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lunes, 4 de junio de 2018

Hacer por hacer

Es posible que a final de año resulte que mi empresa me ha pagado un salario para nada. Ocurre que una de mis tareas principales es desarrollar herramientas informáticas para la compañía pero, debido a luchas políticas intestinas, quizá dichas herramientas no lleguen a utilizarse nunca.

Mi situación me ha recordado la anécdota que contaba el psicólogo conductual Dani Ariely en una de sus charlas sobre un amigo que trabajó en vano:

This was one of my students from a few years earlier, and he came one day back to campus. And he told me the following story: He said that for more than two weeks, he was working on a PowerPoint presentation. He was working in a big bank, and this was in preparation for a merger and acquisition. And he was working very hard on this presentation -- graphs, tables, information. He stayed late at night every day. And the day before it was due, he sent his PowerPoint presentation to his boss, and his boss wrote him back and said, "Nice presentation, but the merger is canceled." And the guy was deeply depressed. Now at the moment when he was working, he was actually quite happy. Every night he was enjoying his work, he was staying late, he was perfecting this PowerPoint presentation. But knowing that nobody would ever watch it made him quite depressed.
A Ariely se le ocurrió entonces un experimento para saber cómo nos comportamos dependiendo de lo que ocurra con el resultado de nuestro trabajo:

[W]e created a little experiment in which we gave people Legos, and we asked them to build with Legos. And for some people, we gave them Legos and we said, "Hey, would you like to build this Bionicle for three dollars? We'll pay you three dollars for it." And people said yes, and they built with these Legos. And when they finished, we took it, we put it under the table, and we said, "Would you like to build another one, this time for $2.70?" If they said yes, we gave them another one, and when they finished, we asked them, "Do you want to build another one?" for $2.40, $2.10, and so on, until at some point people said, "No more. It's not worth it for me." This was what we called the meaningful condition. People built one Bionicle after another. After they finished every one of them, we put them under the table. And we told them that at the end of the experiment, we will take all these Bionicles, we will disassemble them, we will put them back in the boxes, and we will use it for the next participant.

There was another condition. [...] And this other condition we called the Sisyphic condition. [...] We asked people, "Would you like to build one Bionicle for three dollars?" And if they said yes, they built it. Then we asked them, "Do you want to build another one for $2.70?" And if they said yes, we gave them a new one, and as they were building it, we took apart the one that they just finished. And when they finished that, we said, "Would you like to build another one, this time for 30 cents less?" And if they said yes, we gave them the one that they built and we broke. So this was an endless cycle of them building, and us destroying in front of their eyes.

Now what happens when you compare these two conditions? The first thing that happened was that people built many more Bionicles -- eleven in the meaningful condition, versus seven in the Sisyphus condition.
Después pensó otro experimento: preguntar a varias personas qué harían si formaran parte del experimento antes descrito. Los sujetos de este segundo estudio predijeron correctamente que las personas en la condición Sísifo construirían menos muñecos pero erraron en la magnitud del efecto, pues calcularon que la diferencia sería de tan solo uno, en lugar de los cuatro observados.

La economía del conocimiento está llena de trabajo baldío: correos electrónicos que los destinatarios ignoran, informes que nadie lee, análisis que nadie recuerda, presentaciones que nunca ven la luz, cursos a los que nadie acude, procedimientos que nadie sigue, reuniones en las que nadie presta atención, y un larguísimo etcétera. Como Sísifo, nos vemos obligados a laborar en tareas vanas pero con el escozor añadido de recibir uno de los mayores desprecios existentes, esto es, no recibir ningún aprecio.

Foto de Matesanz
Limpiar es una tarea de estilo Sísifo en tanto en cuanto al cabo de poco tiempo aquello que dejamos impoluto volverá a estar sucio y tendremos que volver a empezar, mas aún podemos encontrar cierto consuelo en el hecho de que es nuestra labor lo que mantiene la suciedad a raya (algo que las madres tienen a bien recordarnos cuando somos pequeños con su clásica amenaza: «¡un día me voy a hartar, me voy a ir de esta casa y os va a comer la mierda!»). Pero cuando hacemos un trabajo cuyos resultados no van a ser visibles nos invade el desánimo. No solo porque no podemos extraer orgullo y significado de nuestro hacer sino porque además se nos priva de tener un impacto en el mundo. Nos irrita pensar cómo nuestro tiempo se podía haber aprovechado en otros menesteres, nos sentimos infravalorados o menospreciados e, incluso, llegamos a sentirnos insignificantes y prescindibles («¿qué más daría que yo no estuviera?»), lo que lleva asociado consigo la ansiedad de un posible despido.

