lunes, 24 de noviembre de 2014

Por qué las personas inteligentes dicen tonterías

Tuve la suerte de conocer en persona a Fernando Jiménez del Oso. Para la gran mayoría su nombre está asociado a lo paranormal, a los programas de televisión Historias para no dormir y Más allá (entre otros), así como a las revistas Espacio y Tiempo y Enigmas. Sin embargo, para mí su nombre está ligado a su faceta más mundana, la de su trabajo diario. Jiménez del Oso era licenciado en Medicina y Cirugía y se especializó en psiquiatría. Tenía su consulta privada en un chalet de no recuerdo qué zona de una gran metrópoli. Allí fue donde le conocí, como el psiquiatra que ayudaba a uno de los miembros de mi familia. El despacho en el que atendía a sus pacientes era impresionante: espacioso, luminoso, decorado con gusto, repleto de libros y objetos exóticos traídos de sus viajes. Era verano y tenía sobre la mesa una jarra de agua helada para sus pacientes y un vaso de coca cola con hielo para él. Solo esos pedazos de cristal tenían aspecto de valer más que el coche en el que mi padre nos había llevado allí. Recuerdo al doctor como un hombre avejentado aunque físicamente imponente, alto y grande, vestido con su bata blanca, con grandes bolsas bajos los ojos y una voz profunda y penetrante que te encandilaba. Se mostraba amable, educado, accesible y poseía un gran sentido del humor. Que era sumamente inteligente quedaba claro enseguida. Afortunadamente, también era un buen psiquiatra y evitó que tuviéramos que ingresar a esa persona de nuestra familia en un hospital psiquiátrico.

Foto de Niels Linneberg
En mi charla con él comenté de pasada que nadie había vuelto de la muerte, a lo que replicó: «eso es lo que tú te crees». Jiménez del Oso fue un ejemplo perfecto de esas personas inteligentes que creen cosas raras a las que se refiere Michael Shermer en su libro Por qué creemos en cosas raras: pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo. ¿Cómo puede un ser adulto bien educado, inteligente y con mundo creer en algo como «las caras de Bélmez»? El análisis de Shermer da tres razones principales que el autor resume en una única frase:

La gente lista cree en cosas raras porque está entrenada para defender creencias a las que ha llegado por razones poco inteligentes.
Como explica en otra parte del libro:

Como son más inteligentes y han recibido más formación que los demás, los listos son más capaces de justificar sus creencias con razones intelectuales, aunque las hayan adquirido por razones no intelectuales. Pero los listos, como el común de los mortales, se dan cuenta de que las necesidades emocionales y el hecho de haber sido educado para creer en algo es la forma en que la mayoría llegamos a creer en lo que creemos. Y entonces interviene el prejuicio de la atribución intelectual, especialmente en la gente lista, para justificar esas creencias por raras que sean.
John Stuart Mill, el célebre filósofo, político y economista del siglo XIX, defendió varias reformas sociales significativas adelantadas a su tiempo, tales como los sindicatos y las cooperativas, la abolición de la esclavitud en Estados Unidos y el voto femenino. Los argumentos que desarrolló tienen la solvencia y robustez propias de un filósofo que ha pasado la prueba del tiempo y cuyas obras siguen siendo leídas e influyentes dos siglos más tarde. En su crítica sobre la esclavitud en norteamérica, verbigracia, Mill preguntaba de forma retórica si alguien había preguntado a los esclavos qué querían ellos, una visión nada habitual en una época en la que las necesidades de esa clase social no se tenían en cuenta en los debates políticos:

Before admitting the authority of any persons, as organs of the will of the people, to dispose of the whole political existence of a country, I ask to see whether their credentials are from the whole, or only from a part. And first, it is necessary to ask, Have the slaves been consulted? Has their will been counted as any part in the estimate of collective volition? They are a part of the population. However natural in the country itself, it is rather cool in English writers who talk so glibly of the ten millions (I believe there are only eight), to pass over the very existence of four millions who must abhor the idea of separation. Remember, we consider them to be human beings, entitled to human rights.
En este sentido, el filósofo británico fue un progresista que defendió posturas que hoy nos parecen obviamente correctas, pero que contravenían lo que era la opinión común en su momento. Sin embargo, Mill también era miembro de la Compañía de las Indias Orientales, monopolio del imperio inglés que gobernaba la India por aquel entonces. Paradójicamente, mientras defendía la autodeterminación y los derechos de los esclavos en una parte del mundo, abogaba por un depotismo benevolente en otra, basándose en una visión de la India como sociedad bárbara que debía ser intervenida:

The rules of ordinary international morality imply reciprocity. But barbarians will not reciprocate. They cannot be depended on for observing any rules. Their minds are not capable of so great an effort, nor their will sufficiently under the influence of distant motives. In the next place, nations which are still barbarous have not yet got beyond the period during which it is likely to be for their benefit that they should be conquered and held in subjection by foreigners. Independence and nationality, so essential to the due growth and development of a people further advanced in improvement, are generally impediments to theirs.
No deja de ser llamativo cómo uno de los grandes pensadores de la Historia pudo defender una postura tan racista y defectuosa, sobre todo si tenemos en cuenta que chocaba frontalmente con las tesis expuestas en sus obras más relevantes y conocidas. Sin duda, Mill era muy capaz de defender y justificar sus opiniones equivocadas.

Ronald Aylmer Fisher también era inglés, pero su campo del saber abarcaba la biología evolucionista (Richard Dawkins lo califica como el mayor biólogo desde Darwin), la genética, las matemáticas y la estadística. Es el responsable de muchos de los métodos que se usan ampliamente hoy día en este último campo, así como del desarrollo del método y el vocabulario de la significación estadística. Sin embargo, en los últimos años de su vida, también esta mente privilegiada cometió un notable error de juicio. Tal como relata Nate Silver:

The issue concerned cigarette smoking and lung cancer. In the 1950s, a large volume of research [...] claimed there was a connection between the two, a connection that is of course widely accepted today.
Fisher spent much of his late life fighting against these conclusions, publishing letters in prestigious publications including The British Medical Journal and Nature. He did not deny that the statistical relationship between cigarettes and lung cancer was fairly strong in these studies, but he claimed it was a case of correlation mistaken for causation, comparing it to a historical correlation between apple imports and marriage rates in England. At one point, he argued that lung cancer caused cigarette smoking and not the other way around—the idea, apparently, was that people might take up smoking for relief from their lung pain.
Fisher negó la relación entre tabaco y cáncer de pulmón aun cuando por aquel entonces ya había una buena cantidad de pruebas estadísticas y ensayos clínicos llevados a cabo por una amplia variedad de investigadores en diversos contextos que demostraban la relación causal entre ambos. La idea de que el tabaco podía causar cáncer de pulmón se había ido convirtiendo rápidamente en el consenso científico pero ¿cómo iba a discutirle nadie a un gigante de la estadística lo que podía inferirse de tales estudios? Actualmente, en uno de esos ejemplos de cómo la historia rima, no es difícil encontrar personas inteligentes que niegan el calentamiento global.

Una persona inteligente puede decir tonterías por muchas razones. Para empezar, puede que le estén pagando para ello, lo cual no es raro cuando se discuten cuestiones con valor político o económico. O puede que el asunto tratado se salga de su área de conocimiento pero la persona en cuestión sea de las que se comporta con la misma petulancia en aquello que ignora que en la porciúncula de universo en la que es eminente. Quizá estén en juego sus intereses y solo ande defendiendo sus privilegios. O tal vez se deba a que algo pone en entredicho sus creencias, en cuyo caso la inteligencia puede ayudarnos a construir sólidas defensas alrededor de las mismas. Los datos pueden escogerse y retorcerse para justificar lo que creemos y desdeñar a quienes piensan lo contrario. Siempre es posible cuestionar los números en sí, los métodos con que se obtuvieron, las interpretaciones de los mismos o la honestidad, intenciones e ideología de quien los proporciona. Las líneas argumentales pueden contorsionarse y adaptarse añadiendo excepciones o puntualizaciones según nos convenga. Los argumentos rivales pueden deformarse o caricaturizarse en alguna de las formas recogidas por Schopenhauer. La inteligencia no solo se convierte así en puntal de nuestras creencias, sino también en una muralla que impide a las de los demás trastocar nuestro mundo (ibídem Shermer):

[A] las personas inteligentes se les da mejor racionalizar sus creencias con argumentos razonados, pero, como consecuencia de ello, están menos abiertas a considerar las opiniones ajenas. Así pues, aunque la inteligencia no afecta a lo que creemos, sí influye en la forma en que las creencias se justifican, racionalizan y defienden, después de que las hayamos adquirido por razones que nada tienen que ver con la inteligencia.
Todos vivimos inmersos en la niebla de nuestras propias convicciones. Las observaciones se filtran a través de nuestro modelo del mundo. Los grandes pensadores de la historia, así como las personas más inteligentes del mundo actual, no son inmunes a ello. La inteligencia es un arma de doble filo que puede actuar como antídoto frente a historias mágicas, cuentos chinos y malos argumentos pero también nos sirve para proteger creencias que han crecido dentro de nosotros por razones aleatorias como nuestro año y lugar de nacimiento, nuestra clase social, nuestra cultura, etcétera.

Hubo una época en la que pensaba: «si ese tío tan listo defiende esa postura quizá sea porque su inteligencia le permite percibir algo que yo soy incapaz de ver. Si fuera tan listo como él ¿defendería su misma postura?». Con el tiempo he aprendido que no tiene por qué ser así. Parafraseando a Shermer, las personas inteligentes dicen tonterías porque están entrenadas para defender puntos de vista equivocados a los que han arribado por razones que poco o nada tiene que ver con su inteligencia. Y es que, como decía mi querido Jiménez del Oso (que en paz descanse): «en contra de lo que la mayoría cree, la inteligencia nada tiene que ver con la madurez: se puede ser una lumbrera en Biología o en Astrofísica y tonto de las posaderas en otros aspectos».

lunes, 17 de noviembre de 2014

Mamá, quiero ser artista

Siguiendo con la tradición familiar, Eduvigis estudió Derecho y comenzó a trabajar en el bufete de su padre con algunos de sus clientes. Aquello no le gustó mucho y optó por hacer unos cuantos cursos de gestión de proyectos IT, tras los cual dejó el negocio familiar en favor de la consultoría. Como era de esperar, ese cosmos de intercambio de tarjetas de visita, gráficos de colores, palabras que no existen, retrasos, lloros y gritos tampoco formaba ante sus ojos un cuadro deseable, por lo que empezó a dedicar parte de su tiempo libre a hacer pequeñas apuestas en forma de proyectos personales. Finalmente, una de dichas apuestas tuvo el éxito suficiente como para atraer clientes, lo que le permitió abandonar el mundo de la consultoría y establecerse como trabajadora autónoma, laborando como bloguera, community manager, diseñadora y maquetadora, todo ello sin necesidad de salir de su domicilio.

