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lunes, 25 de junio de 2018

Ideas extravagantes: elecciones a doble vuelta invertida (y II)

Veamos algo más detalladamente cómo funcionaría el sistema propuesto con un ejemplo en una cámara de representantes de cien asientos.

En primer lugar, los partidos se presentan a las elecciones registrándose como partido de izquierdas o como partido de derechas. Verbigracia:

Derecha
Izquierda
Partido Derecha Uno
Partido Izquierda Uno
Partido Derecha Dos
Partido Izquierda Dos
Partido Derecha Tres
Partido Izquierda Tres
Partido Derecha Cuatro
Partido Izquierda Cuatro

Llega la hora de votar. En la primera vuelta los votantes deben introducir en la urna una papeleta en la que ponga «izquierda» o «derecha», según prefieran un gobierno de unas ideas u otras. Digamos que el sesenta y tres por ciento de los ciudadanos vota a favor de un gobierno de derechas, en cuyo caso se reserva un sesenta y tres por ciento de escaños a partidos que representen esas ideas. El resto va a parar al otro bando (por simplicidad omitiremos los votos en blanco equiparándolos a los votos nulos).
Derecha
Izquierda
63%
37%

En la segunda vuelta cada persona emite dos votos. El primero va para uno de los partidos que se registró como partido de derechas. El segundo, para uno de los partidos que se registró como partido de izquierdas. Imaginemos que el reparto de votos para cada partido queda así en esta ronda final:

Derecha (63%)Izquierda (37%)
Partido Derecha Uno 42%Partido Izquierda Uno 35%
Partido Derecha Dos 36%Partido Izquierda Dos 33%
Partido Derecha Tres 17%Partido Izquierda Tres 23%
Partido Derecha Cuatro 5%Partido Izquierda Cuatro 9%

Finalmente, los escaños se reparten proporcionalmente según el cupo asignado en la primera vuelta y la proporción resultante de la segunda. Por tanto, nuestro parlamento imaginario quedaría de esta forma:

PartidoRepresentantes
Partido Derecha Uno26(42% de 63%)
Partido Derecha Dos23(36% de 63%)
Partido Izquierda Uno13(35% de 37%)
Partido Izquierda Dos12(33% de 37%)
Partido Derecha Tres11(17% de 63%)
Partido Izquierda Tres9(23% de 37%)
Partido Derecha Cuatro3(5% de 63%)
Partido Izquierda Cuatro3(9% de 37%)

Las normas para la aprobación de las leyes serían las mismas que hay ahora por lo que cuando se requiere mayoría absoluta se necesitarían cincuenta y un votos en ese hipotético Congreso de cien parlamentarios. Así, en nuestro caso Partido Derecha Uno necesitaría el apoyo de Partido Derecha Dos y Partido Derecha Tres para sacar adelante sus propuestas.

La presentada aquí es solo una de varias opciones. Una alternativa es elegir un sistema mayoritario en la segunda vuelta de tal forma que el partido más votado sea el que gobierne. Personalmente, soy reacio a un sistema que permita a un solo partido imponer sus normas a pesar de la oposición del resto pero cabe argumentar que si, como parece, la versión proporcional de este sistema lleva a un parlamento con muchas voces disonantes, entonces se hace difícil gobernar porque es muy complicado sumar los votos suficientes llegando a acuerdos con otros partidos.

Foto de Wikimedia Commons
Otra variación de la segunda vuelta es permitir a los votantes hacer un ranking de sus partidos favoritos en lugar de elegir uno solo, sistema que da resultados más precisos. También se podría hacer que solo se pueda votar a un partido de un lado, en lugar de dar un voto a un partido por lado. Mi idea original es que cada persona pueda votar a un partido de cada lado porque creo que así se tendería más hacia el centro (los votantes de derechas votarían por los partidos menos de izquierdas de entre los presentados, y viceversa), lo cual favorecería los acuerdos, pero reconozco que no tengo pruebas al respecto y habría que ver qué ocurre en la práctica.

Finalmente, habría que estudiar más a fondo cómo hacer los redondeos y qué hacer con los votos en blanco, cuestiones que no trataré por razones de espacio y porque son detalles de implementación algo ajenos al quid de la cuestión.

Preguntémonos ahora qué pasa con las opciones políticas de centro. El teorema de imposibilidad de Arrow se cumple cuando hay que ordenar más de dos opciones de manera que nuestro extravagante sistema electoral no aportaría nada si añadiéramos una tercera opción. A mi juicio, no es una grave omisión ya que dudo mucho que en el mundo real haya personas y partidos que se sitúen exactamente a la misma distancia entre derecha e izquierda. Además, si el sistema funcionara como se pretende y resultara en un mayor número de partidos presentes en la asamblea sería más probable que aparecieran formaciones de centro-derecha o centro-izquierda que satisficieran las preferencias de los votantes de centro.

Hay un problema adicional que surgiría de introducir el centro como tercera opción, a saber, que entonces todos los partidos podrían registrarse como tales, en cuyo caso no habríamos solucionado nada pues las elecciones serían las mismas que son ahora.

Proponer una solución a un problema presente sin tener en cuenta las formas en que dicha solución podría explotarnos en las manos es un error tan antiguo como la condición humana. Preguntémonos, por tanto, ¿qué podría salir mal con este sistema?

Lo primero que se me ocurre es que una sociedad podría estancarse en un lado del espectro de ideas, es decir, que en la primera ronda siempre se opte por derecha o por izquierda. Esto podría considerarse una dictadura de la mayoría y ser malo para el país si pensamos que los mejores frutos se obtienen con la diversidad de pareceres. El problema será mayor si usamos un sistema donde el partido más votado es el que gobierna, sin necesidad de apoyos. Hay países que limitan el número de años que un presidente puede permanecer en el cargo pero es difícil ver cómo una norma similar podría encajarse en este sistema, dependiente como es de la primera vuelta para decidir cuántos escaños corresponden a cada opción política.

También debemos considerar las maneras en las que nuestro sistema puede explotarse en contra de su espíritu para sacar ventaja. Se me ocurre que los partidos podría dividirse en dos y registrarse con nombres distintos como opción de derechas y como opción de izquierdas. Sería una mentira flagrante, claro está, pero de eso viven los políticos y podría ocurrir. Este tejemaneje tiene más sentido en la versión mayoritaria porque los partidos se asegurarían así de tener opciones de ser los más votados en la segunda vuelta. Si este comportamiento se generalizara y todos los partidos se presentaran por ambos lados de nuevo estaríamos en la situación que estamos ahora.

Consideremos ahora la versión proporcional. A todos los partidos les interesa estar en el lado ganador porque así necesitan menos votos para obtener un escaño. Para los partidos de derechas que han ganado nuestras elecciones imaginarias dividirse para aparecer en el lado opuesto diluiría su representación. Sin embargo, a los partidos de izquierdas sí les conviene registrarse como garantes de ideas de derechas de tal forma que el mismo número de votos se traduzca en más representantes de los que tendrían si se presentaran únicamente como partidos de izquierdas. Eso podría resultar en que, si los sondeos muestran que los ciudadanos prefieren una opción sobre otra holgadamente en la primera vuelta, todos los partidos acudirían a las elecciones como representantes de ese bando. De nuevo, no habríamos ganado nada respecto a la situación actual.

Así pues, parece evidente que para que este sistema funcione debe haber partidos que se presenten como de derechas y partidos que se presenten como de izquierdas. Se podría obligar a que hubiera un número mínimo por bando, a que hubiera el mismo número de cada lado, o ambos aunque lo ideal, claro está, sería establecer unas reglas que aseguraran que los partidos defienden las ideas que dicen defender.

Creo que el sistema electoral aquí propuesto no es perfecto pero sí mejor que los actuales en lo que a ampliar el catálogo de partidos con representación se refiere. Como hemos dicho, el teorema de imposibilidad de Arrow solo se cumple cuando se tienen más de tres alternativas por lo que al limitar las opciones a dos en la primera votación ya hemos ganado algo: determinar fielmente el conjunto de principios y valores por los que la sociedad quiere regirse. Una vez tomada una decisión en este sentido, cada ciudadano puede votar al partido que prefiere sin tener en cuenta las alternativas, es decir, sin tener que preocuparse de considerar qué van a votar los demás.

La primera vuelta satisface varios criterios importantes de un sistema electoral ideal. Es no dictatorial, anónimo (todos los votos cuentan lo mismo), se respeta el orden de las preferencias y (creo) permite que los votantes reflejen siempre su verdadera opinión, lo que hace que sea inmune a estrategias. Considerado en conjunto, la doble vuelta invertida es un sistema de normas sencillas, fácil de entender y con consecuencias previsibles y entendibles incluso por los más iletrados. Y, a diferencia de la lotocracia, no es una desviación exagerada del statu quo, por lo que tiene más probabilidades de hacerse realidad.

En cuanto a las debilidades de este sistema, veo difícil evitar que los partidos se declararan defensores de unas ideas que no son las suyas con el objetivo de captar asientos en la cámara de representantes. Además, carezco de la formación matemática necesaria para saber qué implementación de todas las que hemos considerado sería la mejor, así como para anticipar otras consecuencias negativas que podrían darse. Finalmente, siempre hay cosas que no sabemos que no sabemos y que solo descubrimos cuando llevamos nuestras ideas a la práctica.

lunes, 18 de junio de 2018

Ideas extravagantes: elecciones a doble vuelta invertida

Inauguramos hoy esta sección hablando de la que probablemente sea la menos extravagante de todas las ideas que veremos. Es también la última que se me ha ocurrido, nacida tras el cambio de gobierno en España y la posibilidad de que se convoquen elecciones a corto o medio plazo. Los periódicos nacionales andan ya atareados cocinando sondeos que no buscan contarnos lo que podría pasar sino influirnos para que pase lo que sus amos quieren que pase. Por ejemplo, si leen diarios afines al Partido Popular habrán podido observar que, según los sondeos que publican, vuelve el bipartidismo, mientras que si revisan los situados más a la izquierda encontrarán que el voto está cada vez más repartido. Es mi opinión que tamaña diferencia se debe a que los métodos empleados en las encuestas buscan una respuesta concreta.

