lunes, 27 de octubre de 2014

Seis escalones de autoayuda

Primer escalón: deepities. Las frases que uno escribe en Twitter o se pone en los estados de WhatsApp. «Todos los triunfos nacen cuando nos atrevemos a comenzar». «Cada mañana puedes optar por seguir soñando o levantarte y luchar por ellos». «Haz lo que te dé la real gana pero que te haga feliz». Ya en su momento le dedicamos algunas palabras a este tipo de afirmaciones obvias que no son particularmente informativas ni verdaderamente profundas. El filósofo Daniel Dennett se refiere a ellas con el término deepities:
A deepity is a proposition that seems both important and true—and profound—but that achieves this effect by being ambiguous. On one reading it is manifestly false, but it would be earth-shaking if it were true; on the other reading it is true but trivial. The unwary listener picks up the glimmer of truth from the second reading, and the devastating importance from the first reading, and thinks, Wow! That’s a deepity.
A pesar de su banalidad, no hay que subestimar el valor de que a uno le recuerden lo que es obvio. Aquellos a quienes se les retiró la lactancia intelectual prematuramente pueden encontrar trascendente lo que para otros es evidente. Pero también las personas más inteligentes, aquellas que pueden verse perdidas en océanos de información y detalles, pueden necesitar que se les recuerde lo más básico y manifiesto.

Segundo escalón: El Alquimista. Un conjunto de deepities hilados en forma de historia breve y recogidos en un pequeño libro. El secretoEl monje que vendió su Ferrari. ¿Quién se ha llevado mi queso? La buena suerte. Jorge Bucay. Paulo Coelho, a quien Pérez-Reverte se refirió en una sátira al más puro estilo revertiano:

Busco al maestro, le digo mientras recobro el resuello. ¿A qué maestro?, me interroga a su vez, enigmática. ¿Al maestro Marina o al maestro Coelho? Y entonces comprendo la lección. Quien cree tenerlo claro, lo tiene oscuro. Y viceversa. Llego, por fin, a un monasterio de lamas. Y lo hago -lo noto en mi corazón- repleto de una sabiduría que te cagas. Allí, dándole vueltas a una carraca mientras pronuncia infatigable los nueve mil millones de nombres de Dios, encuentro a un hombre de mirada tranquila y canas venerables, que transmite paz y felicidad con la misma naturalidad con que Gaspar Rosety retransmite el partido del domingo. Cuéntame, maestro, digo. Cuén-ta-me lo que pa-só. Y entonces, el hombre responde: «Un viejo místico iraní se tomaba una caña en un bar de París cuando un rey y un visir que pasaban por allí le preguntaron: ¿Por dónde se va a Cáceres, si nos hace el favor? Y el viejo místico respondió: andes lo que andes, no andes por los Andes». Eso dice el de la carraca, y la sabiduría ilumina mi corazón. Y comprendo que puedo seguir llenando esta página otros diez años más. Por lo menos.
Son libros de doble satisfacción. De un lado, satisface nuestro apetito espiritual con un piscolabis de fácil deglución y digestión. De otro, calma nuestra sed de narrativa. Somos, ya lo decía MacIntyre, «animales que cuentan historias».

Foto de Jeremy Fernsler
Tercer escalón: consejos vendo. Fulgencio Geovidis ha alcanzado la paz interior, o la felicidad o el éxito, y escribe un libro para difundir su método. Cómo ganar amigos e influir en las personas. Los siete hábitos de la gente eficazSecretos de una mente millonaria. Siempre el mismo patrón: John Smith, de Iowa, era un pobre y desgraciado infeliz, miserable, desdichado y angustiado despojo humano cuya vida cambió radicalmente tras aplicar el método de Fulgencio. Casi inmediatamente se volvió más alto, guapo, listo, fuerte y rico. Logro la iluminación, le creció la jilla y aumentó su recuento de esperma. Chim-pon.

Cuarto escalón: life hacking. Remedios simples, basados en alguna prueba empírica, a problemas complejos. 59 segundos. Influencia: ciencia y práctica. Experimentos de psicología tomados por separado. Bakadesuyo.

Quinto escalón: psicología pop. La auténtica felicidad. Inteligencia emocional. Tus zonas erróneasTropezar con la felicidadAprenda optimismo. Busca en tu interior. La curiosidad superficial acerca de los últimos descubrimientos de la ciencia. Recetas y sistemas basados en la investigación. El conocimiento incompleto que lleva a conclusiones equivocadas o comportamientos absurdos. También la incertidumbre acerca de las corrientes enfrentadas y las teorías opuestas.

Sexto escalón: filosofía. La hipótesis de la felicidad. The Antidote. La conquista de la felicidad. Los clásicos, los pesos pesados: estoicos, Aristóteles, Bentham, Mill, Kant. Pensamiento crítico, de naturaleza escéptico. Asumir que no hay soluciones de talla única que tengan sentido para todo el mundo en todo momento, sino que depende de la circunstancia propia. Darse cuenta de que no hay respuestas definitivamente correctas, sino únicamente buenas direcciones. La certeza es cosa de necios. El escalón donde su uno se topa con los problemas epistemológicos de la psicología y comprende por qué su vida no ha cambiado a pesar de sus esfuerzos: el sesgo de publicación, el sesgo WEIRD,  el problema de la replicación de los resultados. Darse cuenta de que un resultado estadísticamente significativo no tiene por qué ser significativo en la práctica.

Y la búsqueda de significado. Alzarse por encima del vello de la espesa piel del conejo blanco. Entender que nuestras preocupaciones son parte de nuestra identidad y tal vez no debamos simplemente deshacernos de ellas. Comprender que hay ocasiones en que es mejor ver el vaso medio vacío, que dicha perspectiva también es valiosa. En definitiva, preguntarse y tratar de descifrar, como decía nuestro amigo Luis Tarrafeta en su blog, «cómo te aporta sentido -a ti- el puto vaso».

lunes, 20 de octubre de 2014

La muerte del webmaster

Hubo una época, allá por el cambio del siglo, en la que crear una página web era sinónimo de hombre orquesta. Por aquel entonces uno solía construir su propio ordenador al gusto, instalar su sistema operativo favorito, configurar la conexión a internet, montar el software de su servidor web, picar el código HTML, registrar su dominio y, finalmente, ponerlo a disposición del público. De principio a fin, aquel que tenía los conocimientos necesarios (no eran muchos) se lo guisaba y se lo comía. Hablo de aquel tiempo en el que a los estudiantes universitarios de informática se les sacaba de la facultad para trabajar por suculentos salarios, la era de las puntocom, el periodo en el que proliferaron aquellas páginas que rezaban «bienvenido a mi página web», lucían un contador de visitas y mostraban los gifs de «en construcción».

Foto de anyjazz65
Quince años después la cosa es bastante diferente, claro. Hoy ni siquiera hace falta tener ordenador para tener presencia en la world wide web, basta con una tablet o un smartphone. La conexión a internet en el mundo desarrollado se ha vuelto tan habitual como el agua potable que sale del grifo y las páginas personales han dado paso a los perfiles en redes sociales. Aquellos que aún quieren tener un sitio propio cuentan con cientos de servicios (Blogger, Wordpress, Tumblr, etcétera) que les permiten poner su proyecto en marcha sin necesidad de saber nada de código gracias a sus editores estilo Microsoft Word. El coste de entrada a eso del internet se ha reducido sustancialmente en apenas una década.

Antes, como digo, una sola persona podía hacerlo todo. Se era a la vez administrador de sistemas, programador, diseñador y publicista. Conforme la tecnología fue avanzando la complejidad aumentó, haciendo que cada vez fuera más complicado para un solo individuo cargar con todo el trabajo. En pocos años el desarrollo web entró en lo que Atul Gawande llama la fase B-17 (el énfasis es mío):

Una pequeña multitud de mandamases militares y ejecutivos de la industria contemplaba cómo el avión de prueba Model 299 rodaba por la pista de despegue. [...] El avión rugió sobre el asfalto, despegó con suavidad y ascendió abruptamente hasta alcanzar los noventa metros de altura. Después entró en pérdida, giró sobre un costado, se estrelló y explotó en llamas. Dos de los cinco miembros de la tripulación murieron [...].
La investigación posterior puso de manifiesto que no se había producido ninguna avería mecánica. El accidente se debió a un «error del piloto», decía el informe. El nuevo avión, mucho más complicado que aparatos anteriores, exigía que el piloto prestase atención a los cuatro motores [...], al tren de aterrizaje retráctil, a los alerones, al compensador [...] y a las hélices de velocidad constante [...]. El modelo Boeing fue considerado, en palabras de un periódico, «mucho avión para que lo pilotara un solo hombre».
[...] Finalmente, el ejército compró casi trece mil de aquellos aparatos, a los que apodó el B-17. Y, dado que entonces ya era posible pilotar aquel mastodonte, durante la Segunda Guerra Mundial el ejército contó con una superioridad aérea decisiva que posibilitó su devastadora campaña de bombardeo a lo largo y ancho de toda la Alemania nazi.
Gran parte de nuestro trabajo ha entrado en la acutalidad en su propia fase B-17. El trabajo de los diseñadores de software, los agentes financieros, bomberos, policías, abogados y, desde luego, los médicos, es ahora demasiado complejo para llevarlo a cabo confiando únicamente en la memoria. Una pléyade de profesiones, en otras palabras, se ha convertido en «demasiado avión para que lo pilote una sola persona».
Cuando la faena es demasiada carga para una sola persona no queda otra opción, mal que le pese a las empresas, que dividirla entre varios. Esto tiene como resultado que se añaden nuevos puestos de trabajo a la economía (el énfasis es mío):

In 1980 there was no Internet or cell phone network, most people did not travel by air, most of the advanced medical technologies in common use today did not yet exist, and only a minority attended college. In the areas of communication, transportation, health, and education, the changes have been profound. These changes have also had a powerful impact on the structure of employment: when output per head increases by 35 to 50 percent in thirty years, that means that a very large fraction—between a quarter and a third—of what is produced today, and therefore between a quarter and a third of occupations and jobs, did not exist thirty years ago.
Así, hoy día la creación y mantenimiento de sitios webs de cierta enjundia se reparte entre administradores de sistemas (montan la infraestructura de servidores), ingenieros de redes (encargados de las comunicaciones), programadores de backend (lidian con tareas en el lado del servidor), programadores de frontend (responsables de lo que ve el visitante de la página), diseñadores (logos, esquemas de colores, etc.) y community managers (los que se pasan todo el día en Twitter y Facebook) entre muchos otros. Cuanto mayor sea la empresa de la que hablamos, mayor es la especialización. A escala Google, Amazon o Facebook los roles se cuentan por cientos (se suman seguridad, almacenamiento, análisis de datos y, sobre todo, muchos mandos intermedios). Esta división del trabajo tiene la ventaja principal, como seguramente les enseñaron en la escuela a través del ejemplo de las fábricas de Henry Ford o el fabricante de agujas de Adam Smith, de aumentar la productividad (salvo en el caso de los jefes), lo cual teóricamente es estupendo para el consumidor, que obtiene más por menos dinero, y para el dueño de la empresa, que gana más. Sin embargo, como veremos a continuación es terrible para el trabajador.

