sábado, 29 de septiembre de 2012

Una historia del corazón

Todos a lo largo de la vida pasamos por situaciones que nunca habríamos imaginado que tendríamos que pasar. Situaciones para las que nunca te habían preparado y que te encuentras un buen día sin más. Situaciones que al final son las que acaban determinando quién eres.

Hace casi seis años ya, sufrí una de esas situaciones. Yo no hice nada para salir de ella, simplemente tuve suerte de tener a mi lado a las personas adecuadas. Ellos son los verdaderos protagonistas de la siguiente historia, que lo único que pretende es conseguir que se repita una y otra vez:


Desde entonces mi vida no ha dado ningún giro radical, no hay detrás ninguna de las muchas historias increíbles de superación que podemos ver día a día, ni siquiera fui consciente del impacto que supuso en mi círculo más próximo en su momento hasta tiempo más tarde, ya que se puede decir que yo no lo viví.

Una vez llegué a tomar conciencia de lo excepcional del caso, sabía que en algún momento habría de servir para algo más que para continuar respirando, pero no tenía ni idea de como usarlo. Así han transcurrido los años hasta que Esther y la plataforma de la que forma parte (EdCivEmerg) vinieron a mí, dándole por fin un sentido.

“porque los niños de hoy pueden salvar una vida mañana”

domingo, 23 de septiembre de 2012

In memoriam J.C.F.

A mi abuelo le encantaba el queso.

Hasta bien entrada la adolescencia siempre veraneaba en la aldea natal de mi padre, una casita perdida en medio de los montes de Lugo, en Galicia. Mis hermanas y yo pasábamos allí los días cuidando de los animales de la granja y correteando por los prados. Con mi abuelo aprendí a ordeñar vacas, a segar y rastrillar la hierba con la que alimentarlas, a dar de comer a cerdos, gallinas y corderos, a cortar leña y a hacer pan. Es curioso cómo a veces pasan por vacaciones lo que es trabajo en toda regla. Aún hoy mi padre no para quieto cuando vuelve a esa casa, yendo de recoger cosas del huerto a recolectar miel de las colmenas, mientras mantiene de paso el fuego del horno.

Se fue de a poco, mi abuelo. Durante el último par de años había que bañarle, levantarle y acostarle. No siempre era capaz de comer él solo. Por desgracia llevaba los últimos meses deslizándose por la pendiente de esa enfermedad que todo lo borra. Cuando le vi por última vez -no hace ni treinta días atrás- ya no reconocía a nadie salvo en momentos puntuales de lucidez, cada vez más espaciados. Hablaba, pero eran solo palabras sueltas en un débil susurro. Solía mantener una sonrisa infantil cuando conversabas con él. Ni rastro del mal genio que decían que gastaba; con nosotros siempre fue encantador.

Lamentablemente, en las dos últimas semanas su estado empeoró rápidamente. Ya no se podía mantener sentado, por lo que estaba en la cama todo el día. Después dejó de comer, y hubo que alimentarle con jeringuillas llenas de zumo. Al final dejó de beber también. El pasado domingo, dieciséis de septiembre de 2012, a eso de las nueve y media de la noche, su respiración se desvaneció como lo hacen las canciones, fundiéndose lentamente con el silencio. Le rodeaban su mujer y tres de sus cinco hijos. Tenía ochenta y nueve años recién cumplidos.

Nunca antes había perdido a un miembro cercano de mi familia, y solo una vez había estado en un velatorio, el del padre de mi mejor amigo. «Parece un muñeco» fue lo primero que pensé cuando vi el cadáver de mi abuelo en el tanatorio. Había adelgazado mucho, se le notaba consumido por tantos días sin comer. Para colmo, la persona que preparó el cuerpo no debía de ser muy diestra; mis tíos se quejaban de que no parecía él. Aún así estaba elegante con su traje y su corbata, su pose señorial y el rosario entrelazado entre sus manos -antes recias, ahora huesudas-. «Nuestro más sentido pésame», «es ley de vida», «ahora descansa» y otros tópicos del mismo tenor formaron la retahíla de condolencias del velatorio, fórmulas al uso para un momento en el que en realidad no hay nada que decir. Finalmente lo enterramos en el panteón familiar que él mismo construyó allá por la década de los sesenta. Su cuerpo reposa ahora en el hueco inferior del lado derecho. Sin duda fue el acto físico de meter allí el ataúd la peor parte de todo el proceso. Hay algo terrible en ello que no puedo explicar.

Mi abuelo trabajó todos los días de su vida hasta que los problemas en sus piernas le obligaron a quedarse sentado. Era otro tipo de trabajo, de aquel en el que uno mismo se queda con los frutos de su esfuerzo. Cuando yo era pequeño casi todo lo que se comía en aquella casa era hecho allí: frutas, verduras, pan, leche, carne, huevos... y el queso, ese queso de fortísimo sabor que hacía siempre de postre, el cual mi abuelo cortaba con la navaja que llevaba encima a todas horas (una navaja de las de pueblo, fabricada en la cuchillería del pueblo), acompañándolo de pan o miel, según la apetencia del momento. Todos los años volvíamos de allí con el maletero convertido en improvisada despensa, acomodando como se podía las maletas entre las viandas. A mí me daba un poco sensación de saqueo.

No obstante, los mejores frutos que han salido de aquella casa han sido mi padre, sus dos hermanos (uno de los cuales es mi padrino) y sus dos hermanas (una de las cuales es mi madrina), todas ellas personas fuertes, trabajadoras y solícitas que ahora dan continuidad a ese haz de pensamientos, pasiones y emociones que fue su padre.

Una vez leí que a menudo la muerte se considera una falta de consideración para con los vivos. Sea como sea, ahora toca ocuparse de los que se quedan. Especialmente de mi abuela, que tras sesenta años de matrimonio ha perdido, en un sentido bastante literal, una parte de sí misma. En las parejas que llevan mucho tiempo formadas la mente de uno se extiende hacia la del otro y ambas se entrelazan, hasta el punto de que comparten espacio en sus cabezas para guardar los recuerdos del otro, se influyen mutuamente y piensan de forma conjunta.

«¡Qué triste!» suspiraba la pobre mujer tras la misa mientras mi hermana y yo la acompañábamos de nuevo al coche, sujetándola cada uno de un brazo. Aunque soy ateo la acompañé en silencio durante su rezo del rosario con la ingenua esperanza de repartir un poco la carga del dolor. Su hermana también estaba allí y, al igual que mi abuela, ha perdido a su marido este verano. Me temo que la mayor esperanza de vida de las mujeres lleva consigo la maldición de ver morir a los hombres que quieren.

Al contemplar aquel féretro por primera vez sentí rabia. Tuve ganas de liarme a patadas con todo. Por el dolor de los seres queridos allí reunidos. Porque no podré volver a ver a aquel hombre sentado en su rincón habitual de la mesa disfrutando del vino y el queso. Por mis primos pequeños, que han perdido a su abuelo tan pronto y no podrán aprender de él lo que yo aprendí. Por el absurdo, la banalidad y el sinsentido de la existencia humana.

La sensación que tengo ahora es que la vida se reduce a ver morir a los que te rodean -algunos de los cuales te importan, muchos otros que no- para después, algún día, morirte tú. Y cada noche, mientras intento quedarme dormido, me pregunto quién será el siguiente.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Autosabotaje

Como tantos otros, he estado enamorado varias veces. Como tantos otro, he estado enamorado de personas que no me correspondían. Y como tantos otros, he estado enamorado de quien no me convenía. Una de las lecciones de la adolescencia es que uno no elige de quién se enamora; los sentimientos te atrapan sin más.

Foto de mabelzzz
Venimos al mundo con un buen puñado de preferencias, gustos, inclinaciones y necesidades preprogramadas. La crianza, la educación, la cultura y las experiencias vividas añaden algunas más. Para cuando somos adultos cargamos con una mochila considerable de impulsos y frenos automáticos. Algunos son más o menos maleables, pero otros (innatos) parecen inalterables. Según el caso, puede requerir tanta energía cambiar que pocos se toman la molestia.

Para Richard David Precht la conclusión de todo lo anterior es deprimente (el énfasis es mío):
«Even if I liberate myself from many external constraints, my desires, preferences, and longings remain unfree. I am not the one determining my needs -they are determining me! And that is why many neuroscientists claim that people are utterly incapable of 'reinventing' themselves»
A veces esas necesidades y deseos que nos vienen dados no están alineados con lo que nos conviene, como decía al principio. El resultado es que nos saboteamos a nosotros mismos por acción (hacemos cosas que preferiríamos no hacer) o por inacción (no hacemos cosas que querríamos hacer). Los ejemplos abundan por doquier. Mujeres que solo se ven atraídas por hombres proclives a la infidelidad o a desaparecer inmediatamente tras meter. Hombres a los que les gustaría sentar la cabeza pero que están abonados a labrar en tajo ajeno. Parejas en las que uno quiere hijos y el otro no. Individuos envidiosos de todo y de todos. Empleados que anhelan renunciar a obtener satisfacción en su trabajo. Gente dadivosa en lo personal que preferiría no volcarse tanto hacia los demás porque siempre salen escaldados. Celosos patológicos sin ninguna justificación. Personas a las que les gustaría no dejar todo para el último minuto.

