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lunes, 15 de junio de 2015

Pactar con el diablo (y II)

Las desventajas del sistema mayoritario son tan evidentes como sus ventajas. En primer lugar, de acuerdo con el marco schumpeteriano de la política como mercado dos únicos partidos compitiendo constituyen un oligopolio, con todo lo que ello conlleva. Al menos en España, cunde la sensación de que los dos grandes partidos sencillamente se turnan en el poder para enriquecerse de forma personal. Así describía Pérez Galdós el bipartidismo español hace más de cien años:

Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el Poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto. Carecen de ideales, ningún fin elevado los mueve; no mejorarán en lo más mínimo las condiciones de vida de esta infeliz raza, pobrísima y analfabeta. Pasarán unos tras otros dejando todo como hoy se halla, y llevarán a España a un estado de consunción que, de fijo, ha de acabar en muerte. No acometerán ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo; no harán más que burocracia pura, caciquismo, estéril trabajo de recomendaciones, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia práctica, y adelante con los farolitos…
Foto de Xaf
Otra característica de este oligopolio es la reducción en la oferta, en este caso de leyes y políticas. Para ganar las elecciones generales es necesario persuadir al votante medio del espectro ideológico imperante, por lo que el candidato de la derecha tiene que girar un poco a la izquierda y el de la izquierda tiene que inclinarse hacia la derecha (moderarse, creo que lo llaman). Cuando se lucha por el votante medio ambos partidos acaban ofreciendo más o menos lo mismo y el argumento político, como dice Michael Sandel, «consiste principalmente en hablar a gritos en la televisión por cable, verter la ponzoña partidista en las tertulias de la radio y excitar las disensiones ideológicas en los pasillos del Congreso». Este tipo de competencia partidista agudiza el conflicto político y –paradójicamente– aleja a los votantes cada vez más del centro. Al menos en Estados Unidos, ello está llevando a una polarización nunca antes vista.

Por último, no hay que olvidar los altos costes de entrada que supone un oligopolio. De la misma forma que es altamente improbable que un nuevo operador de telecomunicaciones creado de cero logre una cuota de mercado significativa, es muy difícil que en un sistema mayoritario aparezcan nuevos partidos que desbanquen a los actuales. La mejor oportunidad para los nuevos partidos es ocupar el lugar dejado por uno de los mayoritarios tras su caída, como ocurrió con el Partido Republicano tras el desmembramiento del partido Whig en los Estados Unidos.

El argumento a favor del sistema representativo proporcional fue desarrollado por John Stuart Mill en su ensayo de 1861 titulado Considerations on Representative Government:

In a representative body actually deliberating, the minority must of course be overruled; and in an equal democracy, the majority of the people, through their representatives, will outvote and prevail over the minority and their representatives. But does it follow that the minority should have no representatives at all? ... Is it necessary that the minority should not even be heard? Nothing but habit and old association can reconcile any reasonable being to the needless injustice. In a really equal democracy, every or any section would be represented, not disproportionately, but proportionately. A majority of the electors would always have a majority of the representatives, but a minority of the electors would always have a minority of the representatives. Man for man, they would be as fully represented as the majority. Unless they are, there is not equal government ... there is a part whose fair and equal share of influence in the representation is withheld from them, contrary to all just government, but, above all, contrary to the principle of democracy, which professes equality as its very root and foundation.
Para Mill, un sistema representativo lo es en tanto en cuanto representa a todos los sectores de la sociedad. Como él mismo dice, si uno de los pilares de la democracia es la igualdad de derechos, entonces las voces de todos los ciudadanos deberían estar presentes en el gobierno. Cabe argumentar que esto tiene la ventaja añadida de animar a la gente a participar en política, pues es argüible que los ciudadanos opten por no votar si saben de antemano que no van a lograr que haya en el parlamento un representante que defienda sus intereses.

