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lunes, 5 de junio de 2017

Cultura basura

Para empezar con un comentario un tanto facilón, resulta curioso cómo las personas asociamos libros y cultura aun cuando no es lo mismo leer 50 sombras de grey que los grandes clásicos de la literatura, ni tampoco tiene nada que ver la rama de la filosofía llamada metafísica con esos libros de autoayuda que mezclan chakras, oración, espíritus y energía en un sentido vago con interpretaciones erróneas de la teoría cuántica.

Al reflexionar sobre los libros de moda, Luis Tarrafeta escribía (énfasis en el original):

[N]o sé qué pensar de que libros rematadamente malos tengan tantisisísimo éxito. Quiero decir, como sociedad, es algo que ¿nos aporta o nos despista?

Más concretamente, ¿conseguimos con esto que el individuo que en su vida ha cogido un libro empiece a leer? ¿O lo lee -lo consume- como si fuera una etiqueta del champú muy larga y ya nunca más coge otro (hasta el siguiente boom de dentro de dos años)? Y mucho más importante, lo que más me preocupa, ¿cree que eso es todo lo que puede obtener de los libros? ¿Que la literatura no puede enriquecerle mucho, muchísimo más?


[...] Alguno pensara que, bueno, que es como todo. Que también la mayoría de la música que consume la gente es muy mala, que se ven pelis muy malas o que los peores programas de la tele tienen las mayores audiencias. En definitiva, que, como dice La Revelación de Sturgeon, el 90% de todo es basura.
Y concluía (énfasis en el original):

Yo, personalmente, siento rechazo ante la idea de que sea mejor alejarse de la cultura. Por mi propia experiencia, que no sé hasta que punto es extrapolable al resto.

Así que casi creo que sí. Que, mejor, se lea. Lo que la gente quiera. Que bien por Cincuenta sombras de Grey y por Paulo Coelho. Al fin y al cabo, quienes más trabas han puesto a la lectura, los que más han querido influir en qué se leía o no, siempre han sido los más fundamentalistas, los más dañinos, los más culpables del horror.
Opino que, en lo que a producciones para el entretenimiento se refiere (incluyendo libros, música, series de televisión, películas y videojuegos), es muy posible que se cumpla la revelación de Sturgeon. Sin embargo, Steven Johnson sostiene que las formas más degradadas de diversión de masas son intelectualmente nutritivas:

Durante décadas hemos actuado con arreglo al supuesto de que la cultura de masas sigue una trayectoria en continuo declive hacia estándares de mínimo común denominador, probablemente porque las masas quieren placeres tontos y simples y las grandes empresas mediáticas quieren dárselos. En realidad, sin embargo, está pasando justo lo contrario: la cultura está volviéndose intelectualmente más exigente, no menos.
Él argumenta que, a lo largo de los últimos treinta años, la cultura popular se ha vuelto más compleja y estimulante desde el punto de vista intelectual. Tomemos, como ejemplo, el caso que analiza de las series de televisión. Las series más antiguas tenían uno o dos personajes importantes y sus capítulos consistían en una sola trama dominante que concluía al final del episodio. Actualmente, por el contrario, series como Juego de tronos cuentan con una docena de personajes principales cuya historia se cuenta en múltiples tramas relacionadas que se extienden a lo largo de varias temporadas. Incluso las series más simples hoy día tienen varios protagonistas y al menos un hilo argumental que dura, como mínimo, una temporada. Esa complejidad creciente exige, para poder ser procesada, mejores capacidades cognitivas lo que significaría que la cultura pop no está empeorando, sino todo lo contrario. Según Johnson: «incluso lo peor de la televisón actual no parece tan malo si lo comparamos con la escoria televisiva del pasado».

No obstante, esta mayor complejidad no se ha producido en todas las formas de cultura pop en el mismo grado. En el extremo más alto están los videojuegos, algunos de los cuales requieren resolver sesudos problemas de optimización lineal para mejorar nuestro personaje de la mejor forma posible. En el otro extremo están la música o el cine, cuyas limitaciones de tiempo restringen necesariamente su complejidad. Las películas de superhéroes o absurdos pero exitosos videos musicales como What does the fox say? son ejemplos representativos de esto último.

