lunes, 28 de abril de 2014

En teoría (I)

                                                   Marge, estoy de acuerdo contigo en teoría. Y, en teoría, funciona hasta el comunismo. En teoría.
–Los Simpson, S05E17

Hace dos mil trescientos años Euclides de Alejandría se lio la manta a la cabeza y escribió el libro de texto de mayor éxito en la historia, empleado los siguientes veintitrés siglos en colegios y universidades para enseñar geometría. En los trece volúmenes que componen sus Elementos, a partir de un conjunto de definiciones, postulados y axiomas Euclides concibió, a través del método lógico deductivo, 465 proposiciones que describen lo que hoy se conoce como geometría euclídea:
«Euclid used primitives, ingredients everyone is familiar with, as his raw material. Geometric primitives include points and lines, which Euclid defined as follows: A point is that which has no part. A line is a breadthless length. The extremities of lines are points. A straight line lies equally with respect to the points on itself.»

«To his primitives Euclid added axioms, the apparently self-evident logical principles that no one would argue with, stating, for example, “If equals are added to equals, then the wholes are equal.” Since 3 = 3 and 2 = 2, then 3 + 2 = 3 + 2. [...] Finally, he proceeded to theorems, the interesting and often unexpected deductions he could prove by applying the axioms to the primitives to construct a chain of reasoning. The most famous is Pythagoras’s theorem that relates triangles to squares: the sum of the squares of the two perpendicular sides of a right-angled triangle is equal to the square of its hypotenuse. This method, beginning with primitives and proving propositions by deduction, is called axiomatization and has become the classic method of mathematics.
Foto de Penn Provenance Project
Su gran logro fue construir un sistema axiomático-deductivo, una estructura de ingeniería lógica y matemática mediante la cual, armado con un pequeño conjunto de verdades autoevidentes y a través de rigurosas demostraciones, describía la mayoría de los conocimientos matemáticos disponibles en su época y alumbraba profundas verdades que han resistido la prueba del tiempo. Einstein dijo al respecto de la obra: «es maravilloso que un hombre sea capaz de alcanzar tal grado de certeza y pureza haciendo uso exclusivo de su pensamiento».

El paradigma de Euclides sirvió como inspiración y modelo a grandes pensadores durante los siglos siguientes: a Newton para la formulación sus Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica, a Baruch Spinoza para la construcción de su Ética demostrada según el orden geométrico y a Thomas Hobbes para desarrollar su teoría de la sociedad:
«Hobbes se inició en el pensamiento científico a los cuarenta años al toparse con un ejemplar de Elementos, de Euclides, en casa de un amigo y dar con un teorema que no logró comprender hasta que leyó los postulados y las definiciones precedentes. En uno de esos relámpagos de intuición tan significativos en los anales de la ciencia, empezó a aplicar la lógica geométrica a la teoría social y, al igual que Euclides fundó la geometría, fundó una ciencia de la sociedad, cosa que hizo a partir de un primer principio según el cual el universo está compuesto de materia en movimiento.»
Sin embargo, ni Spinoza ni Hobbes tuvieron tanto éxito como Euclides. Si bien sus obras han resistido la prueba del tiempo y han llegado hasta nosotros sus conclusiones distan mucho de ser tan universales o incontrovertibles como las de Euclides. Ello es debido, al menos en parte, a que fuera de las matemáticas es muy difícil seguir un proceso deductivo que alumbre conclusiones incuestionables, pues las verdades autoevidentes escasean y nuestro conocimiento del conjunto es incompleto (a menudo más de lo que creemos). Incluso los físicos teóricos necesitan a menudo del trabajo de los físicos experimentales para confirmar sus teorías, como cuando Eddington dirigió una expedición para confirmar la teoría de la relatividad de Einstein en 1919, o como ha ocurrido con el LHC y el bosón de Higgs.

Thomas Henry Huxley, el biólogo inglés apodado el bulldog de Charles Darwin, definió como «la gran tragedia de la ciencia, el asesinato de una bella hipótesis por un hecho horrible». El cuerpo humano es una fuente inagotable de representaciones de dicha tragedia. En su momento mencionamos el razonamiento que llevaba a los pediatras a recomendar que los bebés durmieran boca arriba y que resultó fatal al aumentar el riesgo de muerte súbita. El tratamiento del cáncer también ha conocido multitud de teorías que sonaban muy bien en teoría pero que no han resultado en la práctica. Tomemos, verbigracia, la idea alumbrada por Judah Folkman hace más de treinta años. Según cuenta Nassim Taleb:
«There was at some point a great deal of excitement about the work of Judah Folkman, who [...] believed that one could cure cancer by choking the blood supply (tumors require nutrition and tend to create new blood vessels, what is called neovascularization). The idea looked impeccable on paper, but, about a decade and a half later, it appears that the only significant result we got was completely outside cancer, in the mitigation of macular degeneration.»
Es algo que ocurre a menudo con los medicamentos: se diseña una molécula siguiendo una impecable línea de razonamiento bioquímico para una enfermedad dada y al final se muestra más eficaz con otra afección no relacionada para la que acaba siendo prescrita (lo que se conoce como drug repurposing). Un ejemplo conocido de ello es la Viagra, cuyo principio activo (sildenafil) fue diseñado para tratar la hipertensión.

También en las ciencias sociales encontramos multitud de ejemplos de líneas de razonamiento que, por plausibles que parecieran a priori, no desembocaron en las consecuencias predichas (al menos en la forma en que se formularon inicialmente). Algunos de dichos ejemplos son sobradamente conocidos: la predicción en 1798 de Robert Malthus según la cual el crecimiento demográfico condenaría a la existencia humana a una «lucha perpetua por el alimento y el cobijo»; la revolución obrera que según Karl Marx iba a acabar con el capitalismo; la advertencia realizada en 1968 por Paul Erlich de que la «bomba demográfica» desencadenaría en grandes hambrunas. Y sigue así la cosa. En psicología, el conductista J. B. Watson proclamó a principios del siglo XX:
«Dadme una docena de niños sanos, bien formados, y el ambiente específico adecuado para educarlos, y me comprometo a tomar al azar cualquiera de ellos y adiestrarlo para hacer de él el tipo de especialista que yo elija –médico, abogado, artista, negociante, e incluso mendigo y ladrón–, sin tener en cuenta sus talentos, tendencias, habilidades, vocaciones y raza de sus antepasados.»
Pero quien se lleva la palma en lo que a deducciones fallidas se refiere es, desde mi punto de vista, la economía. Acaso sea esta la disciplina que más ha tratado de emular a Euclides y más veces se ha estrellado. Los trabajos académicos de economía rebosan de formalismos matemáticos, teorías fundamentales y modelos que han hecho aguas con terribles consecuencias a nivel mundial (agentes económicos racionales, CAPM y valoración de opciones Black-Scholes-Merton por citar solo unos cuantos). Cuenta Emanuel Derman que cuando comenzó a trabajar en Wall Street después de abandonar su carrera en física teórica encontró que las matemáticas económicas eran tan formales como poco fiables en la práctica:
«The mathematics of economics is so much more formal than the mathematics of physics textbooks-much of it reads like Euclid or set theory, replete with axioms, theorems, and lemmas. You would think that all this formality would produce precision. And yet, compared with physics, economics has so little explanatory or predictive power. Everything looks suspect; questions abound.»

Continuará

lunes, 21 de abril de 2014

No hay mayor ciego

A primera vista cabría pensar que el remedio para la ilusión de conocimiento sería poner a prueba nuestro saber y, en caso de detectar lagunas o errores, aprender los hechos. Puede que eso funcione con seres lógicos y racionales pero desde luego no sirve con seres humanos. Recuerdo un desayuno en la oficina, hace ya algún tiempo, en el que comenté que, generalmente, las mujeres toleran peor el dolor que los hombres. No estaba expresando una creencia sino algo que había leído en un libro escrito por el cirujano Atul Gawande. A la única chica allí presente (que defendía la tesis contraria) aquello no le gustó, y me espetó una frase que a menudo me viene a la mente: «cómo tengo que decirte que no te creas todo lo que pone en los libros esos que lees». Rememoré esta escena allá por noviembre cuando encontré la misma información en otro libro «de esos que leo». En The Sports Gene David Epstein escribe:
Foto de troita_<><

«The idea that women are more pain tolerant than men because they go through childbirth is a myth contradicted by every study done on the topic. Women are more sensitive to pain and much more likely to be chronic pain patients. Women do, however, become less sensitive to pain as they approach childbirth.»
Es fácil encontrar algunos de esos estudios con una búsqueda simple en Google Scholar, si bien las razones de tal diferencia no parecen estar claras todavía (puede deberse a diferencias biológicas, culturales o psicológicas). En cualquier caso, los datos de los que disponemos actualmente muestran que, por lo general, las mujeres son más sensibles al dolor excepto durante las últimas semanas de embarazo.

