sábado, 28 de abril de 2012

El correo del lector

Nos escribe una lectora (tú también puedes hacerlo) para hacernos la siguiente pregunta y dejarnos una reflexión:
«Dejando al margen los números me remito a la medicina y la ética, sobre cómo ante un mismo fenómeno reaccionan de forma tan distinta valorando, midiendo y aplicando criterios que llevan a modelos tan opuestos y llegado el caso ¿a cuál de ellas recurrir? Porque cada una ha hecho su propia medición (en la que no han incluido y/o exluido los mismos aspectos). Entiendo que las ciencias sociales son las encargadas de analizar por cual nos decantamos finalmente (será por la influencia de nuestra conciencia y nuestro egoísmo o todo lo contrario, creo que más bien lo primero).»
Dado que Invisible Kid anda camino del país del sol naciente (bon voyage!) contestaré yo.

Foto de Ente inexistente
Creo que es una buena pregunta para la que me temo que no tengo una buena respuesta. Solo en el campo mencionado de la medicina hay posturas enfrentadas entre las cuales es difícil decidirse. Ante la misma enfermedad, un cirujano propondrá operar y un médico internista querrá tratar al paciente con medicación. Cada uno va a lo que sabe hacer; cuando alguien solo tiene un martillo, todos los problemas le parecen clavos. Por eso creo que debemos enfocar los problemas desde varias perspectivas. Sin embargo, ello hace aún más difícil saber qué hacer, como veremos enseguida.

Si tenemos que elegir un modelo y desechar otro para determinar cómo actuar, lo lógico sería optar por el que sea mejor, tal vez haciendo una lista de pros y contras. No obstante, como dice Steven Landsburg, las listas de ese tipo no suelen contener la respuesta:
«One of the first rules of policy analysis is that you can never prove that a policy is desirable by listing its benefits. It goes without saying that nearly any policy anybody can dream up has some advantages. If you want to defend a policy, your task is not to demonstrate that it does some good, but that it does more good than harm. And if you are going to argue that a program does more good than harm, you must at least implicitly take a stand on a fundamental philosophical issue. Put most succinctly, the issue is: What does more mean?[...] 
It is easy to get carried away making long lists of pros and cons, all the while forgetting that sooner or later we must decide how many cons it takes to outweigh a particular pro. We can commission experts to estimate costs and benefits, but when the costs are measured in apples and the benefits in oranges, mere arithmetic can't illuminate the path to righteousness. When all the facts are in, we still need a moral philosophy to guide our decisions» (el subrayado es mío).
Así pues, para saber qué modelo es mejor debemos establecer antes qué significa mejor, una tarea nada fácil. Tomemos como ejemplo las acciones del gobierno actual de España. Su modelo económico dicta que ha de reducir el gasto como sea, aunque eso implique degradar la educación o la atención sanitaria. Con ello se están pasando por la piedra un modelo ético en el que la sanidad y la educación sean accesibles independientemente de los recursos económicos, algo que parece deseable por sí mismo.

La cuestión es ¿qué es mejor: un estado económicamente sano que pueda dar esos servicios en el futuro, o un estado endeudado que los mantenga hoy? Algunos dirán que hay que salir del atolladero aunque haya algunas víctimas, con tal de que no nos hundamos todos. Otros pensarán que hay derechos irrenunciables y se debe apechugar con ello, mal que nos perjudique a todos los demás. Cómo actuamos finalmente depende de lo que valoramos como más importante, lo cual no coincide siempre con lo que es correcto.

domingo, 22 de abril de 2012

5,8 (IV)


Hasta ahora hemos visto los problemas que conlleva reducir las cosas a cifras pero ¿por qué querríamos hacer tal cosa, en cualquier caso? Una respuesta plausible es que con los números se pueden crear modelos.

IV.

Un modelo es una simplificación de la realidad, un mundo imaginario que nos ayuda a entender el real mediante la eliminación de lo superfluo, dejándonos únicamente con lo esencial. Según Scott Page, los modelos nos permiten entender mejor el mundo mediante la organización de la información; nos dotan de marcos para hacer predicciones más precisas, para formular las mejores estrategias y el diseño de mejores políticas.

En este contexto los modelos son abstracciones que pueden representarse matemáticamente. Es posible utilizar funciones para conocer el estado del modelo (que debería representar el estado de la realidad), o para saber cómo están relacionados diferentes aspectos de la realidad (por ejemplo, cómo afecta el paro al consumo). Es gracias al entendimiento proporcionado por un modelo que podemos hacer predicciones.

Probablemente sea la física la ciencia que mayor partido le ha sacado a los modelos. Esta disciplina hace un uso intensivo de los mismos y sus éxitos son indudables. Desde hace tiempo se intenta extender dicho proceder a las ciencias humanas, aplicando la física a las ciencias sociales y a la economía. La idea que subyace es que los fenómenos sociales complejos son tan regulares y susceptibles de previsión como una órbita planetaria.

Pero incluso la física ha visto cómo sus modelos no siempre dan cuenta de la realidad. El modelo de gravitación de Newton, por ejemplo, aunque correcto y útil en lo general, no podía explicar la precesión del perihelio de Mercurio. 

En ocasiones los modelos son demasiado simples. Para quien no lo conozca, he aquí el chiste de la vaca esférica mencionado en la tercera parte:
Un ingeniero, un matemático y un físico llegan de visita a una granja y el granjero les pide que midan el volumen de una de sus vacas.
El ingeniero llena de agua un depósito, mete a la vaca dentro, mide el volumen de agua desplazado y da la respuesta.
El matemático construye un modelo parametrizable en base a la altura del bovino y distancia desde la cabeza a la cola, hace un programa en C++ y lo presenta al granjero como solución general con la que puede averiguar el volumen de todas las vacas que quiera con un error de sólo 5%.
El físico inicia su razonamiento así: “supongamos que la vaca es esférica…”.
La gracia del chiste es que los físicos a menudo reducen el problema a la forma más simple que se pueda imaginar con el fin de hacer los cálculos más factibles, a pesar de que esta simplificación puede obstaculizar la aplicación del modelo a la realidad.

Bajo mi punto de vista, los logros actuales de los modelos socioeconómicos distan mucho de los de las ciencias naturales. Creo que parte del problema radica, como hace entrever el chiste, en la simplificación del modelo. Pero también pienso que se debe a lo que hemos visto hasta ahora: qué se mide y cómo. Las ciencias sociales no cuentan con definiciones tan precisas como las de segundo para medir conceptos como calidad, riesgo, felicidad o satisfacción.

Así pues, los modelos deben manejarse con cautela. Como explica Marcos Pérez:
«Llega un momento en cualquier proceso de abstracción en el que perdemos el contacto con la realidad, y pasamos a manipular puras abstracciones. Esto no tiene por qué ser malo en sí mismo, si recordamos que estamos simplificando los elementos de dicha realidad. El problema llega cuando nos enamoramos de dichas abstracciones y las conclusiones a las que nos llevan las confundimos con la propia realidad que intentan describir.»
Es importante no perder la perspectiva sobre lo que un modelo está dejando fuera. Puede ocurrir que no estemos teniendo en cuenta factores importantes porque no son fáciles de medir o hemos creído -incorrectamente- que no eran relevantes. No todo lo que es importante se puede contar, y no todo lo que se puede contar cuenta. Tomar decisiones o hacer predicciones basadas en arquetipos incorrectos es como centrarse en la parte nítida de una fotografía borrosa. No podemos olvidarnos del conjunto y centrarnos solo en la parte que vemos bien; de lo contrario lo que se estará manejando es una caricatura deletérea.

