lunes, 22 de septiembre de 2014

Ser raro

                                   «Normal es el que sigue la norma. Si la norma es ser raro, ser raro es lo normal, y el más normal será el más raro.»

—Camera café

Hay una escena de Padre made in USA (American Dad) en la que Steve entra en su instituto con un aparatoso corsé para la espalda, claramente visible, que le han puesto como tratamiento de su escoliosis. Nada más cerrarse la puerta tras él se hace el silencio, uno de los alumnos le señala al tiempo que grita «¡diferente!» y todos –incluido sus amigos– empiezan a lanzarle a Steve lo que tienen a mano. A pesar de que su padre le explicaba antes de ir a clase que a nadie le importaría su nuevo aspecto, que lo que importa es lo que uno lleva dentro, Steve vuelve a casa con la palabra «Loser» escrita en la frente.

Por lo que parece ese maltrato al que se sale de la norma debe de ser algo bastante habitual en los institutos de Estados Unidos. En la pasada Comic Con de Denver una niña que estaba sufriendo en su escuela un trato en cierto modo similar al de Steve le preguntó al actor Will Wheaton si a él en el colegio le llamaban nerd. El vídeo con la respuesta de Wheaton logró cierta notoriedad, llegando incluso a la portada de Reddit, y el propio actor le dedicó un artículo en su blog.

When I was a boy I was called a nerd all the time—because I didn’t like sports, I loved to read, I liked math and science, I thought school was really cool—and it hurt a lot. Because it’s never ok when a person makes fun of you for something you didn’t choose. You know, we don’t choose to be nerds. We can’t help it that we like these things—and we shouldn’t apologize for liking these things.
I wish that I could tell you that there is really easy way to just not care, but the truth is it hurts.
[...] When a person makes fun of you, when a person is cruel to you, it has nothing to do with you. It’s not about what you said. It’s not about what you did. It’s not about what you love. It’s about them feeling bad about themselves. They feel sad.
[...]
And I will tell you this — it absolutely gets better as you get older.
I know it’s really hard in school when you’re surrounded by the same 400 people a day that pick on you and make you feel bad about yourself. But there’s 50,000 people here this weekend who went through the exact same thing—and we’re all doing really well.

So don’t you ever let a person make you feel bad because you love something they decided is only for nerds. You’re loving a thing that’s for you.
Foto de Nick Wheeler
Lo que me interesa de sus palabras no es el pseudoanálisis freudiano sobre los motivos del abusón sino la parte en la que le asegura a la niña que todo mejorará cuando se haga mayor. Lamentablemente, mi propia experiencia me dice que no va a haber caso (a menos que se haga rica y famosa, claro). El castigo al que es diferente no cesa en la vida adulta, solo se disfraza. La escena de Steve de la que les hablaba tiene un equivalente en su versión de adulto en otra comedia.

En el decimoséptimo episodio de Cómo conocí a vuestra madre, Marshall comienza una pasantía en la empresa de Barney. Ya el primer día vuelve a casa quejándose de que sus compañeros son imbéciles, pues se burlan de él y le marginan al no seguir al grupo en sus bromas obscenas. Cuando le pide consejo a Barney este le dice que piense en la frase del póster de los pingüinos que cuelga en su pared. Entonces Marshall lee la frase al pie de la imagen:
Marshall: «Semejanza. Es al diferente al que se abandona en el frío». ¿Esto es un póster motivacional?
Barney: Mírate, Marshall, no eres feliz. ¿Y sabes por qué? Porque eres diferente. Escucha, puedes aprender a amarte a ti mismo por ser el pequeño y singular copo de nieve que eres, o puedes cambiar por completo tu personalidad, que es mucho más fácil.
Ya se lo decía Kakashi a Sasuke en su primer entrenamiento: el clavo que despunta es el que recibe el martillazo. Lo que ocurre es que en la edad adulta los martillazos se trocan en comportamientos más aceptables socialmente. En lugar de golpes físicos se propinan puyas verbales o se llevan a cabo arteras maniobras de política de oficina, bien sea para beneficiar al que es semejante o bien para perjudicar directamente al que es diferente.

Lo paradójico del asunto es que, en mayor o menor media, todos nos tenemos por raros. Ello se debe en buena parte a que cada uno de nosotros tiene acceso a todos sus comportamientos y pensamientos, por lo que se es consciente de muchas extravagancias propias que se ocultan a los demás. Pero no solo nos tenemos por raros, en cierta medida también queremos ser raros. Nuestras singularidades soportan nuestra identidad en un contexto social, nos permiten vernos como una hormiga única en el conjunto del hormiguero. Por tanto, se da la curiosa circunstancia de que no nos gustan los que son diferentes pero al mismo tiempo cada uno de nosotros sí que quiere ser un tanto peculiar para diferenciarse de la masa del resto de individuos, una tensión que Alasdair MacIntyre recogió en su obra más conocida:

Nos encontramos en un mundo en que simultáneamente intentamos hacer predecible al resto de la sociedad e impredecibles a nosotros mismos, diseñar generalizaciones que capturen la conducta de los demás y moldear nuestra conducta en formas que eluden las generalizaciones que los demás forjen.
Yo llevo oyendo la cantinela del «qué raro eres» toda la vida, hasta el punto de que debe de ser la frase que más me dicen después del «buenos días». Los miembros de mi propia familia son los primeros en recordármelo periódicamente. Séame permitido decir aquí que soy el primero que desea no ser como soy, pero en ocasiones uno tiene que conformarse con lo que la naturaleza le da. Como dice Wheaton, no podemos evitar que nos guste aquello que nos gusta. El problema surge cuando nuestras costumbres o nuestros gustos no son «normales». Sin embargo, como decía el personaje de Arturo en Camera Café, «normal es el que sigue la norma», y esa norma establecida es mucho más contingente de lo que parece en principio, ya que está subordinado al contexto. «Lo normal» depende, por ejemplo, de la edad que uno tenga. Un veinteañero me comentaba hace unas semanas que le costaba conectar con sus compañeros de trabajo, cuya media de edad superaba los treinta y cinco. Yo también viví esa situación hace años. En efecto, tal como me decía, la diferencia de edad hace que la comunicación sea más complicada. Además, el hecho de no compartir vivencias diarias similares al estar en distintas fases de la vida hace que incluso la charla intrascendente sea difícil y se reduzca normalmente al común denominador (el clima o el trabajo).

La norma también depende, y mucho, de la localización geográfica. Pensemos en el hecho de llevar un arma encima, algo considerado normal en Estados Unidos y excepcional en Europa occidental. Diferentes culturas tienen diferentes costumbres, y la mera circunstancia de haber nacido en uno u otro sitio puede acentuar nuestro sentimiento de diferencia, aun cuando seríamos perfectamente normales en otro país. No obstante, no siempre media un océano entre ambos extremos. A veces lo que para nosotros es normal está en la mesa de al lado. En la misma cantina, los comensales de una mesa hablan únicamente de fútbol mientras en la de al lado se habla de política, y en la de más allá de cotilleos de oficina. Los de la puerta solo hablan de trabajo y los del fondo, de la cría de reptiles. Cuando el dueño de los terrarios se pasa a la mesa de los futboleros empiezan las burlas y las miradas a la pantalla del móvil.

Es probable que hayan oído más de una vez, cuando alguien les describía a otra persona, la frase «es un poco raro». Suele pronunciarse en plan de advertencia, para que nos andemos con cuidado.  La mayor parte de nosotros no tenemos ni tiempo ni ganas de comprender las rarezas de los demás, sencillamente esperamos que se adapten y nos fastidia cuando no lo hacen.

Con la diferencia ocurre como con los medicamentos: el veneno está en la dosis. Un poco de rareza es esperable y necesaria, pero cuando es muy grande nos aísla de los demás. En este caso veo tres opciones. Podemos optar por conformarnos, adaptarnos y acomodarnos. Ello implica que tendremos que renunciar, al menos en ciertas situaciones, a parte de lo que somos, escondiendo nuestra verdadera personalidad en pos de la conformidad. Otra posibilidad es, como decía Barney, amarnos «por ser el pequeño y singular copo de nieve» que somos y reivindicar nuestra forma de ser. Sin embargo, esto no servirá para todas las personas y situaciones, pues la necesidad de ser como el resto es a veces muy intensa (especialmente en la adolescencia) y el sentimiento de diferencia puede acabar perjudicándonos. La última salida, y que quizá sea la más recomendable siempre que sea factible, es buscar y trasladarnos al lugar al que pertenecemos. A veces es tan sencillo como sentarse en otra mesa.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Cabeza de ratón

Dice una frase de esas de libro de autoayuda que si eres la persona más inteligente de una habitación entonces es que estás en la habitación equivocada. La idea que trata de transmitir –y que casi no hace falta explicar– es que, bajo la premisa de «todo se pega, menos la hermosura», podemos volvernos más inteligentes si nos rodeamos de gente intelectualmente capaz. Es una inferencia hecha a partir de otros patrones que se han observado y documentado, como que cuando la mayoría de los miembros de nuestra familia son obesos es más probable que nosotros también lo seamos. Además del sobrepeso también parecen ser contagiosos los hábitos de vida saludables, la felicidad, la depresión, el estrés y las expectativas irracionales. Así pues, uno puede mejorar distintas facetas de su vida rodeándose de la gente adecuada.

O esa es la teoría. Una cosa es que tendamos a comer de más cuando nuestra madre insiste en poner doce mil platos en la mesa a la hora del almuerzo, y otra muy diferente asumir que podemos hacernos más listos por simple ósmosis. Puede que las emociones y los hábitos se contagien pero la inteligencia no es ni lo primero ni lo segundo. Si ustedes se mudaran a un país nórdico donde la altura media de los habitantes sea mayor que en el suyo, no crecerían ni un centímetro. Tal vez adoptaran un nuevo vocabulario o costumbres diferentes, pero seguirán siendo tan bajitos como antes.

