sábado, 25 de mayo de 2013

Una proposición indecente

En 2007 una mujer de veinticinco años publicó un anuncio en Craiglist en el que se describía como «espectacularmente bella, elocuente y con clase». Su objetivo, decía ella, era encontrar a un hombre que ganara al menos 500.000 dólares al año con el que casarse. Se lamentaba la pobre chica de haberse estancado en citas con maromos cuyo salario no superaba los 250.000 dólares anuales, varones que no podrían proporcionarle una casa al oeste de Central Park. Lo que esta joven buscaba con su anuncio, de acuerdo con sus propias palabras, eran consejos prácticos que le ayudaran a encontrar a uno de esos hombres del medio millón de dólares: bares a los que ir, restaurantes que frecuentar, gimnasios a los que apuntarse, profesionales a los que dirigirse porque ganan más, etc. Afirmaba mi prima con pasmo que era mucho más lista y guapa que otras mujeres que habían logrado lo que ella ansiaba, y que no sabía qué estaba haciendo mal.
Foto de epSos.de

A menudo introducir dinero en la ecuación, o ponerlo por delante de toda otra consideración, empeora un trato. Por ejemplo, piense en algo que le guste mucho hacer (dibujar, hacer snowboard, fornicar...) y en cómo se sentiría si le pagaran por hacerlo. En el momento en el que se convierte en un trabajo nuestra actitud se transforma. Por mucho que nos guste, empezamos a tener en cuenta los inconvenientes, como el de someterse a un horario fijo o fechas límite. El hecho de que haya dinero de por medio cambia la manera en que valoramos la actividad.

Asegura Dan Ariely que las motivaciones financieras y las altruistas no se suman, sino que se restan. Según él:
«Once that financial motivation comes in, the social motivation, feeling good about yourself, good about your action, actually goes away. The basic idea here is that we live in a continuum. There are things that are in the financial domain, which we call market norms, where you pay people for their work. [...] On the other hand, we have marriage or long term relationship, where we don't have this exact tradeoffs. [...] The interesting thing is that once you add financial incentives to the mix, you actually can make things worse off.»
Como muestra pone el siguiente ejemplo. Si usted se encontrara a un conductor que ha pinchado y tiene que cambiar la rueda ¿le ayudaría? Personalmente puedo contestar afirmativamente porque ya me he encontrado en esa situación varias veces. Ahora bien, considere que en lugar de pedir su ayuda desinteresada el conductor le ofrece tres euros por echarle un cable. ¿Accedería o pensaría que por esa cantidad no vale la pena molestarse, que su tiempo vale más? ¿O tal vez le ayudaría y rechazaría el dinero para mantener la sensación de recompensa altruista? Los resultados de los experimentos llevados a cabo por el propio Ariely apuntan a que cuando se pagan pequeñas cantidades por favores como el anterior ya no estamos tan dispuestos a hacerlos.

El filósofo americano Michael J. Sandel escribió un más que interesante libro sobre los límites morales de los mercados cuyo argumento gira precisamente en torno a este cambio de óptica que tiene lugar dinero mediante. Antes de comprar o poner algo a la venta, sugiere Sandel, debemos preguntarnos cuál es el significado del bien que se quiere comercializar:
«Cuando decidimos que ciertos bienes pueden comprarse y venderse, decidimos, al menos de manera implícita, si es apropiado tratarlos como mercancías, como instrumentos de provecho y de uso. Pero no todos los bienes se valoran propiamente de esta manera. El ejemplo más obvio son los seres humanos. La esclavitud fue tan atroz porque trataba a las personas como mercancías que podían comprarse y venderse en subastas. Este trato no puede valorar adecuadamente a los seres humanos; como seres merecedores de dignidad y respeto, y no como instrumentos de ganancias y objetos de uso.

[...] Los economistas a menudo suponen que los mercados no tocan o contaminan los bienes que regulan. Pero esto no es cierto. Los mercados dejan su impronta en las normas sociales. Con frecuencia los incentivos mercantiles minan o desplazan los incentivos no mercantiles.
Un estudio sobre algunas guarderías de Israel demuestra que esto puede suceder. Las guarderías se enfrentaban a un problema familiar: los padres a veces llegaban tarde a recoger a sus hijos, y una cuidadora debía permanecer con ellos hasta que llegasen los padres que se retrasaban. Para solucionar este problema, las guarderías les impusieron una multa por recogerlos tarde. ¿Qué sucedió? Las recogidas con retraso aumentaron.

[...] Cuando vemos cómo los mercados y el intercambio comercial alteran el carácter de los bienes que tocan, tenemos que preguntarnos cuál es —y cuál no es— el sitio de los mercados. Y no podemos responder a esta pregunta sin reflexionar sobre el significado y la finalidad de los bienes y sobre los valores que deberían gobernarlos.»
Crear un mercado para algo no es solo una cuestión de eficiencia. Si fuera así –y viviéramos un mundo ideal de información perfecta, sin asimetrías– entonces quizá no habría lugar a discusión: todo debería repartirse según lo determinara el mercado al uso (asumiendo, claro está, que la teoría de mercados eficientes es correcta). Pero entendemos que, además de las económicas, hay una pléyade de consideraciones sociales y morales que también cuentan a la hora de introducir el dinero contante y sonante en nuestras interacciones.

Con la crisis financiera golpeando sin piedad se suceden las ocasiones en las que se recurre a la excusa económica para vender o cobrar por cualquier cosa, desde el nombre de las estaciones de Metro hasta la sanidad, pasando por el derecho de residencia. El CEO de Nestlé propone privatizar el agua potable. Los ciudadanos se revuelven frente a todo lo anterior esgrimiendo argumentos morales. Los mercados son una herramienta, no un fin en sí mismo, y somos libres de rechazarlos si no se adaptan a nuestros propósitos y fines deseados.

De todas las respuestas que recibió la mujer mencionada al principio de esta entrada destaca la de un hombre que satisfacía las condiciones requeridas, pero que no estaba interesado en un trato de estas características porque, a su juicio, saldría perdiendo. Argumentó que los activos aportados por él (su dinero) pueden revalorizarse y aumentar con el tiempo, mientras que el activo de la mujer –su belleza– está condenado a depreciarse con el paso de los días. Por tanto, la mejor estrategia para un hombre interesado en el aspecto físico de su pareja no es «comprar y mantener» (esto es, casarse) sino «alquilar» (noviazgos con fecha de caducidad). Como colofón vino a añadir que no sería tan guapa y lista si no era capaz de encontrar a su «sugar daddy».

Este tipo de relación a imagen del mercado es lo que Sandel llama sociedad de mercado: «una manera de vivir en la que los valores mercantiles penetran en cada aspecto de las actividades humanas». La cuestión es si realmente queremos vivir en un mundo en el que cosas como el sexo, el compromiso, los sentimientos, los derechos y los valores son vistos como recursos con los que comerciar en un marco delineado por el dinero y la rentabilidad.

domingo, 12 de mayo de 2013

Escribe algo

En el epílogo de su libro sobre la manera de ser mejor en lo que uno hace Atul Gawande ofrece «cinco sugerencias acerca de cómo hacer una contribución que valga la pena». Una de tales sugerencias es «escribe algo»:
«Da igual que escribas cinco párrafos para un blog, un artículo para una revista profesional o un poema para un grupo de lectura. Pero escribe. Lo que escribas no tiene por qué ser perfecto; sólo tiene que aportar alguna pequeña observación acerca de tu mundo.»
Foto de Charles Jeffrey Danoff
Personalmente siempre me ha gustado escribir, por eso llevo desde 2010 dándole a la tecla casi cada semana. Es algo que surge de mí espontáneamente y quizá la único que hago simplemente «porque sí», como fin en sí mismo. Pero si su carácter exige fines y beneficios antes de ponerse en marcha puedo ofrecerles a continuación un florilegio de los mismos.

«Escribir le permite a uno recobrar la perspectiva, plantear y resolver correctamente los problemas —observa Gawande —. Incluso despotricar con furia desbocada permite al escritor llegar a cierto nivel de reflexión». Richard Wiseman apunta en su guía de autoayuda basada en investigaciones psicológicas que escribir sobre experiencias traumáticas es más útil que hablar acerca de las mismas:
«Desde una perspectiva psicológica, hablar y escribir son dos cosas muy distintas. Hablar, a veces, es una actividad poco estructurada, desorganizada, incluso caótica. Por el contrario, escribir ayuda a la creación de un argumento y una estrucutra que ayudan a dar sentido a lo sucedido y nos dirigen a una solución. En resumen, hablar puede añadir confusión, mientras que escribir proporciona un enfoque más sistemático, más centrado en la solución.»
Además de eso, Wiseman asegura que algunos tipo de escritura –como la escritura afectiva– pueden ayudarnos a elevar el ánimo y hacernos sentir más felices en el día a día. Para ello ofrece un diario poco convencional basado en expresar gratitud, pensar en un futuro perfecto y en revivir experiencias maravillosas o recordar las pequeñas cosas que nos hayan salido bien últimamente.

