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lunes, 4 de mayo de 2015

Según un estudio

Pepsi ha anunciado recientemente que va a eliminar el aspartamo de sus bebidas light en Estados Unidos y sustituirlo por sucralosa. Al parecer, la presencia de aspartamo es la razón principal por la que los norteamericanos consumen cada vez menos bebidas sin azúcar, lo que está afectando a las ventas. Este edulcorante ha estado rodeado de polémica desde su aprobación en 1974, proceso que se percibió como plagado de irregularidades, entre las que se incluían puertas giratorias y ocultación de pruebas. Años más tarde, en 1996, un reportaje de 60 minutos trasladó al público general los resultados de un estudio que identificaba este aditivo como la causa de tumores en ratones.

Lo cierto es que después de haber sido estudiado durante más de treinta años no se han encontrado pruebas sólidas de que el aspartamo sea dañino para los humanos. De hecho, dos recientes revisiones de todos los estudios disponibles han concluido que, en los niveles de consumo actuales, es un edulcorante seguro. Aún así, no es difícil encontrar sitios web dedicados a la lucha contra este aditivo.

El aspartamo es solo una de muchas sustancias químicas marcadas de por vida por el resultado de un trabajo voceado por los medios de información de masas. Al igual que ocurre con las vacunas, basta con un único estudio (cuyo método y diseño no tienen ni siquiera que ser sólidos) para sembrar la duda y asentar en el imaginario colectivo la idea de que la sustancia X produce la terrible Y, y que es algo a evitar. No es raro que todo ello venga acompañado del enfrentamiento de grupos partisanos surgidos como hongos y la creación de teorías conspiranoicas.

Aquí concurren dos problemas. El primero es la validez de los periódicos y los telediarios como fuente de información científica. Como escribe Ben Goldacre:

El mayor problema de las noticias sobre ciencia es que se nos presentan sistemáticamente vacías de evidencia científica. ¿Por qué? Porque los periódicos piensan que ustedes no entenderán la «parte científica» del asunto, por lo que todas las noticias sobre ciencia han de pasar previamente por un proceso de reducción de su nivel de dificultad, en un desesperado intento por seducir y atraer a los ignorantes, precisamente, aquellas personas a quienes no interesa la ciencia para nada (tal vez porque los periodistas creen que es buena para todos nosotros y que, por lo tanto, debería democratizarse).

[...] ¿Cómo sortean los medios el problema de su incapacidad para proporcionarnos la evidencia científica propiamente dicha? A menudo, lo hacen recurriendo a figuras de autoridad (un recurso que constituye la antítesis misma de la esencia de la ciencia) y tratándolas como si de curas, políticos o figuras paternas se tratara. «Un grupo de científicos ha dicho hoy que…» «Unos científicos han revelado que…» «Los científicos han advertido que…» Si al periódico o al espacio radiotelevisivo de turno le interesa introducir un poco de equilibrio, nos mostrarán a dos científicos en desacuerdo, aunque sin explicación alguna de por qué (un método cuya más peligrosa versión pudimos ver en acción cuando se extendió el mito de que los científicos estaban «divididos» en torno a la seguridad de la vacuna triple vírica): un científico «revela» algo y, entonces, otro lo «cuestiona». Más o menos, como si fueran caballeros Jedi.
Como ocurre tantas veces, si uno quiere información de calidad debe olvidarse de la prensa general y acudir a las publicaciones especializadas. De esa manera podremos saber qué se midió y cómo, así como lo que se descubrió, y no tendremos que fiarnos ciegamente de las conclusiones que el periodista de turno ha copiado y pegado directamente de la nota de prensa.

Los medios de comunicación son, por otro lado, víctima fácil del sesgo de publicación, esto es, el hecho de que tienden a publicarse únicamente los estudios que muestran un resultado positivo. Como explica magistralmente la viñeta de XKCD, este sesgo lleva a que se difundan en los medios conclusiones absurdas cuya veracidad es asumida por la población general prima facie. Claro que lo contrario también ocurre: a veces son los estudios que no lograron aparecer en prestigiosas revistas con revisión por pares los que se llevan directamente a la prensa para hacerse oír, ya que estos últimos son incapaces de filtrar nada basándose en la calidad del estudio.

