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lunes, 6 de noviembre de 2017

El infierno

A veces encuentras perlas de sabiduría cuando menos te lo esperas. Por ejemplo, estás viendo un programa de humor sobre la convivencia y el actor y guionista conocido como Ignatius Farray dice:

Me parece que lo contrario de vivir no es morir; lo contrario de vivir es convivir. [...] Si estás solo es el tedio, si estás con gente es el sufrimiento. Ninguna de las dos opciones vale. O sea, no estamos equipados para la felicidad.
Para quienes carecemos de habilidades sociales la convivencia es, efectivamente, sufrimiento. A este respecto, el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre es bien conocido por su afirmación «el infierno son los otros» (L'enfer, c'est les autres). Su filosofía y su obra literaria tratan con cinismo las relaciones interpersonales:

Sartre subraya la ansiedad que nos provoca la relación con los demás y la manera en que ésta puede coartar la autonomía del individuo. Si bien considera las relaciones sociales como enormes fuentes de conflicto y preocupación, Sartre destaca igualmente el hecho de que resultan esenciales para nuestro ser.
[...] Sartre destaca cómo los otros con frecuencia nos irritan y estorban, y afirma que las relaciones existentes entre los individuos son relaciones esencialmente “conflictivas”.
Foto de Kent Barrett
Su obra de teatro A puerta cerrada ilustra el lado oscuro de las relaciones personales. El personaje de Garcin es ejecutado por desertor y va al infierno. Allí descubre con asombro que dicho lugar nada tiene que ver con la imagen estereotipada de fuego y azufre. En lugar de ello, se trata simplemente de una habitación cerrada, sin ventanas y apenas decorada. Dos mujeres, Inés y Estelle, entran más tarde a la habitación. Ninguno de los tres puede dormir ni pestañear. No hay escapatoria ni descanso: se sienten los unos a los otros continuamente. Nadie es torturado y, aún así, todos sufren. La obra refleja que «la existencia es un infierno y el hecho de que haya que compartirla con otros es lo que la hace infernal».

De acuerdo con el análisis de Jennifer L. McMahon al que pertenece la cita anterior, Sartre ofrece tres motivos por los que los demás despiertan en nosotros sentimientos negativos. El primero es que las personas representan obstáculos potenciales para nuestra libertad (ibídem McMahon):

Según Sartre, sin la intromisión de los otros, el individuo está naturalmente inmerso en la existencia, en particular en la tarea de obtener aquellos objetos del entorno que desea y necesita. Más que pensar en su experiencia, está embebido en ella, por lo que actúa sin reflexionar. La aparición del otro, como explica el filósofo, saca al individuo de este estado original en el que está absorto. Y la aparición del otro no sólo resulta sorpresiva, sino también amenazante. Y los otros resultan una amenaza porque en la vida los individuos deben procurarse los recursos pertinentes para su supervivencia. Y debido a que no existe una cantidad infinita de los recursos por los que luchamos para sobrevivir y satisfacernos, los otros, esencialmente, nos resultan competencia, son competidores más que colaboradores nuestros.
La segunda razón es que los demás tienden a reducirnos a la condición de objetos en el sentido más básico de la palabra, esto es, una amalgama de carne y hueso. Eso choca con la forma en que nos vemos a nosotros mismos, más como una mente que como un cuerpo. Sería poco controvertido decir que preferimos que los demás nos consideren como seres pensantes y sensibles antes que como entidades físicas, pero la mayor parte de esa masa que llamamos «la gente» no está por la labor de darnos el gusto (ibídem McMahon):

Gracias a sus miradas y sus observaciones verbales, la gente nos recuerda —con frecuencia de manera hiriente— que somos seres tangibles, por ejemplo cuando critican nuestro peso, cuando opinan sobre nuestra estatura o miran con desaprobación la forma en que vestimos. (Dosificamos a la gente, en esencia, porque no tenemos —no podemos tener— la experiencia de sus mentes y sólo podemos percibirlos e interactuar con ellos, ante todo, como objetos. Y el hecho de ser un objeto es inquietante porque, saberse una cosa concreta, limita claramente la libertad que se tiene de ser o de hacer cualquier cosa y es característico de la conciencia humana el resistirse a todo tipo de limitación impuesta desde fuera.
La tercera razón que da Sartre es que los otros nos privan de nuestro sentido de dominio y primacía. No nos gustan quienes tienen creencias, valores y costumbres radicalmente diferentes de las nuestras. Tampoco nos gusta que se resistan a que obtengamos algún beneficio de ellos (no hay más que pensar en la cantidad de veces que criticamos el egoísmo de los demás). Los otros son desquiciantes de la misma forma que lo es ese hijo rebelde que nunca obedece.

Sartre reconoce que, a pesar del sufrimiento que nos generan, necesitamos a los demás. Nos hacen falta para desarrollarnos física y psíquicamente, para hacer florecer nuestro repertorio emocional, nuestra moral, nuestra identidad y nuestro lenguaje (ibídem McMahon):

[L]os seres humanos necesitan de los otros, no sólo en el evidente sentido físico, sino también en el sentido psicológico, de formas más sutiles, mas no por ello no menos importantes. Mientras que los demás generan ansiedad, también definen quiénes somos. Desde la infancia hasta la muerte, nuestras relaciones con los demás forman nuestra personalidad y ayudan a determinar el verdadero potencial que tenemos como individuos. Aún cuando los demás pueden hacernos rabiar, aprovecharse de nosotros e incluso ponernos en peligro, son también esenciales para nuestro ser. Nos ayudan a vernos tal cual somos y ese es un esfuerzo que, aunque a veces atroz, de hecho aumenta nuestra libertad al hacernos más conscientes. Sirviéndose de una metáfora médica, Sartre afirma que el mundo está “infectado” por los otros.
También necesitamos a los otros, añado yo, para alcanzar muchos de nuestros objetivos, dado el entrelazamiento de las actividades humanas en el mundo moderno. Como dijo el anterior presidente de los Estados Unidos Barack Obama en uno de sus discursos:

If you were successful, somebody along the line gave you some help. There was a great teacher somewhere in your life. Somebody helped to create this unbelievable American system that we have that allowed you to thrive. Somebody invested in roads and bridges. If you've got a business – you didn't build that. Somebody else made that happen. The Internet didn't get invented on its own. Government research created the Internet so that all the companies could make money off the Internet.

The point is, is that when we succeed, we succeed because of our individual initiative, but also because we do things together. There are some things, just like fighting fires, we don't do on our own. I mean, imagine if everybody had their own fire service. That would be a hard way to organize fighting fires.
No podemos olvidar tampoco que, como suele decirse, somos animales sociales. Se cree que la oxitocina y las neuronas espejo (cuya existencia está en entredicho, dicho sea de paso) son productos de la evolución para sostener y facilitar la coordinación y la cooperación de un grupo. También existen en nuestro interior circuitos de recompensa que se activan cuando nos relacionamos con otros seres humanos. Quienes mejor entienden esto son las personas extrovertidas, aquellas que segregan dopamina a raudales cuando están rodeadas de amigos. Hay amplia literatura psicológica respecto a cómo nuestras relaciones sociales influyen en nuestra felicidad. Por tanto, los otros son tanto el infierno como el cielo.

Si el infierno son los otros quizá las redes sociales y los sistemas de mensajería instantánea sean la negra barca de Caronte. Por un lado, facilitar las interacciones sociales aumenta las probabilidades de conflicto (¿alguien ha dicho Twitter?). Por otro, si bien es cierto que como individuos necesitamos la atención de los demás e interactuar con ellos, la observación constante de nuestra persona que es posible actualmente equivale a la situación en la que se encontraban los personajes de la obra de Sartre, aquella en la que no podemos escapar del escrutinio ajeno.

Tengamos en cuenta además, que, de media, la gente tiene más amigos en Facebook que en el mundo físico. Las listas de «amigos» en dicha red social tienden a estar pobladas de simples conocidos (antiguos compañeros de clase o de trabajo, amigos de la infancia a los que no hemos vuelto a ver, amigos de amigos de amigos con los que coincidimos un día en una fiesta). De acuerdo con Seth Stephens-Davidowitz, esas personas son las que más probablemente tengan puntos de vista diferentes a los nuestros. En otras palabras: la mayor parte de nuestros followers y contactos de Facebook son a nosotros lo que Inés y Estelle son a Garcin.

Afortunadamente, la participación en las redes sociales es, por ahora, voluntaria. Hasta que llegue el momento, mucho me temo, en que la presión social nos obligue a entrar en ese infierno virtual, so pena de ser tildados de raritos.

lunes, 25 de enero de 2016

Alcohol

¡Alcohol! ¡Alcohol! ¡Alcohol, alcohol, alcohol!
Hemos venido a emborracharnos
y el resultado nos da igual


Fue una noche de fiesta y borrachera. O, como dijo Ricky Gervais, lo que Charlie Sheen llama «desayuno». Vino precedida por dos horas de suplicio aplicadas con el instrumento de tortura favorito del mundo actual (el Power Point) y dos horas más de adoctrinamiento empresarial («lo que necesitáis no es un buen sueldo sino tener valores»). Después tuvo lugar la cena tras la cual, finalmente, se abrió la veda. Las dos palabras que todo español quiere oír: barra libre.

Foto de Kimery Davis
El guión se cumplió a la perfección. Gente que acabó tirada por el suelo. Personas que se quedaban quietas de pie, balanceándose con la mirada perdida, sin atreverse a mover las extremidades por miedo a acabar de bruces contra una mesa. Bailes subidos de tono. Altos cargos danzando con la camisa desabrochada y la cara más roja que el culo de una mona babuina en celo. La gente de recursos humanos llamando la atención a los más desatados. Nubes de marihuana mezcladas con el humo del tabaco. Etcétera, etcétera.