Una vez hayan escrito algo, por favor compártanlo. Tal vez no todo, tal vez no con todos. Tal vez no siempre. Pero compartan. Citando de nuevo a Gawande:
«No hay que subestimar el efecto de la contribución que uno pueda hacer, por modesta que sea. […] Mediante el procedimiento de solicitar modestas contribuciones a la mayoría, hemos creado una reserva de saber colectivo mucho más poderosa de la que podría haber desarrollado un individuo cualquiera. Y esto es tan cierto fuera del ámbito de la ciencia como dentro de ella.
[...] Lo más importante de todo es que al compartir nuestras reflexiones con un público, aunque sea pequeño, entramos a formar parte de un universo más amplio. Si uno aporta unas pocas reflexiones a un boletín informativo, empezará a preguntarse con nerviosismo: ¿Tomará nota la gente? ¿Qué pensarán? ¿Habré dicho alguna tontería? Un público es una comunidad. La palabra impresa es una declaración de pertentencia a esa comunidad y también una manifestación de la voluntad de contribuir a ella con algo significativo.»
Quizá piensen que no vale la pena el esfuerzo porque muy pocas personas lo leerán, o que aquello que puedan decir no le interesa a nadie, pero esa sería una suposición precipitada. Ateniéndonos a la opinión de Jeff Atwood, autor de un exitoso blog sobre programación, nuestras palabras siempre pueden ser interesante para alguien:
«This is not to say we should fill the world with noise on every mundane aspect of our existence. But who decides what is mundane? Who decides what is interesting? Everything's interesting to someone, even if that someone is only you and a few other people in the world.»
De manera que, en caso de duda, hagan públicos sus textos (ibídem):
«We live in a world of infinitely searchable micro-content, and every contribution, however small, enriches all of us. But more selfishly, if you're interested in deriving maximum benefit from your work, there's no substitute for making it public and findable. Obscurity sucks. But obscurity by choice is irrational. When in doubt, make it public.»
Al hacerlo estarán maximizando el valor de sus pulsaciones en el teclado. No dejen que las lecciones aprendidas a lo largo de su vida permanezcan ignotas, sin publicar. Su experiencia puede serle útil a otros.

Así que adelante, escriban algo y propálenlo. Hoy mismo; para qué esperar. Corran.

domingo, 5 de mayo de 2013

Por un puñado de céntimos

Un amigo ha cambiado su renqueante teléfono móvil Samsung por un flamante iPhone 5 y se ha encontrado con que para seguir usando WhatsApp Messenger tiene que pasar por caja y abonar los 89 céntimos de euro que cuesta la aplicación. Tal como esperaba de él se ha pasado a Line –programa similar pero gratuito– decisión que han tomado otros tantos usuarios de Android (yo incluido) desde que WhatsApp Inc. decidió cobrar por el servicio. ¿Acaso está el mundo lleno de roñosos? Puede ser, pero la tacañería tiene menos peso aquí de lo que cabría esperar. Todos sabemos que ochenta y nueve céntimos es un precio insignificante por un servicio bastante útil. Muchos gastamos varias veces esa cantidad en las sobrepreciadas infusiones de Starbucks, en licores espiritosos servidos en locales nocturnos o, simple y llanamente, en caprichos nada laudables como el tabaco. Y no somos pocos los que nos hemos gastado cientos de euros en el propio teléfono móvil.

Foto de xJason.Rogersx
Estos hechos son de sobre conocidos por cualquier lector y constatarlos nos conduce solamente a la trivialidad. Lo interesante (o a mí me lo parece, siendo como soy un tipo aburrido) es saber por qué actuamos así. De dar respuesta a esa pregunta se ocupan quienes estudian la economía del comportamiento, una disciplina que han hecho llegar al público en general autores como Richard Thaler, Cass Sunstein o Dan Ariely, a quien ya me he referido en varias ocasiones y cuyo trabajo está disponible en forma de curso on-line (gratuito) en Coursera. La segunda parte de dicho curso está enteramente dedicada a la psicología del dinero y de ahí proceden las ideas y las citas de esta entrada.

Los mandamases de WhatsApp pensaron que podrían atraer a una masa de usuarios con un producto gratis y que estos pagarían sin problema una cantidad diminuta por el servicio una vez que se hubieran acostumbrado a usarlo. He aquí una suposición razonable que no sale como se espera cuando se topa con el mundo real. Ocurre que el primer precio de algo es el que tomamos como referencia, y las decisiones sucesivas se toman en relación a dicho punto de partida (es lo que se conoce como efecto de anclaje). Si el precio inicial es «cero» es menos probable hacer que la gente pague por ello más adelante, pues cualquier desembolso –por mínimo que sea– es peor que el punto de partida. Es mucho más fácil que pasemos de abonar cinco céntimos a noventa y cinco que el que pasemos de no pagar nada a pagar noventa céntimos, aún cuando el incremento en el precio es el mismo en ambos casos (noventa céntimos en este caso):
«When the internet started (we called this internet zero point zero) there was a logic. And the logic was: let's give everything for free. And if we give everything for free people would come and, come and, come and, come in masses and that was true. And then they said and once people come in masses and use our services they will get used to it and will want to use it and they'll be willing to pay 19.95 for that. That was not so true because when we experience something we might value it, but not necessarily be willing to pay for it. And because of that, by the way, we move to this internet as being an advertising platform rather than a platform that people pay for it.
[...] Once we make initial decisions, other decisions follow. The way we train people to think initially is most likely going to be the way that they're going to make decisions later on. It also suggests that when we introduce a new product we have a tremendous latitude in how we want people to think about how we can price it. But once we've introduce it and people got used to thinking about in a certain way, it's really hard to escape that comparison point.»
Y es que la palabra gratis tiene un efecto casi mágico en nuestras mentes (como gusta de decir un amigo: «gratis siempre es lo mejor»). Según Ariely, cuando algo es gratis nos sentimos increíblemente atraídos por ello y no vemos la parte negativa que pueda tener. Sirva como ejemplo la oferta 2x1 que Homer consigue de Doughies. Al recordarle Lisa que las pizzas de ese establecimiento son malísimas él responde: «sí, pero te dan dos».

Que nos cuesta abrir la billetera y optamos siempre por la versión gratuita de las aplicaciones si están disponibles tampoco es un gran descubrimiento. Una cuestión más difícil de explicar es por qué tiramos el dinero a espuertas por un lado (por ejemplo, en cuotas de gimnasio a los que luego no vamos) mientras racaneamos cada céntimo por otro. Aquí entra en juego el concepto de contabilidad mental, de acuerdo con el cual categorizamos el dinero según la fuente de la que lo recibimos y lo depositamos en diferentes cuentas mentales:
«The idea of mental accounting is that we as individual consumers also work a little bit like the accountant, that we assign money to different categories and we spend money according to these categories.
[...] There are a couple of things interesting here. One is that as we assign money to different categories, this assignment controls how we feel about the money. And the second thing is that money that we haven't assigned, money that is in our general wallet category, feels very, very differently.
[...] Money in our mind is not perfectly fungible. Money have budgets and depending on our budget allocation to the different categories that will depend our spending.»
Una vez nos hemos acostumbrado a no pagar por el software nuestro presupuesto para comprar aplicaciones es cero, y cualquier gasto en esa categoría es un dolor. Eso no ocurre con los teléfonos porque el hardware nunca ha sido gratis, y en cierta manera reservamos una parte de nuestros activos para hacer la compra.

Personalmente, lo que más me disuadió de apoquinar fue la violación de algunas normas sociales, otro de los factores que influye en cómo gestionamos el dinero. La extraña política de renovación del servicio hacía que a algunos se les prolongara automáticamente por un año más sin razón aparente, a otros por un mes, a veces faltando días para la caducidad del servicio, otras veces una vez caducado. Una amiga pagó a pocos días del fin de servicio para ella y vio cómo a todo el mundo a su alrededor se le extendía de balde; de haber esperado un poco más se habría ahorrado el dinero y el ser sometida a burla y escarnio. Esa violación de la equidad no hace ningún favor a la empresa desarrolladora. Irónico, dado que la decisión de cobrar a los usuarios de Android nació en parte porque los de iOS siempre habían tenido que pagar, lo que se veía como algo injusto.

domingo, 28 de abril de 2013

Sexo, filosofía y malentendidos (II)

Una de esas vivencias ininteligible desde una perspectiva exterior podría ser el sexo en sí. En el año en que estábamos a las puertas de la adolescencia un profesor nos dijo –durante el transcurso de una clase de educación sexual– que la expresión «hacer el amor» no se ajustaba bien al acto; que ya lo entenderíamos cuando lo hiciéramos (de paso comentó el peculiar sabor de la leche materna; mejor no preguntéis). Otro ejemplo menos placentero fue el de mi profesor de autoescuela, que tuvo a bien amenizar una clase con los pormenores de las quemaduras sufridas en su arco del triunfo por culpa de una lata de gasolina prendida. «No te puedes imaginar el dolor», decía. Ni quiero, oiga.
Foto de Basilievich

Si Nagel sostenía que no podemos saber qué se siente al ser un murciélago porque carecemos de la experiencia directa de vivir mediante ecolocalización, el también filósofo Frank Jackson planteó otro experimento mental relacionado atinente al conocimiento y la vida mental:
«Mary es una científica que nunca ha tenido ocasión de contemplar los colores. Aunque su vista es perfectamente normal, nunca se lo han permitido. En la habitación que ocupa, de la que nunca se le ha permitido salir, todo, absolutamente todo, está pintado en blanco y negro. Ella misma está totalmente pintada de blanco y negro (supongamos, por mor del ejemplo, que esto es compatible con llevar una vida, en muchos aspectos, «normal»). Ahora bien, Mary ha aprendido, estudiando libros y artículos, muchas cosas sobre los colores; tantas, que se ha hecho una auténtica experta en ellos. Incluso podemos suponer que ha llegado a ser la persona que más conocimientos científicos tiene acerca de los colores y su percepción, tanto desde el punto de vista de la física y de la química, como desde el de la neurofisiología y la psicología. Sin embargo, parece en principio que hemos de admitir que, a menos que algún día pueda verlos, su conocimiento es incompleto.»
Si este ejemplo le resulta demasiado artificial piense en el ofrecido por P. S. Churchland sobre una ginecóloga que no tiene hijos, la cual puede conocer con detalle todos los procesos fisiológicos en el embarazo pero no ha experimentado el embarazo propiamente dicho.