Scott Adams cuenta en sus memorias la historia de un compañero de trabajo confundido por esa fe en la simple asociación. El tipo en cuestión planeaba mudarse a una zona rica con la intención de hacerse millonario:

Cuando trabajé para el Crocker National Bank, mis compañeros de trabajo y yo nos reímos mucho a costa de un interino de verano que sostenía una teoría ridícula: que el éxito era una función del vecindario en el que uno eligiera vivir. Su plan era meterse en el mejor apartamento que pudiera costearse en un vecindario caro, independientemente de los compañeros de piso que le llevara a tener esto, y dejar que cierto tipo de magia imprecisa hiciera el resto. Estaba dispuesto a trabajar duro, estudiar, respetar la ley y dar todos los pasos habituales hacia el éxito. Pero creía que eso sólo podría llevarle hasta cierto punto del camino. El quid de la cuestión era su plan brillante de vivir entre ricos hasta convertirse en millonario por asociación.
Recuerdo que me burlaba ingeniosamente de él, para regocijo de todos los que estaban cerca. ¡Parecía un tío tan racional en todos los otros sentidos! Pero aquel plan de «rico por asociación» era claramente absurdo. Cuando le interrogué al respecto, descubrí que lo que él defendía no era crear redes y buscar contactos importantes con sus vecinos adinerados. Carecía de un mecanismo definido que explicase cómo su proximidad a los ricos le otorgaría el éxito. Lo máximo que podía ofrecer era su observación de que la vida tenía patrones y éste era uno de ellos: uno se vuelve como las personas que le rodean.
He de reconocer que yo también fui presa de este error. Una vez entré a trabajar en una empresa porque en ella había gente muy buena del sector, y esperaba que al trabajar a su lado yo daría un salto cualitativo en mis destrezas. Varios años después seguía siendo el mismo inútil. La cuestión es, como descubrí, que no vale con que la gente sea muy buena: en algún momento te tienen que transmitir algo de su conocimiento; observarles y adoptar sus costumbres apenas supone un progreso. Desafortunadamente, la mayoría de gente que encontré (menos mal que siempre hay honrosas excepciones) era tan buena como ególatra, por lo que yo no era digno de sus lecciones. Otros muchos estaban demasiado ocupados, o simplemente no tenía interés por compartir nada. No solo no crecí profesionalmente, sino que estar allí me hacía sentirme aún peor conmigo mismo. Más adelante veremos por qué.

En Estados Unidos los alumnos de último de año de instituto visitan varias universidades con la intención de decidir en cuáles pedirán plaza. Huelga que decir que las más prestigiosas (las de la Ivy League) son las más solicitadas. Tienen más recursos, estudiantes con un mayor nivel académico y un profesorado más eminente que otras universidades. En el mercado de trabajo estadounidense un título de Harvard, Princeton o Yale trae consigo cierta reputación y supone un impulso importante. Además, los aspirantes saben que sus compañeros de aula serán interesantes y ricos, por lo que harán buenos contactos. Acudir a esas escuelas parece lo más razonable a priori.

No obstante, estudiar en esas facultades también tiene consecuencias negativas. Allí se concentra lo más selecto, las personas más inteligentes y trabajadoras del país. Muchos estudiantes brillantes abandonan sus carreras en estas universidades al verse eclipsados por gente aún más brillante a la que no puede seguir el ritmo, pues se sienten estúpidos en comparación con el resto de la clase. Malcolm Gladwell lo cuenta en David y Goliath:

Cuanto más exclusiva es una institución educativa, peor será la opinión que tengan los estudiantes de sus aptitudes académicas. Estudiantes que irían en cabeza en una escuela buena pueden quedarse rezagados fácilmente en una escuela realmente buena. Estudiantes que sentirían que dominan una materia en una escuela buena pueden sentirse completamente desbordados en una escuela realmente buena. Y esa sensación —por subjetiva, ridícula e irracional que pueda ser— importa mucho. La impresión que uno tiene sobre sus capacidades dentro de la clase —nuestra autoimagen académica— modela nuestra voluntad para asumir retos y completar tareas complicadas. Se trata de un elemento crucial para la motivación y la confianza en nosotros mismos.
Yo ya sabía que era estúpido mucho antes de empezar a trabajar en el sitio del que les hablaba. Sin embargo, el recordatorio diario de ese hecho era vitriolo para el alma. Algunas personas sucumbimos bajo la carga psicológica de sentirse una medianía. En palabras de Alain de Botton:

Lo que genera ansiedad y resentimiento es la sensación de que podríamos ser diferentes a lo que somos: un sentimiento que transmiten los mayores logros de aquéllos a quienes consideramos nuestros iguales. Si somos bajitos y vivimos entre personas de nuestra misma altura no nos preocuparán demasiado las cuestiones de tamaño.
Sin embargo, si otros miembros de nuestro grupo crecen un poco más, es posible que de repente nos sintamos incómodos y que caigamos en la insatisfacción y la envidia, aunque nuestro propio tamaño no se haya reducido ni un milímetro.
Fuente: (De Botton, 2004)


Gladwell argumenta en su libro que «hay momentos y situaciones en que conviene más ser cabeza de ratón que cola de león». Uno de los motivos, como hemos visto, es que según cómo salgamos parados en la comparación con quienes nos rodean nuestra autoestima y nuestra motivación pueden verse desvaídas. Pero hay otro motivo más prosaico y de índole más práctica: puede ser más rentable económicamente.

Recordarán de un artículo anterior el concepto de «nivel del agua» descrito por Nate Silver. Silver nos decía que en entornos altamente competitivos ese nivel del agua es muy alto y para tener cierta ventaja competitiva uno ha de situarse por encima del percentil noventa, noventa y cinco, o el que corresponda. Ser un pez pequeño en una pecera grande significa que ese nivel del agua está lejos de nuestro alcance. No obstante, podemos movernos a una pecera más pequeña en la que sacar provecho. Y eso es exactamente lo que hizo Silver. Consciente de que no podía competir con los mejores en los torneos internacionales de póquer, se centró en el póquer online, donde las partidas estaban llenas de principiantes fáciles de esquilmar. De igual manera, ha ido centrando sus pronósticos en áreas dominadas por «expertos» que no acertaban ni una, garantizándose así el éxito al destacar por encima de ellos:

I’ve been fortunate enough to take advantage of fields where the water level was set pretty low, and getting the basics right counted for a lot. Baseball, in the pre-Moneyball era, used to be one of these. [...] In politics, I’d expect that I’d have a small edge at best if there were a dozen clones of FiveThirtyEight. But often I’m effectively “competing” against political pundits, like those on The McLaughlin Group, who aren’t really even trying to make accurate predictions. Poker was also this way in the mid-2000s. The steady influx of new and inexperienced players who thought they had learned how to play the game by watching TV kept the water level low.
It is often possible to make a profit by being pretty good [...] in fields where the competition succumbs to poor incentives, bad habits, or blind adherence to tradition—or because you have better data or technology than they do. It is much harder to be very good in fields where everyone else is getting the basics right—and you may be fooling yourself if you think you have much of an edge.
Quizá no haga falta practicar diez mil horas. Quizá baste con elegir el entorno adecuado. Quizá –solo quizá– si eres la persona más inteligente de la habitación entonces sí que estás en la habitación correcta.

lunes, 8 de septiembre de 2014

¿Sabías que...?

En el prólogo de la obra El pequeño gran libro de la ignorancia, el polifacético presentador inglés Stephen Fry escribe lo siguiente:

Quienes tienen interés en mantener la ignorancia y sus propias verdades reveladas han conseguido traducir erróneamente y caracterizar para siempre la curiosidad como un peligrosísimo felicidio. ¿Acaso la curiosidad no mató al gato? Sin embargo, usted, mi más queridísimo de entre mis queridos lectores, sabe que la curiosidad ilumina el camino que lleva a la gloria.
Se lo diré de otro modo: la falta de curiosidad es el dementor que succiona toda la esperanza, alegría, promesa y belleza del mundo. La tórpida acedía que carece de interés alguno por el descubrimiento, que no tiene ni hambre ni sed de conocimiento, de comprensión o de relación desertificará el paisaje humano; y nuestros descendientes se encontrarán con todo el pastel.
Este es solo otro pequeño artículo que trata de homenajear esa cualidad tan ínsita del ser humano: la curiosidad.

Foto de Jared Cherup

  • Muchos guionistas de Los Simpson tienen una notable formación en matemáticas. David S. Cohen, por ejemplo, es licenciado en física y máster en informática. Varios de sus colegas tienen licenciaturas y han ocupado cargos de investigación de alto nivel en la academia y la industria. En 1999 algunos de estos guionistas ayudaron a crear Futurama. [Fuente]

  • Como ya sabrán, Los Simpson tienen cuatro dedos en cada mano. Esta mutación procede de los primeros días de la animación en la gran pantalla. Félix el Gato y Mickey Mouse compartían ese rasgo. Según Walt Disney: «En el aspecto artístico, cinco dedos son demasiados para un ratón. Su mano parecería un manojo de plátanos». Además, de esta manera los animadores tenían menos trabajo. Los ocho dedos se convirtieron en un estándar para personajes animados salvo en Japón, donde tener solo cuatro dedos en una mano puede tener connotaciones siniestras: el número 4 se asocia con la muerte y la Yakuza, que corta el dedo meñique a las personas o bien como castigo o como prueba de lealtad. [Fuente]

  • En Japón, la luz verde de algunos semáforos tiene un tinte azulado. Cuando se importaron de Estados unidos en la década de 1930, sin embargo, eran tan verdes como en cualquier otro país. Antiguamente, la palabra japonesa ao servía tanto para el verde como para el azul, pero en el habla moderna ha quedado restringida sobre todo a los tonos azulados, mientras que el verde suele expresarse con la palabra midori. En lugar de cambiar el nombre oficial de la luz de ao shingoo a midori, en 1973 el gobierno japonés obligó a que las luces fueran lo más azuladas posible para que concordaran con el significado de ao. Oficialmente, sin embargo, la luz seguía siendo verde, de manera que se respetaba la convención internacional que da uniformidad a las señales de carretera en todo el planeta. [Fuente]

  • A pesar de su mala reputación, una rotonda bien diseñada puede reducir los retrasos hasta un sesenta y cinco por ciento comparada con un cruce con semáforos o señales de Stop. [Fuente]