Estamos rodeados por el alcohol. El primer registro de su consumo por parte del ser humano se remonta a hace nueve mil años, con la invención de la cerveza en Mesopotamia. Su función como lubricante social es milenaria y está bien documentada (énfasis en el original):

En la antigua Grecia se hizo buen uso de la capacidad del alcohol para reunir a la gente y estimular la conversación. Los hombres respetables se embarcaban en una suerte de reunión alcohólica llamada symposium. Los participantes discutían sobre política, poesía, filosofía y asuntos mundanos mientras bebían vino reclinados en sofás. El vino estaba diluido y la intención era no emborracharse demasiado aprisa. Aun así, la velada solía degenerar en bacanal. Los griegos mantenían simposia ya en el siglo VII. a. C., construyendo incluso habitaciones especiales en su casa para este propósito.
Quizá lo único que ha cambiado desde la época griega es el contenido de las conversaciones (¿alguien habla de poesía y filosofía en los bares?) y el ritmo al que las personas se embriagan. A menudo veo sujetos cuyo objetivo es emborracharse lo antes posible y mantenerse así toda la noche. Los rusos tienen su propia palabra para eso:

Cuando se trata de compulsión, los rusos tienen un estilo inimitable que llaman zapoï. Diez tristes unidades de alcohol apenas puntuarían en su escala como aperitivo. El objetivo del zapoï es llegar a un estado de borrachera extrema de forma rápida, y mantenerlo mucho tiempo, preferiblemente una semana o más. Esto se logra bebiendo un chupito de vodka tras otro.
Sin duda, el alcohol es una parte de integrante de muchas culturas. Salir a emborracharse con familiares, amigos o incluso clientes es algo habitual. Llevamos tanto tiempo disfrutando de este tipo de bebidas que, si tenemos en cuenta lo que ocurrió con la Ley Seca en Estados Unidos, los intentos por prohibirlo pueden llegar a provocar más problemas de los que resuelve, y ello a pesar de que, si se clasificara el alcohol según los daños que puede provocar, entraría en la misma categoría que la cocaína y la heroína.

El término «alcoholismo» fue introducido por el médico sueco Magnus Huss en 1849. Se considera que uno ha bebido compulsivamente si sobrepasa el doble del límite diario recomendado. La Organización Mundial de la Salud calcula el consumo según la Unidad de Bebida Estándar (U.B.E.). Cada U.B.E. supone entre ocho y trece gramos de alcohol puro. En España, el contenido de alcohol puro de una U.B.E se ha definido en diez gramos (equivalente a 12,5 mililitros), lo que viene siendo una cerveza, un vaso de vino o media copa de destilados. Los límites máximos de consumo diario recomendados son treinta gramos para los hombres y veinte para las mujeres, si bien dichos límites cambian de país a país. En una noche como la que les he relatado son pocas las personas que no beben más del doble de lo aconsejado.

Desde luego, los criterios actuales de consumo son prudentes si los comparamos con la antigüedad. Se dice que Alejandro Magno pasaba días y noches en estado de embriaguez, y que Otto von Bismarck solía beber al menos dos botellas de vino en la comida. La tradición y cotidianidad del alcohol, unido a un conocimiento incompleto de sus riesgos y beneficios, hace que mucha gente beba de más despreocupadamente o sin darse cuenta siquiera. Sirva como muestra este ejemplo narrado por una enfermera:

—A ver, cuénteme lo que bebe desde que se levanta hasta que se acuesta, que yo no le voy a juzgar, es sólo por saber de qué puede estar usted mal.
—Pues hombre, yo me levanto y me tomo un carajillo antes de irme al trabajo. Después con el café me tomo una copita de aguardiente. Luego, del trabajo hacia mi casa, me paro a tomarme una cervecita. Durante la comida me tomo media botellita de vino, que eso no es malo, ¿verdad, doctor? Después me tomo un té con un chorrito de anís, que está muy bueno. Por la tarde, voy a jugar al dominó con los amigos y me tomo un par de cervezas, porque, claro, no voy a jugar al dominó a palo seco. Y ya en la cena me tomo la otra media botellita de vino, que eso no es malo, ¿verdad? Pero vamos, que yo no bebo, yo alcohol no bebo, excepto algún cubatita de vez en cuando que salgo una noche por ahí con los amigos.

O sea, que le acercabas una cerilla y salía ardiendo, pero él consideraba bebedor al alcohólico, al que se emborrachaba como una cuba e iba dando tumbos por ahí.
La creencia en los beneficios de la bebida está muy enraizada. No es difícil encontrar estudios que asocian el consumo moderado de alcohol con una mejor salud cardiovascular y una mayor esperanza de vida. Sin embargo, de acuerdo con Paul Martin, la relación exacta entre alcohol y salud física sigue siendo incierta:

Algunos estudios han sugerido que los beneficios para la salud se dan sólo entre quienes beben vino y no otras bebidas alcohólicas. Otra investigación concluyó que los bebedores gozaban generalmente de mejor salud que los no bebedores, sin importar que bebieran vino, cerveza o licores. Por ejemplo, un estudio a gran escala llevado a cabo en España concluyó que cuanto más alcohol consumieran los individuos, menos probable era que se quejaran de mala salud, sin importar qué bebieran. Algunos científicos argumentan que los bebedores de vino gozan de mejor salud no por el vino en sí, sino porque generalmente siguen estilos de vida más sanos. Un estudio hecho en Dinamarca descubrió que los jóvenes bebedores de vino tienen estilos de vida más sanos, un nivel socioeconómico más alto, un mayor coeficiente intelectual, padres mejor educados y menos síntomas psiquiátricos, en comparación con los bebedores de cerveza.

Al margen de estos interesantes estudios, hay una base sólida para concluir que el consumo de pequeñas cantidades de alcohol es bueno para la salud cardiovascular.

Los beneficios son mayores en el caso del vino tinto. Varios estudios publicados dan cuenta de la relación entre el consumo moderado de vino tinto, un riesgo de enfermedad cardiovascular significativamente más bajo y un menor índice de mortalidad en general.
Yo soy abstemio. De hecho, bebo menos alcohol ahora que de niño, cuando mi primo y yo dábamos cuenta de los fondos de las copas al término de las reuniones familiares. Durante la adolescencia me alejé de las bebidas espirituosas por miedo a sus efectos perniciosos. Ya de adulto, las razones para alejarme de la bebida se han ido acumulando. Algunas son de naturaleza práctica: el alcohol tiene siete calorías por gramo y no tengo interés ninguno en dejar de comer otras cosas para hacerles sitio. Otras razones tienen que ver con el autocontrol: tengo la impresión de que, si encontrara una bebida alcohólica que me gustara, me pasaría todo el día borracho. Ya me cuesta bastante controlarme con los dulces y las bebidas gaseosas. Además, tampoco estoy por la labor de agregar ese gasto a mi economía. Afortunadamente, ninguna de las bebidas más habituales (vino, cerveza, champán) me gusta.

Quizá la razón principal por la que no quiero beber es que no quiero perder el control de mi comportamiento. A lo largo de mi vida he visto a mucha gente borracha y no quiero acabar haciendo ninguna de las barrabasadas que he presenciado. Además, me asusta un poco lo que yo podría a llegar a hacer o decir en estado de embriaguez. No quiero tener que arrepentirme al día siguiente.

La idea de la melopea en sí misma nunca me ha atraído. El alcohol altera nuestro estado físico y emocional, además de nuestra percepción. Calma nuestra ansiedad, nos hace reír y nos desinhibe, así que durante un tiempo nos hace cambiar de forma de ser. No dudo que eso sea lo que buscan algunos: cambiar quiénes son, cómo se comportan, cómo les ven los demás y cuál es su lugar en el mundo. Beber es la forma más fácil de disimular la carencia de habilidades sociales. Pero para mí, los efectos del alcohol en el estado mental son algo indeseable, apreciación que comparten religiones como la musulmana o la protestante. En mi caso, la explicación es un argumento filosófico que tiene que ver con la felicidad y que se me ocurrió cuando estaba en el instituto.

El razonamiento es como sigue. ¿Qué es la felicidad? Independientemente de su definición concreta, lo que parece estar claro es que es un concepto humano. Siendo esto así, razonó Aristóteles, entonces debe de estar basada en una característica propiamente humana. ¿Cuál sería esa característica? Ha de ser algo que nos diferencia de las plantas y del resto de animales. El candidato que nos viene enseguida a la mente es la razón. Por tanto, concluyó Aristóteles, la felicidad reside en el ejercicio de la razón. En consecuencia, abotargarnos con bebidas alcohólicas nos alejaría de la felicidad. Acaso eso signifique que beber para tratar de olvidar o para mitigar el dolor emocional suponga ganar la batalla de la felicidad para perder la guerra.

Normalmente evito quedarme a las copas después de la cena, pues los borrachos no me resultan divertidos en absoluto. A mi juicio, no participar en las costumbres de la sociedad implica un grado de exclusión proporcional a lo extendida que está la costumbre en cuestión. Ese aislamiento no es nada bueno para la felicidad. Pero la alternativa, intoxicarme con una sustancia para lograr integrarme y disfrutar, me supone otros problemas de los que hablaremos en el futuro.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Mi Cruz

I was there for you
In your darkest times
I was there for you
In your darkest nights
But I wonder where were you?
When I was at my worst
Down on my knees
And you said you had my back

—Maroon 5, Maps

A lo largo de estos años he hablado varias veces sobre la marcha de compañeros de trabajo que se habían convertido en amigos, y cómo su próxima ausencia en la oficina era causa de gran pesadumbre para mí. Esta vez es bien distinto. La última baja no me produce pena sino alivio, un grandísimo alivio fruto del hecho de no tener que volver a encontrarme en los pasillos o en las citas de empresa a la persona que más daño me ha hecho en la vida.