Vivimos en la era del superespecialista, un periodo de la historia en el que muchos profesionales sabemos cada vez más sobre cada vez menos. «El especialista», escribía Ortega y Gasset a principios del siglo XX, «"sabe" muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto»:

No es sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco es un ignorante, porque es "un hombre de ciencia" y conoce muy bien su porciúncula de universo». Habremos de decir que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio.
Convertirse en el típico cuñado enteradillo que todo lo sabe y salmodia contra quienes no comparten su punto de vista es bastante malo de por sí, pero hay otros muchos efectos perniciosos de la especialización. Los empleos creados, por ejemplo, no duran para siempre. Conforme el trabajo se divide en pequeños conjuntos de tareas cada vez más acotadas, más se abre la puerta a la automatización. Es cuestión de tiempo que muchas de las labores de las que les he hablado acaben siendo hechas enteramente por máquinas.

La división del trabajo tiene también su coste humano en forma de cargas psicológicas. El empleado ha de lidiar con el aburrimiento de enfrentarse siempre a los mismos problemas y con la alienación señalada por Karl Marx ya en 1844. En su momento nos referimos a ella cuando bosquejamos la dificultad que algunos tenemos para encontrar significado en lo que hacemos al estar enfocados en un cometido muy concreto y carecer de una visión de conjunto. Son relevantes a este respecto las observaciones del psicólogo e investigador Dan Ariely:

Opino que la división del trabajo es uno de los peligros de los trabajos que dependen de las tecnologías. La infraestructura moderna de las tecnologías de la información nos permite dividir los proyectos en partes ínfimas, muy diferenciadas, y asignarle a cada persona sólo una de las partes. Al hacerlo, las empresas corren el riesgo de menoscabar el sentido de conjunto, la comprensión de los objetivos y el sentido de los logros de los empleados. El trabajo muy especializado podría ser eficiente si las personas fueran autómatas, pero dada la repercusión de la motivación y el sentido personales en nuestros quehaceres y nuestra productividad, esta opción puede ser desastrosa. A falta de sentido, los trabajadores especializados pueden sentirse como el personaje de Charlie Chaplin en Tiempos modernos que, como estaba condenado a los engranajes y los piñones de una fábrica, era incapaz de entregarse en cuerpo y alma a su trabajo.
No obstante, después de una década dando el tajo el hecho que encuentro más oneroso es la trampa vital que a menudo supone el trabajo especializado, algo de lo que hablaremos en un próximo artículo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Adaptarse o morir

Hace un tiempo hablábamos del inevitable cambio, ese cambio que experimentamos sin apenas darnos cuenta con el paso de los años y el peso de la experiencia. Hoy hablaremos de aquellos cambios de dirección capaces de dar un giro a una vida u organización.

Por defecto la mayoría de nosotros es resistente al cambio en mayor o menor medida, ya que nos encontramos más a gusto en nuestra zona de confort, zona de la que nos cuesta salir y más aún hacer que salgan otros. Frases como «no me apetece», «no lo necesito», «me canso solo de pensarlo», «otro día»... son algunas de las que nos solemos decir a nosotros mismos ante la visión de un nuevo reto.

Si habéis visto la película Trabajo Basura es probable que os identifiquéis con esta frase:
Ever since I started working, every single day of my life has been worse than the day before it. So every day you see me, that's on the worst day of my life.
Conozco gente que podría opinar lo mismo, incluso seguro que muchos de vosotros os sentís identificados de alguna forma. Al fin y al cabo el trabajo lo es todo. Controla tu felicidad dentro y fuera del mismo.

Foto de allison
Ante esta situación tenemos dos opciones, asimilarlo o cambiarlo. Si optamos por la primera es probable que sea la solución más cómoda para nosotros pero ¿cuantas veces a lo largo de la vida nos arrepentiremos de no haber hecho algo cuando hemos podido? Está claro que la situación actual no nos permite muchos malabarismos laborales y todos sabemos que, por desgracia, pasada una edad ya no es tan fácil empezar de cero en otra especialidad. Lo que es una pena porque desde mi punto de vista sería la solución a la desidia que acaba por apoderarse de la mayoría de nosotros después de años en lo mismo.

Ante esto y, una vez enfrentados a la vida laboral, debemos elegir lo que nuestro corazón nos dice que será lo menos malo a largo plazo (siempre siendo realistas con nosotros mismos). De esta forma se podrán dar las siguientes opciones:

  1. Ya hacemos exactamente lo que queremos seguir haciendo pero aún hay mucho que aprender.
  2. No hacemos exactamente lo que nos gustaría pero estamos dentro del campo profesional adecuado. 
  3. Estamos en un campo profesional diferente y queremos cambiar completamente.

En el primer punto queremos seguir creciendo dentro de nuestra especialidad, ya que seguramente, como en la gran mayoría, haya un largo camino por recorrer dentro de la misma. En ese caso la experiencia nos proporcionará buena parte del camino por sí misma, pero si queremos llegar a abarcar lo máximo posible no será suficiente. Para ello se debería dejar un pequeño porcentaje del día a asimilar nuevos conceptos o practicar con situaciones que sabemos que no nos encontramos habitualmente pero que por nuestra posición es muy probable que un día tengamos que aplicarlo y estar preparados. Algo así como un aprendizaje en forma de X, con varios caminos posibles pero un centro común.

En el segundo punto el aprendizaje sería similar pero con forma de Y. Un camino principal que poco a poco se ha de ir bifurcando en busca de conocimientos más específicos sobre lo que queremos llegar a hacer, pero sin abandonar nunca el que es nuestro principal sustento (mientras lo siga siendo al menos).

En el tercero se asemejaría más a una T, ya que tenemos un camino del que no podemos prescindir pero pretendemos dar un cambio completo. Este es el más complejo de todos ya que sería el único caso en el que todo aquello que podamos aprender no solo no nos aportará nada a nuestra actual labor, sino que además requeriría de una mayor dedicación por nuestra parte.

La idea es, con apenas unos minutos al día, mantener el movimiento en nuestra cabeza de técnicas, ideas o conceptos que eviten el estancamiento y el miedo a enfrentarse a algo nuevo cuando llegue el día. Que siempre llega.

lunes, 6 de octubre de 2014

Recuerdos de otra vida

Todavía conservo algunas notas de aquel entonces. Teresa, muñeca rota. Masaje miofascial y movilizaciones. Antonina, cicatriz retráctil, corte del nervio cubital y de los flexores profundos. Movilizaciones, mesa de manos, hielo. Susana y Mercedes, sendas cervicodorsalgias. TENS, ejercicios de aplanamiento de lordosis cervical. Encarnación, hombro. TENS, Codman, autopasivos y hielo. Inés, artrosis de rodilla. TENS y ejercicios con el rulo. Jesús, muñeca rota. Movilizaciones resistidas, tracciones, mesa de manos, TENS estimulador y hielo. Además de estas notas también conservo una fotografía de aquella época. Sergio, Samuel, Jorge, Layla y un servidor junto a una de las fisioterapeutas más simpáticas del hospital, Sonia, todos sonrientes con el uniforme blanco. En aquella época mis compañeros y yo frisábamos los veinte años. Teníamos aún toda la vida por delante.

Foto de Christos Tsoumplekas
No recuerdo la cara de ninguno de los pacientes que aparecen en mis notas, ni los nombres de otros
cuyas historias sí. Estaba, verbigracia, aquella chica de catorce años con la palabra «genio» escrita en la frente, que una noche tuvo la feliz idea de subirse en una motocicleta junto con otras tres amigas. Un coche las embistió lateralmente y le partió la pierna a aquella niña por tres sitios. Fue una fractura abierta, con el fémur a la vista sobresaliendo del pantalón vaquero que había rajado. También teníamos a aquel hombre que trabajaba en una cantera y a quien le había caído en el pie un bloque de piedra gigante, aplastándole la extremidad; su radiografía parecía una pantalla de Tetris dibujada por un Pablo Picasso hasta las trancas de Red Bull. El pie despedía un olor fétido capaz de matar a mil elfos, no por el accidente sino por falta de higiene personal. La fisioterapeuta al cargo se vio en la delicada situación de decirle educadamente que si no venía duchado no habría más terapia manual.

Me acuerdo también de una mujer de Europa del Este, morena, pelo corto y piel nívea, que aquel día volvió a casa con el lomo del color de los turistas ingleses en Benidorm. Me preocupaba que le hubiéramos puesto el microondas demasiado fuerte y así se lo hice saber a mi tutora. «Es normal, no te preocupes», me dijo. El caso es que si hubo quemadura la mujer no se quejó, aunque tampoco estaba muy seguro de que hablara nuestro idioma. Tras mandarla a casa me fui a atender a una señora a la que acababan de operar del túnel carpiano y cuya cicatriz necesitaba tratamiento. Me preguntó «¿tú crees que esto quedará bien, como antes?». Le dije que sí, aunque en realidad dudaba bastante de que fuera el caso. Tenía también un paciente de unos treinta y cinco años que era ingeniero de telecomunicaciones y que me contaba chistes machistas, un taxista al que una vez apuñalaron en el cuello, un exfumador que casi no podía hablar tras habérsele sido extirpado un trozo del pulmón por un tumor, y un tipo del que todo el mundo sospechaba que solo se quejaba para prolongar su baja laboral.

A otras personas de las que conocí por aquel entonces sí que las recuerdo bien. Felicidad era una anciana octogenaria que en nada hacía honor a su nombre. Venía a rehabilitación a fortalecer la rodilla tras la colocación de una prótesis. Estaba sola. Su marido había muerto de un infarto cerebral el año anterior. Sus hijos tampoco estaban con ella, aunque no recuerdo la razón. Felicidad había sido operada muchas veces para extirparle diferentes órganos o trozos de órgano que habían sucumbido. También llevaba una prótesis de cadera. Vestida siempre de negro, no olvidaré la vez que me cogió  la mano tras colocarle el TENS en la rodilla. Aunque lo habitual es colocarlo y marcharse a ver a otro paciente, no pude dejarla. Me quedé con ella, de pie a su lado, sujetando su mano en silencio. Tumbada en la camilla, me había contado parte de su vida y una lágrima había resbalado por su mejilla, igual que le ocurre a mi abuela materna cuando habla de su difunto marido.