Consideremos la siguiente cita de Murray Rothbard:

Crusoe encontró en su isla una tierra virgen, sin cultivar, una tierra no utilizada ni controlada por nadie y, por tanto, sin propietario. Al descubrir los recursos de la tierra, al aprender a utilizarlos y, en especial, al transformarlos mediante una remodelación más utilizable, Crusoe —según una frase memorable de John Locke— «mezcló su trabajo con el suelo». Al actuar así, al estampar el sello de su personalidad y de su energía en la tierra, la convirtió, de manera natural, a ella y a sus frutos, en su propiedad.
No me interesa aquí analizar la teoría de la propiedad de Locke sino recalcar cómo imprimimos el sello de nuestro acción en lo que producimos. En su charla, Ariely llama «efecto IKEA» al sesgo por el cual valoramos más nuestras creaciones más esforzadas aunque su calidad objetiva sea peor que la de otros objetos similares. Dicho con otras palabras: el fruto de nuestro trabajo nos parece más valioso a nosotros mismos que a cualquier observador externo.

Lo anterior me hace pensar en una analogía. Imaginen que venden entradas para su casa pero, en lugar de una consumición, la entrada da derecho a una destrucción, es decir, la persona que entre en su hogar puede elegir un objeto cualquiera y romperlo frente a ustedes. ¿Cuántas entradas tendrían estómago para vender? Si son ustedes aficionados a las manualidades o a la pintura ¿cómo se sentirían dejando que gente extraña destrozara sus creaciones a cambio de dinero?

Lo cierto es que hay ocasiones en el mundo real en las que el propósito del trabajo es la destrucción de lo fabricado como ocurre, verbigracia, con las fallas. Sin embargo, en todos los casos que se me ocurren de este estilo la destrucción sirve a un fin (el entretenimiento). El fin de una falla es ser quemada; el fin de una presentación de Power Point es ser mostrada. Es cuando nos privan del ethos de nuestro trabajo cuando nuestro yo se ve atacado, en la medida en que nuestro esfuerzo encarna una pequeña parte de nuestro yo.

El trabajo inútil es inevitable y las empresas toleran este desperdicio como parte del coste de hacer negocio. No obstante, cuando la mayor parte de nuestras faenas son desechadas no solo la compañía está malgastando dinero más allá de lo tolerable sino que es de esperar que la motivación disminuya y el compromiso con el trabajo se vuelva superficial.

¿Por qué? ¿Por qué no es suficiente con que nos paguen? ¿Por qué no basta con disfrutar del proceso de creación, aunque al final sea estéril? He aquí otro experimento mental. Supongamos que nos ofrecen un contrato de trabajo que consista en crear cosas que nos gustan pero que nunca verán la luz del día. El contrato es de por vida y está bien pagado pero aquello que creen irá directo a un almacén o disco duro sin que nadie le eche siquiera un vistazo superficial. Sus quehaceres no modificarán el mundo de ninguna forma.

¿A ustedes también les parece deprimente?

lunes, 23 de abril de 2018

Tener hijos

Elliot, I'm a man. I've been programmed to think that a baby is the worst possible consequence of sex.
–Scrubs, S05E05





Quizá lo único que he tenido siempre claro en mi vida es que no quiero ser padre. No puedo arriesgarme a tener un cachorro que se parezca a mí, sería una tortura para él y para mí. El mundo es un lugar mejor sin un mini-yo danzando por él. Tal vez sea la sabia naturaleza en acción. Tal vez la evolución haya diseñado un mecanismo que se active cuando la combinación genética no es digna de ser perpetuada y genere un sentimiento de rechazo ante la idea de producir descendencia.

En el frente contrario hay quienes siempre han sabido que querían criar hijuelos, incluso el número exacto. Desafortunadamente, algunos de este grupo encuentran que la naturaleza les ha privado de algo tan básico y tienen que luchar contra la infertilidad. Otras personas no encuentran con quién aparearse y no quieren criar en solitario a un niño. Otros no pueden permitírselo por razones económicas. Todos ellos viven en el primer círculo del infierno descrito por Dante, allí donde la pena de las almas consiste en vivir un deseo sin esperanza.

Tenemos también a desertores por ambos bandos, aquellos que se mofaban de los papis y que han acabado sucumbiendo, y aquellos que finalmente no se han visto con ganas suficientes o sus prioridades han cambiado.

Finalmente están los que no saben lo que quieren. Conozco a personas que siguen esperando la señal de alarma de su reloj biológico y a otras que se han propuesto quedarse embarazados únicamente por su edad, por aquello de minimizar los riesgos de la gestación en edades tardías.

