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domingo, 14 de abril de 2013

Sexo, filosofía y malentendidos (I)

Recogíame en el tren como cada tarde para volver a casa, petate a un lado y libro en mano como es costumbre en mí, cuando en los asientos más cercanos se acomodó un grupo de veinteañeras universitarias con su habitual conglomerado de mochilas, carpetas, bolsos y demás. Por más que traté de concentrarme en la lectura me fue imposible no enterarme de las peripecias sexuales de mis primas, las cuales, con la naturalidad, franqueza y el grado de detalle que es habitual en grupos de amigas (y que haría sonrojar al camionero más pintado), hablaban entre otras cosas de cómo la primera embestida del acto era molesta (si bien «el mete-saca luego ya no duele»), de cómo fulanito gustaba de hacer ruidos exagerados durante el coito, y otras cosas del mismo tenor. Se lamentaba una de ellas de que cuando su pareja intentaba masturbarla el colega frotaba el clítoris con escasa habilidad y demasiada violencia («como si pretendiera borrármelo», decía), a lo que sus íntimas asentían y respondían con historias similares. Se me ocurrió que tal vez la causa fuera que el chaval se había tomado las películas pornográficas por documentales y no por lo que en realidad son.
Foto de marc falardeau

La falta de mano del susodicho con la entrepierna de su pareja (el doble sentido es intencionado) es solo una de tantas formas manifiestas de ignorancia acerca del placer femenino que muchos hombres llevamos a cuestas. Como muestra considérese, verbigracia, el material del libro ilustrado Sex machines: Photographs and Interviews, de Timothy Archibald. En dicho volumen podemos encontrar, cuenta Mary Roach, fotos de máquinas sexuales fabricadas por inventores aficionados, todos ellos hombres. Durante la investigación que Roach llevó acabo acerca de la ciencia del sexo la periodista acudió a la presentación de la obra realizada en el Centro de Sexo y Cultura de San Francisco:
«Acaban de enchufar una máquina casera detrás de Archibald, sobre el estrado. La carcasa del motor tiene el tamaño aproximado de una fiambrera y se eleva a uno de los lados como un proyector de diapositivas. Un falo de color carne adherido al extremo de una vara entra y sale de ella silenciosamente. En general, el reclamo erótico de la máquina me resulta bastante limitado. Hacerlo con ella sería lo más parecido a acostarse con una salchicha. El mecanismo es el empleado por la mayoría de estos artilugios […]: un motor eléctrico unido a un pistón coronado por un falo.
[…] Archibald concluye su presentación y se abre el turno de preguntas. La primera en levantar la mano es una mujer con gafas de montura metálica y una camiseta verde:
–Lo que hemos visto hasta ahora es un montón de consoladores entrando y saliendo de un orificio, pero la mayoría de las mujeres no llegan al orgasmo de este modo. ¿Hay alguna máquina que se ocupe del clítoris?
Archibald admite que la idea del aparato es deudora de una noción estereotípicamente masculina sobre el placer femenino; sólo sabe de una máquina –no la han traído esta noche– que estimule el clítoris. Otra mujer alza la mano:
–Entonces, ¿dónde está la gracia? ¿En el morbo de dejarse follar por una máquina o en la regularidad de las embestidas?
Archibald, abrumado, busca con la mirada a los maquinistas. Parece que nadie tiene la respuesta.»
¿A qué se deben estas falsas asunciones sobre el placer femenino por parte de los hombres? Una respuesta posible es que, al carecer de los mismos órganos genitales y verse privados de esa información sensorial, los varones no pueden hacer otra cosa que suponer (algo que, visto lo visto, no se nos daría muy bien). Si esta respuesta es cierta, entonces cabría esperar que a las mujeres les ocurriera lo mismo, y que el problema se vería reducido al mínimo de las preferencias particulares en el caso de parejas homosexuales. Que ese sea el caso es algo que dejaré a la consideración del lector, pues no es relevante para la discusión posterior.

Las dificultades para comprender a las mujeres no se limitan al plano sexual. Pensemos en las inaprensibles experiencias de la menstruación o el embarazo. Pensemos también en la desgracia de un feto cuyo desarrollo acaba mal, y lo que eso supone para una persona. Estos ejemplos nos hacen intuir que ciertas vivencias son difíciles de entender plenamente para cualquiera que no haya pasado por ellas en primera persona. Algunos filósofos sugieren que «la experiencia proporciona un tipo de saber que no puede suministrar la ciencia». Ello significaría que aunque podamos comprender algo intelectualmente (por ejemplo, mediante descripciones científicas o testimonios en primera persona) nunca sabríamos realmente lo que es si no lo hemos experimentado directamente. La mejor (¿la única?) forma de conocer a qué sabe un licor sería, pues, beberlo.

