sábado, 25 de febrero de 2012

Historias del cambio y del adiós (II)


II. ¿Quién se ha llevado mis descargas?

Ya decía Heráclito que la única constante es el cambio. Más de dos mil años después, Spencer Johnson, una especie de Esopo del siglo XX, vino a recordárnoslo con un relato banal. ¿Quién se ha llevado mi queso? es una fábula basada en las lecciones del filósofo griego que obtuvo gran éxito. Para quien no lo haya leído, he aquí un breve resumen del argumento con un tema actual:
«Érase una vez, hace poco tiempo, en un planeta cercano, vivían muchos pequeños personajes que recorrían un laberinto de enlaces de hipertexto buscando las series y las películas que los hiciera sentirse felices.
Una mañana llegaron al depósito de vídeos y descubrieron que no había descargas.
-"¿Pero qué pasa que ya no me puedo bajar series?",
 gritó uno, como si el hecho de gritar cada vez más fuerte bastara para que reapareciesen.
"?Quién se ha llevado mis descargas? - aulló.»
El cuento se centra en las actitudes de dos ratones y dos liliputienses frente al hecho de que ya no hay nada disponible para descargar. Algunos personajes del libro se adaptan rápidamente y buscan otro servidor, mientras otros vuelven una y otra vez al depósito vacío sin dar crédito a lo ocurrido, esperando en vano que se revierta la situación.

Foto de art_es_anna
La moraleja, usando palabras de James D. Watson, sería la siguiente:
«En ciencia, como en otras profesiones y relaciones personales, sucede muy a menudo que los individuos esperan a padecer las mayores amarguras antes de efectuar un cambio cargado de sentido. De hecho, nunca hay motivos para prolongar una experiencia cuando ha entrado en una fase decadente. Evítalo y todavía estarás disfrutando de la vida cuando te llegue el momento de morir.»

¿Quién se ha llevado mi queso? se hizo especialmente popular en el entorno empresarial. De hecho, el libro se vende en la secciones Administración y dirección empresarial, Empleo y mercado de trabajo y Recursos humanos de las librerías. La contraportada de la obra muestra críticas del director de recursos humanos del Grupo Iberdrola y del vicepresidente senior de Xerox.

Quizá las empresas sean un buen reflejo de cómo cambia el mundo. Si miramos la evolución del Dow Jones Industrial Average durante el último siglo veremos que General Electric es la única empresa que se ha mantenido en el índice todo ese tiempo. El resto de compañías fueron sustituidas o han muerto; sus empleados terminaron en la calle con un libro de cien páginas que hablaba de ratones y elfos. A lo largo de la vida no queda otra opción que reciclarse para poder seguir trabajando.

No obstante, el mensaje de adaptación al cambio se pervirtió para que los asalariados aceptaran sin rechistar el empeoramiento de sus condiciones laborales o su despido:
«Some managers are known to mass-distribute copies of the book to employees, some of whom see this as an insult, or an attempt to characterize dissent as not "moving with the cheese". In the corporate environment, management has been known to distribute this book to employees during times of "structural re-organization," or during cost-cutting measures, in an attempt to portray unfavorable or unfair changes in an optimistic or opportunistic way. This misuse of the book's message is seen by some as an attempt by organizational management to make employees quickly and unconditionally assimilate management ideals, even if they may prove detrimental to them professionally.»
La filosofía zen predica ser como el bambú, que cede ante el viento pero sigue creciendo hacia el sol, en lugar de partirse como las rígidas ramas de otros árboles. Puede parecer un pensamiento muy profundo, pero así dicho es una tontería. Cuando menos, es incompleto. Siguiendo esa máxima una persona se convertiría en una veleta: con un mundo en constante cambio no podría dirigirse hacia un objetivo, pues tendría que cambiar de rumbo según las circunstancias.

Ser capaz de adaptarse al cambio no significa no oponerse nunca a él, o no luchar por nada. Tampoco implica bajar los brazos cuando algo empieza a torcerse para simplemente asumir y digerir que ese algo ha terminado (tu relación, tu trabajo) y pasar a otra cosa, mariposa. A diferencia del bambú, los humanos podemos elegir oponernos al viento y usar nuestra creatividad de forma que tal enfrentamiento no acabe quebrándonos. El busilis de la cuestión radica en saber cuándo hay que seguir luchando y cuándo hay que abandonar.

miércoles, 22 de febrero de 2012

En el fondo del pozo nos encontraremos (y VII)

Lea la primera, segunda, tercera, cuartaquinta y sexta parte de esta serie de artículos.

Han pasado más de cuatro meses desde que Molly hizo como que intentaba matarse. En este tiempo parece haberse recuperado en buena parte: ha podido trabajar y amar, si bien la crisis económica le ha obligado a volver a casa de sus padres.

Aunque son muchas las personas que sufren un episodio de depresión clínica en sus vidas, son también muchas los que lo padecen una única vez. Afortunadamente, aquellas que me llevaron a escribir sobre este tema parecen pertenecer a este último grupo.

Aquella tarde, cuando Molly volvió del hospital, me preguntó hipando que cómo se hacía, que cómo se salía del pozo. Espero, querida hermana, que hayas podido hacerte una idea del proceso.

Lecturas recomendadas
Terapia cognitivo-conductual de la depresión, de Francisco Bas Ramallo y Verania Andrés Navia.
Tratamiento psicológico de la depresión, de Juan Sevilla y Carmen Pastor.
El demonio de la depresión, de Andrew Salomon.
Guía práctica contra la depresión, de Enrique Rojas.
La hipótesis de la felicidad, de Jonathan Haidt.
Tus zonas erróneas, de Wayne W. Dyer.

sábado, 18 de febrero de 2012

Prisioneros

Yo siempre he pensado que a la hora de ser valorado, al menos en lo que a una empresa se refiere, bastaba con hacer bien tu trabajo. Que a la larga es la mejor estrategia. Pero estudios como el publicado hace un par de años en The Journal of Personality and Social Psychology por Daniel Spurk y Andrea E. Abele, nos muestran cómo aparte de la minuciosidad y la extraversión, también afecta al salario lo agradable que seas. Pero mientras que en los dos primeros rasgos la correlación es positiva, en el último es negativa. Lo que significa que cuanto menos agradable seas, más cobrarás.

Este y otros estudios vienen a decir que las personas percibidas como menos afables tienden a ser más asertivas en las negociaciones salariales que sus compañeros simpáticos, a los que se suele ascender con menos frecuencia. Vamos, que si quieres llegar lejos, olvídate de hacer amigos en el trabajo. Seguro que a muchos os vienen a la cabeza varios ejemplos que confirman este punto. Y yo mismo a lo largo del tiempo me he dado cuenta que no todo se reduce a una única variable, sino que entran en juego aspectos puramente egoístas que se salen de mi entendimiento.

Todos sabemos que el ser humano es así (egoísta) por naturaleza. Incluso el planteamiento clásico de la teoría de la evolución es incompatible con la idea de un comportamiento altruista. El propio Charles Darwin constata que:
«Es extremadamente dudoso que fuera mayor la progenie de los padres que desarrollaron mayor simpatía y bondad o de los más leales a sus compañeros que la prole de los egoístas y los falsos pertenecientes a la tribu: la persona que está dispuesta a sacrificar su vida antes que traicionar a sus amigos –se cuentan muchas entre los salvajes- no deja descendencia que herede su noble naturaleza;» (Darwin, 1871/1966: 183)
Pero aun así, Darwin supone un beneficio para el grupo, aunque no para el individuo altruista:
«No ha de olvidarse que, aunque un excelente nivel de moralidad apenas otorga ligera ventaja al individuo y a sus hijos sobre los demás individuos de la misma tribu, el aumento del número de hombres dotados de buenas condiciones y el progreso del nivel de moralidad concede ciertamente inmensa superioridad a una tribu sobre otra» (Darwin, 1871/1966: 186)
Hasta la llegada de la teoría de juegos y, en concreto, el conocido como dilema del prisionero, no se ha podido tener una mejor visión de cómo ha podido evolucionar un comportamiento altruista desde mecanismos puramente egoístas en la selección natural.