Todos ellos desearían cambiar, transformar sus pulsiones internas y pensar o actuar de otra manera. «Quisiera ser el tipo de persona a la que eso no le preocupa» me decía, verbigracia, un amigo cuando hablábamos de la búsqueda de realización en el trabajo. A mí personalmente me gustaría, entre otras muchas cosas, no darle tantas vueltas a todo, no ser tan cobarde y no estar enganchado al azúcar.

Lamentablemente, me temo que no elegimos nada de lo anterior: ni las necesidades ni los deseos ni las preferencias ni el objeto de nuestras preocupaciones. Lo que sucede es que el subconsciente pide algo («¡quiero una casa más grande!») y la razón se lo niega («no hay dinero») pero el primero hace caso omiso y sigue rogando y pataleando, amargando a uno la existencia. Más tarde, cuando es la razón la que se fija un objetivo («debo ver las cosas buenas que tengo») si el subconsciente no está interesado hará oídos sordos y seguirá a lo suyo («¡quiero una casa más grande!»), denegando el impulso interno que tanto ayuda a la consecución de nuestros objetivos.

No digo que seamos totalmente esclavos de nuestras propensiones. A veces podemos hacer valer nuestra voluntad para no llevar a cabo todo lo que nos pide el cuerpo, pero no parece que seamos capaces de cambiar qué es eso que nos pide. Difícilmente nos levantaremos un día queriendo desde lo hondo de nuestra persona aquello que anoche queríamos querer. Es cierto que algunas de las cosas que he mencionado cambian con el tiempo pero, como digo, no ocurre de forma voluntaria. Más bien creo que nos vamos adaptando a base de intentar ignorar esa vocecilla interna -aunque se resista a callar, la condenada-.

Ojalá en el caso del lector sus deseos conscientes coincidan con los que surgen de su interior, especialmente en lo que atañe a cuestiones importantes. Eso le ahorrará muchas amarguras.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Disfrutar la vida

Colin Farrell interpretó en un episodio de Scrubs a un irlandés juerguista cierrabares que le decía a los doctores:
«¿Vosotros qué, troncos? Aquí salvando vidas todos los días, y aún así salís y quemáis los bares. Porque vosotros salís de noche ¿verdad?» 
Foto de mabelzzz
Cuando los jóvenes galenos le dicen que, debido a sus horarios, lo que hacen realmente es acostarse temprano él replica:
«Tíos, ya dormiréis cuando estéis muertos. Tenéis que salir a la calle, tenéis que hablar con extraños. Desayunar cervezas. Enrollaros con la chica más fea de la fiesta. Iros de viaje a Texas ¿sabéis? Bailad con mujeres cansadas de sus maridos. La vida os pone todo en el regazo. Atreveos a abrazarla»
Su personaje me recordó al también irlandés George Best, un futbolista de la década de los sesenta a quien se atribuye la frase «he gastado mucho dinero en mujeres, alcohol y coches; el resto lo he desperdiciado». En la vida real, Farrell tiene un tatuaje en el brazo con la frase carpe diem. Según él, esa locución latina significa que hay que aprovechar el día, vivir el momento y dejar que el ayer desaparezca. Para el filósofo Julian Baggini dicha interpretación es una receta para el desastre:
«Si eso fuera lo que carpe diem significa realmente, yo diría que Farrell ha cometido un error al intentar vivir siguiendo esa definición. Vivir sólo para el momento y olvidar el mañana o el ayer no es una receta para la satisfacción. El problema es que los placeres van y vienen, y el mañana que imaginamos que jamás llegará casi siempre llega. El hedonismo puro nos deja vacíos, siempre estamos anhelando más placer y jamás no sentimos saciados. Las llamadas de atención están ahí, desde Platón y Aristóteles hasta Dorothy Parker pasando por Kierkegaard.»
Nunca he comulgado con el hedonismo simple típico del filósofo de bar. En primer lugar, porque no creo que dé sentido a la vida. Stephen Hetherington lo resume muy bien:
«La gente no piensa por lo general que si un gato siente placer, eso le otorga sentido a su vida. Así que la próxima vez que oigas a alguien explayarse entusiasmada sobre el sentido que dan a su vida la "buena comida, el buen vino, la buena conversación, en fin, el placer puro y llano", pregúntate si es tan obvio que su vida adquiera por ello más signifcado que la vida de un gato feliz. ¿Es acaso el placer como tal demasiado frívolo como para contribuir a darle verdadero significado a una vida?»
En segundo lugar, porque soy una de esas personas que necesita la narrativa para vivir. Una existencia basada en la mera sucesión de episodios de goce me parece vacía y sin significado. No quisiera que, si algún día viera pasar toda mi vida por delante de mis ojos, lo único que se proyectara ante ellos fuera una comilona seguida por otra comilona, seguida por un polvo, seguido por una comilona. Creo que la vida, como las buenas series de televisión, necesita una trama transversal que alumbre un todo satisfactorio. La típica serie basada en el caso de la semana acaba aburriendo a cualquiera.

Vivir cada día como si fuera el último implicaría la imposibilidad de llevar a cabo proyectos vitales. «He aprendido a depender [de Dios], a vivir al día y a renunciar a hacer planes. Tenemos el día de hoy, pero quizá no tengamos el de mañana», dijo una de sus entrevistadas a la doctora Kubler Ross. Nada nos garantiza que llegue el mañana, es cierto, pero eso es una invitación a no postergar las cosas, no a renunciar a nuestros planes a largo plazo. La flexibilidad mal entendida que conlleva renunciar al timón da un resultado opuesto al buscado.

Hay una tercera razón para que no comparta el enfoque del que estamos hablando. Es una razón que, además, hace que se me atraganten las personas que se guían por un estilo de vida así. Me temo, sufrido lector, que hemos llegado al punto en el que me pongo a pontificar, de modo que le entenderé si se salta los dos párrafos siguientes.

No somos el puto oso Yogui. El mundo no es un panal de miel puesto a nuestra disposición para darle gusto al cuerpo. No estamos solos. Otras personas -cercanas o no- nos necesitan. Tenemos obligaciones para con los demás. La vida no es solo diversión y jodienda. Nuestro disfrute no puede subvertir nuestro sentido del deber. ¿Qué pensaríamos de un médico que no atiende una urgencia porque está disfrutando del postre en su hora libre para comer?

No digo que debamos hacer vida ascética. Lo que digo es que hacer de los chutes de serotonina y dopamina un fin en sí mismo es reprochable, más aún cuando muchos sufren tanto y tan continuamente.  Mientras unos pocos nos ponemos ciegos a aperitivos, otros muchos tienen que atarse fuertemente una cuerda a la cintura para dejar de sentir hambre. Los analgésicos que algunos toman para la resaca los fabrican empresas que llevan a cabo sus ensayos médicos en países del tercer mundo sin ninguna ética médica. Millones de personas no tienen acceso a los avances científicos producidos en los últimos cien años. La fruición propia no es lo más importante del mundo. A mi juicio, es una obligación moral renunciar a parte de ella por el bien de los demás dedicando, verbigracia, el dinero que gastamos en comida y bebercio de utilidad marginal reducida o nula a mejores fines.

Una vez conversaba con alguien acerca de visiones sobre la vida y, en su caso, solo supo decirme que lo que tenía claro era que la vida hay que disfrutarla. En casos así, ya se refiriera a placeres simples, a gratificaciones o a estados de flujo la perspectiva es siempre la misma: «¿qué puedo obtener yo del mundo?». Curiosamente, las investigaciones en psicología apuntan en la dirección contraria: si lo que se busca es ser feliz la perspectiva adecuada tal vez sería «¿qué puedo darle al mundo?».

domingo, 2 de septiembre de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres (apéndice)

Por un lado, hasta la semana 14 de embarazo se puede decidir libremente sin justificación alguna interrumpir el embarazo. Por otro lado, por protocolo médico a finales del primer trimestre del embarazo (entre la semana 10 a 12) se practican pruebas para detectar las posibilidades de que el fecto pueda tener alguna anomalía cromosómica como el síndrome de Down. Si las probabilidades son altas (y hablamos de probabilidades) se permite abortar como máximo en la semana 22, así como si se detecta cualquier otra anomalía o malformación grave. Por último, solo en casos muy extremos en los que se detecte una anomalía o malformación tal que resulte incompatible con la vida puede interrumpirse el embarazo sin límite alguno de plazo.

Foto de pasma
Dicho esto, me resulta contradictorio pensar que hasta la semana 22 pueda decidirse interrumpir el embarazo si se produce alguna de las circunstancias antes mencionadas y, en cambio, no se pueda a partir de dicha semana 22 pues ¿acaso no mucho antes ya se conoce el sexo del feto y todos sus órganos están en desarrollo? Luego antes o después de la semana 22 se trata de la misma vida humana en formación, aunque evidentemente exista la diferencia del tamaño.

Al margen de los plazos, llegado el caso de detección de una alteración, anomalía, malformación o enfermedad grave, qué duda cabe de que los padres son los primeros inmersos en una situación de caos moral, a los que pienso debería corresponder decidir si el embarazo debe llevarse o no a término y, en mi opinión, tan lícito es adoptar una postura como otra, llevando implícitas cada una de ellas sus propias consecuencias.

Estoy de acuerdo en que en este asunto hay constestaciones y no respuestas, por lo que al tratarse de una cuestión pura y estrictamente moral ¿por qué un político se cree con derecho a prohibir algo que no compete a su propia moralidad sino a la de los padres, dependiendo de hacia dónde inclinen la balanza? ¿Se ha parado a pensar por qué en nuestra sociedad se observan cada vez menos casos de personas con síndrome de Down, parálisis cerebrales o cualquier otra anomalía grave de nacimiento?