Donde el sistema mayoritario ofrece competencia y discusiones, el representativo propone colaboración y deliberación. Esto queda reflejado incluso en la disposición de las cámaras de representantes: mientras que la Cámara de los Comunes consiste en dos bancadas situadas frente a frente (simbolizando oposición y enfrentamiento), la disposición de los parlamentos de sistemas representativos tiende a ser un hemiciclo (símbolo de colaboración).

No obstante las ventajas teóricas mencionadas, para mí, la mayor ventaja del sistema representativo es lo que muchos critican como su mayor fallo: el poder desproporcionado que a veces logran los partidos pequeños.

Una crítica habitual de la democracia es el problema de la «tiranía de la mayoría», término que se asocia habitualmente con John Stuart Mill o Alexis de Tocqueville (de cuyo trabajo Mill se nutre), aunque ya había sido empleado anteriormente por otros ilustres personajes, como el segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams. Este concepto fue discutido por el Padre fundador y cuarto presidente de los Estados Unidos James Madison en uno de los Papeles Federalistas (en concreto el número diez). En él se plantea la cuestión de cómo puede un gobierno gestionar los problemas que surgen en un sistema político en el que las decisiones son tomadas por mayoría.

Uno de tales problemas es el riesgo de defección de las facciones minoritarias. ¿Qué sentido tiene participar en un sistema en el que uno sale siempre perdiendo? ¿No saldría más a cuenta rebelarse y tratar de acabar con el sistema existente? Otro problema tiene que ver con la persecución y opresión de las minorías por parte de la mayoría. Por poner un ejemplo estúpido: una mayoría formada por personas diestras podría votar a favor de una ley que prohíba a los zurdos beber alcohol.

La solución de Madison a la tiranía de la mayoría es lo que se conoce hoy como cross-cutting cleavages. Supongamos que la única decisión política del gobierno representativo fuera qué habrá para comer, si carne o pescado, y que todos tuviéramos que comer lo mismo. Imaginemos que la mayoría prefiere la carne. Siendo así, los partidarios del pescado saldrían perdiendo una y otra vez. En este caso, la mayoría oprime a la minoría.

Supongamos ahora que, además de decidir qué hay para comer, los ciudadanos pueden decidir a través de sus representantes qué hay para beber, si agua o vino. Tendríamos entonces cuatro facciones (carne con vino, carne con agua, pescado con vino y pescado con agua). En esta situación puede darse el caso de que sigamos sin poder comer pescado, pero que al menos tengamos vino para ahogar las penas.

Según vamos añadiendo más y más decisiones (postre, entrantes, acompañantes, etcétera) nuestro sitio en la mayoría o en la minoría irá cambiando más a menudo. Cuantas más personas formen parte de la comunidad política, más opciones se solaparán y menos probable es que una minoría salga perdiendo todo el tiempo en todo. Además, al crecer el número de cuestiones a dilucidar más factible es que nuestro representante pueda –en ciertas ocasiones– negociar con el resto de parlamentarios para conseguirnos algo de lo que queremos (por ejemplo, helado de postre) a cambio de su apoyo puntual a otras facciones en asuntos que no nos interesan (por ejemplo, pan con forma de baguette). Así, los pactos son la base de la organización política y la estabilidad democrática. El propio Madison escribió:

The smaller the society, the fewer probably will be the distinct parties and interests composing it; the fewer the distinct parties and interests, the more frequently will a majority be found of the same party; and the smaller the number of individuals composing a majority, and the smaller the compass within which they are placed, the more easily will they concert and execute their plans of oppression. Extend the sphere, and you take in a greater variety of parties and interests; you make it less probable that a majority of the whole will have a common motive to invade the rights of other citizens; or if such a common motive exists, it will be more difficult for all who feel it to discover their own strength, and to act in unison with each other.
Por tanto, un sistema proporcional garantiza (de nuevo, en teoría) que algunas veces saldremos ganando y otras veces saldremos perdiendo. Los pactos de gobierno son la manera de que las minorías también pueden ver satisfechas sus demandas y estén protegidas de la tiranía de la mayoría, de manera que se mantengan dentro del sistema establecido. La presencia simultánea de varios partidos políticos pone un poco de aleatoriedad y hace posible que no todos tengamos que comer lo mismo continuamente.

