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lunes, 25 de febrero de 2019

Muda

A mí me pagan, entre otras cosas, por producir código informático. Sin embargo, mi ordenador está lleno de código muerto, esto es, código que nunca se puso en producción o que nunca vio la luz del día. En definitiva, código que nunca ha servido el fin para el que ha sido producido. La proporción de mi trabajo que acaba usándose es cada vez menor.

Ya les hablé de ello. No soy el único en esta situación en mi empresa y no es esta la única compañía que paga a sus trabajadores por labores de las que no saca ningún provecho. Al fin y al cabo, todo trabajo de oficina que se precie conlleva perder el tiempo gestionando correos electrónicos, acudiendo a reuniones estériles y completando tareas de administración de dudosa utilidad como rellenar informes de horas. Una encuesta hecha en Estados Unidos concluyó que el tiempo real dedicado por un trabajador a tareas productivas era solo el cuarenta y cuatro por ciento del total.

Que podamos dedicar menos de la mitad de la jornada semanal a trabajo real es preocupante de por sí pero a ello hemos de sumarle lo comentado al principio, esto es, que no todo el trabajo hecho en ese tiempo acaba cumpliendo su cometido. Consideremos también la cantidad de sistemas duplicados que toda empresa mantiene, los procedimientos burocráticos que solo sirven para generar más retrasos y el dinero del presupuesto gastado en bobadas. Y no olvidemos, por supuesto, a aquellos empleados que son totalmente innecesarios. En una empresa en la que trabajé, verbigracia, había tres o cuatro personas que llevaban allí toda la vida y dedicaban su jornada a ver series de televisión. Un día hasta los vi comer palomitas. Lo juro.

Si la mitad del tiempo no es trabajo real, y de esa mitad que sí lo es una buena parte no tiene ningún valor de negocio ¿no es ese puesto de trabajo prescindible? David Graeber, antropólogo para más señas, los llama bullshit jobs:

[W]hat I am calling “bullshit jobs” are jobs that are primarily or entirely made up of tasks that the person doing that job considers to be pointless, unnecessary, or even pernicious. Jobs that, were they to disappear, would make no difference whatsoever. Above all, these are jobs that the holders themselves feel should not exist.

Contemporary capitalism seems riddled with such jobs. [...] a YouGov poll found that in the United Kingdom only 50 percent of those who had full-time jobs were entirely sure their job made any sort of meaningful contribution to the world, and 37 percent were quite sure it did not. A poll by the firm Schouten & Nelissen carried out in Holland put the latter number as high as 40 percent.
Taiicho Ohno, considerado el padre del método de producción Toyota, identificó siete tipos de desperdicio o muda que pueden tener lugar en una cadena de producción: relacionados con el transporte, el inventario, el movimiento, la espera, la sobreproducción, el sobreprocesamiento y los defectos.

Imagen de Wikimedia Commons

En el contexto empresarial muda es cualquier actividad que consume recursos pero no aporta ningún valor al cliente. Además de este, otro problema que puede tener lugar es mura, vocablo que hace referencia a un flujo de producción que no está equilibrado, es decir, que hay periodos en los que se debe trabajar a toda prisa y otros en los que se está ocioso. Finalmente, existe el problema denominado muri, término japonés con el que se denomina la sobrecarga que sufren los trabajadores y las máquinas al exigirles más de lo que están preparados o diseñados para soportar. El método de producción Toyota trata de eliminar todo muda, mura y muri.

En general, la palabra japonesa muda puede traducirse como futilidad, inutilidad o despilfarro. Afecta no solo a las empresas sino a la sociedad en su conjunto. Para ilustrar esta afirmación les hablaré de otro de mis empleos.

Mi primer trabajo de verdad fue en la sección de alimentación de un hipermercado. Mi área de influencia era el pasillo de las galletas, donde pasaba cuatro horas reponiendo el género y colocando las estanterías, así como retirando los productos que estuvieran caducados. También tenía que devolver a su lugar los artículos de otros pasillos que clientes arrepentidos habían dejado en el mío, y recoger aquellos otros que se habían consumido (total o parcialmente) dentro de la tienda.

En mi primer día allí había una bolsa de galletas de desayuno abierta. Mientras lo llevaba al arcón donde las dejábamos toqué una y me llevé el dedo a la boca. «No comas nada», me dijo mi jefe, «esto está lleno de cámaras». Me pareció una norma lógica, ya que un empleado malintencionado podría desayunar gratis excusándose en que la bolsa ya estaba abierta cuando en realidad la había abierto él mismo.

Lo que no me pareció tan lógico fue lo que nos obligaron a hacer con unas chocolatinas Toblerone cierta mañana de aquel verano. Una marca de café lanzó una promoción en la que regalaba una de dichas chocolatinas junto con el bote de café. La promoción acabó y tocaba retirarla así que separamos los botes de café del regalo que traían. Los botes volvieron a la estantería para su venta. Las chocolatinas, sin embargo, fueron a parar a la basura. Nos obligaron. Una enorme caja llena de Toblerones en perfecto estado fue a parar a la apisonadora donde tirábamos las cajas de cartón. Me pareció un sacrilegio. Por un lado, porque me encanta el chocolate. Por otro, porque no había una razón lógica para tirar esa comida a la basura.

El arcón del almacén mencionado acababa rebosando todas las mañanas. Como digo, se llenaba de productos caducados, cajas abiertas, bolsas rotas, botes rajados, latas abolladas y demás. A ello había que sumarle lo que tirarían los responsables de productos frescos, que utilizaban otros contenedores. Y todo esto habría que multiplicarlo por el número de tiendas de este tipo que había en España.

No es ningún secreto que los hipermercados tiran muchísima comida a la basura. También se desperdicia antes (en la cosecha) y después (en restaurantes o en casa). La ONU estima que, en total, alrededor de un tercio de toda la comida producida se desperdicia. Cantidades ingentes de recursos naturales, mano de obra y energía gastados en producir, envasar y distribuir alimentos que van a parar directos a un vertedero. En una palabra: muda.

Desgraciadamente, no solo desperdiciamos los alimentos. ¿Cuántos artículos habrá que nunca abandonan el almacén o la estantería del bazar oriental? ¿Cuántas cosas tenemos en nuestros hogares que nunca hemos llegado a usar? Lo mismo ocurre con bienes cuya producción cuesta mucho dinero. En Estados Unidos, por ejemplo, hay trescientos mil coches diésel del grupo VAG aparcados sin un destino claro, fruto de la recompra a la que el fabricante se vio obligado por los tribunales por haber hecho trampa en las pruebas de emisiones de gases. En Irlanda y España la explosión de la burbuja inmobiliaria dejó montones de casas y barrios a medio construir o sin vender. Irlanda optó por demolerlos y España aún se lo está pensando.


El célebre economista inglés John Maynard Keynes dio a entender que se podía fomentar el empleo enterrando y desenterrando dinero. En su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero escribió:

Si la Tesorería se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a profundidad conveniente en minas de carbón abandonadas, que luego se cubrieran con escombros de la ciudad, y dejara a la iniciativa privada, de conformidad con los bien experimentados principios del laissez-faire, el cuidado de desenterrar nuevamente los billetes [...] no se necesitaría que hubiera más desocupación y, con ayuda de las repercusiones, el ingreso real de la comunidad y también su riqueza de capital probablemente rebasarían en buena medida su nivel actual.
Tim Harford nos explica que Keynes usó este ejemplo absurdo para centrar la discusión en los argumentos macroeconómicos a favor del gasto gubernamental, es decir, para que el debate no se desviara hacia las virtudes o vicios de una política concreta como limpiar calles, modernizar el sistema de transporte, etcétera. Su tesis era que se podía estimular la economía incrementando el gasto público.

El lector sagaz habrá adivinado hacia dónde me quiero dirigir: en esencia, estamos haciendo lo que proponía Keynes. El caso de la alimentación es el más ilustrativo: desenterramos nitrógeno y carbono y luego lo devolvemos de nuevo a la tierra sin que haya cumplido su fin como nutriente humano. Por muy absurdo que parezca el ejemplo que puso el economista inglés a principios del siglo veinte, una parte nada desdeñable de la actividad productiva consiste precisamente en eso.

Es de suyo evidente que ninguna empresa tiene como objetivo producir algo que no se va a vender y que lo último que haría cualquier compañía privada en un régimen de competencia es tirar el dinero. Lo lógico es tratar de ser lo más eficiente posible y podríamos tomar la popularidad del método de producción Toyota y derivados como prueba de esa aspiración. Es posible argumentar que es imposible ser eficiente al cien por cien y que cierta cantidad de desperdicio es inevitable y asumible mientras las cuentas cuadren. Quizá las empresas actuales sean menos ineficientes que en el pasado. De hecho, según un artículo de Harvard Business Review el sector privado ha alcanzado su cenit de eficiencia.

El ejemplo de Keynes pone de manifiesto una de las claves del capitalismo: lo importante para la economía es que haya movimiento y da igual que dicho movimiento consista en quemar recursos y personas para generar basura. Esta es, por supuesto, una simplificación caricaturesca pero si ven la televisión de vez en cuando tras un día largo en la oficina entenderán a qué me refiero.

lunes, 21 de mayo de 2018

Capitalismo comunista

Mientras escribía la serie de artículos titulada Dilbert lo predijo me di cuenta de una cosa: ningún director general cree realmente en el capitalismo. Es posible que se les llene la boca de loas a la propiedad privada de los medios de producción, la competencia, el libre mercado y el respeto a la satisfacción de los fines egoístas pero, a la hora de la verdad, todos ellos actúan como comunistas.

