domingo, 18 de noviembre de 2012

El espíritu del esclavo

Una de las hipótesis que trata de explicar por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores dice que eso se debe a la falta de experiencias nuevas. En verdad una vez pasados ciertos años sobre el mundo da la impresión de que todo se repite: la rutina se instaura y los días son más o menos iguales, pasamos por las mismas épocas cada año, los ciclos económicos atraviesan sus fases correspondientes y, en general, el péndulo de la historia va de un lado a otro dejándonos con la sensación de que no hay nada nuevo bajo el sol. Nadie como Fernando Lázaro Carreter para expresar esta idea en la esfera de la vida cotidiana:
«sucede mucho, pero siempre lo mismo. Es el chino que pasó veinte veces delante del centinela, y éste, al dar el parte, aseguró que habían pasado veinte chinos. Sólo que ahora pasan unos cuantos chinos unas cuantas veces, pero son los que pasaron ayer. La conversa de los oficinistas en sus multitudinarios desayunos de mediodía, de los automovilistas entre sí ante los semáforos, de los pacientes del hospital aguardando a que, al fin, entre el primero, gira siempre en torno a las mismas cosas. [...] Todos tenemos que hablar de lo que pasa, que es vario pero fotocopiado.»
Foto de mabelzzz
Esta semana el «chino» protagonista ha sido la huelga general de España y Portugal, tema recurrente en esa conversa de oficinistas a la que aludía el académico zaragozano. Como huelguista (aunque no tenga cara de tal, según un compañero) no ha habido disquisición en la que no se me informara de la inutilidad de la protesta, y otras razones particulares para no dejar de trabajar ese día.

Cualquiera puede encontrar un motivo para no hacer algo, si no es demasiado exigente en cuanto a la solidez del argumento. Además del habitual «no va a servir para nada» (que ya tratamos allá por el mes de las flores) yo me he encontrado, verbigracia, con personas que aseguraban no poder permitírselo económicamente (pero que en Diciembre se van de viaje de esquí a otro país), personas que no la secundaban por su odio hacia los mandamases sindicales (que es como si para fastidiar a tu pareja te escondieras las tijeras de la cocina en el culo, de modo que no las encuentre) y personas que aseveraban que lo necesario es un paro indefinido (si no haces huelga un solo día -porque no puedes o no quieres- ¿cómo vas a hacer huelga sin fin a la vista?). Incluso me topé con un especimen único que juntaba en sí todas esas justificaciones.

Puedo entender que los empresarios menosprecien y critiquen cualquier reivindicación obrera ya que -por decirlo suavemente- el asunto no les viene muy bien. Más chocante es que la oposición a la protesta venga de entre aquellos que más sufren la situación actual, y a quienes más perjudicaría dejar hacer libremente a los de arriba (a todos los niveles, cada uno se preocupa de salvar y almohadillar su propio trasero, aunque eso vaya en perjuicio de los demás). Todo este pesimismo, el bajar los brazos antes de empezar a luchar, me ha recordado tres libros que narran tres historias distintas (dos reales, una ficticia) entrelazadas.

El primero de ellos es la vida de Rigoberta Menchú, premio Nobel de la Paz. Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia cuenta la lucha tremebunda del pueblo indígena guatemalteco. Según Menchú, cada vez que trataba de organizar la oposición se encontraba con la resistencia de sus iguales, los cuales le aseguraban que no iba a cambiar nada, que su vida iba a ser siempre igual, llena de trabajo y sufrimiento.

La segunda historia proviene de la novela El árbol de la ciencia, escrita por Pío Baroja. Uno de los personajes principales de la historia dice:
«la naturaleza es muy sabia. No se contenta sólo con dividir a los hombres en felices y en desdichados, en ricos y pobres, sino que da al rico el espíritu de la riqueza, y al pobre el espíritu de la miseria. Tú sabes cómo se hacen las abejas obreros; se encierra a la larva en un alveolo pequeño y se le da una alimentación deficiente. La larva ésta se desarrolla de una manera incompleta; es una obrera, una proletaria, que tiene el espíritu del trabajo y de la sumisión. Así sucede entre los hombres, entre el obrero y el militar, entre el rico y el pobre.»
Como sintetiza más tarde el protagonista, la naturaleza hace al esclavo y le da el espíritu de la esclavitud.

La tercera historia tiene que ver con perros. En Aprenda optimismo el psicólogo Martin E. P. Seligman detalla sus crueles experimentos de laboratorio con canes. En dichos experimentos, a base de descargas eléctricas que los animales no podían evitar, estos aprendían que nada de lo que hicieran tenía importancia, por lo que dejaban de luchar para evitar el dolor de futuros shocks (ni siquiera se movían). La clave es que dicho comportamiento se mantiene incluso cuando ya es posible actuar para evitar el sufrimiento. Este fenómeno se conoce como impotencia o indefensión aprendida y se ha reproducido en experimentos con humanos (puede verse un ejemplo sencillo en este vídeo).

Me pregunto cuánto «espíritu de esclavo» hay detrás de cada «no va a servir para nada». Yo creo, no obstante, que se trata simplemente de un argumento socorrido para quedar bien frente a uno mismo. La cosa es, mucho me temo, que simplemente somos seres egoístas que no se revuelven hasta que le toca a uno de lleno. Y ya pueden sufrir decenas, cientos, miles o millones -dependiendo del umbral propio y de la distancia física o social- de prójimos, que tanto da mientras no sea la propia piel la que está en juego.
Lo malo de esto es que tiene mucho sentido que sea así, de manera que no cabe esperar que cambie.

domingo, 11 de noviembre de 2012

La carrera de la rata

Foto de mabelzzz
Hay personas con las que tenemos siempre las mismas conversaciones, en las que se dicen siempre las mismas frases en el mismo orden, se hacen las mismas preguntas, se dan las mismas respuestas y se gastan las mismas bromas. En mi caso una de esas personas es cierto familiar cercano (llamémosle Dositeo) que nos recuerda en cada visita la manera en que su cónyuge (a la que nos referiremos usando el nombre de Eustaquia) emula diariamente al protagonista de El gran despilfarro.

Esta pareja está atrapada en lo que Robert Kiyosaki llama la carrera de la rata:
«Como resultado del incremento de sus ingresos, deciden salir y comprar la casa de sus sueños. Una vez en su casa, tienen un nuevo impuesto denominado "impuesto a la propiedad" [...]. A continuación adquieren un nuevo automóvil, nuevos muebles y nuevos aparatos para acondicionar su nueva casa. De repente despiertan y descubren que la columna de pasivos está colmada con la deuda de la hipoteca y las tarjetas de crédito. Ahora están atrapados en la "carrera de la rata". Tienen un hijo. Trabajan más duro. El proceso se repite. Más dinero e impuestos más altos, porque suben de categoría impositiva. Les llega una tarjeta de crédito por correo. La utilizan. La saturan. [...] El vecino los llama para invitarlos a ir de compras [...]. Se dicen: "No compraremos nada, sólo iremos a ver." Pero sólo en caso de que encuentren algo, llevan su tarjeta de crédito en la cartera.»
De modo que este matrimonio nunca gana suficiente dinero, pues sus gastos crecen a la vez que sus ingresos. Sobre el papel, Eustaquia y Dositeo tienen un BMW, un mercedes, casa en la playa, en la montaña y vacaciones en el extranjero, además de televisiones de plasma, iPhone, etcétera. Sin embargo, en realidad son un claro ejemplo de cómo gastar mucho dinero en cosas equivocadas es ortogonal a la felicidad personal.