Por desgracia, en esto de la ciencia hay más problemas aparte de los periodistas. Hacer ciencia es un proceso enteramente humano y, como tal, no es algo prístino llevado a cabo en un vacío ideal libre de pasiones, sesgos o instintos. La calidad del método científico depende de multitud de detalles que pueden pasarse por alto, bien por negligencia, bien por interés.

Lamentablemente, una de las industrias que más diligente debería ser en este sentido es la que más comportamientos reprobables exhibe. Les hablo de las empresas farmacéuticas. Estas empresas, por ejemplo, publican los resultados de los estudios que dan un resultado positivo, pero ocultan los que muestran que su medicina no es mejor que el placebo o el fármaco equivalente ya disponible. Las nuevas moléculas se estudian en poblaciones no representativas, pacientes ideales o atípicos, o personas que no serán los consumidores finales (por ejemplo, se prueban en personas sanas de países del tercer mundo medicamentos para enfermedades típicas de los países industrializados, como la diabetes). En sus estudios, estas compañías comparan el medicamento que están desarrollando con la peor alternativa posible, o con la mejor alternativa aplicada en dosis incorrectas. Interrumpen los ensayos clínicos en cuanto se atisba algún resultado positivo, aún cuando ello ocurra mucho antes de la fecha prevista de fin del mismo, con lo que se ocultan posibles efectos secundarios a largo plazo. Se recluta a poca gente para los estudios, aumentando así las posibilidades de obtener un resultado positivo simplemente por azar. Finalizado el estudio, los datos se masajean o torturan de mil maneras hasta conseguir una conclusión favorable. Y así siguiendo. El lector interesado puede consultar una buena lista de prácticas discutibles en el libro de Ben Goldacre dedicado a este tema.

Pero la medicina no es la única disciplina aquejada de ciertos males en su aplicación del método científico. La psicología, verbigracia, está afectada por el sesgo WEIRD, a saber, el hecho de que del sesenta al noventa por ciento de estudios se realiza en sujetos «western, educated, and from industrialized, rich, and democratic countries», a pesar de que estos representan únicamente un octavo de la población mundial. Y las ciencias sociales en general viven bajo la duda del problema de la replicación, una crisis de confianza surgida de los fallos obtenidos al tratar de replicar los resultados de una investigación dada en experimentos similares. En 2008, por ejemplo, Simone Schnall y sus colaboradores concluyeron en su estudio que la dureza de los juicios morales de las personas cambiaba según las sensaciones de limpieza o suciedad de los individuos, de manera que si –entre otras cosas– los sujetos del estudio se lavaban las manos antes de emitir un juicio moral, este resultaba ser menos severo. Sin embargo, David Johnson, Felix Cheun y Brent Donnellan repitieron el experimento y no encontraron dicho efecto. Este es solo uno de los estudios que aparecían en un número especial (les dejo un enlace alternativo por si no funciona el anterior) de la revista Social Psychology publicado el año pasado en el que se intentaron replicar veintisiete hallazgos importantes en psicología social. En esta misma línea, recientemente se han publicado los primeros resultados del estudio más ambicioso de este tipo, en el que se intentaban replicar los hallazgos de cien estudios de psicología. Los datos preliminares no son muy halagüeños.

En realidad, la «crisis de la replicación» no es específica de las ciencias sociales. Un célebre artículo de John P. A. Ioannidis publicado en 2005 aseguraba que la mayoría de los resultados publicados en medicina son falsos:

In 2005, an Athens-raised medical researcher named John P. Ioannidis published a controversial paper titled “Why Most Published Research Findings Are False.” The paper studied positive findings documented in peer-reviewed journals: descriptions of successful predictions of medical hypotheses carried out in laboratory experiments. It concluded that most of these findings were likely to fail when applied in the real world. Bayer Laboratories recently confirmed Ioannidis’s hypothesis. They could not replicate about two-thirds of the positive findings claimed in medical journals when they attempted the experiments themselves.
De ahí que sea tan importante realizar varias veces el mismo experimento, pues solo de esa manera podemos alcanzar cierto nivel de confianza en el resultado obtenido. En palabras de Karl Popper:

Only when certain events recur in accordance with rules or regularities, as is the case with repeatable experiments, can our observations be tested — in principle — by anyone. We do not take even our own observations quite seriously, or accept them as scientific observations, until we have repeated and tested them. Only by such repetitions can we convince ourselves that we are not dealing with a mere isolated ‘coincidence’, but with events which, on account of their regularity and reproducibility, are in principle inter-subjectively testable.
Con un solo estudio puede demostrarse casi cualquier cosa, y Google puede llevarnos a donde queramos. Para la mayoría, buscar pruebas significa poner en el buscador lo que queremos encontrar, como aquella amiga mía que introdujo la frase «la cerveza no engorda» para encontrar algo con lo que sostener su convencimiento. Esa es, obviamente, la forma errónea de actuar, pues lo importante a la hora de tomar una decisión es revisar todas las pruebas disponibles:

[Y]ou have to interpret a literature, not a single study. The results of one lab or one study can be erroneous. When decades have produced hundreds of studies on a question, the cherry pickers will always have a lot to choose from. That is why systematic reviews are necessary, and it is also necessary to understand the strengths and weaknesses of each type of research.
La imagen que ilustra este artículo es el logotipo de Cochrane Collaboration, una organización internacional e independiente de académicos voluntarios sin ánimo de lucro que elabora y publica revisiones sistemáticas de estudios médicos. Este logotipo es un diagrama de bosque de un metaanálisis realizado en su momento sobre la administración de corticoesteroides en bebés prematuros. Cada línea horizontal representa un estudio. Cuanto más larga es esta línea, más incierto fue el resultado del estudio. Si la línea se sitúa a la izquierda de la línea vertical significa que los esteroides fueron mejores que el placebo; si se sitúa a la derecha, significa que los esteroides funcionaron peor. La posición del rombo indica la respuesta obtenida del conjunto de todos los estudios. En este caso, dicho resultado muestra una reducción de entre el treinta y el cincuenta por ciento del riesgo de muerte del bebé prematuro cuando se le administran los esteroides. Hasta que no se publicó esta revisión en 1989 muchos bebés murieron al desconocer los óbstetras la efectividad de dicho tratamiento.

Sería maravilloso que existieran diagramas de bosque al alcance de la mano para cualquiera de nuestras preocupaciones, ya sean los edulcorantes, las vacunas, las ondas de radiofrecuencia, los transgénicos, el fracking o cualquier otro asunto importante. Actualmente existe un creciente movimiento a favor de la política basada en pruebas, el cual trata de llevar el método de investigación clínico a otras áreas, como las ciencias sociales. Desgraciadamente, como hemos hablado en varias ocasiones, es difícil que tenga un gran efecto. Siempre se pueden poner en duda las motivaciones de quien lo elabora, el método y las compañías que hay detrás. Y siempre nos toparemos con actitudes como la de Janet Starr Hull, la responsable de www.sweetpoison.com: «I will never accept the news of aspartame safety».

lunes, 24 de noviembre de 2014

Por qué las personas inteligentes dicen tonterías

Tuve la suerte de conocer en persona a Fernando Jiménez del Oso. Para la gran mayoría su nombre está asociado a lo paranormal, a los programas de televisión Historias para no dormir y Más allá (entre otros), así como a las revistas Espacio y Tiempo y Enigmas. Sin embargo, para mí su nombre está ligado a su faceta más mundana, la de su trabajo diario. Jiménez del Oso era licenciado en Medicina y Cirugía y se especializó en psiquiatría. Tenía su consulta privada en un chalet de no recuerdo qué zona de una gran metrópoli. Allí fue donde le conocí, como el psiquiatra que ayudaba a uno de los miembros de mi familia. El despacho en el que atendía a sus pacientes era impresionante: espacioso, luminoso, decorado con gusto, repleto de libros y objetos exóticos traídos de sus viajes. Era verano y tenía sobre la mesa una jarra de agua helada para sus pacientes y un vaso de coca cola con hielo para él. Solo esos pedazos de cristal tenían aspecto de valer más que el coche en el que mi padre nos había llevado allí. Recuerdo al doctor como un hombre avejentado aunque físicamente imponente, alto y grande, vestido con su bata blanca, con grandes bolsas bajos los ojos y una voz profunda y penetrante que te encandilaba. Se mostraba amable, educado, accesible y poseía un gran sentido del humor. Que era sumamente inteligente quedaba claro enseguida. Afortunadamente, también era un buen psiquiatra y evitó que tuviéramos que ingresar a esa persona de nuestra familia en un hospital psiquiátrico.