  • En la Costa del Sol, entre Guadalmina y San Pedro de Alcántara, existe una rotonda que tiene un chalet completo con piscina incluida en el centro. La vivienda está encerrada por asfalto y el propietario no puede entrar andando; para salir debe arrancar su coche desde su garaje en el centro de la rotonda. [Fuente] [Vista en StreetView]

  • La afirmación de que la mayor parte del polvo doméstico es piel humana no es más que una exageración. La composición del polvo de una vivienda cambia de país a país, de casa a casa e incluso de habitación a habitación. También depende de la estación del año y del estilo de vida de los habitantes. Las fuentes de polvo más habituales son las escamas de piel animal, arena, desechos de insectos, harina —en la cocina—, y suciedad corriente. [Fuente]

  • De acuerdo con investigaciones del programa espacial soviético, la ropa absorbe del siete al catorce por ciento de las secreciones de la piel. Una vez no puede absorber más el sebo comienza a acumularse en la propia piel. Pasados de cinco a siete días con la misma ropa y sin lavados, el cuerpo detiene la producción de sebo. Las glándulas sebáceas recuperan su actividad una vez mudada la ropa o tras una ducha. [Fuente]

  • Muchas astronautas recurren a somníferos para poder conciliar el sueño durante sus misiones espaciales, ya que están sometidos a un ruido constante y privados de las pistas naturales del ciclo noche-día. Además, en gravedad cero los astronautas tienen la sensación constante de estar cayéndose de la «cama». Al cabo de noventa días en el espacio el cerebro pierde la capacidad de regular el ciclo de sueño-vigilia. En la misión Gemini los astronautas Dick Gordon y Pete Conrad se quedaron dormidos durante una breve pausa en uno de sus paseos espaciales. [Fuente]

  • Estar despierto más de veinticuatro horas degrada el rendimiento tanto como tener un nivel de alcohol en sangre del 0,1%. Una persona con severa falta de sueño puede pasar de sentirse despierto a caer dormido en tan solo diez o quince segundos. Los camioneros que cubren largas distancias son los más vulnerables a conducir con sueño, llegando incluso a dormitar con los ojos abiertos. Estos microsueños pueden durar desde unos pocos segundos a varios minutos y, aunque el cerebro está técnicamente dormido, el camionero todavía puede conducir, ajeno a las señales de alto y las curvas del camino. [Fuente]

  • La mayoría de somníferos funcionan uniéndose a los receptores GABA (ácido gamma-aminobutírico), lo que produce somnolencia y relajación. Entre estos fármacos se incluyen benzodiazepinas como el Valium. Otras drogas actúan bloqueando el neurotransmisor histamina, encargado de intensificar el estado de vigilia. [Fuente]

  • El modafinilo es lo opuesto a un somnífero. Se trata de un neuroestimulante usado en la práctica clínica para tratar la narcolepsia. Algunos deportistas han intentado a acogerse a esa exención de uso terapéutico para poder tomarlo legalmente y cobrar ventaja. Aunque no hay pruebas de que el modafinilo tenga algún efecto en personas sanas o de que funcione mejor que otros estimulantes como la cafeína, es una sustancia prohibida por las agencias antidopaje al estar incluida en la categoría de estimulantes. En 2004 la atleta estadounidense Kelli White fue suspendida por dos años y desposeída de las medallas de oro que había ganado el año anterior tras declararse culpable de haber tomado modafinilo. [Fuente]

  • Los fármacos no son la única manera posible de doparse. Los atletas paralímpicos con lesión medular grave no pueden elevar su ritmo cardíaco por encima de los ciento treinta latidos por minuto, ya que no disponen de una respuesta global al ejercicio. Para superar este escollo y mejorar su rendimiento algunos atletas se inducen una condición llamada disreflexia autónoma, consistente en la activación de respuestas neuronales por debajo de la lesión de manera que se envíen mensajes de estrés de nuevo al cerebro. Hay variedad de métodos para activar estos mensajes neuronales, aprovechando que el individuo no siente nada en esesas zonas: vendarse las piernas apretando en exceso, bloquear el catéter urinario para desbordar la vejiga, sentarse sobre el propio escroto o incluso romperse un hueso. [Fuente]

  • La reacción normal al miedo incluye pupilas dilatadas, aumento de la presión sanguínea y aceleración del ritmo cardíaco. Cuando los psicópatas contemplan imágenes horrendas estas medidas no se alteran en comparación con el resto de la población. Un estudio realizado con desactivadores de explosivos en la década de los ochenta mostró que en el caso de los mejores operarios (lo más condecorados) el ritmo cardíaco disminuía mientras trabajaban. [Fuente]

lunes, 25 de agosto de 2014

Nacidos para correr

Sospecho que ustedes también tienen al menos un amigo de esos que es un enamorado del deporte, con más energía que una central nuclear y que corre maratones, ultramaratones o triatlones, que juega dos o tres partidos de fútbol en un solo día o que participa simultáneamente en dos ligas de pádel. Personas a las que uno mira con asombro preguntándose de dónde les viene ese ímpetu que les hace levantarse a horas intempestivas para salir a correr o a montar en bicicleta, que nunca parecen cansarse y que dicen cosas como «después de la carrera del otro día estaba tan agotado que al día siguiente no puede correr ni cinco kilómetros» (verídico). Personas como Howard Wasdin, antiguo miembro de los de los Navy SEAL, a quien en los agradecimientos de su libro uno de sus antiguos compañeros describe directamente como «loco»:

Durante el entrenamiento del BUD/S con la clase 143, conocí a Howard Wasdin. Acabábamos de terminar otro día brutal de entrenamiento, y Howard preguntó: «¿Quién quiere venir a correr conmigo a la playa?». Pensé que estaba loco. «¡¿Acaso no hemos tenido suficiente por hoy?!». Aún más locos estaban los tipos que le siguieron.
Mientras a la inmensa mayoría de nosotros nos cuesta dios y ayuda ponermos en marcha cuando se trata de deporte, el problema para estos individuos parece ser justo el contrario, es decir, parar. En este sentido, se parecen a los perros husky:

[E]l problema es parar a los perros, no ponerlos en marcha. Están hechos para correr. Si se les deja sueltos, corren hacia el horizonte y siguen corriendo hasta quedar agotados, por lo que uno no vuelve a verlos nunca más.
Foto de EveryDamnNameIsInUse
Esta y otras razas de perros han sido criados y seleccionados por el hombre para no detenerse. En Alaska tiene lugar todos los años una carrera de trineos de larga distancia llamada Iditarod Trail Sled Dog Race en la que equipos de dieciséis perros comandados por un musher deben recorrer unos mil ochocientos kilómetros a través de la nieve en el menor tiempo posible. La primera edición de esta carrera tuvo lugar en 1973. Desde entonces, mediante el cruce y la reproducción seleccionada de los mejores perros el tiempo empleado en recorrer dicha distancia se ha reducido a la mitad:

The winners of the first two Iditarod races took more than twenty days to finish. Two decades of breeding later, mushers were finishing in half that time. Alaskan huskies morphed into athletes unique on the planet. Even before training, an elite Alaskan husky can move four to five times as much oxygen as a healthy, untrained adult man. With training, top sled dogs reach a VO2max about eight times that of an average man, and more than four times higher than a trained Paula Radcliffe, the women’s marathon world record holder.
El perro idóneo para una carrera de este tipo cuenta, además de con características propiamente atléticas, con una inquebrantable voluntad de seguir adelante. Y ocurre que esa es una característica que se puede mejorar con la crianza, lo que significa que tiene una base genética (ibídem Epstein):

Huson and colleagues discovered genetic traces of twenty-one dog breeds, in addition to the unique Alaskan husky signature. The research team also established that the dogs had widely disparate work ethics (measured via the tension in their tug lines) and that sled dogs with better work ethics had more DNA from Anatolian shepherds—a muscular, often blond breed of dog originally prized as a guardian of sheep because it would eagerly do battle with wolves. That Anatolian shepherd genes uniquely contribute to the work ethic of sled dogs was a new finding, but the best mushers already knew that work ethic is specifically bred into dogs.
“Yeah, thirty-eight years ago in the Iditarod there were dogs that weren’t enthused about doing it, and that were forced to do it,” Mackey says. “I want to be out there and have the privilege of going along for the ride because they want to go, because they love what they do, not because I want to go across the state of Alaska for my satisfaction, but because they love doing it. And that’s what’s happened over forty years of breeding. We’ve made and designed dogs suited for desire.”
El mismo proceso se ha replicado en ratones, con idéntico resultado (ibídem Epstein):

Normal mice run three to four miles each night. [Theodore] Garland took a group of average mice and separated them into two subgroups: those that chose to run less than average each night, and those that chose to run more than average. Garland then bred “high runners” with other high runners, and “low runners” with other low runners. After just one generation of breeding, the progeny of the high runners were, of their own accord, running even farther on average than their parents. By the sixteenth generation of breeding, the high runners were voluntarily cranking out seven miles each night. “The normal mice are out for a leisurely stroll,” Garland says. “They putz around on the wheel, while the high runners are really running.”
Finalmente, también en humanos se ha observado que la herencia genética influye en el nivel de actividad física (ibídem Epstein):

Variations in the brain’s dopamine system make certain individuals more likely to feel reward when using particular drugs, and they are more likely to become addicted. Is it possible that, like sled dogs and lab mice, some people are biologically predisposed to get an outsized sense of reward or pleasure from being constantly in motion? All sixteen human studies conducted as of this writing have found a large contribution of heredity to the amount of voluntary physical activity that people undertake.
Todo esto significa que personas como Dean Karnazes, Pam Reed y Scott Jurek sencillamente nacen, no se hacen (piense también en los tarahumara, por ejemplo). Su cerebro les obliga a moverse; son literalmente yonquis del deporte. Pero ¿y si esa capacidad de esforzarse no se limita al ámbito físico? ¿Y si la fuerza de voluntad en general tiene un punto de partida y un rango de alcance marcados por el ADN?