En 1985 Amos Tversky, junto con sus estudiantes Thomas Gilovich y Robert Vallone demostraron que no existe tal cosa como un jugador «en racha» en el baloncesto, esto es, el acierto o fallo en el lanzamiento de un tiro libre no depende de si el anterior entró o no:
«In basketball, as in many sports, a player having consecutive successes is said to be on fire, and everyone involved – the player himself, his opponent, his teammates, fans and referees – can feel in their bones that he is on a hot streak. Gilovich et al.’s numbers proved that this feeling is simply and absolutely dead wrong. In fact the streaks that shooters have during games or in practice are identical to the sequences that arise based simply on the player’s average rate of making baskets. So, for a player who hits 50 per cent of his shots, his pattern of makes and misses will be identical to the runs of heads and tails that arise when flipping a coin.»
La respuesta de los aficionados y los profesionales de ese deporte a su trabajo fue de incredulidad y de encogimiento de hombros en general (ibídem):
«Even though the research is straightforward and the findings have been replicated a number of times, the paper created a furore in basketball circles – everyone who’s anyone just ‘knows’ that guys ‘get into a rhythm’ – and the paper’s findings continue to be debated by sports fans and analysts the world over. People just did not want to believe the study’s results.
Gilovich is sanguine about the reception his work received, even from basketball greats like Red Auerbach. Auerbach, voted the greatest coach in NBA history and an icon for the team Gilovich supports, the Boston Celtics, was unimpressed with the study. ‘So he made a study,’ he replied laconically. ‘I couldn’t care less.»
Por su parte, Richard Thaler y Daniel Kahneman mostraron que inversores y asesores financieros son víctimas de la ilusión de competencia: sus buenos o malos resultados son fruto del azar, no de su destreza. Así describe Kahneman lo que ocurrió (mejor dicho, lo que no ocurrió) tras presentar sus conclusiones a la firma financiera cuyos datos había analizado:
«Our message to the executives was that, at least when it came to building portfolios, the firm was rewarding luck as if it were skill. This should have been shocking news to them, but it was not. There was no sign that they disbelieved us. How could they? After all, we had analyzed their own results, and they were sophisticated enough to see the implications, which we politely refrained from spelling out. We all went on calmly with our dinner, and I have no doubt that both our findings and their implications were quickly swept under the rug and that life in the firm went on just as before. The illusion of skill is not only an individual aberration; it is deeply ingrained in the culture of the industry. »
Gilovich, Thaler y Kahneman fueron recibidos con indiferencia, aunque podía haber sido peor. Según una leyenda Pitágoras, el ilustre matemático que describió el universo en términos de números racionales, condenó a morir ahogado a su discípulo Hippasus de Metaponto tras haberle mostrado este el número irracional √2. «El padre de la lógica y del método científico» –escribe Simon Singh–, «recurrió a la fuerza antes que admitir que estaba equivocado».

La historia de la ciencia está plagada de ejemplos de esa resistencia humana a aceptar los hechos contrarios al credo personal o la doctrina común. Cuentan que el filósofo Giulio Libri se negó a mirar por el telescopio de Galileo por una cuestión de principios. En aquel tiempo los aristotélicos se negaban a aceptar que lo que se veía a través del telescopio fuera real, imaginándose que eran artefactos producidos por las lentes. También la Iglesia católica había definido su cosmología a partir de un conjunto de axiomas y, por tanto, determinado de antemano que lo que se veía a través de ese aparato no existía en realidad. Todos sabemos cómo acabó Galileo. Varios siglos después el astrónomo inglés Fred Hoyle, quien acuñó sin querer el término Big Bang, murió en 2001 sin haber aceptado dicha teoría, sosteniendo en su lugar la validez de sus teorías alternativas del Estado Estacionario y, posteriormente, el Estado Casi-Estacionario. Así pues, incluso para los científicos, cuya honestidad intelectual se da por supuesta, es difícil cambiar de paradigma. Como decía Max Planck «una importante innovación científica raramente se impone convenciendo gradualmente y convirtiendo a sus oponentes: no sucede muchas veces que Saulo se convierte en Pablo. Lo que sucede es que sus oponentes se van muriendo poco a poco y que la nueva generación se va familiarizando desde el principio con las nuevas ideas».

Si ese es el panorama para científicos de sobradas capacidades intelectuales imagínense lo que ocurre con quienes no nos dedicamos a la ciencia. Es una cuestión de higiene mental el no creer a pies juntillas lo que cualquiera publica en internet, lo que pone en un libro, lo que dice un solo número estadístico o la conclusión de un estudio aislado. Pero hay una gran diferencia entre el sano escepticismo intelectual y el hacer caso omiso de los hechos que no encajan con nuestra visión del mundo. El problema es que, según nos alejamos de la certeza matemática, cuyos teoremas demostrados son ciertos hasta el fin de los tiempos, y nos acercamos a campos del saber donde los hechos se definen según la cantidad de pruebas a favor (o ausencia de pruebas en contra), cada vez es más fácil dar con justificaciones plausibles que disminuyan el peso de la evidencia, o encontrar datos que sostengan la postura contraria. Como bien dice Jonathan Haidt:
«[F]or nonscientists, there is no such thing as a study you must believe. It’s always possible to question the methods, find an alternative interpretation of the data, or, if all else fails, question the honesty or ideology of the researchers. And now that we all have access to search engines on our cell phones, we can call up a team of supportive scientists for almost any conclusion twenty-four hours a day. Whatever you want to believe about the causes of global warming or whether a fetus can feel pain, just Google your belief. You’ll find partisan websites summarizing and sometimes distorting relevant scientific studies. Science is a smorgasbord, and Google will guide you to the study that’s right for you.»
Sé que ninguna cantidad de estudios científicos perfectamente diseñados y ejecutados haría que mi prima se bajara del carro, algo que indicaba claramente el tono de indignación de su reproche. Cuando estamos seguros de tener razón y nos enfrentamos a pruebas contrarias a nuestro marco de creencias (ya sean convicciones sobre cómo es o cómo debería ser el mundo, ideas políticas, reglas morales o aquello que pensamos que sabemos), los marcos se mantienen y las pruebas se desechan (ibídem Kahneman):
«Facts that challenge such basic assumptions—and thereby threaten people’s livelihood and self-esteem—are simply not absorbed. The mind does not digest them. This is particularly true of statistical studies of performance, which provide base-rate information that people generally ignore when it clashes with their personal impressions from experience.»
El cerebro es, sin duda alguna, un órgano misterioso y maravilloso. Comienza a trabajar en el momento en que nos levantamos por la mañana y no se detiene hasta que nuestras creencias se ven amenazadas.

lunes, 14 de abril de 2014

Ilusos

Hoy les traigo un pequeño juego que no les tomará más de un minuto. De 1 a 7, donde 1 significa «no tengo ni idea» y 7 significa «tengo un conocimiento exhaustivo», valoren el conocimiento que tienen sobre cómo funciona una bicicleta. Tengan presente que no es necesario ser un mecánico experto para otorgarse un 7 (ese caso sería un 7++) y que lo que han de valorar es cuánto saben ustedes, no cuánto creen que saben comparados con otros. ¿Lo tienen? Ahora fíjense en el siguiente esquema:


Tomen una hoja de papel y traten de completar las partes que faltan: cuadro, pedales y cadena. Cuando hayan terminado pueden comparar el resultado con la imagen de una bicicleta real.

¿Qué tal les ha ido? Mi hermana ha dibujado una cadena que unía las dos ruedas y ha situado los pedales en la rueda delantera. Además ha pasado por alto las partes que faltan del cuadro. A mí me ha faltado dibujar la vaina inferior de la parte trasera del mismo, aunque he colocado correctamente cadena, pedales y el resto de la estructura. Después de haber pasado buena parte de mi adolescencia sobre un sillín pensaba que mi conocimiento era al menos un cinco, y aún así me he olvidado de una parte fundamental.

Esta tarea forma parte de un experimento ideado por la psicóloga británica Rebecca Lawson. En promedio, las personas que participaron en este estudio calificaron su nivel de conocimiento pre-test en 4,6. Aún así, más del 40% de ellos cometieron al menos un error.

Los psicólogos Christopher Chabris y Daniels Simons mencionan este estudio en su libro El gorila invisible para ilustrar lo que llaman «ilusión de conocimiento» (énfasis en el original):
«Sobre la base de nuestra amplia experiencia y familiaridad con las máquinas y herramientas comunes, solemos creer que tenemos una profunda comprensión de cómo funcionan. Invitamos al lector a que piense en cada uno de los siguientes objetos y que luego juzgue el conocimiento que tiene de ellos con la misma escala (de 1 a 7): un indicador de velocidad de un automóvil, una cremallera, la tecla de un piano, un inodoro, una cerradura cilíndrica, un helicóptero y una máquina de coser. Ahora, pruebe a hacer otra tarea: escoja el objeto al que le dio la mayor puntuación, el que cree que entiende mejor, y trate de explicar cómo funciona. Dé el tipo de explicación que le daría a un niño persistentemente inquisitivo –trate de generar una descripción detallada paso a paso de cómo y por qué funciona–. Es decir, intente dar cuenta de las conexiones causales entre cada paso.

[...] Antes de intentar realizar esta tarea, intuitivamente quizá pensaba que entendía cómo funcionaba un inodoro, pero lo que realmente entendía era cómo hacerlo funcionar –y es probable que supiera cómo desatascarlo–. Quizás entienda cómo interactúan sus diversas partes visibles y cómo se mueven en conjunto. Y, si ha estado mirando dentro de uno y jugando un poco con el mecanismo, su impresión de conocerlo es ilusoria: confunde saber lo
que ocurre con por qué sucede, y confunde su sentimiento de familiaridad con un conocimiento genuino.»
Chabris y Simons describen también el trabajo de Leon Rozenblit, quien llevó a cabo una serie de experimentos en los que preguntaba a alguien si sabía, verbigracia, por qué el cielo es azul, y después se comportaba como un niño pequeño, preguntando una y otra vez «¿por qué?» hasta que el sujeto se rendía (ibídem):
«El resultado inesperado de este experimento informal fue que las personas se daban por vencidas realmente muy rápido –respondían una o dos preguntas antes de llegar a un fallo en su conocimiento–. Más sorprendentes todavían eran sus reacciones cuando descubrían que de hecho no sabían algo.

