Mostrando entradas con la etiqueta sentido de la vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sentido de la vida. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de julio de 2015

El amargo sabor de la tarta de cumpleaños

«Tick, tick, tick. That's the sound of your life running out.»
—Dexter S05E08

Puede que no quede elegante, pero nunca está de más hacer referencia al cumpleaños propio en un blog personal por si acaso el personal se anima y envía alguna que otra presea, aunque sea con retraso. Yo completé hace unos días una nueva elipse alrededor del Sol y sobreviví, lo cual no es moco de pavo si tenemos en cuenta aquel estudio que aseguraba que nuestra probabilidad de muerte es un catorce por ciento mayor el día que celebramos nuestro portentoso nacimiento. Al parecer, la depresión del cumpleaños puede generar un estrés letal. Avisados quedan.

Foto de Debbie R
Es la elipse una metáfora muy apropiada en mi caso pues el tiempo pasa y al final vuelvo al punto de partida, sin progresar pero más viejo. Los años transcurren y no hay ningún avance en lo atinente a aquellas dudas vitales que ya expresé en aniversarios anteriores. Durante los primeros veinticinco años de vida cada cumpleaños abría nuevas posibilidades: más libertad, más independencia, mayor responsabilidad. Experimentamos nuevos eventos, memorables y radicalmente distintos, casi a diario. Es la época de las primeras veces: el primer día de escuela o universidad, las primeras vacaciones, el primer viaje, el primer beso, la primera relación sexual. Nuestras capacidades físicas y mentales van aumentando hasta alcanzar su cénit. A partir de los treinta, sin embargo, la vida diaria se convierte en una rutina automática de la que apenas somos conscientes. Como dijo William James: «los días y las semanas se diluyen en nuestro recuerdo hasta convertirse en unidades carentes de sentido. Los años se vacían y se derrumban». Es la época del ciclo vital en la que nuestro bienestar comienza a descender. Aquella tarta de cumpleaños otrora dulce se va amargando conforme crece la sensación de que el tiempo para realizar nuestros planes o hacer algo en la vida se agota, el envejecimiento empieza a dejar su marca y, en muchos casos (entre los que me incluyo), uno se da cuenta de que esto no es lo que había imaginado de pequeño.

A estas alturas la mayoría de los que conozco a mi alrededor y tienen más o menos mi edad ha optado por o está en trámites de casarse y tener hijos, no necesariamente en ese orden. He concluido que esa es una manera conveniente de dotarse a uno mismo de un proyecto vital a largo plazo. Supone crear una vida y darle forma a una persona, la forma más habitual de dejar huella en el mundo. Durante dos décadas todo girará en torno a los cachorros. Eso da sentido y significado, y tiene la ventaja añadida, oída en boca de varios padres, de que la paternidad «te quita mucha tontería». Respecto a quienes no contemplan la descendencia en sus vidas, he observado que suelen optar por experiencias recreativas: fiestas, viajes, aventuras, etcétera. Vivir la vida, lo llaman. Para mí, todo eso no es más que una variación de la rueda hedónica, algo que no casa con mi carácter por razones que ya expliqué.

Carente (al menos por el momento) de objetivos y proyectos, no puedo sino considerar mi vida completa, en el sentido de que no habrá nada nuevo o reseñable en años venideros. Esto es todo. No hay más. Solo queda el tedio. No puedo sino hacer mías aquí las palabras de Bertrand Russell cuando escribió:

Yo no nací dichoso. De niño, mi himno favorito era: «Cansado del mundo y con el peso de mis pecados». A los cinco años yo pensaba que si había de vivir setenta no había pasado aún más que la catorceava parte de mi vida vital, y me parecía casi insoportable la enorme cantidad de aburrimiento que me aguardaba. En la adolescencia la vida me era odiosa, y estaba continuamente al borde del suicidio, del cual me libré gracias al deseo de saber más matemáticas.
Pero quizá esté enfocando la vida de forma equivocada. Tal vez no se trate de objetivos y proyectos. Acaso sea erróneo concebir la vida como una lista de cosas por hacer de la que ir tachando elementos. He descubierto muy recientemente que lo que me ocurre puede deberse a que me haya saltado un paso, a saber, no me he preguntado qué tipo de persona quiero ser:

Goals are ultimately informed by our values. Many folks don't take the time to actually set goals and strive to attain those. That's because they haven't done the initial work, which is the values work, clarifying who you want to be in the particular areas of your life, and then, developing goals and taking steps in your life to achieve those goals. And when you accomplish those goals, they communicate back to you that you're living life to its fullest. Essentially, you're doing what matters most.
La cita anterior es de Clay Cook, instructor de un MOOC sobre gestión del estrés. Una de las lecciones de este curso versa sobre la «teoría de la aceptación y el compromiso» (ACT, por sus siglas en inglés), una forma de psicoterapia que, entre otras cosas, busca aclarar nuestros valores y hacer que nos comprometamos a obrar de acuerdo con ellos. Estos valores deberían guiarnos en cada instante para decidir qué es lo verdaderamente importante, lo que tenemos que hacer en cada momento:

Values are all about being the person you want to be, doing what matters most to you in life. It just so happens when people commit to living consistent with their values, that as being the person they want to be, they reflect on their lives as being more meaningful, purposeful, and, ultimately, more fulfilled.
Un buen ejemplo de esta idea aristotélica sería Benjamin Franklin, uno de los Padres Fundadores de los Estados Unidos, el cual, a los veinte años, se enmbarcó en la augusta tarea de alcanzar la perfección moral. Para ello se comprometió a regirse por trece virtudes, midiendo diariamente su progreso:

When Benjamin Franklin was an old man he revealed the secret of his fulfilling life. It was, he said, a technique that he had invented in his twenties to improve his personality.

[...] The approach Franklin took to building good character began by identifying its essential ingredients. Franklin was already clear about the character traits that interested him, which he called “the moral virtues.” [...] In Franklin’s case, he decided “for the sake of clearness, to use rather more names, with fewer ideas annexed to each,” and settled on 13 virtues, with brief explanations

[...] Day by day he kept a record in a tiny book in which he “might mark, by a little black spot, every fault I found upon examination to have been committed respecting that virtue.”

[...] Franklin kept returning to the program from time to time and always carried his list with him, even in old age. In assessing this lifetime of practice, he concluded, “[T]hough I never arrived at the perfection I had been so ambitious of obtaining, but fell far short of it, yet I was, by the endeavor, a better and happier man than I otherwise should have been if I had not attempted it.”
Por una parte suena bien: nuestros valores nos dotan de una brújula vital y comprometernos a actuar según los mismos es un trabajo a largo plazo pero que también llena al día a día. Por otro lado, no deja de ser un paso atrás en el que estamos contestando una pregunta («¿qué hago con mi vida?») con otra («¿qué tipo de persona quiero ser?») para la que puede que tengamos respuesta, o no.

La vida es muy puñetera. Para empezar, solo tenemos una oportunidad, de manera que, en cierto modo, tenemos que hacerlo perfecto a la primera. Nuestra naturaleza y nuestro entorno nos ponen límites. Hemos de tomar decisiones cuyas consecuencias acarrearemos el resto de nuestras vidas cuando aún somos ignorantes. No hay respuestas únicas y definitivas para las preguntas más importantes. La incertidumbre nos produce ansiedad y las circunstancias pueden echar por tierra hasta el plan más cuidadoso. Además, como dice el chiste, cuando tenemos tiempo y energía, no tenemos dinero. Cuando tenemos energía y dinero, no tenemos tiempo. Cuando tenemos tiempo y dinero, no tenemos energía. Y cada año que pasa surge esa vocecilla que se pregunta si no estaremos desperdiciando nuestra vida. Esto de vivir, mucho me temo, es una trampa mortal.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Meditaciones ajenas

En ocasiones, uno se topa con textos del tipo que le hubiera gustado saber escribir, aquellos en los que bellas ideas fluyen como el agua brota de un manantial, transportadas por palabras hiladas de forma elegante que hace que eso de escribir parezca fácil, señal inequívoca de maestría. Hoy les traigo uno de tales textos, firmado por Fernando Jiménez del Oso. Que lo disfruten.

