlos haylos, pero no son tan habituales como solemos creer. A la hora de discutir con ellos o acerca de ellos no nos atenemos únicamente a los hechos, sino que nuestras emociones deforman las tesis del contrario y tendemos a etiquetar a esas personas con el adjetivo de la derecha:

When you are losing an argument, you often use a variety of deceptive techniques to bolster your opinion. You aren’t trying to be sneaky, but the human mind tends to follow predictable patterns when you get angry with other people and do battle with words.
One of the most reliable and sturdy logical fallacies is the straw man, and even though its probability of appearing is high, you often don’t notice when you are using it or being beat over the head with it.
It works like this: When you get into an argument about either something personal or something more public and abstract, you sometimes resort to constructing a character who you find easier to refute, argue, and disagree with, or you create a position the other person isn’t even suggesting or defending.
Es lo que se conoce como falacia del espantapájaros, una artimaña retórica muy común:

Una de las formas predilectas de atacar a un contrario es atribuirle una tesis que no defiende en absoluto; luego, atacar a este «espantapájaros» es pan comido. Naturalmente, se elige como espantapájaros un espantajo terrible, un coco contra el que todo el mundo, lleno de indignación, se pondrá en guardia.
Alguien defiende, verbigracia, que deberíamos comer menos carne por el bien de nuestra salud y la del planeta; como espantapájaros su oponente ataca la tesis que sostiene que ninguna persona debería comer carne nunca.

Foto de H. Michael Miley
Es muy sencillo crear un espantapájaros llevando la premisa del contrincante al extremo y luego arremeter contra él, pues llegados este punto las contradicciones lógicas de cualquier ideología o postura intelectual son muy fáciles de encontrar. En el caso del espantapájaros vegano, por ejemplo, podríamos decir aquello de que «las plantas también sufren», que también mueren animales al cultivar vegetales o que si se está en contra de matar animales para comer, entonces no se tiene derecho a los medicamentos desarrollados con ensayos en animales. Una vez señaladas estas contradicciones, el siguiente paso es asumir que aquellos a quienes hemos situado a la sombra del espantapájaros no las ven porque son idiotas.

George Lakoff, en su análisis de la moral en política desde el punto de vista del lenguaje y la psicología, llama a los espantapájaros «estereotipos patológicos»:

A pathological stereotype is the use of a pathological variant of a central model to serve as a stereotype for the whole category, and hence to suggest that the pathological variant is typical. Both liberals and conservatives tend to stereotype each other in terms of pathological variations. For example, liberals sometimes stereotype conservatives as "fascists", while conservatives stereotypes liberals as "bleeding hearts" or as "permissive".
Estos estereotipos patológicos se utilizan de manera solapada diariamente, hasta el punto de que no creo que los medios de comunicación pudieran mantener sus secciones de política si no les fuera posible recurrir a ellos. Al fin y al cabo, la audiencia no se logra presentando los hechos desnudos sino dándole razones al espectador para creer lo que ya cree.

Huelga decir que la estrategia del espantapájaros viola los preceptos de la buena argumentación. En concreto, es un quebrantamiento del principio de caridad, la norma que nos dice que debemos buscar siempre las interpretaciones más plausibles, sólidas, coherentes y racionales de las declaraciones de nuestro interlocutor, esto es, considerar el argumento en su mejor forma. (Casi) nadie hace eso. En primer lugar porque, como hemos hablado alguna vez, cuando discutimos buscamos persuadir, no alcanzar la verdad. En segundo lugar porque, aunque busquemos la verdad, la honestidad intelectual requiere bastante esfuerzo. En su inmortal obra Sobre la libertad, John Stuart Mill reconocía que en asuntos religiosos, políticos o sociales, tres cuartas partes de los argumentos consisten en destruir las opiniones del otro. Su defensa del principio de caridad bien merece una cita larga (el énfasis es mío):

Es sabido que el orador más grande de la antigüedad (con una sola excepción) estudiaba siempre el caso de su adversario con tanta o mayor atención que el suyo propio. Lo que Cicerón practicaba con vista a los éxitos forenses debe ser imitado por todos los que estudien un asunto con el fin de llegar a la verdad. Quien sólo conozca un aspecto de la cuestión no conoce gran cosa de ella. Sus razones pueden ser buenas y puede no haber habido nadie capaz de refutarlas. Pero si él es igualmente incapaz de refutar las razones de la parte contraria, si las desconoce, no tiene motivo para preferir una u otra opinión. La posición racional para él sería la suspensión de todo juicio, y si no, se contenta con esto, o se deja llevar por la autoridad, o adopta, como hace la generalidad, el partido por el cual siente mayor inclinación. Y no basta que oiga los argumentos de sus adversarios de boca de sus maestros, presentados en la forma que ellos les den, y acompañados por los que ellos mismos le ofrecen como refutación. No es esta la manera de hacer justicia a tales argumentos ni de ponerlos en verdadero contacto con su propio espíritu. Debe poder oírlos de boca de aquellas personas que actualmente creen en ellos, que los defienden de buena fe y con todo empeño. Debe conocerlos en su forma más plausible y persuasiva, y sentir toda la fuerza de la dificultad que es necesario vencer para llegar a una opinión verdadera en la materia; de otra manera jamás se adueñará de la porción de verdad necesaria para hacer frente y remover esta dificultad.
Desde luego Mill ponía el listón muy alto. Según este filósofo, para debatir acerca de cualquier tema primero debemos conocer la tesis contraria mejor que nuestros oponentes. Esto no solo es difícil por el esfuerzo en sí que conlleva, sino porque es imposible asimilar la información sin que pase por nuestros filtros y esquemas mentales.