Foto de Niels Linneberg
En mi charla con él comenté de pasada que nadie había vuelto de la muerte, a lo que replicó: «eso es lo que tú te crees». Jiménez del Oso fue un ejemplo perfecto de esas personas inteligentes que creen cosas raras a las que se refiere Michael Shermer en su libro Por qué creemos en cosas raras: pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo. ¿Cómo puede un ser adulto bien educado, inteligente y con mundo creer en algo como «las caras de Bélmez»? El análisis de Shermer da tres razones principales que el autor resume en una única frase:

La gente lista cree en cosas raras porque está entrenada para defender creencias a las que ha llegado por razones poco inteligentes.
Como explica en otra parte del libro:

Como son más inteligentes y han recibido más formación que los demás, los listos son más capaces de justificar sus creencias con razones intelectuales, aunque las hayan adquirido por razones no intelectuales. Pero los listos, como el común de los mortales, se dan cuenta de que las necesidades emocionales y el hecho de haber sido educado para creer en algo es la forma en que la mayoría llegamos a creer en lo que creemos. Y entonces interviene el prejuicio de la atribución intelectual, especialmente en la gente lista, para justificar esas creencias por raras que sean.
John Stuart Mill, el célebre filósofo, político y economista del siglo XIX, defendió varias reformas sociales significativas adelantadas a su tiempo, tales como los sindicatos y las cooperativas, la abolición de la esclavitud en Estados Unidos y el voto femenino. Los argumentos que desarrolló tienen la solvencia y robustez propias de un filósofo que ha pasado la prueba del tiempo y cuyas obras siguen siendo leídas e influyentes dos siglos más tarde. En su crítica sobre la esclavitud en norteamérica, verbigracia, Mill preguntaba de forma retórica si alguien había preguntado a los esclavos qué querían ellos, una visión nada habitual en una época en la que las necesidades de esa clase social no se tenían en cuenta en los debates políticos:

Before admitting the authority of any persons, as organs of the will of the people, to dispose of the whole political existence of a country, I ask to see whether their credentials are from the whole, or only from a part. And first, it is necessary to ask, Have the slaves been consulted? Has their will been counted as any part in the estimate of collective volition? They are a part of the population. However natural in the country itself, it is rather cool in English writers who talk so glibly of the ten millions (I believe there are only eight), to pass over the very existence of four millions who must abhor the idea of separation. Remember, we consider them to be human beings, entitled to human rights.
En este sentido, el filósofo británico fue un progresista que defendió posturas que hoy nos parecen obviamente correctas, pero que contravenían lo que era la opinión común en su momento. Sin embargo, Mill también era miembro de la Compañía de las Indias Orientales, monopolio del imperio inglés que gobernaba la India por aquel entonces. Paradójicamente, mientras defendía la autodeterminación y los derechos de los esclavos en una parte del mundo, abogaba por un depotismo benevolente en otra, basándose en una visión de la India como sociedad bárbara que debía ser intervenida:

The rules of ordinary international morality imply reciprocity. But barbarians will not reciprocate. They cannot be depended on for observing any rules. Their minds are not capable of so great an effort, nor their will sufficiently under the influence of distant motives. In the next place, nations which are still barbarous have not yet got beyond the period during which it is likely to be for their benefit that they should be conquered and held in subjection by foreigners. Independence and nationality, so essential to the due growth and development of a people further advanced in improvement, are generally impediments to theirs.
No deja de ser llamativo cómo uno de los grandes pensadores de la Historia pudo defender una postura tan racista y defectuosa, sobre todo si tenemos en cuenta que chocaba frontalmente con las tesis expuestas en sus obras más relevantes y conocidas. Sin duda, Mill era muy capaz de defender y justificar sus opiniones equivocadas.

