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lunes, 12 de diciembre de 2016

Por qué el tiempo vuela

Ayer vi Deadpool, uno de los estrenos de este año. En ella se hace referencia al agente Smith, el villano de la trilogía The Matrix, cuya primera película se estrenó en 1999. Eso significa que hay personas a punto de cumplir la mayoría de edad que no existían en este planeta cuando Neo tomó la pastilla roja. Yo, por mi parte, recuerdo perfectamente el día que fui a verla al cine. No me sentía tan viejo desde que, visitando el Museo de Ciencia y Tecnología, vi expuestos distintos aparejos informáticos que yo había usado casi a diario... con dieciocho años.

Por otro lado, la semana pasada anduve buscando algunas referencias en el blog y me quedé desconcertado una vez más por la manera en que el transcurso del tiempo está distorsionado en mi memoria. Tenía la sensación de haber escrito sobre algoritmos e inteligencia artificial este año cuando lo cierto es que eso fue el año pasado. No es la primera vez que reviso algunos artículos pasados y pienso: «caramba, si eso lo escribí ayer prácticamente» cuando en verdad fue hace dos o tres años. Este fenómeno se conoce como telescopia:

En 1955, el estadístico norteamericano Gray descubrió una peculiaridad en las respuestas de las encuestas. Al controlar la exactitud de las respuestas a preguntas del tipo: «¿Cuántas veces ha visitado usted a su médico de cabecera en los últimos dos años?», se evidenciaba que los encuestados sobrestimaban la frecuencia. La causa era que incluían también las visitas realizadas justo antes de estos dos años. Es decir, que Gray constató que por lo general las personas creen que los sucesos son más recientes de lo que lo son en realidad. Este fenómeno ha suscitado muchas investigaciones y se le dio un nombre [...]: telescopia.
Y además ya estamos en Diciembre. Otro año que toca a su fin a velocidad pasmosa. Verdaderamente el tiempo vuela... a partir de cierta edad.

Hay un maravilloso libro de Douwe Draaisma sobre cómo la vida parece acelerarse a medida que envejecemos que no puedo recomendarles lo suficiente. En sus páginas se analiza a través de bellas historias cómo funciona la memoria y sus fallos de funcionamiento. Lo leí allá por 2008, con veintiséis años. En el tiempo transcurrido desde entonces he experimentado en primera persona el fenómeno que trata de explicar y que no es nada obvio antes de los veinticinco.

Una posible explicación para este enigma podría ser que el paso de tiempo es relativo al total de nuestra vida, de manera que los mismos trescientos sesenta y cinco días son una fracción mucho mayor para un infante que para un octogenario:

El filósofo francés Paul Janet sugirió en 1877 que la longitud aparente de un periodo en la vida de una persona guarda relación con la longitud total de la vida. Es decir, un niño de diez años experimentaría un año como una décima parte de su vida, mientras que un hombre de cincuenta como una décima parte.
Según explica Draaisma en su obra, para William James, el padre de la psicología, esta no era una explicación sino una descripción. Él atribuía el aparente acortamiento de los años a

la monotonía del contenido de la memoria y la resultante simplificación de la mirada retrospectiva. Durante nuestros años de juventud tenemos alguna experiencia totalmente nueva cada hora del día, subjetiva u objetivamente, la capacidad de comprensión está viva, la capacidad de retención es fuerte, y nuestros recuerdos de esa época, al igual que las impresiones que hacemos durante un viaje rápido y movido, tienen múltiples ramificaciones y formas, y son detallados. Pero cada año que pasa, parte de esta experiencia se convierte en una rutina automática de la que apenas somos conscientes. Los días y las semanas se diluyen en nuestro recuerdo hasta convertirse en unidades carentes de contenido. Los años se vacían y se derrumban.
Foto de Dimitrios Zampelis
Esta explicación es, al parecer, bastante popular. Me la he encontrado varias veces en redes sociales y blogs. Sin embargo, a mí no termina de convencerme. Desde pequeño he tenido una vida monótona y rutinaria, así que no estoy tan seguro de que el número de experiencias totalmente nuevas haya cambiado tanto a lo largo de mi existencia. De hecho, en mi caso, he experimentado muchas más cosas nuevas y vitalmente relevantes por primera vez a partir de los veinticinco, pues en mi biografía muchos elementos importantes (los viajes, el trabajo, el amor) aparecen tarde en la historia. Y aún así, tengo la impresión de que el tiempo se va acelerando.

