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lunes, 7 de mayo de 2018

Seis horas de viaje

Toca viaje por carretera. Las circunstancias obligan a partir en compañía de miles de conciudadanos en la misma dirección. Las cuatro horas que normalmente toma el recorrido se convierten en seis, lo que significa tiempo de sobra para divagar, para examinar múltiples temas sin entretenerse demasiado en cada uno de ellos.

Foto de wakingphotolife
Partimos en la víspera de un fin de semana largo, conocido coloquialmente como «puente». El lunes es día laborable pero hay empresas que no abren porque martes y miércoles son días festivos. Recuerdo las palabras del humorista Javier Cansado: «tú a un chino intentas explicarle lo que es un puente y no lo entiende. ¿Cómo? ¿Que cómo un día no se trabaja entonces el anterior tampoco?». También las del académico Fernando Lázaro-Carreter: «millones de ciudadanos huyen por las carreteras a lugares de donde pronto querrán huir».

Hay mucho tráfico. Operación salida, lo llaman. Rememoro un vídeo del programa Sé lo que hicistéis en el que recopilaron el dato de desplazamientos previstos por la DGT emitido en los telediarios a lo largo de los años. Desde principios de los noventa hasta la época en la que se emitía el programa siempre era el mismo número: cuatro millones de desplazamientos.

La carretera está atascada. Nos hemos retrasado y hemos llegado a la autopista cuando el punto crítico ya se ha alcanzado:

Nagel y Schreckenberg se dieron cuenta de que hay dos tipos distintos de tráfico, que se distinguen por cómo varía el ritmo de paso a medida que la densidad del tráfico se incrementa. El ritmo de paso mide cuántos vehículos pasan por cierto punto en una hora (o en un minuto, o en el intervalo de tiempo elegido). La densidad del tráfico es el número de vehículos por kilómetro (o milla o la medida elegida) de calzada. A medida que el tráfico se hace más denso y hay luz suficiente para que cada conductor haga lo que le plazca, el ritmo de paso aumenta cuando la densidad aumenta: hay más coches por cada kilómetro de carretera sin que necesiten aminorar la marcha, así que cada hora pasan más vehículos por un punto de control determinado. Pero cuando la densidad es «crítica», esta pauta («tráfico fluido») se interrumpe. Los vehículos empiezan a reaccionar ante la presencia de los demás reduciendo la velocidad y, a continuación, el aumento del número de vehículos debido a una mayor densidad del tráfico es compensado por una disminución decreciente de los mismos porque van más despacio. En el punto de densidad crítica, el ritmo de paso empieza de pronto a decrecer en lugar de a incrementarse cuando la densidad del tráfico aumenta. Los responsables de tráfico dirán: se ha pasado de un tráfico fluido a un tráfico congestionado.
Pasado un rato empezamos a acelerar. El tráfico es denso pero circulamos rápidamente. Parece que ha pasado lo peor. Sin embargo, al poco tiempo volvemos a pararnos. La experiencia se repite varias veces a lo largo del trayecto: dejamos atrás un embotellamiento, aceleramos y acabamos metidos en otra retención. Atascos fantasma, podría decirse:

«En realidad los atascos fantasma no existen», ruge Michael Schreckenberg, un profesor de física de la Universidad de Duisburgo-Essen tan conocido por sus estudios sobre el tráfico que se ha ganado el apelativo de «profesor atasco» en los medios alemanes. Un embotellamiento siempre tiene un motivo, afirma, aunque no salte a la vista. Lo que parece ser una perturbación local podría no ser sino una onda propagada río abajo en lo que supone en realidad un atasco de amplio movimiento. Es un error, dice Schreckenberg, calificarlo todo, sin más, de tráfico de paradas y arranques (stop and go): «Las paradas y arranques son la dinámica de un embotellamiento».
El tráfico fluye hacia delante pero el atasco se mueve hacia atrás porque las acciones de los conductores se propagan hacia la retaguardia. Cuanto más apiñados están los vehículos mayores son los efectos entre ellos:

Cuando el primero de un grupo de coches poco espaciados aminora o se detiene, se desencadena una «onda expansiva» que se mueve hacia atrás. El primer coche aminora o se detiene y el siguiente aminora o se detiene un poco más atrás. Esa onda, cuya velocidad al parecer suele rondar los 20 kilómetros por hora, en teoría podría prolongarse indefinidamente mientras hubiese una concatenación de tráfico lo bastante densa. Hasta un único coche en una carretera de dos carriles, con solo cambiar de velocidad sin venir a cuento (como la gente parece hacer tan a menudo, en lo que me gusta llamar «trastorno por déficit de atención a la velocidad»), puede irradiar esas ondas hacia atrás a través de un caudal de vehículos que le sigan. Además, aunque la velocidad media de ese coche sea bastante alta, las fluctuaciones ocasionan un caos progresivo.
Me pregunto qué influencia tendrían los coches autónomos en los atascos si se popularizaran. ¿Habría menos embotellamientos gracias a que los coches con piloto automático pueden circular a velocidad constante? ¿Qué proporción de estos coches sería necesaria en las carreteras para que se aliviaran los problemas de tráfico? ¿O tal vez importa más el diseño de las carreteras y el número de coches que la forma en que se mueven?