Rozenblit estudió esta ilusión de conocimiento con más de una docena de experimentos durante los años siguientes, en los que hizo pruebas a personas de todas las profesiones y condiciones sociales [...], y los resultados fueron notablemente consistentes. No importa a quién se interrogue, siempre se llega a un punto en el que ya no se puede responder a algún porqué. Para la mayoría de nosotros, nuestro nivel de comprensión es tan superficial que podemos agotarlo después de la primera pregunta. Sabemos que hay una respuesta, y sentimos que la sabemos, pero parecemos no darnos cuenta de los errores de nuestro propio conocimiento.»
Dicen los autores antes mencionados que todos caemos presas de esta ilusión porque simplemente no reconocemos la necesidad de cuestionar nuestro propio conocimiento. Lo cierto es que son pocas las ocasiones en que nos molestamos en ponerlo a prueba. En mi caso, por ejemplo, y dada la naturaleza de mi trabajo, una de dichas escasas situaciones son las entrevistas de empleo (lo que es, a su vez, uno de los peores momentos para darse cuenta de que no sabemos la respuesta). También tengo una compañera que es como una niña pequeña y no para de preguntarme por qué sé lo que sé. Fuera del trabajo lo más parecido a una búsqueda del porqué es la búsqueda de referencias para los artículos de este blog. Al margen de esos casos concretos yo tampoco tengo por costumbre aplicar la duda cartesiana sobre todo lo que sé.

Al igual que no solemos examinar la profundidad de nuestra competencia tampoco es habitual que dudemos de la exactitud, actualidad o veracidad de nuestro saber teórico (lo cual es un tanto paradójico, ya que los errores pueden costarnos la salud o nuestro dinero). Considere la siguiente pregunta: ¿qué tiene más cafeína, el té o el café? Independientemente de la respuesta que haya dado ¿cómo lo sabe? ¿Recuerda la fuente donde lo leyó, o la persona que se lo dijo? Si se lo dijo alguien que no era una autoridad en la materia ¿comprobó si era cierto? Eso es algo que a menudo no hacemos cuando hablamos con alguien de un tema que desconocemos: simplemente damos por bueno el conocimiento del otro, aún cuando no sea un experto y no sepamos si lo ha obtenido de una fuente fiable. Esa es, supongo, una de las razones por las que perduran las leyendas urbanas, los mitos, las ideas falsas y los conceptos erróneos. Debido a ello albergamos y diseminamos multitud de creencias erróneas sobre los más diversos temas –algunas más absurdas que otras–, como esa sandez de que solo utilizamos un diez por ciento del cerebro.

La respuesta a la pregunta de la cafeína, por cierto, tiene un poco de truco. Tal como explica Anahad O'Connor, depende de si estamos considerando una cantidad determinada de materia prima o una taza de infusión:
«En comparación, el té tiene más cafeína que el café. Pero mientras que con cien gramos de hojas de té se obtienen cientos de tazas, con la misma cantidad de café se obtienen muchas menos tazas de café, lo cual hace de éste un estimulante muchísimo más potente.
Según la mezcla de hojas de té, su tipo y el tiempo de la infusión, una taza de té de 200 mililitros puede contener de 20 a 90 miligramos de cafeína, mientras que una taza de café del mismo tamaño, de 60 a 180.»
Esta semana he podido asistir a una masiva demostración de la ilusión de conocimiento gracias al bug bautizado como Heartbleed. A pesar de trabajar en el sector y formar parte de la industria que se dedica a desplegar medidas para mitigar este tipo de errores, muy pocos compañeros podían explicar en qué consistía exactamente y por qué era tan serio; incluso mi jefe tuvo que pedir ayuda para poder responder a las preguntas de los periodistas. A menudo es necesario un periodista, un niño pequeño, una entrevista de trabajo, un examen o una partida de Triviados para darnos cuenta de lo poco que sabemos en realidad.

lunes, 7 de abril de 2014

Así es como vivimos

Andábamos por la cafetería y en varias mesas se discutía lo acontecido en las manifestaciones del pasado 22 de Marzo. Pasando al lado de una de esas mesas oí a un tipo afirmar casi a gritos que «el problema es que siempre hay cuatro perroflautas de los cojones». Su lenguaje corporal (puños en la cadera, echado hacia delante sobre la mesa, presto para levantarse a la menor provocación) indicaba que no estaba por la labor de que alguien le contradijera. Me estaba alejando de su sitio, así que no pude escuchar su conclusión, pero tampoco era necesario. «Cuatro perroflautas de los cojones». Es todo lo que necesitaba saber.

Foto de maxf
La noche del sábado estuve siguiendo el transcurso de la manifestación vía Twitter. Para cuando empezaron los palos las aguas ya se habían separado. A un lado estaban quienes subían o retuiteaban fotos de aquellos que habían sido heridos por la policía, echando pestes del cuerpo. Al otro lado se hallaban los que ponían el grito en el cielo por las marquesinas de autobús rotas y la cifra en constante aumento de policías lastimados. Ambos bandos se encontraban mutuamente en largos hilos de reproches e insultos mutuos. Como de costumbre, todo el mundo tenía la razón.


En los últimos artículos hemos estado hablando de cómo siempre tratamos de persuadir a los demás, y de cómo defendemos con vehemencia posturas que no tienen justificación racional alguna, como nuestra serie favorita. Vimos que las preferencias se basan en gustos, no en razones, pero que cuando nos preguntan por las primeras podemos ofrecer un florilegio de estas últimas, lo que nos confunde y nos hace pensar que en verdad hay razones objetivas que sustenten nuestra elección. Lamentablemente, exhibimos el mismo comportamiento en asuntos de cierta enjundia, como la política o la ética. Considere las siguientes cuestiones. ¿Deben pagar más impuestos los más ricos? ¿Debería legalizarse la marihuana? ¿Y el aborto? ¿Las personas que contraten un seguro de salud privado deben recibir un descuento en sus impuestos? ¿Deberían prohibirse las corridas de toros? ¿Los movimientos migratorios deben facilitarse o impedirse? ¿El uso público del burka y el niqab debe prohibirse? ¿La autoridad debe respetarse o cuestionarse? ¿Debe el gobierno ayudar a los desfavorecidos o limitarse a asegurar el cumplimiento de la ley? ¿Es legítimo emplear la violencia en algún caso? ¿Los símbolos religiosos deben salir de las escuelas públicas? ¿Está a favor o en contra de la pena de muerte?

Seguramente ha podido responder a todos estos interrogantes en un breve lapso de tiempo. Lo importante aquí no son las respuestas en sí, sino el proceso que le ha llevado a ellas. ¿A cuántas ha respondido «sí» o «no»? ¿Cuántas veces ha pensado «depende»? ¿En algún caso se ha dicho «no lo sé, nunca he pensado sobre eso»? Son preguntas difíciles, con muchos matices posibles y ramificaciones invisibles al primer vistazo. Según Kahneman, cuando nos enfrentamos a preguntas de tal calibre normalmente respondemos –sin darnos cuenta– a una pregunta más fácil, un proceso llamado sustitución:
«[Paul] Slovic eventually developed the notion of an affect heuristic, in which people make judgments and decisions by consulting their emotions: Do I like it? Do I hate it? How strongly do I feel about it? In many domains of life, Slovic said, people form opinions and make choices that directly express their feelings and their basic tendency to approach or avoid, often without knowing that they are doing so. The affect heuristic is an instance of substitution, in which the answer to an easy question (How do I feel about it?) serves as an answer to a much harder question (What do I think about it?)»
Por ello, a menudo nuestro juicio es en realidad un juicio emocional. Tal como explica Daniel Goleman (el énfasis es mío):
«Las reglas de decisión derivadas de nuestra experiencia vital se basan en las redes neuronales subcorticales que recopilan, almacenan y aplican algoritmos a cada uno de los acontecimientos vitales y establecen el rumbo de nuestro timón interior. En esas regiones subcorticales, escasamente conectadas con las áreas verbales del neocórtex, aunque mucho más con las vísceras, guarda el cerebro nuestras sensaciones más profundas de propósito y significado. Conocemos nuestros valores partiendo de la sensación visceral de lo que nos parece adecuado e inadecuado y articulando luego ese sentimiento
Los experimentos de psicología social y las técnicas de imagen cerebral han venido a demostrar algo que David Hume (y otros antes qué él) ya denunciaron: formamos nuestros juicios morales de forma rápida y emocional. En un célebre pasaje de su Tratado de la naturaleza humana el filósofo escocés observó:
«Tomemos una acción que se estima ser viciosa: el asesinato intencional, por ejemplo. Examinémoslo en todos sus aspectos y veamos si se puede hallar algún hecho o existencia real que se llame vicio. De cualquier modo que se le considere, sólo se hallan ciertas pasiones, motivos, voliciones y pensamientos. No existen otros fenómenos en este caso. El vicio nos escapa enteramente mientras se le considere como un objeto. No se le puede hallar hasta que se dirige la reflexión hacia el propio pecho y se halla un sentimiento de censura que surge en nosotros con respecto a la acción. Aquí existe un hecho; pero es objeto del sentimiento, no de la razón. Está en nosotros mismos, no en el objeto. Así, cuando se declara una acción o carácter vicioso no se quiere decir sino que por la constitución de nuestra naturaleza experimentamos un sentimiento o afección de censura ante la contemplación de aquél. El vicio y la virtud, por consiguiente, pueden ser comparados con los sonidos, colores, calor y frío, que según la filosofía moderna no son cualidades en los objetos, sino percepciones en el espíritu, y este descubrimiento en moral, lo mismo que otros en la física, debe ser considerado como un avance considerable de las ciencias especulativas, aunque, lo mismo que éstas, no tiene o tiene poca influencia en la práctica. Nada puede ser más real o interesarnos más que nuestros propios sentimientos de placer y dolor, y si éstos son favorables a la virtud y desfavorables al vicio no puede ser requerido nada más para la regulación de nuestra conducta y vida.»
La defensa argumental subsiguiente con la que torturamos a los otros es más que nada una búsqueda post hoc de razones para justificar los juicios que ya hemos hecho, no una descripción del impecable razonamiento lógico que nos llevó a nuestra conclusión. En palabras de Michael Shermer:
«Rara vez alguno de nosotros se sienta ante una relación de hechos, sopesa los pros y los contras y opta por lo que parece más lógico y racional sin tener en cuenta lo que creíamos con anterioridad. Al contrario: los hechos del mundo nos llegan a través de los filtros coloreados de las teorías, las hipótesis, las corazonadas, las inclinaciones y los prejuicios que hemos ido acumulando al o largo de nuestra vida. Entonces revisamos el corpus de datos y escogemos los que confirman lo que ya creíamos, prescindiendo o desechando mediante racionalizaciones los que no nos cuadran.»
La mayor parte de nuestras creencias, pues, son fruto de la genética y el ambiente, de nuestro pasado y de nuestro entorno, exactamente igual que nuestros gustos. A menudo me pregunto si yo tendría ideas políticas y valores éticos diferentes de haber nacido en otra época, en otro país u otra clase social, si mi familia estuviera formada por ricos empresarios en lugar de gente llana trabajadora. Sospecho que la respuesta es «sí». El ejemplo más palpable es cómo afecta la edad a nuestro marco de creencias, proceso que Churchill resumió en el aforismo «quien a los veinte años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los cuarenta lo siga siendo, no tiene cabeza». En este punto no puedo resistirme a traer de nuevo a colación esa cita de Ortega y Gasset a la que ya recurrí en otro contexto:
«Cada cual cree vivir por su cuenta, en virtud de razones que supone personalísimas. Pero el hecho es que bajo esa superficie de nuestra conciencia actúan las grandes fuerzas anónimas, los poderosos alisios de la historia, soplos gigantes que nos movilizan a su capricho.»
En David y Goliat Malcolm Gladwell cuenta la historia de Wilma Derksen, una mujer cuya hija fue asesinada. En el funeral recibió la visita de un hombre cuya hija también había muerto a manos de un indeseable. Este visitante anónimo le contó cómo había sacrificado todo en su búsqueda de justicia: su familia, su trabajo, su salud... Por su parte Wilma, que como menonita había sido criada en el pacifismo, combatió todo instinto de venganza y renunció incluso a la búsqueda del asesino. «Toda la filosofía menonita se resume en que hay que perdonar y no guardar rencor», le dice al periodista. Su comportamiento era reflejo del de su padre, quien en su momento decidió no demandar a alguien que le debía mucho dinero, optando en su lugar por olvidarse del tema. La respuesta del padre resume perfectamente lo que he tratado de expresar aquí: «eso es en lo que creo, y así es como vivimos».

