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lunes, 28 de agosto de 2017

Medio y mensaje

La afirmación «el medio es el mensaje» fue propuesta por el intelectual canadiense Marshall McLuhan en su obra seminal Understanding Media: The Extensions of Man. En sus propias palabras:

[T]he medium is the message. This is merely to say that the personal and social consequences of any medium-- that is, of any extension of ourselves -- result from the new scale that is introduced into our affairs by each extension of ourselves, or by any new technology. Thus, with automation, for example, the new patterns of human association tend to eliminate jobs, it is true. That is the negative result. Positively, automation creates roles for people, which is to say depth of involvement in their work and human association that our preceding mechanical technology had destroyed.
Según McLuhan, el contenido de cualquier medio de comunicación siempre es otro medio. Por ejemplo, el texto impreso es el contenido de un telegrama (el libro se publicó en 1964), las palabras escritas son el contenido de la imprenta, y el habla es el contenido de esta última. Para él, el mensaje de un medio dado es el cambio de escala, ritmo o nuevos patrones que introduce en la sociedad (ibídem):

The railway did not introduce movement or transportation or wheel or road into human society, but it accelerated and enlarged the scale of previous human functions, creating totally new kinds of cities and new kinds of work and leisure. This happened whether the railway functioned in a tropical or a northern environment and is quite independent of the freight or content of the railway medium. The airplane, on the other hand, by accelerating the rate of transportation, tends to dissolve the railway form of city, politics, and association, quite independently of what the airplane is used for.
Por tanto, de acuerdo con McLuhan, el medio que usamos configura y controla nuestro comportamiento y la manera en la que nos relacionamos. Es decir, cada medio provee su propio modo de expresión, dando forma al discurso y a nuestros pensamientos.

Neil Postman, teórico de los medios de comunicación y crítico cultural norteamericano, conoció personalmente a McLuhan. Se podría decir que su trabajo es una continuación de los análisis del canadiense. De acuerdo con Postman, los medios de comunicación que una cultura tiene a su disposición son la influencia dominante en la formación de las preocupaciones sociales e intelectuales de esa cultura. Dicho en pocas palabras, su premisa es que la forma en que expresamos nuestras ideas determinan cuáles serán esas ideas:

[A] major new medium changes the structure of discourse; it does so by encouraging certain uses of the intellect, by favoring certain definitions of intelligence and wisdom, and by demanding a certain kind of content—in a phrase, by creating new forms of truth-telling.
Foto de Niklas Morberg
Postman examinó el ocaso de la palabra escrita a causa del ascenso de la televisión, un suceso que, según él, cambió de forma irreversible el contenido y el significado del discurso público. Desde su punto de vista, la epistemología de la palabra escrita es superior a la basada en la televisión, resultando el dominio de esta última en una degradación del diálogo público y un atontamiento de la ciudadanía. No es que la televisión sea mala en sí misma o que quienes prefieren la «caja tonta» a los libros estén menos desarrollados intelectualmente, sino que la televisión, al ser el medio preponderante, hace que las discusiones sobre política, economía y demás asuntos públicos se deformen y pasen a ser un entretenimiento, que es el material propio de la televisión.

Consideremos, verbigracia, los programas de «debate» político, todos los cuales consisten en invitar a uno o más representantes de dos ideologías opuestas (cuanto más exagerados mejor) para enfrentarlos y hacer que viertan la ponzoña, discutan, se griten y se interrumpan mutuamente con argumentos pueriles. La televisión es un medio visual cuyo propósito principal es entretener, no hacer pensar lenta, profunda y deliberadamente acerca de ideas abstractas:

El ritmo televisivo impone expresarse a golpe de titular, a fuerza de tuit, con el único objetivo de informar, sí, pero entreteniendo, o lo que es lo mismo, añadiendo las dosis justas de frivolidad, lo cual impide tratar cualquier tema con la suficiente profundidad. Porque es que la tele no es un medio para profundizar en nada. Si lo haces, te arriesgas a emitir documentales que nadie ve. Para eso está un buen libro.
Que Postman se centrara en la televisión es reflejo de la época en la que apareció el libro (1984). Hoy día, las disertaciones de este tipo se centran, cómo no, en internet y las redes sociales. Para Ryan Holiday, por ejemplo, lo mismo que ocurre con la televisión ocurre con los blogs: la forma en la que el medio funciona determina qué se publica y cómo. ¿Por qué los blogueros persiguen publicar historias novedosas constantemente? ¿Por qué los blogs sacan nuevas entradas cada pocos minutos? ¿Por qué los artículos son tan cortos? La respuesta para estas y otras cuestiones relacionadas es la misma: porque ese es el producto resultante de una plataforma de comunicación cuyo objetivo final es atraer visitantes a los que mostrarles anuncios, lo cual es la principal fuente de ingresos de los blogs:

Entertainment powered television, and so everything that television touched—from war to politics to art—would inevitably be turned into entertainment. TV had to create a fake world to fit its needs, and we, the audience, watched that fake world on TV, imitated it, and it became the new reality in which we lived. The dominant cultural medium, Postman understood, determines culture itself.

