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lunes, 27 de enero de 2014

Va por ustedes

Puede que vieran este vídeo en su momento. Es la presentación de los premios Globos de Oro de 2011 en la que Ricky Gervais dio palos con su particular estilo humorístico a Charlie Sheen, Johnny Deep, Cher, las chicas de Sexo en Nueva York, Tom Cruise y Hugh Hefner entre otros. En este monólogo Gervais reflexiona sobre las bromas de mal gusto y los límites del humor, para acabar contando uno de los chistes más bestias que he oído nunca (empieza en el minuto 3:13). Diga lo que diga, es evidente que a Gervais le encanta provocar.

Foto de Thomas Atilla Lewis
Comentaba este cómico inglés hace no mucho que la ironía no funciona en Twitter (una red social en la que, según sus propias palabras, le encanta juguetear), que la gente se toma todo como si fuera personal:
«Everyone takes everything personally on Twitter. Twitter is like standing at a notice board in the town center and someone comes and puts up a sign ‘Guitar Lessons,’ and they go ‘I don’t want guitar lessons.’ You know, it wasn't to you.»
Es por ello que, de cuando en cuando, entre sus comentarios sobre la religión, fotos en la bañera y juegos que le gusta hacer publica tuits como «You're so vain. You probably think this tweet is about you», parafraseando el título de la canción de Carly Simons.

Cualquiera que tenga un blog personal o acumule cierto número de seguidores o amigos en la red social de turno se habrá encontrado probablemente con alguien que cree que cierta publicación se refiere a él, en especial cuando el texto es ambiguo. Por desgracia, siendo como somos las personas (lo malo siempre impacta más que lo bueno), normalmente ese texto suele ser negativo de algún modo, alguien se lo toma muy a pecho y, por arte de magia, se instaura una ofensa salida de la nada que puede llegar a culminar en feas acusaciones o incluso insultos, tal como atestiguan tantas y tantas discusiones en foros y secciones de comentarios. ¿Es una cuestión de mera vanidad, como señala Gervais? ¿O hay algo más?

En situaciones así siempre me viene a la mente el efecto Forer, llamado así por el psicólogo Bertram R. Forer. En 1948 este norteamericano realizó un experimento con sus alumnos cuyo resultado vino a mostrarnos que, cuando las afirmaciones son vagas, tendemos a pensar que se refieren a nosotros:
«He gave his students a personality test and told them each one had been personally assessed, but then gave everyone the same analysis.

He asked his students to look over the statements and rate them for accuracy. On average, they rated the bogus analysis as 85 percent correct—as if it had been personally prepared to describe each one of them. The block of text above was actually a mishmash of lines from horoscopes collected by Forer for the experiment.

The tendency to believe vague statements designed to appeal to just about anyone is called the Forer effect, and psychologists point to this phenomenon to explain why people fall for pseudoscience like biorhythms, iridology, and phrenology, or mysticism like astrology, numerology, and tarot cards. The Forer effect is part of a larger phenomenon psychologists refer to as subjective validation, which is a fancy way of saying you are far more vulnerable to suggestion when the subject of the conversation is you.»
Pueden hacer la prueba y leer el texto escrito por Forer aquí para después evaluar en una escala de 0 (muy pobre) a 5 (excelente) cuánto se ajusta a ustedes (la puntuación media que dieron los estudiantes en aquel entonces fue 4,2). El experimento ha sido replicado y el resultado parece ser universal, es decir, no sujeto a variaciones culturales. Más que vanidad yo creo que trata de una cuestión ego, entendiendo como tal no un exceso de autoestima sino nuestro «yo», la experimentación del mundo en primera persona (ibídem):
«Since you are always in your own head, thoughts about what it means to be you take up a lot of mental space. With some cultural variations, most people are keen on being individuals, unique and special persons whose hopes and dreams and fears and doubts are all their own. If you have the means, you personalize everything: your license plate, your ring tone, your computer’s desktop wallpaper, your bedroom’s walls.»
Es entendible que veamos el mundo y construyamos nuestra narrativa en torno a nosotros mismos, pero también hemos de saber que nuestro cerebro, al que tan bien se le da detectar patrones, es propenso a ver tigres donde solo hay rayas.