Tener hijos o no es una decisión difícil complicada por lo que Dan Ariely llama el sesgo de imposibilidad de cambio:

The idea here is that when we face large decisions that seem to be immutable (getting married, having kids, moving to a distant place), the permanence of these decisions makes them seem even larger and more frightening. Not to mention that such decisions increase our potential for regret.
El arrepentimiento es un fuerte motivador. Como dice el también psicólogo Daniel Gilbert, nuestras decisiones más importantes a menudo están determinadas por la forma en que imaginamos nuestros remordimientos futuros:

Regret is an emotion we feel when we blame ourselves for unfortunate outcomes that might have been prevented had we only behaved differently in the past, and because that emotion is decidedly unpleasant, our behavior in the present is often designed to preclude it.14 Indeed, most of us have elaborate theories about when and why people feel regret, and these theories allow us to avoid the experience. For instance, we expect to feel more regret when we learn about alternatives to our choices than when we don’t,15 when we accept bad advice than when we reject good advice,16 when our bad choices are unusual rather than conventional, and when we fail by a narrow margin rather than by a wide margin.
Es el «¿y si?» que nos come la vida. «¿Y si mañana ya no hay?» «¿Y si hubiera hecho esto en vez de aquello?». «¿Y si el día de mañana me arrepiento de no haber tenido críos?». Curiosamente, según Gilbert tendemos a arrepentirnos más de lo que no hemos hecho que de lo que hacemos. Una posible razón, explica, es que nos es más difícil elaborar puntos de vista positivos y creíbles sobre lo que pudimos haber hecho que sobre lo que hicimos. Así, racionalizamos los excesos de valentía (léase: imprudencias) más fácilmente que los excesos de cobardía. Por consiguiente, un padre arrepentido («debí haber esperado a tener un trabajo mejor», «tenía que haber viajado más en lugar de tener hijos tan joven») sufre menos que un no-padre arrepentido.

En otra parte del libro de Ariely este cita de pasada el consejo de un amigo de universidad que tuvo hijos antes que nadie de la pandilla. La teoría de aquel hombre era que si eres el tipo de persona que gusta de comer bien tres veces al día no deberías tener hijos, pero si eres de aquellos que prefiere comer espectacularmente bien de vez en cuando, entonces adelante. La razón es que, según él, la vida con hijos no es gozosa en su mayor parte pero de tanto en cuanto proporcionan momentos de una alegría increíble. Gilbert describe la paternidad como «un servicio aburrido y desinteresado a personas que tardarán décadas en sentirse apenas agradecidos por nuestros esfuerzos».

Los estudios han mostrado una y otra vez que tener hijos disminuye la felicidad. Sirva como muestra este gráfico:

Gilbert, D. (2006)
Aún así, los padres parecen una secta tratando de captar acólitos, recomendando a los demás que se unan a la experiencia defendiendo las virtudes de esta. Es la disonancia entre el yo que experimenta (el que cambia pañales, el que no puede dormir, el que está siempre cansado e irritado) y el yo que recuerda. El segundo dice que sus hijos son lo mejor que le ha pasado en la vida, el primero tiene cara de que son lo peor que le ha pasado en la vida. Escribe Daniel Kahneman:

Confundir la experiencia con la memoria de la misma es una poderosa ilusión cognitiva, y lo que nos hace creer que una experiencia transcurrida puede resultar arruinada es la sustitución. El yo que experimenta no tiene voz. El yo que recuerda a veces se equivoca, pero es el único que registra y ordena lo que aprendemos de la vida, y el único también que toma decisiones. Lo que aprendemos del pasado es a maximizar las cualidades de nuestros futuros recuerdos, no necesariamente de nuestra futura experiencia. Tal es la tiranía del yo que recuerda.
De acuerdo con el célebre psicólogo, el yo que experimenta es el que hace la vida, y el yo que recuerda es el que lleva las cuentas y hace las elecciones, compone historias y las conserva para referencias futuras. Puede que sea gracias a ello que pervive la visión color de rosa de lo que significa tener hijos. Volviendo a Gilbert:

“Children bring happiness” is a super-replicator. The belief-transmission network of which we are a part cannot operate without a continuously replenished supply of people to do the transmitting, thus the belief that children are a source of happiness becomes a part of our cultural wisdom simply because the opposite belief unravels the fabric of any society that holds it. Indeed, people who believed that children bring misery and despair—and who thus stopped having them—would put their belief-transmission network out of business in around fifty years, hence terminating the belief that terminated them. The Shakers were a utopian farming community that arose in the 1800s and at one time numbered about six thousand. They approved of children, but they did not approve of the natural act that creates them. Over the years, their strict belief in the importance of celibacy caused their network to contract, and today there are just a few elderly Shakers left, transmitting their doomsday belief to no one but themselves.
Así pues, la idea de que los hijos traen la felicidad sería un creencia falsa, una ilusión colectiva como la que nos hace pensar que las monedas y billetes que intercambiamos tienen valor. Pero incluso yo, un misántropo con cierta animadversión a las crías de homo sapiens, soy escéptico ante tal conclusión. Al fin y al cabo, es de esperar que la naturaleza haya implantado mecanismos de recompensa con el fin de que los genes puedan replicarse. Lo que ocurre es que estas recompensan actúan sobre el yo que recuerda. No creo que por eso sean menos reales.