¿Por qué se supone que el capitalismo es un sistema de organización económica mejor que el comunismo? Dejemos que Robert P. Murphy nos lo explique:

Capitalism is the system in which people are free to use their private property without outside interference. That’s why it’s also known as the free enterprise (or free market) system, because it allows people freedom to choose: freedom to choose their own jobs, freedom to sell their products at whatever prices they like, and freedom to choose among products for the best value.
[...] under a socialist government or in a tribal system, jobs are assigned by the authorities. In “managed” economies, prices might be set and import and export quotas might be enforced. In many socialist countries there is no right to private property at all: everything is owned—or could be confiscated—by the state for the benefit of “the people.”
[...] Most modern critics of capitalism fear freedom—they fear the results of allowing people to decide their own economic affairs and letting the unregulated market run its course. They think regulators and bureaucrats know better than private citizens making their own voluntary arrangements.
Imagen de Propaganda Times
He aquí los tres tótems del capitalismo: libertad individual, libre competencia y producción descentralizada. La competencia del libre mercado hace que se produzca lo que se demanda en la cantidad precisa con un nivel mínimo de calidad. En ese contexto, el respeto a la libertad individual y la propiedad privada produce, a través de la mano invisible, el bienestar general.

Para entender la idea que trato de transmitir no es necesario que las definiciones anteriores sean perfectas (un comunista podría replicar, por ejemplo, que el comunismo no es incompatible con la propiedad privada). Basta, por el contrario, con sacar a relucir estas ventajas mencionadas del capitalismo para ver cómo, en la práctica, quienes participan en él se guían por los principios que supuestamente rechazan.

Uno de los puntos más relevantes en nuestra disquisición de hoy es la diferencia en el modo de organizar la producción entre los sistemas mencionados. Como saben, en el comunismo la planificación es central mientras que en el capitalismo es descentralizada. Este último modo sería superior por las siguientes razones (ibídem Murphy):

[I]n a market economy no one is “in charge” of car production, and it’s nobody’s job to make sure that enough newborn-sized diapers get made. The apparent chaos, or unreliability, of laissez-faire capitalism seems most evident during recessions, when unemployed workers are eager for jobs and consumers are hungry for their products but the capitalist system seems to fail everyone. Wouldn’t it be much more sensible to have a group of experts draw up plans (in five-year increments, perhaps) to rationally determine how resources and workers should best be deployed?

This view is flawed in two major respects. First, it is impossible for a central authority to plan an economy. New technologies (if entrepreneurs have freedom to create new technologies), changes in consumer taste (if consumers have freedom to pursue their tastes), and the innumerable variables that can affect production, distribution, and consumption of everything from newspapers to lawn mowers on a national or international scale are simply not “manageable” in the way socialist planners like to think they are.

Second, the planning bias completely misunderstands the role of profit and loss in a market economy. Far from being arbitrary, a firm’s “bottom line” indicates whether an entrepreneur is doing what makes sense: if his product is one that people want and if he is using his resources in the best possible way. The firm’s costs are themselves prices, which are influenced by the bidding of other producers who have competing uses for the same resources.

The free market’s effects are far from arbitrary. Every time you spend three dollars on tomatoes, you are ultimately “voting” for some of the nation’s scarce farmland to be reserved for tomato production. Smokers similarly “vote” for some of the land to be reserved for tobacco production. When a business has to shut down because it is no longer profitable, what that really means is that its customers valued its products less than they valued other products that other businesses could make with the same materials. If a business is enjoying high profits, that’s the market’s indication that it is using its resources more effectively than other firms.

Como vemos, la teoría capitalista sostiene que es imposible para una autoridad central planificar la economía. La razón principal probablemente sea la información imperfecta: es inviable para un gobierno estar al tanto de todos los hechos importantes con suficiente inmediatez, ajustar los planes a la información entrante y coordinar a los distintos organismos para adaptarse a los cambios con rapidez. Aquí suele citarse como ejemplos los planes quinquenales de la URSS los cuales, podría seguir el argumento, acabaron por repartir la miseria entre unos ciudadanos que solo podían elegir un modelo de coche, de horrible diseño y escasa fiabilidad.

La solución capitalista al problema descrito es el sistema de precios en un régimen de competencia. Explica Friedrich Hayek:

[C]omo jamás pueden conocerse plenamente todos los detalles de los cambios que afectan de modo constante a las condiciones de la demanda y la oferta de las diferentes mercancías, ni hay centro alguno que pueda recogerlos y difundirlos con rapidez bastante, lo que se precisa es algún instrumento registrador que automáticamente recoja todos los efectos relevantes de las acciones individuales, y cuyas indicaciones sean la resultante de todas estas decisiones individuales y, a la vez, su guía.

Esto es precisamente lo que el sistema de precios realiza en el régimen de competencia y lo que ningún otro sistema puede, ni siquiera como promesa, realizar. Permite a los empresarios, por la vigilancia del movimiento de un número relativamente pequeño de precios, como un mecánico vigila las manillas de unas cuantas esferas, ajustar sus actividades a las de sus compañeros. Lo importante aquí es que el sistema de precios sólo llenará su función si prevalece la competencia, es decir, si el productor individual tiene que adaptarse él mismo a los cambios de los precios y no puede dominarlos. Cuanto más complicado es el conjunto, más dependientes nos hacemos de esta división del conocimiento entre individuos, cuyos esfuerzos separados se coordinan por este mecanismo impersonal de transmisión de las informaciones importantes que conocemos por el nombre de sistema de precios.
Por eso me choca que un director general póster del capitalismo suba al estrado y anuncie a sus cientos de empleados que el comité ejecutivo está diseñando un «plan a cinco años vista», o lo que es lo mismo, un plan quiquenal. Al oír aquello es cuando me di cuenta de que la actividad de las empresas grandes y medianas está dirigida por una autoridad central cuyo desconocimiento de los asuntos relevantes es la misma que la de cualquier gobierno. Es decir, que las empresas privadas son pequeños países comunistas.

Si los directores generales creyeran realmente en las virtudes del capitalismo ¿no deberían descentralizar la producción y dejar que cada departamento o equipo se gestionara de manera autónoma? Según la teoría que defienden son los trabajadores los que están más cerca del cliente y, por consiguiente, conocen mejor y antes que nadie sus necesidades, sus gustos, sus quejas, las modas que siguen, los competidores a los que prestan más atención, etcétera. De la misma forma, son los que están en la cadena de producción los que saben cuántas manos hacen falta, dónde están los cuellos de botella y cómo se pueden solucionar, qué inversiones son necesarias, y así siguiendo. Sin embargo, las empresas se siguen guiando por planes alumbrados por un comité de burócratas que deciden quién hace qué y con qué medios.

Pasemos ahora a la libertad individual. Los defensores del capitalismo pueden argumentar que, mientras el comunismo lleva inexorablemente a la dictadura, el capitalismo es inherentemente democrático. Verbigracia:

Al dejar actuar a la mano invisible, al animar a los empresarios a trabajar con ahínco y superarse a sí mismos, al priorizar el interés propio de los individuos sobre las decisiones del Estado acerca de lo que es mejor para la población y al permitir a los accionistas controlar las compañías, el capitalismo consagra la democracia individual y el derecho al voto en una sociedad de una forma que, sencillamente, no está al alcance de otros sistemas verticales. No es coincidencia que las sociedades no capitalistas tiendan a ser de manera casi exclusiva dictaduras no elegidas.
Veamos la oficina con lentes capitalistas. ¿Alguna vez han visto a un gerifalte decirle a sus empleados: «buscad vuestros propios intereses porque de la suma de ellos la empresa saldrá beneficiada»? Lo dudo mucho. En lugar de eso seguro que han tenido que soportar lección tras lección sobre «trabajo en equipo», «sacrificio», «dar el ciento diez por cien», «estar alineados», «ser como una familia» y todas esas aberrantes llamadas al bien de la empresa, que es lo mismo que la abnegación en pro de la patria o ese «bien común» que los capitalistas y liberales rechazan porque «justifica cualquier cosa». Mano invisible, mis cojones.

Un análisis ulterior nos hará ver que los asalariados no solo pueden buscar sus propios fines en la empresa privada sino que ni siquiera pueden organizar su trabajo a voluntad. ¿Pueden ustedes cambiar de puesto, departamento o tareas libremente? Apostaría mi nómina del mes en curso a que, en su inmensa mayoría, no pueden. Seguramente tampoco tengan control sobre su horario ni su lugar de trabajo, y no podrán negarse a hacer algo aunque sepan a ciencia cierta que es absurdo, perjudicial o malvado (al final se hace lo que dice el jefe). Muchos trabajadores ni siquiera pueden decidir libremente cuándo disfrutar sus vacaciones o periodos de descanso. En Estados Unidos hay empleadores que llegan al punto de limitar y programar el uso del aseo a los proletarios.

De nuevo, la semejanza de una empresa con una dictadura comunista es innegable. De la misma forma que el comunismo rechaza la autonomía individual con el objetivo de organizar a la sociedad para lograr cierto fin, así las empresas subyugan a sus trabajadores en busca del bien de la compañía. Según Hayek, esto es una consecuencia inevitable de la planificación: «la planificación conduce a la dictadura, porque la dictadura es el más eficaz instrumento de coerción y de inculcación de ideales, y, como tal, indispensable para hacer posible una planificación central en gran escala».

