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lunes, 1 de agosto de 2016

El tamaño importa (y IV)

He ahí el dilema. Hemos visto que un país pequeño puede tener un sistema político más cercano y un gobierno más ágil y eficiente, pero conlleva menos poder internacional. Por su parte, un gran país o conjunto de naciones tiene más fuerza en escenarios globales pero su burocracia es más ineficiente y la participación política de los ciudadanos es menos directa, por no mencionar que los grandes países a menudo imponen condiciones que perjudican a una minoría y benefician a quienes controlan el poder. Pero aún falta por considerar un tercer factor: la economía.

Los últimos cien años han sido, entre otras cosas, el siglo de la globalización financiera. Hemos presenciado cómo se expandía el libre comercio y cómo iban desapareciendo los controles al flujo internacional del capital. A consecuencia de ello, la importancia de los mercados internacionales ha ido creciendo. Eso tiene múltiples ventajas pero también genera tensiones, pues no existe un único conjunto de reglas al que atenerse o una autoridad final a la que recurrir en caso de disputa. Como explica Dani Rodrik:

Although economic globalization has enabled unprecedented levels of prosperity in advanced countries and has been a boon to hundreds of millions of poor workers in China and elsewhere in Asia, it rests on shaky pillars. Unlike national markets, which tend to be supported by domestic regulatory and political institutions, global markets are only “weakly embedded.” There is no global antitrust authority, no global lender of last resort, no global regulator, no global safety net, and, of course, no global democracy. In other words, global markets suffer from weak governance, and are therefore prone to instability, inefficiency, and weak popular legitimacy.
Foto de Derek Bruff
El TTIP es un nuevo ejemplo de las tensiones mencionadas y su significado en relación con el tema que estamos tratando se entiende fácilmente con el ejemplo de la carne de vacuno. En 1989 la Unión Europea prohibió las exportaciones estadounidenses de carne de vaca tratada con determinadas hormonas. Los Estados Unidos buscaron apoyo internacional para bloquear la directiva, sin éxito. Más tarde, en 1998, un órgano de la Organización Internacional de Comercio dictaminó que la prohibición impuesta por la UE violaba las reglas del comercio internacional. A pesar de ello, hasta la fecha, la Unión Europea no ha levantado el bloqueo. Hay que decir que la prohibición establecida no es una medida proteccionista pues no afecta solo a la carne americana, ya que está prohibido el uso de esas hormonas también en los países que forman parte de la Unión.

El TTIP busca reanudar las importaciones en ambos sentidos (Estados Unidos bloqueó la importación de carne de vacuno europea tras los brotes de encefalopatía espongiforme bovina). Si esto ocurre tendremos un nuevo caso en el que las reglas de un país o conjunto de ellos, redactadas por los representantes de los ciudadanos, son cambiadas por un mercado internacional cuyos actores principales (los miembros de la Organización Internacional de Comercio) son elegidos a dedo y no deben rendir cuentas ante los habitantes de los países que siguen sus reglas.

Así pues, tenemos un puzzle de tres piezas: estado-nación, sistema de gobierno y globalización económica. Según Dani Rodrik, de esos tres objetivos solo podemos alcanzar simultáneamente un máximo de dos (ibídem Rodrik):

In particular, you begin to understand what I will call the fundamental political trilemma of the world economy: we cannot simultaneously pursue democracy, national determination, and economic globalization. If we want to push globalization further, we have to give up either the nation state or democratic politics. If we want to maintain and deepen democracy, we have to choose between the nation state and international economic integration. And if we want to keep the nation state and self-determination, we have to choose between deepening democracy and deepening globalization. Our troubles have their roots in our reluctance to face up to these ineluctable choices.

Even though it is possible to advance both democracy and globalization, the trilemma suggests this requires the creation of a global political community that is vastly more ambitious than anything we have seen to date or are likely to experience soon. It would call for global rulemaking by democracy, supported by accountability mechanisms that go far beyond what we have at present. Democratic global governance of this sort is a chimera. There are too many differences among nation states, I shall argue, for their needs and preferences to be accommodated within common rules and institutions. Whatever global governance we can muster will support only a limited version of economic globalization. The great diversity that marks our current world renders hyperglobalization incompatible with democracy.

So we have to make some choices.
De acuerdo con este autor, la política nacional choca con los mercados internacionales, ante lo cual hay tres soluciones posibles. Primero, podemos restringir nuestro sistema político (por ejemplo, nuestra democracia) para minimizar los costes de transacción internacionales. Segundo, podemos limitar la globalización económica para tener un mejor gobierno doméstico. Finalmente, podemos tratar de extender la democracia al mundo entero, creando un único gobierno global (al estilo, verbigracia, de la Unión Europea), sacrificando así parte de la soberanía nacional. Como dicen los anglosajones: «pick your poison».