Foto de IM Seongbin
La historia de Eduvigis representa tres formas comunes de elegir una carrera profesional: la conformidad con la norma o el grupo, la búsqueda de la seguridad económica y, por último, la dedicación a lo que se nos da bien y nos entusiasma. Pero lo que es interesante de su experiencia es cómo ha ido pasando de un trabajo a otro obteniendo cada vez un grado mayor de control y de satisfacción, acabando en algo que nada tiene que ver con lo que empezó. No solo es su propia jefa y trabaja desde casa, sino que ha conseguido librarse de las cadenas de la especialización y «hacer la T» en el sentido expuesto por Invisible Kid.

No es el único ejemplo que conozco. Gertrudis trabajaba exitosamente en una empresa de publicidad hasta que se le hincharon los ovarios y decidió montar su propia consulta de psicología. Leopoldo pasó de la administración de sistemas a la seguridad corporativa, y de ahí al diseño de frontend como autónomo, lo que le permite trabajar a su aire desde cualquier parte del mundo, eligiendo el número de horas que quiere dedicar. Uno de mis mejores amigos solo terminó la educación básica pero ha logrado progresar desde el típico trabajo en la multinacional de las hamburguesas a uno de monitor de actividades físicas en el que trabaja la mitad de horas que un servidor y cobra el doble.

En So Good They Can't Ignore You, Cal Newport cuenta la historia de Lisa Feuer, una mujer que, como Eduvigis, estaba harta del mundo empresarial y decidió dedicarse a algo totalmente distinto que le apasionaba:

At the age of thirty-eight, Feuer quit her career in advertising and marketing. Chafing under the constraints of corporate life, she started to question whether this was her calling. “I’d watched my husband go into business for himself, and I felt like I could do it, too,” she said. So she decided to give entrepreneurship a try.
[...] Feuer enrolled in a two-hundred-hour yoga instruction course, tapping a home equity loan to pay the $4,000 tuition. Certification in hand, she started Karma Kids Yoga, a yoga practice focused on young children and pregnant women. “I love what I do,” she told the reporter when justifying the difficulties of starting a freelance business.
Por desgracia, las cosas no fueron bien para Lisa. Apenas un año después de su cambio de vida esta mujer necesitaba ayuda para poder comprar comida:

As the recession hit in 2008, Feuer’s business struggled. One of the gyms where she taught closed. Then two classes she offered at a local public high school were dropped, and with the tightening economy, demands for private lessons diminished. In 2009, when she was profiled for the Times, she was on track to make only $15,000 for the year. Toward the conclusion of the profile, Feuer sends the reporter a text message: “I’m at the food stamp office now, waiting.” It’s signed: “Sent from my iPhone.”
¿Es el éxito de Eduvigis y el fracaso de Lisa una cuestión de suerte? No según Newport. Este autor señala que cuando dedicamos años a una profesión no solo estamos pagando facturas, también estamos adquiriendo experiencia y ciertas destrezas circunscritas a un ámbito determinado, algo que él llama career capital. Como todas las inversiones, este «capital de carrera» toma cierto tiempo para construirse. El comienzo siempre es lo más difícil («como poner un tren en marcha»), pero una vez alcanzada cierta masa crítica el capital se retroalimenta y crece a mayor ritmo con el interés que genera. Dicho de otra forma: es mucho más difícil empezar de cero en una área nueva que aprender cosas nuevas en un ámbito en el que ya hemos trabajado, aunque solo esté parcialmente relacionado. El error de Lisa fue, por tanto, renunciar a todo lo que sabía y saltar directamente a un campo tan diferente donde no tenía «capital» suficiente para competir:

[G]reat work doesn’t just require great courage, but also skills of great (and real) value. When Feuer left her advertising career to start a yoga studio, not only did she discard the career capital acquired over many years in the marketing industry, but she transitioned into an unrelated field where she had almost no capital. Given yoga’s popularity, a one-month training program places Feuer pretty near the bottom of the skill hierarchy of yoga practitioners, making her a long way from being so good she can’t be ignored. According to career capital theory, she therefore has very little leverage in her yoga-working life. It’s unlikely, therefore, that things will go well for Feuer—which, unfortunately, is exactly what ended up happening.
Una de las lecciones que Newport enfatiza en su libro es que, si una persona decide cambiar y tratar de asumir más control sobre su vida, no debe renunciar al career capital que ha acumulado hasta ese momento para empezar de cero en algo nuevo. Sostiene que es mejor construir el nuevo «capital» requerido durante cierto tiempo y dar el paso únicamente cuando ya se tengan altas probabilidades de prosperar. Algo así es lo que hizo Scott Adams, el célebre dibujante de la tira cómica Dilbert. Como él mismo cuenta en sus memorias, Adams no dejó su empleo en Pacific Bell para ponerse a dibujar. En lugar de ello, además de trabajar en la compañía telefónica dedicaba un tiempo cada día a sus viñetas:

A principios de la década de 1990 Dilbert había tenido un éxito moderado, pero no hasta el punto, ni mucho menos, de que me sintiera tentado a abandonar mi trabajo diurno en la compañía telefónica Pacific Bell. Me levantaba a las cuatro de la madrugada para dibujar antes de ir al trabajo, y luego pasaba toda la jornada trabajando en mi cubículo carcelario y volvía a casa para dibujar toda la noche.
De manera similar, Eduvigis no dejó la abogacía para escribir un blog. Se valió de su formación en leyes para cambiar a otro sector –el de la consultoría IT– que en parte demandaba esos conocimientos (por ejemplo, para proyectos relacionados con la LOPD). Mientras se formaba en ese nuevo mundo fue probando diferentes tecnologías (redes sociales, foros, edición de vídeo) y haciendo pequeños experimentos con los que iba aprendiendo. Para cuando llegó el momento en que descubrió un hueco en la blogosfera que nadie había llenado, Eduvigis estaba perfectamente preparada para implementar su solución. Y eso fue lo que hizo.

Así pues, la forma recomendable de hacer «hacer la T» –según Newport– sería encadenar varias «Y», esto es, dedicar tiempo y esfuerzo a algo relacionado con lo que ya hacemos, apoyándonos en la experiencia y destrezas que ya poseemos para impulsarnos en un ámbito nuevo, pero no totalmente distinto. Una lección adicional que puede extraerse es la de abandonar pronto: si lo que haces no te gusta date prisa en cambiar, porque cuanta más experiencia acumules en un campo que quieres dejar más difícil te será y mucho más tendrás que perder.


Eduvigis es un ejemplo de éxito, pero también es mucho más la excepción que la regla. Para empezar, sus circunstancias personales no son nada comunes: procede de una familia adinerada, su padre regenta un negocio al que podría recurrir como última instancia, y posee otras fuentes de ingresos aparte de su trabajo que le permitieron acumular una cantidad de ahorros importante a la que pudo echar mano en la última parte del proceso. Además de todo lo anterior, hay que recalcar la fortuna que supuso para esta mujer el hecho de que apareciera un empleo en la economía (community manager) que no existía cuando empezó a estudiar, un rol que se adapta a sus gustos y preferencias. Si lo que le hubiera apasionado a esta mujer hubiera sido vender enciclopedias de puerta en puerta hoy no estaríamos hablando sobre ella.

Seguir el consejo de Cal Newport puede aumentar las probabilidades de éxito finales pero cada paso individual conlleva una nada despreciable probabilidad de fracaso (¿y si la crisis económica no me permite dejar mi puesto actual para ocupar el siguiente en mi plan?). La edad a la que decidimos cambiar, así como nuestro nivel de educación formal, pueden suponer un muro de gran altura (es mucho más difícil lograr una licenciatura a los cuarenta que a los veinte, no solo por capacidades mentales sino también por la cantidad de tiempo libre de la que uno dispone en cada etapa de la vida). Además, dado que cada paso depende del anterior, algunos caminos serán muy largos o difíciles, o directamente imposibles (de analista de malware a estrella del rock, por ejemplo).

En cierta modo, la evolución profesional se parece a la natural: cuando se escala el monte, una vez elegido cierto camino solo puede andarse por ramificaciones del mismo. Mejor eso que tener que empezar de nuevo desde abajo.

Obviamente un cambio radical de profesión requiere mucho tiempo y esfuerzo, así como una buena cantidad de coraje para afrontar la incertidumbre de cada paso (sin olvidar la imprescindible suerte a nuestro favor). No es de extrañar, por tanto, que sean pocos los que lo consiguen. Siempre es más fácil no hacer nada, refunfuñar, convencerse a uno mismo de que lo que se tiene no está tan mal, tratar de alargar la hora del café lo más posible y buscar solaz en otras áreas de la vida. Quién quiere aprender a desempeñar un nuevo trabajo cuando puede usar ese tiempo para ir a jugar con sus hijos en el parque.

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Qué quieres ser de mayor?

Faltaban pocos meses para las pruebas de acceso a la universidad cuando nos llevaron de visita por las facultades a las charlas que cada año se organizaban para futuros estudiantes. Allí nos juntamos con otros tantos alumnos del resto de institutos de la ciudad a oír a los profesores contar lo que cada una de sus respectivas escuelas ofrecía, tanto en términos educativos como en lo referente a perspectivas profesionales. Háganse cargo de la situación: teníamos dieciocho años, no sabíamos nada de la vida, nuestro cerebro aún sufría los efectos secundarios de la adolescencia y no teníamos prácticamente experiencia en tomar decisiones importantes bajo condiciones de incertidumbre. En esas circunstancias nos hacían elegir a qué dedicar el resto de la vida.

