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lunes, 19 de agosto de 2013

Ni mata ni fortalece

Que en la vida uno va a ser rechazado en algún momento es una afirmación tan poco controvertida como la de que el Papa cree en Dios. Sea a la hora de buscar pareja o de encontrar trabajo, la mejor versión de uno mismo presentada como candidata con el objetivo de lograr sexo o empleo siempre puede toparse con un no. Chris Dixon aseguraba en su blog –en relación al ámbito profesional– que si no estás siendo rechazado diariamente es porque tus objetivos no son suficientemente ambiciosos:
Foto de d:space
«My most useful career experience was about eight years ago when I was trying to break into the world of VC-backed startups. I applied to hundreds of jobs: low-level VC roles, startups jobs, even to big tech companies. I got rejected from every single one. [...] The reason this period was so useful was that it helped me develop a really thick skin.»
Muchos deportistas, artistas o trabajadores manuales saben que los callos son una consecuencia inevitable de su actividad. El roce y la presión constantes irritan la piel y el cuerpo responde acumulando queratina en la zona para hacerla más dura. Friedrich Nietsche pensaba que el carácter podía responder igual que la piel y así lo expresó en su obra Ecce Homo, donde aparece el celebérrimo aforismo (énfasis mío):
«Así es como de hecho se me presenta ahora aquel largo período de enfermedad: por así decirlo, descubrí de nuevo la vida, y a mí mismo incluido, saboreé todas las cosas buenas e incluso las cosas pequeñas como no es fácil que otros puedan saborearlas; convertí mi voluntad de salud, de vida, en mi filosofía. Pues préstese atención a esto: los años de mi vitalidad más baja fueron los años en que dejé de ser pesimista: el instinto de autorrestablecimiento me prohibió una filosofía de la pobreza y del desaliento. ¿Y en qué se reconoce en el fondo la buena constitución? En que un hombre bien constituido hace bien a nuestros sentidos, en que está tallado de una madera que es, a la vez, dura, suave y olorosa. A él le gusta sólo lo que le resulta saludable; su agrado, su placer, cesan cuando se ha rebasado la medida de lo saludable. Adivina remedios curativos contra los daños, saca ventaja de sus contrariedades; lo que no lo mata lo hace más fuerte.»
Chris Dixon es solo uno más entre tantos otros que suscriben esa creencia de que las personas se pueden hacer más duras (física o psíquicamente) a base de golpes. Si eso es cierto se podría pensar que cuantos más palos se lleve uno más recio acabará siendo. Así, alguien que haya sobrevivido al paso por los campos de trabajo de Siberia administrados por el Gulag debió de salir realmente endurecido. Por tomar una referencia de la cultura popular que los de mi generación captarán enseguida, esa sería la historia de Hyōga, el caballero o santo del Cisne de la serie Saint Seiya destinado al campo de entrenamiento de Siberia (con este ejemplo ya vemos que algo falla en este razonamiento, pues lo cierto es que Hyōga fue siempre un guerrero bastante blandito, más obsesionado con su madre muerta de lo que lo estaba Marco con la suya viva).

Cuenta Nassim Taleb que cuando se topó con este tipo de inferencia («endurecido por el Gulag») le costó darse cuenta de su sinsentido, pero que finalmente dio con un experimento mental que lo explicaba (el énfasis es mío):
«Supongamos que somos capaces de encontrar una población grande y diversa de ratas: gordas, delgadas, asquerosas, fuertes, bien proporcionadas, etc. [...] Con estos miles de ratas formamos un grupo heterogéneo, bien representativo de la población de ratas de Nueva York. Las llevamos a mi laboratorio, en la calle Cincuenta y Nueve Este, y colocamos toda la muestra en un gran tanque. Sometemos a las ratas a niveles de radiación progresivamente mayores [...]. En cada nivel de radiación, aquellas que son naturalmente más fuertes (y aquí está la clave) sobrevivirán; las que mueran dejarán de pertenecer a la muestra. Poco a poco iremos disponiendo de un grupo de ratas más y más fuertes. Observemos el siguiente hecho fundamental: cada una de las ratas, incluidas las fuertes, será, después de la radiación, más débil que antes.»
Haber pasado por una miríada de descartes no implica automáticamente un aumento de la resiliencia. Cada rechazo puede ser una abrasión que ayude a formar un callo o una gota más en el proceso que horada la piedra de nuestra autoestima. Cómo lo afrontamos depende de nuestra forma de ser. El narcisista echará la culpa al entorno, las circunstancias o a los demás. Los menos neuróticos probablemente no se lo tomarán como algo personal y pensarán que ahora son más fuertes. Por contra, los más neuróticos se lo tomarán muy a pecho y añadirán un clavo más al ataúd de su autoestima; para estos últimos la sensación de valía está ligada a la cantidad de repudio recibido (parafraseando la expresión latina: todos los rechazos hieren, el último mata). Las diferentes actitudes de cada caso ilustran la naturaleza subjetiva de nuestra experiencia.