Resumiendo lo dicho hasta ahora, vemos que concurren dos problemas a la hora de entender verdaderamente a los demás. Primero, no siempre podemos experimentar lo que ellos han pasado. Segundo, aunque nos lo cuenten con infinito detalle y podamos comprenderlo intelectualmente nos vemos privados del conocimiento que portan los sentidos y las emociones. Una historia que conjuga ambos aspectos debería dejar totalmente claro a qué me refiero.

He conocido personalmente a varias mujeres que han pasado por el aborto. Algunas lo hicieron por decisión propia; otras, muy a su pesar. Una de ellas es mi muy querida creadora y administradora del blog Somos múltiples, un portal para padres (presentes o futuros) de mellizos, gemelos, trillizos, etcétera. Hace cinco años esta mujer pasó por un embarazo ectópico y en un artículo reciente relataba su experiencia:
«Lo más duro de perder un embarazo es no tener a nadie con quien desahogarte ya que a la gente por lo general no le gusta hablar de esas cosas. La mayoría opta por restarle importancia a un aborto temprano, como si el hecho de haber pasado poco tiempo embarazada hiciera que doliese menos. Todos te dicen que no pasa nada, que eres joven y que puedes volver a intentarlo, e inmediatamente desvían de forma discreta el tema de conversación pretendiendo que actúes como si no hubiera pasado nada. La forma en la que todos trataban de ignorar esa pequeña vida que había crecido en mi interior, y que para mí había sido tan importante, me provocaba una rabia inmensa.

Es difícil hablar de ello incluso con tu propia pareja, cuando uno lucha por olvidar y el otro necesita desesperadamente descargar el peso de su angustia hablando de ello. Pasados unos días se acaba levantando un tupido velo de silencio alrededor del tema. Parece que nadie comprende tu desesperación. Todos optan por la postura más cómoda; fingir que no ha pasado nada. Y llega un momento en el que te planteas si ha ocurrido realmente o si lo has soñado y el embarazo sólo era producto de tu imaginación. Pero el dolor que sientes a cada instante te recuerda que es real.»
En uno de los momentos más duros de su vida, justo cuando más lo necesitaba, se encontró ayuna de comprensión ajena. Una situación que a muchos nos es bien conocida.

Continuará.

domingo, 21 de abril de 2013

Una rápida y personal (II)

Teníamos razón. Los dos. Aquella persona al pedirme que me alejara y yo al asumir que eso era cuanto podía hacer por ella. Por lo que puedo entrever desde la distancia parecen haber vuelto a su ser la alegría y la vitalidad. La sociabilidad. La sonrisa. ¿Sería ese el cambio que decía necesitar?

Cuesta creer que ir con mis mejores intenciones pudiera representar tamaña losa sobre el ánimo de alguien, sobre todo porque eso me atribuiría una influencia que probablemente esté a años luz de la real (no le importo tanto). No obstante ahora me pregunto, dada mi incapacidad para cambiar, cuánto bien podría hacer al mundo alejándome de más gente. Quizá debiera emboscarme:
«En la antigua Islandia al hombre que había entrado en un grave conflicto con la sociedad (de ordinario o a causa de un homicidio) le quedaba un recurso: el Waldgang, la emboscadura. Aquel hombre se retiraba al bosque, se convertía en un Waldgänger, un emboscado. Allí vivía de sus propias fuerzas, apoyado en sí mismo. Para sí era él su propio sacerdote, su propio médico, su propio juez.»
Hacer eso tendría la ventaja añadida de que alguno de los cinco millones de parados de este país podría ocupar mi puesto de trabajo para hacer una labor decente (de lo cual yo soy incapaz, visto lo visto, pues me son necesarios los lujos del tiempo y otros recursos para completar de manera incólume las augustas tareas a las que mi empresa se dedica).

Tengo entendido que Irlanda es un país frondoso, y queda más a mano que Islandia. Tal vez me recluya en un bosque de por allí. Mala suerte sería que con tanta lluvia y tanto árbol no me caiga un puto rayo.

Foto de Ruben Holthuijsen

domingo, 14 de abril de 2013

Sexo, filosofía y malentendidos (I)

Recogíame en el tren como cada tarde para volver a casa, petate a un lado y libro en mano como es costumbre en mí, cuando en los asientos más cercanos se acomodó un grupo de veinteañeras universitarias con su habitual conglomerado de mochilas, carpetas, bolsos y demás. Por más que traté de concentrarme en la lectura me fue imposible no enterarme de las peripecias sexuales de mis primas, las cuales, con la naturalidad, franqueza y el grado de detalle que es habitual en grupos de amigas (y que haría sonrojar al camionero más pintado), hablaban entre otras cosas de cómo la primera embestida del acto era molesta (si bien «el mete-saca luego ya no duele»), de cómo fulanito gustaba de hacer ruidos exagerados durante el coito, y otras cosas del mismo tenor. Se lamentaba una de ellas de que cuando su pareja intentaba masturbarla el colega frotaba el clítoris con escasa habilidad y demasiada violencia («como si pretendiera borrármelo», decía), a lo que sus íntimas asentían y respondían con historias similares. Se me ocurrió que tal vez la causa fuera que el chaval se había tomado las películas pornográficas por documentales y no por lo que en realidad son.
Foto de marc falardeau

La falta de mano del susodicho con la entrepierna de su pareja (el doble sentido es intencionado) es solo una de tantas formas manifiestas de ignorancia acerca del placer femenino que muchos hombres llevamos a cuestas. Como muestra considérese, verbigracia, el material del libro ilustrado Sex machines: Photographs and Interviews, de Timothy Archibald. En dicho volumen podemos encontrar, cuenta Mary Roach, fotos de máquinas sexuales fabricadas por inventores aficionados, todos ellos hombres. Durante la investigación que Roach llevó acabo acerca de la ciencia del sexo la periodista acudió a la presentación de la obra realizada en el Centro de Sexo y Cultura de San Francisco:
«Acaban de enchufar una máquina casera detrás de Archibald, sobre el estrado. La carcasa del motor tiene el tamaño aproximado de una fiambrera y se eleva a uno de los lados como un proyector de diapositivas. Un falo de color carne adherido al extremo de una vara entra y sale de ella silenciosamente. En general, el reclamo erótico de la máquina me resulta bastante limitado. Hacerlo con ella sería lo más parecido a acostarse con una salchicha. El mecanismo es el empleado por la mayoría de estos artilugios […]: un motor eléctrico unido a un pistón coronado por un falo.
[…] Archibald concluye su presentación y se abre el turno de preguntas. La primera en levantar la mano es una mujer con gafas de montura metálica y una camiseta verde:
–Lo que hemos visto hasta ahora es un montón de consoladores entrando y saliendo de un orificio, pero la mayoría de las mujeres no llegan al orgasmo de este modo. ¿Hay alguna máquina que se ocupe del clítoris?
Archibald admite que la idea del aparato es deudora de una noción estereotípicamente masculina sobre el placer femenino; sólo sabe de una máquina –no la han traído esta noche– que estimule el clítoris. Otra mujer alza la mano:
–Entonces, ¿dónde está la gracia? ¿En el morbo de dejarse follar por una máquina o en la regularidad de las embestidas?
Archibald, abrumado, busca con la mirada a los maquinistas. Parece que nadie tiene la respuesta.»
¿A qué se deben estas falsas asunciones sobre el placer femenino por parte de los hombres? Una respuesta posible es que, al carecer de los mismos órganos genitales y verse privados de esa información sensorial, los varones no pueden hacer otra cosa que suponer (algo que, visto lo visto, no se nos daría muy bien). Si esta respuesta es cierta, entonces cabría esperar que a las mujeres les ocurriera lo mismo, y que el problema se vería reducido al mínimo de las preferencias particulares en el caso de parejas homosexuales. Que ese sea el caso es algo que dejaré a la consideración del lector, pues no es relevante para la discusión posterior.

Las dificultades para comprender a las mujeres no se limitan al plano sexual. Pensemos en las inaprensibles experiencias de la menstruación o el embarazo. Pensemos también en la desgracia de un feto cuyo desarrollo acaba mal, y lo que eso supone para una persona. Estos ejemplos nos hacen intuir que ciertas vivencias son difíciles de entender plenamente para cualquiera que no haya pasado por ellas en primera persona. Algunos filósofos sugieren que «la experiencia proporciona un tipo de saber que no puede suministrar la ciencia». Ello significaría que aunque podamos comprender algo intelectualmente (por ejemplo, mediante descripciones científicas o testimonios en primera persona) nunca sabríamos realmente lo que es si no lo hemos experimentado directamente. La mejor (¿la única?) forma de conocer a qué sabe un licor sería, pues, beberlo.