Desacoplar Estado, sociedad y mercado como proponen algunos es lo que da origen al trilema de la globalización: es como una partida multitudinaria de Monopoly en la cual cada participante juega según las reglas que utilizan en su casa (porque, como todos sabemos, los juegos de mesa tienen reglas distintas en cada hogar). A mi juicio, las élites perseguirán un mercado global y un gobierno mundial mientras que las poblaciones lucharán por su poder político y la soberanía nacional. Mientras tanto, los desequilibrios continuarán amontonándose y las tensiones seguirán ahí, con unos pensando que el vecino les lastra, los otros creyendo que es mejor andar unidos y los de más allá salmodiando que la mejor solución es «cada cual para sí».

lunes, 25 de julio de 2016

El tamaño importa (III)

Remontémonos en la historia de los homínidos y tratemos de imaginar (con algunas licencias narrativas) la vida de los neandertales. Pensemos en un neandertal que consigue comida. Otro neandertal que anda cerca, más alto y más fuerte, le quita el almuerzo a base de golpes. Entonces el primero, magullado, llama a su primo y ambos van a la caza, piedra en mano, del ladrón, que se lleva una buena paliza. Pero claro, el ladrón también tiene primos a los que recurrir. Comienza así un ciclo sobradamente conocido de «ojo por ojo, diente por diente, mano por mano y pie por pie; herida por herida, quemadura por quemadura». Un conflicto originalmente individual pasa a ser un enfrentamiento grupal. Ambos bandos se van haciendo cada vez más numerosos conforme más y más neandertales se unen a ellos, ya sea por la sed de sangre, la gloria o la protección que ofrece el grupo. Robert Nozick llamó a este tipo de organización una «asociación de protección mutua»:

En un estado de naturaleza un individuo puede, por sí mismo, imponer sus derechos, defenderse, exigir compensación y castigar (o, al menos, intentarlo lo mejor que pueda). Otros, a su llamada, pueden unírsele en su defensa. Pueden unírsele para repeler a un atacante o para perseguir a un agresor, ya sea porque tienen espíritu cívico, porque son sus amigos, porque fueron ayudados en el pasado, porque quieren que él les ayude en el futuro, o a cambio de algo. Grupos de individuos pueden formar asociaciones de protección mutua: todos responderán a la llamada de cualquier miembro en defensa o exigencia de sus derechos. La unión hace la fuerza.
Foto de Elan Magazine
Ser miembro de uno de estos grupos significa para cada individuo obtener protección, pero también implica apoyar a los demás en sus luchas. Esto conlleva tiempo y esfuerzo así que es lógico, en virtud de la división del trabajo, que solo algunos individuos se dediquen a proporcionar servicios de protección a tiempo completo. Pasamos así de asociaciones de protección mutua en las que todos colaboran a agencias de protección donde sólo algunos hacen el trabajo. Los neandertales pueden pagar a estas asociaciones de protección por sus servicios de la misma forma que se puede contratar a un guardaespaldas.

Nozick razonó que el número de agencias de protección se reduciría rápidamente a solo una que monopolizaría el uso de la violencia. Su argumento es que, desde el punto de vista económico, a las agencias les convendría más fusionarse o resolver sus disputas mediante la cooperación que luchando. Por otra parte, cuanto más grande sea una agencia mayor protección puede ofrecer y, en consecuencia, más clientes tendrá. Así es como surge, a través de una mano invisible, el Estado mínimo (ibídem Nozick):

De la anarquía, por la presión de agrupaciones espontáneas, asociaciones de protección mutua, división del trabajo, presiones del mercado, economías de escala e interés propio racional, surge algo que se parece mucho a un Estado mínimo o a un grupo de Estados mínimos geográficamente diferentes. ¿Por qué este mercado es distinto de otros mercados? ¿Por qué surgiría un virtual monopolio en este mercado, sin la intervención gubernamental que en otro lugar lo crea y lo mantiene? El valor del producto comprado, protección contra otros, es relativo: depende de lo fuertes que sean los otros. Sin embargo, a diferencia de otros productos que son comparativamente evaluados, no pueden coexistir unos servicios de protección máxima en competencia. La naturaleza de los servicios lleva a las agencias no sólo a competir por el patrocinio de clientes, sino que también las lleva a violentos conflictos entre sí. También, puesto que el valor del producto menor al máximo declina desproporcionadamente con el número que compra el producto máximo, los clientes no se mantendrán decididos por el menor bien y las agencias en competencia serán atrapadas en una espiral descendente.
La Unión Europea puede entenderse como una asociación de protección dominante. En el mundo actual todavía hay bandos más o menos delineados que luchan entre sí política, económica y militarmente. Es lógico, a consecuencia de ello, que en un «estado de naturaleza» global los países más pequeños quieran asociarse para hacer frente común frente a las grandes potencias. Esta es, según Jordi Molins, una de las grandes ventajas de la UE:

Pero a pesar de todo, «Europa» es una solución útil a un problema real. Y por lo tanto, es posible que tenga éxito. ¿Por qué es una solución útil? Por diversos motivos.

Primero, por una razón esencial que domina el mundo pero que, a menudo, no destacamos lo suficiente en nuestra opinión pública: la geoestrategia. Durante décadas, el mundo ha estado dominado por un poder monopolar: el mundo occidental, Estados Unidos y Europa Occidental. Pero como se puede morir de éxito, otras partes del mundo han copiado nuestros modelos de gestión (el capitalismo, el análisis de coste-beneficio, la democracia) y se han vuelto eficientes. En otras palabras, vamos hacia un mundo multipolar. China, la India, Rusia, Irán, Arabia Saudita, Turquía, Sudáfrica, Brasil, México... cada parte del mundo tendrá, cada vez más, un centro regional de poder, el cual no podrá ser ignorado por el resto.