La semana pasada expuse la idea de que tal vez en los países ricos se trabaja demasiado. Lo cierto es que la obsesión por el crecimiento económico y la generación de riqueza basados en el consumo ha acabado sometiendo a muchos al tipo de vida que describe Geoffrey Miller:
«All you have to do is sit in classrooms every day for sixteen years to learn counter intuitive skills, and then work and commute fifty hours a week for forty years in tedious jobs for amoral corporations, far away from relatives and friends, without any decent child care, sense of community, political empowerment, or contact with nature. Oh, and you'll have to special medicines to avoid suicidal despair, to avoid having more than two children. It's not so bad, really. The shoe swooshes are pretty cool.» 
Globalmente somos más ricos, pero no más felices. Ocurre que las necesidades que tiene la economía para crecer no son las mismas que las que tienen los individuos para ser felices. Como dice Daniel Gilbert:
«la producción de riqueza no es una condición necesaria para hacer felices a los individuos, pero sí sirve para satisfacer las necesidades de una economía, que está al servicio de una sociedad estable, que está al servicio de una red de propagación de creencias engañosas sobre la felicidad y la riqueza. Las economías prosperan cuando los individuos se esfuerzan, pero, como los individuos sólo se esfuerzan por su propia felicidad, es fundamental que crean, aunque sea falso, que la producción y el consumo son las vías hacia el bienestar personal.»
Y es que para ser felices, dicen los psicólogos, una vez cubiertas las necesidades básicas el dinero debe gastarse en experiencias, no en objetos. Una razón de que hagamos lo contrario es que las personas somos realmente malas prediciendo qué nos hará felices. Si el lector posee un trastero o un desván en su vivienda no le será difícil encontrar multitud de cosas que nacieron como una oferta de bienestar y acabaron en una promesa incumplida. Afortunadamente, es poco probable que nada de lo allí guardado haya tenido un impacto permanente en su economía o haya afectado radicalmente a su estilo de vida. Pero la cosa cambia cuando hablamos de casas en las afueras y todoterrenos, gastos que nos pueden condenar durante años a, por ejemplo, largos viajes de ida y vuelta al trabajo (un hecho fatal para nuestra felicidad), o a tener que soportar a un infame rebaño de gilipollas porque «hay que pagar las facturas».

Por supuesto, cabe pensar que mejor ser un rico insatisfecho que un pobre insatisfecho. Yo creo que mi padre, a pesar de que no le falta nada de lo esencial, cambiaría sin pensarlo su lugar con el de Dositeo. Ambos trabajan alrededor de doce horas seis días por semana, pero mientras el hacedor de mis días gasta sus escasas horas de descanso semiinconsciente en un sofá desvencijado de la década de los ochenta, Dositeo puede relajarse de vez en cuando cerca del mar o en su propia casita rural frente al fuego de leña. No obstante, pensar que, ya que vamos a estar puteados igualmente mejor será rodearse de lujo y caprichos, es precisamente el tipo de pensamiento que lo lleva a uno a la línea de salida de la carrera de la rata.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El elogio de la ociosidad

El primer monólogo que interpretó Eva Hache en El club de la comedia trataba sobre el dinero, algo que según ella es lo que en definitiva nos distingue de los animales. Con su peculiar estilo atacaba la idea del trabajo como fuente de dignidad:
Foto de mabelzzz
«Lo de que el trabajo dignifica... que me digan por favor quién se ha sacado eso de la manga. [...] Vale, vale, vamos a  jugar. Yo puedo imaginarme que sí, el trabajo dignifica. Muy bien. Me levanto a las cinco y media de la mañana. Pongo la lavadora, limpio un poquito por encima la casa. Me monto en mi coche. En el atasco, de dos horas y media, me alegro -y mucho- porque ya he repasado todos los objetivos de la reunión de mi jefe. Llego tarde a la reunión, sin tiempo para desayunar. A la hora de comer me voy al gimnasio para ponerme cañón. Luego por la tarde aprendo una barbaridad en un curso de formación para la empresa. [...] Me monto en mi coche. En el atasco de por la tarde -que son tres horas y cuarto- me digo "¡Qué feliz soy! ¡Qué raro! Si no tengo la regla... ¡ah! Que a lo mejor va a ser porque solo me quedan doce años para pagar los intereses de mi chalet adobado (sic)". Llego a mi casa que parezco la exnovia de Chucky. Mi marido me da tres camisas para planchar, un niño para limpiarle los mocos y además me dice: "¿qué tal cariño?". ¿Y yo qué le digo? Yo le digo: "¡Digna! ¡Me siento digna! ¡Estoy levantando España con estas dos manos!"»
Bertrand Russell rechazó de forma parecida esa misma idea de que el trabajo dignifica en su ensayo El elogio de la ociosidad, escrito en 1932:
«Si le preguntáis [al que trabaja] cuál es la que considera la mejor parte de su vida, no es probable que os responda: «Me agrada el trabajo físico porque me hace sentir que estoy dando cumplimiento a la más noble de las tareas del hombre y porque me gusta pensar en lo mucho que el hombre puede transformar su planeta. Es cierto que mi cuerpo exige períodos de descanso, que tengo que pasar lo mejor posible, pero nunca soy tan feliz como cuando llega la mañana y puedo volver a la labor de la que procede mi contento». Nunca he oído decir estas cosas a los trabajadores.»
Para el británico carecía de sentido el rumbo que estaba tomando la economía, basada en la producción de una cantidad mayor de bienes. Basta con visitar cualquier supermercado de un país desarrollado para ver una larga serie de productos cuya necesidad es dudosa, o cuya infinita variedad y abundancia son difíciles de justificar. ¿Por qué habríamos de seguir trabajando largas horas una vez satisfechas las necesidades básicas? Russell pensaba que lo lógico sería aprovechar el aumento de productividad para disfrutar de más tiempo libre:
«La solución racional sería, tan pronto como se pudiera asegurar las necesidades primarias y las comodidades elementales para todos, reducir las horas de trabajo gradualmente [...] Cuando propongo que las horas de trabajo sean reducidas a cuatro, no intento decir que todo el tiempo restante deba necesariamente malgastarse en puras frivolidades. Quiero decir que cuatro horas de trabajo al día deberían dar derecho a un hombre a los artículos de primera necesidad y a las comodidades elementales en la vida, y que el resto de su tiempo debería ser de él para emplearlo como creyera conveniente.»
En el mismo sentido se manifestó Keynes, celebérrimo economista y contemporáneo de Russell. Él creyó que los progresos tecnológicos nos permitirían vivir tranquilamente sin apenas necesidad de trabajar. Hace poco el hombre más rico del mundo también ha opinado que se debería trajinar menos horas (aunque durante más años). Al fin y al cabo ¿para que están las máquinas?

Lo cierto es que tanto el trabajo como sus frutos -la riqueza- están mal repartidos. Los hay que no trabajan nada y les sobra el dinero. ¿Qué lógica tiene que algunos trabajen cincuenta, sesenta o setenta horas a la semana mientras otros están parados y no pueden ganar dinero suficiente ni para comer? ¿Por qué matarse a currar si la riqueza generada va ir a parar al uno por ciento de la población más rico, que ya tiene de sobra sin merecerlo? Buena parte de los habitantes de este mundo no saldrá de la pobreza por más que laboren. ¿De qué sirve ser globalmente más ricos si se tira a espuertas en un lado del planeta mientras lo esencial escasea en buena parte del otro? ¿Y por qué perder tiempo y recursos fabricando la enésima copia de mermelada de melocotón? ¿No podríamos pasar tranquilamente sin explotar al personal para sacar un nuevo modelo de iPhone cada año? Quizá no deberíamos guiar la mano invisible para que nos haga bregar aún más, sino para repartir mejor.

Si la perspectiva general no convence al lector, tal vez lo haga particular. La mayoría de nosotros nos dedicamos a trabajos sin sentido, totalmente prescindibles, vacuos y, a menudo, absurdos. Aunque el trabajo puede ser una fuente inmensa de satisfacción, cada vez estoy más seguro de que solo disfruta de ello un pequeño porcentaje de la población. Me atrevería a decir que nueve de cada diez lectores del blog trabajan solo por dinero (para averiguar si es su caso compruebe lo siguiente: ¿trabaja el domingo en lo mismo que hace durante la semana, solo porque le satisface?). Así pues, ¿cuánto tiempo de su vida quiere el lector echar a perder? ¿No sería mejor que ocupara su tiempo en disfrutar con los amigos o sus hijos en lugar de estar luchando con una panda de gilipollas? Una vez asegurado lo esencial (cobijo, alimento y esas cosas) parece recomendable apuntar hacia otros aspectos de la vida.