En cualquier caso, la complejidad en sí misma no es suficiente. No llegará el día, como reconoce el propio Steven Johnson, en que consideremos que Buscando a Nemo es como Moby Dick. Tampoco creo que El señor de los anillos o Canción de hielo y fuego, por muy buenos libros que sean (a mí me lo parecen) estén al mismo nivel que Cien años de soledad (cuya lectura me fue obligada en el instituto y de lo cual me alegro). Es posible que la cultura popular haya mejorado pero sigue siendo cultura basura.

Roger Scruton es un filósofo inglés especializado en estética autor de la obra Cultura para personas inteligentes. Él prefiere la alta cultura a la cultura popular y cree que esta preferencia se puede justificar racionalmente. Para este pensador ciertos gustos son mejores que otros:

La posición que me gustaría defender [...] algunos la llamarán elitista, aunque para mí eso no supone un insulto. Creo que se puede ser elitista sin ser esnob. Se puede pensar que ciertos gustos son mejores que otros, no sólo porque resultan más gratificantes, sino porque sintonizan de un modo más creativo y satisfactorio con el alma humana, sin condenar a quienes no comparten esos gustos. Ésa es la posición que yo asumiría, porque sé lo que me ha proporcionado el amor por la música seria: no sólo el disfrute al escucharla, sino también la comprensión de lo relevante.
Algunas razones para sustentar su posición son que el arte elevado requiere mucha reflexión y disciplina, que sirve para transformar nuestra vida y que, en él, los objetos artísticos comprometen la imaginación en lugar de ser meros objetos de la fantasía:

Los objetos de la fantasía son sustitutos. [...] Son una forma de suscitar emociones reales y ofrecer una satisfacción sucedánea. El acto imaginativo, en contraste, es un empeño por crear un mundo posible, un mundo imaginario, donde las emociones son también imaginarias. Por consiguiente, el artista no ofrece una satisfacción sucedánea para una emoción real. El arte difiere, por ejemplo, de la pornografía. El artista hace que alguien imagine tanto el objeto como la emoción dirigida hacia él. El artista explora un mundo imaginado como un ser libre, con todos sus compromisos morales en juego. Esto nos permite distinguir, por ejemplo, entre lo erótico y lo pornográfico.
Adicionalmente, la alta cultura provoca emociones reales mientras que la cultura popular provoca emociones sentimentales. La diferencia, según Scruton, es que en el segundo caso el foco de interés es el sujeto en lugar del objeto artístico, lo que hace que demos más importancia a nuestros propios sentimientos que a su objeto y no respondamos al mundo tal cual es.

La idea de que ciertas formas de arte son más valiosas que otras es, sin duda, controvertida. Por un lado, está el problema señalado por Tarrafeta de las autoridades y sus criterios. ¿Quién decide qué es cultura superior y en qué se basa? Los argumentos que caben esgrimirse pueden ser difíciles de justificar, si bien hay toda una rama de la filosofía dedicada a ello (la estética). Por otro lado, si consideramos que todas las expresiones artísticas tienen el mismo valor, no faltará quien ponga al mismo nivel las obras de Velázquez que las de un célebre grafitero, o las de Jorge Manrique con las de un rapero. Cuando esto se lleva al extremos es cuando acabamos por no saber distinguir una piña de una obra de arte.

Personalmente, tengo poca fe en la cultura popular como pasarela a niveles más elevados. Me parece más probable que alguien que no lee se dé por satisfecho tras terminar el último éxito de Pablo Coelho y se detenga ahí que el que pase a leer las obras de los estoicos. La buena literatura, en efecto, tiene muchísimo más que ofrecer que un pasatiempo o una mejora en nuestra ortografía pero, como hemos dicho, aprehenderla completamente requiere reflexión y esfuerzo, dos bienes escasos que las personas solemos reservar a otras áreas de nuestra vida.

Decía Schopenhauer en su ensayo sobre la lectura: «los libros malos son veneno intelectual, corrompen el espíritu». ¿Es mejor, pues, abstenerse? Al igual que Tarrafeta, yo tampoco me siento cómodo con la idea de recomendar a alguien que se abstenga de leer. Pero si los libros son alimento intelectual, la cultura basura sería tan poco recomendable como la comida basura y, por consiguiente, no deberían formar la base de nuestra dieta mental. Eso no significa que no podamos recurrir a ellos de vez en cuando, pues igual que comer los productos más frescos y naturales cocinados de la mejor manera posible no siempre resulta práctico o económico, no siempre es buen momento para leer a Ovidio.