El Colegio de Ginecólogos está luchando en los últimos años para que el gobierno permita interrumpir el embarazo en cualquier momento -independientemente de la semana de gestación- cuando se detecte una alteración, anomalía, malformación o enfermedad grave en el feto. Los médicos son humanos y por tanto tienen moralidad. En su mayoría recomiendan de manera extraoficial interrumpir el embarazo incluso después de la semana 22 en estos casos, a pesar de no ser legal en la actualidad en España. Es más, en el 90% aproximadamente de los casos los padres optan por la interrupción recurriendo a una vía que queda fuera de nuestra legislación y que es proporcionada por los propios médicos. Me pregunto entonces hasta qué punto es apropiada la intervención política en la imposición de plazos en estos casos (y no digamos por parte de la Iglesia).

domingo, 26 de agosto de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres (y III)

Foto de Ren.
Hasta ahora hemos considerado un caso concreto del malparto, pero las premisas de las que parten ambas posiciones frente al dilema hacen que las conclusiones sean aplicables en cualquier situación. Si alguien cree que el aborto equivale a matar a un ser humano digno inocente, entonces tendrá que apechugar con su embarazo aunque sea fruto de una violación o su hijo no vaya a tener nunca vida consciente. Si piensa que es libre de elegir debería poder hacerlo aunque no se trate de ninguno de los supuestos anteriores.

Kant pensaba que el embrión ya era digno del mismo respeto que un ser humano adulto si su concepción era intencionada, fruto del deseo y la voluntad libre de sus padres (aunque su argumentación solo incluía a los hijos concebidos dentro del matrimonio). Los utilitaristas, por su parte, piensan que el embrión no es una persona: carece de deseos, voluntad propia, preferencias y un deseo de vivir similar al de un adulto. Por tanto, no puede tener el mismo grado de protección y es correcto abortar si eso va a ahorrar sufrimiento a la madre (o una vida de dolor al propio hijo). En cambio, tanto para Habermas (ética dialógica) como para MacIntyre (comunitarismo) el problema del aborto es indecidible y solo podemos aspirar a ponernos de acuerdo dentro de cada comunidad sobre qué hacer. Por último, existe la visión del sentimiento moral de Hume, según la cual podemos usar las intuiciones morales con las que venimos al mundo para tomar una decisión; si sentimos que algo está mal, entonces estaría mal.

¿Se debe permitir el aborto en caso de graves malformaciones? Como ocurre con (¿todas?) las preguntas de índole moral se pueden dar contestaciones, pero no respuestas. A mi modesto entender, el tema es lo suficientemente importante para que dichas contestaciones estén bien razonadas. En lugar de reírnos de los del bando contrario, insultarlos o pensar que todo el mundo es idiota, tal vez deberíamos seguir el consejo de Dave Robinson:
«Whatever moral issue you feel strongly about [...] make sure that you know all the facts first, and think hard about it. Don't just say, 'It's wrong because it's wrong'.»

lunes, 20 de agosto de 2012

Algo ligero

Foto de mabelzzz
Ahora que es verano en el hemisferio norte lo que suele apetecer es tirarse en la playa a descansar y no pensar demasiado. Tal vez sea una de las razones por las que en esta época proliferan en la televisión los concursos. Así pues, en lugar de la sólita reflexión (léase tostón), he aquí una ración de pedacitos de conocimiento aleatorios que tal vez ayuden al lector en sus partidas de trivial estivales. Buen provecho.

***

  • La vejiga nos pide visitar el baño cuando alberga más de 200 mililitros. Un adulto orina de media 1,5 libros cada día. [Fuente]

  • Los mongoles colocaban su ración de carne en el asiento de su cabalgadura y se sentaban sobre ella para ablandarla con el trote durante sus viajes. [Fuente]

  • Las mujeres intentan suicidarse más a menudo que los hombres, pero estos son más eficaces. [Fuente]

  • Debido a que el calor asciende, en una pendiente del 50% un fuego avanzará nueve veces más deprisa que en suelo llano. [Fuente]

  • El alfabeto se inventó una sola vez poco antes del año 1500 a. e. c, cerca de la cuenca oriental del mar Mediterráneo. Todos los alfabetos conocidos descienden de ese antepasado. [Fuente]

  • Los estadounidenses representan dos tercios del mercado global para los antidepresivos. Estos medicamentos son lo más recetado en ese país. [Fuente]

  • Los delfines consiguen dormir y nadar simultáneamente desactivando de forma alterna cada uno de sus hemisferios cerebrales. Durante unas horas, solo uno de ambos hemisferios permanece activo, tras lo cual se «apaga» y el otro toma el control. [Fuente]

  • La Asociación Americana de Pediatría desaconseja de forma vehemente que los niños menores de 2 años vean la televisión (independientemente del tipo de programa o contenido) por sus efectos adversos. [Fuente]

  • Los conejos son, junto con las cobayas, los únicos animales que no pueden marearse por el movimiento. [Fuente]

  • El hombre es el único animal que expresa aflicción mediante las fuentes de sus ojos. [Fuente]

  • Si tienes sobrepeso tu hijo tiene una probabilidad de entre el 65% y el 75% de crecer con kilos de más. [Fuente]

  • Aunque los gemelos sean idénticos  en su ADN, sus huellas dactilares son distintas. [Fuente]

  • Aproximadamente el nueve por ciento de las mujeres habrá tenido cáncer de mama antes de cumplir los ochenta años. [Fuente]

  • No hay ninguna diferencia entre el rayo y el relámpago. Hablamos de relámpago cuando la nube oculta el rayo y lo que se ve es la iluminación de la nube entera. [Fuente]

  • Varios estudios muestran que sobrestimamos habitualmente la cantidad de tiempo que pasamos haciendo cola, y que eso hace que nos sintamos menos satisfechos cuando nos atienden. [Fuente]

  • En los años setenta aún existían en algunas ciudades estadounidenses leyes que permitían arrestar a los transeúntes que tuvieran mal aspecto. [Fuente]

  • A finales del siglo XIX y principios del XX se concedieron numerosas patentes en Estados Unidos a dispositivos concebidos para evitar la masturbación. Funcionaban mediante descargas eléctricas u objetos punzantes que pincharan el pene en caso de erección. [Fuente]

  • El mero hecho de participar en un estudio científico hace que mejore nuestro rendimiento o nuestra enfermedad, según sea el caso. Esto se llama «efecto Hawthorne». [Fuente]

  • Actualmente hay indicios de que los sistemas de género gramatical pueden controlar las asociaciones mentales de los hablantes. El género de un árbol, por ejemplo, puede cambiar la forma en que los hablantes piensan sobre ellos. [Fuente]

  • Los cinturones de seguridad reducen el peligro de muerte hasta en un 70%. Instalarlos en todos los coches estadounidenses cuesta unos 500 millones de dólares por año, con un coste aproximado final de 30.000 dólares por vida salvada. El airbag, por otra parte, arroja un saldo final aproximado de 1,8 millones de dólares por cada vida salvada. [Fuente]

  • Hay estudios que muestran que los rasgos de personalidad antisociales son heredables entre un 40% y 50%. [Fuente]

  • En Japón, un exceso de elogios hacia una persona se considera sarcasmo o ironía. Lo llaman homegoroshi, que significa «matar de elogios». [Fuente]

  • El gen COMT (catecol-O-metiltransferasa) parece ser clave en cuanto a la inteligencia general de una persona. Este gen sirve para producir una enzima que descompone la dopamina y otros neurotransmisores. Al parecer, cuanto más despacio se metaboliza la dopamina, más inteligente se es. [Fuente]

domingo, 5 de agosto de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres (II)

Veamos ahora los argumentos de aquellos que se oponen a que la ley prohíba abortar cuando el feto tiene malformaciones.

CONSIDERACIONES SOBRE LOS ARGUMENTOS EN CONTRA


Es una intromisión en la vida privada


La idea aquí es que el Estado no debe imponer su visión ética de lo bueno, sino que debe limitarse a asegurarse el cumplimiento de las normas que garantizan lo justo. Después cada persona es libre para comportarse de formas que tenga razones para valorar.

No obstante, lo que para cada uno es bueno no puede ir en contra de lo justo ni de los principios universales que mencionamos en la primera parte. Si (y este es un gran si) el feto fuera una persona y tuviera los mismos derechos, la autonomía de los padres no les permitiría matarlo.

Foto de Mabelzzz
Por otro lado, la separación de los dominios público y privado no es tan nítida como pueda parecer. En el caso del embarazo, por ejemplo, se podrían aducir varias razones que lo sacan del ámbito privado. Por ejemplo, sabemos que para que haya un feto es necesario que un óvulo haya sido fecundado por un espermatozoide. En el momento en el que dicho espermatozoide no puede ser proporcionado por la mujer la gestación ya no es solo asunto suyo. Aunque un hombre haya donado su esperma, podría no estar de acuerdo en que lo utilicen por mujeres pro-aborto (suponiendo, claro está, que uno pueda incluir una licencia de uso sobre su semilla).