Foto de Natlas
Revisando la ley electoral española comprobé hasta qué punto España (como tantos otros países que eligen a sus gobernantes mediante votación) está infectada por el mal del «voto útil». Ya saben a qué me refiero: si quieres tener un diputado que te represente más te vale votar a una formación con posibilidades de ganar porque de lo contrario te quedarás fuera. En las últimas elecciones el dos y medio por ciento de los votos fue a parar a partidos que no lograron entrar en el Congreso. En las de 2011, antes de la llegada de Ciudadanos y de Podemos, el porcentaje fue superior al tres y medio por ciento. Quizá no parezca mucho (entre seiscientos mil y novecientos mil votos) pero hemos de tener presente que los ciudadanos votan sesgados por la existencia del voto útil. Si la representación fuese realmente proporcional (esto es, el porcentaje de votos a nivel nacional equivale al porcentaje de diputados) es muy probable que el reparto de votos cambiara.

Habrá para quienes el sistema actual no suponga ningún problema. Para mí, un procedimiento que reduce un surtido florilegio de opciones electorales a un puñado de partidos con opciones reales, obligando así a los votantes a elegir una opción que no es la que realmente prefieren, es menos legítimo. Además, creo que hay buenas razones para pensar que bipartidismo y corrupción van de la mano, y que para limpiar las cloacas de la política es necesario que se puedan renovar los partidos con más agilidad.

En su momento analizamos con cierto detalle los sistemas de votación. También hablamos de la paradoja del voto y del teorema de imposibilidad de Arrow. Las conclusiones más relevantes para nuestra disquisición de hoy son:

  • Los sistemas electorales de distritos en los que el ganador se lo lleva todo (el partido más votado se hace con todos los representantes de ese distrito) tienden a sistemas bipartidistas.
  • No hay ningún sistema de voto que ordene más de dos opciones de forma que el resultado sea consistente con las verdaderas preferencias de todos los votantes (esto es, que respete la transitividad de las opciones), y en el que la presencia de unas alternativas u otras sean irrelevantes (es decir, que los votantes no cambien su papeleta según a quién se enfrenten sus favoritos o las opciones de ganar que tengan).

Investigando sobre los sistemas de voto di con un ejemplo sacado de las elecciones francesas. El francés es un sistema a doble vuelta: se vota una primera vez, los dos candidatos más votados pasan a la segunda vuelta y se vota nuevamente. El ganador de la segunda ronda es elegido presidente de la República. No recuerdo los nombres de los candidatos pero la historia que narraba el artículo era la de siempre: el tercero en discordia, nuevo en escena, se quedaba fuera de la ronda final porque, a pesar de estar mejor valorado que los otros dos, se pensaba que tenía menos opciones de ganar. Cuando ocurre esto, cuando los ciudadanos cambian su voto según lo que creen que harán otros, se dice que el sistema de votación no es inmune a estrategias.

Pero ¿por qué los votantes dejamos de reflejar nuestras verdaderas preferencias según las opciones de victoria de quien las encarna? La respuesta es que no lo hacemos. Al menos, no completamente.

Se supone que en las elecciones se nos está preguntando qué partido queremos que gobierne. Esa es una pregunta muy complicada. No creo que nadie estudie los programas electorales con detalle y analice pormenorizadamente las propuestas de cada partido, sopese pros y contras, y decida su voto después de un sesudo análisis. Más bien convendrán conmigo en que, a lo sumo, los ciudadanos tenemos una idea vaga de las pretensiones de los partidos y acabamos apoyando a aquel cuyas ideas coinciden con las nuestras.

Esto sucede porque, como dice Kahneman, «cuando nos vemos ante una cuestión difícil, a menudo respondemos a otra más fácil, por lo general sin advertir la sustitución». Así que cuando nos convocan a las urnas cambiamos una pregunta complicada y menos relevante (¿quién quiere que gobierne?) por una mucho más sencilla e importante (¿quiere usted un gobierno de izquierdas o de derechas?). Los humanos somos así. El mundo es demasiado complicado así que simplificamos. En el caso que nos ocupa reducimos dos siglos de filosofía política a un simple yin-yang.

En otra parte escribí que votar es principalmente una cuestión de identidad. Los propios políticos lo han recalcado con sus palabras estos últimos años. Para ellos y para sus votantes lo más importante es ganar porque eso significa que no gobernarán «los otros». Los otros son el enemigo, la ruina, el horror, el diablo, el apocalipsis; pase lo que pase hay que alejarlos del poder. Ya se nos puede llenar la boca con llamadas a la pluralidad, la colaboración, el entendimiento y los acuerdos que, al final, todo se reduce a la dicotomía del azul frente al rojo, demócrata frente a republicano, nosotros frente a ellos (no lo llaman «oposición» por nada). Es por todo esto que si toca apoyar de mala gana a un partido corrupto o con propuestas estúpidas pero que se sitúa en nuestro lado del espectro de ideas, que así sea. Cualquier cosa con tal de que no ganen los otros.

Es por eso que los distritos del tipo «el ganador se lo lleva todo» conducen al bipartidismo. Es por eso que las personas cambian su voto a quienes más opciones tienen de entre todos los que comparten su visión acerca de cómo debería organizarse la sociedad. Es por eso que las elecciones están mal planteadas, forzándonos a dar dos respuestas en una aun cuando una de las preguntas es mucho más importante que la otra. Es por eso que el sistema de doble ronda es equivocado, porque plantea las preguntas en el orden incorrecto.

Observemos de nuevo la votación a doble vuelta desde esta perspectiva de las dos preguntas. Veremos que en la primera ronda, allí donde se presentan todas las opciones, se interroga a los votantes simultáneamente sobre sus ideas y sobre su candidato o partido preferido defensor de esas ideas. En la segunda ronda, a la que inevitablemente llega un representante de cada lado de la gama de ideas, se interpela sobre qué conjunto de principios políticos deben seguirse y qué fines buscarse. Como lo más importante para nosotros es que nuestras ideas prevalezcan no queda otra que unirse en la primera ronda en torno a unas siglas con buenas perspectivas de victoria, aunque no nos gusten demasiado.

Tomemos, pues, a los votantes como son e invirtamos el orden de las preguntas (de ahí el nombre «doble vuelta invertida»). En la primera vuelta preguntemos sin tapujos: ¿quiere usted un gobierno de derechas o de izquierdas? En la segunda vuelta preguntemos: ¿qué partido (afín a las ideas que han ganado en la ronda anterior) quiere que gobierne? ¿Qué pasaría entonces? ¿Qué consecuencias negativas podrían darse con este sistema? ¿Cómo se podría manipular? ¿Y qué pasa con el centro?

Continuará.

lunes, 26 de junio de 2017

Marionetas

La mañana del día previo a las elecciones presidenciales francesas me levanté de un humor sombrío. La noche de aquel viernes se habían publicado en internet memos y correos electrónicos robados a personal de la campaña de Emmanuel Macron. El momento de la publicación no era casual: fue justo antes del inicio de la jornada de reflexión, durante la cual los medios de comunicación no pueden hablar de nada relacionado con las elecciones. Eso obligaba a que las discusiones sobre el material filtrado tuvieran lugar exclusivamente en las redes sociales y en medios extranjeros.

El problema para los responsables de la filtración era que en aquellos documentos no había nada relevante. De hecho, enseguida se vio que el material filtrado contenía información equívoca fabricada para crear confusión:

The leak package is huge – 9Gb – suggesting at a quick glance (all the time anyone had) that there was a lot of scandalous or incriminating content. No such luck. Although this was promoted as #MacronLeaks, there are no emails from Macron. The majority of the package seems to be padding to fill it out.
The archive was intentionally packaged to give the appearance of a data dump containing documents, emails and other recent primary sources regarding Macron. It contains nothing of the sort. The packaging was maliciously crafted to deliberately mislead a cursory reading.
There is direct evidence that some of the documents have been altered from their original source. What actual tampering has been done is impossible to know given only the data supplied by the malicious agency. Some content is highly peculiar – an emailed receipt to an obscure old politician for 10 grams of 3MMC, purchased with Bitcoin, to be shipped direct to the National Assembly!
Foto de Louis Vest
La estrategia de quien estuviera detrás de ello era, según el investigador Thaddeus Grugq, publicar una gran cantidad de información imposible de analizar en el tiempo disponible antes de las elecciones, hacerlo justo antes de la jornada de reflexión para que los medios oficiales no pudieran desmentir nada, y aprovechar las redes sociales para hacer ruido y extender la propaganda (ibídem):

Package old intelligence data into an archive structured to appear like current Macron intel. Craft and amplify short scary narratives allegedly supported by evidence inside the leak – e.g. “Macron was in contact with a Mid East arms dealer, was he selling weapons to ISIS??” (reality: ISIS didn’t exist when the arms dealer sent those emails to someone not-Macron, and Macron was in school at the time.) Use the troll armies to amplify and promote the leak and the narratives. As soon as word of the massive leak, and the incendiary allegations, makes it out into the French consciousness the law will prohibit further analysis or discussion.
Era evidente que la filtración se produjo para influir en el resultado del sufragio. Ya había ocurrido algo similar en las elecciones estadounidenses del año pasado pero esta vez era demasiado descarado. En esta ocasión el titiritero había mostrado claramente los hilos, como si ya no necesitara esconderlos de las marionetas, convencido de que los cráneos de estas están totalmente huecos.