James Forder, un economista de Oxford autor de un libro en contra de un sistema representativo para Gran Bretaña, retrata así la democracia:

Democracy [...] is always, and ever will be, an imperfect system. However well it works, it gives no guarantees of good or acceptable policy. In trying to make it work, we cannot ever assess voter preferences fully and we cannot ever give an unambiguously accurate translation of preferences into parliamentary representation. It is bound to be politicians, rather than saints, who make up our parliaments and we cannot ever quite trust them. Politicians will scheme for advantage; when things go wrong, they will try to shift blame and when they go right, claim credit.
Siendo este el orden de las cosas parece que, en lo relativo al sistema electoral, lo único a lo que podemos aspirar es a lograr cierto equilibrio que nos satisfaga entre ventajas e inconvenientes. A mi juicio, la postura que adoptamos en estas situaciones reflejan nuestra visión del mundo. Aquellos que conciben la política como un enfrentamiento preferirán el sistema mayoritario, mientras que quienes la enfocan como un esfuerzo colaborativo presumiblemente prefieran un sistema representativo. Para algunos la participación de los ciudadanos en política es un coste, mientras que otros lo ven como un beneficio. Si somos personas que no se llevan bien con la incertidumbre puede que prefiramos el sistema mayoritario, gracias al cual sabremos qué ocurrirá según quién gane y no tendremos ante nosotros un futuro incierto dependiente de pactos. Si estamos afiliados al partido que más votos ha recibido y este no puede gobernar por una coalición de partidos contrarios, el sistema proporcional nos parecerá una aberración. Etcétera, etcétera.

¿Es un sistema más democrático que el otro? Bueno, eso ya depende de la definición concreta de democracia.

lunes, 8 de junio de 2015

Pactar con el diablo (I)

Fuera por aburrimiento o porque la profesora tratara de enseñarnos algo, hubo un año en el que las elecciones a delegado de clase se anunciaron con algunos días de antelación y se nos conminó a hacer campaña electoral. Por aquel entonces tendríamos unos nueve años. Imitando a los mayores, durante el recreo algunos candidatos repartieron propaganda electoral. Fieles a su papel abundaban las promesas imposibles, como la de eliminar todos los deberes y los éxamenes, alargar el recreo o establecer una hora de la siesta. Aquello, si la memoria no me falla, terminó en empate entre dos candidatos y hubo que hacer una segunda vuelta. De lo prometido por el ganador, por supuesto, jamás se supo nada.

Foto de UK Parliament
Ignoro cómo se hacía en otros colegios, pero en el mío el sistema de elección del delegado era del tipo «único ganador por mayoría simple»: aquel que recibía mayor número de votos era declarado (a menudo muy a su pesar) vencedor. Nunca se nos ocurrió pensar que un compañero por el que había votado menos del veinte por ciento de la clase no nos representara. En realidad nos daba igual; todo el mundo sabía que el delegado no servía para nada. Como mucho podía ejercer de chivato aquellas veces en que el profesor se ausentaba unos minutos y le sacaba a la pizarra a anotar los nombres de quienes no guardaran silencio.

Como ya sabrán, en una democracia representativa hay dos formas principales de repartir los asientos de la cámara de representantes. Por un lado tenemos los sistemas de ganador único y circunscripciones uninominales, aquellos en los que el ganador de un puesto en la asamblea legislativa es el candidato con mayor número de votos (más o menos, como la elección del delegado de clase). Es el sistema típico de países anglosajones y rige, verbigracia, en Estados Unidos, Reino Unido, Canadá o la India. Los países europeos y buena parte de latinoamérica, por el contrario, tienden a emplear sistemas representativos, aquellos en los que las divisiones del electorado se reflejan proporcionalmente en el cuerpo elegido. Por ejemplo, si el treinta por ciento del electorado apoya a un partido político en particular, entonces más o menos el treinta por ciento de los escaños serán para ese partido.

