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lunes, 11 de abril de 2016

Seis cosas que quizás preferirías no saber

Me gusta leer libros sobre otras profesiones, aquellos en los que el autor relata sus experiencias en algún campo laboral diferente o llamativo, ya sea medicina, políticaWall Street, comandos de las fuerzas especiales o deportes profesionales. A través de dichas obras te das cuenta de que la propia no es la única profesión en la que suceden cosas que claman al cielo y que harían que el resto de la población se llevara las manos a la cabeza si las supiera.

Hoy les traigo un pequeño florilegio de trapos sucios de distintos oficios. Recuerden, antes de seguir leyendo, aquel viejo aforismo según el cual hay cosas que es mejor no saber cómo se elaboran, como las leyes y las salchichas.


Leyes hechas por empresas

Aseguran los políticos que hablar con los grupos de presión (lobbies) les ayuda a conocer en profundidad un tema sobre el que haya que legislar, y a tener visiones distintas sobre él. Argumentan que no pueden saber de todo ni conocer las consecuencias de cada aspecto de cada ley, así que se apoyan en empresas privadas para analizar los aspectos técnicos de una nueva ley. En la práctica, todos sabemos que ese loable objetivo acaba materializándose en desmadres como las tarifas de electricidad o las autopistas radiales de Madrid. Es el hecho que todo grupo de presión bien formado tiene línea directa con el gobierno y solo le preocupan sus propios intereses, aunque ello signifique un perjuicio de la sociedad en general. Sus tácticas no solo consisten en presionar directamente a los congresistas, sino también en manipular la opinión pública:

Una de las primeras frustraciones del Gobierno de Zapatero fue cuando tuvo que retirar la ley que controlaba el consumo de alcohol de los menores de 18 años y su publicidad en los medios de comunicación. Desde el momento en que el proyecto fue anunciado por la entonces ministra de Sanidad, Elena Salgado, una serie de sectores se levantaron en armas contra el proyecto. Sobre todo cuando el ministerio presentó una campaña con datos científicos contrastados, para tratar de convencer a la sociedad de que el consumo de alcohol en menores produce un retraso irreversible en la maduración cerebral.

«Una marca muy conocida de vino de mesa salió en tromba contra nosotros —relata José Martínez Olmos, quien pronuncia sin duda uno de los discursos más críticos y escépticos con respecto a la capacidad de los distintos Gobiernos para imponer sus criterios a los grupos de interés—, ya que la prohibición del consumo a menores les hacía mucho daño, porque éstos cuando consumen vino es fundamentalmente vino barato con Coca-Cola, calimocho. Utilizaron todos sus medios de presión para influir en las líneas editoriales de la prensa regional y nacional, arremetieron contra nosotros y dijeron que era una ley contra el vino.»

Consiguieron movilizar a la opinión pública con ideas fuerza como que el vino es bueno para la salud, y es cultura de nuestro país, y movilizaron también a los trabajadores diciendo que la ley iba a perjudicar económicamente al sector. Se presionó para que se sacara al vino de la ley, es decir, para que se prohibiera a los menores beber todo tipo de alcohol excepto el vino, por ser de baja graduación, cuando el alcohol, sea el que sea, perjudica igual, independientemente de su graduación.
Médicos de urgencia sin experiencia

En teoría, los médicos internos residentes (MIR) de primer año están supervisados por un adjunto en todo momento. Sin embargo, estos médicos que todavía no han aprendido a ejercer su profesión en la práctica se encuentran a menudo abandonados a su albur, atendiendo pacientes como buenamente pueden y aprendiendo sobre la marcha, rotando entre especialidades no relacionadas con la que eligieron. Para mayor escarnio, ocurre que la mayoría del personal de Urgencias está formado por residentes, lo que da lugar a situaciones como la siguiente:

Una vez, en la Urgencia de mi hospital, un niño que estaba en la sala de espera tuvo una reacción alérgica brutal y sufrió un broncoespasmo [los bronquios se estrechan y el aire no llega a los pulmones]. Se estaba ahogando, pero como allí no había Pediatría los propios adjuntos no sabían muy bien qué hacer y todos me miraban a mí, que soy de Familia, porque en ese momento estaba haciendo la rotación pediátrica en otro centro de la zona.
Yo temblaba como un descosido. En cualquier otra situación el problema lo habría resuelto un adjunto, pero los míos no estaban familiarizados con las dosis infantiles y toda la responsabilidad recaía sobre mí, que aparte de todo, no había visto un broncoespasmo en mi vida. Le dimos los broncodilatadores y todo salió bien, pudimos controlar la crisis y le remitimos a Pediatría, pero yo no pude dejar de temblar en lo que quedaba de guardia.
Fraude en la ciencia

Este asunto ya lo comentamos de pasada en su momento. La ciencia está hecha por personas y, a consecuencia de ello, a veces se violan códigos éticos con tal de destacar, obtener financiación o conseguir que un trabajo sea publicado:

In a 2000 survey of biostatisticians, half said they personally knew of research studies that involved fraud, and of that group, about half went on to say that the fraud involved the fabrication or falsification of data. Just under a third of all respondents admitted to having personally been involved in a project in which there had been some form of research misconduct. In a 2001 survey of hospital medical consultants, 56 percent said they had observed research misconduct, 6 percent admitted to having committed it themselves, and 18 percent said they thought they would commit it in the future. A 2005 survey of the authors of clinical drug trials reported that 17 percent of the respondents personally knew of fabrication in a research study within the past ten years, with 5 percent having been directly involved in a study in which there had been fabrication. In a study by the American Physical Society, 13 percent of young physicists said they had observed other physicists intentionally misreporting research. [...] Altman and colleagues examined a total of 190 published randomized drug trials and found that 65 percent of the findings associated with harm caused by a drug were not fully reported in the published results—a sobering thought for those taking any medication—but only 14 percent of the authors of these trials admitted to underreporting.
Agua potable desperdiciada

Recuerdo haber leído de pequeño que buena parte del agua potable se perdía en la propia distribución. Pues bien, el porcentaje parece ser nada desdeñable y quienes deberían poner de su parte para solucionar el problema no parecen muy preocupados al respecto:

En una de las entregas de chalets, estuve presente durante el control de la instalación de agua de la calle por el inspector de la compañía. Se cerraron todas las llaves de las casas y se abrió la general del vial; él miró su pantalla un momento y dijo: «Hay una fuga». Que es como el policía de aduanas que detiene al chico justo cuando creía que pasaba y le pide que abra su maleta. La urbanizadora debía romper toda la calzada buscando la pérdida mientras se paralizaba una entrega de viviendas para la que ya se había dado fecha a los vecinos, un auténtico desastre. Pero él parecía ajeno al problema; más bien parecía ajeno a todo:

—Entonces tendremos que abrir para buscar la fuga, ¿no?

Y me miró como si me hubiera vuelto loco:

—¿Abrir toda la calle para buscar una fuga? Eso es imposible. ¿Y si no la localizáis? Mira el contador, es pequeña. ¿Sabes cómo aparecerá? Por el blandón que saldrá en el asfalto dentro de cinco o seis años, estará debajo, es lo que tardará en lavar la base. ¿Tú crees que eso tiene importancia? Tío, en Madrid nos faltan los planos de toda la red de abastecimiento del siglo XIX, hay ramales que no sabemos dónde van a parar, más de un 20 % del consumo del Canal se pierde y no sabemos ni dónde, debe de haber cientos de acometidas soltando agua hacia ningún sitio. ¿Y vais a buscar una mierda de fuga?
Televisión sin escrúpulos

En mayor o menor medida, creo que los telespectadores son conscientes de que lo que ven en televisión es mentira: los telediarios están manipulados por los políticos, los realities versan acerca de ficciones inducidas y los programas del corazón son un gran circo. Junto a ellos se sitúan los programas de testimonios, otrora tan populares, que gustan de hacer espectáculo a base de sentimientos y dolor ajeno. Lo que no sospecha quien se ofrece a participar en ellos es el trato que va a recibir en realidad (mayúsculas en el original):

Tema [del programa]: No tengo complejos. Buscamos gordos y gordas felices, tullidos, feos incluso.

1. Cruzar límites. Jamás les dices a los gordos que van a exponerse. Vas a ir a buscar a los desacomplejados donde sea. Si hay que hacerle la envolvente a una asociación de discapacitados para que te dé dos o tres nombres de gente con problemas físicos, se le hace la envolvente. Luego llamarán al programa, para quejarse, pero ya será tarde. Tú habrás conseguido a la chica aquella que iba en silla de ruedas y buscaba novio.
2. Mentir. No le dices que te espanta su cuerpo, que te resulta vulgar, que detestas sus maneras y sus modos, tú, tan refinada. Le cuentas que el programa va a ser divertido. Y si ella te dice que le gusta bailar, ya lo tienes. La vas a convencer, desde el buen rollo para que se marque un bailecito sexy en plató, con sus michelines bamboleando, que en antena resultará patético a todas luces.

3. Rastrero. Imaginemos que no entra al trapo. No, no quiero bailar. No le insistirás, pero en plató rematas: suena la música y la presentadora dice, me han dicho que te encanta bailar, y entonces jaleada por el público, la chica no tendrá mas remedio que contonearse. Se lo pide LA TELE.

4. En la reunión de contenidos hablas de ellos como lo que son: pobre gente. Te ríes con tus compañeros de sus miserias, de sus frases absurdas, de sus cuerpos. A veces haces bromas hirientes.