Haber trabajado mucho es un arrepentimiento común en las fases tardías de la vida. Para los griegos trabajar no era una virtud, sino un mero requisito de la vida. En su visión del mundo el trabajo es necesario para subsistir, pero el que solo da el callo es un esclavo, alguien que ha perdido su autonomía y no puede alcanzar la vida buena. Como decía Russell en su ensayo:
«El hecho es que mover materia de un lado a otro, aunque en cierta medida es necesario para nuestra existencia, no es, bajo ningún concepto, uno de los fines de la vida humana. Si lo fuera, tendríamos que considerar a cualquier bracero superior a Shakespeare.»
Desgraciadamente, no siempre podemos elegir cuánto tiempo trabajamos al día. Pero si usted puede, considere que reivindicar la dignidad del trabajo podría ser un truco de algunos para mantener contentos a los pobres esclavos (a fin de cuentas, bien se cuidan ellos de permanecer indignos). Y si finalmente opta por tener más tiempo para sí, por favor, no lo malgaste.

domingo, 28 de octubre de 2012

Cómo lidiar con los gilipollas en el trabajo

Martín se acercó a hablar con la persona que debía tratar el último caso que había llegado al sistema de gestión de incidencias. Le explicó lo sucedido, las comprobaciones que sería bueno hacer y algunos detalles más que consideró le serían útiles al encargado de resolver el problema. Cuando terminó de hablar, el individuo al que se había dirigido levantó su cuaderno y enseñó a Martín lo que había estado garabateando mientras Martín hablaba. En la hoja ponía: «no estoy aquí para atender tus tonterías».

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Robert I. Sutton es el autor del libro The No Asshole Rule: Building a Civilized Workplace and Surviving One That Isn't (hay traducción al español pero está descatalogada), una obra que nació como un simple artículo publicado en el Harvard Business Review. En el quinto capítulo de este pequeño manual el profesor expone algunos consejos para afrontar un trabajo donde se esté expuesto a algún gilipollas. He aquí un pequeño resumen de dicho capítulo que ojalá ayude a todos aquellos que, como los protagonistas de las historias que jalonan el texto de esta entrada, tienen que vérselas con impresentables todos los días.

Huye

El primer consejo es obvio: si las personas que te rodean en el trabajo te amargan la vida, cambia de trabajo. No esperes. Los consejos siguientes, aunque pueden hacer soportable el día a día, no deberían disuadirte de buscar una salida definitiva a esa situación de abuso.

Cambia cómo ves las cosas

Modificar la actitud frente a los acontecimientos puede ayudar a reducir el daño. Evitar culparse a uno mismo por cómo está siendo tratado o ver las dificultades como algo temporal protegerán tu salud mental.

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Jacinta acudió por enésima vez al puesto de trabajo de la persona que debía haberle entregado cierta información bastante tiempo atrás. Cuando volvió a reclamársela, el susodicho se puso en pie y empezó a gritar a Jacinta en mitad de la oficina, acusándola entre otras cosas de mentirosa.
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Espera lo mejor, asume lo peor

No esperes que el comportamiento de ese gilipollas cambie, de modo que mantén bajas tus expectativas en lo atinente a un cambio de actitud. Sin embargo, sé optimista en lo que se refiere a cómo te afectan sus malos modos. Piensa que siempre saldrás bien parado de la situación, emocionalmente ileso.

Desarrolla indiferencia y desapego emocional

Como dice el autor, aprender a que todo te importe una mierda en ciertos momentos no es el tipo de consejo que uno puede esperar en un libro sobre negocios, pero es una cualidad útil para sacar lo mejor de una mala situación. Si te están oprimiendo o humillando, preocúpate lo menos posible de los gilipollas responsables. En lugar de ello piensa en cosas placenteras lo más a menudo que puedas. Céntrate en llegar a la hora de salir o en lo bueno que tengas ese día. Hay ocasiones en las que lo mejor para tu salud mental es que todo te resbale.

Busca pequeñas victorias

Para sobrevivir necesitas sentir que controlas tienes el control. Una forma de lograr esa sensación de control, según Sutton, es llevar a cabo pequeñas acciones que reduzcan tu exposición al veneno de la gente. Construir refugios (ver más adelante) o ayudar a alguien que esté en la misma situación es bueno para ti. Si no puedes ganar la guerra contra ese cabrón empieza a buscar las pequeñas batallas que puedes decantar a tu favor.
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La jefa de departamento ordenó a Fortunata y Dorotea que se ocuparan del papeleo entrante de forma alterna. Fortunata hizo caso omiso y empezó a asignarse todas las tareas entrantes, incluso aunque debido a la carga de trabajo tuviera que dejarlas paradas en su mesa durante días o resolverlas malamente. Solo se dirigía a Dorotea para concitar a unos compañeros frente a otros, pontificar acerca de la profesionalidad o recriminarle a Dorotea las ausencias de su puesto, aunque estas se debieran a necesidades fisiológicas. Su tono siempre era acerbo y condescendiente. En la revisión anual de competencias la jefa de Dorotea le bajó la nota, que hasta entonces siempre había sido la más alta.
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Limita tu exposición

Procura que tu trato con hijos de la gran puta sea lo más infrecuente, breve y superficial posible. En primer lugar, porque eso limita el daño directo. En segundo lugar, porque el control sobre la interacción es una de esas pequeñas victorias que dan sensación de control. Reúnete con ellos lo mínimo imprescindible. Utiliza el correo electrónico o el teléfono en lugar de los encuentros en persona, así te será más fácil mantenerte indiferente a nivel emocional.

Construye refugios

Busca sitios donde te puedas esconder de los energúmenos y juntarte con gente agradable. Comparte tus penas con otras víctimas. Quédate cerca de los colegas que te apoyan. No conviertas esos encuentros, sin embargo, en un muro de las lamentaciones; céntrate en cambiar cómo ves y cómo te afectan los hechos.

Pelea y gana las batallas adecuadas

En lugar de dejarte atrapar en la espiral de insultos y vejaciones responde siempre a la gente airada con calma y hablándoles con respeto. Explícales de forma suave tus demandas y las razones por las que no mereces ser el blanco de su ira. Si quieres ir más allá y arriesgar un poco, explica Sutton, puedes probar pequeñas venganzas que castiguen su comportamiento o les pongan en ridículo frente a todos los demás.

sábado, 20 de octubre de 2012

La noria

Al hablar de los propósitos de año nuevo vimos cómo somos presas de la falacia del yo futuro, ese ser -nosotros mismos- inalcanzable que mañana estará menos cansado o estresado, que tendrá tiempo libre suficiente para dedicar a tareas pendientes; un yo que elegirá no quedarse sentado en el sofá viendo una serie, sino que se pondrá manos a la obra y avanzará en todo aquello que se prometió que haría.

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El error de considerarnos personas mejores en el futuro es, al menos en parte, producto de un equívoco mayor, a saber, creer que en ese futuro habrán desaparecido los impedimentos del presente. Es, además, una demostración diaria de cómo tropezamos continuamente con la misma piedra y somos ciegos a lecciones que se sitúan a dos palmos de nuestras narices.

Sirva de ejemplo la siguiente historia personal. Mi jefe se acercó hace poco a preguntarme cómo va nuestro proyecto de mejora del servicio. «Muy retrasado», le dije. Y tanto. Solo el comienzo se ha pospuesto diez meses, y en menos de un mes desde que se lanzó oficialmente nos hemos desviado ya veinte días respecto a lo planificado, planificación que se hizo tomando en consideración cierta cantidad de aplazamientos que a ciencia cierta surgirían. Somos, pues, víctimas de la ley de Hofstadter: «todo lleva más tiempo del planeado, incluso teniendo en cuenta la ley de Hofstadter». Cuando le conté qué estaba haciendo ahora mismo en lugar del proyecto (crear esto, cambiar aquello, arreglar lo otro, etcétera, etcétera) me dio su aprobación, dijo que sería una situación temporal, que habían coincidido un par de cosas negativas, y que el resto de tareas solo había que hacerlas una vez. Se supone que después de esto todo irá rodado.