Foto de Lauren Macdonald
Ante aquella encrucijada cada uno aplicaba su propia heurística. Algunos los tenían muy claro, bien porque iban a seguir la carrera de sus padres (como Jesús, que en lugar de licenciarse iba a convertirse en policía) o porque estos le habían impuesto prácticamente su sugerencia (el caso de Maru, quien ya sabía mucho antes de terminar el bachillerato que estudiaría ingeniería industrial). Otros optaron por lo que parecía que tenía más demanda en el mercado laboral en aquel entonces, y que no recuerdo qué era. Estaban los que, como Anita, eran reticentes a dejarse guiar por su pasión (la biología en este caso) cuando esta tenía altas probabilidades de resultar en ser profesor. Finalmente, había un grupo numeroso de compañeros que escogerían entre aquello que su nota les permitiera y que aterrizarían en Estadística, Informática y otras carreras que acabarían abandonando.

No hay que ser muy listo para darse cuenta de la cantidad de problemas que supone el sistema actual. Aún somos ignorantes cuando se nos obliga a decidir nuestra profesión y, para más inri, no se nos proporciona información adecuada sobre lo que significa optar por cada vía. Es como si se nos forzara a contratar una hipoteca para comprar una casa de la que hemos visto únicamente el anuncio en un portal inmobiliario (y sin fotos). Creo que en la mayoría de los casos uno no sabe si de verdad le gusta ser médico, ingeniero o profesor hasta que ha vivido el día a día de la profesión, pero para entonces ya es demasiado tarde y ya se está atrapado en cierta medida en lo que ha elegido. No es de extrañar que muchos se equivoquen y quieran cambiar de ocupación más adelante.

Por desgracia, en la era de la superespecialización cambiar de carrera es sumamente complicado. Para empezar, como todo hijo de vecino sabe es más difícil encontrar trabajo cuando no se tiene experiencia en el sector, lo que da lugar a esa situación del tipo «pescadilla que se muerde la cola» en la que a uno no le contratan porque no tiene experiencia pero no puede adquirir dicha experiencia porque nadie le contrata, precisamente por no tener experiencia. A esta primera limitación se le une la edad, tanto en forma de prejuicio como en realidades prácticas. Cuando aún se está estudiando es posible optar a una beca, pero esa es una baza que personas de treinta o más años tienen complicado jugar. Por un lado está, como digo, el prejuicio («¿becario con treinta años?») pero también el hecho de no poder alimentar a tu prole con un sueldo de becario.

No obstante supongamos, por mor del argumento, que con la educación formal adecuada cualquier persona pudiera cambiar de profesión. Ocurre que la mayoría de titulaciones exige un esfuerzo a tiempo completo, como bien se encargó de recordarnos nuestro profesor el primer día de universidad («olvídense de sacarse esta carrera mientras trabajan», nos dijo). Incluso los cursos de las escuelas de negocios, especializadas en dar formación a trabajadores sénior, suponen una carga de trabajo irreconciliable con una familia y un trabajo de cuarenta horas a la semana. El MBA es un bien cuyo acceso está restringido a los privilegiados con dinero para costeárselo y que además pueden tomarse un año sabático para sacarlo adelante.

Es por todo lo anterior que una decisión tomada a corta edad se convierte a menudo en un molesto corsé para toda la vida. Para los trabajadores del conocimiento, hacer esa «T» de la que nos hablaba Invisible Kid es casi imposible en la práctica (a menos, claro está, que no se dependa del sueldo para vivir). Como escribe el economista Raghuram G. Rajam:

In the United States, life expectancy has increased by about 30 years since 1900, almost the span of an entire working career. Although more people today acquire advanced degrees, most still stop their formal education early in life, much as they did a hundred years ago. Education is still geared toward the first job, even though technological change, competition, and greater job mobility means that for most people, that first job, or even that first career, will not be the last. A system of formal education that terminates when one is twenty-five probably provides too much information related to the first few years of one’s career and too little knowledge for the half-century that follows. Would it not make more sense to deemphasize early specialization and offer more doses of formal education later on, so that individuals can cope with changes in environment and preferences?

Mis compañeros de instituto y yo tuvimos la suerte de contar con multitud de opciones, lo cual es estupendo y mucho más de lo que otros muchos tienen al alcance de la mano, pero no es suficiente. No es suficiente cuando solo puedes elegir entre todas esas alternativas una sola vez en la vida y, en caso de equivocarte, has de cargar con las consecuencias durante tres, cuatro o cinco décadas. No es suficiente cuando existe la posibilidad de que tu valor como trabajador se reduzca a cero según cambian las necesidades de la economía y avanza la automatización, y eso suponga acabar condenado al desempleo perpetuo. En palabras de Hayek:

Todos conocemos la trágica situación de los hombres muy especializados, cuya destreza, de difícil aprendizaje, ha perdido repentinamente su valor por causa de algún invento que beneficia grandemente al resto de la sociedad. La historia de los últimos cien años está llena de hechos de esta clase, algunos de los cuales afectaron a la vez a cientos de miles de personas.
En una época en la que no existe el trabajo para todo la vida y en la que a los empleadores se les llena la boca con palabras como «movilidad» o «flexibilidad» se requiere un sistema que permita a los ciudadanos hacer frente a la creciente incertidumbre en su vida como trabajadores. Es absurdo estar constreñidos por una única decisión tomada en la juventud, como si el mercado laboral, la sociedad o nosotros mismos no cambiáramos. Lo habitual es que haya una asimetría cognitiva y epistémica entre el yo adolescente y el yo actual, una diferencia importante entre lo que creíamos que íbamos a querer y lo que ha resultado que queremos, que genera tensiones muy difíciles de reconciliar si no es con un cambio. Por tanto, es importante, como ya decía el economista austríaco a mediados del siglo pasado, tener libertad para cambiar de empleo (ibídem Hayek):

Pocas gentes han dispuesto jamás de abundantes opciones en cuanto a ocupación. Pero lo que importa es contar con alguna opción; es que no estemos absolutamente atados a un determinado empleo elegido para nosotros o que elegimos en el pasado, y que si una situación se nos hace verdaderamente intolerable, o ponemos nuestro amor en otra, haya casi siempre un camino para el capacitado, que al precio de algún sacrificio le permita lograr su objetivo.
Conforme avanza la especialización y aumentan los años de vida laboral más necesarias se hacen a mi entender medidas que permitan a los trabajadores desarrollar nuevas capacidades o actualizar las que ya tienen, de manera que su pericia siga siendo relevante y puedan afrontar las crisis del mercado de trabajo. Un gran problema para ello es, obviamente, que las empresas tienen pocos incentivos para formar a sus trabajadores en algo que no sea la tarea que ya desempeñan, tarea que, a menudo, además de ser altamente especializada está tan circunscrita al contexto de la empresa que las capacidades cultivadas son irrelevantes fuera de ella. Mi experiencia me dice que muy pocas empresas ofrecen oportunidades serias de desarrollo profesional. Lo normal es que busquen a trabajadores que vengan estudiados de casa, que se mantengan al día por su cuenta y que no demanden cierta flexibilidad en el horario para acomodar su formación. Algunas empresas, como aquella en la que trabajo, llegan al punto de denegar explícitamente a su plantilla cursos para el desarrollo de competencias que exige continuamente, como los idiomas. Por pedir que no quede.

Una de las ideas que Rajam propone en su libro con el fin de tratar estos problemas que conlleva la especialización son años sabáticos pagados por el Estado para que los trabajadores se reciclen:

[A]s the length of working lives increases and as technology changes rapidly, more and more workers, especially in knowledge-based industries, are likely to find themselves with outdated and excessively specialized human capital. Academics typically get a sabbatical year once every seven years to renew their knowledge. (University of Chicago faculty are an exception: there is a presumption that we could not possibly learn more anywhere else on earth, so we don’t have sabbaticals.) As more workers come to resemble academics, perhaps employee sabbaticals should become more widespread. As the government could well benefit from the renewal of worker human capital, it could contemplate offering tax credits for workers who have worked for a number of years and decide to take a break to study or retool. Such a move would also put pressure on employers to allow such sabbaticals.
Personalmente, me encantaría poder contar con un año libre para aprender otras cosas sin que ello suponga menoscabar mi probabilidad de ser contratado, pero no cuento con que algo así llegue a ser realidad algún día.

Hace no mucho una compañera se unía al club de las lamentaciones formado por quienes descubren a los treinta que aquello que estudiaron no les gusta ni les interesa. Como ella, todos estamos controlados por la mano muerta del pasado, en este caso la mano de un adolescente que, con su pinta estrafalaria (era la moda de entonces, nos decimos) y su comportamiento a menudo vergonzoso, eligió cierto camino como mejor le pareció en nombre de un fantasma del futuro, un extraño con el que compartía nombre pero cuyos deseos en realidad desconocía.

lunes, 27 de octubre de 2014

Seis escalones de autoayuda

Primer escalón: deepities. Las frases que uno escribe en Twitter o se pone en los estados de WhatsApp. «Todos los triunfos nacen cuando nos atrevemos a comenzar». «Cada mañana puedes optar por seguir soñando o levantarte y luchar por ellos». «Haz lo que te dé la real gana pero que te haga feliz». Ya en su momento le dedicamos algunas palabras a este tipo de afirmaciones obvias que no son particularmente informativas ni verdaderamente profundas. El filósofo Daniel Dennett se refiere a ellas con el término deepities:
A deepity is a proposition that seems both important and true—and profound—but that achieves this effect by being ambiguous. On one reading it is manifestly false, but it would be earth-shaking if it were true; on the other reading it is true but trivial. The unwary listener picks up the glimmer of truth from the second reading, and the devastating importance from the first reading, and thinks, Wow! That’s a deepity.
A pesar de su banalidad, no hay que subestimar el valor de que a uno le recuerden lo que es obvio. Aquellos a quienes se les retiró la lactancia intelectual prematuramente pueden encontrar trascendente lo que para otros es evidente. Pero también las personas más inteligentes, aquellas que pueden verse perdidas en océanos de información y detalles, pueden necesitar que se les recuerde lo más básico y manifiesto.

