domingo, 30 de octubre de 2011

No eres tan valioso

Lo que estaba oyendo me subía la tensión arterial:
«Hay que poner en la portada el tratamiento, don y doña. Como son altos cargos son muy tiquismiquis con eso».
Por aquel entonces estaba empleado en una organización con una jerarquía vertical casi militar, en la que los subordinados deben lamerle el culo a sus superiores hasta dejárselo sin un solo pelito. Sus órdenes se acatan sin más, pueden saltarse las políticas de la organización cuando les venga en gana y pobre de aquel que ose hacerles un feo. Los altos cargos allí están prácticamente endiosados.

Durante un tiempo vi cada día a aquellos tontos del haba alborotados, removiendo cielo y tierra porque la conexión a Internet le iba lenta al señorito, y me acordaba de lo que contaba Atul Gawande sobre su experiencia en la India como médico de la OMS:
«El plan [...] consistía en [...] enviar a los trabajadores de puerta en puerta hasta vacunar a 4,2 millones de niños. En tres días. [...] En toda la India, una nación con mil millones de habitantes, la OMS emplea a doscientos cincuenta médicos para que se encarguen del seguimiento de la poliomelitis. [...] recorrí Karnataka en compañía de Pankaj Bhatnagar, pediatra de la OMS cuyo trabajo consistía en comprobar que la operación [de vacunación contra la poliomelitis en la India] se ejecutaba correctamente. [...] Teníamos un Toyota de alquiler de tracción integral y un chófer [...] que esperó hasta que llevábamos una hora conduciendo por una carretera llena de baches para decirnos que se había agotado la batería. Cada vez que se apagara el motor, nos dijo, tendríamos que ayudar a arrancar el coche a empujones.»
Si tengo que llamar don a alguien será a Pankaj, y no a un tipo cuyo único cometido es transportar folios de reunión en reunión.

Tengo la impresión de que en el sector en el que trabajo, el de la seguridad IT, hay demasiada gente encantada de haberse conocido, enamorada de su propia voz. Son granos de egocentrismo formando una playa de narcisismo. Verlos reunidos es como mirar una jaula de monos -de esos con el culo pelado- que solo se sueltan el rabo para asegurarse de que el suyo es más grande que el de al lado.

La humildad no se estila mucho en Occidente, al parecer. Para Aristóteles equivalía a ser un pusilánime, por lo que se consideraba un defecto de la personalidad. Por contra, Confucio pensaba que la humildad era una característica propia de la virtud. Según la psicología actual nos vemos a nosotros mismos mejor de lo que somos, siempre por encima de la media (por ejemplo, en lo que a conducir se refiere). Dado que parecemos estar hechos para la soberbia creo que no nos viene mal que nos bajen los humos.

Eso no es muy difícil. ¿Eres director general? Me pregunto si has ascendido por lo bien que haces tu trabajo o solo porque llevas mil años en la empresa. Tal vez eres un trepa o un maquiavélico. ¿Que es porque eres muy bueno en tu trabajo? Somos ya 7.000 millones de personas, así que probablemente haya (mucha) gente mejor que tú. Incluso en lo más alto de la escala el número uno no siempre está claro. ¿Fue mejor Newton o Einstein? ¿Pelé o Di Stéfano? Pero supongamos que de verdad eres el hacker número uno. Mientras tú estás sentado calentito y a salvo en tu oficina Pankaj recorre como puede la India para salvar vidas. ¿Es lo que tú haces igual de significativo?

La profesión es solo una de las muchas facetas de la vida. Quizá seas Steve Jobs y hayas transformado el mundo, mejorándolo. Bueno, amigo Steve, hay muchas piezas más en el puzzle. ¿Eres justo? ¿Repartes el dinero que realmente te sobra entre los que lo necesitan más que tú? ¿Puedes controlar tus impulsos o te dejas llevar por tus apetencias o emociones? ¿Eres veraz? ¿Participas en la política? ¿Eres vegetariano? ¿Haces felices a todos los demás? ¿Eres perfecto? ¿Ayudas a los demás a serlo?

Mientras escribía esta diatriba me ha venido a la cabeza de forma recurrente la imagen de una persona en concreto, alguien que lleva una camiseta en la que pone «Fuck Google. Ask me!». Socio, deja de lamerte el cipote con esos sonoros lametazos. En realidad tú, yo y todos somos una nadería:
«Cierto que muchos hombres se tienen a sí mismos por necesarios, pero se engañan. Podrían muy bien no ser, y, probablemente, sin gran daño para el universo.»

miércoles, 26 de octubre de 2011

En el fondo del pozo nos encontraremos (II)

Lea la introducción de esta serie de artículos.

Creo que la mejor descripción de lo que se siente al estar deprimido la leí en un libro sobre el Tarot Rider-Waite en la página correspondiente al tres de espadas:
«La escena del arcano habla por sí misma. Un corazón bajo un cielo plomizo y lluvioso se encuentra traspasado por tres agudas espadas. Es el dolor en sus fases de sufrimiento físico, psíquico y moral, donde la persona se encuentra sola padeciendo sus males, con el corazón roto por la angustia y sin percibir ninguna luz, ninguna esperanza, ningún alivio entre problemas y hechos concretos que en verdad justifican su dolor.»

Las siguientes palabras están sacadas del diario de una persona deprimida:
«Siento que me voy al hoyo. Han vuelto la aflicción, el run-rún de fondo, el cansancio, la soledad... y se ha ido la fuerza para luchar contra todo eso. He pasado prácticamente todo el día con ganas de llorar. Me gustaría aguantarme sin más pero me duele.  [...] En el día a día, me decepciono continuamente. De forma global, está claro que hasta ahora he desperdiciado la vida.
[...] Cuando intentas superar un límite una y otra vez, y chocas con el muro una y otra vez, no se trata de una limitación autoimpuesta; se trata de la realidad. Hay veces que realmente no se puede. [...] Siento que no puedo cambiar, que es inútil intentarlo, que da igual cuánto trabaje, que nada da resultado. [...] Me siento mal por sentirme mal, por no poder controlarlo, por no poder dejar de llorar cuando hay tanta gente con problemas de verdad, por ser incapaz de hacer lo que se supone que tengo que hacer, por estar atrapado en mis pensamientos circulares..»
Y sigue así la cosa. Como dice el psiquiatra Enrique Rojas:
«La verdadera depresión es un estado de hundimiento terrible que cualitativa y cuantitativamente es mucho mayor que cualquier decaimiento producido por los avatares de la vida. El sufrimiento de la depresión puede llegar a ser tan profundo que solo se vea como salida de ese túnel el suicidio.»*
No hablamos, por tanto, del sentimiento de tristeza normal consecuencia de algo negativo que ha sucedido, ni tampoco del causado por drogas u otras sustancias. Se trata de una tristeza anómala, una congoja incapacitante, monopolizadora, mezclada con desesperación y envuelta en desánimo; una especie de tumor del ánimo que engulle a la persona. Es como vivir en un pozo profundo y estrecho, frío, húmedo, oscuro. El sufrimiento dura semanas, meses o incluso años, sin apenas periodos de alivio.