El dilema clásico plantea algo como lo siguiente:
«La policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y, tras haberlos separado, los visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor.»
Lo que puede resumirse como:


Tú confiesas
Tú lo niegas
Él confiesa Ambos sois   condenados a 6 años Él sale libre y tú eres condenado a 10 años
Él lo niega Él es condenado a 10 años y tú sales libre  Ambos sois   condenados a 6 meses

Dicho planteamiento nos muestra los resultados directos como consecuencia de la estrategia elegida, ya sea altruista o egoísta. Un ejemplo de esta teoría aplicada al cine puede verse claramente en la escena de los barcos de la película de Batman: El Caballero Oscuro.

Pero el auténtico valor del modelo del dilema del prisionero se alcanza cuando los sujetos no juegan una vez, sino varias, un poco como sucede en la vida real. Es lo que se conoce como el dilema del prisionero iterado.De esta forma los sujetos recuerdan encuentros previos, y tienen la posibilidad de castigar o premiar al oponente por su comportamiento anterior. Fue planteada por Robert Axelrod, quien descubrió que cuando se repiten estos encuentros durante un largo periodo de tiempo con muchos jugadores, cada uno con distintas estrategias, las estrategias "egoístas" tendían a ser peores a largo plazo, mientras que las estrategias "altruistas" eran mejores, juzgándolas únicamente con respecto al interés propio.

Por lo tanto, en casi todos los aspectos de la vida, es posible que una actitud más agresiva, menos amable, o más egoísta en general, nos proporcione un beneficio inmediato, pero a la larga hay muchas posibilidades de que acabe siendo contraproducente. En cualquier caso, volviendo al tema laboral, es de agradecer que la mayoría de las personas con las que me he encontrado, al igual que yo, prefieran crear un buen ambiente e incluso hacer grandes amistades, sin que eso implique pasar por encima de nadie en el camino al éxito. Al fin y al cabo ¿no pasamos la mayor parte de nuestra vida trabajando? La felicidad durante todo ese tiempo también tiene un precio.

domingo, 12 de febrero de 2012

Historias del cambio y del adiós (I)

I. Tu peor error

El último compañero de trabajo que ha abandonado la empresa lo ha hecho dejándonos unas palabras de Paulo Coelho:
«Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella, más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos. Como quiera llamarlo, lo importante es poder cerrarlos, dejar ir momentos de la vida que se van clausurando. ¿Terminó con su trabajo?, ¿Se acabó la relación?, ¿Ya no vive más en esa casa?, ¿Debe irse de viaje?, ¿La amistad se acabó?»
Es psicológicamente difícil cerrar una etapa. Nos aferramos a cosas que nos hacen infelices porque tenemos miedo de quedarnos solos, o de que lo que haya allí fuera sea todavía peor. Creemos eso de que más vale malo conocido que bueno por conocer, que es mejor pájaro en mano que ciento volando, aun cuando el pájaro nos esté arrancando la piel a picotazos.

Como humanos, nuestro cerebro trae incorporado un sistema de aversión a la pérdida y otro de afinidad con lo familiar. Dos mecanismos que fueron seleccionados por la naturaleza en un mundo muy distinto del actual.

A las personas nos resulta muy complicado abandonar algo en lo que hayamos invertido mucho tiempo, esfuerzo o (¿sobretodo?) dinero. Tanto es así que preferimos perseverar en el error, tirando más de ese tiempo, esfuerzo o dinero por el desagüe. Vemos una mala película hasta el final porque hemos pagado la entrada, sin tener en cuenta el valor del tiempo malgastado. Mantenemos las acciones de empresas que bajan para ver si acaban subiendo. Al final, en lugar de cortar la sangría dejamos correr las pérdidas y acabamos peor de lo que hubiéramos terminado si hubiésemos sabido retirarnos. Continuamos estudiando una carrera que ya no nos gusta porque hemos completado una parte, aunque ni siquiera consideremos dedicarnos finalmente a esa profesión. Somos tan reacios a perder que escritores como Coelho pueden hacerse populares recordándonos obviedades como la necesidad de saber abandonar.

Luego tenemos nuestro sesgo hacia lo conocido, hacia lo familiar, ya sean rostros, situaciones, ambientes o tareas. La rutina nos absorbe de tal manera que la idea de cambiarla se torna hercúlea a nuestros ojos. Negociamos con nosotros mismo y nos decimos que quizá no esté tan mal, que nuestra pareja es una cabrona pero es nuestra cabrona. Somos tan adictos a «lo nuestro» que, pasados unos años, echaríamos de menos hasta unas tijeras de cocina clavadas en el culo.

Pareciera, además, que no nos atrevemos a dejar algo atrás hasta que el vaso se ha desbordado sobradamente. No nos preguntamos habitualmente «¿es esto lo que quiero?» «¿es aquí donde quiero estar?». En lugar de eso nos planteamos tales cuestiones una vez que la situación ya es mala o muy mala, lo que empeora el cuadro, pues el ánimo tiñe nuestro razonamiento.

He conocido a gente (y probablemente el lector también) que ha aguantado años en trabajos que odiaban o con parejas que les hacían enormemente infelices, cuando nada les obligaba a ello; gente que perdió su salud en intentar resucitar relaciones muertas o proyectos hueros. A mí me ha pasado varias veces, sin ir más lejos. Y ni esas personas ni yo lo hicimos por gusto o por ignorancia. Creo que lo hicimos, simplemente, porque somos humanos.

Continuará.

domingo, 5 de febrero de 2012

Cáncer

El 4 de Febrero es el día mundial contra el cáncer:
«El cáncer es una de las principales causas de mortalidad en todo el mundo. La OMS calcula que, de no mediar intervención alguna, 84 millones de personas morirán de cáncer entre 2005 y 2015.»
Algo de lo que me enterado a través del recomendable blog de Mauricio-José Schwarz:
«Hoy en día conocemos a cada vez más [sobrevivientes de Cáncer]. Entre los famosos tenemos, en España, a gente como la presentadora María Teresa Campos y sus dos hijas (una de ellas también presentadora, Teresa Lourdes o "Terelu"), la cantante Luz Casal, la también cantante Encarna Salazar, del dueto "Azúcar moreno" o la modelo dominicana Sandra Ibarra (dos cánceres). En Estados Unidos están desde el campeón ciclista Lance Armstrong hasta las actrices Suzanne Sommers o Fran Drescher (The Nanny) y el patinador Scott Hamilton, en lo internacional las cantantes Sheryl Crow, Olivia Newton John, Kylie Minogue y Melissa Etheridge, Robert de Niro, Nelson Mandela... en el rock Rod Stewart, Peter Criss (Kiss), Charlie Watts (baterista de Rolling Stones) y muchos más.

 Pero lo importante es la gente cerca de nosotros. Prácticamente todos nosotros tenemos cerca a alguna persona que sufrió un cáncer y se ha recuperado. Yo conozco a varias: una fotógrafa, una empleada de El Corte Inglés, una educadora social... ¿a cuántos conoce usted?»
En mi caso la lista incluye a mi tía, a un amigo, a la hermana de una amiga, a un tío de mi padre, a la compañera de trabajo de otro amigo y a varios pacientes cuya rehabilitación me fue asignada cuando estuve de prácticas en el hospital.