Durante las últimas semanas hemos estado hablando sobre las diez mil horas de práctica deliberada como forma de suplir, al menos parcialmente, la carencia de talento natural. La idea es que aunque no hayamos salido premiados en la lotería genética, siempre está en nuestra mano practicar concienzudamente para mejorar y llegar lejos. Sin embargo, siempre que yo leía sobre las célebres diez mil horas me preguntaba ¿y si la capacidad o el deseo de esforzarse son también dones naturales? Eso mismo se preguntaba el cirujano Atul Gawande:

En realidad, el talento verdadero quizás sea el que uno tiene para practicar. K. Anders Ericsson, especialista en psicología cognitiva y experto en rendimiento, observó que el mejor modo de que los factores innatos desempeñen un papel importante puede consistir en la disposición para dedicarse a un aprendizaje continuo. Descubrió, por ejemplo, que a las personas con un rendimiento billante tampoco les gusta practicar (éste es el motivo por el cual los atletas y los músicos dejan de practicar cuando se retiran). Pero aún así tienen más voluntad que otros para seguir esforzándose.
Los cirujanos, dice Gawande, no creen en el talento. En lugar de ello «los cirujanos de los hospitales clínicos dicen que lo más importante para ellos es encontrar gente los suficientemente concienzuda, trabajadora y crédula para continuar con la práctica de algo que resulta difícil siempre». Sin embargo «creen que la pericia puede aprenderse, pero no la tenacidad. Es un punto de vista que se sostiene incluso en los mejores departamentos de cirugía». Así pues, uno puede nacer doblemente premiado, con talento y tesón, y ser capaz de los mayores logros (ibídem Epstein):

In her engrossing book Gifted Children: Myths and Realities, psychologist Ellen Winner coined the phrase “rage to master” to describe one of the primary qualities of gifted children. She describes it as intrinsic motivation and “intense and obsessive interest.” In a sentence that seems as if it were made to describe Tiger Woods or Mozart, she writes: “The lucky combination of obsessive interest in a domain along with an ability to learn easily in that domain leads to high achievement.”
O se puede nacer si ninguna de las dos y arrastrarse por la vida abrazado a la mediocridad. Ello me hace pensar que aquellos quienes airean su éxito achacándolo únicamente a lo duro que han trabajado tienen aún más suerte de lo que creen.

Hace poco Eric Barker escribía que el rasgo de personalidad más valioso según la ciencia era la diligencia (conscientiousness), esto es, el ser minucioso, esmerado, eficiente, organizado, ordenado y sistemático. Implica sentir el deseo de hacer bien una tarea y aspirar al logro. Ello requiere autodisciplina y ser capaz de pensar antes de actuar. Pero si nuestra personalidad no viene equipada de serie con estos elementos estaremos atrapados en una situación del tipo «pescadilla que se muerde la cola». Podrías intentar dedicar diez mil horas a cultivar esa parte de tu persona pero ¿cómo vas a hacerlo si de partida no cuentas con la volición necesaria para completar el proceso? En cualquier caso, aunque lo lograras, después quedarían otras diez mil horas (o más) que dedicar a aquello en lo que quieres triunfar.

No trato de insinuar que los genes lo son todo; ninguna persona educada defendería tal cosa. No se trata, pues, de holgazanear en el sofá justificándose bajo la excusa de que «no he nacido con genes para el trabajo». No. Solo constato el hecho de que, como escribió Steven Pinker, «los genes no sólo nos empujan hacia situaciones excepcionales del funcionamiento mental, sino que nos sitúan dentro de la variedad normal, y son la causa de gran parte de la diversidad de capacidad y temperamento que observamos en las personas que nos rodean». Cualquier plan de desarrollo personal ha de contemplar estas limitaciones si se pretende que tenga éxito, pues el camino para llegar a Roma no es el mismo ni tiene el mismo coste cuando uno tiene un avión privado que cuando solo puede ir andando.

lunes, 18 de agosto de 2014

All-in

Dan McLaughlin hizo lo que algunos pensarán que debería haber hecho yo. En lugar de escribir sus lamentaciones por la ausencia de éxito al cumplir los treinta, este fotógrafo de Portland decidió dejar su trabajo para dedicarse por entero a lograr algo. En su caso, el objetivo marcado es convertirse en golfista profesional:

On June 27, 2009, his thirtieth birthday, Dan McLaughlin resolved to do something special: quit his job as a commercial photographer in Portland, Oregon, and become a professional golfer. His golf experience over the previous three decades consisted of two childhood trips to a driving range with his older brother. Save for some youth tennis and a season of cross-country running in high school, McLaughlin hadn’t been a competitive athlete. But something had to change. [...] McLaughlin is the Everyman. He’s 5'9", 150 pounds, and “not particularly physically gifted,” in his own words. “I’m kind of just a very average-type person,” he says. That’s what he’s counting on.
Si están interesados en saber cómo le va pueden seguir su diario, The Dan Plan, donde registra sus experiencias y sus estadísticas. ¿En qué consiste exactamente el Plan Dan? Pues en diez mil horas de práctica deliberada, claro está (ibídem):

McLaughlin was inspired by what he read of Ericsson’s work in the bestsellers Talent Is Overrated, by Geoff Colvin, and Outliers, by Malcolm Gladwell. He read about the 10,000-hours rule, the “magic number of greatness,” as it is called in Outliers, and about the idea that skills that appear to be predicated on innate gifts are often nothing more than the manifestations of thousands of hours of practice.
And so it was that on April 5, 2010, McLaughlin logged his first two hours of deliberate practice toward his ultimate goal of going pro and making the PGA Tour. His plan is to log every single hour along the path to 10,000, and to show that “there’s no difference between experts and me, or other people, not just in golf, but in any field. If I were over six feet tall, that might not speak to most people, but I’m a normal guy.”
McLaughlin is not approaching his journey—he had logged 3,685 hours by the end of 2012—as a publicity stunt, but as a scientific experiment. He enlisted a PGA-certified instructor and consults with Ericsson for advice on his strategy. McLaughlin is committed to counting only those hours of practice that truly qualify as deliberate according to Ericsson’s definition.
En el momento de escribir estas líneas la última entrada en su blog es del día catorce del mes en curso, y escribe que le quedan todavía 4.553 horas de práctica. Para poder participar en la pre-clasificación para el PGA Tour, Dan necesita un hándicap de 2,0. He aquí su progreso en ese aspecto desde 2012 (cuando empezó a registrar sus estadísticas de hándicap quincenalmente) hasta mayo del presente año, con el objetivo señalado por la línea roja y el eje y (su hándicap) invertido:


Como era de esperar, la mejora no es lineal. No les descubriría nada nuevo si les dijera que, cuando se trata de dominar una nueva técnica, al principio los progresos llegan rápidamente, tras lo cual el ritmo de evolución disminuye gradualmente, se atraviesan mesetas temporales en las que uno está estancado o incluso empeora ligeramente hasta que se vuelve a avanzar, etc. En el gráfico podemos ver que a Dan aún le queda un largo camino hasta su objetivo. No en vano, como hemos mencionado, apenas ha superado la mitad de las diez mil horas.

Si tuviera que adivinar la forma final de la curva de aprendizaje de McLaughlin, sospecho que se parecería bastante a la siguiente:


Fuente: (Silver, 2012)

Este gráfico aparece en el libro de Nate Silver, y representa la relación entre el esfuerzo y el progreso. La disciplina en la que Silver quería mejorar no era el golf, sino el póquer. Probablemente hayan notado que la línea del gráfico tiene la forma de una distribución de Pareto:

The key thing about a learning curve is that it really is a curve: the progress we make at performing the task is not linear. Instead, it usually looks something like this (figure 10-6)—what I call the Pareto Principle of Prediction.
[...] The name for the curve comes from the well-known business maxim called the Pareto principle or 80-20 rule (as in: 80 percent of your profits come from 20 percent of your customers16). As I apply it here, it posits that getting a few basic things right can go a long way. In poker, for instance, simply learning to fold your worst hands, bet your best ones, and make some effort to consider what your opponent holds will substantially mitigate your losses. If you are willing to do this, then perhaps 80 percent of the time you will be making the same decision as one of the best poker players like Dwan—even if you have spent only 20 percent as much time studying the game.
En el caso del golf, ese primer veinte por ciento tan rentable bien puede ser el trabajo en el juego largo. Cuando Dan empezó a jugar estaba limitado a una distancia del hoyo de unas ciento cuarenta yardas (un hierro ocho). Ser capaz de llegar al green con menos golpes es, sin duda, una buena forma de bajar el hándicap. Según este instructor de golf, el ochenta por ciento del éxito en este deporte radica en el swing. El veinte por ciento restante se debe, de acuerdo con la sabiduría popular del propio deporte,  al juego corto (si bien eso podría ser falso).

La decisión de Dan McLaughlin de dejar su trabajo por el golf puede considerarse, por tomar un vocablo de la jerga del póquer, una apuesta all-in. Diez mil horas son muchas horas. Necesariamente hay que renunciar a muchas otras cosas. McLaughlin dedica unas ocho horas diarias a pulir su técnica, aparte de lo cual levanta pesas, lee sobre teoría de su deporte y trabaja con un nutricionista (ibídem Epstein):

“According to the tenets of deliberate practice, you have to be cognitively engaged,” McLaughlin explains. Just going to the driving range and swatting balls for a few hours without an eye toward improvement and error correction doesn’t cut it. So, six days a week, McLaughlin puts in six hours of deliberate practice, a workday that consumes eight hours because he takes frequent breaks to think about what he did well and what can be improved—like closing the club face on impact—and because it is exhausting to maintain strict focus for hours on end.
¿Logrará Dan su objetivo después de tanto esfuerzo? Depende. Aquí concurren dos problemas. Por un lado, no todas las horas de práctica cuentan lo mismo. Como indica el gráfico visto anteriormente, la mejora en la destreza sigue una ley de rendimientos decrecientes, y conforme uno asciende por la senda de la maestría se encuentra con que cada vez necesita más tiempo para obtener progresos cada vez menores. Por otra parte, dado que cuando se compite con otros lo que importa no es lo bueno que uno es sentido absoluto, sino lo bueno que se es comparado con el resto, la cuestión es si Dan podrá alcanzar un nivel superior al de la competencia. En el caso de que esta fuera muy dura, este soñador necesitará mucho más que ese ochenta por ciento inicial para lograr su objetivo, quizá muchísimo más de lo que esté al alcance de su mano (ibídem Silver, énfasis mío):

«Sometimes, however, it is not so much how good your predictions are in an absolute sense that matters but how good they are relative to the competition. In poker, you can make 95 percent of your decisions correctly and still lose your shirt at a table full of players who are making the right move 99 percent of the time. Likewise, beating the stock market requires outpredicting teams of investors in fancy suits with MBAs from Ivy League schools who are paid seven-figure salaries and who have state-of-the-art computer systems at their disposal.