Segundo escalón: El Alquimista. Un conjunto de deepities hilados en forma de historia breve y recogidos en un pequeño libro. El secreto. El monje que vendió su Ferrari. ¿Quién se ha llevado mi queso? La buena suerte. Jorge Bucay. Paulo Coelho, a quien Pérez-Reverte se refirió en una sátira al más puro estilo revertiano:

Busco al maestro, le digo mientras recobro el resuello. ¿A qué maestro?, me interroga a su vez, enigmática. ¿Al maestro Marina o al maestro Coelho? Y entonces comprendo la lección. Quien cree tenerlo claro, lo tiene oscuro. Y viceversa. Llego, por fin, a un monasterio de lamas. Y lo hago -lo noto en mi corazón- repleto de una sabiduría que te cagas. Allí, dándole vueltas a una carraca mientras pronuncia infatigable los nueve mil millones de nombres de Dios, encuentro a un hombre de mirada tranquila y canas venerables, que transmite paz y felicidad con la misma naturalidad con que Gaspar Rosety retransmite el partido del domingo. Cuéntame, maestro, digo. Cuén-ta-me lo que pa-só. Y entonces, el hombre responde: «Un viejo místico iraní se tomaba una caña en un bar de París cuando un rey y un visir que pasaban por allí le preguntaron: ¿Por dónde se va a Cáceres, si nos hace el favor? Y el viejo místico respondió: andes lo que andes, no andes por los Andes». Eso dice el de la carraca, y la sabiduría ilumina mi corazón. Y comprendo que puedo seguir llenando esta página otros diez años más. Por lo menos.
Son libros de doble satisfacción. De un lado, satisface nuestro apetito espiritual con un piscolabis de fácil deglución y digestión. De otro, calma nuestra sed de narrativa. Somos, ya lo decía MacIntyre, «animales que cuentan historias».

Foto de Jeremy Fernsler
Tercer escalón: consejos vendo. Fulgencio Geovidis ha alcanzado la paz interior, o la felicidad o el éxito, y escribe un libro para difundir su método. Cómo ganar amigos e influir en las personas. Los siete hábitos de la gente eficaz. Secretos de una mente millonaria. Siempre el mismo patrón: John Smith, de Iowa, era un pobre y desgraciado infeliz, miserable, desdichado y angustiado despojo humano cuya vida cambió radicalmente tras aplicar el método de Fulgencio. Casi inmediatamente se volvió más alto, guapo, listo, fuerte y rico. Logro la iluminación, le creció la jilla y aumentó su recuento de esperma. Chim-pon.

Cuarto escalón: life hacking. Remedios simples, basados en alguna prueba empírica, a problemas complejos. 59 segundos. Influencia: ciencia y práctica. Experimentos de psicología tomados por separado. Bakadesuyo.

Quinto escalón: psicología pop. La auténtica felicidad. Inteligencia emocional. Tus zonas erróneas. Tropezar con la felicidad. Aprenda optimismo. Busca en tu interior. La curiosidad superficial acerca de los últimos descubrimientos de la ciencia. Recetas y sistemas basados en la investigación. El conocimiento incompleto que lleva a conclusiones equivocadas o comportamientos absurdos. También la incertidumbre acerca de las corrientes enfrentadas y las teorías opuestas.

Sexto escalón: filosofía. La hipótesis de la felicidad. The Antidote. La conquista de la felicidad. Los clásicos, los pesos pesados: estoicos, Aristóteles, Bentham, Mill, Kant. Pensamiento crítico, de naturaleza escéptico. Asumir que no hay soluciones de talla única que tengan sentido para todo el mundo en todo momento, sino que depende de la circunstancia propia. Darse cuenta de que no hay respuestas definitivamente correctas, sino únicamente buenas direcciones. La certeza es cosa de necios. El escalón donde su uno se topa con los problemas epistemológicos de la psicología y comprende por qué su vida no ha cambiado a pesar de sus esfuerzos: el sesgo de publicación, el sesgo WEIRD,  el problema de la replicación de los resultados. Darse cuenta de que un resultado estadísticamente significativo no tiene por qué ser significativo en la práctica.

Y la búsqueda de significado. Alzarse por encima del vello de la espesa piel del conejo blanco. Entender que nuestras preocupaciones son parte de nuestra identidad y tal vez no debamos simplemente deshacernos de ellas. Comprender que hay ocasiones en que es mejor ver el vaso medio vacío, que dicha perspectiva también es valiosa. En definitiva, preguntarse y tratar de descifrar, como decía nuestro amigo Luis Tarrafeta en su blog, «cómo te aporta sentido -a ti- el puto vaso».

lunes, 20 de octubre de 2014

La muerte del webmaster

Hubo una época, allá por el cambio del siglo, en la que crear una página web era sinónimo de hombre orquesta. Por aquel entonces uno solía construir su propio ordenador al gusto, instalar su sistema operativo favorito, configurar la conexión a internet, montar el software de su servidor web, picar el código HTML, registrar su dominio y, finalmente, ponerlo a disposición del público. De principio a fin, aquel que tenía los conocimientos necesarios (no eran muchos) se lo guisaba y se lo comía. Hablo de aquel tiempo en el que a los estudiantes universitarios de informática se les sacaba de la facultad para trabajar por suculentos salarios, la era de las puntocom, el periodo en el que proliferaron aquellas páginas que rezaban «bienvenido a mi página web», lucían un contador de visitas y mostraban los gifs de «en construcción».

Foto de anyjazz65
Quince años después la cosa es bastante diferente, claro. Hoy ni siquiera hace falta tener ordenador para tener presencia en la world wide web, basta con una tablet o un smartphone. La conexión a internet en el mundo desarrollado se ha vuelto tan habitual como el agua potable que sale del grifo y las páginas personales han dado paso a los perfiles en redes sociales. Aquellos que aún quieren tener un sitio propio cuentan con cientos de servicios (Blogger, Wordpress, Tumblr, etcétera) que les permiten poner su proyecto en marcha sin necesidad de saber nada de código gracias a sus editores estilo Microsoft Word. El coste de entrada a eso del internet se ha reducido sustancialmente en apenas una década.

Antes, como digo, una sola persona podía hacerlo todo. Se era a la vez administrador de sistemas, programador, diseñador y publicista. Conforme la tecnología fue avanzando la complejidad aumentó, haciendo que cada vez fuera más complicado para un solo individuo cargar con todo el trabajo. En pocos años el desarrollo web entró en lo que Atul Gawande llama la fase B-17 (el énfasis es mío):

Una pequeña multitud de mandamases militares y ejecutivos de la industria contemplaba cómo el avión de prueba Model 299 rodaba por la pista de despegue. [...] El avión rugió sobre el asfalto, despegó con suavidad y ascendió abruptamente hasta alcanzar los noventa metros de altura. Después entró en pérdida, giró sobre un costado, se estrelló y explotó en llamas. Dos de los cinco miembros de la tripulación murieron [...].
La investigación posterior puso de manifiesto que no se había producido ninguna avería mecánica. El accidente se debió a un «error del piloto», decía el informe. El nuevo avión, mucho más complicado que aparatos anteriores, exigía que el piloto prestase atención a los cuatro motores [...], al tren de aterrizaje retráctil, a los alerones, al compensador [...] y a las hélices de velocidad constante [...]. El modelo Boeing fue considerado, en palabras de un periódico, «mucho avión para que lo pilotara un solo hombre».
[...] Finalmente, el ejército compró casi trece mil de aquellos aparatos, a los que apodó el B-17. Y, dado que entonces ya era posible pilotar aquel mastodonte, durante la Segunda Guerra Mundial el ejército contó con una superioridad aérea decisiva que posibilitó su devastadora campaña de bombardeo a lo largo y ancho de toda la Alemania nazi.
Gran parte de nuestro trabajo ha entrado en la acutalidad en su propia fase B-17. El trabajo de los diseñadores de software, los agentes financieros, bomberos, policías, abogados y, desde luego, los médicos, es ahora demasiado complejo para llevarlo a cabo confiando únicamente en la memoria. Una pléyade de profesiones, en otras palabras, se ha convertido en «demasiado avión para que lo pilote una sola persona».
Cuando la faena es demasiada carga para una sola persona no queda otra opción, mal que le pese a las empresas, que dividirla entre varios. Esto tiene como resultado que se añaden nuevos puestos de trabajo a la economía (el énfasis es mío):

In 1980 there was no Internet or cell phone network, most people did not travel by air, most of the advanced medical technologies in common use today did not yet exist, and only a minority attended college. In the areas of communication, transportation, health, and education, the changes have been profound. These changes have also had a powerful impact on the structure of employment: when output per head increases by 35 to 50 percent in thirty years, that means that a very large fraction—between a quarter and a third—of what is produced today, and therefore between a quarter and a third of occupations and jobs, did not exist thirty years ago.
Así, hoy día la creación y mantenimiento de sitios webs de cierta enjundia se reparte entre administradores de sistemas (montan la infraestructura de servidores), ingenieros de redes (encargados de las comunicaciones), programadores de backend (lidian con tareas en el lado del servidor), programadores de frontend (responsables de lo que ve el visitante de la página), diseñadores (logos, esquemas de colores, etc.) y community managers (los que se pasan todo el día en Twitter y Facebook) entre muchos otros. Cuanto mayor sea la empresa de la que hablamos, mayor es la especialización. A escala Google, Amazon o Facebook los roles se cuentan por cientos (se suman seguridad, almacenamiento, análisis de datos y, sobre todo, muchos mandos intermedios). Esta división del trabajo tiene la ventaja principal, como seguramente les enseñaron en la escuela a través del ejemplo de las fábricas de Henry Ford o el fabricante de agujas de Adam Smith, de aumentar la productividad (salvo en el caso de los jefes), lo cual teóricamente es estupendo para el consumidor, que obtiene más por menos dinero, y para el dueño de la empresa, que gana más. Sin embargo, como veremos a continuación es terrible para el trabajador.