No será la última vez que tenga lugar una argucia de este tipo (aunque probablemente cambie la forma en la que se haga). Es el hecho que la sociedad civil siempre ha sido un objetivo relativamente indefenso de los gobiernos y las elites, los cuales aprovechan las nuevas plataformas de comunicación para sus planes:

Russia-linked cyber espionage campaigns, particularly those involving targeting around the 2016 U.S. elections, and more recently the 2017 French election, have dominated the media in recent months. As serious as these events are, often overlooked in both media and industry reports on cyber espionage is a critical and persistent victim group: global civil society.
A healthy, fully-functioning, and vibrant civil society is the antithesis of non-democratic rule, and as a consequence, powerful elites threatened by their actions routinely direct their powerful spying apparatuses toward civil society to infiltrate, anticipate, and even neutralize their activities. Unlike industry and government, however, civil society groups typically lack resources, institutional depth, and capacity to deal with these assaults. For different reasons, they also rarely factor into threat industry reporting or government policy around cyber espionage, and can be the silent, overlooked victims.
Como digo, nada de esto es nuevo. Desde siempre, los ciudadanos hemos tenido que guardarnos de las mentiras de nuestros propios mandatarios, así como de los embustes que llegan sobre ellos allende las fronteras:

In politics, the art of innuendo in the United States goes back to the birth of the nation in what were called "whispering campaigns." For example, rumors circulated that Thomas Jefferson was an atheist and had debauched a well-born Virginia belle, that Martin van Buren was the illegitimate son of Aaron Burr, that Andrew Jackson had lived with his wife before marriage, and that John Quincy Adams had acted as a pander for a Russian nobleman. The tradition continues into the modern era. In the 1970s, Richard Nixon's campaign staff hired "dirty tricksters" to spread rumors about leading Democratic candidates—rumors that many political analysts believe were at the heart of the withdrawal of front-runningEdmund Muskie from the presidential race.

[...] The use of factoids is also a common practice in campaigns against other nations. Adolf Hitler and his propaganda minister, Joseph Goebbels, mastered the art of what has been termed "the big lie." According to Nazi propaganda theory, one effective way to persuade the masses is to develop and repeat falsehoods—for example, "The German people are a master race; Europe is menaced by the Jewish conspiracy." Such big lies are difficult to prove false. For example, the fact that there is no evidence that a Jewish conspiracy exists is just further evidence regarding the cleverness of Jews. The big lie is then supported by many small but often irrelevant facts to make the big lie all that more believable—for example, some Jews own banks and Karl Marx, the founder of communism, was Jewish.
Pero no son solo los políticos quienes juegan a ser titiriteros. Cada uno de nosotros engulle diariamente toneladas de publicidad fabricadas por las marcas. Los personajes públicos, sean o no políticos, contratan asesores de imagen para moldear la percepción que tenemos de ellos. Personas con intereses comunes forman grupos de presión (lobbies, fundaciones, institutos, asociaciones, webs) para obtener privilegios, defender los que ya tienen o extender sus ideas económicas, políticas o religiosas. En el lugar de trabajo, nuestros compañeros y, especialmente, nuestros jefes, tratan de persuadirnos para que les ayudemos a alcanzar sus objetivos. En casa, nuestras parejas, hijos y amigos nos manipulan para que hagamos esto o aquello. A lo largo de nuestra vida todos estamos influidos por el zeitgeist.

No hay escapatoria. Incluso si estamos solos y aislados del resto de seres humanos cada uno de nosotros es su propio maestro de marionetas cuando cede a sus apetitos e instintos naturales, a los miedos que todos albergamos, a las ambiciones que nos impulsan.

Decía el Doctor Manhattan en Watchmen: «We're all puppets, Laurie. I'm just a puppet who can see the strings». Ese personaje de ficción se refería al determinismo de las leyes de la física, mientras que yo me refiero al control que los seres humanos tratamos de ejercer entre nuestros semejantes. En este caso el problema no es ver los hilos; todos sabemos que los políticos y los publicistas nos mienten para obtener algo de nosotros. El problema es conseguir ser inmune a sus tejemanejes. Por desgracia, el mero hecho de saber que el comunicador está tratando de influenciarnos no siempre nos protege de su mensaje:

A public opinion poll showed that the overwhelming majority of adult respondents believe television commercials contain untruthful arguments. Moreover, the results indicate that the more educated the person, the more skeptical, and that people who are skeptical believe their skepticism makes them immune to persuasion.

This might lead us to conclude that the mere fact of knowing a communicator is biased protects us from being influenced by the message. But [...] this is not always the case. Simply because we think we are immune to persuasion does not necessarily mean we are immune. For example, although attempts to teach children about advertising and its purposes have led to more skepticism about advertising, this skepticism seldom translates into less desire for advertised brands. Similarly, many adults tend to buy a specific brand for no other reason than the fact that it is heavily advertised.
Según Elliot Aronson, una de las razones de que esto ocurra es que solemos recibir esos mensajes cuando estamos distraídos, cansados o no nos apetece pensar. En esa situación nuestras defensas intelectuales no se despliegan, no nos esforzamos por refutar el mensaje y, como consecuencia, acabamos siendo convencidos. La publicidad es el ejemplo más obvio, con la política siguiéndole muy de cerca (en especial cuando la comunicación encaja con nuestros prejuicios o ideas).

Claro que ¿a quién le queda energías al final del día para informarse, contrastar y desmentir? Aronson termina su libro sobre el abuso de la propaganda con una lista de veinticuatro contramedidas pero todas ellas exceden las capacidades de una sola persona o exigen más esfuerzo del que un individuo común está dispuesto a invertir.

Todos somos marionetas y con frecuencia podemos ver los hilos. Lo que ocurre es que no hay un solo titiritero sino miles de ellos (incluyéndonos a nosotros mismos) y es muy difícil escapar de las cuerdas de todos.

lunes, 27 de junio de 2016

Lotocracia (y II)

Para Álex Guerrero, quien desarrolla su propuesta en un artículo que yo resumo aquí, la lotocracia tiene grandes ventajas. En primer lugar, suprime algunas fuentes clásicas de corrupción. Por ejemplo, como los miembros del gobierno no necesitan el favor de nadie para llegar al poder, no tienen deudas que saldar. A esto hay que sumar el hecho de que la elección aleatoria deja fuera de la ecuación la ambición política y la sed de poder por el poder. Finalmente, sube enormemente los costes de captación para los grupos de presión.

Foto de Jeremy Brooks
Además, este sistema es indudablemente más representativo: el parlamento aglutinaría un espectro mucho más amplio de experiencias vitales, ideas, creencias, clases sociales, estilos de vida y conocimiento. También es más igualitario ya que, aunque en teoría (casi) cualquier ciudadano puede optar a ser diputado en el sistema actual son aquellos con dinero, contactos y don de gentes (entre otras cosas) los únicos que realmente pueden optar a un asiento. En una lotocracia, por el contrario, nadie está mejor posicionado para mandar que otro. Finalmente, un sistema así puede permitirse el lujo de tener una visión política a largo plazo al no necesitar resultados inmediatos de cara a la reelección, lo cual permitiría tomar decisiones que no hipotecaran nuestro futuro.

Un propuesta como esta sin duda encontraría una gran oposición, y no solo por parte de aquellos a los que se les acabaría el chollo. La objeción más probable seguramente estaría relacionada con la competencia: solo Dios sabe qué destino le aguardaría a un país gobernado por forococheros, canis, espectadores y participantes de Hombres, mujeres y viceversa, y demás fauna. A esto hay al menos dos respuestas posibles. Primero, que el argumento de la falta de competencia supone que los políticos actuales son capaces de tomar mejores decisiones que un grupo de ciudadanos elegido al azar, algo que, hasta donde yo sé, no ha sido demostrado empíricamente (si creen que eso es algo evidente en sí mismo les remito a nuestra discusión sobre los expertos). Segundo, se podrían establecer unos requisitos mínimos de educación para ser elegible (aunque eso sería un debate en sí mismo). En cualquier caso, la idea de Guerrero incluye un periodo previo de formación en aquel aspecto en el que vaya a centrarse la legislatura.

Otro inconveniente tiene que ver con la política exterior y la incertidumbre sobre qué pasaría si gente llana tuviera que interactuar con políticos experimentados. Cabe pensar que los primeros podrían ser engañados fácilmente por estos últimos, más acostumbrados a la negociación y más duchos en la manipulación en general. Una dificultad adicional es que, como hemos dicho, los ciudadanos elegidos habrían de ser formados previamente para poder legislar, lo que introduce el dilema acerca de qué expertos se eligen para formarles. Este es un aspecto especialmente en importante en economía, donde la ideología aún juega un papel primordial.

Como último inconveniente encontramos que, si reemplazamos las elecciones por la alternativa lotocrática, aquellos que nunca resultan elegidos en el sorteo pierden todo su poder político. En un país de más de cuarenta millones de personas y trescientos cincuenta escaños como España, las probabilidades de un ciudadano de ser elegido en alguna legislatura a lo largo de su vida serían bastante escasas. Recordemos, no obstante, que la lotocracia no está reñida con las elecciones u otro tipo de votaciones.