Desgraciadamente, hay una diferencia sumamente importante entre la alimentación del cuerpo y la de la mente, a saber, que a nadie le duele el ayuno intelectual.

lunes, 22 de mayo de 2017

Leer (y III)

Arthur Schopenhauer escribió un maravilloso ensayo Sobre la lectura y los libros. Curiosamente, sus primeras palabras son para prevenirnos de los peligros intelectuales del exceso de lectura:

Cuando leemos, otro piensa por nosotros; sólo repetimos su proceso mental. Algo así como el alumno que está aprendiendo a escribir y con la pluma copia los caracteres que el maestro ha diseñado antes con lápiz. La lectura nos quita en gran parte el trabajo del pensar. Por eso, sentimos un gran alivio al pasar de nuestros propios pensamientos a la lectura. Mientras estamos leyendo, nuestra cabeza es, en realidad, un campo de juego de pensamientos ajenos. Así sucede que pierde poco a poco la capacidad de pensar por sí mismo, aquel que lee mucho y casi todo el día, distrayéndose con pensamientos irreflexivos en los intervalos, igual que pierde la manera de andar quien siempre está montado a caballo. [...] Como un resorte pierde su elasticidad por la presión de un cuerpo extraño, así el espíritu pierde la suya por constante presión de ideas extrañas, y como el exceso de alimentación corrompe el estómago, perjudicando al cuerpo, también llena y ahoga el espíritu el exceso de alimento intelectual.
Foto de Vladimir Pustovit
Creo que tenía razón. Es posible acabar siendo estúpido de tanto leer, sobre todo si dedicamos nuestro tiempo a libros malos, la obra de un solo autor o a una idea en exclusiva. Si no leemos cabe la posibilidad de que reconozcamos nuestra ignorancia y nos mostremos humildes. Por el contrario, cuando usamos los libros de forma incorrecta nos hundimos en un lodazal de ignorancia a la vez que, equivocadamente, nos consideramos satisfechos creyéndonos sabios.

Mi desencanto con el poder de la lectura empezó, si no recuerdo mal, con los libros de autoayuda. Tras unos pequeños éxitos iniciales me animé y continué explorando dicha senda pero enseguida llegué a un punto muerto. Las teorías y los planteamientos de aquellas obras parecían plausibles pero sus remedios no funcionaban o el efecto no era significativo. Al final me volví escéptico y es raro que hoy día lea algo publicado en esta categoría.

Algo parecido me pasó con la filosofía, en cuyos libros no encontré la respuesta a las preguntas que me hacía sino múltiples contestaciones encontradas para una misma cuestión. Si sigo leyendo obras filosóficas es por puro placer intelectual y para aprender a pensar mejor. Ya no busco una guía para la vida.

En definitiva, considero que los libros no me han hecho más feliz, más inteligente ni mejor persona. Sí me han enseñado a razonar y a pensar críticamente pero mucho me temo que eso no se ha traducido en mejores decisiones. Habrá quien opine que el pensamiento crítico no es un beneficio baladí. A mi juicio, no obstante, eso depende de si lo consideramos un bien en sí mismo. Consideremos las siguientes palabras de Mortimer J. Adler:

a good book can teach you about the world and about yourself. You learn more than how to read better; you also learn more about life. You become wiser. Not just more knowledgeable—books that provide nothing but information can produce that result. But wiser, in the sense that you are more deeply aware of the great and enduring truths of human life.
There are some human problems, after all, that have no solution. There are some relationships, both among human beings and between human beings and the nonhuman world, about which no one can have the last word. [...] These are matters about which you cannot think too much, or too well. The greatest books can help you to think better about them, because they were written by men and women who thought better than other people about them.
Parece, por lo tanto, que eso es lo máximo que los mejores libros escritos por el hombre pueden ofrecernos: sabiduría y mejor razonamiento. Mucho me temo que son dos beneficios que solo llamarán la atención de quienes, como digo, los consideren buenos en sí mismos, como fines que deben ser buscados en la vida por su valor intrínseco y no como medios para obtener algo más.

Desde mi punto de vista es posible llevar una vida adulta feliz sin leer, más aún si el dicho es cierto y la ignorancia es la base de la felicidad. Creo que quienes leemos lo hacemos para pasarlo bien, para distraernos, para saciar nuestra sed intelectual o, en definitiva, porque dicha actividad contribuye (o creemos que contribuye) a nuestra felicidad. Pero si alguien ya ha conseguido esos objetivos prescindiendo de los libros, quizá no haya razón para dar la murga.