Llevamos ya dos horas y estamos lejos de la mitad del recorrido. Según las recomendaciones que cacarean los medios de comunicación debería parar a descansar. Además, me apetece un refresco. Eso me recuerda que debo mantenerme hidratado, ese consejo baúl que asoma la cabeza en toda lista de sugerencias relacionadas con el organismo. ¿Tiene que conducir muchas horas? Manténgase hidratado. ¿Hace calor? Manténgase hidratado. ¿Va a hacer deporte? Manténgase hidratado. ¿Quiere perder peso? Manténgase hidratado. ¿Está resfriado? Manténgase hidratado. ¿Tiene jet lag? Manténgase hidratado. ¿Está deprimido tras las vacaciones? Manténgase hidratado. ¿Ha roto con su pareja, le han despedido, está arruinado y ha perdido las ganas de vivir? Pues ya sabe.

Paramos a evacuar, refrescarnos y estirar las piernas. Siento molestias después de estar tanto tiempo sentado. Recuerdo que sentarse es el nuevo tabaquismo. De hecho:

Research about the detrimental effects of sedentary life on our health is accumulating from many quarters. Searching online for “sedentary lifestyle health risks” yields hundreds of thousands of hits, with couch potatoes suffering higher rates of mortality from various sources, as well as exhibiting more depression, anxiety, and other mental ailments.
Pero, aunque se parezcan, una cosa es estar mucho tiempo sentado y otra hacer poco ejercicio. Incluso si se hace la cantidad diaria recomendada de deporte un estilo de vida sedentario produce estragos en la salud:

Recent studies suggest that even for people who manage to obtain the recommended amount of daily exercise each day, the deleterious effects of being sedentary can include larger waist circumference, higher blood pressure, and problems with blood sugar levels. The television appears to be a particular villain in this regard; the more time in front of the tube, the more drastic these adverse health effects were. The Australian researchers dubbed the conundrum of people who work out vigorously for a short period each day, but sit much of the remainder of the time, the “Active Couch Potato” phenomenon.
Active Couch Potatoes, or at least those from the population of white adults of European descent who were the objects of study, suffer higher-than-expected rates of mortality, even when some other potentially confounding factors, like the type of work they do, are taken into account. A survey of Canadians found that those who had reported spending most of the day seated had a higher risk of dying than did those who were even slightly more active.
Reemprendemos la marcha. Mi mente no para; es una mala costumbre que tiene. «Velocidad controlada por radar», reza el cartel. Yo soy de los que va, como se dice vulgarmente, «pisando huevos». El riesgo de muerte aumenta con la velocidad en una proporción que no es lineal: a ochenta kilómetros por hora hay quince veces más probabilidades de morir que en una colisión a cuarenta, no el doble.

Saquen a colación el tema de los radares en una comida con sus cuñados y verán cuán cierto es que se nos retira la lactancia intelectual antes de tiempo. «Solo buscan recaudar dinero». «El problema es la velocidad inadecuada». «Si no quieren que corra ¿por qué venden coches que pueden ir a más de ciento veinte kilómetros por hora?». «Los coches de ahora son más seguros que los de antes». Etcétera.

«¿Por qué los coches tienen frenos?», comenzaba preguntando una presentación corporativa de IBM. «Para poder ir más rápido». La paradoja es real y las consecuencias nada positivas. De hecho, los primeros estudios tras la introducción del ABS mostraron que el efecto sobre los accidentes era cercano a cero:

Un famoso estudio bien controlado de los taxistas de Munich, Alemania, reveló que los coches equipados con ABS conducían más rápido y más cerca de otros vehículos que los que no tenían el nuevo sistema. También sufrían más colisiones que los coches sin ABS. Otros estudios sugerían que los conductores con ABS tenían menos probabilidades de embestir a alguien por detrás pero más de que los embistieran a ellos.
Es posible que los conductores tomemos más riesgos cuanto más seguros son los coches. Es lo que se conoce como efecto Peltzman, en honor del economista de la Univerdad de Chicago Sam Peltzman. En un artículo escrito en 1976 sostuvo que el índice de mortalidad en carretera no disminuía a pesar de las nuevas tecnologías de seguridad porque los conductores conducían de forma más «intensa», lo que aumentaba la tasa de víctimas que no viajaban dentro del coche, esto es, peatones, motoristas y ciclistas.

Por fin llegamos a nuestro destino. Me doy cuenta de que actualmente escasean las ocasiones en las que uno permanece a solas con sus pensamientos durante largos periodos de tiempo. Antes de la llegada de los teléfonos móviles era frecuente encontrar en el transporte público a personas mirando al vacío, sin libros ni música para entretenerse, simplemente dejando vagar la mente. Un compañero de universidad hablaba de esta experiencia que todos compartíamos en aquel entonces y decía: «estás ahí solo, sin nada que hacer, y te pones a pensar, y acabas pensando unas cosas más raras...».