Las estadísticas mundiales de cáncer asustan un poco:
«Cancer is the leading cause of death in economically developed countries and the second leading cause of death in developing countries.»
De hecho:
«los humanos ya tenemos un veinte por ciento de probabilidades de morir de cáncer aunque no estemos expuestos a ninguna radiación de origen artificial. Nadie sabe por qué. No se ha desmostrado que este veinte por ciento obedezca a un efecto medioambiental concreto [...] y tampoco se conoce ningún agente contaminante cuyos efectos expliquen ese porcentaje.»
Entre las causas de la enfermedad están la edad, la dieta, las pautas de conducta y los factores ambientales:
The burden of cancer is increasing in economically developing countries as a result of population aging and growth as well as, increasingly, an adoption of cancer-associated lifestyle choices including smoking, physical inactivity, and “westernized” diets.
Hay motivos para pensar que estamos curando el cáncer, pero también los hay para ser menos optimistas:
«La tasa de mortalidad por cáncer, ajustada por edades, apenas ha variado en el último medio siglo, con unas 200 muertes por cada 100.000 personas.»
Según Thomas J. Smith, oncólogo y clínico de la Universidad de la Commonwealth de Virginia (ibídem Levitt y Dubner):
«La realidad es que, para la mayoría de la gente con tumores sólidos -cerebro, mama, próstata, pulmón-, [los tumores] ya no nos patean el culo tan fuerte, pero tampoco hemos progresado tanto.»
El tratamiento más conocido, la quimioterapia, no siempre es útil (ibídem Levitt y Dubner):
«En todo el mundo se gastan al año más de 40.000 millones de dólares en medicamentos contra el cáncer. [...] El grueso de este gasto corresponde a la quimioterapia.
[...]
La quimioterapia ha resultado efectiva en algunos cánceres, entre ellos la leucemia, el linforma, la enfermedad de Hodgkin y el cáncer de testículos [...] pero en la mayoría de los otros casos, la quimioterapia es notablemente ineficaz.»
La quimioterapia consiste más o menos en inyectar veneno directamente en las venas. Es un tratamiento de bombardeo por saturación que recuerda a las sangrías aplicadas por los cirujanos barberos del siglo XVII. Como dice Dubner:
«Es fácil imaginar un momento futuro, tal vez dentro de cincuenta años, en el que todos volvamos la mirada hacia los prinicpales tratamientos contra el cáncer de principios del siglo XXI y digamos: "¿Eso les dábamos a nuestros pacientes?"»
Los datos mostrados cuentan solo una parte de historia. Una mera cifra como la tasa de mortalidad elimina matices importantes sobre lo que supone padecer esta enfermedad. La cuestión no es únicamente salir con vida, sino continuar teniendo una vida con calidad suficiente como para considerarla digna de ser vivida. No todas las personas que he citado en mi lista al principio se recuperaron igual. Teodora ha pasado dos veces por la experiencia y tiene buen aspecto; es joven y guapa, con la energía propia de la veintena. Dos de los pacientes que traté, por el contrario, no podían vivir fuera del hospital, estaban la mayor parte del tiempo semiconscientes y necesitaban dosis enormes de morfina para soportar el dolor. Por no hablar del calvario que todos ellos atravesaron como tratamiento, y las consecuencias que este les dejó para el resto de su vida.



Según la AECC «alrededor de un 75-80% de los cánceres pueden atribuirse a factores externos, que por lo general, la persona puede modificar y por tanto disminuir el riesgo de desarrollar un cáncer». Las recomendaciones no son nada del otro jueves: se trata, básicamente, de llevar un estilo de vida saludable. La receta es de sobra conocida: seguir una alimentación rica en frutas y verduras y hacer ejercicio. Ambas cosas contribuyen además a evitar la obesidad, que es otro factor de riesgo. También se recomienda no fumar, tomar el sol con cuidado y evitar la exposición a sustancias cancerígenas. Visto lo visto, mejor será hacer caso.

miércoles, 1 de febrero de 2012

En el fondo del pozo nos encontraremos (VI)

Lea la primera, segunda, tercera, cuarta y quinta parte de esta serie de artículos.

Hasta ahora hemos visto la depresión principalmente desde el punto de vista del enfermo, pero la enfermedad afecta también a quienes le rodean. Esas personas pueden echarle una cuerda al deprimido para ayudarle a salir del pozo. La gente del entorno es el ingrediente principal de la socioterapia.

Unas palabras de precaución, en primer lugar. Tanto familiares como amigos deben tener claro que ellos no son terapeutas. El lugar para hablar de la enfermedad es la terapia. El tiempo con las personas queridas debe usarse para que el enfermo desentumezca el cerebro. Que vea, sienta, saboree, huela cosas distintas, situaciones nuevas, lugares inéditos. No es que se trate de ignorar al elefante en la habitación, sino de evitar que se refuerce el círculo vicioso de pensamientos del individuo acerca de su situación.

El papel de la familia es complicado. Para empezar deben convivir con una persona deprimida, lo que requiere enormes cantidades de paciencia. Los deprimidos son sumamente egoístas y agotadores, siempre pensando en círculo. Tratar con ellos puede ser muy frustrante. Sin embargo, son parte importante de la recuperación.

La familia debe proporcionar apoyo, cariño y seguridad. Sin embargo no debe ser sobreprotectora, procurando que la experiencia del enfermo no sea demasiado cómoda. Por ejemplo, no hay que eximirle de todas sus responsabilidades de la vida diaria.
Para recuperarse de la depresión es importante recuperar los horarios y las rutinas, algo en lo aquellos que conviven con el enfermo pueden presionar. Si se las deja a su aire normalmente las personas deprimidas pasan demasiado tiempo durmiendo, encerradas y a solas.

Adicionalmente, los familiares pueden ayudar al médico aportando su visión del estado de la persona, y recibir de él orientación sobre cómo comportarse para ayudar mejor.

Los amigos, por su parte, son capaces de hacer que el individuo recupere el disfrute de aquellas actividades sociales que antes eran placenteras para la persona:
Algunas personas deprimidas tienen dificultades para experimentar placer alguno, y sus sistemas apetitivo y consumatorio no funcionan. No pueden imaginar pasarlo bien y, si se les arrastra a comer fuera o a realizar cualquier actividad placentera, no la disfrutan. Pero algunas personas deprimidas logran animarse si se les obliga a salir, porque aunque su sistema apetitivo no funciona, sí lo hace el consumatorio.
De modo que la simple recomendación que suele hacerse de «salir» es acertada. Quedar regularmente con los amigos forma parte del plan de actividades agradables que suele prescribirse durante la terapia. La premisa es disfrutar y pasarlo bien, no formar un círculo de compasión en torno a la situación del sujeto. Evítese en lo posible el alcohol en estas citas, ya que deprime el sistema nervioso y puede tener malas consecuencias al mezclarse con medicación antidepresiva. Y óptese con asiduidad por actividades deportivas, ya que hay que pruebas de que el ejercicio aeróbico es eficaz como tratamiento.

Continuará.

domingo, 29 de enero de 2012

El mundo encima

A mi hermana mayor le encantaba tomarnos el pelo a mi hermana pequeña y a mí cuando éramos pequeños. Una de sus sólitas actuaciones era aquel truco de magia en el que nos enseñaba un objeto, nos decía dónde quería que apareciera, nos hacía cerrar los ojos y abrilos pasados unos segundos. ¡Voilá! El objeto se había movido hasta donde habíamos dicho. ¡Mi hermana realmente hacía magia! Ni a mi tata ni a mí se nos ocurrió nunca abrir los ojos mientras la magia tenía lugar. Nunca hemos sido muy listos.

Foto de wilhelmja
De entre los cuentos chinos que nos relató a lo largo de la infancia recuerdo especialmente el de la historia del Atlas. Lo sacó a colación un día que le pregunté por qué el agua del mar es salada. Según ella, había un hombre encargado de sujetar el cielo. El esfuerzo le causaba mucho dolor y le hacía llorar. Fueron esas lágrimas las que dieron lugar a los océanos. «¿Y cómo se formaron las montañas?», pregunté a continuación. Mi hermana respondió: «un día el hombre no pudo más y el cielo le cayó encima. Las montañas son las piernas de aquel hombre». «¿Y el Everest?», inquirí. «Es que el hombre tenía una pierna más larga que la otra, y el Everest nació de su pierna derecha». Supongo que esa capacidad de amoldar los hechos sobre la marcha le facilita mantener su fe católica.