Personalmente, las explicaciones que más me convencen respecto a este cambio en la experiencia subjetiva del tiempo son las que tienen que ver con el ritmo al que funciona el cerebro según la edad. Mis sospechas están basadas en un curioso dato, a saber, que casi todos los grandes avances en investigación matemática son llevados a cabo por jóvenes menores de veinticinco años:

[S]egún apunta el eminente matemático Alfred Adler: «La vida matemática de un matemático es corta. Rara vez se progresa más allá de los veinticinco años. Si poco se ha logrado hasta entonces, poco se logrará jamás».
«Los jóvenes demuestran los teoremas, los ancianos escriben los libros», observó G.H. Hardy en su libro
A mathematician's apology (Autojustificación de un matemático). «Ningún matemático olvida jamás que las matemáticas son un juego de juventud. Sirva como pequeña muestra que el promedio de edad para el ingreso en la Royal Society es menor en matemáticas».
Y así, Niels Henrik Abel realizó su mayor aportación con diecinueve años. Evariste Galois, a los quince. Srinivasa Ramanujan entró en la Royal Society con treinta y un años por los progresos logrados en su juventud. Albert Einstein formuló su celebérrima ecuación E = mc2 con veintiséis. Etcétera.

Es posible que hoy en día la temprana fecha caducidad de los matemáticos sea más una leyenda que un hecho, pero lo que es innegable es que nuestro cerebro está más despierto durante las dos o tres primeras décadas de vida. En esos años las emociones son más intensas, nuestros sentidos más agudos, nuestros reflejos más rápidos y nuestra memoria es mejor. Debido al envejecimiento, nuestros sentidos se abotargan, el sistema nervioso funciona más despacio y nuestra memoria se deteriora:

[E]s en general cierto que casi todo el mundo ha perdido memoria ya a los treinta años. Pero el déficit no se puede, por lo normal, detectar a menos que se hagan tests. Para medir la memoria a corto plazo, por ejemplo, se prueba el recuerdo de una lista de 24 palabras. Cuando se le hace la prueba a una persona de veinte años lo normal es que tras un período determinado de tiempo recuerde catorce de ellas. Bajo las mismas condiciones una persona de cuarenta años puede recordar once; una de sesenta, nueve, y una de setenta sólo siete.
[...] Hay indicios de que también la memoria a largo plazo queda afectada. Pero parece que la mayor parte del problema no se debe a la  pérdida irreversible del recuerdo de hechos concretos, sino a unos sistemas deteriorados de recuperación de los recuerdos.
Los cambios en nuestra memoria podrían ser claves para entender por qué parece que el tiempo vuela. Para el filósofo francés del siglo XIX Jean-Marie Guyau la vivencia del tiempo era una cuestión de «óptica interna». Enumeró algunos factores que influyen en dicha óptica, tales como la intensidad de nuestras percepciones y de las imágenes en nuestra memoria, la cantidad, la variación, la atención con que son observadas y las emociones asociadas. Así:

Para Guayu, la longitud aparente de un periodo, al volver la vista atrás, viene determinada por el número de diferencias claras e intensas que percibimos en los sucesos que recordamos. Por ello, los años de nuestra juventud nos parecen tan largos y los de la vejez tan cortos.
Por tanto, si al envejecer el ritmo de nuestros relojes biológicos se ralentiza (como parece ser el caso) es plausible que ello produzca una aceleración subjetiva en la percepción del tiempo. Un cerebro en su cénit fisiológico puede guardar más imágenes en la memoria y reproducirlas a una velocidad mayor que uno vetusto. Como ocurre con un vídeo de Youtube, mayor velocidad de reproducción equivale a menor intervalo de tiempo de principio a fin.

Puedo aportar aquí otra anécdota personal que sirve de ilustración. Como tantos niños de mi generación, fui acérrimo seguidor del anime Captain Tsubasa (Oliver y Benji en su traducción española). Quienes seguimos esa serie recordamos muchas de sus peculiaridades, siendo unas de las más destacadas la exagerada longitud del campo de fútbol y lo lenta que transcurría la acción. Al evocar aquellos dibujos nos reímos de cómo podían tardar varios capítulos en llegar de una portería a otra o, simplemente, en tirar a puerta.