A mí me encantaría probar este sistema. Como informático, he aprendido a amar la aleatoriedad ya que, utilizada juiciosamente, puede reportarnos grandes beneficios. En inteligencia artificial, por ejemplo, el azar se utiliza para evitar lo que se llaman «máximos locales», esto es, soluciones óptimas que no son la mejor de entre todo el abanico de soluciones posibles, sino solo de una pequeña parte de ese conjunto. La aleatoriedad es la base también de la evolución natural y otros sistemas naturales. Nassim Taleb describe más usos del azar en su último libro (énfasis en el original):

The idea of injecting random noise into a system to improve its functioning has been applied across fields. By a mechanism called stochastic resonance, adding random noise to the background makes you hear the sounds (say, music) with more accuracy. We saw earlier that the psychological effect of overcompensation helps us get signals in the midst of noise; here it is not psychological but a physical property of the system. Weak SOS signals, too weak to get picked up by remote receptors, can become audible in the presence of background noise and random interference. By adding to the signal, random hiss allows it to rise sufficiently above the threshold of detection to become audible—nothing in that situation does better than randomness, which comes for free.

Consider the method of annealing in metallurgy, a technique used to make metal stronger and more homogeneous. It involves the heating and controlled cooling of a material, to increase the size of the crystals and reduce their defects. [...] the heat causes the atoms to become unstuck from their initial positions and wander randomly through states of higher energy; the cooling gives them more chances of finding new, better configurations.

[...] Inspired by the metallurgical technique, mathematicians use a method of computer simulation called simulated annealing to bring more general optimal solutions to problems and situations, solutions that only randomness can deliver.
No es de extrañar, por tanto, que Taleb abogue también por un sistema lotocrático (ibídem):

[W]e should have citizens randomize the jobs of rulers, naming them by raffles and removing them at random as well. That is similar to simulated annealing—and it happens to be no less effective. It turned out that the ancients—again, those ancients!—were aware of it: the members of the Athenian assemblies were chosen by lot, a method meant to protect the system from degeneracy. Luckily, this effect has been investigated with modern political systems. In a computer simulation, Alessandro Pluchino and his colleagues showed how adding a certain number of randomly selected politicians to the process can improve the functioning of the parliamentary system.

A mi juicio, la lotocracia comparte una característica con el capitalismo: explotar el egoísmo de la gente. Para la mayor parte de los españoles, un sueldo a partir de cincuenta mil euros anuales (lo que cobran los diputados españoles) es mucho más de aquello a lo que podrán aspirar en su vida, máxime si tenemos en cuenta la gran cantidad de paro que tenemos. Ciertamente, algunas personas saldrían perdiendo con el cambio, pero eso podría incluso ser buena cosa: desplazaría el foco actual centrado en los problemas de los más ricos hacia la base de la pirámide de población. En cualquier caso, también hay que considerar que dejar nuestro trabajo actual durante cuatro años puede hacerle un flaco favor a nuestra carrera profesional, especialmente si trabajamos en un área que cambia rápidamente y donde en pocos meses uno se queda atrás.

Quien quiera poner a prueba un sistema así en España obviamente tendrá que ponerse en lo peor. Deberá asumir, verbigracia, que todos los ciudadanos elegidos por sorteo se dedicarán a enriquecerse con comisiones ilícitas, que serán ignorantes y no estarán interesados en aprender, o que tomarán malas decisiones a propósito, solo para fastidiar. Aún así, yo creo que hay suficientes maneras posibles de implementar la lotocracia como para poder sacarle partido.

lunes, 20 de junio de 2016

Lotocracia (I)

La semana que viene los españoles tenemos de nuevo la oportunidad de elegir a nuestros representantes en el Congreso y el Senado. Otra vez han llegado a cada casa papeletas de los partidos con una lista de nombres que, salvo los primeros de la misma, son prácticamente desconocidos para la mayoría. La fama de estos interfectos parece ir pareja con su importancia pues, como escribe César Vidal, en el sistema electoral actual todas esas personas no son realmente importantes:

Con el actual sistema proporcional, en las campañas electorales españolas lo único relevante son los líderes de los partidos. Los demás miembros de la lista cerrada y bloqueada son ceros a la izquierda, ilustres desconocidos a los que a nadie importa qué piensan o qué dicen. Se cumplen los ciclos electorales uno tras otro y sigue sin saberse si piensan o si dicen. [...] La lealtad básica en un sistema mayoritario de circunscripciones uninominales va del cargo electo a sus electores, no del cargo electo hacia su partido. En un sistema proporcional, por razones obvias, la lealtad va al partido.
Foto de Tomasz Krawczak
De pequeño me preguntaba (y no creo que haya sido el único) por qué había que elegir a unos pocos para gobernar el país, y por qué estos no preguntaban al resto de los ciudadanos su opinión cuando tomaban decisiones. Me preguntaba, en definitiva, por qué tenemos una democracia representativa en lugar de una democracia directa. Esta última parece la forma más pura (por así decirlo) de democracia: todo el mundo tiene voz y voto, todas las personas tienen la misma importancia y cantidad de poder, y todos los puntos de vista están contemplados.

Hasta la popularización de internet la respuesta más obvia es que no era posible en la práctica implementar un sistema directo cuando la ciudadanía la forman decenas de millones de personas. Incluso aunque ahora buena parte de la población esté conectada algunas personas seguirían excluidas, por no hablar de que la seguridad informática no ha madurado lo suficiente como para garantizar la integridad del proceso y los resultados. Supongamos no obstante, por mor del argumento, que se pudiera hacer política directamente a través de nuestro navegador de forma fiable. ¿Qué razones podrían aducirse para seguir optando por una democracia representativa?

Quizá el argumento más importante a favor de los representantes políticos sea el epistémico, relacionado con la especialización y la división del trabajo. De igual forma que llamamos a un fontanero para arreglar las cañerías y a un mecánico para arreglar el coche, actualmente tenemos a un conjunto de personas cuyo campo de especialización son los problemas políticos. Estas personas dedican (en teoría) todo su tiempo a aprender aquello que es relevante sobre los asuntos de la nación y pueden (de nuevo, en teoría) tomar decisiones informadas. Imaginen que después de llegar a casa tras doce horas de trabajo tuvieran ustedes que informarse para votar al día siguiente sobre una nueva ley que especifica las sustancias químicas permisibles en los alimentos en conserva.

La idea de optar por políticos para gobernar por nosotros descansa en la tesis de que estos profesionales, gracias a su formación y especialización, son capaces de tomar mejores decisiones para el país que el ciudadano medio. Sin embargo, la práctica nos hace ver que hay mucho margen para el escepticismo. No tenemos, verbigracia, ninguna prueba de que estos prohombres sean de una inteligencia o virtud moral superior a la media, dos cualidades que probablemente sean deseables en jefes de gobierno. En muchos casos tampoco tienen el conocimiento especializado que se necesita para tomar buenas decisiones, como muestra el hecho de que justifican la labor de los lobbies argumentando que un político no puede saberlo todo sobre todo. También parece ocurrir que las cualidades técnicas que aprende un político a lo largo de su carrera no están tan relacionadas con el buen gobierno como con la capacidad de abrirse paso en el partido y lograr convencer a los ciudadanos de que voten por él. Una vez en el poder, las decisiones que toman estas personas tienen múltiples sesgos, desde el pago de favores hasta la corrupción simple y llana, pasando por el sempiterno compadreo.

La causa principal de la corrupción y el mal gobierno es, probablemente, que los políticos no tienen una responsabilidad real. Salvo para quienes aman el poder en sí mismo y aquellos que buscan enriquecerse con la política, poca diferencia hay –creo yo– entre estar en el Gobierno o en la oposición. Los miembros de cualquier partido político pueden arruinar el país entero sin que les afecte de forma importante. No se juegan nada.

Pero incluso aunque existiera un sistema de castigo directo en caso de hacerlo mal (pongamos por caso, una buena tanda de latigazos) seguiríamos encontrándonos con tres problemas, a saber: que los ciudadanos desconocemos qué hacen nuestros políticos la mayor parte del tiempo, que somos unos completos ignorantes en la mayoría de asuntos que un gobierno debe tratar y que ese desconocimiento nos incapacita para evaluar la actuación de un político, pues no podemos saber si sus decisiones han sido correctas o no.

Hay muchas formas de gobierno, algunas de ellas estupendamente descritas por Luis Tarreta en su blog. Yo les hablaré hoy de un sistema utilizado en la antigua Grecia y en las ciudades-república italianas de la época medieval y renacentista que descubrí gracias a Álex Guerrero, un profesor de filosofía de la Universidad de Pensilvania.

Imaginen que esa carta que a veces nos llega para ser miembro de una mesa electoral no fuera para fastidiarles el domingo, sino para ser miembro del Gobierno en la siguiente legislatura. Durante los siguientes cuatro años su única fuente de ingresos sería el trabajo que realicen como políticos. Pasarían un periodo de formación en el que aprenderían lo necesario para desarrollar su trabajo legislativo, y mientras formaran parte del gobierno serían instruidos por un panel de expertos en todo aquel asunto sobre el que fuera necesario legislar.

Esa es, en pocas palabras, la definición de lotocracia: la elección aleatoria de los miembros del parlamento mediante sorteo. Partiendo de esta premisa básica, los detalles de su implementación pueden variar. Los miembros elegidos al azar pueden reemplazar completamente a los políticos actuales o formar una cámara aparte con capacidad de veto. Su función podría centrarse en todos los aspectos del gobierno de la nación o enfocarse en un pequeño conjunto de ellos por legislatura. También podría haber varias cámaras de este tipo, cada una dedicada a un solo asunto. Podrían legislar directamente o solo hacer propuestas que fueran desarrolladas por los políticos tradicionales. Los miembros de esta cámara de representantes podrían renovarse totalmente al terminar el mandato o solo en parte. Etcétera, etcétera.

En el próximo artículo veremos algunas de las ventajas y desventajas teóricas de este sistema de gobierno.