Uno puede deprimirse por buenas razones. Por ejemplo, porque sí. Las depresiones endógenas son las debidas a factores bioquímicos, y pueden ser causadas por sustancias, cambios físicos en el cerebro (trauma, cirugía) o herencia. A veces, las personas con este tipo de depresión no encuentran una justificación para su malestar, y acaban atribuyéndolo a causas a su entender razonables, pero que pueden ser auténticas bobadas para cualquier otro (de un grano de arena hacen una montaña desde la que se tiran al vaso de agua donde se ahogan).

También podemos deprimirnos por factores externos. En ocasiones una persona reacciona anormalmente a una vivencia (por ejemplo, un divorcio o la pérdida de un empleo) o procesa de forma anómala su día a día (ve solo lo malo, lo magnifica y queda atrapado en su propio cuento de terror). El enfermo deja entonces de poder ejercer su rol normal al producirse deterioro social, laboral o familiar.

Son síntomas de depresión el insomnio, la irritabilidad, el cansancio, la falta de energía y la fatiga, el aumento o pérdida de peso, la dificultad para concentrarse, los pensamientos recurrentes de suicidio, la incapacidad para disfrutar de nada, la pérdida de interés en actividades que antes eran placenteras... la lista es bastante larga. De todos ellos, los que más me llaman la atención personalmente son los cognitivos. Aaron Beck describió la tríada cognitiva de la depresión: visión negativa del yo, del entorno y del futuro. En otras palabras: yo soy malo, el mundo es malo, no hay esperanza. O, si se prefiere en inglés, «hopelessness, helplessness, and worthlessness».

Continuará


* Los sujetos con trastorno depresivo mayor que mueren por suicidio llegan al 15% (Pichot, Aliño & Miyar, 1995).

domingo, 23 de octubre de 2011

Mira el lado malo

«¡Qué manía tienes de verlo todo tan positivo!», le espetaba el otro día Ino a su compañero Josué. Según a cuál de los dos le preguntara, el proyecto iba viento en popa o estaba hundiéndose cual Titanic. Mientras que Josué es de los que piensa que el primer paso para solucionar un problema no es reconocerlo, sino negar que haya problema alguno, Ino es capaz de centrarse en la más diminuta mácula y magnificarla hasta ocultar el sol.

Foto de kalyan02
Me pregunto qué se sentirá siendo optimista como Josué, mirando el futuro con esperanza, libre de riesgos, confiando en que todo saldrá bien. Como ya dije, yo me identifico más con las palabras de A. J. Jacobs:
«I see the glass as half empty and the water as teeming with microbes and the rim as smudged and the liquid as evaporating quickly»
Cuando se es así, creo que es importante tomar dicho sentimiento de forma constructiva. El miedo a que algo salga mal puede paralizarnos; ver solo lo malo del mundo acaba por deprimirnos. Pero detectar los problemas es el primer paso para resolverlos, y el desasosiego que nos produce aquello que vemos que está mal quizá nos haga trabajar con más ahínco en la solución. La cuestión es pasar de pensar «todo esto es mierda todo» a pensar «esto es mierda ¿cómo puedo arreglarlo?». El cinturón de seguridad de los coches podría ser un ejemplo. Un pesimista asume que los accidentes ocurren, a veces con consecuencias trágicas. Pero en lugar de renunciar a conducir inventa uno modo de protegerse. Se trataría, pues, de una especie de pesimismo no desesperanzado, según el cual no se asume que todo es inútil y va a salir mal, sino que se tiene en cuenta que algunas cosas quizá salgan mal, y se busca la forma de minimizar el riesgo y avanzar mejorando lo existente.

El pesimista nos recuerda dos lecciones muy importantes. Una es que pueden ocurrirnos cosas realmente malas -como la muerte-, algo que olvidamos a menudo. La otra es que en lugar de gastar nuestra energía en «chuparnos las pollas» por nuestros éxitos, debemos conducirla hacia lo que está mal, pues es eso lo que hay que arreglar. Es nuestra obligación.

miércoles, 19 de octubre de 2011

En el fondo del pozo nos encontraremos (I)

«Paciente de 26 años que acude a urgencias por intento de venolisis. Tras conflicitva laboral afirma sentirse desbordada pero que al final se ha arrepentido y ha buscado ayuda.
Escala de Glasgow 15 de 15. FC 56 ppm. Tensión 12/7. Pupilas isocóricas. Abdomen anodino. Laceraciones en cara anterior muñeca izquierda. Negativo para alcohol y drogas. Discurso fluido, coherente, victimista. Hablo con la madre y decide llevársela a vivir con ella de nuevo. Le señalo la importancia de tener un ambiente tranquilo y la inconveniencia de evitar estresores a largo plazo. Se recomienda psicoterapia.
Diagnóstico: parasuicidio.»
Escrito en el típico lenguaje aséptico y deshumanizado de urgencias, el informe de alta contaba de qué manera la desesperada Molly -no es su verdadero nombre- había hecho como que se cortaba las venas. Una forma dramática de pedir auxilio.

Comienza aquí una serie de textos en los que compartiré mis experiencias con eso llamado depresión. Vaya por delante que no tengo ningún tipo de formación psiquiátrica; mi intención es únicamente plasmar aquello que he sentido, oído y leído sobre el tema. Quién sabe, puede que ayude a alguien. Tengo la impresión de que el fondo del pozo anímico anda superpoblado últimamente.

Dado lo triste del asunto y lo poco interesante que pueda resultarle a algunos lectores, publicaré los artículos de esta serie entre semana manteniendo los escritos dominicales para otros temas.

Continuará.

sábado, 15 de octubre de 2011

Eternos aprendices

Supongo que llegará el día en el que finalmente cancelen Los Simpson. Es posible que en España ese hecho pase desapercibido, habida cuenta de las sempiternas emisiones de sus capítulos en Antena 3 (y ahora también Neox). Estoy convencido de que el día del Juicio Final se podrá oír de fondo la canción que abre cada capítulo.

Me sentí un poco identificado con Lisa cuando, en el episodio EABF11 (Perdonad Si Añoro El Cielo, S16E14), un director de documentales se mete con ella por la diversidad de sus intereses:
«- Lisa: Entre mis aficiones están la música, la ciencia, la justicia, los animales, la moral, los sentimientos...
- Director: O sea que te consideras una intelectual tipo buffet que picotea y picotea para llegar a ser una simple directora de biblioteca a los 38 años. [...] Lisa, me temo que eres una diletante. Elige un camino y síguelo.»
Imagen de teamstickergiant
Precisamente esa mañana había estado hablando con Invisible Kid sobre lo que implica querer aprender varias cosas muy distintas. Él se quejaba de que «al final, no eres un crack en nada». Su frase encierra ese lamento expresado por el refrán «aprendiz de todo, maestro de nada», que suele usarse en sentido peyorativo.