In cases like these, it can require a lot of extra effort to beat the competition. You will find that you soon encounter diminishing returns. The extra experience that you gain, the further wrinkles that you add to your strategy, and the additional variables that you put into your forecasting model—these will only make a marginal difference. Meanwhile, the helpful rules of thumb that you developed—now you will need to learn the exceptions to them.

However, when a field is highly competitive, it is only through this painstaking effort around the margin that you can make any money. There is a “water level” established by the competition and your profit will be like the tip of an iceberg: a small sliver of competitive advantage floating just above the surface, but concealing a vast bulwark of effort that went in to support it

Fuente: (Silver, 2012)

La cuestión, por tanto, no es si puedes ser mejor; claro que puedes, con práctica. La verdadera cuestión es, cuando no puedes ser el número uno, si puedes ser suficientemente bueno, esto es, si el máximo nivel que alcances te permitirá situarte por encima del nivel del agua y lograr tu objetivo. ¿Puedes llegar a ser suficientemente bueno jugando al fútbol para acabar en un equipo de la liga profesional, como soñabas de joven? ¿Puedes llegar a ser suficientemente bueno actuando para lograr un papel en una serie de éxito, como pretendes? ¿Puedes llegar a ser suficientemente bueno programando para conseguir ese trabajo en Google que ansías? Puede ocurrir que inviertas diez mil, quince mil, veinte mil horas tras las cuales todavía sigas peleándote en medio del pelotón. Cuando la pecera en la que uno nada rebosa de peces grandes, la vida se hace difícil para quienes no tienen talento natural y se fijan objetivos ambiciosos. Mucho me temo que los individuos que cultivan sus dones naturales acaban en cabeza y se quedan con los pocos premios disponibles. Por contra, aquellos cuya única baza es el trabajo duro languidecen en la cola de espera de los mediocres. En mejor posición que los que no trabajaron duro, claro está, pero con la comezón interna de vivir un deseo con pocas esperanzas de realizarse.

Quizá recuerden del artículo anterior que en los estudios sobre maestría en música y ajedrez había una gran variabilidad individual, y que las diez mil horas eran realmente el promedio de todos los individuos estudiados. ¿Y si resulta que McLaughlin es uno de los que aprenden más despacio, y tras diez mil horas no ha logrado su objetivo? (ibídem Eipstein):

When I asked Dan McLaughlin whether he had any concern that he might, like some of the chess players, be a 20,000-hours guy as opposed to a 10,000-hours guy, he said that he considered the journey a victory in itself. “When it comes down to D-Day and it’s my ten-thousandth hour,” McLaughlin said, “it’ll be interesting to see whether I’m still shooting seventy-five, or I missed Q-School [the PGA Tour’s qualifying school] by one stroke, or if I’m on the Tour. I think you could probably master something in anywhere from 7,000 to 40,000 hours, but this is kind of a good way to keep track of progress.” Somehow, the 7,000-to-40,000-hours rule just doesn’t have the same ring to it.
Según sus propias palabras, lo que Dan espera con este experimento es probarse a sí mismo y a los demás que nunca es demasiado tarde. Asegura que se sentirá satisfecho si su ejemplo sirve de inspiración a alguien para que deje su trabajo y encuentre la felicidad en una nueva aventura elegida por sí mismo. Para él, el propio camino es la recompensa. Ya saben cómo va esto. Apunta hacia la luna para que si fallas aterrices entre las estrellas. Lo importante es participar, disfrutar el proceso. Etcétera. Probablemente sea esa la mentalidad más adecuada para una aventura con altísimo riesgo de fracaso.

lunes, 4 de agosto de 2014

La clave del talento

Se llamaba Alberto, pero todos le conocíamos como Jimmy. Su especialidad era el regate de cuerda. Cada día, después de la comida, ambos nos uníamos al resto de la pandilla para jugar al fútbol hasta que empezaban las clases de la tarde. Como es costumbre en los patios, antes de empezar los capitanes echaban a suertes el primer turno para elegir jugador para su equipo. Invariablemente el ganador de ese sorteo elegía a Jimmy y el reparto se daba por terminado automáticamente: todos los demás pasaban a formar el equipo contrario. Dos contra cinco. Aún así el equipo de Jimmy (más bien habría que decir «la pareja») siempre ganaba por goleada. Era el Lionel Messi de nuestro colegio.


Malcolm Gladwell popularizó con su libro Fueras de serie (Outliers) el trabajo de K. Anders Ericsson sobre los factores que convierten a una persona en un maestro de su disciplina. En un estudio realizado a principios de los años noventa, el psicólogo sueco encontró que, entre los violinistas de la Academia de Música de Berlín, los intérpretes de elite habían acumulado diez mil horas de práctica cada uno, mientras que los estudiantes buenos solo habían sumado unas ocho mil. Ericsson y sus colegas hicieron otro estudio con pianistas y notaron el mismo patrón: los pianistas profesionales habían alcanzado las diez mil horas a la vez que los aficionados sumaban apenas unas dos mil. Llegar a gran maestro de ajedrez (dos mil doscientos puntos ELO) también exige completar diez mil horas de ardua práctica. Así, las diez mil horas pasaron a ser el número mágico de la grandeza. Según escribió el periodista anglo-canadiense:

La idea de que la excelencia en la realización de una tarea compleja requiere un mínimo dado de práctica, expresado como valor umbral, se abre paso una y otra vez en los estudios sobre la maestría. De hecho, los investigadores se han decidido por lo que ellos consideran es el número mágico de la verdadera maestría: diez mil horas.
Había nacido la esperanza para las personas sin dotes naturales. ¿Qué era necesario para llegar a ser un fuera de serie? En dos palabra: práctica deliberada. La maestría pasó a ser cuestión de esfuerzo y repetición: miles de horas de ejercicio con un feedback adecuado e inmediato y una intensa concentración en la técnica, sesiones en las que se va ajustando una y otra vez el objetivo para acercarse a la meta marcada, tratando de hacerlo cada vez un poco mejor. La mayor parte de la pericia se ganaría, pues, con trabajo duro. El cerebro, con su plasticidad, permitiría a cualquiera alcanzar la excelencia. El secreto está en la mielina. Como resultado el éxito no dependería de los genes, sino de la cantidad de práctica que alguien es capaz de acumular. «Keep your gifts», decía el culturista Kai Greene en un documental en referencia a su némesis, Phil Heath, apodado The Gift. «I work hard». En un deporte donde el ganador se decide por la forma y el tamaño de los músculos, Green lo confía todo a su ética de entrenamiento.

Muchos libros sobre el desarrollo del talento vienen de Estados Unidos, un país de tradición protestante que parece vivir bajo la ilusión de que con esfuerzo suficiente no hay nada imposible. No en vano, las encuestas muestran que la mayoría de estadounidenses creen que cualquiera puede realizar el sueño americano, a pesar de que la mobilidad social allí es mucho más reducida que en los países europeos. Aún así continúan pensando que cualquiera puede hacerse rico si está dispuesto a trabajar los suficiente. Los talentos y dones naturales suponen un problema para las sociedades meritocráticas, donde lo que realmente se valora es la contribución o el logro («¿Conceden el Nobel por intento de Química?», se preguntaba acertadamente el Actor Secundario Bob). Uno no puede volver a nacer siendo hijo de otros padres, pero sí puede gastar cada hora de vigilia en lo que sea que le interese mejorar. La idea de que somos totalmente responsables de si llegamos o no a ser grandes es mucho más conveniente para un sistema que finge premiar el esfuerzo en lugar de la suerte. Desde esta perspectiva, cuando alguien no tiene éxito siempre se le puede echar la culpa de su fracaso por no haber practicado lo suficiente.

Creo que existe un sesgo de publicación a favor de lo políticamente correcto, de cómo nos gustaría que fuera el mundo, y no de cómo es en realidad. Pensar que no estamos limitados por nuestros genes es lo políticamente correcto y democráticamente aceptable. Por tanto, se minimiza la importancia de aquello que no se puede controlar (el talento natural) y se aumenta la de aquello otro que sí se puede (las horas de práctica). Incluso se llega a considerar que los factores contingentes sí están bajo nuestro control, que es posible cultivar la propia suerte. Esta distorsión resulta visible en los libros sobre cómo alcanzar el éxito. En palabras de Michael Sandel:

[L]a excelencia consiste también, al menos en parte, en la exhibición de talentos y dones naturales que no son obra del atleta que los posee. Se trata de un hecho incómodo para las sociedades democráticas. Queremos creer que el éxito, tanto en el deporte como en la vida, es algo que nos ganamos, no algo que heredamos. Los dones naturales, y la admiración que inspiran, resultan incómodos para la fe meritocrática; proyectan dudas sobre la convicción de que sólo el esfuerzo merece elogio y recompensa. Como consecuencia de esta incomodidad, exageramos la importancia moral del esfuerzo y la perseverancia , y devaluamos el talento.
Atribuir el mayor peso a los factores que están bajo nuestro control es un arma de doble filo. Por un lado, nos permite soñar. Creo que muchos nos contentamos pensando que, si nos hubiéramos puesto a ello, hubiéramos logrado un nivel muy alto o llegado muy lejos. Como nunca ponemos a prueba esa hipótesis no tenemos que enfrentarnos a su falsación, lo que afianza nuestra ilusión de competencia. Pero a veces ocurre que entramos en harina y nos esforzamos con denuedo durante años para acabar descubriendo que, aunque se suponía que podíamos convertirnos en Goku, nos hemos quedado a medio camino de ser siquiera Yamcha, y que esa es nuestra cota superior. Por otro lado, al atribuir toda la responsabilidad del resultado al individuo se corre el riesgo de culpabilizar a la víctima. Uno puede negarse a hacer donativos bajo la premisa de que el pobre lo es porque se lo merece, porque es un vago que no quiere trabajar y que su desgracia se la tiene merecida.