Mucho me temo que la caridad argumentativa escasea tanto o más que otros tipos de caridad. Pocas personas consideran que aquellos que sostienen posturas en apariencia paradójicas o equivocadas pueden tener muy buenas razones para ello. En lugar de examinarlas a fondo encogemos los hombros, lo apuntamos como una nueva muestra de la imbecilidad humana y, llegado el caso, hacemos mofa y befa de sus postulados. Es más fácil así. Y divertido.

lunes, 15 de junio de 2015

Pactar con el diablo (y II)

Las desventajas del sistema mayoritario son tan evidentes como sus ventajas. En primer lugar, de acuerdo con el marco schumpeteriano de la política como mercado dos únicos partidos compitiendo constituyen un oligopolio, con todo lo que ello conlleva. Al menos en España, cunde la sensación de que los dos grandes partidos sencillamente se turnan en el poder para enriquecerse de forma personal. Así describía Pérez Galdós el bipartidismo español hace más de cien años:

Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos…
Foto de Xaf
Otra característica de este oligopolio es la reducción en la oferta, en este caso de leyes y políticas. Para ganar las elecciones generales es necesario persuadir al votante medio del espectro ideológico imperante, por lo que el candidato de la derecha tiene que girar un poco a la izquierda y el de la izquierda tiene que inclinarse hacia la derecha (moderarse, creo que lo llaman). Cuando se lucha por el votante medio ambos partidos acaban ofreciendo más o menos lo mismo y el argumento político, como dice Michael Sandel, «consiste principalmente en hablar a gritos en la televisión por cable, verter la ponzoña partidista en las tertulias de la radio y excitar las disensiones ideológicas en los pasillos del Congreso». Este tipo de competencia partidista agudiza el conflicto político y –paradójicamente– aleja a los votantes cada vez más del centro. Al menos en Estados Unidos, ello está llevando a una polarización nunca antes vista.

Por último, no hay que olvidar los altos costes de entrada que supone un oligopolio. De la misma forma que es altamente improbable que un nuevo operador de telecomunicaciones creado de cero logre una cuota de mercado significativa, es muy difícil que en un sistema mayoritario aparezcan nuevos partidos que desbanquen a los actuales. La mejor oportunidad para los nuevos partidos es ocupar el lugar dejado por uno de los mayoritarios tras su caída, como ocurrió con el Partido Republicano tras el desmembramiento del partido Whig en los Estados Unidos.

El argumento a favor del sistema representativo proporcional fue desarrollado por John Stuart Mill en su ensayo de 1861 titulado Considerations on Representative Government:

In a representative body actually deliberating, the minority must of course be overruled; and in an equal democracy, the majority of the people, through their representatives, will outvote and prevail over the minority and their representatives. But does it follow that the minority should have no representatives at all? ... Is it necessary that the minority should not even be heard? Nothing but habit and old association can reconcile any reasonable being to the needless injustice. In a really equal democracy, every or any section would be represented, not disproportionately, but proportionately. A majority of the electors would always have a majority of the representatives, but a minority of the electors would always have a minority of the representatives. Man for man, they would be as fully represented as the majority. Unless they are, there is not equal government ... there is a part whose fair and equal share of influence in the representation is withheld from them, contrary to all just government, but, above all, contrary to the principle of democracy, which professes equality as its very root and foundation.
Para Mill, un sistema representativo lo es en tanto en cuanto representa a todos los sectores de la sociedad. Como él mismo dice, si uno de los pilares de la democracia es la igualdad de derechos, entonces las voces de todos los ciudadanos deberían estar presentes en el gobierno. Cabe argumentar que esto tiene la ventaja añadida de animar a la gente a participar en política, pues es argüible que los ciudadanos opten por no votar si saben de antemano que no van a lograr que haya en el parlamento un representante que defienda sus intereses.

Donde el sistema mayoritario ofrece competencia y discusiones, el representativo propone colaboración y deliberación. Esto queda reflejado incluso en la disposición de las cámaras de representantes: mientras que la Cámara de los Comunes consiste en dos bancadas situadas frente a frente (simbolizando oposición y enfrentamiento), la disposición de los parlamentos de sistemas representativos tiende a ser un hemiciclo (símbolo de colaboración).

No obstante las ventajas teóricas mencionadas, para mí, la mayor ventaja del sistema representativo es lo que muchos critican como su mayor fallo: el poder desproporcionado que a veces logran los partidos pequeños.

Una crítica habitual de la democracia es el problema de la «tiranía de la mayoría», término que se asocia habitualmente con John Stuart Mill o Alexis de Tocqueville (de cuyo trabajo Mill se nutre), aunque ya había sido empleado anteriormente por otros ilustres personajes, como el segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams. Este concepto fue discutido por el Padre fundador y cuarto presidente de los Estados Unidos James Madison en uno de los Papeles Federalistas (en concreto el número diez). En él se plantea la cuestión de cómo puede un gobierno gestionar los problemas que surgen en un sistema político en el que las decisiones son tomadas por mayoría.

Uno de tales problemas es el riesgo de defección de las facciones minoritarias. ¿Qué sentido tiene participar en un sistema en el que uno sale siempre perdiendo? ¿No saldría más a cuenta rebelarse y tratar de acabar con el sistema existente? Otro problema tiene que ver con la persecución y opresión de las minorías por parte de la mayoría. Por poner un ejemplo estúpido: una mayoría formada por personas diestras podría votar a favor de una ley que prohíba a los zurdos beber alcohol.