Finalmente, el respeto a la autonomía individual choca con el de responsabilidad social. Nos guste o no, los ciudadanos tenemos obligaciones los unos con los otros. Cuando los padres deciden no vacunar a sus hijos son responsables de que otros niños enfermen y de que la enfermedad se propague. No siempre prima el respeto a la libertad de cada uno. Tener o no un hijo afecta a la sociedad en su conjunto. Esta necesita, por ejemplo, nuevas personas que trabajen y paguen la jubilación de los mayores, nuevos científicos y médicos, etc. Por contra, hay sociedades superpobladas que no pueden dar abasto y en las que se disuade a sus miembros de alumbrar nuevas criaturas. La cuestión de la paternidad se enmarca así dentro del ámbito público y nos obliga a considerar las implicaciones que para todos tienen nuestras acciones.

Nosotras parimos, nosotras decidimos. El aborto es un derecho de la mujer


Este es un argumento derivado del anterior y de corte feminista. Se supone que las mujeres son libres para decidir sobre su cuerpo, lo que incluye al feto. Además tienen el derecho de que su cuerpo no sea usado por nadie más contra ellas o sin su consentimiento. El Estado no puede a obligar a alguien a donar sus recursos vitales a ninguna otra persona, por muy necesitada que esté, sea niño o adulto. A este respecto es citado frecuentemente la analogía de Judith Jarvis Thomson, en el que una persona es encadenada contra su voluntad a un violinista famoso que morirá si se las separa durante los próximos nueve meses, pues los riñones de este último no funcionarán en ese tiempo.

Las posturas contrarias a esta tesis vienen, de un lado, de los hombres, que piensan que también tienen derechos sobre el feto cuando es fruto de su semilla. Por otro lado, las feministas provida señalan la hipocresía que supone tratar a los niños aún no nacidos como una propiedad cuando ellas mismas han sufrido la experiencia de la discriminación y la deshumanización por parte de los hombres. Además se mantienen los problema de la responsabilidad social y separación de ámbitos tratados en el argumento anterior.

En cuanto al uso indebido de recursos vitales de otra persona, si la lactancia fuera la única manera de alimentar a un bebé ¿sería lícito que una madre renunciara a dar el pecho a su hijo alegando que se están aprovechando de su cuerpo?

Si se prohíbe este tipo de aborto lo que ocurrirá es que las mujeres abortarán en la clandestinidad


Se parte de la premisa de que las mujeres abortarán igualmente, lo permita la ley o no, y por tanto pueden acabar haciéndolo en malas condiciones que pongan en peligro su vida. Este mismo razonamiento se ha usado en otros debates, como el de la legalización de las drogas.

Que la gente vaya a seguir haciendo algo por más impedimentos que se les pongan es irrelevante cuando tratamos de dirimir una cuestión como lo la del aborto, pues no afronta el dilema ético.


Es una prohibición retrógrada


En la primera parte ya vimos que los defensores del cambio en la ley apoyaban su postura con este mismo argumento. Me resulta curioso que aparezca aquí también, si bien aquí la época retrógrada en cuestión suele ser el franquismo, donde el Estado restringe la libertad individual e impone su ideología cristiana.

Las leyes cambian con el tiempo, pero eso no implica que las de hoy sean mejores que las de hace cincuenta años. Muchos concebimos erróneamente la historia como una evolución de la barbarie el progreso. Mas lo que tenemos solo son épocas distintas, y distinto no significa mejor. La mayor esperanza de vida, la menor mortalidad infantil, la disminución de las horas de trabajo, etc. no son globales: esas cosas solo se dan en ciertas sociedades desarrolladas.

Las leyes deben valorarse, por su valor intrínseco, no por la época en la que estuvieron vigentes.

La persona no tendrá calidad de vida, se la condena al sufrimiento


Este es el motivo principal para oponerse al cambio en la ley y el hilo conductor de las cartas abiertas sobre el tema, en las que se describe de forma muy explícita el dolor de estas personas.

Sin embargo, tal vez el único al que competa juzgar la calidad de vida sea a la persona que vive esa vida. Alguien totalmente sano puede suponer cómo sería vivir con cierta discapacidad, pero no lo sabe. Quizá el hecho de venir con ella al mundo hace que la persona se adapte y no valore su vida como falta de calidad. Véase, por ejemplo, el caso de Sean Stephenson.

Otro factor a tener en cuenta es que habrá veces en las que será difícil evaluar la calidad de vida futura, ya que no todas las malformaciones son igual de graves. No es lo mismo venir al mundo con anencefalia o espina bífida que con talasemia.

Es una condena para los padres. Además el gobierno ha retirado las ayudas para estos casos


No solo el niño tendrá una vida cargada de dolor, sino que los padres sufrirán con él. No disfrutarán muchas de las satisfacciones que supone criar un hijo sano, y además deberán renunciar a más cosas que otros padres, ya que se verán obligados a estar mucho más atentos a su retoño, que no puede -y no podrá- valerse por sí mismo. Desde la ética utilitarista se optaría indudablemente por el aborto.

A pesar de todo, si (y de nuevo es un gran si) lo moralmente correcto fuera tener el bebé por muy enfermo que estuviera, entonces nada de lo anterior importaría, como tampoco importaría el hecho de que el gobierno haya retirado las ayudas a la dependencia. Recordemos que, según Kant, una acción es moral si se hace por sentido del deber, no porque nos vaya a suponer perjuicio o beneficio, o porque sus consecuencias sean más fáciles o difíciles de llevar. Desde la ética deontológica, si lo correcto es continuar con el embarazo, ningún obstáculo de tipo práctico tiene lugar en la discusión. 

miércoles, 1 de agosto de 2012

IFTTT

IF <<this>> then <<that>>
 o lo que es lo mismo
 Si <<esto>> entonces <<eso>>
IFTTT es un servicio en internet que hace las cosas más faciles o que se te avise si ocurren eventos. Yo principalmente lo utilizo para estar informado y no perder tiempo revisando. Ejemplos:
  • Si un amigo actualiza su blog pues esta aplicación me mandará un correo, de esta forma no tengo que entrar en su blog periodicamente por si ha añadido una entrada.
  • Si en Twitter hay una entrada de un hashtag, pues me avisa. Digamos que sería una vigilancia digital :-)
  • Si España gana una medalla olímpica, me saltará un mensaje... todavía no la he comprobado :-P

Me ha parecido un descubrimiento, por eso esta entrada. Pero como todo tiene sus contras, y es que has de configurar los trigger/canales para que haga las búsquedas o envíe correos a tu buzón.

Si lo usas, ¿qué recetas son las más útiles/usadas por ti? ¿te parece útil?

sábado, 28 de julio de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres (I)

La escena de Alberto Ruiz-Gallardón saltando a la portada de los periódicos por su intención de prohibir el aborto de fetos con malformaciones me ha recordado aquel episodio de Los Simpsons en el que Lisa se pone a cantar para evitar una fuerte discusión entre los padres de Milhouse. Con la que está cayendo en España es difícil no verlo como un torpe intento de despejar la carretera que lleva a los cerros de Úbeda.

Tal como se esperaba el anuncio se comenta y discute por doquier. Quisiera tratar los argumentos que más se repiten al respecto (no sobre el problema del aborto en general -aunque algunos se solapan-, sino sobre este supuesto en concreto) y hacer algunas observaciones sobre los mismos. Mi intención
Foto de mabelzzz
no es convencer de mi punto de vista al lector, sino diseccionar las tesis en liza para ver qué hay detrás de ellas, calibrar su solidez y detectar posibles errores. A menudo, lo que hacemos primero frente a un dilema ético es adoptar una postura a favor o en contra, después de lo cual ya elegimos con qué defender nuestro punto de vista (qué se le va a hacer, así funciona el cerebro humano). Sugiero que en cuestiones como la del aborto no podemos depender de meras intuiciones, sino que nuestra posición debe ser fruto de un diálogo racional basado en principios universales como -y no es una lista completa- la dignidad de la persona, la protección de la autonomía individual, la igual consideración de intereses, la responsabilidad social y la obligación de no hacer daño.

Puede que el lector eche en falta de entre los puntos que analizaremos las tesis religiosas. La razón es que pienso igual que Julian Baggini cuando escribe:
«Para responder a estas preguntas creo que tenemos que emprender una búsqueda racional [...] nuestros argumentos no deben partir de ninguna supuesta verdad revelada, doctrina religiosa o texto sagrado. En cambio, deben recurrir a razones, pruebas y argumentos que todo el mundo pueda comprender y valorar, independientemente de que las personas profesen una fe o no. Esto es así porque para muchos creyentes, la autoridad de las religiones establecidas no se puede tomar como absoluta»
Como dicen Victoria Camps y Adela Cortina, las religiones «deben ser consideradas como un asunto privado, y no tienen derecho a universalizar sus doctrinas morales». La religión se basa en la fe, no en la razón, de modo que sus premisas no tienen cabida en una discusión que nos afecta a todos y, por lo tanto, requiere razones universales.

En esta primera parte veremos los argumentos a favor de la prohibición pretendida por el ministro de justicia. En la segunda parte repasaremos los argumentos contrarios, es decir, los que se oponen al cambio de la ley. La tercera parte versará sobre algunos puntos adicionales a tener en cuenta y además trataremos más en profundidad la cuestión sobre el valor de la vida humana.

CONSIDERACIONES SOBRE LOS ARGUMENTOS A FAVOR


Permitir el aborto de fetos con malformaciones es eugenesia


Este es el primer argumento que vi a favor de la prohibición y que más veces me he encontrado. La idea es más o menos así:

  • El aborto de fetos con malformaciones es una herramienta eugenésica.
  • La eugenesia es mala (aquí suele hacerse una referencia al nazismo).
  • Conclusión: el aborto de fetos con malformaciones es mala y debe prohibirse.

