lunes, 12 de octubre de 2015

Negacionismo

Es posible que recuerden aquel capítulo de Los Simpson en el que Lisa encuentra un esqueleto un tanto peculiar al que los habitantes de Springfield acaban rindiendo culto, pues consideran que pertenece a un ángel. Mientras Lisa defiende en televisión su escepticismo tiene lugar el siguiente diálogo en la parroquia:
Moe: ¡Ciencia! ¿Qué ha hecho la ciencia por nosotros? Aparte de la tele.
Flanders: La ciencia es como esos bocazas que te destripan las películas contándote el final. Opino que hay ciertas cosas que no queremos saber. ¡Y cosas importantes!
Acto seguido, una turba enfurecida ataca el museo de ciencias naturales de Springfield. Es un magnífico episodio que trata sobre escepticismo, ciencia, ontología, capitalismo y religión. Retrata fielmente ese aspecto de la naturaleza humana que nos permite abrazar algo (en este caso, la ciencia) y rechazarlo simultáneamente, lo cual queda patente en las palabras de Moe cuando, tras quedar herido en su asalto al museo, dice: «he quedado paralítico, espero que la ciencia médica me cure».

Foto de Mars P.
El periodista Michael Specter explora algunas de las razones por la que las personas rechazan la ciencia en su libro Denialism: How Irrational Thinking Harms the Planet and Threatens Our Lives. La primera de ellas es que la ciencia nos da miedo. Según este autor, la ciencia nos ha fallado: prometía progreso sin límites y soluciones a todos los problemas del mundo, pero nos hemos encontrado con que cada nuevo avance viene acompañado de nuevos problemas. Sucesos como la tragedia del Challenger, el accidente de la central nuclear Chernóbil o escándalos farmacéuticos como el Vioxx y la talidomida nos hacen replantearnos nuestras expectativas acerca de la ciencia, generan dudas sobre la misma y nos recuerdan los peligros y las consecuencias no intencionadas del progreso científico y tecnológico. Dado que no nos fiamos de la ciencia, acabamos desarrollando soluciones para problemas globales que muchos no se atreven a usar, como los alimentos transgénicos o las vacunas:

Our technical and scientific capabilities have brought the world to a turning point, one in which accomplishments clash with expectations. The result often manifests itself as a kind of cultural schizophrenia. We expect miracles, but have little faith in those capable of producing them. Famine remains a serious blight on humanity, yet the leaders of more than one African nation, urged on by rich Europeans who have never missed a meal, have decided it would be better to let their citizens starve than to import genetically modified grains that could feed them.
Otra de las razones por las que mucha gente da la espalda a la ciencia es que entra en conflicto con sus creencias. La dimensión ideológica queda patente cuando los adelantos tecnológicos se ven como una «guerra» contra el planeta, un «atentado» contra la naturaleza o como «jugar a ser dioses». En este caso hemos de recordar que cuando los hechos no cuadran con lo que creemos, los hechos se descartan y las creencias se fortalecen (ibídem Specter):

We have all been in denial at some point in our lives; faced with truths too painful to accept, rejection often seems the only way to cope. Under those circumstances, facts, no matter how detailed or irrefutable, rarely make a difference. Denialism is denial writ large—when an entire segment of society, often struggling with the trauma of change, turns away from reality in favor of a more comfortable lie.[...] Unless data fits neatly into an already formed theory, a denialist doesn’t really see it as data at all. That enables him to dismiss even the most compelling evidence as just another point of view. Instead, denialists invoke logical fallacies to buttress unshakable beliefs, which is why, for example, crops created through the use of biotechnology are “frankenfoods” and therefore unlike anything in nature. “Frankenfoods” is an evocative term, and so is “genetically modified food,” but the distinctions they seek to draw are meaningless. All the food we eat, every grain of rice and ear of corn, has been manipulated by man; there is no such thing as food that hasn’t been genetically modified.
Otra causa que a mí se me ocurre como causa de repudio es que nuestro cerebro está sediento de certeza. Como vimos, la ciencia no es una bola mágica número ocho a la que se pueda hacer una pregunta y obtener una respuesta simple y sin ambigüedades. El principal beneficio del método científico es una reducción paulatina de la incertidumbre, pero eso implica que buena parte del conocimiento es solo provisional. A consecuencia de ello, toda respuesta científica honesta siempre vendrá acompañada de advertencias, probabilidades y márgenes de error, nada de lo cual digerimos fácilmente.

A todo lo anterior hay que sumarle el hecho de que la mayoría de personas confía más en historias que en estadísticas, y que recurrimos antes a nuestras experiencias personales y a anécdotas que al conocimiento científico. Por ejemplo, no les costará encontrar un fumador que les recuerde que Santiago Carrillo vivió noventa y siete años a pesar de ser un fumador empedernido. Es posible que dicho fumador también les recuerde, de paso, que «todo da cáncer», una muestra más de lo mal que nos llevamos con la estadística y de cómo preferimos dar la espalda a los hechos que nos fastidian. Añadan a la mezcla que llevamos hasta este punto los fraudes y las malas prácticas científicas que mencionamos en su día, así como los intereses económicos, y tendrán un abono perfecto para hacer crecer el desprecio a la ciencia.

Háganse cargo de la situación. De un lado, tenemos a una sociedad que demanda respuestas claras y sencillas, verdades absolutas, afirmaciones indiscutibles y soluciones exentas de riesgo. Por otro lado, tenemos un método científico lleno de sombras, tanto teóricas como prácticas, un sistema económico que no recompensa la búsqueda de la verdad, y un cerebro demasiado vago o incompetente para lidiar con el caos, la aleatoriedad y la incertidumbre. Así, mientras que los probos científicos no pueden ser tajantes y se las ven y se las desean para hacer llegar sus precauciones al público, las autoridades religiosas o los expertos pueden afirmar de forma rotunda cualquier cosa. Liberados del corsé del método científico, estos últimos alivian con su dogma la carga que suponen la complejidad y la incertidumbre del mundo.

Desgraciadamente, incluso aunque la ciencia fuera infalible, practicada y traída a nosotros de manos de alguna inteligencia extraterrestre, la verdad seguiría sin triunfar. Siempre habrá personas que no aceptarán aquellos hechos que contradigan su visión del mundo.

Ante esta situación, quienes tratan de implantar mejores políticas de salud pública están abandonando la premisa de que los hechos hablan por sí mismos en favor de cambios en la presentación narrativa:

As Nieman and countless other researchers have learned, new evidence often meets with dismay or even outrage when it shifts recommendations away from popular practices or debunks widely held beliefs. For evidence-based medicine to succeed, its practitioners must learn to present evidence in a way that resonates. Or, to borrow a phrase from politics, it's not the evidence, stupid — it's the narrative.
Política y ciencia no son tan diferentes como parece o como sería deseable. En ambos casos necesitamos la retórica y la persuasión para cambiar el punto de vista de otra persona. Sea por la naturaleza de los mismos o por cómo los procesamos, lo cierto es que la exposición cruda de los hechos no tiene el poder de convicción que damos por sentado. Me temo que eso significa que cierta subjetividad es inevitable en todos los asuntos humanos, lo cual es un inconveniente cuando queremos ponernos todos de acuerdo.

lunes, 5 de octubre de 2015

16 curiosidades más

Permítanme obsequiarles esta semana con una nueva entrega de curiosidades aleatorias e inútiles al estilo de las dos anteriores. Como es habitual, cada dato va acompañado de la fuente, una sana costumbre que los blogs dedicados a hechos curiosos no suelen seguir por razones que desconozco.

Foto de Andrés Nieto Porras

  • En el llano, prácticamente toda la energía de un ciclista se dedica a vencer la resistencia del aire. El ciclista olímpico John Howard se preguntó qué ocurriría si pudiera eliminar completamente dicha resistencia. Para averiguarlo montó un parabrisas gigante en la parte trasera de un coche de carreras y condujo su bicicleta tras él. Alcanzó tal velocidad que no podía pedalear suficientemente rápido, de manera que construyó una bicicleta especial con marchas gigantescas y volvió a intentarlo. Sin resistencia del aire que vencer alcanzó los 244 km/h. Unos años después, el holandés Fred Rompelberg llegó a los 273 km/h. [Fuente]

  • Cuanto más pequeño es un ser vivo, más calorías necesita por kilo para seguir vivo. El químico Max Kleiber determinó que para cada criatura el total de energía consumida por unidad de peso es proporcional a la masa de ese animal elevado a la potencia 3/4. [Fuente]

  • En 1995, dos escritores de teoría administrativa publicaron un libro titulado La disciplina de los líderes del mercado. Los propios autores compraron cincuenta mil copias de su libro, la mayoría en librerías cuyas ventas se supervisaban para determinar la lista de mejor vendidos del New York Times. A pesar de que las críticas tildaban el libro de mediocre se alzó en lo más alto de la lista de ventas, lo cual fue suficiente para generar nuevas ventas que le aseguraban el puesto. [Fuente]

  • El síndrome de Williams es lo opuesto a la psicopatía. Aquellos que lo padecen son muy educados y sociales, muestran una gran empatía y no tienen ningún miedo de los extraños. Se les puede reconocer físicamente por su nariz respingona, boca ancha, labios gruesos y la larga distancia entre la nariz y el labio superior. Estas personas a menudo tienen problemas de corazón o de los vasos sanguíneos, así como anomalías dentales o renales. [Fuente]

  • La tasa de inflación más alta registrada en la historia se produjo en Hungría en julio de 1946. Los precios se incrementaron un 4,19 trillones por ciento, esto es, 419 seguido de dieciséis ceros. [Fuente]

  • No existe ninguna persona en la historia de España y Portugal cuya fecha de nacimiento esté comprendida entre el cuatro de octubre y el quince de octubre de 1582. La razón es que fue entonces cuando estos países pasaron a utilizar el calendario gregoriano, y esos diez días se eliminaron por orden del papa Gregorio XIII. [Fuente]