¿Quién no se ha sentido alguna vez como el Atlas, abrumado por el peso de la existencia? Esos días en los que se acumulan los problemas laborales, las tareas que hacer en casa, las citas pendientes con los amigos, estás acatarrado, no para de llover y la sombra del futuro incierto planea en el horizonte. Días en los que parece mejor no haber salido de la cama.

Es curioso cómo esos días se tiñen de negro a sí mismos. Los sentimientos parecen modificar los filtros de nuestra percepción. Como se piensa así se siente, como se siente así se piensa. Mihalyi Csikszentmihalyi lo describe así:
«La mayoría de las personas sólo piensan en sí mismas cuando las cosas no van bien, y con ello entran en un círculo vicioso en que la ansiedad del momento colorea el pasado y, acto seguido, los recuerdos dolorosos hacen que el presente parezca aún más negro.»
En el entrenamiento deportivo de la fuerza hay unos ejercicios llamados de prehabilitación utilizados para prevenir lesiones. Se definen informalmente como aquellos que deben trabajarse habitualmente o acabarán haciéndose como parte de la terapia rehabilitación. Ocurre que también para la mente hay ejercicios de prehabilitación, y al igual que los físicos deben practicarse cuando nos sentimos bien (ibídem Csikszentmihalyi):
«Una forma de romper ese círculo consiste en desarrollar el hábito de reflexionar sobre la propia vida cuando existe una buena razón para sentirse bien respecto a ella, cuando se está de humor optimista.»
¿A qué tipo de reflexión se refiere? Las investigaciones en psicología cognitiva apuntan a los siguientes:
  • Dar gracias: por los amigos, por una relación, por el trabajo, por tener un techo o suficiente comida, por haber aprobado, por tu bebé, por un chocolate excelente, tu mascota, un beso, una sonrisa, un olor... cuenta tanto lo grande como lo pequeño.
  • Pensar en las experiencias más maravillosas del pasado. Revivir la situación, lo que pasaba y cómo se sentía uno.
  • Imaginar el mejor futuro posible. Siendo realista, imaginar un futuro en el que se han alcanzado las metas y la vida es un sueño hecho realidad. 
  • Pensar en alguien muy querido para ti y cómo decirle lo importante que es, lo mucho que te importa y lo que significa en tu vida.
  • Revivir lo que haya ido bien en los últimos días. De nuevo se debe tener en cuenta lo grande y lo pequeño. Quizá te hayan ascendido, quizá simplemente hayas encontrado aparcamiento a la primera. Trae de nuevo a tu memoria un puñado de esas cosas.
La mejor forma de hacer estas reflexiones parece ser por escrito, una técnica que se conoce como escritura afectiva.

Otro ejercicio que en mi opinión merece la pena aprender es el ABCDE de Martin Seligman (Adversity-Belief-Consequences-Disputation-Energization), basada en el ABC de Albert Ellis. Se entenderá mejor en qué consiste con un ejemplo banal:
  • Adversity: un conductor realiza una maniobra indebida como colarse en una salida atascada de la carretera.
  • Belief: pensar «menudo morro», «qué cara», «vaya gilipollas», etc.
  • Consequence: enfadarse y maldecir, quizá acompañándolo con pitadas, gestos obscenos y gritos que el destinatario no podrá oír.
  • Disputation: puede ser que no ha encontrado un sitio mejor para hacer la maniobra, no lo haya podido hacer antes, o no sabe bien por dónde va y se ha equivocado.
  • Energization: todos cometemos errores al volante, no hay nada que pueda hacer al respecto y conducir enfadado es peligroso para mí, por lo que en este caso será mejor dejarlo correr.
Como decía, estos ejercicios han de practicarse en nuestra vida cotidiana. No se debe esperar a tener un mal día para hacerlos: para entonces ya será tarde. La técnica debe estar refinada cuando lleguen los malos momentos. El mejor momento para ensayar no es el día de la final.

Aprender a reflexionar y discutir con uno mismo permite no olvidarse del sol escondido tras las nubes en esos momentos llenos de achares.


domingo, 15 de enero de 2012

Azul mejor que rojo

Antes de que desembarcara Simon Baker con su chaleco y su Citroen DS21, el mentalista era James Roday, protagonista de Psych. Con el paso de las temporadas esta serie se ha convertido en una de mis favoritas. Se trata de una comedia sin grandes pretensiones del canal USA Network en la que un falso vidente, Shawn, y su amigo de la infancia, Gus, se dedican a resolver crímenes aprovechando las inusuales capacidades de observación del primero.
La serie sigue la típica estructura del «caso de la semana» con casi nulas tramas transversales. Lo que me gusta del programa es el dúo cómico formado por la pareja protagonista, cuyos desbarres se han ido acentuando según han ido pasando los capítulos. Shawn y Gus son dos treintañeros inmersos en la investigación de casos de homicidio que se comportan como críos: creen en los OVNIS, los fantasmas y los vampiros, no paran de ver la tele y comer guarrerías, malgastan el dinero en juguetes y tienen piques ridículos entre ellos. Los diálogos absurdos son otro de sus sellos, como este del undécimo capítulo de la tercera temporada:
Gus: ¿Cómo puedes estar tan seguro de que Lassiter no disparó a Chávez?
Shawn: Relativamente fácil: decidí estarlo y, por tanto, lo estoy. Lo dijo Sócrates.
Gus: No, fue Descartes.
Shawn: Esa era la colonia que llevábamos en el insti.
Gus: No, eso era Drakkar Noir.
Shawn: No, eso es un vino.
Gus: Eso es Pinot Noir.
Foto de Aaron Wagner
Ese tipo de convencimiento («decidí estar convencido de ello, y por tanto, lo estoy») me vino a la mente hace poco cuando mis compañeros empezaron a discutir a la hora del pan y el postre sobre qué sistema operativo móvil es mejor, iOS o Android. La lucha consistió en el clásico toma y daca de clichés, estereotipos, datos dudosos o directamente falsos, insultos y demás. Lo que viene siendo un enfrentamiento trol contra trol en el mundo real.

Me he encontrado discusiones parecidas en todas partes. Probablemente el lector pueda referir situaciones similares en su campos de especialización o aficiones, donde se libren semejantes guerras santas dicotómicas entre fanáticos de cada extremo, con partisanos de uno y otro bando tirándose piedras a la cabeza sin mejores argumentos que el «viva mi pueblo y su patrona» o el «porque yo lo digo». Diálogos que en realidad son monólogos concurrentes, en los que la razón queda aparcada y cada interlocutor piensa en lo que va a responder mientras el otro habla, sin considerar siquiera la información nueva que le están transmitiendo. A veces se llega a extremos ridículos en los que, parafraseando a un amigo, se discute si el azul es mejor que el rojo. Los deportes son un terreno especialmente fructífero para tal clase de discusiones vesicantes.

Creo que muchas veces no hay una opción superior en términos absolutos. Cuando buscamos consejo queremos que nos digan qué es lo mejor, asumiendo erróneamente que tal cosa existe. Algunos de los que me conocen se desesperan cuando me preguntan mi opinión sobre si es mejor X o Y y yo respondo «depende». No es que no pueda mojarme, es que la respuesta realmente va en función del contexto o del fin. Sin esa información la cuestión se convierte en algo abstracto del tipo ¿es mejor grande o pequeño? Pues depende de si hablamos de un premio de la lotería o de los dedos del médico que te va a examinar la próstata.