Magnus Carlsen, actual número uno del mundo en ajedrez, tiene tan solo veintitrés años. Alcanzó el número uno del ranking en 2010 con diecinueve años y treinta y dos días, el más joven de la historia. ¿Cuántos de ustedes creen sinceramente que lo único que les separa de este gran maestro noruego son las horas dedicadas a entrenar? En 2007, Guillermo Campitelli y Fernand Gobet reclutaron a ciento cuatro jugadores de diferentes niveles para realizar un estudio sobre maestría en ajedrez. El tiempo medio que tomó a esos jugadores convertirse en maestro fue de 11.053 horas. Sin embargo, había enormes diferencias individuales:

One player in the study reached master level in just 3,000 hours of practice, while another player needed 23,000 hours. If one year generally equates to 1,000 hours of deliberate practice, then that’s a difference of two decades of practice to reach the same plane of expertise. “That was the most striking part of our results,” Gobet says. “That basically some people need to practice eight times more to reach the same level as someone else. And some people do that and still have not reached the same level.” Several players in the study who started early in childhood had logged more than 25,000 hours of chess practice and study and had yet to achieve basic master status.
While the average time to master level was 11,000 hours, one man’s 3,000-hours rule was another man’s 25,000-and-counting-hours rule. The renowned 10,000-hours violin study only reports the average number of hours of practice. It does not report the range of hours required for the attainment of expertise, so it is impossible to tell whether any individual in the study actually became an elite violinist in 10,000 hours, or whether that was just an average of disparate individual differences.
Que las personas aprendemos a ritmos distintos es evidente. La cuestión es que esas diferencias importan porque se acumulan con el tiempo. Al hablar de mi trigésimo aniversario comenté algunos logros que ciertas personas habían llevado a cabo antes de cumplir los treinta. Séame permitido agregar un ejemplo más. Norbert Wiener, el matemático y filósofo padre de la cibernética, obtuvo su doctorado por la universidad de Harvard a los diecisiete años. En menos de dos décadas estaba a una distancia cósmica del resto intelectualmente hablando. Hay campos, como el saber, en los que los logros futuros dependen de los actuales. Cuanto antes domines los fundamentos de una disciplina antes podrás empezar a trastear para hacer alguna aportación relevante. La precocidad te da una ventaja definitiva que solo está disponible a través de los genes. Jimmy ya era el mejor jugador del colegio a los siete años, y con el tiempo la distancia con el resto no hizo más que aumentar. Lo mismo ocurre en el ajedrez. Como explica Gobet (ibídem):

If you look at those players who go on to be masters and those who remain below that level [...] some of them have the same practice the first three years, but there were already large differences in performance. Perhaps if there are very small individual differences [in talent] at the beginning, they make a huge effect. We assume it takes about ten seconds to learn a chunk, and we have estimated that it takes about 300,000 chunks to become a grandmaster. If one person learns each chunk in nine seconds and the other person eleven seconds, those small differences are going to be amplified.
En realidad, Ericsson nunca usó el término «regla de las 10.000 horas». Según él, fue Gladwell quien lo acuñó en el libro que hemos mencionado anteriormente, Fueras de serie, malinterpretando las conclusiones de su estudio sobre violinistas. Ese estudio fue hecho con una muestra pequeña y las horas de práctica eran dadas por los propios sujetos de estudio (ibídem):

On a panel at the 2012 American College of Sports Medicine conference, Ericsson noted that the now world-famous data were collected in a small number of subjects and are not entirely reliable in terms of counting practice hours. “Obviously, we were only collecting data on ten individuals,” Ericsson said. “And [the violinists did] some of the retrospective estimates several times, and there was no perfect agreement.” That is, the violinists were inconsistent in multiple accounts of how much they had practiced. Even so, Ericsson said, the variation among just the ten most elite violinists—the 10,000-hours group—was still “certainly more than 500 hours.”
El debate sobre el talento y la práctica se ha avivado en los últimos meses tras la publicación por parte de David Hambrick y Brooke Macnamara de dos estudios que cuestionan las conclusiones de Ericsson. Su metaanálisis muestra que, en conjunto, la práctica deliberada explica tan solo un doce por ciento de las diferencias individuales encontradas en ámbitos como el deporte, la música, la educación y varias profesiones:

Fuente

Perfect practice makes perfection. Obviamente con entrenamiento es posible mejorar, eso nadie lo pone en duda. Pero no creo que cualquiera piense realmente que con diez mil horas de práctica deliberada podría llegar al nivel de Carlsen o a ganar los campeonatos nacionales de cien metros lisos. En efecto, la velocidad no se puede enseñar. Cuando se trata de capacidades físicas, entendemos de manera intuitiva que hay topes que no podemos superar. Sin embargo, cuando se trata del cerebro, es como si asumiéramos que no hay límites, que cualquiera puede ser un virtuoso, un erudito o un empresario billonario. Albergar esperanzas ilusorias sobre nuestra propia capacidad puede ser tan perjudicial como rendirse antes de empezar. Tocar techo y martirizarse porque se es incapaz de ir más allá, echándose la culpa a uno mismo, supone una carga que la mente encuentra difícil de manejar:

A belief in inborn gifts and limits is much gentler on the psyche: The reason you aren’t a great opera singer is because you can’t be one. That’s simply the way you were wired. Thinking of talent as innate makes our world more manageable, more comfortable. It relieves a person of the burden of expectation. It also relieves us of distressing comparisons. If Tiger Woods is innately great, we can feel casually jealous of his genetic luck while avoiding disappointment in ourselves. If, on the other hand, each one of us truly believed ourselves capable of Tiger-like achievement, the burden of expectation and disappointment could be profound. Did I blow my chance to be a brilliant tennis player?
Que a menudo nos pongamos límites mentales no quiere decir que no haya límites reales. Si todo fuese cuestión de trabajar duro no hablaríamos de genios, sino de currantes. La clave del talento es ser hijo de los padres adecuados.

lunes, 28 de julio de 2014

La cadena de los gritos

Comentaba hace unos días alguien que conozco que había pasado cerca de donde tienen lugar los castings para el programa de televisión Gran Hermano y que la cola era de órdago, con los candidatos luciendo en su pecho un número que ya iba por los cientos de miles. Cientos de miles de personas aspirando a participar en un programa de televisión. ¿Por qué? ¿Por el dinero? ¿Por la fama? Yo sospecho que es más bien lo segundo, posiblemente bajo la premisa de que esta siempre viene acompañada del parné, si bien eso no tiene por qué ser cierto. No obstante, en una época en la que hay quien mide su valía según el número de followers que tiene en las redes sociales, quizá haya otras razones para buscar la fama, aparte de las monetarias.

La gente de The Philosopher's Mail hizo una interesante observación al respecto: queremos ser famosos porque queremos que los demás nos traten con amabilidad. No diríamos nada nuevo si aseguráramos que nos comportamos de forma más agradable (o, al menos, más educada en la mayoría de los casos) con quienes conocemos personalmente. Ser famoso y que los demás nos conozcan sería, pues, una manera de lograr ser tratado benévolamente por los desconocidos:
Everyone wants to be famous nowadays. That’s often blamed on people being stupid, shallow and narcissistic.
That doesn’t feel right. When people say they want to be famous, ultimately what they mean is something far more touching and vulnerable: they want the world to be nice to them.
Currently, it’s not illogical to want to be famous, because unfortunately, the world won’t generally be nice to us unless we are famous. This is deeply damaging and a major political problem.
The more that dignity and kindness are given only to the very few, the stronger the urge will be to avoid being simply ‘normal’. The more that ‘normal life’ is stripped of a basic level of dignity and security, the more dreams of outlandish fame and fortune will arise in compensation.
Those who pin the blame for ‘celebrity culture’ on some character defect in modern people are missing the point. The real cause of celebrity culture isn’t narcissistic shallowness, it is a deficit of kindness in our political and economic arrangements.
Opino que no les falta razón. Que, como dicen, vivimos en una sociedad en la que ser una persona ordinaria no conlleva el grado de respeto suficiente para que nuestros apetitos naturales por la dignidad sean satisfechos. Al fin y al cabo, pensamos de entrada que los demás son idiotas, egoístas y toda una plétora de desagradables adjetivos por el estilo (no hay manera más simple de afianzar esa valoración que leer los comentarios de las noticias de los periódicos en línea o coger el coche cada día para ir al trabajo). Al final, como aseveró Bertrand Russell con su natural agudeza, acabamos considerando a los demás como un estorbo:
Otro motivo de fatiga, del que tampoco nos damos cuenta, es la presencia constante de personas extrañas. El instinto natural del hombre, como el de otros animales, es el de examinar a todo ser extraño de su especie para saber si le debe tratar amigablemente u hostilmente. Este instinto no tiene más remedio que inhibirse entre los que viajan en el «Metro» a las horas de mayor aglomeración, y el resultado de esta inhibición es el experimentar un odio general difuso contra todos los extraños con quienes se pone en contacto involuntario. Además, la prisa para alcanzar el tren de la mañana, con la dispepsia consiguiente. Por lo tanto, cuando se llega a la oficina, los nervios están deshechos y se tiende a mirar a la raza humana como un estorbo. El jefe, que llega con un humor parecido, no está en disposición muy propicia para sus empleados.
Foto de quapan
En el decimoquinto episodio de la tercera temporada de la serie Cómo conocí a vuestra madre, Marshall llega al bar anímicamente hundido después de que su jefe le haya gritado. Es entonces cuando su amigo Barney tiene a bien contarle una de sus estrafalarias teorías sociológicas, una que él llama «la cadena de los gritos»:
Barney: Existe una cosa en la américa corporativa a la que a mí me gusta llamar «la cadena de los gritos». La cadena de los gritos empieza en la cúspide. El jefe de la jefa de Arthur le grita a la jefa de Arthur. La jefa de Arthur le grita a Arthur. Arthur te grita a ti. Tú te vas a casa y le gritas a Lily. Lily le grita a una de las niñas del jardín de infancia. Y luego esa niña le grita a su padre, que es el jefe de la jefa de Arthur. Y todo empieza de nuevo completándose así el círculo de los gritos.
Ted: Creía que era una cadena de gritos.
Barney: Círculo, Ted. Lo he llamado círculo.
Marshall: Yo no le grito nunca a Lily.
Lily: Y yo no grito a mis niños, ninguno de los cuales tiene padres que trabajen en la firma de Marshall.
Robbin: Así que no es un círculo.