Yo he vuelto a ver esa serie de mayor, ya con más de treinta años. ¿Saben qué fue lo que pensé tras ver los primeros cien capítulos de nuevo? «Vaya, va todo mucho más rápido de lo que recordaba». Efectivamente, la velocidad a la que transcurre la acción es bastante superior a lo que creía. Esa reminiscencia de lentitud exagerada ¿se debe a que media hora es una eternidad para un niño de siete años? ¿A que me sumergía en esa serie con los cinco sentidos? ¿O es porque al ir bromeando sobre el tema el recuerdo se ha ido distorsionando, guardándose deformado en mi memoria?

Aún no sabemos con certeza por qué nuestra percepción del tiempo cambia con la edad. Otras explicaciones alternativas a las aquí mencionadas son analizadas en distinto grado en el libro de Draaisma. Lo que parece claro, no obstante, es que todo tiene que ver con nuestra memoria.

Es curioso. Si pienso simplemente «ya es Diciembre otra vez» tengo la sensación de que el año ha pasado volando. Sin embargo, si hago inventario mental de todo lo que ha sucedido desde Enero, la impresión cambia. La muerte de David Bowie, verbigracia, se me antoja lejana en el tiempo. Lo mismo me ocurre con mi síncope en la oficina o con la marcha de mi jefe. Dependiendo de cómo lo mire puedo ver un océano de tiempo o un solo instante.

lunes, 7 de diciembre de 2015

La mente dividida

El pensamiento humano parece ser en buena parte metafórico. De la misma manera que definimos una palabra utilizando otras palabras relacionadas, somos capaces de entender conceptos nuevos o complejos relacionándolos con aquellos que ya conocemos: la vida es como un viaje, el universo es como un reloj, la mente es como un ordenador, etcétera. Aunque parezcan simples palabras, lo cierto es que las metáforas parecen moldear nuestro sistema conceptual, así como nuestros pensamientos y comportamientos, hasta en los detalles más mundanos. Cómo nos relacionamos, cómo nos desenvolvemos en el mundo y cómo percibimos la realidad depende de las metáforas que guían nuestras vidas:

Metaphor is for most people a device of the poetic imagination and the rhetorical flourish—a matter of extraordinary rather than ordinary language. Moreover, metaphor is typically viewed as characteristic of language alone, a matter of words rather than thought or action. For this reason, most people think they can get along perfectly well without metaphor. We have found, on the contrary, that metaphor is pervasive in everyday life, not just in language but in thought and action. Our ordinary conceptual system, in terms of which we both think and act, is fundamentally metaphorical in nature.
Uno de esos conceptos complicados que requiere de metáforas para ser comprendido es la propia mente humana. En su investigación acerca del alma (que para nuestros propósitos aquí equipararemos con «mente»), Platón recurrió a una alegoría basada en un auriga conduciendo un carro tirado por dos caballos:

Digamos, pues, que el alma se parece a las fuerzas combinadas de un tronco de caballos y un cochero; los corceles y los cocheros de las almas divinas son excelentes y de buena raza, pero, en los demás seres, su naturaleza está mezclada de bien y de mal. Por esta razón, en la especie humana, el cochero dirige dos corceles, el uno excelente y de buena raza, y el otro muy diferente del primero y de un origen también muy diferente; y un tronco semejante no puede dejar de ser penoso y difícil de guiar.
El corcel excelente representa las emociones y pasiones que para Platón eran positivas (como el verdadero honor) y obedece a la voz del auriga. El otro corcel, por el contrario, «no respira sino furor y vanidad; sus oídos velludos están sordos a los gritos del cochero, y con dificultad obedece a la espuela y al látigo». Simboliza los vicios: lujuria, glotonería, codicia y demás. En la opinión del célebre filósofo, las almas mortales caminan con dificultad porque la poca maña de nuestros cocheros hacen inútiles cualquier esfuerzo que hagamos para elevarnos hasta el lugar de los dioses.