Para una breve historia de la eugenesia puede consultarse el libro de Michael J. Sandel. Quizá el lector se sorprenda al averiguar que hay unos cuantos filósofos a favor de la eugenesia. La razón es que se distinguen dos tipos de la misma. El primero es la eugenesia tradicional, cuyo ejemplo paradigmático es la que llevó a cabo el régimen nazi. Ese tipo de eugenesia lo impone el Estado de forma coercitiva. Se basa en un único molde central diseñado por el gobierno y se ceba entre los desfavorecidos. El resultado es conocido: esterilizaciones forzosas, asesinato en masa, etc.

Por otro lado tenemos la eugenesia liberal. Aquí son los padres quienes, libre y voluntariamente, deciden qué optimizaciones genéticas quieren para sus hijos. Según los defensores de esta postura no hay nada malo en querer que la raza humana sea cada vez mejor, siempre que sea una decisión individual y libre. Además, dado que los padres tienen la obligación de fomentar el bienestar de sus hijos ¿no cabe la posibilidad de que la mejora genética sea una obligación moral, de la misma forma que lo es la escolarización o la leche hidrolizada? No todos los filósofos están de acuerdo, claro, pero el debate nos muestra que existen argumentos en favor de la eugenesia (liberal), y que no podemos rechazarla solo porque sintamos que está mal o porque la versión tradicional esté relacionada con la barbarie nazi.

Incluso aunque asumamos que la eugenesia liberal no es aceptable, tampoco podemos pensar que si empezamos por filtrar los fetos según sus deficiencias acabaremos por hacerlo según el color del pelo o de los ojos. Son dos extremos de un amplio espectro y suponer que el primero acabará llevando inevitablemente al segundo es caer en la falacia de la pendiente resbaladiza. La sociedad es capaz de ponerse límites.

Debe darse idéntico nivel de protección a un ser concebido, tanto si presenta alguna minusvalía como si no


Es razonable suponer que todos los fetos tienen los mismos derechos. Ahora bien, el problema radica precisamente en decidir si el feto tiene derechos y, si así fuere, cuáles son. Esto nos lleva al problema general en torno al aborto: ¿es el feto una persona y, por lo tanto, tiene los mismos derechos? Esa es una cuestión que se sale del orden de cosas que ahora me interesa, a saber, el caso específico de la interrupción del embarazo cuando el feto presenta alguna deficiencia. Por tanto, no lo trataremos en esta entrada.

La vida de las personas con discapacidad no es menos valiosa que la del resto.
Permitir el aborto de los fetos con malformaciones es discriminar a los discapacitados


Este es el argumento principal de Ruiz-Gallardón. Se sugiere que terminar con la gestación de un embrión que dará lugar a una persona con discapacidad es una forma de prejuicio y discriminación contra todas las personas discapacitadas. Estaríamos asumiendo que la vida de los discapacitados no es digna de vivirse, o que son personas menos válidas.

En la forma presentada por el ministro esta tesis lleva implícita la equivalencia feto-persona de la que hablábamos en el punto anterior. Dicha equivalencia es muy discutible pero, como he dicho antes, analizarla en detalle no está en el orden del día.

Algunos parecen pensar que el aborto de fetos con malformaciones es lo mismo que querer dar muerte a todos los discapacitados. Pero estamos hablando de fetos, no de personas conscientes de sí mismas capaces valorar su propia vida y expresar su deseo de seguir viviendo, algo que debemos respetar según el principio de igual consideración de intereses y la autonomía individual.

También se aduce que este tipo de aborto significa minusvalorar la vida de los discapacitados. Me parece un salto lógico difícil de salvar. No hay duda de que la vida de los discapacitados es tan valiosa como la de cualquier otra persona. ¿De qué manera exactamente querer que nuestros hijos tengan todos sus miembros, sus sentidos y sus capacidades cognitivas intactas puede suponer un desprecio hacia los lisiados, los ciegos o los discapacitados mentales? Cualquier progenitor quiere un hijo sano; es un deseo legítimo de tantos que se pueden tener hacia la progenie, y que no tiene que estar ligado en modo alguno con la actitud hacia algún colectivo. Quizá una analogía sea ilustrativa aquí. A mi madre le gustaría que alguno de sus nenes se haga rico, pero de ello no se sigue que desprecie a los pobres, ni que quiera matarlos a todos.

Permitir el aborto en estos casos es retrógrado


Según algunos la actual ley nos ha llevado a una pretérita época bárbara y salvaje en la que no se respetaba la vida humana, ni siquiera la de los niños. Esa época podría ser, por ejemplo, la Grecia clásica, donde Platón y Aristóteles abogaban por el infanticidio de aquellos que tuvieran deformidades.

Aquí se asume nuevamente que el feto es una persona y su muerte un asesinato, por lo que acabar con dicho feto equivaldría a acabar con cualquier discapacitado. Pero semejante equivalencia es, como he dicho, una cuestión que no vamos a discutir en este momento.

Los médicos pueden estar equivocados


El diario La Razón presentó en portada el caso de una madre a la que advirtieron que su hijo padecía de síndrome de Down y que finalmente nació sano. La madre se pregunta cuántas veces habrá ocurrido eso.

Es cierto que los médicos pueden errar y por ello podrían optar por ser extremadamente conservadores en su diagnóstico, de manera que no se arriesguen a que finalmente se dé a luz a un hijo enfermo por si las demandas. ¿No será mejor ser conservadores antes que deshacernos de fetos sanos?

Eliminemos de la ecuación la discusión feto-persona y pensemos en un niño de cinco años al que sus padres llevan en coche al centro comercial un sábado por la tarde. ¿No será mejor que no lo hagan, dado que siempre hay una probabilidad de que el niño muera en el trayecto en un accidente de tráfico, por más que vaya en su sillita bien sujeto? ¿Debemos considerar a los padres negligentes si lo hacen (y condenarlos si el niño sufre un accidente)? Este ejemplo ilustra el problema de razonar en base a probabilidades límite. (Casi) siempre cabe la posibilidad de que las cosas sean de otra manera, pero es irracional comportarse basándose en las excepciones. Además, una vez liberada la presa del «y si» las posibilidades son infinitas. ¿Y si el feto se convierte en la edad adulta en una mezcla de Joker y Lex Lutor?

Otra consideración cabe aquí: la potencialidad no es hecho. Yo podría, verbigracia, llegar a ser el director de la empresa en la que trabajo, pero eso no me permite dictar las normas en este momento; me tengo que jorobar con lo que deciden otros. Si intentara actuar como director nadie me haría caso. Si probara a convencerles diciéndoles que «podría llegar a ser el jefe» probablemente me responderían «pero no lo eres».

La vida siempre es valiosa


Las premisas en este caso son:
  • La vida es siempre valiosa.
  • Algo de valor siempre es mejor que nada de valor.
  • Conclusión: cualquier vida, por terrible y sufrida que sea, es mejor que ninguna vida.

Este es un argumento que solía defender el doctor House: mejor vivo de cualquier forma que muerto.

Podríamos empezar por preguntarnos dónde reside el valor de la vida humana. Lo cierto es que una vez eliminados los argumentos teológicos no queda mucho donde rascar. Tal vez el valor «sagrado» que otorgamos a la vida de los Homo sapiens sea fruto de un mecanismo implantado en el cerebro por la evolución. Algunos filósofos optan por otorgar valor únicamente a la vida de seres pensantes, «racionales», conscientes de sí mismos como entidades distintas de los demás en diferentes momentos y lugares (es decir, a la vida de lo que John Locke definió como personas). Eso dejaría fuera a los fetos e incluso a los recién nacidos (lo cual no significa que podamos ir por ahí matando bebés ya que, entre otras cosas, debemos respetar el deseo de los padres de que sus hijos sigan viviendo). Por tanto, la explicación basada en el valor de la vida ya no sería válida.

Evidentemente uno puede renunciar a tal precisión y considerar que toda vida humana es valiosa en sí misma, pero entonces tendrá que argüir qué tiene de especial la vida del sapiens para considerarla de forma distinta a la de otros seres vivos. Si la única razón es la especie hablamos entonces de un límite arbitrario que podríamos querer mover, por ejemplo para incluir a otros primates o para excluir a algunas razas humanas.

sábado, 21 de julio de 2012

Pastilla azul, pastilla roja

«Si tomas la pastilla azul, fin de la historia. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja te quedarás en el país de las maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda: lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más.»
– The Matrix 

La idea de que el mundo no exista «en realidad», de que todo sea una ilusión orquestada por un ente externo se remonta a Platón y su mito de la caverna. Siglos después, René Descartes, en sus Meditaciones metafísicas, planteaba Matrix como un:
«genio depravado, no menos engañador y astuto que poderoso, [que] ha empleado toda su industria en engañarme; pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y todas las demás cosas exteriores, no son más que ilusiones y ensueños de que se ha servido para tender redes a mi incredulidad»
El tono usado por el autor con palabras como depravado, engañador e incredulidad deja entrever que, al menos para el pensador francés, tal ilusión no es deseable. Descartes, como Neo, parece preferir la pastilla roja. Como otras tantas personas, ambos valoran la autenticidad de la experiencia. Hay quien sitúa esa autenticidad incluso por encima de la felicidad, por lo que para ellos algo como el soma de la novela de Aldous Huxley resulta una idea repugnante.