Vivimos en la era del superespecialista, un periodo de la historia en el que muchos profesionales sabemos cada vez más sobre cada vez menos. «El especialista», escribía Ortega y Gasset a principios del siglo XX, «"sabe" muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto»:

No es sabio, porque ignora formalmente cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco es un ignorante, porque es "un hombre de ciencia" y conoce muy bien su porciúncula de universo». Habremos de decir que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio.
Convertirse en el típico cuñado enteradillo que todo lo sabe y salmodia contra quienes no comparten su punto de vista es bastante malo de por sí, pero hay otros muchos efectos perniciosos de la especialización. Los empleos creados, por ejemplo, no duran para siempre. Conforme el trabajo se divide en pequeños conjuntos de tareas cada vez más acotadas, más se abre la puerta a la automatización. Es cuestión de tiempo que muchas de las labores de las que les he hablado acaben siendo hechas enteramente por máquinas.

La división del trabajo tiene también su coste humano en forma de cargas psicológicas. El empleado ha de lidiar con el aburrimiento de enfrentarse siempre a los mismos problemas y con la alienación señalada por Karl Marx ya en 1844. En su momento nos referimos a ella cuando bosquejamos la dificultad que algunos tenemos para encontrar significado en lo que hacemos al estar enfocados en un cometido muy concreto y carecer de una visión de conjunto. Son relevantes a este respecto las observaciones del psicólogo e investigador Dan Ariely:

Opino que la división del trabajo es uno de los peligros de los trabajos que dependen de las tecnologías. La infraestructura moderna de las tecnologías de la información nos permite dividir los proyectos en partes ínfimas, muy diferenciadas, y asignarle a cada persona sólo una de las partes. Al hacerlo, las empresas corren el riesgo de menoscabar el sentido de conjunto, la comprensión de los objetivos y el sentido de los logros de los empleados. El trabajo muy especializado podría ser eficiente si las personas fueran autómatas, pero dada la repercusión de la motivación y el sentido personales en nuestros quehaceres y nuestra productividad, esta opción puede ser desastrosa. A falta de sentido, los trabajadores especializados pueden sentirse como el personaje de Charlie Chaplin en Tiempos modernos que, como estaba condenado a los engranajes y los piñones de una fábrica, era incapaz de entregarse en cuerpo y alma a su trabajo.
No obstante, después de una década dando el tajo el hecho que encuentro más oneroso es la trampa vital que a menudo supone el trabajo especializado, algo de lo que hablaremos en un próximo artículo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Adaptarse o morir

Hace un tiempo hablábamos del inevitable cambio, ese cambio que experimentamos sin apenas darnos cuenta con el paso de los años y el peso de la experiencia. Hoy hablaremos de aquellos cambios de dirección capaces de dar un giro a una vida u organización.

Por defecto la mayoría de nosotros es resistente al cambio en mayor o menor medida, ya que nos encontramos más a gusto en nuestra zona de confort, zona de la que nos cuesta salir y más aún hacer que salgan otros. Frases como «no me apetece», «no lo necesito», «me canso solo de pensarlo», «otro día»... son algunas de las que nos solemos decir a nosotros mismos ante la visión de un nuevo reto.

Si habéis visto la película Trabajo Basura es probable que os identifiquéis con esta frase:
Ever since I started working, every single day of my life has been worse than the day before it. So every day you see me, that's on the worst day of my life.
Conozco gente que podría opinar lo mismo, incluso seguro que muchos de vosotros os sentís identificados de alguna forma. Al fin y al cabo el trabajo lo es todo. Controla tu felicidad dentro y fuera del mismo.

Foto de allison
Ante esta situación tenemos dos opciones, asimilarlo o cambiarlo. Si optamos por la primera es probable que sea la solución más cómoda para nosotros pero ¿cuantas veces a lo largo de la vida nos arrepentiremos de no haber hecho algo cuando hemos podido? Está claro que la situación actual no nos permite muchos malabarismos laborales y todos sabemos que, por desgracia, pasada una edad ya no es tan fácil empezar de cero en otra especialidad. Lo que es una pena porque desde mi punto de vista sería la solución a la desidia que acaba por apoderarse de la mayoría de nosotros después de años en lo mismo.

Ante esto y, una vez enfrentados a la vida laboral, debemos elegir lo que nuestro corazón nos dice que será lo menos malo a largo plazo (siempre siendo realistas con nosotros mismos). De esta forma se podrán dar las siguientes opciones:

  1. Ya hacemos exactamente lo que queremos seguir haciendo pero aún hay mucho que aprender.
  2. No hacemos exactamente lo que nos gustaría pero estamos dentro del campo profesional adecuado. 
  3. Estamos en un campo profesional diferente y queremos cambiar completamente.

En el primer punto queremos seguir creciendo dentro de nuestra especialidad, ya que seguramente, como en la gran mayoría, haya un largo camino por recorrer dentro de la misma. En ese caso la experiencia nos proporcionará buena parte del camino por sí misma, pero si queremos llegar a abarcar lo máximo posible no será suficiente. Para ello se debería dejar un pequeño porcentaje del día a asimilar nuevos conceptos o practicar con situaciones que sabemos que no nos encontramos habitualmente pero que por nuestra posición es muy probable que un día tengamos que aplicarlo y estar preparados. Algo así como un aprendizaje en forma de X, con varios caminos posibles pero un centro común.

En el segundo punto el aprendizaje sería similar pero con forma de Y. Un camino principal que poco a poco se ha de ir bifurcando en busca de conocimientos más específicos sobre lo que queremos llegar a hacer, pero sin abandonar nunca el que es nuestro principal sustento (mientras lo siga siendo al menos).

En el tercero se asemejaría más a una T, ya que tenemos un camino del que no podemos prescindir pero pretendemos dar un cambio completo. Este es el más complejo de todos ya que sería el único caso en el que todo aquello que podamos aprender no solo no nos aportará nada a nuestra actual labor, sino que además requeriría de una mayor dedicación por nuestra parte.

La idea es, con apenas unos minutos al día, mantener el movimiento en nuestra cabeza de técnicas, ideas o conceptos que eviten el estancamiento y el miedo a enfrentarse a algo nuevo cuando llegue el día. Que siempre llega.

lunes, 6 de octubre de 2014

Recuerdos de otra vida

Todavía conservo algunas notas de aquel entonces. Teresa, muñeca rota. Masaje miofascial y movilizaciones. Antonina, cicatriz retráctil, corte del nervio cubital y de los flexores profundos. Movilizaciones, mesa de manos, hielo. Susana y Mercedes, sendas cervicodorsalgias. TENS, ejercicios de aplanamiento de lordosis cervical. Encarnación, hombro. TENS, Codman, autopasivos y hielo. Inés, artrosis de rodilla. TENS y ejercicios con el rulo. Jesús, muñeca rota. Movilizaciones resistidas, tracciones, mesa de manos, TENS estimulador y hielo. Además de estas notas también conservo una fotografía de aquella época. Sergio, Samuel, Jorge, Layla y un servidor junto a una de las fisioterapeutas más simpáticas del hospital, Sonia, todos sonrientes con el uniforme blanco. En aquella época mis compañeros y yo frisábamos los veinte años. Teníamos aún toda la vida por delante.

Foto de Christos Tsoumplekas
No recuerdo la cara de ninguno de los pacientes que aparecen en mis notas, ni los nombres de otros
cuyas historias sí. Estaba, verbigracia, aquella chica de catorce años con la palabra «genio» escrita en la frente, que una noche tuvo la feliz idea de subirse en una motocicleta junto con otras tres amigas. Un coche las embistió lateralmente y le partió la pierna a aquella niña por tres sitios. Fue una fractura abierta, con el fémur a la vista sobresaliendo del pantalón vaquero que había rajado. También teníamos a aquel hombre que trabajaba en una cantera y a quien le había caído en el pie un bloque de piedra gigante, aplastándole la extremidad; su radiografía parecía una pantalla de Tetris dibujada por un Pablo Picasso hasta las trancas de Red Bull. El pie despedía un olor fétido capaz de matar a mil elfos, no por el accidente sino por falta de higiene personal. La fisioterapeuta al cargo se vio en la delicada situación de decirle educadamente que si no venía duchado no habría más terapia manual.

Me acuerdo también de una mujer de Europa del Este, morena, pelo corto y piel nívea, que aquel día volvió a casa con el lomo del color de los turistas ingleses en Benidorm. Me preocupaba que le hubiéramos puesto el microondas demasiado fuerte y así se lo hice saber a mi tutora. «Es normal, no te preocupes», me dijo. El caso es que si hubo quemadura la mujer no se quejó, aunque tampoco estaba muy seguro de que hablara nuestro idioma. Tras mandarla a casa me fui a atender a una señora a la que acababan de operar del túnel carpiano y cuya cicatriz necesitaba tratamiento. Me preguntó «¿tú crees que esto quedará bien, como antes?». Le dije que sí, aunque en realidad dudaba bastante de que fuera el caso. Tenía también un paciente de unos treinta y cinco años que era ingeniero de telecomunicaciones y que me contaba chistes machistas, un taxista al que una vez apuñalaron en el cuello, un exfumador que casi no podía hablar tras habérsele sido extirpado un trozo del pulmón por un tumor, y un tipo del que todo el mundo sospechaba que solo se quejaba para prolongar su baja laboral.

A otras personas de las que conocí por aquel entonces sí que las recuerdo bien. Felicidad era una anciana octogenaria que en nada hacía honor a su nombre. Venía a rehabilitación a fortalecer la rodilla tras la colocación de una prótesis. Estaba sola. Su marido había muerto de un infarto cerebral el año anterior. Sus hijos tampoco estaban con ella, aunque no recuerdo la razón. Felicidad había sido operada muchas veces para extirparle diferentes órganos o trozos de órgano que habían sucumbido. También llevaba una prótesis de cadera. Vestida siempre de negro, no olvidaré la vez que me cogió  la mano tras colocarle el TENS en la rodilla. Aunque lo habitual es colocarlo y marcharse a ver a otro paciente, no pude dejarla. Me quedé con ella, de pie a su lado, sujetando su mano en silencio. Tumbada en la camilla, me había contado parte de su vida y una lágrima había resbalado por su mejilla, igual que le ocurre a mi abuela materna cuando habla de su difunto marido.