Foto de Ross Pollack

Imagino una sólida estaca hundida profundamente en la tierra. Arrollada a ella, formando un ovillo, una invisible cuerda cuyo extremo libre está atado a nuestra cintura. Nacemos y comenzamos a andar. Unidos a la estaca, recorremos círculos que, al irse desenrollando la cuerda, son cada vez más amplios. Describimos, en fin, con nuestra marcha una espiral que se aleja del punto de partida, hasta que, estirada ya toda la cuerda —si un accidente o una muerte prematura no la han roto—, iniciamos sin darnos cuenta un camino de regreso. Seguimos caminando, pero ahora los círculos van siendo progresivamente más pequeños. Sin cambiar el sentido de la marcha, la espiral, que antes nos alejaba del origen, nos aproxima inexorablemente a él para, enrollada de nuevo la cuerda en torno a la estaca, terminar donde empezamos. Es un viaje de ida y vuelta que, desde la experiencia personal, se ha iniciado en la nada y retorna a ella. Puede que haya un antes y después, quiero creerlo, pero me refiero aquí a lo vital, no a lo trascendente.

En la primera parte de nuestro viaje, recorremos un camino inédito, un sendero de descubrimientos. Experimentamos lo que, por ser nuestro, consideramos único. Con fragmentos de conocimiento ajeno —el de otros que, antes que nosotros, hollaron la misma vereda— y un mínimo de reflexión, elaboramos un conocimiento propio que se nos antoja original y defendemos como si fuera la verdad suprema. En esa fracción de camino incorporamos el amor, el deseo, la pérdida, el dolor… Descubrimos nuestra fragilidad y, asustados, nos aferramos con fuerza a lo que, desde fuera, nos dé esa seguridad de la que carecemos: riqueza, fama, poder, admiración… cada cual de acuerdo a su medida y circunstancia, aunque, a la postre, de poco o nada sirva, porque lo externo es sólo un decorado y en el sí mismo, en lo que somos y sentimos, no cabe otro que uno; se está solo, no hay sitio para nadie y para nada más.

Llegada a su límite la cuerda, comienza a invertirse la espiral y, pensando que seguimos adelante, regresamos, vivimos lo que, en el fondo, ya está vivido. Sentimos, sí, pero es lo que ya antes habíamos sentido, matizado esta vez por el tiempo y la experiencia, sin el desgarro o el gozo que tuvo cuando nuevo. Con la soledad asumida, la necesidad de lo externo se limita a lo esencial, y al reencontrarnos con lo que nos pareció importante, vemos que es cosa vana y no merecía el esfuerzo. Hasta la memoria señala en el viejo el auténtico sentido de la marcha, volviendo fresco el recuerdo de su infancia y desvaído el de lo que hizo esa misma mañana.

Creo que sólo una cosa permite que la vida acabe sin haber emprendido el camino de retorno: dársela a los demás. Sentirse útil al otro, saberse necesario, es romper la cuerda. Una vez rota, se sigue caminando mientras el cuerpo aguanta, sin importar a dónde, sin necesidad alguna de echar la vista atrás. Y es que hay vidas que terminan en sí mismas y otras que sirven para algo.

lunes, 8 de julio de 2013

Meditaciones de cumpleaños

Varios de mis mejores amigos y yo mismo cumplimos años los primeros días del mes nombrado en honor de Cayo Julio César. Eso significa encadenar una celebración con otra y –al menos en mi caso– ensimismarse con el fin de justipreciar la propia existencia. «Una vida sin examen no es digna de ser vivida», que decía Sócrates.
Foto de Will Clayton