lunes, 24 de marzo de 2014

Papá, ¿por qué somos del Atleti?

En el año 2000, tras el descenso del club a segunda división, el Atlético de Madrid lanzó una campaña publicitaria en la que un niño le preguntaba a su padre «Papá, ¿por qué somos del Atleti?», a lo que el progenitor no atinaba a responder, guardando silencio. «No es fácil de explicar. Pero es algo muy, muy grande» era el título del anuncio.

Foto de Kathleen Tyler Conklin
Si leen los comentarios del vídeo verán, como era de esperar, la típica discusión entre hinchas del Atleti y aficionados de otros equipos. Si leen los de cualquier vídeo de Los Simpson encontrarán el absurdo debate sobre si el doblaje de la serie es mejor en español de España o en español latino. Otro tanto ocurre con las canciones que abrían las series de la infancia de nuestra generación, cuya mejor versión siempre coincide con la que uno escuchó en su infancia (o la versión original en japonés, si procede), mientras que las demás son basura.

Estas discusiones están por todas partes. Allí donde haya más de una opción siempre hay bandos enfrentados dispuestos a informarnos de por qué el suyo es el mejor, a menudo con dos extremos reconocibles que aglutinan el grueso de opiniones. Cola-cao o Nesquik, Coca-cola o Pepsi, carne o pescado, tortilla de patatas con cebolla o sin cebolla, cerveza o vino, coches o motos, F. C. Barcelona o Real Madrid, Apple o Android, rap o ballet, Breaking Bad o The Wire. Precisamente al hilo de esta última se preguntaba Luis Tarrafeta a santo de qué discutimos con tanta pasión sobre asuntos tan triviales:
«Tengo mis comentarios respecto al “por qué”, pero el fenómeno es innegable. Nos hemos vuelto tan identitarios con nuestros gustos que hay incluso quien se ofende cuando no se comparten. O cuando se atacan, si lo preferís ver así, pero… aun con todo, ¿no es raro?
Es raro que pase cuando, como todo el mundo sabe (?), para gustos están hechos los colores.»
Nótese que la defensa partisana de las preferencias propias es de vieja data. Ya a principios del siglo XX José Ortega y Gasset incluyó esta característica en la estructura psicológica de lo que llamó el hombre-masa:
«[E]l hombre que analizamos se habitúa a no apelar de si mismo a ninguna instancia fuera de él. Está satisfecho tal y como es. Igualmente, sin necesidad de ser vano, como lo más natural del mundo, tenderá a afirmar y dar por bueno cuanto en sí halla: opiniones, apetitos, preferencias o gustos.»
Hace poco vimos que parece formar parte de la naturaleza humana esa disposición de los hombres a imponer a los demás como regla de conducta su opinión y sus gustos. También pienso, como Tarrafeta, que algo tienen que ver la afiliación y el reconocimiento, y que los gustos están relacionados con la propia identidad. Hay un concepto que los científicos sociales denominan «autoseñalización», cuya idea básica subyacente es que, pese a lo que solemos pensar, no tenemos una noción muy clara de quiénes somos. Según Dan Ariely:
«Por lo común creemos tener una visión privilegiada de nuestra personalidad y nuestras preferencias, aunque en realidad no nos conocemos muy bien (desde luego no tan bien como imaginamos). En vez de ello, nos observamos igual que observamos y juzgamos las acciones de otras personas —deduciendo de nuestras acciones quiénes somos y lo que nos gusta.
Por ejemplo, supongamos que vemos a un mendigo por la calle. En lugar de ignorarlo o darle dinero, decidimos comprarle un bocadillo. La acción en sí misma no define quiénes somos, la moralidad o el carácter, pero interpretamos el hecho como prueba de nuestra personalidad generosa y compasiva. Ahora, provistos de esta información «nueva», empezamos a creer más intensamente en nuestra benevolencia. Así funciona la autoseñalización.»
Escuchas un tipo de música, eliges una clase de ropa, ves cierto género de televisión, acudes a unos restaurantes concretos y ¡voilá! Eres rapero, indie, metalero, gótico, hipster o nada de lo anterior. De nuestras elecciones deducimos quiénes somos y lo que nos gusta. Si esa afirmación es cierta, entonces los gustos de una persona pueden decirnos cómo es de la misma manera que se lo dicen a ella misma.

En la mayoría de los casos, sencillamente elegimos A porque nos gusta más que B; nuestra aprobación o desaprobación se halla implicada en el placer que nos producen. Sin embargo, cuando alguien nos pregunta por qué preferimos A siempre podemos dar con alguna justificación aparentemente racional. De acuerdo con Kahneman el sistema encargado de dichas racionalizaciones es también el que da lugar a nuestra identidad, a quién creemos que somos:
«The attentive System 2 is who we think we are. System 2 articulates judgments and makes choices, but it often endorses or rationalizes ideas and feelings that were generated by System 1. You may not know that you are optimistic about a project because something about its leader reminds you of your beloved sister, or that you dislike a person who looks vaguely like your dentist. If asked for an explanation, however, you will search your memory for presentable reasons and will certainly find some. Moreover, you will believe the story you make up.»
Así pues, aquello que Gazzaniga llama «el intérprete» no solo tiene justificaciones para nuestros actos, sino también para nuestras preferencias.

Dar razones de nuestras preferencias a menudo es un tanto absurdo. Uno no determina sus gustos culinarios, verbigracia, tras un análisis racional de las opciones disponibles; si ese fuera el caso sería razonable pensar que nos preocuparíamos en hacer que nos guste aquello que más nos conviene, es decir, lo más sano. Pero nadie se levanta diciendo: «hoy me va a gustar el brécol», como mucho podrá cubrirlo de bechamel para hacerlo llevadero. Gustos y racionalidad se sitúan en planos separados, si bien tendemos a entremezclarlos y formar una cadena causal que no tiene sentido. Como dice Julian Biaggini:
«Preferir el vino tinto al blanco no es irracional, pero tampoco racional. La preferencia no se basa en razones, sino en gustos.»
De manera que el silencio del padre es ciertamente la respuesta más honesta a la pregunta que da título a esta entrada.

lunes, 10 de marzo de 2014

Tener razón

El arte de tener razón es un pequeño tratado inconcluso escrito por Arthur Schopenhauer y publicado póstumamente en el que el célebre filósofo recogió treinta y ocho estratagemas que uno puede utilizar en sus discusiones para hacer prevalecer su propia opinión. Algunas de ellas son, según palabras del autor, «golpes desleales»: para Schopenhauer la dialéctica es «el arte de hacer que lo que se ha enunciado pase por verdadero», una «esgrima intelectual para tener razón en las discusiones» que nada tiene que ver con la búsqueda de la verdad objetiva. Como sucede en una riña espada en mano aquí no importa qué contendiente tenga efectivamente la razón, sino quién gana. Y si para vencer son necesarias arteras maniobras de dudosa probidad, adelante con ellas.
Foto de Global X