Entonces me acuerdo de que una mente que divaga no es una mente feliz, y que hay personas que prefieren recibir descargas eléctricas antes que estar a solas con sus pensamientos. Pienso en cómo un viaje largo por carretera aúna lo desagradable de ambas experiencias y lo mezcla con aburrimiento e incomodidad física, lo que quizá explique la mala baba de algunos conductores. Finalmente caigo en la cuenta de que dentro de dos días emprenderé el viaje de vuelta y me consuelo pensando que para mí no suele ser un problema sentarme a contemplar el flujo de mis pensamientos, y que dormiré bien porque mi mente ha tenido tiempo de sobra para lavarse y asimilar los eventos del día mientras conducía.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Ámsterdam en dos días (y III)

Nuestra visita no estaría completa si no entráramos a alguno de los más de cincuenta museos de la ciudad. Hay museos de todo tipo de colecciones pero los más conocidos probablemente sean el dedicado a Ana Frank, el Rijksmuseum y el de Van Gogh. Dos días no es tiempo suficiente para verlos todos, en parte por el tamaño de algunos (el Rijksmuseum es bastante grande) y en parte debido a las largas colas (incluso aunque se haya comprado la entrada por internet). Por tanto, habremos de elegir. Yo opté por el museo Van Gogh.

A pesar de no tener ni idea de arte, el museo dedicado a este artista me gustó, si bien hube de esperar más de una hora para entrar. Dos cuadros me maravillaron especialmente. El primero fue La cabaña, una de las muchas representaciones de la vida rural que creó Van Gogh. El efecto de la veta rojiza del cielo, cuyo contraste se une al del fuego dentro de la casa, me pareció sensacional. La estampa me recordó a la casa de mis abuelos en la aldea en la que había estado pocos días atrás. Me quedé embobado mirando aquel lienzo durante un buen rato. Ahora que lo he vuelto a ver en fotos puedo decir que no es lo mismo que tenerlo delante; en el museo impresiona mucho más.

La cabaña, Van Gogh

El otro cuadro que me emocionó fue Campo de trigo con cuervos, una de sus últimas obras. La sensación de soledad y tristeza que transmite esa pintura me cautivaron inmediatamente. Durante mucho tiempo, este se consideró el último trabajo del autor aunque en realidad pintó unos cuantos cuadros más después. Aunque Van Gogh nunca habló sobre este cuadro en concreto, escribió a su hermano Theo:

Hay vastos campos de trigo bajo un cielo agitado y no he tenido que esforzarme mucho en expresar la tristeza y la extrema soledad. Confío en que puedas verlos pronto porque pienso llevarlos a París cuanto antes ya que creo que esos lienzos te dirán lo que yo no puedo expresar con palabras: la salud y la fuerza regeneradora que veo en el campo.
Campo de trigo con cuervos, Van Gogh

Como ya sabrán, Van Gogh se suicidó. Quiso la casualidad que la exposición temporal que había el día de mi visita versara precisamente sobre la enfermedad mental del artista. Después del incidente de la oreja, en el que se cortó (total o parcialmente; no se sabe a ciencia cierta) dicho apéndice tras una discusión con Rembrandt, a quien admiraba profundamente, el pintor holandés decidió ingresar voluntariamente en el sanatorio de Saint-Rémy. Allí permaneció un año, hasta Mayo de 1890. Poco después de su salida, el 27 de julio, con treinta y siete años, se disparó en el pecho. Sin embargo, no murió inmediatamente: pudo volver a su albergue donde fue atendido por los médicos. Finalmente fue la infección resultante de la herida la que acabó con su vida dos días después. Según su hermano Theo, quien estuvo con él en esos últimos momentos, sus últimas palabras fueron: «la tristesse durera toujours» (la tristeza durará para siempre).

Esto es (casi) todo lo que puedo contarles sobre Ámsterdam. Habrán notado una clara omisión: los coffee shops. Mi interés por la marihuana es nulo de modo que, ante las limitaciones de tiempo, obvié la visita a dichos locales. Solo diré al respecto que el olor a marihuana quemada es prácticamente constante en el centro de la ciudad, que la hoja de cannabis es un motivo frecuente de los souvenirs (camisetas, tazas, llaveros y demás) y que se pueden comprar multitud de productos que cuentan entre sus ingredientes el cáñamo índico, desde té hasta chocolate.

Otra seña de identidad holandesa que me perdí fueron los molinos. A pocos kilómetros de Ámsterdam se encuentra el Zaanse Schans, un museo al aire libre con ocho molinos bien conservados y uno industrial que puede visitarse gratuitamente. Cerca de aquí se encuentra además el Museo del molino.