También las filosofías orientales explican algunos procesos mentales recurriendo a animales desbocados que han de ser domesticados. Sakyong Mipham nos habla de una tradición tibetana según la cual la mente es una joya a lomos de un caballo:

In Tibet, we have a traditional image, the windhorse, which represents a balanced relationship between the wind and the mind. The horse represents wind and movement. On its saddle rides a precious jewel. That jewel is our mind.
[...] With an untrained mind, the thought process is said to be like a wild and blind horse: erratic and out of control. We experience the mind as moving all the time—suddenly darting off, thinking about one thing and another, being happy, being sad. If we haven’t trained our mind, the wild horse takes us wherever it wants to go. It’s not carrying a jewel on its back—it’s carrying an impaired rider. The horse itself is crazy, so it is quite a bizarre scene. By observing our own mind in meditation, we can see this dynamic at work.
Buda, por su parte, comparaba la mente con un elefante salvaje. En el verso 326 de su Dhammapada habla de controlar el elefante como forma de salir del fango de las pasiones:

Previamente, esta mente vagaba donde le placía, como a ella se le antojaba. Hoy, con sabiduría, yo la controlaré como el conductor controla el elefante en ruta.
Para el psicólogo Jonathan Haidt, esta metáfora es la que mejor encaja con las teorías psicológicas modernas acerca de elección racional y procesamiento de la información:

The image that I came up for myself, as I marveled at my weakness, was that I was a rider on the back of an elephant. I'm holding the reins in my hands, and by pulling one way or the other I can tell the elephant to turn, to stop, or to go. I cant direct things, but only when the elephant doesn't have desires of his own. When the elephant really wants to do something, I'm no match for him.
Todas las metáforas que hemos visto tienen algo en común: nos dicen que la mente está dividida en varias partes que a veces entran en conflicto. Determinar en qué partes se divide concretamente nuestra mente ha sido objeto de investigación desde hace siglos. Con el paso del tiempo, los avances en neurociencia han ido dando paso a nuevas clasificaciones. Curiosamente, todas ellas se han abierto paso hasta la cultura popular.

Una de las primeras clasificaciones, sobradamente conocida, es el dualismo cartesiano, el cual distinguía entre mente (alma) y cuerpo. La mente es la parte racional, mientras que el cuerpo (en especial vísceras como el corazón o el estómago) representa la parte emocional, la de los deseos. En esta división la mente es el jinete y el cuerpo es el elefante.

Imagen de Jurgen Appelo
Seguramente conozcan también la separación entre cerebro «derecho» e «izquierdo», basada en la anatomía del cerebro. En torno a 1900, la neurología había determinado que el elefante se hallaba en el hemisferio derecho, allí donde residían los instintos, la impulsividad y las emociones. El jinete era el hemisferio izquierdo, donde se situaban el pensamiento lógico, el control de las emociones y la fuerza de voluntad. A partir de 1960, sin embargo, los investigaciones de Sperry, Gazzaniga y Bogen realizadas con pacientes con el cerebro escindido encontraron que, exceptuando el procesamiento del lenguaje, las diferencias respecto a las capacidades de cada hemisferio son mínimas. Es más, un hemisferio puede asumir tareas del otro cuando se producen lesiones.

Una división parecida a la anterior y que también les sonará es la que distingue entre cerebro «femenino» y «masculino». Ya saben: los hombres no escuchan, las mujeres no entienden los mapas, los hombres son más fríos, las mujeres son más empáticas. Lo cierto es que aún no sabemos los suficiente como para asegurar que las diferencias anatómicas presentes en los cerebros de ambos sexos se traduzcan en comportamientos concretos al margen de la cultura o la educación. De hecho, el último estudio al respecto, publicado hace tan solo unos días, asegura que no hay diferencia alguna.

Otra clasificación de las distintas partes cerebrales es la que se basa en su evolución. En la década de 1940, Paul MacLean desarrolló su modelo del cerebro trino, según el cual el cerebro está compuesto en realidad por tres cerebros que corresponden cada uno a diferentes etapas de la evolución humana. De acuerdo con este neurocientífico, el primer cerebro es el reptiliano, formado por el tallo encefálico y el cerebelo. El segundo cerebro es el paleomamífero, correspondiente al sistema límbico. El tercer cerebro, el neomamífero, corresponde al neocórtex. En este modelo, el elefante está formado por los dos primeros cerebros, donde yacen los instintos, los deseos y las emociones. El jinete se sitúa en el neocórtex, allí donde reside el pensamiento lógico y racional. MacLean sostuvo que había pocas conexiones entre cada uno de los tres cerebros, es decir, que emociones y sentimientos eran manejados por un cerebro y el intelecto por otro, lo que explicaba por qué nos cuesta tanto controlar nuestras emociones.