Allá por la década de los cincuenta y sesenta de siglo pasado, el sociólogo francés Maurice Duverger estableció un nexo entre el sistema electoral y el sistema de partidos resultante. El efecto, ley o principio de Duverger sostiene que el sistema de circunscripciones uninominales resulta en un sistema bipartidista (siempre y cuando el electorado de cada distrito sea representativo del país en su conjunto), mientras que la representación proporcional crea el caldo de cultivo para la profileración de partidos.

Las ventajas (teóricas) del sistema mayoritario son numerosas. Para empezar, se tiene más conocimiento sobre aquel al que se está votando. Como hay un solo candidato por partido es más fácil formarse una opinión sobre quién merece nuestro voto, mientras que en los sistemas proporcionales se presentan listas de personas, con el resultado de que a menudo solo sabemos algo de quien encabeza dicha lista. Por otro lado, si nuestro candidato sale elegido sabemos de antemano qué políticas implementará, pues no necesitará pactos ni negociaciones para legislar, algo que en un sistema proporcional no es posible si no hay mayoría absoluta. En dichos sistemas, partidos con una pequeña representación pueden obtener grandes primas a cambio de su ayuda. Si las elecciones han resultado en un cuarenta y nueve por ciento de votos para el Partido A, un cuarenta y nueve por ciento de votos para el Partido B, y un dos por ciento de votos para el Partido C, entonces el Partido C puede imponer su agenda a cambio de su apoyo a alguno de los otros dos partidos. Esto quiere decir que, en la práctica, ese dos por ciento de personas que votaron por el Partido C tiene tanto poder como el cuarenta y nueve por ciento que votó por el A o el B, algo que, efectivamente, suena injusto. Esta situación se da habitualmente en Israel, donde pequeños partidos religiosos tienen una influencia desproporcionada, pues se les necesita para formar una coalición de gobierno.

En su libro Qué hacer con España, César Vidal se apoya en los dos argumentos anteriores para proponer un cambio en la ley electoral española que implemente el sistema mayoritario en lugar del actual representativo:

[A] mí me parece mucho más adecuado un sistema mayoritario en el que todos los candidatos tengan que disputar la elección en circunscripciones uninominales. Con el actual sistema proporcional, en las campañas electorales españolas lo único relevante son los líderes de los partidos. Los demás miembros de la lista cerrada y bloqueada son ceros a la izquierda, ilustres desconocidos a los que a nadie importa qué piensan o qué dicen. Se cumplen los ciclos electorales uno tras otro y sigue sin saberse si piensan o si dicen. [...] La lealtad básica en un sistema mayoritario de circunscripciones uninominales va del cargo electo a sus electores, no del cargo electo hacia su partido. En un sistema proporcional, por razones obvias, la lealtad va al partido.
Y continúa:

[E]n los sistemas mayoritarios [...] la seriedad del programa electoral y, sobre todo, su cumplimiento tiene una importancia capital, porque no sólo los partidos sino cada uno de los cargos electos responden de su cumplimiento ante sus electores. Esto ya supone, en mi opinión, una clara ventaja frente a los sistemas proporcionales en los que las responsabilidades directas quedan más diluidas.
Otras ventajas que se pueden aducir de este sistema es que filtra las opciones populistas o demagógicas, y que, a lo largo del tiempo, hay alternancia entre las dos opciones (siempre que se trate de una auténtica democracia y no un régimen dictatorial disfrazado). Dicha alternancia encarna las ideas de Joseph Schumpeter acerca de la democracia. Explica Ian Shapiro que este economista veía la competencia en política tan necesaria como en economía, tanto por razones de eficiencia como de control de los abusos que conlleva el monopolio natural del poder. Según Schumpeter, los partidos políticos compiten por el voto de los ciudadanos, los cuales saldrían beneficiados de esta competencia como consumidores de leyes. Por otra parte, dado que (de nuevo, en teoría) la mayor parte de los votos se sitúa en la zona central del espectro de votantes, el sistema mayoritario es páramo yermo para los partidos más extremistas y las posiciones más radicales.

Continuará