Asimismo, los dirigentes de una empresa no son representantes elegidos democráticamente por los obreros. En lugar de eso hay un grupo particular de directivos con intereses propios (y, a menudo, opuestos a los de la mayoría) y un estatus por encima del resto cuya membresía es lo único capaz de otorgar capacidad de influencia o poder a los habitantes de la sociedad anónima.

Mi argumento de hoy descansa en la base de que una empresa es como un país. Si esta equivalencia es falsa entonces yo podría estar equivocado. Tengo razones para pensar que la analogía es cierta. Por ejemplo, he visto defender la metáfora opuesta, esto es, que un país es como una empresa y puede dirigirse igual. El corolario de tal afirmación es la llegada a presidente de la república de un empresario bajo la premisa de que su experiencia en los negocios le hará un buen gestor de la economía nacional.

Si los países son empresas ¿qué producen? ¿Bienes y servicios para la exportación? ¿Leyes? ¿Bienestar para sus ciudadanos? Veo varias respuestas posibles que, de paso, rebatirían la objeción según la cual la diferencia entre una empresa y un país es que la primera tiene una misión concreta mientras que el segundo solo debe proporcionar un entorno en el que los individuos puedan satisfacer sus planes de vida.

Tal vez la diferencia sea la escala, es decir, el número de personas involucradas. Aquí entraríamos en una paradoja sorites en la que no podríamos situar a ciencia cierta el umbral a partir del cual no es posible tener información perfecta y coordinar a los individuos con agilidad. Walmart da empleo a más de dos millones de personas a la vez que hay decenas de países con menos de trescientos mil habitantes. De todas formas, aunque la planificación fuera posible a escalas de miles o cientos de miles de personas, eso no soluciona el problema de la autonomía individual.

Una forma fácil de saber si el mandamás de su empresa tiene un estilo directivo de corte estalinista podría ser llamarle «comunista hipócrita», un adjetivo que le dolerá mucho más si es estadounidense. En el caso más improbable, respetará su libertad de expresión. En el caso más presumible se le aplicará el tratamiento de rigor a quienes se oponen a los dirigentes del «partido». Ya saben a qué me refiero; está en los libros de Historia.

lunes, 15 de enero de 2018

Piezas sueltas

Un análisis psicológico de categoría «cuñado» concluiría que mi interés por el entrenamiento de fuerza se debe a mis traumas infantiles. Sea cual sea su origen, lo cierto es que es un tema que me ha interesado desde niño, a consecuencia de lo cual tengo en mi biblioteca libros sobre fisiología y ejercicio que van desde los años ochenta hasta la década actual.

Foto de Amy Collier
El advenimiento de la web supuso, como en tantos otros campos, una explosión en la cantidad de información disponible al respecto. Algunos han aprovechado internet para construirse una reputación en línea a base de ofrecer gratuitamente sus conocimientos, consejos y rutinas de entrenamiento a los internautas, para más adelante crear sus propios negocios como entrenadores. Así, es fácil encontrar en la red programas de ejercicio para cualquier tipo de persona (sexo, edad, estado de forma), cualquier tipo de duración (desde planes de choque de unos pocos días a un año entero) y cualquier tipo de preferencia (con pesas, con el propio cuerpo, en casa, en el parque, etcétera).

Siendo los humanos tan predecibles como somos, es práctica común entre la concurrencia digital crear programas nuevos a base de mezclar otros ya conocidos. Quien más, quien menos, cambia lo que lee según sus predilecciones, conocimientos e ideas preconcebidas. Hay quien busca sencillamente adaptar el plan a sus necesidades o limitaciones, hay quien lo adorna para imprimir su sello personal y hay quien, creyéndose más listo que el autor original, trata de mejorarlo (así somos). Sea cual sea el motivo, todos ellos cometen el mismo error de principio: asumir que un programa se puede trocear y sus partes intercambiar sin problema.

No sabría precisar el instante exacto ni la primera persona que lo hizo pero alguien, en su momento, tuvo a bien recomendar al público que no trataran de cambiar nada del esquema que se presentaba. Comencé a ver cómo se usaba el término «rutina Frankenstein» para referirse a esos planes de entrenamiento formados a base de fragmentos obtenidos de otros programas. En los últimos años he visto la advertencia a menudo: sigue este método tal como se explica o no lo sigas, pero no lo cambies o no funcionará.

La razón detrás de tal admonición es que cada programa encarna unos principios, conocimientos, experiencias y filosofías del autor que, si él no ha hecho explícitas, quizá ignoremos y que pueden ser cruciales. Supongamos, verbigracia, que nuestro monitor de gimnasio nos diseña un plan que consiste en hacer dos ejercicios alternando una serie del primero con una serie del segundo. Esto se suele hacer para aprovechar el reflejo de inhibición recíproca (la contracción del músculo agonista hace que se relaje el antagonista), lo que permite gestionar mejor la fatiga y trabajar con cargas más elevadas. El monitor, con buen criterio, decide ahorrarse la explicación fisiológica y simplemente nos dice qué hacer y en qué orden. A nosotros su método nos parece una pérdida de tiempo o una incomodidad y optamos por terminar todas las series de un ejercicio antes de pasar al siguiente. Quizá hayamos ahorrado tiempo pero habremos disminuido la eficacia del ejercicio sin darnos cuenta.

El cuerpo humano es un sistema complicado (porque está compuesto de muchísimas piezas) y complejo (porque esas piezas están conectadas e interactúan entre sí):

[L]iving creatures are complex, while dead things are complicated. A dead organism is certainly intricate, but there is nothing happening inside it: the networks of biology—the circulatory system, metabolic networks, the mass of firing neurons, and more—are all quiet. However, a living thing is a riot of motion and interaction, enormously sophisticated, with small changes cascading throughout the organism’s body, generating a whole host of behaviors.
Como el cuerpo humano, así son el clima, la tecnología actual, la economía o la sociedad en su conjunto. En los sistemas complejos no basta con contemplar únicamente las distintas partes. Como las piezas están conectadas e interactúan entre sí, pequeños cambios se propagan en cascada a lo largo y ancho del sistema, y hay bucles de retroalimentación. A consecuencia de ello el resultado final no depende solo de las piezas y su funcionamiento, sino de cómo interactúan e, incluso, de las condiciones iniciales. Por consiguiente, cuando se trata de sistemas complejos es incorrecto pensar que un único componente es el responsable del buen funcionamiento del sistema, así que es absurdo sostener, digamos, que la salud depende de una parte concreta del cuerpo como los pies o la columna vertebral, que el éxito depende solo de nuestra actitud o que el vigor de la economía se basa únicamente en un tipo impositivo dado.

Un sistema complejo no es como un Scalextric, al que se le pueden añadir, cambiar o eliminar piezas alegremente sin correr el peligro de que deje de funcionar. A no ser que seamos realmente expertos en el tema no estaremos en disposición de saber qué podemos modificar y qué no, so pena de equivocarnos y obtener un resultado peor. En algunos programas de ejercicio el orden de los mismos importa, pero no en todos. Para ciertas dietas es fundamental la cantidad y el tipo de alimentos ingeridos pero otras están diseñadas alrededor de otros aspectos, como la composición de los alimentos. Hay políticas económicas que dependen, para ser eficaces, de la presencia de ciertas leyes u órganos políticos. Y así siguiendo. Incluso aunque seamos duchos en la materia cabe la posibilidad de que ignoremos el estado de algunas condiciones iniciales. Finalmente, con frecuencia también es imposible considerar a la vez todas las interacciones posibles y, por tanto, el verdadero resultado final, por lo que hay que ser precavido.

Es por todo lo anterior que yo desconfío de los remedios que consisten en añadir, quitar o cambiar una parte del sistema como la clave para un mundo perfecto. A veces esa pieza es un alimento (piña, vinagre de manzana) o un ejercicio (correr). Otras veces es una herramienta (inteligencia artificial, libre mercado), una ley, un sistema económico (capitalismo, comunismo), un tipo de organización política (socialismo, anarquía), un sentimiento (compasión) o una idea.

De la misma forma, soy escéptico ante las soluciones del tipo «juntar lo mejor de cada casa». Por una parte, porque en los sistemas complejos optimizar las partes no es la vía adecuada para que el sistema alcance su máximo rendimiento. Por ejemplo, todos sabemos que si unimos el motor de un Ferrari con los frenos de un Porsche, la carrocería de un BMW y la suspensión de un Mercedes lo que obtendremos no será el mejor coche del mundo. Por otro lado, porque cuando queremos quedarnos con los fragmentos que consideramos mejores o más útiles de un sistema es difícil saber qué partes son realmente importantes y de cuáles pueden prescindirse. Es fácil darse cuenta de la abominación que supone colocar el motor de un coche de Fórmula Uno en un utilitario pero es mucho más difícil ver la incongruencia cuando tratamos con ideas abstractas o sistemas sociales.

Para entender un sistema complejo es útil estudiar cada pieza por separado. En ese proceso de examen el componente se aísla, se disecciona y se experimenta con él para ver qué papel juega en el mecanismo global. Los resultados se publican como artículos científicos o disertaciones que, con frecuencia, aparecen en los medios de comunicación con titulares simplistas como «el gen de la obesidad» o «la clave del crecimiento económico». Otros investigadores continúan trabajando en la misma senda, se publican nuevos trabajos y se generan nuevos titulares respecto a esa pieza en concreto. El resultado es un pensamiento reduccionista que nos hace pensar que la solución a problemas complejos como la obesidad o el desempleo es una sola tuerca.

lunes, 1 de agosto de 2016

El tamaño importa (y IV)

He ahí el dilema. Hemos visto que un país pequeño puede tener un sistema político más cercano y un gobierno más ágil y eficiente, pero conlleva menos poder internacional. Por su parte, un gran país o conjunto de naciones tiene más fuerza en escenarios globales pero su burocracia es más ineficiente y la participación política de los ciudadanos es menos directa, por no mencionar que los grandes países a menudo imponen condiciones que perjudican a una minoría y benefician a quienes controlan el poder. Pero aún falta por considerar un tercer factor: la economía.

