sábado, 21 de julio de 2012

Pastilla azul, pastilla roja

«Si tomas la pastilla azul, fin de la historia. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja te quedarás en el país de las maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda: lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más.»
– The Matrix 

La idea de que el mundo no exista «en realidad», de que todo sea una ilusión orquestada por un ente externo se remonta a Platón y su mito de la caverna. Siglos después, René Descartes, en sus Meditaciones metafísicas, planteaba Matrix como un:
«genio depravado, no menos engañador y astuto que poderoso, [que] ha empleado toda su industria en engañarme; pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todas las demás cosas exteriores, no son más que ilusiones y ensueños de que se ha servido para tender redes a mi incredulidad»
El tono usado por el autor con palabras como depravado, engañador e incredulidad deja entrever que, al menos para el pensador francés, tal ilusión no es deseable. Descartes, como Neo, parece preferir la pastilla roja. Como otras tantas personas, ambos valoran la autenticidad de la experiencia. Hay quien sitúa esa autenticidad incluso por encima de la felicidad, por lo que para ellos algo como el soma de la novela de Aldous Huxley resulta una idea repugnante.

Hace no mucho estuve planteando entre gente cercana un dilema a lo Matrix en forma de experimento mental similar al formulado por Robert Nozick con su máquina de experiencias. Mi formulación era la siguiente:
Foto de NightRStar

Imagina que hubiera una pastilla que, al tomarla, hiciera que un gran problema que tuvieras no te importara. Supón que si no la tomas ese problema te hace sufrir una gran angustia. Por último, asumamos que tal problema tiene solución en principio, pero nada te asegura que tu esfuerzo por resolverlo garantice algún resultado. ¿Tomarías dicha pastilla? ¿Por qué?
¿Qué elegiría el lector? ¿Cuál cree usted que fue la opción elegida por mayoría?

La forma en que planteé la duda conlleva ciertas asunciones. Una de ellas es que la angustia es un fuerte motivador: se asume que cualquier persona trabajaría por reducir o erradicar una sensación así. Sin embargo, tal regla no tiene por qué valer para todo el mundo. Puede haber gente que acepte la gragea para eliminar la desazón pero que no por ello va a ignorar el problema. Eso podría ser hasta más productivo, ya que no se toman las mismas decisiones cuando uno es feliz que cuando está acongojado. Supongamos, no obstante, que la mencionada pastilla hace a uno olvidarse totalmente del brete en el que se haya.

Otra premisa que se debe establecer es el tipo de problema. Se asume aquí que el sujeto debe poder intervenir para solucionarlo, aunque esa solución no dependa enteramente de él. Por poner algunos ejemplos, el aprieto podría consistir en tener un trabajo que se odia -cambiar de empleo depende de que alguien te contrate-, una relación que no funciona -la marcha de la pareja depende de la otra parte- o ser obesido mórbido -con la genética hemos topado, amiguete-.

Finalmente, aquí la opción elegida no irrevocable, esto es, en cualquier momento uno puede cambiar su decisión por la contraria. El comprimido no tiene por qué administrarse para siempre, si bien estará disponible en todo momento para recurrir a él si se desea.

Si tomas la pastilla el problema como tal desaparece (al menos a tus ojos), dado que cuando no te importa algo deja de haber conflicto. La eliminación de esa angustia contribuiría a tu felicidad, al menos en el sentido de que no te restaría parte de ella. Se evaporaría la posibilidad de frustración o sentimiento de fracaso por no haber podido resolver ese problema. Sería conformarse, mirar hacia otro lado y seguir adelante tranquilamente sin volver a pensar en ello. Para qué perder el tiempo lamentándonos, si podemos dirigir nuestra energía optimista recién adquirida a otros menesteres con mayores probabilidad de mejorar.

Si no tomas la pastilla tal vez seas de los que valoran lo auténtico. No quieres vivir en mundo de fantasía sino en la realidad, aunque sea una puñeta. O quizá lo haces porque aspiras a ser cierto de tipo de persona, una de esas que afrontan la papeleta de forma responsable, yendo de cara, o una de esas otras que no dejan de intentarlo aunque fracasen y se sienten reconfortados con el «al menos lo intenté». Acaso te produzca rechazo la idea de vivir anestesiado, sin que te importen cosas de tu vida que están mal. También puede tratarse sencillamente de que no te gustan los atajos ni seguir el camino fácil.

La abrumadora mayoría de los encuestados dijeron que no tomarían la oblea. ¿Qué nos dice eso? En primer lugar, que es muy fácil hablar. Cuando el sufrimiento es solo hipotético no cuesta nada declarar que se haría esto o lo otro, pero cuando te levantas cada mañana con ganas de pegarte un tiro en la boca la cosa cambia. En segundo lugar, tampoco tengo muy claro que sea una cuestión de autenticidad. Al fin y al cabo, a varios de los que me contestaron les gusta emborracharse y fumarse un porro de vez en cuando; que la diversión sea fruto del etanol o el cannabis no plantea un problema para ellos. Aquí cabe argüir, no obstante, que uno puede desear experimentar sensaciones genuinas en ciertas contextos y no en otros. Por usar los términos en los que lo planteó un amigo, si bebes cuando sales de fiesta con tus amigos no pasa nada, pero si solo bebes para olvidar eres un alcohólico. A este hombre no se le ocurriría embriagarse estando solo en casa cuidando de su hija pequeña. Por último, cabe considerar el papel redentor del dolor. En las sociedades de tradición cristiana hay quien considera el sufrimiento como algo purificador, incluso como algo que da sentido a la vida. Gente así preferirá la angustia por el valor que le otorga en la vida presente o en una hipotética vida más allá de la muerte.

Podría ser, entonces, que lo más importante de cara a decidir si tragar o no la píldora sea el tipo de persona que uno es, cree ser o quiere llegar a ser. ¿Quedaré bien ante mí mismo si la tomo? Si no lo hago, ¿me sentiré como un imbécil? ¿Me servirá el mal trago para madurar y mejorar?

Cuando me ha tocado decidir ha sido precisamente el problema de la identidad el que más me ha hecho reflexionar. La cuestión del yo es muy amplia para tratarla aquí pero querría al menos plantear las preguntas que me hice. Si la química cambia tu visión del mundo ¿sigues siendo tú? ¿No te defines en parte por lo que te preocupa? ¿Cabe renunciar a uno mismo cuando tu forma de ser actual entorpece o impide tu deseada forma de ser futura? Por ejemplo, puede que quieras ascender a lo más alto pero que te interese también ser una persona de familia. En tal caso tu presente excluye el futuro deseado. ¿Y si resulta que la química solo está compensando una tara de la naturaleza? Podría darse el caso de que tu verdadera personalidad sea la que aparece cuando estás drogado y tienes unos niveles normales de, digamos, neurotransmisores.

Aunque he planteado todo esto como un experimento mental, lo cierto es que la pastilla de la que hemos hablado existe. Solo hay que ponerle nombre: alcohol, drogas, antidepresivos... Todas ellas son sustancias que alteran la conducta y nuestra forma de pensar y ver las cosas. Una vieja amiga, verbigracia, ha empezado a tomar citalopram hace poco. Me dijo que ahora es capaz de «mandar a la mierda» a su jefe de vez en cuando. Las preocupaciones que antes le impedían hacer tal cosa y le obligaban a tragarse su resignación han desaparecido. Ella se siente mejor y yo me alegro. ¿Le ha convertido la píldora en alguien diferente, o en una versión mejorada de ella misma, con valor suficiente para enfrentarse a la autoridad? ¿Es su bienestar recién adquirido genuino o una ilusión? Si es un ilusión ¿acaso importa?

Gracias de corazón a todos los que soportasteis estoicamente mi interrogatorio. Parafraseando a Newton, si alcancé a ver tan lejos (lo que en mi caso equivale únicamente a aquello situado más allá de mis narices) es porque me alcé sobre vuestros hombros de gigantes.

sábado, 7 de julio de 2012

30 Rock

Ya está aquí, ya llegó: el primer aniversario de mi vigésimo noveno cumpleaños. Para los que -como yo- son de la LOGSE: he cumplido treinta años.

Desde más o menos los catorce años he tenido la sensación de que no llegaría a la treintena. No sé muy bien por qué, pero presentía que mi vida acabaría antes. Tal sospecha se vio «confirmada» cuando me dedicaba a la quiromancia y vi que mi línea del destino se detenía a la altura de la línea de la cabeza. Según la bibliografía eso podría significar la muerte antes de la tercera década, si bien podía tener otros tantos significados. En cualquier caso, aquí estoy.