Y, por lo tanto, las mesas de interlocución mundiales, donde se repartirá el pastel, cada vez importarán más. A los europeos nos falta una voz fuerte, nítida y, especialmente, con legitimidad, que no se pueda dudar que surge del pueblo europeo en su conjunto.
Si los europeos no hablamos con una única voz, sostiene Molins, las superpotencias negociarán con cada nación europea por separado, quizá enfrentándolas, para lograr hacer lo que mejor convenga a sus intereses. Si queremos evitar que los demás nos fuercen a hacer lo que no queremos hacer no queda otra opción que delegar parte de nuestro poder hacia una institución supranacional que pueda hacer prevalecer los intereses de sus miembros en los conflictos mundiales.

Adicionalmente, en el caso de Europa –continúa este autor– la unión económica abre la posibilidad de que el euro se convierta en una moneda de reserva a nivel mundial. Finalmente, algunos países europeos son demasiado pequeños para gestionar ciertos problemas (ibídem Molins):

Por ejemplo, la gestión de los puertos europeos no se puede realizar de manera eficiente desde un punto de vista únicamente nacional. Cuando nos enfrentamos con poderes tan temibles como China, debe haber una única voz que pueda hablar en nombre de todos los puertos europeos, desde Algeciras hasta El Pireo o Róterdam. Por ejemplo, cuando hablamos de infraestructuras energéticas, la decisión de qué nos conviene más, si el Nord Stream, el South Stream, Nabucco u otra solución —que requiere, por un lado, cruzar la geografía de varios países europeos y no europeos, y por otro, negociar con delicadeza pero con firmeza con países fuertes dentro de este mundo multipolar, como por ejemplo Rusia, Turquía o Irán—, no se puede tomar de manera aislada, desde un punto de vista estrictamente nacional, sino que hay que tener en cuenta una visión europea, e incluso, paneuropea.
Un Estado grande, o una unión de los mismos, puede verse entonces como un sindicato. A las empresas les interesa negociar los salarios individualmente mientras que los trabajadores tienen mayor poder de negociación cuando se unen y defienden sus intereses de forma común. Toda asociación mutua trae aparejada sus propios problemas de coordinación, eso es cierto, pero insistimos en ellas porque sabemos que la unión hace la fuerza necesaria para proteger nuestros derechos, defender nuestros intereses e integridad, exigir compensaciones o aplicar castigos.

Continuará.

lunes, 18 de julio de 2016

El tamaño importa (II)

Suiza: un país con una economía exuberante gracias al chocolate negro y al dinero negro. Suiza tiene el segundo mayor PIB per cápita nominal del mundo y ocupa el tercer puesto en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. No es miembro de la Unión Europea pero su gobierno ha firmado varios acuerdos bitalerales con la UE y participa en el Espacio de Schengen, el conjunto de países europeos que han abolido los controles en las fronteras comunes. Además forma parte de la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA, por sus siglas en inglés) junto con otros países que prefirieron no ingresar en la Unión Europea.

Foto de Benjamin Stäudinger
Con una población ligeramente superior a los ocho millones de personas, se trata del segundo Estado Federal más antiguo del mundo después del norteamericano. Su sistema político se rige sobre la base del republicanismo y la subsidiaridad, tratando de establecer un equilibrio entre los intereses del Estado en su conjunto y los intereses de los Estados miembros, los cantones. Cada cantón tiene su propia constitución y, aunque la legislación cantonal debe respetar el marco normativo del derecho Federal, todas las leyes federales deben ser aprobadas por los cantones. Los ciudadanos pueden decidir a través de mecanismos directos y participativos sobre asuntos municipales mediante la convocatoria de asambleas comunales. Se podría decir que es un país gobernado de abajo arriba.

Suiza es para muchas personas un modelo a seguir por múltiples razones. Quizá su sistema de gobierno, uno de los más descentralizados de la OECD, sea la causa de su estabilidad económica y política, y de su éxito como país:

It is not quite true that the Swiss do not have a government. What they do not have is a large central government, or what the common discourse describes as “the” government—what governs them is entirely bottom-up, municipal of sorts, regional entities called cantons, near-sovereign mini-states united in a confederation. There is plenty of volatility, with enmities between residents that stay at the level of fights over water fountains or other such uninspiring debates. This is not necessarily pleasant, since neighbors are transformed into busybodies—this is a dictatorship from the bottom, not from the top, but a dictatorship nevertheless. But this bottom-up form of dictatorship provides protection against the romanticism of utopias, since no big ideas can be generated in such an unintellectual atmosphere [...]. But the system produces stability—boring stability—at every possible level.
Tal vez ese sea el mejor sistema: un conjunto de municipios autogobernados asociados entre sí. Esta organización, según Taleb, está más en línea con nuestros orígenes biológicos, es más estable a nivel global (aunque menos a nivel local) y evita todos los problemas típicos de los grandes estados centralizados que enumeramos en el artículo anterior. Desafortunadamente, un sistema así difícilmente funcionaría a gran escala (ibídem Taleb):

It is not scalable (or what is called invariant under scale transformation): in other words, if you increase the size, say, multiply the number of people in a community by a hundred, you will have markedly different dynamics. A large state does not behave at all like a gigantic municipality, much as a baby human does not resemble a smaller adult. The difference is qualitative: the increase in the number of persons in a given community alters the quality of the relationship between parties. Recall the nonlinearity description from the Prologue. If you multiply by ten the number of persons in a given entity, you do not preserve the properties: there is a transformation. Here conversations switch from the mundane—but effective—to abstract numbers, more interesting, more academic perhaps, but, alas, less effective.
Jared Diamond, autor de la conocida obra Armas, gérmenes y acero, discute cuatro razones por las que las sociedades formadas por cientos de miles de personas no pueden organizarse como una horda o una tribu, a saber: resolución de conflictos, toma de decisiones, razones económicas y problemas de espacio. Tal como escribe:

En una horda, en la que todos están estrechamente emparentados con todos, personas emparentadas simultáneamente con las dos partes contendientes se interponen para mediar en las disputas. En una tribu, en la que muchas personas siguen siendo familiares cercanos y todo el mundo al menos conoce a todo el mundo por su nombre, los familiares mutuos y los amigos mutuos median en las disputas. Pero una vez que se ha traspasado el umbral de «varios cientos», por debajo del cual todo el mundo puede conocer a todo el mundo, el creciente número de diadas se convierte en pares de extraños no emparentados. Cuando dos extraños luchan, pocas personas presentes serán amigos o familiares de ambos contendientes, con interés personal en detener la lucha. [...] De ahí que una sociedad grande que continúe dejando la resolución de los conflictos a todos sus miembros tenga garantizada la explosión.

[...] Una segunda razón es la creciente imposibilidad de tomar decisiones de forma comunitaria a medida que aumenta el tamaño de la población. La toma de decisiones por toda la población adulta sigue siendo posible en los poblados de Nueva Guinea de tamaño bastante reducido como para que las noticias y la información lleguen rápidamente a todo el mundo, para que todo el mundo pueda escuchar a todo el mundo en una junta general de la aldea, y para que todo aquel que desee hablar en la asamblea tenga la oportunidad de hacerlo. Pero todos estos requisitos previos para la toma de decisiones comunitaria llegan a ser inalcanzables en las comunidades mucho más grandes.

[...] Una tercera razón tiene que ver con consideraciones de tipo económico. Toda sociedad requiere un medio para transferir productos entre sus miembros. [...] En las sociedades pequeñas que tienen pocos pares de miembros, las necesarias transferencias de productos resultantes pueden organizarse directamente entre pares de individuos o familias, mediante intercambios mutuos. Pero las mismas matemáticas que hacen ineficiente la resolución directa de conflictos en lo que respecta a pares en las sociedades grandes hace que sean también ineficientes las transferencias económicas directas entre pares.

[...] Una última consideración que exige una organización compleja para las grandes sociedades tiene que ver con la densidad de población. Las sociedades grandes de productores de alimentos tienen no sólo más población en número, sino también una densidad de población más alta que las pequeñas hordas de cazadores-recolectores. [...] A medida que la densidad de población aumenta, el territorio de esa población con tamaño de horda de unas decenas de personas quedaría reducido a una pequeña superficie, donde cada vez más necesidades de la vida habrían de obtenerse fuera de la zona. Por ejemplo, no se podrían dividir los escasos 40 000 km2 de Holanda y sus 16 millones de habitantes en 800 000 territorios individuales, cada uno de 5 ha y que sirviera de hogar a una horda autónoma de veinte personas que quedarían confinadas de manera autosuficiente dentro de sus 5 ha, aprovechando ocasionalmente una tregua temporal para llegar hasta las fronteras de su minúsculo territorio con el fin de intercambiar algunos productos comerciales y novias con la horda siguiente.
De hecho, incluso Suiza ha tendido a la agregación en los últimos tiempos. En 1999, las autoridades federales reunieron a los veintiséis cantones en siente mancomunidades, siendo una de las razones para ello el hecho de que muchos problemas conciernen a la nación entera y algunos asuntos no se pueden delegar a las autoridades locales.

Parece, pues, que el propio tamaño de una nación determina (al menos en parte) su sistema político. Si queremos un gran país, de decenas o cientos de millones de personas, acabaremos con un gobierno centralizado y una burocracia grande y lenta. Por el contrario, un país pequeño puede evitar esos problemas gracias a un gobierno descentralizado, con la ventaja añadida de que los ciudadanos pueden participar de manera más directa en las tareas legislativas.

Por lo que hemos visto hasta ahora, un sistema político pequeño y descentralizado parece más ventajoso en teoría. Si dichos sistemas permiten organizarse de forma más estable y eficiente ¿por qué molestarse en un proyecto como la Unión Europea? (aparte, claro está, de para evitar más guerras en el continente). Si bien los estatutos de la UE impiden una centralización al estilo estadounidense lo cierto es que se tiende a la uniformidad legislativa, especialmente en asuntos fiscales. Como hemos visto durante la crisis financiera, Bruselas ejerce un gran poder sobre los ciudadanos de todos los países miembros. ¿Por qué renunciar a un gobierno cercano, descentralizado, ágil y de participación más directa en favor de uno supranacional, centralizado, burocrático y lejano?

Continuará.

lunes, 11 de julio de 2016

El tamaño importa (I)

No, no vamos a hablar de sexo ni de genitales humanos. En lugar de eso aprovecharemos que el brexit pasa por Europa para reflexionar sobre el tamaño ideal de un Estado, un tema infinitamente más interesante que el sexo. ¿Verdad?

Imagen de Guy Sie
La hipotética salida del Reino Unido de la Unión Europea, su causa y su desenlace, plantea interesantes preguntas sobre política, economía y democracia. Muchos creen que los ciudadanos de aquel país se han disparado en el pie votando a favor de la salida. Las razones para ello son variadas aunque las que más he visto repetirse tienen que ver con el fin del libre tránsito de personas y las consecuencias económicas. Sin embargo, hay también muchas personas que creen que el fin de esta asociación es buena cosa. Los argumentos de estos últimos son de corte liberal o anarquista y se centran en los problemas que supone una gran nación o conjunto de naciones, haciendo especial énfasis en dos áreas: eficiencia y libertad individual.