Los últimos cien años han sido, entre otras cosas, el siglo de la globalización financiera. Hemos presenciado cómo se expandía el libre comercio y cómo iban desapareciendo los controles al flujo internacional del capital. A consecuencia de ello, la importancia de los mercados internacionales ha ido creciendo. Eso tiene múltiples ventajas pero también genera tensiones, pues no existe un único conjunto de reglas al que atenerse o una autoridad final a la que recurrir en caso de disputa. Como explica Dani Rodrik:

Although economic globalization has enabled unprecedented levels of prosperity in advanced countries and has been a boon to hundreds of millions of poor workers in China and elsewhere in Asia, it rests on shaky pillars. Unlike national markets, which tend to be supported by domestic regulatory and political institutions, global markets are only “weakly embedded.” There is no global antitrust authority, no global lender of last resort, no global regulator, no global safety net, and, of course, no global democracy. In other words, global markets suffer from weak governance, and are therefore prone to instability, inefficiency, and weak popular legitimacy.
Foto de Derek Bruff
El TTIP es un nuevo ejemplo de las tensiones mencionadas y su significado en relación con el tema que estamos tratando se entiende fácilmente con el ejemplo de la carne de vacuno. En 1989 la Unión Europea prohibió las exportaciones estadounidenses de carne de vaca tratada con determinadas hormonas. Los Estados Unidos buscaron apoyo internacional para bloquear la directiva, sin éxito. Más tarde, en 1998, un órgano de la Organización Internacional de Comercio dictaminó que la prohibición impuesta por la UE violaba las reglas del comercio internacional. A pesar de ello, hasta la fecha, la Unión Europea no ha levantado el bloqueo. Hay que decir que la prohibición establecida no es una medida proteccionista pues no afecta solo a la carne americana, ya que está prohibido el uso de esas hormonas también en los países que forman parte de la Unión.

El TTIP busca reanudar las importaciones en ambos sentidos (Estados Unidos bloqueó la importación de carne de vacuno europea tras los brotes de encefalopatía espongiforme bovina). Si esto ocurre tendremos un nuevo caso en el que las reglas de un país o conjunto de ellos, redactadas por los representantes de los ciudadanos, son cambiadas por un mercado internacional cuyos actores principales (los miembros de la Organización Internacional de Comercio) son elegidos a dedo y no deben rendir cuentas ante los habitantes de los países que siguen sus reglas.

Así pues, tenemos un puzzle de tres piezas: estado-nación, sistema de gobierno y globalización económica. Según Dani Rodrik, de esos tres objetivos solo podemos alcanzar simultáneamente un máximo de dos (ibídem Rodrik):

In particular, you begin to understand what I will call the fundamental political trilemma of the world economy: we cannot simultaneously pursue democracy, national determination, and economic globalization. If we want to push globalization further, we have to give up either the nation state or democratic politics. If we want to maintain and deepen democracy, we have to choose between the nation state and international economic integration. And if we want to keep the nation state and self-determination, we have to choose between deepening democracy and deepening globalization. Our troubles have their roots in our reluctance to face up to these ineluctable choices.

Even though it is possible to advance both democracy and globalization, the trilemma suggests this requires the creation of a global political community that is vastly more ambitious than anything we have seen to date or are likely to experience soon. It would call for global rulemaking by democracy, supported by accountability mechanisms that go far beyond what we have at present. Democratic global governance of this sort is a chimera. There are too many differences among nation states, I shall argue, for their needs and preferences to be accommodated within common rules and institutions. Whatever global governance we can muster will support only a limited version of economic globalization. The great diversity that marks our current world renders hyperglobalization incompatible with democracy.

So we have to make some choices.
De acuerdo con este autor, la política nacional choca con los mercados internacionales, ante lo cual hay tres soluciones posibles. Primero, podemos restringir nuestro sistema político (por ejemplo, nuestra democracia) para minimizar los costes de transacción internacionales. Segundo, podemos limitar la globalización económica para tener un mejor gobierno doméstico. Finalmente, podemos tratar de extender la democracia al mundo entero, creando un único gobierno global (al estilo, verbigracia, de la Unión Europea), sacrificando así parte de la soberanía nacional. Como dicen los anglosajones: «pick your poison».

Desacoplar Estado, sociedad y mercado como proponen algunos es lo que da origen al trilema de la globalización: es como una partida multitudinaria de Monopoly en la cual cada participante juega según las reglas que utilizan en su casa (porque, como todos sabemos, los juegos de mesa tienen reglas distintas en cada hogar). A mi juicio, las élites perseguirán un mercado global y un gobierno mundial mientras que las poblaciones lucharán por su poder político y la soberanía nacional. Mientras tanto, los desequilibrios continuarán amontonándose y las tensiones seguirán ahí, con unos pensando que el vecino les lastra, los otros creyendo que es mejor andar unidos y los de más allá salmodiando que la mejor solución es «cada cual para sí».

lunes, 25 de julio de 2016

El tamaño importa (III)

Remontémonos en la historia de los homínidos y tratemos de imaginar (con algunas licencias narrativas) la vida de los neandertales. Pensemos en un neandertal que consigue comida. Otro neandertal que anda cerca, más alto y más fuerte, le quita el almuerzo a base de golpes. Entonces el primero, magullado, llama a su primo y ambos van a la caza, piedra en mano, del ladrón, que se lleva una buena paliza. Pero claro, el ladrón también tiene primos a los que recurrir. Comienza así un ciclo sobradamente conocido de «ojo por ojo, diente por diente, mano por mano y pie por pie; herida por herida, quemadura por quemadura». Un conflicto originalmente individual pasa a ser un enfrentamiento grupal. Ambos bandos se van haciendo cada vez más numerosos conforme más y más neandertales se unen a ellos, ya sea por la sed de sangre, la gloria o la protección que ofrece el grupo. Robert Nozick llamó a este tipo de organización una «asociación de protección mutua»:

En un estado de naturaleza un individuo puede, por sí mismo, imponer sus derechos, defenderse, exigir compensación y castigar (o, al menos, intentarlo lo mejor que pueda). Otros, a su llamada, pueden unírsele en su defensa. Pueden unírsele para repeler a un atacante o para perseguir a un agresor, ya sea porque tienen espíritu cívico, porque son sus amigos, porque fueron ayudados en el pasado, porque quieren que él les ayude en el futuro, o a cambio de algo. Grupos de individuos pueden formar asociaciones de protección mutua: todos responderán a la llamada de cualquier miembro en defensa o exigencia de sus derechos. La unión hace la fuerza.
Foto de Elan Magazine
Ser miembro de uno de estos grupos significa para cada individuo obtener protección, pero también implica apoyar a los demás en sus luchas. Esto conlleva tiempo y esfuerzo así que es lógico, en virtud de la división del trabajo, que solo algunos individuos se dediquen a proporcionar servicios de protección a tiempo completo. Pasamos así de asociaciones de protección mutua en las que todos colaboran a agencias de protección donde sólo algunos hacen el trabajo. Los neandertales pueden pagar a estas asociaciones de protección por sus servicios de la misma forma que se puede contratar a un guardaespaldas.

Nozick razonó que el número de agencias de protección se reduciría rápidamente a solo una que monopolizaría el uso de la violencia. Su argumento es que, desde el punto de vista económico, a las agencias les convendría más fusionarse o resolver sus disputas mediante la cooperación que luchando. Por otra parte, cuanto más grande sea una agencia mayor protección puede ofrecer y, en consecuencia, más clientes tendrá. Así es como surge, a través de una mano invisible, el Estado mínimo (ibídem Nozick):

De la anarquía, por la presión de agrupaciones espontáneas, asociaciones de protección mutua, división del trabajo, presiones del mercado, economías de escala e interés propio racional, surge algo que se parece mucho a un Estado mínimo o a un grupo de Estados mínimos geográficamente diferentes. ¿Por qué este mercado es distinto de otros mercados? ¿Por qué surgiría un virtual monopolio en este mercado, sin la intervención gubernamental que en otro lugar lo crea y lo mantiene? El valor del producto comprado, protección contra otros, es relativo: depende de lo fuertes que sean los otros. Sin embargo, a diferencia de otros productos que son comparativamente evaluados, no pueden coexistir unos servicios de protección máxima en competencia. La naturaleza de los servicios lleva a las agencias no sólo a competir por el patrocinio de clientes, sino que también las lleva a violentos conflictos entre sí. También, puesto que el valor del producto menor al máximo declina desproporcionadamente con el número que compra el producto máximo, los clientes no se mantendrán decididos por el menor bien y las agencias en competencia serán atrapadas en una espiral descendente.
La Unión Europea puede entenderse como una asociación de protección dominante. En el mundo actual todavía hay bandos más o menos delineados que luchan entre sí política, económica y militarmente. Es lógico, a consecuencia de ello, que en un «estado de naturaleza» global los países más pequeños quieran asociarse para hacer frente común frente a las grandes potencias. Esta es, según Jordi Molins, una de las grandes ventajas de la UE:

Pero a pesar de todo, «Europa» es una solución útil a un problema real. Y por lo tanto, es posible que tenga éxito. ¿Por qué es una solución útil? Por diversos motivos.