Foto de DafneCholet
Algunos datos deprimentes para los de mi generación: a esta edad Albert Einstein ya había completado el trabajo que le valió el Premio Nobel (igual que James D. Watson), amén de otros dos sobre la relatividad especial y la equivalencia masa-energía. Kurt Gödel publicó sus teoremas de la incompletitud a los veinticinco. Mozart escribió el Concierto para piano Nº9 en mi bemol con veintiuno. Rafael Nadal ha ganado siete veces Roland Garros y dos veces Wimbledon, y solo tiene 26 años. Fernando Alonso ya tenía dos títulos de campeón del mundo cuando sopló treinta velas. Y sigue así la lista. Es como si el cerebro tuviera un ciclo preprogramado de creatividad y productividad que terminara a los treinta. Lo malo es que nadie te avisa de ello cuando eres joven, de manera que para cuando te quieres poner a hacer algo importante ya eres viejo. Supongo, no obstante, que en mi caso particular pesa más el hecho de ser un botarate sin el más mínimo rastro de talento.

Descartada la posibilidad de hacer algo realmente trascendente, toca centrarse en la propia vida. Dos capítulos de dos comedias diferentes son apropiados aquí. Uno es de Friends, "En el que todos cumplen treinta años" (S07E14). El otro es de Scrubs, en el que es J. D. quien llega a la marca (S05E03). Algo que comparten los dos capítulos son las listas hechas por los protagonistas, listas de cosas que hacer antes de cumplir los treinta que aún no tienen ningún elemento tachado.

Parafraseando el chiste, hay dos tipos de personas: las que hacen listas de cosas que hacer o lograr en la vida, y las que no las hacen. Por usar la metáfora de la vida como un viaje, las primeras tienen una ruta planificada, un itinerario con paradas definidas, quizá incluso con horas de llegada. Cumplir su plan requiere verse a sí mismas situadas en el asiento del conductor. Por otro lado estamos aquellos que nos sentamos en el asiento del copiloto, dejando que la vida nos lleve a donde nos tenga que llevar, deseando quizá que pase por aquí o por allá, pero sabiendo que uno no tiene el control último sobre el camino. Cambias de dirección según vas llegando a las bifurcaciones, procurando tomar ciertas salidas cuando se te permite, tratando de situarte cómodamente en tu carril, dejándote llevar, siendo más espectador que actor.

Envidio a las personas que tienen claro lo que quieren obtener en su paso por este planeta. Personalmente nunca se me ha ocurrido hacer una lista de objetivos vitales. De hecho, solo he conocido a dos personas que las tuvieran. Este tipo de planificación parece una fuente segura de frustraciones: la vida es contingente y no siempre puedes elegir. A nadie que haya pasado la veintena hay que decirle que las cosas no siempre salen como uno quiere. Por más que desees tener una gran casa llena de hijos jugando con tu cónyuge, si no tienes dinero para la hipoteca y una pareja mal vas. Mas viajar sin rumbo también puede ser frustrante: de la ausencia de un destino surge la preocupación por no haber aprovechado la vida, la angustia de una vida sin sentido, la banalidad de una historia personal sin argumento.

En mi caso, hoy día, habiendo asumido que mi vida no va a ser lo que esperaba, me encuentro un poco perdido, pues no tengo ninguna meta a la que dirigirme. Borrados del mapa los puntos de interés que en su día consideré, conociéndome un poco y sabiendo más o menos de qué soy capaz y de qué no, resulta que no sé qué querer. Desgraciadamente, la vida en ese sentido no es como el mar: no hay ningún faro para guiarte. En lugar de eso existe una multitud de pequeñas luces muy parecidas e igualmente intrascendentes, señales confusas y a menudo contradictorias que solo se distinguen por nuestros sentimientos hacia cada una de ellas.

Una amiga me decía hace un par de años:
«Yo sigo intentando encontrar algo que me falta. No sé lo que es pero a pesar de tener mi vida, mi trabajo, mi casa, mi coche, ser independiente, no termino de encontrarlo. No sé si es a nivel profesional, o a nivel personal, o a nivel sentimental, pero algo falta (o muchas cosas más bien). No sé, necesito algo para ser feliz, y me siento vacía».
Niña, ahora sí que te entiendo.

domingo, 1 de julio de 2012

El cubo sin fondo

Hace cosa de un mes he tenido la suerte, porque cada vez es más complicado, de poder visitar un país como Japón. Desde luego ha merecido la pena. Aunque hay pequeñas cosas de su sociedad con las que no me quedaría, de pocas podremos extraer tanto como de la suya.

Respeto y honor. Son las bases sobre la que se asienta y valores marcados a fuego en la conciencia de los nipones, sociedad que da importancia a la colectividad por encima de todo.

Foto de donjd2
Colectividad. Palabra cuyo significado parecen haber olvidado nuestros políticos hace tiempo. Como seguro saben los lectores, en Japón, político que no cumple con lo prometido, político que dimite. Y, si el tema es algo más serio, como en el caso de posible corrupción, prefieren suicidarse a pasar la vergüenza que supondría un proceso de esas características. Eso pasa en un país serio, con una ciudadanía exigente que no tolera la mentira en los políticos. Allí, un político que miente descarada y calculadamente para conseguir sus objetivos, es severamente castigado por la sociedad entera, que le hace sentir su rechazo, rechazo suficiente como para que tenga que retirarse, en el mejor de los casos.

Aquí no sólo no se dimite y mucho menos se suicidan, sino que encima salen forrados en vez de esposados después de haberla liado parda, no vaya a ser que hablen y les estropee el chiringuito a los dos grandes partidos políticos (y amigos) que nos han llevado a la ruina.

Una de las consecuencias más inmediatas para el ciudadano de a pie, que al final es el que paga los abusos de unos pocos, son los ya famosos recortes. Recortes que, aunque en muchos casos pudieran ser necesarios y no tienen una consecuencia más allá del gasto mismo, en otros puede perdurar a mucho más largo plazo, como en el caso de la educación, ya que la esperanza de un futuro mejor para nuestra sociedad pasa por ella. Eso nos aleja del objetivo de aproximarnos al modelo educativo finés, el considerado como mejor del mundo, como demuestran sus bajas tasas de fracaso escolar. Y, aunque su éxito no se apoya en una gran inversión económica, los numerosos cambios y conflictos derivados de todo esto son un paso atrás en la consecución de dicho objetivo.

En este sentido, el modelo japonés, aunque muy occidentalizado desde el final de la segunda guerra mundial, y contando con una gran tasa de éxito, es, quizá, demasiado férreo y competitivo. Todo lo contrario al modelo de educación diferenciada y de libertades propuesto en Finlandia. Pero no por ello podemos dejar de extraer algunas de sus esencias. La forma que tenían antiguamente de poner a prueba a los estudiantes, difiere mucho de las realizadas en la actualidad, pero esa esencia se mantiene en parte. Una de las pruebas que, a mi modo de ver, mejor lo recoge, es la que nos dejaba el Reverendo Kensho Furuya, conocida como “el entrenamiento del cubo de agua”:
«Como siempre, la prueba más inusual, era la conocida como entrenamiento del cubo de agua”. Un profesor que no tenía sucesor determinó realizar una prueba con el fin de decidir cuál de sus estudiantes sería el mejor para sucederle. Finalmente lo redujo a tres, pero la decisión seguía siendo muy difícil. Pidió a estos tres estudiantes que fueran al patio trasero de su hogar, temprano al día siguiente. Les explicó que estaban a punto de experimentar un inusual entrenamiento y que de este entrenamiento el que tuviera éxito se convertiría en el heredero de la escuela. Los estudiantes, por supuesto, estuvieron de acuerdo, satisfechos y algo excitados por este “test”. Cada uno de los tres estudiantes cogió un cubo de agua  y un gran barril vacío que estaban enfrente de cada uno de ellos. El maestro explicó que el primero que llenara su barril  de agua que había en un pozo cercano a él ganaría la prueba. A la orden de comienzo de la prueba los tres estudiantes corrieron al pozo para llenar su cubo y llenar el barril. Para su sorpresa, cuando llegaban al barril para llenarlo toda el agua que echaban se perdía por el fondo del barril. Cuando miraron dentro con atención, descubrieron con sorpresa y enfado ¡que este no tenía fondo! “Qué test más desesperante” pensaron.

Aun así cada estudiante tomo su cubo y para complacer al maestro pasaron todo el día y la noche llenando con el cubo, el barril sin fondo. A la mañana siguiente el maestro salió al patio a ver los resultados del test y determinó que ninguno de ellos lo había superado, ya que ninguno había conseguido llenar el barril hasta el borde. Los estudiantes protestaron enfadados y finalmente el maestro dijo: “os daré a cada de vosotros una nueva oportunidad, venid mañana por la mañana”. A la mañana siguiente los tres estudiantes estaban allí. Como el día anterior los grandes barriles esperaban ser llenados. Inmediatamente los tres miraron el fondo del barril y comprobaron, para su tranquilidad, que estaban reparados.