De todos los pacientes, los ancianos solían ser los más agradables. Uno de ellos incluso me dio el aguinaldo cuando se acercaba la navidad. Lo hizo a la manera en que los abuelos dan dinero a sus nietos, esto es, con el mismo disimulo que si estuvieran pasando droga. Este hombre había sido camionero y también estaba con nosotros por su prótesis de rodilla. Me contó que una vez se quedó sin frenos en una bajada y que, viendo que se dirigía directo hacia las casas de un pueblo, se lanzó con el camión fuera de la carretera, con la mala suerte de que en lugar de arcén había un barranco. Por fortuna no tuvo heridas graves.

A algunos pacientes se les llegaba a conocer realmente bien, pues ciertas rehabilitaciones pueden durar más allá de un año. Jesús, verbigracia, fue una de las primeras personas a las que atendí en mi primer año. Se había quedado hemipléjico tras un accidente cerebrovascular. La primera vez que mi compañero y yo le tratamos lo traían en silla de ruedas y nuestro cometido era trabajar para que fuera capaz de levantarse y sostenerse inmóvil de pie. Al año siguiente, yo andaba por la sala cuando le vi entrar andando por su propio pie. Aún debía sujetar el brazo afectado con el brazo sano pero era capaz de sentarse, levantarse y andar sin ayuda. No podías sino pensar que su recuperación era asombrosa.

Otra de las habituales era Encarni, una anciana muy salada cuya presencia iba siempre precedida de cierta algarabía. «¡Buenos días! ¡buenos días!», gritaba por todo el pasillo y la sala mientras la transportaban en la camilla. Vivía en un pueblo de la España profunda, bastante lejos del hospital. Siempre venía vestida con su delantal, que mudaba según la ocasión. «Mira qué delantal llevo hoy, niña. Es nuevo», le decía a nuestra tutora mientras le daba algo de vuelo a la prenda. Encarni también era hemipléjica, y además había desarrollado anosognosia, un trastorno por el cual el paciente niega su enfermedad. Con frecuencia se golpeaba la pierna paralizada con la pierna sana mientras gritaba «¡es esta cabrona, que no quiere moverse! ¡Venga!». Un día vino el ortopeda para colocarle un alza que le habían preparado con el objetivo de corregir su genuvalgo, pero resultó no ser de su talla y el efecto no fue muy bueno. Aquel día se le notó la desilusión en la cara. «Ella pensaba que iba a ser ponerse el alza y empezar a andar», nos dijo nuestra profesora. Por supuesto quedaba mucho tiempo para eso, si es que llegaba a pasar.

Además del trabajo en el gimnasio nuestra labor incluía visitas a pacientes ingresados en planta. Estaba aquella anciana a la que le dimos un andador y a la que tuvimos que frenar, pues poco menos que se puso a correr con el artefacto. Era uno de esos pacientes con exceso de motivación que pueden hacerse daño. Frente a ella estaba aquella otra mujer de mediana edad que se había fracturado el tobillo y que iba a necesitar muletas una temporada, a la que había que poner un plan de ejercicio que fortaleciera los músculos que iban a soportar su peso durante ese tiempo. Desgraciadamente, esa mujer estaba cansada antes de empezar. Solo hizo unas extensiones de brazo con una botella de agua y ya se quejaba, jadeando con los ojos cerrados como si hubiera escalado el Kilimanjaro. «Estoy muy cansada, estoy muy cansada». Rendida antes de empezar. Su aspecto y su actitud me recordaban a mi madre.

Fue en estas visitas por las plantas del hospital donde vi a los pacientes que más me impactaron. Eduardo era un anciano al que habían operado del cerebelo y que no podía comunicarse, únicamente emitía un gemido gutural inquietante. Nuestra tarea era levantarle de la cama, dar una vuelta con él por el pasillo y volver a acostarle. Era uno de esos casos que te hacía plantearte todas esas cuestiones sobre una vida digna de ser vivida. A pesar de lo malo de su estado aún era capaz de entendernos. «Abra los ojos, Eduardo», le repetía mi tutora una y otra vez mientras andábamos. Entre las muchas funciones de las que había perdido el control estaban los párpados, que se le cerraban sin que él se diera cuenta de que no veía. Claro que siempre hay otro que está peor. José era un paciente de la unidad del dolor que estaba literalmente en las últimas. Padecía un cáncer de huesos que se le había extendido por todo el cuerpo y estaba conectado a una unidad de morfina bajo demanda. Tenía los antebrazos llenos de tatuajes, ya azulados por el paso del tiempo: una sirena, un ancla y un corazón. La primera vez que fuimos a verle no pudimos tratarle, no recuerdo por qué. Solo hubo una breve charla con algunos miembros de su familia.

Parafraseando a Cees Noteebom, el recuerdo es como un gato que se tumba donde le place. Deambula de forma pseudoaleatoria y se comporta de manera algo impredecible, siempre sin hacer caso a nuestras órdenes. Guarda recuerdos intrascendentes sin saber por qué, olvida cosas que uno preferiría no olvidar y saca a la luz estas viejas memorias ahora, más de diez años después. «La memoria autobiográfica», escribe Douwe Draaisma, «es al mismo tiempo un libro de los recuerdos y un libro del olvido». Y prosigue:

Es como si dejáramos los apuntes de nuestra vida a cargo de un secretario díscolo con intereses propios, que registra minuciosamente lo que preferiríamos olvidar mientras que, en momentos de gloria, hace como si estuviera escribiendo diligentemente cuando, en realidad, ha enroscado disimuladamente el tapón de la estilográfica.
Es casi una obviedad decir que aquello que recordamos influye parcialmente en nuestra personalidad. Me pregunto en qué medida las cosas que no recordamos nos hacen ser quienes somos, si esas vivencias olvidadas dejan en nuestro interior algún eco que resuena en el presente a pesar de que ya no guardamos el recuerdo en sí. Me pregunto si alguno de esos pacientes cuyo nombre y problema ya no recuerdo todavía influye en algo de lo que pienso o hago, perdurando como vagas reminiscencias de aquella otra vida que dejé atrás.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Ser raro

                                   «Normal es el que sigue la norma. Si la norma es ser raro, ser raro es lo normal, y el más normal será el más raro.»

—Camera café

Hay una escena de Padre made in USA (American Dad) en la que Steve entra en su instituto con un aparatoso corsé para la espalda, claramente visible, que le han puesto como tratamiento de su escoliosis. Nada más cerrarse la puerta tras él se hace el silencio, uno de los alumnos le señala al tiempo que grita «¡diferente!» y todos –incluido sus amigos– empiezan a lanzarle a Steve lo que tienen a mano. A pesar de que su padre le explicaba antes de ir a clase que a nadie le importaría su nuevo aspecto, que lo que importa es lo que uno lleva dentro, Steve vuelve a casa con la palabra «Loser» escrita en la frente.

Por lo que parece ese maltrato al que se sale de la norma debe de ser algo bastante habitual en los institutos de Estados Unidos. En la pasada Comic Con de Denver una niña que estaba sufriendo en su escuela un trato en cierto modo similar al de Steve le preguntó al actor Will Wheaton si a él en el colegio le llamaban nerd. El vídeo con la respuesta de Wheaton logró cierta notoriedad, llegando incluso a la portada de Reddit, y el propio actor le dedicó un artículo en su blog.

When I was a boy I was called a nerd all the time—because I didn’t like sports, I loved to read, I liked math and science, I thought school was really cool—and it hurt a lot. Because it’s never ok when a person makes fun of you for something you didn’t choose. You know, we don’t choose to be nerds. We can’t help it that we like these things—and we shouldn’t apologize for liking these things.
I wish that I could tell you that there is really easy way to just not care, but the truth is it hurts.
[...] When a person makes fun of you, when a person is cruel to you, it has nothing to do with you. It’s not about what you said. It’s not about what you did. It’s not about what you love. It’s about them feeling bad about themselves. They feel sad.
[...]
And I will tell you this — it absolutely gets better as you get older.
I know it’s really hard in school when you’re surrounded by the same 400 people a day that pick on you and make you feel bad about yourself. But there’s 50,000 people here this weekend who went through the exact same thing—and we’re all doing really well.

So don’t you ever let a person make you feel bad because you love something they decided is only for nerds. You’re loving a thing that’s for you.
Foto de Nick Wheeler
Lo que me interesa de sus palabras no es el pseudoanálisis freudiano sobre los motivos del abusón sino la parte en la que le asegura a la niña que todo mejorará cuando se haga mayor. Lamentablemente, mi propia experiencia me dice que no va a haber caso (a menos que se haga rica y famosa, claro). El castigo al que es diferente no cesa en la vida adulta, solo se disfraza. La escena de Steve de la que les hablaba tiene un equivalente en su versión de adulto en otra comedia.

En el decimoséptimo episodio de Cómo conocí a vuestra madre, Marshall comienza una pasantía en la empresa de Barney. Ya el primer día vuelve a casa quejándose de que sus compañeros son imbéciles, pues se burlan de él y le marginan al no seguir al grupo en sus bromas obscenas. Cuando le pide consejo a Barney este le dice que piense en la frase del póster de los pingüinos que cuelga en su pared. Entonces Marshall lee la frase al pie de la imagen:
Marshall: «Semejanza. Es al diferente al que se abandona en el frío». ¿Esto es un póster motivacional?
Barney: Mírate, Marshall, no eres feliz. ¿Y sabes por qué? Porque eres diferente. Escucha, puedes aprender a amarte a ti mismo por ser el pequeño y singular copo de nieve que eres, o puedes cambiar por completo tu personalidad, que es mucho más fácil.
Ya se lo decía Kakashi a Sasuke en su primer entrenamiento: el clavo que despunta es el que recibe el martillazo. Lo que ocurre es que en la edad adulta los martillazos se trocan en comportamientos más aceptables socialmente. En lugar de golpes físicos se propinan puyas verbales o se llevan a cabo arteras maniobras de política de oficina, bien sea para beneficiar al que es semejante o bien para perjudicar directamente al que es diferente.