Cada vez que alguien se da por aludido sin venir al caso me acuerdo de un capítulo de la serie Dame un respiro (Just shoot me!) en el que la protagonista, Maya, empieza a salir con un chico llamado Steven que tiene un programa de títeres en televisión protagonizado por un perro llamado Señor Alcalde. El día siguiente a su primera cita, a la que Maya llega tarde, Steven saca un nuevo muñeco llamado Miss Panda que llega tarde a su cita con el Señor Alcalde. Después de que Maya se coma el último trozo de pizza en una cena con Steven, Miss Panda se abalanza sobre la pizza del Señor Alcalde sin dejarle nada. Tras haberle presentado Maya a su amiga Nina, Steven crea un nuevo personaje llamado Gina Jirafa a la que el Señor Alcalde le propone «dormir juntos con Miss Panda». En la escena final del episodio Maya acude al estudio en el que trabaja Steven para intentar aclarar si este está tratando de mandarle un mensaje con sus marionetas:

Maya: Steven, tenemos que hablar. No sé a qué juegas conmigo.
Steven: Espera ¿de qué estás hablando?
Maya: Gina Jirafa... ¿Nina? Si te gusta Nina dilo y ya está.
Steven: ¿Nina?
Maya: Venga, Steven, ¿ir a dormir con Gina Jirafa? Está claro lo que dice el texto subyacente.
Steven: ¿Subyacente? Maya, solo son títeres. A lo mejor ha habido alguna desafortunada coincidencia pero solo son títeres.
Maya: Pero ¿Gina Jirafa? ¿Gina? ¿Nina?
Steven: Escucha, Maya, no sé de dónde te has sacado todo eso ¿vale? Pero tú eres la única con quien me apetece estar, no quiero a nadie más que a ti. ¿De acuerdo? Solo te quiero a ti.

El programa se reanuda tras la publicidad y aparecen en escena el Señor Alcalde y Miss Panda:

Señor Alcalde: ¡Hola! Perdonad el retraso, chicos, pero es que Miss Panda estaba quejándose otra vez.
Miss Panda: ¡No me estaba quejando! Es solo que no me parece bien que invites a Gina Jirafa a dormir con nosotros. ¡Soy Miss Panda! Y uso palabras como «texto subyacente» para que todos vean que fui a un colegio de pago. ¡Y nunca jamás pago la cuenta!

Afortunadamente en el mundo real la gente no suele comportarse como Steven (aunque alguno hay, desde luego). El hecho es que, por increíble que pueda parecernos, el resto del mundo no piensa en nosotros tan a menudo como creemos, y no tiene sentido tomarse de manera personal algo dirigido a un público amplio que puede aplicarse a decenas de personas.

Dicho lo cual you're so vain, you probably think this post is about you.