Pero cuando estos cogieron el cubo descubrieron para su sorpresa que éste era ahora el que no tenía fondo. Era ya bastante humillante llenar un barril sin fondo como para ahora intentar llenar un barril ¡con un cubo sin fondo! ¿Cómo puede alguien llevar agua en un cubo sin fondo? Dos estudiantes tiraron los cubos y se marcharon muy enfadados. El tercero decidió seguir las instrucciones de su maestro y comenzar a sumergir el cubo sin fondo en el pozo y “llenar” el barril.

Y, aunque el cubo no podía llevar mucha agua, unas pocas gotas se quedaban en el cubo y se depositaban en el barril. De tal forma que, tras mucho esfuerzo, el barril fue llenado con agua del pozo. Ya tenía sucesor y este fue la mejor elección después de todo.» (Traducción de Santiago García Almaráz)

Hoy en día se juzgan exclusivamente los resultados del entrenamiento. En tiempos pasados el maestro juzgaba también la “capacidad” para el entrenamiento. Por ese motivo, un estudiante sin la adecuada actitud es como el barril sin fondo, no retiene nada. En cualquier caso, sin importar el triunfo o el fracaso, si has dado lo mejor de ti, ya has superado tu examen con éxito.

domingo, 24 de junio de 2012

¿Lleva pan el gazpacho?

A la hora del yantar en la cantina te topas con las discusiones más productivas que el cerebro humano pueda concebir. He aquí lo mejor de la semana:
-Encima al gazpacho este le han puesto pan.
-Es que el gazpacho lleva pan.
-¡Qué dices! El gazpacho no lleva pan.
-¡Que sí lleva!
-¡Que no lleva pan!
-¡Que sí lleva pan!
-¡Que no! ¡Que eso es el salmorejo!
-¡El salmorejo es el que no lleva pan!
Y así un rato más, en tono de voz cada vez más alto, terminando con el clásico «no tienes ni puta idea» y su correspondiente «tú sí que no tienes ni puta idea».

Como sabe cualquiera que haya discutido con alguien de política o de fútbol, no todo el mundo es razonable. Están los creyentes, con quienes no se puede razonar porque su juicio está nublado por sus ganas de creer.
Foto de BocaDorada
Y luego están los fanáticos, con quienes no cabe argumentación de ningún tipo ya que no comparten nuestra base para la argumentación (por ejemplo, nuestros principios). Las personas nos enzarzamos una y otra vez en discusiones con gente así a pesar de que tales disquisiciones no tienen salida lógica. ¿Alguien ha logrado convencer alguna vez a su interlocutor de que cambiara su bufanda del F. C. Barcelona por una del Real Madrid mediante argumentos racionales?

Mi mejor amiga cree que es fea (no lo es). La abuela de mi amigo cree que Rajoy sacará a España de la crisis (la economía mejora o empeora por razones distintas y a distinto ritmo; una sola persona no puede arrojarse todo el mérito o la culpa). Mi hermana cree en Dios (el ejemplo más ilustrativo de creencia). Carl Sagan dijo: «You can't convince a believer of anything; for their belief is not based on evidence, it's based on a deep seated need to believe». Recordemos a Mulder, de Expediente X, con su póster del ovni y la frase «I want to believe» en él inscrita. La creencia surge del convencimiento interno. No sólo no depende de las pruebas (a veces su única prueba es una sensación, sentimiento o preferencia del creyente, es decir, algo no nacido de la razón), sino que a veces existe a pesar de las pruebas. Pensemos en la fe, que consiste en aceptar lo improbable o lo imposible sin pedir ninguna prueba, en tomar algo como cierto solo por nuestra propia confianza en que sea cierto. Para mi hermana la falta de pruebas en favor de la existencia de Dios no es un problema para su creencia. Todo lo contrario: es poner a prueba su fe. Y su fe requiere superar dicha prueba. La creencia se perpetúa a sí misma.

Hasta los quince años yo también creía en Dios, pero después perdí la fe. Al ser las creencias algo subjetivo creo que los cambios en ellas suelen venir de dentro, no porque alguien logre persuadirnos. En un momento dado empezamos a interpretar los mismos factores externos de forma distinta, cambiamos el peso relativo que otorgamos a nuestro valores, ocurre algo que trastoca nuestra visón del mundo... y uno empieza a pensar que quizá todos esos jóvenes deberían estar buscando trabajo en lugar de acampar en una plaza, cuando resulta que a su edad compartíamos su forma de obrar.  Con la edad y la experiencia cambian los objetivos vitales, las preferencias, los esquemas mentales, etc., lo que lleva de forma natural a que creamos en cosas distintas.

Si las creencias se quedaran en el ámbito privado tal vez sería indiferente lo que cada uno crea. Pero no es así: las creencias afectan al mundo. El filósofo británico Frank Ramsey pensaba en ellas como en mapas con los que nos guíamos o conducimos («maps which one steers»). Es decir, nuestras creencias guían nuestro comportamiento. Cuando una creencia está equivocada lo que hacemos basándonos en ella también lo está. Uno puede creer que es una mierda inútil y pegarse un tiro. O creer que las vacunas son nocivas y no inmunizar a sus hijos. O creer que su pareja le engaña y serle infiel como venganza. O creer que los aficionados del otro equipo son el enemigo y deben ser combatidos. O, de forma más banal, creer que la verdura engorda y dejar de tomarla. Así pues ¿no deberíamos examinar nuestras creencias minuciosa y periódicamente?

El fanatismo es el caso extremo de una ideología o religión. Podría considerarse también un caso extremo de creencia, pero no es exactamente así. Como dijimos al principio, no se puede discutir con un creyente porque él quiere creer. El caso del fanático está en otro nivel, uno donde no se trata de las pruebas, sino de las premisas mismas de la discusión.

Tomemos, por ejemplo, el caso de Anders Behring Breivik, cuyo juicio por el asesinato de 77 personas ha terminado esta semana. Él ha declarado:
«Los atentados del 22 de julio fueron ataques preventivos en defensa de mi grupo étnico, y por eso no puedo reconocer la culpa. Actué en nombre de mi pueblo, mi religión y mi país. Exijo ser puesto en libertad.»
El ilustrado francés Voltaire se preguntaba ya en el siglo XVIII:
«¿Qué se puede responder a un hombre que nos dice que quiere obedecer más a dios que a los hombres y que por tanto está seguro de ganarse el cielo matándonos?»
Hubert Schleichert deja claro que no hay nada que hacer:
«Naturalmente, se intenta reiteradamente reconducir la discusión con un fanático a la forma estándar de argumentación, es decir, encontrar una base común para la argumentación, por ejemplo apelando a los derechos humanos, sentimientos elementales o la responsabilidad por el futuro de la humanidad. Semejante proceder es optimista y se basa en la suposición de que el fanático extrae conclusiones falsas de principios que compartimos con él. Pero uno debe ser cuidadoso con semejantes suposiciones. No debe considerarse al fanático como inconsecuente o intelectualmente limitado, esto es, como si él y noostros compartiéramos los mismos principios supremos aunque él no sea lo suficientemente inteligente para aplicarlos correctamente. Debe afrontarse el hecho de que puede discutirse sobre los principios mismos y que al hacerlo no es posible recurrir a otros principios superiores».
Es una perspectiva deprimente. No hay ningún Principia que demuestre inequívocamente que no se debe matar, o que debemos observar en todo momento alguna versión de la regla de oro (no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan, tratar a los demás como querríamos ser tratados), o que nuestro comportamiento deba poder ser ley universal. Todo ello es discutible en su nivel más básico y elemental, y no se puede demostrar con certeza matemática (de ahí que surjan movimientos como el relativismo postmoderno). Nadie podrá convencer a Breivik de que lo que hizo es una atrocidad; ese salvaje no comparte nuestra máximas ni nuestro sistema de valores.

Hubo un tiempo en el que pensaba que la gente creía y hacía cosas erróneas porque no contaba con toda la información necesaria, no sabía razonar correctamente o no tenía en cuenta todos los argumentos relacionados con el quid de la cuestión. Pero el libro de Schleichert me hizo darme cuenta de que no se trata de eso; lo que ocurre en realidad es que las ideologías son indecidibles. Uno puede hacer como los niños y preguntar «¿por qué?» una y otra y otra vez hasta que el otro deba a recurrir a una premisa tomada como axioma, momento en el que se puede invocar la premisa contraria, convirtiendo la discusión en un asunto estéril de afirmación y contra-afirmación. Y todo para que, al final, resulte que el pan es un ingrediente tanto del gazpacho como del salmorejo.

domingo, 17 de junio de 2012

5,8 (VI)

El círculo se ha cerrado: hemos medido lo que nos ha parecido como hemos podido, y basándonos en eso hemos establecido unos objetivos como hemos querido, que hemos cumplido retorciendo lo medido. QED.