  • En latitudes templadas, cuando no aparecen condensaciones tras un avión que vuela alto o si se forman sólo brevemente, suele indicar que el aire de la zona superior de la troposfera está descendiendo o es seco, lo que sugiere que probablemente se mantendrá el buen tiempo. Cuando permanecen y se prolonga, puede indicar que el aire superior es húmedo y que se eleva, algo que ocurre antes de que aparezca un frente cálido, lo que sirve de advertencia de posibles precipitaciones al cabo de un día o dos. [Fuente]

  • Una posible prueba para comprobar la sordera de alguien es dejar caer un objeto pesado a espaldas del supuesto sordo. Una persona que de verdad no oye reaccionará al sentir la vibración en el suelo. Una persona que simula su sordera no reaccionará, puesto que creerá que tal actitud será más convincente. [Fuente]

  • El porcentaje de mortalidad o número de defunciones es, a menudo, mejor medida de la frecuencia de una enfermedad que las cifras registradas directamente, pues la calidad de la información y la constancia de la misma es mejor en los casos de mortalidad. [Fuente]

  • Mientras que la mayoría de estadounidenses dejan de comer cuando están llenos, aquellos que viven en culturas más esbeltas dejan de hacerlo cuando ya no tienen hambre. Hay una notable diferencia calórica entre el punto en que la persona de Okinawa dice «ya no tengo hambre» y aquel en que el norteamericano dice «estoy lleno». La gente de Okinawa tiene incluso una expresión para saber cuándo dejar de comer. Es un concepto llamado hara hachi bu: come hasta que estés lleno al ochenta por ciento. [Fuente]

  • Por término medio, las supernovas se producen dos o tres veces por siglo en una galaxia media como es la Vía Láctea. Una de las más famosas la registraron observadores chinos y árabes en el año 1054 en la constelación de Cáncer, el Cangrejo. Hoy, esa estrella destrozada aparece como una nube deshilachada de gas en expansión conocida como Nebulosa del Cangrejo. [Fuente]

  • La ley de Baumol, llamada así por el economista William Baumol, establece que los costes de los bienes o servicios cuya producción depende del progreso tecnológico tienden a bajar con el paso del tiempo en relación a los costes de bienes o servicios que no están, por su misma naturaleza, supeditados al progreso tecnológico. Así, el coste de la educación (una actividad que no se beneficia en gran medida del progreso tecnológico) tenderá a crecer con el paso del tiempo en comparación con el coste de los bienes manufacturados (cuya producción puede mejorarse con nuevas herramientas, métodos y materiales). [Fuente]

  • El pelo canoso no contiene ningún tipo de pigmentación y, por tanto, es incoloro. Sin embargo, la forma y su estructura interna modifican la manera en que la luz los atraviesa, lo que produce los tonos blancos y grises que vemos. [Fuente]

  • La mejor manera de sobrevivir a la caída libre dentro de un ascensor sería tumbarse boca arriba. En esta posición el cuerpo humano puede tolerar entre tres y cuatro veces las fuerzas G que puede soportar sentado o tumbado. Esa es una de las razones por la que los astronautas yacen sobre sus espaldas. [Fuente]

  • El tsunami más alto registrado nunca fue el megatsunami de Bahía Lituya, al noreste del golfo de Alaska. Tuvo lugar en 1958 y la ola alcanzó una altura de 524 metros. El causante fue un terremoto de 8,3 grados en la escala de Richter que produjo el desprendimiento de casi cuarenta millones de metros cúbicos de tierra y rocas del glaciar Lituya, al fondo de la bahía. [Fuente]

  • La composición de John Cage titulada 4'33'' no contiene ninguna «nota» en absoluto, solo cuatro minutos y treinta y tres segundos de casi silencio, mientras la pieza absorbe los sonidos ambientales que rodean al pianista silencioso: el público moviéndose en sus asientos, el roce de las telas de los vestidos, respiraciones, suspiros... [Fuente]

lunes, 28 de septiembre de 2015

Fotografía

He said: "one day you'll leave this world behind
so live a life you will remember"
My father told me when I was just a child
These are the nights that never die
My father told me
—Avicii, The Nights

En este mundo colmado de cámaras fotográficas no pasa un solo día sin que vea a alguien autoretratarse. Llego a la estación de tren y ahí me encuentro a una chica que se aburre esperando y empieza a contorsionarse y a poner morritos. Dentro del vagón, dos madres jóvenes se atusan el pelo y completan una sesión de fotos improvisada. En el trayecto que va desde la estación a mi casa, más adolescentes y grupos de amigas con el brazo extendido en alto, el móvil en el extremo apuntando a sus caretos y esa expresión característica de toda una generación. Selfis, selfis por todas partes.

Con la cámara tan a mano nos ha dado por capturar de todo, desde lo más cotidiano hasta lo más aburrido (léase: nuestra cara en primer plano), pasando por lo curioso o divertido. Quienes no hayan nacido con el móvil en la mano recordarán una época en la que no teníamos el gatillo tan suelto, aquella en la que películas fotográficas limitadas a treinta y seis instantáneas debían ser reveladas en una tienda al uso, lo que significaba varios días de espera hasta ver el resultado. Se me ocurre que aquí se puede aplicar el teorema de Alchian-Allen. Este teorema viene a decir que los australianos beben vino californiano de más calidad que los propios californianos, y viceversa, porque solo para los vinos más caros merece la pena pagar los gastos de transporte. Este razonamiento implica que cuando los gastos de hacer una foto eran mayores nos preocupábamos por capturar aquellos momentos realmente hermosos o importantes para nosotros. Tal observación me ha dado motivo para juzgar que, si medimos la calidad de una foto por su significado o valor artístico y no por sus aspectos técnicos, la fotografía actual es, en general, de peor calidad que antes. Sirva Instagram como prueba.

Admito que estos juicios sean discutibles. En cualquier caso, lo que me interesa hoy no es hablar acerca de la falta de gusto o los problemas de autoestima de los adictos al selfi, sino de las razones que nos llevan a hacernos fotos y, en concreto, a hacérnoslas en vacaciones, viajes, cumpleaños y celebraciones varias. Hasta las personas como yo, que aborrecemos el objetivo de la cámara, guardamos un buen puñado de autoretratos. ¿Por qué?

Fuente: XKCD

Consideremos el siguiente experimento mental. Supongan que yo me ofrezco a pagarles su viaje soñado con una condición: al volver a casa todas sus fotos y todos sus vídeos serán destruidos. No podrán conservar ningún documento gráfico de dicho viaje. ¿Hay trato? ¿Y si, además de borrar sus archivos, borrara sus recuerdos (al estilo Men In Black)? ¿Estarían dispuestos a tener unas vacaciones de las que no pudieran mantener ningún recuerdo?

Este experimento imaginario es obra de Daniel Kahneman, cuya propia investigación informal al respecto revela la importancia que damos a los recuerdos:

Aunque no he estudiado formalmente las reacciones a esta situación, cuando las comento con otras personas tengo la impresión de que la eliminación de los recuerdos reduce en gran medida el valor de la experiencia. En algunos casos, las personas hacen consigo mismas lo que aconsejarían a un amnésico que hiciera: maximizar el placer total retornando al lugar donde fue feliz en el pasado. Sin embargo, algunas personas dicen que no se molestarían en ir a ese lugar, lo que revela que les preocupa ante todo la amnesia del yo que recuerda, y la amnesia del propio yo que experimenta menos que la amnesia del yo ajeno. Muchas afirman que no irían, ni enviarían a otros amnésicos, a escalar montañas o caminar por la jungla porque estas experiencias suelen ser penosas en tiempo real y solo cobran el valor de la expectativa de que el esfuerzo y el placer de alcanzar la meta serán memorables.
Según Kahneman, el recuerdo es una parte importante de las vacaciones. De hecho, valoramos estas por las historias vividas y los recuerdos que esperamos guardar. Nos referimos a ellas como «memorables» o «inolvidables», lo que revela de forma explícita cuál es la finalidad perseguida. Las experiencias conscientemente memorables adquieren un valor y significado que no tendrían de otro modo. Y así (ibídem Kahneman):

[E]l turismo contribuye a que la gente viva experiencias y acumule recuerdos. La imagen de una multitud de turistas incansables sugiere que los recuerdos que estos acumulan son muchas veces un asunto importante para ellos, que incluyen tanto en sus planes de vacaciones como en la experiencia de los mismos. El fotógrafo no contempla la escena como un instante que merezca ser salvado, sino como un futuro recuerdo que hay que diseñar.
La fotografía nutre al «yo que recuerda». Llenamos nuestros álbumes de fotos y discos duros con imágenes de nuestros cumpleaños o de nuestra luna de miel de manera que, en el futuro, cuando caminemos a lo largo de la Avenida del Recuerdo, nos sintamos felices. Es por ello que la crítica habitual que aparece en el cómic de XKCD que ilustra este artículo (¿no deberías dejar la cámara y disfrutar del momento?) está equivocada. La función principal de las vacaciones no es tanto experimentar placer o relajación como formar y acumular recuerdos. Al fin y al cabo, las sensaciones del momento son efímeras mientras que los recuerdos, salvo accidente o enfermedad, nos acompañarán el resto de nuestra vida.