Charles Babbage dijo: «Los errores debidos al uso de datos inadecuados son menos graves que los debidos a no usar ninguna clase de datos». ¿Es mejor, pues, usar un modelo incorrecto que ningún modelo en absoluto? Nassim Taleb opina que no:
«Such models induce fragilities and bring harm. We're better off with no model than with a defective model, something people understand intuitively, but they tend to forget when they don’t have “skin in the game.” If you are a passenger on a plane and the pilot tells you he has a faulty map, you get off the plane; you don’t stay and say“well, there is nothing better.”»
Un modelo económico o social incorrecto puede hacer mucho daño a las personas, como de hecho ha ocurrido con la crisis financiera empezada en 2007. Las funciones de estado de los modelos usados por Moody's, Standard & Poor's y Fitch devolvían una "triple A" que era asumida acríticamente. Y así nos ha ido.

sábado, 7 de abril de 2012

5,8 (III)

Apenas hemos visto dos de los problemas que conlleva medir algo y ya estamos como aquel físico del chiste, suponiendo una vaca esférica. Aunque si a los físicos les dan tan buenos resultado sus modelos simplificados ¿por qué no iban a dárnoslos también a nosotros?

III

Hay un cliché de la gestión empresarial que reza así: «lo que no se mide no se puede gestionar». Por una de esas casualidades de la vida, el director general de la empresa para la que trabajo ha tenido a bien enviarnos una nota con la frase destacada en negrilla. He visto la frasecita impresa por doquier, pero nunca una argumentación que demuestre su veracidad. Me pregunto si no se asume como axioma simplemente porque todo el mundo la cacarea.

Foto de Pink Sherbet Photography
En cualquier caso, uno no se funde la pasta en un MBA para luego no aplicar lo que le enseñan. De modo que nos liamos la manta a la cabeza y nos preparamos para medir y así poder gestionar lo que quiera que sea. El asunto se plantea bien sencillo:
  1. Decidimos qué queremos medir. 
  2. Decidimos cómo lo medimos. 
  3. Medimos.
  4. Diseñamos un plan de acción apropiado.
  5. Nos forramos.
Hasta ahora hemos hablado de las dificultades planteadas por el primer punto (qué medir). Llegamos ahora al escollo que implica la medición en sí misma:
La mayor parte de las veces no nos paramos a pensar, «¿de dónde han sacado esa cifra?». Disponemos de ellas con tanta inmediatez que hemos llegado a pensar que reunirlas es fácil. Y de fácil no tiene nada. Nunca hay que dar por supuesto que existe un método obvio para obtener una respuesta cierta. Muy pocas veces recibimos la respuesta completa, así que buscamos la forma de averiguar al menos una parte, y luego confiamos en la deducción y en nuestra capacidad de adivinar.
Medir supone al menos tres grandes problemas. El primero, ya tratado, consiste en ponerse de acuerdo sobre qué significa realmente lo que se quiere calibrar (recuerde el lector el ejemplo de las relaciones sexuales). El segundo problema es el agente encargado de tomar los valores, que no deja de ser un humano con limitaciones, alguien que puede hacer un trabajo bueno o malo:
«Los datos suelen ser de mala calidad porque el esfuerzo que se pone en ellos se hace a regañadientes, a mala idea, y se va posponiendo como algo pesado y monótono. Son malos, en esencia, porque a menudo los hacemos ser malos.
Por último, están aquellos que deben proporcionar los datos, individuos a los que probablemente se la sople tu proyecto aunque tus intenciones sean las mejores:
Intente usted medir algo risiblemente elemental sobre las personas -su fecha de nacimiento, digamos-, y se dará cuenta de lo protestones que son: la gente se cansa, se irrita, les da pereza, les ofenden las preguntas tontas, están convencidos de que «ellos» -los que preguntan- probablemente sepan ya la respuesta o realmente no necesiten saberla para nada; la gente, en realidad, tiende a todo tipo de conductas patosas, lo cual resulta de esperar y por otra parte completamente normal, y es capaz de echar por tierra cualquier proyecto. La conciencia sobre la fragilidad de las cifras empieza por comprender lo imprevisible que es el comportamiento de la gente.»
El diablo se esconde allí donde el número debe obtenerse de una persona. Los humanos somos muchas cosas, pero desde luego no somos máquinas de precisión. Víctimas de nuestros sesgos, errores heurísticos, emociones, esperanzas y demás, es casi imposible que demos un dato fiable. ¿Qué hombre va a decirle el tamaño real de su pene a una entrevistadora? ¿Quién va a decirle a su jefe lo que de verdad piensa de él? ¿Qué director general va a mostrar el verdadero balance a sus empleados, a sus inversores o a Hacienda?
El mero hecho de medir altera el resultado. Sobre el papel todos somos más listos, más altos y más guapos, y todo va mejor -o peor- de lo que realmente va, según nos convenga.

domingo, 1 de abril de 2012

5,8 (II)


Foto de Teosaurio
Aunque el número total de goles no sea suficiente para dirimir quién es el mejor delantero, al menos es fácil de obtener. Los goles se marcan a la vista de todo el mundo y tienen la ventaja, además, de que no admiten graduaciones: o es gol o no lo es. Por emplear la expresión de Blastland, podemos decir «de cabeza, Zidane, pelota en el fondo de la red, tanto anotado, todo correcto». Pero, a menudo, contar no es tan sencillo como parece a simple vista.

II
«Cada vez que contamos algo, lo definimos; decimos que las cosas que estamos contando son tan parecidas como para ponerlas en el mismo montón. Pero la mayoría de las cosas importantes que contamos son informes; como la gente, se comportan de formas raras, tienen sutiles y no tan sutiles diferencias. No se quedan quietas: cambian, sus circunstancias difieren en aspectos importantes».
Valga como ejemplo la siguiente historia. Conocí a un grupo de chicos, de esos que se creen a punto de ponerle el hierro a toda yegua, que cada fin de semana apostaban sobre cuánto ligarían (cosas raras que hacen algunos hombres, oiga). Para esta jarca priápica el ganador del bote sería aquel que más relaciones sexuales hubiera tenido. Incluso ellos se dieron cuenta de que medir tal cosa no iba a ser fácil, porque el marcador final dependería de lo que se entendiera por relación sexual. Para Bill Clinton, por ejemplo, la succión del pene por parte de una becaria no entraba en esa categoría. Así que en primer lugar los participantes hubieron de ponerse de acuerdo en la definición. ¿Debía haber penetración? ¿Era suficiente con sexo bucal? ¿Unilateral o bilateral? ¿Tenía que haber orgasmo? Etcétera, etcétera. Al final optaron por un sistema de puntuación según lo ocurrido (desde un punto por «tocamientos» hasta diez por «final feliz»).