Sugiero que el problema surge cuando pasamos de cuestiones banales a las realmente importantes, defendiendo posturas que no han sido sometida a un juicio crítico con inmerecida vehemencia, protegiéndolas además del análisis. Hablo de decisiones respecto al cuidado y educación de los hijos, la eutanasia y el aborto, las corridas de toros, la gestión de la deuda estatal, la inmigración, el matrimonio homosexual, la discriminación positiva, el reparto de la riqueza, las tradiciones, la legislación sobre drogas recreativas y otras tantas más. Cuestiones demasiado importantes como para dejarlas a cargo de creencias a la que se han llegado antes que a los argumentos y sin pasar por ellos. ¿Qué posiciones del lector respecto a dichos temas están basadas en algo realmente sólido, y cuáles son simplemente fruto de una intuición o de una sensación?

domingo, 8 de enero de 2012

Fea

Fea y gorda. Así se describía Magdalena hace unos días. Los que la conocen saben que con esas palabras había errado el tiro, y así se lo hicieron saber, si bien nuestra amiga no se bajó de la burra. Quizá sea que vemos lo que queremos ver, no lo que realmente hay.

Todo esto me recordó estos vídeos del programa de televisión APM (apenas duran unos segundos cada uno):


[Mis más sinceras disculpas a los estetas con piel de cuero por mi aspecto desaliñado. Como compensación prometo regalarles algo precioso para cubrirse las cicatrices que les deje la extirpación de sus futuros melanomas.]

«Nadie debería ser feo», dicen aquí mis primos de fatua laya. Según ellos, la fealdad es un defecto y hay que erradicarla. Ser feo es malo. Como nos cuenta Ulrich Renz:
«"Las personas atractivas deberían llevar siempre una máscara», afirma uno de los manuales de belleza más populares del Renacimiento. Ser feo era un delito que se podía castigar con velos o con afeites, con el encierro o con la hoguera, según la época. En los años setenta, en algunas ciudades de Norteamérica existían todavía las llamadas ugly laws, unas leyes que permitían a la policía arrestar a los transeúntes que tuvieran mal aspecto.»
Pero ¿qué tiene exactamente de malo ser feo?

Tradicionalmente, la fealdad se ha asociado al mal. Ya en el 600 a.C. Safo de Mitilene decía «quien es bello, es también bueno». Los protagonistas de cuentos, leyendas y películas son guapos y virtuosos, mientras que sus antagonistas son malvados y antiestéticos. Los monstruos y demonios representados en el folclore son horrendos. ¿Por qué asociamos una cosa a la otra?

Quizá sea cosa del lenguaje, que nos confunde (ibídem Renz):
«bello y bueno son en hebreo una misma palabra. En muchas lenguas africanas y americanas encontramos la misma tacañería: una misma noción significa bueno y bello según el contexto.
[...] El adjetivo inglés
fair es un buen ejemplo de esta mezcla de lo bello, lo claro y lo bueno, puesto que significa a la vez bello, claro, cristalino y rubio, además de justo.»
Aunque esta es una conjetura discutible. Puede que en realidad la asociación se deba a cómo nuestro cerebro categoriza las cosas, agrupando los contrarios. El mejor ejemplo de esto es el concepto de yin yang. Como el lector probablemente ya sepa, en el lado del yang están la luz, lo masculino, lo alto, lo caliente, etc., mientras que en el lado del ying se sitúan la oscuridad, lo femenino, lo bajo, lo frío, y demás. Si, como hizo el confucianismo, agregamos la dimensión moral a este símbolo, lo bueno queda junto a lo bello y lo masculino. Tal vez de ahí se siga que lo femenino y lo feo son malos.

Acaso se trate sencillamente de un estereotipo más del tipo «mujer inútil», «negro tonto» y «homosexual enfermo». No obstante, sabemos que ni las mujeres son inútiles, ni los negros son tontos, ni los homosexuales están enfermos (por mucho que diga Richard Cohen).

Todo lo anterior son meras especulaciones del abajo firmante. Tampoco es que nada de eso importe. Lo cierto es que las palabras «bueno» o «malo» pertenecen a la ética, no a la estética (ibídem Renz):
«Hubo que esperar a que un erudito de Königsberg de corta estatura llamado Immanuel Kant acabara con la absurda disputa sobre el valor moral de la belleza. Kant derribó de un plumazo tanto el culto platónico a la belleza como el desprecio hacia lo bello que tanto propugnaban los adversarios de Platón. Lo bello es bello y lo bueno, bueno; cuestión resuelta. En un abrir y cerrar de ojos, la prohibición kantiana de mezclar el juicio ético con la valoración estética conquistó el discurso filosófico y aún hoy es una parte esencial del estándar filosófico.»
Aclarado este punto ¿es la fealdad un defecto, o algo que deba corregirse? Diez minutos de anuncios de televisión bastarán para, cuanto menos, considerar una respuesta afirmativa a dicha pregunta. Supongamos, por mor del argumento, que ser feo es un defecto. ¿Deberíamos entonces usar la tecnología que menciona la torda del primer vídeo para arreglar la situación? Nuestros actos parecen indicar que ya lo estamos haciendo. L'Oreal obtuvo en 2010 unos beneficios netos de 2.240 millones de euros. Mientras tanto, y según datos de la ONU, en 2006 había mil millones de personas viviendo con menos de un dólar al día.

Hace unos meses escribí sobre la vacuidad que supone vivir del aspecto. Sugiero que, del mismo modo que los guapos tal vez deberían cultivar facetas más significativas que su don superficial, todos deberíamos usar de forma juiciosa nuestro presupuesto en cuanto al aspecto. En lugar de gastar miles de euros en ponerse tetas, creo que Sara hubiera hecho mejor dando de comer al personal.

La ciencia ha confirmado que ser guapo conlleva ventajas sociales, económicas y psicológicas (de nuevo, véase el libro de Renz). Siendo así, son precisamente los bellos quienes más obligados están a repartir:
«Los talentos naturales que permiten el éxito de algunos no son obra suya, sino más bien de su buena fortuna, el resultado de una lotería genética. Si nuestra donación genética es un don, y no un logro del que podamos atribuirnos el mérito, es erróneo y presuntuoso asumir que tenemos derecho a apropiarnos de todos los beneficios que genera en una economía de mercado. Tenemos pues una obligación de compartir estos beneficios con aquellos que carecen de dones comparables, sin que sea una falta por su parte.»

sábado, 31 de diciembre de 2011

Meditaciones de fin de año

Hace unos días alguien llegó al blog buscando en Google la frase «meditaciones de fin de año». Esta va por ti, visitante anónimo.

Champán y fuegos artificiales, campanadas y cenas pantagruélicas. Buenos deseos para los demás y buenos propósitos para uno mismo. Es la noche de fin de año, aquella en la que -tal vez víctimas del alcohol- emerge un ánimo global de enmienda movido por un barco de optimismo que normalmente desaparece en la niebla pasados los primeros días del año nuevo.

Hacer una promesa de año nuevo es muy fácil, como todos sabemos. Uno dice «este año...»:
... voy a dejar de fumar
... voy a ir al gimnasio y me voy a poner petao'.
... voy a ahorrar.
... voy a ponerme a dieta.
... voy a dejar de beber.
... voy a hacer todo lo anterior.

Foto de wobble-san
Y ya está. Porque, evidentemente, basta con proponerse algo para lograrlo. ¿No?

Claro que no. Sabemos que el problema no es decidirse a hacer algo, sino llevarlo a buen término. Pero ocurre que nuestros propósitos (sean o no de año nuevo) nacen enfermos, y por ende suelen morir prematuramente. Los objetivos que nos fijamos están infectados por la falacia del yo futuro: el hecho de suponer que, este año sí, tendremos la fuerza de voluntad necesaria para cambiar, que las circunstancias serán propicias para cumplir lo prometido, y que no habrá dificultades ni imprevistos que nos aparten del buen camino.