Por último, tenemos la separación entre procesos automáticos o inconscientes y procesos controlados o conscientes. Esta es una separación principalmente funcional. Aquí el elefante es todo ese conjunto de tareas que hacemos en cada momento sin darnos cuenta (respirar, pestañear) o sobre las que no tenemos control (reacciones viscerales, emociones, intuiciones y demás). El jinete es nuestra capacidad para pensar de forma lenta, deliberada y lógica, controlar nuestros impulsos y emociones, así como aprender del pasado y planificar el futuro.

La mente dividida a menudo se encuentra luchando consigo misma. Ya busquemos virtud, iluminación, sabiduría o felicidad, el hecho es que debemos conseguir que el jinete (razón) y el elefante (emoción) trabajen juntos. Por desgracia, todos sabemos de sobra con cuánta frecuencia jinete y elefante siguen direcciones opuestas. Para colmo, el jinete es diminuto en comparación con el elefante; la naturaleza nos ha hecho de tal forma que la parte emocional tiene un peso desproporcionado (si bien la proporción exacta varía de una persona a otra). Es por ello que el autocontrol es tan complicado.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Autosabotaje

Como tantos otros, he estado enamorado varias veces. Como tantos otro, he estado enamorado de personas que no me correspondían. Y como tantos otros, he estado enamorado de quien no me convenía. Una de las lecciones de la adolescencia es que uno no elige de quién se enamora; los sentimientos te atrapan sin más.

Foto de mabelzzz
Venimos al mundo con un buen puñado de preferencias, gustos, inclinaciones y necesidades preprogramadas. La crianza, la educación, la cultura y las experiencias vividas añaden algunas más. Para cuando somos adultos cargamos con una mochila considerable de impulsos y frenos automáticos. Algunos son más o menos maleables, pero otros (innatos) parecen inalterables. Según el caso, puede requerir tanta energía cambiar que pocos se toman la molestia.

Para Richard David Precht la conclusión de todo lo anterior es deprimente (el énfasis es mío):
«Even if I liberate myself from many external constraints, my desires, preferences, and longings remain unfree. I am not the one determining my needs -they are determining me! And that is why many neuroscientists claim that people are utterly incapable of 'reinventing' themselves»
A veces esas necesidades y deseos que nos vienen dados no están alineados con lo que nos conviene, como decía al principio. El resultado es que nos saboteamos a nosotros mismos por acción (hacemos cosas que preferiríamos no hacer) o por inacción (no hacemos cosas que querríamos hacer). Los ejemplos abundan por doquier. Mujeres que solo se ven atraídas por hombres proclives a la infidelidad o a desaparecer inmediatamente tras meter. Hombres a los que les gustaría sentar la cabeza pero que están abonados a labrar en tajo ajeno. Parejas en las que uno quiere hijos y el otro no. Individuos envidiosos de todo y de todos. Empleados que anhelan renunciar a obtener satisfacción en su trabajo. Gente dadivosa en lo personal que preferiría no volcarse tanto hacia los demás porque siempre salen escaldados. Celosos patológicos sin ninguna justificación. Personas a las que les gustaría no dejar todo para el último minuto.

Todos ellos desearían cambiar, transformar sus pulsiones internas y pensar o actuar de otra manera. «Quisiera ser el tipo de persona a la que eso no le preocupa» me decía, verbigracia, un amigo cuando hablábamos de la búsqueda de realización en el trabajo. A mí personalmente me gustaría, entre otras muchas cosas, no darle tantas vueltas a todo, no ser tan cobarde y no estar enganchado al azúcar.

Lamentablemente, me temo que no elegimos nada de lo anterior: ni las necesidades ni los deseos ni las preferencias ni el objeto de nuestras preocupaciones. Lo que sucede es que el subconsciente pide algo («¡quiero una casa más grande!») y la razón se lo niega («no hay dinero») pero el primero hace caso omiso y sigue rogando y pataleando, amargando a uno la existencia. Más tarde, cuando es la razón la que se fija un objetivo («debo ver las cosas buenas que tengo») si el subconsciente no está interesado hará oídos sordos y seguirá a lo suyo («¡quiero una casa más grande!»), denegando el impulso interno que tanto ayuda a la consecución de nuestros objetivos.

No digo que seamos totalmente esclavos de nuestras propensiones. A veces podemos hacer valer nuestra voluntad para no llevar a cabo todo lo que nos pide el cuerpo, pero no parece que seamos capaces de cambiar qué es eso que nos pide. Difícilmente nos levantaremos un día queriendo desde lo hondo de nuestra persona aquello que anoche queríamos querer. Es cierto que algunas de las cosas que he mencionado cambian con el tiempo pero, como digo, no ocurre de forma voluntaria. Más bien creo que nos vamos adaptando a base de intentar ignorar esa vocecilla interna -aunque se resista a callar, la condenada-.