Los números pueden ser engañosos desde su concepción:
«En la base de muchos de estos problemas está la simple realidad de que medir no es un acto pasivo; el hacerlo introduce cambios en lo que se está midiendo. Muchas de las mediciones de las que oímos hablar todos los días, llevadas al extremo, pueden convertir el mundo en una caricatura, haciéndolo cambiar de una forma que nunca se tuvo en mente. Los números son puros y verdaderos; las cuentas casi nunca lo son. Esa limitación no anula por completo el hecho de contar, pero, si la olvidamos, el mundo que creemos conocer a través de las cifras no será sino una limpia y ordenada ilusión óptica».
Por eso, aunque intentemos acercarnos más a la realidad elaborando una clasificación basada en varias medidas (como en los videojuegos de fútbol, donde los jugadores se describen numéricamente según diferentes aptitudes: velocidad, resistencia, tiro, pase, etc.) la imprecisión se mantiene, porque el problema no es solo el reduccionismo de la cifra aislada; ocurre también que los números no siempre representan fielmente lo que tratan de valorar. Aún peor, cuando calificamos algo según varios aspectos por necesidad hemos de tomar algunos y descartar otros. De nuevo se está añadiendo subjetividad al resultado, ya que lo que uno considera suficientemente importante como para mesurarlo puede no serlo para otro, y lo mismo ocurre con lo que se deja fuera.

Hay cosas que son tan vagas o imprecisas que tratar de calibrarlas es -utilizando una metáfora de Julian Biaggini- como intentar clavar natillas en la pared. No todo tiene guarismo.

domingo, 25 de marzo de 2012

5,8 (I)

La semana pasada hablábamos de cómo los resultados son un pobre indicador de las capacidades y aptitudes de una persona, en tanto en cuanto dichos resultados están sujetos al azar y las circunstancias. El problema se magnifica cuando empezamos a expresar el rendimiento con un único número, algo que hacemos continuamente: si se quiere proporcionar un halo de objetividad a algo es habitual convertirlo en una cifra. Pero, en nuestra vida diaria, los números son subjetivos, difusos:
«Los números -puros, precisos y abstractos- pierden precisión en el mundo real. Es como si fueran dos sustancias diferentes. En las matemáticas parecen duros, prístinos y brillantes, con los bordes nítidamente definidos. En la vida, es mejor pensar que son algo más blandos y turbios. En cierto sentido, es la misma diferencia que hay entre los diamantes y el puré de verduras; cuesta creer que olvidemos o pasemos por alto esa diferencia tan a menudo. Con demasiada frecuencia, el hecho de contar se convierte en el ejercicio de suprimir las imprecisiones de la vida.»
Para el lector interesado, el libro de Blastland y Dilnot contiene estupendas explicaciones al respecto de lo dicho aquí. Las citas mencionadas pertenecen a dicha obra.

I

Empecemos con una pregunta simple. ¿Cómo averiguamos quién es el corredor más rápido del mundo? Como ocurre con casi todas las preguntas en la vida la respuesta es «depende». En este caso depende, por ejemplo, de la distancia y del terreno. Supongamos, por mor del argumento, que queremos saber quién es el más veloz recorriendo cien metros lisos. A primera vista parece una tarea sencilla: preparamos una recta de longitud adecuada y, a nuestra señal, los participantes corren hasta la meta. El primero que llegue es el más rápido.

Ahora bien, el ganador de nuestra carrera hipotética podría haber tenido algo de suerte esta vez -quizá un adversario más rápido tropezó-. Lo mejor es repetir la prueba varias veces para reducir al máximo el efecto del azar. Al cabo de cierta cantidad de enfrentamientos, quien haya vencido en más ocasiones debería portar el título de hombre más rápido.

¿O no? Acaso la cantidad de victorias no indique correctamente al verdadero campeón. Si la logística nos impide probar a todos los contendientes a la vez y optamos por un sistema de eliminatorias, alguien podría tener la suerte de ser emparejado frecuentemente con rivales más débiles. Por tanto, y dado que buscamos al más rápido en sentido absoluto, tal vez sea mejor olvidarse de la victoria en sí y cronometrar los tiempos de cada corredor. Así ocurre en las pruebas oficiales de atletismo, donde la criba se hace por tiempo. Al final, aquel que logra completar el recorrido en menos tiempo, el poseedor del récord, se considera el hombre más rápido. Hoy ese hombre es Usain Bolt.

Parece que hemos encontrado una cifra que indica fielmente lo que estamos buscando. Solo hemos tenido que tomar un par de decisiones más o menos triviales (elegir una distancia fija, contar el tiempo y no las victorias) que no desvirtúan el significado de ese 9,58 (los segundos que empleó Bolt en su victoria olímpica).

No obstante, los problemas empiezan a acumularse en casos más sofisticados. Preguntémonos ahora, verbigracia, quién es el mejor jugador de fútbol del mundo. Si la búsqueda del mejor dependía, en el caso anterior, de la distancia, en el caso del balonpié la solución podría variar en función de la posición en el campo. Para acotar el problema pensemos, pues, en quién podría ser el mejor delantero.

Dado que la función de un delantero es marcar goles, una respuesta razonable sería pensar que el mejor es aquel con más tantos en su haber. Sin embargo, como cualquier aficionado sabe, la respuesta no es tan simple. No es lo mismo marcar diez goles de penalti que regateando adversarios desde el centro del campo. No es lo mismo marcar veinte goles en diez partidos que hacerlo en cuarenta. No es lo mismo marcar «en casa» que fuera. No es lo mismo marcar treinta goles en la liga holandesa que hacerlo en la italiana. No es lo mismo marcar treinta goles por temporada si juegas en el Real Madrid que si juegas en el Deportivo de La Coruña. Para colmo, a veces ni siquiera se está seguro de a quién atribuir el gol, cuando ha habido rebotes y carambolas de por medio.

Hay multitud de factores importantes que el número total de goles, aislado y desnudo, no tiene en cuenta. Se trata de un dato huero, producto de la cosificación y la simplificación excesiva. Es uno de los problemas que surgen al «tratar de captar de un vistazo una totalidad proteica a través de ese agujero de cerradura que es una cifra individual»: dejamos fuera algunas cosas que son necesarias para obtener la respuesta que estamos buscando.

domingo, 18 de marzo de 2012

Orientación a resultados

Hubo una época en la que en mi casa, por las tardes, solo se podía ver a Dylan McDermott. El señor McDermott interpretaba en la serie El abogado a Bobby Donnell, el jefe de un bufete especializado en aparcar la ética lo más lejos posible para librar a los criminales de la cárcel. Las féminas de mi familia impusieron por aquel entonces la dictadura de la mayoría para garantizarse un chute diario de dopamina con la visión del susodicho.

Recuerdo un capítulo en el que uno de los socios del bufete, Eugene, se enfrenta a un abogado que nunca ha ganado un caso. Cuando el tipo vuelve a perder a pesar de haberlo tenido absolutamente todo a su favor, el pobre se derrumba. Hay un momento en el que gimotea: «soy un buen abogado». Eugene, nada compasivo, le reprende: «no, eres un mal abogado».

¿Contrataría el lector a un abogado que no ha ganado nunca? Probablemente no. ¿Se dejaría operar por un cirujano con un tasa de supervivencia del 1%? Lo dudo mucho. Pagamos, individual y colectivamente, por los éxitos. La orientación a resultados es un requisito habitual en las ofertas de trabajo para vendedores, coordinadores, directores y, en general, quienes trabajan en proyectos de cualquier tipo. Como dice Sandel:
 «pese a todo lo que se diga del esfuerzo, lo que de verdad cree la meritocracia que merece ser retribuido es la contribución o el logro». 
Esforzarse e intentarlo está muy bien, pero no es suficiente. Quien mejor lo expresó fue el actor secundario Bob -el de Los Simpson- cuando se quejaba de estar en la cárcel por intento de asesinato. «¿Qué significa eso de intento? ¿Conceden el premio Nobel por intento de química?», dijo.