Dan Ariely tiene una magnífica charla sobre el autocontrol que retrata perfectamente lo que quiero decir:
«In the future we are wonderful people. We will exercise, we will diet, we will save, we will not text while driving... in the future we are wonderful people. The problem is we don't get to live in that future. We get to live in the present, and in the present we fail to temptation over and over.»
Nunca llegamos a conocer a esa maravillosa persona que es nuestro yo futuro. Dado que vivimos en el presente es normal que el aquí y el ahora sean lo que más nos influye. Tal vez sea nuestra naturaleza:
«En momentos de tentación o indecisión [...] nos damos cuenta, de forma dolorosa, de que no hay motivos ni decisiones pasadas, por muy firmes que puedan ser, que determinen lo que queremos hacer ahora. Cada momento requiere una elección nueva o renovada.»
El comportamiento correcto, ese que nos lleva a cumplir nuestro objetivo, pasa a ser asunto de nuestro futuro yo. Por tanto, nuestro yo presente lo pospone:
«Present bias is why you’ve made the same resolution for the tenth year in a row, but this time you mean it. You are going to lose weight and forge a six-pack of abs so ripped you could deflect arrows.
You weigh yourself. You buy a workout DVD. You order a set of weights.
One day you have the choice between running around the block or watching a movie, and you choose the movie. Another day you are out with friends and can choose a cheeseburger or a salad. You choose the cheeseburger.
The slips become more frequent, but you keep saying you’ll get around to it. You’ll start again on Monday, which becomes a week from Monday. Your will succumbs to a death by a thousand cuts. By the time winter comes it looks like you already know what your resolution will be the next year.»

¿Cómo podemos cumplir lo prometido? Hay varias listas de recomendaciones al respecto, y la charla de Ariely que he mencionado antes también menciona algunas técnicas. La idea básica en todos los casos es reconocer que cambiar es una guerra contra uno mismo, por lo que hay que minimizar el número de batallas que librar (elegir un solo propósito por año). El autocontrol es un recurso limitado, de manera que debemos recompensarnos cuando lo hacemos bien para seguir luchando. Por último, tendemos a dejar las cosas para mañana, así que debemos medir nuestro progreso. Revisar regularmente cuánto camino llevamos andado puede evitar que pasados once meses aún estemos en la posición de salida.

A mi juicio, las resoluciones de año nuevo son necesarias. Es reconocer que podemos -que debemos- mejorar, someternos a nuestra propia ley en busca de esa perfección personal que Kant señaló como deber y fin, y a la que me refiero frecuentemente. Es asumir que, como pensaba Sartre, somos responsables de nuestra vida y de todo lo que nos atañe. Somos responsable de fijarnos esta clase de objetivos y obligarnos a cumplirlos.

Hay una última cosa que quiero decir. La propia perfección es solo la mitad de la ecuación; también está la parte de la felicidad ajena. Consideremos, pues, incluir entre nuestras buenas intenciones para el próximo año hacer algo que redunde en beneficio de los otros (dar donativos, trabajar como voluntario, comportarse de forma más ecológica, hacerse vegetariano...), de modo que sea un feliz año nuevo para todos.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

En el fondo del pozo nos encontraremos (V)

Lea la primera, segundatercera y cuarta parte de esta serie de artículos.  

El procedimiento de reestructuración cognitiva es relativamente simple: escribe tus pensamientos, aprende a reconocer distorsiones en ellos, rebátelos y piensa una forma más adecuada de formularlos. Dado que la rumia es un proceso automático de fondo el enfermo debe estar bien atento a sus pensamientos durante el día para dar caza a sus pensamientos erróneos.

Son distorsiones del pensamiento:
  • Pensamiento dicotómico o categórico. Son los pensamientos del tipo todo o nada, blanco o negro. 
  • Sobregeneralización: extrapolar un hecho convirtiéndolo en una regla general. 
  • Abstracción selectiva: ver solo el lado malo o elegir los hechos y detalles que confirman nuestra versión distorsionada del mundo, en lugar de los verdaderamente importantes. 
  • Descalificación de las experiencias positivas: no permitirse sentirse bien.
  • Razonamiento emocional: creer que la realidad es un reflejo de lo que uno siente. De que tú te sientas mal no se sigue lógicamente que la situación sea mala. 
  • Inferencia arbitraria: llegar a conclusiones negativas sin base, verlo todo negro aun cuando no hay pruebas para ello. Dos clásicos de este tipo de distorsión son la adivinación del pensamiento (cree que soy idiota) y del futuro (no va a funcionar, no va a salir bien).
  • Magnificar los errores propios o minimizar los éxitos.
  • Deberíalandia: pensar que las cosas deberían ser de una determinada manera y sentirse afectado por no ser así (la vida no es justa). 
  • Personalización: verse como la causa de sucesos desagradables de los que uno no es responsable.
Cómo atacar esas distorsiones:
  • Diferenciar entre pensamiento y realidad.
  • Buscar qué evidencia hay para nuestras creencias.
  • Determinar si las implicaciones que suponemos son realistas.
  • Buscar alguna explicación alternativa.
  • Reformular el pensamiento.

Para trabajar la reestructuración se escribe el pensamiento en la primera línea de un folio en blanco y se rellena el resto de la página con frases que lo corrijan. Por ejemplo:
Soy una mierda
  • ¿De verdad crees que no haces nada bien nunca? (pensamiento dicotómico). Solo por azar algunas cosas te saldrán bien.
  • ¿Realmente todo te sale mal? (sobregeneralización). Quizá ha sido solo un mal día. Hasta en una distribución aleatoria de hechos se forman clusters de eventos negativos (sucesión de muchos de ellos).
  • Que hoy hayas cometido un error no quiere decir que siempre te equivoques (sobregeneralización).
  • Los resultados no siempre dependen del esfuerzo de uno (personalización), sino también de las circunstancias. 
  • Sentirse una mierda no implica que realmente lo seas (razonamiento emocional). ¿Acaso no hay absolutamente nadie que te aprecie? ¿Por qué dudas de su criterio? No eres telépata, no sabes lo que piensan realmente sobre ti.
  • ¿Llevas una contabilidad de aciertos y errores que respalde tu opinión?
  • No estás atado a tu ser actual (inferencia arbitraria), puedes mejorar.
  • Estás deprimido y, por tanto, tus pensamientos están más distorsionados de lo habitual. No puedes fiarte de ellos.

Y seguiría así la cosa hasta llegar a algo del tipo «soy como todos, con mis cosas buenas y malas» o «no soy tan bueno como quisiera, pero puedo mejorar».

Además de atacar el contenido de los pensamientos puede trabajarse su aparición. Para detener la rumia son apropiadas las técnicas de detención del pensamiento como contar desde cien a cero de tres en tres (o algo más complicado) durante unos veinte segundos al menos. Este es un ejercicio útil y práctico que puede hacerse en cualquier momento y lugar.
También es recomendable la meditación. No es necesario quemar incienso mientras se lucha por adquirir la posición de loto y se recita un mantra. En realidad basta con tumbarse en lugar tranquilo durante veinte minutos diarios y centrarse en la propia respiración.

Continuará.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Un año de libros

Siempre he amado los libros. Desde pequeñito he visto a mi madre tumbada en la cama leyendo antes de dormir, echada de lado con el libro apoyado en la mesilla y la luz macilenta de su lámpara de noche alumbrándola. Mis hermanas y yo adquirimos ese hábito tan suyo y nos convertimos en ávidos lectores.

Foto de brewbooks
Antes de que el acceso a internet fuera un derecho fundamental yo tenía que saciar mi sed de información con lo que había en las estanterías del hogar. Afortunadamente estaban bien nutridas. Aunque con tres hijos a los que alimentar y educar mis padres siempre han estado económicamente ahogados, nunca nos negaban el dinero si era para libros. Les estoy profundamente agradecido por ello.