Imagen de Catalina Briceno
Cruz y yo nos conocimos hace casi ocho años, momento que aún recuerdo. Ella era nueva en la empresa, igual que yo, así que no era raro que compartiéramos tiempo y tareas. También coincidíamos en los viajes de ida y vuelta a la oficina, por lo que hablábamos bastante. Me caía bien, esta Cruz. Resultó que teníamos en común muchas vivencias de la infancia y características de personalidad. Sentía que conectábamos a un nivel profundo, ese que está más allá de los gustos compartidos en aspectos como música y aficiones. Con el paso de los meses llegamos a llevarnos bien. Tan bien que una tarde, después de un día en el que había estado mohíno, me mandó un mensaje en el que me preguntaba si me encontraba bien y me decía que si lo necesitaba podía contarle a ella cualquier cosa. Aquello me animó. Cómo iba a saber en ese momento que esa frase no era sino la primera de una larga serie de mentiras por el estilo.

Piensen en una característica de su personalidad que les guste especialmente, algo que no solo sea un talento propio sino que además crean que es bueno para los demás. Quizá son ustedes muy generosos o divertidos o saben escuchar. Ahora imaginen que una persona muy querida para ustedes les dice que esa facultad que creían tan buena no lo es en realidad, que es un defecto que fastidia al resto. Hay muy pocas cosas que me gusten de mí mismo, y Cruz me convenció de que lo más valoraba de mí era una tara. Aquello me mató. De repente, ya no tenía virtudes. Pocas veces me había sentido tan mal conmigo mismo. Como siempre hago, me fui al otro extremo. Sabía que no lograría matar esa parte de mí pero me propuse hacer todo lo posible en esa dirección. Al fin y al cabo, ¿para qué quería yo ser de cierta manera si no me lo iban a agradecer, no iba a ayudar a nadie y a mí me hacía sufrir? Deduje que había sido un primo y que, en adelante, la regla de oro era «cada cual para sí». Puedo decir que actualmente, gracias a Cruz, soy peor persona.

He aprendido muchas otras lecciones a base de hostias en este periodo. Aprendí, verbigracia, que para que la inteligencia emocional funcione en una relación personal es necesario que ambas partes la practiquen. También entendí por fin lo poco que valen las palabras y que lo que cuentan son los actos. Toda mi vida había sido un crédulo, debilidad que esta persona explotó a más no poder. Yo veía que no me trataba igual que al resto de sus amigos, pero seguía aferrándome a sus palabras; ella insistía en lo mucho que me apreciaba. Sin embargo, nunca me ayudó cuando lo necesité, ni siquiera en aquellas ocasiones en que le pedí auxilio explícitamente.

Inferí además que el muro de distancia e indiferencia que yo colocaba para alejar a los demás no era suficiente. Ella misma lo dijo: «lo tuyo es todo fachada». Pero si alguien me gustaba y le dejaba entrar, pasaba hasta la cocina. Craso error. No caí en la cuenta de que hay personas como Cruz que una vez dentro de tu círculo más íntimo te saquean y prenden fuego a todo. Me di cuenta por las malas de que, además de la fachada, necesitaba un foso y dos o más muros adicionales para asegurarme de que no daba acceso a las zonas más profundas de mi ser a gente indeseable o demasiado pronto.

Descubrí y me enamoré del concepto de «suerte moral». De la misma forma que uno solo sabe lo bueno que es su seguro de coche cuando tiene un accidente y ha de reclamar, solo sabemos lo buena que es una persona cuando se enfrenta a una situación que le pone a prueba. Igualmente, solo sabemos que alguien es de verdad nuestro amigo cuando la relación pasa por algún bache y se supera, o cuando pedimos ayuda y nos la dan. Todas las risas y los buenos ratos que tienen lugar mientras las cosas van bien no significan nada. Es cuando llegan mal dadas cuando podemos calibrar realmente la relación, cuando quedan de manifiesto las mentiras o (si tienes suerte) se hace evidente que le importas a alguien. Era esta una lección que había aprendido ya en la universidad pero que había olvidado.

Cruz se considera a sí misma una buena persona que no causa problemas. Cabe preguntarse hasta qué punto es buena persona alguien que abandona a un semejante (sea conocido o no) en su lecho de angustia. También pienso en qué clase de piruetas mentales son necesarias para conciliar la visión de uno mismo como buena persona con la costumbre de criticar continuamente a los amigos a sus espaldas. Su mayor preocupación en todo momento fue mantener esa imagen de persona nada conflictiva y ser aceptada por el grupo, por lo que trataba de ocultar nuestras desavenencias. Cuando yo las ponía de manifiesto, ella se irritaba sobremanera. A mí aquello me parecía otra forma de hipocresía.

Finalmente, en este tiempo me he dado cuenta de que las amistades no suelen funcionar cuando el grado de implicación es asimétrico. Yo no lograba conciliar sus palabras de amistad con el hecho de que, por ejemplo, no quisiera verme fuera de la oficina. Anduve preguntando a gente conocida y me encontré con que ese es un problema común: a veces uno quiere quedar más a menudo que la otra persona, lo que suele acabar en roces. Sorprendentemente, resulta que esa tensión no suele resolverse mediante acuerdo, sino que la amistad simplemente se disuelve hasta que solo queda el recuerdo.

Igual que me acuerdo del día en que nos conocimos me acuerdo del día en el que decidí que no quería saber nada más de Cruz. Durante mucho tiempo fue ella la que me evitaba, hecho que me dolía enormemente, pues yo le seguía teniendo un gran cariño. Pero llegó el momento en el que ya no pude más. Creo que un ser humano sólo puede soportar una cantidad limitada de dolor y angustia. Más allá, los fusibles se queman. En uno de los días más importantes de su vida yo volví a experimentar todos aquellos comportamientos por su parte que me hacían daño: el rechazo disimulado, la diferencia de trato respecto a sus verdaderos amigos, la falsedad de sus palabras, la hipocresía de sus actos. Fue entonces cuando me dije: «se acabó». En adelante trataría por todos los medios de no volver a verla ni saber nada de ella.

Por desgracia, no siempre lo he conseguido. En su último día en la empresa, Cruz quiso despedirse también de mí. Lo hizo fiel a su forma de ser: mostrando un falso interés y tratando de manipularme para que me sintiera mal. No esperaba otra cosa. Hice lo posible por que aquello durara lo menos posible y me afectara lo mínimo. Salí más o menos indemne.

No escasean las personas que te hacen daño en el transcurso de la vida. Normalmente el tiempo acaba templando las emociones y sigues adelante. Ahora es diferente. Reconozco que las heridas siguen abiertas y que, aunque el cariño permanece, ahora yace enterrado bajo montañas de rencor. Es la primera vez que me ocurre esto de desear no haber conocido a alguien. Cruz ha significado para mí la ruina emocional. Tan mal lo he pasado que ha acabado afectándome físicamente de forma notable. Espero que se me pase, aunque sospecho que tendrá que pasar mucho tiempo. Mientras tanto, el dolor sirve como recordatorio de las precauciones que un ser humano ridículo e inestable como yo debe tomar cuando se relaciona con los demás. Eso debería serme útil ahora que mi relación con otra persona se está haciendo muy estrecha. Me hace tener presente que no sé lo que puede pasar, que las personas somos muy malas haciendo predicciones sobre nuestros sentimientos futuros y que, cuando me hacen daño, mi comportamiento se vuelve esperpéntico. Es cierto que esta otra persona es muy distinta a Cruz, que noto su aprecio no solo en sus palabras sino también en sus actos, así que me siento tentado a decir aquello de «esta vez es distinto». Pero no quiere cometer el mismo error. No quiero descartar la posibilidad de que algún día escriba un texto similar a este en el que el lugar de Cruz lo ocupe mi nueva amiga.

Obviamente, si le preguntan a Cruz su versión de la historia será bien distinta. Quien la oiga pensará que soy un hipócrita, un mentiroso y un gilipollas (y estará en lo cierto). A la larga, ambos creeremos nuestra propia narración. Pero hoy, yo siento el alivio de saber que Cruz está un poco más lejos, y la alegría mezclada con miedo que me produce el hecho de que una nueva amiga está cada vez más cerca. Querer, equivocarse, llorar, repetir. Seguir adelante. Así es la vida.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Gente cercana

Una más, y van... no lo sé, ya he perdido la cuenta. La cuenta de los compañeros de trabajo, muchos de ellos buenos amigos, a los que he tenido que decir adiós muy a mi pesar. Hace pocos días nos despedimos de uno los mejores. Supe hasta qué punto estamos jodidos cuando su compañero de equipo, un profesional reconocido en el campo, se lamentaba en privado de que perdíamos «el faro que nos guía». Sin Ambrosio (llamésmole así) nuestro mar muerto está mucho más muerto.

Como otros muchos antes que él, Ambrosio minimiza el efecto de su marcha. Asegura que poco va a cambiar el hecho de que no esté, que seguiremos hablando y que seguiremos viéndonos. Hoy día parece darse por sentado que, gracias al correo electrónico, las redes sociales y los programas de mensajería, la distancia no es un impedimento para las relaciones. No obstante, mi experiencia me dice que, si bien la distancia no destruye la amistad en general, la ausencia de trato frecuente cambia su naturaleza. Llámenme raro, pero yo prefiero tener a mis amigos cerca físicamente e interactuar con ellos de forma habitual. ¿Cuántos de sus amigos han llegado a serlo sin haber coincidido nunca en persona? La cercanía física es lo que nos permite interactuar, compartir experiencias y formas de ver la vida, demostrar interés por el otro y pasar, con el tiempo, a la calidez y el afecto, a la reciprocidad incondicional, al altruismo mutuo, al intercambio de regalos y favores, a forjar esa confianza que nos permite compartir secretos, expresar honestamente nuestras emociones y mostrarnos vulnerables.