Pero se da un hecho curioso. Al hacer fotos dejamos a un lado (al menos temporalmente) al yo que experimenta, que es lo único que realmente tenemos, para satisfacer a un yo futuro que no existe (y puede que no llegue a existir). Ello implica realizar un pronóstico afectivo, tarea que según las investigaciones del psicólogo Daniel Gilbert no se nos da muy bien. Como explica Douwe Draaisma:

Cuando fotografiamos, nos adelantamos a lo que queremos recordar dentro de diez, veinte o quizá cincuenta años. Y aquí empieza el problema. La persona que serás dentro de veinte años te es aún más desconocida que la que fuiste hace veinte. Haces las fotografías para un extraño, un cliente del futuro que se llama igual que tú, pero cuyos deseos desconoces.
El ejemplo más evidente de errores de pronóstico afectivos fotográficos son las instantáneas de parejas que acaban hechas añicos o borradas cuando la relación acaba mal. Es el lado menos amable de la fotografía. Cuando guardamos un recuerdo en nuestra mente, cada vez que lo recuperamos lo volvemos a guardar modificado sin que nos demos cuenta. Algunos desaparecen completamente. Con el tiempo construimos una imagen de nuestra vida que no es tan fiel a los hechos como a lo que pensamos de nosotros mismos. Los recuerdos son bloques de construcción del yo. En palabras de Julian Biaggini:

Todos ignoramos cosas y no confiamos a la memoria los hechos y los acontecimientos que entran en conflicto con la manera en que nos vemos a nosotros mismos y al mundo. Recordamos de forma selectiva, habitualmente sin un esfuerzo consciente o un deseo expreso de hacerlo. Y, sin embargo, como creemos que la memoria recoge los hechos objetivamente, no nos percatamos de que todo esto significa que estamos construyendo el mundo y a nosotros mismos.
A diferencia de las imágenes mentales, las fotografías, una vez hechas, no cambian ni se desvanecen. Las imágenes que evocan recuerdos dolorosos permanecen hasta que decidimos deshacernos de ellas. Cuando hacemos tal cosa, cuando destruimos el soporte físico de experiencias que preferimos olvidar, estamos moldeando de alguna manera nuestros yo.

Mi abuela tiene ochenta y tres años. Vive sola, así que pasa la mayoría de los días sentada en el sofá de su salón viendo la tele. Tanto el salón como el resto de habitaciones están repletos de fotografías de la familia. Las paredes y los muebles muestran docenas de imágenes de épocas muy distintas, desde los autoretratos en blanco y negro de su juventud hasta las fotos impresas de sus bisnietos recién nacidos. En el colgante que nunca se quita lleva una foto de su marido, mi abuelo, fallecido hace más de cuarenta años. Visitarla me hace pensar en cómo el yo autobiográfico, aquel del que autores como Kahneman afirman que depende el sentido de la identidad, se ve apuntalado por las fotografías y los vídeos cuando hasta hace no mucho se cimentaba únicamente en la falible memoria humana. Y me llama la atención el hecho de que mi abuela prefiere tener todos esos recuerdos a la vista en lugar de guardarlos en álbumes. Me pregunto cuántos selfis se haría si fuera una adolescente de hoy día.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Cinco años de meditaciones

Cinco años se han cumplido esta semana desde aquella primera entrada sobre una chica «tonta» que marcó el inicio de este blog. Cómo iba a saber yo en ese momento que aquella no era sino la primera de una larga serie de discusiones, a cada cual más avinagrada, que han venido a demostrar cuán correctas eran mis apreciaciones sobre las causas que llevaron a dicho enfrentamiento, sobre ella, sobre mí y sobre los humanos en general. ¡Oh, sesgo de confirmación, yo te invoco!
Foto de Dricker94

Desde ese día hemos publicado doscientos treinta y dos artículos que suman un total de doscientas veinte mil palabras, lo que viene saliendo a unas novecientas cincuenta por artículo. Menudo tostón, oiga.

En cualquier caso, pasar este quinquenio me ha parecido un buen momento para hacer una pequeña retrospectiva y recopilar los contenidos más populares hasta la fecha, así como dar las gracias, que nunca está de más.

Lo más leído

La lista de artículos más leídos no es ningún secreto; la tienen en la barra de la derecha. Permítanme resumir de qué trata cada uno y descubrirles su origen y la verdadera razón de su popularidad.

Cómo lidiar con los gilipollas en el trabajo. Este artículo es básicamente un resumen de los consejos que aparecen en el libro The No Asshole Rule. Una amiga mía estaba teniendo bastante problemas con su compañera de trabajo y no sabía qué hacer, así que le resumí el libro por si podía serle de ayuda. No hay semana que alguien no aterrice en el blog tras haber buscado en Google algo como «mi compañero de trabajo es gilipollas».

¿Lleva pan el gazpacho? Primera entrada sobre un tema del que hemos hablado a menudo: la defensa del sistema de creencias. Discutimos bajo la premisa de que las pruebas o los argumentos lógicos deben hacer entrar en razón a los demás, pero en la práctica lo que suele ocurrir es que nos encerramos aún más en lo que ya creíamos. Como otros artículos de la lista de «más populares», el alto número de visitas es debido a gente que buscaba otra cosa. En este caso concreto, gente que busca en internet si el gazpacho lleva pan, una cuestión que parece más complicada de lo que yo presumía.

Meditaciones de cumpleaños. No es inusual que las personas demos un repaso a nuestra vida el día en que conmemoramos nuestra salida por el canal del parto. En este artículo mostramos el método que el psicólogo Martin Seligman utiliza cada año para valorar su satisfacción con la vida de forma metódica y actuar en consecuencia.

Soy más feliz con el dólar. Una muy breve reflexión sobre la relación entre dinero y felicidad. La mayoría de internautas que acaban en esta entrada lo hacen porque buscan el mensaje que Homer utiliza para su timo telefónico «Hombre feliz».

Meditaciones de fin de año. Como los cumpleaños, otro punto del calendario que invita a la reflexión. Los propósitos de año nuevo son tan ínsitos al 1 de enero como el alcohol o el confeti. Hurra por las promesas de enmienda en pro de un yo mejor, si bien todos sabemos que casi siempre se quedan en agua de borrajas.

Orientación a resultados. Una frase típica de oferta de trabajo. Lo que realmente valora la meritocracia es la contribución o el logro, con independencia de si ha sido fruto de la suerte o del esfuerzo. Esto da pábulo a multitud de problemas, algunos de ellos muy graves, como cuando se ignoran los riesgos a largo plazo con tal de obtener un beneficio inmediato.

Por qué fracasan los países. Un breve resumen de la obra de James A. Robinson y Daron Acemoğlu que muestra hasta qué punto España está dominada por una élite extractiva. Aquel mismo año César Molinas publicaba su libro desarrollando esta misma idea. Su artículo original en el diario El País fue el que me animó a escribir al respecto, aprovechando que yo acaba de leer el trabajo de Robinson y Acemoğlu.

Prisioneros. Reflexiones sobre comportamiento altruista y dilema del prisionero escritas por Invisible Kid, centrándose en el clima laboral. Pasamos muchas horas trabajando y todos ganaríamos si fuéramos amables los unos con los otros pero el hecho es que los premios (ascensos, salarios) suelen ir a los más gilipollas.

Pastilla azul, pastilla roja. Visitantes anónimos llegan aquí buscando el diálogo entre Morfeo y Neo de la célebre película The Matrix y se encuentran una breve disertación sobre cómo valoramos lo real que es una experiencia, sobre cómo muchos preferimos un sufrimiento genuino a una falsa felicidad.

Historias de la amistad y del olvido. Les decía hace bien poco que odio tener que alejarme de mis amigos, y que odio mucho más perder una amistad. Este escrito fue un llanto lastimero en el que recordaba viejas amistades y tiempos mejores de algunas relaciones personales.

Lo más compartido

Sin olvidar el fútbol. Un artículo ligero sobre un entretenimiento popular que contradice unas cuantas «verdades» del deporte rey. Fácil de digerir, al escribirlo ya sospechaba que sería la entrada más popular. Es lo que tiene el fútbol.

El hombre desactualizado. Cómo los hechos cambian con el tiempo y nuestro conocimiento, adquirido la mayor parte de él durante la época escolar, queda desfasado. Si la popularidad de un artículo sobre balonpié era esperable debo decir que la de este me sorprendió gratamente.

Sistemas. Tendemos a pensar en establecer metas y cumplir objetivos pero quizá lo adecuado sea centrarse no en su consecución, sino en el plan que nos debería llevar a alcanzarlos. Cuanto más depende el resultado final de la suerte, más importante es centrarse en el proceso o sistema.

Agradecimientos

A mí, escribir me gusta y, por ello, no suele costarme mucho ponerme a divagar cada semana (para desgracia de algunos, mucho me temo). En su momento les exhorté a probarlo aunque lo cierto es que, si esta actividad realmente les resulta atractiva, probablemente ya lo estén haciendo y no necesitan que nadie les anime. Una reticencia común es la sensación de que lo que escribimos no es bueno pero, como decía en aquella entrada, de lo que se trata es de aportar alguna pequeña observación acerca del mundo, de poner nuestros pensamientos en orden o, simplemente, desahogarnos. Si solo escribieran aquellos que son buenos de verdad apenas habría habido libros nuevos desde la época de Marco Aurelio. Además, nunca sabemos a quién pueden servirle nuestras experiencias.

Por eso doy las gracias a cada uno de los colaboradores que han superado la barrera de la calidad y nos han hecho llegar sus palabras: Invisible Kid, Josete, Mulezz, Zeta, Peter y Rizos. Sigo esperando con ansia vuestras siguientes reflexiones. Y a todos aquellos a los que he invitado y no os habéis animado os recuerdo que la invitación sigue en pie.

Doy las gracias asimismo a nuestros seguidores, lectores y a todos aquellos que nos dejan comentarios, en especial –cómo no– a nuestro amigo Luis Tarrafeta, cuyo blog les recomiendo encarecidamente. Aunque escribo principalmente para poner algo de orden en mis ideas, lo cierto es que les tengo presentes a todos ustedes mientras tecleo.