Tengo un paladar lector un tanto peculiar. Me gusta leer y me gusta saber cosas -cuanto más curiosas y raras mejor-, así que normalmente leo libros de divulgación y ensayo. Mis temas preferidos son ciencia, filosofía, psicología y economía. Ya casi nunca leo ficción; no porque no me guste, sino porque me cuesta mucho dejar un libro si la historia engancha. Y porque, como he dicho antes, más que para pasar el rato leo para aprender.

Este año las horas en el tren de camino y vuelta del trabajo han sido especialmente fructíferas: setenta y un libros desde el 1 de Enero hasta hoy (aún caerán dos o tres más). De todos ellos, creo que los menciono a continuación son los mejores (sin ningún orden en particular):
El tigre que no está. Un paseo por la jungla de la estadística.
Lo recomendaba Tim Harford, uno de mis autores favoritos. Somos muy malos manejando números (especialmente cuando son muy grandes) y estadísticas (sobre todo cuando vienen dadas por los medios de comunicación). A través de ejemplos diarios este libro hace inteligibles las medias y sus desviaciones, el riesgo, las correlaciones, las casualidades y la toma de datos. Alfabetismo matemático sencillo y accesible, con un enfoque algo distinto al que suelen tomar los libros de este tipo.
¿Se creen que somos tontos? 100 formas de detectar las falacias de los políticos, los tertulianos y los medios de comunicación. Julian Baggini.
Recomendado por Derren Brown. Imprescindible para todo aquel que escuche la radio, lea periódicos, vea la tele o, simplemente, discuta con personas. Cien pequeños capítulos para no creerse sin más todo lo que a uno le cuentan. Buen entrenamiento para desarrollar el pensamiento crítico.
Ética práctica. Peter Singer.
Lo compré por casualidad en la librería, iba buscando otro. Me encantó su argumentación de los derechos de los animales y, aunque el autor es utilitarista -enfoque ético que no comparto- su argumentación es muy buena y los temas tratados (eutanasia, vegetarianismo) interesantes.
Justicia ¿hacemos lo que debemos? Michael J. Sandel
Leí la reseña del libro en el periódico cuando se presentó la obra y probé suerte. Sandel es ahora uno de mis autores favoritos. Me encanta cómo escribe, el vocabulario que usa y cómo argumenta. Es claro, ameno y práctico. Iluminador.
Tráfico. Por qué el carril de al lado avanza más rápido y otros misterios de la carretera. Tom Vanderbilt.
Como reza el título, este libro habla de curiosidades sobre el tráfico. Está lleno de estadísticas interesantes (accidentes, riesgo, etc.) y estudios sobre el comportamiento humano en la carretera (por ejemplo, por qué nos volvemos unos cafres al volante).
Mala ciencia. Ben Goldacre.
Un libro para aprender cómo funciona la ciencia basada en pruebas, centrado sobre todo en la medicina. De forma divertida y sarcástica, Goldacre habla de cómo se crean y prueban los medicamentos, cómo se usan mal las estadísticas (en la línea de El tigre que no está) y por qué la homeopatía y otras supercherías son un timo. 
El hombre en busca de sentido. Viktor Frankl.
Viktor Frank cuenta aquí sus experiencias en dos campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y cómo esas experiencias le llevaron a alumbrar su terapia del fin (logoterapia). Sobrecogedor y profundo.
Los descubridores. Daniel J. Boorstin.
No recuerdo cómo llegó este libro a mi lista, pero es una joya alucinante. La invención del tiempo, de los relojes, la exploración geográfica, la imprenta y los libros... una obra maestra llena de historias, personajes y datos fascinantes.
El prisma del lenguaje. Guy Deutscher.
Apareció mencionado en la lista de lectura para el verano de la Royal Society. Es un libro muy curioso sobre el lenguaje y su relación con el mundo: cómo lo vemos, cómo lo representamos, cómo nos afecta. Relata curiosidades como que casi cada cultura tiene nombres distintos para los mismos colores, y que casi todas las sociedades humanas nombran (descubren) los colores en el mismo orden. 
The Know-it-all. A. J. Jacobs.
Este lo tenía pendiente al menos desde 2005. Gracias al Kindle pude hacerme con él finalmente. Es la historia de un hombre que se lee la Enciclopedia Británica de principio a fin. Narra cómo afecta eso a su vida y qué cosas le llaman la atención de lo que lee. A.J. Jacobs es muy divertido y tiene unas profundas percepciones sobre aspectos mundanos.
La hipótesis de la felicidad. Jonathan Haidt.
Una buena y sencilla explicación del funcionamiento del cerebro. Mezcla de psicología y filosofía, de ciencia actual y sabiduría ancestral, trata sobre los conceptos de felicidad y la búsqueda de la misma a través del amor, el significado de la vida, la virtud y la religión. Sensato y profundo.
Si el lector está interesado, la lista (casi) completa de libros leídos está disponible en nuestra estantería de anobii.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Papá Estado

Cuando hablé de la distribución de la riqueza por parte del Estado a base de leyes -disculpe el lector que me cite a mí mismo nuevamente- dije que quizá debamos aceptar que el gobierno se comporte como un padre. Me gustaría reflexionar un poco más sobre eso.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Barcelona, escribió sobre el Estado paternalista defendiendo la tradición liberal:
«el Estado no tiene la misma finalidad que tiene un padre sobre sus hijos menores, esto es, procurar su bien. El Estado debe, simplemente, procurar la igual libertad de todos, dado que es un instrumento que los hombres se han inventado para alcanzar este fin. Por tanto, ese Estado debe respetar la libertad de los individuos – aun a riesgo de que, al ejercer esta libertad, se perjudiquen a sí mismos- y su función es, mediante leyes, limitar esa libertad sólo para impedir que se vulnere la libertad de los demás.»
Foto de _M-j-H_
Según el artículo 1 de la Constitución Española el nuestro es un Estado social. Su fin es asegurar la igualdad de oportunidades para que todas las personas disfruten del mismo grado de libertad. No es su cometido pretender el bien de los ciudadanos. Por tanto, el que yo corra con el coche o fume no sería de su incumbencia y no puede legislar para impedírmelo.

Esta vez no voy a entrar en el debate comunitarismo contra liberalismo (quien esté interesado puede consultar, por ejemplo, a Sandel). En lugar de eso quisiera resaltar nuestra ignorancia, nuestra hipocresía y nuestro rostro de cemento. Entra en escena el Estado del bienestar.

El Estado del bienestar y el Estado social no son exactamente lo mismo, aunque cuesta tanto distinguirlos que a veces se toman como equivalentes.  La idea del primero es que el gobierno asume la responsabilidad del bienestar social y económico de los ciudadanos. Para ello hubo que nacionalizar el riesgo:
«el Estado del bienestar cubriría a la gente frente a todos los caprichos de la vida moderna. Si nacían enfermos, el Estado les pagaría. Si no podían permitirse una educación, el Estado les pagaría. Si no podían encontrar trabajo, el Estado les pagaría. Si estaban demasiado enfermos para trabajar, el Estado les pagaría. Cuando se jubilaran, el Estado les pagaría. Y cuando finalmente murieran, el Estado pagaría a las personas que dependieran de ellos.»
Así pues, sí que es tarea del gobierno pretender el bien de sus ciudadanos. Pero se trata de un bien mundano, práctico, no de un bien moral.

Que el Estado se haga cargo de algunos de nuestros apuros supone, a mi juicio, un cambio fundamental. La garantía (teórica) de un nivel de vida mínimo a los necesitados se paga con los impuestos de todos (de nuevo, en teoría). El resultado es, creo yo, que las libertades individuales se entrelazan hasta el que punto de que perjudicarse a uno mismo implica perjudicar a los demás. Cuando alguien se estrella porque considera que es libre de conducir borracho, sin cinturón de seguridad o a la velocidad que le venga en gana, todos pagamos la reparación de la carretera, los bomberos, los sanitarios, la policía, etc. Cuando alguien acaba en el hospital porque considera que es libre de fumar o de comer toda la mierda que quiera, todos pagamos su tratamiento (si alguien cree que su hospitalización la paga él mismo con lo que lleva contribuido es que no tiene ni idea de cuánto cuesta una cama de hospital). Aquí entra en juego la hipocresía y cara dura de la que hablaba antes. Queremos poder actuar irresponsablemente y nos la sopla que los demás paguen las consecuencias. Nos comportamos como adolescentes.