Quisiera terminar con un último apunte en lo atinente a las fuentes de los datos históricos y demás información proporcionada en esta serie de artículos. La mayor parte proviene de lo que nos contaron los guías, por lo que algunos datos o hechos pueden no ser correctos, si bien he procurado completar y ampliar sus afirmaciones con información de la Wikipedia y libros sobre Ámsterdam que pueden consultarse en Google Libros. Es posible que, aún así, haya errores u omisiones. Si encuentran alguno siéntanse libres de señalarlo en los comentarios.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Ámsterdam en dos días (II)

Después de mucho pasear empiezan a doler los pies y apetece sentarse un rato. La mejor opción para poder seguir haciendo turismo mientras descansamos es subirse a uno de los muchos paseos en barco por los canales que hay disponibles. En Ámsterdam hay tres canales principales (Prinsengracht, Herengracht y Keizersgracht) excavados en el siglo XVII que suman más de cien kilómetros de longitud. Sorprende que no haya ninguna valla o protección en sus lindes, razón por la cual muchas bicicletas, personas y coches acaban en el fondo de ellos. Yo mismo pude presenciar cómo una bici caía al agua tras recibir un golpe en un aparcamiento.

No solo es posible navegar por los canales (el desfile del Día del Orgullo Gay transcurre por ellos) sino que también pueden utilizarse como emplazamiento de una casa-barco. Sin embargo, actualmente ya no se conceden nuevos amarres por lo que los existentes tienen un precio bastante alto.

Las aguas de los canales se renuevan cada tres días con agua del río Amstel mediante la apertura de la presa, lo que hace que los canales estén más limpios de lo que su color sugiere a primera vista. El indicador más evidente de su limpieza quizá sea la ausencia de vegetación en la superficie del agua, algo que en los canales de otras ciudades (como Delft) llama la atención enseguida. El agua de los canales de Ámsterdam es lo suficientemente clara como para que cada año tenga lugar una competición de nado en ellos en la que ha participado hasta la mismísima reina de Holanda.

Foto de Mariano Mantel
Si no nos gustan los barcos siempre podemos coger una bicicleta, otra de las señas de identidad de la ciudad. Realmente aquí la bici se usa para todo: pueden verse madres llevando la compra en la cesta trasera y el bebé en la delantera mientras pedalean hablando por el móvil. Algo que me llamó la atención es que las bicicletas son, en su gran mayoría, una porquería (muchas no tienen ni marchas ni freno). Hay dos razones para ello: el clima, húmedo y corrosivo, y los robos, muy habituales. Una bicicleta nueva cuesta unos trescientos euros y una de segunda mano aproximadamente la mitad. Por contra, las robadas se venden a diez o veinte euros. Si incluso este último precio les parece excesivo siempre pueden utilizar el método que utilizan los ladrones autóctonos: pasear por los gigantescos aparcamientos para bicicletas que hay en la ciudad y llevarse aquella que el dueño no haya amarrado.

Al menos en lo que al centro de la ciudad se refiere, no encontré el paseo en bici tan cómodo como esperaba. Hay muchísimo tráfico ciclista y los carriles no son especialmente anchos. Igual que en países como España, a veces el carril desaparece sin más, desembocando en la carretera o en la vía del tram. Por el carril bici circulan también las motocicletas y puedo asegurarles que los nativos del lugar apuran mucho los espacios. Aunque las bicicletas tienen prioridad, la alta densidad de población y la mezcla de peatones, coches, tranvías y bicicletas hace que el tráfico sea caótico y que quienes no estamos acostumbrados tengamos que andar con mil ojos.

Ámsterdam es una ciudad arquitectónicamente congelada en el tiempo por decreto. Las fachadas han de respetarse e incluso las reformas en el interior de los hogares requieren un permiso. Un pequeño puñado de características define las casas de esta urbe. En primer lugar, son bajas, de tres o cuatro pisos a lo sumo, y muy estrechas. La estrechez se debe a que en la época en que se construyeron se cobraban impuestos en virtud de la amplitud de la fachada. Para compensar, las casas cuentan con grandes y numerosas ventanas divididas en ventanas más pequeñas que dan mayor sensación de amplitud.

El espacio interior de estas casas tan estrechas se logró a base de quitárselo a las escaleras. Así, las escaleras holandesas son muy particulares: de caracol, con giros muy cerrados y escalones diminutos, por lo que han de subirse y bajarse casi de puntillas. A consecuencia de ello es casi imposible subir cargado con algo por lo que se colocaba en el exterior de las viviendas un gancho en el que se podía montar una polea para subir los muebles introduciéndolos por las ventanas de los pisos superiores. Para evitar golpes y roces en este proceso las fachadas están inclinadas hacia delante, una característica que es evidente a primera vista.