Ya he comentado el problema que supone actualmente la cantidad de conocimiento acumulado. Si quieres destacar, es necesario ser un especialista dentro de una especialidad, y cada vez hay más distancia entre las especialidades. Parece difícil poder completar las conocidas 10.000 horas necesarias para alcanzar la maestría en más de una cosa.

Como Lisa, a mí también me gusta picotear intelectualmente. Si pudiera pedirle un deseo al genio de la lámpara, sin duda sería el poder saberlo todo:
«[T]here’s an African folktale I think is relevant here. Once upon a time, there’s this tortoise who steals a gourd that contains all the knowledge of the world. He hangs it around his neck. When he comes to a tree trunk lying across road, he can’t climb over it because the gourd is in his way. He’s in such a hurry to get home, he smashes the gourd. And ever since, wisdom has been scattered across the world in tiny pieces. So, I want to try to gather all that wisdom and put it together.»
Desde mi punto de vista, ser aprendiz de todo tiene muchas ventajas. Es cierto que, a veces, no saber nada de algo es mejor que tener un conocimiento incompleto. Y sí, puede que diluyendo tu esfuerzo no pases de mediocre:
«One should waste as little effort as possible on improving areas of low competence. It takes far more energy and work to improve from incompetence to mediocrity than it takes to improve from first-rate to excellence.»
Pero, por muy bien que se te dé algo, es probable que haya un montón de personas que sean mejores que tú. Ser un experto no es ninguna panacea. Uno puede desperdiciar el propio talento siguiendo un camino improductivo, como la videncia o la homeopatía (Newton dedicó gran cantidad de tiempo al estudio de la Biblia y de la alquimia). Si tu trabajo pasa de moda, estás jodido. Es arriesgado jugárselo todo a una carta. Personalmente, no quiero ser uno de los que queman telares porque lo único que saben hacer es hilar manualmente el algodón.

Una de las ventajas más importantes que tiene la amplitud de intereses es poder enfocar los problemas con perspectivas muy diferentes. En ocasiones el error humano se debe a la aplicación de un remedio conocido a una situación no porque sea el adecuado, sino porque es la única forma de actuar que conocemos. Cuando uno solo tiene un martillo, todos los problemas le parecen clavos.

Y luego está el cerebro. Creo que muchos tratan a dicho órgano como tratan a sus móviles: tienen un cacharro capaz de hacer cantidad de cosas, con un montón de funciones, pero al final solo usan unas pocas, siempre las mismas. Cuanto más aprendemos más neuronas se activan y más conexiones entre ellas se establecen. Eso retrasa el envejecimiento mental y nos mantiene cognitivamente en forma. Cuida tu cerebro y tu cerebro cuidará de ti.

martes, 11 de octubre de 2011

Runnin' wild

Cuando somos pequeños, nuestros padres nos compran coches a los niños y muñecas a las niñas. Desde el principio hay una clara línea que nos diferencia, biológica y sobre todo, social.

Eso en principio nos la trae un poco al pairo, solamente cuando empiezan las hormonas a hacer de las suyas es cuando se redescubre a ese ser que hasta entonces era un mero “ocupante” de espacio en el patio del colegio. Desde ese momento tu vida no volverá a ser la misma.

Imagen de mando2003us
Está claro que no somos iguales. En inteligencia, aunque existan pocas diferencias, en general las mujeres son algo más listas y tienen una mayor capacidad verbal, cosa que creo todos teníamos claro. Así mismo, los hombres puntúan más alto en “rotación mental”. Vamos, que conducimos mejor (ni siquiera todos) y poco más.

De esta forma llegamos a la adolescencia, en la que nos pasamos los días altamente agilipollados por casi cualquier persona del otro sexo que se cruce en nuestro camino. Los chicos detrás de las chicas para que les hagan caso, las chicas pasando de los chicos para que les hagan caso. Aunque las estrategias sean opuestas, al final acaban funcionando y mostrándonos, antes o después, que estábamos equivocados. Y vuelta a empezar.

Ahí es cuando empezamos a darnos cuenta de las otras diferencias existentes entre nosotros, las de personalidad. Del meta-análisis de Feingold se desprende que las mujeres, en general, puntúan más alto en extraversión, ansiedad, seguridad y sensibilidad. Sobre todo esta última. Sin embargo, nosotros ganamos en autoestima y asertividad. Vamos, que somos unos egoístas inmutables y que estamos en este mundo porque tiene que haber de todo xD

El caso es que de una forma u otra, nos cuesta horrores encajar. Desde que empieza la adolescencia hasta que consigues cierta complicidad, confianza y estabilidad con una pareja, pueden pasar años, e incluso puede no llegar a darse nunca. ¿Hay algún problema en ello? Ninguno. El problema está en nuestras expectativas sociales y presiones autoimpuestas (La de tener hijos ya ha quedado desplazada puesto que la ciencia nos ha proporcionado nuevos medios).

Como bien ha dicho en anteriores post mi amigo Silvio, la evolución nos delata y aún nos quedan demasiados rasgos animales que no podemos controlar. Solamente la diferencia entre el vínculo emocional que sienten hombres y mujeres entre ellos ya es suficiente para que la mayoría (si no todas) de nuestras relaciones estén avocadas al fracaso. Puede que unos se den cuenta antes, puede que otros después; puede que otros no se quieran dar cuenta y puede que finalmente algunas consigan su propósito inicial. Pero la mayoría tienen un tiempo límite, el que marcan nuestras hormonas, también conocidas como amor.

Quizá la forma de conseguir mejorar esto sea desde la base: la educación y sociedad. Que es lo único que podemos cambiar, ya que el resto nos viene impuesto. Una mayor información sobre nuestras diferencias innatas puede reducirlas en un futuro en todos los ámbitos, a base de una mayor empatía para con el otro.

¿Podemos reducir las diferencias y discriminaciones existentes entre géneros? Por supuesto. Seremos diferentes en algunos aspectos, pero ambos somos humanos con capacidades extraordinarias. ¿Podemos llegar a ser felices en pareja? Es posible, pero si no lo somos no hay que volverse loco. Al ser humano le falta mucho por evolucionar. Hasta entonces, muchos de nosotros seguiremos corriendo salvajes y libres como mis amigos Airbourne.

domingo, 9 de octubre de 2011

Guapa

Suena el teléfono. Contesta mi hermana. «¿Sí?... Ah, ¡hola guapa!». Es una amiga suya. Charlan un rato y se despiden: «Adiós, guapa».

Entro en Facebook. Hay fotos nuevas de mis amigas. El comentario más repetido de chica a chica es el de guapa, con miles de variantes enfáticas -montones de aes, mayúsculas y signos de exclamación-.

Foto de The Bode
¿Por qué? ¿Por qué mujeres heterosexuales se llaman guapas unas a otras? Cuando se lo pregunté a mi hermana me dijo que era igual que cuando los chicos nos saludamos con un «hola, cabrón». Sin embargo, no veo a los chicos poniendo eso en los comentarios de las fotos, si bien entre los hombres heterosexuales de mi entorno es habitual tildarnos de gay entre nosotros. ¿Por qué haremos eso?

