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lunes, 21 de diciembre de 2015

Mi Cruz

I was there for you
In your darkest times
I was there for you
In your darkest nights
But I wonder where were you?
When I was at my worst
Down on my knees
And you said you had my back

—Maroon 5, Maps

A lo largo de estos años he hablado varias veces sobre la marcha de compañeros de trabajo que se habían convertido en amigos, y cómo su próxima ausencia en la oficina era causa de gran pesadumbre para mí. Esta vez es bien distinto. La última baja no me produce pena sino alivio, un grandísimo alivio fruto del hecho de no tener que volver a encontrarme en los pasillos o en las citas de empresa a la persona que más daño me ha hecho en la vida.

Imagen de Catalina Briceno
Cruz y yo nos conocimos hace casi ocho años, momento que aún recuerdo. Ella era nueva en la empresa, igual que yo, así que no era raro que compartiéramos tiempo y tareas. También coincidíamos en los viajes de ida y vuelta a la oficina, por lo que hablábamos bastante. Me caía bien, esta Cruz. Resultó que teníamos en común muchas vivencias de la infancia y características de personalidad. Sentía que conectábamos a un nivel profundo, ese que está más allá de los gustos compartidos en aspectos como música y aficiones. Con el paso de los meses llegamos a llevarnos bien. Tan bien que una tarde, después de un día en el que había estado mohíno, me mandó un mensaje en el que me preguntaba si me encontraba bien y me decía que si lo necesitaba podía contarle a ella cualquier cosa. Aquello me animó. Cómo iba a saber en ese momento que esa frase no era sino la primera de una larga serie de mentiras por el estilo.

Piensen en una característica de su personalidad que les guste especialmente, algo que no solo sea un talento propio sino que además crean que es bueno para los demás. Quizá son ustedes muy generosos o divertidos o saben escuchar. Ahora imaginen que una persona muy querida para ustedes les dice que esa facultad que creían tan buena no lo es en realidad, que es un defecto que fastidia al resto. Hay muy pocas cosas que me gusten de mí mismo, y Cruz me convenció de que lo más valoraba de mí era una tara. Aquello me mató. De repente, ya no tenía virtudes. Pocas veces me había sentido tan mal conmigo mismo. Como siempre hago, me fui al otro extremo. Sabía que no lograría matar esa parte de mí pero me propuse hacer todo lo posible en esa dirección. Al fin y al cabo, ¿para qué quería yo ser de cierta manera si no me lo iban a agradecer, no iba a ayudar a nadie y a mí me hacía sufrir? Deduje que había sido un primo y que, en adelante, la regla de oro era «cada cual para sí». Puedo decir que actualmente, gracias a Cruz, soy peor persona.

He aprendido muchas otras lecciones a base de hostias en este periodo. Aprendí, verbigracia, que para que la inteligencia emocional funcione en una relación personal es necesario que ambas partes la practiquen. También entendí por fin lo poco que valen las palabras y que lo que cuentan son los actos. Toda mi vida había sido un crédulo, debilidad que esta persona explotó a más no poder. Yo veía que no me trataba igual que al resto de sus amigos, pero seguía aferrándome a sus palabras; ella insistía en lo mucho que me apreciaba. Sin embargo, nunca me ayudó cuando lo necesité, ni siquiera en aquellas ocasiones en que le pedí auxilio explícitamente.

Inferí además que el muro de distancia e indiferencia que yo colocaba para alejar a los demás no era suficiente. Ella misma lo dijo: «lo tuyo es todo fachada». Pero si alguien me gustaba y le dejaba entrar, pasaba hasta la cocina. Craso error. No caí en la cuenta de que hay personas como Cruz que una vez dentro de tu círculo más íntimo te saquean y prenden fuego a todo. Me di cuenta por las malas de que, además de la fachada, necesitaba un foso y dos o más muros adicionales para asegurarme de que no daba acceso a las zonas más profundas de mi ser a gente indeseable o demasiado pronto.

Descubrí y me enamoré del concepto de «suerte moral». De la misma forma que uno solo sabe lo bueno que es su seguro de coche cuando tiene un accidente y ha de reclamar, solo sabemos lo buena que es una persona cuando se enfrenta a una situación que le pone a prueba. Igualmente, solo sabemos que alguien es de verdad nuestro amigo cuando la relación pasa por algún bache y se supera, o cuando pedimos ayuda y nos la dan. Todas las risas y los buenos ratos que tienen lugar mientras las cosas van bien no significan nada. Es cuando llegan mal dadas cuando podemos calibrar realmente la relación, cuando quedan de manifiesto las mentiras o (si tienes suerte) se hace evidente que le importas a alguien. Era esta una lección que había aprendido ya en la universidad pero que había olvidado.