En la década de los setenta el filósofo americano Thomas Nagel se preguntaba en un artículo qué es, qué se siente al ser un murciélago (What is like to be a bat?). Julian Baggini explica que:
«Podríamos llegar a entender completamente cómo funciona el cerebro del murciélago y cómo percibe mediante colocación [sonar], pero tras esta plena explicación física y neurológica seguiríamos sin tener ni idea de lo que se siente siendo un murciélago. Por tanto, seríamos en buena medida incapaces de penetrar en la mente del murciélago, aun cuando entendiéramos cabalmente el funcionamiento de su cerebro. Pero ¿cómo es posible esto si la existencia de la mente sólo depende del funcionamiento del cerebro? Por decirlo de otro modo, las mentes se distinguen por la perspectiva en primera persona que tienen del mundo.»
Parafraseando a William Bechtel al respecto de esta dificultad, podemos aprender con completo detalle cómo operan los mecanismos en el cuerpo de una mujer, pero, con todo, los hombres no podemos imaginar cómo se siente el placer mediante el clítoris, lo que se experimenta durante el ciclo menstrual o lo que se sufre con un aborto. En un plano más general, para todas las personas es muy difícil comprender a los demás cuando han vivido cosas que nosotros no, o su forma de percibir el mundo es radicalmente distinta de la nuestra.

Continuará.

martes, 11 de octubre de 2011

Runnin' wild

Cuando somos pequeños, nuestros padres nos compran coches a los niños y muñecas a las niñas. Desde el principio hay una clara línea que nos diferencia, biológica y sobre todo, social.

Eso en principio nos la trae un poco al pairo, solamente cuando empiezan las hormonas a hacer de las suyas es cuando se redescubre a ese ser que hasta entonces era un mero “ocupante” de espacio en el patio del colegio. Desde ese momento tu vida no volverá a ser la misma.

Imagen de mando2003us
Está claro que no somos iguales. En inteligencia, aunque existan pocas diferencias, en general las mujeres son algo más listas y tienen una mayor capacidad verbal, cosa que creo todos teníamos claro. Así mismo, los hombres puntúan más alto en “rotación mental”. Vamos, que conducimos mejor (ni siquiera todos) y poco más.

De esta forma llegamos a la adolescencia, en la que nos pasamos los días altamente agilipollados por casi cualquier persona del otro sexo que se cruce en nuestro camino. Los chicos detrás de las chicas para que les hagan caso, las chicas pasando de los chicos para que les hagan caso. Aunque las estrategias sean opuestas, al final acaban funcionando y mostrándonos, antes o después, que estábamos equivocados. Y vuelta a empezar.

Ahí es cuando empezamos a darnos cuenta de las otras diferencias existentes entre nosotros, las de personalidad. Del meta-análisis de Feingold se desprende que las mujeres, en general, puntúan más alto en extraversión, ansiedad, seguridad y sensibilidad. Sobre todo esta última. Sin embargo, nosotros ganamos en autoestima y asertividad. Vamos, que somos unos egoístas inmutables y que estamos en este mundo porque tiene que haber de todo xD

El caso es que de una forma u otra, nos cuesta horrores encajar. Desde que empieza la adolescencia hasta que consigues cierta complicidad, confianza y estabilidad con una pareja, pueden pasar años, e incluso puede no llegar a darse nunca. ¿Hay algún problema en ello? Ninguno. El problema está en nuestras expectativas sociales y presiones autoimpuestas (La de tener hijos ya ha quedado desplazada puesto que la ciencia nos ha proporcionado nuevos medios).

Como bien ha dicho en anteriores post mi amigo Silvio, la evolución nos delata y aún nos quedan demasiados rasgos animales que no podemos controlar. Solamente la diferencia entre el vínculo emocional que sienten hombres y mujeres entre ellos ya es suficiente para que la mayoría (si no todas) de nuestras relaciones estén avocadas al fracaso. Puede que unos se den cuenta antes, puede que otros después; puede que otros no se quieran dar cuenta y puede que finalmente algunas consigan su propósito inicial. Pero la mayoría tienen un tiempo límite, el que marcan nuestras hormonas, también conocidas como amor.

Quizá la forma de conseguir mejorar esto sea desde la base: la educación y sociedad. Que es lo único que podemos cambiar, ya que el resto nos viene impuesto. Una mayor información sobre nuestras diferencias innatas puede reducirlas en un futuro en todos los ámbitos, a base de una mayor empatía para con el otro.

¿Podemos reducir las diferencias y discriminaciones existentes entre géneros? Por supuesto. Seremos diferentes en algunos aspectos, pero ambos somos humanos con capacidades extraordinarias. ¿Podemos llegar a ser felices en pareja? Es posible, pero si no lo somos no hay que volverse loco. Al ser humano le falta mucho por evolucionar. Hasta entonces, muchos de nosotros seguiremos corriendo salvajes y libres como mis amigos Airbourne.