5. La chica te contó medio llorando que antes sí tenía complejos, que un chico le hizo mucho daño, que la ridiculizó ante sus compañeros de instituto. Ella creía que le gustaba de verdad, un día él la citó en el gimnasio y la besó, y cuando estaba a punto de follársela, aparecieron los otros, muertos de risa, con móviles en la mano. Te dice que eso no quiere contarlo. Pero es que ESO es el TEMA. Así que en la reunión de contenidos lo sueltas. El tema se le apunta a la presentadora, que en plató dice: me han contado que una vez te hicieron mucho daño, ¿no, Marisa? Marisa balbucea, se queda un poco sorprendida. Luego, abrumada, se viene abajo, y ante la falsa condescendencia de la conductora del espacio, llora, y LO CUENTA. Y tú te regodeas en el control, para qué negarlo.

Picaresca con regalo en viviendas de nueva construcción

Uno de los múltiples sistemas para violar la ley sin que se note en las viviendas nuevas son las buhardillas ocultas. La trampa consiste en dejar un hueco tapado con escayola en una de esas típicas casas de urbanización de dos pisos. De esta manera el propietario obtiene una planta nueva que no computa en las escrituras con tan solo dar unos martillazos. El caso es que estas buhardillas ocultas a veces incluyen una desagradable sorpresa:

Lo más bonito de las buhardillas sin escalera era la intimidad que ofrecían: en un alto, a salvo de miradas indiscretas y acariciado por la brisa fresca. Eran el paraíso para ir a desahogar las necesidades físicas después de una buena pitanza. [...]

En fin, que en el tiempo en que quedaban abiertas hasta que cerrábamos el hueco de escayola se convertían en un sembrado de boñigas. He llegado a contar seis, siete en cuatro metros, lo que siempre me hizo dudar: entiendo al primero que sube allí a deshacerse del sobrante, pero ¿el séptimo?

Los que más lo sufrían y más nos lo harían sufrir eran los del proyectado. Las buhardillas ocultas, puesto que iban a ser utilizadas, se aislaban igual que el resto de la casa, pero se trataba de locales sin ningún tipo de ventilación ni luz, como una mina. Para colmo de males, cuando les tocaba subir, lo primero que se encontraban, a pesar de que se enviaba antes a un peón a limpiar, eran tres o cuatro mierdas esparcidas por el suelo. [...] Como iban a destajo, en vez de molestarse en avisar al encargado para que las retirasen, les enchufaban espuma y las cubrían: se quitaban de la vista, el olor y empezaban a trabajar. Ese siempre era el primer paso de su protocolo. Cuando salían de la buhardilla dejaban proyectadas las paredes y el techo y tres o cuatro bultos sospechosos de espuma por el suelo. El problema es que el aislante mantiene en perfecto estado la materia orgánica, como el aluminio. Lo que dejaban cubierto nunca se secaba.
Unos meses más tarde, los vecinos rompían el falso techo, subían a su buhardilla, descubrían la ventana y admiraban orgullosos los cincuenta metros cuadrados de vivienda que no computaban. Entonces se fijaban en los cuatro pegotes de espuma amarilla que afeaban el suelo, cogían la pala y se decidían a quitarlos. Y siempre recé porque usasen la pala, era mucho peor con la escoba.

lunes, 4 de abril de 2016

Sin consciencia

Tocaba volver a la oficina tras una semana y media de vacaciones. Seguía con algo de fiebre debido a un catarro pero solo tenía media jornada por delante, así que me tomé un antipirético y me marché a trabajar. No llevaba ni dos horas allí cuando empecé a sentirme mal. Era un malestar general, inespecífico, difícil de describir. Tuve que sentarme. Me doblé sobre la mesa y cerré los ojos a ver si se me pasaba un poco. Oí a mi compañera decirme que me iba a traer un vaso de agua. Sentí náuseas y ardor en el pecho. Lo siguiente que recuerdo es oír la voz de un compañero y preguntarme: «¿por qué sale este tío en uno de mis sueños?». Desperté poco a poco. Noté la dureza del suelo en mi cabeza. Oí más voces. Abrí un momento los ojos y vi a más compañeros rodeándome. Me había desmayado y, al parecer, estuve sin consciencia algunos minutos.

Foto de Lee Robert San Diego
No era la primera vez que me ocurría. Hace unos meses me sucedió algo parecido en mi casa. Estaba durmiendo cuando me desperté con palpitaciones, náuseas, dolor en el pecho y flojera intestinal. Sentado en el baño me doblé de dolor y cerré los ojos. La cabeza empezó a darme vueltas a toda velocidad y, al poco rato, empecé a sentirme mejor. Cuando abrí los ojos estaba en el suelo, jurando para mis adentros que no me había tumbado voluntariamente.

En ambos casos todas las constantes vitales resultaron estar bien. El electrocardiograma no mostraba signos de infarto, no tuve convulsiones ni alteraciones neuronales ni relajación involuntaria de esfínteres, y tanto la glucemia como la presión arterial y la saturación de oxígeno en sangre eran normales. En casos así, sin causas físicas aparentes, la pérdida de consciencia cae en el diagnóstico baúl del síncope vasovagal:

The common faint—or vasovagal syncope—accounts for roughly three-quarters of the cases of syncope that come through the emergency room. A grab-bag diagnosis, it is probably not a single disease as much as a poorly understood syndrome of standing. The classic physical signs are slow pulse and low blood pressure. A cardiologist once told me how he had diagnosed vasovagal syncope on a plane flight. A passenger in the aisle had started to pass out, and as he was falling, the cardiologist’s fingers somehow had landed on his neck pulse, which was beating slowly. Given the circumstances, it was all he’d needed to make the diagnosis. Rarely fatal, vasovagal syncope can be debilitating to those predisposed. Treatment suggestions reflect the wide spectrum of the disorder, ranging from beta-blocking drugs and salt tablets to pacemakers and Paxil.
El síncope es una pérdida de conciencia de poca duración debida a un episodio de hipoxia cerebral transitoria. En lenguaje llano, significa que durante un breve periodo de tiempo el cerebro recibe menos oxígeno del necesario. Puede deberse a muchas causas distintas, como estrés emocional, acumulación de sangre en las piernas, sudoración y cambios bruscos en la temperatura o en la posición del cuerpo. El síncope vasovagal es la forma más común en pacientes jóvenes y se produce por una estimulación del nervio vago, el cual inerva (entre otros órganos) el corazón. Su estimulación activa el sistema parasimpático causando bradicardia, vasodilatación visceral y vasoconstricción periférica, todo lo cual desemboca en hipoperfusión cerebral. De nuevo en lenguaje llano: el ritmo cardíaco disminuye y el riego sanguíneo se desvía a las vísceras, con lo que el cerebro deja de recibir momentáneamente suficiente sangre oxigenada y se produce el desvanecimiento.

En el cine y la televisión el desmayo se caracteriza como un suceso cómico o dramático, siempre estereotipado y artificioso. Lo cierto es que, aunque no sea una amenaza para la vida, es bastante desagradable. Uno se despierta pálido, sudoroso y con la boca seca. El aturdimiento y el mareo posteriores pueden durar varias horas. Dependiendo de cómo ocurra puede haber contusión craneal. Y luego queda el miedo y la incertidumbre de no saber cuándo volverá a pasar. La primera vez que me ocurrió ese miedo caló hondo. Recuerdo salir de casa por primera vez después del primer síncope y empezar a pensar, muy en mi línea: ¿y si me vuelvo a desmayar? ¿Y si me ocurre aquí, en la calle, solo? Me puse nervioso y el corazón se me aceleró. La mente aceleró aún más: ¿y si me desmayo de nuevo y acabo teniendo miedo de salir a la calle? ¿Y si no puedo salir a calle nunca más? Supuse que así es como nace la agorafobia. Quería irme a casa pero me obligué a terminar el paseo. Aunque no perdí la conciencia, lo cierto es que fueron cuarenta minutos muy desapacibles.

Con motivo de aquel primer desmayo me hicieron muchas pruebas médicas, una de las cuales requirió anestesia general. Era la primera vez que me anestesiaban y me pareció una experiencia fascinante. Me tomaron la vía, me pusieron el oxígeno y me dijeron: «ahora, a dormir». Recuerdo el frío de la anestesia subiendo por el antebrazo y, acto seguido, estar en la sala de recuperación. Tenía la absurda creencia de que el sueño inducido por la anestesia sería parecido al sueño natural y que podría luchar por permanecer despierto, al menos durante un momento. Por la noche, aunque no podamos identificar el momento exacto en el que nos quedamos dormidos, sí somos conscientes de que poco a poco vamos cayendo en manos de Morfeo. La anestesia general, sin embargo, funciona como un interruptor. Fue una de esas experiencias que te dejan asombrado cuando las vives. Más asombroso aún es que, aunque sea un procedimiento usado a diario en todo el mundo, todavía no se conoce a ciencia cierta el mecanismo de la anestesia general.

No creo que sea el único que trata de imaginar cómo sería no despertarse de una operación o a la mañana siguiente. La muerte y el sueño siempre han estado entrelazados. En la mitología griega, Nix es la diosa de la noche, madre de dos gemelos: Hipnos (el sueño) y Tánatos (la muerte sin violencia). Ambos regalaban su descanso con un suave toque. Hipnos y su madre son a su vez los padres de Morfeo, el dios de los sueños.