A todos nos gustan que nos digan guapos, creo, aunque luego cada uno se lo tome de distinta manera (hay quien se llena de orgullo, quien no se lo cree y quien se sonroja). Pero la belleza nos viene dada. No puedes trabajar para ser más guapo -aunque sí para estarlo, un matiz sutil pero diferenciador-. Decirle a alguien «qué guapo eres» es como decirle «qué alto eres». Desde mi punto de vista, no tiene mucho sentido. Es un atributo caído del cielo, no algo conseguido voluntariamente con esfuerzo. Lo veo vacío de significado.

Algunos viven de ser un deleite para la vista. Cualquiera que haya ido a un congreso, feria o exposición habrá visto azafatas bien parecidas y ayunas de ropa repartiendo folletos, muestras o, simplemente, de florero. Da igual el tema de la feria. Si es tecnológica, como el SIMO, habrá azafatas. Si es de coches, como la feria del automóvil, habrá azafatas. Si es de fitness, como el Arnold Classic, habrá azafatas. La única diferencia parece ser la cantidad de piel expuesta al público por las susodichas (de menor a mayor en las tres que he mencionado).

Ayer estuve en la última cita a la que me he referido, el Arnold Classic. Como era de esperar había una legión de beldades cosificadas: chicas jóvenes libres de grasa pero con senos de tamaño cantalupo, prácticamente desnudas, haciendo nada. Me fijé en una gogó, conocida de uno de mis acompañantes. Pagada de sí misma, parecía estar encantada con la atención recibida de los asistentes. Yo me preguntaba si algún día se vería afectada por la vacuidad de su trabajo. Al fin y al cabo, aquello no dejaba de ser un zoo con humanos.

Una persona que se gana la vida con su cara bonita me recuerda a los países que viven del petróleo: simplemente explotan lo que la suerte les ha dado. Si no trabajan en desarrollar otras cualidades, cuando su recurso más preciado se acabe se verán en apuros. A largo plazo todos acabamos siendo viejos y feos. La belleza no puede aprovecharse del efecto bola de nieve. La sabiduría, por otra parte, sí puede cultivarse y acumularse toda la vida, incluso de forma exponencial.
Además, con la edad el significado y el propósito de la propia vida ganan importancia. Dudo que «poner cachondo al personal» sea un respuesta satisfactoria a la pregunta «¿qué he hecho con mi vida?».

Claro que qué voy a decir yo, si soy más feo que Picio.

sábado, 1 de octubre de 2011

Kindergarten

He llegado a esa época de la vida que George Michael cantaba en Fastlove:

«My friends got their ladies
They’re all having babies»

Foto de TedsBlog
Pocos son los hijuelos que me quedan por conocer. La mayoría de ellos están en las primeras etapas de la vida, cuando son suaves, emiten ruidos graciosos y dan ganas de comerse sus mofletes. También hay algunos que ya hablan y andan, agotando a sus padres con toda la atención que requieren.

Dentro del casi infinito vector de decisiones que mis amigos tendrán que tomar para con su descendencia, está el elegir cómo educar moralmente a sus cachorros. Habrán de optar entre intentar transmitir a sus retoños sus propios valores, o bien dotar al niño de lo necesario para que, con el tiempo y de forma autónoma, éste llegue a su propia concepción de la vida buena. Sé que algunos se decantarán por el primer caso, y sospecho que intentarán  llevar a su hijo por un camino muy estrecho en lo relativo a la mejor manera de vivir. Otros ya me han dicho que no tratarán de imponer sus creencias, y dejarán al vástago elegir.

Tratar de inculcarle a tu prole tu modo de vivir podría ser peliagudo. Puede que no estés respetando su libertad de elección. O puede ser que estés equivocado. Por ejemplo, si yo tuviera un hijo, quizá -solo quizá- procuraría enseñarle que no fuera nada más que a lo suyo, sino que se preocupara por los demás. Creo que todos tenemos obligaciones y deudas con todos:
«El modelo individualista del [...] rudo y aventurero, tan bien personificado por el presidente Bush con sus botas de cowboy y su andar arrogante, representa un mundo en el cual somos responsables de nuestros propios éxitos o fracasos y nos embolsamos el premio de nuestros esfuerzos. Pero [...] este modelo es un mito. "Un hombre no es una isla". Lo que hacemos tiene importantes efectos sobre los demás; y si somos lo que somos es gracias, al menos en parte, a los esfuerzos de los demás.»
Pero ¿cómo enseñar a tu nene una lección que, llevada a la práctica, igual le perjudica? Porque si lo que se estila en la comunidad en la que vive es el «cada cual para sí», ¿no se arriesga a acabar siendo un pringado del que todo el mundo se aproveche? Hoy por hoy, las reglas del juego no parecen premiar la empatía ni la virtud (lo que me ha sido recordado esta semana de forma dolorosa). Sin embargo ¿no deberían transmitirse valores así en cualquier caso?

Por fortuna -y por el bien del planeta-, es muy improbable que yo llegue a reproducirme, así que no tendré que vérmelas con este marrón. A aquellos que sí van a afrontar esta cuita quizá les interese saber que, en el fondo, su decisión tal vez no importe en absoluto. «No es tanto una cuestión de qué se hace como padre», -escriben Levitt y Dubner- «sino de quién se es».

domingo, 25 de septiembre de 2011

Miserias y esplendores del trabajo

A los veinte años hube de decidir si seguía estudiando fisioterapia o si cambiaba y me dedicaba a las tecnologías de la información. Desde pequeñito había querido ser masajista. El cuerpo humano me fascinaba y el deporte me encantaba. Había oído decir a un maestro de artes marciales «aprende a curar a los demás y serás noble». Sentía que la fisioterapia era lo mío.

Foto de Sean MacEntee
Pero durante la carrera mi tío me regaló uno de sus ordenadores para poder hacer los deberes de la asignatura de informática. Cogí aquel cacharro con gusto. Empecé a dedicarle cada vez más tiempo. Trastear con él y navegar por Internet se convirtió en mi forma favorita de pasar el tiempo.

Ya había estudiado dos años de la diplomatura. ¿Iba a «tirarlos» para empezar una carrera en algo totalmente distinto? Eso suponía gastar al menos dos años más en formarme. Además, temía que si hacía de mi hobby mi modo de vida, la informática dejara de gustarme.

Al final cambié de rumbo. Lo hice porque una persona muy respetada para mí me dijo «debes hacer lo que te apetezca en este momento». No hablaba en general, sino del trabajo. Su mensaje no era que me condujera hedónicamente por la vida, sino que debemos trabajar en lo que nos gusta. Cada día veo cuánta razón tenía, el muy cabrón.

Cuando amas tu trabajo disfrutas de tu fase de aprendizaje. Le dedicas todo el tiempo que puedes por el gustito que te da. Y, cuando finalmente encuentras empleo, te permite llevar mejor las miserias del mundo laboral: desplazamientos, horario, sueldo, sobrecarga, estresores de rol, dificultades en las relaciones laborales, dislates de la organización empresarial, etc. Además, son muchas las horas que trabajamos como para desperdiciarlas sin encontrar ninguna satisfacción, recompensa o sensación de realización en ellas.