Independientemente de nuestra disposición frente al rechazo, las veces que nos topamos con él puede ser un indicador objetivo de nuestro valer. Si es verdad lo que dice Dixon, entonces John Rolfe (autor junto con Peter Trobb de un divertido libro sobre la vida en Wall Street) debió de sentirse especialmente ambicioso cuando –según sus propias palabras– la presentación de más de cuarenta currículums y cartas de presentación se tradujeron en exactamente tres entrevistas con bancos de inversión. Otra interpretación posible es que las aptitudes de Rolfe se perdían en la parte baja del montón. Una persona mentalmente sana ignorará esta parte de la realidad y seguirá adelante tranquilamente.

A menudo he encontrado individuos que justificaban el rechazo argumentando que no eran lo que el otro (empleador o posible pareja) andaba buscando en ese momento. Se me antoja un piadoso engaño, como si las tendencias fueran a cambiar en algún momento. Como si en algún futuro cercano los demás fueran a dejar de buscar gente guapa, divertida y con dinero con la que emparejarse, y las empresas fueran a dejar de lado a los individuos dinámicos con don de gentes. Es posible que, sencillamente, fueras rechazado porque tu manera de ser no encaja con lo que se pide, en cuyo caso podrías quedarte fuera hasta que se agoten las reservas de lo deseado y los que eligen se vean obligados a rebajar sus expectativas. Ante una escasez de parejas potenciales o puestos de trabajo ya puedes darte por jodido, pues ni siquiera podrás recoger las sobras. Eso no les pasa a los que son realmente válidos. Podrás revolverte pensando que no es justo que no se valoren tus capacidades o tus virtudes particulares, pero el hecho es que si lo que tienes para ofrecer no le interesa a nadie entonces tal vez no valgas nada en realidad (alguien que busca empleo o pareja ¿tiene valor en sí mismo como trabajador o compañero, o solo lo tiene en la medida en que posee cualidades que los demás desean?). En esta situación podrías intentar cambiar tu forma de ser, bien para solucionar el problema o bien para tratar de cambiar tu actitud frente al problema. Buena suerte con eso.

Mi tío siempre me ha dicho que cuando trataba de ligar de joven sabía que iba a triunfar una de cada veintitrés veces, y con esa estadística en mente saltaba al ruedo. «Si alguna vez caían dos seguidas», contaba riendo, «sabía que después me tocaban cuarenta hostias una detrás de otra». Su método era el clásico «disparar a todo lo que se mueve», igual que hacen los spammers. Si lo intentas mucho es posible que, por mero azar, alguna vez suene la flauta.