Me pregunto cuál será la proporción actual en nuestra sociedad entre hijos que fueron concebidos porque los dos progenitores así lo querían desde el principio y bebés que fueron engendrados principalmente porque los padres se estaban haciendo viejos y se lanzaron a la piscina asustados por el fantasma del arrepentimiento. También me pregunto qué proporción de embarazos son fruto de un accidente o un descuido. Finalmente, me surge la duda: ¿hay razones incorrectas para tener hijos? Y si las hay ¿acaso importa?

lunes, 21 de marzo de 2016

Los códigos secretos

La criptografía es la técnica de transformar un mensaje de tal forma que solo sea inteligible para quien sepa descifrarlo. En el mundo actual la usamos a diario, pues es la base de la seguridad en internet. Tal como explica John Oliver:

Encryption can protect the things most important to us: our financial information, health reports, dick pics, trade secrets, classified government records, dick pics, our physical location, the physical location of our dicks, credit card information, dick pics and pictures of our dicks.
Una buen sistema criptográfico impide leer el mensaje cifrado a cualquiera que no tenga la clave de descifrado. A cualquiera. Eso incluye a los agentes de la ley. Actualmente, en Estados Unidos, el FBI está liderando una campaña para que las empresas tecnológicas (Apple, Google, Microsoft, etcétera) diseñen sus sistemas de tal forma que las fuerzas de seguridad sí puedan acceder a la información cifrada. Su argumento se basa en que la criptografía protege a los malhechores (con especial énfasis en los terroristas) pues impide a las fuerzas del orden espiar a los sospechosos o acceder a información que podría ser relevante en una investigación criminal.

Creo que el debate actual en torno a la criptografía está viciado por las diferentes formas en que percibimos el mundo digital y el mundo físico. Imaginen que les toca pagar una cena cuya cuenta asciende a trescientos euros. ¿Cómo preferirían pagar, en efectivo o con tarjeta? (supongamos, por mor del argumento, que tienen el dinero contante y sonante ya en su cartera). De acuerdo con el psicólogo Dan Ariely, la mayoría de personas prefiere pagar con tarjeta, hecho que relaciona con un concepto bautizado como «the pain of paying»:

Basically, everybody when we ask this question says the cash will feel worse than the credit card. Now, why? Why does the cash feel so different? You know how much the meal will cost, this is not surprise, you see the prices on the menu, but something about the cash feels different. Where is it coming from? And there is this notion of «the pain of paying» which says that the agony of parting with our money has to do with the saliency of «do we see this money going away?», and it has to do with the timing of whether the money is going away at the same time that we are consuming.
Mismo precio, emociones diferentes. Y todo por la mera razón de que en un caso podemos ver y tocar el dinero y en el otro no. Es como si nuestro cerebro solo se preocupara por aquella parte del mundo que tiene lugar ahora y puede percibir directamente a través de los sentidos. Ya hablamos de cómo lo que vemos es todo lo que hay. También sabemos que las desgracias no producen los mismos sentimientos cuando le ocurren a nuestro vecino que cuando ocurren a miles de kilómetros de distancia (he aquí un magnífico artículo de Luis Tarrafeta al respecto). Por no mencionar nuestra despreocupación acerca del calentamiento global, con sus efectos inciertos que tendrán lugar en el futuro.

Siendo así no es de extrañar que, cuando a algunas personas se les dice que el gobierno quiere acceder a todos sus datos digitales, digan que no les importa porque ellos no tienen nada que esconder. No obstante, sospecho que estas mismas personas opinarían de forma muy diferente si cada mañana un agente de policía entrara en su casa y registrara todos sus cajones, abriera todos sus armarios, leyera todas sus notas y anotara con quién conversa y durante cuánto tiempo en todo momento. A pocos les agradaría, además, que un agente les siguiera a todas partes a lo largo del día.

Imagen de Chris Dlugosz
Las comparaciones entre el mundo digital y el físico vienen de lejos. Allá por la década de los ochenta y los noventa, algunos entusiastas de la informática gustaban de colarse en ordenadores ajenos, no para provocar daños o por beneficio económico, sino por el simple placer intelectual de superar ese reto. Argumentaban que obrando así contribuían a mejorar la seguridad de los sistemas informáticos poniendo de manifiesto su inseguridad. Sus detractores, por el contrario, veían en ellos a unos delincuentes a los que no se les ocurriría ir por la calle forzando cerraduras y entrando en casas solo para demostrar que la mayoría de las puertas son en realidad bastante endebles.