De todos los pacientes, los ancianos solían ser los más agradables. Uno de ellos incluso me dio el aguinaldo cuando se acercaba la navidad. Lo hizo a la manera en que los abuelos dan dinero a sus nietos, esto es, con el mismo disimulo que si estuvieran pasando droga. Este hombre había sido camionero y también estaba con nosotros por su prótesis de rodilla. Me contó que una vez se quedó sin frenos en una bajada y que, viendo que se dirigía directo hacia las casas de un pueblo, se lanzó con el camión fuera de la carretera, con la mala suerte de que en lugar de arcén había un barranco. Por fortuna no tuvo heridas graves.

A algunos pacientes se les llegaba a conocer realmente bien, pues ciertas rehabilitaciones pueden durar más allá de un año. Jesús, verbigracia, fue una de las primeras personas a las que atendí en mi primer año. Se había quedado hemipléjico tras un accidente cerebrovascular. La primera vez que mi compañero y yo le tratamos lo traían en silla de ruedas y nuestro cometido era trabajar para que fuera capaz de levantarse y sostenerse inmóvil de pie. Al año siguiente, yo andaba por la sala cuando le vi entrar andando por su propio pie. Aún debía sujetar el brazo afectado con el brazo sano pero era capaz de sentarse, levantarse y andar sin ayuda. No podías sino pensar que su recuperación era asombrosa.

Otra de las habituales era Encarni, una anciana muy salada cuya presencia iba siempre precedida de cierta algarabía. «¡Buenos días! ¡buenos días!», gritaba por todo el pasillo y la sala mientras la transportaban en la camilla. Vivía en un pueblo de la España profunda, bastante lejos del hospital. Siempre venía vestida con su delantal, que mudaba según la ocasión. «Mira qué delantal llevo hoy, niña. Es nuevo», le decía a nuestra tutora mientras le daba algo de vuelo a la prenda. Encarni también era hemipléjica, y además había desarrollado anosognosia, un trastorno por el cual el paciente niega su enfermedad. Con frecuencia se golpeaba la pierna paralizada con la pierna sana mientras gritaba «¡es esta cabrona, que no quiere moverse! ¡Venga!». Un día vino el ortopeda para colocarle un alza que le habían preparado con el objetivo de corregir su genuvalgo, pero resultó no ser de su talla y el efecto no fue muy bueno. Aquel día se le notó la desilusión en la cara. «Ella pensaba que iba a ser ponerse el alza y empezar a andar», nos dijo nuestra profesora. Por supuesto quedaba mucho tiempo para eso, si es que llegaba a pasar.

Además del trabajo en el gimnasio nuestra labor incluía visitas a pacientes ingresados en planta. Estaba aquella anciana a la que le dimos un andador y a la que tuvimos que frenar, pues poco menos que se puso a correr con el artefacto. Era uno de esos pacientes con exceso de motivación que pueden hacerse daño. Frente a ella estaba aquella otra mujer de mediana edad que se había fracturado el tobillo y que iba a necesitar muletas una temporada, a la que había que poner un plan de ejercicio que fortaleciera los músculos que iban a soportar su peso durante ese tiempo. Desgraciadamente, esa mujer estaba cansada antes de empezar. Solo hizo unas extensiones de brazo con una botella de agua y ya se quejaba, jadeando con los ojos cerrados como si hubiera escalado el Kilimanjaro. «Estoy muy cansada, estoy muy cansada». Rendida antes de empezar. Su aspecto y su actitud me recordaban a mi madre.

Fue en estas visitas por las plantas del hospital donde vi a los pacientes que más me impactaron. Eduardo era un anciano al que habían operado del cerebelo y que no podía comunicarse, únicamente emitía un gemido gutural inquietante. Nuestra tarea era levantarle de la cama, dar una vuelta con él por el pasillo y volver a acostarle. Era uno de esos casos que te hacía plantearte todas esas cuestiones sobre una vida digna de ser vivida. A pesar de lo malo de su estado aún era capaz de entendernos. «Abra los ojos, Eduardo», le repetía mi tutora una y otra vez mientras andábamos. Entre las muchas funciones de las que había perdido el control estaban los párpados, que se le cerraban sin que él se diera cuenta de que no veía. Claro que siempre hay otro que está peor. José era un paciente de la unidad del dolor que estaba literalmente en las últimas. Padecía un cáncer de huesos que se le había extendido por todo el cuerpo y estaba conectado a una unidad de morfina bajo demanda. Tenía los antebrazos llenos de tatuajes, ya azulados por el paso del tiempo: una sirena, un ancla y un corazón. La primera vez que fuimos a verle no pudimos tratarle, no recuerdo por qué. Solo hubo una breve charla con algunos miembros de su familia.

Parafraseando a Cees Noteebom, el recuerdo es como un gato que se tumba donde le place. Deambula de forma pseudoaleatoria y se comporta de manera algo impredecible, siempre sin hacer caso a nuestras órdenes. Guarda recuerdos intrascendentes sin saber por qué, olvida cosas que uno preferiría no olvidar y saca a la luz estas viejas memorias ahora, más de diez años después. «La memoria autobiográfica», escribe Douwe Draaisma, «es al mismo tiempo un libro de los recuerdos y un libro del olvido». Y prosigue:

Es como si dejáramos los apuntes de nuestra vida a cargo de un secretario díscolo con intereses propios, que registra minuciosamente lo que preferiríamos olvidar mientras que, en momentos de gloria, hace como si estuviera escribiendo diligentemente cuando, en realidad, ha enroscado disimuladamente el tapón de la estilográfica.
Es casi una obviedad decir que aquello que recordamos influye parcialmente en nuestra personalidad. Me pregunto en qué medida las cosas que no recordamos nos hacen ser quienes somos, si esas vivencias olvidadas dejan en nuestro interior algún eco que resuena en el presente a pesar de que ya no guardamos el recuerdo en sí. Me pregunto si alguno de esos pacientes cuyo nombre y problema ya no recuerdo todavía influye en algo de lo que pienso o hago, perdurando como vagas reminiscencias de aquella otra vida que dejé atrás.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Ser raro

                                   «Normal es el que sigue la norma. Si la norma es ser raro, ser raro es lo normal, y el más normal será el más raro.»

—Camera café

Hay una escena de Padre made in USA (American Dad) en la que Steve entra en su instituto con un aparatoso corsé para la espalda, claramente visible, que le han puesto como tratamiento de su escoliosis. Nada más cerrarse la puerta tras él se hace el silencio, uno de los alumnos le señala al tiempo que grita «¡diferente!» y todos –incluido sus amigos– empiezan a lanzarle a Steve lo que tienen a mano. A pesar de que su padre le explicaba antes de ir a clase que a nadie le importaría su nuevo aspecto, que lo que importa es lo que uno lleva dentro, Steve vuelve a casa con la palabra «Loser» escrita en la frente.

Por lo que parece ese maltrato al que se sale de la norma debe de ser algo bastante habitual en los institutos de Estados Unidos. En la pasada Comic Con de Denver una niña que estaba sufriendo en su escuela un trato en cierto modo similar al de Steve le preguntó al actor Will Wheaton si a él en el colegio le llamaban nerd. El vídeo con la respuesta de Wheaton logró cierta notoriedad, llegando incluso a la portada de Reddit, y el propio actor le dedicó un artículo en su blog.

When I was a boy I was called a nerd all the time—because I didn’t like sports, I loved to read, I liked math and science, I thought school was really cool—and it hurt a lot. Because it’s never ok when a person makes fun of you for something you didn’t choose. You know, we don’t choose to be nerds. We can’t help it that we like these things—and we shouldn’t apologize for liking these things.
I wish that I could tell you that there is really easy way to just not care, but the truth is it hurts.
[...] When a person makes fun of you, when a person is cruel to you, it has nothing to do with you. It’s not about what you said. It’s not about what you did. It’s not about what you love. It’s about them feeling bad about themselves. They feel sad.
[...]
And I will tell you this — it absolutely gets better as you get older.
I know it’s really hard in school when you’re surrounded by the same 400 people a day that pick on you and make you feel bad about yourself. But there’s 50,000 people here this weekend who went through the exact same thing—and we’re all doing really well.

So don’t you ever let a person make you feel bad because you love something they decided is only for nerds. You’re loving a thing that’s for you.
Foto de Nick Wheeler
Lo que me interesa de sus palabras no es el pseudoanálisis freudiano sobre los motivos del abusón sino la parte en la que le asegura a la niña que todo mejorará cuando se haga mayor. Lamentablemente, mi propia experiencia me dice que no va a haber caso (a menos que se haga rica y famosa, claro). El castigo al que es diferente no cesa en la vida adulta, solo se disfraza. La escena de Steve de la que les hablaba tiene un equivalente en su versión de adulto en otra comedia.

En el decimoséptimo episodio de Cómo conocí a vuestra madre, Marshall comienza una pasantía en la empresa de Barney. Ya el primer día vuelve a casa quejándose de que sus compañeros son imbéciles, pues se burlan de él y le marginan al no seguir al grupo en sus bromas obscenas. Cuando le pide consejo a Barney este le dice que piense en la frase del póster de los pingüinos que cuelga en su pared. Entonces Marshall lee la frase al pie de la imagen:
Marshall: «Semejanza. Es al diferente al que se abandona en el frío». ¿Esto es un póster motivacional?
Barney: Mírate, Marshall, no eres feliz. ¿Y sabes por qué? Porque eres diferente. Escucha, puedes aprender a amarte a ti mismo por ser el pequeño y singular copo de nieve que eres, o puedes cambiar por completo tu personalidad, que es mucho más fácil.
Ya se lo decía Kakashi a Sasuke en su primer entrenamiento: el clavo que despunta es el que recibe el martillazo. Lo que ocurre es que en la edad adulta los martillazos se trocan en comportamientos más aceptables socialmente. En lugar de golpes físicos se propinan puyas verbales o se llevan a cabo arteras maniobras de política de oficina, bien sea para beneficiar al que es semejante o bien para perjudicar directamente al que es diferente.