No será el caso. Porque una vez resueltos los problemas de ahora, llegarán otros nuevos. Nuevos clientes con nuevas peticiones que necesitarán nuevos sistemas que tendrán nuevos fallos. Así es la vida. Los problemas de ahora pasarán, pero la llegada de problemas nuevos es continua. A mi modesto entender, es algo que sucede a todos los niveles y en todas las esferas de la vida. Yo lo aprendí cuando empecé a gestionar mis finanzas con un programa al efecto. Los primeros meses pude ver cómo el dinero se escapaba sin yo quererlo debido a imprevistos. Al hacer cálculos sobre mis ganancias netas futuras solía pensar «este gasto no debería volver a ocurrir, por lo que podré ahorrar más el próximo trimestre». Pero eso no llegó a pasar nunca: las previsiones fallaban una y otra vez. Cuando no había que pagar la reparación del coche había que comprar un frigorífico nuevo, o si no hacer un viaje súbito, o hacer frente a impuestos nuevos, o ir al fisioterapeuta, o abonar seguros, o hacer un regalo no contemplado, o prestar dinero a mis padres para que pudieran hacer frente a sus propios pagos inopinados. El mismo gasto inesperado podía no volver a darse en años, pero la sucesión de imprevistos no cesaba. Siempre pasaba algo. Igual que me ocurre ahora en el trabajo, solo atender lo imprevisto -aquello que supuestamente no debería volver a repetirse- borraba cualquier posibilidad de progreso. Me sentía a bordo de una noria, en movimiento pero sin avanzar realmente.

Esperar al momento oportuno para hacer algo puede ser una idea terrible. Es muy improbable que ese momento llegue nunca. ¿Qué posibilidades hay que de que todo lo que te estorba desaparezca a la vez? ¿Cuánto podría durar tal situación? Como le explicaba el viejo Jay a Phil en un episodio de Modern Family:
«Phil: Me han ofrecido ser socio en una agencia nueva.
Jay: ¡Oh! Me alegro.
Phil: No estoy tan seguro. Sí, tiene muchas ventajas, pero ahora tengo un puesto estable. Tengo tres hijos y al menos una irá a la universidad. En el peor de los casos irán todos.
Jay: ¿Y qué opina Claire?
Phil: No se lo he dicho todavía, quería hablar primero contigo. Tú viviste esto.
Jay: Pues creo que solo puedes hacerte una pregunta.
Phil: ¿Si estoy preparado para dirigir mi propia empresa?
Jay: Nah, tienes don de gentes, eres un buen vendedor; has logrado mantener la familia en tiempos duros.
Phil: Entonces ¿qué? ¿Si es buen momento?
Jay: Nunca es el momento perfecto, la casa podría incendiarse mañana. La pregunta es "¿te apetece?"»
Cuando uno de mis mejores amigos volvió de visita a España tras haberse mudado a Irlanda, me dijo que uno de los cambios más notorios era que allí no podía esperar a que dejara de llover para hacer planes al aire libre, porque en Dublín diluvia constantemente. Si lo que principalmente te está frenando a la hora de hacer algo que deseas (ya sea aprender un nuevo idioma, tocar un nuevo instrumento, cambiar de trabajo o tener un hijo) es la sensación de que no es el momento adecuado, tal vez deberías reconsiderar tu posición. En la vida no para de llover, solo varía la intensidad. Siempre habrá recibos que pagar y relaciones que atender, enfermedades que te minarán y cosas que se romperán. Siempre habrá una excusa. Lo único que no habrá es más tiempo.

domingo, 7 de octubre de 2012

En un mundo de tuertos

Una de las muchas ventajas de Facebook es que permite a los amigos insultarte públicamente en tu muro sin importar la distancia que medie entre ambos. Le pasó a una querida amiga hace no mucho cuando publicó una viñeta de contenido político que terminaba con la frase «No hay nada más tonto que un obrero de derechas». El resultado fue el habitual en estos casos: razones enfrentadas profusamente sazonadas con insultos y pullas. Precisamente ese día regresaba yo a la mesa de trabajo tras el almuerzo y ahí estaban mis compañeros, acusándose los unos a los otros de rojos y de fascistas, escenificando exactamente lo mismo que había tenido lugar en la red. Por el volumen de los gritos era obvio que el intercambio de argumentos había cesado bastante tiempo atrás. Cuando yo llegué solo quedaba el cruce de improperios, después de lo cual se echaron unas risas por el ridículo hecho y, al final, vuelta al tajo.
Foto de mabelzzz

La viñeta de la discordia me recordó otro tuit que captó mi atención en su momento: «Esquizofrenia española: Ser pobre y votar a la derecha». Esa es una solución breve a una aparente paradoja que suelen observar los de la banda izquierda. No es cosa solo de este país: en 2004 se publicó un libro en EEUU que abordaba la contradicción y en el que se ofrecía otra posible respuesta (básicamente, que los republicanos habían engañado a los trabajadores y habitantes del campo para conseguir su voto).

Lo cierto es que puede haber motivos razonables por las que un obrero o alguien con el sueldo mínimo vote a los conservadores. Este podría pensar que son gestores competentes (lo cual puede resultar cierto o no). O quizá lo que quería era castigar al otro partido por corruptos o chapuzas. Pero algo así ¿no debería pasar en contadas ocasiones, como la crisis actual? Si sucede continuamente ¿no está tirando piedras contra su propio tejado, el muy bobo?

Al parecer lo que sucede en realidad es que normalmente no votamos a quienes comparten nuestra clase social, sino a quienes nos une nuestro marco moral. Esa es al menos la conclusión que se extrae de los trabajos hechos por George Lakoff (psicólogo cognitivo) y Jonathan Haidt (psicólogo moral). Algunas personas dan preferencia a la libertad individual sobre la protección de los demás, y viceversa. Podemos concebir la justicia como retribución o como igualdad. Nos puede importar o no el patriotismo y la unidad de la nación. Tal vez valoremos el orden y la autoridad, tal vez nos parezca que ambas cosas deben ser cuestionadas. Quizá queramos simplemente que todo siga más o menos como está y se mantengan las tradiciones; quizá deseemos justo lo contrario. Hay quien está convencido de que existe un orden sagrado dictado por una deidad y que debe ser mantenido a toda costa; muchos sienten lo contrario. Por no hablar de temas como la inmigración, la guerra y el aborto. Qué valoramos y en qué orden de prioridad es lo que más influye acerca de la papeleta que va finalmente en el sobre.

Por tanto, es probable, verbigracia, que algunos de los catalanes que secundaron el movimiento No vull pagar voten de nuevo el mes que viene al presidente actual si lo más importante para ellos es la independencia. No verán una contradicción en apoyar al gobierno contra el que se rebelaron; más bien les parecerá que anteponen intereses de orden superior o otros inferiores. Todos sacrificamos a diario cosas en virtud de otras más importantes. No es distinto cuando tomamos decisiones políticas. Y la economía es solo una de las muchas facetas vitales modeladas por las ideologías.

El gran Ortega y Gasset dejó escrito:
«Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral»
Así, cuando valoramos a los del bando contrario según el hemisferio moral propio nuestra percepción carece de profundidad, igual que ocurre cuando vemos con un solo ojo. Tan idiota le parece a un socialista un obrero que apoya a quienes probablemente le asfixiarán económicamente, como estúpido se antoja a un conservador alguien rico que está de parte de quienes le quitarán su dinero mediante impuestos. Sin embargo, basta con mirar usando ambos ojos para -como decía mi amiga una vez armado el granizo- encontrarle su lógica.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Una historia del corazón

Todos a lo largo de la vida pasamos por situaciones que nunca habríamos imaginado que tendríamos que pasar. Situaciones para las que nunca te habían preparado y que te encuentras un buen día sin más. Situaciones que al final son las que acaban determinando quién eres.

Hace casi seis años ya, sufrí una de esas situaciones. Yo no hice nada para salir de ella, simplemente tuve suerte de tener a mi lado a las personas adecuadas. Ellos son los verdaderos protagonistas de la siguiente historia, que lo único que pretende es conseguir que se repita una y otra vez:


Desde entonces mi vida no ha dado ningún giro radical, no hay detrás ninguna de las muchas historias increíbles de superación que podemos ver día a día, ni siquiera fui consciente del impacto que supuso en mi círculo más próximo en su momento hasta tiempo más tarde, ya que se puede decir que yo no lo viví.

Una vez llegué a tomar conciencia de lo excepcional del caso, sabía que en algún momento habría de servir para algo más que para continuar respirando, pero no tenía ni idea de como usarlo. Así han transcurrido los años hasta que Esther y la plataforma de la que forma parte (EdCivEmerg) vinieron a mí, dándole por fin un sentido.

“porque los niños de hoy pueden salvar una vida mañana”

domingo, 23 de septiembre de 2012

In memoriam J.C.F.

A mi abuelo le encantaba el queso.