La solución de Madison a la tiranía de la mayoría es lo que se conoce hoy como cross-cutting cleavages. Supongamos que la única decisión política del gobierno representativo fuera qué habrá para comer, si carne o pescado, y que todos tuviéramos que comer lo mismo. Imaginemos que la mayoría prefiere la carne. Siendo así, los partidarios del pescado saldrían perdiendo una y otra vez. En este caso, la mayoría oprime a la minoría.

Supongamos ahora que, además de decidir qué hay para comer, los ciudadanos pueden decidir a través de sus representantes qué hay para beber, si agua o vino. Tendríamos entonces cuatro facciones (carne con vino, carne con agua, pescado con vino y pescado con agua). En esta situación puede darse el caso de que sigamos sin poder comer pescado, pero que al menos tengamos vino para ahogar las penas.

Según vamos añadiendo más y más decisiones (postre, entrantes, acompañantes, etcétera) nuestro sitio en la mayoría o en la minoría irá cambiando más a menudo. Cuantas más personas formen parte de la comunidad política, más opciones se solaparán y menos probable es que una minoría salga perdiendo todo el tiempo en todo. Además, al crecer el número de cuestiones a dilucidar más factible es que nuestro representante pueda –en ciertas ocasiones– negociar con el resto de parlamentarios para conseguirnos algo de lo que queremos (por ejemplo, helado de postre) a cambio de su apoyo puntual a otras facciones en asuntos que no nos interesan (por ejemplo, pan con forma de baguette). Así, los pactos son la base de la organización política y la estabilidad democrática. El propio Madison escribió:

The smaller the society, the fewer probably will be the distinct parties and interests composing it; the fewer the distinct parties and interests, the more frequently will a majority be found of the same party; and the smaller the number of individuals composing a majority, and the smaller the compass within which they are placed, the more easily will they concert and execute their plans of oppression. Extend the sphere, and you take in a greater variety of parties and interests; you make it less probable that a majority of the whole will have a common motive to invade the rights of other citizens; or if such a common motive exists, it will be more difficult for all who feel it to discover their own strength, and to act in unison with each other.
Por tanto, un sistema proporcional garantiza (de nuevo, en teoría) que algunas veces saldremos ganando y otras veces saldremos perdiendo. Los pactos de gobierno son la manera de que las minorías también pueden ver satisfechas sus demandas y estén protegidas de la tiranía de la mayoría, de manera que se mantengan dentro del sistema establecido. La presencia simultánea de varios partidos políticos pone un poco de aleatoriedad y hace posible que no todos tengamos que comer lo mismo continuamente.

James Forder, un economista de Oxford autor de un libro en contra de un sistema representativo para Gran Bretaña, retrata así la democracia:

Democracy [...] is always, and ever will be, an imperfect system. However well it works, it gives no guarantees of good or acceptable policy. In trying to make it work, we cannot ever assess voter preferences fully and we cannot ever give an unambiguously accurate translation of preferences into parliamentary representation. It is bound to be politicians, rather than saints, who make up our parliaments and we cannot ever quite trust them. Politicians will scheme for advantage; when things go wrong, they will try to shift blame and when they go right, claim credit.
Siendo este el orden de las cosas parece que, en lo relativo al sistema electoral, lo único a lo que podemos aspirar es a lograr cierto equilibrio que nos satisfaga entre ventajas e inconvenientes. A mi juicio, la postura que adoptamos en estas situaciones reflejan nuestra visión del mundo. Aquellos que conciben la política como un enfrentamiento preferirán el sistema mayoritario, mientras que quienes la enfocan como un esfuerzo colaborativo presumiblemente prefieran un sistema representativo. Para algunos la participación de los ciudadanos en política es un coste, mientras que otros lo ven como un beneficio. Si somos personas que no se llevan bien con la incertidumbre puede que prefiramos el sistema mayoritario, gracias al cual sabremos qué ocurrirá según quién gane y no tendremos ante nosotros un futuro incierto dependiente de pactos. Si estamos afiliados al partido que más votos ha recibido y este no puede gobernar por una coalición de partidos contrarios, el sistema proporcional nos parecerá una aberración. Etcétera, etcétera.

¿Es un sistema más democrático que el otro? Bueno, eso ya depende de la definición concreta de democracia.

lunes, 25 de mayo de 2015

La ética del voto

Hace ahora un año había elecciones y expuse ciertos argumentos a favor del voto. Doce meses después, los españoles tenemos de nuevo la oportunidad de ir a las urnas y mi opinión al respecto no ha cambiado. No digo que votar debiera ser obligatorio; esa es una cuestión muy diferente. En este país, quien no quiere participar en la votación está en su derecho, como lo está de no leer un libro en su vida. Lo que sí creo es que, entre el voto o la abstención, a mi juicio es mejor votar, por las razones que ya expuse. Añádanse a ellos el que, al fin y al cabo, los impuestos te los van a cobrar en cualquier caso. ¿No preferirías opinar sobre dónde van a parar? (Si bien, por desgracia, en la práctica siempre acaban en el mismo sitio: el bolsillo de unos pocos.) Reconozco, no obstante, que desconozco los mejores argumentos de los abstencionistas, por lo que no estoy en posición de criticar.

Imagen de Scott Maxwell
En este ínterin electoral di con cierto artículo escrito por Jason Brennan sobre la ética del voto, resumen de un libro del mismo título publicado por el mismo autor. Es un buen artículo y les recomiendo su lectura, principalmente porque aquí citaré partes del mismo y, por la ínsita naturaleza de la cita, parte del contexto se perderá, lo que puede dar lugar a equívocos. Otra advertencia que debo al lector es señalar que no he leído el libro de Brennan, solo la entrada en su blog, por lo que puede que algunos de los comentarios que haga aquí estén perfectamente refutados en su obra.