Schopenhauer captó y describió con maestría uno de esos vicios tan molestos y tan arraigados en la naturaleza humana: nos encanta tener razón. Independientemente de que creamos o no que estamos en lo cierto, y al margen incluso de que la tesis que sostenemos nos perjudique, defendemos nuestros puntos de vista con uñas y dientes:
«si fuésemos honestos por naturaleza, intentaríamos simplemente que la verdad saliese a la luz en todo debate, sin preocuparnos en absoluto de si ésta se adapta a la opinión que previamente mantuvimos, o a la del otro; eso sería indiferente o en cualquier caso, algo muy secundario. Pero ahora es lo principal. La vanidad innata, que tan susceptible se muestra en lo que respecta a nuestra capacidad intelectual, no se resigna a aceptar que aquello que primero formulamos resulte ser falso, y verdadero lo del adversario. Tras esto, cada cual no tendría otra cosa que hacer más que esforzase por juzgar rectamente, para lo que primero tendría que pensar y luego hablar. Pero junto a la vanidad natural también se hermanan, en la mayor parte de los seres humanos, la charlatanería y la innata improbidad. Hablan antes de haber pensado y aun cuando en su fuero interno se dan cuenta de que su afirmación es falsa y que no tienen razón, debe parecer, sin embargo, como si fuese lo contrario. El interés por la verdad, que por lo general muy bien pudo ser el único motivo al formular la supuesta tesis verdadera, se inclina ahora del todo al interés de la vanidad: lo verdadero debe parecer falso y lo falso verdadero.»
Robert Burton sugiere que esa necesidad de llevar razón puede estar relacionada con el sistema dopaminérgico. Según esta línea de razonamiento cuando ganamos una discusión recibimos una recompensa en forma de liberación de dopamina, igual que si hubiéramos obtenido una victoria en un combate físico u otro tipo de victoria simbólica (como la de nuestro equipo de fútbol). Como es habitual, cuando se trata de dopamina siempre queremos más, de manera que en el siguiente debate buscaremos de nuevo esa sensación tan reconfortante aunque ello suponga llevarnos por delante nuestra integridad intelectual o hacer la vista gorda frente a nuestra hipocresía:
«once established, emotional habits and patterns and expectations of behavioral rewards are difficult to fully eradicate. This same argument applies to thoughts. Once firmly established, a neural network that links a thought and the feeling of correctness is not easily undone. An idea know to be wrong continues to feel correct. Witness the Challenger study student's comment, the geologist who accepts the overwhelming evidence of evolution, yet continues to believe in creationism, or the patient who continues to believe that his sham surgery repaired his knee.»
Burton se pregunta si algunas personas llegan a convertirse en esclavas del circuito de recompensa y son adictas a tener razón igual que hay personas adictas al juego:
«We all know others (never ourselves) who go out of their way to prove a point, seem to derive more pleasure from final answers than ongoing questions, and want definitive one-stop-shopping resolutions to complex social problems and unambiguous endings to movies and novels. In being constantly on the lockout for the last word, they often appear as compelled and driven as the worst of addicts. And perhaps they are. Might the know-it-all personality trait be seen as an addiction to the pleasure of the feeling of knowing?»
Dejo al criterio del lector la evaluación sobre la idoneidad de estas explicaciones fisiológicas. Lo que trato de poner de relieve aquí es ese impulso innato de hacer prevalecer nuestro punto de vista.

Todos sabemos lo estéril que es discutir sobre religión, política, economía o fútbol. Estas conversaciones consisten principalmente en hablar a gritos, verter la ponzoña partidista y excitar las disensiones de parecer. ¿Alguna vez han presenciado un debate sobre alguno de esos temas que terminara en alguien adoptando el punto de vista contrario? Mercier y Sperber llevaron a cabo un estudio en el que concluían, tras analizar varios experimentos, que el propósito de las discusiones no es arribar a la verdad, sino convencer a otros. De hecho, al parecer se nos da mejor forjar argumentos en un contexto social, es decir, cuando hay alguien a quien persuadir que cuando tenemos que justificarnos únicamente ante nosotros mismos. Nos gusta tanto tener razón que a veces tomamos decisiones que no son las mejores desde un punto de vista objetivo, todo con tal de mantenernos en nuestros trece. Además, pretendemos que el resto de personas piensen como nosotros:
«Skilled arguers [...] are not after the truth but after arguments supporting their views. This explains the notorious confirmation bias. This bias is apparent not only when people are actually arguing, but also when they are reasoning proactively from the perspective of having to defend their opinions. Reasoning so motivated can distort evaluations and attitudes and allow erroneous beliefs to persist. Proactively used reasoning also favors decisions that are easy to justify but not necessarily better.»

«Some of the evidence reviewed here shows not only that reasoning falls short of delivering rational beliefs and rational decisions reliably, but also that, in a variety of cases, it may even be detrimental to rationality. Reasoning can lead to poor outcomes not because humans are bad at it but because they systematically look for arguments to justify their beliefs or their actions.»

«People who have an opinion to defend don’t really evaluate the arguments of their interlocutors in a search for genuine information but rather consider them from the start as counterarguments to be rebutted»
He aquí, pues, otro gran obstáculo en la práctica de la inteligencia emocional. En aquel artículo sobre el tema dirigí el foco al problema que supone para algunas personas dejar a un lado las emociones cuando tratan de resolver un conflicto interpersonal. Sumémosle a ello lo explicado hasta ahora: nuestra tendencia a confirmar lo que ya creemos, a imponer nuestra opinión cuando pensamos que tenemos razón, y nuestra reticencia a recular cuando sabemos que no la tenemos. El cóctel perfecto para no ponernos nunca de acuerdo. Si alguien piensa, por ejemplo, que le odiamos, que actuamos de mala fe o que estamos tratando de perjudicarle ninguna discusión va a convencerle de lo contrario. Tengo la impresión de que las desavenencias se superan porque se olvidan y se dejan atrás, no porque se llegue a un entendimiento mutuo o alguien reconozca que estaba equivocado. Eso solo ocurre en las series de televisión.

Si no son demasiado jóvenes tal vez recuerdan el póster que tenía Mulder, el protagonista de la serie Expediente X, en su despacho. Era la imagen de un OVNI con la frase «I want to believe». Carl Sagan afirmó con tino que no podemos convencer a un creyente de nada porque su creencia (o, más en general, su marco, la estructura mental que conforma su modo de ver el mundo) no se basa en pruebas, sino en una profunda necesidad de creer. «Cuando los hechos no encajan en los marcos» —escribe Lakoff en su libro sobre discurso político—, «los marcos se mantienen y los hechos se ignoran». Y, aunque Sagan se refería a creyentes que profesaban alguna fe, el problema no se reduce a la religión. Sucede a diario en cualquier ámbito de la vida cotidiana.

Salimos de casa con las creencias puestas y nos mostramos resueltos a imponer nuestras opiniones, ya sea en persona o a través de internet. Mientras el otro habla no escuchamos realmente, sino que pensamos en contrargumentos con los que defender nuestra posición. Los datos en contra son soslayados o ninguneados. Y como los demás hacen lo mismo no queda otra que afear la conducta («te estás portando como un niño») o la gramática (típico de internet), o poner fin a la polémica con un ofendido «vale, lo que tú digas», «cada uno que saque sus propias conclusiones» (traducción: sois todos idiotas menos yo) o «no quiero hablar más de esto».

¿Tengo razón?

lunes, 3 de marzo de 2014

Una reseña

No es el tipo de libro que suelo leer, ni acostumbro a hacer reseñas de libros individuales. Así que hoy les traigo dos excepciones por el precio de una. La obra en cuestión se titula El dilema: 600 días de vértigo, de José Luis Rodríguez Zapatero. Sí, ese Zapatero. El expresidente del gobierno español. Ya. Lo sé.

Son varias las razones por las que me interesaba el libro. Cualquier presidente de gobierno es blanco fácil para la crítica, pues están muy expuestos y de alguna manera u otra siempre acaban metiendo la pata. Habitualmente la razón que suele aducirse para ello es, sencillamente, que son idiotas. Obviamente, en tanto que humanos eso es cierto; ya lo hemos hablado varias veces en este blog. Pero aunque los primeros ministros tengan un intelecto limitado lo cierto es que cuentan con amplios (a veces demasiado) equipos de expertos para asesorarles; es de esperar que los puntos ciegos intelectuales de unos se cancelen con los de otros. Así pues, me interesaba conocer las circunstancias, información disponible y los razonamientos que le llevaron a tomar las decisiones que tomó. A menudo, cuando se tienen todos los datos uno concluye que hubiera hecho lo mismo, o comprende que no había un curso de acción claro. Siempre es interesante conocer las explicaciones de alguien para sus actos, si bien (como también hemos discutido anteriormente) hemos de ser escépticos. Y no perdiendo de vista, claro está, que uno elige lo que desvela y lo cuenta según le es más favorable.

A las razones anteriores se suma la simple curiosidad morbosa de un servidor: me pregunto cómo serán en persona Obama, Merkel y demás estadistas, de qué hablarán en las reuniones que mantienen y en qué tono, etc. En este aspecto el autor no es que se prodigue. Lo más reseñable al respecto es la cena del G-20 que tuvo lugar en Cannes a principios de noviembre de 2011:
«La ofensiva para que, allí mismo, Italia aceptase una ayuda financiera del FMI, y ésta se anunciase al mundo, fue, en efecto, intensísima. Sarkozy, Merkel, Barroso, Van Rompuy y Obama, todos ellos, se emplearon a fondo. Los argumentos eran coincidentes, los estilos, los propios de la personalidad de cada uno de los líderes. Sarkozy, vehemente; Merkel, rocosa; Barroso, incisivo; Van Rompuy, frío; Obama, respetuoso pero firme.