Barney: Muy bien. ¿Queréis que sea una cadena de gritos? Es una cadena de gritos. Se me ocurrió lo del círculo a mitad de discurso porque pensé que era una metáfora más elegante. Pero vale, ¡arruinádmela! Siempre me menoscabáis cuando intento dar mi opinión, y estoy harto. ¡Dios! ¡Estoy rodeado de idiotas! ¡Idiotas!... ¿Lo véis? ¿No os sentís mucho mejor?
Como dice el propio Barney, la cadena del grito es real. O, al menos, eso es lo que piensa nada menos que Daniel Kahneman. Durante su trabajo con las fuerzas aéreas israelíes Kahneman observó que los instructores chillaban a los cadetes cuando lo hacían mal en lugar de felicitarles cuando lo hacía bien. Según los instructores, de esa manera es como mejoraban, pues habían notado que cuando alababan la ejecución de una maniobra en el siguiente intento el rendimiento empeoraba, mientras que con los gritos ocurría lo contrario. Sin embargo, ello se debía en realidad al fenómeno de regresión a la media, no a que el refuerzo negativo fuera más eficaz que el positivo. Los instructores, por supuesto, hicieron caso omiso de la explicación y siguieron pensando que era el castigo lo que funcionaba, de manera que continuaron usando palos en lugar de zanahorias. El resultado era un sistema poco amistoso para con los cadetes. Kahneman se dio cuenta entonces de que esa situación era aplicable a la sociedad en general donde, aun cuando somos amables con quienes lo son con nosotros, es más probable que seamos tratados de manera antipática, porque estamos pagando el pato de otro que antes se mostró hostil con quien ahora se nos muestra hostil (el énfasis es mío):
The discovery I made on that day was that the flight instructors were trapped in an unfortunate contingency: because they punished cadets when performance was poor, they were mostly rewarded by a subsequent improvement, even if punishment was actually ineffective. Furthermore, the instructors were not alone in that predicament. I had stumbled onto a significant fact of the human condition: the feedback to which life exposes us is perverse. Because we tend to be nice to other people when they please us and nasty when they do not, we are statistically punished for being nice and rewarded for being nasty.
Así, nuestros mejores gestos se van por el desagüe de aquellas personas que no nos corresponden y nos pagan con su indiferencia o mala educación –sin dar las gracias siquiera–, personas que incluso sacan provecho de forma recurrente de nuestras buenas intenciones y hasta de nuestras desventuras. Y como compensación lo único que recibimos es la animadversión de otros sujetos que, irónicamente, han sufrido las mismas afrentas que nosotros.

Dada esta falta de simpatía generalizada ¿tiene sentido tratar de ser famoso para que los demás nos traten cortesmente? Probablemente no. Como dicen en ese mismo blog, The Philosopher's Mail, la simpatía hacia el famoso no dura demasiado. Además, la fama trae consigo sus propios problemas. La persona notoria, al estar expuesta, es vulnerable: cada uno de sus actos es mirado con lupa y criticado por un número creciente de personas con acceso a internet. Todos sus trapos sucios saldrán a la luz, todos sus miedos y dudas sobre sí misma serán confirmados por miles de extraños:
One wants to be famous out of a desire for kindness. But the world isn’t generally kind to the famous for very long. The reason is basic: the success of any one person involves humiliation for lots of others. The celebrity of a few people will always contrast painfully with the obscurity of the many. Being famous upsets people. For a time, the resentment can be kept under control, but it is never somnolent for very long. When we imagine fame, we forget that it is inextricably connected to being too visible in the eyes of some, to bugging them unduly, to coming to be seen as the plausible cause of their humiliation: a symbol of how the world has treated them unfairly.
So soon enough, the world will start to go through the rubbish bags of the famous, it will comment negatively on their appearance, it will pour over their setbacks, it will judge their relationships, it will mock their new movies.
Fame makes people more, not less, vulnerable, because it throws them open to unlimited judgement. Everyone is wounded by a cruel assessment of their character or merit. But the famous have an added challenge in store. The assessments will come in from legions of people who would never dare to say to their faces what they can now express from the safety of the newspaper office or screen. We know from our own lives that a nasty remark can take a day or two to process.
Precisamente al hilo de esta cuestión un amigo dijo que la gente es amable con el famoso cuando está cara a cara con él, pero que luego es cruel. El ejemplo que puso es el de Paqurrín, cuya causa de celebridad es «ser hijo de». Nos contaba este amigo que había visto a algunas personas hacerse fotos con el susodicho para, acto seguido, tacharle de gordo y otras cosas por el estilo según se alejaba dando la espalda. Las redes sociales son un buen registro de este comportamiento. La actriz británica Keira Knightley, verbigracia, duró tan solo doce horas en Twitter. Borró su cuenta y aseguró que se había sentido como en el patio de un colegio. Mientras tanto, los personajes famosos que mantienen activas las suyas tienen que soportar comentarios de lo más grosero. El anonimato parece hacer estragos en la decencia de algunos individuos: personas que se comportarían educadamente si se las conociera cara a cara se tornan furiosas, vengativas, crueles, obsesivas e implacables cuando están en línea. Por ello, blogs como Microsiervos decidieron cerrar los comentarios hace tiempo ante el esfuerzo que supone moderarlos. The Philosopher's Mail nació directamente sin ellos.

Ante este panorama no es de extrañar que gente como Scott Adams, el dibujante de Dilbert, asegure que los adultos estamos sedientos de palabras amables y que, por ello, deberíamos agasajar a los demás con creciente frecuencia:
Los niños están acostumbrados a recibir un flujo constante de críticas y halagos, pero los adultos se pueden pasar semanas sin recibir un cumplido mientras soportan críticas, tanto en el trabajo como en casa. Los adultos necesitan con desespero una palabra amable. Cuando usted comprende el poder de la alabanza sincera (lo contrario a la mentira, la adulación y el beso en el trasero) se da cuenta de que no utilizarla es casi inmoral. Si ve algo que le impresiona, el respeto decente a la humanidad insiste en que lo exprese con palabras.
Claro que a uno le quedan pocas ganas de ser afable después de estar todo el día recibiendo el menosprecio de los otros. Aún así Savater insiste en su Ética para Amador en que ser cordial es lo lógico:
Si repartimos a troche y moche enemistad, aunque sea disimuladamente, no es probable que recibamos a cambio cosa mejor que más enemistad. Ya sé que por muy buen ejemplo que llegue a dar uno, los demás siempre tienen a la vista demasiados malos ejemplos que imitar. ¿Para qué molestarse, pues, y renunciar a las ventajas inmediatas que sacan a menudo los canallas? Marco Aurelio te contestaría: «¿Te parece prudente aumentar el ya crecido número de los malos, de los que poco realmente positivo puedes esperar, y desanimar a la minoría de los mejores, que en cambio tanto pueden hacer por tu buena vida? ¿No es más lógico sembrar lo que intentas cosechar en lugar de lo opuesto, aun a sabiendas de que la cizaña puede estropear tu cosecha? ¿Prefieres portarte voluntariamente al modo de tanto loco como hay suelto, en lugar de defender y mostrar las ventajas de la cordura?»
Hay que señalar aquí que Savater se refiere a la dicotomía entre tratar a los demás humanos como a enemigos frente a procurar su amistad. Pero a lo largo del día no tiene sentido tratar de hacerse amigo de todo el mundo. No buscamos amistad cuando pedimos nuestra comida en un restaurante, reclamamos una factura o tratamos de sobrevivir al atasco. También puede ser que no queramos entablar amistad con nuestros compañeros de trabajo, y prefiramos mantener cierta distancia profesional. Mi experiencia me dice que en esas situaciones en las que no pretendemos ganarnos la complicidad y el afecto de nuestros semejantes, la falta total de empatía y un trato más bien rudo son mucho más eficaces. Es algo que he aprendido de nuestros clientes: a quien mejor se atiende es a aquel que, como se dice vulgarmente, «monta el pollo». Es posible que aún actuando así no siempre logren lo que pretendían pero sí impedirá que queden los últimos en varias áreas de la vida y, además, no les quedará la sensación de ser unos pringados. Les aseguro que esa es una sensación muy desagradable. Se lo dice alguien a quien todo el mundo se le cuela en las salidas de la autopista.

lunes, 21 de julio de 2014

Historia de un esclavo

En Anarquía, Estado y utopía, Robert Nozick desarrolla lo que él llamó «la historia del esclavo». Considere la siguiente secuencia de casos, nos dice este filósofo, e imagínese que se trata de usted:
«1) Hay un esclavo completamente a merced de los caprichos de un amo inhumano. Con frecuencia es cruelmente golpeado, llamado en medio de la noche, etcétera.
2) El amo es más amable y golpea al esclavo sólo por infracciones establecidas a sus reglas (no completar la cuota de trabajo, etcétera). Le da al esclavo algún tiempo libre.
3) El amo tiene un grupo de esclavos y decide cómo deben repartirse las cosas entre ellos sobre bases adecuadas, tomando en consideración sus necesidades, méritos, etcétera.
4) El amo deja a sus esclavos cuatro días para ellos y exige que trabajen sólo tres días a la semana en su tierra. El resto del tiempo es suyo.
5) El amo permite a sus esclavos salir y trabajar en la ciudad (o en cualquier parte que quieran) por un salario. Les exige solamente que le envíen tres séptimos de sus salarios. También retiene el poder de llamarlos a la plantación si alguna emergencia amenaza su tierra; así como el de elevar o bajar la cantidad de tres séptimos requerida que se le debe entregar. Retiene además el derecho de impedir a sus esclavos participar en ciertas actividades peligrosas que amenazan su utilidad financiera, por ejemplo montañismo, fumar cigarrillos.
6) El amo permite a cada uno de sus 10 000 esclavos, con excepción de usted, votar, y la decisión conjunta es tomada por todos ellos. Hay discusión abierta, etcétera, entre ellos, y tienen el poder de determinar a qué usos destina cualquier porcentaje de las ganancias de usted (y las de ellos), que decidan tomar; qué actividades pueden prohibírsele a usted legítimamente, etcétera.
[...]
7) Aunque aun no teniendo voto, usted está en libertad (y se le da el derecho) de asistir a las discusiones de los 10 000 y tratar de persuadirlos de que adopten varias políticas y tratarle a usted y a sí mismos de cierta manera. Ellos a continuación votan para decidir sobre las políticas que cubren el vasto ámbito de sus poderes.
8) Como atención a las útiles contribuciones de usted a la discusión, los 10 000 le permiten a usted votar en caso de empate; ellos se comprometen a este procedimiento. Después de la discusión, usted asienta su voto en una hoja de papel; ellos prosiguen y votan. En la eventualidad de que se dividan en partes iguales sobre algún problema o alguna cuestión, 5 000 a favor y 5 000 en contra, ellos miran la boleta de usted y la cuentan. Esto nunca ha sucedido todavía; nunca han tenido la ocasión de abrir su boleta. [...]