Para Sócrates, la muerte podía ser el paso del alma a otro lugar donde estarían el resto de almas de personas ya fallecidas o, simplemente, el cese completo de la consciencia, un sueño infinito sin ensoñaciones. Dado que la consciencia es la base de la experiencia subjetiva y de la conciencia sobre uno mismo, es imposible para nuestro cerebro concebir tal experiencia de sueño eterno. Cuando imaginamos cómo sería experimentar algo, proyectamos nuestro yo en el futuro, pero tras el cese de toda actividad cerebral nuestro yo deja de existir. Es tan absurdo como preguntarse qué había antes del Big Bang. No hay un «antes»: el tiempo comienza con el Big Bang. De manera similar, no existe tal cosa como el sueño eterno, pues no hay un yo cuando el cerebro se apaga. Sencillamente nos disolvemos en el eterno olvido.

lunes, 3 de agosto de 2015

Luditas 2.0

Imaginen que tienen un problema de salud y reciben dos diagnósticos, uno de ellos realizado por un doctor de carne y hueso y el otro por un programa de ordenador. Los diagnósticos no coinciden y los tratamientos son totalmente diferentes. ¿Con cuál se quedarían?

El diagnóstico médico parece un problema demasiado complejo como para que una máquina pueda resolverlo. Sirvan como muestra las palabras del cirujano Atul Gawande:

La mayoría de los facultativos cree que el diagnóstico no puede reducirse a una serie de generalizaciones, a un «libro de recetas de cocina», como dicen algunos. Argumentan que deben tenerse en cuenta las características de cada paciente.

Esto es algo obvio. Cuando soy el especialista de cirugía en la unidad de urgencias, me suelen pedir que evalúe si un paciente con dolor abdominal tiene apendicitis. Escucho con atención su historia y considero multitud de factores: cómo noto su abdomen, el tipo de dolor y su localización, la temperatura del paciente, el apetito, los análisis. Pero no lo reduzco todo en una fórmula y calculo el resultado. Utilizo mi criterio clínico, mi intuición para decidir si hay que operarle, tenerle en el hospital en observación o enviarle a casa.
Y así, concluye:

Ninguna fórmula puede tener en cuenta la infinita variedad de sucesos excepcionales que pueden darse. Éste es el motivo por el que los médicos están convencidos de que es mejor mantenerse fial a sus instintos a la hora de realizar un diagnóstico.
En este mismo sentido, existen médicos que se muestran cautelosos cuando se trata de aplicar la medicina basada en pruebas, la cual, por su propia naturaleza, está basada en la estadística:

Las estadísticas no pueden sustituir al ser humano que uno tiene delante; las estadísticas se refieren a una media, no a los individuos. Los números sólo pueden complementar la experiencia personal del médico con un fármaco o un procedimiento, así como su conocimiento sobre si un tratamiento «mejor» de un ensayo clínico convendría a las necesidades y características especiales de un paciente.
También cabe argumentar que los métodos matemáticos no son útiles en casos fuera de lo normal:

Los algoritmos clínicos pueden ser útiles para diagnósticos y tratamientos corrientes, por ejemplo, distinguir la infección de garganta por estreptococos de la faringitis viral. Sin embargo, se desmoronan rápidamente cuando un médico necesita pensar más allá de los recuadros, cuando los síntomas son vagos, o múltiples y confusos, o cuando los resultados de las pruebas son inexactos. En esos casos –aquellos donde más falta hace un médico con capacidad de discernimiento– los algoritmos impiden a los médicos pensar con independencia y creatividad. En lugar de expandir el pensamiento de un médico, acaban por limitarlo.
Finalmente, es posible que Deep Blue batiera a Kasparov, pero el diagnóstico clínico no es un juego de reglas fijas:

[El ajedrez] es un juego complejo, pero es bidimensional y está basado en reglas fijas y claras, con piezas que nunca varían. El diagnóstico de pacientes por el contrario, tiene cuatro dimensiones (reúne las tres dimensiones espaciales y la cuarta dimensión del tiempo), no tiene reglas invariables e implica «piezas» (cuerpos) que no son iguales.
Imagen de 219Eastern
Todos estos razonamientos tan convincentes asoman la cabeza cada vez que un algoritmo rinde mejor que los expertos de carne y hueso. Los resultados de Paul Meehl sobre la superioridad de los algoritmos frente a los humanos en el diagnóstico clínico fueron recibidos con hostilidad e incredulidad. El método estadístico era criticado como mecánico, artificial, irreal, arbitrario, incompleto, estéril y otras lindeces por el estilo. Los sumillers rechazaron la fórmula de Ashenfelter bajo la premisa de que sus conclusiones eran ridículas y absurdas, pues juzgar un vino sin probarlo era como calificar una película sin haberla visto. Los ojeadores y los entrenadores deportivos siguen confiando en su instinto. Y así un largo etcétera, a pesar de las pruebas que sustentan la superioridad de los métodos matemáticos.

Sospecho que cualquier persona que se enfrente al hecho de que parte de su trabajo puede hacerlo mejor una inteligencia artificial mostraría el mismo rechazo. Para un profesional especializado, alguien consciente de toda la complejidad, los matices y las posibilidades de su campo de conocimiento es difícil asumir que todo eso pueda reducirse a una simple ecuación. Pero, como vimos en el artículo anterior, la complejidad no solo no da ventaja al experto frente al algoritmo, sino que es precisamente la causa del error humano. Por muy razonables que suenen su argumentos en contra, en la práctica lo más frecuente es que una simple combinación de factores con los pesos adecuados supere al juicio de un experto.

Si bien es la complejidad lo que lleva a los expertos a equivocarse normalmente, lo cierto es que en raras ocasiones dicha complejidad sí que cuenta. Supongan, verbigracia, que una fórmula predice que Cristiano Ronaldo marcará dos goles en el próximo partido. Supongan, además, que la fórmula es fiable al noventa y nueve por ciento. Entran en un portal de apuestas por internet para ganarse un dinerito extra con dicha información y ahí, en la sección de noticias, se encuentran con el siguiente titular: «Cristiano Ronaldo sufre una rotura de ligamentos en su rodilla y será baja durante tres semanas». ¿Procederían con su apuesta? Obviamente no. Si Ronaldo no puede jugar, da igual lo que diga la fórmula. Este supuesto se conoce como «el problema de la pierna rota»:

To cede complete decision-making power to lock up a human to a statistical algorithm is in many ways unthinkable. Complete deference to statistical prediction in this or other contexts would almost certainly lead to the odd decision that at times we “know” is going to be wrong. Indeed, Paul Meehl long ago worried about the “case of the broken leg.”
[...] A statistical procedure cannot estimate the causal impact of rare events (like broken legs) because there simply aren’t enough data concerning them to make a credible estimate. The rarity of the event doesn’t mean that it will not have a big impact when the event does in fact occur. It just means that statistical formulas will not be able to capture the impact.
Evidentemente, en estas situaciones el algoritmo no sirve de nada. Pero no hemos de olvidar que estos casos son, por definición, infrecuentes (si no lo fueran, estarían contemplados en la fórmula). Por tanto, otorgan un escaso margen de ventaja. En cualquier caso, las observaciones atípicas también pueden dar ventaja a un sistema experto digital en lugar de a un médico. Una base de datos puede almacenar información sobre todas las enfermedades conocidas y sus síntomas, así como recuperar dicha información en segundos. Por contra, un galeno no puede saberlo todo. Cuando una enfermedad es poco común, no es sorprendente que se pase por alto y el diagnóstico sea equivocado. Lisa Sanders cuenta la historia de cómo un médico pudo diagnosticar correctamente y salvar la vida a una paciente aquejada de una rara enfermedad africana gracias a un sistema experto sobre enfermedades infecciosas llamado GIDEON. De no haber sido por este sistema el médico no habría podido dar con el medicamento necesario para combatir la infección.

Tal vez estén pensando que la solución ideal consista en mezclar ambos mundos. Si combinamos expertos y algoritmos ¿obtendremos mejores resultados? De acuerdo con Ian Ayres, por lo general las personas hacen mejores predicciones cuando se les informa de los resultados de una predicción estadística. Sin embargo, incluso con esa ayuda sus predicciones son peores que las del modelo matemático a solas. Cuando el humano y la máquina no están de acuerdo, usualmente es mejor atenerse a la decisión de la predicción estadística.

¿Y si limitamos la intervención humana a identificar los casos de «piernas rotas», de manera que sea una persona la que decida si hay que optar por seguir la decisión del algoritmo, o bien omitirla y hacer caso al juicio experto? El problema en estos casos es que la gente ve piernas rotas por todas partes:

In context after context, decision makers who wave off the statistical predictions tend to make poorer decisions. The expert override doesn’t do worse when a true broken leg event occurs. Still, experts are overconfident in their ability to beat the system. We tend to think that the restraints are useful for the other guy but not for us. So we don’t limit our overrides to the clear cases where the formula is wrong; we override where we think we know better. And that’s when we get in trouble.
Las dos soluciones anteriores sitúan al humano por encima o al mismo nivel que la máquina. Sin embargo, si lo que queremos es el mejor diagnóstico o la mejor predicción posible, parece que la forma de lograrlo es supeditar el hombre a la máquina. Por ejemplo, en 2005 dos veinteañeros ganaron un torneo de ajedrez utilizando tres programas simultáneamente para decidir sus movimientos. En lugar de postularse como jugadores se relegaron a sí mismos a un segundo plano como entrenadores:

In 2005, the Web site ChessBase.com, hosted a “freestyle” chess tournament: players were free to supplement their own insight with any computer program or programs that they liked, and to solicit advice over the Internet. Although several grandmasters entered the tournament, it was won neither by the strongest human players nor by those using the most highly regarded software, but by a pair of twentysomething amateurs from New Hampshire, Steven Cramton and Zackary “ZakS” Stephen, who surveyed a combination of three computer programs to determine their moves. Cramton and Stephen won because they were neither awed nor intimidated by technology. They knew the strengths and weakness of each program and acted less as players than as coaches.
En varios estudios, la mejor forma de explotar el conocimiento de los expertos fue añadir su evaluación como un factor más a considerar por el algoritmo. De esta manera los ordenadores pueden tener en cuenta aquellas informaciones que los humanos identifican mejor y así el porcentaje de acierto es mayor.