VI.
«Dadas éstas y otras complicaciones, unos datos buenos pueden estar diciéndonos cualquiera de estas cuatro cosas: a) todo va bien, los resultados están mejorando y los números reflejan lo que pasa; b) los números reflejan lo que pasa en las partes que estamos midiendo, pero no lo que pasa en los demás lugares; c) el resultado, tal como lo estamos midiendo, parece bueno, pero no es lo que parece porque se hacen trampas; d) las cifras son mentira.»
Siendo así las cosas, uno no se extraña cuando se siente como los animales de la granja de Orwell:
«Durante este año los animales trabajaron aún más duramente que el año anterior. [...] A veces les parecía que trabajaban más y no comían mejor que en la época de Jones. Los domingos por la mañana Squealer, sujetando un papel largo con una pata, les leía largas listas de cifras, demostrando que la producción de toda clase de víveres había aumentado en un 200 por ciento, 300 por ciento, o 500 por ciento, según el caso. Los animales no vieron motivo para no creerle, especialmente porque no podían recordar con claridad cómo eran las cosas antes de la Rebelión. Aun así, preferían a veces tener menos cifras y más comida.
Foto de mabelzzz
[...] la vida seguía siendo dura. El invierno era tan frío como el anterior, y la comida aún más escasa. Nuevamente fueron reducidas todas las raciones, exceptuando las de los cerdos y las de los perros. «Una igualdad demasiado rígida en las raciones —explicó Squealer—, sería contraria a los principios del Animalismo». De cualquier manera no tuvo dificultad en demostrar a los demás que, en realidad, no estaban faltos de comida, cualesquiera que fueran las apariencias. Ciertamente, fue necesario hacer un reajuste de las raciones (Squealer siempre mencionaba esto como «reajuste», nunca como «reducción»), pero comparado con los tiempos de Jones, la mejoría era enorme. Leyéndoles las cifras con voz chillona y rápida, les demostró detalladamente que contaban con más avena, más heno, y más nabos de los que tenían en los tiempos de Jones; que trabajaban menos horas, que el agua que bebían era de mejor calidad, que vivían más años, que una mayor proporción de criaturas sobrevivía a la infancia y que tenían más paja en sus pesebres y menos pulgas. [...] Ellos sabían que la vida era dura y áspera, que muchas veces tenían hambre y frío, y generalmente estaban trabajando cuando no dormían. »
Ocurre continuamente. Reduces tu colesterol en sangre a menos de 200 mg/dL y aún así mueres de enfermedad coronaria. Las inversiones calificadas como AAA resultan ser CCC. Los resultados de las encuestas enviadas a tus clientes indican satisfacción pero los empleados que tratan directamente con ellos no oyen más que quejas. Elevas el PIB del país y más gente muere de hambre que antes porque los recursos están mal repartidos. Donde antes la deuda era de 1.000 millones ahora, con un segundo vistazo, es de 3.000. Reduces la listas de espera hospitalarias pero las operaciones siguen sin hacerse a tiempo. Alcanzas el objetivo del 3% de déficit y los problemas económicos siguen ahí. Hay más comida, más coches y más casas pero las personas son cada vez menos felices. Es lo que ocurre cuando tratas de gobernar el mundo a base de hojas de Microsoft Excel.

sábado, 9 de junio de 2012

Regreso al futuro

Algunos compañeros de trabajo piden comida a domicilio para no tener que cocinar. Han encontrado un servicio barato por el cual reciben cada semana el menú para los cinco días siguientes, eligen qué querrán comer cada día de la semana y listo, a la hora del almuerzo reciben su pedido en la oficina. Invariablemente, cada uno de esos días todos ellos han de recurrir a su propia chuleta para saber qué pidieron para ese día en concreto. Lo cual me resulta curioso, pues es como si no conocieran sus propias preferencias.

Pero no es eso. Cuando hay arroz con leche de postre, Benito sabe que es para él; es su postre favorito. Pero si hay pasta y arroz de primer plato, por ejemplo, siempre tiene que consultar su nota. Benito, como el resto de mis compañeros, y al igual que todos nosotros, no siempre es capaz de saber qué le apetecerá en el futuro.
Foto de Xjs-Khaos

La comida es, obviamente, un ejemplo banal; los problemas empiezan con cosas más importantes. Te compras una casa en el centro de la ciudad para estar cerca de una zona de copas; años después tienes hijos y preferirías vivir en un barrio de la periferia para que los niños corran libremente. Decides estudiar medicina y cuando muere tu primer paciente por un error tuyo descubres que ya no quieres ser médico. Te dedicas en cuerpo y alma a tu profesión para lograr el éxito y a los cuarenta años lamentas no haber formado una familia. Ahorras toda la vida y en tu jubilación te arrepientes no haber disfrutado el dinero cuando tu cuerpo estaba en plena forma. O, como decía el doctor Cox en Scrubs, «te casas con alguien que te recuerda a tu madre y luego recuerdas que odias a tu madre». El futuro está envuelto en una niebla formada por la impredicibilidad, no solo sobre cómo se desarrollarán los factores externos que te rodean, sino también sobre cómo cambiarás tú mismo.

Forma parte del vivir el adelantarnos a lo que querremos dentro de diez, veinte o cincuenta años. Pero la persona que serás mañana te es desconocida. Haces planes, llevas a cabo proyectos y preparas el terreno para un extraño, alguien del futuro que se llama igual que tú, pero cuyos deseos en realidad desconoces. Si, como pensaba MacIntyre, la capacidad de planear y comprometerse en proyectos a largo plazo es condición necesaria para encontrar sentido a la vida, entonces puede que actualmente estés dando sentido a una vida en cierto modo ajena.

Cuando era adolescente soñaba con tener un deportivo biplaza. Hoy conduzco un utilitario, y no se me ocurriría comprarme otra cosa. Aquel sueño de mi yo adolescente es tirar el dinero para mi yo actual.
Cuando llegó la hora de elegir una carrera universitaria dudé entre matemáticas, física, ciencias de la tierra y fisioterapia. Al final elegí la última y la abandoné, como ya conté. Yo me alegro de haberlo hecho: aunque quería aprender a curar a la gente con el tiempo me he dado cuenta de que en realidad no me gusta la gente. Los desconocidos son para mí fuente de ansiedad y mis habilidades sociales son nulas; mala cosa para un profesional de la salud o un profesor (que es lo que hubiera acabado siendo de haber optado por matemáticas o física). Cuando meditaba el cambio de rumbo profesional temía que si hacía de mi afición mi profesión pudiera dejar de gustarme, mas no ha sido el caso. Creo que esto me ha salido bien, aunque haya sido de casualidad.

Bertrand Russell escribió:
«El hábito de mirar al futuro y de creer que la vida no tiene otro sentido que el de producir el porvenir es pernicioso. No puede tener valor el todo si no lo tiene cada una de las partes. La vida no debe concebirse como un melodrama en el cual el héroe y la heroína atraviesan dificultades increíbles hasta llegar a un final dichoso»
Así que supongo que quien me aconsejó que me dedicara a lo que me apeteciera en ese momento tenía parte de razón. No parece tener mucho sentido preocuparse por todo esto. Al fin y al cabo ese yo futuro contrariado por las decisiones de mi yo presente no existe y quizá no llegue a existir. Acaso el mejor plan para el futuro sea simplemente dejarlo venir.

domingo, 27 de mayo de 2012

Crimen y castigo

De pequeño me gustaba acompañar a mi padre a las reuniones de vecinos. Convocadas entre semana a las nueve o diez de la tarde, los adultos se reunían en el garaje o en la escalera para discutir, cansados e irritables después de un día de trabajo, el orden del día. Invariablemente a dicho orden se agregaría un elemento por parte de una vecina, a saber, la instalación de contadores individuales de agua. La cerril mujer aseguraba que ella no gastaba tanto, y no estaba dispuesta a pagar el agua de los demás. Aún hoy no ha conseguido que se instalen.

Foto de Steve Snodgrass
En nuestra comunidad de vecinos el agua es un bien no excluible, es decir, no se puede cortar el agua a un único vecino. Actualmente la factura se divide equitativamente entre todos los pisos. No es el mejor sistema para quienes viven solos, como la señora mencionada, pero sí para las familias numerosas, que ven cómo su mayor consumo de agua es subvencionado en parte por todos los vecinos. En cualquier caso todo el mundo paga. ¿Por qué?