domingo, 24 de febrero de 2013

The Walking Dead

Hay una pregunta, en el ámbito de la filosofía de la mente, que se plantea cómo podemos saber que quienes nos rodean no son zombis, entendiendo por tal una criatura sin mente ni conciencia algo diferente de lo que solemos ver en el cine o la televisión. De acuerdo con Simon Blackburn:
«Los zombis se parecen a cualquiera de nosotros y se comportan igual que cualquiera de nosotros. Su naturaleza física es indistinguible de la nuestra. Si abriéramos el cerebro de un zombi, veríamos que funciona exactamente igual que el de cualquiera de nosotros. Si pinchamos a un zombi, él o ella dirán «au» tal como haría cualquiera de nosotros. Sin embargo, los zombis no tienen conciencia. No hay ningún espíritu dentro de ellos. Como los zombis tienen el mismo aspecto y se comportan igual que cualquiera de nosotros, no hay forma de distinguir quién de nosotros es un zombi y quién es consciente tal como podamos serlo tú o yo. En cualquier caso, tal como pueda serlo yo, pues ahora que he planteado la opción zombi, me doy cuenta de que no puedo estar realmente seguro de lo que seas tú o cualquier otro. Tal vez la conciencia sea un correlato extremadamente inusual del complejo sistema formado por el cerebro y el cuerpo. Tal vez yo sea el único caso: tal vez todos vosotros seáis zombis.»
Dado cómo se comporta «la gente», la hipótesis de que esos individuos puedan ser autómatas sin inteligencia no le sonará rara a más de un lector. Lo que los filósofos se preguntan es cómo podríamos distinguir a una persona con mente consciente de un zombi. Ninguna de las dos interfaces principales disponibles para acceder a la mente de otras personas, actos y palabras, nos serviría. En el caso de los actos porque, como se decía anteriormente, los zombis se comportan exactamente igual que nosotros. En el caso de las palabras porque no podemos aseverar que estas se hallen conectadas a estados mentales, tal como explica Thomas Nagel:
Foto de Grmisiti
«Maybe your relatives, your neighbors, your cat and your dog have no inner experiences whatever. If they don't, there is no way you could ever find it out.
You can't even appeal to the evidence of their behavior, including what they say–because that assumes that in them outer behavior is connected with inner experience as it is in you; and that's just what you don't know.»
Tal vez sí exista una diferencia entre humanos y zombis que nos permitiría distinguir a unos de otros en buena parte de los casos: los zombis al menos tratan de conseguir un cerebro. Bromas aparte, la posibilidad de que quienes nos rodean sean seres ayunos de conciencia encaja bastante bien con el siguiente hecho (lamentablemente) verídico que sucedió hace poco en mi oficina:
Un compañero se acerca a nuestra sala. «Le he dicho al cliente que no puedo hacer lo que pide ahora mismo porque tengo mucho lío», nos explica. Acto seguido vuelve a su zona de trabajo y pregunta a sus vecinos de mesa: «¿quién se viene fuera a tomar un café?». Cuando yo mismo pasé por allí unos minutos después ahí seguía, de cháchara apoyado tranquilamente en la fuente del agua.
Cabría suponer que alguien con conciencia no haría tal cosa. Sin embargo, la hipocresía abunda en nuestro planeta tanto como el oxígeno. Es fácil de detectar en uno mismo a poco que prestemos algo de atención, y es mucho más fácil -y divertido, amén de más saludable para la autoestima- detectarla en los demás. Los ejemplos van desde lo banal (decir que no vas a comer nada porque te duele la garganta para acto seguido zamparte un desayuno pantagruélico) hasta lo más sangrante (indignarte por los políticos corruptos pero robar material de oficina, mentir en tu declaración de impuestos o tratar de estafar al seguro). En el ámbito de las relaciones están quienes dicen que te aprecian pero te tratan con indiferencia, los supuestos amigos que están «deseando» quedar pero nunca llaman, gente que te dice que puedes contarles cualquier cosa y recurrir a ellos en cualquier momento (la promesa del borracho) pero luego nunca están disponibles y, por supuesto, parejas que declaran amor eterno a la cara pero ponen cuernos a la espalda.

Muchas veces incurrimos en estas incongruencias sin darnos cuenta. Huelga decir que hacérselas notar al sujeto no suele servir de nada pues no le hace cambiar; como mucho puede ocurrir que la persona empiece a vomitar pretextos. Este mecanismo generador de coartadas es lo que Michael Gazzaniga (cuyo trabajo ya mencionamos en otra entrada sobre lo que nos mueve) llama «el intérprete»:
Cuando explicamos nuestras acciones, elaboramos un relato a partir de observaciones post hoc sin acceso al procesamiento inconsciente. Y, es más, el hemisferio izquierdo amaña un poco las cosas para que encajen en un relato lógico. Solo cuando los relatos se alejan demasiado de los hechos, el hemisferio derecho pisa el freno. Estas explicaciones se basan en los datos que recibe nuestra conciencia, pero la realidad es que las acciones y los sentimientos suceden antes de que seamos conscientes de ellos y, en su mayoría, son consecuencia de procesos inconscientes, que nunca intervendrán en las explicaciones. A decir verdad, atender a las explicaciones que da la gente acerca de sus acciones resulta interesante (y, en el caso de los políticos, divertido), pero a menudo es una pérdida de tiempo.
Por tanto, de acuerdo con Gazzaniga todos seríamos zombis, ya que ninguno de nosotros tiene -según él- acceso privilegiado a la propia vida mental.