Well, television is no longer the main stage of culture. The Internet is. Blogs are. YouTube is. Twitter is. And their demands control our culture exactly as television once did. Only the Internet worships a different god: Traffic. It lives and dies by clicks, because that’s what drives ad revenue and influence. The central question for the Internet is not, Is this entertaining? but, Will this get attention? Will it spread?
¿El resultado? La world wide web actual: un inmenso repositorio digital de historias basadas en rumores o fabricadas directamente para su publicación, de páginas pornográficas, de escritos controvertidos que buscan provocar al lector, de contenido caduco a los pocos minutos, de páginas pornográficas, de datos inexactos o directamente falsos, y de publicaciones vacuas o estúpidas como esta (sin olvidar las páginas pornográficas).

Hoy día dudamos sobre si nos están volviendo tontos las redes sociales y el WhatsApp. Hace casi una década Nicholas Carr se preguntaba eso mismo acerca de Google. Como hemos visto, a finales del siglo XX el blanco de las críticas era la televisión. Y antes que eso supongo que sería el cine. Y antes que el cine, la radio. Y anteriormente el telégrafo. Y así sucesivamente hasta llegar a Platón quien, como vimos, rechazaba la palabra escrita.

Decía McLuhan en su libro que todo medio de comunicación es una extensión de nuestro ser, igual que la tecnología. No creo que se considere atrevido por mi parte decir que las herramientas no solo pueden modificar el mundo físico sino que también pueden cambiar la forma en la que pensamos acerca de él, cómo nos relacionamos unos con otros y, en definitiva, cómo somos. Algunos de esos cambios son imposibles de prever y siempre habrá razones para preguntarse si no estaremos yendo a peor.

lunes, 11 de abril de 2016

Seis cosas que quizás preferirías no saber

Me gusta leer libros sobre otras profesiones, aquellos en los que el autor relata sus experiencias en algún campo laboral diferente o llamativo, ya sea medicina, política, Wall Street, comandos de las fuerzas especiales o deportes profesionales. A través de dichas obras te das cuenta de que la propia no es la única profesión en la que suceden cosas que claman al cielo y que harían que el resto de la población se llevara las manos a la cabeza si las supiera.

Hoy les traigo un pequeño florilegio de trapos sucios de distintos oficios. Recuerden, antes de seguir leyendo, aquel viejo aforismo según el cual hay cosas que es mejor no saber cómo se elaboran, como las leyes y las salchichas.


Leyes hechas por empresas

Aseguran los políticos que hablar con los grupos de presión (lobbies) les ayuda a conocer en profundidad un tema sobre el que haya que legislar, y a tener visiones distintas sobre él. Argumentan que no pueden saber de todo ni conocer las consecuencias de cada aspecto de cada ley, así que se apoyan en empresas privadas para analizar los aspectos técnicos de una nueva ley. En la práctica, todos sabemos que ese loable objetivo acaba materializándose en desmadres como las tarifas de electricidad o las autopistas radiales de Madrid. Es el hecho que todo grupo de presión bien formado tiene línea directa con el gobierno y solo le preocupan sus propios intereses, aunque ello signifique un perjuicio de la sociedad en general. Sus tácticas no solo consisten en presionar directamente a los congresistas, sino también en manipular la opinión pública:

Una de las primeras frustraciones del Gobierno de Zapatero fue cuando tuvo que retirar la ley que controlaba el consumo de alcohol de los menores de 18 años y su publicidad en los medios de comunicación. Desde el momento en que el proyecto fue anunciado por la entonces ministra de Sanidad, Elena Salgado, una serie de sectores se levantaron en armas contra el proyecto. Sobre todo cuando el ministerio presentó una campaña con datos científicos contrastados, para tratar de convencer a la sociedad de que el consumo de alcohol en menores produce un retraso irreversible en la maduración cerebral.