Si observan detenidamente, se darán cuenta de que, en el lenguaje cotidiano, usamos metáforas espaciales para referirnos al grado de amistad. En varios idiomas, los amigos «íntimos» son aquellos más «cercanos». Cuando una relación se enfría decimos que la persona «se aleja». Y así siguiendo:

In the U.S., people often differentiate among friends based on an idiom of proximity, or closeness. Although someone may have many friends, he or she may consider only a handful to be close. Moreover, it is possible to extend this spatial metaphor in various ways, for example, by noting that one is “drifting apart” from a friend or that “we’re like two peas in a pod.” Other languages also use spatial proximity as a metaphor for the quality of friendships. In Russian, for example, one can call a close friend blizkij drug (close friend), in Nepali, najikai saathi (nearby friend), in Mongolian, dotnii naiz (inside friend), and in French, ami proche (close friend). In Korean, the closeness of the relationship between both friends and family members is captured by the word cheong, which refers to the melding of individual identities into a new collective unit and incorporates elements of unconditional acceptance, trust, and intimacy
De acuerdo con Daniel J. Hruschka, amistad y cercanía están entrelazados en nuestra psique hasta tal punto que algunos investigadores han sugerido que llegamos a incluir al otro en uno mismo, un proceso mental por el cual pasamos del «yo» al «nosotros». Cuando eso ocurre tratamos los recursos y las identidades del otro como las nuestras. Según este punto de vista, los humanos encontramos que ayudar a un amigo cercano es gratificante porque nuestro cerebro percibe nuestras acciones, en algunos aspectos, como si nos estuviéramos ayudando a nosotros mismos. De igual manera, sentimos la misma angustia por la pérdida de gente cercana que la que sentiríamos al perder cualquier otro aspecto de nuestra identidad, como un talento o una posesión. La fusión entre el yo y el otro puede llegar hasta el punto de confundir nuestros recuerdos y atribuir erróneamente a nosotros mismos acciones que en realidad llevamos a cabo hacia nuestros amigos.

Fuente: Aron, A., Aron, E. N., & Smollan, D. (1992). Inclusion of other in the self scale and the structure of interpersonal closeness. Journal of Personality & Social Psychology, 63(4), 596–612.

Se podría argumentar que tal vez la cercanía sea un requisito para forjar la amistad, pero que una vez formada esta ya no se necesite para mantenerla. Una vez existe el lazo es posible que la proximidad no tenga por qué ser física, sino que baste con que sea emocional. De hecho, hace tiempo que los científicos sociales ya advirtieron que la movilidad geográfica no afecta tanto a la amistad como se piensa:

Geographic mobility does not appear to be as damaging to friendship as has often been proposed. People actively maintain ties from their places of origin and make new friends in their destinations. Indeed, friendship may be one solution to the problem of geographic mobility, by providing a way to quickly cultivate new social ties in a novel place.
Es más, un buen puñado de estudios longitudinales han concluido que el mejor predictor de longevidad de una amistad no es la distancia, sino cómo de vieja es dicha amistad. Cuantos más años llevemos siendo amigos de alguien, más probable es que lo sigamos siendo durante los años próximos. Sin embargo, es indudable que la distancia disminuye las oportunidades de ayuda y sacrificio mutuo, una característica de la amistad presente en todas las culturas.

Tener que dejar de ver diariamente a un amigo me fastidia bastante, pero sin duda es preferible a perderlo. Personalmente, nunca he encontrado consuelo en el dicho común según el cual «la gente viene y va». También el dinero viene y va, pero no es plato de buen gusto perder cinco mil euros cada dos meses. Para alguien como yo, con nulas habilidades sociales, cada amigo es –por cursi que suene decirlo– un verdadero tesoro, un capital social del que no puedo prescindir a la ligera. Opino que, paradójicamente, para la gente poco sociable los amigos valen mucho más que para el resto. Sospecho que esa la razón por la que llegamos al punto de luchar en exceso por mantener a flote relaciones que agonizan o que murieron hace mucho tiempo.

Además, decir que la gente viene y va parece implicar que todas las personas son más o menos iguales y, por tanto, reemplazables. Pero no lo son. Cada de una de mis amistades es una combinación única e irrepetible de virtudes que me aporta algo distinto. Y mis amigos más cercanos cumplen, sin excepción, una sencilla regla que he determinado separa las verdaderas amistades del resto: todos ellos me tratan mejor de lo que me merezco.

lunes, 10 de marzo de 2014

Tener razón

El arte de tener razón es un pequeño tratado inconcluso escrito por Arthur Schopenhauer y publicado póstumamente en el que el célebre filósofo recogió treinta y ocho estratagemas que uno puede utilizar en sus discusiones para hacer prevalecer su propia opinión. Algunas de ellas son, según palabras del autor, «golpes desleales»: para Schopenhauer la dialéctica es «el arte de hacer que lo que se ha enunciado pase por verdadero», una «esgrima intelectual para tener razón en las discusiones» que nada tiene que ver con la búsqueda de la verdad objetiva. Como sucede en una riña espada en mano aquí no importa qué contendiente tenga efectivamente la razón, sino quién gana. Y si para vencer son necesarias arteras maniobras de dudosa probidad, adelante con ellas.
Foto de Global X

Schopenhauer captó y describió con maestría uno de esos vicios tan molestos y tan arraigados en la naturaleza humana: nos encanta tener razón. Independientemente de que creamos o no que estamos en lo cierto, y al margen incluso de que la tesis que sostenemos nos perjudique, defendemos nuestros puntos de vista con uñas y dientes:
«si fuésemos honestos por naturaleza, intentaríamos simplemente que la verdad saliese a la luz en todo debate, sin preocuparnos en absoluto de si ésta se adapta a la opinión que previamente mantuvimos, o a la del otro; eso sería indiferente o en cualquier caso, algo muy secundario. Pero ahora es lo principal. La vanidad innata, que tan susceptible se muestra en lo que respecta a nuestra capacidad intelectual, no se resigna a aceptar que aquello que primero formulamos resulte ser falso, y verdadero lo del adversario. Tras esto, cada cual no tendría otra cosa que hacer más que esforzase por juzgar rectamente, para lo que primero tendría que pensar y luego hablar. Pero junto a la vanidad natural también se hermanan, en la mayor parte de los seres humanos, la charlatanería y la innata improbidad. Hablan antes de haber pensado y aun cuando en su fuero interno se dan cuenta de que su afirmación es falsa y que no tienen razón, debe parecer, sin embargo, como si fuese lo contrario. El interés por la verdad, que por lo general muy bien pudo ser el único motivo al formular la supuesta tesis verdadera, se inclina ahora del todo al interés de la vanidad: lo verdadero debe parecer falso y lo falso verdadero.»
Robert Burton sugiere que esa necesidad de llevar razón puede estar relacionada con el sistema dopaminérgico. Según esta línea de razonamiento cuando ganamos una discusión recibimos una recompensa en forma de liberación de dopamina, igual que si hubiéramos obtenido una victoria en un combate físico u otro tipo de victoria simbólica (como la de nuestro equipo de fútbol). Como es habitual, cuando se trata de dopamina siempre queremos más, de manera que en el siguiente debate buscaremos de nuevo esa sensación tan reconfortante aunque ello suponga llevarnos por delante nuestra integridad intelectual o hacer la vista gorda frente a nuestra hipocresía:
«once established, emotional habits and patterns and expectations of behavioral rewards are difficult to fully eradicate. This same argument applies to thoughts. Once firmly established, a neural network that links a thought and the feeling of correctness is not easily undone. An idea know to be wrong continues to feel correct. Witness the Challenger study student's comment, the geologist who accepts the overwhelming evidence of evolution, yet continues to believe in creationism, or the patient who continues to believe that his sham surgery repaired his knee.»
Burton se pregunta si algunas personas llegan a convertirse en esclavas del circuito de recompensa y son adictas a tener razón igual que hay personas adictas al juego:
«We all know others (never ourselves) who go out of their way to prove a point, seem to derive more pleasure from final answers than ongoing questions, and want definitive one-stop-shopping resolutions to complex social problems and unambiguous endings to movies and novels. In being constantly on the lockout for the last word, they often appear as compelled and driven as the worst of addicts. And perhaps they are. Might the know-it-all personality trait be seen as an addiction to the pleasure of the feeling of knowing?»
Dejo al criterio del lector la evaluación sobre la idoneidad de estas explicaciones fisiológicas. Lo que trato de poner de relieve aquí es ese impulso innato de hacer prevalecer nuestro punto de vista.

Todos sabemos lo estéril que es discutir sobre religión, política, economía o fútbol. Estas conversaciones consisten principalmente en hablar a gritos, verter la ponzoña partidista y excitar las disensiones de parecer. ¿Alguna vez han presenciado un debate sobre alguno de esos temas que terminara en alguien adoptando el punto de vista contrario? Mercier y Sperber llevaron a cabo un estudio en el que concluían, tras analizar varios experimentos, que el propósito de las discusiones no es arribar a la verdad, sino convencer a otros. De hecho, al parecer se nos da mejor forjar argumentos en un contexto social, es decir, cuando hay alguien a quien persuadir que cuando tenemos que justificarnos únicamente ante nosotros mismos. Nos gusta tanto tener razón que a veces tomamos decisiones que no son las mejores desde un punto de vista objetivo, todo con tal de mantenernos en nuestros trece. Además, pretendemos que el resto de personas piensen como nosotros:
«Skilled arguers [...] are not after the truth but after arguments supporting their views. This explains the notorious confirmation bias. This bias is apparent not only when people are actually arguing, but also when they are reasoning proactively from the perspective of having to defend their opinions. Reasoning so motivated can distort evaluations and attitudes and allow erroneous beliefs to persist. Proactively used reasoning also favors decisions that are easy to justify but not necessarily better.»