Un argumento parecido se utilizaba en algunas advertencias que se mostraban al comienzo de los DVD. «No robarías un bolso», decían. La idea que trataban de inculcar era que descargar una película a través de BitTorrent equivalía a robar el DVD de la estantería de un centro comercial, algo a lo que la mayoría de las personas no se atreverían. Por supuesto, esa era una comparación inexacta, pues las copias digitales no tienen el coste de las copias físicas. Mas dejemos esta otra discusión a un lado, pues es ajena al asunto.

Mucho me temo que las puertas traseras criptográficas, esos sistemas que los gobiernos quieren implantar para que las fuerzas de la ley puedan leer nuestros mensajes, acabarán imponiéndose. Al contrario que la mayoría de mis colegas de profesión, dudo que eso signifique el fin del mundo digital como lo conocemos. Sí, por esas puertas traseras se colarán todo tipo de individuos indeseables, pero creo que no supondrá una gran diferencia. Al fin y al cabo, la seguridad digital actual ya tiene goteras de proporciones gigantescas, y aún así seguimos digitalizando más aspectos de nuestra vida. Actualmente, la mayor amenaza a la seguridad de nuestros datos son los banners de publicidad, nuestra manía de abrir correos de remitentes desconocidos y nuestra mala costumbre de pinchar «siguiente» sin criterio.

En el caso de que las puertas traseras se hagan realidad, la criptografía pasará a tener la misma función que la cerradura de la puerta de nuestra casa: no evitará que un adversario decidido entre hasta la cocina pero sí nos protegerá de la mayoría de personas que se sentirían tentadas de echar un vistazo si no hubiera tal protección.

Para mí, las puertas traseras tienen poco que ver con la seguridad de los ciudadanos y mucho que ver con el control de los mismos por parte del gobierno de forma fácil. Conforme toda nuestra vida se plasma en unos y ceros, la vigilancia de cada uno de nosotros se hace más detallada y conveniente para el Estado, el cual puede construir ese eficiente panóptico digital del que nos habló Invisible Kid. Es mucho más sencillo, rápido y cómodo investigar a alguien a partir de sus registros telemáticos que con los métodos tradicionales. Al final, los policías son como el resto de nosotros, y buscan gastar el mínimo de energía posible en hacer su trabajo.

Comodidad aparte, cada vez tengo más claro que, en la práctica, la primera función del gobierno es proteger el statu quo y a sí mismo. Las puertas traseras, unidas a las leyes de retención de datos, son dictados que buscan tener controlada a la ciudadanía para controlar y perseguir a los enemigos del estado. A veces esos enemigos son delincuentes que no deberían estar en libertad, eso es cierto, pero hemos de recordar que la definición de «terrorista» o «enemigo del estado» la da el propio gobierno a través de las leyes que aprueba. A menudo esos «enemigos del estado» son simplemente personas con ideologías opuestas a la del poder, confesiones religiosas diferentes, periodistas que destapan escándalos políticos y otros casos por el estilo.

Es paradójico que este debate haya surgido en Estados Unidos, país donde el rechazo y la desconfianza hacia el gobierno es un sentimiento bastante generalizado. James Madison, uno de los Padres Fundadores, tenía muy claro que era necesario limitar el poder del gobierno a través de la separación de poderes, hecho que quedó finalmente reflejado en la Constitución norteamericana. En El Federalista nº 51 escribió:

Ambition must be made to counteract ambition. The interest of the man must be connected with the constitutional rights of the place. It may be a reflection on human nature, that such devices should be necessary to control the abuses of government. But what is government itself, but the greatest of all reflections on human nature? If men were angels, no government would be necessary. If angels were to govern men, neither external nor internal controls on government would be necessary. In framing a government which is to be administered by men over men, the great difficulty lies in this: you must first enable the government to control the governed; and in the next place oblige it to control itself. A dependence on the people is, no doubt, the primary control on the government; but experience has taught mankind the necessity of auxiliary precautions.
El gobierno de la tierra amante del libre mercado se ve ahora instigando a una de sus compañías privadas más exitosas y representativas con el fin de que se someta a su control. Algunos estadounidenses ponen el grito en el cielo clamando que estas leyes les sitúan al nivel de China.

Desde luego, quién se lo iba a decir a Hamilton, Madison, Jay, Jefferson y compañía. Será que, de derechas o de izquierdas, comunistas o capitalistas, monárquicos o republicanos, todos los gobiernos de la Tierra tienden al máximo grado posible de dictadura.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Autobombo

Pueblan las oficinas de todo el mundo. El resto de trabajadores los tienen claramente identificados. Se les reconoce rápidamente por su uso reiterado de la primera persona del singular. Yo, mi, me, conmigo. Declaran, sin que nadie les haya preguntado, lo ocupados que están, lo relevante y especialmente complicadas que son sus tareas y, a menudo, lo vagos, descuidados o estúpidos que son los demás. Con frecuencia cuestionan el éxito ajeno, lo minusvaloran o, directamente, se apropian de él. Los errores los atribuyen al equipo («la hemos cagado»), los aciertos a su persona («pero hablé con él y lo solucioné»). Trepan por la jerarquía. Mantienen una línea de comunicación constante con sus superiores, los únicos a quienes consideran dignos de un trato educado. «¡Mamá! ¡Mira lo que hago! ¡Mamá! ¡Que no me miras!».