[...] En el debate hubo momentos de tensión, serios reproches, invocaciones a la historia, hasta recordatorios cruzados del papel de los aliados tras la segunda guerra mundial… Palabras mayores, argumentos que tocaban la médula de cada país. Y es que a veces los líderes y los socios políticos de las democracias consolidadas son capaces de decirse las cosas de una forma que la opinión pública no podría imaginar. Sobre todo, si nos atenemos a las fotografías de familia al uso y a los discursos prefabricados. En ocasiones, se siente el vértigo de la historia, la gigantesca responsabilidad que supone gobernar. Y debo decir que, en general, aunque los debates sean crudos y la tensión muy elevada, se preserva el respeto.

En la cena hubo momentos de intensidad inolvidables. Me impresionó singularmente que en una fase de la discusión algunos líderes europeos llegaran a esgrimir los agravios producidos en la posguerra. Fue sólo un destello, pero por un momento parecía que la dramática división europea del siglo pasado aún proyectaba sus consecuencias.»
Siempre que un famoso publica un libro cabe preguntarse si realmente lo ha escrito aquel cuyo nombre figura en la portada o uno de esos «negros» que Ana Rosa hizo famosos. Por el estilo diría que, o bien el texto de verdad ha salido de manos del expresidente, o no había mucho dinero para invertir en «negros». No es ninguna joya de la literatura, si bien tampoco es lo peor que he leído (ese título lo disputan Robert Kiyosaki y Josef Ajram). Lo más insufrible es, por un lado, la corrección diplomática, tan artificial, a la hora de describir personajes y argumentos; y por otro, los numerosos párrafos de discurso político enlatado, típicos de los debates en el Congreso y las ruedas de prensa, pasajes inanes y vacíos de todo contenido. Cosas del talante, ya saben. No olvidemos que este hombre fue el que propuso una alianza de civilizaciones. Por momentos dan ganas de crujirle la taba para que espabile y hable como una persona normal.

Que Zapatero vive en su propia burbuja (como cualquier otro político, en cualquier caso) quedó claro cuando dijo aquello de que un café costaba ochenta céntimos. Al leer el libro uno percibe cuán lejos están estos prohombres de la realidad de aquellos a quienes gobiernan, quienes no se creen ni una palabra de lo que nos cuentan y para quienes las prioridades son tan distintas. Poco o nada interesa a quien ha perdido su empleo quién gana o pierde los debates con la oposición.

El libro se centra en cuatro fechas principales, en este orden: la crisis de deuda de 2010, la contracción del crédito de 2008, la crisis global de 2009 y la crisis griega de 2011. En cada capítulo Zapatero da cuenta de buena cantidad de datos económicos en los que sustentaba su optimismo (ese dichoso reduccionismo numérico que analizamos largo y tendido). Cuando el sistema financiero explotó en 2008, España contaba con un superávit que –pensaba el autor– sería colchón suficiente para sobrevivir el 2009. Cuando empezó la crisis de deuda soberana, el PIB había vuelto a crecer y el empleo caía a menor ritmo. La productividad por hora aumentaba. El porcentaje de personas cubiertas por prestaciones por desempleo ascendía. Y así siguiendo. Siempre tiene algo a lo que aferrarse, a pesar de que el paro se disparaba, igual que lo hacían la prima de riesgo, el déficit público y la deuda externa.

El mismo Zapatero reconocer ser un optimista y defiende ese rasgo de su carácter, asegurando que su gestión de la crisis en nada se vio afectada por ese sesgo:
«Es cierto que siempre he tenido una visión optimista de la realidad. Es mi forma de ser y de aproximarme a los demás. Siempre he percibido más virtudes que defectos en nuestra sociedad. [...] No ignoro que ese optimismo me ha costado críticas, ha podido percibirse como inoportuno cuando las cosas se torcían, y ha dado bazas a los adversarios para abundar en una determinada representación de mi personalidad política. En épocas de bonanza el optimismo es simplemente un rasgo de carácter. En épocas de crisis se percibe como un irritante defecto.

No sería sincero si no reconociese que mi optimismo se atemperó a medida que la crisis iba mostrando su virulencia. Así fue, así ha sido. Pero sigo abjurando de quienes usan el pesimismo como una imprescindible, y muchas veces cómoda, credencial del esfuerzo intelectual de aproximación a la realidad.»
Personalmente, la impresión que me queda tras haber leído el libro es la contraria. A cada paso de la crisis este hombre parece confiar demasiado en las buenas noticias. La sensación que transmite es que siempre es capaz de dar con buenos datos macroeconómicos que de algún modo haría que la crisis se resolviera con el tiempo, y que los datos malos eran temporales o de poca importancia. Casi en ningún momento se para a pensar en lo peor. Un buen ejemplo de esto es el sistema financiero de nuestro país. Los bancos españoles no estaban tan expuestos a los activos tóxicos como otros bancos europeos, por lo que no eran preocupantes para su gobierno. Si finalmente hubo que rescatar alguna caja tal como ocurrió fue, sostiene el expresidente, porque la crisis duró más de lo previsto. Esta incapacidad de contemplar escenarios mucho peores es típica del sesgo optimista. Mal que le pese al exjefe de gobierno el pesimismo es necesario, y más aún cuando uno es consciente de que cojea del lado contrario. «Espera lo mejor pero prepárate para lo peor». Desde mi punto de vista hacer lo primero y obviar lo segundo es una mala política.

Sus palabras también vienen a confirmar ese otro rasgo de personalidad que siempre ha destilado en público: la de ser un hombre sin sangre, de carácter algo débil. No parece ser un gran negociador, algo que estimo muy necesario en un cargo de sus características. Él mismo reconoce haberse quedado quieto y mudo en la cena del G-20 antes referida para tratar de pasar desapercibido y que no volvieran a insistirle en que España pidiera el rescate. La imagen que me evocó fue la de un estudiante cualquiera (todos lo hemos hecho) que mira con inusitada atención su libro y sus apuntes a sabiendas de que un cruce de miradas con el profesor puede significar salir a la pizarra a que te pregunten la lección. Uno espera una personalidad más fuerte de aquel a cargo del timón. Quizá otro gallo le cantaría a España de contar con presidentes capaces de mantener sus calzoncillos limpitos y los pantalones a la altura de la cintura.

«La crisis» escribe Zapatero «también ha puesto de manifiesto que la arquitectura de la UE, y en particular de la zona euro, adolecía de importantes defectos de concepción». Por lo que cuenta la Unión Europea parece reducirse en la práctica a Alemania y Francia junto al BCE, hasta el punto de que los primeros ministros de ambos países se reúnen por separado entre ellos antes de las crisis para definir la política a seguir:
«En el modelo político y económico de Unión Europea, Francia se sitúa más cerca de los países del sur. Pero, fiel a su pacto de reconciliación con Alemania tras la segunda guerra mundial, que dio lugar al nacimiento de la UE, mantiene siempre una fidelidad incuestionable con la potencia germánica. No recuerdo que en el seno del Consejo hubiese ningún momento de tensión dialéctica entre Merkel y Sarkozy, apenas algún chispazo ocasional.

Los dos llegaban a los Consejos con un esquema acordado de respuesta a cada situación. Y, cuando en el transcurso de los debates había que definir las posiciones para formular los acuerdos concretos, se reunían bilateralmente. Si algo se bloqueaba, los colaboradores de Merkel y Sarkozy, o ellos mismos, buscaban el punto de encuentro; a veces, con presencia del presidente del Consejo, del presidente de la Comisión e incluso del presidente del Banco Central.»
No les sorprenderá saber que esos dos países los de mayor PIB de la Eurozona en proporción al total. Quien tiene el dinero manda, como de costumbre.

Otro de los problemas que ha nos ha afeado esta crisis ha sido, concluye ya en el epílogo, la globalización y sus desequilibrios, en especial el mercado financiero global. Según Zapatero los mercados son presas fáciles del pánico, están motivados por objetivos a corto plazo y su información sobre un país está muy condicionada por la que aparece en los grandes medios de comunicación internacionales con prestigio en temas económicos. Además de eso el mercado permite que el dinero se puede mover de un lado a otro del planeta a gran velocidad dejando a un país sin financiación. Para una contrargumentación de todo ello pueden consultar el libro de Lacalle.

No hay que olvidar nunca, al comentar un texto, hacer referencia a las omisiones. Por el fenómeno «lo que ves es todo lo que hay» que ya vimos una discusión tiende a centrarse en lo que se dice. Los políticos lo saben instintivamente y solo hablan de lo que les interesa, dejando el resto bajo la alfombra; de ahí que sea importante sacar a colación cualquier otro tema relevante. En el caso que nos ocupa no hay, en las más de trescientas páginas, ni una sola referencia a los desahucios, la corrupción o a las propuestas de reforma del sistema político y las administraciones. El 15M, verbigracia, sale mencionado una vez, y de pasada.

Entre las curiosidades del libro me quedo con las citas extraídas de libros que también forman parte de mi biblioteca, como Pensar rápido, pensar despacio de Daniel Kahneman, El triunfo del dinero, de Niall Ferguson o Esta vez es distinto: ocho siglos de necedad financiera, de Rogoff y Reinhart. Me quedo también con la alusión al libro Rumorología. Cómo se difunden las falsedades, por qué nos las creemos y qué se puede hacer, de Cass R. Sunstein que no he leído pero parece interesante, y también es citado por Taleb en Antifrágil.