Hoy día todos somos conscientes de que si queremos cálculos rápidos y exactos hemos de recurrir a un ordenador en lugar de a un cerebro humano. También damos por sentado que si necesitamos conocer ciertos datos, como el origen de una palabra, una fecha histórica o el creador de una obra artística terminaremos antes buscándolo en Google que preguntando a nuestros conocidos. Es de suponer que, conforme la tecnología vaya mejorando y expandiéndose, las nuevas generaciones crezcan asumiendo que los ordenadores hacen mejores predicciones que los humanos. Actualmente, nadie se extraña de que las calificaciones de riesgo crediticio las haga un ordenador, cuando hasta hace no mucho esa era una tarea humana. En el futuro, quizá ocurra lo mismo con el diagnóstico clínico.

lunes, 20 de julio de 2015

Completamente seguro

De la mano de Ed Russo y Paul Schoemaker esta semana les traigo un pequeño juego en forma de test. Para cada una de las siguientes diez preguntas respondan con un rango tal que estén seguros al noventa por ciento de incluir la respuesta correcta. Por ejemplo, si la pregunta es «¿cuántos huesos hay en el cuerpo humano?» podrían decir algo como «entre treinta y trescientos». La clave aquí es que solo hay que estar seguro al noventa por ciento, no al cien por cien, pues en este último caso uno siempre puede plantear rangos ridículamente amplios que contienen la respuesta correcta con seguridad (por ejemplo, entre cero y quince mill billones de huesos). Por tanto, el objetivo es acertar nueve de las diez cuestiones. Huelga decir que no vale buscar en Google ni consultar a nadie. Tampoco vale decir «no tengo ni idea». Para cada pregunta seguro que tienen alguna pista de por dónde pueden ir los tiros. Por ejemplo, si les interrogan sobre cuántos años tenía Mozart cuando murió es evidente que no tiene mucho sentido decir «cuatrocientos años».

¿Preparados? Aquí van las preguntas:
  1. ¿Cuánto pesa un Airbus A340-600 vacío? Entre ___ y ___ kilos.
  2. ¿En qué año ganó John Steinbeck el Premio Nobel de Literatura? Entre ___ y ___.
  3. ¿Cuál es la distancia de la Tierra a la Luna? Entre ___ y ___ kilómetros.
  4. ¿Cuál es la distancia de Madrid a Baghdad? Entre ___ y ___ kilómetros.
  5. ¿En qué año terminó de construirse el Coliseo Romano? Entre ___ y ___.
  6. ¿Cuál es la altura de la presa de Asuán? Entre ___ y ___ metros.
  7. ¿En qué año completó Magallanes la primera vuelta al mundo en barco? Entre ___ y ___.
  8. ¿En qué año nació Gandhi? Entre ___ y ___.
  9. ¿Cuál es la superficie del mar Mediterráneo? Entre ___ y ___ kilómetros cuadrados.
  10. ¿Cuál es el periodo de gestación de una ballena azul? Entre ___ y ___ días.

¿Lo tienen? Encontrarán las respuestas al final del artículo*. ¿Qué tal les ha ido? Recuerden que el objetivo era acertar nueve. Si han acertado las diez, entonces es que están muy faltos de confianza. En cualquier caso, Ed Russo y Paul Schoemaker pusieron a prueba a más de dos mil personas y encontraron que la mayoría erraba entre cuatro y siete preguntas. Menos de un uno por ciento de los encuestados dieron rangos que incluyeran la respuesta correcta nueve o diez veces. Es decir, el noventa y nueve por ciento de los sujetos de estudio mostraron una confianza excesiva.


A continuación les plantearé un dilema descrito por el periodista David Freedman. Imaginen que llevan meses con dolor de espalda y consultan a dos médicos. El primero les dice que ha visto muchos casos como el suyo y que es difícil saber exactamente cuál es el problema, que diferentes tratamientos funcionan en grados distintos, que es difícil saber qué funcionara en su caso concreto y que la mayoría de las veces ningún remedio es completamente efectivo. Les sugiere un tratamiento A, el cual tiende a funcionar algo mejor en pacientes como usted, y le cita para el mes siguiente para comprobar si ha funcionado o probar otra cosa. El segundo doctor, por otra parte, les dice que ha visto muchos casos como el suyo y que sabe exactamente cuál es el problema. Les asegura que la mayoría de pacientes responde muy bien al tratamiento B y que seguramente ustedes también. Les cita directamente para empezar el tratamiento y les garantiza que con ello el problema estará solucionado. ¿Con qué doctor se quedarían?

La mayoría, explica Freedman, elige el segundo doctor, incluso aunque se les diga que el primer médico tiene mejores credenciales:

When I ask people this question, almost all of them say they’d go with the second doctor. At which point I ask them another question: if you were told one of these doctors had recently been named Wisest Orthopedist of the Year by the state orthopedic society while the other was known to his colleagues behind his back as Bozo the Orthopedist, which would you guess is which? Almost everyone guesses without hesitation that the second doctor is the one who gets no respect. But why would we prefer the advice of someone whose wisdom we’re so quick to question? Apparently we like the second doctor’s advice so much that we’re willing to take a chance on it, in spite of whatever qualms we might have about its reliability.
La clave aquí es la confianza: tendemos a fiarnos más de aquellos que se muestran confiados, pues los consideramos más cualificados. Por desgracia, como ya se habrán dado cuenta en esta vida a menudo los menos competentes son los que más confiados se muestran en sus habilidades (es lo que se conoce como efecto Dunning-Kruger). El resultado es una ilusión de confianza que nos perjudica a diario de dos maneras:

[La ilusión de confianza] nos hace sobrestimar nuestras propias cualidades, en especial en relación con otras personas. En segundo lugar, [...] nos hace interpretar la seguridad –o la falta de ella– que otras personas manifiestan como una señal válida de sus propias habilidades, de su nivel de conocimiento y de la precisión de sus recuerdos. Esto no sería un problema si la confianza, en efecto, tuviese una relación estrecha con estas cosas, pero la realidad es que la seguridad y la capacidad pueden divergir tanto que basarse en la primera se convierte en una trampa mental gigantesca, con consecuencias potencialmente desastrosas.
Una muestra de dichas consecuencias desastrosas podría ser lo siguiente:

Un estudio sobre pacientes que murieron en la UCI comparó resultados de autopsias con diagnósticos que los médicos habían hecho cuando los pacientes aún vivían. También los médicos acusaban un exceso de confianza. El resultado fue que «lo médicos que creían estar “completamente seguros” de su diagnóstico ante mortem estaban equivocados en el 40 por ciento de los casos».
La relación entre confianza y capacidades o conocimiento no sigue una dinámica lineal. Como explican Chabris y Simons, cuando aprendemos una actividad nueva nuestra confianza es mayor de lo que debería para nuestro nivel. A medida que vamos mejorando la confianza también aumenta pero a menor velocidad, hasta alcanzar un punto en el que los niveles de confianza son los adecuados a nuestra habilidad (ese momento en el que nos damos cuenta de lo poco que sabemos en realidad). Sin embargo, si seguimos avanzando en nuestro conocimiento y nos convertimos en superespecialistas acabamos sabiendo cada vez más sobre cada menos, momento en el cual nuestra confianza se dispara y el exceso de conocimiento se vuelve en nuestra contra. Philip Tetlock llama a este último fenómeno la hipótesis del aire caliente:

The hot air hypothesis asserts that experts are more susceptible to [...] overconfidence than dilettantes because experts “know too much”: they have so much case-specific knowledge at their fingertips, and are so skilled at marshalling that knowledge to construct compelling cause-effect scenarios, that they talk themselves into assigning extreme probabilities that stray further from the objective base-rate probabilities. As expertise rises, we should therefore expect confidence in forecasts to rise faster, far faster, than forecast accuracy.
Se da, por tanto, una curiosa paradoja. Cuando hay mucho en juego exigimos determinación, pues creemos que la confianza guarda una relación directa con el conocimiento. Por ello, pedimos a los expertos seguridad en sus consejos y, como consecuencia, la demanda de expertos seguros de sí mismos crece, mientras que aquellos que muestran dudas o tienen en cuenta los matices son descartados. Los medios de comunicación, los consejos de dirección, los comités de expertos... se llenan de personas completamente seguras de sí mismas pregonando sus infalibles recetas. Sin embargo, como hemos visto aquellos que más seguridad muestran son los que peor asesoramiento pueden ofrecernos. Creen saber mucho más de lo que en realidad saben, y están excesivamente seguros de que saben tanto como creen. El resultado es que nos vemos bombardeados por recomendaciones deficientes que recibimos –eso sí– de buena gana.

Recientemente, el diario británico The Guardian publicó un perfil sobre Daniel Kahneman. En la entrevista el célebre psicólogo decía que, si tuviera una varita mágica, eliminaría del mundo el exceso de confianza. Como él mismo asegura en su libro, la incertidumbre sobre el conocimiento propio es uno de los pilares de la racionalidad (la certeza es cosa de necios), si bien no es algo que las personas o las organizaciones valoren. Pero, por otro lado, también tiene razón Nassim Taleb cuando observa que el exceso de confianza tiene una vertiente positiva, como cuando lleva a los emprendedores a llevar a cabo sus aventuras ciegos a las escasas probabilidades de éxito. En las pocas ocasiones en que tienen éxito la sociedad en su conjunto se beneficia del exceso de confianza.