Ronald Aylmer Fisher también era inglés, pero su campo del saber abarcaba la biología evolucionista (Richard Dawkins lo califica como el mayor biólogo desde Darwin), la genética, las matemáticas y la estadística. Es el responsable de muchos de los métodos que se usan ampliamente hoy día en este último campo, así como del desarrollo del método y el vocabulario de la significación estadística. Sin embargo, en los últimos años de su vida, también esta mente privilegiada cometió un notable error de juicio. Tal como relata Nate Silver:

The issue concerned cigarette smoking and lung cancer. In the 1950s, a large volume of research [...] claimed there was a connection between the two, a connection that is of course widely accepted today.
Fisher spent much of his late life fighting against these conclusions, publishing letters in prestigious publications including The British Medical Journal and Nature. He did not deny that the statistical relationship between cigarettes and lung cancer was fairly strong in these studies, but he claimed it was a case of correlation mistaken for causation, comparing it to a historical correlation between apple imports and marriage rates in England. At one point, he argued that lung cancer caused cigarette smoking and not the other way around—the idea, apparently, was that people might take up smoking for relief from their lung pain.
Fisher negó la relación entre tabaco y cáncer de pulmón aun cuando por aquel entonces ya había una buena cantidad de pruebas estadísticas y ensayos clínicos llevados a cabo por una amplia variedad de investigadores en diversos contextos que demostraban la relación causal entre ambos. La idea de que el tabaco podía causar cáncer de pulmón se había ido convirtiendo rápidamente en el consenso científico pero ¿cómo iba a discutirle nadie a un gigante de la estadística lo que podía inferirse de tales estudios? Actualmente, en uno de esos ejemplos de cómo la historia rima, no es difícil encontrar personas inteligentes que niegan el calentamiento global.

Una persona inteligente puede decir tonterías por muchas razones. Para empezar, puede que le estén pagando para ello, lo cual no es raro cuando se discuten cuestiones con valor político o económico. O puede que el asunto tratado se salga de su área de conocimiento pero la persona en cuestión sea de las que se comporta con la misma petulancia en aquello que ignora que en la porciúncula de universo en la que es eminente. Quizá estén en juego sus intereses y solo ande defendiendo sus privilegios. O tal vez se deba a que algo pone en entredicho sus creencias, en cuyo caso la inteligencia puede ayudarnos a construir sólidas defensas alrededor de las mismas. Los datos pueden escogerse y retorcerse para justificar lo que creemos y desdeñar a quienes piensan lo contrario. Siempre es posible cuestionar los números en sí, los métodos con que se obtuvieron, las interpretaciones de los mismos o la honestidad, intenciones e ideología de quien los proporciona. Las líneas argumentales pueden contorsionarse y adaptarse añadiendo excepciones o puntualizaciones según nos convenga. Los argumentos rivales pueden deformarse o caricaturizarse en alguna de las formas recogidas por Schopenhauer. La inteligencia no solo se convierte así en puntal de nuestras creencias, sino también en una muralla que impide a las de los demás trastocar nuestro mundo (ibídem Shermer):

[A] las personas inteligentes se les da mejor racionalizar sus creencias con argumentos razonados, pero, como consecuencia de ello, están menos abiertas a considerar las opiniones ajenas. Así pues, aunque la inteligencia no afecta a lo que creemos, sí influye en la forma en que las creencias se justifican, racionalizan y defienden, después de que las hayamos adquirido por razones que nada tienen que ver con la inteligencia.
Todos vivimos inmersos en la niebla de nuestras propias convicciones. Las observaciones se filtran a través de nuestro modelo del mundo. Los grandes pensadores de la historia, así como las personas más inteligentes del mundo actual, no son inmunes a ello. La inteligencia es un arma de doble filo que puede actuar como antídoto frente a historias mágicas, cuentos chinos y malos argumentos pero también nos sirve para proteger creencias que han crecido dentro de nosotros por razones aleatorias como nuestro año y lugar de nacimiento, nuestra clase social, nuestra cultura, etcétera.

Hubo una época en la que pensaba: «si ese tío tan listo defiende esa postura quizá sea porque su inteligencia le permite percibir algo que yo soy incapaz de ver. Si fuera tan listo como él ¿defendería su misma postura?». Con el tiempo he aprendido que no tiene por qué ser así. Parafraseando a Shermer, las personas inteligentes dicen tonterías porque están entrenadas para defender puntos de vista equivocados a los que han arribado por razones que poco o nada tiene que ver con su inteligencia. Y es que, como decía mi querido Jiménez del Oso (que en paz descanse): «en contra de lo que la mayoría cree, la inteligencia nada tiene que ver con la madurez: se puede ser una lumbrera en Biología o en Astrofísica y tonto de las posaderas en otros aspectos».