Este el primer libro que leo de este tipo (y quién sabe si el último) así que no tengo nada con qué compararlo, pero personalmente esperaba más detalle y menos discurso de rueda de prensa. La sensación final que deja tras su lectura no es nada halagüeña para el ciudadano de a pie: es evidente que esta gente está más preocupada por ganar el juego político en el que se hallan inmersos que en regir los asuntos públicos del Estado de forma conspicua.

lunes, 24 de febrero de 2014

Cantos de sirena

Avdi Grimm (no se preocupen si no les suena) publicó un interesante artículo sobre el actual evangelio de la pasión en las ofertas de trabajo del sector IT. No hay oferta hoy día en dicho sector que, estando escrita en inglés, no incluya la pasión entre los requisitos solicitados. Cuenta Avdi que para él el trabajo no es objeto de pasión, pues esta es una emoción reservada a cosas como la familia o causas como el hambre en el mundo. Te puede encantar programar, te puede gustar mucho lo que haces, puedes estar entusiasmado en tu día a día laboral pero «pasión» no es la palabra correcta para ello:
«is passion the right word for that? This is a word people use to describe the deepest desires of their hearts; things they would sacrifice and perhaps even die for. As I said in the original post, my enthusiasm for programming is tremendous, but compared to how I feel about giving my children a safe and fulfilling life it’s not even in the same category. One of those topics can bring me to tears, and it isn’t programming.»
Foto de Peat Bakke
Para Avdi decir que eres un apasionado de la programación suena tan raro y ridículo como si mi padre, camarero para más señas, dijera que es un apasionado del transporte de comida (incidentemente, el mensaje de estado que mi progenitor tiene puesto en WhatsApp es «Yo transporto comida»).

A muchos no se les escapa que cuando se habla de pasión en las ofertas de trabajo en realidad se está usando ese vocablo como eufemismo de «esperamos de usted que trabaje hasta caerse muerto». Es la última palabra que he visto unirse al glosario de términos sobreutilizados en el ámbito empresarial, allí donde los vocablos son pervertidos y pierden su significado para convertirse en transporte de simple y llana verborrea. Trabajo en equipo, carrera, sinergia, proactividad, valor añadido... términos que, como decía Lázaro-Carreter, ahorran la fatiga de hacer funcionar el cerebro:
«Pocas cosas hay más útiles que los tópicos: dan la idea acuñada, sin haber hecho el esfuerzo de troquelarla; circula como la buena moneda (es decir, el euro) que no va de mano en mano, porque 'to' er mundo se la quea'. Nada más desgarrador que la avaricia de una enorme masa de hablantes para apropiarse de lo mostrenco, que, tal vez, tuvo gracia u originalidad en el momento de su invención. Después, repetido como una señal de modernidad, es sólo una ortopedia que ahorra el esfuerzo de hablar por cuenta propia.»
Ahora bien, ¿qué ofrecen estas empresas a cambio de tu pasión? ¿Un trabajo estable? ¿Un buen sueldo? ¿Conciliación con la vida familiar? ¿Vacaciones más largas? Nah, eso son menudencias materialistas. Minucias, futesas. Lo que prometen a cambio es algo mucho más elevado, algo que no puede medirse con dinero. Prometen realización espiritual (ibídem Avdi):
«The evangelists of the “passion gospel” have crafted a message which is purpose-built to appeal to younger-me. [...] The passion gospel says “Relax, you’ve arrived! The same thing that brings you pleasure and money can also give your life meaning!”
It’s an easy pill to swallow. It’s what you want to hear. Forget wrestling with the hard questions of what to dedicate your life to. God your merits have lead you to be a Maker. Now just throw yourself into your work (which you enjoy anyway!) and we promise, The World Will Be Changed. Trust Us.»
De manera que uno acaba encontrando libros como el del creador de Zappos (Delivering Happiness: A Path to Profits, Passion, and Purpose) y tuits como este de Jeff Atwood, antiguo cofundador de uno de los portales con más tráfico de internet (más que la CNN o la BBC, aunque menos que xHamster):
«How to hire great people 1. Embark on a challenging, important, inspiring mission 2. There is no step 2»
Casi nada. «A challenging, important, inspiring mission». Si te unes a nosotros vas a cambiar el mundo. ¿Qué más se puede pedir? El mogollón de horas extras gratuitas que vas a hacer será tu propia recompensa. No busques fuera, trabajar es todo lo que necesitas hacer para dotar de sentido a tu vida. Etcétera. Lástima que, como ya vimos, Silicon Valley en realidad está más centrada en copiar lo existente y producir el próximo Flappy Bird que en mejorar el mundo (ibídem Avdi):
«Which would almost be OK if the world actually were being changed, and for the better. But back in the real world, the biggest difference Silicon Valley is making is changing the rich into the very rich. And nine times out of ten, the “disruptive” idea these “makers” wind up working on is Facebook for Ferrets, or some other equally vapid and ephemeral folly.
In rare cases the product is useful and/or successful. But even then, usually the only way it can be said to have “changed lives” is in the sense that it changed “people who don’t use product” to “people who use the product”.»
Por no mencionar el hecho de que la misión dura lo que dura el capital riesgo. Las empresas son impacientes y se centran en lo inmediato. La economía entera está entregada al corto plazo.

El dogma de la pasión no es una únicamente la perversión de una palabra. Es, a mi modesto entender, otro de los cantos de sirena laborales que nos llegan desde el otro lado del Atlántico y que, tarde o temprano, arriba en Europa. Parece que a cada crisis económica que acaban pagando los trabajadores le sigue una milonga de estas. Tras la de 1987 fue el pensamiento positivo. Después de la burbuja de las puntocom, abrazar el cambio. Ahora que el capitalismo huele mal tras la crisis financiera nos hablan de la pasión y la misión. Las tendencias son tangibles pero difíciles de notar para quienes vivimos inmersos en ellas, hasta el punto de que nos vemos influídos por las mismas sin darnos cuenta. Así lo describía Ortega y Gasset:
«De todo aquello que es un impulso colectivo y empuja la vida histórica entera en una u otra dirección, no nos damos cuenta nunca, como no nos damos cuenta del movimiento estelar que lleva nuestro planeta, ni de la faena química en que se ocupan nuestras células. Cada cual cree vivir por su cuenta, en virtud de razones que supone personalísimas. Pero el hecho es que bajo esa superficie de nuestra conciencia actúan las grandes fuerzas anónimas, los poderosos alisios de la historia, soplos gigantes que nos movilizan a su capricho.»
El trabajo es parte de la vida, pero la vida no es solo trabajo, como tampoco es únicamente diversión y jodienda. El culto anglosajón al trabajo (trabajar es lo primero, trabajar te lleva a realizarte, trabajar te define) es un fenómeno relativamente reciente cuyas raíces Bárbara Ehrenreich sitúa en el calvinismo de los colonos americanos. Mucho antes que eso trabajar era despreciado por Aristóteles como la actividad propia de esclavos que nos iguala a las bestias, disminuye nuestra libertad y nos aleja de la vida contemplativa que lleva a la virtud propia del hombre. Desafortunadamente, la mayoría de nosotros somos esclavos en alguno de los grados descritos por Nozick y no podemos permitirnos el lujo de la vida contemplativa que predicaba el estagirita, así que no queda otra que laborar para poder comer. Claro que si puede ser en algo que nos gusta y se nos da bien (lo que Ken Robinson llama nuestro Elemento), algo que nos sumerge cada día en estados de flujo, mejor que mejor.

De la misma forma que verse a uno mismo como una marca no nos valora adecuadamente como personas, cabe pensar que considerar las pasiones del alma como una mercancía u objeto de uso a disposición de las empresas supone cosificarlas y degradarlas. Y, en el mismo sentido, equiparar la felicidad y realización personales a actividades comerciales mundanas puede trivializar aquellas o elevar estas últimas a niveles que no les corresponden. Es posible que tener una tienda online de ropa sea muy gratificante pero dudo mucho que su negocio consista realmente en «entregar felicidad a todo el mundo, incluyendo sus empleados», a menos que entendamos la felicidad simplemente como el acto de comprar cosas. Como misión en la vida no está, desde luego, a la altura de otras como la lucha por erradicar la polio en la India. Eso sí es significativo. Eso sí es cambiar el mundo.

lunes, 17 de febrero de 2014

Tú S.L.

El año pasado asistí a una conferencia en la que tuvo una lugar una mesa redonda sobre «Futuro profesional, estudios y carrera en TI-Seguridad». Allí estaba el director de seguridad de riesgos tecnológicos de PricewaterhouseCoopers con su traje, su camisa impecable, sus modales taimados y el discurso al uso, sin olvidar la proverbial escoba de Fuckowski bien introducida por retambufa. Tan estereotipado era que parecía fabricado con una impresora 3D a partir de los planos obtenidos de un libro de tópicos. Su motto en esta ocasión era «tú eres tu propia marca» (minuto 20:45):
«La cuestión es que cada uno se haga mirar interiormente (sic) y diga qué ofrece él al mercado ¿vale? Yo esto a mi gente, cuando me siento con ellos, les digo "tú eres una sociedad limitada, tú eres un freelance, tú eres un autónomo" ¿vale? ¿Por qué tú para mí eres sexy dentro de la empresa? ¿Tú qué me das? Aparte de darme tu tiempo ¿tú qué me das? ¿cómo hago negocio contigo? [...] ¿Cómo yo voy a sacar rendimiento contigo? ¿Tú qué me ofreces?»
Tu propia marca. Esa me la sé. Invierte en ti mismo. Haz márquetin sobre ti. Construye tu red de contactos. Aporta valor añadido. Sé tu propio CEO. Sé productivo.
«Simply put, it's up to you to carve out your place in the work world and know when to change course. And it's up to you to keep yourself engaged and productive during a work life that may span some 50 years.»
–Peter F. Drucker, Managing Oneself
«View yourself as an enterprise and invest accordingly in being economically viable by developing skills that command income in the market. The old paradigm of steady employment in large organizations that so many of our institutions, from health insurance to retirement savings, revolved around was falling apart for a generation before the crisis. Now it’s shattered, and we all have to live in an economy where we justify our economic value day by day in competition with others in a networked economy. Hoping the old world of promised economic security—the world of the New Deal consensus—can be revived will not make it so. Build up your network and constantly be looking for a way to create your next opportunity.»
–Kevin Mellyn, Broken Markets
Foto de justin_levy
Ahí lo tienen, la receta para alcanzar la excelencia profesional (pueden incluso llevarlo un paso más allá y gestionar también su familia como si fuera un negocio). Ya el propio consultor al que me he referido reconocía que esto de la marca era un tema «hipercapitalista», pero en un mundo postcrisis de alto desempleo, bajo crecimiento y salarios estancados o a la baja no parece que haya otra opción que tratar de destacar y no solo ser bueno, sino también parecerlo.