«Una marca muy conocida de vino de mesa salió en tromba contra nosotros —relata José Martínez Olmos, quien pronuncia sin duda uno de los discursos más críticos y escépticos con respecto a la capacidad de los distintos Gobiernos para imponer sus criterios a los grupos de interés—, ya que la prohibición del consumo a menores les hacía mucho daño, porque éstos cuando consumen vino es fundamentalmente vino barato con Coca-Cola, calimocho. Utilizaron todos sus medios de presión para influir en las líneas editoriales de la prensa regional y nacional, arremetieron contra nosotros y dijeron que era una ley contra el vino.»

Consiguieron movilizar a la opinión pública con ideas fuerza como que el vino es bueno para la salud, y es cultura de nuestro país, y movilizaron también a los trabajadores diciendo que la ley iba a perjudicar económicamente al sector. Se presionó para que se sacara al vino de la ley, es decir, para que se prohibiera a los menores beber todo tipo de alcohol excepto el vino, por ser de baja graduación, cuando el alcohol, sea el que sea, perjudica igual, independientemente de su graduación.
Médicos de urgencia sin experiencia

En teoría, los médicos internos residentes (MIR) de primer año están supervisados por un adjunto en todo momento. Sin embargo, estos médicos que todavía no han aprendido a ejercer su profesión en la práctica se encuentran a menudo abandonados a su albur, atendiendo pacientes como buenamente pueden y aprendiendo sobre la marcha, rotando entre especialidades no relacionadas con la que eligieron. Para mayor escarnio, ocurre que la mayoría del personal de Urgencias está formado por residentes, lo que da lugar a situaciones como la siguiente:

Una vez, en la Urgencia de mi hospital, un niño que estaba en la sala de espera tuvo una reacción alérgica brutal y sufrió un broncoespasmo [los bronquios se estrechan y el aire no llega a los pulmones]. Se estaba ahogando, pero como allí no había Pediatría los propios adjuntos no sabían muy bien qué hacer y todos me miraban a mí, que soy de Familia, porque en ese momento estaba haciendo la rotación pediátrica en otro centro de la zona.
Yo temblaba como un descosido. En cualquier otra situación el problema lo habría resuelto un adjunto, pero los míos no estaban familiarizados con las dosis infantiles y toda la responsabilidad recaía sobre mí, que aparte de todo, no había visto un broncoespasmo en mi vida. Le dimos los broncodilatadores y todo salió bien, pudimos controlar la crisis y le remitimos a Pediatría, pero yo no pude dejar de temblar en lo que quedaba de guardia.
Fraude en la ciencia

Este asunto ya lo comentamos de pasada en su momento. La ciencia está hecha por personas y, a consecuencia de ello, a veces se violan códigos éticos con tal de destacar, obtener financiación o conseguir que un trabajo sea publicado:

In a 2000 survey of biostatisticians, half said they personally knew of research studies that involved fraud, and of that group, about half went on to say that the fraud involved the fabrication or falsification of data. Just under a third of all respondents admitted to having personally been involved in a project in which there had been some form of research misconduct. In a 2001 survey of hospital medical consultants, 56 percent said they had observed research misconduct, 6 percent admitted to having committed it themselves, and 18 percent said they thought they would commit it in the future. A 2005 survey of the authors of clinical drug trials reported that 17 percent of the respondents personally knew of fabrication in a research study within the past ten years, with 5 percent having been directly involved in a study in which there had been fabrication. In a study by the American Physical Society, 13 percent of young physicists said they had observed other physicists intentionally misreporting research. [...] Altman and colleagues examined a total of 190 published randomized drug trials and found that 65 percent of the findings associated with harm caused by a drug were not fully reported in the published results—a sobering thought for those taking any medication—but only 14 percent of the authors of these trials admitted to underreporting.
Agua potable desperdiciada

Recuerdo haber leído de pequeño que buena parte del agua potable se perdía en la propia distribución. Pues bien, el porcentaje parece ser nada desdeñable y quienes deberían poner de su parte para solucionar el problema no parecen muy preocupados al respecto:

En una de las entregas de chalets, estuve presente durante el control de la instalación de agua de la calle por el inspector de la compañía. Se cerraron todas las llaves de las casas y se abrió la general del vial; él miró su pantalla un momento y dijo: «Hay una fuga». Que es como el policía de aduanas que detiene al chico justo cuando creía que pasaba y le pide que abra su maleta. La urbanizadora debía romper toda la calzada buscando la pérdida mientras se paralizaba una entrega de viviendas para la que ya se había dado fecha a los vecinos, un auténtico desastre. Pero él parecía ajeno al problema; más bien parecía ajeno a todo:

—Entonces tendremos que abrir para buscar la fuga, ¿no?