Hace no mucho estuve planteando entre gente cercana un dilema a lo Matrix en forma de experimento mental similar al formulado por Robert Nozick con su máquina de experiencias. Mi formulación era la siguiente:
Foto de NightRStar

Imagina que hubiera una pastilla que, al tomarla, hiciera que un gran problema que tuvieras no te importara. Supón que si no la tomas ese problema te hace sufrir una gran angustia. Por último, asumamos que tal problema tiene solución en principio, pero nada te asegura que tu esfuerzo por resolverlo garantice algún resultado. ¿Tomarías dicha pastilla? ¿Por qué?
¿Qué elegiría el lector? ¿Cuál cree usted que fue la opción elegida por mayoría?

La forma en que planteé la duda conlleva ciertas asunciones. Una de ellas es que la angustia es un fuerte motivador: se asume que cualquier persona trabajaría por reducir o erradicar una sensación así. Sin embargo, tal regla no tiene por qué valer para todo el mundo. Puede haber gente que acepte la gragea para eliminar la desazón pero que no por ello va a ignorar el problema. Eso podría ser hasta más productivo, ya que no se toman las mismas decisiones cuando uno es feliz que cuando está acongojado. Supongamos, no obstante, que la mencionada pastilla hace a uno olvidarse totalmente del brete en el que se haya.

Otra premisa que se debe establecer es el tipo de problema. Se asume aquí que el sujeto debe poder intervenir para solucionarlo, aunque esa solución no dependa enteramente de él. Por poner algunos ejemplos, el aprieto podría consistir en tener un trabajo que se odia -cambiar de empleo depende de que alguien te contrate-, una relación que no funciona -la marcha de la pareja depende de la otra parte- o ser obesido mórbido -con la genética hemos topado, amiguete-.

Finalmente, aquí la opción elegida no irrevocable, esto es, en cualquier momento uno puede cambiar su decisión por la contraria. El comprimido no tiene por qué administrarse para siempre, si bien estará disponible en todo momento para recurrir a él si se desea.

Si tomas la pastilla el problema como tal desaparece (al menos a tus ojos), dado que cuando no te importa algo deja de haber conflicto. La eliminación de esa angustia contribuiría a tu felicidad, al menos en el sentido de que no te restaría parte de ella. Se evaporaría la posibilidad de frustración o sentimiento de fracaso por no haber podido resolver ese problema. Sería conformarse, mirar hacia otro lado y seguir adelante tranquilamente sin volver a pensar en ello. Para qué perder el tiempo lamentándonos, si podemos dirigir nuestra energía optimista recién adquirida a otros menesteres con mayores probabilidad de mejorar.

Si no tomas la pastilla tal vez seas de los que valoran lo auténtico. No quieres vivir en mundo de fantasía sino en la realidad, aunque sea una puñeta. O quizá lo haces porque aspiras a ser cierto de tipo de persona, una de esas que afrontan la papeleta de forma responsable, yendo de cara, o una de esas otras que no dejan de intentarlo aunque fracasen y se sienten reconfortados con el «al menos lo intenté». Acaso te produzca rechazo la idea de vivir anestesiado, sin que te importen cosas de tu vida que están mal. También puede tratarse sencillamente de que no te gustan los atajos ni seguir el camino fácil.

La abrumadora mayoría de los encuestados dijeron que no tomarían la oblea. ¿Qué nos dice eso? En primer lugar, que es muy fácil hablar. Cuando el sufrimiento es solo hipotético no cuesta nada declarar que se haría esto o lo otro, pero cuando te levantas cada mañana con ganas de pegarte un tiro en la boca la cosa cambia. En segundo lugar, tampoco tengo muy claro que sea una cuestión de autenticidad. Al fin y al cabo, a varios de los que me contestaron les gusta emborracharse y fumarse un porro de vez en cuando; que la diversión sea fruto del etanol o el cannabis no plantea un problema para ellos. Aquí cabe argüir, no obstante, que uno puede desear experimentar sensaciones genuinas en ciertas contextos y no en otros. Por usar los términos en los que lo planteó un amigo, si bebes cuando sales de fiesta con tus amigos no pasa nada, pero si solo bebes para olvidar eres un alcohólico. A este hombre no se le ocurriría embriagarse estando solo en casa cuidando de su hija pequeña. Por último, cabe considerar el papel redentor del dolor. En las sociedades de tradición cristiana hay quien considera el sufrimiento como algo purificador, incluso como algo que da sentido a la vida. Gente así preferirá la angustia por el valor que le otorga en la vida presente o en una hipotética vida más allá de la muerte.

Podría ser, entonces, que lo más importante de cara a decidir si tragar o no la píldora sea el tipo de persona que uno es, cree ser o quiere llegar a ser. ¿Quedaré bien ante mí mismo si la tomo? Si no lo hago, ¿me sentiré como un imbécil? ¿Me servirá el mal trago para madurar y mejorar?

Cuando me ha tocado decidir ha sido precisamente el problema de la identidad el que más me ha hecho reflexionar. La cuestión del yo es muy amplia para tratarla aquí pero querría al menos plantear las preguntas que me hice. Si la química cambia tu visión del mundo ¿sigues siendo tú? ¿No te defines en parte por lo que te preocupa? ¿Cabe renunciar a uno mismo cuando tu forma de ser actual entorpece o impide tu deseada forma de ser futura? Por ejemplo, puede que quieras ascender a lo más alto pero que te interese también ser una persona de familia. En tal caso tu presente excluye el futuro deseado. ¿Y si resulta que la química solo está compensando una tara de la naturaleza? Podría darse el caso de que tu verdadera personalidad sea la que aparece cuando estás drogado y tienes unos niveles normales de, digamos, neurotransmisores.

Aunque he planteado todo esto como un experimento mental, lo cierto es que la pastilla de la que hemos hablado existe. Solo hay que ponerle nombre: alcohol, drogas, antidepresivos... Todas ellas son sustancias que alteran la conducta y nuestra forma de pensar y ver las cosas. Una vieja amiga, verbigracia, ha empezado a tomar citalopram hace poco. Me dijo que ahora es capaz de «mandar a la mierda» a su jefe de vez en cuando. Las preocupaciones que antes le impedían hacer tal cosa y le obligaban a tragarse su resignación han desaparecido. Ella se siente mejor y yo me alegro. ¿Le ha convertido la píldora en alguien diferente, o en una versión mejorada de ella misma, con valor suficiente para enfrentarse a la autoridad? ¿Es su bienestar recién adquirido genuino o una ilusión? Si es un ilusión ¿acaso importa?

Gracias de corazón a todos los que soportasteis estoicamente mi interrogatorio. Parafraseando a Newton, si alcancé a ver tan lejos (lo que en mi caso equivale únicamente a aquello situado más allá de mis narices) es porque me alcé sobre vuestros hombros de gigantes.

sábado, 7 de julio de 2012

30 Rock

Ya está aquí, ya llegó: el primer aniversario de mi vigésimo noveno cumpleaños. Para los que -como yo- son de la LOGSE: he cumplido treinta años.

Desde más o menos los catorce años he tenido la sensación de que no llegaría a la treintena. No sé muy bien por qué, pero presentía que mi vida acabaría antes. Tal sospecha se vio «confirmada» cuando me dedicaba a la quiromancia y vi que mi línea del destino se detenía a la altura de la línea de la cabeza. Según la bibliografía eso podría significar la muerte antes de la tercera década, si bien podía tener otros tantos significados. En cualquier caso, aquí estoy.

Foto de DafneCholet
Algunos datos deprimentes para los de mi generación: a esta edad Albert Einstein ya había completado el trabajo que le valió el Premio Nobel (igual que James D. Watson), amén de otros dos sobre la relatividad especial y la equivalencia masa-energía. Kurt Gödel publicó sus teoremas de la incompletitud a los veinticinco. Mozart escribió el Concierto para piano Nº9 en mi bemol con veintiuno. Rafael Nadal ha ganado siete veces Roland Garros y dos veces Wimbledon, y solo tiene 26 años. Fernando Alonso ya tenía dos títulos de campeón del mundo cuando sopló treinta velas. Y sigue así la lista. Es como si el cerebro tuviera un ciclo preprogramado de creatividad y productividad que terminara a los treinta. Lo malo es que nadie te avisa de ello cuando eres joven, de manera que para cuando te quieres poner a hacer algo importante ya eres viejo. Supongo, no obstante, que en mi caso particular pesa más el hecho de ser un botarate sin el más mínimo rastro de talento.

Descartada la posibilidad de hacer algo realmente trascendente, toca centrarse en la propia vida. Dos capítulos de dos comedias diferentes son apropiados aquí. Uno es de Friends, "En el que todos cumplen treinta años" (S07E14). El otro es de Scrubs, en el que es J. D. quien llega a la marca (S05E03). Algo que comparten los dos capítulos son las listas hechas por los protagonistas, listas de cosas que hacer antes de cumplir los treinta que aún no tienen ningún elemento tachado.

Parafraseando el chiste, hay dos tipos de personas: las que hacen listas de cosas que hacer o lograr en la vida, y las que no las hacen. Por usar la metáfora de la vida como un viaje, las primeras tienen una ruta planificada, un itinerario con paradas definidas, quizá incluso con horas de llegada. Cumplir su plan requiere verse a sí mismas situadas en el asiento del conductor. Por otro lado estamos aquellos que nos sentamos en el asiento del copiloto, dejando que la vida nos lleve a donde nos tenga que llevar, deseando quizá que pase por aquí o por allá, pero sabiendo que uno no tiene el control último sobre el camino. Cambias de dirección según vas llegando a las bifurcaciones, procurando tomar ciertas salidas cuando se te permite, tratando de situarte cómodamente en tu carril, dejándote llevar, siendo más espectador que actor.