No es inusual que estos individuos medren económicamente. Hace unos meses leí uno de esos artículos sobre cómo pedir que te suban el sueldo del que he olvidado todo salvo esta parte (énfasis mío):

[K]eep a private log of your achievements. Quantify your work by recording what you do and your most important accomplishments. Every week, spend five minutes jotting down the most important tasks and results you achieved during the week. Remember, your manager may be unaware of your performance and results until you let them know.
[...]
In the meeting, focus on your contributions and your market value. Clearly articulate how you've contributed to the organization's success. Map your skills against what the organization values. Let your manager know that you, like all business-savvy professionals, keep abreast of the market value of your position and you believe you are deserving of a raise.

Establish your contribution by outlining the ways you have excelled at your job and show exactly how you have increased profitability or effectiveness, or decreased loss and errors. Never ask for increased compensation without showing at least six concrete ways you deserve it.
Imagen de marsmettnn tallahaassee
Me pareció un consejo sensato. Al fin y al cabo, para la mente humana lo que se ve es todo lo que hay. Si no le dices a tu jefe lo que haces es muy posible que tu contribución pase desapercibida, pues tu superior probablemente tenga la cabeza saturada con un millar de cuestiones. La única forma de que se tenga en cuenta tu trabajo es hablarle de él para que ocupe su escenario mental, de manera que se acuerde de que existe y pueda valorarlo. Es lo que un amigo mío llama «dar visibilidad a tu curro» y lo que otro trata de transmitir cuando me dice que «no basta con ser bueno, también hay que parecerlo».

En uno de los artículos Lo que ves es todo lo que hay trajimos a colación las palabras del psicólogo Dan Ariely, cuya cita vale la pena repetir aquí por ser pertinente de nuevo:

I suspect that in the world of consulting it is hard to estimate directly how good any particular individual is. If you worked in such a place, you would want your managers to know how good you are—but if they couldn’t directly see your quality, what would you do? Working many hours and telling everyone about it might be the best way to give your employer a sense of your commitment—which they might even confuse with your quality. This is a general tendency. Every time we can’t evaluate the real thing we are interested in, we find something easy to evaluate and make an inference based on it.
El conocimiento de este hecho es lo que hizo que el consejo al que me he referido antes se me antojara razonable. También fue la causa de que no me sorprendiera que las más jugosas subidas de sueldo fueran a parar a quienes más bombo se dan. Los jefes, humanos como son (aunque no todos y no siempre lo parezcan), tomaron de buena fe la lista de logros y responsabilidades que sus empleados les transmitieron y ajustaron la paga en concordancia. Obviamente, eso significa que no premiaron el trabajo real sino la versión del mismo que oyeron, con ajustes por arriba o por abajo según el presupuesto, la relación personal y otras razones poco relacionadas con la competencia. Conque lo importante no era el trabajo, sino la propaganda. Y yo sin saberlo. Siendo este el estado de las cosas, es posible que sea más racional dedicar el tiempo de oficina a la publicidad personal en lugar de al trabajo en sí, pues parece que las compensaciones se establecen según la percepción de este último, algo que puede manipularse.

Tal vez algún jefe esté leyendo esto y se diga: «yo sé cuándo me están vendiendo la moto, se me da muy bien calar a los demás, a mí no me engañan». Que exista gente así es conveniente, pues compran productos y contratan servicios a empresas como la mía, pero la realidad es que hay menos gente lista de lo que parece. Pocas personas se miran a sí mismas y reconocen que son susceptibles de engaño, una de las razones por las que compañías que solo venden humo siguen teniendo clientes y por la que a quienes trabajan en recursos humanos se les cuelan a menudo impresentables a quienes dan ganas de patear a la semana de haber sido contratados:

Todos diagnosticamos cuando nos encontramos con una persona o situación por primera vez, y uno tras otro los estudios muestran que no somos muy buenos en estas lides. Sin embargo, cuando entrevistamos a un candidato potencial o iniciamos una nueva relación, sobrevaloramos una y otra vez nuestra habilidad para formarnos una opinión objetiva.
Es por ello que las empresas serias cuentan (según me hace saber alguien que trabaja en una de ellas) con métodos más o menos objetivos de evaluación del personal. Por supuesto, ningún conjunto de números logrará capturar perfectamente la valía de nuestro trabajo, pero cuanto más estructurado sea el proceso y más se basen las decisiones en algo cercano a los hechos en lugar de a las opiniones, menos espacio habrá para la manipulación. Como dicen los hermanos Brafman, la idea es centrarse en la información importante y los datos pertinentes, prescindiendo «de cualquier pregunta que invite al candidato a predecir el futuro, reconstruir el pasado o reflexionar sobre las grandes cuestiones de la vida». Por desgracia, dicho sistema está inevitablemente sesgado contra aquellos cuya labor consiste en prevenir que ocurran ciertos hechos. Si en el último año, pongamos por caso, no ha habido ninguna queja de ningún cliente, o ninguna caída del sistema del que te encargas ¿cómo puede determinarse en qué grado se debe a tu capacidad? De no haber estado tú ¿cuántos clientes se habrían quejado? ¿Uno? ¿Diez? ¿Mil? ¿Un millón? Es razonable suponer que deberían subirte más el sueldo cuando evitas que el sistema informático deje de funcionar tres veces al día que cuando, si lo dejaran a su albur, solo fallaría dos minutos al año pero ¿cómo demostrar que estamos hablando del primer caso?

Cuando tu sustento depende de controlar la opinión acerca de tu trabajo ocurre que, como me decía aquel otro, no estás trabajando, estás haciendo política. Considero que es labor de los mandos recabar la información necesaria acerca del rendimiento de sus empleados para decidir sobre promociones, subidas de sueldo, etc. Creo, por tanto, que actuar solo cuando un subordinado se queja, o aceptar como buena su propia evaluación, constituye una dejación de funciones. En este caso quizá valga la pena plantearse si queremos seguir trabajando para alguien que elige la vía fácil (evaluar lo que alguien le dice que ha hecho en lugar de lo que realmente ha hecho) a la hora de dirimir cuestiones tan importantes como el salario. O quizá valga la pena hacer un curso de márquetin.

lunes, 20 de octubre de 2014

La muerte del webmaster

Hubo una época, allá por el cambio del siglo, en la que crear una página web era sinónimo de hombre orquesta. Por aquel entonces uno solía construir su propio ordenador al gusto, instalar su sistema operativo favorito, configurar la conexión a internet, montar el software de su servidor web, picar el código HTML, registrar su dominio y, finalmente, ponerlo a disposición del público. De principio a fin, aquel que tenía los conocimientos necesarios (no eran muchos) se lo guisaba y se lo comía. Hablo de aquel tiempo en el que a los estudiantes universitarios de informática se les sacaba de la facultad para trabajar por suculentos salarios, la era de las puntocom, el periodo en el que proliferaron aquellas páginas que rezaban «bienvenido a mi página web», lucían un contador de visitas y mostraban los gifs de «en construcción».

Foto de anyjazz65
Quince años después la cosa es bastante diferente, claro. Hoy ni siquiera hace falta tener ordenador para tener presencia en la world wide web, basta con una tablet o un smartphone. La conexión a internet en el mundo desarrollado se ha vuelto tan habitual como el agua potable que sale del grifo y las páginas personales han dado paso a los perfiles en redes sociales. Aquellos que aún quieren tener un sitio propio cuentan con cientos de servicios (Blogger, Wordpress, Tumblr, etcétera) que les permiten poner su proyecto en marcha sin necesidad de saber nada de código gracias a sus editores estilo Microsoft Word. El coste de entrada a eso del internet se ha reducido sustancialmente en apenas una década.

Antes, como digo, una sola persona podía hacerlo todo. Se era a la vez administrador de sistemas, programador, diseñador y publicista. Conforme la tecnología fue avanzando la complejidad aumentó, haciendo que cada vez fuera más complicado para un solo individuo cargar con todo el trabajo. En pocos años el desarrollo web entró en lo que Atul Gawande llama la fase B-17 (el énfasis es mío):

Una pequeña multitud de mandamases militares y ejecutivos de la industria contemplaba cómo el avión de prueba Model 299 rodaba por la pista de despegue. [...] El avión rugió sobre el asfalto, despegó con suavidad y ascendió abruptamente hasta alcanzar los noventa metros de altura. Después entró en pérdida, giró sobre un costado, se estrelló y explotó en llamas. Dos de los cinco miembros de la tripulación murieron [...].
La investigación posterior puso de manifiesto que no se había producido ninguna avería mecánica. El accidente se debió a un «error del piloto», decía el informe. El nuevo avión, mucho más complicado que aparatos anteriores, exigía que el piloto prestase atención a los cuatro motores [...], al tren de aterrizaje retráctil, a los alerones, al compensador [...] y a las hélices de velocidad constante [...]. El modelo Boeing fue considerado, en palabras de un periódico, «mucho avión para que lo pilotara un solo hombre».
[...] Finalmente, el ejército compró casi trece mil de aquellos aparatos, a los que apodó el B-17. Y, dado que entonces ya era posible pilotar aquel mastodonte, durante la Segunda Guerra Mundial el ejército contó con una superioridad aérea decisiva que posibilitó su devastadora campaña de bombardeo a lo largo y ancho de toda la Alemania nazi.
Gran parte de nuestro trabajo ha entrado en la acutalidad en su propia fase B-17. El trabajo de los diseñadores de software, los agentes financieros, bomberos, policías, abogados y, desde luego, los médicos, es ahora demasiado complejo para llevarlo a cabo confiando únicamente en la memoria. Una pléyade de profesiones, en otras palabras, se ha convertido en «demasiado avión para que lo pilote una sola persona».
Cuando la faena es demasiada carga para una sola persona no queda otra opción, mal que le pese a las empresas, que dividirla entre varios. Esto tiene como resultado que se añaden nuevos puestos de trabajo a la economía (el énfasis es mío):