Para algunos, los Estados-nación actuales están abocados a su desintegración mientras que la pequeña ciudad-estado sería la forma natural de organización política. El reducido tamaño de las segundas les permite evolucionar más rápidamente, probar cosas nuevas a menudo y, en definitiva, progresar más rápido. Eso sería posible porque es más fácil poner de acuerdo a un pequeño conjunto de personas que a millones de ellas lo cual se traduce (teóricamente) en más agilidad burocrática y legislativa, más competitividad y mayor eficacia.

Para otros, el problema de las grandes naciones o supra-naciones es la concentración del poder político:

The concentration of power is a great enemy of liberty.Political power (if it exists) should be as decentralized as possible. The further away the power center from the individual, the harder it is to change it. If the centralization of power reaches a global scale, it becomes impossible to change.
Naturally, those who have a lust for power also have a lust for global government. Britain's vote threw a major monkey wrench into the scheme.
Porque ello limita la libertad de los individuos:

¿Por qué no una UE con un gobierno fuerte? ¿Qué riesgo puede haber en su deriva cada vez más intervencionista? La fusión de Estado y sociedad nos impide entender la peligrosa relación que hay entre la extensión del Poder y la preservación de la libertad del individuo (sociedad).

[...] la unificación política puede suponer un peligro para la integración de las sociedades a través de una tendencia hacia la cartelización de las políticas públicas y, por tanto, a través de la falta de competencia entre Estados, lo que agranda su intervencionismo y los vuelve más poderosos sobre el individuo (la sociedad).
En la Unión Europea ambos problemas son reales. Los ciudadanos votamos para elegir a nuestros gobernantes a nivel nacional pero luego estos representantes se asocian y trabajan con instituciones cuyos dirigentes no son elegidos democráticamente: el Banco Central Europeo, la Comisión Europea, el Consejo Europeo, etcétera. Así, hay quien sostiene que «la Unión Europea está gobernada por 2.000 personas que no son elegidas, y pasan de unos puestos a otros sin responsabilidad sobre sus decisiones, que afectan a millones de personas». A la falta de responsabilidad democrática se une el problema de la centralización del poder político, fenómeno que facilita el trabajo de los grupos de presión y suele desembocar en corrupción y malversación de fondos públicos. Finalmente, están los problemas de la eficiencia ya comentados: burocracias grandes y lentas, así como parálisis en las decisiones por falta de acuerdos.

Es posible que las dificultades mencionadas se deban a que los humanos no estamos diseñados por la naturaleza para funcionar en grupos muy grandes y diversos. Como todos sabemos, los conflictos interpersonales son inevitables incluso en grupos pequeños. Cuanto mayor es la sociedad mayor es también la cantidad de desencuentros, con la desventaja añadida de que los miembros de dicha sociedad no se conocen personalmente entre ellos. Esto hace que el prójimo se convierta en una idea ajena, abstracta, incapaz de activar en nosotros las emociones que provoca la empatía. Nos aleja del mal ajeno y anestesia nuestro sentido de la responsabilidad, fenómeno especialmente grave cuando se produce en los funcionarios que nos gobiernan. Tal como explica Nassim Taleb:

[B]iology plays a role in a municipal environment, not in a larger system. An administration is shielded from having to feel the sting of shame (with flushing in his face), a biological reaction to overspending and other failures such as killing people in Vietnam. Eye contact with one’s peers changes one’s behavior. But for a desk-grounded office leech, a number is a just a number. Someone you see in church Sunday morning would feel uncomfortable for his mistakes—and more responsible for them. On the small, local scale, his body and biological response would direct him to avoid causing harm to others. On a large scale, others are abstract items; given the lack of social contact with the people concerned, the civil servant’s brain leads rather than his emotions—with numbers, spreadsheets, statistics, more spreadsheets, and theories.

There is another issue with the abstract state, a psychological one. We humans scorn what is not concrete. We are more easily swayed by a crying baby than by thousands of people dying elsewhere that do not make it to our living room through the TV set. The one case is a tragedy, the other a statistic. Our emotional energy is blind to probability. The media make things worse as they play on our infatuation with anecdotes, our thirst for the sensational, and they cause a great deal of unfairness that way. At the present time, one person is dying of diabetes every seven seconds, but the news can only talk about victims of hurricanes with houses flying in the air.
Cuanto menos se parezcan las costumbres o formas de pensar de los otros miembros de la comunidad a las nuestras, más improbable es que los ayudemos. Esto no sería un problema si no fuera porque, como hemos visto durante la crisis financiera, en ocasiones los ciudadanos de algunos países se ven forzados a hacer sacrificios en favor de los habitantes de otras naciones cuyos problemas no conoce o no le importan. Sabemos de sobra que cuando hay que sacrificarse cada cual quiere llevar el agua a su molino. El economista austríaco Friedrich Hayek señaló este problema mientras los europeos aún se mataban unos a otros en la Segunda Guerra Mundial:

Se puede persuadir fácilmente ala gente de cualquier país para que haga un sacrificio a fin de ayudar a lo que considera como «su» industria siderúrgica o «su» agricultura, o para que en el país nadie caiga por debajo de un cierto nivel de vida. Cuando se trata de ayudar a personas cuyos hábitos de vida y formas de pensar nos son familiares, o de corregirla distribución de las rentas o las condiciones de trabajo de gentes que nos podemos imaginar bien y cuyos criterios sobre su situación adecuada son, en lo fundamental, semejantes a los nuestros, estamos generalmente dispuestos a hacer algún sacrificio. Pero basta parar mientes en los problemas que surgirían de la planificación económica aun en un área tan limitada como Europa occidental, para ver que faltan por completo las bases morales de una empresa semejante. ¿Quién se imagina que existan algunos ideales comunes de justicia distributiva gracias a los cuales el pescador noruego consentiría en aplazar sus proyectos de mejora económica para ayudar a sus compañeros portugueses, o el trabajador holandés en comprar más cara su bicicleta para ayudar a la industria mecánica de Coventry, o el campesino francés en pagar más impuestos para ayudar a la industrialización de Italia?

En realidad, el número y la gravedad de los conflictos no sería un problema si no fuera porque carecemos de buenos sistemas para resolverlos, un hecho que cualquier persona puede constatar en una reunión de vecinos o en un grupo de WhatsApp. La deliberación pública, aquella en la que todo el mundo puede escuchar a todo el mundo, así como hablar cuando lo desee, es impracticable a nivel nacional. Recordemos, además, que cuando las personas hablamos de política no buscamos la verdad, sino convencer al otro.
Continuará.

lunes, 9 de mayo de 2016

Al César lo que es del César (y II)

No es más que la verdad sencilla cuando decimos que el debate sobre la licitud de los impuestos viene de antiguo, tal como atestigua aquel célebre pasaje de la Biblia en el que Jesús es consultado sobre el pago de tributos:

Entonces se fueron los fariseos y deliberaron entre sí cómo atraparle, sorprendiéndole en alguna palabra. Y le enviaron sus discípulos junto con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con verdad, y no buscas el favor de nadie, porque eres imparcial. Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito pagar impuesto al César, o no? Pero Jesús, conociendo su malicia, dijo: ¿Por qué me ponéis a prueba, hipócritas? Mostradme la moneda que se usa para pagar ese impuesto. Y le trajeron un denario. Y Él les dijo: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Ellos le dijeron: Del César. Entonces Él les dijo: Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Al oír esto, se maravillaron; y dejándole, se fueron.
Aunque la época de los césares ha quedado relegada a los libros de Historia en el mundo moderno el dinero sigue siendo creado por los gobiernos. Los bancos centrales acuñan moneda, imprimen billetes, distribuyen ambos y recogen la moneda anticuada o deteriorada. Todas esas funciones conllevan un coste. Por tanto, es posible pensar en los impuestos como el gasto que imponen los gobiernos sobre el uso de ese instrumento de intercambio y almacén de valor que ponen a disposición de los ciudadanos. Según este argumento, el dinero pertenece al Estado, el cual nos cede el usufructo como registro de nuestro trabajo, pero nunca pierde la propiedad sobre él y está en su derecho de reclamarlo para sufragar los costes de creación y mantenimiento.

Foto de Ángel M. Felicísimo
Una objeción evidente a la tesis anterior es que la recaudación fiscal no se dedica únicamente a pagar los costes relacionados con la gestión del dinero. Los presupuestos de algunos gobiernos reservan explícitamente ciertas cantidades para otros fines: defensa militar, sanidad, educación o sueldos de empleados públicos. No obstante, el argumento examinado aún podría seguir siendo válido: el dinero es propiedad del gobierno, que es quien lo fabrica, y puede reclamarlo para destinarlo a los fines que crea conveniente. El problema es que los Estados utilizan la coerción para establecer su monopolio sobre el papel moneda. Obligar a los demás a utilizar un producto o servicio y exigirles un pago por ello se parece demasiado a la extorsión.

El robo consiste en quitar a una persona algo que le pertenece por medio de la violencia o la intimidación o utilizando la fuerza. Que el gobierno nos reclame una cantidad de dinero bajo la amenaza de penas de cárcel parece encajar perfectamente en esta definición. A no ser, claro está, que ese dinero que nos piden no sea nuestro. La definición de robo va a asociada a la de propiedad, de manera que nuestra visión de los impuestos puede cambiar según cómo concibamos la idea de la propiedad.

¿Por qué creen ustedes que el dinero que reciben a cambio de su trabajo es suyo? Quizá sea porque los seres humanos tenemos un derecho natural e inviolable sobre el fruto de nuestro trabajo. O quizá sea porque el marco legal así lo establece: mi dinero es mío porque está en un banco a una cuenta a mi nombre, y por ley nadie más que yo puede acceder a dicho dinero. Si alguien lo hiciera yo estaría en mi derecho de reclamar al gobierno que, a través del poder judicial, dicho dinero me sea devuelto.