Este blog nació de casualidad y, mientras las circunstancias lo permitan, continuará creciendo. Durante cuánto tiempo, eso es imposible decirlo. Tal vez algún día se me acaben las ideas o no se me ocurra nada sobre lo que hablar. Quizá otra casualidad le ponga fin. Quién sabe. Lo único que puedo decir es que, al menos de momento, seguiremos meditando.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Gente cercana

Una más, y van... no lo sé, ya he perdido la cuenta. La cuenta de los compañeros de trabajo, muchos de ellos buenos amigos, a los que he tenido que decir adiós muy a mi pesar. Hace pocos días nos despedimos de uno los mejores. Supe hasta qué punto estamos jodidos cuando su compañero de equipo, un profesional reconocido en el campo, se lamentaba en privado de que perdíamos «el faro que nos guía». Sin Ambrosio (llamésmole así) nuestro mar muerto está mucho más muerto.

Como otros muchos antes que él, Ambrosio minimiza el efecto de su marcha. Asegura que poco va a cambiar el hecho de que no esté, que seguiremos hablando y que seguiremos viéndonos. Hoy día parece darse por sentado que, gracias al correo electrónico, las redes sociales y los programas de mensajería, la distancia no es un impedimento para las relaciones. No obstante, mi experiencia me dice que, si bien la distancia no destruye la amistad en general, la ausencia de trato frecuente cambia su naturaleza. Llámenme raro, pero yo prefiero tener a mis amigos cerca físicamente e interactuar con ellos de forma habitual. ¿Cuántos de sus amigos han llegado a serlo sin haber coincidido nunca en persona? La cercanía física es lo que nos permite interactuar, compartir experiencias y formas de ver la vida, demostrar interés por el otro y pasar, con el tiempo, a la calidez y el afecto, a la reciprocidad incondicional, al altruismo mutuo, al intercambio de regalos y favores, a forjar esa confianza que nos permite compartir secretos, expresar honestamente nuestras emociones y mostrarnos vulnerables.

Si observan detenidamente, se darán cuenta de que, en el lenguaje cotidiano, usamos metáforas espaciales para referirnos al grado de amistad. En varios idiomas, los amigos «íntimos» son aquellos más «cercanos». Cuando una relación se enfría decimos que la persona «se aleja». Y así siguiendo:

In the U.S., people often differentiate among friends based on an idiom of proximity, or closeness. Although someone may have many friends, he or she may consider only a handful to be close. Moreover, it is possible to extend this spatial metaphor in various ways, for example, by noting that one is “drifting apart” from a friend or that “we’re like two peas in a pod.” Other languages also use spatial proximity as a metaphor for the quality of friendships. In Russian, for example, one can call a close friend blizkij drug (close friend), in Nepali, najikai saathi (nearby friend), in Mongolian, dotnii naiz (inside friend), and in French, ami proche (close friend). In Korean, the closeness of the relationship between both friends and family members is captured by the word cheong, which refers to the melding of individual identities into a new collective unit and incorporates elements of unconditional acceptance, trust, and intimacy
De acuerdo con Daniel J. Hruschka, amistad y cercanía están entrelazados en nuestra psique hasta tal punto que algunos investigadores han sugerido que llegamos a incluir al otro en uno mismo, un proceso mental por el cual pasamos del «yo» al «nosotros». Cuando eso ocurre tratamos los recursos y las identidades del otro como las nuestras. Según este punto de vista, los humanos encontramos que ayudar a un amigo cercano es gratificante porque nuestro cerebro percibe nuestras acciones, en algunos aspectos, como si nos estuviéramos ayudando a nosotros mismos. De igual manera, sentimos la misma angustia por la pérdida de gente cercana que la que sentiríamos al perder cualquier otro aspecto de nuestra identidad, como un talento o una posesión. La fusión entre el yo y el otro puede llegar hasta el punto de confundir nuestros recuerdos y atribuir erróneamente a nosotros mismos acciones que en realidad llevamos a cabo hacia nuestros amigos.

Fuente: Aron, A., Aron, E. N., & Smollan, D. (1992). Inclusion of other in the self scale and the structure of interpersonal closeness. Journal of Personality & Social Psychology, 63(4), 596–612.

Se podría argumentar que tal vez la cercanía sea un requisito para forjar la amistad, pero que una vez formada esta ya no se necesite para mantenerla. Una vez existe el lazo es posible que la proximidad no tenga por qué ser física, sino que baste con que sea emocional. De hecho, hace tiempo que los científicos sociales ya advirtieron que la movilidad geográfica no afecta tanto a la amistad como se piensa:

Geographic mobility does not appear to be as damaging to friendship as has often been proposed. People actively maintain ties from their places of origin and make new friends in their destinations. Indeed, friendship may be one solution to the problem of geographic mobility, by providing a way to quickly cultivate new social ties in a novel place.
Es más, un buen puñado de estudios longitudinales han concluido que el mejor predictor de longevidad de una amistad no es la distancia, sino cómo de vieja es dicha amistad. Cuantos más años llevemos siendo amigos de alguien, más probable es que lo sigamos siendo durante los años próximos. Sin embargo, es indudable que la distancia disminuye las oportunidades de ayuda y sacrificio mutuo, una característica de la amistad presente en todas las culturas.

Tener que dejar de ver diariamente a un amigo me fastidia bastante, pero sin duda es preferible a perderlo. Personalmente, nunca he encontrado consuelo en el dicho común según el cual «la gente viene y va». También el dinero viene y va, pero no es plato de buen gusto perder cinco mil euros cada dos meses. Para alguien como yo, con nulas habilidades sociales, cada amigo es –por cursi que suene decirlo– un verdadero tesoro, un capital social del que no puedo prescindir a la ligera. Opino que, paradójicamente, para la gente poco sociable los amigos valen mucho más que para el resto. Sospecho que esa la razón por la que llegamos al punto de luchar en exceso por mantener a flote relaciones que agonizan o que murieron hace mucho tiempo.

Además, decir que la gente viene y va parece implicar que todas las personas son más o menos iguales y, por tanto, reemplazables. Pero no lo son. Cada de una de mis amistades es una combinación única e irrepetible de virtudes que me aporta algo distinto. Y mis amigos más cercanos cumplen, sin excepción, una sencilla regla que he determinado separa las verdaderas amistades del resto: todos ellos me tratan mejor de lo que me merezco.

lunes, 7 de septiembre de 2015

¿Qué es la felicidad?

Lo escrito a continuación está basado únicamente en mi opinión personal y mi experiencia. No son hechos irrefutables con fuentes fidedignas que se puedan consultar. Seguramente puedan parecer simplezas o evidencias que no ha lugar escribirlas, pero aún así, y corriendo el riesgo de rebajar la calidad de este blog, os dejo mi primera entrada.

¿Qué es la Felicidad?

Cada persona es diferente, tiene unas necesidades diferentes según su educación, valores y ética. Por ello, la felicidad no puede ser lo mismo para todas las personas.

Puede ser trabajar duro y ganar mucho dinero si la persona es ambiciosa, para conseguir muchas cosas materiales, encuentros sexuales, viajes o lo que sea que puedas pagar con dinero... que son muchas cosas, pues el mundo en el que nos ha tocado vivir está montado y enfocado a ese tipo de felicidad. ¡Es un negocio redondo!

Foto de Haceme un 14
Para otras personas puede ser dedicarte a ayudar a los más necesitados, lo cual les llena de satisfacción cuando ven el agradecimiento del resto por sus acciones altruistas.

En otros casos puede ser tener una familia feliz con hijos, casa, perro, jardín, y disfrutar de todo ello. No te deja tiempo para pensar mucho, estás en la acción las 24 horas del día, dedicado a tu familia, y eso te hace feliz.

Otro camino, que no depende mucho de ti, es "encontrarte con el Amor". Una pareja compatible contigo, con la que disfrutar de las cosas que te gustan, ser sincero, en la que puedas confiar, apoyarte y apoyarla, que tengas complicidad y te haga/le hagas reír.

Y uno de los menos extendidos, pero no por eso el menos válido, es el caso de los yoguis y los monjes budistas que dedican su vida a la meditación y a conocerse a uno mismo, viviendo en total armonía y respetando el entorno que les rodea. De ahí que suelan estar en templos o monasterios apartados y en plena naturaleza o en aldeas minúsculas y pobres.

Conclusión:

La felicidad no se puede definir... hay tantos tipos de felicidad como personas en el mundo. Las preguntas deberían ser otras:

¿Qué te hace feliz? ¿Qué hace que sonrías? ¿Qué te hace disfrutar y conectarte con el niño que llevas dentro? ¿Qué hace que fluyas en el tiempo centrando tu atención en lo que estás haciendo en cada momento? ... y sobre todo otra cosa, no tengas prisa en descubrirlo, pues "solo encontrarás las respuestas cuando dejes de hacer preguntas". Como cuando pierdes una cosa por casa, sabes que está ahí, pero solo la encuentras cuando te olvidas de que la has perdido.

Y por último, algo que en mi opinión es común a todos los casos:

"Que te acepten y te aceptes tal y como eres"

Que puedas ser tú mismo la mayor parte de tu día, aunque creas que puedan pensar que estás loco, que eres ridículo, o cualquier otra cosa. Que los tuyos, la gente que te importa y te quiere, te entienda, te comprenda, o aunque no lo haga, te acepte y te respete. Una buena frase para terminar que escuché en una película ("Héctor y el secreto de la felicidad"):

"Creo que soy feliz porque me quieren tal y como soy"

Un abrazo.

lunes, 31 de agosto de 2015

Hechos

El conocimiento científico avanza poco a poco. Progresa, como dice Ben Goldacre, «a través de temas y teorías que emergen gradualmente, respaldadas por un cúmulo de pruebas provenientes de una serie de disciplinas y que operan a diversos niveles explicativos». De ese cúmulo de pruebas surge una de las mayores virtudes de la ciencia: la capacidad de corregirse a sí misma. A la larga, los falsos hallazgos que se publican quedan enterrados bajo aquellos que prueban algo distinto y la verdad sale a la luz. Esa es, al menos, la teoría. En la práctica, este sistema presenta multitud de problemas que afectan a cómo es percibida la ciencia por la sociedad.