Y me miró como si me hubiera vuelto loco:

—¿Abrir toda la calle para buscar una fuga? Eso es imposible. ¿Y si no la localizáis? Mira el contador, es pequeña. ¿Sabes cómo aparecerá? Por el blandón que saldrá en el asfalto dentro de cinco o seis años, estará debajo, es lo que tardará en lavar la base. ¿Tú crees que eso tiene importancia? Tío, en Madrid nos faltan los planos de toda la red de abastecimiento del siglo XIX, hay ramales que no sabemos dónde van a parar, más de un 20 % del consumo del Canal se pierde y no sabemos ni dónde, debe de haber cientos de acometidas soltando agua hacia ningún sitio. ¿Y vais a buscar una mierda de fuga?
Televisión sin escrúpulos

En mayor o menor medida, creo que los telespectadores son conscientes de que lo que ven en televisión es mentira: los telediarios están manipulados por los políticos, los realities versan acerca de ficciones inducidas y los programas del corazón son un gran circo. Junto a ellos se sitúan los programas de testimonios, otrora tan populares, que gustan de hacer espectáculo a base de sentimientos y dolor ajeno. Lo que no sospecha quien se ofrece a participar en ellos es el trato que va a recibir en realidad (mayúsculas en el original):

Tema [del programa]: No tengo complejos. Buscamos gordos y gordas felices, tullidos, feos incluso.

1. Cruzar límites. Jamás les dices a los gordos que van a exponerse. Vas a ir a buscar a los desacomplejados donde sea. Si hay que hacerle la envolvente a una asociación de discapacitados para que te dé dos o tres nombres de gente con problemas físicos, se le hace la envolvente. Luego llamarán al programa, para quejarse, pero ya será tarde. Tú habrás conseguido a la chica aquella que iba en silla de ruedas y buscaba novio.
2. Mentir. No le dices que te espanta su cuerpo, que te resulta vulgar, que detestas sus maneras y sus modos, tú, tan refinada. Le cuentas que el programa va a ser divertido. Y si ella te dice que le gusta bailar, ya lo tienes. La vas a convencer, desde el buen rollo para que se marque un bailecito sexy en plató, con sus michelines bamboleando, que en antena resultará patético a todas luces.

3. Rastrero. Imaginemos que no entra al trapo. No, no quiero bailar. No le insistirás, pero en plató rematas: suena la música y la presentadora dice, me han dicho que te encanta bailar, y entonces jaleada por el público, la chica no tendrá mas remedio que contonearse. Se lo pide LA TELE.

4. En la reunión de contenidos hablas de ellos como lo que son: pobre gente. Te ríes con tus compañeros de sus miserias, de sus frases absurdas, de sus cuerpos. A veces haces bromas hirientes.

5. La chica te contó medio llorando que antes sí tenía complejos, que un chico le hizo mucho daño, que la ridiculizó ante sus compañeros de instituto. Ella creía que le gustaba de verdad, un día él la citó en el gimnasio y la besó, y cuando estaba a punto de follársela, aparecieron los otros, muertos de risa, con móviles en la mano. Te dice que eso no quiere contarlo. Pero es que ESO es el TEMA. Así que en la reunión de contenidos lo sueltas. El tema se le apunta a la presentadora, que en plató dice: me han contado que una vez te hicieron mucho daño, ¿no, Marisa? Marisa balbucea, se queda un poco sorprendida. Luego, abrumada, se viene abajo, y ante la falsa condescendencia de la conductora del espacio, llora, y LO CUENTA. Y tú te regodeas en el control, para qué negarlo.

Picaresca con regalo en viviendas de nueva construcción

Uno de los múltiples sistemas para violar la ley sin que se note en las viviendas nuevas son las buhardillas ocultas. La trampa consiste en dejar un hueco tapado con escayola en una de esas típicas casas de urbanización de dos pisos. De esta manera el propietario obtiene una planta nueva que no computa en las escrituras con tan solo dar unos martillazos. El caso es que estas buhardillas ocultas a veces incluyen una desagradable sorpresa:

Lo más bonito de las buhardillas sin escalera era la intimidad que ofrecían: en un alto, a salvo de miradas indiscretas y acariciado por la brisa fresca. Eran el paraíso para ir a desahogar las necesidades físicas después de una buena pitanza. [...]

En fin, que en el tiempo en que quedaban abiertas hasta que cerrábamos el hueco de escayola se convertían en un sembrado de boñigas. He llegado a contar seis, siete en cuatro metros, lo que siempre me hizo dudar: entiendo al primero que sube allí a deshacerse del sobrante, pero ¿el séptimo?