Bajo mi punta de vista todos nosotros, en mayor o menor medida, asumimos intuitivamente que los resultados son indicadores fiables de nuestras capacidades. Es fácil pensar que si el abogado perdía siempre es porque era un inútil. En el otro extremo, Bill Gates aseguró que, a la vista de los títulos conquistados por el F. C. Barcelona, Guardiola era un genio.

No obstante, nuestras aptitudes son parte de un conjunto más amplio de elementos que determinan el producto de nuestras acciones. Entre otros factores, la suerte juega un papel importante -especialmente a corto plazo-. Según Mauboussin:
«There are plenty of people who succeed largely by chance. More often than not, they are completely unaware of how they did it. But they almost always get their comeuppance when fortune stops smiling on them. Likewise, skillful people who have suffered a period of poor outcomes are often a good bet, since luck evens out over time.»
El azar influye no solo en cómo se desarrollarán los hechos, sino también en el contexto -tanto presente como futuro- en el que tienen lugar. ¿Podremos usar nuestras habilidades plenamente? ¿Contaremos con un equipo adecuado? ¿Tendremos los recursos necesarios a nuestra disposición? ¿Estará disponible la información necesaria en el momento justo?  Etcétera, etcétera.

Sin embargo, parece que a largo plazo olvidamos el papel de la fortuna en el desenlace de los acontecimientos. En El séquito (S03E02) una cadena de apagones afecta a los cines donde se estrena la nueva película del cliente principal de Ari Gold, representante de actores. Cuando Ari cree que no llegará a la cifra prevista de recaudación pierde los nervios. Su mujer le pide que no se preocupe, que la industria entenderá que no es culpa de la película. Él replica:
«Nena, tampoco fue culpa de los Cabs que ese estúpido fallara el lanzamiento, pero siguen sin tener el anillo de campeones. En esta vida no hay asteriscos, solo resultados».
Que se lo digan a Fernando Torres. O a Raúl González. Como delanteros, su cometido es marcar goles; en cuanto dejan de anotar se pide su cabeza. Muchos opinaban que el hecho de que Raúl -según sus defensores- corriera mucho y trabajara por el equipo no era razón suficiente para mantenerle como titular.

Yo pienso que, en un mundo dominado por las probabilidades, es mejor centrarse en los procesos que en lo obtenido finalmente. Es difícil creer que alguien pueda tener mala suerte siempre, pero un mal rendimiento puede deberse a causas no relacionadas con la valía del individuo. (Por ejemplo, el cirujano puede tener una tasa de supervivencia muy baja porque elige los casos más difíciles). Otras veces ocurre que los frutos crecen donde no estamos mirando. (Raúl dejó de luchar por el trofeo pichichi, pero tal vez fuera porque los goles que él marcaba habían pasado al contador de sus compañeros).

Dado que a menudo hemos de actuar carentes de información y certeza, las acciones correctas pueden dar mal resultado, del mismo modo que las acciones equivocadas pueden dar buen resultado. El problema es que si lo único que cuenta es el logro, entonces alguien puede elegir actuar de forma reprobable con tal de alcanzar el fin buscado. Evaluar el trabajo de una persona únicamente por sus consecuciones es un incentivo peligroso.

domingo, 11 de marzo de 2012

Diálogos (II)

— ¿Que te quieres comprar una qué? — Frasier no salía de su asombro.
— Una moto —dijo Martin, entusiasmado—. Una como la de House. Estoy harto de perder tiempo en los atascos.
— Pero papá, una moto es muy peligrosa. ¿Es que te quieres matar?
— ¡Eso son bobadas! Te puedes morir de cualquier cosa. El día menos pensado te atropella un camión.
— ¿Has probado a mirar antes de cruzar?— apuntilló Niles.
Martin lanzó una mirada asesina a su hijo. Frasier continuó:
— Papá, estás confundiendo posibilidad con probabilidad. El riesgo no se distribuye al azar en la carretera. Ir en moto es una actividad veintidós veces más propensa a ocasionar la muerte que conducir un coche.
— Frasier tiene razón. También podría acabar contigo un meteorito que cayera del cielo, pero si tuvieras que apostar tu dinero ¿apostarías por eso o por un accidente con tu moto?
— No os preocupéis por mí, yo sé lo que me hago. Os prometo que tendré cuidado. Y ahora me voy, que he quedado con Duke para ver modelos.
Martin cogió su abrigo y se marchó.
— ¿Es que se ha vuelto loco? —vociferó Frasier.— Y luego no quiere ir a Boston porque le da miedo el avión.
— Era de esperar —respondió su hermano—. Como psiquiatra, sabes que cuando el riesgo es algo que asumimos voluntariamente, que no se nos ha impuesto, solemos aceptarlo complacientemente.
Niles encaró la puerta.
—En fin, yo también he de irme —dijo—. Tengo que dirigir la terapia de mi grupo de adictos al sexo y no puedo dejarles mucho tiempo solos.

domingo, 4 de marzo de 2012

Historias del cambio y del adiós (III)

III. TuVida S.A.

Echemos un vistazo a la siguiente gráfica, que podría representar la satisfacción de una relación amorosa o el éxito de una carrera profesional a lo largo del tiempo:


Pareciera que los mejores momentos ya hubieran pasado y fuera hora de cerrar esa etapa. Quizá alguien se haya llevado el queso.
Supongamos que el lector se «adapta» al cambio y abandona el barco (corta la relación o cambia de trabajo). Obsérvese a continuación la gráfica ampliada en el tiempo, que muestra lo que hubiera ocurrido de haber continuado por el mismo camino:


Resulta que después de todo la cosa mejoró hasta niveles nunca vistos.

Es hora de desvelar a qué pertenecen las gráficas anteriores:


Se trata de la cotización en bolsa de Apple, Inc (NASDAQ: AAPL) durante los últimos cinco años. Hace poco nadie daba un duro por esta empresa; ahora la situación es bien distinta. Quizá los que se marcharon a buscar «Queso nuevo» estén arrepentidos de su decisión. A los que se quedaron, aunque lo hicieran por razones incorrectas, les ha ido bastante bien.

Compárese la evolución de Apple con la de Microsoft Corporation (NASDAQ: MSFT), empresa que se recuperó tras una gran caída entre 2008 y 2009:



Se considera que Bill Gates hizo su jugada maestra en la década de los 80 al no vender su software MS-DOS a IBM, sino que permitió su uso a dicha empresa mediante licencias, manteniendo Microsoft el copyright. El gigante azul pensaba que el negocio estaba en el hardware y no vio problema. Gates, por su parte, creía que otros fabricantes clonarían el PC de IBM. Finalmente Bill tuvo razón y a finales de los 90 era el hombre más rico del mundo. Al parecer el negocio no estaba en el hardware, sino en el software.
No obstante, se diría que ahora han cambiado las tornas. En 2012 el iPhone, hardware, da más dinero a Apple del que gana Microsoft en total (principalmente con su software). A veces la tortilla se da la vuelta de formas inesperadas. La compañía de Gates intentó sacar su nuevo queso del hardware (con reproductores MP3, teléfonos, etc.) y se pegó una hostia de campeonato. Al final volvió a sacar su queso de donde lo estaba obteniendo antes. Digamos que cambió su método de extracción. Y ahí siguen. El entrenador Taylor tenía razón al decirle a Saracen «No te quedes pasmado. Lucha por lo tuyo».