Primero, por una razón esencial que domina el mundo pero que, a menudo, no destacamos lo suficiente en nuestra opinión pública: la geoestrategia. Durante décadas, el mundo ha estado dominado por un poder monopolar: el mundo occidental, Estados Unidos y Europa Occidental. Pero como se puede morir de éxito, otras partes del mundo han copiado nuestros modelos de gestión (el capitalismo, el análisis de coste-beneficio, la democracia) y se han vuelto eficientes. En otras palabras, vamos hacia un mundo multipolar. China, la India, Rusia, Irán, Arabia Saudita, Turquía, Sudáfrica, Brasil, México... cada parte del mundo tendrá, cada vez más, un centro regional de poder, el cual no podrá ser ignorado por el resto.

Y, por lo tanto, las mesas de interlocución mundiales, donde se repartirá el pastel, cada vez importarán más. A los europeos nos falta una voz fuerte, nítida y, especialmente, con legitimidad, que no se pueda dudar que surge del pueblo europeo en su conjunto.
Si los europeos no hablamos con una única voz, sostiene Molins, las superpotencias negociarán con cada nación europea por separado, quizá enfrentándolas, para lograr hacer lo que mejor convenga a sus intereses. Si queremos evitar que los demás nos fuercen a hacer lo que no queremos hacer no queda otra opción que delegar parte de nuestro poder hacia una institución supranacional que pueda hacer prevalecer los intereses de sus miembros en los conflictos mundiales.

Adicionalmente, en el caso de Europa –continúa este autor– la unión económica abre la posibilidad de que el euro se convierta en una moneda de reserva a nivel mundial. Finalmente, algunos países europeos son demasiado pequeños para gestionar ciertos problemas (ibídem Molins):

Por ejemplo, la gestión de los puertos europeos no se puede realizar de manera eficiente desde un punto de vista únicamente nacional. Cuando nos enfrentamos con poderes tan temibles como China, debe haber una única voz que pueda hablar en nombre de todos los puertos europeos, desde Algeciras hasta El Pireo o Róterdam. Por ejemplo, cuando hablamos de infraestructuras energéticas, la decisión de qué nos conviene más, si el Nord Stream, el South Stream, Nabucco u otra solución —que requiere, por un lado, cruzar la geografía de varios países europeos y no europeos, y por otro, negociar con delicadeza pero con firmeza con países fuertes dentro de este mundo multipolar, como por ejemplo Rusia, Turquía o Irán—, no se puede tomar de manera aislada, desde un punto de vista estrictamente nacional, sino que hay que tener en cuenta una visión europea, e incluso, paneuropea.
Un Estado grande, o una unión de los mismos, puede verse entonces como un sindicato. A las empresas les interesa negociar los salarios individualmente mientras que los trabajadores tienen mayor poder de negociación cuando se unen y defienden sus intereses de forma común. Toda asociación mutua trae aparejada sus propios problemas de coordinación, eso es cierto, pero insistimos en ellas porque sabemos que la unión hace la fuerza necesaria para proteger nuestros derechos, defender nuestros intereses e integridad, exigir compensaciones o aplicar castigos.

Continuará.

lunes, 18 de julio de 2016

El tamaño importa (II)

Suiza: un país con una economía exuberante gracias al chocolate negro y al dinero negro. Suiza tiene el segundo mayor PIB per cápita nominal del mundo y ocupa el tercer puesto en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. No es miembro de la Unión Europea pero su gobierno ha firmado varios acuerdos bitalerales con la UE y participa en el Espacio de Schengen, el conjunto de países europeos que han abolido los controles en las fronteras comunes. Además forma parte de la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA, por sus siglas en inglés) junto con otros países que prefirieron no ingresar en la Unión Europea.

Foto de Benjamin Stäudinger
Con una población ligeramente superior a los ocho millones de personas, se trata del segundo Estado Federal más antiguo del mundo después del norteamericano. Su sistema político se rige sobre la base del republicanismo y la subsidiaridad, tratando de establecer un equilibrio entre los intereses del Estado en su conjunto y los intereses de los Estados miembros, los cantones. Cada cantón tiene su propia constitución y, aunque la legislación cantonal debe respetar el marco normativo del derecho Federal, todas las leyes federales deben ser aprobadas por los cantones. Los ciudadanos pueden decidir a través de mecanismos directos y participativos sobre asuntos municipales mediante la convocatoria de asambleas comunales. Se podría decir que es un país gobernado de abajo arriba.

Suiza es para muchas personas un modelo a seguir por múltiples razones. Quizá su sistema de gobierno, uno de los más descentralizados de la OECD, sea la causa de su estabilidad económica y política, y de su éxito como país:

It is not quite true that the Swiss do not have a government. What they do not have is a large central government, or what the common discourse describes as “the” government—what governs them is entirely bottom-up, municipal of sorts, regional entities called cantons, near-sovereign mini-states united in a confederation. There is plenty of volatility, with enmities between residents that stay at the level of fights over water fountains or other such uninspiring debates. This is not necessarily pleasant, since neighbors are transformed into busybodies—this is a dictatorship from the bottom, not from the top, but a dictatorship nevertheless. But this bottom-up form of dictatorship provides protection against the romanticism of utopias, since no big ideas can be generated in such an unintellectual atmosphere [...]. But the system produces stability—boring stability—at every possible level.
Tal vez ese sea el mejor sistema: un conjunto de municipios autogobernados asociados entre sí. Esta organización, según Taleb, está más en línea con nuestros orígenes biológicos, es más estable a nivel global (aunque menos a nivel local) y evita todos los problemas típicos de los grandes estados centralizados que enumeramos en el artículo anterior. Desafortunadamente, un sistema así difícilmente funcionaría a gran escala (ibídem Taleb):

It is not scalable (or what is called invariant under scale transformation): in other words, if you increase the size, say, multiply the number of people in a community by a hundred, you will have markedly different dynamics. A large state does not behave at all like a gigantic municipality, much as a baby human does not resemble a smaller adult. The difference is qualitative: the increase in the number of persons in a given community alters the quality of the relationship between parties. Recall the nonlinearity description from the Prologue. If you multiply by ten the number of persons in a given entity, you do not preserve the properties: there is a transformation. Here conversations switch from the mundane—but effective—to abstract numbers, more interesting, more academic perhaps, but, alas, less effective.
Jared Diamond, autor de la conocida obra Armas, gérmenes y acero, discute cuatro razones por las que las sociedades formadas por cientos de miles de personas no pueden organizarse como una horda o una tribu, a saber: resolución de conflictos, toma de decisiones, razones económicas y problemas de espacio. Tal como escribe:

En una horda, en la que todos están estrechamente emparentados con todos, personas emparentadas simultáneamente con las dos partes contendientes se interponen para mediar en las disputas. En una tribu, en la que muchas personas siguen siendo familiares cercanos y todo el mundo al menos conoce a todo el mundo por su nombre, los familiares mutuos y los amigos mutuos median en las disputas. Pero una vez que se ha traspasado el umbral de «varios cientos», por debajo del cual todo el mundo puede conocer a todo el mundo, el creciente número de diadas se convierte en pares de extraños no emparentados. Cuando dos extraños luchan, pocas personas presentes serán amigos o familiares de ambos contendientes, con interés personal en detener la lucha. [...] De ahí que una sociedad grande que continúe dejando la resolución de los conflictos a todos sus miembros tenga garantizada la explosión.

[...] Una segunda razón es la creciente imposibilidad de tomar decisiones de forma comunitaria a medida que aumenta el tamaño de la población. La toma de decisiones por toda la población adulta sigue siendo posible en los poblados de Nueva Guinea de tamaño bastante reducido como para que las noticias y la información lleguen rápidamente a todo el mundo, para que todo el mundo pueda escuchar a todo el mundo en una junta general de la aldea, y para que todo aquel que desee hablar en la asamblea tenga la oportunidad de hacerlo. Pero todos estos requisitos previos para la toma de decisiones comunitaria llegan a ser inalcanzables en las comunidades mucho más grandes.

[...] Una tercera razón tiene que ver con consideraciones de tipo económico. Toda sociedad requiere un medio para transferir productos entre sus miembros. [...] En las sociedades pequeñas que tienen pocos pares de miembros, las necesarias transferencias de productos resultantes pueden organizarse directamente entre pares de individuos o familias, mediante intercambios mutuos. Pero las mismas matemáticas que hacen ineficiente la resolución directa de conflictos en lo que respecta a pares en las sociedades grandes hace que sean también ineficientes las transferencias económicas directas entre pares.

[...] Una última consideración que exige una organización compleja para las grandes sociedades tiene que ver con la densidad de población. Las sociedades grandes de productores de alimentos tienen no sólo más población en número, sino también una densidad de población más alta que las pequeñas hordas de cazadores-recolectores. [...] A medida que la densidad de población aumenta, el territorio de esa población con tamaño de horda de unas decenas de personas quedaría reducido a una pequeña superficie, donde cada vez más necesidades de la vida habrían de obtenerse fuera de la zona. Por ejemplo, no se podrían dividir los escasos 40 000 km2 de Holanda y sus 16 millones de habitantes en 800 000 territorios individuales, cada uno de 5 ha y que sirviera de hogar a una horda autónoma de veinte personas que quedarían confinadas de manera autosuficiente dentro de sus 5 ha, aprovechando ocasionalmente una tregua temporal para llegar hasta las fronteras de su minúsculo territorio con el fin de intercambiar algunos productos comerciales y novias con la horda siguiente.
De hecho, incluso Suiza ha tendido a la agregación en los últimos tiempos. En 1999, las autoridades federales reunieron a los veintiséis cantones en siente mancomunidades, siendo una de las razones para ello el hecho de que muchos problemas conciernen a la nación entera y algunos asuntos no se pueden delegar a las autoridades locales.