El correo electrónico no deseado tiene un ratio de conversión de aproximadamente ocho entre un millón según el estudio más reciente. Eso significa que unas ocho personas entre un millón compran algún producto anunciado a través de esos mensajes. Sin embargo, cuando alguien hace eso no lo atribuimos a la calidad del mensaje, sino a la estupidez del destinatario. ¿Por qué iba a ser distinto cuando se trata de uno mismo? Si a mí tío le costaba tanto lograr una cita probablemente no fuera tan atractivo como asegura. Si te vetan en nueve de cada diez entrevistas quizá es que eres un paquete. Si te rechazan en la misma proporción que a los demás es hora de asumir que eres mediocre. Tal vez tu única esperanza de hacerte un hueco sea un fallo en el proceso de selección (en cuyo caso vivirás con la incertidumbre de saber cuánto te durará la suerte). Tal vez deberías dejar de apuntar tan alto y asumir de una vez que no todo el mundo puede jugar en Primera División. Claro que ¿qué ocurrirá si bajas el listón a ras de suelo y sigues siendo rechazado? ¿Darás aún más la espalda a los hechos y te convertirás en un Vincent Finch?

domingo, 9 de junio de 2013

Ser normal

Hace poco di por casualidad con este magnífico documental realizado por Chris Bell sobre esteroides anabolizantes y la cultura norteamericana. El debate sobre los esteroides está lleno de zonas grises que sirven al autor para retratar aspectos como la desinformación de masas acerca de sus riesgos (el CDC les atribuye tres muertes anuales en EEUU frente a las 435.000 del tabaco y las 75.000 del alcohol), la demagogia política (el congresista que no sabe dónde fueron a parar los quince millones de dólares destinados a educar sobre esteroides que gastó Bush) y la realidad humana («los uso porque todo el mundo lo hace»).

Me llaman poderosamente la atención los particulares valores que comparten acerca de lo que es el éxito y lo que significa ser «americano». Queda patente su creencia de que con trabajo duro y siguiendo las normas todo es posible (surgida, creo yo, de la ética protestante calvinista dentro de la cual floreció su cultura). Luego está el culto al héroe, en este caso Sylvester StalloneHulk Hogan y, sobre todo, Arnold Schwarzenegger. Todos ellos son buenos ejemplos de los personajes de MacIntyre:
«... cierta clase de papeles sociales específicos en ciertas culturas particulares [p]roporcionan personajes reconocibles, y el saber reconocerlos es socialmente crucial, puesto que el conocimiento del personaje suministra una interpretación de las acciones de los individuos que han asumido ese personaje, y precisamente porque tales individuos han utilizado el mismo conocimiento para guiar y estructura su conducta.
[...]
En el caso de un personaje, papel y personalidad se funden en grado superior al habitual; en el caso de un personaje, las posibilidades de acción están definidas de forma más limitada. Una de las diferencias clave entre culturas es el grado en que los papeles son personajes; pero lo específico de cada cultura es en gran medida lo que es específico de su galería de personajes.»
Foto de uaboverkentucky
Chris se sirve de la historia de sus propios hermanos –ambos consumidores del juice– para conducir la narración. El mayor, apodado Mad Dog, está obsesionado con hacer algo grande (en su caso, ser una súper estrella de la WWE). Nos dice que su mayor miedo en la vida es ser una persona corriente, que preferiría estar muerto a ser un tipo mediocre (cuando dejaron de llamarle de la WWF intentó suicidarse). Su casa en la playa y su estupenda mujer no son suficiente. Cerca del final del largometraje su hermano le pregunta qué problema hay en ser un tío más, que qué tiene de malo ser simplemente normal, a lo que Mad Dog responde:

«No tiene nada de malo. Bueno, en realidad sí que tiene algo malo. Lo que tiene de malo es que yo nací para alcanzar la grandeza y soy el único que me lo impide. Y necesito alcanzar la grandeza. Necesito hacerlo.»
Me quedé pensando un rato en qué tiene de malo ser uno más. Nada, supongo. Aún así para muchos de nosotros la idea de ser sólo uno más es deprimente. A mi modesto entender el deseo de destacar o ser el mejor viene de serie en las personas. Tal vez por eso hay tantos récords absurdos logrados por gente sin un talento concreto con ganas de hacer valer su nombre.