La forma en que valoramos nuestra vida en conjunto es una asunto espinoso, lleno de trampas sutiles. El estado de ánimo del momento o eventos significativos del pasado reciente o el futuro inmediato pueden hacer que la «nota final» varíe ostensiblemente. Por el efecto WYSIATI que vimos en las entradas anteriores solo consideramos aquello de lo que nos acordamos. Daniel Kahneman dedica el último capítulo de su libro a la dificultad que supone calibrar la satisfacción vital (el énfasis es mío):
The questions “How satisfied are you with your life as a whole?” and “How happy are you these days?” are not as simple as “What is your telephone number?” How do survey participants manage to answer such questions in a few seconds, as all do? It will help to think of this as another judgment. As is also the case for other questions, some people may have a ready-made answer, which they had produced on another occasion in which they evaluated their life. Others, probably the majority, do not quickly find a response to the exact question they were asked, and automatically make their task easier by substituting the answer to another question.
[...] Norbert Schwarz and his colleagues invited subjects to the lab to complete a questionnaire on life satisfaction. Before they began that task, however, he asked them to photocopy a sheet of paper for him. Half the respondents found a dime on the copying machine, planted there by the experimenter. The minor lucky incident caused a marked improvement in subjects’ reported satisfaction with their life as a whole! A mood heuristic is one way to answer life-satisfaction questions.
[...] Even when it is not influenced by completely irrelevant accidents such as the coin on the machine, the score that you quickly assign to your life is determined by a small sample of highly available ideas, not by a careful weighting of the domains of your life
Para tratar de sortear estos obstáculos el célebre psicólogo Martin Seligman sistematizó su proceso de valoración. Su método consiste en lo siguiente:
«Poco después del día de Año Nuevo, me reservo media hora de tranquilidad para elaborar una "retrospectiva de enero". Escojo un momento en que no existen dificultades ni exaltaciones momentáneas y lo escribo en el ordenador, donde guardo las copias que he comparado año tras año durante la última década. En una escala del 1 al 10 –de pésimo a perfecto–, valoro mi satisfacción con la vida en cada uno de los ámbitos que evalúo, y escribo un par de frases que los resuman. Estos ámbitos, que pueden ser distintos para cada persona, son los siguientes:
  • Amor
  • Profesión
  • Finanzas
  • Juegos
  • Amigos
  • Salud
  • Creatividad
  • En conjunto
Utilizo otra categoría, Trayectoria, en la que analizo los cambios existentes de un año a otro y el comportamiento observado en éstos a lo largo de la década.
Recomiendo este procedimiento a los lectores, pues sirve para concretar, deja poco margen al autoengaño e indica cuándo actuar.»
Obviamente una evaluación de este tipo solo es útil cuando uno tiene claro lo que quiere y las metas a las que se dirige son fijas (spoiler alert: lo que uno quiere y a lo que aspira cambia mucho y más a menudo de lo que pensamos, por no hablar de lo mal que se nos da predecir lo que nos hará realmente felices llegado el momento).

En la retrospectiva del año pasado dije que estaba un poco perdido. Por desgracia no ha habido ningún avance en ese aspecto. Es más, creo que estoy todavía más perdido. Me siento una boya a la deriva, sin aspiraciones ni sueños concretos. De los siete ámbitos considerados por Seligman solo tengo objetivos (si bien algo difusos) en lo atinente a dos de ellos. Para más inri, en los últimos doce meses he descubierto que lo que consideraba virtudes de mi forma de ser en realidad son defectos. Estoy vacío. No tengo nada que ofrecer.