En la década de los setenta el filósofo americano Thomas Nagel se preguntaba en un artículo qué es, qué se siente al ser un murciélago (What is like to be a bat?). Julian Baggini explica que:
«Podríamos llegar a entender completamente cómo funciona el cerebro del murciélago y cómo percibe mediante colocación [sonar], pero tras esta plena explicación física y neurológica seguiríamos sin tener ni idea de lo que se siente siendo un murciélago. Por tanto, seríamos en buena medida incapaces de penetrar en la mente del murciélago, aun cuando entendiéramos cabalmente el funcionamiento de su cerebro. Pero ¿cómo es posible esto si la existencia de la mente sólo depende del funcionamiento del cerebro? Por decirlo de otro modo, las mentes se distinguen por la perspectiva en primera persona que tienen del mundo.»
Parafraseando a William Bechtel al respecto de esta dificultad, podemos aprender con completo detalle cómo operan los mecanismos en el cuerpo de una mujer, pero, con todo, los hombres no podemos imaginar cómo se siente el placer mediante el clítoris, lo que se experimenta durante el ciclo menstrual o lo que se sufre con un aborto. En un plano más general, para todas las personas es muy difícil comprender a los demás cuando han vivido cosas que nosotros no, o su forma de percibir el mundo es radicalmente distinta de la nuestra.

Continuará.

domingo, 7 de abril de 2013

Jugarse la piel

Recuerdo muy vagamente una escena de una serie policíaca (creo que era Policías de Nueva York) que de vez en cuando me tragaba por las tardes al volver del instituto. En el capítulo en cuestión dos agentes –les llamaremos Mike y Johnny– trataban de infiltrarse en una hermandad y, como es habitual en estos casos, tenían que superar algunas novatadas. Una de ellas consistía en un juego en el que daban a Mike un puñado de tenedores, cucharas y cuchillos mezclados. El cabecilla de la hermandad se dedicaba a nombrar cubiertos al azar que el jugador debía depositar en el cubertero correspondiente. Las órdenes iban cada vez más rápido. Si el novato se equivocaba (por ejemplo, ponía la cuchara donde los tenedores) su compañero Johnny era obligado a tragarse un huevo crudo.

En mi trabajo sucede algo parecido y a menudo quien la hace (un empleado externo, por ejemplo) no es el mismo que quien la paga (el que da la cara ante el cliente). Lo mismo ocurre cuando un médico se equivoca: quien sufre las desgraciadas consecuencias es el paciente. Igual que cuando un alto mando militar que manda a sus hombres a una muerte segura (o, para el caso, los políticos belicistas cuyos hijos no estarán en el frente). Contrástense estos escenarios con el de los pilotos de aviones de pasajeros, que están completamente expuestos a las consecuencias de sus propios errores.

Imagen de Wikipedia

Nassim Taleb lleva tiempo salmodiando a favor de lo que en el mundo financiero se llama «skin in the game». El término fue acuñado por Warren Buffet y se refiere al hecho de que los miembros más altos de la jerarquía de una empresa (los que toman las decisiones) compren acciones la compañía, de modo que si la fastidian padezcan las consecuencias en sus propios bolsillos. Según Taleb, políticos, economistas, banqueros, directores de empresas y demás salen ganando cuando las cosas salen bien (cobran sus bonus) pero quedan indemnes cuando sus políticas y decisiones llevan a alguna desgracia. Considérese por ejemplo el caso de los economistas retratado por Paul Ormerod:
«Desde seguridad con derecho a pensión de sus vastas burocracias, los economistas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial predican al Tercer Mundo la salvación por el mercado. Austeridad y disciplina son los signos distintivos de las políticas auspiciadas por el Fondo Monetario Internacional en todo el mundo, a pesar de que los salarios de sus funcionarios han crecido un 38 por ciento en los dos últimos años y que, además, ha sido presupuestado un nuevo incremento salarial del 22 por ciento en 1994.»
Además de ser immoral («It is unethical to drag people into exposures without incurring losses», escribe Taleb, cuya tesis al respecto se desarrolla aquí) este sistema lleva a las personas a asumir riesgos que no obviarían de verse expuestos personalmente; a hacer la vista gorda y trampear las cuentas, a engañar a los reguladores y tomar atajos que hagan aún más probable el desastre. Para el ensayista libanés el remedio es que todos ellos, al igual que los pilotos de avión o los bomberos, se jueguen la piel con lo que hace (ibídem):
«About 3,800 years ago, Hammurabi’s code specified that if a builder builds a house and the house collapses and causes the death of the owner of the house, that builder shall be put to death. This is the best risk-management rule ever. The ancients understood that the builder will always know more about the risks than the client, and can hide sources of fragility and improve his profitability by cutting corners. The foundation is the best place to hide such things. The builder can also fool the inspector, for the person hiding risk has a large informational advantage over the one who has to find it. The same absence of personal risk is what motivates people to only appear to be doing good, rather than to actually do it.»
Es cierto que al afrontar en primera persona el riesgo y la incertidumbre cabe la posibilidad de que nos volvamos demasiado cautelosos y desaprovechemos buenas oportunidades, o de que nuestro desempeño se vea degradado debido a la presión. A veces cierto grado de distanciamiento es necesario, como los cirujanos que ven en sus pacientes máquinas a las que hay cambiar piezas en lugar de personas a las que han de rajar con un afilado bisturí. Pero la analogía con el trabajo de gestores y políticos sería inadecuada, y al final de la entrada veremos por qué.

¿Cómo puede implementarse la exposición directa al riesgo en un gran estado centralizado? Se supone que los políticos rinden cuentas en las urnas, pero todos sabemos que eso es una gilipollez. Como bien dice el bloguero Angelillo:
«La gente no tiene paciencia para acudir a las urnas cuando la clase política no encuentra solución a sus problemas o no tiene la valentía para afrontarlos. El voto se vacía de contenido.»
Los miembros del Congreso yerran y vuelven tranquilamente a casa, con los privilegios intactos y el dinero a salvo en Suiza. Pase lo que pase están a salvo. Si el barco se hunde se alzarán sobre los del fondo para situar el hocico por encima del nivel del agua (los de abajo «que se jodan» y todo eso). Así es inevitable que surjan movimientos como el escrache, una manera de que estos individuos soporten de forma más directa las secuelas de sus equivocaciones.

Cuando los mineros españoles se manifestaron para defender sus reivindicaciones vi una pancarta que rezaba: «Si nuestros hijos pasan hambre los vuestros verterán sangre». Puede que la ley del talión no sea práctica y choque con nociones modernas sobre la justicia, pero está basada en una importante premisa sobre la naturaleza humana: somos primates que han de ver, oír, discutir y sentir el mal en carne propia para obrar correctamente.

Uno de los efectos perniciosos de gobernar a base de hojas de cálculo es la despersonalización y el distanciamiento. Los cinco millones de desempleados son para el gobierno lo mismo que para el resto de nosotros son los 600 millones de niños en situación de extrema pobreza: solo un número. Y los números no nos emocionan. Quien más quien menos, todos tiramos parte de nuestro dinero en cosas que nos sobran o no necesitamos realmente, dinero que podría destinarse a esos niños. Lo que el mono no sufre de cerca, al mono se la pela.

domingo, 31 de marzo de 2013

Chocolate

El mes que toca hoy a su fin ha sido muy difícil personalmente. Más que eso. Por usar las palabras de un personaje televisivo, diría que añoro los días difíciles. Lo difícil era un picnic. Tengo una foto de lo difícil en un marco en forma de corazón.

Cuando la vida pesa más de lo habitual algunos buscan solaz emocional en la comida, siendo el chocolate uno de los reconfortantes por excelencia. Tal como escribe Paul Martin:
Foto de SashaW
«Cuando estamos desanimados recurrimos instintivamente al azúcar. Varios experimentos han demostrado que los humanos y las ratas se sienten más atraídos por los alimentos dulces cuando están bajos de ánimo. Por ejemplo, la gente se esfuerza más por conseguir chocolate cuando se siente de un humor sombrío después de escuchar música deprimente.»
Sin embargo, el chocolate no es un antidepresivo infalible (ibídem):
«Comer chocolate provoca diversas reacciones emocionales, desde la felicidad absoluta hasta el sentimiento de culpa más agudo. Después de estudiar todas las pruebas, un grupo de académicos llegó a la conclusión de que el chocolate no es muy eficaz para aliviar el desánimo o la depresión, más allá del efímero chute de placer que proporciona. De hecho, los individuos que comen chocolate con el objetivo específico de animarse pueden acabar empeorando las cosas y alargando su malestar.»
No obstante, si el lector es de los que –como yo– va a ignorar convenientemente lo anterior y seguir disfrutando del cacao, he aquí algunas sugerencias para potenciar el efecto sanador de esta forma de automedicación.

Lo primero es elegir el chocolate adecuado. Para que los ingredientes clave del cacao tengan los efectos beneficiosos que se le atribuyen hay que optar por un chocolate negro de calidad que contenga al menos un 70% de sólidos de cacao. El chocolate con leche, cargado de azúcar y grasas, queda así descartado (sin entrar en detalles, el azúcar parece ser el causante real de los efectos adversos de las chocolatinas, pues «el chute de azúcar estimula un deseo inmediato de más de lo mismo»). A muchas personas les resulta amargo el chocolate negro, pero uno se puede acostumbrar poco a poco al sabor eligiendo productos con una concentración cada vez mayor de cacao.