Cruz se considera a sí misma una buena persona que no causa problemas. Cabe preguntarse hasta qué punto es buena persona alguien que abandona a un semejante (sea conocido o no) en su lecho de angustia. También pienso en qué clase de piruetas mentales son necesarias para conciliar la visión de uno mismo como buena persona con la costumbre de criticar continuamente a los amigos a sus espaldas. Su mayor preocupación en todo momento fue mantener esa imagen de persona nada conflictiva y ser aceptada por el grupo, por lo que trataba de ocultar nuestras desavenencias. Cuando yo las ponía de manifiesto, ella se irritaba sobremanera. A mí aquello me parecía otra forma de hipocresía.

Finalmente, en este tiempo me he dado cuenta de que las amistades no suelen funcionar cuando el grado de implicación es asimétrico. Yo no lograba conciliar sus palabras de amistad con el hecho de que, por ejemplo, no quisiera verme fuera de la oficina. Anduve preguntando a gente conocida y me encontré con que ese es un problema común: a veces uno quiere quedar más a menudo que la otra persona, lo que suele acabar en roces. Sorprendentemente, resulta que esa tensión no suele resolverse mediante acuerdo, sino que la amistad simplemente se disuelve hasta que solo queda el recuerdo.

Igual que me acuerdo del día en que nos conocimos me acuerdo del día en el que decidí que no quería saber nada más de Cruz. Durante mucho tiempo fue ella la que me evitaba, hecho que me dolía enormemente, pues yo le seguía teniendo un gran cariño. Pero llegó el momento en el que ya no pude más. Creo que un ser humano sólo puede soportar una cantidad limitada de dolor y angustia. Más allá, los fusibles se queman. En uno de los días más importantes de su vida yo volví a experimentar todos aquellos comportamientos por su parte que me hacían daño: el rechazo disimulado, la diferencia de trato respecto a sus verdaderos amigos, la falsedad de sus palabras, la hipocresía de sus actos. Fue entonces cuando me dije: «se acabó». En adelante trataría por todos los medios de no volver a verla ni saber nada de ella.

Por desgracia, no siempre lo he conseguido. En su último día en la empresa, Cruz quiso despedirse también de mí. Lo hizo fiel a su forma de ser: mostrando un falso interés y tratando de manipularme para que me sintiera mal. No esperaba otra cosa. Hice lo posible por que aquello durara lo menos posible y me afectara lo mínimo. Salí más o menos indemne.

No escasean las personas que te hacen daño en el transcurso de la vida. Normalmente el tiempo acaba templando las emociones y sigues adelante. Ahora es diferente. Reconozco que las heridas siguen abiertas y que, aunque el cariño permanece, ahora yace enterrado bajo montañas de rencor. Es la primera vez que me ocurre esto de desear no haber conocido a alguien. Cruz ha significado para mí la ruina emocional. Tan mal lo he pasado que ha acabado afectándome físicamente de forma notable. Espero que se me pase, aunque sospecho que tendrá que pasar mucho tiempo. Mientras tanto, el dolor sirve como recordatorio de las precauciones que un ser humano ridículo e inestable como yo debe tomar cuando se relaciona con los demás. Eso debería serme útil ahora que mi relación con otra persona se está haciendo muy estrecha. Me hace tener presente que no sé lo que puede pasar, que las personas somos muy malas haciendo predicciones sobre nuestros sentimientos futuros y que, cuando me hacen daño, mi comportamiento se vuelve esperpéntico. Es cierto que esta otra persona es muy distinta a Cruz, que noto su aprecio no solo en sus palabras sino también en sus actos, así que me siento tentado a decir aquello de «esta vez es distinto». Pero no quiere cometer el mismo error. No quiero descartar la posibilidad de que algún día escriba un texto similar a este en el que el lugar de Cruz lo ocupe mi nueva amiga.

Obviamente, si le preguntan a Cruz su versión de la historia será bien distinta. Quien la oiga pensará que soy un hipócrita, un mentiroso y un gilipollas (y estará en lo cierto). A la larga, ambos creeremos nuestra propia narración. Pero hoy, yo siento el alivio de saber que Cruz está un poco más lejos, y la alegría mezclada con miedo que me produce el hecho de que una nueva amiga está cada vez más cerca. Querer, equivocarse, llorar, repetir. Seguir adelante. Así es la vida.

lunes, 14 de octubre de 2013

La práctica de la inteligencia emocional

Si han leído los celebérrimos libros de Daniel Goleman sobre el tema tal vez piensen que eso de la inteligencia emocional es algo bueno, útil e incluso deseable. Quizá pensaron que valía la pena intentarlo y puede que se sintieran impelidos a poner en práctica los consejos dados por el autor. Si tuvieron la ocasión de hacerlo con otra persona con la que tenían un problema es probable que descubrieran eso que dicen los militares de que ningún plan sobrevive al contacto con el enemigo.