Continuará.

lunes, 15 de junio de 2015

Pactar con el diablo (y II)

Las desventajas del sistema mayoritario son tan evidentes como sus ventajas. En primer lugar, de acuerdo con el marco schumpeteriano de la política como mercado dos únicos partidos compitiendo constituyen un oligopolio, con todo lo que ello conlleva. Al menos en España, cunde la sensación de que los dos grandes partidos sencillamente se turnan en el poder para enriquecerse de forma personal. Así describía Pérez Galdós el bipartidismo español hace más de cien años:

Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos…
Foto de Xaf
Otra característica de este oligopolio es la reducción en la oferta, en este caso de leyes y políticas. Para ganar las elecciones generales es necesario persuadir al votante medio del espectro ideológico imperante, por lo que el candidato de la derecha tiene que girar un poco a la izquierda y el de la izquierda tiene que inclinarse hacia la derecha (moderarse, creo que lo llaman). Cuando se lucha por el votante medio ambos partidos acaban ofreciendo más o menos lo mismo y el argumento político, como dice Michael Sandel, «consiste principalmente en hablar a gritos en la televisión por cable, verter la ponzoña partidista en las tertulias de la radio y excitar las disensiones ideológicas en los pasillos del Congreso». Este tipo de competencia partidista agudiza el conflicto político y –paradójicamente– aleja a los votantes cada vez más del centro. Al menos en Estados Unidos, ello está llevando a una polarización nunca antes vista.

Por último, no hay que olvidar los altos costes de entrada que supone un oligopolio. De la misma forma que es altamente improbable que un nuevo operador de telecomunicaciones creado de cero logre una cuota de mercado significativa, es muy difícil que en un sistema mayoritario aparezcan nuevos partidos que desbanquen a los actuales. La mejor oportunidad para los nuevos partidos es ocupar el lugar dejado por uno de los mayoritarios tras su caída, como ocurrió con el Partido Republicano tras el desmembramiento del partido Whig en los Estados Unidos.

El argumento a favor del sistema representativo proporcional fue desarrollado por John Stuart Mill en su ensayo de 1861 titulado Considerations on Representative Government:

In a representative body actually deliberating, the minority must of course be overruled; and in an equal democracy, the majority of the people, through their representatives, will outvote and prevail over the minority and their representatives. But does it follow that the minority should have no representatives at all? ... Is it necessary that the minority should not even be heard? Nothing but habit and old association can reconcile any reasonable being to the needless injustice. In a really equal democracy, every or any section would be represented, not disproportionately, but proportionately. A majority of the electors would always have a majority of the representatives, but a minority of the electors would always have a minority of the representatives. Man for man, they would be as fully represented as the majority. Unless they are, there is not equal government ... there is a part whose fair and equal share of influence in the representation is withheld from them, contrary to all just government, but, above all, contrary to the principle of democracy, which professes equality as its very root and foundation.
Para Mill, un sistema representativo lo es en tanto en cuanto representa a todos los sectores de la sociedad. Como él mismo dice, si uno de los pilares de la democracia es la igualdad de derechos, entonces las voces de todos los ciudadanos deberían estar presentes en el gobierno. Cabe argumentar que esto tiene la ventaja añadida de animar a la gente a participar en política, pues es argüible que los ciudadanos opten por no votar si saben de antemano que no van a lograr que haya en el parlamento un representante que defienda sus intereses.

Donde el sistema mayoritario ofrece competencia y discusiones, el representativo propone colaboración y deliberación. Esto queda reflejado incluso en la disposición de las cámaras de representantes: mientras que la Cámara de los Comunes consiste en dos bancadas situadas frente a frente (simbolizando oposición y enfrentamiento), la disposición de los parlamentos de sistemas representativos tiende a ser un hemiciclo (símbolo de colaboración).

No obstante las ventajas teóricas mencionadas, para mí, la mayor ventaja del sistema representativo es lo que muchos critican como su mayor fallo: el poder desproporcionado que a veces logran los partidos pequeños.

Una crítica habitual de la democracia es el problema de la «tiranía de la mayoría», término que se asocia habitualmente con John Stuart Mill o Alexis de Tocqueville (de cuyo trabajo Mill se nutre), aunque ya había sido empleado anteriormente por otros ilustres personajes, como el segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams. Este concepto fue discutido por el Padre fundador y cuarto presidente de los Estados Unidos James Madison en uno de los Papeles Federalistas (en concreto el número diez). En él se plantea la cuestión de cómo puede un gobierno gestionar los problemas que surgen en un sistema político en el que las decisiones son tomadas por mayoría.

Uno de tales problemas es el riesgo de defección de las facciones minoritarias. ¿Qué sentido tiene participar en un sistema en el que uno sale siempre perdiendo? ¿No saldría más a cuenta rebelarse y tratar de acabar con el sistema existente? Otro problema tiene que ver con la persecución y opresión de las minorías por parte de la mayoría. Por poner un ejemplo estúpido: una mayoría formada por personas diestras podría votar a favor de una ley que prohíba a los zurdos beber alcohol.

La solución de Madison a la tiranía de la mayoría es lo que se conoce hoy como cross-cutting cleavages. Supongamos que la única decisión política del gobierno representativo fuera qué habrá para comer, si carne o pescado, y que todos tuviéramos que comer lo mismo. Imaginemos que la mayoría prefiere la carne. Siendo así, los partidarios del pescado saldrían perdiendo una y otra vez. En este caso, la mayoría oprime a la minoría.

Supongamos ahora que, además de decidir qué hay para comer, los ciudadanos pueden decidir a través de sus representantes qué hay para beber, si agua o vino. Tendríamos entonces cuatro facciones (carne con vino, carne con agua, pescado con vino y pescado con agua). En esta situación puede darse el caso de que sigamos sin poder comer pescado, pero que al menos tengamos vino para ahogar las penas.

Según vamos añadiendo más y más decisiones (postre, entrantes, acompañantes, etcétera) nuestro sitio en la mayoría o en la minoría irá cambiando más a menudo. Cuantas más personas formen parte de la comunidad política, más opciones se solaparán y menos probable es que una minoría salga perdiendo todo el tiempo en todo. Además, al crecer el número de cuestiones a dilucidar más factible es que nuestro representante pueda –en ciertas ocasiones– negociar con el resto de parlamentarios para conseguirnos algo de lo que queremos (por ejemplo, helado de postre) a cambio de su apoyo puntual a otras facciones en asuntos que no nos interesan (por ejemplo, pan con forma de baguette). Así, los pactos son la base de la organización política y la estabilidad democrática. El propio Madison escribió:

The smaller the society, the fewer probably will be the distinct parties and interests composing it; the fewer the distinct parties and interests, the more frequently will a majority be found of the same party; and the smaller the number of individuals composing a majority, and the smaller the compass within which they are placed, the more easily will they concert and execute their plans of oppression. Extend the sphere, and you take in a greater variety of parties and interests; you make it less probable that a majority of the whole will have a common motive to invade the rights of other citizens; or if such a common motive exists, it will be more difficult for all who feel it to discover their own strength, and to act in unison with each other.
Por tanto, un sistema proporcional garantiza (de nuevo, en teoría) que algunas veces saldremos ganando y otras veces saldremos perdiendo. Los pactos de gobierno son la manera de que las minorías también pueden ver satisfechas sus demandas y estén protegidas de la tiranía de la mayoría, de manera que se mantengan dentro del sistema establecido. La presencia simultánea de varios partidos políticos pone un poco de aleatoriedad y hace posible que no todos tengamos que comer lo mismo continuamente.

James Forder, un economista de Oxford autor de un libro en contra de un sistema representativo para Gran Bretaña, retrata así la democracia:

Democracy [...] is always, and ever will be, an imperfect system. However well it works, it gives no guarantees of good or acceptable policy. In trying to make it work, we cannot ever assess voter preferences fully and we cannot ever give an unambiguously accurate translation of preferences into parliamentary representation. It is bound to be politicians, rather than saints, who make up our parliaments and we cannot ever quite trust them. Politicians will scheme for advantage; when things go wrong, they will try to shift blame and when they go right, claim credit.
Siendo este el orden de las cosas parece que, en lo relativo al sistema electoral, lo único a lo que podemos aspirar es a lograr cierto equilibrio que nos satisfaga entre ventajas e inconvenientes. A mi juicio, la postura que adoptamos en estas situaciones reflejan nuestra visión del mundo. Aquellos que conciben la política como un enfrentamiento preferirán el sistema mayoritario, mientras que quienes la enfocan como un esfuerzo colaborativo presumiblemente prefieran un sistema representativo. Para algunos la participación de los ciudadanos en política es un coste, mientras que otros lo ven como un beneficio. Si somos personas que no se llevan bien con la incertidumbre puede que prefiramos el sistema mayoritario, gracias al cual sabremos qué ocurrirá según quién gane y no tendremos ante nosotros un futuro incierto dependiente de pactos. Si estamos afiliados al partido que más votos ha recibido y este no puede gobernar por una coalición de partidos contrarios, el sistema proporcional nos parecerá una aberración. Etcétera, etcétera.

¿Es un sistema más democrático que el otro? Bueno, eso ya depende de la definición concreta de democracia.

lunes, 8 de junio de 2015

Pactar con el diablo (I)

Fuera por aburrimiento o porque la profesora tratara de enseñarnos algo, hubo un año en el que las elecciones a delegado de clase se anunciaron con algunos días de antelación y se nos conminó a hacer campaña electoral. Por aquel entonces tendríamos unos nueve años. Imitando a los mayores, durante el recreo algunos candidatos repartieron propaganda electoral. Fieles a su papel abundaban las promesas imposibles, como la de eliminar todos los deberes y los éxamenes, alargar el recreo o establecer una hora de la siesta. Aquello, si la memoria no me falla, terminó en empate entre dos candidatos y hubo que hacer una segunda vuelta. De lo prometido por el ganador, por supuesto, jamás se supo nada.