«Some of the evidence reviewed here shows not only that reasoning falls short of delivering rational beliefs and rational decisions reliably, but also that, in a variety of cases, it may even be detrimental to rationality. Reasoning can lead to poor outcomes not because humans are bad at it but because they systematically look for arguments to justify their beliefs or their actions.»

«People who have an opinion to defend don’t really evaluate the arguments of their interlocutors in a search for genuine information but rather consider them from the start as counterarguments to be rebutted»
He aquí, pues, otro gran obstáculo en la práctica de la inteligencia emocional. En aquel artículo sobre el tema dirigí el foco al problema que supone para algunas personas dejar a un lado las emociones cuando tratan de resolver un conflicto interpersonal. Sumémosle a ello lo explicado hasta ahora: nuestra tendencia a confirmar lo que ya creemos, a imponer nuestra opinión cuando pensamos que tenemos razón, y nuestra reticencia a recular cuando sabemos que no la tenemos. El cóctel perfecto para no ponernos nunca de acuerdo. Si alguien piensa, por ejemplo, que le odiamos, que actuamos de mala fe o que estamos tratando de perjudicarle ninguna discusión va a convencerle de lo contrario. Tengo la impresión de que las desavenencias se superan porque se olvidan y se dejan atrás, no porque se llegue a un entendimiento mutuo o alguien reconozca que estaba equivocado. Eso solo ocurre en las series de televisión.

Si no son demasiado jóvenes tal vez recuerdan el póster que tenía Mulder, el protagonista de la serie Expediente X, en su despacho. Era la imagen de un OVNI con la frase «I want to believe». Carl Sagan afirmó con tino que no podemos convencer a un creyente de nada porque su creencia (o, más en general, su marco, la estructura mental que conforma su modo de ver el mundo) no se basa en pruebas, sino en una profunda necesidad de creer. «Cuando los hechos no encajan en los marcos» —escribe Lakoff en su libro sobre discurso político—, «los marcos se mantienen y los hechos se ignoran». Y, aunque Sagan se refería a creyentes que profesaban alguna fe, el problema no se reduce a la religión. Sucede a diario en cualquier ámbito de la vida cotidiana.

Salimos de casa con las creencias puestas y nos mostramos resueltos a imponer nuestras opiniones, ya sea en persona o a través de internet. Mientras el otro habla no escuchamos realmente, sino que pensamos en contrargumentos con los que defender nuestra posición. Los datos en contra son soslayados o ninguneados. Y como los demás hacen lo mismo no queda otra que afear la conducta («te estás portando como un niño») o la gramática (típico de internet), o poner fin a la polémica con un ofendido «vale, lo que tú digas», «cada uno que saque sus propias conclusiones» (traducción: sois todos idiotas menos yo) o «no quiero hablar más de esto».

¿Tengo razón?

lunes, 3 de febrero de 2014

Sexo, filosofía y malentendidos (y III)

Comprender a los demás –especialmente cuando son muy diferentes a nosotros– exige un gran esfuerzo. Si les juzgamos usando nuestra propia perspectiva como base y no hacen lo que nosotros hubiéramos hecho o lo que es más común en general (aquello que consideramos «normal») entonces nos parecen hipócritas, raros o locos, y nos quedamos perplejos, rascándonos la cabeza mientras nos preguntamos cómo puede haber gente tan gilipollas. Mi experiencia me dice que, además de eso, tendemos a atribuir maldad si el comportamiento del otro nos afecta negativamente: pensamos que fulanito es un maleducado, un mentiroso, un egoísta, un caradura o que solo busca hacernos daño, cuando es posible que haya buenas razones para actuar como lo hace.
Foto de Pierre Phaneuf

Valorar la conducta del resto usando el patrón de la propia ahorra tiempo y energía, y hasta cierto sentido es lógico: los seres humanos somos más o menos iguales a grandes rasgos, y quienes nos rodean tenderán a ser aún más parecidos a nosotros mismos. El problema surge cuando dejamos de tener en cuenta que nuestra generalización no es infalible, que hay personas muy diferentes con un rango muy variado de experiencias que son procesadas de formas varias, lo que produce emociones distintas a las propias, a veces casi inconcebiblemente alejadas de todo lo que uno haya podido conocer. Observa Guy Deutscher:
«Basta imaginar qué ideas erróneas se pueden sacar sobre la «religión universal» o la «comida universal» si nuestro universo se limita a la franja de territorio entre el Mediterráneo y el Mar del Norte. Al viajar por diferentes países europeos uno puede quedarse impresionado por la gran disparidad que existe entre ellos: la arquitectura de las iglesias es completamente distinta y el pan y el queso no tienen el mismo sabor. Pero si nunca se aventura en lugares más lejanos, donde no hay iglesias, pan o queso, nunca podrá darse cuenta de que tales diferencias intraeuropeas son en última instancia variaciones menores de la misma religión y la misma cultura culinaria.»
Las vivencias y emociones relatadas por alguien en ocasiones nos pueden resultar tan extrañas como si nos hablaran del decimotercer huevo de una docena. Podemos repetir las palabras, conocer su significado en el diccionario y decir que sí lo entendemos, pero hay cosas que no se pueden hacer entender. En ausencia de los mismos esquemas mentales y de las emociones que acompañan a la experiencia es como si conociéramos la letra, pero no la melodía de la canción. Hay un chiste muy tonto que dice:
- Mi novia me ha engañado con mi mejor amigo.
- Te entiendo perfectamente.
- ¿Te ha pasado a ti también?
- No, pero hablo español igual que tú.
Es posible que dos personas hablen el mismo idioma y no se entiendan porque utilizan lenguajes distintos nacidos de sus respectivas experiencias subjetivas. Vas a alguien buscando apoyo y comprensión y en lugar de eso te dice cómo debes vivir tu vida. Le cuentas a una persona cercana un problema personal que para ti es importante y te sale con algo totalmente distinto, ningunea tu preocupación o su respuesta viene a decir que la culpa es tuya. Lo que para ti es una tragedia otro se lo toma a risa. Seguro que les suena.

Esa es, supongo, una de las razones por las que las chicas hablan de sus problemas con sus amigas y los chicos hacemos lo propio con nuestros amigos. A mi juicio, el compartir biología permite que la empatía alcance un grado más; incluso el lenguaje empleado es más parecido. Claro que hablar solo con quien piensa igual que nosotros nos puede privar de valiosas perspectivas alternativas.

Tal vez sea imposible llegar a comprender totalmente a otra persona en el mismo sentido en que no podemos «saber» cómo es ser un murciélago. Sabiendo esto lo que sí podemos es pararnos a pensar dos segundos e intentar adoptar la perspectiva del otro, aunque sea parcial. Si Pepa llora por sus gardenias marchitas yo puedo acordarme del mucho trabajo esmerado que les dedicó y de lo orgullosa que estaba de su aspecto, en lugar de herirla diciéndole que está haciendo una montaña de un grano de arena y que solo eran unas flores. Eso no quiere decir que a veces no saquemos las cosas de quicio, que todo comportamiento sea excusable o que no haya personas realmente malvadas. Solo digo que antes de juzgar podemos tratar de comprender, y que dicha comprensión, al ser inevitablemente limitada, conduce a juicios sesgados.

lunes, 14 de octubre de 2013

La práctica de la inteligencia emocional

Si han leído los celebérrimos libros de Daniel Goleman sobre el tema tal vez piensen que eso de la inteligencia emocional es algo bueno, útil e incluso deseable. Quizá pensaron que valía la pena intentarlo y puede que se sintieran impelidos a poner en práctica los consejos dados por el autor. Si tuvieron la ocasión de hacerlo con otra persona con la que tenían un problema es probable que descubrieran eso que dicen los militares de que ningún plan sobrevive al contacto con el enemigo.

Tomemos un ejemplo del primer libro para ver a qué me estoy refiriendo:
«El arte de hablar de forma no defensiva consiste en la capacidad de ceñirse a una queja concreta sin terminar desembocando en un ataque personal. El psicólogo Haim Ginott, el pionero de los programas de comunicación eficaz, afirma que la mejor forma de expresar una demanda responde al modelo «XYZ», es decir, «cuando dices X me haces sentir Y, pero me habría gustado sentirme Z». Por ejemplo: «cuando no me llamaste por teléfono y no me avisaste de que llegarías tarde a nuestra cita para cenar me sentí despreciada y enfadada. Me habría gustado que me advirtieras de tu retraso», en lugar del habitual «eres un desconsiderado y un egoísta». En resumen, pues, la comunicación abierta no supone un desafío, una amenaza ni un insulto, y tampoco deja lugar para ninguna de las innumerables manifestaciones de una actitud defensiva, como las excusas, la evitación de responsabilidades, los contraataques destructivos, etcétera.»
La ingenuidad de la que son acusados a veces los filósofos éticos palidece ante la de los psicólogos que asumen que es posible para dos personas cualesquiera discutir una afrenta de forma sosegada y racional por el mero hecho de cambiar la manera de comunicarse. Al toparnos con la realidad el guión de color rosa con final feliz a menudo se torna en una espiral de reproches mutuos, cuando no directamente insultos. De repente todos los trapos sucios se sacan a la luz del día y uno termina preguntándose si es que ha empleado mal la técnica o es que el psicólogo que la propuso nunca ha tenido pareja, hijos, amigos o vecinos.