Un refrán español reza: «obras son amores y no buenas razones». Las palabras no cuestan nada mientras que los actos exigen un gasto de energía o tiempo. Según la teoría de señales de la biología evolucionista cuanto mayor sea el coste menos a cuenta sale fingirlos, lo que sería un indicativo de su veracidad. Puede que nos sea imposible acceder a la mente de otras personas (o incluso a la nuestra), pero tal vez no nos haga falta para hacernos una idea de qué son o cómo son las personas. Quizá baste con considerar solamente sus acciones. Los programadores que no saben con qué tipo de dato están trabajando (si es número, texto, etc.) usan un concepto llamado duck typing: si parece un pato, anda como un pato y suena como un pato, entonces es un pato. Practicidad ante todo. De modo que si alguien que se dice tu amigo no busca tu compañía, no busca tu conversación ni responde a tus mensajes, y cada vez que intentas una acercamiento te da largas o busca la salida más próxima, entonces ten por seguro que no es tu amigo.

Como soy bastante tonto me ha llevado treinta años darme cuenta de que no puedes hacer caso a las palabras. Muchas veces me he creído lo que me decían más de lo debido, dando por buenas las justificaciones que me aportaban. Pero ya estoy harto de que me den largas y de oír excusas (como otros muchos, supongo); de ver cómo el mismo gesto es menospreciado cuando viene de mí pero valorado y recompensado cuando viene de otro; de que me ignoren y luego actúen como si no hubiera pasado nada (y al revés, de que parezca haber una buena relación y después en persona es como si fuera invisible). En definitiva, estoy harto de quien se llena la boca de buenas palabras que resultan ser embustes. A menudo ser tratado con hipocresía duele más que ser tratado con sinceridad.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Disfrutar la vida

Colin Farrell interpretó en un episodio de Scrubs a un irlandés juerguista cierrabares que le decía a los doctores:
«¿Vosotros qué, troncos? Aquí salvando vidas todos los días, y aún así salís y quemáis los bares. Porque vosotros salís de noche ¿verdad?» 
Foto de mabelzzz
Cuando los jóvenes galenos le dicen que, debido a sus horarios, lo que hacen realmente es acostarse temprano él replica:
«Tíos, ya dormiréis cuando estéis muertos. Tenéis que salir a la calle, tenéis que hablar con extraños. Desayunar cervezas. Enrollaros con la chica más fea de la fiesta. Iros de viaje a Texas ¿sabéis? Bailad con mujeres cansadas de sus maridos. La vida os pone todo en el regazo. Atreveos a abrazarla»
Su personaje me recordó al también irlandés George Best, un futbolista de la década de los sesenta a quien se atribuye la frase «he gastado mucho dinero en mujeres, alcohol y coches; el resto lo he desperdiciado». En la vida real, Farrell tiene un tatuaje en el brazo con la frase carpe diem. Según él, esa locución latina significa que hay que aprovechar el día, vivir el momento y dejar que el ayer desaparezca. Para el filósofo Julian Baggini dicha interpretación es una receta para el desastre:
«Si eso fuera lo que carpe diem significa realmente, yo diría que Farrell ha cometido un error al intentar vivir siguiendo esa definición. Vivir sólo para el momento y olvidar el mañana o el ayer no es una receta para la satisfacción. El problema es que los placeres van y vienen, y el mañana que imaginamos que jamás llegará casi siempre llega. El hedonismo puro nos deja vacíos, siempre estamos anhelando más placer y jamás no sentimos saciados. Las llamadas de atención están ahí, desde Platón y Aristóteles hasta Dorothy Parker pasando por Kierkegaard.»
Nunca he comulgado con el hedonismo simple típico del filósofo de bar. En primer lugar, porque no creo que dé sentido a la vida. Stephen Hetherington lo resume muy bien:
«La gente no piensa por lo general que si un gato siente placer, eso le otorga sentido a su vida. Así que la próxima vez que oigas a alguien explayarse entusiasmada sobre el sentido que dan a su vida la "buena comida, el buen vino, la buena conversación, en fin, el placer puro y llano", pregúntate si es tan obvio que su vida adquiera por ello más signifcado que la vida de un gato feliz. ¿Es acaso el placer como tal demasiado frívolo como para contribuir a darle verdadero significado a una vida?»
En segundo lugar, porque soy una de esas personas que necesita la narrativa para vivir. Una existencia basada en la mera sucesión de episodios de goce me parece vacía y sin significado. No quisiera que, si algún día viera pasar toda mi vida por delante de mis ojos, lo único que se proyectara ante ellos fuera una comilona seguida por otra comilona, seguida por un polvo, seguido por una comilona. Creo que la vida, como las buenas series de televisión, necesita una trama transversal que alumbre un todo satisfactorio. La típica serie basada en el caso de la semana acaba aburriendo a cualquiera.