Tomemos un ejemplo del primer libro para ver a qué me estoy refiriendo:
«El arte de hablar de forma no defensiva consiste en la capacidad de ceñirse a una queja concreta sin terminar desembocando en un ataque personal. El psicólogo Haim Ginott, el pionero de los programas de comunicación eficaz, afirma que la mejor forma de expresar una demanda responde al modelo «XYZ», es decir, «cuando dices X me haces sentir Y, pero me habría gustado sentirme Z». Por ejemplo: «cuando no me llamaste por teléfono y no me avisaste de que llegarías tarde a nuestra cita para cenar me sentí despreciada y enfadada. Me habría gustado que me advirtieras de tu retraso», en lugar del habitual «eres un desconsiderado y un egoísta». En resumen, pues, la comunicación abierta no supone un desafío, una amenaza ni un insulto, y tampoco deja lugar para ninguna de las innumerables manifestaciones de una actitud defensiva, como las excusas, la evitación de responsabilidades, los contraataques destructivos, etcétera.»
La ingenuidad de la que son acusados a veces los filósofos éticos palidece ante la de los psicólogos que asumen que es posible para dos personas cualesquiera discutir una afrenta de forma sosegada y racional por el mero hecho de cambiar la manera de comunicarse. Al toparnos con la realidad el guión de color rosa con final feliz a menudo se torna en una espiral de reproches mutuos, cuando no directamente insultos. De repente todos los trapos sucios se sacan a la luz del día y uno termina preguntándose si es que ha empleado mal la técnica o es que el psicólogo que la propuso nunca ha tenido pareja, hijos, amigos o vecinos.

Por mi experiencia diría que a menudo la gente no quiere solucionar el problema en cuestión; quiere tener razón. O peor aún: que te pliegues a sus voluntades sin rechistar. Hemos de recordar que cuando tratamos con seres humanos no tratamos con seres lógicos y racionales, sino con animales portadores de deseos, miedos, esperanzas, prejuicios y otros sesgos cognitivos, así como una visión del mundo y de sí mismos, de lo que es «normal» y de cómo deberían ser las cosas. Dependiendo de la personalidad o el estado de ánimo una misma frase o un mismo hecho puede ser interpretado de manera totalmente opuesta por el mismo individuo, bien sea con tal de llevar razón y ganar la discusión (si es que eso es posible), o bien para sentirse ofendido (si es de los que gusta jugar el papel de mártir). A todo lo anterior se une el hecho de que la mayoría de personas no está entrenada en el arte de la argumentación (y además no tienen ningún interés por el tema), lo que hace de la discusión un ejercicio inútil, una carretera sin salida labrada con falacias. Incluso aunque logremos dialogar de forma calmada las razones de uno pueden no parecer sinceras al otro. En ese caso solo se puede confiar en que es la verdad, pero a menudo optamos por pensar que la otra persona nos oculta la verdadera razón. Lo cual no sería raro, ya que mentir es fácil y barato. El resultado es que toda la cuestión acaba reducida a un asunto de fe.

En lo atinente a «hablar las cosas» es posible que el sesgo de acción –nuestra tendencia al intervencionismo, el querer «hacer algo»– sea peor remedio que la enfermedad. Yo creo que a menudo es mejor dejarlo pasar, que se enfríen los ánimos y el asunto acabe en el olvido. Algunos pensarán que obrar así solo hace que el rencor se acumule y sea peor cuando la bomba estalle más adelante, pero tengo mis dudas que ese sea efectivamente el caso. Pienso que es mucho más ponzoñoso para una relación hablar largo y tendido sobre cualquier ofensa, real o imaginaria, que tenga lugar. Con esto no quiero decir que mis juicios sean aplicables a todo caso y que sea mejor no hablar nada. De ninguna manera. Pero en casos en los que una persona se ofende porque ha malinterpretado algo que hemos dicho o hecho opino que es mejor obviar el tema, pues darle vueltas solo sirve para añadir cicatrices innecesarias. Si además ocurre que los oprobios van siempre en la misma dirección (porque una de las dos personas sea muy susceptible) a uno le quedará la sensación de que siempre anda pidiendo disculpas.

Lo dicho hasta aquí no significa que el concepto entero de inteligencia emocional sea una patraña. Mi queja tiene que ver con la dificultad práctica a la hora de relacionarse con otros no versados sobre el tema y nada dispuestos a aprender. Estas técnicas solo funcionan si ambas partes entran en el juego y se atienen a las reglas: de nada sirve utilizar fina esgrima intelectual mientras el otro nos arrea salvajes dentelladas emocionales (o nos golpea con unos tangibles yogures de frutas —cosas de las reuniones de vecinos). No hay inteligencia emocional en el mundo que haga bajarse del burro a quien ha decidido parapetarse tras el muro pasivo-agresivo del «haz lo que quieras». Es como discutir sobre política: si no hay un acuerdo en los principios fundamentales el proceso entero es absurdo e inútil. Contra principia negantem non est disputandum.