La respuestas es obvia: porque a quien no pague el recibo de la comunidad se le puede denunciar y obligarle a hacerlo. James Surowiecki escribió:
«¿por qué paga sus impuestos la gente en países como Estados Unidos, donde el índice de cumplimiento es relativamente alto? [...] Muchos participan y participarán mientras crean que todos los demás también participan. Tratándose de impuestos, los contribuyentes son lo que la historiadora Margaret Levi ha llamado «consentidores contingentes». Están dispuestos a pagar la parte que les toca en justicia, pero sólo si los demás hacen lo mismo, y sólo mientras crean que quienes no lo hacen tienen buenas probabilidades de ser atrapados y castigados».
Nadie paga recibos de buena gana -menos aún cuando el dinero es para que otros disfruten del bien o del servicio pagado-, pero nos fastidia menos si sabemos que los defraudadores serán identificados y sancionados. El castigo es una forma de incentivar la colaboración. En grupos pequeños se puede confiar en la reputación y la reciprocidad para que los individuos colaboren; es el modelo del que habló Invisible Kid. Pero en grupos muy grandes ese modelo ya no vale, porque la probabilidad de reencontrarse con alguien de quien nos hemos aprovechado es menor. Cuanto mayor es el grupo, más necesario es el castigo para que la gente colabore. Como dice Marc Hauser:
«Una vez que el tamaño del grupo sobrepasa el de un típico grupo de cazadores-recolectores -en torno a las 150 personas-, el castigo, en una u otra forma, resulta necesario para preservar una cooperación estable».
Al parecer, la cooperación a gran escala es una facultad humana. Según Hauser, actualmente no hay pruebas de que los animales tomen represalias con los individuos del grupo que se aprovechan. El mismo autor señala (ibídem):
«Dichos estudios [sobre altruismo recíproco] muestran una de estas tres cosas: los animales no practican la reciprocidad, los casos aparentes de reciprocación pueden explicarse de manera diferente (como mutualismo) o [...] indican que el altruismo recíproco es poco común, inestable o generado sólo en condiciones artificiales. Aunque muchos animales pueden estar motivados para reciprocar, o son demasiado lerdos o la tentación para no cooperar es demasiado grande o la presión selectiva demasiado débil».
«los humanos son, al parecer, los únicos animales dotados de una capacidad que permite la cooperación a gran escala entre individuos no emparentados y sostener relaciones estables basadas en la reciprocidad».
¿Qué ocurre cuando los parásitos de un grupo o sociedad se van de rositas? Que la cooperación se desvanece (ibídem):
«Diversos modelos matemáticos -que ayudan a revelar la plausibilidad de un fenómeno particular- muestran que la cooperación puede desarrollarse y permanecer estable si los individuos castigan a los defraudadores y a aquellos que dejan de castigarlos. En ausencia de castigo, la cooperación se deteriora a medida que los individuos abandonan».
Es lógico: a nadie le gusta que le tomen el pelo. Cuando la gente empieza a pensar que otros están delinquiendo y no les pasa nada, crece la sensación de estar haciendo el primo. Y uno empieza a pensar que por qué no hacer lo mismo.

Por tanto, si queremos que todos los miembros de la comunidad remen al unísono y en la misma dirección (acaso sea esa la única forma de poder avanzar) son intolerables casos como este:
«llegas a una caja quebrada, haces una gestión pésima que la aboca a una situación aún peor, cuando todo se vuelve negro te marchas, le cuestas a los españoles prácticamente lo mismo que los recortes en Sanidad y Educación, y encima te llevas una indemnización millonaria en el bolsillo».
El que la hace la tiene que pagar. Si no es por las buenas, aplicando el Estado las leyes vigentes (o modificándolas si se muestran insuficientes), la Historia nos ha enseñado que también puede ser por las malas.

sábado, 19 de mayo de 2012

5,8 (V)

Una vez que ya tenemos nuestro modelo -que no sabemos muy bien qué representa realmente ni en qué grado es fiable- el siguiente paso, como decíamos, es diseñar un plan de trabajo que nos haga tan ricos como para poder comprarle el chiringuito a Bill Gates. Es entonces cuando los mandamases se reúnen -«ninguno de nosotros es tan tonto como todos nosotros juntos»- para definir sus objetivos.

V.

Cuando los objetivos son números, tienen los mismos problemas que hemos visto hasta ahora. Mezclan todo simplificando en exceso:
«Lo más habitual es que un objetivo sólo sea verdadero en parte, enseñándonos un fragmento de la imagen. El ideal, obviamente, es que nos muestre el elefante completo, pero, sin ánimo de ofender a los números, la verdad es que casi nunca pueden enseñárnoslo.»
«De ahí que los objetivos tengan muchos problemas. Tratan, por necesidad, de captar de un vistazo una totalidad proteica a través de ese agujero de cerradura que es una cifra individual. Con los objetivos, la mejor estrategia es la misma que con las medias: pensar tanto en lo que no miden como en lo que sí, pensar en qué es lo que no se ve alrededor del ojo de la cerradura.»
Según cómo se definen se pueden se pueden alejar mucho o muchísimo de la realidad que tratan de representar:
«Según Gwyn Bevan, catedrático de Gestión de Empresas en la London School of Economics, y Christopher Hood, catedrático de Administración y fellow del All Souls College de Oxford, la actual fe en los objetivos reposa en dos creencias que se dan «heroicamente» por supuestas. La primera es el problema del elefante: las partes elegidas deben representar coherentemente el todo, una característica a la que llaman «sinécdoque», como la figura del lenguaje. »
Y medirlos distorsiona el resultado:
«La segunda creencia «heroicamente» asumida es que el objetivo se diseñará "a prueba de trucos".»

Foto de mediafury
Pero lo más interesante de los objetivos es, para mí, cómo se establecen. Retomemos uno de los ejemplos de los que hablamos en la primera parte: el fútbol. Supongamos que somos entrenadores del F. C. Barcelona y debemos fijar un objetivo para Lionel Messi de cara a la siguiente temporada, de cuya consecución dependería un sustancioso bonus. Lo más fácil sería decretar un número de goles como meta pero ¿cuántos? ¿Cincuenta, como ha marcado esta última temporada? ¿No deberíamos pedirle que mejore cada año? Así pues ¿qué tal si incrementamos su récord actual, digamos, un 10%, para fijar un objetivo de cincuenta y cinco goles? Aunque ya que estamos, si anotara sesenta o setenta tendríamos el título de liga casi asegurado. Pongamos cien para redondear (total, qué más da, cuanto más mejor). «Leo», le decimos, «tu objetivo para este año es marcar cien goles. Si no lo consigues no habrá prima. Incluso puede que te despidamos». Sin duda con esa frase nos aseguraremos de que se cumpla el objetivo. Si no le motiva la avaricia de la paga extra, lo hará el miedo del despido.

Cualquier aficionado al fútbol sabe que pedirle al argentino que marque cien goles en una sola temporada es una locura. Sin embargo, el proceso que nos ha llevado hasta tal cifra tiene lugar realmente en los consejos de administración de las empresas y gabinetes de gobierno. Quien crea que hay técnicas para determinar objetivos de modo científico mejor será que se desengañe; aunque existan no se usarán. Al fin y al cabo ¿por qué dejar que la realidad estropee nuestros sueños o arruine la firma de un contrato? He aquí un ejemplo sacado de Wall Street:
«we didn't know was how the valuations in an investment bank usually got done. After we learned, we called it doggy-style valuation because it was done backward. In an investment bank, the managing director figures out what reasonable valuation number he is going to need to tell the client in order to win the business. It then becomes the associate's job to work backward to figure out a way to display analysis that will validate the target value. In the process, associates try to convince themselves that what they're doing is solid analysis and not simply pure pretzel logic or high-level finance magic tricks.»
Lo mejor de unos objetivos absurdos es, desde el punto de vista de quien los establece, que su incumplimiento puede esgrimirse de la forma que mejor convenga: para despedir o bajar salarios y beneficios sociales, exigir más esfuerzo, como forma de presionar para llevar a cabo conductas reprobables... y un largo y deprimente etcétera.

Claro que, como suele decir mi padre, contra el vicio de pedir está la virtud de no dar. Hecha la ley, hecha la trampa. Leo Messi podría, por ejemplo, reclamar como suyos los goles que sus compañeros han marcado gracias al último pase del argentino. Quizá argumentara: «me he regateado a toda la defensa y al portero, y Villa sólo ha tenido que empujar el balón a la red». También podría anotar en su cuenta los tantos marcados por cualquier jugador a balón parado si la falta o el penalti se cometieron sobre la pulguita («he provocado la falta, mi compañero solo ha tenido que tirar el penalti»). Y podría seguir así las veces necesarias hasta llegar a cien. De nuevo el absurdo es evidente, pero este tipo de cosas también suceden en el mundo empresarial y político.

Más tarde, cuando la temporada haya pasado y Messi haya marcado cien «goles» (de los cuales solo veinte son «las acciones anteriormente conocidas como goles»), pero el Barcelona haya quedado en quinto lugar en el campeonato, el director de turno se preguntará cómo es que no han ganado el título. Probablemente acabe estableciendo como objetivo para la siguiente temporada trescientos o cuatrocientos goles (quinientos, para redondear). Al menos se han ahorrado el dinero de la prima y creerán tener excusa para sacar el látigo.





sábado, 12 de mayo de 2012

Aunque no sirva para nada

He amanecido con el timeline de Twitter lleno de referencias al 12M15M. Una crítica que he oído mucho acerca de este movimiento es que no sirve para nada, que no logrará cambiar las cosas. Para algunos es razón única y suficiente para no secundarlo. Lo mismo oí cuando se convocó la huelga general del pasado marzo. Y lo mismo se aduce en ocasiones para no hacer donaciones a ONG.