Por último, véase la trayectoria de Eastman Kodak Company (OTCQB: EKDKQ):



La primera gráfica es su cotización durante los últimos cinco años, y la segunda su cotización durante toda su historia. La marca otrora sinónimo de fotografía (¿recuerda el lector los «momentos Kodak»?) anunció hace poco que dejará de fabricar cámaras. ¿Desaparecerá o encontrará algún producto nuevo o servicio que la salve?

En cierto modo, todos somos accionistas de nuestra propia vida. Igual que aquellos que invierten su dinero en Apple, Microsoft o Kodak, todos invertimos capital en forma de energía mental y física, tiempo y demás en aquello que hacemos, con la esperanza de obtener dividendos futuros. Y de la misma forma que no hay un método fiable para saber cuándo comprar acciones y cuándo venderlas para maximizar el beneficio, tampoco lo hay para saber cuándo ha terminado realmente una etapa. A veces pelear da resultado, pero otras veces no -algo de lo que ya hablamos en su día-. Viendo las gráfica de Apple ¿cuántas veces nos habría dicho Coelho que era hora de recoger y marcharse? Aunque la tendencia general es de subida, hay montones de bajadas por medio, algo que ocurre con un montón de cosas en la vida. Pocos procesos son lineales a largo plazo. Y lo que es peor, debido a la ilusión del foco una pequeña bajada como la de 2010 se vive en el momento en que ocurre de forma exagerada, magnificada, exactamente igual que si hacemos zoom sobre esa zona del dibujo:



Es decir, pinta mucho peor de lo que acaba siendo en realidad si lo vemos a largo plazo.

En resumen, nunca podemos saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Lo que sí podemos hacer es tener en cuenta nuestro sesgo de aversión a la pérdida si estamos considerando un cambio. No deberíamos permanecer en algo exclusivamente porque ya hayamos invertido mucho tiempo, dinero o esfuerzo. Eso sería insistir en el error. Aunque -quién sabe- igual te sale bien.

sábado, 25 de febrero de 2012

Historias del cambio y del adiós (II)


II. ¿Quién se ha llevado mis descargas?

Ya decía Heráclito que la única constante es el cambio. Más de dos mil años después, Spencer Johnson, una especie de Esopo del siglo XX, vino a recordárnoslo con un relato banal. ¿Quién se ha llevado mi queso? es una fábula basada en las lecciones del filósofo griego que obtuvo gran éxito. Para quien no lo haya leído, he aquí un breve resumen del argumento con un tema actual:
«Érase una vez, hace poco tiempo, en un planeta cercano, vivían muchos pequeños personajes que recorrían un laberinto de enlaces de hipertexto buscando las series y las películas que los hiciera sentirse felices.
Una mañana llegaron al depósito de vídeos y descubrieron que no había descargas.
-"¿Pero qué pasa que ya no me puedo bajar series?",
 gritó uno, como si el hecho de gritar cada vez más fuerte bastara para que reapareciesen.
"?Quién se ha llevado mis descargas? - aulló.»
El cuento se centra en las actitudes de dos ratones y dos liliputienses frente al hecho de que ya no hay nada disponible para descargar. Algunos personajes del libro se adaptan rápidamente y buscan otro servidor, mientras otros vuelven una y otra vez al depósito vacío sin dar crédito a lo ocurrido, esperando en vano que se revierta la situación.

Foto de art_es_anna
La moraleja, usando palabras de James D. Watson, sería la siguiente:
«En ciencia, como en otras profesiones y relaciones personales, sucede muy a menudo que los individuos esperan a padecer las mayores amarguras antes de efectuar un cambio cargado de sentido. De hecho, nunca hay motivos para prolongar una experiencia cuando ha entrado en una fase decadente. Evítalo y todavía estarás disfrutando de la vida cuando te llegue el momento de morir.»

¿Quién se ha llevado mi queso? se hizo especialmente popular en el entorno empresarial. De hecho, el libro se vende en la secciones Administración y dirección empresarial, Empleo y mercado de trabajo y Recursos humanos de las librerías. La contraportada de la obra muestra críticas del director de recursos humanos del Grupo Iberdrola y del vicepresidente senior de Xerox.

Quizá las empresas sean un buen reflejo de cómo cambia el mundo. Si miramos la evolución del Dow Jones Industrial Average durante el último siglo veremos que General Electric es la única empresa que se ha mantenido en el índice todo ese tiempo. El resto de compañías fueron sustituidas o han muerto; sus empleados terminaron en la calle con un libro de cien páginas que hablaba de ratones y elfos. A lo largo de la vida no queda otra opción que reciclarse para poder seguir trabajando.

No obstante, el mensaje de adaptación al cambio se pervirtió para que los asalariados aceptaran sin rechistar el empeoramiento de sus condiciones laborales o su despido:
«Some managers are known to mass-distribute copies of the book to employees, some of whom see this as an insult, or an attempt to characterize dissent as not "moving with the cheese". In the corporate environment, management has been known to distribute this book to employees during times of "structural re-organization," or during cost-cutting measures, in an attempt to portray unfavorable or unfair changes in an optimistic or opportunistic way. This misuse of the book's message is seen by some as an attempt by organizational management to make employees quickly and unconditionally assimilate management ideals, even if they may prove detrimental to them professionally.»
La filosofía zen predica ser como el bambú, que cede ante el viento pero sigue creciendo hacia el sol, en lugar de partirse como las rígidas ramas de otros árboles. Puede parecer un pensamiento muy profundo, pero así dicho es una tontería. Cuando menos, es incompleto. Siguiendo esa máxima una persona se convertiría en una veleta: con un mundo en constante cambio no podría dirigirse hacia un objetivo, pues tendría que cambiar de rumbo según las circunstancias.

Ser capaz de adaptarse al cambio no significa no oponerse nunca a él, o no luchar por nada. Tampoco implica bajar los brazos cuando algo empieza a torcerse para simplemente asumir y digerir que ese algo ha terminado (tu relación, tu trabajo) y pasar a otra cosa, mariposa. A diferencia del bambú, los humanos podemos elegir oponernos al viento y usar nuestra creatividad de forma que tal enfrentamiento no acabe quebrándonos. El busilis de la cuestión radica en saber cuándo hay que seguir luchando y cuándo hay que abandonar.

miércoles, 22 de febrero de 2012

En el fondo del pozo nos encontraremos (y VII)

Lea la primera, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta parte de esta serie de artículos.

Han pasado más de cuatro meses desde que Molly hizo como que intentaba matarse. En este tiempo parece haberse recuperado en buena parte: ha podido trabajar y amar, si bien la crisis económica le ha obligado a volver a casa de sus padres.

Aunque son muchas las personas que sufren un episodio de depresión clínica en sus vidas, son también muchas los que lo padecen una única vez. Afortunadamente, aquellas que me llevaron a escribir sobre este tema parecen pertenecer a este último grupo.

Aquella tarde, cuando Molly volvió del hospital, me preguntó hipando que cómo se hacía, que cómo se salía del pozo. Espero, querida hermana, que hayas podido hacerte una idea del proceso.