Quizá sea una buena regla heurística seguir el consejo de alguien solo si, en caso de estar equivocado, se hunde él con el barco. Mi experiencia me dice que cuando alguien se juega el pellejo con lo que propone su seguridad disminuye notablemente.



* Las respuestas correctas son: (1) 218.000 kilos; (2) 1962; (3) 384.400 kilómetros; (4) 4308 kilómetros; (5) a.d. 80; (6) 114 metros; (7) 1522; (8) 1869; (9) 2.510.000 kilómetros cuadrados; (10) 335 días.

lunes, 4 de mayo de 2015

Según un estudio

Pepsi ha anunciado recientemente que va a eliminar el aspartamo de sus bebidas light en Estados Unidos y sustituirlo por sucralosa. Al parecer, la presencia de aspartamo es la razón principal por la que los norteamericanos consumen cada vez menos bebidas sin azúcar, lo que está afectando a las ventas. Este edulcorante ha estado rodeado de polémica desde su aprobación en 1974, proceso que se percibió como plagado de irregularidades, entre las que se incluían puertas giratorias y ocultación de pruebas. Años más tarde, en 1996, un reportaje de 60 minutos trasladó al público general los resultados de un estudio que identificaba este aditivo como la causa de tumores en ratones.

Lo cierto es que después de haber sido estudiado durante más de treinta años no se han encontrado pruebas sólidas de que el aspartamo sea dañino para los humanos. De hecho, dos recientes revisiones de todos los estudios disponibles han concluido que, en los niveles de consumo actuales, es un edulcorante seguro. Aún así, no es difícil encontrar sitios web dedicados a la lucha contra este aditivo.

El aspartamo es solo una de muchas sustancias químicas marcadas de por vida por el resultado de un trabajo voceado por los medios de información de masas. Al igual que ocurre con las vacunas, basta con un único estudio (cuyo método y diseño no tienen ni siquiera que ser sólidos) para sembrar la duda y asentar en el imaginario colectivo la idea de que la sustancia X produce la terrible Y, y que es algo a evitar. No es raro que todo ello venga acompañado del enfrentamiento de grupos partisanos surgidos como hongos y la creación de teorías conspiranoicas.

Aquí concurren dos problemas. El primero es la validez de los periódicos y los telediarios como fuente de información científica. Como escribe Ben Goldacre:

El mayor problema de las noticias sobre ciencia es que se nos presentan sistemáticamente vacías de evidencia científica. ¿Por qué? Porque los periódicos piensan que ustedes no entenderán la «parte científica» del asunto, por lo que todas las noticias sobre ciencia han de pasar previamente por un proceso de reducción de su nivel de dificultad, en un desesperado intento por seducir y atraer a los ignorantes, precisamente, aquellas personas a quienes no interesa la ciencia para nada (tal vez porque los periodistas creen que es buena para todos nosotros y que, por lo tanto, debería democratizarse).

[...] ¿Cómo sortean los medios el problema de su incapacidad para proporcionarnos la evidencia científica propiamente dicha? A menudo, lo hacen recurriendo a figuras de autoridad (un recurso que constituye la antítesis misma de la esencia de la ciencia) y tratándolas como si de curas, políticos o figuras paternas se tratara. «Un grupo de científicos ha dicho hoy que…» «Unos científicos han revelado que…» «Los científicos han advertido que…» Si al periódico o al espacio radiotelevisivo de turno le interesa introducir un poco de equilibrio, nos mostrarán a dos científicos en desacuerdo, aunque sin explicación alguna de por qué (un método cuya más peligrosa versión pudimos ver en acción cuando se extendió el mito de que los científicos estaban «divididos» en torno a la seguridad de la vacuna triple vírica): un científico «revela» algo y, entonces, otro lo «cuestiona». Más o menos, como si fueran caballeros Jedi.
Como ocurre tantas veces, si uno quiere información de calidad debe olvidarse de la prensa general y acudir a las publicaciones especializadas. De esa manera podremos saber qué se midió y cómo, así como lo que se descubrió, y no tendremos que fiarnos ciegamente de las conclusiones que el periodista de turno ha copiado y pegado directamente de la nota de prensa.

Los medios de comunicación son, por otro lado, víctima fácil del sesgo de publicación, esto es, el hecho de que tienden a publicarse únicamente los estudios que muestran un resultado positivo. Como explica magistralmente la viñeta de XKCD, este sesgo lleva a que se difundan en los medios conclusiones absurdas cuya veracidad es asumida por la población general prima facie. Claro que lo contrario también ocurre: a veces son los estudios que no lograron aparecer en prestigiosas revistas con revisión por pares los que se llevan directamente a la prensa para hacerse oír, ya que estos últimos son incapaces de filtrar nada basándose en la calidad del estudio.

Por desgracia, en esto de la ciencia hay más problemas aparte de los periodistas. Hacer ciencia es un proceso enteramente humano y, como tal, no es algo prístino llevado a cabo en un vacío ideal libre de pasiones, sesgos o instintos. La calidad del método científico depende de multitud de detalles que pueden pasarse por alto, bien por negligencia, bien por interés.

Lamentablemente, una de las industrias que más diligente debería ser en este sentido es la que más comportamientos reprobables exhibe. Les hablo de las empresas farmacéuticas. Estas empresas, por ejemplo, publican los resultados de los estudios que dan un resultado positivo, pero ocultan los que muestran que su medicina no es mejor que el placebo o el fármaco equivalente ya disponible. Las nuevas moléculas se estudian en poblaciones no representativas, pacientes ideales o atípicos, o personas que no serán los consumidores finales (por ejemplo, se prueban en personas sanas de países del tercer mundo medicamentos para enfermedades típicas de los países industrializados, como la diabetes). En sus estudios, estas compañías comparan el medicamento que están desarrollando con la peor alternativa posible, o con la mejor alternativa aplicada en dosis incorrectas. Interrumpen los ensayos clínicos en cuanto se atisba algún resultado positivo, aún cuando ello ocurra mucho antes de la fecha prevista de fin del mismo, con lo que se ocultan posibles efectos secundarios a largo plazo. Se recluta a poca gente para los estudios, aumentando así las posibilidades de obtener un resultado positivo simplemente por azar. Finalizado el estudio, los datos se masajean o torturan de mil maneras hasta conseguir una conclusión favorable. Y así siguiendo. El lector interesado puede consultar una buena lista de prácticas discutibles en el libro de Ben Goldacre dedicado a este tema.

Pero la medicina no es la única disciplina aquejada de ciertos males en su aplicación del método científico. La psicología, verbigracia, está afectada por el sesgo WEIRD, a saber, el hecho de que del sesenta al noventa por ciento de estudios se realiza en sujetos «western, educated, and from industrialized, rich, and democratic countries», a pesar de que estos representan únicamente un octavo de la población mundial. Y las ciencias sociales en general viven bajo la duda del problema de la replicación, una crisis de confianza surgida de los fallos obtenidos al tratar de replicar los resultados de una investigación dada en experimentos similares. En 2008, por ejemplo, Simone Schnall y sus colaboradores concluyeron en su estudio que la dureza de los juicios morales de las personas cambiaba según las sensaciones de limpieza o suciedad de los individuos, de manera que si –entre otras cosas– los sujetos del estudio se lavaban las manos antes de emitir un juicio moral, este resultaba ser menos severo. Sin embargo, David Johnson, Felix Cheun y Brent Donnellan repitieron el experimento y no encontraron dicho efecto. Este es solo uno de los estudios que aparecían en un número especial (les dejo un enlace alternativo por si no funciona el anterior) de la revista Social Psychology publicado el año pasado en el que se intentaron replicar veintisiete hallazgos importantes en psicología social. En esta misma línea, recientemente se han publicado los primeros resultados del estudio más ambicioso de este tipo, en el que se intentaban replicar los hallazgos de cien estudios de psicología. Los datos preliminares no son muy halagüeños.

En realidad, la «crisis de la replicación» no es específica de las ciencias sociales. Un célebre artículo de John P. A. Ioannidis publicado en 2005 aseguraba que la mayoría de los resultados publicados en medicina son falsos:

In 2005, an Athens-raised medical researcher named John P. Ioannidis published a controversial paper titled “Why Most Published Research Findings Are False.” The paper studied positive findings documented in peer-reviewed journals: descriptions of successful predictions of medical hypotheses carried out in laboratory experiments. It concluded that most of these findings were likely to fail when applied in the real world. Bayer Laboratories recently confirmed Ioannidis’s hypothesis. They could not replicate about two-thirds of the positive findings claimed in medical journals when they attempted the experiments themselves.
De ahí que sea tan importante realizar varias veces el mismo experimento, pues solo de esa manera podemos alcanzar cierto nivel de confianza en el resultado obtenido. En palabras de Karl Popper:

Only when certain events recur in accordance with rules or regularities, as is the case with repeatable experiments, can our observations be tested — in principle — by anyone. We do not take even our own observations quite seriously, or accept them as scientific observations, until we have repeated and tested them. Only by such repetitions can we convince ourselves that we are not dealing with a mere isolated ‘coincidence’, but with events which, on account of their regularity and reproducibility, are in principle inter-subjectively testable.
Con un solo estudio puede demostrarse casi cualquier cosa, y Google puede llevarnos a donde queramos. Para la mayoría, buscar pruebas significa poner en el buscador lo que queremos encontrar, como aquella amiga mía que introdujo la frase «la cerveza no engorda» para encontrar algo con lo que sostener su convencimiento. Esa es, obviamente, la forma errónea de actuar, pues lo importante a la hora de tomar una decisión es revisar todas las pruebas disponibles:

[Y]ou have to interpret a literature, not a single study. The results of one lab or one study can be erroneous. When decades have produced hundreds of studies on a question, the cherry pickers will always have a lot to choose from. That is why systematic reviews are necessary, and it is also necessary to understand the strengths and weaknesses of each type of research.
La imagen que ilustra este artículo es el logotipo de Cochrane Collaboration, una organización internacional e independiente de académicos voluntarios sin ánimo de lucro que elabora y publica revisiones sistemáticas de estudios médicos. Este logotipo es un diagrama de bosque de un metaanálisis realizado en su momento sobre la administración de corticoesteroides en bebés prematuros. Cada línea horizontal representa un estudio. Cuanto más larga es esta línea, más incierto fue el resultado del estudio. Si la línea se sitúa a la izquierda de la línea vertical significa que los esteroides fueron mejores que el placebo; si se sitúa a la derecha, significa que los esteroides funcionaron peor. La posición del rombo indica la respuesta obtenida del conjunto de todos los estudios. En este caso, dicho resultado muestra una reducción de entre el treinta y el cincuenta por ciento del riesgo de muerte del bebé prematuro cuando se le administran los esteroides. Hasta que no se publicó esta revisión en 1989 muchos bebés murieron al desconocer los óbstetras la efectividad de dicho tratamiento.