Para empezar, los hallazgos erróneos son persistentes, no solo entre el común de la población sino también entre los propios científicos. Un resultado equivocado puede seguir tomándose como verdadero durante mucho, mucho tiempo. Teniendo en cuenta que el número de estudios que acaban retractándose crece cada año, esto supone un problema importante:

Even when research errors are outed, the original claims often manage to persist for years and even decades. A study by the computer scientist Murat Çokol and his colleagues at Columbia University found that a good deal less than one-hundredth of 1 percent of all journal articles published between 1950 and 2004 were formally acknowledged as seriously flawed, a percentage that Çokol’s computer model suggested should be as much as 200 times larger. Ioannidis, too, found evidence of the persistence of bad findings. Helooked at studies reporting the cardiovascular benefits of vitamin E, anticancer benefits of beta-carotene, and anti-Alzheimer’s benefits of estrogen—important studies that were published in 1993, 1981, and 1996, respectively, and that were each convincingly and prominently refuted in one or more larger studies around 1999, 1994, and 2004, respectively. In 2005, the most recent year Ioannidis checked, half of the researchers who cited the original study of vitamin E did so in the context of accepting the original results, and through 2006 a little more than 60 percent cited the original beta-carotene and estrogen studies, though the results had been solidly refuted—thirteen years earlier in the case of beta-carotene.
En segundo lugar, la necesidad de acumular datos para afianzar los hechos puede dar la sensación de que todo conocimiento es provisional y discutible. Las recomendaciones dietéticas para perder peso han pasado con el tiempo del «coma menos pan» (¡el problema son los carbohidratos!) al «coma menos grasa» (¡el problema son las grasas!) al –de nuevo– «coma menos pan» (¡el problema es el azúcar refinado!). Ciclos semejantes han tenido lugar respecto a cómo afectan a nuestra salud la carne, los plásticos o los edulcorantes. A consecuencia de esto las verdades científicas se consideran modas pasajeras (hoy el café es sano, mañana no) y, por tanto, desechables. No obstante, esta es una apreciación equivocada, el menos en parte. Por ejemplo, la explicación de Arquímedes sobre por qué las cosas flotan es correcta desde hace más de dos mil años. El libro de Arbesman muestra cómo no todos los hechos cambian al mismo ritmo y que algunos, a efectos prácticos, nunca lo hacen.

Fuente: Free the facts!, por Dave Gray

Finalmente, tenemos el problema de los medios de comunicación. Estos nos hablan únicamente de aquellos experimentos o estudios que constituyen noticia. Desgraciadamente, por el teorema de Bayes sabemos que los motivos por los que un estudio es digno de un titular (ser relevante, novedoso e inesperado) son los mismos por los que cabe esperar que sea falso. Otro problema de la cobertura informativa es que, dado que los periodistas son incapaces de valorar la evidencia científica en su conjunto, acaban recurriendo a figuras de autoridad. A consecuencia de ello, las verdades científicas se caracterizan como conocimiento revelado, situándolas así al mismo nivel que el dogma:

¿Cómo sortean los medios el problema de su incapacidad para proporcionarnos la evidencia científica propiamente dicha? A menudo, lo hacen recurriendo a figuras de autoridad (un recurso que constituye la antítesis misma de la esencia de la ciencia) y tratándolas como si de curas, políticos o figuras paternas se tratara. «Un grupo de científicos ha dicho hoy que…» «Unos científicos han revelado que…» «Los científicos han advertido que…»
Eso hace que no se traten correctamente los casos de disentimiento. El periodista o el programa de televisión de turno presenta a un científico asegurando una cosa y a otro que lo cuestiona (a veces ni siquiera son científicos del mismo ramo o no son expertos en el asunto tratado). Como para los medios de comunicación todos los científicos valen lo mismo y todas su afirmaciones son igual de válidas, la verdad pasa a ser una cuestión de retórica:

[C]uando existe algún tipo de controversia en torno a lo que nos muestran las evidencias, el recurso a las figuras de autoridad reduce el debate a una mera bronca o intercambio de improperios, ya que una afirmación como «la vacuna triple vírica provoca autismo» (o no) sólo puede ser criticada en función del carácter de la persona que la formula, y no en función de las pruebas que dicha persona puede presentar.
Cuando esto ocurre, cuando el conocimiento que aceptamos depende de las dotes del orador, es cuando se abre la puerta a las seuodociencias, aquellos conjuntos de creencias promovidos por figuras de autoridad cuestionables, gente que sostiene estrafalarias teorías sin tener pruebas o basándose en evidencias débiles, y cuyas afirmaciones contravienen hechos bien establecidos.

Al pensar en la palabra «hechos» nos referimos intuitivamente a verdades objetivas, independientes del observador y que pueden ser comprobadas por cualquiera. Al ser externas a nosotros, no concebimos dichas verdades como fruto de un consenso o como el resultado de una votación. John Oliver lo explica así en relación a una encuesta de Gallup que muestra que uno de cada cuatro estadounidenses es escéptico respecto al cambio climático:

Who gives a shit? You don’t need people’s opinion on a fact. You might as well have a poll asking: ‘Which number is bigger, 15 or 5?’ or ‘Do owls exist?’ or ‘Are there hats?’
Por desgracia, la incertidumbre inherente a la ciencia hace que no sea fácil determinar lo que es un hecho y lo que no. Todo depende de en qué punto de la investigación nos encontremos: al principio la incertidumbre será grande y probablemente nos veremos en la situación de tener que revisar los hechos conforme vayamos obteniendo nuevas pruebas. En su día ya vimos que no podemos confiar en el resultado de un solo estudio científico. En aquella entrada y en la de la semana pasada señalamos unas cuantas razones para ello. La conclusión es que el método científico nos obliga a llevar a cabo muchos experimentos, a recoger muchos datos y a considerar la bibliografía completa antes de sacar conclusiones o tomar decisiones.

Claro que ¿quién tiene tiempo, ganas y formación suficiente para hacer eso? Si recurrimos a figuras de autoridad es porque asumimos que tienen las tres. Eso no supondría un problema si valoráramos a cada autoridad según la calidad de la ciencia que maneja, lo cual no es muy factible si uno no es, a su vez, un científico. De modo que cada cual, de nuevo, actúa según le parece. Algunos se fían del consenso científico. Otros solo hacen caso a las voces discordantes, bien porque crean que son los únicos que tienen valor a decir la verdad o porque lo que dicen encaja con su visión del mundo. Por último, están quienes no se fían de nadie. En definitiva, cada cual elige sus propios hechos.

lunes, 24 de agosto de 2015

Mala ciencia

Consultores, entrenadores, economistas, gurús de las relaciones personales o de la vida en general, consejeros de celebridades, asesores financieros, directores generales, comentaristas deportivos, tertulianos... como ya hablamos, abundan los expertos. Pueblan el espectro electromagnético y nos hacen llegar sus consejos (normalmente equivocados) a través de la televisión, la radio o internet. A la hora de defender sus argumentos suelen apelar a su experiencia personal, al éxito de su carrera o a un puñado de historias de gente que siguió sus consejos y logró un final feliz. Si se les interroga sobre sus fuentes de conocimiento, la respuesta varía según el asunto tratado. Un experto en felicidad puede recurrir a antiguos textos budistas. Un experto en finanzas puede invocar el nombre de grandes autoridades en la materia (algún premio Nobel, por ejemplo). Pero la mayor parte de ellos, en algún momento u otro, echan mano de la ciencia, ya sea en forma de estudios científicos o en palabras de algún académico o investigador. Y es que no hay nada como una pátina de ciencia para defender la solidez de nuestros argumentos:

La ciencia goza de una alta valoración. Aparentemente existe la creencia generalizada de que hay algo especial en la ciencia y en los métodos que utiliza. Cuando a alguna afirmación, razonamiento o investigación se le da el calificativo de «científico», se pretende dar a entender que tiene algún tipo de mérito o una clase especialidad de fiabilidad.
[...] Los anuncios publicitarios afirman con frecuencia que se ha mostrado científicamente que determinado producto es más blanco, más potente, más atractivo sexualmente o de alguna manera preferible a los productos rivales. Con esto esperan dar a entender que su afirmación está especialmente fundamentada e incluso puede que más allá de toda discusión.
Foto de Sergei Golyshev
Según la concepción popular, la ciencia se basa en hechos, afirmaciones sobre el mundo que pueden comprobarse directamente, verdades objetivas que todos hemos de aceptar. Además de eso, lo que hace especial a la ciencia es su método, el «método científico». Lo recordarán del colegio. A grandes rasgos, se empieza con una pregunta («¿por qué el cielo es azul?»), se formula una hipótesis, se desarrollan las consecuencias lógicas de la misma, se lleva a cabo un experimento para ponerla a prueba y se analizan los resultados. Si las pruebas obtenidas en el experimento contradicen la hipótesis es necesario desecharla y desarrollar una nueva. Si la confirman, se comprueban otras predicciones de dicha hipótesis. Una vez la hipótesis cuenta con suficientes pruebas a favor pasa a desarrollarse una teoría.

La calidad de la ciencia reside en los detalles, allí donde, según el dicho, habita el diablo. En cada paso del método científico se puede cometer un traspié y el libro de David H. Freedman titulado Wrong: Why Experts Keep Failing Us - and How to Know When Not to Trust Them contiene una buena lista de todo lo que puede salir mal. Para empezar, pueden cometerse errores en algo tan sencillo como recopilar los datos (al tomar la presión arterial de los sujetos de estudio o al medir la temperatura del océano o al calcular la contaminación del aire). A veces dichos errores nos obligan a tener que descartar observaciones, lo que introduce el problema de qué datos se descartan con razón y cuáles se desechan por un sesgo inconsciente. Terminada la toma de datos, a la hora de analizar los resultados los errores estadísticos son frecuentes.