Sospecho que antes era más fácil considerarse entre los mejores, cuando el número de personas con las que uno se podía comparar era más reducido. Hoy, con la televisión e internet tenemos constancia de los logros y capacidades de gente de todo el planeta. Y hay mucha gente. Si se es honesto es mucho más difícil considerarse superior a la media. Cualquiera que haya participado en foros como los de Stack Exchange sabe que siempre hay un buen puñado de extraños que sabe más que uno*. Como decía Homer «por muy bien que hagas algo siempre habrá un millón de personas que lo harán mejor que tú». Eso, unido a la creencia de que el mundo es infinito en posibilidades y todo depende del empeño de uno acaba por generar ansiedad. Escribe Alain de Botton:
«Las poblaciones que gozan del privilegio de la riqueza y de posibilidades que van mucho más allá de lo imaginable por sus antepasados, que labraban las impredecibles tierras de la Europa medieval, han mostrado una notable capacidad para sentir que tanto lo que son como lo que tienen no basta.
[...] Nuestra percepción de cuál es el límite apropiado de cualquier cosa –por ejemplo, de la riqueza y de la estima– nunca se decide de forma independiente. Se establece comparando nuestra situación con la de un grupo de referencia, con la de aquellos que consideramos nuestros iguales. No podemos apreciar de manera aislada lo que tenemos, ni juzgarlo a partir de las vidas de nuestros antepasados medievales. No nos puede impresionar lo prósperos que somos desde el punto de vista histórico. Sólo nos consideraremos afortunados si tenemos tanto, o más, que las personas con las que crecemos, trabajamos, consideramos amigos y nos identificamos en el ámbito público.
[...] Lo que genera ansiedad y resentimiento es la sensación de que podríamos ser diferentes a lo que somos: un sentimiento que transmiten los mayores logros de aquéllos a quienes consideramos nuestros iguales.»
Yo me sentí identificado con Mad Dog. A los veinte años mi mayor miedo era acabar teniendo una vida mediocre. El camino habitual de obtener una licenciatura para conseguir un trabajo, casarme y tener hijos no tenía el menor atractivo para mí. Yo quería ser de los mejores. Lograr algo significativo. Ser el tipo de persona sobre la que se escriben libros o, al menos, que sale mencionado en ellos por alguna contribución importante a su campo, aunque fuera desconocido para el público en general. Sentir, en definitiva, que había hecho algo por el bien mayor, que el mundo era un lugar distinto por haber nacido yo. Ese es, para mí, el problema que tiene ser normal. La ausencia de logro. La falta de trascendencia. La vida vacía de significado. La sensación de que es culpa tuya porque no trabajaste lo suficiente.

Además de dotarnos de este deseo de ser mejor que el resto, la naturaleza puede proporcionarnos el antídoto: la ilusión de superioridad. Nos vemos a nosotros mismos desde una luz más favorable y nos medimos por estándares distintos de los que usamos para valorar a los demás. Enterramos nuestros fracasos en el fondo de la memoria atribuyéndolos a las circunstancias y sobrestimamos nuestra capacidad de influir en el curso de los hechos futuros. El resultado es que muchas personas piensan de partida que son mejores que el resto (más guapos, más inteligentes, más sensibles, más generosos, más divertidos, más educados o –el ejemplo más típico– mejores conductores). De acuerdo con Oliver Burkeman:
«a tendency to look on the bright side may be so intertwined with human survival that evolution has skewed us that way. In her 2011 book The Optimism Bias, the neuroscientist Tali Sharot compiles growing evidence that a well-functioning mind may be built so as to perceive the odds of things going well as greater than they really are. Healthy and happy people, research suggests, generally have a less accurate, overly optimistic grasp of their true ability to influence events than do those who are suffering from depression.»

«Yet though failure is ubiquitous, psychologists have long recognised that we find this notion appalling, and that we will go to enormous lengths to avoid thinking about it. At its pathological extreme, this fear of failure is known as ‘kakorrhaphiophobia’, the symptoms of which can include heart palpitations, hyperventilation and dizziness. Few of us suffer so acutely. But as we’ll see, this may only be because we are so naturally skilled at ‘editing out’ our failures, in order to retain a memory of our actions that is vastly more flattering than the reality. Like product managers with failures stuffed into a bedroom closet, we will do anything to tell a success-based story of our lives. This leads, among other consequences, to the entertaining psychological phenomenon known as ‘illusory superiority’. This mental glitch explains why, for example, the vast majority of people tell researchers that they consider themselves to be in the top 50 per cent of safe drivers – even though they couldn’t possibly all be.»
Por desgracia para mí carezco de la faculta de enjalbegar mis defectos. Igualmente ando ayuno de talento natural, capacidad de sacrificio, constancia o cualquier otra virtud requerida para el éxito. Ya hablé de cómo he fracasado como persona. Así, me hallo como tantos otros en el Primer Círculo del infierno, el limbo, recordando las palabras de Virgilio a Dante: «estamos condenados. Nuestra pena consiste en vivir con un deseo sin esperanza».