No sé qué hacer, ni si debería hacer algo siquiera. Como decía Jonathan Haidt «no debo entregar ningún examen al final de la vida y por tanto no es posible que suspenda». En ausencia de objetivos podría considerar que –de nuevo citando a Haidt– «todo es un regalo sin ataduras ni expectativas». Pero al intentar adoptar esa aptitud oigo una voz interior que me dice que estoy desperdiciando mi vida, y que es probable que me arrepienta más adelante, cuando ya será demasiado tarde para enmendarlo.

«¿Qué hago con mi vida?» es una de esas preguntas que nadie puede responder por ti. Durante la adolescencia pensé que la respuesta llegaría con la edad. Como no fue el caso recurrí a la experiencia de los demás. A lo largo de los años he leído unos cuantos libros buscando cómo dar forma a mi propio camino, sin éxito. «Tenemos las mismas necesidades que los demás», escribe Julian Baggini al hablar sobre el sentido de la vida, «de amistad, comida, placer, felicidad, éxito, etcétera–, pero estas necesidades varían muchísimo en naturaleza e intensidad de una persona a otra». Y concluye:
«Por esa razón ninguna "guía para encontrar sentido a la vida" puede ser un manual de instrucciones completo sino que sólo puede crear un marco de referencia dentro del cual cada individuo construya una vida que merezca la pena ser vivida.»
Una vida que merezca la pena ser vivida. ¿Cómo se logra eso cuando uno es incapaz de experimentar verdadera satisfacción, fijarse objetivos, ayudar a los demás, comprometerse, creer, cambiar o amar?

Ni puta idea.

domingo, 9 de junio de 2013

Ser normal

Hace poco di por casualidad con este magnífico documental realizado por Chris Bell sobre esteroides anabolizantes y la cultura norteamericana. El debate sobre los esteroides está lleno de zonas grises que sirven al autor para retratar aspectos como la desinformación de masas acerca de sus riesgos (el CDC les atribuye tres muertes anuales en EEUU frente a las 435.000 del tabaco y las 75.000 del alcohol), la demagogia política (el congresista que no sabe dónde fueron a parar los quince millones de dólares destinados a educar sobre esteroides que gastó Bush) y la realidad humana («los uso porque todo el mundo lo hace»).

Me llaman poderosamente la atención los particulares valores que comparten acerca de lo que es el éxito y lo que significa ser «americano». Queda patente su creencia de que con trabajo duro y siguiendo las normas todo es posible (surgida, creo yo, de la ética protestante calvinista dentro de la cual floreció su cultura). Luego está el culto al héroe, en este caso Sylvester StalloneHulk Hogan y, sobre todo, Arnold Schwarzenegger. Todos ellos son buenos ejemplos de los personajes de MacIntyre:
«... cierta clase de papeles sociales específicos en ciertas culturas particulares [p]roporcionan personajes reconocibles, y el saber reconocerlos es socialmente crucial, puesto que el conocimiento del personaje suministra una interpretación de las acciones de los individuos que han asumido ese personaje, y precisamente porque tales individuos han utilizado el mismo conocimiento para guiar y estructura su conducta.
[...]
En el caso de un personaje, papel y personalidad se funden en grado superior al habitual; en el caso de un personaje, las posibilidades de acción están definidas de forma más limitada. Una de las diferencias clave entre culturas es el grado en que los papeles son personajes; pero lo específico de cada cultura es en gran medida lo que es específico de su galería de personajes.»
Foto de uaboverkentucky
Chris se sirve de la historia de sus propios hermanos –ambos consumidores del juice– para conducir la narración. El mayor, apodado Mad Dog, está obsesionado con hacer algo grande (en su caso, ser una súper estrella de la WWE). Nos dice que su mayor miedo en la vida es ser una persona corriente, que preferiría estar muerto a ser un tipo mediocre (cuando dejaron de llamarle de la WWF intentó suicidarse). Su casa en la playa y su estupenda mujer no son suficiente. Cerca del final del largometraje su hermano le pregunta qué problema hay en ser un tío más, que qué tiene de malo ser simplemente normal, a lo que Mad Dog responde:

«No tiene nada de malo. Bueno, en realidad sí que tiene algo malo. Lo que tiene de malo es que yo nací para alcanzar la grandeza y soy el único que me lo impide. Y necesito alcanzar la grandeza. Necesito hacerlo.»
Me quedé pensando un rato en qué tiene de malo ser uno más. Nada, supongo. Aún así para muchos de nosotros la idea de ser sólo uno más es deprimente. A mi modesto entender el deseo de destacar o ser el mejor viene de serie en las personas. Tal vez por eso hay tantos récords absurdos logrados por gente sin un talento concreto con ganas de hacer valer su nombre.

Sospecho que antes era más fácil considerarse entre los mejores, cuando el número de personas con las que uno se podía comparar era más reducido. Hoy, con la televisión e internet tenemos constancia de los logros y capacidades de gente de todo el planeta. Y hay mucha gente. Si se es honesto es mucho más difícil considerarse superior a la media. Cualquiera que haya participado en foros como los de Stack Exchange sabe que siempre hay un buen puñado de extraños que sabe más que uno*. Como decía Homer «por muy bien que hagas algo siempre habrá un millón de personas que lo harán mejor que tú». Eso, unido a la creencia de que el mundo es infinito en posibilidades y todo depende del empeño de uno acaba por generar ansiedad. Escribe Alain de Botton:
«Las poblaciones que gozan del privilegio de la riqueza y de posibilidades que van mucho más allá de lo imaginable por sus antepasados, que labraban las impredecibles tierras de la Europa medieval, han mostrado una notable capacidad para sentir que tanto lo que son como lo que tienen no basta.
[...] Nuestra percepción de cuál es el límite apropiado de cualquier cosa –por ejemplo, de la riqueza y de la estima– nunca se decide de forma independiente. Se establece comparando nuestra situación con la de un grupo de referencia, con la de aquellos que consideramos nuestros iguales. No podemos apreciar de manera aislada lo que tenemos, ni juzgarlo a partir de las vidas de nuestros antepasados medievales. No nos puede impresionar lo prósperos que somos desde el punto de vista histórico. Sólo nos consideraremos afortunados si tenemos tanto, o más, que las personas con las que crecemos, trabajamos, consideramos amigos y nos identificamos en el ámbito público.
[...] Lo que genera ansiedad y resentimiento es la sensación de que podríamos ser diferentes a lo que somos: un sentimiento que transmiten los mayores logros de aquéllos a quienes consideramos nuestros iguales.»
Yo me sentí identificado con Mad Dog. A los veinte años mi mayor miedo era acabar teniendo una vida mediocre. El camino habitual de obtener una licenciatura para conseguir un trabajo, casarme y tener hijos no tenía el menor atractivo para mí. Yo quería ser de los mejores. Lograr algo significativo. Ser el tipo de persona sobre la que se escriben libros o, al menos, que sale mencionado en ellos por alguna contribución importante a su campo, aunque fuera desconocido para el público en general. Sentir, en definitiva, que había hecho algo por el bien mayor, que el mundo era un lugar distinto por haber nacido yo. Ese es, para mí, el problema que tiene ser normal. La ausencia de logro. La falta de trascendencia. La vida vacía de significado. La sensación de que es culpa tuya porque no trabajaste lo suficiente.

Además de dotarnos de este deseo de ser mejor que el resto, la naturaleza puede proporcionarnos el antídoto: la ilusión de superioridad. Nos vemos a nosotros mismos desde una luz más favorable y nos medimos por estándares distintos de los que usamos para valorar a los demás. Enterramos nuestros fracasos en el fondo de la memoria atribuyéndolos a las circunstancias y sobrestimamos nuestra capacidad de influir en el curso de los hechos futuros. El resultado es que muchas personas piensan de partida que son mejores que el resto (más guapos, más inteligentes, más sensibles, más generosos, más divertidos, más educados o –el ejemplo más típico– mejores conductores). De acuerdo con Oliver Burkeman:
«a tendency to look on the bright side may be so intertwined with human survival that evolution has skewed us that way. In her 2011 book The Optimism Bias, the neuroscientist Tali Sharot compiles growing evidence that a well-functioning mind may be built so as to perceive the odds of things going well as greater than they really are. Healthy and happy people, research suggests, generally have a less accurate, overly optimistic grasp of their true ability to influence events than do those who are suffering from depression.»