Vivir cada día como si fuera el último implicaría la imposibilidad de llevar a cabo proyectos vitales. «He aprendido a depender [de Dios], a vivir al día y a renunciar a hacer planes. Tenemos el día de hoy, pero quizá no tengamos el de mañana», dijo una de sus entrevistadas a la doctora Kubler Ross. Nada nos garantiza que llegue el mañana, es cierto, pero eso es una invitación a no postergar las cosas, no a renunciar a nuestros planes a largo plazo. La flexibilidad mal entendida que conlleva renunciar al timón da un resultado opuesto al buscado.

Hay una tercera razón para que no comparta el enfoque del que estamos hablando. Es una razón que, además, hace que se me atraganten las personas que se guían por un estilo de vida así. Me temo, sufrido lector, que hemos llegado al punto en el que me pongo a pontificar, de modo que le entenderé si se salta los dos párrafos siguientes.

No somos el puto oso Yogui. El mundo no es un panal de miel puesto a nuestra disposición para darle gusto al cuerpo. No estamos solos. Otras personas -cercanas o no- nos necesitan. Tenemos obligaciones para con los demás. La vida no es solo diversión y jodienda. Nuestro disfrute no puede subvertir nuestro sentido del deber. ¿Qué pensaríamos de un médico que no atiende una urgencia porque está disfrutando del postre en su hora libre para comer?

No digo que debamos hacer vida ascética. Lo que digo es que hacer de los chutes de serotonina y dopamina un fin en sí mismo es reprochable, más aún cuando muchos sufren tanto y tan continuamente.  Mientras unos pocos nos ponemos ciegos a aperitivos, otros muchos tienen que atarse fuertemente una cuerda a la cintura para dejar de sentir hambre. Los analgésicos que algunos toman para la resaca los fabrican empresas que llevan a cabo sus ensayos médicos en países del tercer mundo sin ninguna ética médica. Millones de personas no tienen acceso a los avances científicos producidos en los últimos cien años. La fruición propia no es lo más importante del mundo. A mi juicio, es una obligación moral renunciar a parte de ella por el bien de los demás dedicando, verbigracia, el dinero que gastamos en comida y bebercio de utilidad marginal reducida o nula a mejores fines.

Una vez conversaba con alguien acerca de visiones sobre la vida y, en su caso, solo supo decirme que lo que tenía claro era que la vida hay que disfrutarla. En casos así, ya se refiriera a placeres simples, a gratificaciones o a estados de flujo la perspectiva es siempre la misma: «¿qué puedo obtener yo del mundo?». Curiosamente, las investigaciones en psicología apuntan en la dirección contraria: si lo que se busca es ser feliz la perspectiva adecuada tal vez sería «¿qué puedo darle al mundo?».

sábado, 5 de mayo de 2012

Por qué todo el mundo es idiota (menos tú y yo)

Eva Arguiñano tiene un programa de televisión en el que un participante acude al plató para que la cocinera le enseñe a preparar un menú más o menos elaborado, de modo que el participante pueda ofrecérselo más tarde a sus amigos o familiares. La cámara sigue al concursante en su proceso de aprendizaje con Eva así como en la elaboración de la cena final, tras la cual los invitados dan su opinión sobre el anfitrión. Pocas veces el resultado final se parece al creado por la profesional, lo cual es comprensible dado que algunos de los que acuden al programa apenas tienen experiencia en la cocina. Incluso los que son duchos en tareas culinarias suelen errar.

Lo que me llama la atención es que, independientemente de su experiencia previa, todo el mundo acaba personalizando la receta: sustituyen unos ingredientes por otros, cambian los tiempos de cocción u horneado, invierten el orden de los pasos... y los comensales acaban sufriendo las consecuencias. Hasta el más torpe con los fogones cree saber más que la Arguiñano, la cual lleva cocinando para la televisión desde 1991. En su desconocimiento del proceso estos maestros cocinillas acaban, como dijo aquella, liándola parda. Es un ejemplo concreto de un fenómeno más general: creerse más listo que el resto.