Además de los ganchos para las poleas en todas las fachadas se pueden ver unos remates metálicos negros. Se trata de un elemento arquitectónico que recorre las vigas de la construcción por el interior y hace que la vivienda se mueva en bloque, de manera que si el terreno cede en una parte de la casa  la vivienda se incline en lugar de resquebrajarse. No olvidemos que Ámsterdam es una ciudad construida prácticamente sobre el fango. Situada a dos metros bajo el nivel del mar, buena parte de su superficie actual ha sido reclamada al océano. Los cimientos de la ciudad son enormes pilares de madera clavados en el lecho marino los cuales, al estar en un entorno anaerobio, no se pudren. Sin embargo, la estabilidad del terreno no está garantizada y de ahí que no sea raro encontrar construcciones ladeadas.

Por el centro de la ciudad también es común ver en las fachadas el escudo de la ciudad, dos bandas rojas verticales a ambos lados de una negra que contiene tres cruces de San Andrés de color blanco. San Andrés es el patrón de Escocia y de los pescadores, y una iglesia que lleva su nombre se alza al lado de la Estación Central. Hermano de Simón Pedro, fue el primer apóstol llamado por Jesucristo y murió crucificado en una cruz con forma de equis. Algunos creen que las tres cruces de San Andrés del escudo hacen referencia a los tres males de la ciudad: fuego, inundaciones y peste. Otra teoría sostiene que es el símbolo con el que se identificaban los barcos holandeses, pues los ingleses se señalaban con un símbolo parecido de una única cruz. Quizá la teoría más plausible es la que sitúa su origen en el escudo de la familia noble Persijn, pues el caballero Jan Persijn fue lord de Amstelledamme de 1280 a 1282 y dos localidades cercanas que también pertenecían a la familia muestran los mismos colores en sus escudos. Si esta teoría tampoco les convence quizá prefieran la que nos ofreció bromeando el guía: que las cruces representan las tres finales que ha perdido la selección nacional holandesa de fútbol.

Algunas casas muestran también en su exterior escudos representativos de las familias que vivieron en ellas. Según nos contaron, los holandeses no usaban apellidos hasta que Napoleón les obligó en 1811 a tener un registro de matrimonios, nacimientos y defunciones. Algunos holandeses se lo tomaron a guasa y se pusieron apellidos humorísticos o absurdos, los cuales perduran hasta hoy.

De nuevo en el interior de las viviendas, dos pequeñas cosas relacionadas con la misma causa llamaron mi atención. Los holandeses son los hombres más altos del mundo pero, curiosamente, a finales del siglo XIX eran conocidos por su baja estatura. Nadie sabe a ciencia cierta las causas del crecimiento de su población aunque hay muchas teorías al respecto. Sea cual sea la razón, la decoración refleja este hecho en aspectos como la altura del retrete, la longitud de la cama o la altura de los espejos.

También relacionado con la decoración interior, recuerdo haber andado camino del hotel el día de mi llegada y ver a una mujer a través de una ventana trabajando con el ordenador sentada en su mesa. La ventana era bastante grande y el interior se veía perfectamente así que pensé que se trataba de una oficina o tienda de algún tipo. Sin embargo, paseando por el centro de la ciudad observé que ocurría lo mismo, y es que en Ámsterdam las cortinas brillan por su ausencia incluso en las ventanas de las viviendas que están al nivel de la calle. Así, es posible ver a la gente comiendo o viendo la tele desde fuera. Según me dijeron, esta transparencia tiene su raíz en la máxima protestante de no tener nada que ocultar.

En lo que a comida se refiere, Holanda tiene la misma peculiaridad que otros países del norte de Europa, a saber: una gastronomía lamentable compensada con unos dulces exquisitos. Huelga decir que este país es famoso por sus quesos (Gouda, Edam) y su cerveza. En lo que a platos concretos se refiere, la sopa más popular de Holanda es la crema de guisantes (erwtensoep). También son típicos el arenque crudo (haring), una especie de croquetas que se sirven con mostaza (bitterballen) y un guiso de ternera muy adecuado para las bajas temperaturas del invierno (hutspot).

En realidad, la comida típica holandesa es la más difícil de encontrar en Ámsterdam, mientras que los restaurantes de comida rápida y de cocina de otras partes del mundo abundan en sus calles. En cuanto a los postres, tuve la suerte de ser invitado a la mejor tarta de manzana (appeltaart) de la ciudad en un local llamado Winkel, el cual cuenta entre sus clientes a personajes célebres como Bill Clinton. Otro dulce típico son los stroopwafel, una mezcla entre galleta y gofre rellena de caramelo a modo de sandwich. Una versión reducida del mismo puede tomarse con el café, colocando la galleta-gofre sobre la taza a modo de tapa de manera que el calor de la bebida derrita el caramelo. En cualquier caso, para mí los mejores dulces acabaron siendo los helados que probé en Delft y unas cookies que pude comprar en el mercadillo de dicha ciudad, verdaderas exquisiteces para un goloso como yo.