«Yet though failure is ubiquitous, psychologists have long recognised that we find this notion appalling, and that we will go to enormous lengths to avoid thinking about it. At its pathological extreme, this fear of failure is known as ‘kakorrhaphiophobia’, the symptoms of which can include heart palpitations, hyperventilation and dizziness. Few of us suffer so acutely. But as we’ll see, this may only be because we are so naturally skilled at ‘editing out’ our failures, in order to retain a memory of our actions that is vastly more flattering than the reality. Like product managers with failures stuffed into a bedroom closet, we will do anything to tell a success-based story of our lives. This leads, among other consequences, to the entertaining psychological phenomenon known as ‘illusory superiority’. This mental glitch explains why, for example, the vast majority of people tell researchers that they consider themselves to be in the top 50 per cent of safe drivers – even though they couldn’t possibly all be.»
Por desgracia para mí carezco de la faculta de enjalbegar mis defectos. Igualmente ando ayuno de talento natural, capacidad de sacrificio, constancia o cualquier otra virtud requerida para el éxito. Ya hablé de cómo he fracasado como persona. Así, me hallo como tantos otros en el Primer Círculo del infierno, el limbo, recordando las palabras de Virgilio a Dante: «estamos condenados. Nuestra pena consiste en vivir con un deseo sin esperanza».

*Lo contrario también es cierto. Uno puede visitar ForoCoches o Yahoo Respuestas y sentirse superior al 90% de la raza humana.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Disfrutar la vida

Colin Farrell interpretó en un episodio de Scrubs a un irlandés juerguista cierrabares que le decía a los doctores:
«¿Vosotros qué, troncos? Aquí salvando vidas todos los días, y aún así salís y quemáis los bares. Porque vosotros salís de noche ¿verdad?» 
Foto de mabelzzz
Cuando los jóvenes galenos le dicen que, debido a sus horarios, lo que hacen realmente es acostarse temprano él replica:
«Tíos, ya dormiréis cuando estéis muertos. Tenéis que salir a la calle, tenéis que hablar con extraños. Desayunar cervezas. Enrollaros con la chica más fea de la fiesta. Iros de viaje a Texas ¿sabéis? Bailad con mujeres cansadas de sus maridos. La vida os pone todo en el regazo. Atreveos a abrazarla»
Su personaje me recordó al también irlandés George Best, un futbolista de la década de los sesenta a quien se atribuye la frase «he gastado mucho dinero en mujeres, alcohol y coches; el resto lo he desperdiciado». En la vida real, Farrell tiene un tatuaje en el brazo con la frase carpe diem. Según él, esa locución latina significa que hay que aprovechar el día, vivir el momento y dejar que el ayer desaparezca. Para el filósofo Julian Baggini dicha interpretación es una receta para el desastre:
«Si eso fuera lo que carpe diem significa realmente, yo diría que Farrell ha cometido un error al intentar vivir siguiendo esa definición. Vivir sólo para el momento y olvidar el mañana o el ayer no es una receta para la satisfacción. El problema es que los placeres van y vienen, y el mañana que imaginamos que jamás llegará casi siempre llega. El hedonismo puro nos deja vacíos, siempre estamos anhelando más placer y jamás no sentimos saciados. Las llamadas de atención están ahí, desde Platón y Aristóteles hasta Dorothy Parker pasando por Kierkegaard.»
Nunca he comulgado con el hedonismo simple típico del filósofo de bar. En primer lugar, porque no creo que dé sentido a la vida. Stephen Hetherington lo resume muy bien:
«La gente no piensa por lo general que si un gato siente placer, eso le otorga sentido a su vida. Así que la próxima vez que oigas a alguien explayarse entusiasmada sobre el sentido que dan a su vida la "buena comida, el buen vino, la buena conversación, en fin, el placer puro y llano", pregúntate si es tan obvio que su vida adquiera por ello más signifcado que la vida de un gato feliz. ¿Es acaso el placer como tal demasiado frívolo como para contribuir a darle verdadero significado a una vida?»
En segundo lugar, porque soy una de esas personas que necesita la narrativa para vivir. Una existencia basada en la mera sucesión de episodios de goce me parece vacía y sin significado. No quisiera que, si algún día viera pasar toda mi vida por delante de mis ojos, lo único que se proyectara ante ellos fuera una comilona seguida por otra comilona, seguida por un polvo, seguido por una comilona. Creo que la vida, como las buenas series de televisión, necesita una trama transversal que alumbre un todo satisfactorio. La típica serie basada en el caso de la semana acaba aburriendo a cualquiera.