Soy consciente de que he sido muy afortunado. Al contrario que mis padres -y otros muchos como ellos-, yo pude formarme cuanto quise, y elegir en qué -incluso pude cambiar cuando deseé hacerlo-. No tuve que empezar a trabajar en la adolescencia para alimentar a la familia. No he tenido que aferrarme a lo primero que salía. Los empleos de ayudante, camarero y mozo de almacén quedaron atrás como una forma de sacar algo de dinero en verano, y nada más.

Mi padre ha sido camarero toda su vida. Mi madre entró en el banco porque, en su momento, era un empleo con un buen sueldo y un horario estupendo. Ninguno de los dos disfruta de su ocupación. Curiosamente, ambos tienen hermanos que, aunque compartían sus circunstancias, tomaron caminos distintos. El hermano de mi madre se pagó a sí mismo la universidad y montó su propio negocio, al que es poco menos que adicto. Por su parte, el hermano de mi padre renunció a los vinitos después de picar piedra en la cantera para estudiar ciencias de la salud. Desde hace años trabaja en un autobús de donación de sangre, y está encantado. Veo a mis padres y veo a mis tíos, y me pregunto cuánto habrá influido el trabajo en la diferencia de satisfacción vital que manifiestan.

Esta semana nos ha dejado un compañero que entró en la empresa porque no encontraba nada de la disciplina en la que se había licenciado. Tras un año aguantando de mala manera su vaso se colmó y empezó a buscar de nuevo. Finalmente, ha encontrado un puesto en lo que realmente le interesa. Mucho mejor así. Como dice Ken Robinson «encontrar tu pasión lo cambia todo».

domingo, 18 de septiembre de 2011

Costumbrismo

Luis Piedrahita interpretó un fantástico monólogo sobre los juguetes de playa en el que se refiere a las madres como seres todopoderosos definidos por sus frases características. Una de tales frases -no mencionada en el monólogo- incluso tiene su calco en el idioma inglés. Dicha frase era el argumento definitivo con el que la autora de nuestros días quería hacernos reflexionar y evitar un comportamiento borreguil. Podía usarla con múltiples fines: afear nuestra conducta, prohibirnos una fiesta, o negarnos la compra de algún objeto codiciado. Hablo de ese «meme» en forma de pregunta retórica, ejemplo de reducción al absurdo, que nuestras progenitoras formulaban tal que así:
«Y si todos tus amigos se tiran por un puente ¿tú también te tiras?»
Había montones de respuestas posibles, ninguna de las cuales conseguía hacer cambiar de opinión a mamá -era, pues, el momento de probar con papá-.

Existen buenas razones que justifican el «donde fueres, haz lo que vieres». Gracias a los comportamientos imitativos y automáticos podemos desenvolvernos necesitando menos energía psíquica, y tomar decisiones rápidas. También puede ayudarnos a integrarnos en el grupo, sacar partido del conocimiento acumulado y la experiencia del mismo o, si algo sale mal, evitar que te linchen, al haber hecho lo que cualquiera habría hecho en tu lugar.

Si bien lo más probable es que en la mente de nuestras madres solo estuviera presente el protegernos o el poder ahorrarse unos duros en esas cosas «que todos mis amigos tienen», lo cierto es que su pregunta pone de relieve el peligro de actuar acríticamente.  A lo largo de la vida acumulamos modos de acción que tienen un coste asociado en forma de límites aprendidos. Límites, además, de los que muchas veces ni siquiera somos conscientes. Hay una fábula al respecto:
«Un día una mujer iba a cocinar un trozo de carne. Antes de ponerlo en la cazuela, cortó una pequeña rodaja. Cuando se le preguntó por qué lo hizo, se detuvo, se sintió un poco turbada y dijo que lo hacía porque su madre siempre había hecho lo mismo cuando cocinaba un trozo de carne. Ella misma sintió curiosidad, así que telefoneó a su madre para preguntarle por qué siempre cortaba una rodaja de la carne antes de cocinarla. La respuesta de la madre fue la misma: "porque así lo hacía mi madre". Por último, para obtener una respuesta más útil, le hizo la misma pregunta a su abuela. Sin dudar, su abuela le respondió: "Porque es la única manera de que quepa en mi cazuela"».
Somos libres de aceptar o rechazar las tradiciones y costumbres que heredamos de nuestros mayores, los procedimientos en el trabajo cuya única justificación es que «siempre se ha hecho así», o la forma en que resolvemos nuestros problemas personales y tomamos nuestras decisiones. Para no vernos arrastrados por la marea de la costumbre podemos estar atentos, tomar conciencia y preguntarnos a menudo «¿es esto necesario?», «¿realmente necesito esto?» o «¿tiene esto que ser de esta forma?». Si todos los caminos llevan a Roma es posible que la autopista represente la peor elección, ya que, al ser la primera opción de todo el mundo, siempre está atascada.

Para mí, este proceso es la semilla de la que brotaron cosas como el fin de la segregación racial o el voto femenino. Alguien se pregunta «¿por qué tiene esto que ser así?», y da comienzo una reacción que cambia el mundo.

Al actuar de esta manera quizá encontremos ocasiones en las que habremos de ir en contra del grupo. Eso puede requerir de nosotros cierta dosis de un tipo de heroísmo poco valorado y no muy común: algunos experimentos psicológicos revelan que somos propensos a someternos al grupo.

Esta semana he visto en la televisión a una señora ladrando que iban a continuar alanceando toros en su pueblo porque es la tradición, y nadie se la va a quitar. Que algo se haya venido haciendo toda la vida no es razón suficiente para seguir haciéndolo, ni justifica el que se esté haciendo ahora mismo. Porque ¿y si la tradición fuera que todos se tiraran desde un puente?

domingo, 11 de septiembre de 2011

Palos y zanahorias

Durante una de sus sesiones de zapping, mi hermana acabó viendo un documental sobre tráfico rodado que emitían en La 2. Hablaron principalmente sobre los atascos y sus posibles soluciones. Entre las propuestas que se barajaban estaba el pago por kilómetro, según el cual cada conductor pagaría una cuota en función de la distancia recorrida, disuadiendo de este modo a la gente de usar el coche. La cara de mi hermana era un poema: «sí, hombre, voy a pagar yo por conducir. Ya pago la gasolina». Cuando le indiqué que ni con eso ni con el impuesto de circulación se acerca siquiera a compensar las externalidades negativas que su conducción genera respondió: «pues que me paguen un coche eléctrico». Mientras discutíamos, el documental siguió adelante, dando paso a otra alternativa. En lugar de cobrar, se sugería pagar a los conductores por usar rutas alternativas menos congestionadas. Tiempo le faltó a mi querida hermana para declararse fan de dicha opción.

Foto de Carly & Art
¿Cómo hacer que los conductores dejen el coche en casa? ¿Cómo conseguir que los empleados no vagueen? ¿De qué manera puede lograrse que se respeten las leyes?