Lo paradójico del asunto es que, en mayor o menor media, todos nos tenemos por raros. Ello se debe en buena parte a que cada uno de nosotros tiene acceso a todos sus comportamientos y pensamientos, por lo que se es consciente de muchas extravagancias propias que se ocultan a los demás. Pero no solo nos tenemos por raros, en cierta medida también queremos ser raros. Nuestras singularidades soportan nuestra identidad en un contexto social, nos permiten vernos como una hormiga única en el conjunto del hormiguero. Por tanto, se da la curiosa circunstancia de que no nos gustan los que son diferentes pero al mismo tiempo cada uno de nosotros sí que quiere ser un tanto peculiar para diferenciarse de la masa del resto de individuos, una tensión que Alasdair MacIntyre recogió en su obra más conocida:

Nos encontramos en un mundo en que simultáneamente intentamos hacer predecible al resto de la sociedad e impredecibles a nosotros mismos, diseñar generalizaciones que capturen la conducta de los demás y moldear nuestra conducta en formas que eluden las generalizaciones que los demás forjen.
Yo llevo oyendo la cantinela del «qué raro eres» toda la vida, hasta el punto de que debe de ser la frase que más me dicen después del «buenos días». Los miembros de mi propia familia son los primeros en recordármelo periódicamente. Séame permitido decir aquí que soy el primero que desea no ser como soy, pero en ocasiones uno tiene que conformarse con lo que la naturaleza le da. Como dice Wheaton, no podemos evitar que nos guste aquello que nos gusta. El problema surge cuando nuestras costumbres o nuestros gustos no son «normales». Sin embargo, como decía el personaje de Arturo en Camera Café, «normal es el que sigue la norma», y esa norma establecida es mucho más contingente de lo que parece en principio, ya que está subordinado al contexto. «Lo normal» depende, por ejemplo, de la edad que uno tenga. Un veinteañero me comentaba hace unas semanas que le costaba conectar con sus compañeros de trabajo, cuya media de edad superaba los treinta y cinco. Yo también viví esa situación hace años. En efecto, tal como me decía, la diferencia de edad hace que la comunicación sea más complicada. Además, el hecho de no compartir vivencias diarias similares al estar en distintas fases de la vida hace que incluso la charla intrascendente sea difícil y se reduzca normalmente al común denominador (el clima o el trabajo).

La norma también depende, y mucho, de la localización geográfica. Pensemos en el hecho de llevar un arma encima, algo considerado normal en Estados Unidos y excepcional en Europa occidental. Diferentes culturas tienen diferentes costumbres, y la mera circunstancia de haber nacido en uno u otro sitio puede acentuar nuestro sentimiento de diferencia, aun cuando seríamos perfectamente normales en otro país. No obstante, no siempre media un océano entre ambos extremos. A veces lo que para nosotros es normal está en la mesa de al lado. En la misma cantina, los comensales de una mesa hablan únicamente de fútbol mientras en la de al lado se habla de política, y en la de más allá de cotilleos de oficina. Los de la puerta solo hablan de trabajo y los del fondo, de la cría de reptiles. Cuando el dueño de los terrarios se pasa a la mesa de los futboleros empiezan las burlas y las miradas a la pantalla del móvil.

Es probable que hayan oído más de una vez, cuando alguien les describía a otra persona, la frase «es un poco raro». Suele pronunciarse en plan de advertencia, para que nos andemos con cuidado.  La mayor parte de nosotros no tenemos ni tiempo ni ganas de comprender las rarezas de los demás, sencillamente esperamos que se adapten y nos fastidia cuando no lo hacen.

Con la diferencia ocurre como con los medicamentos: el veneno está en la dosis. Un poco de rareza es esperable y necesaria, pero cuando es muy grande nos aísla de los demás. En este caso veo tres opciones. Podemos optar por conformarnos, adaptarnos y acomodarnos. Ello implica que tendremos que renunciar, al menos en ciertas situaciones, a parte de lo que somos, escondiendo nuestra verdadera personalidad en pos de la conformidad. Otra posibilidad es, como decía Barney, amarnos «por ser el pequeño y singular copo de nieve» que somos y reivindicar nuestra forma de ser. Sin embargo, esto no servirá para todas las personas y situaciones, pues la necesidad de ser como el resto es a veces muy intensa (especialmente en la adolescencia) y el sentimiento de diferencia puede acabar perjudicándonos. La última salida, y que quizá sea la más recomendable siempre que sea factible, es buscar y trasladarnos al lugar al que pertenecemos. A veces es tan sencillo como sentarse en otra mesa.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Cabeza de ratón

Dice una frase de esas de libro de autoayuda que si eres la persona más inteligente de una habitación entonces es que estás en la habitación equivocada. La idea que trata de transmitir –y que casi no hace falta explicar– es que, bajo la premisa de «todo se pega, menos la hermosura», podemos volvernos más inteligentes si nos rodeamos de gente intelectualmente capaz. Es una inferencia hecha a partir de otros patrones que se han observado y documentado, como que cuando la mayoría de los miembros de nuestra familia son obesos es más probable que nosotros también lo seamos. Además del sobrepeso también parecen ser contagiosos los hábitos de vida saludables, la felicidad, la depresión, el estrés y las expectativas irracionales. Así pues, uno puede mejorar distintas facetas de su vida rodeándose de la gente adecuada.

O esa es la teoría. Una cosa es que tendamos a comer de más cuando nuestra madre insiste en poner doce mil platos en la mesa a la hora del almuerzo, y otra muy diferente asumir que podemos hacernos más listos por simple ósmosis. Puede que las emociones y los hábitos se contagien pero la inteligencia no es ni lo primero ni lo segundo. Si ustedes se mudaran a un país nórdico donde la altura media de los habitantes sea mayor que en el suyo, no crecerían ni un centímetro. Tal vez adoptaran un nuevo vocabulario o costumbres diferentes, pero seguirán siendo tan bajitos como antes.

Scott Adams cuenta en sus memorias la historia de un compañero de trabajo confundido por esa fe en la simple asociación. El tipo en cuestión planeaba mudarse a una zona rica con la intención de hacerse millonario:

Cuando trabajé para el Crocker National Bank, mis compañeros de trabajo y yo nos reímos mucho a costa de un interino de verano que sostenía una teoría ridícula: que el éxito era una función del vecindario en el que uno eligiera vivir. Su plan era meterse en el mejor apartamento que pudiera costearse en un vecindario caro, independientemente de los compañeros de piso que le llevara a tener esto, y dejar que cierto tipo de magia imprecisa hiciera el resto. Estaba dispuesto a trabajar duro, estudiar, respetar la ley y dar todos los pasos habituales hacia el éxito. Pero creía que eso sólo podría llevarle hasta cierto punto del camino. El quid de la cuestión era su plan brillante de vivir entre ricos hasta convertirse en millonario por asociación.
Recuerdo que me burlaba ingeniosamente de él, para regocijo de todos los que estaban cerca. ¡Parecía un tío tan racional en todos los otros sentidos! Pero aquel plan de «rico por asociación» era claramente absurdo. Cuando le interrogué al respecto, descubrí que lo que él defendía no era crear redes y buscar contactos importantes con sus vecinos adinerados. Carecía de un mecanismo definido que explicase cómo su proximidad a los ricos le otorgaría el éxito. Lo máximo que podía ofrecer era su observación de que la vida tenía patrones y éste era uno de ellos: uno se vuelve como las personas que le rodean.
He de reconocer que yo también fui presa de este error. Una vez entré a trabajar en una empresa porque en ella había gente muy buena del sector, y esperaba que al trabajar a su lado yo daría un salto cualitativo en mis destrezas. Varios años después seguía siendo el mismo inútil. La cuestión es, como descubrí, que no vale con que la gente sea muy buena: en algún momento te tienen que transmitir algo de su conocimiento; observarles y adoptar sus costumbres apenas supone un progreso. Desafortunadamente, la mayoría de gente que encontré (menos mal que siempre hay honrosas excepciones) era tan buena como ególatra, por lo que yo no era digno de sus lecciones. Otros muchos estaban demasiado ocupados, o simplemente no tenía interés por compartir nada. No solo no crecí profesionalmente, sino que estar allí me hacía sentirme aún peor conmigo mismo. Más adelante veremos por qué.

En Estados Unidos los alumnos de último de año de instituto visitan varias universidades con la intención de decidir en cuáles pedirán plaza. Huelga que decir que las más prestigiosas (las de la Ivy League) son las más solicitadas. Tienen más recursos, estudiantes con un mayor nivel académico y un profesorado más eminente que otras universidades. En el mercado de trabajo estadounidense un título de Harvard, Princeton o Yale trae consigo cierta reputación y supone un impulso importante. Además, los aspirantes saben que sus compañeros de aula serán interesantes y ricos, por lo que harán buenos contactos. Acudir a esas escuelas parece lo más razonable a priori.

No obstante, estudiar en esas facultades también tiene consecuencias negativas. Allí se concentra lo más selecto, las personas más inteligentes y trabajadoras del país. Muchos estudiantes brillantes abandonan sus carreras en estas universidades al verse eclipsados por gente aún más brillante a la que no puede seguir el ritmo, pues se sienten estúpidos en comparación con el resto de la clase. Malcolm Gladwell lo cuenta en David y Goliath:

Cuanto más exclusiva es una institución educativa, peor será la opinión que tengan los estudiantes de sus aptitudes académicas. Estudiantes que irían en cabeza en una escuela buena pueden quedarse rezagados fácilmente en una escuela realmente buena. Estudiantes que sentirían que dominan una materia en una escuela buena pueden sentirse completamente desbordados en una escuela realmente buena. Y esa sensación —por subjetiva, ridícula e irracional que pueda ser— importa mucho. La impresión que uno tiene sobre sus capacidades dentro de la clase —nuestra autoimagen académica— modela nuestra voluntad para asumir retos y completar tareas complicadas. Se trata de un elemento crucial para la motivación y la confianza en nosotros mismos.
Yo ya sabía que era estúpido mucho antes de empezar a trabajar en el sitio del que les hablaba. Sin embargo, el recordatorio diario de ese hecho era vitriolo para el alma. Algunas personas sucumbimos bajo la carga psicológica de sentirse una medianía. En palabras de Alain de Botton:

Lo que genera ansiedad y resentimiento es la sensación de que podríamos ser diferentes a lo que somos: un sentimiento que transmiten los mayores logros de aquéllos a quienes consideramos nuestros iguales. Si somos bajitos y vivimos entre personas de nuestra misma altura no nos preocuparán demasiado las cuestiones de tamaño.
Sin embargo, si otros miembros de nuestro grupo crecen un poco más, es posible que de repente nos sintamos incómodos y que caigamos en la insatisfacción y la envidia, aunque nuestro propio tamaño no se haya reducido ni un milímetro.
Fuente: (De Botton, 2004)


Gladwell argumenta en su libro que «hay momentos y situaciones en que conviene más ser cabeza de ratón que cola de león». Uno de los motivos, como hemos visto, es que según cómo salgamos parados en la comparación con quienes nos rodean nuestra autoestima y nuestra motivación pueden verse desvaídas. Pero hay otro motivo más prosaico y de índole más práctica: puede ser más rentable económicamente.