Una vez seleccionado el manjar apropiado, lo siguiente es consumirlo de forma adecuada. Al igual que es un delito mezclar un buen vino con gaseosa o bajarlo por el gaznate sin que toque la lengua, el buen chocolate hay que paladearlo (ibídem):
«Los sabores de un buen cacao pueden tardar varios minutos en desarrollarse y apreciarse plenamente. Masticarlo abrevia el proceso, es como beberse una copa de vino de un trago, sin detenerse a saborearlo. La manera de tomar conciencia de todo el potencial placer del chocolate de calidad es dejarlo disolver lentamente en la boca. Los entendidos exhalan por la nariz, para maximizar su percepción del aroma, pero puede que si lo hacéis se os escape la risa. El principal consejo es: chupa, no mastiques.»
Respecto al mejor momento para consumirlo, lo ideal es hacerlo cuando no se tiene hambre (ibídem):
«Unos experimentos han demostrado que si la gente come chocolate en respuesta al hambre, su ansia aumenta. En cambio, su frenesí por el chocolate suele disminuir cuando lo comen sólo después de las comidas. Comer chocolate regularmente en respuesta al hambre puede crear una asociación que no hace más que aumentar el deseo de comer.»
Por último, el chocolate puede utilizarse como un instrumento para centrar la atención, igual que una vela o un cuenco tibetano de meditación. Mark Williams y Danny Penman sugieren en su libro la siguiente práctica meditativa de atención plena con el xocoatl como elemento central, que tiene la doble ventaja de trabajar la mente y maximizar la experiencia del consumo:

  • Abre el paquete de chocolate. Inhala el aroma. Deja que te embriague.
  • Rompe una onza y mírala. Deja que tus ojos se sumerjan en su aspecto, examinando cada rincón.
  • Llévatelo a la boca. Trata de mantenerlo en la lengua y dejar que se derrita, evitando cualquier tendencia a chuparlo. El chocolate tiene más de trescientos sabores diferentes. Intenta sentir algunos de ellos.
  • Si notas que la mente divaga mientras haces esto, simplemente observa dónde ha ido, luego suavemente tráela de nuevo al momento presente.
  • Una vez que el chocolate esté completamente derretido, trágalo muy despacio y deliberadamente. Deja que el chocolate gotee por la garganta.
  • Repite este proceso con la siguiente onza.

Bon appetit.

domingo, 3 de marzo de 2013

Despidos (II)

«Es obvio que esperábamos no tener que llegar nunca a esto pero... el suelo se mueve bajo nuestros pies y parece que no hay otra salida.»
(Margin Call)
Hace exactamente un mes reflexionábamos sobre cuál sería el mejor criterio para confeccionar una lista de bajas en caso de que hubiera que despedir a gente para mantener a flote una empresa. Vimos que desde una perspectiva teleológica los empleos deberían ser para los mejores empleados, pero que había otros factores sociales y económicos que habría que considerar antes de tomar la decisión.

Foto de Creativity103
Si bien en Enero reunieron a todos los miembros de mi departamento para decirnos que no se iba a echar a nadie (ya nos habían recortado el sueldo), lo cierto es que esta semana han largado a una quincena de compañeros (alegando pérdidas para darles la indemnización mínima; el que quiera reclamar lo que es suyo por derecho tendrá que hacerlo en los tribunales). Sería difícil precisar las directrices seguidas por la empresa para componer la lista negra. En algunos casos se veía venir desde hace tiempo, dado que el puesto era prescindible o la persona se lo había buscado con su actitud. Por otro lado algunas personas eran necesarias y aún así han sido sacrificadas, lo que parece deberse a inicuas venganzas personales de quienes mandan. Aparte de eso han sobrevivido algunos a quienes se consideraba que tenían los dos pies fuera. Diría por todo ello que no ha habido estrategia determinada. Más bien da la sensación de que en cada caso se ha aplicado un baremo diferente. Tener distintos criterios que se aplican indistintamente es como no tener criterio ninguno, y la impresión final es que los despidos tienen bastante de azaroso. Nadie es imprescindible. Nadie está a salvo. Quizá era eso lo que buscaban, el FUD en toda regla.

En los próximos días el mandamás de la compañía aparecerá por las diferentes oficinas para regurgitar su clásico discurso confuso lleno de vaguedades y clichés, donde no habrá referencia alguna a los errores cometidos por el comité ejecutivo (la culpa es siempre de las circunstancias, oiga). La excusa oficial para reducir la plantilla es que sirve para aumentar la competitividad al reducir costes. No obstante debe de haber pocas recetas igual de efectivas para disminuirla. La productividad sin duda ha caído porque en lugar de trabajar nos hemos dedicado a cuchichear, comentar lo acaecido y tratar de averiguar quién sería el siguiente (y qué vendrá después de esto). La desgana campa a sus anchas y los incentivos brillan por su ausencia. Como me decía un compañero, quienes estuvieran buscando un cambio de empleo probablemente tratarán de acelerar el proceso. La empresa tiene que vender sus servicios a un precio cada vez menor, lo que significa que debe captar más clientes para hacer la misma caja, lo cual implica a su vez que tiene que sacar adelante una carga de trabajo mayor con una plantilla cada vez menor en número y motivación. Si nuestros servicios ya eran malos me pregunto cómo serán en adelante, con una fuerza de trabajo sobrecargada y quemada hace ya tiempo, a la que le tiembla la contera porque aunque trabaje bien puede verse en la calle el próximo lunes, y que se cuida muy mucho de esforzarse para que algunos puedan mantener a su costa el BMW X5 de empresa o seguir cobrando sus injustificadamente abultadas dietas.

Aún corría la sangre caliente cuando nuestro jefe nos metió en una sala y nos aseguró que esto iba a ser todo, que no habría más destituciones. Es evidente que él no puede asegurar tal cosa. En su mensaje apeló al concepto de equipo, un recurso nacido en la América empresarial tal como describe Barbara Ehrenreich:
«the most popular technique for motivating the survivors of downsizing was "team building"–an effort so massive that it has spawned a "team-building industry" overlapping the motivation industry. Just as layoffs were making a mockery of the team concept, employees were urged to find camaraderie and a a sense of collective purpose at the microlevel of the "team". And the less teamlike the overall organization became with the threat of continued downsizing, the more management insisted on individual devotion to these largely fictional units.
[...] The idea was to whip up a fervent devotion to the firm even as it threatened to eliminate you.»
En un ejercicio de hipocresía mayúscula, a quienes dan las órdenes se les llena ahora la boca con esto del trabajo en equipo, pero todos hemos visto cómo a algunos que van por libre se les asciende y a otros que trabajaban codo con codo se les ha expulsado. Buenas personas que hacían bien su trabajo han perdido su empleo mientras las víboras egoístas aún lo conservan. Como para fiarse.

Llevo trabajando poco más de una década y sospecho que no será la última vez que pase por esto. Desde mi mesa vi cómo iban entrando en la sala elegida como matadero. Recuerdo la tensión, el revuelo, los malos modos de quienes se encargaban de los despidos, el mal rato pasado despidiéndonos. Recuerdo haber recibido un mensaje de un compañero aún ajeno a lo que sucedía. «Acaban de echar al primero», me escribió. Poco después me avisó de que habían echado a otro. Al poco ya no pudo enviar ningún mensaje más porque le había tocado a él. «La empresa no cuenta contigo», fue lo que le dijeron. Él firmó, se despidió y se marchó, sonriendo sin alegría. Aquel día a los únicos a los que vi reír fue a los que daban las malas noticias. Manda huevos.

domingo, 24 de febrero de 2013

The Walking Dead

Hay una pregunta, en el ámbito de la filosofía de la mente, que se plantea cómo podemos saber que quienes nos rodean no son zombis, entendiendo por tal una criatura sin mente ni conciencia algo diferente de lo que solemos ver en el cine o la televisión. De acuerdo con Simon Blackburn:
«Los zombis se parecen a cualquiera de nosotros y se comportan igual que cualquiera de nosotros. Su naturaleza física es indistinguible de la nuestra. Si abriéramos el cerebro de un zombi, veríamos que funciona exactamente igual que el de cualquiera de nosotros. Si pinchamos a un zombi, él o ella dirán «au» tal como haría cualquiera de nosotros. Sin embargo, los zombis no tienen conciencia. No hay ningún espíritu dentro de ellos. Como los zombis tienen el mismo aspecto y se comportan igual que cualquiera de nosotros, no hay forma de distinguir quién de nosotros es un zombi y quién es consciente tal como podamos serlo tú o yo. En cualquier caso, tal como pueda serlo yo, pues ahora que he planteado la opción zombi, me doy cuenta de que no puedo estar realmente seguro de lo que seas tú o cualquier otro. Tal vez la conciencia sea un correlato extremadamente inusual del complejo sistema formado por el cerebro y el cuerpo. Tal vez yo sea el único caso: tal vez todos vosotros seáis zombis.»
Dado cómo se comporta «la gente», la hipótesis de que esos individuos puedan ser autómatas sin inteligencia no le sonará rara a más de un lector. Lo que los filósofos se preguntan es cómo podríamos distinguir a una persona con mente consciente de un zombi. Ninguna de las dos interfaces principales disponibles para acceder a la mente de otras personas, actos y palabras, nos serviría. En el caso de los actos porque, como se decía anteriormente, los zombis se comportan exactamente igual que nosotros. En el caso de las palabras porque no podemos aseverar que estas se hallen conectadas a estados mentales, tal como explica Thomas Nagel:
Foto de Grmisiti
«Maybe your relatives, your neighbors, your cat and your dog have no inner experiences whatever. If they don't, there is no way you could ever find it out.
You can't even appeal to the evidence of their behavior, including what they say–because that assumes that in them outer behavior is connected with inner experience as it is in you; and that's just what you don't know.»
Tal vez sí exista una diferencia entre humanos y zombis que nos permitiría distinguir a unos de otros en buena parte de los casos: los zombis al menos tratan de conseguir un cerebro. Bromas aparte, la posibilidad de que quienes nos rodean sean seres ayunos de conciencia encaja bastante bien con el siguiente hecho (lamentablemente) verídico que sucedió hace poco en mi oficina:
Un compañero se acerca a nuestra sala. «Le he dicho al cliente que no puedo hacer lo que pide ahora mismo porque tengo mucho lío», nos explica. Acto seguido vuelve a su zona de trabajo y pregunta a sus vecinos de mesa: «¿quién se viene fuera a tomar un café?». Cuando yo mismo pasé por allí unos minutos después ahí seguía, de cháchara apoyado tranquilamente en la fuente del agua.
Cabría suponer que alguien con conciencia no haría tal cosa. Sin embargo, la hipocresía abunda en nuestro planeta tanto como el oxígeno. Es fácil de detectar en uno mismo a poco que prestemos algo de atención, y es mucho más fácil -y divertido, amén de más saludable para la autoestima- detectarla en los demás. Los ejemplos van desde lo banal (decir que no vas a comer nada porque te duele la garganta para acto seguido zamparte un desayuno pantagruélico) hasta lo más sangrante (indignarte por los políticos corruptos pero robar material de oficina, mentir en tu declaración de impuestos o tratar de estafar al seguro). En el ámbito de las relaciones están quienes dicen que te aprecian pero te tratan con indiferencia, los supuestos amigos que están «deseando» quedar pero nunca llaman, gente que te dice que puedes contarles cualquier cosa y recurrir a ellos en cualquier momento (la promesa del borracho) pero luego nunca están disponibles y, por supuesto, parejas que declaran amor eterno a la cara pero ponen cuernos a la espalda.