Mi tata, que además de conductora es profesora de educación infantil, me dice que a los niños hay que premiarlos cuando se portan bien y castigarlos cuando hacen algo mal, ya que el condicionamiento es lo único que entienden. Así que por un lado están las zanahorias para quienes se esfuerzan y son cumplidores y, por otro, los palos para aquellos que haraganean y no cumplen las normas.

Esas dos opciones parecen funcionar igual de bien con los adultos. Sin embargo, en este caso la equivalencia entre mal comportamiento y palo, y entre buen comportamiento y zanahoria, no está tan definida. Como escribió Mark Buchanan:
La economía tradicional sostiene que el rendimiento de los empleados se mejora mediante la imposición de sanciones. Pero nuestro sentido de la justicia puede dar algunas sorpresas. En unos experimentos, por ejemplo, Ernst Fehr y sus compañeros han descubierto que la aplicación de sanciones puede llevar algunas veces al decrecimiento de los esfuerzos de los trabajadores, en la medida en que lo que hacen es reaccionar a un trato que consideran injusto. Es una lección aprendida hace mucho tiempo por los adiestradores de animales -que las recompensas son más útiles que los castigos-. Eso no quiere decir que los castigos sean inútiles. En algunos casos, al parecer, pueden ser beneficiosos, pero sobre todo si no tienen que ser aplicados. Con más experimentos, Fehr y sus compañeros descubrieron que los empleados responden mejor cuando las sanciones on posibles en principio -especificadas en un contrato, por ejemplo-, pero la dirección nunca o raramente las usa. Los trabajadores ven el desuso de las posibles sanciones como una conducta cooperativa y responden a la gratitud incrementando sus esfuerzos, más incluso que en ausencia de cualquier sanción hipotética.
Economistas como Steven Levitt y Stephen Dubner tienen claro que no hay nada como los premios:
Las gente no es «buena» ni «mala». Las personas son personas y responden a incentivos. Casi siempre pueden ser manipuladas -para bien o para mal- si se encuentran las palancas adecuadas.
Eso significa pagar a los malos estudiantes para que mejoren sus notas. O pagar a la gente para que recicle o reduzca sus emisiones de dióxido de carbono. O, como en la película Malditos Bastardos de Tarantino, dar a un criminal casa, dinero y seguridad para poder cazar al pez gordo. Quizá deberíamos cobrar todos un sueldo de «buen ciudadano» y que, en lugar de ir a la cárcel, simplemente nos retiraran los emolumentos al infringir la ley. Pero es que a veces ni el dinero funciona.

A mi juicio, hacer lo correcto -lo que para mí incluye buscar la perfección- es nuestra obligación. Dadas las capacidades de raciocinio de las personas, creo que nuestro comportamiento no debería guiarse por palos y zanahorias. Si bien somos animales, no somos burros -aunque eso sea algo que suele quedarse en el campo de la teoría-.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Animalia

El conejito de la foto se llama Gus y tiene menos de un año. Le encanta que le rasquen detrás de las orejas, roer todos los cables que encuentre y brincar por el largo pasillo de la casa en la que vive. Tiene unos preciosos ojos azabache, un pelaje suave, y ese gesto encantador que hacen los conejos con el hocico cuando husmean. Es, como dice su dueña, «una cucada».

Cuando le enseñé esta foto a mi hermana, me dijo «¿Un conejo como mascota? Los conejos son para comérselos». No es la única que ha reaccionado así; son varios los que bromean con cocinar al pobre bicho al ajillo.

En sociedades occidentales de tradición cristiana creces con la cantinela de que Dios puso a todos los animales al servicio del hombre; que somos la cúspide de la pirámide alimentaria, el más avanzado de los seres vivos. Porque Dios así lo quiso, el hombre tiene derecho a usar al resto de seres vivos en su beneficio como mejor le convenga (alimento, abrigo, adornos). Pero ni la religión -una creencia- ni la tradición -inercia cultural- son razones válidas para criar animales en cautividad, explotarlos en granjas o torturarles y darles muerte en ese infame espectáculo que son las corridas de toros.

¿Por qué está mal matar y torturar a las personas pero no a los animales? Recordemos que los miembros de la especie Homo sapiens también somos animales. ¿Acaso hay algo que nos haga diferente y nos dé permiso para someter al resto de especies? Dejo como ejercicio al lector encontrar dichas diferencias, si las hay. En su diálogo interno tenga siempre en cuenta estos tres casos: un bebé, una persona que se ha quedado en coma, y otra nacida anencéfala. Descubrirá que no es tan fácil mantener al género humano en el pedestal. Por ejemplo, la racionalidad suele ser una de las primeras razones aducidas, pero un bebé no es racional. ¿Significa eso que podemos comérnoslo? Alguien nacido anencéfalo nunca llegará a serlo, ni siquiera logrará tener conciencia. ¿Preparamos la parrilla?
Cuidado también con la falacia naturalista. Puede que en estado salvaje el grande o el listo se coma al pequeño o al tonto, pero ni las vacunas ni el ordenador con el que escribo esto no nacen de una mata. La marca a partir de la cual empezamos a ir contra la naturaleza no debería situarse arbitrariamente según nos convenga.
Como último punto a tener en cuenta, respecto a la salud, es cierto que la grasa y la proteína de los animales hicieron posible el desarrollo del cerebro humano, que proporcionalmente necesita muchas calorías para funcionar. Pero ahora que el alimento nos sobra -otra cosa es que esté mal repartido- parece posible vivir perfectamente sin recurrir a alimentos de origen animal.

La igual consideración de todos los animales tiene grandes implicaciones. No se debería matar animales para comer, pero tampoco se podrían explotar para obtener leche o huevos (¿quién estaría a favor de ordeñar a mujeres para tener algo en que mojar las madalenas?). Tampoco deberían utilizarse para hacer ropa o adornos, ni privarles de su libertad encerrándolos en un zoo. Incluso el tener a un animal como mascota es discutible. Habría que terminar con todos los experimentos con animales, ya sean para probar champús o para desarrollar fármacos. Lo cual me parece totalmente lógico: si las medicinas son para los Homo sapiens ¿con qué derecho maltratamos a otras especies, que ni siquiera se beneficiarán del resultado? Claro que usar a personas para experimentos también está mal, y plantea un montón de problemas. La ética es peliaguda.