9) Ellos echan el voto de usted con el de ellos. Si ellos están exactamente empatados, el voto de usted decide la cuestión. De otra manera no produce ninguna diferencia en el resultado del sufragio.
La pregunta es: ¿cuál transición, desde el caso número 1 al caso número 9, hizo que dejara de ser la historia de un esclavo?»
Foto de BlueRobot
Nozick criticaba así el estado democrático moderno, en el que los gobernantes (que en esta historia serían nuestros amos) tienen una vasta panoplia de poderes sobre sus ciudadanos y violan de esa manera sus derechos (por ejemplo, al quedarse con su dinero vía impuestos). Pero lo que me interesa hoy no es su justificación del Estado mínimo, sino la pregunta que plantea al final: ¿en qué momento deja de ser la historia de un esclavo?

La historia de Nozick es un ejemplo de paradoja sorites o paradoja del montón (también conocida como paradoja del calvo). Se suele atribuir a Eubúlides de Mileto, un filósofo griego de la escuela megárica contemporáneo de Aristóteles. Es una paradoja que surge con los argumentos graduales. Por ejemplo, cuando tratamos de averiguar en qué momento un montón de arena deja de serlo según vamos quitando grano a grano:
«Diez mil granos convenientemente dispuestos constituyen un montón. Pero no hay ningún momento en que, retirando un único grano, convirtamos una acumulación de granos que constituyen un montón en algo que no lo es. Si seguimos quitando granos –pongamos por caso 9.999 veces–, no hay ningún momento en que el montón deje de serlo. Sin embargo, sabemos perfectamente que un único grano no constituye un montón.»
Del mismo modo ¿en qué momento, desde los esclavos del antiguo Egipto hasta la semana laboral de menos de treinta horas con un mes de vacaciones, deja de ser la historia de un esclavo? Al fin y al cabo, actualmente las empresas se quedan con los beneficios que obtienen con nuestro trabajo, y el Estado se mantiene a sí mismo con lo que nos quita mediante impuestos. Aunque en los países desarrollados cada vez se trabajan menos horas y las vacaciones no son ya únicamente para los más privilegiados, buena parte del fruto de nuestro esfuerzo es tomado por otros (los políticos y los bancos, por ejemplo) sin que podamos negarnos. Así pues, nos guste o no, el hecho es que no producimos únicamente para nosotros mismos. Por otro lado, la mayoría no podemos permitirnos el lujo de no trajinar por lo que, aún en ausencia de un amo que nos obligue a ello, estamos obligados a laborar, hasta el punto de que es una de las actividades a la que más horas del día dedicamos. La diferencia más palpable con la esclavitud en la Antigüedad tal vez sea que las personas ya no son compradas y vendidas como mercancías, aunque viendo cómo tratan las empresas a sus empleados es difícil no pensar que aún se considera a los trabajadores piezas desechables. Eso es aún más notable en los procesos de selección donde hay muchísimos candidatos para muy pocos puestos; ahí las grandes cadenas de tiendas ni siquiera disimulan su visión de los solicitantes como instrumentos de ganancias y objetos de uso.

El lector interesado puede encontrar algunas respuestas no definitivas que diferentes filósofos han dado a la paradoja sorites en la enciclopedia de filosofía en línea de la universidad de Stanford o en el libro de Michael Clark. Lo que me preocupa llegados a este punto no es resolver la paradoja en sí, sino el problema suscitado por quienes se aprovechan de las motivaciones intrínsecas de la gente, y cómo algunos se dejan llevar por ellas hasta el punto de sumirse voluntariamente en un régimen de esclavitud mal adornado. Ha llegado el momento de hablar de Zappos.

Zappos es una empresa de venta de zapatos por internet. Su proceso de selección de personal para el departamento de atención al cliente (o, como lo llaman ellos, Customer Loyalty Team) es un tanto curioso. Lo que hacen, explica Dan Ariely, es seleccionar a unos cuantos candidatos y entrenarlos durante una semana. Después, a cada uno de ellos le ofrecen dos mil dólares por no aceptar el trabajo. Sí, han leído bien: dos mil dólares por no aceptar el trabajo (si les interesa creo que pueden intentarlo aquí, aunque ahora mismo no hay ninguna vacante). ¿Qué sentido tiene ofrecer dinero por no ser contratado? Según Ariely, hay dos razones principales. La primera es que así filtran a aquellas personas poco o solo medianamente interesadas en el puesto. La segunda consiste en sustituir la motivación extrínseca por la intrínseca. Con el fin de reducir la disonancia cognitiva, quienes rechazan el dinero se convencen a sí mismos de que están realmente interesados en trabajar en Zappos. Al fin y al cabo, ¡renunciaron a dos mil dólares! ¿Por qué iban a hacerlo si no fuera porque les encanta trabajar ahí? Adicionalmente, haber dedicado una semana a intentar ser contratado hace que lo aprecien aún más, ya que valoramos más aquello por lo que hemos trabajado. De esta manera la empresa mantiene la calidad de la atención al cliente al contar únicamente con empleados motivados, a pesar de que sigue siendo un trabajo mal pagado. Al parecer les da resultado: los clientes están muy satisfechos con el servicio y la plantilla parece bastante contenta. Si visitan la sección de cultura empresarial de su sitio web verán cómo parece que trabajan en oficinas de gominola situadas en la Calle de la Piruleta.

Obviamente, esta estratagema no es aplicable a todas las empresas y trabajos. Las grandes corporaciones que cuentan con miles de candidatos para un solo puesto de trabajo y con una amplia clientela ya consolidada ni lo considerarían. Sus empleados ya cuentan con la motivación del miedo a perder su empleo, lo cual no produce empleados felices, pero sale muy barato. Por otro lado, las labores mecánicas y repetitivas responden mejor al mero incentivo económico, y sería absurdo tratar de dotarlas de cierta trascendencia. Quienes –como yo– hayan trabajado de reponedores en una gran cadena de supermercados sabrán a qué me refiero.

David Hume, ese observador tan perspicaz de la conducta humana, escribió:
«Nada más sorprendente para quienes consideran con mirada filosófica los asuntos humanos que la facilidad con que los muchos son gobernados por los pocos, y la implícita sumisión con que los hombres resignan sus sentimientos y pasiones ante los de sus gobernantes. Si nos preguntamos por qué medios se produce este milagro, hallaremos que, pues la fuerza está siempre del lado de los gobernados, quienes gobiernan no pueden apoyarse sino en la opinión. La opinión es, por tanto, el único fundamento del gobierno, y esta máxima alcanza lo mismo a los gobiernos más despóticos y militares que a los más populares y libres.»
Para Chomsky esta visión explica por qué las élites cuidan tanto el adoctrinamiento y el control de pensamiento, algo patente en su obsesión por controlar los medios de comunicación. ¿Qué mejor esclavo, me pregunto yo, que aquel que se convence a sí mismo (ayudado por quienes mandan) de que no lo es? Personas como Samuel, de quien les hablé la semana pasada, que trabajan turno doble por iniciativa propia (a veces hasta el punto de morir), convencidos de que lo hacen porque deben, porque quieren, porque les gusta o porque es su pasión. Precisamente por esto dije en aquel entonces que la diligencia puede volverse en contra de uno. Y aún así, considero a Samuel un afortunado entre quienes somos esclavos de nuestro salario (la mayoría de trabajadores, mucho me temo), ya que su creencia le permite edulcorar y hacer más digestible la realidad. Ya saben, sarna con gusto no pica, y todo eso. Lo explicó Pío Baroja, cuando escribió que la naturaleza crea al esclavo y le da el espíritu del esclavo:
«la naturaleza es muy sabia. No se contenta sólo con dividir a los hombres en felices y en desdichados, en ricos y pobres, sino que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre el espíritu de la miseria. Tú sabes cómo se hacen las abejas obreros; se encierra a la larva en un alveolo pequeño y se le da una alimentación deficiente. La larva ésta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera, una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. Así sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y el pobre.»
Hay una frase que se suele atribuir incorrectamente a Mark Twain que dice que la historia no se repite, pero rima. Yo he encontrado una posible rima de la situación actual en los recuerdos de Orwell sobre la guerra civil española. Solo hay que cambiar las nacionalidades mencionadas por las empresas que se les ocurra y la «ración de comida» por «salario mínimo»:
«Pues bien, la esclavitud ha reaparecido ante nuestras propias narices. Los polacos, rusos, judíos y presos políticos de todas las nacionalidades que construyen carreteras o desecan pantanos a cambio de una ración mínima de comida en los campos de trabajo que pueblan toda Europa y el norte de África son simples siervos de la gleba. Lo más que se puede decir es que todavía no está permitido que un individuo compre y venda esclavos.»
Y así, como el mismo Orwell dice, generación tras generación, centenares de millones de esclavos en cuyas espaldas se apoya la civilización mueren sin dejar testimonio de su existencia, y acaban durmiendo en el más profundo silencio.