Lecturas recomendadas
Terapia cognitivo-conductual de la depresión, de Francisco Bas Ramallo y Verania Andrés Navia.
Tratamiento psicológico de la depresión, de Juan Sevilla y Carmen Pastor.
El demonio de la depresión, de Andrew Salomon.
Guía práctica contra la depresión, de Enrique Rojas.
La hipótesis de la felicidad, de Jonathan Haidt.
Tus zonas erróneas, de Wayne W. Dyer.

sábado, 18 de febrero de 2012

Prisioneros

Yo siempre he pensado que a la hora de ser valorado, al menos en lo que a una empresa se refiere, bastaba con hacer bien tu trabajo. Que a la larga es la mejor estrategia. Pero estudios como el publicado hace un par de años en The Journal of Personality and Social Psychology por Daniel Spurk y Andrea E. Abele, nos muestran cómo aparte de la minuciosidad y la extraversión, también afecta al salario lo agradable que seas. Pero mientras que en los dos primeros rasgos la correlación es positiva, en el último es negativa. Lo que significa que cuanto menos agradable seas, más cobrarás.

Este y otros estudios vienen a decir que las personas percibidas como menos afables tienden a ser más asertivas en las negociaciones salariales que sus compañeros simpáticos, a los que se suele ascender con menos frecuencia. Vamos, que si quieres llegar lejos, olvídate de hacer amigos en el trabajo. Seguro que a muchos os vienen a la cabeza varios ejemplos que confirman este punto. Y yo mismo a lo largo del tiempo me he dado cuenta que no todo se reduce a una única variable, sino que entran en juego aspectos puramente egoístas que se salen de mi entendimiento.

Todos sabemos que el ser humano es así (egoísta) por naturaleza. Incluso el planteamiento clásico de la teoría de la evolución es incompatible con la idea de un comportamiento altruista. El propio Charles Darwin constata que:
«Es extremadamente dudoso que fuera mayor la progenie de los padres que desarrollaron mayor simpatía y bondad o de los más leales a sus compañeros que la prole de los egoístas y los falsos pertenecientes a la tribu: la persona que está dispuesta a sacrificar su vida antes que traicionar a sus amigos –se cuentan muchas entre los salvajes- no deja descendencia que herede su noble naturaleza;» (Darwin, 1871/1966: 183)
Pero aun así, Darwin supone un beneficio para el grupo, aunque no para el individuo altruista:
«No ha de olvidarse que, aunque un excelente nivel de moralidad apenas otorga ligera ventaja al individuo y a sus hijos sobre los demás individuos de la misma tribu, el aumento del número de hombres dotados de buenas condiciones y el progreso del nivel de moralidad concede ciertamente inmensa superioridad a una tribu sobre otra» (Darwin, 1871/1966: 186)
Hasta la llegada de la teoría de juegos y, en concreto, el conocido como dilema del prisionero, no se ha podido tener una mejor visión de cómo ha podido evolucionar un comportamiento altruista desde mecanismos puramente egoístas en la selección natural.

El dilema clásico plantea algo como lo siguiente:
«La policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y, tras haberlos separado, los visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor.»
Lo que puede resumirse como:


Tú confiesas
Tú lo niegas
Él confiesa Ambos sois   condenados a 6 años Él sale libre y tú eres condenado a 10 años
Él lo niega Él es condenado a 10 años y tú sales libre  Ambos sois   condenados a 6 meses

Dicho planteamiento nos muestra los resultados directos como consecuencia de la estrategia elegida, ya sea altruista o egoísta. Un ejemplo de esta teoría aplicada al cine puede verse claramente en la escena de los barcos de la película de Batman: El Caballero Oscuro.

Pero el auténtico valor del modelo del dilema del prisionero se alcanza cuando los sujetos no juegan una vez, sino varias, un poco como sucede en la vida real. Es lo que se conoce como el dilema del prisionero iterado.De esta forma los sujetos recuerdan encuentros previos, y tienen la posibilidad de castigar o premiar al oponente por su comportamiento anterior. Fue planteada por Robert Axelrod, quien descubrió que cuando se repiten estos encuentros durante un largo periodo de tiempo con muchos jugadores, cada uno con distintas estrategias, las estrategias "egoístas" tendían a ser peores a largo plazo, mientras que las estrategias "altruistas" eran mejores, juzgándolas únicamente con respecto al interés propio.

Por lo tanto, en casi todos los aspectos de la vida, es posible que una actitud más agresiva, menos amable, o más egoísta en general, nos proporcione un beneficio inmediato, pero a la larga hay muchas posibilidades de que acabe siendo contraproducente. En cualquier caso, volviendo al tema laboral, es de agradecer que la mayoría de las personas con las que me he encontrado, al igual que yo, prefieran crear un buen ambiente e incluso hacer grandes amistades, sin que eso implique pasar por encima de nadie en el camino al éxito. Al fin y al cabo ¿no pasamos la mayor parte de nuestra vida trabajando? La felicidad durante todo ese tiempo también tiene un precio.

domingo, 12 de febrero de 2012

Historias del cambio y del adiós (I)

I. Tu peor error

El último compañero de trabajo que ha abandonado la empresa lo ha hecho dejándonos unas palabras de Paulo Coelho:
«Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos. Como quiera llamarlo, lo importante es poder cerrarlos, dejar ir momentos de la vida que se van clausurando. ¿Terminó con su trabajo?, ¿Se acabó la relación?, ¿Ya no vive más en esa casa?, ¿Debe irse de viaje?, ¿La amistad se acabó?»
Es psicológicamente difícil cerrar una etapa. Nos aferramos a cosas que nos hacen infelices porque tenemos miedo de quedarnos solos, o de que lo que haya allí fuera sea todavía peor. Creemos eso de que más vale malo conocido que bueno por conocer, que es mejor pájaro en mano que ciento volando, aun cuando el pájaro nos esté arrancando la piel a picotazos.

Como humanos, nuestro cerebro trae incorporado un sistema de aversión a la pérdida y otro de afinidad con lo familiar. Dos mecanismos que fueron seleccionados por la naturaleza en un mundo muy distinto del actual.

A las personas nos resulta muy complicado abandonar algo en lo que hayamos invertido mucho tiempo, esfuerzo o (¿sobretodo?) dinero. Tanto es así que preferimos perseverar en el error, tirando más de ese tiempo, esfuerzo o dinero por el desagüe. Vemos una mala película hasta el final porque hemos pagado la entrada, sin tener en cuenta el valor del tiempo malgastado. Mantenemos las acciones de empresas que bajan para ver si acaban subiendo. Al final, en lugar de cortar la sangría dejamos correr las pérdidas y acabamos peor de lo que hubiéramos terminado si hubiésemos sabido retirarnos. Continuamos estudiando una carrera que ya no nos gusta porque hemos completado una parte, aunque ni siquiera consideremos dedicarnos finalmente a esa profesión. Somos tan reacios a perder que escritores como Coelho pueden hacerse populares recordándonos obviedades como la necesidad de saber abandonar.

Luego tenemos nuestro sesgo hacia lo conocido, hacia lo familiar, ya sean rostros, situaciones, ambientes o tareas. La rutina nos absorbe de tal manera que la idea de cambiarla se torna hercúlea a nuestros ojos. Negociamos con nosotros mismo y nos decimos que quizá no esté tan mal, que nuestra pareja es una cabrona pero es nuestra cabrona. Somos tan adictos a «lo nuestro» que, pasados unos años, echaríamos de menos hasta unas tijeras de cocina clavadas en el culo.

Pareciera, además, que no nos atrevemos a dejar algo atrás hasta que el vaso se ha desbordado sobradamente. No nos preguntamos habitualmente «¿es esto lo que quiero?» «¿es aquí donde quiero estar?». En lugar de eso nos planteamos tales cuestiones una vez que la situación ya es mala o muy mala, lo que empeora el cuadro, pues el ánimo tiñe nuestro razonamiento.