Recordarán de un artículo anterior el concepto de «nivel del agua» descrito por Nate Silver. Silver nos decía que en entornos altamente competitivos ese nivel del agua es muy alto y para tener cierta ventaja competitiva uno ha de situarse por encima del percentil noventa, noventa y cinco, o el que corresponda. Ser un pez pequeño en una pecera grande significa que ese nivel del agua está lejos de nuestro alcance. No obstante, podemos movernos a una pecera más pequeña en la que sacar provecho. Y eso es exactamente lo que hizo Silver. Consciente de que no podía competir con los mejores en los torneos internacionales de póquer, se centró en el póquer online, donde las partidas estaban llenas de principiantes fáciles de esquilmar. De igual manera, ha ido centrando sus pronósticos en áreas dominadas por «expertos» que no acertaban ni una, garantizándose así el éxito al destacar por encima de ellos:

I’ve been fortunate enough to take advantage of fields where the water level was set pretty low, and getting the basics right counted for a lot. Baseball, in the pre-Moneyball era, used to be one of these. [...] In politics, I’d expect that I’d have a small edge at best if there were a dozen clones of FiveThirtyEight. But often I’m effectively “competing” against political pundits, like those on The McLaughlin Group, who aren’t really even trying to make accurate predictions. Poker was also this way in the mid-2000s. The steady influx of new and inexperienced players who thought they had learned how to play the game by watching TV kept the water level low.
It is often possible to make a profit by being pretty good [...] in fields where the competition succumbs to poor incentives, bad habits, or blind adherence to tradition—or because you have better data or technology than they do. It is much harder to be very good in fields where everyone else is getting the basics right—and you may be fooling yourself if you think you have much of an edge.
Quizá no haga falta practicar diez mil horas. Quizá baste con elegir el entorno adecuado. Quizá –solo quizá– si eres la persona más inteligente de la habitación entonces sí que estás en la habitación correcta.

lunes, 8 de septiembre de 2014

¿Sabías que...?

En el prólogo de la obra El pequeño gran libro de la ignorancia, el polifacético presentador inglés Stephen Fry escribe lo siguiente:

Quienes tienen interés en mantener la ignorancia y sus propias verdades reveladas han conseguido traducir erróneamente y caracterizar para siempre la curiosidad como un peligrosísimo felicidio. ¿Acaso la curiosidad no mató al gato? Sin embargo, usted, mi más queridísimo de entre mis queridos lectores, sabe que la curiosidad ilumina el camino que lleva a la gloria.
Se lo diré de otro modo: la falta de curiosidad es el dementor que succiona toda la esperanza, alegría, promesa y belleza del mundo. La tórpida acedía que carece de interés alguno por el descubrimiento, que no tiene ni hambre ni sed de conocimiento, de comprensión o de relación desertificará el paisaje humano; y nuestros descendientes se encontrarán con todo el pastel.
Este es solo otro pequeño artículo que trata de homenajear esa cualidad tan ínsita del ser humano: la curiosidad.

Foto de Jared Cherup

  • Muchos guionistas de Los Simpson tienen una notable formación en matemáticas. David S. Cohen, por ejemplo, es licenciado en física y máster en informática. Varios de sus colegas tienen licenciaturas y han ocupado cargos de investigación de alto nivel en la academia y la industria. En 1999 algunos de estos guionistas ayudaron a crear Futurama. [Fuente]

  • Como ya sabrán, Los Simpson tienen cuatro dedos en cada mano. Esta mutación procede de los primeros días de la animación en la gran pantalla. Félix el Gato y Mickey Mouse compartían ese rasgo. Según Walt Disney: «En el aspecto artístico, cinco dedos son demasiados para un ratón. Su mano parecería un manojo de plátanos». Además, de esta manera los animadores tenían menos trabajo. Los ocho dedos se convirtieron en un estándar para personajes animados salvo en Japón, donde tener solo cuatro dedos en una mano puede tener connotaciones siniestras: el número 4 se asocia con la muerte y la Yakuza, que corta el dedo meñique a las personas o bien como castigo o como prueba de lealtad. [Fuente]

  • En Japón, la luz verde de algunos semáforos tiene un tinte azulado. Cuando se importaron de Estados unidos en la década de 1930, sin embargo, eran tan verdes como en cualquier otro país. Antiguamente, la palabra japonesa ao servía tanto para el verde como para el azul, pero en el habla moderna ha quedado restringida sobre todo a los tonos azulados, mientras que el verde suele expresarse con la palabra midori. En lugar de cambiar el nombre oficial de la luz de ao shingoo a midori, en 1973 el gobierno japonés obligó a que las luces fueran lo más azuladas posible para que concordaran con el significado de ao. Oficialmente, sin embargo, la luz seguía siendo verde, de manera que se respetaba la convención internacional que da uniformidad a las señales de carretera en todo el planeta. [Fuente]

  • A pesar de su mala reputación, una rotonda bien diseñada puede reducir los retrasos hasta un sesenta y cinco por ciento comparada con un cruce con semáforos o señales de Stop. [Fuente]

  • En la Costa del Sol, entre Guadalmina y San Pedro de Alcántara, existe una rotonda que tiene un chalet completo con piscina incluida en el centro. La vivienda está encerrada por asfalto y el propietario no puede entrar andando; para salir debe arrancar su coche desde su garaje en el centro de la rotonda. [Fuente] [Vista en StreetView]

  • La afirmación de que la mayor parte del polvo doméstico es piel humana no es más que una exageración. La composición del polvo de una vivienda cambia de país a país, de casa a casa e incluso de habitación a habitación. También depende de la estación del año y del estilo de vida de los habitantes. Las fuentes de polvo más habituales son las escamas de piel animal, arena, desechos de insectos, harina —en la cocina—, y suciedad corriente. [Fuente]

  • De acuerdo con investigaciones del programa espacial soviético, la ropa absorbe del siete al catorce por ciento de las secreciones de la piel. Una vez no puede absorber más el sebo comienza a acumularse en la propia piel. Pasados de cinco a siete días con la misma ropa y sin lavados, el cuerpo detiene la producción de sebo. Las glándulas sebáceas recuperan su actividad una vez mudada la ropa o tras una ducha. [Fuente]

  • Muchas astronautas recurren a somníferos para poder conciliar el sueño durante sus misiones espaciales, ya que están sometidos a un ruido constante y privados de las pistas naturales del ciclo noche-día. Además, en gravedad cero los astronautas tienen la sensación constante de estar cayéndose de la «cama». Al cabo de noventa días en el espacio el cerebro pierde la capacidad de regular el ciclo de sueño-vigilia. En la misión Gemini los astronautas Dick Gordon y Pete Conrad se quedaron dormidos durante una breve pausa en uno de sus paseos espaciales. [Fuente]

  • Estar despierto más de veinticuatro horas degrada el rendimiento tanto como tener un nivel de alcohol en sangre del 0,1%. Una persona con severa falta de sueño puede pasar de sentirse despierto a caer dormido en tan solo diez o quince segundos. Los camioneros que cubren largas distancias son los más vulnerables a conducir con sueño, llegando incluso a dormitar con los ojos abiertos. Estos microsueños pueden durar desde unos pocos segundos a varios minutos y, aunque el cerebro está técnicamente dormido, el camionero todavía puede conducir, ajeno a las señales de alto y las curvas del camino. [Fuente]

  • La mayoría de somníferos funcionan uniéndose a los receptores GABA (ácido gamma-aminobutírico), lo que produce somnolencia y relajación. Entre estos fármacos se incluyen benzodiazepinas como el Valium. Otras drogas actúan bloqueando el neurotransmisor histamina, encargado de intensificar el estado de vigilia. [Fuente]

  • El modafinilo es lo opuesto a un somnífero. Se trata de un neuroestimulante usado en la práctica clínica para tratar la narcolepsia. Algunos deportistas han intentado a acogerse a esa exención de uso terapéutico para poder tomarlo legalmente y cobrar ventaja. Aunque no hay pruebas de que el modafinilo tenga algún efecto en personas sanas o de que funcione mejor que otros estimulantes como la cafeína, es una sustancia prohibida por las agencias antidopaje al estar incluida en la categoría de estimulantes. En 2004 la atleta estadounidense Kelli White fue suspendida por dos años y desposeída de las medallas de oro que había ganado el año anterior tras declararse culpable de haber tomado modafinilo. [Fuente]

  • Los fármacos no son la única manera posible de doparse. Los atletas paralímpicos con lesión medular grave no pueden elevar su ritmo cardíaco por encima de los ciento treinta latidos por minuto, ya que no disponen de una respuesta global al ejercicio. Para superar este escollo y mejorar su rendimiento algunos atletas se inducen una condición llamada disreflexia autónoma, consistente en la activación de respuestas neuronales por debajo de la lesión de manera que se envíen mensajes de estrés de nuevo al cerebro. Hay variedad de métodos para activar estos mensajes neuronales, aprovechando que el individuo no siente nada en esesas zonas: vendarse las piernas apretando en exceso, bloquear el catéter urinario para desbordar la vejiga, sentarse sobre el propio escroto o incluso romperse un hueso. [Fuente]

  • La reacción normal al miedo incluye pupilas dilatadas, aumento de la presión sanguínea y aceleración del ritmo cardíaco. Cuando los psicópatas contemplan imágenes horrendas estas medidas no se alteran en comparación con el resto de la población. Un estudio realizado con desactivadores de explosivos en la década de los ochenta mostró que en el caso de los mejores operarios (lo más condecorados) el ritmo cardíaco disminuía mientras trabajaban. [Fuente]

lunes, 25 de agosto de 2014

Nacidos para correr

Sospecho que ustedes también tienen al menos un amigo de esos que es un enamorado del deporte, con más energía que una central nuclear y que corre maratones, ultramaratones o triatlones, que juega dos o tres partidos de fútbol en un solo día o que participa simultáneamente en dos ligas de pádel. Personas a las que uno mira con asombro preguntándose de dónde les viene ese ímpetu que les hace levantarse a horas intempestivas para salir a correr o a montar en bicicleta, que nunca parecen cansarse y que dicen cosas como «después de la carrera del otro día estaba tan agotado que al día siguiente no puede correr ni cinco kilómetros» (verídico). Personas como Howard Wasdin, antiguo miembro de los de los Navy SEAL, a quien en los agradecimientos de su libro uno de sus antiguos compañeros describe directamente como «loco»:

Durante el entrenamiento del BUD/S con la clase 143, conocí a Howard Wasdin. Acabábamos de terminar otro día brutal de entrenamiento, y Howard preguntó: «¿Quién quiere venir a correr conmigo a la playa?». Pensé que estaba loco. «¡¿Acaso no hemos tenido suficiente por hoy?!». Aún más locos estaban los tipos que le siguieron.
Mientras a la inmensa mayoría de nosotros nos cuesta dios y ayuda ponermos en marcha cuando se trata de deporte, el problema para estos individuos parece ser justo el contrario, es decir, parar. En este sentido, se parecen a los perros husky:

[E]l problema es parar a los perros, no ponerlos en marcha. Están hechos para correr. Si se les deja sueltos, corren hacia el horizonte y siguen corriendo hasta quedar agotados, por lo que uno no vuelve a verlos nunca más.
Foto de EveryDamnNameIsInUse
Esta y otras razas de perros han sido criados y seleccionados por el hombre para no detenerse. En Alaska tiene lugar todos los años una carrera de trineos de larga distancia llamada Iditarod Trail Sled Dog Race en la que equipos de dieciséis perros comandados por un musher deben recorrer unos mil ochocientos kilómetros a través de la nieve en el menor tiempo posible. La primera edición de esta carrera tuvo lugar en 1973. Desde entonces, mediante el cruce y la reproducción seleccionada de los mejores perros el tiempo empleado en recorrer dicha distancia se ha reducido a la mitad:

The winners of the first two Iditarod races took more than twenty days to finish. Two decades of breeding later, mushers were finishing in half that time. Alaskan huskies morphed into athletes unique on the planet. Even before training, an elite Alaskan husky can move four to five times as much oxygen as a healthy, untrained adult man. With training, top sled dogs reach a VO2max about eight times that of an average man, and more than four times higher than a trained Paula Radcliffe, the women’s marathon world record holder.
El perro idóneo para una carrera de este tipo cuenta, además de con características propiamente atléticas, con una inquebrantable voluntad de seguir adelante. Y ocurre que esa es una característica que se puede mejorar con la crianza, lo que significa que tiene una base genética (ibídem Epstein):

Huson and colleagues discovered genetic traces of twenty-one dog breeds, in addition to the unique Alaskan husky signature. The research team also established that the dogs had widely disparate work ethics (measured via the tension in their tug lines) and that sled dogs with better work ethics had more DNA from Anatolian shepherds—a muscular, often blond breed of dog originally prized as a guardian of sheep because it would eagerly do battle with wolves. That Anatolian shepherd genes uniquely contribute to the work ethic of sled dogs was a new finding, but the best mushers already knew that work ethic is specifically bred into dogs.
“Yeah, thirty-eight years ago in the Iditarod there were dogs that weren’t enthused about doing it, and that were forced to do it,” Mackey says. “I want to be out there and have the privilege of going along for the ride because they want to go, because they love what they do, not because I want to go across the state of Alaska for my satisfaction, but because they love doing it. And that’s what’s happened over forty years of breeding. We’ve made and designed dogs suited for desire.”
El mismo proceso se ha replicado en ratones, con idéntico resultado (ibídem Epstein):

Normal mice run three to four miles each night. [Theodore] Garland took a group of average mice and separated them into two subgroups: those that chose to run less than average each night, and those that chose to run more than average. Garland then bred “high runners” with other high runners, and “low runners” with other low runners. After just one generation of breeding, the progeny of the high runners were, of their own accord, running even farther on average than their parents. By the sixteenth generation of breeding, the high runners were voluntarily cranking out seven miles each night. “The normal mice are out for a leisurely stroll,” Garland says. “They putz around on the wheel, while the high runners are really running.”
Finalmente, también en humanos se ha observado que la herencia genética influye en el nivel de actividad física (ibídem Epstein):

Variations in the brain’s dopamine system make certain individuals more likely to feel reward when using particular drugs, and they are more likely to become addicted. Is it possible that, like sled dogs and lab mice, some people are biologically predisposed to get an outsized sense of reward or pleasure from being constantly in motion? All sixteen human studies conducted as of this writing have found a large contribution of heredity to the amount of voluntary physical activity that people undertake.
Todo esto significa que personas como Dean Karnazes, Pam Reed y Scott Jurek sencillamente nacen, no se hacen (piense también en los tarahumara, por ejemplo). Su cerebro les obliga a moverse; son literalmente yonquis del deporte. Pero ¿y si esa capacidad de esforzarse no se limita al ámbito físico? ¿Y si la fuerza de voluntad en general tiene un punto de partida y un rango de alcance marcados por el ADN?

Durante las últimas semanas hemos estado hablando sobre las diez mil horas de práctica deliberada como forma de suplir, al menos parcialmente, la carencia de talento natural. La idea es que aunque no hayamos salido premiados en la lotería genética, siempre está en nuestra mano practicar concienzudamente para mejorar y llegar lejos. Sin embargo, siempre que yo leía sobre las célebres diez mil horas me preguntaba ¿y si la capacidad o el deseo de esforzarse son también dones naturales? Eso mismo se preguntaba el cirujano Atul Gawande:

En realidad, el talento verdadero quizás sea el que uno tiene para practicar. K. Anders Ericsson, especialista en psicología cognitiva y experto en rendimiento, observó que el mejor modo de que los factores innatos desempeñen un papel importante puede consistir en la disposición para dedicarse a un aprendizaje continuo. Descubrió, por ejemplo, que a las personas con un rendimiento billante tampoco les gusta practicar (éste es el motivo por el cual los atletas y los músicos dejan de practicar cuando se retiran). Pero aún así tienen más voluntad que otros para seguir esforzándose.
Los cirujanos, dice Gawande, no creen en el talento. En lugar de ello «los cirujanos de los hospitales clínicos dicen que lo más importante para ellos es encontrar gente los suficientemente concienzuda, trabajadora y crédula para continuar con la práctica de algo que resulta difícil siempre». Sin embargo «creen que la pericia puede aprenderse, pero no la tenacidad. Es un punto de vista que se sostiene incluso en los mejores departamentos de cirugía». Así pues, uno puede nacer doblemente premiado, con talento y tesón, y ser capaz de los mayores logros (ibídem Epstein):

In her engrossing book Gifted Children: Myths and Realities, psychologist Ellen Winner coined the phrase “rage to master” to describe one of the primary qualities of gifted children. She describes it as intrinsic motivation and “intense and obsessive interest.” In a sentence that seems as if it were made to describe Tiger Woods or Mozart, she writes: “The lucky combination of obsessive interest in a domain along with an ability to learn easily in that domain leads to high achievement.”
O se puede nacer si ninguna de las dos y arrastrarse por la vida abrazado a la mediocridad. Ello me hace pensar que aquellos quienes airean su éxito achacándolo únicamente a lo duro que han trabajado tienen aún más suerte de lo que creen.

Hace poco Eric Barker escribía que el rasgo de personalidad más valioso según la ciencia era la diligencia (conscientiousness), esto es, el ser minucioso, esmerado, eficiente, organizado, ordenado y sistemático. Implica sentir el deseo de hacer bien una tarea y aspirar al logro. Ello requiere autodisciplina y ser capaz de pensar antes de actuar. Pero si nuestra personalidad no viene equipada de serie con estos elementos estaremos atrapados en una situación del tipo «pescadilla que se muerde la cola». Podrías intentar dedicar diez mil horas a cultivar esa parte de tu persona pero ¿cómo vas a hacerlo si de partida no cuentas con la volición necesaria para completar el proceso? En cualquier caso, aunque lo lograras, después quedarían otras diez mil horas (o más) que dedicar a aquello en lo que quieres triunfar.

No trato de insinuar que los genes lo son todo; ninguna persona educada defendería tal cosa. No se trata, pues, de holgazanear en el sofá justificándose bajo la excusa de que «no he nacido con genes para el trabajo». No. Solo constato el hecho de que, como escribió Steven Pinker, «los genes no sólo nos empujan hacia situaciones excepcionales del funcionamiento mental, sino que nos sitúan dentro de la variedad normal, y son la causa de gran parte de la diversidad de capacidad y temperamento que observamos en las personas que nos rodean». Cualquier plan de desarrollo personal ha de contemplar estas limitaciones si se pretende que tenga éxito, pues el camino para llegar a Roma no es el mismo ni tiene el mismo coste cuando uno tiene un avión privado que cuando solo puede ir andando.

lunes, 18 de agosto de 2014

All-in

Dan McLaughlin hizo lo que algunos pensarán que debería haber hecho yo. En lugar de escribir sus lamentaciones por la ausencia de éxito al cumplir los treinta, este fotógrafo de Portland decidió dejar su trabajo para dedicarse por entero a lograr algo. En su caso, el objetivo marcado es convertirse en golfista profesional:

On June 27, 2009, his thirtieth birthday, Dan McLaughlin resolved to do something special: quit his job as a commercial photographer in Portland, Oregon, and become a professional golfer. His golf experience over the previous three decades consisted of two childhood trips to a driving range with his older brother. Save for some youth tennis and a season of cross-country running in high school, McLaughlin hadn’t been a competitive athlete. But something had to change. [...] McLaughlin is the Everyman. He’s 5'9", 150 pounds, and “not particularly physically gifted,” in his own words. “I’m kind of just a very average-type person,” he says. That’s what he’s counting on.
Si están interesados en saber cómo le va pueden seguir su diario, The Dan Plan, donde registra sus experiencias y sus estadísticas. ¿En qué consiste exactamente el Plan Dan? Pues en diez mil horas de práctica deliberada, claro está (ibídem):

McLaughlin was inspired by what he read of Ericsson’s work in the bestsellers Talent Is Overrated, by Geoff Colvin, and Outliers, by Malcolm Gladwell. He read about the 10,000-hours rule, the “magic number of greatness,” as it is called in Outliers, and about the idea that skills that appear to be predicated on innate gifts are often nothing more than the manifestations of thousands of hours of practice.
And so it was that on April 5, 2010, McLaughlin logged his first two hours of deliberate practice toward his ultimate goal of going pro and making the PGA Tour. His plan is to log every single hour along the path to 10,000, and to show that “there’s no difference between experts and me, or other people, not just in golf, but in any field. If I were over six feet tall, that might not speak to most people, but I’m a normal guy.”
McLaughlin is not approaching his journey—he had logged 3,685 hours by the end of 2012—as a publicity stunt, but as a scientific experiment. He enlisted a PGA-certified instructor and consults with Ericsson for advice on his strategy. McLaughlin is committed to counting only those hours of practice that truly qualify as deliberate according to Ericsson’s definition.
En el momento de escribir estas líneas la última entrada en su blog es del día catorce del mes en curso, y escribe que le quedan todavía 4.553 horas de práctica. Para poder participar en la pre-clasificación para el PGA Tour, Dan necesita un hándicap de 2,0. He aquí su progreso en ese aspecto desde 2012 (cuando empezó a registrar sus estadísticas de hándicap quincenalmente) hasta mayo del presente año, con el objetivo señalado por la línea roja y el eje y (su hándicap) invertido:


Como era de esperar, la mejora no es lineal. No les descubriría nada nuevo si les dijera que, cuando se trata de dominar una nueva técnica, al principio los progresos llegan rápidamente, tras lo cual el ritmo de evolución disminuye gradualmente, se atraviesan mesetas temporales en las que uno está estancado o incluso empeora ligeramente hasta que se vuelve a avanzar, etc. En el gráfico podemos ver que a Dan aún le queda un largo camino hasta su objetivo. No en vano, como hemos mencionado, apenas ha superado la mitad de las diez mil horas.