Parece, pues, que el propio tamaño de una nación determina (al menos en parte) su sistema político. Si queremos un gran país, de decenas o cientos de millones de personas, acabaremos con un gobierno centralizado y una burocracia grande y lenta. Por el contrario, un país pequeño puede evitar esos problemas gracias a un gobierno descentralizado, con la ventaja añadida de que los ciudadanos pueden participar de manera más directa en las tareas legislativas.

Por lo que hemos visto hasta ahora, un sistema político pequeño y descentralizado parece más ventajoso en teoría. Si dichos sistemas permiten organizarse de forma más estable y eficiente ¿por qué molestarse en un proyecto como la Unión Europea? (aparte, claro está, de para evitar más guerras en el continente). Si bien los estatutos de la UE impiden una centralización al estilo estadounidense lo cierto es que se tiende a la uniformidad legislativa, especialmente en asuntos fiscales. Como hemos visto durante la crisis financiera, Bruselas ejerce un gran poder sobre los ciudadanos de todos los países miembros. ¿Por qué renunciar a un gobierno cercano, descentralizado, ágil y de participación más directa en favor de uno supranacional, centralizado, burocrático y lejano?

Continuará.

lunes, 11 de julio de 2016

El tamaño importa (I)

No, no vamos a hablar de sexo ni de genitales humanos. En lugar de eso aprovecharemos que el brexit pasa por Europa para reflexionar sobre el tamaño ideal de un Estado, un tema infinitamente más interesante que el sexo. ¿Verdad?

Imagen de Guy Sie
La hipotética salida del Reino Unido de la Unión Europea, su causa y su desenlace, plantea interesantes preguntas sobre política, economía y democracia. Muchos creen que los ciudadanos de aquel país se han disparado en el pie votando a favor de la salida. Las razones para ello son variadas aunque las que más he visto repetirse tienen que ver con el fin del libre tránsito de personas y las consecuencias económicas. Sin embargo, hay también muchas personas que creen que el fin de esta asociación es buena cosa. Los argumentos de estos últimos son de corte liberal o anarquista y se centran en los problemas que supone una gran nación o conjunto de naciones, haciendo especial énfasis en dos áreas: eficiencia y libertad individual.

Para algunos, los Estados-nación actuales están abocados a su desintegración mientras que la pequeña ciudad-estado sería la forma natural de organización política. El reducido tamaño de las segundas les permite evolucionar más rápidamente, probar cosas nuevas a menudo y, en definitiva, progresar más rápido. Eso sería posible porque es más fácil poner de acuerdo a un pequeño conjunto de personas que a millones de ellas lo cual se traduce (teóricamente) en más agilidad burocrática y legislativa, más competitividad y mayor eficacia.

Para otros, el problema de las grandes naciones o supra-naciones es la concentración del poder político:

The concentration of power is a great enemy of liberty.Political power (if it exists) should be as decentralized as possible. The further away the power center from the individual, the harder it is to change it. If the centralization of power reaches a global scale, it becomes impossible to change.
Naturally, those who have a lust for power also have a lust for global government. Britain's vote threw a major monkey wrench into the scheme.
Porque ello limita la libertad de los individuos:

¿Por qué no una UE con un gobierno fuerte? ¿Qué riesgo puede haber en su deriva cada vez más intervencionista? La fusión de Estado y sociedad nos impide entender la peligrosa relación que hay entre la extensión del Poder y la preservación de la libertad del individuo (sociedad).

[...] la unificación política puede suponer un peligro para la integración de las sociedades a través de una tendencia hacia la cartelización de las políticas públicas y, por tanto, a través de la falta de competencia entre Estados, lo que agranda su intervencionismo y los vuelve más poderosos sobre el individuo (la sociedad).
En la Unión Europea ambos problemas son reales. Los ciudadanos votamos para elegir a nuestros gobernantes a nivel nacional pero luego estos representantes se asocian y trabajan con instituciones cuyos dirigentes no son elegidos democráticamente: el Banco Central Europeo, la Comisión Europea, el Consejo Europeo, etcétera. Así, hay quien sostiene que «la Unión Europea está gobernada por 2.000 personas que no son elegidas, y pasan de unos puestos a otros sin responsabilidad sobre sus decisiones, que afectan a millones de personas». A la falta de responsabilidad democrática se une el problema de la centralización del poder político, fenómeno que facilita el trabajo de los grupos de presión y suele desembocar en corrupción y malversación de fondos públicos. Finalmente, están los problemas de la eficiencia ya comentados: burocracias grandes y lentas, así como parálisis en las decisiones por falta de acuerdos.

Es posible que las dificultades mencionadas se deban a que los humanos no estamos diseñados por la naturaleza para funcionar en grupos muy grandes y diversos. Como todos sabemos, los conflictos interpersonales son inevitables incluso en grupos pequeños. Cuanto mayor es la sociedad mayor es también la cantidad de desencuentros, con la desventaja añadida de que los miembros de dicha sociedad no se conocen personalmente entre ellos. Esto hace que el prójimo se convierta en una idea ajena, abstracta, incapaz de activar en nosotros las emociones que provoca la empatía. Nos aleja del mal ajeno y anestesia nuestro sentido de la responsabilidad, fenómeno especialmente grave cuando se produce en los funcionarios que nos gobiernan. Tal como explica Nassim Taleb:

[B]iology plays a role in a municipal environment, not in a larger system. An administration is shielded from having to feel the sting of shame (with flushing in his face), a biological reaction to overspending and other failures such as killing people in Vietnam. Eye contact with one’s peers changes one’s behavior. But for a desk-grounded office leech, a number is a just a number. Someone you see in church Sunday morning would feel uncomfortable for his mistakes—and more responsible for them. On the small, local scale, his body and biological response would direct him to avoid causing harm to others. On a large scale, others are abstract items; given the lack of social contact with the people concerned, the civil servant’s brain leads rather than his emotions—with numbers, spreadsheets, statistics, more spreadsheets, and theories.

There is another issue with the abstract state, a psychological one. We humans scorn what is not concrete. We are more easily swayed by a crying baby than by thousands of people dying elsewhere that do not make it to our living room through the TV set. The one case is a tragedy, the other a statistic. Our emotional energy is blind to probability. The media make things worse as they play on our infatuation with anecdotes, our thirst for the sensational, and they cause a great deal of unfairness that way. At the present time, one person is dying of diabetes every seven seconds, but the news can only talk about victims of hurricanes with houses flying in the air.
Cuanto menos se parezcan las costumbres o formas de pensar de los otros miembros de la comunidad a las nuestras, más improbable es que los ayudemos. Esto no sería un problema si no fuera porque, como hemos visto durante la crisis financiera, en ocasiones los ciudadanos de algunos países se ven forzados a hacer sacrificios en favor de los habitantes de otras naciones cuyos problemas no conoce o no le importan. Sabemos de sobra que cuando hay que sacrificarse cada cual quiere llevar el agua a su molino. El economista austríaco Friedrich Hayek señaló este problema mientras los europeos aún se mataban unos a otros en la Segunda Guerra Mundial:

Se puede persuadir fácilmente ala gente de cualquier país para que haga un sacrificio a fin de ayudar a lo que considera como «su» industria siderúrgica o «su» agricultura, o para que en el país nadie caiga por debajo de un cierto nivel de vida. Cuando se trata de ayudar a personas cuyos hábitos de vida y formas de pensar nos son familiares, o de corregirla distribución de las rentas o las condiciones de trabajo de gentes que nos podemos imaginar bien y cuyos criterios sobre su situación adecuada son, en lo fundamental, semejantes a los nuestros, estamos generalmente dispuestos a hacer algún sacrificio. Pero basta parar mientes en los problemas que surgirían de la planificación económica aun en un área tan limitada como Europa occidental, para ver que faltan por completo las bases morales de una empresa semejante. ¿Quién se imagina que existan algunos ideales comunes de justicia distributiva gracias a los cuales el pescador noruego consentiría en aplazar sus proyectos de mejora económica para ayudar a sus compañeros portugueses, o el trabajador holandés en comprar más cara su bicicleta para ayudar a la industria mecánica de Coventry, o el campesino francés en pagar más impuestos para ayudar a la industrialización de Italia?