Por mi experiencia diría que a menudo la gente no quiere solucionar el problema en cuestión; quiere tener razón. O peor aún: que te pliegues a sus voluntades sin rechistar. Hemos de recordar que cuando tratamos con seres humanos no tratamos con seres lógicos y racionales, sino con animales portadores de deseos, miedos, esperanzas, prejuicios y otros sesgos cognitivos, así como una visión del mundo y de sí mismos, de lo que es «normal» y de cómo deberían ser las cosas. Dependiendo de la personalidad o el estado de ánimo una misma frase o un mismo hecho puede ser interpretado de manera totalmente opuesta por el mismo individuo, bien sea con tal de llevar razón y ganar la discusión (si es que eso es posible), o bien para sentirse ofendido (si es de los que gusta jugar el papel de mártir). A todo lo anterior se une el hecho de que la mayoría de personas no está entrenada en el arte de la argumentación (y además no tienen ningún interés por el tema), lo que hace de la discusión un ejercicio inútil, una carretera sin salida labrada con falacias. Incluso aunque logremos dialogar de forma calmada las razones de uno pueden no parecer sinceras al otro. En ese caso solo se puede confiar en que es la verdad, pero a menudo optamos por pensar que la otra persona nos oculta la verdadera razón. Lo cual no sería raro, ya que mentir es fácil y barato. El resultado es que toda la cuestión acaba reducida a un asunto de fe.

En lo atinente a «hablar las cosas» es posible que el sesgo de acción –nuestra tendencia al intervencionismo, el querer «hacer algo»– sea peor remedio que la enfermedad. Yo creo que a menudo es mejor dejarlo pasar, que se enfríen los ánimos y el asunto acabe en el olvido. Algunos pensarán que obrar así solo hace que el rencor se acumule y sea peor cuando la bomba estalle más adelante, pero tengo mis dudas que ese sea efectivamente el caso. Pienso que es mucho más ponzoñoso para una relación hablar largo y tendido sobre cualquier ofensa, real o imaginaria, que tenga lugar. Con esto no quiero decir que mis juicios sean aplicables a todo caso y que sea mejor no hablar nada. De ninguna manera. Pero en casos en los que una persona se ofende porque ha malinterpretado algo que hemos dicho o hecho opino que es mejor obviar el tema, pues darle vueltas solo sirve para añadir cicatrices innecesarias. Si además ocurre que los oprobios van siempre en la misma dirección (porque una de las dos personas sea muy susceptible) a uno le quedará la sensación de que siempre anda pidiendo disculpas.

Lo dicho hasta aquí no significa que el concepto entero de inteligencia emocional sea una patraña. Mi queja tiene que ver con la dificultad práctica a la hora de relacionarse con otros no versados sobre el tema y nada dispuestos a aprender. Estas técnicas solo funcionan si ambas partes entran en el juego y se atienen a las reglas: de nada sirve utilizar fina esgrima intelectual mientras el otro nos arrea salvajes dentelladas emocionales (o nos golpea con unos tangibles yogures de frutas —cosas de las reuniones de vecinos). No hay inteligencia emocional en el mundo que haga bajarse del burro a quien ha decidido parapetarse tras el muro pasivo-agresivo del «haz lo que quieras». Es como discutir sobre política: si no hay un acuerdo en los principios fundamentales el proceso entero es absurdo e inútil. Contra principia negantem non est disputandum.

domingo, 28 de abril de 2013

Sexo, filosofía y malentendidos (II)

Una de esas vivencias ininteligible desde una perspectiva exterior podría ser el sexo en sí. En el año en que estábamos a las puertas de la adolescencia un profesor nos dijo –durante el transcurso de una clase de educación sexual– que la expresión «hacer el amor» no se ajustaba bien al acto; que ya lo entenderíamos cuando lo hiciéramos (de paso comentó el peculiar sabor de la leche materna; mejor no preguntéis). Otro ejemplo menos placentero fue el de mi profesor de autoescuela, que tuvo a bien amenizar una clase con los pormenores de las quemaduras sufridas en su arco del triunfo por culpa de una lata de gasolina prendida. «No te puedes imaginar el dolor», decía. Ni quiero, oiga.
Foto de Basilievich

Si Nagel sostenía que no podemos saber qué se siente al ser un murciélago porque carecemos de la experiencia directa de vivir mediante ecolocalización, el también filósofo Frank Jackson planteó otro experimento mental relacionado atinente al conocimiento y la vida mental:
«Mary es una científica que nunca ha tenido ocasión de contemplar los colores. Aunque su vista es perfectamente normal, nunca se lo han permitido. En la habitación que ocupa, de la que nunca se le ha permitido salir, todo, absolutamente todo, está pintado en blanco y negro. Ella misma está totalmente pintada de blanco y negro (supongamos, por mor del ejemplo, que esto es compatible con llevar una vida, en muchos aspectos, «normal»). Ahora bien, Mary ha aprendido, estudiando libros y artículos, muchas cosas sobre los colores; tantas, que se ha hecho una auténtica experta en ellos. Incluso podemos suponer que ha llegado a ser la persona que más conocimientos científicos tiene acerca de los colores y su percepción, tanto desde el punto de vista de la física y de la química, como desde el de la neurofisiología y la psicología. Sin embargo, parece en principio que hemos de admitir que, a menos que algún día pueda verlos, su conocimiento es incompleto.»
Si este ejemplo le resulta demasiado artificial piense en el ofrecido por P. S. Churchland sobre una ginecóloga que no tiene hijos, la cual puede conocer con detalle todos los procesos fisiológicos en el embarazo pero no ha experimentado el embarazo propiamente dicho.

Resumiendo lo dicho hasta ahora, vemos que concurren dos problemas a la hora de entender verdaderamente a los demás. Primero, no siempre podemos experimentar lo que ellos han pasado. Segundo, aunque nos lo cuenten con infinito detalle y podamos comprenderlo intelectualmente nos vemos privados del conocimiento que portan los sentidos y las emociones. Una historia que conjuga ambos aspectos debería dejar totalmente claro a qué me refiero.

He conocido personalmente a varias mujeres que han pasado por el aborto. Algunas lo hicieron por decisión propia; otras, muy a su pesar. Una de ellas es mi muy querida creadora y administradora del blog Somos múltiples, un portal para padres (presentes o futuros) de mellizos, gemelos, trillizos, etcétera. Hace cinco años esta mujer pasó por un embarazo ectópico y en un artículo reciente relataba su experiencia:
«Lo más duro de perder un embarazo es no tener a nadie con quien desahogarte ya que a la gente por lo general no le gusta hablar de esas cosas. La mayoría opta por restarle importancia a un aborto temprano, como si el hecho de haber pasado poco tiempo embarazada hiciera que doliese menos. Todos te dicen que no pasa nada, que eres joven y que puedes volver a intentarlo, e inmediatamente desvían de forma discreta el tema de conversación pretendiendo que actúes como si no hubiera pasado nada. La forma en la que todos trataban de ignorar esa pequeña vida que había crecido en mi interior, y que para mí había sido tan importante, me provocaba una rabia inmensa.

Es difícil hablar de ello incluso con tu propia pareja, cuando uno lucha por olvidar y el otro necesita desesperadamente descargar el peso de su angustia hablando de ello. Pasados unos días se acaba levantando un tupido velo de silencio alrededor del tema. Parece que nadie comprende tu desesperación. Todos optan por la postura más cómoda; fingir que no ha pasado nada. Y llega un momento en el que te planteas si ha ocurrido realmente o si lo has soñado y el embarazo sólo era producto de tu imaginación. Pero el dolor que sientes a cada instante te recuerda que es real.»
En uno de los momentos más duros de su vida, justo cuando más lo necesitaba, se encontró ayuna de comprensión ajena. Una situación que a muchos nos es bien conocida.

Continuará.

domingo, 21 de abril de 2013

Una rápida y personal (II)

Teníamos razón. Los dos. Aquella persona al pedirme que me alejara y yo al asumir que eso era cuanto podía hacer por ella. Por lo que puedo entrever desde la distancia parecen haber vuelto a su ser la alegría y la vitalidad. La sociabilidad. La sonrisa. ¿Sería ese el cambio que decía necesitar?

Cuesta creer que ir con mis mejores intenciones pudiera representar tamaña losa sobre el ánimo de alguien, sobre todo porque eso me atribuiría una influencia que probablemente esté a años luz de la real (no le importo tanto). No obstante ahora me pregunto, dada mi incapacidad para cambiar, cuánto bien podría hacer al mundo alejándome de más gente. Quizá debiera emboscarme:
«En la antigua Islandia al hombre que había entrado en un grave conflicto con la sociedad (de ordinario o a causa de un homicidio) le quedaba un recurso: el Waldgang, la emboscadura. Aquel hombre se retiraba al bosque, se convertía en un Waldgänger, un emboscado. Allí vivía de sus propias fuerzas, apoyado en sí mismo. Para sí era él su propio sacerdote, su propio médico, su propio juez.»
Hacer eso tendría la ventaja añadida de que alguno de los cinco millones de parados de este país podría ocupar mi puesto de trabajo para hacer una labor decente (de lo cual yo soy incapaz, visto lo visto, pues me son necesarios los lujos del tiempo y otros recursos para completar de manera incólume las augustas tareas a las que mi empresa se dedica).

Tengo entendido que Irlanda es un país frondoso, y queda más a mano que Islandia. Tal vez me recluya en un bosque de por allí. Mala suerte sería que con tanta lluvia y tanto árbol no me caiga un puto rayo.