Siempre que yo esté interpretando correctamente su punto de vista, la idea principal de Brennan es que uno no tiene la obligación moral de votar y que, si decide hacerlo, debería hacerlo «bien», esto es, de forma informada y sensata, no de cualquier manera y «porque sí»:

I argue that citizens have no standing moral obligation to vote. Voting is just one of many ways one can pay a debt to society, serve other citizens, promote the common good, exercise civic virtue, and avoid free-riding off the efforts of others. Participating in politics is nothing special, morally speaking.
However, I argue that if citizens do decide to vote, they have very strict moral obligations regarding how they vote. I argue that citizens must vote for what they justifiedly believe will promote the common good, or otherwise they must abstain.
La justificación para tal aserción es sencilla: nuestro voto afecta a los demás (sea para bien o para mal) y hay muchas cosas importantes en juego como para elegir la papeleta a la ligera. El voto bueno es el voto informado, y eso requiere esfuerzo:

[V]oters should vote on the basis of sound evidence. They must put in heavy work to make sure their reasons for voting as they do are morally and epistemically justified. In general, they must vote for the common good rather than for narrow self-interest. Citizens who are unwilling or unable to put in the hard work of becoming good voters should not vote at all. They should stay home on election day rather than pollute the polls with their bad votes.
Esta conclusión no es, en mi opinión, del todo equivocada, pero solo debe ser aceptada tras adecuada ponderación. Creo, como Mill, que es el deber «de los individuos formar las opiniones más verdaderas que puedan; formarlas escrupulosamente y nunca imponerlas a los demás, a menos que estén completamente seguros de que son ciertas». Soy el primero al que le gustaría que toda la ciudadanía hiciera sus deberes y razonara críticamente, valorara las pruebas correctamente y tuviera en cuenta el interés de todos. Pero también entiendo que, si solo pudieran votar quienes así actuaran, bastaría con una sola urna. Pretender que las personas añadan a sus cargas profesionales, familiares, físicas y existenciales un entrenamiento político profundo es, mucho me temo, demasiado pedir. En cuyo caso, sostiene este autor, mejor será que se queden en casa bajo la máxima primum non nocere:

We would never say to everyone, “Who cares if you know anything about surgery or medicine? The important thing is that you make your cut.” Yet for some reason, we do say, “It doesn’t matter if you know much about politics. The important thing is to vote.” In both cases, incompetent decision-making can hurt innocent people.
Una primera contestación muy breve a este razonamiento podría jugar con su analogía: no se trata de ciudadanos practicando la incisión quirúrgica, sino de ciudadanos eligiendo a un cirujano que llevará a cabo la operación. En teoría (o, al menos, eso es lo que ellos quieren hacernos creer) los políticos son expertos en su campo, y hasta al más incompetente se le dan por supuestas ciertas competencias mínimas. En la práctica, por supuesto, la mayoría son unos inútiles dedicados a pastar en el presupuesto, pero dejemos hoy ese asunto al margen.

Como quiera que sea, el punto que encuentro más objetable del artículo de Brennan es la suposición de que hay una forma «buena» o «correcta» de votar. Hemos visto que, para él, el buen votante tiene en cuenta las pruebas y el bien común. Asimismo, debe conocer bien a los candidatos y sus programas, así como ser capaz de discernir si dichos programas están compuestos de buenas o malas políticas:

Voters should have good grounds for thinking that they are voting for policies or candidates that will promote the common good. In general, there are three ways that voters will violate this norm. Bad voters might vote out of 1) ignorance, 2) irrational beliefs, or 3) immoral beliefs. In contrast, good voters not only know what policies candidates will try to implement, but also know whether those policies would tend to promote or harm the common good.
Todo lo cual es, sin duda, deseable. Pero la cuestión que hay que subrayar una y otra vez es que la política no es un problema técnico con un conjunto de soluciones políticas que sean «correctas». Esa visión tan propia de la Ilustración, reflejada en las obras de Locke, Hobbes, Bentham, Mill y Kant entre otros, acabó fracasando porque, como no se cansa de repetir el profesor Shapiro, «you can't wring the politics out of politics».

En economía, mucho me temo, ocurre otro tanto. Basta con observar cómo las políticas económicas se agrupan según las ideologías, y cómo algunas escuelas de pensamiento económico (como la austríaca) utilizan la ética para sostener sus propuestas. Impuestos, presupuesto militar, becas, servicios públicos, donaciones de órganos, legalización de las drogas, legalización de la prostitución... son todas ellas cuestiones irresolubles numéricamente en las que no se puede dejar al margen la parte moral. Y cuando la política entra en conflicto con la economía no es de extrañar que gane la primera. Ya advertía Bentham que, en el caso de que se persiguiera la igualdad total, los ricos quemarían sus cosechas antes que dárselas a los pobres.

Incluso aunque existieran soluciones correctas e incorrectas, es posible utilizar argumentos morales igual que hace Brennan para defender el voto (llamémosle así) desinformado. Si un gobierno obra mal ¿no tenemos la obligación moral de votar para quitarle del poder? En España tenemos el caso de un gobierno que recorta libertades civiles y constitucionales por doquier. ¿No es imperativo expulsarlos primeramente, pues la importancia de dichas libertades prevalece sobre otras cuestiones? No podemos entrar aquí en todas las objeciones posibles a esta línea de pensamiento (por ejemplo: ¿y si es peor el remedio que la enfermedad, y el partido entrante es aún más tirano?). Solo quería señalar que, en ocasiones, puede ser suficiente conocer un único aspecto de la política de un partido para tomar una decisión éticamente defendible.