En realidad, el número y la gravedad de los conflictos no sería un problema si no fuera porque carecemos de buenos sistemas para resolverlos, un hecho que cualquier persona puede constatar en una reunión de vecinos o en un grupo de WhatsApp. La deliberación pública, aquella en la que todo el mundo puede escuchar a todo el mundo, así como hablar cuando lo desee, es impracticable a nivel nacional. Recordemos, además, que cuando las personas hablamos de política no buscamos la verdad, sino convencer al otro.
Continuará.

lunes, 18 de abril de 2016

La gran evasión

El ya retirado ciclista profesional David Millar cuenta en sus memorias cómo después de su fantástica temporada de 1999 logró un contrato con el equipo Cofidis de 160.000 euros anuales, la mitad de los cuales se los pagaban en su país de residencia (Francia) y la otra mitad a través de un contrato de imagen firmado con una compañía llamada IMG, con sede en Luxemburgo. A cambio del diez por ciento de sus ingresos brutos esta empresa le permitía escamotear parte de su sueldo del fisco francés:

The image contract, a ploy used a lot in sport, is really a tax avoidance trick. Image contracts escape taxation through canny use of offshore banking. The culture that permeated cycling considered it a schoolboy error for a high-earning professional athlete to be taxed on their full income. That is what you’re told – by managers, fellow riders, accountants and agents – so it’s hard not to start thinking it’s your right as a pro athlete to be taxed minimally.
Llevo algún tiempo pensando en escribir algo sobre impuestos, y qué mejor excusa que los papeles de Panamá para traer el tema a colación. Hoy nos centraremos en los paraísos fiscales, dejando la discusión sobre los impuestos en sí mismos para otro día.

Imagen de thetaxhaven
Los debates acerca de los paraísos fiscales siguen todos más o menos el mismo patrón. A un lado tenemos la indignación de la opinión pública por lo que parece una trampa de los ricos para eludir sus obligaciones tributarias. Quienes tributan en el extranjero serían unos caraduras egoístas que cuanto más tienen menos quieren dar, y que se aprovechan de los servicios públicos mientras el grueso de la población soporta sobre sus hombros toda la carga recaudatoria. Frente a ellos están quienes recuerdan que tener dinero en el extranjero es legal, que todos tenemos derecho a proteger nuestros ingresos de las voraces fauces recaudatorias del Estado, y que cualquier persona haría lo mismo en su lugar. Este bando no habla de paraísos fiscales sino de competencia fiscal:

¿Qué es un paraíso fiscal? Para empezar se parte de un error de traducción que no es casual, ni irrelevante. Tax Haven significa «refugio fiscal», no paraíso (heaven). Es una diferencia semántica muy importante. No es lo mismo un refugio, consecuencia de un ataque confiscatorio, que un paraíso. Es importante, porque ese error ocurre, no por casualidad tampoco, en los países donde triunfan las políticas más intervencionistas. Un refugio fiscal es nada más que un centro financiero que ofrece condiciones impositivas atractivas.

[...] Los refugios fiscales, sea nuestro país u otro, cumplen una labor importante, que obviamente no gusta a los gobiernos. Fuerzan la competencia fiscal. A que los Estados no tengan la libertad de subir impuestos eternamente y de manera confiscatoria, porque saben que el capital puede escapar.
Dado que el adjetivo de «paraíso fiscal» depende del tipo impositivo para las rentas altas y las empresas es posible ver cómo a lo largo de la historia diferentes países han podido ser calificados como tales, incluyendo naciones como Francia o España. Quienes abogan por la competencia fiscal sostienen que la existencia de refugios fiscales no supone una carrera a impuestos cero, pues las grandes economías pueden seguir permitiéndose tipos impositivos altos al seguir atrayendo capital por otras razones. En cualquier caso, de acuerdo con los defensores de la competencia fiscal, si no queremos que el capital acabe en otros países lo mejor es instaurar una fiscalidad lo más baja posible.

Adicionalmente, sostiene este bando que invertir en países con ventajas fiscales es caro y complicado, y que si la gente lo hace es porque cree que el riesgo vale la pena cuando se compara con el riesgo de mantener el dinero en el país de origen. Argumentan además que las sociedades inscritas en paraísos fiscales invierten mayoritariamente sus depósitos en deuda soberana, lo que significa que los Estados en realidad no pierden ese dinero. Finalmente, aducen que el dinero extraterritorial supone una cuantía total muy reducida, que el uso de este tipo de triquiñuelas es excepcional antes que la norma, y que países como Suiza, Islas Caimán o Luxemburgo cumplen otras loables funciones al guardar el dinero de personas que residen en países en guerra o con regímenes totalitarios, así como de empresas expuestas a eventos como el corralito argentino de la década de 2000.

Es posible que quienes reniegan los paraísos fiscales cambiaran de opinión si, como David Millar, ingresaran cientos de miles de euros al año. No creo que ande errado si digo que a prácticamente nadie le gusta pagar impuestos. En la práctica, quien más quien menos regatea al fisco, ya sea pagando facturas en dinero negro sin IVA, desgravándose gastos como autónomo que no tienen nada que ver con la actividad empresarial o a través de una sofisticada ingeniería fiscal.

No he encontrado datos para España, pero en Estados Unidos el IRS audita alrededor del uno por ciento de las declaraciones. Siendo así, lo más racional desde el punto de vista económico sería hacer trampa. Sin embargo, muchos de nosotros pagamos religiosamente, aunque sea a regañadientes. ¿Por qué?

Para James Surowiecki la respuesta tiene algo que ver con la reciprocidad. El pago de impuestos es un problema de cooperación en el que muchos participan mientras crean que los demás también lo hacen y que quienes no colaboran serán castigados:

Tratándose de impuestos, los contribuyentes son lo que la historiadora Margaret Levi ha llamado «consentidores contingentes». Están dispuestos a pagar la parte que les toca en justicia, pero sólo si los demás hacen lo mismo, y sólo mientras crean que quienes no lo hacen tienen buenas probabilidades de ser atrapados y castigados. «La gente empieza a pensar que la policía se ha dormido, y que otros están delinquiendo y no les pasa nada, y es entonces cuando aflora la sensación de tomadura de pelo», escribe Michael Graetz, profesor de Derecho en Yale. Muchos desean cumplir con sus obligaciones pero nadie desea pasar por tonto.
Recordemos, no obstante, que hacer pagos en conceptos de propiedad intelectual a una empresa nuestra con sede en Suiza para pagar menos impuestos no es ilegal. Si pensamos que este tipo de maniobras son moralmente reprobables es porque dichos comportamientos violan la intención con la que se diseñaron las leyes («the spirit of the law») aprovechándose de la manera en que fueron finalmente redactadas («the letter of the law»). A esto se puede responder que no es obligación de las empresas hacer elucubraciones acerca de las leyes, que diferentes interpretaciones son posibles, y que si el resultado final que se quiere obtener es diferente del actual entonces lo que tienen que hacer los gobiernos es cambiar la redacción de las normas.

A mi juicio, parte de la indignación que provoca en la población el asunto de los paraísos fiscales tiene que ver con que da la impresión de que, una vez más, los ricos se libran de un castigo por ser ricos. Imaginemos un país remoto, la Isla de La Jilla, situado en mitad de un amplio océano, alejado decenas de miles de kilómetros de cualquier otro país. En la Isla de La Jilla se obliga a cada ciudadano a trabajar por el bien común cavando, picando piedra o levantando muros cierto número de días al año. Quienes han trabajado para gobiernos de otro país pueden convalidar esos días.

Como la Isla de La Jilla está en medio de la nada los billetes de avión para salir de ella son carísimos, y solo un pequeño porcentaje de la población puede permitírselos. En el país vecino más cercano las tareas que impone el gobierno a sus ciudadanos son menos penosas, llevándose a cabo sentados en una mesa con ordenador dentro de una oficina climatizada. No es de extrañar, por tanto, que ese pequeño sector de la ciudadanía que puede costearse los viajes tienda a trabajar más para el país vecino. Quienes no tienen dinero para escapar del trabajo forzoso impuesto por el Estado de la Isla de la Jilla exigen cambiar la ley para que se limite el número de días que un habitante de este país puede trabajar en el extranjero, de tal forma que cada ciudadano con nacionalidad ¿jillana? aporte en la proporción que se espera.

La mayor parte de la población de cualquier país no ingresa lo suficiente como para plantearse mover su dinero a paraísos fiscales. Para ellos es imposible eludir a Hacienda salvo por esas pequeñas trampas que ya hemos mencionado (las cuales, dicho sea de paso, también están al alcance de los más adinerados). Mientras tanto, los ricos pueden utilizar su dinero para pagar menos impuestos y hacerse aún más ricos. Comprendo que esto sea enervante para quienes les sobra mes al final de la nómina. Es el problema de las sociedades de mercado. Como dice el filósofo comunitarista Michael Sandel:

En una sociedad en la que todo está en venta, la vida resulta difícil para las personas con recursos modestos. Cuantas más cosas puede comprar el dinero, más importancia adquiere la abundancia (o su ausencia).

Si la única ventaja de la abundancia fuese la posibilidad de comprar yates y coches deportivos o de disfrutar de vacaciones de lujo, las desigualdades en ingresos y en riqueza no importarían mucho. Pero cuando el dinero sirve para comprar más y más cosas —influencia política, cuidados médicos, una casa en una urbanización segura y no en un barrio donde la delincuencia campa a sus anchas, el acceso a colegios de élite y no a los que cargan con el fracaso escolar—, la distribución de ingresos y de riqueza cuenta cada vez más. Donde todas las cosas buenas se compran y se venden, tener dinero supone la mayor de las diferencias.
Entiendo que la gente adinerada quiera proteger los ingresos que creen merecer. Pero también entiendo la ira de quienes viven con lo justo y necesitan los servicios proporcionados por la red social del estado de bienestar, aquellos que ven cómo los ricos, en virtud de su propia riqueza, eligen no cooperar y prefieren pagar servicios públicos que no van a disfrutar en países extranjeros. Pocas cosas nos hacen clamar justicia tan fuerte como el hecho de soportar una pesada carga y ver cómo el de al lado se aprovecha de nuestro esfuerzo sin haber hecho su parte.

lunes, 7 de marzo de 2016

Economía 4.0

Creo que nada estimula tanto el espíritu emprendedor como trabajar en tecnologías de la información. Y no lo digo por Silicon Valley y el ecosistema de las startups, sino porque este sector quema tanto que pocos son los trabajadores que no sueñan con dedicarse a otra cosa y vivir lo más alejados posible de los ordenadores. Sirva como muestra el caso de un compañero que nos ha dejado recientemente cuyo plan de vida alternativo consistía en un negocio de alquiler de bicicletas eléctricas. Estas bicicletas son relativamente prácticas para moverse por la ciudad pero los costes de adquisición y mantenimiento, amén del espacio que ocupan, no son desdeñables. A nuestro colega se le ocurrió que quizá podría ganar dinero haciéndole la competencia al BiciMAD.