Foto de Ruben Holthuijsen

domingo, 14 de abril de 2013

Sexo, filosofía y malentendidos (I)

Recogíame en el tren como cada tarde para volver a casa, petate a un lado y libro en mano como es costumbre en mí, cuando en los asientos más cercanos se acomodó un grupo de veinteañeras universitarias con su habitual conglomerado de mochilas, carpetas, bolsos y demás. Por más que traté de concentrarme en la lectura me fue imposible no enterarme de las peripecias sexuales de mis primas, las cuales, con la naturalidad, franqueza y el grado de detalle que es habitual en grupos de amigas (y que haría sonrojar al camionero más pintado), hablaban entre otras cosas de cómo la primera embestida del acto era molesta (si bien «el mete-saca luego ya no duele»), de cómo fulanito gustaba de hacer ruidos exagerados durante el coito, y otras cosas del mismo tenor. Se lamentaba una de ellas de que cuando su pareja intentaba masturbarla el colega frotaba el clítoris con escasa habilidad y demasiada violencia («como si pretendiera borrármelo», decía), a lo que sus íntimas asentían y respondían con historias similares. Se me ocurrió que tal vez la causa fuera que el chaval se había tomado las películas pornográficas por documentales y no por lo que en realidad son.
Foto de marc falardeau

La falta de mano del susodicho con la entrepierna de su pareja (el doble sentido es intencionado) es solo una de tantas formas manifiestas de ignorancia acerca del placer femenino que muchos hombres llevamos a cuestas. Como muestra considérese, verbigracia, el material del libro ilustrado Sex machines: Photographs and Interviews, de Timothy Archibald. En dicho volumen podemos encontrar, cuenta Mary Roach, fotos de máquinas sexuales fabricadas por inventores aficionados, todos ellos hombres. Durante la investigación que Roach llevó acabo acerca de la ciencia del sexo la periodista acudió a la presentación de la obra realizada en el Centro de Sexo y Cultura de San Francisco:
«Acaban de enchufar una máquina casera detrás de Archibald, sobre el estrado. La carcasa del motor tiene el tamaño aproximado de una fiambrera y se eleva a uno de los lados como un proyector de diapositivas. Un falo de color carne adherido al extremo de una vara entra y sale de ella silenciosamente. En general, el reclamo erótico de la máquina me resulta bastante limitado. Hacerlo con ella sería lo más parecido a acostarse con una salchicha. El mecanismo es el empleado por la mayoría de estos artilugios […]: un motor eléctrico unido a un pistón coronado por un falo.
[…] Archibald concluye su presentación y se abre el turno de preguntas. La primera en levantar la mano es una mujer con gafas de montura metálica y una camiseta verde:
–Lo que hemos visto hasta ahora es un montón de consoladores entrando y saliendo de un orificio, pero la mayoría de las mujeres no llegan al orgasmo de este modo. ¿Hay alguna máquina que se ocupe del clítoris?
Archibald admite que la idea del aparato es deudora de una noción estereotípicamente masculina sobre el placer femenino; sólo sabe de una máquina –no la han traído esta noche– que estimule el clítoris. Otra mujer alza la mano:
–Entonces, ¿dónde está la gracia? ¿En el morbo de dejarse follar por una máquina o en la regularidad de las embestidas?
Archibald, abrumado, busca con la mirada a los maquinistas. Parece que nadie tiene la respuesta.»
¿A qué se deben estas falsas asunciones sobre el placer femenino por parte de los hombres? Una respuesta posible es que, al carecer de los mismos órganos genitales y verse privados de esa información sensorial, los varones no pueden hacer otra cosa que suponer (algo que, visto lo visto, no se nos daría muy bien). Si esta respuesta es cierta, entonces cabría esperar que a las mujeres les ocurriera lo mismo, y que el problema se vería reducido al mínimo de las preferencias particulares en el caso de parejas homosexuales. Que ese sea el caso es algo que dejaré a la consideración del lector, pues no es relevante para la discusión posterior.

Las dificultades para comprender a las mujeres no se limitan al plano sexual. Pensemos en las inaprensibles experiencias de la menstruación o el embarazo. Pensemos también en la desgracia de un feto cuyo desarrollo acaba mal, y lo que eso supone para una persona. Estos ejemplos nos hacen intuir que ciertas vivencias son difíciles de entender plenamente para cualquiera que no haya pasado por ellas en primera persona. Algunos filósofos sugieren que «la experiencia proporciona un tipo de saber que no puede suministrar la ciencia». Ello significaría que aunque podamos comprender algo intelectualmente (por ejemplo, mediante descripciones científicas o testimonios en primera persona) nunca sabríamos realmente lo que es si no lo hemos experimentado directamente. La mejor (¿la única?) forma de conocer a qué sabe un licor sería, pues, beberlo.

En la década de los setenta el filósofo americano Thomas Nagel se preguntaba en un artículo qué es, qué se siente al ser un murciélago (What is like to be a bat?). Julian Baggini explica que:
«Podríamos llegar a entender completamente cómo funciona el cerebro del murciélago y cómo percibe mediante colocación [sonar], pero tras esta plena explicación física y neurológica seguiríamos sin tener ni idea de lo que se siente siendo un murciélago. Por tanto, seríamos en buena medida incapaces de penetrar en la mente del murciélago, aun cuando entendiéramos cabalmente el funcionamiento de su cerebro. Pero ¿cómo es posible esto si la existencia de la mente sólo depende del funcionamiento del cerebro? Por decirlo de otro modo, las mentes se distinguen por la perspectiva en primera persona que tienen del mundo.»
Parafraseando a William Bechtel al respecto de esta dificultad, podemos aprender con completo detalle cómo operan los mecanismos en el cuerpo de una mujer, pero, con todo, los hombres no podemos imaginar cómo se siente el placer mediante el clítoris, lo que se experimenta durante el ciclo menstrual o lo que se sufre con un aborto. En un plano más general, para todas las personas es muy difícil comprender a los demás cuando han vivido cosas que nosotros no, o su forma de percibir el mundo es radicalmente distinta de la nuestra.

Continuará.

domingo, 24 de febrero de 2013

The Walking Dead

Hay una pregunta, en el ámbito de la filosofía de la mente, que se plantea cómo podemos saber que quienes nos rodean no son zombis, entendiendo por tal una criatura sin mente ni conciencia algo diferente de lo que solemos ver en el cine o la televisión. De acuerdo con Simon Blackburn:
«Los zombis se parecen a cualquiera de nosotros y se comportan igual que cualquiera de nosotros. Su naturaleza física es indistinguible de la nuestra. Si abriéramos el cerebro de un zombi, veríamos que funciona exactamente igual que el de cualquiera de nosotros. Si pinchamos a un zombi, él o ella dirán «au» tal como haría cualquiera de nosotros. Sin embargo, los zombis no tienen conciencia. No hay ningún espíritu dentro de ellos. Como los zombis tienen el mismo aspecto y se comportan igual que cualquiera de nosotros, no hay forma de distinguir quién de nosotros es un zombi y quién es consciente tal como podamos serlo tú o yo. En cualquier caso, tal como pueda serlo yo, pues ahora que he planteado la opción zombi, me doy cuenta de que no puedo estar realmente seguro de lo que seas tú o cualquier otro. Tal vez la conciencia sea un correlato extremadamente inusual del complejo sistema formado por el cerebro y el cuerpo. Tal vez yo sea el único caso: tal vez todos vosotros seáis zombis.»
Dado cómo se comporta «la gente», la hipótesis de que esos individuos puedan ser autómatas sin inteligencia no le sonará rara a más de un lector. Lo que los filósofos se preguntan es cómo podríamos distinguir a una persona con mente consciente de un zombi. Ninguna de las dos interfaces principales disponibles para acceder a la mente de otras personas, actos y palabras, nos serviría. En el caso de los actos porque, como se decía anteriormente, los zombis se comportan exactamente igual que nosotros. En el caso de las palabras porque no podemos aseverar que estas se hallen conectadas a estados mentales, tal como explica Thomas Nagel:
Foto de Grmisiti
«Maybe your relatives, your neighbors, your cat and your dog have no inner experiences whatever. If they don't, there is no way you could ever find it out.
You can't even appeal to the evidence of their behavior, including what they say–because that assumes that in them outer behavior is connected with inner experience as it is in you; and that's just what you don't know.»
Tal vez sí exista una diferencia entre humanos y zombis que nos permitiría distinguir a unos de otros en buena parte de los casos: los zombis al menos tratan de conseguir un cerebro. Bromas aparte, la posibilidad de que quienes nos rodean sean seres ayunos de conciencia encaja bastante bien con el siguiente hecho (lamentablemente) verídico que sucedió hace poco en mi oficina:
Un compañero se acerca a nuestra sala. «Le he dicho al cliente que no puedo hacer lo que pide ahora mismo porque tengo mucho lío», nos explica. Acto seguido vuelve a su zona de trabajo y pregunta a sus vecinos de mesa: «¿quién se viene fuera a tomar un café?». Cuando yo mismo pasé por allí unos minutos después ahí seguía, de cháchara apoyado tranquilamente en la fuente del agua.
Cabría suponer que alguien con conciencia no haría tal cosa. Sin embargo, la hipocresía abunda en nuestro planeta tanto como el oxígeno. Es fácil de detectar en uno mismo a poco que prestemos algo de atención, y es mucho más fácil -y divertido, amén de más saludable para la autoestima- detectarla en los demás. Los ejemplos van desde lo banal (decir que no vas a comer nada porque te duele la garganta para acto seguido zamparte un desayuno pantagruélico) hasta lo más sangrante (indignarte por los políticos corruptos pero robar material de oficina, mentir en tu declaración de impuestos o tratar de estafar al seguro). En el ámbito de las relaciones están quienes dicen que te aprecian pero te tratan con indiferencia, los supuestos amigos que están «deseando» quedar pero nunca llaman, gente que te dice que puedes contarles cualquier cosa y recurrir a ellos en cualquier momento (la promesa del borracho) pero luego nunca están disponibles y, por supuesto, parejas que declaran amor eterno a la cara pero ponen cuernos a la espalda.