Ojalá en el caso del lector sus deseos conscientes coincidan con los que surgen de su interior, especialmente en lo que atañe a cuestiones importantes. Eso le ahorrará muchas amarguras.

sábado, 15 de octubre de 2011

Eternos aprendices

Supongo que llegará el día en el que finalmente cancelen Los Simpson. Es posible que en España ese hecho pase desapercibido, habida cuenta de las sempiternas emisiones de sus capítulos en Antena 3 (y ahora también Neox). Estoy convencido de que el día del Juicio Final se podrá oír de fondo la canción que abre cada capítulo.

Me sentí un poco identificado con Lisa cuando, en el episodio EABF11 (Perdonad Si Añoro El Cielo, S16E14), un director de documentales se mete con ella por la diversidad de sus intereses:
«- Lisa: Entre mis aficiones están la música, la ciencia, la justicia, los animales, la moral, los sentimientos...
- Director: O sea que te consideras una intelectual tipo buffet que picotea y picotea para llegar a ser una simple directora de biblioteca a los 38 años. [...] Lisa, me temo que eres una diletante. Elige un camino y síguelo.»
Imagen de teamstickergiant
Precisamente esa mañana había estado hablando con Invisible Kid sobre lo que implica querer aprender varias cosas muy distintas. Él se quejaba de que «al final, no eres un crack en nada». Su frase encierra ese lamento expresado por el refrán «aprendiz de todo, maestro de nada», que suele usarse en sentido peyorativo.

Ya he comentado el problema que supone actualmente la cantidad de conocimiento acumulado. Si quieres destacar, es necesario ser un especialista dentro de una especialidad, y cada vez hay más distancia entre las especialidades. Parece difícil poder completar las conocidas 10.000 horas necesarias para alcanzar la maestría en más de una cosa.

Como Lisa, a mí también me gusta picotear intelectualmente. Si pudiera pedirle un deseo al genio de la lámpara, sin duda sería el poder saberlo todo:
«[T]here’s an African folktale I think is relevant here. Once upon a time, there’s this tortoise who steals a gourd that contains all the knowledge of the world. He hangs it around his neck. When he comes to a tree trunk lying across road, he can’t climb over it because the gourd is in his way. He’s in such a hurry to get home, he smashes the gourd. And ever since, wisdom has been scattered across the world in tiny pieces. So, I want to try to gather all that wisdom and put it together.»
Desde mi punto de vista, ser aprendiz de todo tiene muchas ventajas. Es cierto que, a veces, no saber nada de algo es mejor que tener un conocimiento incompleto. Y sí, puede que diluyendo tu esfuerzo no pases de mediocre:
«One should waste as little effort as possible on improving areas of low competence. It takes far more energy and work to improve from incompetence to mediocrity than it takes to improve from first-rate to excellence.»
Pero, por muy bien que se te dé algo, es probable que haya un montón de personas que sean mejores que tú. Ser un experto no es ninguna panacea. Uno puede desperdiciar el propio talento siguiendo un camino improductivo, como la videncia o la homeopatía (Newton dedicó gran cantidad de tiempo al estudio de la Biblia y de la alquimia). Si tu trabajo pasa de moda, estás jodido. Es arriesgado jugárselo todo a una carta. Personalmente, no quiero ser uno de los que queman telares porque lo único que saben hacer es hilar manualmente el algodón.

Una de las ventajas más importantes que tiene la amplitud de intereses es poder enfocar los problemas con perspectivas muy diferentes. En ocasiones el error humano se debe a la aplicación de un remedio conocido a una situación no porque sea el adecuado, sino porque es la única forma de actuar que conocemos. Cuando uno solo tiene un martillo, todos los problemas le parecen clavos.

Y luego está el cerebro. Creo que muchos tratan a dicho órgano como tratan a sus móviles: tienen un cacharro capaz de hacer cantidad de cosas, con un montón de funciones, pero al final solo usan unas pocas, siempre las mismas. Cuanto más aprendemos más neuronas se activan y más conexiones entre ellas se establecen. Eso retrasa el envejecimiento mental y nos mantiene cognitivamente en forma. Cuida tu cerebro y tu cerebro cuidará de ti.