Lo paradójico del asunto es que, en mayor o menor media, todos nos tenemos por raros. Ello se debe en buena parte a que cada uno de nosotros tiene acceso a todos sus comportamientos y pensamientos, por lo que se es consciente de muchas extravagancias propias que se ocultan a los demás. Pero no solo nos tenemos por raros, en cierta medida también queremos ser raros. Nuestras singularidades soportan nuestra identidad en un contexto social, nos permiten vernos como una hormiga única en el conjunto del hormiguero. Por tanto, se da la curiosa circunstancia de que no nos gustan los que son diferentes pero al mismo tiempo cada uno de nosotros sí que quiere ser un tanto peculiar para diferenciarse de la masa del resto de individuos, una tensión que Alasdair MacIntyre recogió en su obra más conocida:

Nos encontramos en un mundo en que simultáneamente intentamos hacer predecible al resto de la sociedad e impredecibles a nosotros mismos, diseñar generalizaciones que capturen la conducta de los demás y moldear nuestra conducta en formas que eluden las generalizaciones que los demás forjen.
Yo llevo oyendo la cantinela del «qué raro eres» toda la vida, hasta el punto de que debe de ser la frase que más me dicen después del «buenos días». Los miembros de mi propia familia son los primeros en recordármelo periódicamente. Séame permitido decir aquí que soy el primero que desea no ser como soy, pero en ocasiones uno tiene que conformarse con lo que la naturaleza le da. Como dice Wheaton, no podemos evitar que nos guste aquello que nos gusta. El problema surge cuando nuestras costumbres o nuestros gustos no son «normales». Sin embargo, como decía el personaje de Arturo en Camera Café, «normal es el que sigue la norma», y esa norma establecida es mucho más contingente de lo que parece en principio, ya que está subordinado al contexto. «Lo normal» depende, por ejemplo, de la edad que uno tenga. Un veinteañero me comentaba hace unas semanas que le costaba conectar con sus compañeros de trabajo, cuya media de edad superaba los treinta y cinco. Yo también viví esa situación hace años. En efecto, tal como me decía, la diferencia de edad hace que la comunicación sea más complicada. Además, el hecho de no compartir vivencias diarias similares al estar en distintas fases de la vida hace que incluso la charla intrascendente sea difícil y se reduzca normalmente al común denominador (el clima o el trabajo).

La norma también depende, y mucho, de la localización geográfica. Pensemos en el hecho de llevar un arma encima, algo considerado normal en Estados Unidos y excepcional en Europa occidental. Diferentes culturas tienen diferentes costumbres, y la mera circunstancia de haber nacido en uno u otro sitio puede acentuar nuestro sentimiento de diferencia, aun cuando seríamos perfectamente normales en otro país. No obstante, no siempre media un océano entre ambos extremos. A veces lo que para nosotros es normal está en la mesa de al lado. En la misma cantina, los comensales de una mesa hablan únicamente de fútbol mientras en la de al lado se habla de política, y en la de más allá de cotilleos de oficina. Los de la puerta solo hablan de trabajo y los del fondo, de la cría de reptiles. Cuando el dueño de los terrarios se pasa a la mesa de los futboleros empiezan las burlas y las miradas a la pantalla del móvil.

Es probable que hayan oído más de una vez, cuando alguien les describía a otra persona, la frase «es un poco raro». Suele pronunciarse en plan de advertencia, para que nos andemos con cuidado.  La mayor parte de nosotros no tenemos ni tiempo ni ganas de comprender las rarezas de los demás, sencillamente esperamos que se adapten y nos fastidia cuando no lo hacen.

Con la diferencia ocurre como con los medicamentos: el veneno está en la dosis. Un poco de rareza es esperable y necesaria, pero cuando es muy grande nos aísla de los demás. En este caso veo tres opciones. Podemos optar por conformarnos, adaptarnos y acomodarnos. Ello implica que tendremos que renunciar, al menos en ciertas situaciones, a parte de lo que somos, escondiendo nuestra verdadera personalidad en pos de la conformidad. Otra posibilidad es, como decía Barney, amarnos «por ser el pequeño y singular copo de nieve» que somos y reivindicar nuestra forma de ser. Sin embargo, esto no servirá para todas las personas y situaciones, pues la necesidad de ser como el resto es a veces muy intensa (especialmente en la adolescencia) y el sentimiento de diferencia puede acabar perjudicándonos. La última salida, y que quizá sea la más recomendable siempre que sea factible, es buscar y trasladarnos al lugar al que pertenecemos. A veces es tan sencillo como sentarse en otra mesa.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Cabeza de ratón

Dice una frase de esas de libro de autoayuda que si eres la persona más inteligente de una habitación entonces es que estás en la habitación equivocada. La idea que trata de transmitir –y que casi no hace falta explicar– es que, bajo la premisa de «todo se pega, menos la hermosura», podemos volvernos más inteligentes si nos rodeamos de gente intelectualmente capaz. Es una inferencia hecha a partir de otros patrones que se han observado y documentado, como que cuando la mayoría de los miembros de nuestra familia son obesos es más probable que nosotros también lo seamos. Además del sobrepeso también parecen ser contagiosos los hábitos de vida saludables, la felicidad, la depresión, el estrés y las expectativas irracionales. Así pues, uno puede mejorar distintas facetas de su vida rodeándose de la gente adecuada.

O esa es la teoría. Una cosa es que tendamos a comer de más cuando nuestra madre insiste en poner doce mil platos en la mesa a la hora del almuerzo, y otra muy diferente asumir que podemos hacernos más listos por simple ósmosis. Puede que las emociones y los hábitos se contagien pero la inteligencia no es ni lo primero ni lo segundo. Si ustedes se mudaran a un país nórdico donde la altura media de los habitantes sea mayor que en el suyo, no crecerían ni un centímetro. Tal vez adoptaran un nuevo vocabulario o costumbres diferentes, pero seguirán siendo tan bajitos como antes.

Scott Adams cuenta en sus memorias la historia de un compañero de trabajo confundido por esa fe en la simple asociación. El tipo en cuestión planeaba mudarse a una zona rica con la intención de hacerse millonario:

Cuando trabajé para el Crocker National Bank, mis compañeros de trabajo y yo nos reímos mucho a costa de un interino de verano que sostenía una teoría ridícula: que el éxito era una función del vecindario en el que uno eligiera vivir. Su plan era meterse en el mejor apartamento que pudiera costearse en un vecindario caro, independientemente de los compañeros de piso que le llevara a tener esto, y dejar que cierto tipo de magia imprecisa hiciera el resto. Estaba dispuesto a trabajar duro, estudiar, respetar la ley y dar todos los pasos habituales hacia el éxito. Pero creía que eso sólo podría llevarle hasta cierto punto del camino. El quid de la cuestión era su plan brillante de vivir entre ricos hasta convertirse en millonario por asociación.
Recuerdo que me burlaba ingeniosamente de él, para regocijo de todos los que estaban cerca. ¡Parecía un tío tan racional en todos los otros sentidos! Pero aquel plan de «rico por asociación» era claramente absurdo. Cuando le interrogué al respecto, descubrí que lo que él defendía no era crear redes y buscar contactos importantes con sus vecinos adinerados. Carecía de un mecanismo definido que explicase cómo su proximidad a los ricos le otorgaría el éxito. Lo máximo que podía ofrecer era su observación de que la vida tenía patrones y éste era uno de ellos: uno se vuelve como las personas que le rodean.
He de reconocer que yo también fui presa de este error. Una vez entré a trabajar en una empresa porque en ella había gente muy buena del sector, y esperaba que al trabajar a su lado yo daría un salto cualitativo en mis destrezas. Varios años después seguía siendo el mismo inútil. La cuestión es, como descubrí, que no vale con que la gente sea muy buena: en algún momento te tienen que transmitir algo de su conocimiento; observarles y adoptar sus costumbres apenas supone un progreso. Desafortunadamente, la mayoría de gente que encontré (menos mal que siempre hay honrosas excepciones) era tan buena como ególatra, por lo que yo no era digno de sus lecciones. Otros muchos estaban demasiado ocupados, o simplemente no tenía interés por compartir nada. No solo no crecí profesionalmente, sino que estar allí me hacía sentirme aún peor conmigo mismo. Más adelante veremos por qué.

En Estados Unidos los alumnos de último de año de instituto visitan varias universidades con la intención de decidir en cuáles pedirán plaza. Huelga que decir que las más prestigiosas (las de la Ivy League) son las más solicitadas. Tienen más recursos, estudiantes con un mayor nivel académico y un profesorado más eminente que otras universidades. En el mercado de trabajo estadounidense un título de Harvard, Princeton o Yale trae consigo cierta reputación y supone un impulso importante. Además, los aspirantes saben que sus compañeros de aula serán interesantes y ricos, por lo que harán buenos contactos. Acudir a esas escuelas parece lo más razonable a priori.

No obstante, estudiar en esas facultades también tiene consecuencias negativas. Allí se concentra lo más selecto, las personas más inteligentes y trabajadoras del país. Muchos estudiantes brillantes abandonan sus carreras en estas universidades al verse eclipsados por gente aún más brillante a la que no puede seguir el ritmo, pues se sienten estúpidos en comparación con el resto de la clase. Malcolm Gladwell lo cuenta en David y Goliath:

Cuanto más exclusiva es una institución educativa, peor será la opinión que tengan los estudiantes de sus aptitudes académicas. Estudiantes que irían en cabeza en una escuela buena pueden quedarse rezagados fácilmente en una escuela realmente buena. Estudiantes que sentirían que dominan una materia en una escuela buena pueden sentirse completamente desbordados en una escuela realmente buena. Y esa sensación —por subjetiva, ridícula e irracional que pueda ser— importa mucho. La impresión que uno tiene sobre sus capacidades dentro de la clase —nuestra autoimagen académica— modela nuestra voluntad para asumir retos y completar tareas complicadas. Se trata de un elemento crucial para la motivación y la confianza en nosotros mismos.
Yo ya sabía que era estúpido mucho antes de empezar a trabajar en el sitio del que les hablaba. Sin embargo, el recordatorio diario de ese hecho era vitriolo para el alma. Algunas personas sucumbimos bajo la carga psicológica de sentirse una medianía. En palabras de Alain de Botton:

Lo que genera ansiedad y resentimiento es la sensación de que podríamos ser diferentes a lo que somos: un sentimiento que transmiten los mayores logros de aquéllos a quienes consideramos nuestros iguales. Si somos bajitos y vivimos entre personas de nuestra misma altura no nos preocuparán demasiado las cuestiones de tamaño.
Sin embargo, si otros miembros de nuestro grupo crecen un poco más, es posible que de repente nos sintamos incómodos y que caigamos en la insatisfacción y la envidia, aunque nuestro propio tamaño no se haya reducido ni un milímetro.
Fuente: (De Botton, 2004)


Gladwell argumenta en su libro que «hay momentos y situaciones en que conviene más ser cabeza de ratón que cola de león». Uno de los motivos, como hemos visto, es que según cómo salgamos parados en la comparación con quienes nos rodean nuestra autoestima y nuestra motivación pueden verse desvaídas. Pero hay otro motivo más prosaico y de índole más práctica: puede ser más rentable económicamente.