Continuará.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Ámsterdam en dos días (I)

La ciudad de Ámsterdam nació como un pequeño pueblo pesquero situado en una presa del río Amstel. De ahí su nombre original, Amstelredamme, ya que damme significa dique o presa. Según la leyenda, la ciudad fue fundada por dos pescadores y su perro quienes remontaron el río hasta que encontraron un lugar en el que les pareció bien asentarse. La primera referencia a Amstelredamme aparece en un documento con fecha veintisiete de octubre de 1275 en el que un noble llamado Floris V exime de impuestos a los «homines manentes apud Amstelledamme».

Imagen de Josep Mª Nolla
La plaza Dam está situada en la ubicación original de la presa que da nombre a la ciudad y es un buen lugar desde que el empezar la visita. En esta plaza se halla el Palacio Real, que se convirtió en tal cuando Luis Napoleón (el hermano de Napoleón Bonaparte) se mudó allí. Mirando el palacio de frente, a su derecha encontramos la Iglesia Nueva (Nieuwe Kerk) construida en el siglo XV. Frente a ambos edifcios, al otro lado de la plaza, se alza el Monumento Nacional, una construcción en recuerdo de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Mientras que otros monumentos por el estilo están hechos por los militares para los militares, este se diseñó para la ciudadanía común. Si el monumento al soldado caído que hay en Roma está cercado y custodiado por soldados, permaneciendo cerrado durante la noche, el holandés, por el contrario, está totalmente integrado en la plaza y los paseantes pueden sentarse en él. La pared semicircular del Monumento Nacional contiene once urnas con tierra procedente de campos de ejecución y cementerios de guerra, una por cada provincia holandesa.

Desde la plaza Dam podemos caminar por Damstraat para llegar al celebérrimo Barrio Rojo de Ámsterdam cuyo nombre coloquial, De Wallen, hace referencia a los muros de los dos canales que allí se cruzan. Este es un lugar que hay que visitar de noche pues se transforma espectacularmente: las luces rojizas de neón revelan establecimientos dedicados al sexo que pasan desapercibidos durante el día, y los famosos escaparates están ocupados por auténticas beldades con ropa interior brillante. Este barrio tiene su origen en el puerto que allí había, al cual arribaban barcos cargados de marineros ansiosos por aliviar sus instintos primarios. Curiosamente, junto a estas calles se encuentra la Iglesia Vieja (Oude Kerk), el edificio más antiguo de la ciudad (se construyó en el año 1213). Según el guía que nos la mostró, la Iglesia toleraba la actividad de las meretrices a cambio de que estas tuvieran a bien recordarle a sus clientes que habían pecado y que podían comprar el perdón en forma de bula papal en dicha iglesia.

Como quizá ya sepan, las chicas de los escaparates del Barrio Rojo de Ámsterdam son trabajadoras autónomas que pagan impuestos por su actividad y han de someterse a exámenes médicos. Cobran unos cincuenta euros por un cuarto de hora y, al estilo de Apple, cada pequeño extra conlleva un pago suplementario. Por ejemplo, si el cliente quiere tener sexo en más de una postura habrá de hacer un desembolso adicional. Estas mujeres cuentan con protección policial y está prohibido hacerles fotos aunque yo pude presenciar cómo una de ellas llevaba a cabo un baile sensual ante la cámara de un turista. Sorprende quizá la presencia de niños paseando por estas calles aunque los holandeses tienen la teoría de que los infantes no saben de qué va todo aquello y, en consecuencia, no les afecta.

Visto el Barrio Rojo podemos pasar al Barrio Chino, donde observaremos que los carteles de las calles muestran el nombre tanto con el alfabeto occidental como con el chino. En estas calles está el templo budista más grande de Europa, lo cual suena más impresionante de lo que verdaderamente es. En las cercanías encontraremos Nieuwmarkt, una pequeña plaza donde hay un mercadillo diario, amén de otro de antigüedades y un tercero de libros, dependiendo del día y de la estación del año. Esta plaza está dominada por el Waag, construcción que era en su origen medieval una de las puertas de la ciudad y fue reconvertida en casa de pesos y medidas una vez los muros de la ciudad fueron derribados en el siglo XVII. Durante la Segunda Guerra Mundial los nazis juntaban allí a los judíos que iban a ser llevados a campos de concentración. La razón para ello es que no muy lejos de esta plaza se halla el barrio judío, donde vivió el inmortal artista Rembrandt Harmenszoon van Rijn en una casa convertida ahora en museo. La arquitectura de este barrio no concuerda con la del resto de la ciudad ya que hubo de ser reconstruido tras la guerra. Después de ser desalojadas por los nazis, las casas fueron prácticamente desmantelada por los habitantes de Ámsterdam, quienes buscaban madera para calentarse y cualquier cosa que llevarse a la boca.

Hablar de Ámsterdam, judíos y nazismo es hablar de la casa de Ana Frank, el lugar donde aquella niña judía se escondió con el resto de su familia hasta que fueron descubiertos y enviados a campos de concentración. El único que sobrevivió fue el padre de Ana, Otto, quien publicó los diarios de su hija.