*Lo contrario también es cierto. Uno puede visitar ForoCoches o Yahoo Respuestas y sentirse superior al 90% de la raza humana.

domingo, 18 de noviembre de 2012

El espíritu del esclavo

Una de las hipótesis que trata de explicar por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores dice que eso se debe a la falta de experiencias nuevas. En verdad una vez pasados ciertos años sobre el mundo da la impresión de que todo se repite: la rutina se instaura y los días son más o menos iguales, pasamos por las mismas épocas cada año, los ciclos económicos atraviesan sus fases correspondientes y, en general, el péndulo de la historia va de un lado a otro dejándonos con la sensación de que no hay nada nuevo bajo el sol. Nadie como Fernando Lázaro Carreter para expresar esta idea en la esfera de la vida cotidiana:
«sucede mucho, pero siempre lo mismo. Es el chino que pasó veinte veces delante del centinela, y éste, al dar el parte, aseguró que habían pasado veinte chinos. Sólo que ahora pasan unos cuantos chinos unas cuantas veces, pero son los que pasaron ayer. La conversa de los oficinistas en sus multitudinarios desayunos de mediodía, de los automovilistas entre sí ante los semáforos, de los pacientes del hospital aguardando a que, al fin, entre el primero, gira siempre en torno a las mismas cosas. [...] Todos tenemos que hablar de lo que pasa, que es vario pero fotocopiado.»
Foto de mabelzzz
Esta semana el «chino» protagonista ha sido la huelga general de España y Portugal, tema recurrente en esa conversa de oficinistas a la que aludía el académico zaragozano. Como huelguista (aunque no tenga cara de tal, según un compañero) no ha habido disquisición en la que no se me informara de la inutilidad de la protesta, y otras razones particulares para no dejar de trabajar ese día.

Cualquiera puede encontrar un motivo para no hacer algo, si no es demasiado exigente en cuanto a la solidez del argumento. Además del habitual «no va a servir para nada» (que ya tratamos allá por el mes de las flores) yo me he encontrado, verbigracia, con personas que aseguraban no poder permitírselo económicamente (pero que en Diciembre se van de viaje de esquí a otro país), personas que no la secundaban por su odio hacia los mandamases sindicales (que es como si para fastidiar a tu pareja te escondieras las tijeras de la cocina en el culo, de modo que no las encuentre) y personas que aseveraban que lo necesario es un paro indefinido (si no haces huelga un solo día -porque no puedes o no quieres- ¿cómo vas a hacer huelga sin fin a la vista?). Incluso me topé con un especimen único que juntaba en sí todas esas justificaciones.

Puedo entender que los empresarios menosprecien y critiquen cualquier reivindicación obrera ya que -por decirlo suavemente- el asunto no les viene muy bien. Más chocante es que la oposición a la protesta venga de entre aquellos que más sufren la situación actual, y a quienes más perjudicaría dejar hacer libremente a los de arriba (a todos los niveles, cada uno se preocupa de salvar y almohadillar su propio trasero, aunque eso vaya en perjuicio de los demás). Todo este pesimismo, el bajar los brazos antes de empezar a luchar, me ha recordado tres libros que narran tres historias distintas (dos reales, una ficticia) entrelazadas.

El primero de ellos es la vida de Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz. Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia cuenta la lucha tremebunda del pueblo indígena guatemalteco. Según Menchú, cada vez que trataba de organizar la oposición se encontraba con la resistencia de sus iguales, los cuales le aseguraban que no iba a cambiar nada, que su vida iba a ser siempre igual, llena de trabajo y sufrimiento.