In 1980 there was no Internet or cell phone network, most people did not travel by air, most of the advanced medical technologies in common use today did not yet exist, and only a minority attended college. In the areas of communication, transportation, health, and education, the changes have been profound. These changes have also had a powerful impact on the structure of employment: when output per head increases by 35 to 50 percent in thirty years, that means that a very large fraction—between a quarter and a third—of what is produced today, and therefore between a quarter and a third of occupations and jobs, did not exist thirty years ago.
Así, hoy día la creación y mantenimiento de sitios webs de cierta enjundia se reparte entre administradores de sistemas (montan la infraestructura de servidores), ingenieros de redes (encargados de las comunicaciones), programadores de backend (lidian con tareas en el lado del servidor), programadores de frontend (responsables de lo que ve el visitante de la página), diseñadores (logos, esquemas de colores, etc.) y community managers (los que se pasan todo el día en Twitter y Facebook) entre muchos otros. Cuanto mayor sea la empresa de la que hablamos, mayor es la especialización. A escala Google, Amazon o Facebook los roles se cuentan por cientos (se suman seguridad, almacenamiento, análisis de datos y, sobre todo, muchos mandos intermedios). Esta división del trabajo tiene la ventaja principal, como seguramente les enseñaron en la escuela a través del ejemplo de las fábricas de Henry Ford o el fabricante de agujas de Adam Smith, de aumentar la productividad (salvo en el caso de los jefes), lo cual teóricamente es estupendo para el consumidor, que obtiene más por menos dinero, y para el dueño de la empresa, que gana más. Sin embargo, como veremos a continuación es terrible para el trabajador.

Vivimos en la era del superespecialista, un periodo de la historia en el que muchos profesionales sabemos cada vez más sobre cada vez menos. «El especialista», escribía Ortega y Gasset a principios del siglo XX, «"sabe" muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto»:

No es sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco es un ignorante, porque es "un hombre de ciencia" y conoce muy bien su porciúncula de universo». Habremos de decir que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio.
Convertirse en el típico cuñado enteradillo que todo lo sabe y salmodia contra quienes no comparten su punto de vista es bastante malo de por sí, pero hay otros muchos efectos perniciosos de la especialización. Los empleos creados, por ejemplo, no duran para siempre. Conforme el trabajo se divide en pequeños conjuntos de tareas cada vez más acotadas, más se abre la puerta a la automatización. Es cuestión de tiempo que muchas de las labores de las que les he hablado acaben siendo hechas enteramente por máquinas.

La división del trabajo tiene también su coste humano en forma de cargas psicológicas. El empleado ha de lidiar con el aburrimiento de enfrentarse siempre a los mismos problemas y con la alienación señalada por Karl Marx ya en 1844. En su momento nos referimos a ella cuando bosquejamos la dificultad que algunos tenemos para encontrar significado en lo que hacemos al estar enfocados en un cometido muy concreto y carecer de una visión de conjunto. Son relevantes a este respecto las observaciones del psicólogo e investigador Dan Ariely:

Opino que la división del trabajo es uno de los peligros de los trabajos que dependen de las tecnologías. La infraestructura moderna de las tecnologías de la información nos permite dividir los proyectos en partes ínfimas, muy diferenciadas, y asignarle a cada persona sólo una de las partes. Al hacerlo, las empresas corren el riesgo de menoscabar el sentido de conjunto, la comprensión de los objetivos y el sentido de los logros de los empleados. El trabajo muy especializado podría ser eficiente si las personas fueran autómatas, pero dada la repercusión de la motivación y el sentido personales en nuestros quehaceres y nuestra productividad, esta opción puede ser desastrosa. A falta de sentido, los trabajadores especializados pueden sentirse como el personaje de Charlie Chaplin en Tiempos modernos que, como estaba condenado a los engranajes y los piñones de una fábrica, era incapaz de entregarse en cuerpo y alma a su trabajo.
No obstante, después de una década dando el tajo el hecho que encuentro más oneroso es la trampa vital que a menudo supone el trabajo especializado, algo de lo que hablaremos en un próximo artículo.