Al principio de la ocupación alemana, los nazis trataron de ganarse a los holandeses. Sin embargo, sus simpatías no incluían a los judíos quienes fueron perseguidos, cazados y expatriados a la fuerza como en el resto de territorios ocupados. La «sección de defensa» (WA) del partido pro-nazi holandés NSB hacía de las suyas por el barrio judío hasta que el once de febrero de 1941 se encontraron con un grupo de boxeadores. La batalla entre ambos bandos se saldó con graves heridas para el miembro de la WA Hendrik Koot, quien murió tres días después. Como represalia, los alemanes cercaron el barrio judío y prohibieron su entrada a los no judíos. Nuevas batallas campales tuvieron lugar en los días siguientes lo que desembocó en la deportación de cuatrocientos veinticinco judíos en el fin de semana siguiente. El Partido Comunista holandés, consciente del pogromo que estaba teniendo lugar, organizó una huelga que tuvo lugar el día 25. Los primeros en declararse en huelga fueron los conductores de tranvía, pues fue ese medio de transporte el que se usó para las deportaciones (concretamente la línea 8, hoy desaparecida). Enseguida se unieron el resto de servicios, resultando en una parálisis prácticamente completa de la ciudad. Aunque la huelga fue rápidamente suprimida por la policía alemana en los dos días siguientes, aquella acción fue la primera y única que tuvo lugar como protesta por el tratamiento de los judíos que estaban llevando a cabo los nazis. Los habitantes de Ámsterdam fueron los únicos que no miraron para otro lado y decidieron hacer algo al respecto.

Desde Niewmarkt podemos seguir la linde del canal Kloveniersburgwal para contemplar el edificio que fue sede de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (VOC por sus siglas en holandés), fundada en 1602. Contaba con el monopolio del comercio oriental y, bajo prerrogativa real, poseía su propia moneda y su propio ejército, pudiendo declarar la guerra. Esta compañía creó el Amsterdam Stock Exchange situado en el número 5 de Beursplein para comerciar con sus acciones y bonos, siendo la primera empresa de la Historia en hacerlo.

Seguimos caminando por Kloveniersburgwal y doblamos por Nieuwe Doelenstraat para llegar a Muntplein, otra pequeña plaza que, en realidad, es un puente: el más ancho de Ámsterdam. Todos los puentes en Ámsterdam están numerados, teniendo el de Muntplein el número 1. Aquí veremos la torre Munt, la cual fue parte de una de las tres puertas medievales de la ciudad. Caminando por Rokin y siguiendo por Spui llegaremos a la capilla Begijnhof, un convento de monjas Beguinas. Las Beguinas eran una orden religiosa que vivía en comunidades monásticas pero no tomaban los votos de manera formal (no hacían voto de castidad, por ejemplo), por lo que técnicamente no eran monjas aunque se dedicaban a las mismas tareas. Como curiosidad de este lugar cabe destacar que la presencia masculina en su interior está prohibida a partir de las cinco de la tarde.

El pintoresco patio cerrado medieval de Begijnhof alberga un conjunto de edificios históricos dispuestos en torno a un espacio verde, e incluye la casa de madera más antigua de Ámsterdam. También hay una iglesia oculta que nació a partir del conflicto entre católicos y protestantes. Hasta 1578, Ámsterdam era católica en su mayoría pero a partir de ese año los protestantes prevalecieron en la ciudad, prohibiendo a los católicos profesar su fe públicamente. Las Beguinas rindieron su templo a los protestantes pero les fue permitido construir una iglesia con la condición de que no pareciera tal desde el exterior.

Continuará.

lunes, 20 de abril de 2015

Viajar

Foto de Henri Bergius
Es la primera vez que, al volver de un viaje, no siento haber echado de menos mi casa, mi habitación, mi cama. Me habría quedado gustosamente otra semana (quizá más) en esa ciudad turísticamente sensacional, Roma, y no solamente por el hecho de no tener que ir a la oficina o haber escapado de la rutina. Desde que regresé de allí no pienso en otra cosa que en volver a la Caput Mundi. Llevo un par de días en los que todo me parece vulgar, aburrido y feo. Más de lo normal, quiero decir.

Lo cierto es que nunca me ha gustado viajar. El acto físico de trasladarme a otra ciudad me resulta tedioso en extremo, y los ambientes desconocidos y las gentes extrañas me producen rechazo. Si bien a lo largo de los años he visitado un puñado de ciudades y países, al final siempre me quedaba la misma sensación: «pues vale». Acabé asumiendo que viajar, como la fiesta nocturna, es algo que no disfruto y no va conmigo. La idea de los viajes como ingrediente esencial de una vida digna de ser vivida nunca ha resonado en mí. Ya saben a qué me refiero, todo eso sobre conocer otras culturas, expandir nuestros horizontes, etcétera:

[D]esde que empecé a viajar siento que el mundo es mi casa, que, habiendo nacido en un sitio, podría haber nacido en cualquier otro y ser uno más de aquellos que en el país visitado me rodean y con los que, siempre que puedo, me mezclo y me confundo.
La mayoría de mis amigos, por el contrario, son verdaderos trotamundos. Algunos viajan solo durante las dos o tres semanas de vacaciones que les permiten sus empleos. Otros, como mi estimado David Rey, han hecho del viaje su estilo de vida (pueden seguir sus andanzas en su blog). Es uno de esos nómadas digitales que trabaja a su ritmo desde cualquier lugar del mundo, según le place. Precisamente uno de estos nómadas me decía hace poco que iba a parar de viajar por viajar, que había descubierto que eso no iba con su carácter. Aseguraba que ello está sobrevalorado y me envió un artículo de un tal Henry Wismayer desarrollando dicho pensamiento:

This idea that travelling is an essential ingredient of a life well-lived is still in its infancy. Fifty years ago, as granny and granddad holidayed in Eastbourne, sheltering from the drizzle with bingo and haddock and chips on the pier, the experienced traveller was a storied soul, a seeker possessed of genuinely unusual knowledge. Only as the baby boomers came of age did the foreign holiday enter the quotidian. Not until the 90s did going to more exotic climes—the ubiquitous ‘gap-year’—become a post-secondary school, middle-class rite of passage.

In the years since, this idea has seeped into the West’s worldview. But somewhere amidst the collision of widening global curiosity, runaway self-absorption and increasingly unputdownable technology lurks a sense that travel is losing its capacity to make us wonder.

The internet, that great reductive slag-heap of YOLO hashtags in the sky, has been one of the main instigators of this phenomenon. Walk into a hostel bar nowadays and look around — chances are that half the patrons will be ensconced in their digital worlds. Expressionless faces illuminated by the deadening LCD glare of tablet screens, they sit around plugged into the home they had intended to leave behind, able to research every flight, hotel and restaurant in advance based on countless peer reviews.
La crítica de Wismayer se centra en el narcisismo y el turismo enlatado, así como en el hecho de que cada vez damos más importancia a la presentación del viaje en redes sociales en detrimento de la experimentación del mismo:

Travel has become another exercise in narcissistic presentation, one more way of desperately extracting some semblance of uniqueness out of your otherwise soul-crushingly mediocre existence.

[...] Just realize: if your travelling is a box-ticking exercise; if you predicate even one iota of self-worth on how many countries you’ve visited; if you think in bucket-lists inspired by clickbait ‘10 best’ listicles appealing to the lowest common denominator, from one deluded c*nt to another, travelling isn’t making you interesting. It’s just confirming your position as one of the crowd.
Curiosamente, todo eso que critica el autor del artículo es justo lo que hemos hecho en este viaje: una lista de sitios imprescindibles que ver por los que pasábamos a toda velocidad (teníamos poco tiempo) para continuar con el siguiente. Y, aún así, para mí esta vez ha sido distinto. Esta vez sí he experimentado alegría, júbilo y regocijo mientras caminaba por las calles haciendo fotos y contemplaba los monumentos correspondientes. No me importaba formar parte de la manada de turistas. De hecho, puedo decir que por primera he sentido verdadero deleite haciendo turismo, así como pena por tener que volver a casa.

Wismayer distingue entre «viajar» y «hacer turismo». Según él, lo primero puede ser enriquecedor y transformar a una persona, siempre que uno se salga de los canales habituales de resorts y visitas guiadas y se mezcle con los lugareños. Lo que él no tolera son aquellas personas que quieren mostrarse a los demás como viajeros pero no son más que turistas. Es en esos casos cuando viajar se convierte en un ejercicio hedónico y narcisista cuyo único efecto es aburrir a los demás con nuestra experiencia, calcada a la de las miles de personas que nos precedieron.

Sentado de noche frente al Coliseo, helado de limón en mano y rodeado de molestos vendedores de paloselfis, mirando de frente aquellos dos mil años de Historia, me preguntaba qué tienen los yacimientos de la Roma imperial que me causaron tan honda impresión. Para algunas personas son solo un montón de «piedras tiradas ahí en medio», lo cual es cierto en la misma medida en que nuestros padres, parejas, hijos y amigos son masas de carne en algún lugar del planeta. Hay algo inefable en esos restos que los hace ejemplo perfecto de aquel viejo problema filosófico acerca de la diferencia entre conocer algo intelectualmente y experimentarlo directamente. También traen a mi mente la discusión estética sobre arte elevado y cultura popular.

Al final, mientras caminaba de vuelta al hotel por la Via dei Fori Imperiali pensaba en lo maravilloso que es haber visto estos monumentos, y haber tocado con mis propias manos las mejores obras de un imperio caído hace tantos siglos. Me fui de allí con gran pesar pero también con una sensación de gratitud hacia el arte que había logrado emocionarme de forma tan singular. Puede que haya sido solo turismo estándar, que no haya transformado mi carácter ni puesto mi vida patas arriba, y que no me haya hecho más sabio. Pero me ha hecho feliz.