Dicho todo lo anterior, se podría considerar nuestra obligación moral seguir los pasos de Lisa Simpson en el episodio 3F03, ir incluso más allá, y abrazar el veganismo ético. Claro que llevar ese comportamiento hasta sus últimas consecuencias exige una clase de heroísmo moral del que muy pocos -si es que hay alguien- serían capaces, máxime teniendo en cuenta cómo está montado el mundo ahora mismo. Habría que renunciar a muchísimas cosas, algunas de las cuales -como el desarrollo de fármacos o técnicas quirúrgicas- son sumamente importantes para nuestra supervivencia. A ver quién es el majo que se niega a matar a un cerdo para transplantar la válvula cardíaca del susodicho a su ser más querido. Como he dicho antes, la ética es peliaguda.

domingo, 28 de agosto de 2011

El verdadero Superhombre

Quien más, quien menos, la gente parece tener una vaga idea del concepto de superhombre de Nietzsche. El filósofo prusiano postuló dicha figura como objetivo de la humanidad, como evolución del hombre:
Foto de Jon Rawlinson
"Y Zaratustra habló así al pueblo:
«Yo os enseño el superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho para superarlo?
Todos los seres han creado hasta ahora algo por encima de ellos mismos: ¿y queréis ser vosotros el reflujo de esta gran marea y retroceder al animal en lugar de superar el hombre?
¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una vergüenza dolorosa. Y precisamente eso debe ser el hombre para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa.
Habéis seguido el camino que lleva desde el gusano hasta el hombre y aún en vosotros hay muchas cosas que continúan siendo gusano. Antaño fuisteis monos y aún ahora el hombre es más mono que cualquier mono.
Y el más sabio de vosotros es tan sólo un ser escindido, un híbrido medio planta, medio fantasma. Pero, ¿os mando yo que os convirtáis en fantasmas o plantas?
¡Mirad, yo os predico el superhombre!»"
Nietzsche, que vivió entre los años 1844 y 1900, si bien anticipó la llegada de esta figura, no llegó a verla en persona. Pero ahora, en el siglo XXI, y ya desde el siglo XX, en los países desarrollados uno puede encontrar multitud de ejemplares de esta nueva especie. En contra de lo que pensaba Friedrich, no se ha llegado a él por vía biológica, sino mecánica. ¿Quién iba a pensar que la humanidad llegaría a construir una máquina capaz de convertir a cualquier hombre normal en un superhombre?

En su encarnación actual, el superhombre al que me refiero es omnisciente, clarividente e infalible, tanto es un sus actos como en sus juicios. También es virtuoso: siempre se sitúa en el término medio. Además sabe ver la excepción que requiere infringir la norma general, y tiene la potestad de impartir justicia, castigando o recompensando a los que le rodean según crea conveniente.

La máquina capaz de transformar a un hombre irrisorio en un superhombre tiene asiento, pedales, volante y cuatro ruedas. Como el sagaz lector habrá adivinado, me estoy refiriendo al coche. Y, con superhombre, me estoy refiriendo al amigo conductor.

Todo conductor sabe que sus capacidades de pilotaje están por encima de la media. Los errores solo los cometen los demás (lo cual plantea una paradoja, ya que los demás también son conductores, pero es mejor no pensar en eso). Él no necesita estudiar física para saber cuál es la velocidad idónea en cualquier trazado, sea cual sea la circunstancia (lluvia, nieve, baches, etc.).

Ese conocimiento intuitivo de la física hace consciente al conductor de la relatividad del tiempo. Cuanto más rápido vaya, más lento correrá el segundero. Mientras el hombre común puede permitirse perder horas y horas delante de la tele o actualizando su estado en Facebook en su lugar de trabajo, el superhombre sabe lo valioso que es su tiempo. No dudará en afear la conducta de todo aquel que ose retrasarle mínimamente en su desplazamiento.

El conductor sabe que su mente domina la materia. Con solo mirar fijamente un semáforo en color ámbar, éste se mantendrá en ese estado más tiempo del que tiene programado. Cuando el conductor decide que los peatones han tenido tiempo de sobra para cruzar la carretera, engranará la primera marcha y avanzará lentamente sobre el paso de cebra, obligando al semáforo a ponerse en verde. En raras ocasiones el superhombre acabará con su coche en mitad del cebreado y el semáforo aún con la luz roja encendida. Sin duda, eso es debido al pobre mantenimiento que hace el ayuntamiento de la señalización lumínica. Que ya les vale, con lo que ganan gracias a las multas.

El reglamento de tráfico es un ejemplo de planificación de arriba abajo fallida, y el superhombre lo sabe. Redactado por simples hombres, este código no se ajusta a éste ser superior. Por tanto, debe ser continuamente superado. Las líneas continuas no deben impedir un cambio de carril (si fuera tan importante impedirlo habrían puesto una mediana ¿no?). Las señales de límite de velocidad son vestigios de un periodo en el que los coches no tenían airbag ni ABS (el hombre común no entiende que dichos dispositivos anulan las leyes de la física).

Tamaño poder conlleva una pesada carga. El superhombre sabe que siempre lleva a cabo la maniobra correcta, pero se encuentra en sus trayectos con estúpidos humanos que osan poner en duda sus acciones, manifestándo su disensión mediante el claxon. Es muy estresante para el superhombre desplazarse entre un atajo de idiotas que se revuelven y te afean la conducta, inconscientes de su propia ignorancia y de con quién están tratando.

Pero algún día, todos esos imbéciles desaparecerán; el superhombre se encargará de ello, bien atropellándolos, bien estrellándose contra sus vehículos. Porque todo conductor sabe que la carretera está llena de descerebrados, y que la única forma de lograr una auténtica seguridad vial es deshacerse de eso llamado la gente.

domingo, 21 de agosto de 2011

¿Cómo sabemos que sabemos lo que sabemos?

A principios de año la ETB estrenó Escépticos, un programa de divulgación «que busca desmontar las grandes falacias acientíficas más populares en la sociedad». El primer episodio trató sobre el escepticismo acerca de la llegada del hombre a la luna en 1969.

En un pasaje del programa, el presentador Luis Alfonso Gámez acude a la facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco. Ninguno de los alumnos de la clase en la que entra pondría la mano en el fuego por que el hombre llegó a la luna. Una de las estudiantes dice:
«No podemos saberlo, o sea,  se supone que somos científicos, no..., o sea, no podemos hacer elucubraciones de la nada ¿no? Digo yo. O sea, me lo puedo creer o no me lo puedo creer, pero no puedo decir "vale, me lo creo" y no tener ninguna base ¿no?»
Después tiene lugar este diálogo entre el periodista y otro alumno incrédulo:
«- Yo si no voy ahí y no cojo una piedra yo mismo yo no les voy a creer.
- O sea que tú no crees en nada en lo que no hayas estado tú directamente implicado. Nueva York no existe.
- Sí existe.
- ¿Pero tú has estado en Nueva York?
- ¿Eh?
- ¿Has estado en Nueva York?
- No.
- ¿Entonces por qué dices que existe?
- Pues porque lo he visto en mapas, porque está contrastado, y todas esas cosas.»
Tras ver el programa anduve días preguntándome cómo sabemos que sabemos, si podemos saber realmente algo, etc. Mi único contacto con la epistemología fue en la asignatura de filosofía del instituto, en la que se me quedó como definición de saber aquello para lo que hay pruebas subjetivas y objetivas a favor. Pero esa vaga definición no parecía implicar que yo sabía que Nueva York existe. Las pruebas supuestamente objetivas como mapas, etc. podrían estar manipuladas. ¿Qué seguridad puedo tener de que los mapas son correctos, de que no es una gran conspiración global? Si no he visto ninguna roca lunar ¿cómo puedo saber realmente que el hombre estuvo allí? Aunque la viera ¿sabría reconocerla? ¿Podría estar seguro de que no me están dando gato por liebre? El hecho de verla y tocarla ¿implica conocimiento? ¿Acaso no puede uno «ver» cosas que no suceden realmente, como cuando mi amigo el mago hace aparecer y desaparecer cosas delante de las narices de seis personas?