Si tuviera que adivinar la forma final de la curva de aprendizaje de McLaughlin, sospecho que se parecería bastante a la siguiente:


Fuente: (Silver, 2012)

Este gráfico aparece en el libro de Nate Silver, y representa la relación entre el esfuerzo y el progreso. La disciplina en la que Silver quería mejorar no era el golf, sino el póquer. Probablemente hayan notado que la línea del gráfico tiene la forma de una distribución de Pareto:

The key thing about a learning curve is that it really is a curve: the progress we make at performing the task is not linear. Instead, it usually looks something like this (figure 10-6)—what I call the Pareto Principle of Prediction.
[...] The name for the curve comes from the well-known business maxim called the Pareto principle or 80-20 rule (as in: 80 percent of your profits come from 20 percent of your customers16). As I apply it here, it posits that getting a few basic things right can go a long way. In poker, for instance, simply learning to fold your worst hands, bet your best ones, and make some effort to consider what your opponent holds will substantially mitigate your losses. If you are willing to do this, then perhaps 80 percent of the time you will be making the same decision as one of the best poker players like Dwan—even if you have spent only 20 percent as much time studying the game.
En el caso del golf, ese primer veinte por ciento tan rentable bien puede ser el trabajo en el juego largo. Cuando Dan empezó a jugar estaba limitado a una distancia del hoyo de unas ciento cuarenta yardas (un hierro ocho). Ser capaz de llegar al green con menos golpes es, sin duda, una buena forma de bajar el hándicap. Según este instructor de golf, el ochenta por ciento del éxito en este deporte radica en el swing. El veinte por ciento restante se debe, de acuerdo con la sabiduría popular del propio deporte,  al juego corto (si bien eso podría ser falso).

La decisión de Dan McLaughlin de dejar su trabajo por el golf puede considerarse, por tomar un vocablo de la jerga del póquer, una apuesta all-in. Diez mil horas son muchas horas. Necesariamente hay que renunciar a muchas otras cosas. McLaughlin dedica unas ocho horas diarias a pulir su técnica, aparte de lo cual levanta pesas, lee sobre teoría de su deporte y trabaja con un nutricionista (ibídem Epstein):

“According to the tenets of deliberate practice, you have to be cognitively engaged,” McLaughlin explains. Just going to the driving range and swatting balls for a few hours without an eye toward improvement and error correction doesn’t cut it. So, six days a week, McLaughlin puts in six hours of deliberate practice, a workday that consumes eight hours because he takes frequent breaks to think about what he did well and what can be improved—like closing the club face on impact—and because it is exhausting to maintain strict focus for hours on end.
¿Logrará Dan su objetivo después de tanto esfuerzo? Depende. Aquí concurren dos problemas. Por un lado, no todas las horas de práctica cuentan lo mismo. Como indica el gráfico visto anteriormente, la mejora en la destreza sigue una ley de rendimientos decrecientes, y conforme uno asciende por la senda de la maestría se encuentra con que cada vez necesita más tiempo para obtener progresos cada vez menores. Por otra parte, dado que cuando se compite con otros lo que importa no es lo bueno que uno es sentido absoluto, sino lo bueno que se es comparado con el resto, la cuestión es si Dan podrá alcanzar un nivel superior al de la competencia. En el caso de que esta fuera muy dura, este soñador necesitará mucho más que ese ochenta por ciento inicial para lograr su objetivo, quizá muchísimo más de lo que esté al alcance de su mano (ibídem Silver, énfasis mío):

«Sometimes, however, it is not so much how good your predictions are in an absolute sense that matters but how good they are relative to the competition. In poker, you can make 95 percent of your decisions correctly and still lose your shirt at a table full of players who are making the right move 99 percent of the time. Likewise, beating the stock market requires outpredicting teams of investors in fancy suits with MBAs from Ivy League schools who are paid seven-figure salaries and who have state-of-the-art computer systems at their disposal.

In cases like these, it can require a lot of extra effort to beat the competition. You will find that you soon encounter diminishing returns. The extra experience that you gain, the further wrinkles that you add to your strategy, and the additional variables that you put into your forecasting model—these will only make a marginal difference. Meanwhile, the helpful rules of thumb that you developed—now you will need to learn the exceptions to them.

However, when a field is highly competitive, it is only through this painstaking effort around the margin that you can make any money. There is a “water level” established by the competition and your profit will be like the tip of an iceberg: a small sliver of competitive advantage floating just above the surface, but concealing a vast bulwark of effort that went in to support it

Fuente: (Silver, 2012)

La cuestión, por tanto, no es si puedes ser mejor; claro que puedes, con práctica. La verdadera cuestión es, cuando no puedes ser el número uno, si puedes ser suficientemente bueno, esto es, si el máximo nivel que alcances te permitirá situarte por encima del nivel del agua y lograr tu objetivo. ¿Puedes llegar a ser suficientemente bueno jugando al fútbol para acabar en un equipo de la liga profesional, como soñabas de joven? ¿Puedes llegar a ser suficientemente bueno actuando para lograr un papel en una serie de éxito, como pretendes? ¿Puedes llegar a ser suficientemente bueno programando para conseguir ese trabajo en Google que ansías? Puede ocurrir que inviertas diez mil, quince mil, veinte mil horas tras las cuales todavía sigas peleándote en medio del pelotón. Cuando la pecera en la que uno nada rebosa de peces grandes, la vida se hace difícil para quienes no tienen talento natural y se fijan objetivos ambiciosos. Mucho me temo que los individuos que cultivan sus dones naturales acaban en cabeza y se quedan con los pocos premios disponibles. Por contra, aquellos cuya única baza es el trabajo duro languidecen en la cola de espera de los mediocres. En mejor posición que los que no trabajaron duro, claro está, pero con la comezón interna de vivir un deseo con pocas esperanzas de realizarse.

Quizá recuerden del artículo anterior que en los estudios sobre maestría en música y ajedrez había una gran variabilidad individual, y que las diez mil horas eran realmente el promedio de todos los individuos estudiados. ¿Y si resulta que McLaughlin es uno de los que aprenden más despacio, y tras diez mil horas no ha logrado su objetivo? (ibídem Eipstein):

When I asked Dan McLaughlin whether he had any concern that he might, like some of the chess players, be a 20,000-hours guy as opposed to a 10,000-hours guy, he said that he considered the journey a victory in itself. “When it comes down to D-Day and it’s my ten-thousandth hour,” McLaughlin said, “it’ll be interesting to see whether I’m still shooting seventy-five, or I missed Q-School [the PGA Tour’s qualifying school] by one stroke, or if I’m on the Tour. I think you could probably master something in anywhere from 7,000 to 40,000 hours, but this is kind of a good way to keep track of progress.” Somehow, the 7,000-to-40,000-hours rule just doesn’t have the same ring to it.
Según sus propias palabras, lo que Dan espera con este experimento es probarse a sí mismo y a los demás que nunca es demasiado tarde. Asegura que se sentirá satisfecho si su ejemplo sirve de inspiración a alguien para que deje su trabajo y encuentre la felicidad en una nueva aventura elegida por sí mismo. Para él, el propio camino es la recompensa. Ya saben cómo va esto. Apunta hacia la luna para que si fallas aterrices entre las estrellas. Lo importante es participar, disfrutar el proceso. Etcétera. Probablemente sea esa la mentalidad más adecuada para una aventura con altísimo riesgo de fracaso.

lunes, 4 de agosto de 2014

La clave del talento

Se llamaba Alberto, pero todos le conocíamos como Jimmy. Su especialidad era el regate de cuerda. Cada día, después de la comida, ambos nos uníamos al resto de la pandilla para jugar al fútbol hasta que empezaban las clases de la tarde. Como es costumbre en los patios, antes de empezar los capitanes echaban a suertes el primer turno para elegir jugador para su equipo. Invariablemente el ganador de ese sorteo elegía a Jimmy y el reparto se daba por terminado automáticamente: todos los demás pasaban a formar el equipo contrario. Dos contra cinco. Aún así el equipo de Jimmy (más bien habría que decir «la pareja») siempre ganaba por goleada. Era el Lionel Messi de nuestro colegio.