Puede que el lector se haya encontrado en la situación que voy a describir. Tenemos un cajón, maleta o armario lleno a reventar, un objeto más que debe ir dentro de dicho cajón, maleta o armario, y una ley física que dice que dos cuerpos no pueden ocupar a la vez el mismo espacio. Frente a todo eso, uno mismo, quizá decidido y confiado, con la triunfante frase ya preparada en la cabeza («¿ves como cabía?»); o tal vez temeroso frente a la tarea que nos ha sido impuesta por el ser querido. Y al lado o detrás, alguien observando la operación.

¿Cuál es el proceso? Empujas el objeto. Empujas aún más. Intentas ayudarte con todo el peso de tu cuerpo. Recolocas un poco las cosas que ya había metidas para intentar hacer sitio. Sigues empujando. Refunfuñas. Continúas a empellones. La física gana y te detienes para reconsiderar tu estrategia o recobrar el aliento.

Llegados a este punto es común que quien hasta ese momento miraba piense que estás haciendo algo mal, que eres un inútil y por eso no puedes cerrar la maleta, y que si uno quiere que las cosas salgan bien las tiene que hacer por sí mismo. Entonces se vuelven las tornas. El hasta entonces espectador se convierte en actor, un cambio que suele declararse con la frase «anda, déjame a mí». Se repiten los envites, las maldiciones, los intentos de obtener espacio donde no lo hay y la victoria de la física.

Cuando alguien me quita de en medio y también fracasa en su intento no puedo evitar sonreír un poco por dentro. ¿Qué creías que iba a pasar? Solo se trata de guardar un objeto. ¿Qué vas a hacer que a mí no se me hubiera ocurrido? ¿Crees que soy imbécil? Por el contrario, cuando soy yo el que pretende enseñar al cafre y me sale el tiro por la culata no puedo evitar sentirme un poco avergonzado. Realmente me he pasado de listo. Solo se trata de guardar un objeto. ¿Qué solución se me iba a ocurrir a mí que no se le hubiera pasado ya por la cabeza a la otra persona?

Moraleja: cuando uno no puede guardar el último bote de champú es porque la maleta o el cajón están llenos. Cuando es otro el que no puede, la causa es su torpeza. La psicología actual nos dice que culpamos de nuestros fracasos a las circunstancias, mientras que los fracasos de los demás los achacamos a sus incapacidades personales (prejuicio o sesgo de atribución). No es ningún secreto que todos nos creemos más listos que los demás. Si creemos en el modelo de inteligencias múltiples, podemos creernos más listos que los demás en más categorías. Y si no somos especialmente brillantes no importa: todos el mundo «sabe» que los demás son idiotas.

Un botón de muestra. Frank Sulloway y Michael Shermer hicieron una encuesta en la que preguntaban a los encuestados por qué creen en Dios y por qué creen que otras personas creen en Dios. El resultado, según Shermer, fue el siguiente:
«Clasificando las respuestas por categorías, éstas fueron las más frecuentes:

POR QUÉ LA GENTE CREE EN DIOS

  1. Argumentos basados en el buen diseño/la belleza natural/la perfección/la complejidad del mundo del universo. (28,6%)
  2. La experiencia de Dios en la vida cotidiana/la sensación de que Dios está en nosotros. (20,6%)
  3. Creer en Dios reconforta, alivia, consuela y da sentido y un propósito a la vida. (10,3%)
  4. La Biblia así lo dice. (9,8%)
  5. Sólo porque sí,/por fe/o por la necesidad de creer en algo. (8,2%)