Hemos visto que Jason Brennan enmarca el problema más o menos de la siguiente forma: si no sabes, no hagas nada, porque podrías empeorar las cosas. Sin embargo, otra forma de dibujar el problema es la siguiente: si no sabes, mejor no opines. Dado que cabe concebir las elecciones como una encuesta en la que el número de votos equivale groseramente al grado de aprobación, si Brennan tiene razón ¿significa eso que debe opinar solo la gente informada?

He de confesar aquí que siento la tentación de situarme de su lado. A diario (seguro que a ustedes les ocurre lo mismo) oigo opinar a decenas de personas sobre los temas más variopintos sin tener ni idea, ya sea sobre fitness, informática, medicina o física. Raro es el día que no me sangran los oídos por las burradas que atraviesan mis tímpanos. No obstante, opinar sobre política no equivale a hacerlo sobre física. No todos estamos capacitados para discutir si P=NP, pero todos nos hacemos una idea de si las políticas del gobierno nos satisfacen o no (si bien solo de forma aproximada, pues muchos hilos se mueven en la sombra). Hemos de reconocer el derecho de todos los que han de obedecer la ley a expresar su acuerdo o desacuerdo en las urnas con quienes hacen dichas leyes, al margen, de nuevo, de sus políticas en otros ámbitos. Y no debemos olvidar que, en la práctica, los partidos políticos incumplen sus promesas sistemáticamente, por lo que esta función de las elecciones como termómetro cobra mayor importancia.

Al preguntarle a mi abuela si ha ido a votar me ha dicho que no. «Yo no sé cuál es el menos malo, así que no voto a ninguno», ha agregado. No hay duda de que Brennan estaría satisfecho.

lunes, 30 de marzo de 2015

Fuego cruzado (y II)

De manera que ¿por qué nos molestamos en discutir sobre política cuando sabemos que nadie va a cambiar de opinión?

La primera respuesta que vamos a ver es el «mercado de las ideas» de John Stuart Mill. Para Mill nuestras creencias son razonables únicamente en la medida en que las evaluamos críticamente. Él pensaba que si nuestras creencias y acciones emergen victoriosas de la evaluación crítica de nuestros oponentes en un debate libre, si sobreviven a la lucha en el «mercado de ideas», entonces, y sólo entonces, tenemos derecho a aceptarlas como justificadas. El razonamiento, expuesto en su inmortal obra Sobre la libertad, bien se merece una cita larga:

El hombre es capaz de rectificar sus equivocaciones por medio de la discusión y la experiencia. No sólo por la experiencia; es necesaria la discusión para mostrar cómo debe ser interpretada la experiencia. Las opiniones y las costumbres falsas ceden gradualmente ante los hechos y los argumentos; pero para que los hechos y los argumentos produzcan algún efecto sobre los espíritus es necesario que se expongan. Muy pocos hechos son capaces de decirnos su propia historia sin necesitar comentarios que pongan de manifiesto su sentido. Toda la fuerza y valor, pues, del juicio humano dependen de esa única propiedad, según la cual puede pasar del error a la verdad, y sólo podrá tenerse confianza en él cuando tenga constantemente a mano los medios de hacerlo. ¿Por qué se llega a tener verdadera confianza en el juicio de una persona?; porque ha tenido abierto su espíritu a la crítica de sus opiniones y de su conducta; porque su costumbre ha sido oír todo cuanto se haya podido decir contra él, aprovechando todo lo que era justo, y explicándose a sí mismo, y cuando había ocasión a los demás, la falsedad de aquello que era falso; porque se ha percatado de que la única manera que tiene el hombre de acercarse al total conocimiento de un objeto es oyendo lo que pueda ser dicho de él por personas de todas las opiniones, y estudiando todos los modos de que puede ser considerado por los diferentes caracteres de espíritu. Ningún sabio adquirió su sabiduría por otro procedimiento; ni es propio de la naturaleza humana adquirir la sabiduría de otra manera.
Foto de Dennis Jarvis
Con lo que sabemos hoy día acerca de la psicología humana esta parece una respuesta un tanto ingenua. A mi juicio, pocos espectadores (casi diría: ninguno en absoluto) se sienta frente al televisor a ver debates políticos con la intención de formarse un juicio racional acerca del asunto tratado; más bien nos sentamos con la opinión ya formada. Es el hecho que estas polémicas no suelen ser un ejercicio colaborativo en busca de la verdad por lo que no hay en ellas ningún beneficio epistémico, ya que no alumbran nuevo conocimiento. Son discusiones, no deliberaciones.

Los estudios realizados por el psicólogo social especializado en política Philip Tetlock muestran que, en efecto, el mercado de las ideas suele fallar. Efectivamente, en este mercado los consumidores están más interesados en apuntalar sus prejuicios que en llevar a cabo una búsqueda desapasionada de la verdad. A su juicio, estas disputas dialécticas deben observarse desde el mismo punto de vista que las que tienen lugar entre aficionados de equipos deportivos rivales. Por tanto, no se trata de razón y lógica, sino de autoimagen e identidad social:

John Stuart Mill—who coined the marketplace of ideas metaphor—was keenly aware that audiences like listening to speakers who articulate shared views and blast opposing views more compellingly than the audience could for itself. In his chronicle of the decline of public intellectuals, Richard Posner notes that these advocates specialize in providing “solidarity,” not “credence,” goods. The psychological function being served is not the pursuit of truth but rather enhancing the self-images and social identities of co-believers: “We right-minded folks want our side to prevail over those wrong-headed folks.” The psychology is that of the sports arena, not the seminar room.
Así, cuando discutimos de política lo hacemos llevando la camiseta de nuestro equipo ideológico, y es tan probable que un ferviente conservador dé la razón a alguien de izquierdas como que un aficionado del Real Madrid se convierta en seguidor del F. C. Barcelona.