La segunda historia proviene de la novela El árbol de la ciencia, escrita por Pío Baroja. Uno de los personajes principales de la historia dice:
«la naturaleza es muy sabia. No se contenta sólo con dividir a los hombres en felices y en desdichados, en ricos y pobres, sino que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre el espíritu de la miseria. Tú sabes cómo se hacen las abejas obreros; se encierra a la larva en un alveolo pequeño y se le da una alimentación deficiente. La larva ésta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera, una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. Así sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y el pobre.»
Como sintetiza más tarde el protagonista, la naturaleza hace al esclavo y le da el espíritu de la esclavitud.

La tercera historia tiene que ver con perros. En Aprenda optimismo el psicólogo Martin E. P. Seligman detalla sus crueles experimentos de laboratorio con canes. En dichos experimentos, a base de descargas eléctricas que los animales no podían evitar, estos aprendían que nada de lo que hicieran tenía importancia, por lo que dejaban de luchar para evitar el dolor de futuros shocks (ni siquiera se movían). La clave es que dicho comportamiento se mantiene incluso cuando ya es posible actuar para evitar el sufrimiento. Este fenómeno se conoce como impotencia o indefensión aprendida y se ha reproducido en experimentos con humanos (puede verse un ejemplo sencillo en este vídeo).

Me pregunto cuánto «espíritu de esclavo» hay detrás de cada «no va a servir para nada». Yo creo, no obstante, que se trata simplemente de un argumento socorrido para quedar bien frente a uno mismo. La cosa es, mucho me temo, que simplemente somos seres egoístas que no se revuelven hasta que le toca a uno de lleno. Y ya pueden sufrir decenas, cientos, miles o millones -dependiendo del umbral propio y de la distancia física o social- de prójimos, que tanto da mientras no sea la propia piel la que está en juego.
Lo malo de esto es que tiene mucho sentido que sea así, de manera que no cabe esperar que cambie.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Autosabotaje

Como tantos otros, he estado enamorado varias veces. Como tantos otro, he estado enamorado de personas que no me correspondían. Y como tantos otros, he estado enamorado de quien no me convenía. Una de las lecciones de la adolescencia es que uno no elige de quién se enamora; los sentimientos te atrapan sin más.

Foto de mabelzzz
Venimos al mundo con un buen puñado de preferencias, gustos, inclinaciones y necesidades preprogramadas. La crianza, la educación, la cultura y las experiencias vividas añaden algunas más. Para cuando somos adultos cargamos con una mochila considerable de impulsos y frenos automáticos. Algunos son más o menos maleables, pero otros (innatos) parecen inalterables. Según el caso, puede requerir tanta energía cambiar que pocos se toman la molestia.

Para Richard David Precht la conclusión de todo lo anterior es deprimente (el énfasis es mío):
«Even if I liberate myself from many external constraints, my desires, preferences, and longings remain unfree. I am not the one determining my needs -they are determining me! And that is why many neuroscientists claim that people are utterly incapable of 'reinventing' themselves»
A veces esas necesidades y deseos que nos vienen dados no están alineados con lo que nos conviene, como decía al principio. El resultado es que nos saboteamos a nosotros mismos por acción (hacemos cosas que preferiríamos no hacer) o por inacción (no hacemos cosas que querríamos hacer). Los ejemplos abundan por doquier. Mujeres que solo se ven atraídas por hombres proclives a la infidelidad o a desaparecer inmediatamente tras meter. Hombres a los que les gustaría sentar la cabeza pero que están abonados a labrar en tajo ajeno. Parejas en las que uno quiere hijos y el otro no. Individuos envidiosos de todo y de todos. Empleados que anhelan renunciar a obtener satisfacción en su trabajo. Gente dadivosa en lo personal que preferiría no volcarse tanto hacia los demás porque siempre salen escaldados. Celosos patológicos sin ninguna justificación. Personas a las que les gustaría no dejar todo para el último minuto.