Muchas veces incurrimos en estas incongruencias sin darnos cuenta. Huelga decir que hacérselas notar al sujeto no suele servir de nada pues no le hace cambiar; como mucho puede ocurrir que la persona empiece a vomitar pretextos. Este mecanismo generador de coartadas es lo que Michael Gazzaniga (cuyo trabajo ya mencionamos en otra entrada sobre lo que nos mueve) llama «el intérprete»:
Cuando explicamos nuestras acciones, elaboramos un relato a partir de observaciones post hoc sin acceso al procesamiento inconsciente. Y, es más, el hemisferio izquierdo amaña un poco las cosas para que encajen en un relato lógico. Solo cuando los relatos se alejan demasiado de los hechos, el hemisferio derecho pisa el freno. Estas explicaciones se basan en los datos que recibe nuestra conciencia, pero la realidad es que las acciones y los sentimientos suceden antes de que seamos conscientes de ellos y, en su mayoría, son consecuencia de procesos inconscientes, que nunca intervendrán en las explicaciones. A decir verdad, atender a las explicaciones que da la gente acerca de sus acciones resulta interesante (y, en el caso de los políticos, divertido), pero a menudo es una pérdida de tiempo.
Por tanto, de acuerdo con Gazzaniga todos seríamos zombis, ya que ninguno de nosotros tiene -según él- acceso privilegiado a la propia vida mental.

Un refrán español reza: «obras son amores y no buenas razones». Las palabras no cuestan nada mientras que los actos exigen un gasto de energía o tiempo. Según la teoría de señales de la biología evolucionista cuanto mayor sea el coste menos a cuenta sale fingirlos, lo que sería un indicativo de su veracidad. Puede que nos sea imposible acceder a la mente de otras personas (o incluso a la nuestra), pero tal vez no nos haga falta para hacernos una idea de qué son o cómo son las personas. Quizá baste con considerar solamente sus acciones. Los programadores que no saben con qué tipo de dato están trabajando (si es número, texto, etc.) usan un concepto llamado duck typing: si parece un pato, anda como un pato y suena como un pato, entonces es un pato. Practicidad ante todo. De modo que si alguien que se dice tu amigo no busca tu compañía, no busca tu conversación ni responde a tus mensajes, y cada vez que intentas una acercamiento te da largas o busca la salida más próxima, entonces ten por seguro que no es tu amigo.

Como soy bastante tonto me ha llevado treinta años darme cuenta de que no puedes hacer caso a las palabras. Muchas veces me he creído lo que me decían más de lo debido, dando por buenas las justificaciones que me aportaban. Pero ya estoy harto de que me den largas y de oír excusas (como otros muchos, supongo); de ver cómo el mismo gesto es menospreciado cuando viene de mí pero valorado y recompensado cuando viene de otro; de que me ignoren y luego actúen como si no hubiera pasado nada (y al revés, de que parezca haber una buena relación y después en persona es como si fuera invisible). En definitiva, estoy harto de quien se llena la boca de buenas palabras que resultan ser embustes. A menudo ser tratado con hipocresía duele más que ser tratado con sinceridad.

domingo, 17 de febrero de 2013

El inevitable cambio

Recuerdo que cuando era pequeño mis hermanas mayores usaban unas gafas de sol grandes como televisiones con patillas de colores llamativos. “Cuánto daño han hecho los 80”, dirían ahora. Pero en ese momento les pareció una buena idea, igual que me parecía a mí llevar una cazuela en el pelo con 16 o estudiar informática con 18.

Actualmente es probable que mi elección de peinado no fuera esa y de estudios mucho menos, ya que mi experiencia me ha hecho cambiar a mí y a mis gustos, pero por entonces yo estaba convencido de ello, tanto que creía nunca cambiaría de opinión. Esa sensación de que las convicciones actuales son definitivas, que ya nada va a cambiar, que el presente es para siempre, es lo que Daniel Gilbert y sus colegas han venido a llamar “El espejismo del fin de la historia”:
«We measured the personalities, values, and preferences of more than 19,000 people who ranged in age from 18 to 68 and asked them to report how much they had changed in the past decade and/or to predict how much they would change in the next decade. Young people, middle-aged people, and older people all believed they had changed a lot in the past but would change relatively little in the future. People, it seems, regard the present as a watershed moment at which they have finally become the person they will be for the rest of their lives. This “end of history illusion” had practical consequences, leading people to overpay for future opportunities to indulge their current preferences.»
Foto de Kevin Dooley
Básicamente han demostrado que todos, independientemente de la edad, creemos que el ritmo del cambio personal se ha detenido y que actualmente somos las personas que seguiremos siendo siempre. La gente de 30 años, por poner un ejemplo, cree que va a cambiar en los próximos 10 años mucho menos de lo que la gente de 40 años admite que ha cambiado en los últimos 10. Somos así de cabezotas.

La mayoría de aquello que conforma nuestra personalidad y, por lo tanto, nuestros gustos y decisiones asociadas puede que no tengan mayor repercusión en el futuro más allá de una expresión de extrañeza al pensar “como me podían gustar esas gafas” o “qué ruido es este por el que pagaba y viajaba cientos de kilómetros para ver en directo”. Pero por mucho que estemos convencidos de algo en el presente, jugarse demasiado a una sola carta pensando que en el futuro seguiremos disfrutando (o no) del que creíamos que sería el trabajo o la mujer de nuestra vida, por ejemplo, nos puede hacer caer en una espiral más difícil de salir que con un simple cambio de grupo musical o vestuario.

Hay decisiones o acciones que tomamos basándonos únicamente en nuestra imagen de cómo imaginamos nuestro futuro en nuestro presente, pero una vez que se llega a él ya no parece tan interesante como lo habíamos imaginado. Por eso hemos de tener en cuenta el inevitable cambio, de tal forma que aunque alcancemos un punto de no retorno no sea también el final de nuestro camino o de los que nos rodean.

Actualmente creo conocerme mejor que nunca, que mis valores son como una roca, que mis gustos son indiscutibles. ¿Por qué habría de cambiar? No lo sé, pero sí sé que ya he cambiado antes. Lo único que no ha cambiado es mi gusto por el ruido.

domingo, 10 de febrero de 2013

Los ladrones van a la oficina

Durante mucho tiempo la máquina expendedora de comida situada en la sala de descanso de mi empresa estuvo estropeada. Una de las baldas se podía abrir haciendo un poco de fuerza sin necesidad de introducir moneda alguna. Como el lector habrá supuesto acertadamente, los robos se producían a mansalva. Las excusas iban desde la dudosa necesidad («tengo hambre pero no tengo dinero suelto») hasta la venganza («la máquina de bebida se ha tragado mi dinero, así que me lo cobro de aquí»), pasando por el consabido «todo el mundo lo hace» (alguien se llegó a justificar diciendo que tenía que pagar el alquiler; sería que su casero le cobraba en chocolatinas). Con el tiempo la cosa se fue de madre y pasamos del robo puntual al saqueo. A menudo ocurría que apenas diez minutos después de haber sido repuestas las existencias ya no quedaba nada en ese anaquel. Hubo quienes acudían con una bolsa y sacaban todos los dulces recién añadidos para guardarlos después en su cajón, adelantándose a cualquier otro que pudiera tener la misma idea.
Foto de mabelzzz

He de decir que el comedor no es el único lugar donde se afanan cosas. La pequeña nevera de la que disponemos ha sido siempre un lugar peligroso para latas de refresco solitarias, las cuales son propensas a desaparecer espontáneamente. Una suerte parecida corren los objetos que pasan la noche desprotegidos encima de la mesa, desde auriculares hasta gafas de sol. Y si tienes chicles o frutos secos, será mejor que no los dejes a la vista.