Hasta bien entrada la adolescencia siempre veraneaba en la aldea natal de mi padre, una casita perdida en medio de los montes de Lugo, en Galicia. Mis hermanas y yo pasábamos allí los días cuidando de los animales de la granja y correteando por los prados. Con mi abuelo aprendí a ordeñar vacas, a segar y rastrillar la hierba con la que alimentarlas, a dar de comer a cerdos, gallinas y corderos, a cortar leña y a hacer pan. Es curioso cómo a veces pasan por vacaciones lo que es trabajo en toda regla. Aún hoy mi padre no para quieto cuando vuelve a esa casa, yendo de recoger cosas del huerto a recolectar miel de las colmenas, mientras mantiene de paso el fuego del horno.

Se fue de a poco, mi abuelo. Durante el último par de años había que bañarle, levantarle y acostarle. No siempre era capaz de comer él solo. Por desgracia llevaba los últimos meses deslizándose por la pendiente de esa enfermedad que todo lo borra. Cuando le vi por última vez -no hace ni treinta días atrás- ya no reconocía a nadie salvo en momentos puntuales de lucidez, cada vez más espaciados. Hablaba, pero eran solo palabras sueltas en un débil susurro. Solía mantener una sonrisa infantil cuando conversabas con él. Ni rastro del mal genio que decían que gastaba; con nosotros siempre fue encantador.

Lamentablemente, en las dos últimas semanas su estado empeoró rápidamente. Ya no se podía mantener sentado, por lo que estaba en la cama todo el día. Después dejó de comer, y hubo que alimentarle con jeringuillas llenas de zumo. Al final dejó de beber también. El pasado domingo, dieciséis de septiembre de 2012, a eso de las nueve y media de la noche, su respiración se desvaneció como lo hacen las canciones, fundiéndose lentamente con el silencio. Le rodeaban su mujer y tres de sus cinco hijos. Tenía ochenta y nueve años recién cumplidos.

Nunca antes había perdido a un miembro cercano de mi familia, y solo una vez había estado en un velatorio, el del padre de mi mejor amigo. «Parece un muñeco» fue lo primero que pensé cuando vi el cadáver de mi abuelo en el tanatorio. Había adelgazado mucho, se le notaba consumido por tantos días sin comer. Para colmo, la persona que preparó el cuerpo no debía de ser muy diestra; mis tíos se quejaban de que no parecía él. Aún así estaba elegante con su traje y su corbata, su pose señorial y el rosario entrelazado entre sus manos -antes recias, ahora huesudas-. «Nuestro más sentido pésame», «es ley de vida», «ahora descansa» y otros tópicos del mismo tenor formaron la retahíla de condolencias del velatorio, fórmulas al uso para un momento en el que en realidad no hay nada que decir. Finalmente lo enterramos en el panteón familiar que él mismo construyó allá por la década de los sesenta. Su cuerpo reposa ahora en el hueco inferior del lado derecho. Sin duda fue el acto físico de meter allí el ataúd la peor parte de todo el proceso. Hay algo terrible en ello que no puedo explicar.

Mi abuelo trabajó todos los días de su vida hasta que los problemas en sus piernas le obligaron a quedarse sentado. Era otro tipo de trabajo, de aquel en el que uno mismo se queda con los frutos de su esfuerzo. Cuando yo era pequeño casi todo lo que se comía en aquella casa era hecho allí: frutas, verduras, pan, leche, carne, huevos... y el queso, ese queso de fortísimo sabor que hacía siempre de postre, el cual mi abuelo cortaba con la navaja que llevaba encima a todas horas (una navaja de las de pueblo, fabricada en la cuchillería del pueblo), acompañándolo de pan o miel, según la apetencia del momento. Todos los años volvíamos de allí con el maletero convertido en improvisada despensa, acomodando como se podía las maletas entre las viandas. A mí me daba un poco sensación de saqueo.

No obstante, los mejores frutos que han salido de aquella casa han sido mi padre, sus dos hermanos (uno de los cuales es mi padrino) y sus dos hermanas (una de las cuales es mi madrina), todas ellas personas fuertes, trabajadoras y solícitas que ahora dan continuidad a ese haz de pensamientos, pasiones y emociones que fue su padre.

Una vez leí que a menudo la muerte se considera una falta de consideración para con los vivos. Sea como sea, ahora toca ocuparse de los que se quedan. Especialmente de mi abuela, que tras sesenta años de matrimonio ha perdido, en un sentido bastante literal, una parte de sí misma. En las parejas que llevan mucho tiempo formadas la mente de uno se extiende hacia la del otro y ambas se entrelazan, hasta el punto de que comparten espacio en sus cabezas para guardar los recuerdos del otro, se influyen mutuamente y piensan de forma conjunta.

«¡Qué triste!» suspiraba la pobre mujer tras la misa mientras mi hermana y yo la acompañábamos de nuevo al coche, sujetándola cada uno de un brazo. Aunque soy ateo la acompañé en silencio durante su rezo del rosario con la ingenua esperanza de repartir un poco la carga del dolor. Su hermana también estaba allí y, al igual que mi abuela, ha perdido a su marido este verano. Me temo que la mayor esperanza de vida de las mujeres lleva consigo la maldición de ver morir a los hombres que quieren.

Al contemplar aquel féretro por primera vez sentí rabia. Tuve ganas de liarme a patadas con todo. Por el dolor de los seres queridos allí reunidos. Porque no podré volver a ver a aquel hombre sentado en su rincón habitual de la mesa disfrutando del vino y el queso. Por mis primos pequeños, que han perdido a su abuelo tan pronto y no podrán aprender de él lo que yo aprendí. Por el absurdo, la banalidad y el sinsentido de la existencia humana.

La sensación que tengo ahora es que la vida se reduce a ver morir a los que te rodean -algunos de los cuales te importan, muchos otros que no- para después, algún día, morirte tú. Y cada noche, mientras intento quedarme dormido, me pregunto quién será el siguiente.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Autosabotaje

Como tantos otros, he estado enamorado varias veces. Como tantos otro, he estado enamorado de personas que no me correspondían. Y como tantos otros, he estado enamorado de quien no me convenía. Una de las lecciones de la adolescencia es que uno no elige de quién se enamora; los sentimientos te atrapan sin más.

Foto de mabelzzz
Venimos al mundo con un buen puñado de preferencias, gustos, inclinaciones y necesidades preprogramadas. La crianza, la educación, la cultura y las experiencias vividas añaden algunas más. Para cuando somos adultos cargamos con una mochila considerable de impulsos y frenos automáticos. Algunos son más o menos maleables, pero otros (innatos) parecen inalterables. Según el caso, puede requerir tanta energía cambiar que pocos se toman la molestia.

Para Richard David Precht la conclusión de todo lo anterior es deprimente (el énfasis es mío):
«Even if I liberate myself from many external constraints, my desires, preferences, and longings remain unfree. I am not the one determining my needs -they are determining me! And that is why many neuroscientists claim that people are utterly incapable of 'reinventing' themselves»
A veces esas necesidades y deseos que nos vienen dados no están alineados con lo que nos conviene, como decía al principio. El resultado es que nos saboteamos a nosotros mismos por acción (hacemos cosas que preferiríamos no hacer) o por inacción (no hacemos cosas que querríamos hacer). Los ejemplos abundan por doquier. Mujeres que solo se ven atraídas por hombres proclives a la infidelidad o a desaparecer inmediatamente tras meter. Hombres a los que les gustaría sentar la cabeza pero que están abonados a labrar en tajo ajeno. Parejas en las que uno quiere hijos y el otro no. Individuos envidiosos de todo y de todos. Empleados que anhelan renunciar a obtener satisfacción en su trabajo. Gente dadivosa en lo personal que preferiría no volcarse tanto hacia los demás porque siempre salen escaldados. Celosos patológicos sin ninguna justificación. Personas a las que les gustaría no dejar todo para el último minuto.

Todos ellos desearían cambiar, transformar sus pulsiones internas y pensar o actuar de otra manera. «Quisiera ser el tipo de persona a la que eso no le preocupa» me decía, verbigracia, un amigo cuando hablábamos de la búsqueda de realización en el trabajo. A mí personalmente me gustaría, entre otras muchas cosas, no darle tantas vueltas a todo, no ser tan cobarde y no estar enganchado al azúcar.