De momento dicha compañía es solo una idea pero, de materializarse, vendrá a unirse a la pléyade de empresarios que viven de arrendar productos. El alquiler de películas, música y libros se ha modernizado y reencarnado en compañías como Netflix, Spotify y Kindle Unlimited. Ahora también podemos alquilar un coche con Uber para desplazarnos a una habitación que alguien nos ha cedido a través de Airbnb. Y así siguiendo.

Foto de Ken Teegardin
Tengo la impresión de que el sector cuaternario de la economía parece estar derivando en una cultura del alquiler. Es verdad que ninguna de las compañías mencionadas son realmente algo nuevo, pues desde hace mucho tiempo hemos tenido videoclubs, bibliotecas, taxis y hoteles. Sin embargo, hay algunas diferencias que vale la pena resaltar. Para empezar, todo ello es hoy más ubicuo y accesible gracias a internet y los dispositivos móviles. Ya no hay que desplazarse físicamente para tomar en préstamo una película o un libro. Eso hace más fácil buscar el mejor precio, hasta el punto de que los comparadores de precios se han convertido en un sector en sí mismo. Además, los catálogos de entretenimiento son ahora más amplios, pues el formato digital nos libera de las constricciones impuestas por el tamaño físico del inventario. A consecuencia de ello es posible satisfacer a ese conjunto de consumidores cuyos gustos se alejan de lo habitual pero cuya demanda agregada iguala o supera la del consumidor medio, un fenómeno bautizado hace más de una década como economía long tail.

Más importante que todo lo anterior es que hoy día es posible para casi cualquier persona publicar su propias creaciones en Amazon o YouTube y hacerse publicidad en Twitter y Facebook. No solo podemos ganar dinero con eso, sino que además es posible emplear nuestro coche o parte de nuestra vivienda para generar beneficios adicionales, otro hecho con nombre propio: sharing economy.

Las tecnologías de la información hacen muy fácil poner a disposición de otras personas nuestras propiedades. Esto añade un matiz importante al modelo económico tradicional: ahora cualquiera de nosotros, amén de consumidor, puede ser un capitalista, pues somos dueños del medio de producción (por ejemplo, el coche). Dirk Helbing llama a esto prosumers, abreviatura de co-producing consumers. La ventaja de este sistema es que no necesitamos de una empresa que nos provea de los medios para producir un producto o servicio valioso. No obstante, tiene la desventaja asociada de que ahora es el propio trabajador quien carga con los gastos de depreciación de la maquinaria:

Revenue is produced by workers utilizing capital to provide something of value. Capital may be thought of abstractly as large quantities of money that can be transformed into physical objects which are used to produce more money, or it can be thought of as the objects that produce money themselves. Traditionally, capital might be a piece of factory equipment, and the owners of capital are the business owners. Capital may depreciate in value as it is utilized to produce revenue. Eventually, the capital may need to be revitalized or replaced.

In the traditional model, normal workers don’t own the capital that they utilize to produce revenue. The worker is paid a fraction of the revenue of the company– most of the revenue of any given company is used to maintain its capital and its workforce. It is the responsibility of the owner of the capital to provide wages to the worker who utilizes said capital to produce revenue. What remains after maintenance of capital and wages is called profit. The profit may be used to purchase more capital, put in the bank, or paid out to workers or owners. The key takeaway here is that workers traditionally do not have any financial responsibility toward the capital which they utilize. The role of the worker is to utilize the capital in order to collect wages.
Para cryoshon, el autor del artículo de donde están sacadas estas palabras, esta diferencia es crítica y deriva en una economía que perjudica a los trabajadores (énfasis en el original):

The sharing economy turns the traditional capital-and-revenue equation on its head. Instead of capital being owned by a company and utilizing workers to gain revenue from that capital, a company merely rents capital owned by the worker as part of the worker’s wages, offloading the up-front cost of capital and discharging the costs of capital maintenance to the worker. Revenues no longer flow toward the owner of the capital, but rather to the renter of the capital. After that, things function normally: workers are paid their static amount of the revenue, which is low despite bringing capital to the table.

[...] Workers accept high risk to their capital from constant heavy utilization, and are not rewarded for it. Capital depreciation is likely, and is not compensated for by wages. Total losses of capital are not compensated for whatsoever. Instead, workers put a lot on the line in exchange for average wages whose rate does not increase despite large profits. Should the worker lose their capital, they are out in the cold.
La nueva economía también puede tener consecuencias novedosas para los consumidores. Parece que nos movemos, como he dicho más arriba, hacia una economía de la suscripción. Pagas diez euros al mes y tienes una gran selección de películas. Por otros diez euros tienes acceso miles de canciones. Diez euros más y obtienes barra libre de libros. Con diez euros adicionales consigues decenas de canales de televisión. Otros diez euros y puedes jugar a videojuegos con tus amigos por internet. Si seguimos aportando dinero podremos guardar nuestros documentos en la nube, gestionar proyectos, utilizar servidores para montar nuestro propio servicio web, buscar pareja, encontrar trabajo, registrar nuestra dieta o sesiones de ejercicio, y un larguísimo etcétera que es imposible enumerar aquí por falta de espacio.

El hecho relevante es que la cultura de la suscripción nos priva del producto en sí. En Estados Unidos el fabricante de maquinaria agrícola John Deere ha llegado a asegurar que los agricultores no son dueños de sus tractores:

It’s official: John Deere and General Motors want to eviscerate the notion of ownership. Sure, we pay for their vehicles. But we don’t own them. Not according to their corporate lawyers, anyway.

In a particularly spectacular display of corporate delusion, John Deere—the world’s largest agricultural machinery maker —told the Copyright Office that farmers don’t own their tractors. Because computer code snakes through the DNA of modern tractors, farmers receive “an implied license for the life of the vehicle to operate the vehicle.”

It’s John Deere’s tractor, folks. You’re just driving it.
Me pregunto qué clase de consecuencias puede tener esto. Actualmente pagamos por muchas cosas que no llegamos a poseer. Eso implica que, desde el mismo momento en que no podemos seguir abonando las cuotas mensuales, nos quedamos sin nada. Durante la crisis he visto a muchas personas en paro aliviar su falta de ingresos vendiendo parte de sus cosas (tales como libros, ordenadores, muebles o material de deporte). Obtener todo en forma de suministro ahondaría en la herida que supone perder nuestra fuente de ingresos.


Hoy se dice que Uber, la mayor compañía de taxis del mundo, no es propietaria de ningún vehículo. Facebook, la mayor compañía de medios para el gran público, no crea contenido. Alibaba, el retailer más valorado, no tiene inventario. Y Airbnb, el mayor proveedor mundial de alojamiento, no tiene propiedades inmobiliarias. Como dice Tom Goodwin, gracias a las nuevas tecnologías estas empresas se aprovechan de las grandes cadenas de distribución existentes (allí donde están los gastos) para acceder a un gran número de personas (que es donde está el dinero), con la ventaja de no tener que asumir los costes de depreciación del capital.

Por otro lado, igual que estas empresas se alejan de los medios de producción, que pasan a ser aportados por los propios trabajadores, los consumidores nos vemos poco a poco separados del producto final, al que accedemos en modo alquiler previo pago de una suscripción. El caso de los videojuegos es un ejemplo muy ilustrativo. Los niños de mi generación se dejaban la paga en los salones recreativos. Después vinieron las consolas y, con ellas, la posibilidad de jugar todas las partidas que quisiéramos con un único pago. Ahora, los juegos para móviles vuelven a la época anterior y demandan pequeños desembolsos para conseguir vidas extra, desbloquear pantallas o no tener que esperar para jugar la siguiente pantalla.

Agua, electricidad, gas, combustible... todas esas necesidades básicas se proporcionan como suministro, pues no puede ser de otra manera. También hemos de pagar una cuota mensual por nuestra línea telefónica y el acceso a internet, y otras tantas cuotas anuales para diferentes tipos de seguro. Lo que está ocurriendo ahora es que las empresas parecen haberse dado cuenta de que también los productos y servicios no esenciales pueden venderse de la misma manera. Esto permite a las compañías asegurarse un flujo de ingresos continuo más predecible que el que depende del número de ventas por unidades. Por su parte, los consumidores obtienen mayor variedad, comodidad y más espacio libre en casa, siempre a cambio de no ser dueños de nada.

A todo lo anterior hay que añadir un sector en auge de la economía en el que los medios de producción son de nuevo propiedad del trabajador, el cual, aún así, sigue cobrando un salario de subsistencia. En este sistema consumimos fuerza de trabajo sin generar ningún valor adicional y los beneficios van a parar a unos empresarios cuya única función es crear un espacio virtual en el que emparejar a productores y consumidores. Me pregunto qué pensaría Karl Marx de todo esto.