Vivir cada día como si fuera el último implicaría la imposibilidad de llevar a cabo proyectos vitales. «He aprendido a depender [de Dios], a vivir al día y a renunciar a hacer planes. Tenemos el día de hoy, pero quizá no tengamos el de mañana», dijo una de sus entrevistadas a la doctora Kubler Ross. Nada nos garantiza que llegue el mañana, es cierto, pero eso es una invitación a no postergar las cosas, no a renunciar a nuestros planes a largo plazo. La flexibilidad mal entendida que conlleva renunciar al timón da un resultado opuesto al buscado.

Hay una tercera razón para que no comparta el enfoque del que estamos hablando. Es una razón que, además, hace que se me atraganten las personas que se guían por un estilo de vida así. Me temo, sufrido lector, que hemos llegado al punto en el que me pongo a pontificar, de modo que le entenderé si se salta los dos párrafos siguientes.

No somos el puto oso Yogui. El mundo no es un panal de miel puesto a nuestra disposición para darle gusto al cuerpo. No estamos solos. Otras personas -cercanas o no- nos necesitan. Tenemos obligaciones para con los demás. La vida no es solo diversión y jodienda. Nuestro disfrute no puede subvertir nuestro sentido del deber. ¿Qué pensaríamos de un médico que no atiende una urgencia porque está disfrutando del postre en su hora libre para comer?

No digo que debamos hacer vida ascética. Lo que digo es que hacer de los chutes de serotonina y dopamina un fin en sí mismo es reprochable, más aún cuando muchos sufren tanto y tan continuamente.  Mientras unos pocos nos ponemos ciegos a aperitivos, otros muchos tienen que atarse fuertemente una cuerda a la cintura para dejar de sentir hambre. Los analgésicos que algunos toman para la resaca los fabrican empresas que llevan a cabo sus ensayos médicos en países del tercer mundo sin ninguna ética médica. Millones de personas no tienen acceso a los avances científicos producidos en los últimos cien años. La fruición propia no es lo más importante del mundo. A mi juicio, es una obligación moral renunciar a parte de ella por el bien de los demás dedicando, verbigracia, el dinero que gastamos en comida y bebercio de utilidad marginal reducida o nula a mejores fines.

Una vez conversaba con alguien acerca de visiones sobre la vida y, en su caso, solo supo decirme que lo que tenía claro era que la vida hay que disfrutarla. En casos así, ya se refiriera a placeres simples, a gratificaciones o a estados de flujo la perspectiva es siempre la misma: «¿qué puedo obtener yo del mundo?». Curiosamente, las investigaciones en psicología apuntan en la dirección contraria: si lo que se busca es ser feliz la perspectiva adecuada tal vez sería «¿qué puedo darle al mundo?».