Es un razonamiento curioso: como no va a servir de nada no actúo. Como el sistema no va a cambiar no participo. Como habrá miles de millones de personas que mueran de inanición aunque dé todo lo que tengo, no doy nada. La idea general es que si se necesita hacer « para conseguir «, solo debemos ponernos en marcha cuando la consecución de « esté garantizada. Bajo mi punto de vista este argumento es más bien un atajo mental para justificarnos de forma rápida y económica.

Foto de Brian Sims
Para empezar, es difícil asegurar a priori que nuestro comportamiento vaya a verse acompañado del resultado esperado. ¿Deberíamos proceder solo cuando estuviéramos seguros al ciento por ciento de que lograremos lo que queremos? Sería necio negar que hay ocasiones en las que nuestros esfuerzos no serán fructíferos, y eso era sabido de antemano (Por supuesto, Impossible is nothing. Quizá mi hermana llegue a ser Papa, pero yo no me haré muchas ilusiones, al menos mientras no la hagan cardenal).

En otros casos lo que hagamos influye tan poco en el desenlace que es como si no hubiéramos hecho nada. Por ejemplo, nuestro voto individual no afectará al resultado de unas elecciones generales, así que es estúpido votar (y así piensan los economistas). Del mismo modo, tampoco deberíamos ir al campo a animar a nuestro equipo de fútbol porque nuestros vítores no se traducirán en goles. Sin embargo la gente vota y los campos de fútbol se llenan. ¿Por qué lo hacen, si no va a servir para nada?

Una posible razón es, en el caso del balompié, poder achuchar a esos prohombres sobrepagados para que corran tras la pelota (la posibilidad de un botellazo acrecienta la buena disposición del atleta). Una alternativa más plausible sería que el aficionado goza con el ambiente del partido. En el caso del voto, puede que vayamos a las urnas porque la abstención beneficia a la opción mayoritaria y dicha opción es contraria a nuestras preferencias. O porque queremos mostrar nuestro malestar usando embutido como metáfora. O, simplemente, porque es un derecho. Así pues, puede haber múltiple razones hacer algo.

Eso significa que podemos errar al identificar el objetivo buscado con una acción. Tomemos el sexo como ejemplo. Creo que estaremos de acuerdo en que el fin último del sexo es la reproducción, la concepción de una nueva criatura. Pero ¿cuántas personas tienen relaciones sexuales poniendo todas las barreras posibles para evitar un embarazo? Si solo tenemos que hacer las cosas cuando sabemos que obtendremos lo que se espera de ellas, y si el fin del sexo es la procreación, fornicar para no tener un hijo carece de sentido y, por tanto, deberíamos abstenernos.
Pero todos sabemos que el sexo sirve para muchas cosas. El propósito más inmediato tal vez sea obtener gustirrinín. Hay quien lo toma como sustituto del gimnasio, o como bien de intercambio en sus negociaciones. También puede usarse como venganza o para pasar el rato y conocer gente. Que el objeto de un comportamiento no sea el que originalmente lo alumbró o el que nosotros pensamos que debería ser no implica que tal actividad sea inútil y, por tanto, prescindible según la lógica que estamos tratando.

Por último, hay cosas que deben hacerse porque sí (es ahora cuando llega la artillería pesada en forma de cita de algún ilustre pensador fallecido tiempo ha, así que prepárese el lector para asentir solemnemente). Fue Kant quien distinguió entre proceder para conseguir algo o hacerlo porque es necesario:
«Todos los imperativos mandan hipotéticamente o categóricamente. Los primeros representan la necesidad práctica de una acción posible como medio para conseguir alguna otra cosa que se quiere (o es posible que se quiera). El imperativo categórico sería el que representaría una acción como objetivamente necesaria por sí misma, sin referencia a ningún otro fin.»

Es decir, en ocasiones se debe obrar ya que es lo debido. No digo que el 12M15M en concreto o la huega general sean uno de esos casos; lo que se puede decir acerca de ambos asuntos pertenece a un orden de cosas distinto al que ahora me interesa. Pero sí creo firmemente que ofrecer nuestro dinero y nuestro tiempo a organizaciones como Médicos Sin Fronteras o Ayuda en acción es una de esas cosas que deben hacerse aunque no vayamos a solucionar los problemas que tratan de resolver, porque son buenas en sí mismas, porque son necesarias y porque es lo correcto moralmente.

Pensar que una acción vaya a servir de poco o nada no tiene por qué restarle valor y no conlleva que inmediatamente deba ser deshechada. Además, aunque no hemos hablado de ello, a menudo es difícil prever el efecto final que tendrán nuestros actos. Qué debe hacerse y cómo, eso ya es otro cantar.

sábado, 5 de mayo de 2012

Por qué todo el mundo es idiota (menos tú y yo)

Eva Arguiñano tiene un programa de televisión en el que un participante acude al plató para que la cocinera le enseñe a preparar un menú más o menos elaborado, de modo que el participante pueda ofrecérselo más tarde a sus amigos o familiares. La cámara sigue al concursante en su proceso de aprendizaje con Eva así como en la elaboración de la cena final, tras la cual los invitados dan su opinión sobre el anfitrión. Pocas veces el resultado final se parece al creado por la profesional, lo cual es comprensible dado que algunos de los que acuden al programa apenas tienen experiencia en la cocina. Incluso los que son duchos en tareas culinarias suelen errar.

Lo que me llama la atención es que, independientemente de su experiencia previa, todo el mundo acaba personalizando la receta: sustituyen unos ingredientes por otros, cambian los tiempos de cocción u horneado, invierten el orden de los pasos... y los comensales acaban sufriendo las consecuencias. Hasta el más torpe con los fogones cree saber más que la Arguiñano, la cual lleva cocinando para la televisión desde 1991. En su desconocimiento del proceso estos maestros cocinillas acaban, como dijo aquella, liándola parda. Es un ejemplo concreto de un fenómeno más general: creerse más listo que el resto.

Puede que el lector se haya encontrado en la situación que voy a describir. Tenemos un cajón, maleta o armario lleno a reventar, un objeto más que debe ir dentro de dicho cajón, maleta o armario, y una ley física que dice que dos cuerpos no pueden ocupar a la vez el mismo espacio. Frente a todo eso, uno mismo, quizá decidido y confiado, con la triunfante frase ya preparada en la cabeza («¿ves como cabía?»); o tal vez temeroso frente a la tarea que nos ha sido impuesta por el ser querido. Y al lado o detrás, alguien observando la operación.

¿Cuál es el proceso? Empujas el objeto. Empujas aún más. Intentas ayudarte con todo el peso de tu cuerpo. Recolocas un poco las cosas que ya había metidas para intentar hacer sitio. Sigues empujando. Refunfuñas. Continúas a empellones. La física gana y te detienes para reconsiderar tu estrategia o recobrar el aliento.

Llegados a este punto es común que quien hasta ese momento miraba piense que estás haciendo algo mal, que eres un inútil y por eso no puedes cerrar la maleta, y que si uno quiere que las cosas salgan bien las tiene que hacer por sí mismo. Entonces se vuelven las tornas. El hasta entonces espectador se convierte en actor, un cambio que suele declararse con la frase «anda, déjame a mí». Se repiten los envites, las maldiciones, los intentos de obtener espacio donde no lo hay y la victoria de la física.

Cuando alguien me quita de en medio y también fracasa en su intento no puedo evitar sonreír un poco por dentro. ¿Qué creías que iba a pasar? Solo se trata de guardar un objeto. ¿Qué vas a hacer que a mí no se me hubiera ocurrido? ¿Crees que soy imbécil? Por el contrario, cuando soy yo el que pretende enseñar al cafre y me sale el tiro por la culata no puedo evitar sentirme un poco avergonzado. Realmente me he pasado de listo. Solo se trata de guardar un objeto. ¿Qué solución se me iba a ocurrir a mí que no se le hubiera pasado ya por la cabeza a la otra persona?

Moraleja: cuando uno no puede guardar el último bote de champú es porque la maleta o el cajón están llenos. Cuando es otro el que no puede, la causa es su torpeza. La psicología actual nos dice que culpamos de nuestros fracasos a las circunstancias, mientras que los fracasos de los demás los achacamos a sus incapacidades personales (prejuicio o sesgo de atribución). No es ningún secreto que todos nos creemos más listos que los demás. Si creemos en el modelo de inteligencias múltiples, podemos creernos más listos que los demás en más categorías. Y si no somos especialmente brillantes no importa: todos el mundo «sabe» que los demás son idiotas.