Sería maravilloso que existieran diagramas de bosque al alcance de la mano para cualquiera de nuestras preocupaciones, ya sean los edulcorantes, las vacunas, las ondas de radiofrecuencia, los transgénicos, el fracking o cualquier otro asunto importante. Actualmente existe un creciente movimiento a favor de la política basada en pruebas, el cual trata de llevar el método de investigación clínico a otras áreas, como las ciencias sociales. Desgraciadamente, como hemos hablado en varias ocasiones, es difícil que tenga un gran efecto. Siempre se pueden poner en duda las motivaciones de quien lo elabora, el método y las compañías que hay detrás. Y siempre nos toparemos con actitudes como la de Janet Starr Hull, la responsable de www.sweetpoison.com: «I will never accept the news of aspartame safety».

lunes, 30 de septiembre de 2013

El ataque de los clones

El pasado 30 de marzo se estrenó Dragon Ball Z: Battle of Gods, la primera película japonesa en ser proyectada en los cines IMAX. La historia se sitúa en el lapso de diez años tras la derrota de Buu y es la primera película que se considera parte de la historia oficial de la serie. El DVD y el Blu-ray salieron a la venta hace apenas unos días, el 13 de septiembre. Si bien no es una gran película (al fin y al cabo no deja de ser un shonen) como fan de la serie debo decir que me gustó. Por momentos se me pusieron los pelos como escarpias al retrotraerme a la niñez y recordar emociones pretéritas.

El último número de Dragon Ball Z se publicó el 5 de Junio de 1995, es decir, hace casi veinte años. Sin embargo, vemos que todavía se hacen películas sobre la serie y, sobre todo, videojuegos. Algo parecido ocurre –aunque en menor medida– con otra de las series favoritas de mi infancia, Caballeros del Zodíaco (Saint Seiya). Mis primos pequeños, que tienen once y nueve años, no conocen ninguna de las dos. Lógico, dado que han pasado dos generaciones. ¿Cómo es que Dragon Ball Z sigue viva?

Siendo el lector tan sagaz como le imagino intuirá que la razón es la misma por la que hay siete películas de Superman y ocho de Batman. Es la misma razón por la que cada verano las carteleras rebosan de remakes, secuelas y precuelas. La razón de que tengamos siete partes de la muy prescindible saga The Fast and the Furious y vayamos a contar al menos con tres de Los mercenarios (The Expendables). El periodista Edward Jay Epstein, experto en el mundo de Hollywoodexplica dónde está el problema (el énfasis es mío):
«In Hollywood, originality is anything but a virtue. Paramount rejected a recent project that had attached stars, an approved script, and a bankable director by telling the producer: “It’s a terrific idea, too bad it has not been made into a movie already or we could have done the remake.” This response, alas, is not untypical. Studios today, as a former executive explained, tend to green-light four types of movies for wide openings: remakes (such as King Kong), sequels (such as Star Wars: Episode III), television spin-offs (such as Mission: Impossible), or video game extensions (such as Lara Croft: Tomb Raider).
If Hollywood is originality-challenged, it is not because studio executives find particular joy in mindlessly imitating bygone successes, or lack imagination. It is because they must take into account the underlying reality of today’s entertainment economy. In the prior system (1928–1950), each studio was identified with a particular genre of movie [...] To this end, a studio could rely on a vast habitual herd of moviegoers to go to the movies in an average week. Most of these people went to see not just a new movie—the main attraction—but also a program of weekly entertainment that included newsreels, a slapstick short, a cliffhanger serial, a “B” feature, such as a Western, and needed no national advertising to prod it. That was before TV provided an alternative source of entertainment.
Today there is a different story. The studio names mean little, if anything at all, to audiences. Nor can the weekly audience, which has shrunk to less than 10 percent of the population, be relied on to show up for any particular movie. Studios must therefore create audiences from scratch for each and every film. For the studios, “audience creation” has become just as important a creative product as the film itself.»

«Since the publicity campaigns for these blockbusters have proven effective in the popcorn economy, studios recycle their elements into endless sequels, such as those for Spider-Man, Pirates of the Caribbean, Shrek, and Mission Impossible, which then become the studios’ franchises on which they earn almost all their profits. That is their unoriginal sin and, alas, salvation in the new system.»
Cuando uno quiere ganar dinero puede arriesgarse a hacer algo nuevo o jugar sobre seguro y copiar algo existente que funcione. Los superhéroes y sagas como Star Wars cuentan con audiencias ya consolidadas que garantizan cierto nivel de emolumentos incluso aunque el resultado final no sea muy bueno (a menudo los fans se muestran decepcionados con los remakes). Al parecer es más rentable eso que gastar dinero en mercadotecnia para dar a conocer algo nuevo y original.

La falta de innovación no afecta únicamente a firmas como Sony, creadora tanto de películas como de videojuegos. Las compañías farmacéuticas son propensas a crear sus propias copias de medicamentos superventas existentes cuya patente haya expirado, lo que Ben Goldacre llama medicamentos «yo también»:
«[E]l desarrollo de una nueva molécula, con un mecanismo de acción completamente nuevo sobre el organismo, es un asunto muy arriesgado y difícil. Por este motivo, si una empresa tiene a la venta un medicamento que se receta, habrá muchas ocasiones en que otras intentarán fabricar una versión propia, razón por la cual hay, por ejemplo, muchísimos antidepresivos del tipo llamado «inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina» o SSRI. Desarrollar un fármaco de este tipo es mucho más seguro comercialmente.
Los medicamentos «yo también» no suelen tener un efecto terapéutico beneficioso, por lo que muchos los consideran un derroche, un gasto innecesario de los fondos para el desarrollo de medicamentos, con el que, además, se expone potencialmente a los participantes de los ensayos clínicos a un riesgo innecesario solo para ganancia de las empresas farmacéuticas y no para el progreso de la medicina.»
También Silicon Valey es víctima de la aversión al riesgo. Otrora sinónimo de innovación, el valle parece estar convirtiéndose en una máquina fotocopiadora de Facebooks, más preocupada por esquilmar a los veinteañeros que por solucionar problemas realmente significativos:
«Perhaps the most common critique of the technology industry today is that too much money, ability, and energy is focused on social games, photosharing, advertising, todo lists, and the like. Some critics harken to a past where the Valley invested in tangible breakthroughs in PCs, semiconductors, and networking, others can’t find much positive to say about technology in general, and generally many people feel that the Valley is now suffering from a failure of imagination (1, 2, 3, 4, 5, 6).»

Pero como dice siempre el piloto español Pedro de la Rosa al comentar las carreras de Fórmula 1, si no vas primero tu única opción para obtener un resultado mejor es hacer algo diferente; si copias al que va por delante estás perdido. Jason Fried y David Heinemeier Hansson, fundadores de 37signals, aconsejan olvidarse de la competencia y centrarse en hacer algo distinto. Lo explican en Rework, su libro sobre los negocios:
«Focus on competitors too much and you wind up diluting your own vision. Your chances of coming up with something fresh go way down when you keep feeding your brain other people's ideas. You become reactionary instead of visionary. You wind up offering your competitor's products with a different coat of paint.
If you're planning to build "the iPod killer" or "the next Pokemon," you're already dead. You're allowing the competition to set the parameters. You're not going to out-Apple Apple. They're defining the rules of the game. And you can't beat someone who's making the rules. You need to redefine the rules, not just build something slightly better.»

«If you're just going to be like everyone else, why are you even doing this? If you merely replicate competitors, there's no point to your existence. Even if you wind up losing, it's better to go down fighting for what you believe in instead of just imitating others.»
Claro que hacer algo fuera de lo habitual tampoco garantiza el éxito. Oliver Burkeman nos habla de un almacén en Ann Arbor, Michigan, propiedad de la empresa GfK Custom Research North America cuyas estanterías están pobladas de miles de paquetes de alimentos y enseres domésticos con una particularidad: todos fueron un fracaso. En sus baldas podemos encontrar productos tales como cerveza con cafeína, Pepsi para el desayuno y huevos revueltos precocinados listos para calentar en el microondas y consumir en el coche.