Recordarán de un artículo anterior el concepto de «nivel del agua» descrito por Nate Silver. Silver nos decía que en entornos altamente competitivos ese nivel del agua es muy alto y para tener cierta ventaja competitiva uno ha de situarse por encima del percentil noventa, noventa y cinco, o el que corresponda. Ser un pez pequeño en una pecera grande significa que ese nivel del agua está lejos de nuestro alcance. No obstante, podemos movernos a una pecera más pequeña en la que sacar provecho. Y eso es exactamente lo que hizo Silver. Consciente de que no podía competir con los mejores en los torneos internacionales de póquer, se centró en el póquer online, donde las partidas estaban llenas de principiantes fáciles de esquilmar. De igual manera, ha ido centrando sus pronósticos en áreas dominadas por «expertos» que no acertaban ni una, garantizándose así el éxito al destacar por encima de ellos:

I’ve been fortunate enough to take advantage of fields where the water level was set pretty low, and getting the basics right counted for a lot. Baseball, in the pre-Moneyball era, used to be one of these. [...] In politics, I’d expect that I’d have a small edge at best if there were a dozen clones of FiveThirtyEight. But often I’m effectively “competing” against political pundits, like those on The McLaughlin Group, who aren’t really even trying to make accurate predictions. Poker was also this way in the mid-2000s. The steady influx of new and inexperienced players who thought they had learned how to play the game by watching TV kept the water level low.
It is often possible to make a profit by being pretty good [...] in fields where the competition succumbs to poor incentives, bad habits, or blind adherence to tradition—or because you have better data or technology than they do. It is much harder to be very good in fields where everyone else is getting the basics right—and you may be fooling yourself if you think you have much of an edge.
Quizá no haga falta practicar diez mil horas. Quizá baste con elegir el entorno adecuado. Quizá –solo quizá– si eres la persona más inteligente de la habitación entonces sí que estás en la habitación correcta.

lunes, 8 de septiembre de 2014

¿Sabías que...?

En el prólogo de la obra El pequeño gran libro de la ignorancia, el polifacético presentador inglés Stephen Fry escribe lo siguiente:

Quienes tienen interés en mantener la ignorancia y sus propias verdades reveladas han conseguido traducir erróneamente y caracterizar para siempre la curiosidad como un peligrosísimo felicidio. ¿Acaso la curiosidad no mató al gato? Sin embargo, usted, mi más queridísimo de entre mis queridos lectores, sabe que la curiosidad ilumina el camino que lleva a la gloria.
Se lo diré de otro modo: la falta de curiosidad es el dementor que succiona toda la esperanza, alegría, promesa y belleza del mundo. La tórpida acedía que carece de interés alguno por el descubrimiento, que no tiene ni hambre ni sed de conocimiento, de comprensión o de relación desertificará el paisaje humano; y nuestros descendientes se encontrarán con todo el pastel.
Este es solo otro pequeño artículo que trata de homenajear esa cualidad tan ínsita del ser humano: la curiosidad.

Foto de Jared Cherup

  • Muchos guionistas de Los Simpson tienen una notable formación en matemáticas. David S. Cohen, por ejemplo, es licenciado en física y máster en informática. Varios de sus colegas tienen licenciaturas y han ocupado cargos de investigación de alto nivel en la academia y la industria. En 1999 algunos de estos guionistas ayudaron a crear Futurama. [Fuente]

  • Como ya sabrán, Los Simpson tienen cuatro dedos en cada mano. Esta mutación procede de los primeros días de la animación en la gran pantalla. Félix el Gato y Mickey Mouse compartían ese rasgo. Según Walt Disney: «En el aspecto artístico, cinco dedos son demasiados para un ratón. Su mano parecería un manojo de plátanos». Además, de esta manera los animadores tenían menos trabajo. Los ocho dedos se convirtieron en un estándar para personajes animados salvo en Japón, donde tener solo cuatro dedos en una mano puede tener connotaciones siniestras: el número 4 se asocia con la muerte y la Yakuza, que corta el dedo meñique a las personas o bien como castigo o como prueba de lealtad. [Fuente]

  • En Japón, la luz verde de algunos semáforos tiene un tinte azulado. Cuando se importaron de Estados unidos en la década de 1930, sin embargo, eran tan verdes como en cualquier otro país. Antiguamente, la palabra japonesa ao servía tanto para el verde como para el azul, pero en el habla moderna ha quedado restringida sobre todo a los tonos azulados, mientras que el verde suele expresarse con la palabra midori. En lugar de cambiar el nombre oficial de la luz de ao shingoo a midori, en 1973 el gobierno japonés obligó a que las luces fueran lo más azuladas posible para que concordaran con el significado de ao. Oficialmente, sin embargo, la luz seguía siendo verde, de manera que se respetaba la convención internacional que da uniformidad a las señales de carretera en todo el planeta. [Fuente]

  • A pesar de su mala reputación, una rotonda bien diseñada puede reducir los retrasos hasta un sesenta y cinco por ciento comparada con un cruce con semáforos o señales de Stop. [Fuente]

  • En la Costa del Sol, entre Guadalmina y San Pedro de Alcántara, existe una rotonda que tiene un chalet completo con piscina incluida en el centro. La vivienda está encerrada por asfalto y el propietario no puede entrar andando; para salir debe arrancar su coche desde su garaje en el centro de la rotonda. [Fuente] [Vista en StreetView]

  • La afirmación de que la mayor parte del polvo doméstico es piel humana no es más que una exageración. La composición del polvo de una vivienda cambia de país a país, de casa a casa e incluso de habitación a habitación. También depende de la estación del año y del estilo de vida de los habitantes. Las fuentes de polvo más habituales son las escamas de piel animal, arena, desechos de insectos, harina —en la cocina—, y suciedad corriente. [Fuente]

  • De acuerdo con investigaciones del programa espacial soviético, la ropa absorbe del siete al catorce por ciento de las secreciones de la piel. Una vez no puede absorber más el sebo comienza a acumularse en la propia piel. Pasados de cinco a siete días con la misma ropa y sin lavados, el cuerpo detiene la producción de sebo. Las glándulas sebáceas recuperan su actividad una vez mudada la ropa o tras una ducha. [Fuente]

  • Muchas astronautas recurren a somníferos para poder conciliar el sueño durante sus misiones espaciales, ya que están sometidos a un ruido constante y privados de las pistas naturales del ciclo noche-día. Además, en gravedad cero los astronautas tienen la sensación constante de estar cayéndose de la «cama». Al cabo de noventa días en el espacio el cerebro pierde la capacidad de regular el ciclo de sueño-vigilia. En la misión Gemini los astronautas Dick Gordon y Pete Conrad se quedaron dormidos durante una breve pausa en uno de sus paseos espaciales. [Fuente]

  • Estar despierto más de veinticuatro horas degrada el rendimiento tanto como tener un nivel de alcohol en sangre del 0,1%. Una persona con severa falta de sueño puede pasar de sentirse despierto a caer dormido en tan solo diez o quince segundos. Los camioneros que cubren largas distancias son los más vulnerables a conducir con sueño, llegando incluso a dormitar con los ojos abiertos. Estos microsueños pueden durar desde unos pocos segundos a varios minutos y, aunque el cerebro está técnicamente dormido, el camionero todavía puede conducir, ajeno a las señales de alto y las curvas del camino. [Fuente]

  • La mayoría de somníferos funcionan uniéndose a los receptores GABA (ácido gamma-aminobutírico), lo que produce somnolencia y relajación. Entre estos fármacos se incluyen benzodiazepinas como el Valium. Otras drogas actúan bloqueando el neurotransmisor histamina, encargado de intensificar el estado de vigilia. [Fuente]

  • El modafinilo es lo opuesto a un somnífero. Se trata de un neuroestimulante usado en la práctica clínica para tratar la narcolepsia. Algunos deportistas han intentado a acogerse a esa exención de uso terapéutico para poder tomarlo legalmente y cobrar ventaja. Aunque no hay pruebas de que el modafinilo tenga algún efecto en personas sanas o de que funcione mejor que otros estimulantes como la cafeína, es una sustancia prohibida por las agencias antidopaje al estar incluida en la categoría de estimulantes. En 2004 la atleta estadounidense Kelli White fue suspendida por dos años y desposeída de las medallas de oro que había ganado el año anterior tras declararse culpable de haber tomado modafinilo. [Fuente]

  • Los fármacos no son la única manera posible de doparse. Los atletas paralímpicos con lesión medular grave no pueden elevar su ritmo cardíaco por encima de los ciento treinta latidos por minuto, ya que no disponen de una respuesta global al ejercicio. Para superar este escollo y mejorar su rendimiento algunos atletas se inducen una condición llamada disreflexia autónoma, consistente en la activación de respuestas neuronales por debajo de la lesión de manera que se envíen mensajes de estrés de nuevo al cerebro. Hay variedad de métodos para activar estos mensajes neuronales, aprovechando que el individuo no siente nada en esesas zonas: vendarse las piernas apretando en exceso, bloquear el catéter urinario para desbordar la vejiga, sentarse sobre el propio escroto o incluso romperse un hueso. [Fuente]

  • La reacción normal al miedo incluye pupilas dilatadas, aumento de la presión sanguínea y aceleración del ritmo cardíaco. Cuando los psicópatas contemplan imágenes horrendas estas medidas no se alteran en comparación con el resto de la población. Un estudio realizado con desactivadores de explosivos en la década de los ochenta mostró que en el caso de los mejores operarios (lo más condecorados) el ritmo cardíaco disminuía mientras trabajaban. [Fuente]