Muchas veces incurrimos en estas incongruencias sin darnos cuenta. Huelga decir que hacérselas notar al sujeto no suele servir de nada pues no le hace cambiar; como mucho puede ocurrir que la persona empiece a vomitar pretextos. Este mecanismo generador de coartadas es lo que Michael Gazzaniga (cuyo trabajo ya mencionamos en otra entrada sobre lo que nos mueve) llama «el intérprete»:
Cuando explicamos nuestras acciones, elaboramos un relato a partir de observaciones post hoc sin acceso al procesamiento inconsciente. Y, es más, el hemisferio izquierdo amaña un poco las cosas para que encajen en un relato lógico. Solo cuando los relatos se alejan demasiado de los hechos, el hemisferio derecho pisa el freno. Estas explicaciones se basan en los datos que recibe nuestra conciencia, pero la realidad es que las acciones y los sentimientos suceden antes de que seamos conscientes de ellos y, en su mayoría, son consecuencia de procesos inconscientes, que nunca intervendrán en las explicaciones. A decir verdad, atender a las explicaciones que da la gente acerca de sus acciones resulta interesante (y, en el caso de los políticos, divertido), pero a menudo es una pérdida de tiempo.
Por tanto, de acuerdo con Gazzaniga todos seríamos zombis, ya que ninguno de nosotros tiene -según él- acceso privilegiado a la propia vida mental.

Un refrán español reza: «obras son amores y no buenas razones». Las palabras no cuestan nada mientras que los actos exigen un gasto de energía o tiempo. Según la teoría de señales de la biología evolucionista cuanto mayor sea el coste menos a cuenta sale fingirlos, lo que sería un indicativo de su veracidad. Puede que nos sea imposible acceder a la mente de otras personas (o incluso a la nuestra), pero tal vez no nos haga falta para hacernos una idea de qué son o cómo son las personas. Quizá baste con considerar solamente sus acciones. Los programadores que no saben con qué tipo de dato están trabajando (si es número, texto, etc.) usan un concepto llamado duck typing: si parece un pato, anda como un pato y suena como un pato, entonces es un pato. Practicidad ante todo. De modo que si alguien que se dice tu amigo no busca tu compañía, no busca tu conversación ni responde a tus mensajes, y cada vez que intentas una acercamiento te da largas o busca la salida más próxima, entonces ten por seguro que no es tu amigo.

Como soy bastante tonto me ha llevado treinta años darme cuenta de que no puedes hacer caso a las palabras. Muchas veces me he creído lo que me decían más de lo debido, dando por buenas las justificaciones que me aportaban. Pero ya estoy harto de que me den largas y de oír excusas (como otros muchos, supongo); de ver cómo el mismo gesto es menospreciado cuando viene de mí pero valorado y recompensado cuando viene de otro; de que me ignoren y luego actúen como si no hubiera pasado nada (y al revés, de que parezca haber una buena relación y después en persona es como si fuera invisible). En definitiva, estoy harto de quien se llena la boca de buenas palabras que resultan ser embustes. A menudo ser tratado con hipocresía duele más que ser tratado con sinceridad.

domingo, 20 de enero de 2013

Cuando la intención no es suficiente

Al escribir la entrada anterior me dominaba la emoción y no tenía ganas de desarrollar mi argumento. Permítaseme hacerlo ahora sirviéndome de un personaje de ficción y un problema concreto. Aunque en lo sucesivo hablaremos de Penny, la protagonista de la serie The Big Bang Theory, el razonamiento será igualmente aplicable a personas de la vida real con problemas reales. Para quien no haya visto la serie, Penny es una chica que quiere ser actriz pero trabaja de camarera. El problema de Penny es que su carrera interpretativa parece no haber avanzado nada en los seis últimos años.

Foto de mabelzzz
¿Cómo podría ayudar yo a Penny si fuera su amigo en ese mundo ficiticio? Lo más obvio sería echarle una mano con el propio problema, es decir, con su carrera. Sin embargo yo, igual que Leonard y el resto de sus amigos, no tengo ninguna relación con el mundo de Hollywood. No sé cómo funciona ni conozco a nadie que pudiera asistirla. No puedo conseguirle ninguna prueba. Ni siquiera podría aconsejarle, porque desconozco absolutamente todo lo relacionado con el desarrollo de una carrera en el mundo de la interpretación.

Si no está en mis manos solucionar el problema en sí, tal vez podría echarle un cable con su preocupación por el problema. A menudo buscamos formas de disipar las inquietudes de los demás, pero esa puede ser una respuesta inadecuada en el sentido que explica Simon Blackburn:
«Supongamos que me encuentro con una persona que quiere comer. [...] De modo que le de doy un puñetazo en el estómago, para que el dolor le haga olvidar la comida. ¿Acaso le he dado lo que quería? En absoluto (incluso si olvidamos el hecho de que el puñetazo debe de haber sido doloroso). Él no quería que le liberara de ninguna tensión. Lo que quería era comida. Asimismo, una persona normal que sienta un deseo sexual no busca liberar su tensión. El bromuro podría tener ese efecto, pero no es eso lo que quiere. Lo que quiere es sexo.»
Para Penny el problema es su carrera, no su preocupación por su carrera. Como vimos al hablar de la pastilla roja, es posible que la gente no quiera dejar de preocuparse. Nos sentimos identificados con nuestras preocupaciones y a veces son importantes para nosotros, pues aquello que nos desasosiega en parte nos define y hace que nos consideremos de cierta manera. Si nos olvidáramos de ellas dejaríamos de ser nosotros. Por tanto, si yo consiguiera quitarle de encima a Penny la inquietud por su carrera tal vez no la estaría ayudando en absoluto, sino más bien al contrario: ella podría dejar de esforzarse por lo que quiere. No olvidemos que a menudo, como dice Victoria Camps, «las emociones son los móviles de la acción».

Incluso aunque Penny deseara borrar su preocupación yo tampoco podría serle de ayuda, como quedó patente en el caso de Ren. A pesar del amable comentario que dejó, lo cierto es que le fue mucho mejor con su receta que con la que yo le sugerí. No soy una de esas personas capaz de hacer que alguien olvide sus problemas.

Cabe considerar que, aunque no puedo influir en la carrera de Penny ni en sus desvelos asociados, aún pudiera serle útil asistiéndola en su angustia. Desgraciadamente, tampoco soy lo que se dice reconfortante. Me siento incapaz de pronunciar frases como «todo saldrá bien» o «ya verás cómo lo consigues» porque no sé si será el caso, y no quiero engañarte con mensajes que ni yo mismo me creo. El hecho desgraciado es que nos pueden pasar cosas muy malas durante mucho tiempo (para mensajes optimistas mejor lea el blog de Anyi). El único mensaje que he sabido enviar hasta la fecha a quienes sufrían es «¡ánimo!», y confieso que cuando lo hago me siento como si estuviera luchando con un huracán a base de regüeldos.

Otra vía de acción sería tratar de mejorar el estado de ánimo de Penny con pequeños gestos mundanos. Podría, verbigracia, enviarle chistes, vídeos de gatitos, comprarle algo de chocolate o regalarle un tratamiento en un balneario con la esperanza de que se sienta mejor y deje a un lado sus tribulaciones, aunque solo sea por un breve espacio de tiempo. Sin embargo, la utilidad real de estas acciones es efímera y baladí, e incluso pueden incomodar a la persona. Además, en una relación de amistad tales acciones se dan por descontado. No hace falta un motivo para hacerle un regalo a un amigo o enviarle algo que crees que le puede interesar o hacerle reír. Es algo que surge espontáneamente (al menos en mi caso) porque los tienes presentes.

Quizá Penny se conforme con que alguien la escuche. Lamentablemente, la ayuda que pueda suponer escuchar a alguien depende de que ese alguien quiera contarte sus problemas. Todos conocemos a gente a la que no le gusta hablar de ellos y no le dicen a nadie lo que le pasa, bien sea porque creen que pueden preocuparles, porque sienten vergüenza o porque no quieren mostrarse débiles. En estos casos poco se puede hacer salvo mostrar interés por la persona (¡sin agobiar!) y estar ahí, como dijo Silvi. No obstante, cuando presto mi oído y alguien lo rehusa no puedo dejar de pensar que he fallado a la hora de hacer que la persona se sienta cómoda o confíe lo suficiente en mí.

Si no puedo solucionar el problema de Penny, no consigo hacer que deje de preocuparse por ello, no logro que se sienta mejor y no soy capaz de hacer que desahogue, dudo que pueda afirmarse que la estoy ayudando. Cuando a un reloj le quitas la correa, la pila y las manecillas, entonces lo que tienes no es un reloj. Es un trasto inútil.

Zeta asegura que mi ayuda no pasa desapercibida, pero yo no acabo de ver que mis torpes esfuerzos puedan calificarse como tal, puesto que difícilmente han supuesto ninguna diferencia en su caso ni en ningún otro. Aunque las personas aprecien mis buenas intenciones lo cierto es que no viven de ellas. Nos guste o no, el intento es algo de una naturaleza muy distinta a la de la consecución (como se preguntaba el Actor Secundario Bob «¿acaso conceden el Nobel por intento de química?»). A mi modesto entender, en lo referente al auxilio del prójimo la ausencia de logro equivale al fracaso.