No es fácil diseñar experimentos para probar ciertas hipótesis, por lo que los científicos a veces sustituyen una pregunta por otra más fácil de responder y acaban midiendo cosas que no importan. Por ejemplo, ante la pregunta «¿este medicamento cura el cáncer?» un estudio puede estar diseñado para determinar si dicho medicamento reduce el tamaño del tumor, ya que medir eso es mucho más sencillo que observar a una población durante años para determinar si los que tomaron el medicamento vivieron más. Por desgracia, el tamaño del tumor puede que no esté relacionado con la mortalidad del cáncer. Este uso de indicadores secundarios es bastante habitual y tiene su máxima expresión en los experimentos con animales. Siempre que se trate de un estudio con otra especie hay que esperar a los resultados con humanos ya que, por mucho que se nos parezcan, nada nos asegura que el resultado sea extrapolable.

Otro error bastante común es que los datos soporten la hipótesis pero que dicha hipótesis sea falsa en realidad y el efecto observado se deba a un tercer factor no contemplado. Por ejemplo, un estudio puede concluir que la gente que duerme menos de seis horas diarias tiene mayor probabilidad de ser obesa. Sin embargo, quizá la razón de que haya correlación entre ambas variables sea que la gente sana se preocupa tanto de hacer ejercicio como de comer y de dormir bien. Si esa fuera la explicación, no es de esperar que uno vaya a adelgazar a base de dormir más cada noche. Todos los tipos de estudio (observacional, epidemiológico, meta-análsis, doble ciego) están afectados por este problema en mayor o menor medida.

Algunos fallos no son tan inocentes y están relacionados con los incentivos a los que se enfrentan los investigadores. Como explica Gerry Carter en su artículo, los objetivos de la ciencia como tal y de quienes la practican no son los mismos. El éxito científico no equivale a éxito académico. Hacer ciencia de calidad (falsificable, repetible y correcta) no lleva automáticamente a ser influyente, reconocido y ascendido. A los científicos se les premia laboralmente por obtener resultados novedosos, revolucionarios y sorprendentes. Estos requisitos, unidos a la enorme competencia, reducen la calidad de la ciencia practicada. Al final, lo que es importante para un científico no es tanto la verdad como el demostrar que algo es cierto, pues eso es lo que necesita para conseguir una plaza en una universidad o dinero para investigación:

Most of us don’t think of scientists and other academic researchers as cheaters. I certainly don’t. What could motivate such surprisingly nontrivial apparent levels of dishonesty? The answer turns out to be pretty simple: researchers need to publish impressive findings to keep their careers alive, and some seem unable to come up with those findings via honest work. Bear in mind that researchers who don’t publish well-regarded work typically don’t get tenure and are forced out of their institutions. It’s an oppressive system and one that’s becoming more so.
Ante las presiones por obtener un resultado positivo, si un estudio no confirma una hipótesis es muy probable que acabe sin ver la luz del día, dado que no contribuye al avance de la carrera del científico. Esto perjudica a la ciencia porque el desarrollo de una teoría depende del conjunto de todos los datos, no solo de los favorables. Por otra parte, abundan quienes torturan los números hasta que les dicen lo que quieren, esto es, hasta que encuentran algo que apoye lo que querían demostrar. En otras ocasiones, un científico puede diseñar un experimento para poner a prueba su hipótesis («¿son más inteligentes las personas guapas?»), encontrarse con otro efecto diferente («no son más inteligentes pero sí más adineradas») y publicar el estudio como si su propósito inicial fuera probar esta última hipótesis (es lo que se conoce como mover los palos de la portería). A veces es una empresa privada la que financia la investigación, como cuando un fabricante de cerveza promueve un estudio que concluye que la cerveza no engorda. Proliferan las pruebas que indican que esta clase de experimentos motivados siempre encuentran lo que estaban buscando.

Por último, no hay que olvidar el fraude puro y llano. En ocasiones se crean datos de la nada o se ocultan algunos de ellos. Asimismo se publican estudios falsos o que nunca tuvieron lugar. Incluso ha habido casos de corrupción en el sistema de revisión por pares. Quienes detectan conductas reprobables no tienen incentivos para denunciarlo debido a que podrían perder su puesto de trabajo o su financiación. Además, uno debe llevarse bien con sus colegas si quiere ver su trabajo publicado.

La ciencia no es un proceso llevado a cabo en el vacío. Es obra de personas de carne y hueso sometidas a los mismos sesgos y limitaciones que el resto de nosotros. A los errores normales de un ser humano hay que sumarle el hecho de que los investigadores están sometidos a mucha competencia lo que, como ocurre en otras profesiones, puede derivar en malas conductas con tal de destacar o, simplemente, mantenerse a flote.

La gente digiere estos hechos de distinta manera. Algunos reniegan totalmente de la ciencia y suscriben (normalmente sin conocerlas) las tesis del filósofo Paul Feyerabend, quien sostenía que la ciencia no posee rasgos especiales que la hagan superior a otras ramas del conocimiento. Él veía la ciencia como la religión moderna y pensaba que desempeña la misma función que ha desempeñado el cristianismo en Europa durante los siglos pasados. Para estas personas, escépticos radicales y posmodernistas, todo es dogma y cada uno abraza el que le parece. Otros buscan en las seudociencias respuestas que la ciencia no tiene (o que sí tiene, pero no concuerdan con su visión del mundo). Finalmente, están quienes reconocen que la ciencia es una tarea ardua y, por ello, siempre tienen presente que no todos los estudios y artículos científicos valen lo mismo, que no todos los científicos son iguales, que la cantidad y calidad de pruebas a favor o en contra de una hipótesis es importante, que parte del conocimiento tiene fecha de caducidad y que la ciencia, en general, es un proceso paulatino de reducción de la incertidumbre y el desconocimiento.

lunes, 17 de agosto de 2015

Cumpleaños «feliz»

Recientemente también ha sido mi cumpleaños y cierto es que pasados los treinta años la ilusión por seguir cumpliendo años va menguando y nos empezamos a preguntar si nuestra vida es satisfactoria, si somos felices, si hemos alcanzado grandes logros, si tenemos un buen trabajo y algunas cuestiones más de esta índole.

En muchos casos la respuesta es no, máxime si lo comparamos con nuestras expectativas de hace unos cuantos años atrás y nos damos cuenta una vez más de lo ingenuo que es el ser humano de niño, la época en la que el futuro se vislumbra lleno de grandes y ambiciosos logros personales, profesionales y también materiales.

Pero con el paso de los años, cuando llevas recorrido gran parte de ese futuro y piensas en las decepciones que lo componen, desaparece ese espejismo del pasado y tienes que conformarte en pensar que forma parte del aprendizaje sobre nuestra andadura por la vida. Y ese ronroneo acerca de la felicidad que con tanta frecuencia nos visita, a veces es tan molesto que para intentar que desaparezca tratamos de esquivarlo pensando en otra cosa, pero eso no acaba por funcionar, porque termina regresando y te obliga a reflexionar sobre ello.

Foto de Francisco Muñoz
Para mí es una cuestión tan sumamente compleja que tras varios años sigo respondiendo que no creo que sea feliz, y es que veo la vida como un puzzle lleno de piezas compuestas por sentimientos y acontecimientos buenos, regulares y malos. Y al tratar de unir esas piezas no consigo dar forma a un puzzle consolidado y equilibrado, puesto que la cantidad de piezas malas supera con creces al resto. Siguiendo este camino no logro obtener el «sí» a la respuesta, aunque mantengo aún a estas alturas la esperanza de que en años venideros se reduzca al menos la llegada de piezas malas.

Son muchas las barreras a las que tenemos que enfrentarnos y me refiero a la gran cantidad de enemigos que se nos presentan como son el odio, el rencor, la envidia, la venganza, la rabia, la impotencia, la desdicha, la fatiga, el desgaste, la tristeza, los complejos y un larguísimo etcétera, que todos bien conocemos.

Qué lástima el tiempo que se malgasta en pensar que somos desgraciados por no conseguir o no tener grandes cosas y qué triste es darse cuenta que desgraciado te sientes no por la ausencia de ello, sino por la ausencia de los ratos de felicidad que te arrebata una desgracia.

Como soy una persona sencilla y cada vez me conformo con menos, para creer que hay algo de felicidad en mi vida intento, en la medida de lo posible y cuando las circunstancias así lo permiten, alimentar la vida con gestos, detalles y momentos que agraden a los demás, más aún a las personas que quiero y aprecio, pues si así resulta, a mi me agradará aún más, pero para ello es muy importante querer y dejarse querer. De esta forma consigo que esa amarga tarta de cumpleaños tenga un toque de dulzura.

Estas humildes y breves palabras no están ni mucho menos a la altura de las publicaciones del autor de este blog, pero como en una ocasión humildemente él mismo me dijo, lo importante es escribir. Por último, me despido aprovechando este espacio para expresar mi enorme admiración hacia él, mi querido amigo, a quien además quiero, admiro y respeto, y mi agradecimiento por permitirme que comparta con él momentos que contribuyen a que lleguen a mi vida piezas de felicidad. Tu amistad en un tesoro muy valioso.

lunes, 10 de agosto de 2015

Rage against the machine

Mark Court es uno de los trabajadores más especializados del planeta. Su trabajo consiste en una sola tarea: dibujar una línea horizontal a mano. Eso es todo. Así es como se gana la vida, dibujando una línea tras otra, cada una igual a la anterior, una y otra vez. El único inconveniente es que la línea ha de ser perfecta. Un error suyo le puede costar a la compañía más de trescientos mil euros.