Para entender la última respuesta sobre la que trataremos, la de Alasdair MacIntyre, necesitamos conocer primero algo de Historia (no se preocupen, les prometo que será breve). El siglo V a. C. es considerado el periodo de máximo esplendor de Atenas en lo político, lo económico y lo cultural. En esta época conocida como Ilustración griega el mito y los oráculos pasan a ser insuficientes para responder a las preguntas más importantes que asaltan a la mente humana, de modo que se empieza a acudir a la argumentación racional. Ya no basta con aceptar lo que viene dado; se discute, se critica y se reflexiona el porqué de las costumbres y de las leyes. Es la época de los sofistas, a quienes Hegel llama «los hombres cultos de la Grecia de entonces y los propagadores de la cultura». Los sofistas, tal como explica Victoria Camps:

Aceptan que ni la ética ni la política pueden permitirse juicios que vayan más allá de la doxa, la opinión. Ni la ética ni la política son ciencias –como lo es la matemática o la geometría–, se basan no en verdades sino en opiniones que, como tales, no son demostrables. A lo único que uno puede aspirar es a convencer o persuadir de la utilidad de sustentarlas. Por eso, los sofistas son maestros en retórica, el arte de la persuasión, el que les sirve para conseguir la adhesión a aquellas ideas o leyes que juzgan más convenientes.
Avanzando unos siglos llegamos a la Ilustración francesa de los siglos XVII y XVIII, época en la que de nuevo Europa Occidental vuelve a rebelarse contra las viejas tradiciones y enfatiza la razón y el análisis. En ética y política, obras como el Leviatán de Hobbes, la Ética demostrada según el orden geométrico de Spinoza, así como la razón práctica de Kant, dan forma a un proyecto que aseguraba poder encontrar normas morales objetivas y universales mediante el uso de la razón. Para estos autores es inherente al intelecto humano el saber distinguir entre el bien y el mal, y afirman que podemos razonar en cada momento lo que es bueno y lo que es malo. Sostienen, en definitiva, que hay una justificación racional de la moral.

Para MacIntyre este proyecto ilustrado fracasó. Vivimos (y los estudios en psicología lo apoyan) en una sociedad emotivista en la que «no hay ni puede haber ninguna justificación racional válida para postular la existencia de normas morales impersonales y objetivas». En dicha sociedad los juicios morales únicamente expresan sensaciones viscerales de aprobación o desaprobación (la teoría yay/boo de la moral). Estas sensaciones internas son las que nos guían cuando tenemos que hacer una elección no guiada por criterios, algo que siempre ocurre en el punto terminal de la justificación moral. Dice el filósofo escocés:

Cada individuo, implícita o explícitamente, tiene que adoptar sus primeros principios sobre la base de una tal elección. El recurso a un principio universal es, a la postre, expresión de las preferencias de una voluntad individual y para esa voluntad sus principios tienen y sólo pueden tener la autoridad que ella misma decide conferirles al adoptarlos.
Pero ese relativismo basado en emociones, asegura este filósofo, es algo que nos causa desasosiego, lo cual es comprensible. Si asumimos que en política lo que está bien es lo que a cada uno le parece que está bien, que lo que es injusto en un país puede ser legítimo en otro, no es difícil vislumbrar los indeseables derroteros por los que nos lleva eso.

Occidente, declara MacIntyre, ha heredado de la Ilustración griega esa tradición en la que mediante el uso de la retórica era totalmente aceptable ser persuadido en lo atinente a argumentos morales. Sin embargo, carecemos de otros aspectos de dicha tradición que son necesarios para formar un todo coherente, como cierta visión de la naturaleza humana y de la naturaleza de la ética (verla como virtud personal y no solo como la capacidad de discernir el bien del mal). En su lugar tenemos la tradición fruto del Siglo de las Luces, según la cual podemos razonar hasta encontrar una verdad moral objetiva. El resultado es la sociedad actual, una sociedad emotivista que enmascara las preferencias personales con discusiones de apariencia racional para ocultar la incomodidad que nos provoca el hecho de que no haya justificaciones últimas a las que recurrir y de que, por eso, cada uno pueda argüir que algo está bien porque a él se lo parece (el clásico «porque sí»). De este modo el debate político es un sainete resultado de mezclar tradiciones incompletas de épocas distintas. El profesor Ian Shapiro resume así la postura de MacIntyre:

We engage in the forms of moral argument because we have inherited a tradition which is basically being dismembered. We've inherited bits and pieces of a tradition in which it was completely accepted that people can be persuaded in moral arguments. But we've also detached those strands of the tradition from the unifying assumptions about human nature that gave them their point, and so we've inherited sort of incoherent pieces of a once coherent world view. And the reason people engage in this argument is it, it's a kind of performative illustration of the dissatisfaction with what the Enlightenment has brought. That as the Enlightenment has played itself out, it's finally produced this emotivist culture which we all act out, we all live in, we all participate in, we all expect it to be the way it is. But the fact that we argue in this way betrays the fact that deep down we're uncomfortable with it, we're uncomfortable with the yay boo theory of morality. We don't like it, we can't live with it. So we go through the forms of rational argument because of that.
En definitiva, a juicio de MacIntyre discutimos sobre política porque, aunque en la práctica sabemos que no es así, queremos creer que somos seres lógicos y racionales en constante búsqueda de una verdad objetiva que deseamos que exista, y que somos capaces de cambiar de opinión cuando se nos hace ver que nuestros argumentos son débiles, nuestro razonamiento incorrecto o las pruebas contradicen nuestras afirmaciones.