Todos ellos desearían cambiar, transformar sus pulsiones internas y pensar o actuar de otra manera. «Quisiera ser el tipo de persona a la que eso no le preocupa» me decía, verbigracia, un amigo cuando hablábamos de la búsqueda de realización en el trabajo. A mí personalmente me gustaría, entre otras muchas cosas, no darle tantas vueltas a todo, no ser tan cobarde y no estar enganchado al azúcar.

Lamentablemente, me temo que no elegimos nada de lo anterior: ni las necesidades ni los deseos ni las preferencias ni el objeto de nuestras preocupaciones. Lo que sucede es que el subconsciente pide algo («¡quiero una casa más grande!») y la razón se lo niega («no hay dinero») pero el primero hace caso omiso y sigue rogando y pataleando, amargando a uno la existencia. Más tarde, cuando es la razón la que se fija un objetivo («debo ver las cosas buenas que tengo») si el subconsciente no está interesado hará oídos sordos y seguirá a lo suyo («¡quiero una casa más grande!»), denegando el impulso interno que tanto ayuda a la consecución de nuestros objetivos.

No digo que seamos totalmente esclavos de nuestras propensiones. A veces podemos hacer valer nuestra voluntad para no llevar a cabo todo lo que nos pide el cuerpo, pero no parece que seamos capaces de cambiar qué es eso que nos pide. Difícilmente nos levantaremos un día queriendo desde lo hondo de nuestra persona aquello que anoche queríamos querer. Es cierto que algunas de las cosas que he mencionado cambian con el tiempo pero, como digo, no ocurre de forma voluntaria. Más bien creo que nos vamos adaptando a base de intentar ignorar esa vocecilla interna -aunque se resista a callar, la condenada-.

Ojalá en el caso del lector sus deseos conscientes coincidan con los que surgen de su interior, especialmente en lo que atañe a cuestiones importantes. Eso le ahorrará muchas amarguras.

domingo, 23 de octubre de 2011

Mira el lado malo

«¡Qué manía tienes de verlo todo tan positivo!», le espetaba el otro día Ino a su compañero Josué. Según a cuál de los dos le preguntara, el proyecto iba viento en popa o estaba hundiéndose cual Titanic. Mientras que Josué es de los que piensa que el primer paso para solucionar un problema no es reconocerlo, sino negar que haya problema alguno, Ino es capaz de centrarse en la más diminuta mácula y magnificarla hasta ocultar el sol.

Foto de kalyan02
Me pregunto qué se sentirá siendo optimista como Josué, mirando el futuro con esperanza, libre de riesgos, confiando en que todo saldrá bien. Como ya dije, yo me identifico más con las palabras de A. J. Jacobs:
«I see the glass as half empty and the water as teeming with microbes and the rim as smudged and the liquid as evaporating quickly»
Cuando se es así, creo que es importante tomar dicho sentimiento de forma constructiva. El miedo a que algo salga mal puede paralizarnos; ver solo lo malo del mundo acaba por deprimirnos. Pero detectar los problemas es el primer paso para resolverlos, y el desasosiego que nos produce aquello que vemos que está mal quizá nos haga trabajar con más ahínco en la solución. La cuestión es pasar de pensar «todo esto es mierda todo» a pensar «esto es mierda ¿cómo puedo arreglarlo?». El cinturón de seguridad de los coches podría ser un ejemplo. Un pesimista asume que los accidentes ocurren, a veces con consecuencias trágicas. Pero en lugar de renunciar a conducir inventa uno modo de protegerse. Se trataría, pues, de una especie de pesimismo no desesperanzado, según el cual no se asume que todo es inútil y va a salir mal, sino que se tiene en cuenta que algunas cosas quizá salgan mal, y se busca la forma de minimizar el riesgo y avanzar mejorando lo existente.

El pesimista nos recuerda dos lecciones muy importantes. Una es que pueden ocurrirnos cosas realmente malas -como la muerte-, algo que olvidamos a menudo. La otra es que en lugar de gastar nuestra energía en «chuparnos las pollas» por nuestros éxitos, debemos conducirla hacia lo que está mal, pues es eso lo que hay que arreglar. Es nuestra obligación.