Envidio a las personas que tienen claro lo que quieren obtener en su paso por este planeta. Personalmente nunca se me ha ocurrido hacer una lista de objetivos vitales. De hecho, solo he conocido a dos personas que las tuvieran. Este tipo de planificación parece una fuente segura de frustraciones: la vida es contingente y no siempre puedes elegir. A nadie que haya pasado la veintena hay que decirle que las cosas no siempre salen como uno quiere. Por más que desees tener una gran casa llena de hijos jugando con tu cónyuge, si no tienes dinero para la hipoteca y una pareja mal vas. Mas viajar sin rumbo también puede ser frustrante: de la ausencia de un destino surge la preocupación por no haber aprovechado la vida, la angustia de una vida sin sentido, la banalidad de una historia personal sin argumento.

En mi caso, hoy día, habiendo asumido que mi vida no va a ser lo que esperaba, me encuentro un poco perdido, pues no tengo ninguna meta a la que dirigirme. Borrados del mapa los puntos de interés que en su día consideré, conociéndome un poco y sabiendo más o menos de qué soy capaz y de qué no, resulta que no sé qué querer. Desgraciadamente, la vida en ese sentido no es como el mar: no hay ningún faro para guiarte. En lugar de eso existe una multitud de pequeñas luces muy parecidas e igualmente intrascendentes, señales confusas y a menudo contradictorias que solo se distinguen por nuestros sentimientos hacia cada una de ellas.

Una amiga me decía hace un par de años:
«Yo sigo intentando encontrar algo que me falta. No sé lo que es pero a pesar de tener mi vida, mi trabajo, mi casa, mi coche, ser independiente, no termino de encontrarlo. No sé si es a nivel profesional, o a nivel personal, o a nivel sentimental, pero algo falta (o muchas cosas más bien). No sé, necesito algo para ser feliz, y me siento vacía».
Niña, ahora sí que te entiendo.

domingo, 1 de julio de 2012

El cubo sin fondo

Hace cosa de un mes he tenido la suerte, porque cada vez es más complicado, de poder visitar un país como Japón. Desde luego ha merecido la pena. Aunque hay pequeñas cosas de su sociedad con las que no me quedaría, de pocas podremos extraer tanto como de la suya.

Respeto y honor. Son las bases sobre la que se asienta y valores marcados a fuego en la conciencia de los nipones, sociedad que da importancia a la colectividad por encima de todo.

Foto de donjd2
Colectividad. Palabra cuyo significado parecen haber olvidado nuestros políticos hace tiempo. Como seguro saben los lectores, en Japón, político que no cumple con lo prometido, político que dimite. Y, si el tema es algo más serio, como en el caso de posible corrupción, prefieren suicidarse a pasar la vergüenza que supondría un proceso de esas características. Eso pasa en un país serio, con una ciudadanía exigente que no tolera la mentira en los políticos. Allí, un político que miente descarada y calculadamente para conseguir sus objetivos, es severamente castigado por la sociedad entera, que le hace sentir su rechazo, rechazo suficiente como para que tenga que retirarse, en el mejor de los casos.

Aquí no sólo no se dimite y mucho menos se suicidan, sino que encima salen forrados en vez de esposados después de haberla liado parda, no vaya a ser que hablen y les estropee el chiringuito a los dos grandes partidos políticos (y amigos) que nos han llevado a la ruina.

Una de las consecuencias más inmediatas para el ciudadano de a pie, que al final es el que paga los abusos de unos pocos, son los ya famosos recortes. Recortes que, aunque en muchos casos pudieran ser necesarios y no tienen una consecuencia más allá del gasto mismo, en otros puede perdurar a mucho más largo plazo, como en el caso de la educación, ya que la esperanza de un futuro mejor para nuestra sociedad pasa por ella. Eso nos aleja del objetivo de aproximarnos al modelo educativo finés, el considerado como mejor del mundo, como demuestran sus bajas tasas de fracaso escolar. Y, aunque su éxito no se apoya en una gran inversión económica, los numerosos cambios y conflictos derivados de todo esto son un paso atrás en la consecución de dicho objetivo.

En este sentido, el modelo japonés, aunque muy occidentalizado desde el final de la segunda guerra mundial, y contando con una gran tasa de éxito, es, quizá, demasiado férreo y competitivo. Todo lo contrario al modelo de educación diferenciada y de libertades propuesto en Finlandia. Pero no por ello podemos dejar de extraer algunas de sus esencias. La forma que tenían antiguamente de poner a prueba a los estudiantes, difiere mucho de las realizadas en la actualidad, pero esa esencia se mantiene en parte. Una de las pruebas que, a mi modo de ver, mejor lo recoge, es la que nos dejaba el Reverendo Kensho Furuya, conocida como “el entrenamiento del cubo de agua”:
«Como siempre, la prueba más inusual, era la conocida como entrenamiento del cubo de agua”. Un profesor que no tenía sucesor determinó realizar una prueba con el fin de decidir cuál de sus estudiantes sería el mejor para sucederle. Finalmente lo redujo a tres, pero la decisión seguía siendo muy difícil. Pidió a estos tres estudiantes que fueran al patio trasero de su hogar, temprano al día siguiente. Les explicó que estaban a punto de experimentar un inusual entrenamiento y que de este entrenamiento el que tuviera éxito se convertiría en el heredero de la escuela. Los estudiantes, por supuesto, estuvieron de acuerdo, satisfechos y algo excitados por este “test”. Cada uno de los tres estudiantes cogió un cubo de agua  y un gran barril vacío que estaban enfrente de cada uno de ellos. El maestro explicó que el primero que llenara su barril  de agua que había en un pozo cercano a él ganaría la prueba. A la orden de comienzo de la prueba los tres estudiantes corrieron al pozo para llenar su cubo y llenar el barril. Para su sorpresa, cuando llegaban al barril para llenarlo toda el agua que echaban se perdía por el fondo del barril. Cuando miraron dentro con atención, descubrieron con sorpresa y enfado ¡que este no tenía fondo! “Qué test más desesperante” pensaron.

Aun así cada estudiante tomo su cubo y para complacer al maestro pasaron todo el día y la noche llenando con el cubo, el barril sin fondo. A la mañana siguiente el maestro salió al patio a ver los resultados del test y determinó que ninguno de ellos lo había superado, ya que ninguno había conseguido llenar el barril hasta el borde. Los estudiantes protestaron enfadados y finalmente el maestro dijo: “os daré a cada de vosotros una nueva oportunidad, venid mañana por la mañana”. A la mañana siguiente los tres estudiantes estaban allí. Como el día anterior los grandes barriles esperaban ser llenados. Inmediatamente los tres miraron el fondo del barril y comprobaron, para su tranquilidad, que estaban reparados.

Pero cuando estos cogieron el cubo descubrieron para su sorpresa que éste era ahora el que no tenía fondo. Era ya bastante humillante llenar un barril sin fondo como para ahora intentar llenar un barril ¡con un cubo sin fondo! ¿Cómo puede alguien llevar agua en un cubo sin fondo? Dos estudiantes tiraron los cubos y se marcharon muy enfadados. El tercero decidió seguir las instrucciones de su maestro y comenzar a sumergir el cubo sin fondo en el pozo y “llenar” el barril.

Y, aunque el cubo no podía llevar mucha agua, unas pocas gotas se quedaban en el cubo y se depositaban en el barril. De tal forma que, tras mucho esfuerzo, el barril fue llenado con agua del pozo. Ya tenía sucesor y este fue la mejor elección después de todo.» (Traducción de Santiago García Almaráz)

Hoy en día se juzgan exclusivamente los resultados del entrenamiento. En tiempos pasados el maestro juzgaba también la “capacidad” para el entrenamiento. Por ese motivo, un estudiante sin la adecuada actitud es como el barril sin fondo, no retiene nada. En cualquier caso, sin importar el triunfo o el fracaso, si has dado lo mejor de ti, ya has superado tu examen con éxito.

domingo, 24 de junio de 2012

¿Lleva pan el gazpacho?

A la hora del yantar en la cantina te topas con las discusiones más productivas que el cerebro humano pueda concebir. He aquí lo mejor de la semana:
-Encima al gazpacho este le han puesto pan.
-Es que el gazpacho lleva pan.
-¡Qué dices! El gazpacho no lleva pan.
-¡Que sí lleva!
-¡Que no lleva pan!
-¡Que sí lleva pan!
-¡Que no! ¡Que eso es el salmorejo!
-¡El salmorejo es el que no lleva pan!
Y así un rato más, en tono de voz cada vez más alto, terminando con el clásico «no tienes ni puta idea» y su correspondiente «tú sí que no tienes ni puta idea».

Como sabe cualquiera que haya discutido con alguien de política o de fútbol, no todo el mundo es razonable. Están los creyentes, con quienes no se puede razonar porque su juicio está nublado por sus ganas de creer.
Foto de BocaDorada
Y luego están los fanáticos, con quienes no cabe argumentación de ningún tipo ya que no comparten nuestra base para la argumentación (por ejemplo, nuestros principios). Las personas nos enzarzamos una y otra vez en discusiones con gente así a pesar de que tales disquisiciones no tienen salida lógica. ¿Alguien ha logrado convencer alguna vez a su interlocutor de que cambiara su bufanda del F. C. Barcelona por una del Real Madrid mediante argumentos racionales?