Lamentablemente, me temo que no elegimos nada de lo anterior: ni las necesidades ni los deseos ni las preferencias ni el objeto de nuestras preocupaciones. Lo que sucede es que el subconsciente pide algo («¡quiero una casa más grande!») y la razón se lo niega («no hay dinero») pero el primero hace caso omiso y sigue rogando y pataleando, amargando a uno la existencia. Más tarde, cuando es la razón la que se fija un objetivo («debo ver las cosas buenas que tengo») si el subconsciente no está interesado hará oídos sordos y seguirá a lo suyo («¡quiero una casa más grande!»), denegando el impulso interno que tanto ayuda a la consecución de nuestros objetivos.

No digo que seamos totalmente esclavos de nuestras propensiones. A veces podemos hacer valer nuestra voluntad para no llevar a cabo todo lo que nos pide el cuerpo, pero no parece que seamos capaces de cambiar qué es eso que nos pide. Difícilmente nos levantaremos un día queriendo desde lo hondo de nuestra persona aquello que anoche queríamos querer. Es cierto que algunas de las cosas que he mencionado cambian con el tiempo pero, como digo, no ocurre de forma voluntaria. Más bien creo que nos vamos adaptando a base de intentar ignorar esa vocecilla interna -aunque se resista a callar, la condenada-.

Ojalá en el caso del lector sus deseos conscientes coincidan con los que surgen de su interior, especialmente en lo que atañe a cuestiones importantes. Eso le ahorrará muchas amarguras.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Disfrutar la vida

Colin Farrell interpretó en un episodio de Scrubs a un irlandés juerguista cierrabares que le decía a los doctores:
«¿Vosotros qué, troncos? Aquí salvando vidas todos los días, y aún así salís y quemáis los bares. Porque vosotros salís de noche ¿verdad?» 
Foto de mabelzzz
Cuando los jóvenes galenos le dicen que, debido a sus horarios, lo que hacen realmente es acostarse temprano él replica:
«Tíos, ya dormiréis cuando estéis muertos. Tenéis que salir a la calle, tenéis que hablar con extraños. Desayunar cervezas. Enrollaros con la chica más fea de la fiesta. Iros de viaje a Texas ¿sabéis? Bailad con mujeres cansadas de sus maridos. La vida os pone todo en el regazo. Atreveos a abrazarla»
Su personaje me recordó al también irlandés George Best, un futbolista de la década de los sesenta a quien se atribuye la frase «he gastado mucho dinero en mujeres, alcohol y coches; el resto lo he desperdiciado». En la vida real, Farrell tiene un tatuaje en el brazo con la frase carpe diem. Según él, esa locución latina significa que hay que aprovechar el día, vivir el momento y dejar que el ayer desaparezca. Para el filósofo Julian Baggini dicha interpretación es una receta para el desastre:
«Si eso fuera lo que carpe diem significa realmente, yo diría que Farrell ha cometido un error al intentar vivir siguiendo esa definición. Vivir sólo para el momento y olvidar el mañana o el ayer no es una receta para la satisfacción. El problema es que los placeres van y vienen, y el mañana que imaginamos que jamás llegará casi siempre llega. El hedonismo puro nos deja vacíos, siempre estamos anhelando más placer y jamás no sentimos saciados. Las llamadas de atención están ahí, desde Platón y Aristóteles hasta Dorothy Parker pasando por Kierkegaard.»
Nunca he comulgado con el hedonismo simple típico del filósofo de bar. En primer lugar, porque no creo que dé sentido a la vida. Stephen Hetherington lo resume muy bien:
«La gente no piensa por lo general que si un gato siente placer, eso le otorga sentido a su vida. Así que la próxima vez que oigas a alguien explayarse entusiasmada sobre el sentido que dan a su vida la "buena comida, el buen vino, la buena conversación, en fin, el placer puro y llano", pregúntate si es tan obvio que su vida adquiera por ello más signifcado que la vida de un gato feliz. ¿Es acaso el placer como tal demasiado frívolo como para contribuir a darle verdadero significado a una vida?»
En segundo lugar, porque soy una de esas personas que necesita la narrativa para vivir. Una existencia basada en la mera sucesión de episodios de goce me parece vacía y sin significado. No quisiera que, si algún día viera pasar toda mi vida por delante de mis ojos, lo único que se proyectara ante ellos fuera una comilona seguida por otra comilona, seguida por un polvo, seguido por una comilona. Creo que la vida, como las buenas series de televisión, necesita una trama transversal que alumbre un todo satisfactorio. La típica serie basada en el caso de la semana acaba aburriendo a cualquiera.

Vivir cada día como si fuera el último implicaría la imposibilidad de llevar a cabo proyectos vitales. «He aprendido a depender [de Dios], a vivir al día y a renunciar a hacer planes. Tenemos el día de hoy, pero quizá no tengamos el de mañana», dijo una de sus entrevistadas a la doctora Kubler Ross. Nada nos garantiza que llegue el mañana, es cierto, pero eso es una invitación a no postergar las cosas, no a renunciar a nuestros planes a largo plazo. La flexibilidad mal entendida que conlleva renunciar al timón da un resultado opuesto al buscado.

Hay una tercera razón para que no comparta el enfoque del que estamos hablando. Es una razón que, además, hace que se me atraganten las personas que se guían por un estilo de vida así. Me temo, sufrido lector, que hemos llegado al punto en el que me pongo a pontificar, de modo que le entenderé si se salta los dos párrafos siguientes.

No somos el puto oso Yogui. El mundo no es un panal de miel puesto a nuestra disposición para darle gusto al cuerpo. No estamos solos. Otras personas -cercanas o no- nos necesitan. Tenemos obligaciones para con los demás. La vida no es solo diversión y jodienda. Nuestro disfrute no puede subvertir nuestro sentido del deber. ¿Qué pensaríamos de un médico que no atiende una urgencia porque está disfrutando del postre en su hora libre para comer?

No digo que debamos hacer vida ascética. Lo que digo es que hacer de los chutes de serotonina y dopamina un fin en sí mismo es reprochable, más aún cuando muchos sufren tanto y tan continuamente.  Mientras unos pocos nos ponemos ciegos a aperitivos, otros muchos tienen que atarse fuertemente una cuerda a la cintura para dejar de sentir hambre. Los analgésicos que algunos toman para la resaca los fabrican empresas que llevan a cabo sus ensayos médicos en países del tercer mundo sin ninguna ética médica. Millones de personas no tienen acceso a los avances científicos producidos en los últimos cien años. La fruición propia no es lo más importante del mundo. A mi juicio, es una obligación moral renunciar a parte de ella por el bien de los demás dedicando, verbigracia, el dinero que gastamos en comida y bebercio de utilidad marginal reducida o nula a mejores fines.

Una vez conversaba con alguien acerca de visiones sobre la vida y, en su caso, solo supo decirme que lo que tenía claro era que la vida hay que disfrutarla. En casos así, ya se refiriera a placeres simples, a gratificaciones o a estados de flujo la perspectiva es siempre la misma: «¿qué puedo obtener yo del mundo?». Curiosamente, las investigaciones en psicología apuntan en la dirección contraria: si lo que se busca es ser feliz la perspectiva adecuada tal vez sería «¿qué puedo darle al mundo?».

domingo, 2 de septiembre de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres (apéndice)

Por un lado, hasta la semana 14 de embarazo se puede decidir libremente sin justificación alguna interrumpir el embarazo. Por otro lado, por protocolo médico a finales del primer trimestre del embarazo (entre la semana 10 a 12) se practican pruebas para detectar las posibilidades de que el fecto pueda tener alguna anomalía cromosómica como el síndrome de Down. Si las probabilidades son altas (y hablamos de probabilidades) se permite abortar como máximo en la semana 22, así como si se detecta cualquier otra anomalía o malformación grave. Por último, solo en casos muy extremos en los que se detecte una anomalía o malformación tal que resulte incompatible con la vida puede interrumpirse el embarazo sin límite alguno de plazo.

Foto de pasma
Dicho esto, me resulta contradictorio pensar que hasta la semana 22 pueda decidirse interrumpir el embarazo si se produce alguna de las circunstancias antes mencionadas y, en cambio, no se pueda a partir de dicha semana 22 pues ¿acaso no mucho antes ya se conoce el sexo del feto y todos sus órganos están en desarrollo? Luego antes o después de la semana 22 se trata de la misma vida humana en formación, aunque evidentemente exista la diferencia del tamaño.