He conocido a gente (y probablemente el lector también) que ha aguantado años en trabajos que odiaban o con parejas que les hacían enormemente infelices, cuando nada les obligaba a ello; gente que perdió su salud en intentar resucitar relaciones muertas o proyectos hueros. A mí me ha pasado varias veces, sin ir más lejos. Y ni esas personas ni yo lo hicimos por gusto o por ignorancia. Creo que lo hicimos, simplemente, porque somos humanos.

Continuará.

domingo, 5 de febrero de 2012

Cáncer

El 4 de Febrero es el día mundial contra el cáncer:
«El cáncer es una de las principales causas de mortalidad en todo el mundo. La OMS calcula que, de no mediar intervención alguna, 84 millones de personas morirán de cáncer entre 2005 y 2015.»
Algo de lo que me enterado a través del recomendable blog de Mauricio-José Schwarz:
«Hoy en día conocemos a cada vez más [sobrevivientes de Cáncer]. Entre los famosos tenemos, en España, a gente como la presentadora María Teresa Campos y sus dos hijas (una de ellas también presentadora, Teresa Lourdes o "Terelu"), la cantante Luz Casal, la también cantante Encarna Salazar, del dueto "Azúcar moreno" o la modelo dominicana Sandra Ibarra (dos cánceres). En Estados Unidos están desde el campeón ciclista Lance Armstrong hasta las actrices Suzanne Sommers o Fran Drescher (The Nanny) y el patinador Scott Hamilton, en lo internacional las cantantes Sheryl Crow, Olivia Newton John, Kylie Minogue y Melissa Etheridge, Robert de Niro, Nelson Mandela... en el rock Rod Stewart, Peter Criss (Kiss), Charlie Watts (baterista de Rolling Stones) y muchos más.

 Pero lo importante es la gente cerca de nosotros. Prácticamente todos nosotros tenemos cerca a alguna persona que sufrió un cáncer y se ha recuperado. Yo conozco a varias: una fotógrafa, una empleada de El Corte Inglés, una educadora social... ¿a cuántos conoce usted?»
En mi caso la lista incluye a mi tía, a un amigo, a la hermana de una amiga, a un tío de mi padre, a la compañera de trabajo de otro amigo y a varios pacientes cuya rehabilitación me fue asignada cuando estuve de prácticas en el hospital.

Las estadísticas mundiales de cáncer asustan un poco:
«Cancer is the leading cause of death in economically developed countries and the second leading cause of death in developing countries.»
De hecho:
«los humanos ya tenemos un veinte por ciento de probabilidades de morir de cáncer aunque no estemos expuestos a ninguna radiación de origen artificial. Nadie sabe por qué. No se ha desmostrado que este veinte por ciento obedezca a un efecto medioambiental concreto [...] y tampoco se conoce ningún agente contaminante cuyos efectos expliquen ese porcentaje.»
Entre las causas de la enfermedad están la edad, la dieta, las pautas de conducta y los factores ambientales:
The burden of cancer is increasing in economically developing countries as a result of population aging and growth as well as, increasingly, an adoption of cancer-associated lifestyle choices including smoking, physical inactivity, and “westernized” diets.
Hay motivos para pensar que estamos curando el cáncer, pero también los hay para ser menos optimistas:
«La tasa de mortalidad por cáncer, ajustada por edades, apenas ha variado en el último medio siglo, con unas 200 muertes por cada 100.000 personas.»
Según Thomas J. Smith, oncólogo y clínico de la Universidad de la Commonwealth de Virginia (ibídem Levitt y Dubner):
«La realidad es que, para la mayoría de la gente con tumores sólidos -cerebro, mama, próstata, pulmón-, [los tumores] ya no nos patean el culo tan fuerte, pero tampoco hemos progresado tanto.»
El tratamiento más conocido, la quimioterapia, no siempre es útil (ibídem Levitt y Dubner):
«En todo el mundo se gastan al año más de 40.000 millones de dólares en medicamentos contra el cáncer. [...] El grueso de este gasto corresponde a la quimioterapia.
[...]
La quimioterapia ha resultado efectiva en algunos cánceres, entre ellos la leucemia, el linforma, la enfermedad de Hodgkin y el cáncer de testículos [...] pero en la mayoría de los otros casos, la quimioterapia es notablemente ineficaz.»
La quimioterapia consiste más o menos en inyectar veneno directamente en las venas. Es un tratamiento de bombardeo por saturación que recuerda a las sangrías aplicadas por los cirujanos barberos del siglo XVII. Como dice Dubner:
«Es fácil imaginar un momento futuro, tal vez dentro de cincuenta años, en el que todos volvamos la mirada hacia los prinicpales tratamientos contra el cáncer de principios del siglo XXI y digamos: "¿Eso les dábamos a nuestros pacientes?"»
Los datos mostrados cuentan solo una parte de historia. Una mera cifra como la tasa de mortalidad elimina matices importantes sobre lo que supone padecer esta enfermedad. La cuestión no es únicamente salir con vida, sino continuar teniendo una vida con calidad suficiente como para considerarla digna de ser vivida. No todas las personas que he citado en mi lista al principio se recuperaron igual. Teodora ha pasado dos veces por la experiencia y tiene buen aspecto; es joven y guapa, con la energía propia de la veintena. Dos de los pacientes que traté, por el contrario, no podían vivir fuera del hospital, estaban la mayor parte del tiempo semiconscientes y necesitaban dosis enormes de morfina para soportar el dolor. Por no hablar del calvario que todos ellos atravesaron como tratamiento, y las consecuencias que este les dejó para el resto de su vida.



Según la AECC «alrededor de un 75-80% de los cánceres pueden atribuirse a factores externos, que por lo general, la persona puede modificar y por tanto disminuir el riesgo de desarrollar un cáncer». Las recomendaciones no son nada del otro jueves: se trata, básicamente, de llevar un estilo de vida saludable. La receta es de sobra conocida: seguir una alimentación rica en frutas y verduras y hacer ejercicio. Ambas cosas contribuyen además a evitar la obesidad, que es otro factor de riesgo. También se recomienda no fumar, tomar el sol con cuidado y evitar la exposición a sustancias cancerígenas. Visto lo visto, mejor será hacer caso.

miércoles, 1 de febrero de 2012

En el fondo del pozo nos encontraremos (VI)

Lea la primera, segunda, tercera, cuarta y quinta parte de esta serie de artículos.

Hasta ahora hemos visto la depresión principalmente desde el punto de vista del enfermo, pero la enfermedad afecta también a quienes le rodean. Esas personas pueden echarle una cuerda al deprimido para ayudarle a salir del pozo. La gente del entorno es el ingrediente principal de la socioterapia.

Unas palabras de precaución, en primer lugar. Tanto familiares como amigos deben tener claro que ellos no son terapeutas. El lugar para hablar de la enfermedad es la terapia. El tiempo con las personas queridas debe usarse para que el enfermo desentumezca el cerebro. Que vea, sienta, saboree, huela cosas distintas, situaciones nuevas, lugares inéditos. No es que se trate de ignorar al elefante en la habitación, sino de evitar que se refuerce el círculo vicioso de pensamientos del individuo acerca de su situación.

El papel de la familia es complicado. Para empezar deben convivir con una persona deprimida, lo que requiere enormes cantidades de paciencia. Los deprimidos son sumamente egoístas y agotadores, siempre pensando en círculo. Tratar con ellos puede ser muy frustrante. Sin embargo, son parte importante de la recuperación.