Mi mejor amiga cree que es fea (no lo es). La abuela de mi amigo cree que Rajoy sacará a España de la crisis (la economía mejora o empeora por razones distintas y a distinto ritmo; una sola persona no puede arrojarse todo el mérito o la culpa). Mi hermana cree en Dios (el ejemplo más ilustrativo de creencia). Carl Sagan dijo: «You can't convince a believer of anything; for their belief is not based on evidence, it's based on a deep seated need to believe». Recordemos a Mulder, de Expediente X, con su póster del ovni y la frase «I want to believe» en él inscrita. La creencia surge del convencimiento interno. No sólo no depende de las pruebas (a veces su única prueba es una sensación, sentimiento o preferencia del creyente, es decir, algo no nacido de la razón), sino que a veces existe a pesar de las pruebas. Pensemos en la fe, que consiste en aceptar lo improbable o lo imposible sin pedir ninguna prueba, en tomar algo como cierto solo por nuestra propia confianza en que sea cierto. Para mi hermana la falta de pruebas en favor de la existencia de Dios no es un problema para su creencia. Todo lo contrario: es poner a prueba su fe. Y su fe requiere superar dicha prueba. La creencia se perpetúa a sí misma.

Hasta los quince años yo también creía en Dios, pero después perdí la fe. Al ser las creencias algo subjetivo creo que los cambios en ellas suelen venir de dentro, no porque alguien logre persuadirnos. En un momento dado empezamos a interpretar los mismos factores externos de forma distinta, cambiamos el peso relativo que otorgamos a nuestro valores, ocurre algo que trastoca nuestra visón del mundo... y uno empieza a pensar que quizá todos esos jóvenes deberían estar buscando trabajo en lugar de acampar en una plaza, cuando resulta que a su edad compartíamos su forma de obrar.  Con la edad y la experiencia cambian los objetivos vitales, las preferencias, los esquemas mentales, etc., lo que lleva de forma natural a que creamos en cosas distintas.

Si las creencias se quedaran en el ámbito privado tal vez sería indiferente lo que cada uno crea. Pero no es así: las creencias afectan al mundo. El filósofo británico Frank Ramsey pensaba en ellas como en mapas con los que nos guíamos o conducimos («maps which one steers»). Es decir, nuestras creencias guían nuestro comportamiento. Cuando una creencia está equivocada lo que hacemos basándonos en ella también lo está. Uno puede creer que es una mierda inútil y pegarse un tiro. O creer que las vacunas son nocivas y no inmunizar a sus hijos. O creer que su pareja le engaña y serle infiel como venganza. O creer que los aficionados del otro equipo son el enemigo y deben ser combatidos. O, de forma más banal, creer que la verdura engorda y dejar de tomarla. Así pues ¿no deberíamos examinar nuestras creencias minuciosa y periódicamente?

El fanatismo es el caso extremo de una ideología o religión. Podría considerarse también un caso extremo de creencia, pero no es exactamente así. Como dijimos al principio, no se puede discutir con un creyente porque él quiere creer. El caso del fanático está en otro nivel, uno donde no se trata de las pruebas, sino de las premisas mismas de la discusión.

Tomemos, por ejemplo, el caso de Anders Behring Breivik, cuyo juicio por el asesinato de 77 personas ha terminado esta semana. Él ha declarado:
«Los atentados del 22 de julio fueron ataques preventivos en defensa de mi grupo étnico, y por eso no puedo reconocer la culpa. Actué en nombre de mi pueblo, mi religión y mi país. Exijo ser puesto en libertad.»
El ilustrado francés Voltaire se preguntaba ya en el siglo XVIII:
«¿Qué se puede responder a un hombre que nos dice que quiere obedecer más a dios que a los hombres y que por tanto está seguro de ganarse el cielo matándonos?»
Hubert Schleichert deja claro que no hay nada que hacer:
«Naturalmente, se intenta reiteradamente reconducir la discusión con un fanático a la forma estándar de argumentación, es decir, encontrar una base común para la argumentación, por ejemplo apelando a los derechos humanos, sentimientos elementales o la responsabilidad por el futuro de la humanidad. Semejante proceder es optimista y se basa en la suposición de que el fanático extrae conclusiones falsas de principios que compartimos con él. Pero uno debe ser cuidadoso con semejantes suposiciones. No debe considerarse al fanático como inconsecuente o intelectualmente limitado, esto es, como si él y noostros compartiéramos los mismos principios supremos aunque él no sea lo suficientemente inteligente para aplicarlos correctamente. Debe afrontarse el hecho de que puede discutirse sobre los principios mismos y que al hacerlo no es posible recurrir a otros principios superiores».
Es una perspectiva deprimente. No hay ningún Principia que demuestre inequívocamente que no se debe matar, o que debemos observar en todo momento alguna versión de la regla de oro (no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan, tratar a los demás como querríamos ser tratados), o que nuestro comportamiento deba poder ser ley universal. Todo ello es discutible en su nivel más básico y elemental, y no se puede demostrar con certeza matemática (de ahí que surjan movimientos como el relativismo postmoderno). Nadie podrá convencer a Breivik de que lo que hizo es una atrocidad; ese salvaje no comparte nuestra máximas ni nuestro sistema de valores.

Hubo un tiempo en el que pensaba que la gente creía y hacía cosas erróneas porque no contaba con toda la información necesaria, no sabía razonar correctamente o no tenía en cuenta todos los argumentos relacionados con el quid de la cuestión. Pero el libro de Schleichert me hizo darme cuenta de que no se trata de eso; lo que ocurre en realidad es que las ideologías son indecidibles. Uno puede hacer como los niños y preguntar «¿por qué?» una y otra y otra vez hasta que el otro deba a recurrir a una premisa tomada como axioma, momento en el que se puede invocar la premisa contraria, convirtiendo la discusión en un asunto estéril de afirmación y contra-afirmación. Y todo para que, al final, resulte que el pan es un ingrediente tanto del gazpacho como del salmorejo.

domingo, 17 de junio de 2012

5,8 (VI)

El círculo se ha cerrado: hemos medido lo que nos ha parecido como hemos podido, y basándonos en eso hemos establecido unos objetivos como hemos querido, que hemos cumplido retorciendo lo medido. QED.

VI.
«Dadas éstas y otras complicaciones, unos datos buenos pueden estar diciéndonos cualquiera de estas cuatro cosas: a) todo va bien, los resultados están mejorando y los números reflejan lo que pasa; b) los números reflejan lo que pasa en las partes que estamos midiendo, pero no lo que pasa en los demás lugares; c) el resultado, tal como lo estamos midiendo, parece bueno, pero no es lo que parece porque se hacen trampas; d) las cifras son mentira.»
Siendo así las cosas, uno no se extraña cuando se siente como los animales de la granja de Orwell:
«Durante este año los animales trabajaron aún más duramente que el año anterior. [...] A veces les parecía que trabajaban más y no comían mejor que en la época de Jones. Los domingos por la mañana Squealer, sujetando un papel largo con una pata, les leía largas listas de cifras, demostrando que la producción de toda clase de víveres había aumentado en un 200 por ciento, 300 por ciento, o 500 por ciento, según el caso. Los animales no vieron motivo para no creerle, especialmente porque no podían recordar con claridad cómo eran las cosas antes de la Rebelión. Aun así, preferían a veces tener menos cifras y más comida.
Foto de mabelzzz
[...] la vida seguía siendo dura. El invierno era tan frío como el anterior, y la comida aún más escasa. Nuevamente fueron reducidas todas las raciones, exceptuando las de los cerdos y las de los perros. «Una igualdad demasiado rígida en las raciones —explicó Squealer—, sería contraria a los principios del Animalismo». De cualquier manera no tuvo dificultad en demostrar a los demás que, en realidad, no estaban faltos de comida, cualesquiera que fueran las apariencias. Ciertamente, fue necesario hacer un reajuste de las raciones (Squealer siempre mencionaba esto como «reajuste», nunca como «reducción»), pero comparado con los tiempos de Jones, la mejoría era enorme. Leyéndoles las cifras con voz chillona y rápida, les demostró detalladamente que contaban con más avena, más heno, y más nabos de los que tenían en los tiempos de Jones; que trabajaban menos horas, que el agua que bebían era de mejor calidad, que vivían más años, que una mayor proporción de criaturas sobrevivía a la infancia y que tenían más paja en sus pesebres y menos pulgas. [...] Ellos sabían que la vida era dura y áspera, que muchas veces tenían hambre y frío, y generalmente estaban trabajando cuando no dormían. »
Ocurre continuamente. Reduces tu colesterol en sangre a menos de 200 mg/dL y aún así mueres de enfermedad coronaria. Las inversiones calificadas como AAA resultan ser CCC. Los resultados de las encuestas enviadas a tus clientes indican satisfacción pero los empleados que tratan directamente con ellos no oyen más que quejas. Elevas el PIB del país y más gente muere de hambre que antes porque los recursos están mal repartidos. Donde antes la deuda era de 1.000 millones ahora, con un segundo vistazo, es de 3.000. Reduces la listas de espera hospitalarias pero las operaciones siguen sin hacerse a tiempo. Alcanzas el objetivo del 3% de déficit y los problemas económicos siguen ahí. Hay más comida, más coches y más casas pero las personas son cada vez menos felices. Es lo que ocurre cuando tratas de gobernar el mundo a base de hojas de Microsoft Excel.