El proyecto iniciado en la época de Newton y Descartes prometía llevarnos al conocimiento completo a través del uso de «la razón clara y distinta», término empleado por el célebre francés. Los filósofos de aquel entonces, imbuidos por el espíritu de la época, confiaban en que también la política y la moral podían resolverse de forma científica. Más de tres siglos después queda claro, sin embargo, que no se puede dejar al margen la ideología política cuando se discute sobre política.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Por qué las personas inteligentes dicen tonterías

Tuve la suerte de conocer en persona a Fernando Jiménez del Oso. Para la gran mayoría su nombre está asociado a lo paranormal, a los programas de televisión Historias para no dormir y Más allá (entre otros), así como a las revistas Espacio y Tiempo y Enigmas. Sin embargo, para mí su nombre está ligado a su faceta más mundana, la de su trabajo diario. Jiménez del Oso era licenciado en Medicina y Cirugía y se especializó en psiquiatría. Tenía su consulta privada en un chalet de no recuerdo qué zona de una gran metrópoli. Allí fue donde le conocí, como el psiquiatra que ayudaba a uno de los miembros de mi familia. El despacho en el que atendía a sus pacientes era impresionante: espacioso, luminoso, decorado con gusto, repleto de libros y objetos exóticos traídos de sus viajes. Era verano y tenía sobre la mesa una jarra de agua helada para sus pacientes y un vaso de coca cola con hielo para él. Solo esos pedazos de cristal tenían aspecto de valer más que el coche en el que mi padre nos había llevado allí. Recuerdo al doctor como un hombre avejentado aunque físicamente imponente, alto y grande, vestido con su bata blanca, con grandes bolsas bajos los ojos y una voz profunda y penetrante que te encandilaba. Se mostraba amable, educado, accesible y poseía un gran sentido del humor. Que era sumamente inteligente quedaba claro enseguida. Afortunadamente, también era un buen psiquiatra y evitó que tuviéramos que ingresar a esa persona de nuestra familia en un hospital psiquiátrico.

Foto de Niels Linneberg
En mi charla con él comenté de pasada que nadie había vuelto de la muerte, a lo que replicó: «eso es lo que tú te crees». Jiménez del Oso fue un ejemplo perfecto de esas personas inteligentes que creen cosas raras a las que se refiere Michael Shermer en su libro Por qué creemos en cosas raras: pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo. ¿Cómo puede un ser adulto bien educado, inteligente y con mundo creer en algo como «las caras de Bélmez»? El análisis de Shermer da tres razones principales que el autor resume en una única frase:

La gente lista cree en cosas raras porque está entrenada para defender creencias a las que ha llegado por razones poco inteligentes.
Como explica en otra parte del libro:

Como son más inteligentes y han recibido más formación que los demás, los listos son más capaces de justificar sus creencias con razones intelectuales, aunque las hayan adquirido por razones no intelectuales. Pero los listos, como el común de los mortales, se dan cuenta de que las necesidades emocionales y el hecho de haber sido educado para creer en algo es la forma en que la mayoría llegamos a creer en lo que creemos. Y entonces interviene el prejuicio de la atribución intelectual, especialmente en la gente lista, para justificar esas creencias por raras que sean.
John Stuart Mill, el célebre filósofo, político y economista del siglo XIX, defendió varias reformas sociales significativas adelantadas a su tiempo, tales como los sindicatos y las cooperativas, la abolición de la esclavitud en Estados Unidos y el voto femenino. Los argumentos que desarrolló tienen la solvencia y robustez propias de un filósofo que ha pasado la prueba del tiempo y cuyas obras siguen siendo leídas e influyentes dos siglos más tarde. En su crítica sobre la esclavitud en norteamérica, verbigracia, Mill preguntaba de forma retórica si alguien había preguntado a los esclavos qué querían ellos, una visión nada habitual en una época en la que las necesidades de esa clase social no se tenían en cuenta en los debates políticos:

Before admitting the authority of any persons, as organs of the will of the people, to dispose of the whole political existence of a country, I ask to see whether their credentials are from the whole, or only from a part. And first, it is necessary to ask, Have the slaves been consulted? Has their will been counted as any part in the estimate of collective volition? They are a part of the population. However natural in the country itself, it is rather cool in English writers who talk so glibly of the ten millions (I believe there are only eight), to pass over the very existence of four millions who must abhor the idea of separation. Remember, we consider them to be human beings, entitled to human rights.
En este sentido, el filósofo británico fue un progresista que defendió posturas que hoy nos parecen obviamente correctas, pero que contravenían lo que era la opinión común en su momento. Sin embargo, Mill también era miembro de la Compañía de las Indias Orientales, monopolio del imperio inglés que gobernaba la India por aquel entonces. Paradójicamente, mientras defendía la autodeterminación y los derechos de los esclavos en una parte del mundo, abogaba por un depotismo benevolente en otra, basándose en una visión de la India como sociedad bárbara que debía ser intervenida:

The rules of ordinary international morality imply reciprocity. But barbarians will not reciprocate. They cannot be depended on for observing any rules. Their minds are not capable of so great an effort, nor their will sufficiently under the influence of distant motives. In the next place, nations which are still barbarous have not yet got beyond the period during which it is likely to be for their benefit that they should be conquered and held in subjection by foreigners. Independence and nationality, so essential to the due growth and development of a people further advanced in improvement, are generally impediments to theirs.
No deja de ser llamativo cómo uno de los grandes pensadores de la Historia pudo defender una postura tan racista y defectuosa, sobre todo si tenemos en cuenta que chocaba frontalmente con las tesis expuestas en sus obras más relevantes y conocidas. Sin duda, Mill era muy capaz de defender y justificar sus opiniones equivocadas.