Un botón de muestra. Frank Sulloway y Michael Shermer hicieron una encuesta en la que preguntaban a los encuestados por qué creen en Dios y por qué creen que otras personas creen en Dios. El resultado, según Shermer, fue el siguiente:
«Clasificando las respuestas por categorías, éstas fueron las más frecuentes:

POR QUÉ LA GENTE CREE EN DIOS

  1. Argumentos basados en el buen diseño/la belleza natural/la perfección/la complejidad del mundo del universo. (28,6%)
  2. La experiencia de Dios en la vida cotidiana/la sensación de que Dios está en nosotros. (20,6%)
  3. Creer en Dios reconforta, alivia, consuela y da sentido y un propósito a la vida. (10,3%)
  4. La Biblia así lo dice. (9,8%)
  5. Sólo porque sí,/por fe/o por la necesidad de creer en algo. (8,2%)

POR QUÉ CREE LA GENTE QUE OTRA GENTE CREE EN DIOS
  1. Creer en Dios reconforta, alivia, consuela y da sentido y un propósito a la vida. (26,3%)
  2. Las personas religiosas han sido educadas para creer en Dios. (22,4%)
  3. La experiencia de Dios en la vida cotidiana/la sensación de que Dios está en nosotros. (16,2%)
  4. Sólo porque sí/por fe/o por la necesidad de creer en algo. (13,0%)
  5. La gente cree porque teme a la muerte y a lo desconocido. (9,1%)
  6. Argumentos basados en el buen diseño/la belleza natural/la perfección/la complejidad del mundo o del universo. (6,0%)
Adviértase que las razones para creer en Dios de base intelectual [...] que figuran en primer y segundo lugar en la primera pregunta, caen al sexto y tercer lugar en la segunda. Ocupando su lugar como las dos razones más frecuentes de por qué otras personas creen en Dios estaban las categorías basadas en lo emocional [...] es casi nueve veces más probable que la gente atribuya su propia fe en Dios a motivos racionales que que atribuya a ese mismo tipo de motivos la fe de los demás, que atribuye a motivos emocionales.»
Es decir, que uno mismo cree en Dios porque es la conclusión lógica, mientras que los demás lo hacen porque son unos lloricas pusilánimes o unos fanáticos miembros del rebaño.

Debemos, pues, ser cautos. Como ya dijimos, no todo el mundo es idiota porque sí (al menos, no siempre). A menudo la estupidez de alguien está solo en la mente del que mira.

sábado, 28 de abril de 2012

El correo del lector

Nos escribe una lectora (tú también puedes hacerlo) para hacernos la siguiente pregunta y dejarnos una reflexión:
«Dejando al margen los números me remito a la medicina y la ética, sobre cómo ante un mismo fenómeno reaccionan de forma tan distinta valorando, midiendo y aplicando criterios que llevan a modelos tan opuestos y llegado el caso ¿a cuál de ellas recurrir? Porque cada una ha hecho su propia medición (en la que no han incluido y/o exluido los mismos aspectos). Entiendo que las ciencias sociales son las encargadas de analizar por cual nos decantamos finalmente (será por la influencia de nuestra conciencia y nuestro egoísmo o todo lo contrario, creo que más bien lo primero).»
Dado que Invisible Kid anda camino del país del sol naciente (bon voyage!) contestaré yo.

Foto de Ente inexistente
Creo que es una buena pregunta para la que me temo que no tengo una buena respuesta. Solo en el campo mencionado de la medicina hay posturas enfrentadas entre las cuales es difícil decidirse. Ante la misma enfermedad, un cirujano propondrá operar y un médico internista querrá tratar al paciente con medicación. Cada uno va a lo que sabe hacer; cuando alguien solo tiene un martillo, todos los problemas le parecen clavos. Por eso creo que debemos enfocar los problemas desde varias perspectivas. Sin embargo, ello hace aún más difícil saber qué hacer, como veremos enseguida.

Si tenemos que elegir un modelo y desechar otro para determinar cómo actuar, lo lógico sería optar por el que sea mejor, tal vez haciendo una lista de pros y contras. No obstante, como dice Steven Landsburg, las listas de ese tipo no suelen contener la respuesta:
«One of the first rules of policy analysis is that you can never prove that a policy is desirable by listing its benefits. It goes without saying that nearly any policy anybody can dream up has some advantages. If you want to defend a policy, your task is not to demonstrate that it does some good, but that it does more good than harm. And if you are going to argue that a program does more good than harm, you must at least implicitly take a stand on a fundamental philosophical issue. Put most succinctly, the issue is: What does more mean?[...] 
It is easy to get carried away making long lists of pros and cons, all the while forgetting that sooner or later we must decide how many cons it takes to outweigh a particular pro. We can commission experts to estimate costs and benefits, but when the costs are measured in apples and the benefits in oranges, mere arithmetic can't illuminate the path to righteousness. When all the facts are in, we still need a moral philosophy to guide our decisions» (el subrayado es mío).
Así pues, para saber qué modelo es mejor debemos establecer antes qué significa mejor, una tarea nada fácil. Tomemos como ejemplo las acciones del gobierno actual de España. Su modelo económico dicta que ha de reducir el gasto como sea, aunque eso implique degradar la educación o la atención sanitaria. Con ello se están pasando por la piedra un modelo ético en el que la sanidad y la educación sean accesibles independientemente de los recursos económicos, algo que parece deseable por sí mismo.

La cuestión es ¿qué es mejor: un estado económicamente sano que pueda dar esos servicios en el futuro, o un estado endeudado que los mantenga hoy? Algunos dirán que hay que salir del atolladero aunque haya algunas víctimas, con tal de que no nos hundamos todos. Otros pensarán que hay derechos irrenunciables y se debe apechugar con ello, mal que nos perjudique a todos los demás. Cómo actuamos finalmente depende de lo que valoramos como más importante, lo cual no coincide siempre con lo que es correcto.

domingo, 22 de abril de 2012

5,8 (IV)


Hasta ahora hemos visto los problemas que conlleva reducir las cosas a cifras pero ¿por qué querríamos hacer tal cosa, en cualquier caso? Una respuesta plausible es que con los números se pueden crear modelos.

IV.

Un modelo es una simplificación de la realidad, un mundo imaginario que nos ayuda a entender el real mediante la eliminación de lo superfluo, dejándonos únicamente con lo esencial. Según Scott Page, los modelos nos permiten entender mejor el mundo mediante la organización de la información; nos dotan de marcos para hacer predicciones más precisas, para formular las mejores estrategias y el diseño de mejores políticas.

En este contexto los modelos son abstracciones que pueden representarse matemáticamente. Es posible utilizar funciones para conocer el estado del modelo (que debería representar el estado de la realidad), o para saber cómo están relacionados diferentes aspectos de la realidad (por ejemplo, cómo afecta el paro al consumo). Es gracias al entendimiento proporcionado por un modelo que podemos hacer predicciones.

Probablemente sea la física la ciencia que mayor partido le ha sacado a los modelos. Esta disciplina hace un uso intensivo de los mismos y sus éxitos son indudables. Desde hace tiempo se intenta extender dicho proceder a las ciencias humanas, aplicando la física a las ciencias sociales y a la economía. La idea que subyace es que los fenómenos sociales complejos son tan regulares y susceptibles de previsión como una órbita planetaria.

Pero incluso la física ha visto cómo sus modelos no siempre dan cuenta de la realidad. El modelo de gravitación de Newton, por ejemplo, aunque correcto y útil en lo general, no podía explicar la precesión del perihelio de Mercurio. 

En ocasiones los modelos son demasiado simples. Para quien no lo conozca, he aquí el chiste de la vaca esférica mencionado en la tercera parte:
Un ingeniero, un matemático y un físico llegan de visita a una granja y el granjero les pide que midan el volumen de una de sus vacas.
El ingeniero llena de agua un depósito, mete a la vaca dentro, mide el volumen de agua desplazado y da la respuesta.
El matemático construye un modelo parametrizable en base a la altura del bovino y distancia desde la cabeza a la cola, hace un programa en C++ y lo presenta al granjero como solución general con la que puede averiguar el volumen de todas las vacas que quiera con un error de sólo 5%.
El físico inicia su razonamiento así: “supongamos que la vaca es esférica…”.
La gracia del chiste es que los físicos a menudo reducen el problema a la forma más simple que se pueda imaginar con el fin de hacer los cálculos más factibles, a pesar de que esta simplificación puede obstaculizar la aplicación del modelo a la realidad.

Bajo mi punto de vista, los logros actuales de los modelos socioeconómicos distan mucho de los de las ciencias naturales. Creo que parte del problema radica, como hace entrever el chiste, en la simplificación del modelo. Pero también pienso que se debe a lo que hemos visto hasta ahora: qué se mide y cómo. Las ciencias sociales no cuentan con definiciones tan precisas como las de segundo para medir conceptos como calidad, riesgo, felicidad o satisfacción.