Los que más lo sufrían y más nos lo harían sufrir eran los del proyectado. Las buhardillas ocultas, puesto que iban a ser utilizadas, se aislaban igual que el resto de la casa, pero se trataba de locales sin ningún tipo de ventilación ni luz, como una mina. Para colmo de males, cuando les tocaba subir, lo primero que se encontraban, a pesar de que se enviaba antes a un peón a limpiar, eran tres o cuatro mierdas esparcidas por el suelo. [...] Como iban a destajo, en vez de molestarse en avisar al encargado para que las retirasen, les enchufaban espuma y las cubrían: se quitaban de la vista, el olor y empezaban a trabajar. Ese siempre era el primer paso de su protocolo. Cuando salían de la buhardilla dejaban proyectadas las paredes y el techo y tres o cuatro bultos sospechosos de espuma por el suelo. El problema es que el aislante mantiene en perfecto estado la materia orgánica, como el aluminio. Lo que dejaban cubierto nunca se secaba.
Unos meses más tarde, los vecinos rompían el falso techo, subían a su buhardilla, descubrían la ventana y admiraban orgullosos los cincuenta metros cuadrados de vivienda que no computaban. Entonces se fijaban en los cuatro pegotes de espuma amarilla que afeaban el suelo, cogían la pala y se decidían a quitarlos. Y siempre recé porque usasen la pala, era mucho peor con la escoba.

lunes, 30 de marzo de 2015

Fuego cruzado (y II)

De manera que ¿por qué nos molestamos en discutir sobre política cuando sabemos que nadie va a cambiar de opinión?

La primera respuesta que vamos a ver es el «mercado de las ideas» de John Stuart Mill. Para Mill nuestras creencias son razonables únicamente en la medida en que las evaluamos críticamente. Él pensaba que si nuestras creencias y acciones emergen victoriosas de la evaluación crítica de nuestros oponentes en un debate libre, si sobreviven a la lucha en el «mercado de ideas», entonces, y sólo entonces, tenemos derecho a aceptarlas como justificadas. El razonamiento, expuesto en su inmortal obra Sobre la libertad, bien se merece una cita larga:

El hombre es capaz de rectificar sus equivocaciones por medio de la discusión y la experiencia. No sólo por la experiencia; es necesaria la discusión para mostrar cómo debe ser interpretada la experiencia. Las opiniones y las costumbres falsas ceden gradualmente ante los hechos y los argumentos; pero para que los hechos y los argumentos produzcan algún efecto sobre los espíritus es necesario que se expongan. Muy pocos hechos son capaces de decirnos su propia historia sin necesitar comentarios que pongan de manifiesto su sentido. Toda la fuerza y valor, pues, del juicio humano dependen de esa única propiedad, según la cual puede pasar del error a la verdad, y sólo podrá tenerse confianza en él cuando tenga constantemente a mano los medios de hacerlo. ¿Por qué se llega a tener verdadera confianza en el juicio de una persona?; porque ha tenido abierto su espíritu a la crítica de sus opiniones y de su conducta; porque su costumbre ha sido oír todo cuanto se haya podido decir contra él, aprovechando todo lo que era justo, y explicándose a sí mismo, y cuando había ocasión a los demás, la falsedad de aquello que era falso; porque se ha percatado de que la única manera que tiene el hombre de acercarse al total conocimiento de un objeto es oyendo lo que pueda ser dicho de él por personas de todas las opiniones, y estudiando todos los modos de que puede ser considerado por los diferentes caracteres de espíritu. Ningún sabio adquirió su sabiduría por otro procedimiento; ni es propio de la naturaleza humana adquirir la sabiduría de otra manera.
Foto de Dennis Jarvis
Con lo que sabemos hoy día acerca de la psicología humana esta parece una respuesta un tanto ingenua. A mi juicio, pocos espectadores (casi diría: ninguno en absoluto) se sienta frente al televisor a ver debates políticos con la intención de formarse un juicio racional acerca del asunto tratado; más bien nos sentamos con la opinión ya formada. Es el hecho que estas polémicas no suelen ser un ejercicio colaborativo en busca de la verdad por lo que no hay en ellas ningún beneficio epistémico, ya que no alumbran nuevo conocimiento. Son discusiones, no deliberaciones.