El lector podría pensar que mi empresa está llena de hijos de puta. Si bien estos no escasean, los pequeños robos no son algo particular de nuestra oficina. Dan Ariely asegura en su último trabajo que:
«nuestros experimentos revelan deshonestidad en la sociedad en general. Muy pocas personas roban en un grado máximo. Sin embargo, muchas personas buenas engañan sólo un poco aquí y allá redondeando al alza las horas facturables, declarando pérdidas superiores en sus reclamaciones al seguro, recomendando tratamientos innecesarios, etcétera.»
Su conclusión es que todos queremos sacar partido a la deshonestidad pero manteniendo nuestra autovaloración como personas decentes. Para ello decimos mentirijillas y cometemos hurtos a pequeña escala, acciones fáciles de justificar antes nosotros mismos y los demás. Quien más quien menos a menudo usamos recursos de la empresa para fines no laborales, como llamadas personales, impresiones diversas, etcétera. Pero no pasa nada por llevarse un par de cuadernos y algunos bolígrafos a casa, eso no nos hace malas personas ¿verdad? Además, ¡todo el mundo lo hace!

En los experimentos realizados por Ariely y sus colaboradores lo que más influyó en el nivel de trampa no fue la profesión o la nacionalidad, sino factores situacionales tales como como la capacidad para racionalizar, los conflictos de interés, el cansancio o el que otros hagan lo mismo:
«ciertas fuerzas —como la cantidad de dinero que estamos en condiciones de ganar y la probabilidad de que nos descubran— influyen en los seres humanos sorprendentemente menos de lo que cabría pensar. Y a la vez otras fuerzas nos influyen más de lo que sería de esperar: recordatorios morales, distancia respecto al dinero, conflictos de interés, agotamiento, falsificaciones, evocaciones de logros inventados, creatividad, testimonios de acciones deshonestas de otros, preocupación por los demás miembros de nuestro equipo, y así sucesivamente.»
La triste lección que se extrae es que la mayoría de nosotros solo somos honestos cuando se dan las circunstancias adecuadas. Como dice Arturo Pérez-Reverte únicamente hay dos tipos de persona: hijos de puta en potencia o en vigencia.

La forma en la que el entorno modula nuestra capacidad de engaño me recordó a cómo lo hace también con la violencia. Philip Zimbardo sostiene que torturas como las que tuvieron lugar en Abu Ghraib no se deben a unas cuantas «manzanas podridas» -tal como aseguraban los altos mandos militares del ejército estadounidense- sino a lo que él llama el efecto Lucifer, el proceso psicológico por el cual una persona normal expuesta a ciertas situaciones es capaz de ser cruel con los demás. En el libro que resume su trabajo afirma:
«la gente ordinaria, e incluso la gente buena, puede ser seducida, atraída y arrastrada a actuar con maldad bajo el influjo de fuerzas situacionales y sistémicas poderosas.»
En el capítulo final de su obra Ariely destaca que «casi todos los participantes en nuestros ensayos eran personas correctas de buenas universidades». Los experimentos en psicología social se llevan a cabo con personas ordinarias, y muestran repetidamente que existe una gran discrepancia entre cómo creemos que nos comportaremos y cómo nos comportamos realmente (ibídem Zimbardo):
«La mayoría de nosotros nos escudamos tras unos prejuicios egocéntricos que generan la ilusión de que somos especiales. Estos escudos nos permiten creer que estamos por encima de la media en cualquier prueba de integridad personal. Nos quedamos mirando las estrellas a través del grueso lente de la invulnerabilidad personal cuando también deberíamos mirar la pendiente resbaladiza que se abre a nuestros pies. Estos prejuicios egocéntricos suelen ser más comunes en sociedades individualistas como las de Occidente.
[...] [E]l conocimiento que tenemos de nosotros mismos se basa únicamente en experiencias limitadas a situaciones familiares donde hay reglas, leyes, políticas y presiones que delimitan nuestra conducta. [...] Pero, ¿qué ocurre cuando nos hallamos en un entorno totalmente nuevo y desconocido donde nuestros viejos hábitos no bastan? [...] Nuestro viejo yo podría no actuar de la manera esperada cuando las reglas básicas cambian.»
De acuerdo con la información publicada por el New York Times cerca de 300 miembros del Partido Popular han sido procesados ​​o acusados ​​en investigaciones de corrupción desde el inicio de la crisis financiera. Que los políticos españoles son unos ladrones preocupados principalmente por cuidar de sí mismos es un sentimiento popular justificado. Es más, creo que la descripción anterior podría aplicarse a casi todo político a lo largo y ancho del globo desde el inicio de la especie. Lo que las investigaciones mencionadas insinúan es que eso no va a cambiar, porque nuestra propensión a aprovecharnos viene incorporada de serie en la especie humana. Exceptuando los grandes robos y estafas, cualquiera de nosotros haría lo mismo en su lugar (lo cual, huelga decir, no es óbice para ser castigado por ello). «La gente», sentenciaba el padre de Frasier en un capítulo de la serie, «nace podrida y cada año va a peor».

Por tanto, no podemos esperar a que arribe al poder una hornada de políticos excepcionalmente honestos para que el sistema funcione. Quienes se dedican a las ciencias sociales reiteran que es más fácil y eficaz cambiar el entorno para proporcionar los incentivos adecuados que confiar en que las personas hagan lo correcto (el libro de Dan Ariely contiene algunas sugerencias). Y si eso no funciona podemos recurrir a aquello otro que proponía Nassim Taleb en su cuenta de Facebook: pensar e implementar mecanismos que nos permitan sacar partido de la deshonestidad.

domingo, 3 de febrero de 2013

Despidos

Quien no haya visto Margin Call se está perdiendo una de las mejores películas que se haya hecho sobre la crisis financiera comenzada en 2007. La película empieza y acaba de la misma forma: con despidos masivos en un banco de inversiones. Esa es una situación que lleva tiempo repitiéndose por doquier en empresas de España. Las cuentas ya no salen y es necesario echar a gente. La pregunta es ¿cuál es la mejor manera de decidir quién se queda y quién se va?

Foto de mabelzzz
Si de lo que se trata es de ahorrar costes, lo lógico sería empezar por los que más cobran. Presumiblemente su colchón financiero de emergencia sea mayor que en otros casos (aunque a menudo sus deudas también lo son). Sin embargo, esos trabajadores suelen situarse en la zona superior de la jerarquía, donde es más fácil que tengan una relación cercana con quien toma las decisiones, lo que suele ser una buena protección ya que es más difícil expulsar a alguien a quien conocemos personalmente (enemistades aparte). Por otro lado, cuanto más elevado es el cargo menos redundancia existe para absorber la carga de trabajo del individuo saliente: si hace falta un jefe de departamento y solo tienes uno es difícil prescindir de él. Por supuesto es posible largarle y esperar que uno de sus subordinados se haga cargo de esas tareas cobrando lo mismo, una estrategia que he visto a menudo.

Si no se puede o no se quiere prescindir de mandos intermedios otra manera de recortar gasto es expulsar a un buen puñado de trabajadores de infantería, cuyas labores son absorbidas más fácilmente por quienes permanecen en la empresa. Uno podría pensar que eso afectaría a la calidad del producto o servicio ofertado, aunque tal vez el hecho de ver cómo los compañeros de filas son sacrificados suponga un incentivo para los supervivientes que los lleve a laborar unas cuantas horas de más por el mismo precio, atenuando el daño. La otra posibilidad es, por supuesto, que los proletarios trabajen aún menos porque se vean en la calle en un futuro no muy lejano.

Independientemente de si se van a cortar cabezas a lo largo o solo a lo ancho de la pirámide empresarial, algún criterio habrá que seguir para elegir a tus víctimas. Una opción razonable sería guiarse por el rendimiento o competencia del trabajador. Al fin y al cabo el objetivo de la empresa es vender un producto o servicio con el que ganar dinero, por lo que es interesante retener el talento. Sin embargo, esta es una de esas ocasiones en las que la fría lógica se hace difícil de aplicar. Si hay que elegir entre un trabajador mediocre que tiene que pagar una hipoteca y mantener a dos hijos, y un trabajador estrella que no tiene cargas financieras de ningún tipo, ¿es lícito mantener el criterio único de la competencia para tomar la decisión? ¿No se deberían tener en cuenta factores que no están relacionados directamente con el empleo, pero que son moralmente relevantes?

Si se opta por despedir según las cargas familiares de cada empleado habrá que lidiar con el riesgo moral derivado, ya que cuando se actúa así el mensaje que se envía es que no importa lo bien que lo hagas. De nuevo se estaría dando pábulo a problemas relacionados con el fin de la actividad empresarial. Por una parte los trabajadores que se quedan son los menos hábiles; por otra, no tienen ningún incentivo para hacerlo mejor, pues ya no se valora su destreza.

Despedir a los más capacitados podría parecer una mala estrategia a primera vista (desprenderse de los más mañosos no parece muy sensato cuando lo que se pretende es que la empresa salga adelante) pero cabe considerar el siguiente argumento: se está destituyendo a quienes mejor podrán afrontar las consecuencias. Es razonable pensar que quienes son muy buenos en lo suyo encuentren un nuevo empleo más fácilmente. No obstante eso supondría que son los mejores quienes reciben el castigo, algo que no parece encajar con nuestra idea intuitiva de la justicia.