Foto de UK Parliament
Ignoro cómo se hacía en otros colegios, pero en el mío el sistema de elección del delegado era del tipo «único ganador por mayoría simple»: aquel que recibía mayor número de votos era declarado (a menudo muy a su pesar) vencedor. Nunca se nos ocurrió pensar que un compañero por el que había votado menos del veinte por ciento de la clase no nos representara. En realidad nos daba igual; todo el mundo sabía que el delegado no servía para nada. Como mucho podía ejercer de chivato aquellas veces en que el profesor se ausentaba unos minutos y le sacaba a la pizarra a anotar los nombres de quienes no guardaran silencio.

Como ya sabrán, en una democracia representativa hay dos formas principales de repartir los asientos de la cámara de representantes. Por un lado tenemos los sistemas de ganador único y circunscripciones uninominales, aquellos en los que el ganador de un puesto en la asamblea legislativa es el candidato con mayor número de votos (más o menos, como la elección del delegado de clase). Es el sistema típico de países anglosajones y rige, verbigracia, en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá o la India. Los países europeos y buena parte de latinoamérica, por el contrario, tienden a emplear sistemas representativos, aquellos en los que las divisiones del electorado se reflejan proporcionalmente en el cuerpo elegido. Por ejemplo, si el treinta por ciento del electorado apoya a un partido político en particular, entonces más o menos el treinta por ciento de los escaños serán para ese partido.

Allá por la década de los cincuenta y sesenta de siglo pasado, el sociólogo francés Maurice Duverger estableció un nexo entre el sistema electoral y el sistema de partidos resultante. El efecto, ley o principio de Duverger sostiene que el sistema de circunscripciones uninominales resulta en un sistema bipartidista (siempre y cuando el electorado de cada distrito sea representativo del país en su conjunto), mientras que la representación proporcional crea el caldo de cultivo para la profileración de partidos.

Las ventajas (teóricas) del sistema mayoritario son numerosas. Para empezar, se tiene más conocimiento sobre aquel al que se está votando. Como hay un solo candidato por partido es más fácil formarse una opinión sobre quién merece nuestro voto, mientras que en los sistemas proporcionales se presentan listas de personas, con el resultado de que a menudo solo sabemos algo de quien encabeza dicha lista. Por otro lado, si nuestro candidato sale elegido sabemos de antemano qué políticas implementará, pues no necesitará pactos ni negociaciones para legislar, algo que en un sistema proporcional no es posible si no hay mayoría absoluta. En dichos sistemas, partidos con una pequeña representación pueden obtener grandes primas a cambio de su ayuda. Si las elecciones han resultado en un cuarenta y nueve por ciento de votos para el Partido A, un cuarenta y nueve por ciento de votos para el Partido B, y un dos por ciento de votos para el Partido C, entonces el Partido C puede imponer su agenda a cambio de su apoyo a alguno de los otros dos partidos. Esto quiere decir que, en la práctica, ese dos por ciento de personas que votaron por el Partido C tiene tanto poder como el cuarenta y nueve por ciento que votó por el A o el B, algo que, efectivamente, suena injusto. Esta situación se da habitualmente en Israel, donde pequeños partidos religiosos tienen una influencia desproporcionada, pues se les necesita para formar una coalición de gobierno.

En su libro Qué hacer con España, César Vidal se apoya en los dos argumentos anteriores para proponer un cambio en la ley electoral española que implemente el sistema mayoritario en lugar del actual representativo:

[A] mí me parece mucho más adecuado un sistema mayoritario en el que todos los candidatos tengan que disputar la elección en circunscripciones uninominales. Con el actual sistema proporcional, en las campañas electorales españolas lo único relevante son los líderes de los partidos. Los demás miembros de la lista cerrada y bloqueada son ceros a la izquierda, ilustres desconocidos a los que a nadie importa qué piensan o qué dicen. Se cumplen los ciclos electorales uno tras otro y sigue sin saberse si piensan o si dicen. [...] La lealtad básica en un sistema mayoritario de circunscripciones uninominales va del cargo electo a sus electores, no del cargo electo hacia su partido. En un sistema proporcional, por razones obvias, la lealtad va al partido.
Y continúa:

[E]n los sistemas mayoritarios [...] la seriedad del programa electoral y, sobre todo, su cumplimiento tiene una importancia capital, porque no sólo los partidos sino cada uno de los cargos electos responden de su cumplimiento ante sus electores. Esto ya supone, en mi opinión, una clara ventaja frente a los sistemas proporcionales en los que las responsabilidades directas quedan más diluidas.
Otras ventajas que se pueden aducir de este sistema es que filtra las opciones populistas o demagógicas, y que, a lo largo del tiempo, hay alternancia entre las dos opciones (siempre que se trate de una auténtica democracia y no un régimen dictatorial disfrazado). Dicha alternancia encarna las ideas de Joseph Schumpeter acerca de la democracia. Explica Ian Shapiro que este economista veía la competencia en política tan necesaria como en economía, tanto por razones de eficiencia como de control de los abusos que conlleva el monopolio natural del poder. Según Schumpeter, los partidos políticos compiten por el voto de los ciudadanos, los cuales saldrían beneficiados de esta competencia como consumidores de leyes. Por otra parte, dado que (de nuevo, en teoría) la mayor parte de los votos se sitúa en la zona central del espectro de votantes, el sistema mayoritario es páramo yermo para los partidos más extremistas y las posiciones más radicales.

Continuará

lunes, 1 de junio de 2015

La paradoja del voto

Ignoro la razón para ello pero casi siempre que intenta explicarse algún tipo de problema matemático de la forma más sencilla posible se recurre a las frutas. Ya saben: si yo tengo tres manzanas y me como dos manzanas, etcétera, etcétera. Siguiendo esta tradición, Scott E. Page utiliza la manzana, el plátano y el coco para ilustrar un clásico problema sobre preferencias en su curso Model Thinking.

Supongamos, dice el profesor Page, las siguientes preferencias de tres personas, donde el símbolo «mayor que» significa que se prefiere la fruta de la izquierda antes que la de la derecha:
Imagen de Wikimedia

1. Manzana > Plátano > Coco
2. Plátano > Coco > Manzana
3. Coco > Manzana > Plátano

Si ahora tratamos de calcular qué es «lo que quiere la gente» agregando sus gustos, esto es, contando las veces que se prefiere la manzana al plátano, el coco a la manzana y el coco al plátano, el resultado es el siguiente (el lector puede efectuar sus propios cálculos para corroborar que es correcto):

Coco > Manzana > Plátano > Coco

Estas preferencias colectivas resultantes son irracionales en el sentido de que no son transitivas, es decir, no son consistentes. La fruta favorita por consenso no debería depender de con qué otra fruta se compare.

Que la no transitividad de las preferencias sea irracional puede ser discutible. En cualquier caso lo importante aquí es que, al sumar las preferencias racionales (es decir, transitivas) de varias personas, entramos en un bucle en el que los deseos de la mayoría entran en conflicto (siendo las preferencias colectivas irracionales). Es lo que se conoce como paradoja del voto o paradoja de Condorcet, en honor al matemático, filósofo y científico social francés Marqués de Condorcet, quien descubrió este tipo de circularidad en 1785. Por qué es una paradoja y por qué se conoce como «del voto» es evidente si sustituimos las frutas por candidatos electorales, tal como hace John Allen Paulos en su libro El hombre anumérico:

Consideremos tres candidatos que se presentan para un cargo público, a los que llamaré Dukakis, Gore y Jackson en conmemoración de las elecciones primarias de los demócratas en 1988. Supongamos que la preferencia de un tercio de los electores ordena los candidatos así: Dukakis, Gore, Jackson; que otro tercio los ordena: Gore, Jackson, Dukakis, y que el tercio restante los prefiere en el orden Jackson, Dukakis, Gore. Hasta aquí, nada que decir.
Pero si examinamos los posibles emparejamientos de los candidatos, nos encontraremos con una paradoja. Dukakis se jactará de que dos tercios del electorado le prefieren a Gore, a lo que Jackson contestará que dos tercios del electorado le prefieren a Dukakis. Finalmente, Gore podrá decir que dos tercios del electorado le prefieren a Jackson. Si las preferencias sociales se determinan por votación, «la sociedad» prefiere Dukakis a Gore, Gore a Jackson, y Jackson a Dukakis. Así pues, aun en el caso de que las preferencias de todos los votantes sean consistentes (es decir, transitivas: cualquier elector que prefiera X a Y e Y a Z, prefiere también X a Z), no se infiere necesariamente que las preferencias sociales, determinadas por la regla de la mayoría, hayan de ser también transitivas.
Ya en el siglo XX, el economista norteamericano Kenneth Arrow demostró que, dados ciertos supuestos (entre ellos: libertad de elección individual, que unas alternativas no dependan de la existencia de otras, o que no haya un dictador que determine las preferencias colectivas), no hay escapatoria a esta paradoja. Su conclusión, que contribuyó a que ganara el premio Nobel de economía en 1972, se publicó en un ensayo titulado A difficulty in the concept of social welfare y se conoce como el teorema de imposibilidad de Arrow (ibídem Paulos):

El economista Kenneth Arrow ha demostrado una generalización muy potente según la cual todos los sistemas de votación se caracterizan por presentar alguna situación parecida a la anterior. En concreto, demostró que no hay ningún modo de derivar las preferencias colectivas a partir de las individuales que garantice plenamente las cuatro condiciones mínimas siguientes: las preferencias colectivas han de ser transitivas; las preferencias individuales y sociales se han de limitar a alternativas asequibles, si todos los individuos prefieren X a Y, entonces la colectividad también ha de preferir X a Y, y las preferencias colectivas no son determinadas automáticamente por las preferencias de un solo individuo.
La simplificación del teorema de Arrow suele entenderse en el sentido de que ningún sistema de votación es justo salvo la dictadura, lo cual no es técnicamente cierto. En cualquier caso, paradojas electorales como esta pueden suponer un problema en las elecciones democráticas ya que el resultado de las mismas no puede sino ser intransitivo. Por consiguiente, siempre habrá conflictos. No parece, pues, que exista tal cosa como el consenso social.