Habrá muchos a los que no les guste que les digan que no pueden tal o cual. Tal vez eso no sería necesario si, simplemente, no fuéramos estúpidos. Al final el gobierno debe protegernos de nosotros mismos. ¿Cuántos estadounidenses ahorrarían para su jubilación si no se les obligara mediante contribuciones periódicas a su plan de pensiones?  ¿Cuántos españoles tendrían dinero para costearse su sanidad si no estuvieran obligados a contribuir cada mes a través de retenciones en sus rendimientos del trabajo? La realidad es que muchas veces no sabemos qué es lo mejor para nosotros (como tampoco lo saben los que mandan).

Pienso que lo importante es, dado que dependemos unos de otros, saber qué es lo mejor para todos. Y sí, obligarnos a cumplirlo. Eso es algo que se puede acordar democráticamente.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

En el fondo del pozo nos encontraremos (IV)

Lea la primera, segunda y tercera parte de esta serie de artículos.

¿Cómo sale uno del pozo? La respuesta, como tantas otras veces, está escondida en un capítulo de Los Simpson. En este caso se trata del undécimo episodio de la quinta temporada, Homer El vigilante (1F09). En él se cuenta cómo Homer monta una patrulla de barrio para atrapar al «ladrón felino». Al final del capítulo los ciudadanos de Springfield se dirigen a la gran T y empiezan a cavar para desenterrar el tesoro que el ladrón había escondido ahí. Después de haber ahondado en el terreno hasta el anochecer, y en vista de que no van a encontrar nada, deciden abandonar. Es entonces cuando se plantea la duda:
Otto: A ver, y ahora ¿cómo salimos?
Homer: Cavando hasta encontrar la salida.
Wiggum: Así no. Hay que cavar hacia arriba.
De eso se trata, efectivamente, de cavar hacia arriba. Por aquello de estirar la metáfora hasta dejarla exhausta me referiré a la medicación como «el pico» y a la terapia como cognitiva como «la pala». Muchas veces se usan juntas, aunque no siempre es necesario: las depresiones endógenas mejoran solo con medicación y no todas las depresiones requieren tratamiento con fármacos.

Respecto a los medicamentos, decir que siempre que uno trata con drogas debe buscar un camello de confianza. Por tanto, es imprescindible encontrar un psiquiatra competente y de buen trato, tarea que es más difícil de lo que debiera, pero a la que es mejor aplicarse con diligencia dado lo que hay en juego.
Hay que ser responsable y paciente con el uso de esta herramienta. La medicación se ha de tomar tal como es pautada por el médico durante el tiempo que sea necesario. Los antidepresivos suelen tardar varias semanas en hacer efecto, así que es normal no sentir una mejora inmediata. También es importante no dejarlos por cuenta propia cuando uno se siente bien, ya que lo que se consigue así un buen «mono» acompañado de una recaída. El galeno es el único capacitado para determinar la retirada del tratamiento.

Con lo que más debe esmerarse el enfermo es con la pala. Aquí la mayor parte del trabajo depende de uno mismo. El objetivo oficial de la terapia es reestructurar la cognición y la conducta para sustituir los patrones actuales por unos más realistas y adaptativos. En español eso significa que lo que se pretende es que el llorica se dé cuenta de que es imbécil, se enfrente a la realidad y la asuma de una forma constructiva. Para ello se entrena al sujeto en detectar y corregir sus pensamientos erróneos.
También aquí es imprescindible contar con alguien capacitado y en quien se confíe. Hay psicólogos muy malos, y por desgracia no es fácil distinguirlos de los buenos. Creo que tan importante es el mensaje como el mensajero y el sobre en el que se entrega. Con esto quiero decir que la terapia será más eficaz si uno se siente seguro con su terapeuta, cómodo al hablar durante las sesiones y esperanzado en la eficacia del tratamiento.

Continuará.


domingo, 4 de diciembre de 2011

El mundo del regalo

Apenas pasaban unos minutos de las ocho de la mañana cuando entró Rodolfo en la oficina despotricando de la navidad. Es una de esas personas que, si no fuera por sus hijos, en nochebuena y nochevieja cenaría como cualquier otro día. Lo que más le molestaba, según dijo, era la hipocresía característica de estas fiestas.

Foto de Ken's Oven
Me gusta la navidad. Me gusta no tener que ir a trabajar, refugiarme del frío bajo una docena de mantas y comer dulces. Como no soy católico no me siento mal por no estar aprehendiendo el verdadero significado de estas fechas. Disfruto tanto esta época del año que hasta lo peor que tiene -las reuniones familiares multitudinarias- se me hace llevadero.

Supongo que esta año no será muy distinto de los anteriores y las tres frases más repetidas serán las habituales, a saber:

¡Feliz navidad!
¡Feliz año nuevo!
¡Tengo el tique por si quieres cambiarlo!

Porque la navidad es también época de regalos a discreción, como bien se ha encargado de recodarme el periódico de hoy incluyendo un par de catálogos especiales. Es el momento en el que yo me gasto los cuartos en ti y tú te los gastas en mí de modo que ambos acabemos teniendo un trasto más en casa. No obstante al enfocarlo de esa forma se pierde el significado real del gesto. Daniel Hruschka escribe:
«Viewed by a cynical outsider, the transfer of gifts may look like the mere movement of non-usable trifles among people. For example, in one of the most through descriptions of gift givin in a small-scall society, anthropologist Bronislaw Malinowski showed that shell jewelry literally traveled in circles among island traders off the coast of New Guinea. Most Westerners would consider this movement of gifts, called the Kula ring, a program in "re-gifting" taken to extremes. However, in most cases, these and other gifts are not valued for their direct economic uses. Rather, gifts are bestowed as an expression of the giver's feelings and goodwill for his or her partner.»
Según parece las dádivas son una característica universal del ser humano (apud Hruschka):
«Gift giving is probably a universal element of life in human communities and is a hallmark of friendship in Wester society. The HRAF [human relations area files] texts also suggest that giving gifts is an important signal of friendship ina  awide range of human societies (in 60 percent of all societies, no disconfirmations). »
Aunque no es fácil acertar. Como dice Miguel Nadal, regalar cosas es una fuente de problemas. En ocasiones es difícil dar con algo que guste al destinatario, que sea especial. Algo que no acabe aparcado en un rincón o en el fondo del armario -uno de mis compañeros tiene una balda del suyo dedicada únicamente a esconder los horribles jerseys que recibe cada año-. Con tanto estrés parece mentira que sea más feliz el que da que el que recibe.

Para los economistas el mejor obsequio es, sin duda, el dinero en efectivo, porque maximiza la utilidad. Aún así se suele considerar que regalar dinero está feo (apud Hruschka):
«Money is the antithesis of a good gift -it has no extrinsically greater value to any one person than to another, does not require a long search, and can be easily exchanged. Indeed, the ways that people modify money in attempts to make it an appropriate gift provide a window into the symbolic importance of exclusivity in a gift giving.» 
Con todo y con eso sigue siendo una opción bien valorada por el receptor según esta lista de consejos para elegir presentes. Si el lector necesita más orientación puede echar un vistazo a esta otra. Personalmente prefiero agasajar con algo que no deje rastro: comida o experiencias (o ambas a la vez). Así, al menos, no pongo a nadie en el compromiso de vestir, usar o poner a la vista algo que en realidad no le gusta.