Court es el encargado de dibujar la línea horizontal (coach line) que decora los laterales de los coches de la marca Rolls-Royce. Este artista emplea alrededor de tres horas en pintar la línea en cuestión, de seis metros de largo a cada lado. Como digo, no puede equivocarse. Le llevó cinco años aprender su labor.

Supe de la existencia de Mark Court gracias a un documental que vi por casualidad sobre la fabricación de los lujosos coches de la célebre marca británica. Casi todo el proceso de ensamblado se hace a mano, lo que explica buena parte del elevado precio de estos automóviles. De todos los pasos el que más me llamó la atención fue este del dibujado de la línea pues pienso (como otras personas con las que comenté el documental) que un robot podría hacerlo mejor y más rápido. Los robots no se cansan, no les tiembla el pulso y pueden tener una precisión mucho mayor que cualquier humano, razones todas ellas por las que algunos procedimientos quirúrgicos han dejado de hacerse a mano.

El mismo dibujo puede tener dos interpretaciones distintas según su creador. Si es obra de Mark Court, hablamos de arte. Si es fruto de un proceso de fabricación automatizado, es una recta más, sin nada de especial. A la hora de elegir, son muchos los que prefieren lo «hecho a mano», lo artesanal, lo «natural». De acuerdo con Daniel Kahneman, este sesgo es una de las razones que explica nuestra hostilidad hacia los algoritmos:

Cuando un ser humano compite con una máquina, sea John Henry con el martillo de vapor en la montaña o el genio del ajedrez Garry Kaspárov enfrentado a la computadora Deep Blue, nuestras simpatías están con nuestro semejante. La aversión a los algoritmos que toman decisiones que afectan a los seres humanos está arraigada en la clara preferencia que muchas personas tienen por lo natural frente a lo sintético o artificial. Si se les preguntara si comerían antes una manzana cultivada con abono orgánico que otra cultivada con fertilizantes artificiales, la mayoría de ellas preferirían la manzana «cien por cien natural». Incluso después de informarles de que las dos manzanas tienen el mismo sabor y el mismo valor nutritivo, y son iguales de sanas, la mayoría preferirían la manzana natural.
Parece que no solo nos importa el producto final, sino cómo ha sido fabricado. De igual manera, cuando se cometen errores la causa de los mismos se nos antoja relevante. ¿Acaso no habría diferentes reacciones en la opinión pública si un paciente muriese por no haber recibido tratamiento, según si dicha decisión fuera obra de un médico o de un algoritmo? Esta es la segunda razón por las que muchos son reacios a utilizar métodos estadísticos cuando se trata de tomar decisiones transcendentales que afectan a las personas (ibídem Kahneman):

El prejuicio contra los algoritmos aumenta cuando las decisiones son trascendentales. Meehl comentó: «No sé cómo atenuar el horror que algunos clínicos parecen experimentar cuando prevén que se vaya a negar el tratamiento a un caso tratable porque una ecuación “ciega y mecánica” lo desclasifique». [...] [P]ara la mayoría de las personas, la causa de un error es importante. El caso de un niño que muera porque un algoritmo ha cometido un error es más penoso que el de la misma tragedia producida a consecuencia de un error humano, y la diferencia de intensidad emocional es traducida enseguida a preferencia moral.
Sin embargo, tal como arguyen los partidarios de los algoritmos, si disponemos de un método que comete menos errores que los expertos ¿no estamos moralmente obligados a usarlo? Como tantos otros argumentos racionales, este se enfrenta a realidades psicológicas pertinaces que inclinan la balanza a favor de la irracionalidad.

Los Rolls-Royce no son los únicos coches que se fabrican a mano total o parcialmente. Según este artículo, BMW, Porsche, Ford y Volkswagen confían en las manos y los ojos de sus empleados para ciertas tareas. Escribe el autor del artículo:

[P]ara los coches de más valor los fabricantes confían en las manos de sus trabajadores. A pesar de la proliferación de los robots, una persona es la que debe controlar la máquina y controlar los procesos de calidad en la cadena.
Esa es una idea que analizamos someramente en el pasado artículo, la del humano controlando a la máquina. Vimos que las pruebas apuntan a que, si queremos obtener las mejores decisiones o predicciones, lo mejor es dejar sola a la máquina. No obstante, para muchos es inconcebible someterse a una inteligencia artificial sin tener la opción de desactivarla u omitirla a discreción. Por desgracia, tener esa opción puede causarnos verdaderos problemas, pues nos pasamos de listos con demasiada frecuencia. Ian Ayres, autor de Super Crunchers, cuenta la historia de un comité de libertad condicional que decidió liberar a un recluso ignorando su puntuación en un sistema que el tribunal utilizaba para calcular el riesgo de reincidencia llamado RRASOR (Rapid Risk Assessment for Sexual Offender Recidivism). El delincuente en cuestión, Paul Herman Clouston, había sido condenado –entre otras cosas– por agresión sexual con agravante, secuestro y asaltos a menores. Tan pronto como fue liberado, huyó, convirtiéndose en uno de los hombres más buscados del estado de Virginia. Su riesgo de reincidencia según el sistema RRASOR era de cuatro sobre cinco, lo que significaba que tenía más del cincuenta y cinco por ciento de probabilidades de cometer otro crimen sexual en los diez años siguientes a su liberación. Fue capturado en 2010. No he podido averiguar si cometió algún crimen durante el tiempo que estuvo fugado.

En mi opinión, el mayor escollo al que se enfrenta la adopción de los algoritmos tiene que ver con nuestra experiencia diaria de la tecnología y de la inteligencia artificial. Nuestros ordenadores y teléfonos «inteligentes» se bloquean, nos obligan a reiniciarlos y hacen cosas raras, como perder la conexión a internet sin venir a cuento. Intentar seleccionar texto en un dispositivo móvil es capaz de hacer aflorar lo peor de cada persona. Yo trabajo con ordenadores a diario y a menudo tengo ganas de estampar el portátil contra la pared, un sentimiento que, a juzgar por los gritos de mis compañeros y los golpes furibundos a la tecla «Intro», es bastante común. No es raro que la ira hacia las máquinas se manifieste físicamente.

Además de los fallos en el funcionamiento diario, a menudo nos encontramos con que la inteligencia artificial no es nada inteligente, como ese algoritmo que no distinguía un leopardo de un sofá, o Siri, el asistente virtual de Apple, que hace cosas como esta:

Fuente: Reddit


Mientras la tecnología no sea perfecta siempre tendremos nuestras reservas. Por tanto, mucho me temo que dichas reservas nunca desaparecerán. Los algoritmos pueden darnos soluciones pero, incluso aunque sean perfectos en sus aciertos, plantean nuevos problemas y riesgos. Por ejemplo, cuando nos enfrentamos a un problema para el que hay pocos precedentes o ninguno, las soluciones basadas en estadísticas son inútiles. También pueden ser de poca ayuda si no podemos registrar los datos pertinentes (es relativamente fácil llevar un registro de cada clic hecho por los visitantes de nuestra tienda virtual pero no lo es tanto registrar síntomas físicos o sensaciones subjetivas). Cuando se trata de hacer predicciones, es posible que los algoritmos sean totalmente inútiles en sistemas reflexivos como la economía, donde las predicciones sobre el devenir de los acontecimientos influyen en los eventos futuros.

Asimismo, puede ocurrir que la rígida dependencia de los algoritmos mine nuestra creatividad. Nuestros sesgos y puntos ciegos se replicarán en nuestros programas. Habrá ocasiones en que no podremos distinguir un error del programa de una genialidad, como ocurría con Deep Blue. Puede darse el caso de que el modelo sea muy bueno pero no sepamos cómo toma las decisiones que toma. Y siempre habrá dilemas morales a los que enfrentarse, como los suscitados por aquel padre que se enteró de que su hija estaba embarazada cuando la empresa Target le mandó ofertas especiales para futuras madres a su hija; los algoritmos de análisis de Target detectaron cambios en los hábitos de compra de la adolescente y predijeron correctamente que había quedado encinta. La tecnología también abre la puerta a la realización de viejos experimentos mentales filosóficos. Por ejemplo, ¿debe un coche autónomo sacrificar a su pasajero en un accidente si con ello salva la vida de cinco ocupantes de otro vehículo de la carretera?

Nate Silver observa en su obra (de donde he tomado el título para esta entrada) que nosotros mismos somos la mayor limitación a la tecnología. El ritmo de la evolución natural queda muy por detrás en comparación con el de la evolución tecnológica y nuestro cerebro no está preparado para trabajar en un mundo inundado de datos: vemos patrones donde solo hay ruido y damos demasiada importancia a correlaciones espurias. Al igual que este autor, creo que debemos ver la tecnología como lo que siempre ha sido: una herramienta para mejorar la condición humana. Por un lado, no debemos profesarle culto como a un dios ni someternos a ella sin pensar. Pienso que debemos mostrar cierto escepticismo ante la idea promulgada por autores como Matt Ridley de que la tecnología resolverá todos nuestros problemas. Por otra parte, también creo que no debemos luchar contra la misma como si fuera el mismo diablo, negando sus ventajas por principio y asumiendo que una tarea la hacemos mejor nosotros por el mero hecho de ser humanos. Y, por supuesto, no tiene por qué asustarnos el adjetivo «artificial». Como dice Silver: «computers are themselves a reflection of human progress and human ingenuity: it is not really “artificial” intelligence if a human designed the artifice».

lunes, 3 de agosto de 2015

Luditas 2.0

Imaginen que tienen un problema de salud y reciben dos diagnósticos, uno de ellos realizado por un doctor de carne y hueso y el otro por un programa de ordenador. Los diagnósticos no coinciden y los tratamientos son totalmente diferentes. ¿Con cuál se quedarían?