Al margen de los plazos, llegado el caso de detección de una alteración, anomalía, malformación o enfermedad grave, qué duda cabe de que los padres son los primeros inmersos en una situación de caos moral, a los que pienso debería corresponder decidir si el embarazo debe llevarse o no a término y, en mi opinión, tan lícito es adoptar una postura como otra, llevando implícitas cada una de ellas sus propias consecuencias.

Estoy de acuerdo en que en este asunto hay constestaciones y no respuestas, por lo que al tratarse de una cuestión pura y estrictamente moral ¿por qué un político se cree con derecho a prohibir algo que no compete a su propia moralidad sino a la de los padres, dependiendo de hacia dónde inclinen la balanza? ¿Se ha parado a pensar por qué en nuestra sociedad se observan cada vez menos casos de personas con síndrome de Down, parálisis cerebrales o cualquier otra anomalía grave de nacimiento?

El Colegio de Ginecólogos está luchando en los últimos años para que el gobierno permita interrumpir el embarazo en cualquier momento -independientemente de la semana de gestación- cuando se detecte una alteración, anomalía, malformación o enfermedad grave en el feto. Los médicos son humanos y por tanto tienen moralidad. En su mayoría recomiendan de manera extraoficial interrumpir el embarazo incluso después de la semana 22 en estos casos, a pesar de no ser legal en la actualidad en España. Es más, en el 90% aproximadamente de los casos los padres optan por la interrupción recurriendo a una vía que queda fuera de nuestra legislación y que es proporcionada por los propios médicos. Me pregunto entonces hasta qué punto es apropiada la intervención política en la imposición de plazos en estos casos (y no digamos por parte de la Iglesia).

domingo, 26 de agosto de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres (y III)

Foto de Ren.
Hasta ahora hemos considerado un caso concreto del malparto, pero las premisas de las que parten ambas posiciones frente al dilema hacen que las conclusiones sean aplicables en cualquier situación. Si alguien cree que el aborto equivale a matar a un ser humano digno inocente, entonces tendrá que apechugar con su embarazo aunque sea fruto de una violación o su hijo no vaya a tener nunca vida consciente. Si piensa que es libre de elegir debería poder hacerlo aunque no se trate de ninguno de los supuestos anteriores.

Kant pensaba que el embrión ya era digno del mismo respeto que un ser humano adulto si su concepción era intencionada, fruto del deseo y la voluntad libre de sus padres (aunque su argumentación solo incluía a los hijos concebidos dentro del matrimonio). Los utilitaristas, por su parte, piensan que el embrión no es una persona: carece de deseos, voluntad propia, preferencias y un deseo de vivir similar al de un adulto. Por tanto, no puede tener el mismo grado de protección y es correcto abortar si eso va a ahorrar sufrimiento a la madre (o una vida de dolor al propio hijo). En cambio, tanto para Habermas (ética dialógica) como para MacIntyre (comunitarismo) el problema del aborto es indecidible y solo podemos aspirar a ponernos de acuerdo dentro de cada comunidad sobre qué hacer. Por último, existe la visión del sentimiento moral de Hume, según la cual podemos usar las intuiciones morales con las que venimos al mundo para tomar una decisión; si sentimos que algo está mal, entonces estaría mal.

¿Se debe permitir el aborto en caso de graves malformaciones? Como ocurre con (¿todas?) las preguntas de índole moral se pueden dar contestaciones, pero no respuestas. A mi modesto entender, el tema es lo suficientemente importante para que dichas contestaciones estén bien razonadas. En lugar de reírnos de los del bando contrario, insultarlos o pensar que todo el mundo es idiota, tal vez deberíamos seguir el consejo de Dave Robinson:
«Whatever moral issue you feel strongly about [...] make sure that you know all the facts first, and think hard about it. Don't just say, 'It's wrong because it's wrong'.»

lunes, 20 de agosto de 2012

Algo ligero

Foto de mabelzzz
Ahora que es verano en el hemisferio norte lo que suele apetecer es tirarse en la playa a descansar y no pensar demasiado. Tal vez sea una de las razones por las que en esta época proliferan en la televisión los concursos. Así pues, en lugar de la sólita reflexión (léase tostón), he aquí una ración de pedacitos de conocimiento aleatorios que tal vez ayuden al lector en sus partidas de trivial estivales. Buen provecho.

***

  • La vejiga nos pide visitar el baño cuando alberga más de 200 mililitros. Un adulto orina de media 1,5 libros cada día. [Fuente]

  • Los mongoles colocaban su ración de carne en el asiento de su cabalgadura y se sentaban sobre ella para ablandarla con el trote durante sus viajes. [Fuente]

  • Las mujeres intentan suicidarse más a menudo que los hombres, pero estos son más eficaces. [Fuente]

  • Debido a que el calor asciende, en una pendiente del 50% un fuego avanzará nueve veces más deprisa que en suelo llano. [Fuente]

  • El alfabeto se inventó una sola vez poco antes del año 1500 a. e. c, cerca de la cuenca oriental del mar Mediterráneo. Todos los alfabetos conocidos descienden de ese antepasado. [Fuente]

  • Los estadounidenses representan dos tercios del mercado global para los antidepresivos. Estos medicamentos son lo más recetado en ese país. [Fuente]

  • Los delfines consiguen dormir y nadar simultáneamente desactivando de forma alterna cada uno de sus hemisferios cerebrales. Durante unas horas, solo uno de ambos hemisferios permanece activo, tras lo cual se «apaga» y el otro toma el control. [Fuente]

  • La Asociación Americana de Pediatría desaconseja de forma vehemente que los niños menores de 2 años vean la televisión (independientemente del tipo de programa o contenido) por sus efectos adversos. [Fuente]

  • Los conejos son, junto con las cobayas, los únicos animales que no pueden marearse por el movimiento. [Fuente]

  • El hombre es el único animal que expresa aflicción mediante las fuentes de sus ojos. [Fuente]

  • Si tienes sobrepeso tu hijo tiene una probabilidad de entre el 65% y el 75% de crecer con kilos de más. [Fuente]

  • Aunque los gemelos sean idénticos  en su ADN, sus huellas dactilares son distintas. [Fuente]

  • Aproximadamente el nueve por ciento de las mujeres habrá tenido cáncer de mama antes de cumplir los ochenta años. [Fuente]

  • No hay ninguna diferencia entre el rayo y el relámpago. Hablamos de relámpago cuando la nube oculta el rayo y lo que se ve es la iluminación de la nube entera. [Fuente]

  • Varios estudios muestran que sobrestimamos habitualmente la cantidad de tiempo que pasamos haciendo cola, y que eso hace que nos sintamos menos satisfechos cuando nos atienden. [Fuente]

  • En los años setenta aún existían en algunas ciudades estadounidenses leyes que permitían arrestar a los transeúntes que tuvieran mal aspecto. [Fuente]

  • A finales del siglo XIX y principios del XX se concedieron numerosas patentes en Estados Unidos a dispositivos concebidos para evitar la masturbación. Funcionaban mediante descargas eléctricas u objetos punzantes que pincharan el pene en caso de erección. [Fuente]

  • El mero hecho de participar en un estudio científico hace que mejore nuestro rendimiento o nuestra enfermedad, según sea el caso. Esto se llama «efecto Hawthorne». [Fuente]

  • Actualmente hay indicios de que los sistemas de género gramatical pueden controlar las asociaciones mentales de los hablantes. El género de un árbol, por ejemplo, puede cambiar la forma en que los hablantes piensan sobre ellos. [Fuente]

  • Los cinturones de seguridad reducen el peligro de muerte hasta en un 70%. Instalarlos en todos los coches estadounidenses cuesta unos 500 millones de dólares por año, con un coste aproximado final de 30.000 dólares por vida salvada. El airbag, por otra parte, arroja un saldo final aproximado de 1,8 millones de dólares por cada vida salvada. [Fuente]

  • Hay estudios que muestran que los rasgos de personalidad antisociales son heredables entre un 40% y 50%. [Fuente]

  • En Japón, un exceso de elogios hacia una persona se considera sarcasmo o ironía. Lo llaman homegoroshi, que significa «matar de elogios». [Fuente]

  • El gen COMT (catecol-O-metiltransferasa) parece ser clave en cuanto a la inteligencia general de una persona. Este gen sirve para producir una enzima que descompone la dopamina y otros neurotransmisores. Al parecer, cuanto más despacio se metaboliza la dopamina, más inteligente se es. [Fuente]

domingo, 5 de agosto de 2012

Los hombres que no amaban a las mujeres (II)

Veamos ahora los argumentos de aquellos que se oponen a que la ley prohíba abortar cuando el feto tiene malformaciones.