Resulta que ocho meses después he encontrado algunas respuestas, algunas de las cuales yo mismo tuve y había olvidado. Entre los papeles viejos que revolví la semana pasada durante una limpieza hallé una disertación escrita por mí sobre para la clase de filosofía de bachillerato. En ella trataba precisamente esas dudas que había suscitado en mí el documental. Téngase en cuenta que en aquel momento tenía 16 años, así que el estilo no es muy bueno (tampoco es que haya mejorado mucho con el tiempo, vaya):
«"El saber no ocupa lugar", suele decirse, Esto es cierto si atendemos a la definición del saber. El saber es una creencia verrdadera y justificada o, lo que es lo mismo, es una opinión fundamentada tanto subjetiva como objetivamente. El intermedio entre el sabio, que ya posee el saber (si es que esto es posible), y por eso no lo busca; y el ignorante, que carece de saber hasta tal punto que ni siquiera lo echa de menos, es el filósofo. Éste aspira a saber, porque se percata de su ignorancia. Para lograr el saber, el filósofo puede servirse de varios métodos (empírico, racional, empírico-racional, trascendental, analítico-lingüístico o hermenéutico). Pero en un sentido general del término, ¿podemos llegar a saber? Si no, ¿qué es realmente saber? 
Parece evidente que se puede llegara a saber. Sin embargo, podría pensarse lo contrario. Esto puede ocurrir si se identifica al saber con el conocimiento. En este caso, desde una postura escéptica que considera imposible obtener conocimientos fiables, la respuesta sería no. De este modo cabría preguntarse ahora qué es realmente el saber. Podría identificarse con realidad, a la cual no es posible llegar en tanto en cuanto no está claramente definida.
Éste planteamiento no es del todo sólido. Ello es debido a que conocer, en filosofía, es la actividad que tiene lugar cuando un sujeto aprehende un objeto sirviéndose de determinados medios. Ateniéndonos a esto, el saber no puede identificarse con el conocimiento, porque el saber no es un objeto. Y, completando la primera definición dada, el saber algo es poder dar razón de ello, está asociado a la demostración y lo demostrado no puede ser falso.»
Quien quiera comprobar que el hombre llegó realmente a la luna puede replicar los pasos que Leonard, Sheldon y compañía llevaron a cabo en el capítulo S03E23 de la serie The Big Bang Theory. Todo lo que hay que hacer es apuntar un láser suficientemente potente a los reflectores que dejaron en la superficie del satélite los miembros de la tripulación del Apollo XI, y recoger el haz rebotado de vuelta. Como diría el presentador de Bricomanía: «fácil, fácil».

sábado, 13 de agosto de 2011

Robin Hood



De la historia de Robin Hood solo se me ha quedado que robaba a los ricos para dárselo a los pobres (eso, y que era un as con el arco y las flechas). Ahora que el dinero parece escasear en todo el mundo por culpa de los bancos, el personal parece estar menos dispuesto a dejar que algunos ganen cantidades indecentes de dinero, más aún cuando la actividad que genera esas ganancias son cosas como «especular», «darle patadas a un balón» o «ser hijos de fulano de tal». De esa quemazón han surgido campañas como la del impuesto Robin Hood, a la que pertenece el vídeo que encabeza este artículo.

Aunque partiéramos de una situación de equidad financiera, a lo largo del tiempo, y solo por azar, la distribución de la riqueza acabará siendo irregular. Añádanse las decisiones individuales (hay quien prefiere ahorrar para el futuro y quien prefiere gastar viviendo el presente) y se obtendrá un mundo con pobres y ricos.

Es injusto que haya personas que mueren de hambre mientras otros tienen cuatro o cinco casas solo para sus vacaciones pero, la solución al problema, ¿no debería ser justa también? He aquí el meollo de la cuestión ¿es justo quitarle a los ricos para darle a los pobres?

Quizá sea una pregunta estúpida. «¿Cómo no va a ser justo? El que más tiene, que reparta con el que no tiene». Sin embargo, la redistribución de la renta por medio de impuestos  es más difícil de justificar de lo que parece. Una discusión muy recomendable al respecto es la de Michael Sandel en su libro Justicia:
«Robar al rico para dárselo a los pobres siguen siendo robar, lo haga Robin Hood o el Estado.
Piénsese en esta analogía: que un paciente en diálisis necesite uno de mis riñones más que yo (en el supuesto de que yo tenga dos riñones sanos) no significa que tenga derecho a quedarse con él. Tampoco puede el Estado quitarme uno de mis riñones para ayudar al paciente en diálisis, por urgente y acuciante que sea su necesidad. ¿Por qué no? Porque es mío. Las necesidades no pueden con mi derecho fundamental a hacer lo que quiera con lo mío»
(Puede parecer que no es lo mismo quitarle a alguien un riñón que unos miles de euros -uno no puede ganar riñones-, pero la idea básica es similar: despojarte de algo que actualmente te «sobra» para dárselo a alguien que lo necesita de forma acuciante. )

La última frase del texto citado trae a colación otro asunto que afecta a estas medidas: la propiedad privada. Si alguien gana su dinero legítimamente ¿tiene derecho el Estado a quitarle una parte? ¿Supone el origen del dinero (suerte frente a trabajo) alguna diferencia? ¿Es justo que, dado que los «no ricos» son mayoría, pueda imponerse democráticamente una regla para gravar a la minoría adinerada? ¿No plantea esta «dictadura de la mayoría» sus propios problemas?

Tengo la impresión de que esa cultura de «lo mío» está bastante arraigada en sociedades anglosajonas y europeas desarrolladas. Tenemos ejércitos profesionales porque pensamos que el Estado no puede obligarnos a arriesgar nuestras vidas. Hay mujeres que quieren poder abortar legalmente porque sienten que tienen todo el derecho sobre su cuerpo. En EEUU disparan a quien entre en la casa de uno sin estar invitado. En las discusiones del café se recalca que «uno puede hacer lo que quiera mientras no moleste a los demás». En palabras de Hobbes: «consideramos a los hombres como si hubieran surgido súbitamente de la tierra (como hongos), y se hubieran hecho adultos sin ninguna obligación de unos con otros».

Puede que ese individualismo no esté alejando de la solución correcta al problema de la desigualdad económica: los ricos deberían, porque así lo decidan ellos, ayudar a los pobres. El hecho de que no lo hagan ¿justifica que el Estado les obligue? Quizá haya situaciones en las que debamos aceptar un Estado paternalista. Tal vez el gobierno sí deba obligarnos a compartir nuestros juguetes con los demás niños.