El diagnóstico médico parece un problema demasiado complejo como para que una máquina pueda resolverlo. Sirvan como muestra las palabras del cirujano Atul Gawande:

La mayoría de los facultativos cree que el diagnóstico no puede reducirse a una serie de generalizaciones, a un «libro de recetas de cocina», como dicen algunos. Argumentan que deben tenerse en cuenta las características de cada paciente.

Esto es algo obvio. Cuando soy el especialista de cirugía en la unidad de urgencias, me suelen pedir que evalúe si un paciente con dolor abdominal tiene apendicitis. Escucho con atención su historia y considero multitud de factores: cómo noto su abdomen, el tipo de dolor y su localización, la temperatura del paciente, el apetito, los análisis. Pero no lo reduzco todo en una fórmula y calculo el resultado. Utilizo mi criterio clínico, mi intuición para decidir si hay que operarle, tenerle en el hospital en observación o enviarle a casa.
Y así, concluye:

Ninguna fórmula puede tener en cuenta la infinita variedad de sucesos excepcionales que pueden darse. Éste es el motivo por el que los médicos están convencidos de que es mejor mantenerse fial a sus instintos a la hora de realizar un diagnóstico.
En este mismo sentido, existen médicos que se muestran cautelosos cuando se trata de aplicar la medicina basada en pruebas, la cual, por su propia naturaleza, está basada en la estadística:

Las estadísticas no pueden sustituir al ser humano que uno tiene delante; las estadísticas se refieren a una media, no a los individuos. Los números sólo pueden complementar la experiencia personal del médico con un fármaco o un procedimiento, así como su conocimiento sobre si un tratamiento «mejor» de un ensayo clínico convendría a las necesidades y características especiales de un paciente.
También cabe argumentar que los métodos matemáticos no son útiles en casos fuera de lo normal:

Los algoritmos clínicos pueden ser útiles para diagnósticos y tratamientos corrientes, por ejemplo, distinguir la infección de garganta por estreptococos de la faringitis viral. Sin embargo, se desmoronan rápidamente cuando un médico necesita pensar más allá de los recuadros, cuando los síntomas son vagos, o múltiples y confusos, o cuando los resultados de las pruebas son inexactos. En esos casos –aquellos donde más falta hace un médico con capacidad de discernimiento– los algoritmos impiden a los médicos pensar con independencia y creatividad. En lugar de expandir el pensamiento de un médico, acaban por limitarlo.
Finalmente, es posible que Deep Blue batiera a Kasparov, pero el diagnóstico clínico no es un juego de reglas fijas:

[El ajedrez] es un juego complejo, pero es bidimensional y está basado en reglas fijas y claras, con piezas que nunca varían. El diagnóstico de pacientes por el contrario, tiene cuatro dimensiones (reúne las tres dimensiones espaciales y la cuarta dimensión del tiempo), no tiene reglas invariables e implica «piezas» (cuerpos) que no son iguales.
Imagen de 219Eastern
Todos estos razonamientos tan convincentes asoman la cabeza cada vez que un algoritmo rinde mejor que los expertos de carne y hueso. Los resultados de Paul Meehl sobre la superioridad de los algoritmos frente a los humanos en el diagnóstico clínico fueron recibidos con hostilidad e incredulidad. El método estadístico era criticado como mecánico, artificial, irreal, arbitrario, incompleto, estéril y otras lindeces por el estilo. Los sumillers rechazaron la fórmula de Ashenfelter bajo la premisa de que sus conclusiones eran ridículas y absurdas, pues juzgar un vino sin probarlo era como calificar una película sin haberla visto. Los ojeadores y los entrenadores deportivos siguen confiando en su instinto. Y así un largo etcétera, a pesar de las pruebas que sustentan la superioridad de los métodos matemáticos.

Sospecho que cualquier persona que se enfrente al hecho de que parte de su trabajo puede hacerlo mejor una inteligencia artificial mostraría el mismo rechazo. Para un profesional especializado, alguien consciente de toda la complejidad, los matices y las posibilidades de su campo de conocimiento es difícil asumir que todo eso pueda reducirse a una simple ecuación. Pero, como vimos en el artículo anterior, la complejidad no solo no da ventaja al experto frente al algoritmo, sino que es precisamente la causa del error humano. Por muy razonables que suenen su argumentos en contra, en la práctica lo más frecuente es que una simple combinación de factores con los pesos adecuados supere al juicio de un experto.

Si bien es la complejidad lo que lleva a los expertos a equivocarse normalmente, lo cierto es que en raras ocasiones dicha complejidad sí que cuenta. Supongan, verbigracia, que una fórmula predice que Cristiano Ronaldo marcará dos goles en el próximo partido. Supongan, además, que la fórmula es fiable al noventa y nueve por ciento. Entran en un portal de apuestas por internet para ganarse un dinerito extra con dicha información y ahí, en la sección de noticias, se encuentran con el siguiente titular: «Cristiano Ronaldo sufre una rotura de ligamentos en su rodilla y será baja durante tres semanas». ¿Procederían con su apuesta? Obviamente no. Si Ronaldo no puede jugar, da igual lo que diga la fórmula. Este supuesto se conoce como «el problema de la pierna rota»:

To cede complete decision-making power to lock up a human to a statistical algorithm is in many ways unthinkable. Complete deference to statistical prediction in this or other contexts would almost certainly lead to the odd decision that at times we “know” is going to be wrong. Indeed, Paul Meehl long ago worried about the “case of the broken leg.”
[...] A statistical procedure cannot estimate the causal impact of rare events (like broken legs) because there simply aren’t enough data concerning them to make a credible estimate. The rarity of the event doesn’t mean that it will not have a big impact when the event does in fact occur. It just means that statistical formulas will not be able to capture the impact.
Evidentemente, en estas situaciones el algoritmo no sirve de nada. Pero no hemos de olvidar que estos casos son, por definición, infrecuentes (si no lo fueran, estarían contemplados en la fórmula). Por tanto, otorgan un escaso margen de ventaja. En cualquier caso, las observaciones atípicas también pueden dar ventaja a un sistema experto digital en lugar de a un médico. Una base de datos puede almacenar información sobre todas las enfermedades conocidas y sus síntomas, así como recuperar dicha información en segundos. Por contra, un galeno no puede saberlo todo. Cuando una enfermedad es poco común, no es sorprendente que se pase por alto y el diagnóstico sea equivocado. Lisa Sanders cuenta la historia de cómo un médico pudo diagnosticar correctamente y salvar la vida a una paciente aquejada de una rara enfermedad africana gracias a un sistema experto sobre enfermedades infecciosas llamado GIDEON. De no haber sido por este sistema el médico no habría podido dar con el medicamento necesario para combatir la infección.

Tal vez estén pensando que la solución ideal consista en mezclar ambos mundos. Si combinamos expertos y algoritmos ¿obtendremos mejores resultados? De acuerdo con Ian Ayres, por lo general las personas hacen mejores predicciones cuando se les informa de los resultados de una predicción estadística. Sin embargo, incluso con esa ayuda sus predicciones son peores que las del modelo matemático a solas. Cuando el humano y la máquina no están de acuerdo, usualmente es mejor atenerse a la decisión de la predicción estadística.

¿Y si limitamos la intervención humana a identificar los casos de «piernas rotas», de manera que sea una persona la que decida si hay que optar por seguir la decisión del algoritmo, o bien omitirla y hacer caso al juicio experto? El problema en estos casos es que la gente ve piernas rotas por todas partes:

In context after context, decision makers who wave off the statistical predictions tend to make poorer decisions. The expert override doesn’t do worse when a true broken leg event occurs. Still, experts are overconfident in their ability to beat the system. We tend to think that the restraints are useful for the other guy but not for us. So we don’t limit our overrides to the clear cases where the formula is wrong; we override where we think we know better. And that’s when we get in trouble.
Las dos soluciones anteriores sitúan al humano por encima o al mismo nivel que la máquina. Sin embargo, si lo que queremos es el mejor diagnóstico o la mejor predicción posible, parece que la forma de lograrlo es supeditar el hombre a la máquina. Por ejemplo, en 2005 dos veinteañeros ganaron un torneo de ajedrez utilizando tres programas simultáneamente para decidir sus movimientos. En lugar de postularse como jugadores se relegaron a sí mismos a un segundo plano como entrenadores:

In 2005, the Web site ChessBase.com, hosted a “freestyle” chess tournament: players were free to supplement their own insight with any computer program or programs that they liked, and to solicit advice over the Internet. Although several grandmasters entered the tournament, it was won neither by the strongest human players nor by those using the most highly regarded software, but by a pair of twentysomething amateurs from New Hampshire, Steven Cramton and Zackary “ZakS” Stephen, who surveyed a combination of three computer programs to determine their moves. Cramton and Stephen won because they were neither awed nor intimidated by technology. They knew the strengths and weakness of each program and acted less as players than as coaches.
En varios estudios, la mejor forma de explotar el conocimiento de los expertos fue añadir su evaluación como un factor más a considerar por el algoritmo. De esta manera los ordenadores pueden tener en cuenta aquellas informaciones que los humanos identifican mejor y así el porcentaje de acierto es mayor.

Hoy día todos somos conscientes de que si queremos cálculos rápidos y exactos hemos de recurrir a un ordenador en lugar de a un cerebro humano. También damos por sentado que si necesitamos conocer ciertos datos, como el origen de una palabra, una fecha histórica o el creador de una obra artística terminaremos antes buscándolo en Google que preguntando a nuestros conocidos. Es de suponer que, conforme la tecnología vaya mejorando y expandiéndose, las nuevas generaciones crezcan asumiendo que los ordenadores hacen mejores predicciones que los humanos. Actualmente, nadie se extraña de que las calificaciones de riesgo crediticio las haga un ordenador, cuando hasta hace no mucho esa era una tarea humana. En el futuro, quizá ocurra lo mismo con el diagnóstico clínico.