CONSIDERACIONES SOBRE LOS ARGUMENTOS EN CONTRA


Es una intromisión en la vida privada


La idea aquí es que el Estado no debe imponer su visión ética de lo bueno, sino que debe limitarse a asegurarse el cumplimiento de las normas que garantizan lo justo. Después cada persona es libre para comportarse de formas que tenga razones para valorar.

No obstante, lo que para cada uno es bueno no puede ir en contra de lo justo ni de los principios universales que mencionamos en la primera parte. Si (y este es un gran si) el feto fuera una persona y tuviera los mismos derechos, la autonomía de los padres no les permitiría matarlo.

Foto de Mabelzzz
Por otro lado, la separación de los dominios público y privado no es tan nítida como pueda parecer. En el caso del embarazo, por ejemplo, se podrían aducir varias razones que lo sacan del ámbito privado. Por ejemplo, sabemos que para que haya un feto es necesario que un óvulo haya sido fecundado por un espermatozoide. En el momento en el que dicho espermatozoide no puede ser proporcionado por la mujer la gestación ya no es solo asunto suyo. Aunque un hombre haya donado su esperma, podría no estar de acuerdo en que lo utilicen por mujeres pro-aborto (suponiendo, claro está, que uno pueda incluir una licencia de uso sobre su semilla).

Finalmente, el respeto a la autonomía individual choca con el de responsabilidad social. Nos guste o no, los ciudadanos tenemos obligaciones los unos con los otros. Cuando los padres deciden no vacunar a sus hijos son responsables de que otros niños enfermen y de que la enfermedad se propague. No siempre prima el respeto a la libertad de cada uno. Tener o no un hijo afecta a la sociedad en su conjunto. Esta necesita, por ejemplo, nuevas personas que trabajen y paguen la jubilación de los mayores, nuevos científicos y médicos, etc. Por contra, hay sociedades superpobladas que no pueden dar abasto y en las que se disuade a sus miembros de alumbrar nuevas criaturas. La cuestión de la paternidad se enmarca así dentro del ámbito público y nos obliga a considerar las implicaciones que para todos tienen nuestras acciones.

Nosotras parimos, nosotras decidimos. El aborto es un derecho de la mujer


Este es un argumento derivado del anterior y de corte feminista. Se supone que las mujeres son libres para decidir sobre su cuerpo, lo que incluye al feto. Además tienen el derecho de que su cuerpo no sea usado por nadie más contra ellas o sin su consentimiento. El Estado no puede a obligar a alguien a donar sus recursos vitales a ninguna otra persona, por muy necesitada que esté, sea niño o adulto. A este respecto es citado frecuentemente la analogía de Judith Jarvis Thomson, en el que una persona es encadenada contra su voluntad a un violinista famoso que morirá si se las separa durante los próximos nueve meses, pues los riñones de este último no funcionarán en ese tiempo.

Las posturas contrarias a esta tesis vienen, de un lado, de los hombres, que piensan que también tienen derechos sobre el feto cuando es fruto de su semilla. Por otro lado, las feministas provida señalan la hipocresía que supone tratar a los niños aún no nacidos como una propiedad cuando ellas mismas han sufrido la experiencia de la discriminación y la deshumanización por parte de los hombres. Además se mantienen los problema de la responsabilidad social y separación de ámbitos tratados en el argumento anterior.

En cuanto al uso indebido de recursos vitales de otra persona, si la lactancia fuera la única manera de alimentar a un bebé ¿sería lícito que una madre renunciara a dar el pecho a su hijo alegando que se están aprovechando de su cuerpo?

Si se prohíbe este tipo de aborto lo que ocurrirá es que las mujeres abortarán en la clandestinidad


Se parte de la premisa de que las mujeres abortarán igualmente, lo permita la ley o no, y por tanto pueden acabar haciéndolo en malas condiciones que pongan en peligro su vida. Este mismo razonamiento se ha usado en otros debates, como el de la legalización de las drogas.

Que la gente vaya a seguir haciendo algo por más impedimentos que se les pongan es irrelevante cuando tratamos de dirimir una cuestión como lo la del aborto, pues no afronta el dilema ético.


Es una prohibición retrógrada


En la primera parte ya vimos que los defensores del cambio en la ley apoyaban su postura con este mismo argumento. Me resulta curioso que aparezca aquí también, si bien aquí la época retrógrada en cuestión suele ser el franquismo, donde el Estado restringe la libertad individual e impone su ideología cristiana.

Las leyes cambian con el tiempo, pero eso no implica que las de hoy sean mejores que las de hace cincuenta años. Muchos concebimos erróneamente la historia como una evolución de la barbarie el progreso. Mas lo que tenemos solo son épocas distintas, y distinto no significa mejor. La mayor esperanza de vida, la menor mortalidad infantil, la disminución de las horas de trabajo, etc. no son globales: esas cosas solo se dan en ciertas sociedades desarrolladas.

Las leyes deben valorarse, por su valor intrínseco, no por la época en la que estuvieron vigentes.

La persona no tendrá calidad de vida, se la condena al sufrimiento


Este es el motivo principal para oponerse al cambio en la ley y el hilo conductor de las cartas abiertas sobre el tema, en las que se describe de forma muy explícita el dolor de estas personas.

Sin embargo, tal vez el único al que competa juzgar la calidad de vida sea a la persona que vive esa vida. Alguien totalmente sano puede suponer cómo sería vivir con cierta discapacidad, pero no lo sabe. Quizá el hecho de venir con ella al mundo hace que la persona se adapte y no valore su vida como falta de calidad. Véase, por ejemplo, el caso de Sean Stephenson.

Otro factor a tener en cuenta es que habrá veces en las que será difícil evaluar la calidad de vida futura, ya que no todas las malformaciones son igual de graves. No es lo mismo venir al mundo con anencefalia o espina bífida que con talasemia.

Es una condena para los padres. Además el gobierno ha retirado las ayudas para estos casos


No solo el niño tendrá una vida cargada de dolor, sino que los padres sufrirán con él. No disfrutarán muchas de las satisfacciones que supone criar un hijo sano, y además deberán renunciar a más cosas que otros padres, ya que se verán obligados a estar mucho más atentos a su retoño, que no puede -y no podrá- valerse por sí mismo. Desde la ética utilitarista se optaría indudablemente por el aborto.

A pesar de todo, si (y de nuevo es un gran si) lo moralmente correcto fuera tener el bebé por muy enfermo que estuviera, entonces nada de lo anterior importaría, como tampoco importaría el hecho de que el gobierno haya retirado las ayudas a la dependencia. Recordemos que, según Kant, una acción es moral si se hace por sentido del deber, no porque nos vaya a suponer perjuicio o beneficio, o porque sus consecuencias sean más fáciles o difíciles de llevar. Desde la ética deontológica, si lo correcto es continuar con el embarazo, ningún obstáculo de tipo práctico tiene lugar en la discusión. 

miércoles, 1 de agosto de 2012

IFTTT

IF <<this>> then <<that>>
 o lo que es lo mismo
 Si <<esto>> entonces <<eso>>
IFTTT es un servicio en internet que hace las cosas más faciles o que se te avise si ocurren eventos. Yo principalmente lo utilizo para estar informado y no perder tiempo revisando. Ejemplos:
  • Si un amigo actualiza su blog pues esta aplicación me mandará un correo, de esta forma no tengo que entrar en su blog periodicamente por si ha añadido una entrada.
  • Si en Twitter hay una entrada de un hashtag, pues me avisa. Digamos que sería una vigilancia digital :-)
  • Si España gana una medalla olímpica, me saltará un mensaje... todavía no la he comprobado :-P

Me ha parecido un descubrimiento, por eso esta entrada. Pero como todo tiene sus contras, y es que has de configurar los trigger/canales para que haga las búsquedas o envíe correos a tu buzón.

Si lo usas, ¿qué recetas son las más útiles/usadas por ti? ¿te parece útil?