La familia debe proporcionar apoyo, cariño y seguridad. Sin embargo no debe ser sobreprotectora, procurando que la experiencia del enfermo no sea demasiado cómoda. Por ejemplo, no hay que eximirle de todas sus responsabilidades de la vida diaria.
Para recuperarse de la depresión es importante recuperar los horarios y las rutinas, algo en lo aquellos que conviven con el enfermo pueden presionar. Si se las deja a su aire normalmente las personas deprimidas pasan demasiado tiempo durmiendo, encerradas y a solas.

Adicionalmente, los familiares pueden ayudar al médico aportando su visión del estado de la persona, y recibir de él orientación sobre cómo comportarse para ayudar mejor.

Los amigos, por su parte, son capaces de hacer que el individuo recupere el disfrute de aquellas actividades sociales que antes eran placenteras para la persona:
Algunas personas deprimidas tienen dificultades para experimentar placer alguno, y sus sistemas apetitivo y consumatorio no funcionan. No pueden imaginar pasarlo bien y, si se les arrastra a comer fuera o a realizar cualquier actividad placentera, no la disfrutan. Pero algunas personas deprimidas logran animarse si se les obliga a salir, porque aunque su sistema apetitivo no funciona, sí lo hace el consumatorio.
De modo que la simple recomendación que suele hacerse de «salir» es acertada. Quedar regularmente con los amigos forma parte del plan de actividades agradables que suele prescribirse durante la terapia. La premisa es disfrutar y pasarlo bien, no formar un círculo de compasión en torno a la situación del sujeto. Evítese en lo posible el alcohol en estas citas, ya que deprime el sistema nervioso y puede tener malas consecuencias al mezclarse con medicación antidepresiva. Y óptese con asiduidad por actividades deportivas, ya que hay que pruebas de que el ejercicio aeróbico es eficaz como tratamiento.

Continuará.

domingo, 29 de enero de 2012

El mundo encima

A mi hermana mayor le encantaba tomarnos el pelo a mi hermana pequeña y a mí cuando éramos pequeños. Una de sus sólitas actuaciones era aquel truco de magia en el que nos enseñaba un objeto, nos decía dónde quería que apareciera, nos hacía cerrar los ojos y abrilos pasados unos segundos. ¡Voilá! El objeto se había movido hasta donde habíamos dicho. ¡Mi hermana realmente hacía magia! Ni a mi tata ni a mí se nos ocurrió nunca abrir los ojos mientras la magia tenía lugar. Nunca hemos sido muy listos.

Foto de wilhelmja
De entre los cuentos chinos que nos relató a lo largo de la infancia recuerdo especialmente el de la historia del Atlas. Lo sacó a colación un día que le pregunté por qué el agua del mar es salada. Según ella, había un hombre encargado de sujetar el cielo. El esfuerzo le causaba mucho dolor y le hacía llorar. Fueron esas lágrimas las que dieron lugar a los océanos. «¿Y cómo se formaron las montañas?», pregunté a continuación. Mi hermana respondió: «un día el hombre no pudo más y el cielo le cayó encima. Las montañas son las piernas de aquel hombre». «¿Y el Everest?», inquirí. «Es que el hombre tenía una pierna más larga que la otra, y el Everest nació de su pierna derecha». Supongo que esa capacidad de amoldar los hechos sobre la marcha le facilita mantener su fe católica.

¿Quién no se ha sentido alguna vez como el Atlas, abrumado por el peso de la existencia? Esos días en los que se acumulan los problemas laborales, las tareas que hacer en casa, las citas pendientes con los amigos, estás acatarrado, no para de llover y la sombra del futuro incierto planea en el horizonte. Días en los que parece mejor no haber salido de la cama.

Es curioso cómo esos días se tiñen de negro a sí mismos. Los sentimientos parecen modificar los filtros de nuestra percepción. Como se piensa así se siente, como se siente así se piensa. Mihalyi Csikszentmihalyi lo describe así:
«La mayoría de las personas sólo piensan en sí mismas cuando las cosas no van bien, y con ello entran en un círculo vicioso en que la ansiedad del momento colorea el pasado y, acto seguido, los recuerdos dolorosos hacen que el presente parezca aún más negro.»
En el entrenamiento deportivo de la fuerza hay unos ejercicios llamados de prehabilitación utilizados para prevenir lesiones. Se definen informalmente como aquellos que deben trabajarse habitualmente o acabarán haciéndose como parte de la terapia rehabilitación. Ocurre que también para la mente hay ejercicios de prehabilitación, y al igual que los físicos deben practicarse cuando nos sentimos bien (ibídem Csikszentmihalyi):
«Una forma de romper ese círculo consiste en desarrollar el hábito de reflexionar sobre la propia vida cuando existe una buena razón para sentirse bien respecto a ella, cuando se está de humor optimista.»
¿A qué tipo de reflexión se refiere? Las investigaciones en psicología cognitiva apuntan a los siguientes:
  • Dar gracias: por los amigos, por una relación, por el trabajo, por tener un techo o suficiente comida, por haber aprobado, por tu bebé, por un chocolate excelente, tu mascota, un beso, una sonrisa, un olor... cuenta tanto lo grande como lo pequeño.
  • Pensar en las experiencias más maravillosas del pasado. Revivir la situación, lo que pasaba y cómo se sentía uno.
  • Imaginar el mejor futuro posible. Siendo realista, imaginar un futuro en el que se han alcanzado las metas y la vida es un sueño hecho realidad. 
  • Pensar en alguien muy querido para ti y cómo decirle lo importante que es, lo mucho que te importa y lo que significa en tu vida.
  • Revivir lo que haya ido bien en los últimos días. De nuevo se debe tener en cuenta lo grande y lo pequeño. Quizá te hayan ascendido, quizá simplemente hayas encontrado aparcamiento a la primera. Trae de nuevo a tu memoria un puñado de esas cosas.
La mejor forma de hacer estas reflexiones parece ser por escrito, una técnica que se conoce como escritura afectiva.

Otro ejercicio que en mi opinión merece la pena aprender es el ABCDE de Martin Seligman (Adversity-Belief-Consequences-Disputation-Energization), basada en el ABC de Albert Ellis. Se entenderá mejor en qué consiste con un ejemplo banal:
  • Adversity: un conductor realiza una maniobra indebida como colarse en una salida atascada de la carretera.
  • Belief: pensar «menudo morro», «qué cara», «vaya gilipollas», etc.
  • Consequence: enfadarse y maldecir, quizá acompañándolo con pitadas, gestos obscenos y gritos que el destinatario no podrá oír.
  • Disputation: puede ser que no ha encontrado un sitio mejor para hacer la maniobra, no lo haya podido hacer antes, o no sabe bien por dónde va y se ha equivocado.
  • Energization: todos cometemos errores al volante, no hay nada que pueda hacer al respecto y conducir enfadado es peligroso para mí, por lo que en este caso será mejor dejarlo correr.
Como decía, estos ejercicios han de practicarse en nuestra vida cotidiana. No se debe esperar a tener un mal día para hacerlos: para entonces ya será tarde. La técnica debe estar refinada cuando lleguen los malos momentos. El mejor momento para ensayar no es el día de la final.

Aprender a reflexionar y discutir con uno mismo permite no olvidarse del sol escondido tras las nubes en esos momentos llenos de achares.