Malcolm Gladwell popularizó con su libro Fueras de serie (Outliers) el trabajo de K. Anders Ericsson sobre los factores que convierten a una persona en un maestro de su disciplina. En un estudio realizado a principios de los años noventa, el psicólogo sueco encontró que, entre los violinistas de la Academia de Música de Berlín, los intérpretes de elite habían acumulado diez mil horas de práctica cada uno, mientras que los estudiantes buenos solo habían sumado unas ocho mil. Ericsson y sus colegas hicieron otro estudio con pianistas y notaron el mismo patrón: los pianistas profesionales habían alcanzado las diez mil horas a la vez que los aficionados sumaban apenas unas dos mil. Llegar a gran maestro de ajedrez (dos mil doscientos puntos ELO) también exige completar diez mil horas de ardua práctica. Así, las diez mil horas pasaron a ser el número mágico de la grandeza. Según escribió el periodista anglo-canadiense:

La idea de que la excelencia en la realización de una tarea compleja requiere un mínimo dado de práctica, expresado como valor umbral, se abre paso una y otra vez en los estudios sobre la maestría. De hecho, los investigadores se han decidido por lo que ellos consideran es el número mágico de la verdadera maestría: diez mil horas.
Había nacido la esperanza para las personas sin dotes naturales. ¿Qué era necesario para llegar a ser un fuera de serie? En dos palabra: práctica deliberada. La maestría pasó a ser cuestión de esfuerzo y repetición: miles de horas de ejercicio con un feedback adecuado e inmediato y una intensa concentración en la técnica, sesiones en las que se va ajustando una y otra vez el objetivo para acercarse a la meta marcada, tratando de hacerlo cada vez un poco mejor. La mayor parte de la pericia se ganaría, pues, con trabajo duro. El cerebro, con su plasticidad, permitiría a cualquiera alcanzar la excelencia. El secreto está en la mielina. Como resultado el éxito no dependería de los genes, sino de la cantidad de práctica que alguien es capaz de acumular. «Keep your gifts», decía el culturista Kai Greene en un documental en referencia a su némesis, Phil Heath, apodado The Gift. «I work hard». En un deporte donde el ganador se decide por la forma y el tamaño de los músculos, Green lo confía todo a su ética de entrenamiento.

Muchos libros sobre el desarrollo del talento vienen de Estados Unidos, un país de tradición protestante que parece vivir bajo la ilusión de que con esfuerzo suficiente no hay nada imposible. No en vano, las encuestas muestran que la mayoría de estadounidenses creen que cualquiera puede realizar el sueño americano, a pesar de que la mobilidad social allí es mucho más reducida que en los países europeos. Aún así continúan pensando que cualquiera puede hacerse rico si está dispuesto a trabajar los suficiente. Los talentos y dones naturales suponen un problema para las sociedades meritocráticas, donde lo que realmente se valora es la contribución o el logro («¿Conceden el Nobel por intento de Química?», se preguntaba acertadamente el Actor Secundario Bob). Uno no puede volver a nacer siendo hijo de otros padres, pero sí puede gastar cada hora de vigilia en lo que sea que le interese mejorar. La idea de que somos totalmente responsables de si llegamos o no a ser grandes es mucho más conveniente para un sistema que finge premiar el esfuerzo en lugar de la suerte. Desde esta perspectiva, cuando alguien no tiene éxito siempre se le puede echar la culpa de su fracaso por no haber practicado lo suficiente.

Creo que existe un sesgo de publicación a favor de lo políticamente correcto, de cómo nos gustaría que fuera el mundo, y no de cómo es en realidad. Pensar que no estamos limitados por nuestros genes es lo políticamente correcto y democráticamente aceptable. Por tanto, se minimiza la importancia de aquello que no se puede controlar (el talento natural) y se aumenta la de aquello otro que sí se puede (las horas de práctica). Incluso se llega a considerar que los factores contingentes sí están bajo nuestro control, que es posible cultivar la propia suerte. Esta distorsión resulta visible en los libros sobre cómo alcanzar el éxito. En palabras de Michael Sandel:

[L]a excelencia consiste también, al menos en parte, en la exhibición de talentos y dones naturales que no son obra del atleta que los posee. Se trata de un hecho incómodo para las sociedades democráticas. Queremos creer que el éxito, tanto en el deporte como en la vida, es algo que nos ganamos, no algo que heredamos. Los dones naturales, y la admiración que inspiran, resultan incómodos para la fe meritocrática; proyectan dudas sobre la convicción de que sólo el esfuerzo merece elogio y recompensa. Como consecuencia de esta incomodidad, exageramos la importancia moral del esfuerzo y la perseverancia , y devaluamos el talento.
Atribuir el mayor peso a los factores que están bajo nuestro control es un arma de doble filo. Por un lado, nos permite soñar. Creo que muchos nos contentamos pensando que, si nos hubiéramos puesto a ello, hubiéramos logrado un nivel muy alto o llegado muy lejos. Como nunca ponemos a prueba esa hipótesis no tenemos que enfrentarnos a su falsación, lo que afianza nuestra ilusión de competencia. Pero a veces ocurre que entramos en harina y nos esforzamos con denuedo durante años para acabar descubriendo que, aunque se suponía que podíamos convertirnos en Goku, nos hemos quedado a medio camino de ser siquiera Yamcha, y que esa es nuestra cota superior. Por otro lado, al atribuir toda la responsabilidad del resultado al individuo se corre el riesgo de culpabilizar a la víctima. Uno puede negarse a hacer donativos bajo la premisa de que el pobre lo es porque se lo merece, porque es un vago que no quiere trabajar y que su desgracia se la tiene merecida.

Magnus Carlsen, actual número uno del mundo en ajedrez, tiene tan solo veintitrés años. Alcanzó el número uno del ranking en 2010 con diecinueve años y treinta y dos días, el más joven de la historia. ¿Cuántos de ustedes creen sinceramente que lo único que les separa de este gran maestro noruego son las horas dedicadas a entrenar? En 2007, Guillermo Campitelli y Fernand Gobet reclutaron a ciento cuatro jugadores de diferentes niveles para realizar un estudio sobre maestría en ajedrez. El tiempo medio que tomó a esos jugadores convertirse en maestro fue de 11.053 horas. Sin embargo, había enormes diferencias individuales:

One player in the study reached master level in just 3,000 hours of practice, while another player needed 23,000 hours. If one year generally equates to 1,000 hours of deliberate practice, then that’s a difference of two decades of practice to reach the same plane of expertise. “That was the most striking part of our results,” Gobet says. “That basically some people need to practice eight times more to reach the same level as someone else. And some people do that and still have not reached the same level.” Several players in the study who started early in childhood had logged more than 25,000 hours of chess practice and study and had yet to achieve basic master status.
While the average time to master level was 11,000 hours, one man’s 3,000-hours rule was another man’s 25,000-and-counting-hours rule. The renowned 10,000-hours violin study only reports the average number of hours of practice. It does not report the range of hours required for the attainment of expertise, so it is impossible to tell whether any individual in the study actually became an elite violinist in 10,000 hours, or whether that was just an average of disparate individual differences.
Que las personas aprendemos a ritmos distintos es evidente. La cuestión es que esas diferencias importan porque se acumulan con el tiempo. Al hablar de mi trigésimo aniversario comenté algunos logros que ciertas personas habían llevado a cabo antes de cumplir los treinta. Séame permitido agregar un ejemplo más. Norbert Wiener, el matemático y filósofo padre de la cibernética, obtuvo su doctorado por la universidad de Harvard a los diecisiete años. En menos de dos décadas estaba a una distancia cósmica del resto intelectualmente hablando. Hay campos, como el saber, en los que los logros futuros dependen de los actuales. Cuanto antes domines los fundamentos de una disciplina antes podrás empezar a trastear para hacer alguna aportación relevante. La precocidad te da una ventaja definitiva que solo está disponible a través de los genes. Jimmy ya era el mejor jugador del colegio a los siete años, y con el tiempo la distancia con el resto no hizo más que aumentar. Lo mismo ocurre en el ajedrez. Como explica Gobet (ibídem):

If you look at those players who go on to be masters and those who remain below that level [...] some of them have the same practice the first three years, but there were already large differences in performance. Perhaps if there are very small individual differences [in talent] at the beginning, they make a huge effect. We assume it takes about ten seconds to learn a chunk, and we have estimated that it takes about 300,000 chunks to become a grandmaster. If one person learns each chunk in nine seconds and the other person eleven seconds, those small differences are going to be amplified.
En realidad, Ericsson nunca usó el término «regla de las 10.000 horas». Según él, fue Gladwell quien lo acuñó en el libro que hemos mencionado anteriormente, Fueras de serie, malinterpretando las conclusiones de su estudio sobre violinistas. Ese estudio fue hecho con una muestra pequeña y las horas de práctica eran dadas por los propios sujetos de estudio (ibídem):

On a panel at the 2012 American College of Sports Medicine conference, Ericsson noted that the now world-famous data were collected in a small number of subjects and are not entirely reliable in terms of counting practice hours. “Obviously, we were only collecting data on ten individuals,” Ericsson said. “And [the violinists did] some of the retrospective estimates several times, and there was no perfect agreement.” That is, the violinists were inconsistent in multiple accounts of how much they had practiced. Even so, Ericsson said, the variation among just the ten most elite violinists—the 10,000-hours group—was still “certainly more than 500 hours.”
El debate sobre el talento y la práctica se ha avivado en los últimos meses tras la publicación por parte de David Hambrick y Brooke Macnamara de dos estudios que cuestionan las conclusiones de Ericsson. Su metaanálisis muestra que, en conjunto, la práctica deliberada explica tan solo un doce por ciento de las diferencias individuales encontradas en ámbitos como el deporte, la música, la educación y varias profesiones:

Fuente

Perfect practice makes perfection. Obviamente con entrenamiento es posible mejorar, eso nadie lo pone en duda. Pero no creo que cualquiera piense realmente que con diez mil horas de práctica deliberada podría llegar al nivel de Carlsen o a ganar los campeonatos nacionales de cien metros lisos. En efecto, la velocidad no se puede enseñar. Cuando se trata de capacidades físicas, entendemos de manera intuitiva que hay topes que no podemos superar. Sin embargo, cuando se trata del cerebro, es como si asumiéramos que no hay límites, que cualquiera puede ser un virtuoso, un erudito o un empresario billonario. Albergar esperanzas ilusorias sobre nuestra propia capacidad puede ser tan perjudicial como rendirse antes de empezar. Tocar techo y martirizarse porque se es incapaz de ir más allá, echándose la culpa a uno mismo, supone una carga que la mente encuentra difícil de manejar:

A belief in inborn gifts and limits is much gentler on the psyche: The reason you aren’t a great opera singer is because you can’t be one. That’s simply the way you were wired. Thinking of talent as innate makes our world more manageable, more comfortable. It relieves a person of the burden of expectation. It also relieves us of distressing comparisons. If Tiger Woods is innately great, we can feel casually jealous of his genetic luck while avoiding disappointment in ourselves. If, on the other hand, each one of us truly believed ourselves capable of Tiger-like achievement, the burden of expectation and disappointment could be profound. Did I blow my chance to be a brilliant tennis player?
Que a menudo nos pongamos límites mentales no quiere decir que no haya límites reales. Si todo fuese cuestión de trabajar duro no hablaríamos de genios, sino de currantes. La clave del talento es ser hijo de los padres adecuados.