Así pues, los modelos deben manejarse con cautela. Como explica Marcos Pérez:
«Llega un momento en cualquier proceso de abstracción en el que perdemos el contacto con la realidad, y pasamos a manipular puras abstracciones. Esto no tiene por qué ser malo en sí mismo, si recordamos que estamos simplificando los elementos de dicha realidad. El problema llega cuando nos enamoramos de dichas abstracciones y las conclusiones a las que nos llevan las confundimos con la propia realidad que intentan describir.»
Es importante no perder la perspectiva sobre lo que un modelo está dejando fuera. Puede ocurrir que no estemos teniendo en cuenta factores importantes porque no son fáciles de medir o hemos creído -incorrectamente- que no eran relevantes. No todo lo que es importante se puede contar, y no todo lo que se puede contar cuenta. Tomar decisiones o hacer predicciones basadas en arquetipos incorrectos es como centrarse en la parte nítida de una fotografía borrosa. No podemos olvidarnos del conjunto y centrarnos solo en la parte que vemos bien; de lo contrario lo que se estará manejando es una caricatura deletérea.

Charles Babbage dijo: «Los errores debidos al uso de datos inadecuados son menos graves que los debidos a no usar ninguna clase de datos». ¿Es mejor, pues, usar un modelo incorrecto que ningún modelo en absoluto? Nassim Taleb opina que no:
«Such models induce fragilities and bring harm. We're better off with no model than with a defective model, something people understand intuitively, but they tend to forget when they don’t have “skin in the game.” If you are a passenger on a plane and the pilot tells you he has a faulty map, you get off the plane; you don’t stay and say“well, there is nothing better.”»
Un modelo económico o social incorrecto puede hacer mucho daño a las personas, como de hecho ha ocurrido con la crisis financiera empezada en 2007. Las funciones de estado de los modelos usados por Moody's, Standard & Poor's y Fitch devolvían una "triple A" que era asumida acríticamente. Y así nos ha ido.

sábado, 7 de abril de 2012

5,8 (III)

Apenas hemos visto dos de los problemas que conlleva medir algo y ya estamos como aquel físico del chiste, suponiendo una vaca esférica. Aunque si a los físicos les dan tan buenos resultado sus modelos simplificados ¿por qué no iban a dárnoslos también a nosotros?

III

Hay un cliché de la gestión empresarial que reza así: «lo que no se mide no se puede gestionar». Por una de esas casualidades de la vida, el director general de la empresa para la que trabajo ha tenido a bien enviarnos una nota con la frase destacada en negrilla. He visto la frasecita impresa por doquier, pero nunca una argumentación que demuestre su veracidad. Me pregunto si no se asume como axioma simplemente porque todo el mundo la cacarea.

Foto de Pink Sherbet Photography
En cualquier caso, uno no se funde la pasta en un MBA para luego no aplicar lo que le enseñan. De modo que nos liamos la manta a la cabeza y nos preparamos para medir y así poder gestionar lo que quiera que sea. El asunto se plantea bien sencillo:
  1. Decidimos qué queremos medir. 
  2. Decidimos cómo lo medimos. 
  3. Medimos.
  4. Diseñamos un plan de acción apropiado.
  5. Nos forramos.
Hasta ahora hemos hablado de las dificultades planteadas por el primer punto (qué medir). Llegamos ahora al escollo que implica la medición en sí misma:
La mayor parte de las veces no nos paramos a pensar, «¿de dónde han sacado esa cifra?». Disponemos de ellas con tanta inmediatez que hemos llegado a pensar que reunirlas es fácil. Y de fácil no tiene nada. Nunca hay que dar por supuesto que existe un método obvio para obtener una respuesta cierta. Muy pocas veces recibimos la respuesta completa, así que buscamos la forma de averiguar al menos una parte, y luego confiamos en la deducción y en nuestra capacidad de adivinar.
Medir supone al menos tres grandes problemas. El primero, ya tratado, consiste en ponerse de acuerdo sobre qué significa realmente lo que se quiere calibrar (recuerde el lector el ejemplo de las relaciones sexuales). El segundo problema es el agente encargado de tomar los valores, que no deja de ser un humano con limitaciones, alguien que puede hacer un trabajo bueno o malo:
«Los datos suelen ser de mala calidad porque el esfuerzo que se pone en ellos se hace a regañadientes, a mala idea, y se va posponiendo como algo pesado y monótono. Son malos, en esencia, porque a menudo los hacemos ser malos.
Por último, están aquellos que deben proporcionar los datos, individuos a los que probablemente se la sople tu proyecto aunque tus intenciones sean las mejores:
Intente usted medir algo risiblemente elemental sobre las personas -su fecha de nacimiento, digamos-, y se dará cuenta de lo protestones que son: la gente se cansa, se irrita, les da pereza, les ofenden las preguntas tontas, están convencidos de que «ellos» -los que preguntan- probablemente sepan ya la respuesta o realmente no necesiten saberla para nada; la gente, en realidad, tiende a todo tipo de conductas patosas, lo cual resulta de esperar y por otra parte completamente normal, y es capaz de echar por tierra cualquier proyecto. La conciencia sobre la fragilidad de las cifras empieza por comprender lo imprevisible que es el comportamiento de la gente.»
El diablo se esconde allí donde el número debe obtenerse de una persona. Los humanos somos muchas cosas, pero desde luego no somos máquinas de precisión. Víctimas de nuestros sesgos, errores heurísticos, emociones, esperanzas y demás, es casi imposible que demos un dato fiable. ¿Qué hombre va a decirle el tamaño real de su pene a una entrevistadora? ¿Quién va a decirle a su jefe lo que de verdad piensa de él? ¿Qué director general va a mostrar el verdadero balance a sus empleados, a sus inversores o a Hacienda?
El mero hecho de medir altera el resultado. Sobre el papel todos somos más listos, más altos y más guapos, y todo va mejor -o peor- de lo que realmente va, según nos convenga.

domingo, 1 de abril de 2012

5,8 (II)


Foto de Teosaurio
Aunque el número total de goles no sea suficiente para dirimir quién es el mejor delantero, al menos es fácil de obtener. Los goles se marcan a la vista de todo el mundo y tienen la ventaja, además, de que no admiten graduaciones: o es gol o no lo es. Por emplear la expresión de Blastland, podemos decir «de cabeza, Zidane, pelota en el fondo de la red, tanto anotado, todo correcto». Pero, a menudo, contar no es tan sencillo como parece a simple vista.

II
«Cada vez que contamos algo, lo definimos; decimos que las cosas que estamos contando son tan parecidas como para ponerlas en el mismo montón. Pero la mayoría de las cosas importantes que contamos son informes; como la gente, se comportan de formas raras, tienen sutiles y no tan sutiles diferencias. No se quedan quietas: cambian, sus circunstancias difieren en aspectos importantes».
Valga como ejemplo la siguiente historia. Conocí a un grupo de chicos, de esos que se creen a punto de ponerle el hierro a toda yegua, que cada fin de semana apostaban sobre cuánto ligarían (cosas raras que hacen algunos hombres, oiga). Para esta jarca priápica el ganador del bote sería aquel que más relaciones sexuales hubiera tenido. Incluso ellos se dieron cuenta de que medir tal cosa no iba a ser fácil, porque el marcador final dependería de lo que se entendiera por relación sexual. Para Bill Clinton, por ejemplo, la succión del pene por parte de una becaria no entraba en esa categoría. Así que en primer lugar los participantes hubieron de ponerse de acuerdo en la definición. ¿Debía haber penetración? ¿Era suficiente con sexo bucal? ¿Unilateral o bilateral? ¿Tenía que haber orgasmo? Etcétera, etcétera. Al final optaron por un sistema de puntuación según lo ocurrido (desde un punto por «tocamientos» hasta diez por «final feliz»).

Los números pueden ser engañosos desde su concepción:
«En la base de muchos de estos problemas está la simple realidad de que medir no es un acto pasivo; el hacerlo introduce cambios en lo que se está midiendo. Muchas de las mediciones de las que oímos hablar todos los días, llevadas al extremo, pueden convertir el mundo en una caricatura, haciéndolo cambiar de una forma que nunca se tuvo en mente. Los números son puros y verdaderos; las cuentas casi nunca lo son. Esa limitación no anula por completo el hecho de contar, pero, si la olvidamos, el mundo que creemos conocer a través de las cifras no será sino una limpia y ordenada ilusión óptica».
Por eso, aunque intentemos acercarnos más a la realidad elaborando una clasificación basada en varias medidas (como en los videojuegos de fútbol, donde los jugadores se describen numéricamente según diferentes aptitudes: velocidad, resistencia, tiro, pase, etc.) la imprecisión se mantiene, porque el problema no es solo el reduccionismo de la cifra aislada; ocurre también que los números no siempre representan fielmente lo que tratan de valorar. Aún peor, cuando calificamos algo según varios aspectos por necesidad hemos de tomar algunos y descartar otros. De nuevo se está añadiendo subjetividad al resultado, ya que lo que uno considera suficientemente importante como para mesurarlo puede no serlo para otro, y lo mismo ocurre con lo que se deja fuera.

Hay cosas que son tan vagas o imprecisas que tratar de calibrarlas es -utilizando una metáfora de Julian Biaggini- como intentar clavar natillas en la pared. No todo tiene guarismo.