Si consideramos la propiedad como un constructo legal, es decir, como un concepto obra de la mente humana, entonces el derecho sobre nuestros ingresos antes de impuestos ya no es tan firme. La idea es más o menos como sigue. La propiedad está definida por las leyes, y las leyes incluyen reglas fiscales sobre el pago de impuestos. Por tanto, el dinero que podemos llamar nuestro no son los ingresos brutos, sino el montante final después de haber pagado impuestos. Este es, resumido con una brevedad escandalosa, el argumento defendido por Thomas Nagel y Liam Murphy:

Private property is a legal convention, defined in part by the tax system; therefore, the tax system cannot be evaluated by looking at its impact on private property, conceived as something that has independent existence and validity. Taxes must be evaluated as part of the overall system of property rights that they help to create. Justice or injustice in taxation can only mean justice or injustice in the system of property rights and entitlements that result from a particular tax regime.
Y más adelante continúan:

Since that system includes taxes as an absolutely essential part, the idea of a prima facie property right in one's pretax income—an income that could not exist without a tax-supported government—is meaningless. There is no reality, except as a bookkeeping figure, to the pretax income that each of us initially ―has,‖ which the government must be equitable in taking from us.
Por tanto:

Property rights are the product of a set of laws and conventions, of which the tax system forms a part. Pretax income, in particular, has no independent moral significance. It does not define something to which the taxpayer has a prepolitical or natural right, and which the government expropriates from the individual in levying taxes on it. All the normative questions about what taxes are justified and what taxes are unjustified should be interpreted instead as questions about how the system should define those property rights that arise through the various transactions—employment, bequest, contract, investment, buying and selling—that are subject to taxation.
En resumen: según Nagel y Murphy no existen derechos de propiedad independientes del sistema de impuestos y, a consecuencia de ello, los impuestos no pueden violar tales derechos. El debate político pasa entonces de consistir en cuánto nos roba el gobierno a cómo las leyes, incluyendo el sistema de impuestos, determinan qué es nuestro.

Otros argumentos que legitiman el cobro de impuestos son posibles, aunque no los examinaremos en profundidad. Por ejemplo, es posible considerar los tributos como el pago que exige el gobierno a los ciudadanos por vivir en su territorio, una especie de alquiler. También pueden verse como el precio a pagar por los servicios que el gobierne ofrece y a los que aquellos ciudadanos que deciden no emigrar dan su consentimiento implícito. Adicionalmente, cabe sostener que los impuestos son una forma de aumentar la libertad de los más desfavorecidos o una obligación para con la comunidad.

Como todos los argumentos, estos últimos también son discutibles y descansan de nuevo en qué entendemos por propiedad legítima. Que las leyes tributarias sean una sustracción de la propiedad legítima contra cuyo cumplimiento cabe objetar en conciencia depende de si creemos que nuestro derecho de propiedad es algo natural o adquirido, una cuestión que quizá valga la pena examinar más a fondo.

lunes, 21 de marzo de 2016

Los códigos secretos

La criptografía es la técnica de transformar un mensaje de tal forma que solo sea inteligible para quien sepa descifrarlo. En el mundo actual la usamos a diario, pues es la base de la seguridad en internet. Tal como explica John Oliver:

Encryption can protect the things most important to us: our financial information, health reports, dick pics, trade secrets, classified government records, dick pics, our physical location, the physical location of our dicks, credit card information, dick pics and pictures of our dicks.
Una buen sistema criptográfico impide leer el mensaje cifrado a cualquiera que no tenga la clave de descifrado. A cualquiera. Eso incluye a los agentes de la ley. Actualmente, en Estados Unidos, el FBI está liderando una campaña para que las empresas tecnológicas (Apple, Google, Microsoft, etcétera) diseñen sus sistemas de tal forma que las fuerzas de seguridad sí puedan acceder a la información cifrada. Su argumento se basa en que la criptografía protege a los malhechores (con especial énfasis en los terroristas) pues impide a las fuerzas del orden espiar a los sospechosos o acceder a información que podría ser relevante en una investigación criminal.

Creo que el debate actual en torno a la criptografía está viciado por las diferentes formas en que percibimos el mundo digital y el mundo físico. Imaginen que les toca pagar una cena cuya cuenta asciende a trescientos euros. ¿Cómo preferirían pagar, en efectivo o con tarjeta? (supongamos, por mor del argumento, que tienen el dinero contante y sonante ya en su cartera). De acuerdo con el psicólogo Dan Ariely, la mayoría de personas prefiere pagar con tarjeta, hecho que relaciona con un concepto bautizado como «the pain of paying»:

Basically, everybody when we ask this question says the cash will feel worse than the credit card. Now, why? Why does the cash feel so different? You know how much the meal will cost, this is not surprise, you see the prices on the menu, but something about the cash feels different. Where is it coming from? And there is this notion of «the pain of paying» which says that the agony of parting with our money has to do with the saliency of «do we see this money going away?», and it has to do with the timing of whether the money is going away at the same time that we are consuming.
Mismo precio, emociones diferentes. Y todo por la mera razón de que en un caso podemos ver y tocar el dinero y en el otro no. Es como si nuestro cerebro solo se preocupara por aquella parte del mundo que tiene lugar ahora y puede percibir directamente a través de los sentidos. Ya hablamos de cómo lo que vemos es todo lo que hay. También sabemos que las desgracias no producen los mismos sentimientos cuando le ocurren a nuestro vecino que cuando ocurren a miles de kilómetros de distancia (he aquí un magnífico artículo de Luis Tarrafeta al respecto). Por no mencionar nuestra despreocupación acerca del calentamiento global, con sus efectos inciertos que tendrán lugar en el futuro.