POR QUÉ CREE LA GENTE QUE OTRA GENTE CREE EN DIOS
  1. Creer en Dios reconforta, alivia, consuela y da sentido y un propósito a la vida. (26,3%)
  2. Las personas religiosas han sido educadas para creer en Dios. (22,4%)
  3. La experiencia de Dios en la vida cotidiana/la sensación de que Dios está en nosotros. (16,2%)
  4. Sólo porque sí/por fe/o por la necesidad de creer en algo. (13,0%)
  5. La gente cree porque teme a la muerte y a lo desconocido. (9,1%)
  6. Argumentos basados en el buen diseño/la belleza natural/la perfección/la complejidad del mundo o del universo. (6,0%)
Adviértase que las razones para creer en Dios de base intelectual [...] que figuran en primer y segundo lugar en la primera pregunta, caen al sexto y tercer lugar en la segunda. Ocupando su lugar como las dos razones más frecuentes de por qué otras personas creen en Dios estaban las categorías basadas en lo emocional [...] es casi nueve veces más probable que la gente atribuya su propia fe en Dios a motivos racionales que que atribuya a ese mismo tipo de motivos la fe de los demás, que atribuye a motivos emocionales.»
Es decir, que uno mismo cree en Dios porque es la conclusión lógica, mientras que los demás lo hacen porque son unos lloricas pusilánimes o unos fanáticos miembros del rebaño.

Debemos, pues, ser cautos. Como ya dijimos, no todo el mundo es idiota porque sí (al menos, no siempre). A menudo la estupidez de alguien está solo en la mente del que mira.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Yo, mi yo y mi iPhone

«La felicidad es un estado mental». Cuántas veces habremos oído esta expresión, proveniente del Budismo, con la que siempre hay alguien que contesta algo como «bueno, si me tocase la quiniela yo también sería feliz». No es mi intención discutir aquí si el dinero da o no la felicidad, que por todos es sabido que no (aunque ayude ^_^), sino de lo que realmente es necesario para ser feliz.

Una cosa está clara, la felicidad hay que trabajarla. El problema de las sociedades modernas está en que nos imponen necesidades y exigencias que nos hacen luchar durante toda nuestra vida para alcanzar una meta inexistente, creyendo que una vez allí seremos felices, pero que cuando parece que hemos llegado, empieza una nueva carrera. Todo esto se puede extrapolar a estudios, carrera profesional, popularidad, familia, etc. Desde luego si una cosa ha sabido hacer Steve Jobs, ha sido la de crear nuevas necesidades. Por supuesto ha innovado y seguramente mejorado nuestro día a día, pero sobre todo ha convertido sus productos en una meta más en la vida para todo su ejército de seguidores.

Imagen de Edwin Dalorzo
Esto no quiere decir que el Sr. Jobs sea el responsable de nuestra infelicidad, el responsable de eso es más bien nuestro egocentrismo (que no egoísmo). Todo esto hace que me venga a la cabeza otra frase típica de madre: «no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita». Pero ¿cómo podemos necesitar menos sin llegar a convertirnos en un ermitaño?.

Volviendo al Budismo, la felicidad estaría en nuestra mente, de tal forma que todas nuestras respuestas a las situaciones estarían condicionadas por el estado mental que poseamos en dicho momento. Un ejemplo sencillo podría ser que si alguien te hace una pregunta justo en el momento de mayor obcecación con un problema al que no encuentras solución, es más probable que sueltes una bordería a que si justo la hiciera en el momento posterior a la resolución del mismo.

La idea sería evitar el enfado en lo posible, con uno mismo o con otros. Eso, por supuesto, es muy fácil decirlo, pero no tan fácil conseguirlo, y más cuando nuestras experiencias pasadas van aumentando nuestro ego y condicionando nuestro futuro.

El origen del ego (el «yo») es la historia que hemos creado inconscientemente para justificar nuestra manera de ser. Ya Piaget nos habla de la etapa infantil centrada en el yo, y aunque a partir de los 6 años salgamos de ella, no nos llegará a abandonar nunca. Al fin y al cabo, es un mecanismo de defensa.

El problema de esto es, como decimos, cuando condicionamos nuestro futuro a nuestro pasado. Se puede haber tenido un pasado horrible, pero es probable que en muchas ocasiones, cuando miramos a lo ocurrido exactamente, descubramos que realmente no han existido esos fantasmas que tan firmemente hemos pensado que condicionaban nuestro presente y nuestra forma de ser.

En cualquier caso, el ego, entendido como las vivencias que han conformado nuestra personalidad, ha de ser una herramienta que nos ayude a avanzar en la consecución de cualesquiera sean nuestros objetivos, pero no podemos cerrarnos en él o si no siempre caminaremos ciegos.
«Aprende a tener tu boca cerrada y comprenderás que has hablado demasiado.» Chen Meikung (s.XVI, China)