Ronald Aylmer Fisher también era inglés, pero su campo del saber abarcaba la biología evolucionista (Richard Dawkins lo califica como el mayor biólogo desde Darwin), la genética, las matemáticas y la estadística. Es el responsable de muchos de los métodos que se usan ampliamente hoy día en este último campo, así como del desarrollo del método y el vocabulario de la significación estadística. Sin embargo, en los últimos años de su vida, también esta mente privilegiada cometió un notable error de juicio. Tal como relata Nate Silver:

The issue concerned cigarette smoking and lung cancer. In the 1950s, a large volume of research [...] claimed there was a connection between the two, a connection that is of course widely accepted today.
Fisher spent much of his late life fighting against these conclusions, publishing letters in prestigious publications including The British Medical Journal and Nature. He did not deny that the statistical relationship between cigarettes and lung cancer was fairly strong in these studies, but he claimed it was a case of correlation mistaken for causation, comparing it to a historical correlation between apple imports and marriage rates in England. At one point, he argued that lung cancer caused cigarette smoking and not the other way around—the idea, apparently, was that people might take up smoking for relief from their lung pain.
Fisher negó la relación entre tabaco y cáncer de pulmón aun cuando por aquel entonces ya había una buena cantidad de pruebas estadísticas y ensayos clínicos llevados a cabo por una amplia variedad de investigadores en diversos contextos que demostraban la relación causal entre ambos. La idea de que el tabaco podía causar cáncer de pulmón se había ido convirtiendo rápidamente en el consenso científico pero ¿cómo iba a discutirle nadie a un gigante de la estadística lo que podía inferirse de tales estudios? Actualmente, en uno de esos ejemplos de cómo la historia rima, no es difícil encontrar personas inteligentes que niegan el calentamiento global.

Una persona inteligente puede decir tonterías por muchas razones. Para empezar, puede que le estén pagando para ello, lo cual no es raro cuando se discuten cuestiones con valor político o económico. O puede que el asunto tratado se salga de su área de conocimiento pero la persona en cuestión sea de las que se comporta con la misma petulancia en aquello que ignora que en la porciúncula de universo en la que es eminente. Quizá estén en juego sus intereses y solo ande defendiendo sus privilegios. O tal vez se deba a que algo pone en entredicho sus creencias, en cuyo caso la inteligencia puede ayudarnos a construir sólidas defensas alrededor de las mismas. Los datos pueden escogerse y retorcerse para justificar lo que creemos y desdeñar a quienes piensan lo contrario. Siempre es posible cuestionar los números en sí, los métodos con que se obtuvieron, las interpretaciones de los mismos o la honestidad, intenciones e ideología de quien los proporciona. Las líneas argumentales pueden contorsionarse y adaptarse añadiendo excepciones o puntualizaciones según nos convenga. Los argumentos rivales pueden deformarse o caricaturizarse en alguna de las formas recogidas por Schopenhauer. La inteligencia no solo se convierte así en puntal de nuestras creencias, sino también en una muralla que impide a las de los demás trastocar nuestro mundo (ibídem Shermer):

[A] las personas inteligentes se les da mejor racionalizar sus creencias con argumentos razonados, pero, como consecuencia de ello, están menos abiertas a considerar las opiniones ajenas. Así pues, aunque la inteligencia no afecta a lo que creemos, sí influye en la forma en que las creencias se justifican, racionalizan y defienden, después de que las hayamos adquirido por razones que nada tienen que ver con la inteligencia.
Todos vivimos inmersos en la niebla de nuestras propias convicciones. Las observaciones se filtran a través de nuestro modelo del mundo. Los grandes pensadores de la historia, así como las personas más inteligentes del mundo actual, no son inmunes a ello. La inteligencia es un arma de doble filo que puede actuar como antídoto frente a historias mágicas, cuentos chinos y malos argumentos pero también nos sirve para proteger creencias que han crecido dentro de nosotros por razones aleatorias como nuestro año y lugar de nacimiento, nuestra clase social, nuestra cultura, etcétera.

Hubo una época en la que pensaba: «si ese tío tan listo defiende esa postura quizá sea porque su inteligencia le permite percibir algo que yo soy incapaz de ver. Si fuera tan listo como él ¿defendería su misma postura?». Con el tiempo he aprendido que no tiene por qué ser así. Parafraseando a Shermer, las personas inteligentes dicen tonterías porque están entrenadas para defender puntos de vista equivocados a los que han arribado por razones que poco o nada tiene que ver con su inteligencia. Y es que, como decía mi querido Jiménez del Oso (que en paz descanse): «en contra de lo que la mayoría cree, la inteligencia nada tiene que ver con la madurez: se puede ser una lumbrera en Biología o en Astrofísica y tonto de las posaderas en otros aspectos».