Siendo así no es de extrañar que, cuando a algunas personas se les dice que el gobierno quiere acceder a todos sus datos digitales, digan que no les importa porque ellos no tienen nada que esconder. No obstante, sospecho que estas mismas personas opinarían de forma muy diferente si cada mañana un agente de policía entrara en su casa y registrara todos sus cajones, abriera todos sus armarios, leyera todas sus notas y anotara con quién conversa y durante cuánto tiempo en todo momento. A pocos les agradaría, además, que un agente les siguiera a todas partes a lo largo del día.

Imagen de Chris Dlugosz
Las comparaciones entre el mundo digital y el físico vienen de lejos. Allá por la década de los ochenta y los noventa, algunos entusiastas de la informática gustaban de colarse en ordenadores ajenos, no para provocar daños o por beneficio económico, sino por el simple placer intelectual de superar ese reto. Argumentaban que obrando así contribuían a mejorar la seguridad de los sistemas informáticos poniendo de manifiesto su inseguridad. Sus detractores, por el contrario, veían en ellos a unos delincuentes a los que no se les ocurriría ir por la calle forzando cerraduras y entrando en casas solo para demostrar que la mayoría de las puertas son en realidad bastante endebles.

Un argumento parecido se utilizaba en algunas advertencias que se mostraban al comienzo de los DVD. «No robarías un bolso», decían. La idea que trataban de inculcar era que descargar una película a través de BitTorrent equivalía a robar el DVD de la estantería de un centro comercial, algo a lo que la mayoría de las personas no se atreverían. Por supuesto, esa era una comparación inexacta, pues las copias digitales no tienen el coste de las copias físicas. Mas dejemos esta otra discusión a un lado, pues es ajena al asunto.

Mucho me temo que las puertas traseras criptográficas, esos sistemas que los gobiernos quieren implantar para que las fuerzas de la ley puedan leer nuestros mensajes, acabarán imponiéndose. Al contrario que la mayoría de mis colegas de profesión, dudo que eso signifique el fin del mundo digital como lo conocemos. Sí, por esas puertas traseras se colarán todo tipo de individuos indeseables, pero creo que no supondrá una gran diferencia. Al fin y al cabo, la seguridad digital actual ya tiene goteras de proporciones gigantescas, y aún así seguimos digitalizando más aspectos de nuestra vida. Actualmente, la mayor amenaza a la seguridad de nuestros datos son los banners de publicidad, nuestra manía de abrir correos de remitentes desconocidos y nuestra mala costumbre de pinchar «siguiente» sin criterio.

En el caso de que las puertas traseras se hagan realidad, la criptografía pasará a tener la misma función que la cerradura de la puerta de nuestra casa: no evitará que un adversario decidido entre hasta la cocina pero sí nos protegerá de la mayoría de personas que se sentirían tentadas de echar un vistazo si no hubiera tal protección.

Para mí, las puertas traseras tienen poco que ver con la seguridad de los ciudadanos y mucho que ver con el control de los mismos por parte del gobierno de forma fácil. Conforme toda nuestra vida se plasma en unos y ceros, la vigilancia de cada uno de nosotros se hace más detallada y conveniente para el Estado, el cual puede construir ese eficiente panóptico digital del que nos habló Invisible Kid. Es mucho más sencillo, rápido y cómodo investigar a alguien a partir de sus registros telemáticos que con los métodos tradicionales. Al final, los policías son como el resto de nosotros, y buscan gastar el mínimo de energía posible en hacer su trabajo.

Comodidad aparte, cada vez tengo más claro que, en la práctica, la primera función del gobierno es proteger el statu quo y a sí mismo. Las puertas traseras, unidas a las leyes de retención de datos, son dictados que buscan tener controlada a la ciudadanía para controlar y perseguir a los enemigos del estado. A veces esos enemigos son delincuentes que no deberían estar en libertad, eso es cierto, pero hemos de recordar que la definición de «terrorista» o «enemigo del estado» la da el propio gobierno a través de las leyes que aprueba. A menudo esos «enemigos del estado» son simplemente personas con ideologías opuestas a la del poder, confesiones religiosas diferentes, periodistas que destapan escándalos políticos y otros casos por el estilo.

Es paradójico que este debate haya surgido en Estados Unidos, país donde el rechazo y la desconfianza hacia el gobierno es un sentimiento bastante generalizado. James Madison, uno de los Padres Fundadores, tenía muy claro que era necesario limitar el poder del gobierno a través de la separación de poderes, hecho que quedó finalmente reflejado en la Constitución norteamericana. En El Federalista nº 51 escribió:

Ambition must be made to counteract ambition. The interest of the man must be connected with the constitutional rights of the place. It may be a reflection on human nature, that such devices should be necessary to control the abuses of government. But what is government itself, but the greatest of all reflections on human nature? If men were angels, no government would be necessary. If angels were to govern men, neither external nor internal controls on government would be necessary. In framing a government which is to be administered by men over men, the great difficulty lies in this: you must first enable the government to control the governed; and in the next place oblige it to control itself. A dependence on the people is, no doubt, the primary control on the government; but experience has taught mankind the necessity of auxiliary precautions.
El gobierno de la tierra amante del libre mercado se ve ahora instigando a una de sus compañías privadas más exitosas y representativas con el fin de que se someta a su control. Algunos estadounidenses ponen el grito en el cielo clamando que estas leyes les sitúan al nivel de China.

Desde luego, quién se lo iba a decir a Hamilton, Madison, Jay, Jefferson y compañía. Será que, de derechas o de izquierdas, comunistas o capitalistas, monárquicos o republicanos, todos los gobiernos de la Tierra tienden al máximo grado posible de dictadura.