Los estudios realizados por el psicólogo social especializado en política Philip Tetlock muestran que, en efecto, el mercado de las ideas suele fallar. Efectivamente, en este mercado los consumidores están más interesados en apuntalar sus prejuicios que en llevar a cabo una búsqueda desapasionada de la verdad. A su juicio, estas disputas dialécticas deben observarse desde el mismo punto de vista que las que tienen lugar entre aficionados de equipos deportivos rivales. Por tanto, no se trata de razón y lógica, sino de autoimagen e identidad social:

John Stuart Mill—who coined the marketplace of ideas metaphor—was keenly aware that audiences like listening to speakers who articulate shared views and blast opposing views more compellingly than the audience could for itself. In his chronicle of the decline of public intellectuals, Richard Posner notes that these advocates specialize in providing “solidarity,” not “credence,” goods. The psychological function being served is not the pursuit of truth but rather enhancing the self-images and social identities of co-believers: “We right-minded folks want our side to prevail over those wrong-headed folks.” The psychology is that of the sports arena, not the seminar room.
Así, cuando discutimos de política lo hacemos llevando la camiseta de nuestro equipo ideológico, y es tan probable que un ferviente conservador dé la razón a alguien de izquierdas como que un aficionado del Real Madrid se convierta en seguidor del F. C. Barcelona.

Para entender la última respuesta sobre la que trataremos, la de Alasdair MacIntyre, necesitamos conocer primero algo de Historia (no se preocupen, les prometo que será breve). El siglo V a. C. es considerado el periodo de máximo esplendor de Atenas en lo político, lo económico y lo cultural. En esta época conocida como Ilustración griega el mito y los oráculos pasan a ser insuficientes para responder a las preguntas más importantes que asaltan a la mente humana, de modo que se empieza a acudir a la argumentación racional. Ya no basta con aceptar lo que viene dado; se discute, se critica y se reflexiona el porqué de las costumbres y de las leyes. Es la época de los sofistas, a quienes Hegel llama «los hombres cultos de la Grecia de entonces y los propagadores de la cultura». Los sofistas, tal como explica Victoria Camps:

Aceptan que ni la ética ni la política pueden permitirse juicios que vayan más allá de la doxa, la opinión. Ni la ética ni la política son ciencias –como lo es la matemática o la geometría–, se basan no en verdades sino en opiniones que, como tales, no son demostrables. A lo único que uno puede aspirar es a convencer o persuadir de la utilidad de sustentarlas. Por eso, los sofistas son maestros en retórica, el arte de la persuasión, el que les sirve para conseguir la adhesión a aquellas ideas o leyes que juzgan más convenientes.
Avanzando unos siglos llegamos a la Ilustración francesa de los siglos XVII y XVIII, época en la que de nuevo Europa Occidental vuelve a rebelarse contra las viejas tradiciones y enfatiza la razón y el análisis. En ética y política, obras como el Leviatán de Hobbes, la Ética demostrada según el orden geométrico de Spinoza, así como la razón práctica de Kant, dan forma a un proyecto que aseguraba poder encontrar normas morales objetivas y universales mediante el uso de la razón. Para estos autores es inherente al intelecto humano el saber distinguir entre el bien y el mal, y afirman que podemos razonar en cada momento lo que es bueno y lo que es malo. Sostienen, en definitiva, que hay una justificación racional de la moral.

Para MacIntyre este proyecto ilustrado fracasó. Vivimos (y los estudios en psicología lo apoyan) en una sociedad emotivista en la que «no hay ni puede haber ninguna justificación racional válida para postular la existencia de normas morales impersonales y objetivas». En dicha sociedad los juicios morales únicamente expresan sensaciones viscerales de aprobación o desaprobación (la teoría yay/boo de la moral). Estas sensaciones internas son las que nos guían cuando tenemos que hacer una elección no guiada por criterios, algo que siempre ocurre en el punto terminal de la justificación moral. Dice el filósofo escocés:

Cada individuo, implícita o explícitamente, tiene que adoptar sus primeros principios sobre la base de una tal elección. El recurso a un principio universal es, a la postre, expresión de las preferencias de una voluntad individual y para esa voluntad sus principios tienen y sólo pueden tener la autoridad que ella misma decide conferirles al adoptarlos.
Pero ese relativismo basado en emociones, asegura este filósofo, es algo que nos causa desasosiego, lo cual es comprensible. Si asumimos que en política lo que está bien es lo que a cada uno le parece que está bien, que lo que es injusto en un país puede ser legítimo en otro, no es difícil vislumbrar los indeseables derroteros por los que nos lleva eso.