En países cuyas leyes protegen al trabajador puede ser inviable económicamente hacer marchar a quienes más cobran o a quienes más tiempo llevan en la empresa, pues sus indemnizaciones son cuantiosas. He aquí una situación circular en la que se debería echar a alguien para ahorrar dinero pero no se puede hacer precisamente por el alto coste, de modo que no se le despide y otro acaba pagando el pato.

Las grandes consultoras que venden su fuerza de trabajo a terceros suelen optar por deshacerse de quienes no están trabajando para ningún cliente en el momento de los despidos. Aunque tenga sentido desde el punto de vista de la empresa, ya que esos trabajadores no están produciendo, me parece tremendamente injusto desde la perspectiva del asalariado. A sus ojos da igual lo capaz que uno sea o la falta que le haga el dinero: ha acabado en el paro simplemente por azar, porque precisamente en el peor momento dio la casualidad de que él no estaba asignado a ningún proyecto.

No podemos dejar de mencionar ese modo tan español de hacer las cosas basado en el compadreo. Hablo de esas ocasiones en las que que quienes logran mantener su empleo lo consiguen gracias a que son familia de, amigo de, chivato de, etc. Probablemente sea este el criterio más reprochable de todos, tan arbitrario e injusto.

Cualquier criterio que se emplee para determinar a quién se va a despedir supone algún tipo de discriminación. La cuestión es qué discriminaciones son aceptables y cuáles son las más justas. Según Aristóteles la respuesta depende del propósito de la actividad en cuestión. «Para Aristóteles», escribe Michael Sandel, «la justicia significa dar a las personas lo que se merecen, dar a cada una lo que le corresponde». Y continúa:
«Pero ¿qué le corresponde a una persona? ¿En qué razones se funda el mérito? Depende de lo que se esté distribuyendo. La justicia comprende dos factores: «las cosas y las personas a las que se asignan las cosas». Y, en general, decimos que «a las personas que son iguales se les deben asignar cosas iguales».
Pero aquí surge un problema difícil: iguales ¿en qué sentido? Depende de lo que se esté distribuyendo y de las virtudes que resulten pertinentes habida cuenta de lo que se distribuye.
Supongamos que repartimos flautas. ¿A quiénes debemos darles las mejores? La respuesta de Aristóteles: a los mejores flautistas.»
Así pues, para el filósofo de Estagira lo justo sería despedir a los peores trabajadores, aquellos que sean más incompetentes e improductivos. Tengamos presente que el nivel de competencia está en manos del propio empleado: si estás hasta el cuello de deudas y deberes para con los tuyos será mejor que no vaguees y trates de ser cada día mejor en tu desempeño. Aún así yo creo que hay factores personales, económicos y sociales (edad del trabajador, familia, endeudamiento, etcétera) que merecen ser considerados antes de tomar la decisión final.

domingo, 27 de enero de 2013

Presente

Charlando un día con Zeta me confesó que los domingos por la tarde son para ella el peor momento de la semana, con el madrugón a apenas unas horas de distancia y la perspectiva de otros cinco días de trabajo rondando por la cabeza. No es la única. Un estudio realizado en 2009 concluyó que el domingo es el día en el que los individuos sienten el menor nivel subjetivo de bienestar. Lo curioso es que, en realidad, luego no es para tanto. Según Daniel Gilbert es este error a la hora de predecir cómo nos sentiremos realmente el lunes lo que nos hace sufrir. Su libro trata precisamente de cómo esos fallos que comentemos cuando intentamos imaginar nuestro futuro nos hacen infelices.

Todo esto me recuerda a cómo describía Bermúdez el final de las vacaciones en su monólogo:
«A mí la vuelta de las vacaciones me rejuvenece. Sí, me siento como a los seis años, cuando tenía que volver al colegio: lloro, pataleo, como tierra para que me entre fiebre... Porque además en el trabajo nos hacen creer que hemos tenido un mes de vacaciones, pero es mentira, solo hemos tenido los primeros quince días. El resto lo pasamos angustiados pensando en la cuenta atrás como un condenado en el corredor de la muerte. Bueno, peor que en el corredor de la muerte ¿eh? Porque tú ni siquiera puedes llamar al gobernador de Texas para que te indulten.»
Como sucede con otras capacidades cognitivas, nuestra disposición para imaginar objetos que no existen y acontecimientos que no han sucedido -y podrían no llegar a suceder nunca- es un arma de doble filo. Las ventajas de esta aptitud son tan obvias que sería ocioso demostrarla mediante ejemplos. Por desgracia, la mente parece tener predilección por representar todo tipo de escenarios terribles (especialmente mientras intentamos dormir, diría yo), lo que nos obliga a hacer un esfuerzo consciente para «no pensar en eso», con éxito variable según la persona.
Foto de mabelzzz

Hasta tal punto es sabido que la mente viaja hacia lo malo que ese hecho se utiliza en técnicas de tortura. Kevin Dutton, psicólogo e investigador de la Universidad de Oxford, participó en un programa piloto para la televisión en el que fue sometido a una variante de una prueba utilizada por las fuerzas especiales SAS en sus propios procesos de selección. Tumbaron a Dutton en el suelo mientras una carretilla elevadora sostenía una plataforma de hormigón armado a unos metros por encima de él. El operador hizo bajar la carga lentamente hasta que la base de la misma tocó el pecho del profesor y comenzó a ejercer una ligera presión sobre su cuerpo. Tras unos quince segundos Dutton oyó cómo el conductor de la carretilla gritaba que el mecanismo se había atascado y no podía revertirlo...

Resultó que en realidad el hormigón armado era poliestireno pintado y la avería era fingida, por lo que el investigador nunca había corrido peligro. Sin embargo, tal como relató en Split Second Persuasion, la experiencia vivida fue terrorífica. Cuando el académico habló de ella con un grupo de psicópatas para su siguiente obra (The Wisdom of Psychopaths) esto fue lo que le dijeron:
«“I think the problem is that people spend so much time worrying about what might happen, what might go wrong, that they completely lose sight of the present. They completely overlook the fact that, actually, right now, everything’s perfectly fine. You can see that quite clearly in your interrogation exercise. What was it that chap told you? It’s not the violence that breaks you. It’s the threat of it. So why not just stay in the moment?

“I mean, think about it. Like Jamie says, while you were lying under that lump of concrete—or rather, what you thought was concrete—nothing bad was really happening to you, was it? Okay, a four-poster might’ve been more relaxing. But actually, if you’d been asleep, you’d really have been none the wiser, would you?

“Instead, what freaked you out was your imagination. Your brain was on fast-forward mode, whizzing and whirring through all the possible disasters that might unfold. But didn’t.

“So the trick, whenever possible, I propose, is to stop your brain from running on ahead of you. Keep doing that and, sooner or later, you’ll kick the courage habit, too.”»
Vivir el presente y evitar que la mente empiece a imaginar todo tipo de sucesos horrendos es algo natural para los psicópatas. ¿Cómo podemos lograrlo el resto de nosotros? En los últimos años los investigadores se han centrado en un tipo de meditación originada en la India cuyo objetivo es desarrollar la atención, estar alerta y tomar conciencia plena tanto de nuestras actividades como de nuestros pensamientos. Este tipo de meditación -denominado mindfulness- parece reducir la frecuencia e intensidad de los pensamientos negativos. El lector interesado encontrará una buena iniciación en cualquiera de estos libros. Tenga presente que son necesarios al menos tres meses de práctica diaria para notar sus efectos. Al fin y al cabo, domeñar la mente es una tarea hercúlea que requiere mucho entrenamiento.

Encuentro interesante que la receta para reducir afecciones como la depresión, la ansiedad, el estrés y la irritabilidad, así como aumentar la sensación de bienestar, no consista en pensar que todo irá bien y que nos esperan un montón de cosas buenas, sino en no permitir que la mente imagine un negro porvenir. No es necesario ser un iluso, basta con vivir el ahora. La mente que vaga lejos hacia el futuro no es una mente feliz:
As Daniel Gilbert discovered after tracking thousands of participants in real time, a mind that is wandering away from the present moment is a mind that isn’t happy. He developed an iPhone app that would prompt subjects to answer questions on what they were currently doing and what they were thinking about at various points in the day. In 46.9 percent of samples Gilbert and his colleagues collected, people were not thinking about whatever it was they were doing—even if what they were doing was actually quite pleasant, like listening to music or playing a game. And their happiness? The more their minds wandered, the less happy they were—regardless of the activity. As Gilbert put it in a paper in Science, “The ability to think about what is not happening is a cognitive achievement that comes at an emotional cost.”
La actitud adecuada sería entonces la de aquel personaje de El Alquimista que en cada momento solo se preocupaba de lo que tenía entre manos:
«El camellero [...] no parecía estar muy impresionado con la amenaza de guerra.
–Estoy vivo –dijo al muchacho mientras comía un plato de dátiles en la noche sin hogueras ni luna–. Mientras estoy comiendo, no hago nada más que comer. Si estuviera caminando, me limitaría a caminar. Si tengo que luchar, será un día tan bueno para morir como cualquier otro.
»Porque no vivo ni en mi pasado ni en mi futuro. Tengo sólo el presente, y eso es lo único que me interesa. Si puedes permanecer siempre en el presente serás un hombre feliz.»
Esto no significa que debamos olvidarnos del mañana, dejar de prepararnos para lo que pueda venir o renunciar a nuestros planes a largo plazo. De lo que se trata es de pensar en el futuro solo cuando sea hora de pensar en el futuro, y de prestar más atención al aquí y el ahora, evitando así que el intelecto nos impida disfrutar del presente con su movimiento errabundo entre preocupaciones y deberes que aún están por llegar.