No obstante, no todo está perdido. El propio Marqués de Condorcet desarrolló un método para elegir a una persona entre un grupo de candidatos. En un artículo sobre los temas desarrollados aquí, Luis Tarrafeta nos explica:

Aunque el método de cálculo es un poco farragoso (aunque una broma para la potencia de cálculo de los ordenadores actuales), para el votante no lo es en absoluto. Sencillamente hay que hacer que cada votante ponga todos los candidatos según su orden de preferencia. Además, se permiten los empates.
La principal ventaja de este método es que el ganador no es el que más votos recibe, sino el que más consenso encuentra a su favor. De hecho, es perfectamente posible que gane un candidato que no sea el preferido de nadie, siempre que cuente con una aprobación suficiente.
Por otro lado, dado que el teorema de Arrow descansa en varios supuestos, si alguna de las condiciones que se plantean no se cumplen, esa conclusión de imposibilidad de elección social transitiva ya no se sostiene. Para que eso ocurra puede darse el caso, verbigracia, de que las preferencias individuales estén restringidas de alguna manera. Como explica John D. Barrow:

Se puede evitar la imposibilidad de Arrow si las preferencias de los votantes exhiben cierto grado de semejanza y existe una tendencia en la opinión pública. [Amartya] Sen llamó a un conjunto de preferencias de votantes restringida en valor, si todos los votantes están de acuerdo en que hay alguna alternativa que nunca es la mejor, intermedia o peor para todo conjunto de tres alternativas (y análogamente para cualquier número de votantes y alternativas).
Otra posibilidad expuesta por Barrow es esconder la cabeza en el agujero de la probabilidad; quizá sea muy improbable que surja la paradoja. A este respecto, se puede demostrar matemáticamente que cuando aumenta el número de votantes la probabilidad de que surjan paradojas crece solo ligeramente, mientras que si lo que crece es el número de alternativas, entonces las paradojas son casi inevitables.

La tercera vía de escape es que cada elección hecha por los votantes no sea igualmente probable, lo que suele ser el caso en la práctica (por ejemplo, hay candidatos que solo reciben el voto que se dan a sí mismos). Y existe una última posibilidad que tiene la ventaja adicional de ser a prueba de estrategias electorales: dejar el resultado en manos del azar. Eso cuadraría en parte con la visión de aquellos votantes que, como mi abuela, se declaran incapaces de determinar quién es el menos malo. Cuando no hay una opción racional meridianamente clara un poco de aleatoriedad puede ser una respuesta adaptativa a largo plazo.

Barrow concluye su capítulo sobre Condorcet y Arrow diciendo:


[L]a tendencia hacia un futuro en el que las elecciones humanas se puedan sumar casi instantáneamente para dar a los miembros de las democracias mayores opciones en el modo en que son gobernados, o en los productos que están a su disposición, hace que, en cierto modo recóndito, el futuro sea menos racional, a no ser que se coloquen restricciones particulares sobre los electores y su variedad de opciones.
Los resultados de las últimas elecciones en España ponen de manifiesto el atractivo aparente de una menor variedad de opciones. Ahora que el gobierno de varios ayuntamientos y comunidades depende de pactos y alianzas (con todos los tejemanejes que eso conlleva) hay quien –como uno de mis compañeros de trabajo– defiende las elecciones a dos vueltas de tal manera que, en la práctica, solo se pueda elegir entre dos partidos. Ahora bien, como sucede con tantas otras cosas, sobre esto es ridículo e irrazonable pronunciarse sin haber reflexionado especialmente, cosa que haremos en el próximo «episodio».

lunes, 25 de mayo de 2015

La ética del voto

Hace ahora un año había elecciones y expuse ciertos argumentos a favor del voto. Doce meses después, los españoles tenemos de nuevo la oportunidad de ir a las urnas y mi opinión al respecto no ha cambiado. No digo que votar debiera ser obligatorio; esa es una cuestión muy diferente. En este país, quien no quiere participar en la votación está en su derecho, como lo está de no leer un libro en su vida. Lo que sí creo es que, entre el voto o la abstención, a mi juicio es mejor votar, por las razones que ya expuse. Añádanse a ellos el que, al fin y al cabo, los impuestos te los van a cobrar en cualquier caso. ¿No preferirías opinar sobre dónde van a parar? (Si bien, por desgracia, en la práctica siempre acaban en el mismo sitio: el bolsillo de unos pocos.) Reconozco, no obstante, que desconozco los mejores argumentos de los abstencionistas, por lo que no estoy en posición de criticar.

Imagen de Scott Maxwell
En este ínterin electoral di con cierto artículo escrito por Jason Brennan sobre la ética del voto, resumen de un libro del mismo título publicado por el mismo autor. Es un buen artículo y les recomiendo su lectura, principalmente porque aquí citaré partes del mismo y, por la ínsita naturaleza de la cita, parte del contexto se perderá, lo que puede dar lugar a equívocos. Otra advertencia que debo al lector es señalar que no he leído el libro de Brennan, solo la entrada en su blog, por lo que puede que algunos de los comentarios que haga aquí estén perfectamente refutados en su obra.

Siempre que yo esté interpretando correctamente su punto de vista, la idea principal de Brennan es que uno no tiene la obligación moral de votar y que, si decide hacerlo, debería hacerlo «bien», esto es, de forma informada y sensata, no de cualquier manera y «porque sí»:

I argue that citizens have no standing moral obligation to vote. Voting is just one of many ways one can pay a debt to society, serve other citizens, promote the common good, exercise civic virtue, and avoid free-riding off the efforts of others. Participating in politics is nothing special, morally speaking.
However, I argue that if citizens do decide to vote, they have very strict moral obligations regarding how they vote. I argue that citizens must vote for what they justifiedly believe will promote the common good, or otherwise they must abstain.
La justificación para tal aserción es sencilla: nuestro voto afecta a los demás (sea para bien o para mal) y hay muchas cosas importantes en juego como para elegir la papeleta a la ligera. El voto bueno es el voto informado, y eso requiere esfuerzo:

[V]oters should vote on the basis of sound evidence. They must put in heavy work to make sure their reasons for voting as they do are morally and epistemically justified. In general, they must vote for the common good rather than for narrow self-interest. Citizens who are unwilling or unable to put in the hard work of becoming good voters should not vote at all. They should stay home on election day rather than pollute the polls with their bad votes.
Esta conclusión no es, en mi opinión, del todo equivocada, pero solo debe ser aceptada tras adecuada ponderación. Creo, como Mill, que es el deber «de los individuos formar las opiniones más verdaderas que puedan; formarlas escrupulosamente y nunca imponerlas a los demás, a menos que estén completamente seguros de que son ciertas». Soy el primero al que le gustaría que toda la ciudadanía hiciera sus deberes y razonara críticamente, valorara las pruebas correctamente y tuviera en cuenta el interés de todos. Pero también entiendo que, si solo pudieran votar quienes así actuaran, bastaría con una sola urna. Pretender que las personas añadan a sus cargas profesionales, familiares, físicas y existenciales un entrenamiento político profundo es, mucho me temo, demasiado pedir. En cuyo caso, sostiene este autor, mejor será que se queden en casa bajo la máxima primum non nocere:

We would never say to everyone, “Who cares if you know anything about surgery or medicine? The important thing is that you make your cut.” Yet for some reason, we do say, “It doesn’t matter if you know much about politics. The important thing is to vote.” In both cases, incompetent decision-making can hurt innocent people.
Una primera contestación muy breve a este razonamiento podría jugar con su analogía: no se trata de ciudadanos practicando la incisión quirúrgica, sino de ciudadanos eligiendo a un cirujano que llevará a cabo la operación. En teoría (o, al menos, eso es lo que ellos quieren hacernos creer) los políticos son expertos en su campo, y hasta al más incompetente se le dan por supuestas ciertas competencias mínimas. En la práctica, por supuesto, la mayoría son unos inútiles dedicados a pastar en el presupuesto, pero dejemos hoy ese asunto al margen.

Como quiera que sea, el punto que encuentro más objetable del artículo de Brennan es la suposición de que hay una forma «buena» o «correcta» de votar. Hemos visto que, para él, el buen votante tiene en cuenta las pruebas y el bien común. Asimismo, debe conocer bien a los candidatos y sus programas, así como ser capaz de discernir si dichos programas están compuestos de buenas o malas políticas:

Voters should have good grounds for thinking that they are voting for policies or candidates that will promote the common good. In general, there are three ways that voters will violate this norm. Bad voters might vote out of 1) ignorance, 2) irrational beliefs, or 3) immoral beliefs. In contrast, good voters not only know what policies candidates will try to implement, but also know whether those policies would tend to promote or harm the common good.
Todo lo cual es, sin duda, deseable. Pero la cuestión que hay que subrayar una y otra vez es que la política no es un problema técnico con un conjunto de soluciones políticas que sean «correctas». Esa visión tan propia de la Ilustración, reflejada en las obras de Locke, Hobbes, Bentham, Mill y Kant entre otros, acabó fracasando porque, como no se cansa de repetir el profesor Shapiro, «you can't wring the politics out of politics».