Occidente, declara MacIntyre, ha heredado de la Ilustración griega esa tradición en la que mediante el uso de la retórica era totalmente aceptable ser persuadido en lo atinente a argumentos morales. Sin embargo, carecemos de otros aspectos de dicha tradición que son necesarios para formar un todo coherente, como cierta visión de la naturaleza humana y de la naturaleza de la ética (verla como virtud personal y no solo como la capacidad de discernir el bien del mal). En su lugar tenemos la tradición fruto del Siglo de las Luces, según la cual podemos razonar hasta encontrar una verdad moral objetiva. El resultado es la sociedad actual, una sociedad emotivista que enmascara las preferencias personales con discusiones de apariencia racional para ocultar la incomodidad que nos provoca el hecho de que no haya justificaciones últimas a las que recurrir y de que, por eso, cada uno pueda argüir que algo está bien porque a él se lo parece (el clásico «porque sí»). De este modo el debate político es un sainete resultado de mezclar tradiciones incompletas de épocas distintas. El profesor Ian Shapiro resume así la postura de MacIntyre:

We engage in the forms of moral argument because we have inherited a tradition which is basically being dismembered. We've inherited bits and pieces of a tradition in which it was completely accepted that people can be persuaded in moral arguments. But we've also detached those strands of the tradition from the unifying assumptions about human nature that gave them their point, and so we've inherited sort of incoherent pieces of a once coherent world view. And the reason people engage in this argument is it, it's a kind of performative illustration of the dissatisfaction with what the Enlightenment has brought. That as the Enlightenment has played itself out, it's finally produced this emotivist culture which we all act out, we all live in, we all participate in, we all expect it to be the way it is. But the fact that we argue in this way betrays the fact that deep down we're uncomfortable with it, we're uncomfortable with the yay boo theory of morality. We don't like it, we can't live with it. So we go through the forms of rational argument because of that.
En definitiva, a juicio de MacIntyre discutimos sobre política porque, aunque en la práctica sabemos que no es así, queremos creer que somos seres lógicos y racionales en constante búsqueda de una verdad objetiva que deseamos que exista, y que somos capaces de cambiar de opinión cuando se nos hace ver que nuestros argumentos son débiles, nuestro razonamiento incorrecto o las pruebas contradicen nuestras afirmaciones.

El proyecto iniciado en la época de Newton y Descartes prometía llevarnos al conocimiento completo a través del uso de «la razón clara y distinta», término empleado por el célebre francés. Los filósofos de aquel entonces, imbuidos por el espíritu de la época, confiaban en que también la política y la moral podían resolverse de forma científica. Más de tres siglos después queda claro, sin embargo, que no se puede dejar al margen la ideología política cuando se discute sobre política.

lunes, 23 de marzo de 2015

Fuego cruzado (I)

Otro fin de semana de elecciones, otro fin de semana de marchas de la dignidad, otro fin de semana de discusiones políticas en internet. Qué rápido pasa el tiempo y qué despacio evoluciona la humanidad. Son demasiados los que creen profundamente en sus propias convicciones y tratan con vehemencia de hacerlas pasar por el gaznate ajeno (como bien decía el recientemente fallecido Terry Pratchett: «el problema de tener una mente abierta es que la gente insiste en entrar y poner allí sus cosas»). Son demasiados los que se ven a sí mismos como seres de pensamiento infalible en posesión de los datos y los hechos correctos, y a los demás como batos duros de mollera incapaces de entrar en razón. Personas a quienes los nombres de Rawls, Nozick, MacIntyre, Burke, Fukuyama y compañía les sugiere la alineación del West Ham United antes que teorías políticas discuten cargados de todo el partidismo del que pueden hacer acopio con la intención de, pero sin la capacidad para, persuadir a los demás. El resultado es bien resumido por Michael Sandel: «el argumento político consiste principalmente en hablar a gritos en la televisión por cable, verter la ponzoña partidista en las tertulias de la radio y excitar las disensiones ideológicas en los pasillos del Congreso».

Foto de Adam Arroyo
Todos estamos familiarizados con programas como La Sexta Noche, Un tiempo nuevo, Al rojo vivo, Las mañanas de Cuatro, El debate de la 1 o Crossfire (por citar alguno de otro país), versiones televisadas de las discusiones políticas que tienen lugar en bares, reuniones familiares, oficinas o la red, en las que miembros de un bando y de otro desarrollan argumentos que se arrojan mutuamente cual adoquines, siempre sin ningún efecto, pues nadie logra convencer a nadie de nada, quedando nuevamente el debate sin resolver. Este desacuerdo moral lo traía a colación Alasdair MacIntyre como punto de partida de su libro Tras la virtud:

El rasgo más chocante del lenguaje moral contemporáneo es que gran parte de él se usa para expresar desacuerdos; y el rasgo más sorprendente de los debates en que esos desacuerdos se expresan es su carácter interminable. Con esto no me refiero a que dichos debates siguen y siguen y siguen –aunque también ocurre–, sino a que por lo visto no pueden encontrar un término. Parece que no hay un modo racional de afianzar un acuerdo moral en nuestra cultura.
Algo que sabemos que nunca va a pasar en uno de estos debates es que alguien se levante y le diga a su oponente: «no lo había visto así, tienes razón». De hecho, nos quedaríamos pasmados si eso sucediera. Ya en su momento vimos algunas de las razones biológicas y psicológicas detrás de ello, de manera que no las repetiremos aquí. Quiero, sin embargo, añadir una cosa, y es la observación de MacIntyre al respecto de cómo lo que a primera vista parece una argumentación rápidamente decae hacia un desacuerdo no argumentado, observación cuya importancia veremos en la segunda parte (ibídem MacIntyre):

Siempre que un agente interviene en el foro de un debate público, es de suponer que ya tiene, implícita o explícitamente, situado en su propio fuero interno el asunto de que se trate. Pero si no poseemos criterios irrebatibles, ni un conjunto de razones concluyentes por cuyo medio podamos convencer a nuestros oponentes, se deduce que en el proceso de reajustar nuestras propias opiniones no habremos podido apelar a tales criterios o tales razones. Si me falta cualquier buena razón que invocar contra ti, da la impresión de que no tengo ninguna buena razón. Parecerá, pues, que adopto mi postura como consecuencia de alguna decisión no racional. En correspondencia con el carácter inacabable de la discusión pública aparece un trasfondo inquietante de arbitrariedad privada. No es para extrañarse que nos pongamos a la defensiva y por consiguiente levantemos la voz.
Estas porfías que sufrimos a diario sobre moral en política no solo no suelen lograr que reconsideremos nuestra postura, sino que incluso pueden tener el efecto contrario. Enfrentados con pruebas en contra, a veces nos atrincheramos aún más en nuestras creencias:

Several studies have documented the “attitude polarization” effect that happens when you give a single body of information to people with differing partisan leanings. Liberals and conservatives actually move further apart when they read about research on whether the death penalty deters crime, or when they rate the quality of arguments made by candidates in a presidential debate, or when they evaluate arguments about affirmative action or gun control.
Hasta cierto punto, todo esto tiene sentido y es incluso deseable. En una sociedad plural somos libres de tener y de defender nuestros propios puntos de vista morales, y se supone que el conjunto de la ciudadanía se beneficia de la existencia de diversas opiniones. Por otro lado, todos tenemos que cerrar selectivamente nuestra mente a ciertos sistemas de creencias, so pena de que nuestro pensamiento dé vueltas constantemente a un terreno conocido o intelectualmente yermo. Pienso que hay que encontrar cierto equilibrio entre tener una mente abierta a la crítica y mantener cierta firmeza que nos libre de ahogarnos en el relativismo y la inacción. En palabras de Julian Biaggini:

No puede ir y examinar a fondo todas las afirmaciones que parecen contradecir lo que usted cree. Algunas se descartan como simplemente otro ejemplo de un tipo de pensamiento que usted rechaza y otras las ve como un reto interesante. La clave para mantener la mente abierta es hacer estas distinciones de forma justa y sincera, reconociendo los auténticos retos y estando siempre abierto a la posibilidad de que pueda aparecer otro. Básicamente, tiene que reconocer que puede haberlo entendido mal. Pero dar igual crédito a todas las alternativas no es tener una mente abierta sino una mente vacía.
Pero si estos debates consisten únicamente en exponer las propias razones sin escuchar al otro, si sabemos que nunca vamos a ponernos de acuerdo y que no vamos a convencer a nadie de nuestro punto de vista, y si todos somos conscientes de ello, entonces ¿por qué nos molestamos en discutir? ¿Por qué gastamos tiempo en desafiar los argumentos, las premisas y la lógica de quienes opinan lo contrario que nosotros, tratando de hacerles ver que su postura carece de sentido o coherencia? ¿Por qué vemos estos programas si no tenemos ni la más mínima esperanza de que haya algún tipo de acuerdo, ni de que nos haga cambiar de opinión? ¿Por qué estos espacios televisivos adoptan la forma de un debate racional cuando todos somos conscientes de que en realidad se trata de una discusión emocional? ¿Por qué seguimos polemizando una y otra y otra vez?

Hasta la fecha he encontrado tres posibles respuestas. Dichas respuestas van más allá del hecho superficial de que algunas personas muy pesadas tienen la costumbre de contar siempre las mismas historias y hablar siempre de los mismos temas (como yo en este blog, por ejemplo).

Continuará.