Ahora bien, hay una gran diferencia entre tratar de ser bueno en tu trabajo y considerarse a uno mismo como una marca, como un producto expuesto en las estanterías del mercado laboral a la espera de que el consumidor de turno (en este caso consumidor de fuerza de trabajo) tenga a bien elegirnos. Es tan obvio que no debería hacer falta tener que decirlo: somos personas, no marcas.

Puede parecer una tontería. Podemos pensar que dicha actitud es solo una forma de hablar y que solo se refiere a que nos formemos, aprendamos a vender, a comunicarnos y a hacer buenas entrevistas de trabajo. Pero con el tiempo he aprendido que las metáforas importan. La manera en la que planteamos un problema, así como el lenguaje que empleamos para definirlo activan en nuestro cerebro unos esquemas u otros. «El enmarcado cuenta», nos advierte Lakoff, quien se ha dedicado a estudiar esto, especialmente en relación con el discurso político. «Los marcos, una vez que se atrincheran, es difícil que se desvanezcan». En otra parte del libro asevera:
«El enmarcado tiene que ver con elegir el lenguaje que encaja en tu visión del mundo. Pero no sólo tiene que ver con el lenguaje. Lo primero son las ideas. Y el lenguaje transmite esas ideas, evoca esas ideas.»
Cuando uno se valora a sí mismo como una marca o empresa y se lo toma en serio, la vida cambia. Los fines de una compañía son viabilidad y rentabilidad. La existencia se reduce así a la construcción de un currículum presentable; cualquier actividad que no nos acerque a ese objetivo habría de ser desechada. ¿Ocio? ¿Hijos? ¿Voluntariado? Ni hablar, es perder tiempo y dinero. No es bueno para la marca. Ninguna empresa querría desperdiciar recursos de esa forma.

Las empresas –por mi experiencia– no son proclives a dar formación, más bien esperan que vengas sabiendo de casa. Y no se conforman con que sepas lo básico o los principios generales: buscan que seas experto en sus herramientas y procedimientos concretos para que puedas ser productivo y «aportar desde el primer minuto», tal como me dijo un entrevistador de una gran empresa tecnológica. De manera que, dada la amplitud de conocimiento existente, habría que dedicar cada minuto de vigilia a aprender aquello que nos pueda conseguir un trabajo. Hoy día quienes se dedican a la selección de personal buscan unicornios que lo sepan todo sobre todo (y que tengan décadas de experiencia. Y que sean jóvenes. Y que trabajen gratis muchas horas. Y así siguiendo). Las ofertas de trabajo de mi sector hablan de gurús, ninjas, rock stars, astronautas, caballeros medievales y jedis. Cuando el pobre Timmy (hijo de un bobo falto de compromiso con su propia marca) le pregunte a su madre por qué papi no ha podido ir a verle a su primer partido de béisbol esta tendrá que responderle: «cariño, papá no ha podido venir porque tiene que trabajar. Está tratando de convertirse en un ninja».

Obviamente estoy exagerando (salvo en lo de los ninjas, gurús, etc. que, por desgracia, es totalmente cierto) pero la idea es sencilla: considerarse a uno mismo como una marca, producto o empresa no es la manera apropiada de valorarse. Somos, en palabras de Michael Sandel, «seres merecedores de dignidad y respeto, y no instrumentos de ganancias y objetos de uso» por parte de las corporaciones. Una persona no puede reducirse únicamente a su valor como empleado potencial o actual.

Aceptar el discurso del yo como empresa conlleva indeseables consecuencias en lo atinente al desarrollo personal y como ciudadano. Todo es «yo, yo, yo»: mi tiempo me lo dedico a mí para mejorar yo, para ser sexy de cara a la empresa, para ser –otra de las perlas del cantamañanas de PwC– un profesional completo, un «profesional esférico». Los demás son tratados como medios y se dividen en útiles (aquellos que pueden conseguirme una oportunidad o ayudarme a ser más exitoso) e inútiles (con los que ni siquiera vale la pena relacionarse). Aquello que no tenga un valor de mercado en tu sector profesional deja de cultivarse. Adiós a todo lo que no aporte un beneficio tangible. No más hacer algo por el mero placer de hacerlo. El ocio no está permitido: es haraganeo. Y, por supuesto, si estás en paro la culpa es tuya: eres un mal gestor y te lo mereces.

Personalmente, cada vez que persigo un interés intelectual no relacionado con mi trabajo pienso lo mismo. Podría escribir un blog técnico en lugar de divagar en este. Podría leer libros relacionados con mi trabajo en lugar de los que cito en estas páginas. Podría dedicar mi tiempo libre a programar para adjuntar en mi currículum un lucido repositorio de GitHub. Al final, sin embargo, la cabra tira al monte y yo siempre abro otro libro que no me ayudará en mi próxima entrevista. Antes que empleado prefiero ser una «persona esférica».

lunes, 3 de febrero de 2014

Sexo, filosofía y malentendidos (y III)

Comprender a los demás –especialmente cuando son muy diferentes a nosotros– exige un gran esfuerzo. Si les juzgamos usando nuestra propia perspectiva como base y no hacen lo que nosotros hubiéramos hecho o lo que es más común en general (aquello que consideramos «normal») entonces nos parecen hipócritas, raros o locos, y nos quedamos perplejos, rascándonos la cabeza mientras nos preguntamos cómo puede haber gente tan gilipollas. Mi experiencia me dice que, además de eso, tendemos a atribuir maldad si el comportamiento del otro nos afecta negativamente: pensamos que fulanito es un maleducado, un mentiroso, un egoísta, un caradura o que solo busca hacernos daño, cuando es posible que haya buenas razones para actuar como lo hace.
Foto de Pierre Phaneuf

Valorar la conducta del resto usando el patrón de la propia ahorra tiempo y energía, y hasta cierto sentido es lógico: los seres humanos somos más o menos iguales a grandes rasgos, y quienes nos rodean tenderán a ser aún más parecidos a nosotros mismos. El problema surge cuando dejamos de tener en cuenta que nuestra generalización no es infalible, que hay personas muy diferentes con un rango muy variado de experiencias que son procesadas de formas varias, lo que produce emociones distintas a las propias, a veces casi inconcebiblemente alejadas de todo lo que uno haya podido conocer. Observa Guy Deutscher:
«Basta imaginar qué ideas erróneas se pueden sacar sobre la «religión universal» o la «comida universal» si nuestro universo se limita a la franja de territorio entre el Mediterráneo y el Mar del Norte. Al viajar por diferentes países europeos uno puede quedarse impresionado por la gran disparidad que existe entre ellos: la arquitectura de las iglesias es completamente distinta y el pan y el queso no tienen el mismo sabor. Pero si nunca se aventura en lugares más lejanos, donde no hay iglesias, pan o queso, nunca podrá darse cuenta de que tales diferencias intraeuropeas son en última instancia variaciones menores de la misma religión y la misma cultura culinaria.»
Las vivencias y emociones relatadas por alguien en ocasiones nos pueden resultar tan extrañas como si nos hablaran del decimotercer huevo de una docena. Podemos repetir las palabras, conocer su significado en el diccionario y decir que sí lo entendemos, pero hay cosas que no se pueden hacer entender. En ausencia de los mismos esquemas mentales y de las emociones que acompañan a la experiencia es como si conociéramos la letra, pero no la melodía de la canción. Hay un chiste muy tonto que dice:
- Mi novia me ha engañado con mi mejor amigo.
- Te entiendo perfectamente.
- ¿Te ha pasado a ti también?
- No, pero hablo español igual que tú.
Es posible que dos personas hablen el mismo idioma y no se entiendan porque utilizan lenguajes distintos nacidos de sus respectivas experiencias subjetivas. Vas a alguien buscando apoyo y comprensión y en lugar de eso te dice cómo debes vivir tu vida. Le cuentas a una persona cercana un problema personal que para ti es importante y te sale con algo totalmente distinto, ningunea tu preocupación o su respuesta viene a decir que la culpa es tuya. Lo que para ti es una tragedia otro se lo toma a risa. Seguro que les suena.

Esa es, supongo, una de las razones por las que las chicas hablan de sus problemas con sus amigas y los chicos hacemos lo propio con nuestros amigos. A mi juicio, el compartir biología permite que la empatía alcance un grado más; incluso el lenguaje empleado es más parecido. Claro que hablar solo con quien piensa igual que nosotros nos puede privar de valiosas perspectivas alternativas.

Tal vez sea imposible llegar a comprender totalmente a otra persona en el mismo sentido en que no podemos «saber» cómo es ser un murciélago. Sabiendo esto lo que sí podemos es pararnos a pensar dos segundos e intentar adoptar la perspectiva del otro, aunque sea parcial. Si Pepa llora por sus gardenias marchitas yo puedo acordarme del mucho trabajo esmerado que les dedicó y de lo orgullosa que estaba de su aspecto, en lugar de herirla diciéndole que está haciendo una montaña de un grano de arena y que solo eran unas flores. Eso no quiere decir que a veces no saquemos las cosas de quicio, que todo comportamiento sea excusable o que no haya personas realmente malvadas. Solo digo que antes de juzgar podemos tratar de comprender, y que dicha comprensión, al ser inevitablemente limitada, conduce a juicios sesgados.