En economía, mucho me temo, ocurre otro tanto. Basta con observar cómo las políticas económicas se agrupan según las ideologías, y cómo algunas escuelas de pensamiento económico (como la austríaca) utilizan la ética para sostener sus propuestas. Impuestos, presupuesto militar, becas, servicios públicos, donaciones de órganos, legalización de las drogas, legalización de la prostitución... son todas ellas cuestiones irresolubles numéricamente en las que no se puede dejar al margen la parte moral. Y cuando la política entra en conflicto con la economía no es de extrañar que gane la primera. Ya advertía Bentham que, en el caso de que se persiguiera la igualdad total, los ricos quemarían sus cosechas antes que dárselas a los pobres.

Incluso aunque existieran soluciones correctas e incorrectas, es posible utilizar argumentos morales igual que hace Brennan para defender el voto (llamémosle así) desinformado. Si un gobierno obra mal ¿no tenemos la obligación moral de votar para quitarle del poder? En España tenemos el caso de un gobierno que recorta libertades civiles y constitucionales por doquier. ¿No es imperativo expulsarlos primeramente, pues la importancia de dichas libertades prevalece sobre otras cuestiones? No podemos entrar aquí en todas las objeciones posibles a esta línea de pensamiento (por ejemplo: ¿y si es peor el remedio que la enfermedad, y el partido entrante es aún más tirano?). Solo quería señalar que, en ocasiones, puede ser suficiente conocer un único aspecto de la política de un partido para tomar una decisión éticamente defendible.

Hemos visto que Jason Brennan enmarca el problema más o menos de la siguiente forma: si no sabes, no hagas nada, porque podrías empeorar las cosas. Sin embargo, otra forma de dibujar el problema es la siguiente: si no sabes, mejor no opines. Dado que cabe concebir las elecciones como una encuesta en la que el número de votos equivale groseramente al grado de aprobación, si Brennan tiene razón ¿significa eso que debe opinar solo la gente informada?

He de confesar aquí que siento la tentación de situarme de su lado. A diario (seguro que a ustedes les ocurre lo mismo) oigo opinar a decenas de personas sobre los temas más variopintos sin tener ni idea, ya sea sobre fitness, informática, medicina o física. Raro es el día que no me sangran los oídos por las burradas que atraviesan mis tímpanos. No obstante, opinar sobre política no equivale a hacerlo sobre física. No todos estamos capacitados para discutir si P=NP, pero todos nos hacemos una idea de si las políticas del gobierno nos satisfacen o no (si bien solo de forma aproximada, pues muchos hilos se mueven en la sombra). Hemos de reconocer el derecho de todos los que han de obedecer la ley a expresar su acuerdo o desacuerdo en las urnas con quienes hacen dichas leyes, al margen, de nuevo, de sus políticas en otros ámbitos. Y no debemos olvidar que, en la práctica, los partidos políticos incumplen sus promesas sistemáticamente, por lo que esta función de las elecciones como termómetro cobra mayor importancia.

Al preguntarle a mi abuela si ha ido a votar me ha dicho que no. «Yo no sé cuál es el menos malo, así que no voto a ninguno», ha agregado. No hay duda de que Brennan estaría satisfecho.

lunes, 26 de mayo de 2014

Vota Bota, mi pelota

Escribo estas líneas minutos después de haber votado en las elecciones al Parlamento Europeo. Según algunos economistas he hecho una tontería, ya que he pagado cierto coste de oportunidad aun cuando mi voto no va a influir en el resultado. Por tanto, según este razonamiento, he sido irracional. En palabras de Steven Landsburg:
«I have no idea why people vote. One hundred million Americans cast votes for president in 1992. I wager that no one of those hundred million was naive enough to believe that he was casting the decisive vote in an otherwise tied election. It is fashionable to cite John F. Kennedy's razor-thin 300,000 vote margin over Richard M. Nixon in 1960, but 300,000 is not the same as 1–even by the standards of precision that are conventional in economics. It is equally fashionable to cite the observation that "if everyone else thought that way and stayed home, then my vote would be important", which is as true and as irrelevant as the observation that if voting booths were space-ships, voters could travel to the moon. Everyone else does not stay home. The only choice that an individual voter faces is whether or not to vote, given that tens of millions of others are voting. At the risk of shocking your ninth-grade civics teacher, I am prepared to offer you an absolute guarantee that if you stay home in 1996, your indolence will not affect the outcome. So why do people vote? I don't know.»
Foto de myJon
Desde mi punto de vista, este párrafo representa el daño que produce en las personas estudiar economía. Otra posibilidad es que aquellos que deciden dedicarse a ella ya adolecían de cierta rémora cognitiva de serie que fue lo que les condujo a la práctica de dicha disciplina en lugar de a trabajar en industrias más respetables, como la pornografía. Equipados con un único esquema mental para ver el mundo, son como martillos en busca de clavos a los que golpear con sus teorías irrelevantes o defectuosas, ciegos a la distinción entre lo que es y lo que debería ser, incapaces de entender que hay acciones buenas en sí mismas o que, en ocasiones, está bien hacer algo que no sirve para nada. Este desdén por el derecho al voto supone además, a mi juicio, un gran desprecio por todos aquellos que lucharon antes que nosotros para que fuera posible. El sufragio universal no es producido por la naturaleza, y quienes lo desdeñan acaso sean como el niño rico que siempre lo ha tenido todo y tira a la basura lo que otros anhelan. En su momento ya hablamos acerca de este comportamiento desagradecido para con los grandes esfuerzos que supone mantener cierto grado de democracia, de manera que no me extenderé más sobre ello.

Cuando Apple presentó el iPhone 5c hubo quienes hicieron un vídeo parodia sobre cómo la marca de la manzana había expandido así su mercado a los plebeyos:
«We realized that poor people do actually have some money. It is not a lot money but it does exist, so we thought "we would like some that poor people money". So we designed a more less advanced version of our previous products and marketed them towards this new emerging demographic which, quite frankly, I had no idea existed up until moments ago.»
Ciertamente, los pobres tienen poco dinero, pero tienen algo. Sin embargo, dado que son muchos, es posible sacar una buena suma esquilmándolos. Esa es, supongo, una de las razones de que las subidas de impuestos se centren en la base de la pirámide. Mi propia investigación informal con estadísticas del INE sobre la distribución de sueldos en España me mostró que se ingresa mucho más subiendo los impuestos a aquellos que cobran hasta setenta mil euros anuales que subiéndolos a quienes ganan más de doscientos cincuenta mil, para quienes habría que aplicar impuestos de hasta el noventa por ciento si se quiere igualar la recaudación. Pero dejemos la discusión sobre la mejor política de tributos a un lado, pues es ajena al asunto tratado hoy. Lo que me interesa es recalcar el hecho de que la fuerza de la gente de la calle reside en su número. Eso es algo que tratan de mostrar los gráficos que pululan estos días por las redes sociales: si las abstenciones se sustituyeran por votos a partidos pequeños sería fácil expulsar del poder a los dos más grandes. De hecho, es suficiente con mucho menos: cuando un partido necesita un escaño para sacar adelante su propuesta los pocos votos del partido minoritario valen tanto como los millones que dieron amplia representación al partido mayoritario. Por desgracia, la fuerza de la gente de a pie es también nuestra mayor debilidad: es mucho más difícil coordinar las acciones de diez millones de personas que de diez mil.

Cuantos menos votos hacen falta para obtener la mayoría parlamentaria más fácil es para los de siempre ganar, porque ellos sí que van a votar (siempre me he preguntado si no sería buena idea instaurar el voto obligatorio o fijar un porcentaje mínimo de participación para declarar válidas unas elecciones). Quienes sacan tajada (políticos, grupos de presión, etcétera) siempre votan, porque, como digo, le sacan provecho. Cada vez que oigo a mi madre gruñir entre dientes murmurando que no piensa votar porque son todos unos sinvergüenzas yo le digo, medio broma, medio en serio, que piensa como un pobre o un esclavo; estoy bastante seguro que gente como Florentino Pérez no falta a las urnas. La abstención de la mayoría no hace más que allanar el camino para que los más cercanos a quienes nos gobiernan se llenen los bolsillos mediante transferencia de rentas; qué menos que dificultarles la tarea.

Téngase en cuenta, además, que los comicios son una de las maneras en la que los políticos rinden cuentas. Si todos los jubilados, verbigracia, dejan de acudir a las urnas porque están hartos ¿qué incentivo tienen los diputados para mantener las pensiones? Podrían eliminarlas y repartírselas entre ellos sin perder aquello que tanto ansían, que es el poder en sí mismo (quien haya leído libros escritos por políticos como el de Zapatero sabrá de qué hablo). Cuando el sistema nominal de «una persona, un voto» consiste más bien en «un euro, un voto» solo la suma de todos los que no formamos parte de un grupo de cabildeo puede darnos influencia política.

Obviamente, sería absurdo pensar que el mero acto de introducir un papel en una caja de cristal es suficiente para resolver todos nuestros problemas, tan absurdo como creer que lo único que hace falta para recuperarse de una lesión es placenta de yegua. Los lobbies seguirán financiando las campañas electorales de los dos grandes partidos para que ganen quienes pueden satisfacer sus intereses. Muchísimas personas continuarán votando a los de siempre porque, por extraño que parezca, votar es más una cuestión de identidad que de raciocinio. Pero el sistema no es inmutable, y puede moldearse desde dentro y desde fuera del mismo. Las elecciones son solo uno más entre otros muchos campos de batalla donde luchar por una sociedad más justa.