Para el economista Paul Ormerod el fracaso es la característica distintiva de la vida empresarial. Yo supongo que es más difícil justificar un descalabro cuando has apostado por algo innovador que cuando te has limitado a seguir al rebaño, yendo a lo que funciona a pesar de que el mercado esté ya copado. Cuando uno intenta ser original y se la pega a menudo es señalado con el dedo y se le espeta «¿en qué estabas pensando?». Por contra, como bien señala el también economista Raghuram G. Rajan «failing in a herd rarely has adverse consequences».

lunes, 16 de septiembre de 2013

El hombre desactualizado

Todo lo que sabemos tiene fecha de caducidad. A quienes fuimos a EGB nos enseñaron en la escuela que había 103 elementos en la tabla periódica; los que no hayan tocado la química desde la aquel entonces ignorarán que el número actual es 118 . Los planetas ya no son nueve, sino ocho, dado que Plutón salió de la lista en 2006. La población mundial ha pasado de los 5.900 millones de personas que me dijeron de pequeño a más de 7.000. Los macronutrientes siguen siguen siendo los mismos (glúcidos, lípidos y proteínas) pero sus efectos sobre la salud y su influencia en la composición corporal han ido cambiando en las últimas décadas. Y he aquí trece mitos sobre ciencia que tal vez usted aún crea ciertos (no deje de leer los comentarios). Tal como escribe Samuel Arbesman:
Foto de Parksy1964
«Facts change all the time. Smoking has gone from doctor recommended to deadly. Meat used to be good for you, then bad to eat, then good again; now it’s a matter of opinion. The age at which women are told to get mammograms has increased. We used to think that the Earth was the center of the universe, and our planet has since been demoted. I have no idea any longer whether or not red wine is good for me. And to take another familial example, my father, a dermatologist, told me about a multiple-choice exam he took in medical school that included the same question two years in a row. The answer choices remained exactly the same, but one year the answer was one choice and the next year it was a different one.»
El campo de trabajo de Arbesman es la cienciometría, una disciplina cuyo objetivo es medir y analizar la investigación científica. Según este autor los hechos o datos que forman el conocimiento científico tienen una vida media que obedece ciertas reglas matemáticas. Algunos datos cambian constantemente, como la temperatura en nuestra ciudad, mientras que otros cambian tan despacio que se consideran constantes, como el número de dedos de la mano. A medio camino se sitúan los mesodatos, aquellos que cambian con el paso de los años: los elementos de la tabla periódica que comentamos al principio, nuestros conocimientos sobre los dinosaurios, la tecnología informática y los tratamientos médicos.

Buena parte del conocimiento que va cambiando no afecta a nuestra vida diaria de forma directa. Dudo, verbigracia, que la vida del lector se haya vuelto patas arriba al conocer el nuevo número de elementos químicos. Como tampoco le explotará la cabeza al saber que, aunque en la película Jurassic Park los velociraptores son representados con una piel reptiliana, en 2007 se descubrió que en realidad estaban cubiertos de plumas. ¿Curioso? Tal vez. ¿Útil? Probablemente no (a no ser que esté considerando producir una película sobre dinosaurios).

Analicemos, pues, un ámbito más práctico como puede ser el de la medicina, donde los galenos más próximos dispuestos a educarnos son nuestras abuelas y nuestras madres. Que levante la mano a quien la hacedora de sus días le haya reprochado haber salido sin suficiente abrigo arriesgándose a coger un catarro. ¿Es cierto que uno puede resfriarse por el frío? Ocurre que la respuesta a esa pregunta ha ido cambiando con el tiempo:
«La sabiduría popular dice que sí. [...] Cualquier madre o médico de familia así lo afirmaría.
Pero los científicos llevan también años insistiendo en que la relación entre enfermedad y frío no es más que una quimera, argumentando que los resfriados son más comunes en invierno porque la gente se cierra en el interior de sus casas, donde los gérmenes tienen más posibilidades de pasar de una persona a otra.
[...] Pero hace algunos años, los científicos descubrieron la causa más común del resfriado: el rinovirus. A partir de ahí comenzaron a observar sus efectos en el sistema inmune. ¿El tiempo frío podría debilitar el sistema inmune y facilitar que el rinovirus causara una infección? A medida que fueron estudiando el rinovirus descubrieron que éste en realidad causa más daño en primavera y otoño, cuando el tiempo es lluvioso y húmedo, que en invierno.
[...] A partir de esos nuevos descubrimientos, los científicos vieron que la respuesta no es tan clara como parecía. La balanza se inclina a favor de la creencia popular, pues las investigaciones cada vez se encuentran más con el hecho de que un descenso de la temperatura corporal puede ocasionar un resfriado.
[...] Las personas nos resfriamos más en invierno en parte porque el mal tiempo nos hace entrar en sitios cerrados, pero también porque las temperaturas muy bajas afectan al sistema inmune, haciéndole más vulnerable a las infecciones o agravando alguna infección latente que ya teníamos.»
Entre las obligaciones de los padres se halla la de procurar la mejor salud al hijo. Por desgracia para estos la mayoría de progenitores atesoran un conocimiento médico basado mayormente en mitos, tradición y medios de comunicación de masas, tres vías de dudosa eficacia para transmitir un conocimiento real. El padre interesado en mantenerse al día encontrará interesante este libro (para un resumen con doce mitos populares y su validez o no puede consultar este artículo). Descubrirá, para alivio del crío, que no es necesario esperar dos horas después de comer para volver a zambullirse en la piscina (tortura de tantos niños de mi generación).

Todavía en relación con los cuidados parentales y entrando en la zona de las consecuencias fatales, aún recuerdo la reacción de mi madre cuando vio en el telediario que los médicos empezaban a recomendar que los bebés durmieran boca arriba. «¡De toda la vida los niños han dormido boca abajo!» exclamó algo perpleja. Al parecer la costumbre de colocar a los infantes en decúbito prono se debe al consejo dado por el pediatra norteamericano Benjamin Spock en su libro superventas Tu hijo. Su indicación se basaba en un razonamiento a priori, a saber, que si el niño vomitaba era más probable que se ahogara si dormía boca arriba. Estudios empíricos posteriores observaron sin embargo que el riesgo de muerte súbita era significativamente mayor en quienes dormían sobre su abdomen. Como decía, desde hace algunos años se insta a que los niños duerman sobre su espalda. En este mismo sentido, hace apenas unos meses se publicó en el British Medical Journal un estudio que concluía que el colecho (práctica aconsejada por el Ministerio de Salidad español en su informe Maternidad y Salud del año pasado) podría aumentar el riesgo de muerte súbita. Es de esperar que con el tiempo, gracias a la acumulación de evidencias, se pueda dar una indicación informada en uno u otro sentido.

Si los bebés son los seres que consideramos más frágiles y ante quienes procuramos con especial ahínco cumplir la máxima hipocrática primum non nocere, las mujeres embarazadas ocuparían el segundo puesto de la lista. A tenor por la interminable lista de advertencias y precauciones que reciben las mujeres en estado de buena esperanza se diría que gestar una criatura es un proceso harto delicado, y uno se pregunta cómo es posible que hayamos conseguido perpetuar la especie durante tanto tiempo, habida cuenta de la falta de medios en épocas pretéritas. Sea como fuere, los médicos suelen andar con pies de plomo y ser bastantes conservadores cuando tratan con mujeres en estado de buena esperanza. Recientemente la economista Emily Oster relataba en un artículo para el Wall Street Journal su experiencia con el embarazo, y cómo analizó los datos relativos a cada una de las recomendaciones dadas por su médico para averiguar cuánto había de verdad en ellas. Concluyó que no pasaría nada por beber un vaso de vino de vez en cuando, tomar café y hacer ejercicio cuando quisiera. Habrá que esperar cuarenta y cinco años (el tiempo estimado por John Hughlings Jackson para expulsar de la medicina una idea errónea) para ver si Oster tenía razón o si expuso a su criatura a riesgos innecesarios.

La gente tiene su vida, su trabajo (no todos los que quieren, por desgracia) y niños a los que criar (incluyendo algunos que no lo buscaban, para su desgracia). No es de esperar que se sienten periódicamente a reciclar sus conocimientos. En lugar de eso, confían en los medios de comunicación o internet. El problema es que gran parte de lo que oímos es engañoso cuando no directamente falso. Recibimos mucho más ruido que información real. Y como humanos hay límites a lo que podemos saber y el ritmo al que podemos aprender cosas nuevas. Sin embargo, hemos visto que mantenerse al día puede ser realmente importante por las consecuencias negativas que acarrea en ocasiones. No todas ellas son tan trágicas como la muerte de un infante, claro. A veces el daño se limita a pasar hambre de forma honorable mientras uno se pregunta perplejo cómo es que no consigue adelgazar cuando está cenando únicamente fruta y yogur.

Nassim Taleb publicó en su muro de Facebook su propia heurística para determinar lo que es importante:
«The odds of using, 10 years from now, something picked up today from random media is < 1 in 50,000. In science (outside of mathematics) it is < 1 in 30,000. On the other hand, you have more than 50 % chance of using (or remembering) something that you are interested in and has been "in print" more than a century. There is a very easy filter. What you search for is less likely to be noise. Further, word of mouth is more potent filtering than we think.»
Aunque no sea nada recomendable cambiar nuestros hábitos con cada nuevo estudio que sale a la luz (pues hacerlo nos hará víctimas del ruido) tampoco parece muy buena idea esperar cien años antes de hacerlo. Las tablas que aparecen en el libro de Arbesman muestran que el lugar del término medio varía según el campo del saber.

En ocasiones, tener un poco de algo es peor que no tener nada. Una falsa sensación de seguridad, verbigracia, puede hacernos asumir riesgos innecesarios. Respecto al tema que nos ocupa hoy ya entrevimos algunas complicaciones cuando hablamos del conocimiento incompleto. El conocimiento no actualizado supone un problema mayor que la ausencia total del mismo porque creer que ya sabemos algo nos puede hacer periclitar el reciclaje intelectual. En palabras del entrenador Charles Staley:
«I’ve frequently said that “knowing” is the most significant impediment to continued learning, because when you think you know, you cease further exploration.»
Quizá por eso Max Planck estaba en lo cierto al afirmar que las verdades científicas no acaban imponiéndose por sus propios méritos, sino porque sus detractores acaban muriendo y nace una nueva generación familiarizada con las nuevas ideas. La erudición es una empresa que comparte características con el castigo de Sísifo, devolviéndonos a menudo al punto de partida. Nuestro cerebro, con su gusto por lo fácil y rápido, no parece estar a la altura. Paradójico, si tenemos en cuenta que fue lo que usamos para adquirir todos esos datos en primer lugar.

domingo, 16 de junio de 2013

Lo que ves es todo lo que hay

Nunca antes había visto citado un estudio económico académico en la prensa general. Como suele suceder el trabajo en cuestión saltó a primera página por sus errores, no por sus virtudes. Probablemente les suene la historia. Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff publicaron un documento que parecía demostrar que un nivel de deuda pública por encima del noventa por ciento del Producto Interior Bruto interfería de manera notable con el crecimiento económico. Los funcionarios europeos partidarios de la austeridad se aferraron a ese trabajo para justificar su política de ajustes fiscales. Habían dado con un estudio (¡un estudio!) que daba pábulo a sus pretensiones de reducción de deuda a toda costa. Tenían una cifra, 90% del PIB. Ya no hacía falta nada más. Ya no había nada más. Esa recién nacida Estrella Polar económica determinaba el rumbo a seguir, y mientras no nos alejáramos del camino todo iría bien.
Foto de FeatheredTar

A la sazón tres economistas de la Universidad de Massachusetts descubrieron varios errores de método y de cálculo en el trabajo de Reinhart y Rogoff. Las pruebas que sostenían la cifra del 90% resultaron ser muy débiles, con serias dudas sobre el significado de la correlación entre crecimiento económico y nivel de deuda. A la vista están los resultados de las políticas de austeridad suicida. Ahora reculan.

En su día hablamos largo y tendido sobre los problemas de dejarse guiar por los números, en tanto en cuanto tratan de captar la abigarrada variedad del mundo humano a través del ojo de cerradura que son las cifras individuales. El caso de la fijación con el 90% ilustra dos debilidades de la mente humana cuando lidia con problemas complejos.

Los políticos se escudaron en lo que tenían –el mencionado estudio– para defender su postura. Todos hacemos lo mismo a diario (cuando juzgamos a los demás, por ejemplo): nos centramos en las pruebas que tenemos e ignoramos las que no tenemos, como si no existieran, y nos basamos en aquellas para dar forma a nuestras impresiones y arribar a nuestras conclusiones. Solo las pruebas que tenemos a mano cuentan, sin importar ni la calidad ni la cantidad de información que proporcionan. Daniel Kahnmenan llama a esta regla «lo que ves es todo lo que hay» (WYSIATI, por sus siglas en inglés). La consecuencia es una larga y variada lista de sesgos de juicio y de elección que incluyen, entre muchos otros, los siguientes:
  • «Overconfidence: As the WYSIATI rule implies, neither the quantity nor the quality of the evidence counts for much in subjective confidence. The confidence that individuals have in their beliefs depends mostly on the quality of the story they can tell about what they see, even if they see little. We often fail to allow for the possibility that evidence that should be critical to our judgment is missing—what we see is all there is. Furthermore, our associative system tends to settle on a coherent pattern of activation and suppresses doubt and ambiguity.
  • Framing effects: Different ways of presenting the same information often evoke different emotions. The statement that “the odds of survival one month after surgery are 90%” is more reassuring than the equivalent statement that “mortality within one month of surgery is 10%.” Similarly, cold cuts described as “90% fat-free” are more attractive than when they are described as “10% fat.” The equivalence of the alternative formulations is transparent, but an individual normally sees only one formulation, and what she sees is all there is.
  • Base-rate neglect: Recall Steve, the meek and tidy soul who is often believed to be a librarian. The personality description is salient and vivid, and although you surely know that there are more male farmers than male librarians, that statistical fact almost certainly did not come to your mind when you first considered the question. What you saw was all there was.»
El otro problema tiene que ver con nuestra vaguería mental. Cuando topamos con una pregunta difícil de contestar nuestra mente tiende a buscar respuesta a una pregunta relacionada más fácil. Kahnmenan llama a este proceso sustitución:
«When confronted with a problem—choosing a chess move or deciding whether to invest in a stock—the machinery of intuitive thought does the best it can. If the individual has relevant expertise, she will recognize the situation, and the intuitive solution that comes to her mind is likely to be correct. This is what happens when a chess master looks at a complex position: the few moves that immediately occur to him are all strong. When the question is difficult and a skilled solution is not available, intuition still has a shot: an answer may come to mind quickly—but it is not an answer to the original question. The question that the executive faced (should I invest in Ford stock?) was difficult, but the answer to an easier and related question (do I like Ford cars?) came readily to his mind and determined his choice. This is the essence of intuitive heuristics: when faced with a difficult question, we often answer an easier one instead, usually without noticing the substitution.»
El proceso es más o menos como sigue. Empezamos planteándonos un problema del estilo ¿cómo saber si a un país le va bien? Difícil pregunta, dado que es una cuestión muy general con multitud de facetas a considerar. Podemos suponer que si le va bien económicamente le irá bien a sus ciudadanos. ¿Y cómo sabemos si un país va bien económicamente? Bueno, podemos dar por hecho que el PIB está relacionado con la bonanza económica. Así, por un proceso de doble sustitución la inaprensible felicidad de los ciudadanos ha quedado ligada (y reducida) a lo que podemos medir, el PIB.

Los problemas de esta forma de proceder son obvios. Sirva de ejemplo el campo de la medicina, donde el proceso de sustitución está presente en diagnósticos y tratamientos. Si el lector ha echado un vistazo al resultado de sus análisis de sangre tal vez recuerde, verbigracia, que el nivel de referencia para el colesterol se establece (dependiendo del laboratorio) en 200-220 mg/dl, y que si supera esa cifra el médico le recomendará abstenerse de las grasas durante un tiempo. Si es muy alto quizá le recete un medicamente para reducirlo. Algo similar es aplicable a la presión arterial, cuyo límite ronda los 120/80 mmHg. La cantidad de colesterol en sangre y la presión arterial son lo que se conoce como indicadores o referentes secundarios, y se toman como guía para evaluar el riesgo de desarrollar enfermedades cardíacas. No obstante, es posible bajar el colesterol o la tensión sin disminuir el riesgo de consecuencias como muertes o infartos. La explicación de este problema por parte de Ben Goldacre bien se merece una cita larga:
«Muchas veces se autoriza un fármaco pese a haberse demostrado que no sirve de nada en situaciones del mundo real, como son infartos o defunciones, y esto se hace porque simplemente se ha demostrado un beneficio en «referentes secundarios», como, por ejemplo, un análisis de sangre, que solo está ligera o teóricamente asociado a la auténtica dolencia y a la muerte que se pretende evitar.
Lo entenderán mejor con un ejemplo. Las estatinas son medicamentos que reducen el colesterol, pero no se administran para modificar los índices de colesterol de los análisis de sangre, sino para reducir el riesgo de infarto de miocardio, o de muerte. Los ataques cardíacos y las defunciones son las consecuencias reales que nos interesan, y el colesterol es un referente secundario, una manifestación del proceso, algo que creemos asociado a la consecuencia real, pero que puede no estarlo en absoluto, o no tanto, quizá.
Muchas veces es razonable guiarse por un referente secundario, no como indicador único, pero sí al menos como indicador de alguna manifestación. La gente tarda en morir (es uno de los grandes problemas de la investigación, si me lo perdonan), por lo que si se desea una reacción rápida, no se puede estar a la espera de que se produzca el infarto y la muerte. En tales circunstancias, un referente secundario, como es un análisis de sangre, resulta un parámetro provisional razonable. Pero habrá que hacer un seguimiento a largo plazo en determinadas fases para averiguar si la sospecha en relación con el referente secundario era correcta.
[...] Este es el principal problema para los pacientes, porque los beneficios sobre referentes secundarios no se traducen muchas veces en beneficios para la vida real. De hecho, la historia de la medicina está llena de ejemplos en que ocurre todo lo contrario.
Probablemente el caso más dramático y famoso es el del ensayo de supresión de las arritmias cardiacas (CAST, por sus siglas en inglés), en el que se estudiaron tres fármacos antiarrítmicos para ver si prevenían la muerte súbita en pacientes con un elevado riesgo por padecer un ritmo cardíaco anormal. Los fármacos prevenían esas arritmias, y todos pensaban que eran estupendos. Se aprobó su venta para evitar muertes súbitas en pacientes con ritmos cardíacos anormales y los médicos no tuvieron reparo en recetarlos. Pero las inquietudes surgieron al realizarse un ensayo específico para medir las muertes, porque los fármacos incrementaban el riesgo de muerte de tal modo que hubo que poner fin al ensayo antes de lo previsto. Se había estado prescribiendo alegremente pastillas que mataban a la gente (se calcula que murieron más de 100.000 personas).»

Simplificar es útil y necesario. Un mapa a escala 1:1 contiene toda la información, pero no es práctico. Nuestra mente no puede lidiar a la vez con toda la información relevante. Sin embargo, siempre debemos hacer un esfuerzo consciente para tener presente que todo número, modelo o intuición es una simplificación de la realidad. Que además de las cosas que sabemos, hay que cosas que no sabemos que sabemos, cosas que sabemos que no sabemos, y cosas que no sabemos que no sabemos. No hay que olvidar que el mapa no es el territorio.